Sinopsis de Eragon y de Eldest ragon —un granjero de quince años— va caminando por una cadena de montañas conocida como las Vertebradas cuando, de pronto, se encuentra con una piedra pulida de color azul. Eragon se lleva la piedra a la granja donde vive con su tío, Garrow, y su primo, Roran, a las afueras del pueblecito de Carvahall. Garrow y su difunta esposa, Marian, han criado a Eragon. Del padre del chico no se sabe nada; su madre, Selena, era la hermana de Garrow y no se la ha vuelto a ver desde el nacimiento de Eragon.
Días después, la piedra se abre: de su interior sale una cría de dragón. Cuando Eragon la toca, le aparece una marca en la palma de la mano y se crea un vínculo inquebrantable entre la mente de ambos, lo que convierte al chico en uno de los legendarios Jinetes de Dragón. Llama a su dragón Saphira, en recuerdo de un dragón que mencionaba el cuentacuentos del pueblo.
Los Jinetes de Dragón fueron creados miles de años antes, tras la devastadora guerra entre elfos y dragones, con el fin de evitar que las dos razas volvieran a luchar entre sí. Los Jinetes se convirtieron en guardianes de la paz, educadores, sanadores, filósofos naturales e insuperables hechiceros, ya que el estar vinculados a un dragón les daba el poder de efectuar hechizos. Bajo su guía y su protección, la Tierra vivió una edad dorada.
Al llegar los humanos a Alagaësia, se les incorporó a esta orden de élite. Tras muchos años de paz, los belicosos úrgalos mataron al dragón de un joven Jinete humano llamado Galbatorix. La pérdida le hizo enloquecer; cuando sus ancianos se negaron a conseguirle un nuevo dragón, Galbatorix se propuso acabar con los Jinetes.
Robó otro dragón, al que llamó Shruikan, y le obligó a servirle tras recurrir a la magia negra. Luego consiguió reunir a un grupo de trece traidores: los Apóstatas. Con ayuda de estos crueles seguidores, Galbatorix atacó a los Jinetes; mató a su líder, Vrael, y se autopro
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christopher paolini clamó rey de Alagaësia. Sus campañas obligaron a los elfos a retirarse a su bosque de pinos y a los enanos a ocultarse en sus túneles y cuevas, y desde entonces ninguna de estas dos razas se atreve a salir de sus guaridas secretas. La situación de tablas entre Galbatorix y las otras razas se ha prolongado cien años, tiempo durante el cual los Apóstatas han ido muriendo por diversas causas. Eragon se encuentra de pronto implicado en esta tensa situación política.
Varios meses después de que Saphira saliera del cascarón, dos extraños de aire siniestro y con aspecto de escarabajo, los Ra’zac, llegan a Carvahall, en busca de la piedra que en realidad era el huevo de Saphira. Eragon y su dragón consiguen escapar de ellos, pero no pueden evitar que destruyan la casa de Eragon y maten a Garrow.
Eragon jura encontrar y matar a los Ra’zac. Cuando se dispone a dejar Carvahall, Brom, el cuentacuentos, que sabe de la existencia de Saphira, se ofrece a acompañarle. Le entrega a Eragon una espada roja de Jinete de Dragón, Zar’roc, aunque se niega a decirle cómo la ha conseguido.
El chico aprende mucho de Brom durante sus viajes, entre otras cosas cómo luchar con la espada y cómo usar la magia. Cuando pierden el rastro de los Ra’zac se dirigen al puerto de Teirm y van a ver a Jeod, viejo amigo de Brom, del que éste dice que podría ayudarlos a localizar la guarida de los Ra’zac. En Teirm se enteran de que éstos viven en algún lugar próximo a la ciudad de Dras-Leona. Por otra parte, una curandera, Angela, le lee el futuro a Eragon, y su compañero, el hombre gato Solembum, le da dos curiosos consejos.
