La rue du Coq d’Or, París, las siete de la mañana. Una sucesión de gritos furiosos y ahogados procedentes de la calle. Madame Monce, que regentaba el pequeño hotel que había enfrente del mío, había salido a la acera para increpar a una huésped del tercer piso. Llevaba los pies desnudos metidos en un par de zuecos y el pelo gris suelto.
Madame Monce: Sacrée salope! ¿Cuántas veces le he dicho que no aplaste las chinches contra el empapelado? Cree que ha comprado el hotel, ¿eh? ¿Por qué no las tira por la ventana como todo el mundo? Espèce de traînée!
La mujer del tercer piso: Va donc, eh! Vieille vache!
Después un variopinto coro de gritos a medida que se iban abriendo ventanas por doquier y media calle participaba en la discusión. Diez minutos más tarde callaron de repente cuando pasó un escuadrón de caballería y la gente dejó de gritar para contemplarlos.
Esbozo esa escena, solo para transmitir parte del espíritu de la rue du Coq d’Or. No es que las discusiones fuesen constantes, pero aun así rara vez pasaba una mañana sin al menos un estallido como el descrito. Las disputas, los gritos desolados de los vendedores ambulantes, los chillidos de los niños buscando peladuras de naranja entre los adoquines y, de noche, los cánticos a voz en grito y el hedor agrio de los carros de la basura constituían el ambiente de la calle.
Era una callejuela muy estrecha: una hondonada de casas altas y leprosas que se inclinaban las unas contra las otras en extrañas poses, como si las hubiesen congelado en el momento de ir a derrumbarse. Todas las casas eran hoteles y estaban abarrotadas de huéspedes hasta el tejado, la mayoría polacos, árabes e italianos. Al pie de los hoteles había pequeños bistros, donde podías emborracharte por el equivalente a un chelín. Los sábados por la noche cerca de un tercio de la población masculina del barrio estaba ebria. Había peleas por las mujeres y los peones árabes que vivían en los hoteles más baratos tenían misteriosas pendencias que zanjaban a silletazos y de vez en cuando con revólveres. De noche los policías solo se aventuraban en esa calle de dos en dos. Era un sitio bastante ruidoso. Y, no obstante, entre la suciedad y el estrépito, vivían los acostumbrados tenderos franceses respetables, panaderos, lavanderas y demás, que se ocupaban de sus asuntos y amasaban discretamente pequeñas fortunas. Como barrio bajo parisino era bastante representativo.
Mi hotel se llamaba Hôtel des Trois Moineaux. Era una conejera desvencijada de cinco pisos, separados por tabiques de madera en cuarenta habitaciones. Los cuartos eran pequeños y estaban siempre sucios porque no había camarera y madame F., la patronne, no tenía tiempo de barrer. Las paredes eran muy finas y para ocultar las grietas las habían cubierto con capas y capas de empapelado rosa, que se había desprendido y daba cobijo a innumerables chinches. Cerca del techo, largas filas de chinches desfilaban a diario como columnas de soldados, y por la noche descendían hambrientas, de forma que cada pocas horas había que levantarse y matarlas en hecatombes. A veces, cuando había demasiadas, quemábamos azufre para expulsarlas a la habitación de al lado; y el otro huésped respondía quemando a su vez azufre en la habitación para enviarlas de vuelta. Era un lugar mugriento pero acogedor, pues madame F. y su marido eran buenas personas. El precio del alquiler de las habitaciones oscilaba entre treinta y cincuenta francos por semana.
Los huéspedes constituían una población flotante, extranjeros en su mayoría, que se presentaban sin equipaje, se quedaban una semana y volvían a desaparecer. Los había de todos los oficios: zapateros remendones, albañiles, picapedreros, peones, estudiantes, prostitutas y traperos. Algunos eran increíblemente pobres. En una de las buhardillas había un estudiante búlgaro que confeccionaba zapatos de fantasía para el mercado estadounidense. De seis a doce de la mañana se sentaba en la cama y cosía una docena de zapatos con los que ganaba treinta y cinco francos; el resto del día asistía a clases en la Sorbona. Estudiaba teología y tenía libros sobre la materia boca abajo en el suelo cubierto de cuero. En otro cuarto vivían una rusa y su hijo, que decía ser artista. La madre trabajaba dieciséis horas al día, zurciendo calcetines a veinticinco céntimos el calcetín, mientras el hijo, bien vestido, haraganeaba en los cafés de Montparnasse. Otra habitación la habían alquilado dos huéspedes distintos: uno que trabajaba de día y otro que trabajaba de noche. En otra, una viuda compartía la cama con sus dos hijas adultas, ambas tísicas.
