Índice
Cubierta
Trilogía de Aléxandros
ALÉXANDROS I. EL HIJO DEL SUEÑO
Antecedentes
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Nota del Autor
ALÉXANDROS II. LAS ARENAS DE AMÓN
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Nota del Autor
ALÉXANDROS III. EL CONFÍN DEL MUNDO
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Epílogo
Nota del Autor
Notas
Biografía
Créditos



Et siluit terra in conspectu eius
(«Y la tierra enmudeció en su presencia»)
Macabeos, 113

Antecedentes
Los cuatro magos subían a paso lento los senderos que conducían a la cumbre de la Montaña de la Luz: llegaban de los cuatro puntos cardinales trayendo cada uno una alforja con las maderas perfumadas destinadas al rito del fuego.
El Mago de la Aurora llevaba un manto de seda rosa con matices de azul y calzaba sandalias de piel de ciervo. El Mago del Crepúsculo llevaba una sobrevesta carmesí jaspeada de oro, y de los hombros le colgaba una larga estola de biso recamada con idénticos colores.
El Mago del Mediodía vestía una túnica de púrpura adamascada con espigas de oro y calzaba unas babuchas de piel de serpiente. El último de ellos, el Mago de la Noche, iba ataviado con lana negra, tejida con el vellón de corderos nonatos, constelada de estrellas de plata.
Caminaban como si el ritmo de su andadura fuese marcado por una música que sólo ellos podían oír y se acercaban al templo con paso acompasado, recorriendo distancias iguales, aunque uno subía un repecho pedregoso, el otro andaba por un sendero llano y los últimos avanzaban por el lecho arenoso de ríos ya secos.
Se encontraron ante las cuatro puertas de entrada de la torre de piedra en el mismo instante, justo en el momento en que el alba vestía de una luz perlina el inmenso territorio desierto de la planicie.
Se inclinaron mirándose al rostro a través de los cuatro arcos de entrada y acto seguido se acercaron al altar. El primero en dar comienzo al ritual fue el Mago de la Aurora, que colocó en cuadrado unas ramas de madera de sándalo; le siguió el Mago del Mediodía que añadió, en sentido oblicuo, unas ramitas de acacia formando pequeños haces. El Mago del Crepúsculo amontonó sobre aquella base maderas descortezadas de cedro, recogidas en el bosque del monte Líbano. Por último, el Mago de la Noche puso encima unas ramas peladas y secas de encina del Cáucaso, madera castigada por el rayo, secada por el sol de las alturas. Acto seguido los cuatro extrajeron de las alforjas los sílices sagrados e hicieron saltar al mismo tiempo azuladas chispas en la base de la pequeña pirámide hasta que el fuego comenzó a arder, primero débil, tímidamente, pero luego cada vez más intenso y brioso; las lenguas rojas se tornaron azules y casi blancas, hasta que finalmente fueron semejantes en todo al Fuego del cielo, al aliento divino de Ahura Mazda, dios de verdad y de gloria, señor del tiempo y de la vida.
Sólo la voz pura del fuego murmuraba su arcana poesía dentro de la gran torre de piedra; ni siquiera se oía el respirar de los cuatro hombres inmóviles en el centro de su inmensa patria. Contemplaban arrobados cómo la sagrada llama tomaba su forma de la simple arquitectura de las ramas colocadas artísticamente sobre el altar de piedra, tenían su mirada fija en aquella luz purísima, en aquella danza maravillosa de luz, elevando su plegaria por el pueblo y por el Rey. El Gran Rey, el Rey de Reyes que se sentaba lejos, en la resplandeciente sala de su palacio, la inmortal Persépolis, en medio de un bosque de columnas pintadas de púrpura y de oro, custodiado por toros alados y leones rampantes.
El aire a aquellas horas de la mañana, en aquel lugar mágico y solitario, estaba calmado, tal como debía ser a fin de que el Fuego celeste tomara las formas y los movimientos de su naturaleza divina, que siempre lo empuja hacia lo alto para unirse con el Empíreo, su fuente originaria.
Pero de golpe sopló una fuerza poderosa sobre las llamas y las apagó. Ante la mirada estupefacta de los magos, también las brasas quedaron convertidas en negro carbón.
No hubo ninguna otra señal ni sonido, salvo el fuerte chillido del halcón que ascendía por el vacío cielo, ni hubo tampoco ninguna palabra. Los cuatro hombres se quedaron estupefactos junto al altar, afectados por un triste presagio, derramando lágrimas en silencio.