De camino a Dras-Leona, Brom le revela que es miembro de los vardenos, un grupo rebelde que lucha por derrocar a Galbatorix, y que estaba oculto en Carvahall a la espera de que apareciera un nuevo Jinete de Dragón. Veinte años antes, Brom había participado en el robo del huevo de Saphira de manos de Galbatorix, acción en la que había matado a Morzan, primero y último de los Apóstatas. Sólo existen otros dos huevos de dragón, y ambos están en posesión de Galbatorix.
En Dras-Leona se encuentran con los Ra’zac, que hieren mortalmente a Brom mientras éste protege a Eragon. Un joven misterioso llamado Murtagh ahuyenta a los Ra’zac. Agonizante, Brom confiesa que él en su tiempo también fue Jinete y que su dragón, muerto en combate, también se llamaba Saphira.
Eragon y Saphira deciden unirse a los vardenos, pero el chico es capturado en la ciudad de Gil’ead y conducido ante Durza, un malvado y poderoso Sombra al servicio de Galbatorix. Con la ayuda de brisingr
Murtagh, Eragon consigue escapar de la prisión, llevándose consigo a la elfa Arya, otra prisionera de Durza y que es embajadora ante los vardenos. Arya ha sido envenenada y necesita tratamiento médico.
Perseguidos por un contingente de úrgalos, los cuatro se dirigen a toda prisa hacia el cuartel general de los vardenos, en las enormes montañas Beor, de más de 15.000 metros de altura. Las circunstancias obligan a Murtagh —que no quiere unirse a los vardenos— a revelar que es hijo de Morzan. Murtagh, no obstante, reniega de la maldad de su padre muerto; si ha viajado a la corte de Galbatorix era para buscar su propio destino. Le cuenta a Eragon que en otro tiempo la espada Zar’roc perteneció al padre de Murtagh. Momentos antes de sucumbir ante el aplastante ataque de los úrgalos, Eragon y sus amigos son rescatados por los vardenos, que viven en Farthen Dûr, una montaña hueca en la que también se encuentra la capital de los enanos, Tronjheim. Una vez en su interior, Eragon conoce al rey de los enanos, Hrothgar, y a la hija de Ajihad, Nasuada, y es puesto a prueba por los Gemelos, dos desagradables magos al servicio de Ajihad. Eragon y Saphira también bendicen a un bebé huérfano de los vardenos. Por otro lado, los médicos curan a Arya del envenenamiento.
La tranquilidad de Eragon se ve interrumpida con las noticias de que un ejército de úrgalos se acerca por debajo, usando los túneles de los enanos. En la batalla que sigue, Eragon se ve apartado de Saphira y obligado a luchar contra Durza en solitario. Durza, mucho más fuerte que cualquier humano, derrota sin problemas a Eragon: le raja la espalda desde el hombro hasta la cadera. En ese momento, Saphira y Arya atraviesan el techo de la sala —un zafiro estrellado de veinte metros— distrayendo lo suficiente a Durza para que a Eragon le dé tiempo a apuñalarle en el corazón. Liberados de los conjuros de Durza que los tenían sometidos, los úrgalos retroceden.
Mientras Eragon yace inconsciente tras la batalla, un ser que se identifica como Togira Ikonoka, «el Lisiado que está Ileso», comunica con él telepáticamente y le apremia a que vaya a encontrarse con él en Ellesméra, la capital de los elfos, para recibir instrucción.
Al despertar, Eragon tiene una enorme cicatriz en la espalda. Decepcionado, se da cuenta de que ha conseguido acabar con Durza por pura suerte, y que necesita desesperadamente un mayor aprendizaje. Al final del primer libro, decide que irá en busca de ese tal Togira Ikonoka y aprenderá de él.
