S A D
I
E s sorprendería si os digo que las cosas fueron de mal en peor a partir de entonces?
Ya pensaba que no.
Nuestras primeras bajas fueron los pingüinos de Felix. Las crioesfinges arrojaron llamaradas a las desafortunadas aves, que se fundieron hasta dejar solo unos charcos de agua.
—¡No! —exclamó Felix.
La sala retumbó, esta vez con mucha más intensidad.
Keops dio un chillido y saltó sobre la cabeza de Carter, con lo que lo derribó. En otras circunstancias habría sido gracioso, pero comprendí que Keops acababa de salvarle la vida a mi hermano.
Donde Carter había estado un segundo antes, el suelo se hizo pedazos. Las baldosas de mármol se desmenuzaron como si las hubiera destrozado un martillo neumático invisible. La grieta serpenteó por toda la sala, destruyendo todo lo que encontraba en su camino y tragándose artefactos que quedaron destrozados. Sí, «serpenteó» es la palabra adecuada. La destrucción reptaba exactamente igual que una serpiente, deslizándose en dirección a la pared del fondo y al Libro de derrotar a Apofi s.
—¡El rollo! —grité.
Por lo visto, no me oyó nadie. Carter seguía en el suelo, intentando quitarse a Keops de la cabeza. Felix estaba de rodillas, mirando aturdido los charcos que habían sido sus pingüinos, mientras que Walt y Alyssa intentaban apartarlo a rastras de las crioesfinges flamígeras.
Yo saqué mi varita del cinturón y pronuncié a viva voz la primera palabra de poder que se me ocurrió:
—Drowah!
Unos jeroglíficos dorados, que componían la orden «limitar», refulgieron en el aire. Con un destello, apareció una muralla de luz entre la vitrina y la línea de destrucción.

A veces utilizaba ese hechizo para separar una riña entre aprendices o para proteger el estante de los aperitivos de incursiones zamponas nocturnas, pero jamás lo había probado en un momento tan crucial.
Cuando el martillo neumático invisible llegó a mi escudo, el hechizo empezó a desmoronarse. La perturbación escaló el muro de luz, destrozándolo a su paso. Intenté concentrarme, pero una fuerza mucho más poderosa, el propio caos, trabajaba en mi contra, invadiéndome la mente y dispersando mi magia.
Presa del pánico, comprendí que no podía liberarme. Estaba atrapada en un combate que no podía ganar. Apofis estaba haciendo trizas mis pensamientos con la misma facilidad con la que había destruido el suelo.
Walt me hizo soltar la varita con un manotazo.
La oscuridad me inundó. Me derrumbé en los brazos de Walt. Cuando se me aclaró la vista, tenía las manos quemadas y humeantes. Estaba demasiado conmocionada para sentir el dolor. El Libro de derrotar a Apofi s ya no estaba. No quedaba nada excepto un montón de escombros y un agujero enorme en la pared, como si la hubiese atravesado un tanque.
La desesperación estuvo a punto de obstruirme la garganta, pero enseguida me rodearon mis amigos. Walt me sostuvo en pie. Carter desenfundó su espada. Keops enseñó los colmillos y rugió a las crioesfinges. Alyssa abrazó a Felix y le dejó sollozar contra su manga. Cuando cayeron sus pingüinos, había perdido toda la valentía.
—Y ahora, ¿qué? —grité a las crioesfinges—. ¿Quemas el papiro y sales por piernas, como siempre? ¿Tanto miedo te da aparecer en persona?
Una nueva risotada inundó la sala. Las crioesfinges se quedaron inmóviles junto a la entrada, pero en las vitrinas empezaron a temblar todas las figuritas y las joyas. Con un crujido que hacía daño al oído, la estatua de la babuina dorada con la que había intentado ligar Keops giró la cabeza de repente.
—Pero si estoy en todas partes —dijo la Serpiente por medio de la boca de la estatua—. Puedo destruir todo lo que aprecias… y a todo el que aprecias.