En el hotel había personajes muy peculiares. Los barrios bajos de París son un imán para los excéntricos: gente que ha caído en uno de esos surcos solitarios y medio desquiciados de la vida y ha renunciado a ser decente o normal. La pobreza los libera de los patrones normales de comportamiento, igual que el dinero libera a la gente del trabajo. Algunos de los huéspedes de nuestro hotel llevaban una vida tan curiosa que desafía cualquier descripción.
Estaban, por ejemplo, los Rougier, una pareja con aspecto de enanos, viejos y harapientos que tenían un negocio extraordinario. Vendían postales en el Boulevard Saint-Michel. Lo curioso era que las vendían en paquetes cerrados como si fuesen pornográficas cuando, en realidad, eran fotografías de los castillos del Loira; los compradores no lo descubrían hasta que era demasiado tarde, y por supuesto nunca se quejaban. Los Rougier ganaban unos cien francos al mes, y con estrictas economías se las arreglaban para estar siempre medio borrachos y medio muertos de hambre. La suciedad de su habitación era tal que el hedor se notaba desde el piso de abajo. Según madame F., ninguno de los dos se había cambiado de ropa en cuatro años.
También estaba Henri, que trabajaba en las alcantarillas. Era un hombre alto y melancólico de cabello rizado y que tenía un aire novelesco con sus botas de agua. La peculiaridad de Henri era que, excepto por cuestiones de trabajo, se pasaba, literalmente, días sin hablar. Apenas un año antes, había tenido un buen empleo como chófer y un poco de dinero ahorrado. Un día se enamoró y, cuando la chica lo rechazó, él la golpeó. Entonces la joven se enamoró perdidamente de Henri y vivieron quince días juntos y gastaron mil francos del dinero de Henri. Luego la muchacha le fue infiel; Henri le clavó un cuchillo en el brazo y lo enviaron seis meses a prisión. Cuando la apuñaló, la chica se enamoró más que nunca de él, hicieron las paces y acordaron que, cuando saliese de la cárcel, comprarían un taxi y se casarían. Pero quince días más tarde, volvió a serle infiel, y cuando soltaron a Henri estaba embarazada. Henri no volvió a apuñalarla. Sacó todos sus ahorros y se corrió una juerga que lo llevó otro mes a prisión; después empezó a trabajar en las alcantarillas. No había forma de hacerle hablar. Si le preguntabas por qué trabajaba en las cloacas nunca respondía, se limitaba a juntar las muñecas como si las tuviera esposadas y a hacer un gesto con la cabeza hacia el sur, en dirección a la cárcel. La mala suerte parecía haberlo vuelto imbécil en un solo día.
Otro era R., un inglés que vivía seis meses del año en Putney con sus padres y seis meses en Francia. Cuando estaba en Francia bebía cuatro litros de vino al día, y seis litros los sábados; una vez había viajado hasta las Azores, porque allí el vino era más barato que en ningún otro lugar de Europa. Era un tipo amable y dócil, nada pendenciero ni alborotado y jamás estaba sobrio. Se quedaba en la cama hasta mediodía, y desde entonces hasta la medianoche se quedaba en su rincón del bistro bebiendo de forma metódica y callada. Mientras bebía, hablaba, con voz femenina y refinada, de muebles antiguos. Exceptuándome a mí, R. era el único inglés del barrio.
Había mucha más gente que llevaba una vida no menos excéntrica: monsieur Jules, el rumano, que tenía un ojo de cristal y se negaba a admitirlo; Fureux, el picapedrero del Limousin; Roucolle, el avaro, que murió antes de que yo llegara; el viejo Laurent, el trapero, que copiaba su firma de un papelito que llevaba en el bolsillo. Sería entretenido escribir alguna de sus biografías, si dispusiera de tiempo. Intento describir a la gente de nuestro barrio, no porque sea curiosa, sino porque todos forman parte de esta historia. Escribo sobre la pobreza, y mi primer contacto con ella fue en ese barrio. Aquel suburbio, con su suciedad y sus vidas extrañas, fue al principio una lección de pobreza y luego el trasfondo de mis propias vivencias. Por eso intento dar una idea de cómo era la vida en él.