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christopher paolini
Eldest empieza tres días después de que Eragon matara a Durza. Los vardenos se están recuperando de la batalla de Farthen Dûr, y Ajihad, Murtagh y los Gemelos han estado dando caza a los úrgalos que han escapado por los túneles situados bajo Farthen Dûr tras la batalla. En un ataque sorpresa por parte de un grupo de úrgalos, Ajihad muere y Murtagh y los Gemelos desaparecen. El consejo de ancianos de los vardenos nombra a Nasuada como sucesora de su padre y nueva líder de los vardenos; Eragon le jura fidelidad y vasallaje.
Eragon y Saphira deciden marcharse a Ellesméra para iniciar su aprendizaje con el Lisiado que está Ileso. Antes de partir, el rey enano, Hrothgar, se ofrece a adoptar a Eragon en su clan, el Dûrgrimst Ingeitum, y el chico acepta, lo que le da todos los derechos como enano y le permite participar en sus asambleas. Arya y Orik, el hijo adoptivo de Hrothgar, acompañan a Eragon y a Saphira en su viaje hasta la tierra de los elfos. Por el camino se detienen en Tarnag, una ciudad de enanos. Algunos de ellos se muestran acogedores, pero Eragon observa que, para un clan en particular, él y Saphira no son bienvenidos: los Az Sweldn rak Anhûin, que odian a los Jinetes y a los dragones debido a las numerosas muertes causadas por los Apóstatas entre los de su clan. La compañía llega por fin a Du Weldenvarden, el bosque de los elfos. En Ellesméra, Eragon y Saphira se presentan ante Islanzadí, reina de los elfos, y se enteran de que es la madre de Arya. También conocen al Lisiado que está Ileso: un antiguo elfo llamado Oromis. Él también es Jinete. Oromis y su dragón, Glaedr, han ocultado su existencia a Galbatorix durante los últimos cien años, y en ese tiempo han estado buscando un modo de derrocarlo.
Antiguas heridas impiden luchar tanto a Oromis como a Glaedr: a éste le falta una pata, y el primero, que fue capturado y torturado por los Apóstatas, es incapaz de controlar la magia en grandes cantidades y tiene tendencia a sufrir ataques que lo dejan muy debilitado.
Eragon y Saphira empiezan su entrenamiento, tanto juntos como por separado. Él aprende la historia de las razas de Alagaësia, esgrima y la lengua antigua, y descubre que cometió un terrible error cuando él y Saphira bendijeron a la niña huérfana de Farthen Dûr: quiso decir: «Que te veas protegida ante la desgracia», pero en realidad lo que dijo fue: «Que te conviertas en protectora de la desgracia», de modo que maldijo a la niña a proteger a los demás de todo dolor y desgracia.
Saphira aprende rápido de Glaedr, pero la cicatriz que lleva Eragon a resultas de su enfrentamiento con Durza ralentiza su aprendizaje. La marca de la espalda no sólo le desfigura, sino que cuando menos se lo espera le incapacita y le provoca dolorosos espasmos. No brisingr sabe cómo mejorar como mago y espadachín si han de seguir esas convulsiones.
Eragon empieza a notar que siente algo por Arya. Se le confiesa, pero ella le rechaza y muy pronto parte de regreso a la ciudad de los vardenos.
Entonces los elfos celebran un ritual conocido como Agaetí Blödhren, o Celebración del Juramento de Sangre, durante el cual Eragon sufre una transformación mágica; se convierte en un híbrido entre elfo y humano: ni una cosa ni la otra. De este modo, su cicatriz queda curada y adquiere la misma fuerza sobrehumana que tienen los elfos. Sus rasgos también quedan algo alterados y su aspecto tiene algo de elfo.
En esa época llega a oídos de Eragon la noticia de que los vardenos están a punto de iniciar la guerra contra el Imperio y que los necesitan urgentemente a él y a Saphira. En el tiempo que Eragon ha estado lejos, Nasuada ha trasladado la ciudad de los vardenos de Farthen Dûr a Surda, país al sur del Imperio que se mantiene independiente de Galbatorix.