Keops bramó, indignado. Se arrojó contra la babuina y la tiró de la balanza. La estatua se derritió en un neblinoso charco de oro.
Una nueva estatua cobró vida, un faraón de madera bañada en oro que empuñaba una lanza de cazador. Su boca tallada se curvó en una sonrisa torcida.
—Tu magia es débil, Sadie Kane. ¡Qué vieja y podrida se ha vuelto la civilización humana! Me tragaré al dios solar y sumiré vuestro mundo en la oscuridad. El mar del caos os consumirá a todos.
Como si no pudiera soportar toda la energía que contenía, la estatua del faraón estalló. Su pedestal quedó desintegrado, y una nueva línea de magia malvada de martillo neumático serpenteó por la sala, levantando las baldosas del suelo. Se dirigía a la pared oriental, donde había un expositor con un armarito dorado.
Sálvalo, dijo una voz de mi interior; tal vez mi subconsciente o tal vez la voz de Isis, mi diosa patrona. Habíamos compartido nuestros pensamientos tantas veces que me costaba distinguirlos.
Recordé lo que me había dicho la cara de la pared: «Quédate con la caja dorada. Os dará una pista de lo que os hace falta».
—¡La caja! —aullé—. ¡Detenedlo!
Mis amigos me miraron sin entender. Una explosión procedente de algún punto del exterior sacudió el edificio. Llovieron trozos de yeso del techo.
—¿Estos niños son lo mejor que has podido reunir contra mí? —dijo Apofis desde un shabti de marfil de la vitrina más cercana, un marinero en miniatura en su barco de juguete—. Walt Stone, tú eres el más afortunado. Aunque sobrevivas esta noche, tu enfermedad te matará antes de mi gran victoria. No tendrás que contemplar cómo destruyo tu mundo.
Walt se tambaleó. De pronto, era yo quien le sostenía a él. Me dolían tanto las manos quemadas que tuve que reprimir una náusea.
La línea de destrucción seguía recorriendo el suelo, todavía en la dirección del armarito dorado. Alyssa extendió su báculo y gruñó una orden.
Por un momento, el suelo se estabilizó, transformado en una lámina continua de piedra gris. Entonces aparecieron más grietas y la fuerza del caos quebró la lámina en su avance.
—Valiente Alyssa —dijo la Serpiente—, la tierra que tanto amas se disolverá en el caos. ¡No te quedará un solo lugar que hollar!
El báculo de Alyssa estalló en llamas. Ella chilló y lo arrojó a un lado.
—¡Basta! —gritó Felix. Hizo añicos la vitrina con su báculo y destruyó el marinero en miniatura junto con otra docena de shabtis.
La voz de Apofis se limitó a trasladarse a un amuleto de jade con el símbolo de Isis que llevaba al cuello un maniquí cercano.
—Ah, pequeño Felix, qué divertido me resultas. Tal vez me sirvas de mascota, como esos ridículos pájaros que tanto te gustan. Me pregunto cuánto aguantarás hasta perder toda tu cordura.
Felix lanzó su varita y derribó el maniquí.
La estela de suelo despedazado que dejaba el caos ya estaba a medio camino del expositor.
—¡Va a por esa caja! —logré decir—. ¡Salvad la caja!
Vale, admitido, no era precisamente un grito de batalla inspirador, pero Carter pareció entenderme. Saltó frente al caos que avanzaba y clavó su espada en el suelo. El filo cortó la baldosa de mármol como si fuese helado. A sus dos lados se expandió una línea de magia azul, la versión de campo de fuerza que invocaba Carter.
La grieta de destrucción dio contra la barrera y se detuvo. —Pobre Carter Kane. —Ahora la voz de la serpiente nos rodeaba, saltando de un artefacto a otro y haciéndolos explotar uno a uno con el poder del caos—. Tu liderazgo está condenado. Todo lo que intentes construir quedará hecho escombros. Perderás a aquellos a quienes más amas.