En aquel mismo instante, muy lejos, en un remoto país de Occidente, una muchacha se acercaba, temblando, a las encinas de un antiguo santuario con el fin de solicitar una bendición para el hijo que sentía moverse por primera vez en su seno. El nombre de la muchacha era Olimpia. El nombre del niño lo reveló el viento que soplaba impetuoso entre las ramas milenarias y agitaba las hojas muertas a los pies de los gigantescos troncos. El nombre era:
ALÉXANDROS

Olimpia se había dirigido al santuario de Dodona por una extraña inspiración, por un presagio que la había visitado en sueños mientras dormía al lado de su marido, Filipo, rey de los macedonios, ahíto de vino y de comida.
Soñó que una serpiente reptaba lentamente a lo largo del corredor y que luego entraba silenciosamente en el aposento. Aunque ella la veía, no podía moverse, así como tampoco gritar ni escapar. Los anillos del gran reptil deslizábanse por el suelo de piedra y las escamas relucían con reflejos cobrizos y broncíneos bajo los rayos de la luna que entraban por la ventana.
Por un momento había deseado que Filipo se despertase y la tomase entre sus brazos, le diese calor contra el pecho fuerte y musculoso, la acariciase con sus grandes manos de guerrero, pero su mirada enseguida volvió a posarse sobre el drakon, sobre aquel animal portentoso que se movía como un fantasma, como una criatura mágica, una de ésas que los dioses despiertan por simple placer de las entrañas de la tierra.
Extrañamente, ya no le producía miedo ni sentía ninguna repugnancia; es más, se sentía cada vez más atraída y casi fascinada por aquellos movimientos sinuosos, por aquella potencia silenciosa y llena de gracia.
La serpiente se introdujo bajo las mantas, se deslizó entre sus piernas y sus pechos y ella sintió que la había poseído, ligera y fríamente, sin causarle el menor daño, sin ninguna violencia.
Soñó que su semen se mezclaba con el que el marido había expelido ya dentro de ella con la fuerza de un toro, con la fogosidad de un verraco, antes de caer vencido por el sueño y el vino.
Al día siguiente el rey se puso la armadura, comió carne de jabalí y queso de oveja en compañía de sus generales y partió para la guerra. Una guerra contra un pueblo más bárbaro que sus macedonios: los tribalos, que se vestían con pieles de oso, se cubrían la cabeza con gorras de piel de zorro y vivían a orillas del río Istro, el más grande de Europa.
Se había limitado a decirle:
—Recuerda ofrecer sacrificios a los dioses mientras yo esté ausente y concibe un hijo varón, un heredero que se parezca a mí.
Luego montó sobre su caballo bayo y se lanzó al galope con sus generales, haciendo retumbar el patio bajo los cascos de los caballos de batalla, haciéndolo resonar con el fragor de las armas.
Tras su partida, Olimpia tomó un baño caliente y, mientras sus doncellas le daban masaje en la espalda con esponjas empapadas en esencias de jazmín y de rosas de Pieria, mandó llamar a Artemisia, su nodriza, una anciana de buena familia, de enormes pechos y estrecho talle, que se había traído de Epiro al venir para unirse en matrimonio con Filipo.
Le contó el sueño y le preguntó:
—Mi querida Artemisia, ¿qué significa?
—Hija mía, los sueños son siempre mensajes de los dioses, pero pocos son los que saben interpretarlos. Creo que deberías dirigirte al más antiguo de nuestros santuarios; consulta al oráculo de Dodona, en nuestra patria, Epiro. Allí los sacerdotes se transmiten desde tiempos inmemoriales cómo leer la voz del gran Zeus, el padre de los dioses y de los hombres, que se manifiesta cuando el viento pasa a través de las ramas de las milenarias encinas del santuario, o bien cuando hace susurrar sus hojas en primavera o en verano, o las agita ya secas en torno a los raigones durante el otoño o el invierno.
Y así, pocos días después, Olimpia emprendió viaje camino del santuario erigido en un lugar de imponente grandiosidad, en un valle verdeante enclavado entre boscosos montes.
Decíase de aquel templo que era uno de los más antiguos de la tierra: dos palomas habían emprendido el vuelo de la mano de Zeus cuando hubo conquistado el poder tras expulsar del cielo al padre Cronos. Una había ido a posarse sobre una encina de Dodona, la otra sobre una palmera del oasis de Siwa, entre las ardientes arenas de Libia. En aquellos dos lugares, desde entonces, podía oírse la voz del padre de los dioses.