Eragon y Saphira parten de Ellesméra, junto con Orik, después de prometerles a Oromis y Glaedr que volverán para completar su formación en cuanto puedan.
Mientras tanto, Roran, el primo de Eragon, ha vivido sus propias aventuras. Galbatorix ha enviado a los Ra’zac y a una legión de soldados imperiales a Carvahall para capturar a Roran y poder usarlo contra Eragon. Sin embargo, el chico consigue escapar por las montañas cercanas. Junto a otros habitantes del pueblo, intenta ahuyentar a los soldados. Muchos de sus compañeros mueren. Sloan, el carnicero del pueblo —que odia a Roran y se opone a su noviazgo con su hija, Katrina—, traiciona a Roran y lo entrega a los Ra’zac; estas criaturas con aspecto de escarabajo se lanzan sobre él en su dormitorio, pero Roran escapa, a duras penas. Sin embargo, capturan a Katrina. El chico convence al pueblo de Carvahall para que abandone el poblado y busque refugio con los vardenos, en Surda. Inician la marcha hacia el oeste por la costa, con la esperanza de poder embarcar allí en dirección a Surda. Roran demuestra sus habilidades como líder, conduciéndolos a través de las Vertebradas hasta la costa. En el puerto de Teirm encuentran a Jeod, que le cuenta a Roran que Eragon es un Jinete y que les explica lo que buscaban los Ra’zac en su primera incursión en Carvahall: a Saphira. Jeod se ofrece a ayudar a Roran y a sus compañeros a llegar a Surda, y le explica que, una vez estén a salvo con los vardenos, el chico podrá pedir a Eragon que le ayude a rescatar christopher paolini a Katrina. Jeod y los paisanos de Roran roban un barco y parten en dirección a Surda.
Eragon y Saphira llegan con los vardenos, que se preparan para la batalla. Allí él se entera de lo que ha sido del bebé al que bendijo erróneamente: se llama Elva y, aunque por edad sigue siendo un bebé, tiene el aspecto de una niña de cuatro años y la voz y el aspecto de un adulto hastiado de la vida. El hechizo de Eragon le obliga a sentir el dolor de toda la gente a la que ve y a protegerlos; si se resiste, sufre más.
Eragon, Saphira y los vardenos parten al encuentro de las tropas del Imperio en los Llanos Ardientes, una vasta extensión de tierra abrasada y humeante a causa de los fuegos subterráneos. Asombrados, ven llegar a otro Jinete a lomos de un dragón rojo. El nuevo Jinete mata a Hrothgar, el rey enano; después empieza a luchar con Eragon y Saphira. Cuando Eragon consigue arrancar el casco al Jinete, observa, sorprendido, que se trata de Murtagh.
Murtagh no había muerto en la emboscada de los úrgalos. Los Gemelos lo arreglaron todo; son traidores que habían planeado la emboscada para matar a Ajihad y poder capturar a Murtagh y llevarlo hasta Galbatorix. El rey ha obligado a Murtagh a jurarle lealtad en el idioma antiguo. Ahora Murtagh y su dragón recién nacido, Espina, son esclavos de Galbatorix. Él sostiene que ha jurado fidelidad al rey, aunque Eragon le ruega que abandone a Galbatorix y que se una a los vardenos. Murtagh supera a Eragon y a Saphira con una inexplicable exhibición de fuerza. No obstante, decide liberarlos en honor a su antigua amistad. Antes de irse, Murtagh despoja a Eragon de Zar’roc, y afirma que es su legítima herencia como hijo mayor de Morzan. Luego revela que no es el único hijo de Morzan: Eragon y Murtagh son hermanos, hijos de Selena, la consorte de Morzan. Los Gemelos han descubierto la verdad al examinar los recuerdos de Eragon el día en que llegó a Farthen Dûr.