La línea defensiva azul de mi hermano empezó a titilar. Si no le ayudaba enseguida…
—¡Apofis! —exclamé—. ¿A qué esperas para destruirme? ¡Hazlo ya, maldita serpiente traidora y gordinflona!
Un siseo reverberó por toda la estancia. Quizá debería mencionar que uno de mis muchos talentos es poner furiosa a la gente. Por lo visto, también funcionaba con las serpientes.
El suelo dejó de temblar. Carter liberó su hechizo de escudo y casi se desplomó. Keops, con su maravillosa iniciativa babuina, saltó hacia el armarito dorado, lo recogió y se alejó dando otro brinco.
Cuando Apofis volvió a hablar, su voz llegó cargada de furia. —Tú lo has querido, Sadie Kane. Es hora de morir.
Las dos esfinges con cabeza de carnero se movieron, con las bocas encendidas en llamas. Se lanzaron directas contra mí.
Por suerte, una de las dos resbaló en un charco de agua de pingüino y se desvió hacia la izquierda. La otra me habría abierto la garganta, de no ser porque recibió la embestida de un camello muy oportuno.
Sí, un camello de verdad a tamaño real. Si vosotros no acabáis de verlo claro, imaginaos como debió de quedarse la crioesfinge.
¿Que de dónde salió el camello, preguntáis? No sé si he mencionado ya la colección de amuletos de Walt. Dos de ellos servían para invocar a unos camellos asquerosos. Yo ya los conocía, así que no me alegré demasiado cuando vi que ante mis ojos pasaba una tonelada de carne de camello, que se estrelló contra la esfinge y cayó al suelo encima de ella. La esfinge gruñó de rabia mientras intentaba liberarse. El camello bufaba y se tiraba pedos.
—Hindenburg —dije. Solo había un camello que pudiera soltar ventosidades de ese calibre—. Walt, ¿por qué narices…?
—¡Lo siento! —gritó él—. ¡Me he equivocado de amuleto!
En todo caso, la técnica funcionó. El camello no era un gran luchador, pero sí era bastante pesado y torpe. La crioesfinge rugió y arañó el suelo con sus garras, intentando apartar al camello en vano, pero Hindenburg simplemente se quedó despatarrado, berreando como si fuese una bocina asustada, y soltando gases.
Me coloqué al lado de Walt e intenté reponerme del susto.
La habitación se había convertido en un caos, literalmente. Unos zarcillos de relámpago rojizo saltaban de una pieza de la exposición a la siguiente. El suelo estaba haciéndose pedazos. Las paredes se agrietaban cada vez más. Los artefactos estaban cobrando vida y atacando a mis amigos.
Carter ahuyentaba a la otra crioesfinge, intentando acuchillarla con su jopesh, pero el monstruo bloqueaba sus embestidas con los cuernos mientras escupía fuego.
Felix estaba rodeado por un remolino de vasos canopos que se le echaban encima desde todas las direcciones, aunque él intentaba espantarlos con la ayuda del báculo. Un ejército de shabtis diminutos tenía rodeada a Alyssa, que recitaba hechizos a la desesperada para que su magia mantuviese la sala en una sola pieza. La estatua de Anubis perseguía a Keops de un lado a otro, destrozando cosas con los puños mientras nuestro valeroso babuino protegía el armarito dorado.
A nuestro alrededor crecía el poder del caos. Podía notarlo en los oídos, como cuando se avecina tormenta. La presencia de Apofis estaba haciendo que se resquebrajara el museo entero.
¿Cómo podía ayudar a todos mis amigos al mismo tiempo, proteger esa caja dorada y, encima, evitar que se nos cayera el museo encima?
—Sadie —me dijo Walt—, ¿cuál es el plan?
La primera crioesfinge por fin logró quitarse de encima a Hindenburg. Se giró y lanzó una llamarada al camello, que soltó un último pedo antes de encogerse y recuperar la forma de inofensivo amuleto de oro. A continuación, la crioesfinge se encaró hacia mí. No parecía muy contenta.