La vida en el barrio. Nuestro bistro, por ejemplo, al pie del Hôtel des Trois Moineaux. Una habitación minúscula con el suelo de ladrillo, casi un sótano, con las mesas empapadas de vino y una fotografía de un funeral donde decía: «Crédit est mort»; obreros con faja roja que cortaban salchichón con la navaja; madame F., una esplendorosa campesina del Auvergnat con la cara de una vaca tozuda, que se pasaba el día bebiendo vino de Málaga «por el estómago»; juegos de dados para ver quién pagaba los apéritifs; canciones sobre «Les Fraises et Les Framboises» y sobre «Madelon» que decía: «Comment épouser un soldat, moi qui aime tout le régiment?», y gente que coqueteaba con increíble desparpajo. La mitad del hotel se reunía en el bistro por las tardes. Ojalá hubiese en Londres un pub la cuarta parte de animado.
En el bistro se oían conversaciones muy extrañas. A modo de ejemplo, reproduciré lo que decía Charlie, una de las curiosidades locales.
Charlie era un joven bien educado y de buena familia que se había fugado de su casa y vivía del dinero que le enviaban de vez en cuando. Hay que imaginarlo muy joven y sonrosado, con las mejillas lozanas, el cabello castaño y suave de un dulce niñito y los labios excesivamente rojos y húmedos, como cerezas. Tiene los pies pequeños, los brazos más cortos de lo normal y las manos con hoyuelos como las de un bebé. Mientras habla, baila y juguetea como si estuviese demasiado feliz y lleno de vida para estarse quieto un instante. Son las tres de la tarde y en el bistro solo están madame F. y uno o dos hombres sin trabajo; pero a Charlie le da igual con quién hablar con tal de que sea sobre sí mismo. Declama como un orador en una barricada, haciendo resonar las palabras con la lengua y gesticulando con los brazos cortos. Sus ojillos un poco porcinos brillan de entusiasmo. En cierto sentido, resulta repugnante.
Está hablando del amor, su tema favorito.
«Ah, l’amour, l’amour! Ah, que les femmes m’ont tué! ¡Ay!, messieurs et dames, las mujeres han sido mi perdición, más allá de toda esperanza. A los veintidós ya estoy exhausto y acabado. Pero ¡cuántas cosas he aprendido, a qué abismos de sabiduría no me habré asomado! Qué gran cosa es haber adquirido la verdadera sabiduría, haberme convertido en el sentido más elevado de la palabra en un hombre civilizado, haber llegado a ser raffiné, viceux», etc., etc.
«Messieurs et dames, intuyo que están ustedes apesadumbrados. Ah, mais la vie est belle… no deben desanimarse. ¡Alégrense, se lo suplico!
¡Llena hasta el borde la copa de vino de Samos,
no pensaremos en cosas así!
»Ah, que la vie est belle! Escuchen, messieurs et dames, les hablaré del amor desde la plenitud de mi experiencia. Les revelaré el verdadero significado del amor, la verdadera sensibilidad, el placer más alto y refinado que solo conocen los hombres civilizados. Les hablaré del día más feliz de mi vida. Aunque, ¡ay!, se haya pasado ya el tiempo en que pude conocer esa felicidad. Se ha ido para siempre, la posibilidad, incluso el deseo de experimentarla, han desaparecido.
»Escuchen pues. Sucedió hace dos años; mi hermano se hallaba en París, es abogado, y mis padres le pidieron que me buscara y me invitase a cenar. Él y yo nos odiamos, pero prefirió no desobedecer a mis padres. Cenamos, y se emborrachó con tres botellas de burdeos. Lo llevé a su hotel, por el camino compré una botella de brandy y cuando llegamos le dije que era para que se le pasase la borrachera y lo obligué a beber un vaso lleno. Se lo bebió y se desplomó completamente ebrio como si hubiese sufrido un ataque. Lo levanté, le apoyé la espalda contra la cama y le registré los bolsillos. Encontré mil cien francos, los cogí y corrí escaleras abajo, subí a un taxi y escapé. Mi hermano no sabía mis señas: estaba a salvo.