Aún tambaleante tras la revelación de Murtagh sobre su parentesco, Eragon se retira con Saphira, y por fin llegan con él Roran y los habitantes de Carvahall, que han alcanzado los Llanos Ardientes justo a tiempo para ayudar a los vardenos en la batalla. Roran ha luchado heroicamente y ha conseguido matar a los Gemelos.
Finalmente, Roran y Eragon aclaran los malentendidos sobre la responsabilidad de éste en la muerte de Garrow. Eragon jura ayudar a Roran a rescatar a Katrina de manos de los Ra’zac.
Las puertas de la muerte ragon contempló la oscura torre de piedra en la que se ocultaban los monstruos que habían matado a su tío Garrow.
Estaba estirado boca abajo, al borde de una polvorienta colina salpicada de matojos, zarzas y unos cactus redondos. Los ásperos tallos de las plantas muertas le pinchaban en las manos al intentar ganar centímetros para tener una mejor visión de Helgrind, que se alzaba sobre el terreno como una daga negra que surgiera de las entrañas de la tierra.
El sol del atardecer caía sobre las colinas bajas arrojando unas sombras largas y estrechas y, muy al oeste, iluminaba la superficie del lago Leona, que convertía el horizonte en una ondulada franja dorada.
A su izquierda, Eragon oyó la respiración rítmica de su primo Roran, que estaba estirado a su lado. A Eragon, el soplo de la brisa, inaudible en condiciones normales, le parecía un sonido prodigiosamente intenso, gracias al oído excepcional que había desarrollado, uno de los muchos cambios que le había aportado su experiencia durante el Agaetí Blödhren, la Celebración del Juramento de Sangre de los elfos.
No prestó demasiada atención a lo que ahora le parecía una columna de personas avanzando lentamente hacia los pies de Helgrind, aparentemente procedentes de la ciudad de Dras-Leona, a kilómetros de allí. Un contingente de veinticuatro hombres y mujeres, vestidos con gruesas túnicas de cuero, encabezaban la columna. El grupo avanzaba con un paso irregular: cojeaban, correteaban, arrastraban los pies y se tambaleaban; se apoyaban en bastones o usaban los brazos para potenciar el avance de sus cortas piernas. Eragon se dio cuenta de que aquellas contorsiones eran obligadas, puesto que a todos y a cada uno de los veinticuatro les faltaba una pierna o un brazo, o alguna combinación de ambas extremidades. El líder estaba sen
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christopher paolini tado, erguido, sobre una parihuela transportada por seis grasientos esclavos, posición que a Eragon le pareció un logro bastante considerable, teniendo en cuenta que el hombre —o la mujer, no se distinguía— era únicamente un torso y una cabeza, sobre la que surgía un decorativo penacho de piel de un metro de altura.
—Los sacerdotes de Helgrind —murmuró.
—¿Saben usar la magia? —preguntó Roran.
—Puede que sí. No me atrevo a explorar Helgrind con la mente
hasta que se vayan, ya que si alguno de ellos «fuera» mago, percibiría mi incursión, por leve que fuera, y eso les revelaría nuestra presencia.
Tras los sacerdotes marchaba penosamente una fila doble de jóvenes envueltos en tela dorada. Cada uno llevaba un marco metálico rectangular atravesado por doce barrotes horizontales de los que colgaban campanas de hierro del tamaño de un colinabo. La mitad de los jóvenes sacudía vigorosamente el marco cuando avanzaba con el pie derecho, y hacían que los badajos golpearan las campanas de hierro, que emitían un lúgubre tañido que resonaba por las colinas; la otra mitad sacudía sus marcos al echar adelante el pie izquierdo, lo que provocaba una dolorosa cacofonía de notas. Los acólitos acompañaban el sonido de las campanas con sus propios lamentos, gimiendo y gritando en un arrebato extático.