—Walt —dije—, cúbreme.
—Claro. —Miró inseguro a la crioesfinge—. ¿Mientras haces
qué?
«Buena pregunta», pensé yo.
—Hemos de proteger ese armarito —dije—. Es una especie de
pista. Debemos restaurar la Maat, o el edificio implosionará y moriremos todos.
—¿Y cómo restauramos la Maat?
En vez de responder, me concentré. Hice descender mi visión a la Duat.
Es difícil describir lo que supone experimentar el mundo en tantos niveles a la vez. Se parece un poco a mirar usando gafas 3D y ver las cosas rodeadas de auras borrosas, solo que las auras no siempre casan con los objetos y las imágenes no dejan de cambiar. Un mago tiene que ir con mucho cuidado si mira en la Duat. En el mejor de los casos, provoca un pelín de náusea. En el peor, te explota el cerebro.
En la Duat, una serpiente gigante roja iba enrollándose sobre sí misma y llenando la sala a medida que la magia de Apofis se expandía poco a poco y rodeaba a mis amigos. Casi perdí la concentración, además de la cena.
«Isis —llamé—, ¿qué tal un pelín de ayuda?»
La fuerza de la diosa fluyó a mi interior. Extendí mis sentidos y vi a mi hermano combatiendo a la crioesfinge. En lugar de Carter estaba el dios guerrero Horus, blandiendo su espada resplandeciente.
Arremolinados en torno a Felix, los vasos canopos eran los corazones de espíritus malignos, unas siluetas oscuras que descargaban garrazos y mordiscos contra nuestro joven amigo, aunque Felix tenía un aura sorprendentemente poderosa en la Duat. Su brillo, de un violeta intenso, parecía mantener a raya a los espíritus.
Alyssa estaba rodeada por una tormenta de arena con la forma de un hombre gigante. Mientras ella entonaba su cántico, el dios de la tierra Geb levantó los brazos y sostuvo el techo. El ejército de shabtis enemigos que tenía alrededor ardía descontrolado.
Keops tenía el mismo aspecto en la Duat, pero, mientras daba saltos por toda la sala para alejarse de la estatua de Anubis, el armarito dorado que cargaba se abrió. En su interior habitaba la oscuridad más pura, como si estuviera lleno de tinta de pulpo.
No sabía muy bien lo que aquello significaba, pero entonces miré a Walt y ahogué un grito.
En la Duat, estaba amortajado con unos vendajes de momia que emitían destellos grises. Tenía la carne transparente y los huesos luminosos, como si fuese una radiografía viviente.
«Su maldición —pensé—. Está marcado para la muerte.»
Y lo peor de todo era que la crioesfinge a la que se enfrentaba era el centro de la tormenta del caos. De su cuerpo salían zarcillos de relámpago rojos. Su cabeza de carnero se convirtió en la cabeza de Apofis, con ojos amarillos de serpiente y colmillos de los que goteaba veneno.
El monstruo se abalanzó sobre Walt pero, antes de que le alcanzara, Walt arrojó un amuleto. En la cara del monstruo explotaron unas cadenas de oro que le rodearon el hocico. La crioesfinge tropezó y se sacudió como un perro con bozal.
—Sadie, no pasa nada. —La voz de Walt sonaba más profunda y confiada, como si fuese más adulto en la Duat—. Pronuncia tu hechizo. Deprisa.
La crioesfinge tensó las mandíbulas. Las cadenas de oro chirriaron. La otra crioesfinge tenía a Carter acorralado contra una pared. Felix estaba de rodillas, con su aura violeta sucumbiendo al remolino de espíritus oscuros. Alyssa estaba perdiendo su batalla contra el derrumbe del techo, y los cascotes caían a su alrededor. La estatua de Anubis agarró el rabo de Keops y lo sostuvo cabeza abajo mientras el babuino aullaba y se aferraba al armarito de oro.
Ahora o nunca; tenía que restaurar el orden.