—¿Qué significa el sueño que he tenido? —preguntó Olimpia a los sacerdotes del santuario.
Éstos se hallaban sentados en círculo en unos asientos de piedra, en medio de un verdísimo prado florido de margaritas y ranúnculos, y estaban escuchando soplar el viento que agitaba las hojas de las encinas. Hubiérase dicho que totalmente arrobados.
Uno de ellos dijo por fin:
—Significa que el hijo que nazca de ti descenderá de la estirpe de Zeus y de un mortal. Significa que en tu seno la sangre de un dios se ha mezclado con la sangre de un hombre.
»El hijo que des a luz resplandecerá con una energía maravillosa, pero lo mismo que las llamas que arden con luz más intensa queman las paredes del candil y consumen más deprisa el aceite que las alimenta, así también su alma podría quemar el pecho que la alberga.
»Recuerda, reina, la historia de Aquiles, antepasado de tu gloriosa familia: le fue concedido elegir entre una vida breve y gloriosa y otra larga pero oscura. Eligió la primera: sacrificó la vida a cambio de un instante de luz cegadora.
—¿Es éste un destino ya escrito? —preguntó Olimpia temblando toda ella.
—Es un destino posible —repuso otro sacerdote—. Los caminos que un hombre puede recorrer son muchos, pero algunos hombres nacen dotados de una fuerza distinta, que proviene de los dioses y que trata de retornar a ellos. Guarda este secreto en tu corazón hasta que llegue el momento en que la naturaleza de tu hijo se manifieste en su plenitud. Entonces prepárate para todo, incluso para perderle, porque hagas lo que hagas no conseguirás impedir que se cumpla su destino, que su fama se extienda hasta el último confín del mundo.
No había terminado aún de hablar cuando la brisa que soplaba entre el ramaje de las encinas se transformó de repente en un fuerte y cálido viento del Sur: en poco rato alcanzó una fuerza tal que dobló las copas de los árboles y obligó a los sacerdotes a cubrirse la cabeza con sus mantos.
El viento trajo consigo una densa calina rojiza que oscureció enteramente el valle; también Olimpia se arrebujó el cuerpo y la cabeza con el manto, quedándose inmóvil en medio del torbellino, como la estatua de una divinidad sin rostro.
La ventolera pasó tal como había llegado y, cuando la calina se aclaró, las estatuas, las estrellas y los altares que adornaban el recinto sagrado aparecieron cubiertos de una fina capa de polvo rojo.
El último sacerdote que había hablado la rozó con la punta de un dedo y se la acercó a los labios.
—Este polvo lo ha traído el soplo del viento líbico, aliento de Zeus Amón que tiene su oráculo entre las palmeras de Siwa. Es un prodigio extraordinario, una señal portentosa, porque los dos oráculos más antiguos de la tierra, separados por una enorme distancia, han hecho oír sus voces al mismo tiempo. Tu hijo ha oído llamadas que llegan de lejos y tal vez no haya oído el mensaje. Un día lo oirá de nuevo dentro de un gran santuario rodeado por las arenas del desierto.
Tras haber escuchado estas palabras, la reina volvió a Pella, la capital de los caminos polvorientos en verano y fangosos en invierno, esperando con temor y ansiedad el día en que naciera su hijo.
Los dolores del parto comenzaron un atardecer de primavera, tras la puesta del Sol. Las mujeres encendieron los velones y su nodriza, Artemisia, mandó llamar a la partera y al médico Nicómaco, que había atendido ya al viejo rey Amintas y había estado a cargo del nacimiento de no pocos vástagos reales, tanto legítimos como bastardos.
Nicómaco estaba preparado, sabedor de que ella había salido de cuenta. Se ciñó el mandil, hizo calentar agua y mandó traer otros candeleros para que no faltase luz.
Pero dejó que fuese la partera la primera en acercarse a la reina, porque una mujer prefiere ser tocada por otra mujer en el momento de traer al mundo a su hijo: sólo una mujer comprende el dolor y la soledad en que se alumbra una nueva vida.
En aquellos momentos, el rey Filipo se encontraba poniendo cerco a la ciudad de Potidea y por nada del mundo habría abandonado a sus tropas.