Cerraba la grotesca procesión una estela de habitantes de DrasLeona: nobles, mercaderes, comerciantes, varios militares de alto rango y una variopinta colección de ciudadanos menos afortunados, como obreros, vagabundos y soldados de a pie. Eragon se preguntó si el gobernador de Dras-Leona, Marcus Tábor, estaría entre ellos.
Hicieron una parada al borde del escarpado pedregal que bordeaba Helgrind y los sacerdotes se reunieron a ambos lados de una roca de color rojizo con la cima brillante. Cuando toda la columna se hubo colocado, inmóvil, ante el rústico altar, la criatura que iba sobre la parihuela se agitó y empezó a cantar con una voz tan discordante como el tañido de las campanas. Las declamaciones del chamán le llegaban interrumpidas una y otra vez por las ráfagas de viento, pero Eragon captó fragmentos en idioma antiguo —alterado con una curiosa pronunciación— salpicado de palabras en la lengua de los enanos y en la de los úrgalos, todo ello combinado con un arcaico dialecto de la lengua del propio Eragon. Lo que entendió le provocó un escalofrío, ya que el sermón hablaba de cosas de las que más valdría no saber nada, de un odio enconado que había macerado durante siglos en los oscuros recovecos del corazón de las personas para luego, en ausencia de brisingr los Jinetes, desembocar en sangre, en locura y en malsanos rituales celebrados bajo una luna negra.
Al final de aquella depravada oración, dos de los sacerdotes secundarios se adelantaron e izaron a su maestro —o maestra, era difícil saberlo— desde la parihuela hasta la superficie del altar. A continuación, el Sumo Sacerdote emitió una breve orden. Dos hojas de acero idénticas brillaron como estrellas al elevarse y caer. De los hombros del Sumo Sacerdote manaron sendos regueros de sangre, que fluían por el torso cubierto de cuero hasta cruzar la roca y derramarse por entre la grava del suelo.
Otros dos sacerdotes saltaron hacia delante para recoger el líquido escarlata en cálices que, una vez llenos hasta el borde, se distribuyeron entre los miembros de la congregación, que bebieron de ellos con avidez.
—Gar —susurró Roran—. ¡Olvidaste mencionar que esos carniceros errantes, esos chupasangre idólatras y alucinados, eran «caníbales»!
—En realidad no lo son. No se comen la carne.
Cuando todos los asistentes hubieron saciado su sed, los solícitos novicios devolvieron al Sumo Sacerdote a la parihuela y vendaron los hombros de la criatura con tiras de tela blanca. Las vendas enseguida quedaron manchadas de sangre.
No parecía que las heridas tuvieran ningún efecto sobre el Sumo Sacerdote, ya que el mutilado personaje se volvió hacia los devotos con aquellos labios de color rojo grosella y les dijo:
—Ahora sois realmente mis hermanos, al haber probado la savia de mis venas aquí, a la sombra del todopoderoso Helgrind. La sangre llama a la sangre, y si vuestra familia necesitara ayuda, haced todo lo que podáis por la Iglesia y por todo el que reconoce el poder de nuestro Señor del Miedo… Para afirmar y reafirmar nuestra fidelidad al Triunvirato, recitad conmigo los Nueve Juramentos… «Por Gorm, Ilda, y Fell Angvara, juramos rendir homenaje por lo menos tres veces al mes, en la hora previa al ocaso, y efectuar luego una ofrenda de nosotros mismos para aplacar el hambre implacable de nuestro grande y terrible Señor… Juramos observar las Escrituras tal como se nos presentan en el libro de Tosk… Juramos llevar siempre a nuestro Bregnir en el cuerpo y abstenernos por siempre de los doce de doce y del contacto de una cuerda de nudos, por si estuviera corrupta…».
Una violenta ráfaga de viento oscureció el resto de la declaración del Sumo Sacerdote. A continuación, Eragon vio que los que escuchaban sacaban un pequeño cuchillo curvo y, uno por uno, se cortachristopher paolini ban en la parte interior del codo y mojaban el altar con un chorro de su sangre.