Canalicé el poder de Isis, drenando mis propias reservas de magia hasta el extremo de notar que me empezaba a arder el alma. Me obligué a concentrarme y pronuncié la más poderosa de todas las palabras divinas:
—Maat.
El jeroglífico ardió frente a mí, pequeño y brillante como un sol en miniatura:

—¡Bien! —exclamó Walt—. ¡Sigue así!
De algún modo, se las había ingeniado para tirar de la cadena y agarrar el morro de la esfinge con las manos. Mientras la criatura le empujaba con todas sus fuerzas, la extraña aura gris de Walt estaba recorriendo el cuerpo del monstruo como si fuese una infección. La crioesfinge siseó y se retorció. Me llegó un tufo a podredumbre, como el aire de una tumba abierta, tan fuerte que casi me desconcentró.
—Sadie —me apremió Walt—. ¡Mantén el hechizo!
Puse toda mi atención en el jeroglífico. Envié hasta mis últimas reservas de energía a ese símbolo del orden y la creación. El mundo se hizo más brillante. La serpiente enroscada se esfumó como la niebla bajo la luz del sol. Las dos crioesfinges se desmoronaron y cayeron al suelo en forma de polvo. Los vasos canopos se hicieron añicos contra el suelo. La estatua de Anubis dejó caer a Keops de cabeza. El ejército de shabtis se quedó inmóvil alrededor de Alyssa, y su magia de la tierra se extendió por la sala, sellando las grietas y apuntalando las paredes.
Noté que Apofis se retiraba a las profundidades de la Duat, dando silbidos de cólera.
Al instante, me derrumbé.
—Te dije que podía conseguirlo —dijo una voz amable.
La voz de mi madre… pero era imposible, claro. Mi madre había muerto, así que solo podía hablar con ella muy de vez en cuando, y solo en el inframundo.
Recobré la vista, aunque solo podía distinguir borrones oscuros. Había dos mujeres inclinadas sobre mí. Una era mi madre; reconocí su pelo rubio recogido y unos ojos de color azul intenso que brillaban de orgullo. Era traslúcida (es lo que tienen los fantasmas), pero su voz transmitía vida y calidez.
—Aún no ha llegado el final, Sadie. Tienes que seguir adelante. Junto a ella estaba Isis, con su sedoso vestido blanco y sus brillantes alas de todos los colores del arcoíris. Tenía el cabello de un negro brillante, trenzado con hileras de diamantes. Su rostro era tan hermoso como el de mi madre, pero más regio, menos afectuoso.
A ver, no me malinterpretéis. Al haber compartido los pensamientos de Isis, sabía que se preocupaba por mí a su manera, pero los dioses no son humanos. Les cuesta mucho trabajo considerarnos algo más que herramientas útiles o mascotas monas. Desde el punto de vista de los dioses, la vida de un ser humano no parece mucho más larga que la de un jerbo.
—¿Quién lo habría pensado? —dijo Isis—. La última maga que invocó la Maat fue la mismísima Hatshepsut, y solo pudo hacerlo después de ponerse barba postiza.
No entendí ni una palabra de lo que decía Isis. Decidí que era mejor así.
Traté de moverme, pero no pude. Me sentía como sumergida en el fondo de una bañera, suspendida en el agua tibia y con las caras de las dos mujeres ondulándose al mirarme desde encima de la superficie.
—Sadie, escúchame con atención —dijo mi madre—. No te culpes por las muertes. Cuando expliques tu plan a tu padre, no lo aprobará. Tienes que convencerle. Dile que es la única forma de salvar las almas de los muertos. Dile… —Su expresión se volvió lúgubre—. Dile que es la única forma de que vuelva a verme. Tienes que conseguirlo, cariño.
Quise preguntarle a qué se refería, pero al parecer tampoco podía hablar.
Isis me tocó la frente. Tenía los dedos tan fríos como la nieve. —Será mejor que no la cansemos más. Nos despedimos de momento, Sadie. El momento en el que volveremos a unirnos se acerca a marchas forzadas. Eres fuerte, más incluso que tu madre. Juntas, dominaremos el mundo.