»¿Dónde va uno cuando tiene dinero? A los bordels, claro. Pero ¿no creerán que iba a perder el tiempo en alguna juerga vulgar propia de unos simples peones? ¡Qué demonios, soy un hombre civilizado! Cuando tengo mil francos en el bolsillo soy muy escrupuloso, exigeant, ya me entienden. Hasta medianoche no encontré lo que buscaba. Conocí a un joven muy elegante de dieciocho años, vestido en smoking y con el pelo cortado à l’américaine, estuvimos hablando en un bistro tranquilo lejos de los bulevares. Aquel joven y yo nos entendimos a la perfección. Hablamos de esto y de lo otro, y sobre las formas de divertirse. Después subimos juntos a un taxi y nos fuimos.
»El taxi se detuvo en una calle estrecha y solitaria con una sola farola de gas en un extremo. Había charcos oscuros entre los adoquines. A un lado se alzaba la blanca tapia de un convento. Mi guía me llevó a una casa alta y en ruinas con las persianas cerradas, y llamó a la puerta varias veces. Luego se oyeron pasos en las escaleras, el estrépito de los cerrojos y la puerta se entreabrió un poco. Por el hueco asomó una mano; era una mano grande y retorcida, extendida con la palma hacia arriba que exigía dinero delante de nuestras narices.
»Mi guía introdujo el pie entre el quicio y la puerta.
»—¿Cuánto quieres? —preguntó.
»—Mil francos —respondió una voz de mujer—. Pagad ahora mismo o no entráis.
»Le puse los mil francos en la mano y le di los otros cien a mi guía, que me deseó buenas noches y se marchó. Oí la voz que contaba los billetes y luego asomó la nariz una vieja vestida de negro como un cuervo que me observó con suspicacia antes de dejarme entrar. Dentro estaba muy oscuro; solo se veía una lámpara de gas que iluminaba una pared de escayola y dejaba todo lo demás en una profunda penumbra. Olía a polvo y a ratas. Sin decir palabra, la vieja encendió una vela en la lámpara, luego fue cojeando delante de mí por un pasillo hasta llegar a lo alto de unas escaleras de piedra.
»—Voilà! —exclamó—, baje al sótano y haga lo que quiera. Yo no he visto nada, no he oído nada y no sé nada. Es usted libre, ¿entiende?, totalmente libre.
»Ah, messieurs, ¿hará falta que se lo describa…? Forcément, ya conocen el estremecimiento, en parte de miedo y en parte de alegría, que le recorre a uno en esos momentos. Bajé a tientas; oía mi respiración y el roce de mis pies en la piedra; por lo demás, reinaba el silencio. Al pie de las escaleras, mi mano encontró un interruptor eléctrico. Lo encendí y una enorme lámpara de techo con doce bombillas rojas inundó el sótano de luz roja. Y hete aquí que ya no me hallaba en un sótano, sino en un dormitorio, un gran dormitorio con una lujosa y llamativa decoración roja como la sangre, desde el suelo hasta el techo. ¡Imagínenselo, messieurs et dames! Una alfombra roja en el suelo, empapelado rojo en las paredes, terciopelo rojo en las sillas, hasta el techo era rojo; todo era tan rojo que los ojos ardían. Era un rojo intenso y sofocante, como si la luz brillara a través de copas llenas de sangre. En un extremo había un enorme lecho cuadrado, con cubrecamas rojos como todo lo demás, y en él había tendida una joven con un vestido de terciopelo rojo. Al verme, se encogió e intentó taparse las rodillas con el corto vestido.
»Yo seguía de pie en el umbral.
»—¡Ven, niña! —le ordené.
»Soltó un gemido de miedo. De una zancada me planté junto a la cama; ella intentó esquivarme, pero la agarré por el cuello… así, ¿lo ven?, ¡con fuerza! Se debatió, empezó a llorar pidiendo compasión, pero la sujeté, le eché la cabeza atrás y la miré a la cara. Tendría unos veintidós años, con el rostro ancho y obtuso de un niño imbécil cubierto de polvos cosméticos y colorete; sus ojos azules y estúpidos, brillantes con la luz roja, tenían esa mirada espantada y distorsionada que solo se ve en los ojos de esas mujeres. Sin duda era una campesina que sus padres habían vendido como esclava.