Unos minutos más tarde, la fuerte brisa remitió y Eragon volvió a oír al sacerdote:
—… y esas cosas, todo el tiempo que deseéis, se os darán como recompensa por vuestra obediencia… Nuestra oración ha terminado. ¡No obstante, si alguno de entre vosotros es lo suficientemente valiente como para demostrar la verdadera profundidad de su fe, que se muestre ante nosotros!
La tensión se extendió por entre los presentes, que se echaban hacia delante, absortos: aparentemente, aquél era el momento que estaban esperando. Se hizo un largo silencio en el que parecía que iban a quedar decepcionados, pero de pronto uno de los acólitos se desmarcó y gritó:
—¡Yo lo haré!
Con un rugido de voces complacidas, sus hermanos empezaron a hacer sonar las campanas con un tañido rápido y salvaje, contagiando a toda la congregación de un frenesí tal que empezaron a saltar y aullar descontroladamente. A pesar de la repulsión que le provocaba la escena, en el corazón de Eragon se despertó un atisbo de emoción primitiva y brutal.
El joven, de pelo oscuro, se despojó de su túnica dorada, bajo la que llevaba únicamente unos pantalones de cuero, y saltó a lo alto del altar. Chapoteaba entre charcos de color rubí. Se puso de cara a Helgrind y empezó a temblar y a tambalearse como si estuviera poseído, al ritmo del tañido de las crueles campanas de hierro. La cabeza le daba bandazos a ambos lados del cuello. Una espuma le asomó por la comisura de los labios, y agitaba los brazos como serpientes. Estaba bañado en sudor, cosa que le hacía brillar como una estatua de bronce a la luz del ocaso.
Muy pronto las campanas adoptaron un ritmo desquiciante en el que las notas se sobreponían unas a otras, punto en el cual el joven echó una mano hacia atrás. Un sacerdote depositó en ella el mango de un extraño utensilio: un arma de un solo filo, de medio metro de longitud, de espiga completa, con la empuñadura escamada, una corta guarda cruzada y una hoja ancha y plana que se iba ensanchando hasta acabar en un festón al final, forma que recordaba el ala de un dragón. Era una herramienta diseñada con un único fin: atravesar armadura, piel, músculos y huesos como quien corta un odre de vino.
El joven alzó el arma orientándola hacia el pico más alto de Helbrisingr grind. Luego hincó una rodilla y, con un grito incoherente, dejó caer la hoja contra su muñeca derecha. La sangre roció las rocas tras el altar.
Eragon hizo una mueca y apartó la mirada, pero no pudo evitar oír los penetrantes gritos del joven. No era algo que Eragon no hubiera visto en la batalla, pero le parecía inaceptable la automutilación, cuando era tan fácil de por sí quedar desfigurado en el día a día.
Los hierbajos crujieron entre sí con el movimiento de Roran, que emitió una maldición ininteligible y luego volvió a permanecer en silencio.
Mientras un sacerdote se ocupaba de la herida del joven —conteniendo la hemorragia con un hechizo—, un acólito liberó a dos esclavos portadores de la parihuela del Sumo Sacerdote y los encadenó por los tobillos a un aro de hierro incrustado en el altar. A continuación se sacaron una serie de paquetes de debajo de las túnicas y fueron apilándolos en el suelo, fuera del alcance de los esclavos.
La ceremonia se acabó, y los sacerdotes y su séquito partieron de Helgrind en dirección a Dras-Leona, gimoteando y haciendo sonar las campanas durante todo el camino. El fanático manco ahora avanzaba justo por detrás del Sumo Sacerdote.
Una sonrisa beatífica le atravesaba el rostro.
—Bueno —dijo Eragon, y soltó el aire contenido al ver que la columna desaparecía tras una colina a lo lejos.