—Querrás decir «juntas, derrotaremos a Apofis» —corrigió mi madre.
—Por supuesto —dijo Isis—. A eso me refería.
Sus caras se emborronaron hasta fundirse. Las dos hablaron con una sola voz:
—Te quiero.
Sopló una ventisca ante mis ojos. El entorno cambió y me vi de pie en un cementerio sombrío junto a Anubis. No era el dios mohoso con cabeza de chacal que suele aparecer en el arte funerario egipcio, sino Anubis tal y como yo lo conocía: un joven de cálidos ojos castaños, pelo moreno alborotado y un rostro tan ridículamente perfecto que daba rabia. A ver, por favor, ser dios le daba una ventaja injusta. Podía tener el aspecto que le apeteciera. ¿Por qué tenía que aparecer siempre con esa forma en particular, la que me hacía correr hormiguitas por el estómago?
—Maravilloso —logré decir—. Si estás aquí, debo de estar muerta.
Anubis sonrió.
—Muerta no, aunque poco te ha faltado. Has hecho una jugada
muy arriesgada.
En mi cara se inició una sensación ardiente que empezó a bajarme por el cuello. No sabía muy bien si era vergüenza, furia o la alegría de verle.
—¿Dónde te habías metido? —le solté—. ¡Seis meses sin decir ni una palabra!
Se le derritió la sonrisa. —No me permitían verte. —¿Quién te lo ha prohibido?
—Existen reglas —dijo él—. Ahora mismo nos observan, pero estás tan cerca de la muerte que he podido arañar unos instantes. Tengo que decirte una cosa: tu idea es la buena. Presta atención a lo que no está ahí. Es la única esperanza de que podáis sobrevivir.
—Ya —refunfuñé—. Gracias por no hablarme en acertijos.
La sensación cálida llegó a mi corazón. Empezó a latir, y de pronto caí en la cuenta de que no lo había hecho desde mi desmayo. Eso no podía ser bueno.
—Sadie, hay otra cosa. —La voz de Anubis se volvió acuosa y su imagen empezó a desvanecerse—. Tengo que decirte…
—Dímelo en persona —le interrumpí—. Ya está bien de esta tontería de la «visión en la muerte».
—No puedo. No me dejan.
—Sigues sonando como un crío pequeño. ¿No eras un dios?
¡Puedes hacer lo que te dé la gana, demonios!
Los ojos me ardían de rabia. Entonces, para mi sorpresa, Anubis se rió.
—Se me había olvidado lo irritante que eres. Intentaré visitarte… pronto. Tenemos que hablar de una cosa. —Levantó una mano y me la pasó por la mejilla—. Ya estás despertando. Adiós, Sadie.
—No te vayas. —Le agarré la mano y la sujeté contra mi mejilla. El calor se extendió por todo mi cuerpo. La imagen de Anubis se disipó.
Abrí los ojos de sopetón.
—¡No te vayas!
Tenía vendas en las manos quemadas, con las que agarraba una peluda zarpa de babuino. Keops me miró, algo confundido.
—¿Ajk?
Genial. Estaba tonteando con un mono.
Me incorporé, confundida. Carter y nuestros amigos me rodeaban. La sala no se había venido abajo, pero la exposición del rey Tut estaba en ruinas. Tenía la sensación de que tardarían mucho en invitarnos a formar parte de los Amigos del Museo de Dallas.
—¿Qué… qué ha pasado? —farfullé—. ¿Cuánto tiempo…? —Has estado muerta dos minutos —dijo Carter con voz temblorosa—. O sea, no te latía el corazón, Sadie. He pensado… me temía…
No pudo acabar la frase. Pobre chico. Sin mí, no habría sabido hacer una a derechas.
[¡Au!, Carter, no vale pellizcar.]
—Has invocado la Maat —dijo Alyssa, asombrada—. Eso es
como… ¡imposible!