»Sin decir palabra, la saqué de la cama y la arrojé al suelo. ¡Luego me abalancé sobre ella como un tigre! ¡Ah, qué instante de alegría y éxtasis incomparables! Eso, messieurs et dames, es lo que quiero contarles; voilà l’amour! El verdadero amor, lo único por lo que vale la pena esforzarse en el mundo y ante lo cual todas las artes e ideales, todos los credos y filosofías, las bellas palabras y los sentimientos elevados palidecen inservibles como cenizas. Cuando se ha vivido el amor, el verdadero amor, ¿qué queda en el mundo que no parezca una simple sombra de la alegría?
»Renové mi embestida con mayor desenfreno. Una y otra vez la joven intentó escapar; volvió a gritar pidiendo compasión, pero yo me reí.
»—¡Compasión! —exclamé—, ¿crees que he venido hasta aquí para ser compasivo? ¿Crees que he pagado mil francos para eso?
»Les juro, messieurs et dames, que, de no ser por esas malditas leyes que nos roban nuestra libertad, la habría asesinado en ese mismo instante.
»¡Ah!, cómo gritaba, qué amargos gritos de agonía. Pero no había nadie para oírlos, en aquel sótano, bajo las calles de París, estábamos tan seguros como en el interior de una pirámide. Las lágrimas corrían por el rostro de la joven, arrastrando los polvos cosméticos y formando largos y sucios manchurrones. ¡Ah, qué momento tan irrecuperable! Ustedes, messieurs et dames, no han cultivado las sensibilidades más refinadas del amor y apenas pueden concebir un placer semejante. Yo mismo, ahora que mi juventud ha pasado, ¡ay, la juventud!, no volveré a ver una vida tan bella. Se ha acabado.
»Sí, se ha ido… para siempre. ¡Ay, la pobreza, la escasez y la decepción de las alegrías humanas! Pues en realidad, car en réalité, ¿cuánto dura el momento supremo del amor? Nada, un instante, tal vez un segundo. Un segundo de éxtasis, y después… polvo, cenizas, nada.
»Y así, solo por un instante, capturé la felicidad suprema, la emoción más elevada y refinada a la que pueden aspirar las personas. Y, al momento, se acabó y me dejó con ¿qué? Todo mi desenfreno y mi pasión se esparcieron como los pétalos de una rosa. Me quedé frío y lánguido, lleno de vanos arrepentimientos; tanta aversión sentía que la joven que lloraba en el suelo incluso me inspiró una especie de lástima. ¿No es con náuseas como debemos acoger tan mezquinas emociones? No volví a mirarla; mi única obsesión era marcharme. Corrí escaleras arriba y salí a la calle. Estaba oscuro y hacía mucho frío, las calles estaban vacías, los adoquines resonaban bajo mis pies con un sonido hueco y solitario. Había gastado todo mi dinero. Ni siquiera tenía para pagar un taxi. Volví andando a mi cuarto frío y solitario.
»Ahí lo tienen, messieurs et dames, he ahí lo que les había prometido. En eso consiste el amor. Ese fue el día más feliz de mi vida.»
Charlie era un individuo curioso. Y lo describo tan solo para mostrar qué personajes tan diversos podían encontrarse en el barrio de Coq d’Or.
Viví casi un año y medio en el barrio de Coq d’Or. Un día, en verano, descubrí que me quedaban solo cuatrocientos cincuenta francos y que, aparte de eso, únicamente disponía de los treinta y seis a la semana que ganaba dando clases de inglés. Hasta ese momento no me había parado a pensar en el futuro, pero entonces comprendí que debía actuar cuanto antes. Decidí buscar empleo y —por suerte, como tuve ocasión de comprobar después— tomé la precaución de pagar doscientos francos por adelantado por el alquiler de la habitación. Con los otros doscientos cincuenta francos y las clases de inglés, podría vivir un mes, y un mes era suficiente para encontrar empleo. Pensé en trabajar como guía en una de las compañías turísticas, o tal vez como intérprete. Sin embargo, una racha de mala suerte me lo impidió.