—¿Bueno qué?
—He viajado con enanos y con elfos y nunca he visto que hicieran nada tan raro como esos humanos.
—Son tan monstruosos como los Ra’zac —dijo Roran, que señaló hacia Helgrind con un gesto de la cabeza—. ¿Puedes ver ya si Katrina está ahí?
—Lo intentaré. Pero puede que tengamos que salir corriendo. Eragon cerró los ojos y fue extendiendo lentamente el alcance de su conciencia, moviéndose de la mente de un ser vivo a otra, como un reguero de agua extendiendo sus tentáculos por entre la arena. Entró en contacto con abigarradas colonias de insectos desarrollando su frenética actividad, lagartos y serpientes ocultos entre las cálidas rocas, diversas especies de pájaros cantores y numerosos mamíferos de pequeño tamaño. Todos los animales estaban muy activos, preparándose para el ayuno nocturno, retirándose a sus madrigueras respectivas, o, en el caso de los nocturnos, bostezando, estirándose y preparándose para la caza y la rapiña.
Al igual que los demás sentidos, la capacidad de Eragon de entrar en contacto con el pensamiento de otros seres disminuía con la dischristopher paolini tancia. Cuando su sonda psíquica alcanzó la base de Helgrind, ya sólo percibía a los animales más grandes, y de manera muy leve.
Siguió avanzando con precaución, preparado para retirarse a toda prisa si por casualidad rozaba con el pensamiento la mente de sus presas: los Ra’zac o sus familiares o sus monturas, los gigantescos Lethrblaka. Eragon estaba dispuesto a exponerse de este modo sólo porque la raza de los Ra’zac no era capaz de usar la magia, y no creía que fueran quebrantamentes: seres sin poderes mágicos pero entrenados para combatir con telepatía. Los Ra’zac y los Lethrblaka no necesitaban esos trucos cuando sólo con un bufido dejaban aturdidos a los hombres más fuertes, y aunque con su exploración mental Eragon se arriesgaba a que lo descubrieran, él, Roran y Saphira tenían que saber si los Ra’zac habían apresado a Katrina —la amada de Roran— en Helgrind, ya que la respuesta determinaría si su misión debía ser de rescate o de captura e interrogatorio.
Eragon buscó a fondo y con empeño. Cuando volvió en sí, Roran lo contemplaba con la expresión de un lobo famélico. Sus ojos grises ardían con una mezcla de rabia, esperanza y desespero tales que parecía que sus emociones fueran a estallar y prender fuego a todo lo que hubiera alrededor, con una llamarada de inimaginable intensidad, capaz de fundir hasta las propias rocas.
Eragon lo entendía muy bien.
El padre de Katrina, el carnicero Sloan, había traicionado a Roran y lo había entregado a los Ra’zac. Éstos no habían conseguido capturarlo, pero en su lugar apresaron a Katrina en el dormitorio de Roran y se la llevaron del valle de Palancar sin preocuparse de los habitantes de Carvahall, de los que se ocuparían los soldados de Galbatorix, matándolos o apresándolos. Roran no podía ir tras Katrina, pero convenció justo a tiempo a sus vecinos para que abandonaran sus hogares y le siguieran, atravesando las Vertebradas y siguiendo luego hacia el sur por la costa de Alagaësia, donde unirían sus fuerzas con las de los rebeldes vardenos. Las dificultades que tuvieron que superar habían sido muchas y terribles. Pero por tortuoso que hubiera sido el camino, había acabado reuniendo a Roran con Eragon, que sabía dónde se encontraba la guarida de los Ra’zac y que le había prometido ayuda para salvar a Katrina.
Roran lo había conseguido, como le explicaría posteriormente, porque la intensidad de su pasión le había llevado a extremos temidos y evitados por otros, lo que le había permitido confundir a sus enemigos.
Un fervor similar había invadido a Eragon en aquel momento.