Supongo que sí que fue impresionante. Usar las palabras divinas para crear algo como un animal, una silla o una espada ya es complicado. Invocar un elemento como el fuego o el agua es aún más difícil. Pero invocar un concepto, como el orden… es algo que no se hace, y punto. De todos modos, en aquel momento estaba demasiado dolorida para apreciar mi propia genialidad. Me sentía como si hubiese invocado un yunque y me hubiera caído en la cabeza.
—Ha sido suerte —dije—. ¿Qué ha pasado con el armarito dorado?
—¡Ajk! —Keops hizo gestos orgullosos hacia la caja brillante, que estaba muy cerca en el suelo, a salvo.
—Buen babuino —le dije—. Esta noche te toca ración doble de Cheerios.
Walt frunció el ceño.
—Pero el Libro de derrotar a Apofi s está destruido. ¿De qué nos va
a servir esa caja? Has dicho que era una especie de pista…
Me costaba mirar a Walt sin sentirme culpable. Mi corazón llevaba meses dividido entre él y Anubis, y era injusto que el dios se presentara en mis sueños, todo atractivo e inmortal, mientras el pobre Walt se jugaba la vida para protegerme y estaba cada día más débil. Recordé cómo lo había visto en la Duat, envuelto en fantasmagóricos vendajes grises de momia…
No. No podía pensar en eso. Me obligué a concentrarme en el armarito dorado.
«Presta atención a lo que no está ahí», había dicho Anubis. Puñeteros dioses con sus puñeteros acertijos.
La cara de la pared —el tío Vinnie— me había dicho que la caja nos sugeriría cómo derrotar a Apofis, si éramos lo bastante listos para entenderla.
—Aún no estoy segura de lo que significa —reconocí—. Si los texanos nos dejan llevárnosla a la Casa de Brooklyn…
Horrorizada, me di cuenta de una cosa. Ya no se oían explosiones en el exterior. Solo un silencio espeluznante.
—¡Los texanos! —gemí—. ¿Qué les ha pasado?
Felix y Alyssa salieron disparados hacia la puerta. Carter y Walt me ayudaron a levantarme y los tres corrimos tras ellos.
No quedaba ni un solo vigilante en su puesto. Llegamos al vestíbulo del museo y, por la pared acristalada, vi que se alzaban unas columnas de humo blanco desde el jardín escultórico.
—No —murmuré—. No, no.
Cruzamos la calle a toda velocidad. El pulcro césped se había convertido en un cráter tan grande como una piscina olímpica. El fondo estaba sembrado de estatuas metálicas fundidas y de pedruscos. Los túneles que antes llevaban al cuartel general del Nomo Quincuagésimo Primero se habían derrumbado como si un matón de patio de colegio hubiese chafado un hormiguero. Alrededor del cráter había trajes de noche humeantes, bandejas de tacos partidas, copas de champán rotas y los báculos quebrados de los magos.
«No te culpes por las muertes», había dicho mi madre. Aturullada, recorrí lo que quedaba del jardín. El enorme bloque de hormigón se había partido en dos, y una mitad había resbalado cráter abajo. En el barro había un violín chamuscado junto a un objeto brillante de plata.
Carter llegó a mi lado.
—De… deberíamos buscar —dijo—. Puede haber algún superviviente.
Me tragué las lágrimas. No supe muy bien cómo, pero sentía la verdad con absoluta certeza.
—No los hay.
Los magos de Texas nos habían recibido con los brazos abiertos y nos habían prestado su apoyo. J. D. Grissom me había cogido las manos y me había deseado suerte antes de correr para salvar a su esposa. Pero nosotros ya habíamos visto en otros nomos cómo se las gastaba Apofis. Carter se lo había advertido a J. D.: «Los esbirros de la Serpiente no dejan a nadie vivo».
Me arrodillé y recogí el trocito de plata brillante. Era una hebilla de cinturón en forma de estrella de sheriff, medio fundida.
—Están muertos —dije—. Todos ellos.