Un día se presentó en el hotel un joven italiano que decía ser compositor. Era un individuo bastante misterioso, pues llevaba patillas, que son la marca del apache o del intelectual, y nadie estaba seguro de en cuál de las dos clases incluirlo. A madame F. no le gustó su aspecto y le pidió una semana por adelantado. El italiano pagó y se quedó seis noches en el hotel. En ese tiempo se las arregló para preparar algunos duplicados de las llaves y la última noche desvalijó una docena de habitaciones, entre ellas la mía. Por suerte, no encontró el dinero que guardaba en los bolsillos, así que no me dejó sin un céntimo. Me quedaron solo cuarenta y siete francos, es decir, siete chelines y diez peniques.
Eso puso fin a mis planes de buscar trabajo. A partir de ese momento tuve que vivir con unos seis francos diarios, y desde el principio me resultó casi imposible pensar en otra cosa. Entonces empecé a experimentar la pobreza, pues seis francos diarios, aunque no sea verdadera pobreza, la roza. Seis francos son un chelín y, si se sabe cómo, en París se puede vivir con un chelín al día. Pero es difícil.
El primer contacto con la pobreza resulta curioso. Has pensado mucho en ella, la has temido toda la vida y sabías que acabarías enfrentándote a ella tarde o temprano; pero resulta ser total y prosaicamente diferente de lo que imaginabas. Pensabas que sería muy sencilla y es complicadísima. Pensabas que sería horrible; es solo aburrida y sórdida. Lo primero que descubres es su peculiar vileza; los cambios que te obliga a hacer, sus complejas mezquindades, tener que rebañar las cortezas.
Descubres, por ejemplo, el secretismo que va ligado siempre a la pobreza. De pronto tus ingresos se reducen a seis francos al día. Pero, por supuesto, no osas admitirlo: tienes que fingir que sigues como siempre. Desde el principio te enredas en una maraña de mentiras, e incluso eso es difícil de manejar. Dejas de enviar la ropa a la lavandería, te encuentras con la lavandera y te pregunta por qué; farfullas una excusa, ella cree que la estás enviando a otro sitio y se convierte en tu enemiga de por vida. El estanquero te pregunta por qué fumas menos que antes. Quieres responder a unas cartas y no puedes porque los sellos son demasiado caros. Y luego está la comida, eso es lo más difícil. Todos los días sales a la hora de comer, en teoría a un restaurante, y te pasas una hora contemplando las palomas en los Jardines de Luxemburgo. Después te llevas de tapadillo la comida a casa. Pan con margarina, o pan y vino, y hasta eso está dominado por las mentiras. Te ves obligado a comprar pan de centeno en vez de pan blanco, porque las hogazas de pan de centeno, aunque más caras, son redondas y es posible ocultarlas en los bolsillos. De modo que desperdicias un franco al día. A veces, para guardar las apariencias, tienes que gastar sesenta céntimos en una copa, y te quedas sin la correspondiente cantidad de comida. Tu ropa interior cada vez está más sucia y no tienes jabón ni cuchillas de afeitar. Te hace falta un corte de pelo e intentas cortártelo tú, con tan malos resultados que al final acabas yendo al barbero y gastándote el equivalente a la comida de un día. Te pasas el día contando mentiras que siempre te cuestan caras.
Descubres lo precarios que son tus seis francos diarios. Ocurren mezquinos desastres que te dejan sin comer. Te has gastado los últimos ochenta céntimos en medio litro de leche, y la estás calentando en un infiernillo de alcohol. Una chinche te trepa por el antebrazo; le das un golpe con la uña y cae, ¡chof!, justo en la leche. No tienes más remedio que tirarla y quedarte sin comer.
Vas a la panadería a comprar una libra de pan, y esperas mientras la chica corta una libra para otro cliente. Es torpe, y corta más de la cuenta. «Pardon, monsieur —se excusa—, no le importará pagar dos sous de más, ¿verdad?» La libra de pan cuesta un franco, y solo tienes uno. Cuando piensas que podría hacerte pagar dos sous de más y que tendrías que confesar que no puedes permitírtelo, te recorre un escalofrío de pánico. Pasan horas antes de que vuelvas a aventurarte en una panadería.
Vas a la verdulería a gastar un franco en un kilo de patatas, pero una de las monedas es belga y el tendero la rechaza. Sales avergonzado de la tienda y no vuelves a poner los pies allí.
Vagas por un barrio respetable y ves a lo lejos a un amigo a quien le van bien las cosas. Para darle esquinazo te metes en el café más próximo. Una vez allí tienes que consumir alguna cosa, así que gastas tus últimos cincuenta céntimos en un café solo con una mosca flotando en él. Hay cientos de desastres así. Forman parte del proceso de estar sin dinero.
Descubres lo que es tener hambre. Con el pan y la margarina en el estómago, sales a ver escaparates. En todas partes hay montones de comida que te insultan con su derroche, cochinillos, cestas de pan recién hecho, barras amarillas de mantequilla, ristras de salchichas, montañas de patatas, quesos de Gruyère tan grandes como ruedas de molino. Sientes lástima de ti mismo al ver tanta comida. Piensas en coger una barra de pan, salir corriendo y engullirla antes de que te atrapen, pero te contienes por puro miedo.
Descubres el aburrimiento inseparable de la pobreza; los ratos en que no tienes nada que hacer y, muerto de hambre, no puedes pensar en otra cosa. Te pasas medio día tumbado en la cama, sintiéndote como el jeune squelette del poema de Baudelaire. Solo la comida podría animarte. Descubres que cuando te mantienes una semana a base de pan y margarina dejas de ser una persona y te conviertes en un estómago con varios órganos accesorios.
Así —podría seguir describiéndola, pero es todo por el estilo— es la vida con seis francos diarios. En París la llevan miles de personas: artistas y estudiantes sin dinero, prostitutas que atraviesan una mala racha, desempleados de todo tipo. Son, por así decirlo, los suburbios de la pobreza.
Continué de esa manera unas tres semanas. Los cuarenta y siete francos desaparecieron pronto y tuve que arreglármelas con los treinta y seis a la semana que ganaba con las clases de inglés. Como me faltaba experiencia, administraba mal el dinero, y a veces me pasaba un día sin comer. En esos casos vendía un poco de ropa, la sacaba a escondidas del hotel en un paquetito y la llevaba a una tienda de segunda mano en la rue de la Montagne-Sainte–Geneviève. El tendero era un judío pelirrojo, un hombre muy desagradable que se encolerizaba al ver llegar a un cliente. A juzgar por sus modales, cualquiera diría que le ofendía que entrases en su tienda. «Merde! —gritaba—, ¿otra vez aquí? ¿Es que me ha tomado por la beneficencia?» Y pagaba precios bajísimos. Por un sombrero que me había costado veinticinco chelines y que apenas había usado me dio cinco francos, por un buen par de zapatos otros cinco francos y apenas un franco por camisa. Prefería cambiar a comprar y acostumbraba a ponerte algún objeto inútil en la mano y fingir que lo habías aceptado. En una ocasión le vi aceptar un buen abrigo de una anciana, ponerle dos bolas blancas de billar en las manos y sacarla a empujones de la tienda antes de que pudiera quejarse. Habría sido un placer romperle la nariz a aquel judío, si hubiese podido permitírmelo.
Esas tres semanas fueron míseras e incómodas, y era evidente que aún me esperaba lo peor, pues pronto expiraría el alquiler. No obstante, no fue tan malo como pensaba, pues, cuando caes en la pobreza, descubres algo que te hace olvidar lo demás: descubres el aburrimiento, las mezquinas complicaciones y el hambre, pero también el rasgo redentor de la pobreza, el hecho de que elimina el futuro. Dentro de ciertos límites, es cierto que cuanto menos dinero tienes menos te preocupas. Cuando tienes cien francos, te asaltan temores sin cuento. Cuando tienes solo tres todo te es indiferente; con eso tienes hasta el día siguiente y eres incapaz de pensar más allá. Te aburres, pero no tienes miedo. Piensas vagamente: «Dentro de un día o dos estaré muriéndome de hambre… parece increíble, ¿no?». Y luego empiezas a pensar en otra cosa. Una dieta a base de pan con margarina ofrece, hasta cierto punto, su propio analgésico.
Hay otra sensación que constituye un gran consuelo en la pobreza. Creo que cualquiera que haya pasado apuros económicos la habrá experimentado. Es una sensación de alivio, casi placentera, al saber que por fin estás sin blanca. Has hablado tantas veces de la posibilidad de acabar en el arroyo… y resulta que ya estás en él y puedes soportarlo. Eso te quita muchas preocupaciones.