Fue un largo y difícil parto porque Olimpia era estrecha de caderas y de complexión delicada.
La nodriza le secaba el sudor repitiendo:
—¡Aprieta fuerte, niña, empuja! El ver a tu hijo te consolará de todo el dolor que debes de estar pasando en estos momentos.
Le mojaba los labios con agua de manantial, que las doncellas cambiaban de continuo en la copa de plata.
Pero cuando el dolor aumentó hasta hacerle perder casi el sentido, intervino Nicómaco, guió las manos de la partera y mandó a Artemisia que empujara sobre el vientre de la reina porque a ella le fallaban ya las fuerzas y el niño padecía.
Apoyó el oído sobre la ingle de Olimpia y pudo escuchar cómo iba disminuyendo la palpitación del corazoncito.
—Empuja todo lo fuerte que puedas —ordenó a la nodriza—. El niño tiene que nacer enseguida.
Artemisia se apoyó con todo su peso sobre la reina que, lanzando un grito más fuerte, parió.
Nicómaco ató el cordón umbilical con un hilo de lino, lo cortó inmediatamente con unas tijeras de bronce y lavó la herida con vino puro.
El niño se puso a llorar y él se lo entregó a las mujeres para que le lavasen y vistiesen. Artemisia le miró la carita y se quedó completamente extasiada.
—¿No es una maravilla? —preguntó mientras le pasaba por el semblante un copo de lana empapado en aceite.
La partera le levantó la cabeza y al secársela no pudo reprimir un ademán de estupor.
—Tiene la pelambrera de un niño de seis meses con unos bonitos reflejos dorados. Se diría un pequeño Eros.
Entretanto, Artemisia le vestía con una minúscula túnica de lino porque Nicómaco no quería que los niños fuesen fajados prietamente tal como se acostumbraba a hacer en la mayor parte de las familias.
—Según tú, ¿de qué color tiene los ojos? —preguntó a la partera.
La mujer acercó un velón y los ojos del niño se encendieron con un reflejo iridiscente.
—No sé, es difícil decirlo. Unas veces parecen azules, otras oscuros, casi negros. Tal vez sea la naturaleza tan distinta de sus progenitores...
Mientras tanto, Nicómaco se ocupaba de la reina que, como ocurre a menudo con las primerizas, perdía sangre. Previendo que esto pasase, había hecho recoger nieve en las pendientes del monte Bermión.
Hizo con ella varias compresas y las aplicó sobre el vientre de Olimpia. La reina se estremeció, fatigada y exhausta como estaba, pero el médico no se dejó enternecer y siguió aplicándole las compresas heladas hasta que vio cortarse del todo el flujo de sangre.
Luego, mientras se quitaba el mandil y se lavaba las manos, la confió al cuidado de las mujeres. Dio permiso para que le cambiasen las sábanas, le limpiasen el sudor con esponjas suaves empapadas en agua de rosas, le pusiesen una camisa limpia, que cogieron de su arcón, y le diesen de beber.
Fue Nicómaco quien le presentó al pequeño:
—Aquí tienes al hijo de Filipo, reina. Has dado a luz un niño guapísimo.
Finalmente salió al corredor donde aguardaba un jinete de la guardia real en traje de viaje.
—Vamos, corre al encuentro del rey y dile que ha tenido un hijo. Dile que es un varón hermoso, sano y fuerte.
El jinete se echó el manto sobre los hombros, se puso en bandolera la alforja y salió a todo correr. Antes de desaparecer en el fondo del corredor, Nicómaco gritó detrás de él:
—Dile también que la reina se encuentra bien.
El hombre ni siquiera se detuvo y poco después se oyó un relincho en el patio, al que siguió un galope que se perdió por las calles de la ciudad sumida en el sueño.

Artemisia tomó al niño y lo puso sobre la cama al lado de la reina. Olimpia se incorporó ligeramente sobre los codos, apoyando la espalda en los almohadones, y le miró.
Era guapísimo. Tenía unos labios carnosos y la carita sonrosada y delicada. El cabello, de un color castaño claro, relucía de reflejos dorados y justo en el centro de la frente tenía lo que las parteras llamaban «la lamedura del becerro»: un mechoncito de pelos de punta y separados en dos.
Los ojos le parecían azules, pero el izquierdo tenía en el fondo una especie de sombra que le hacía semejar más oscuro con el cambio de la luz.
Olimpia le levantó, le estrechó contra ella y comenzó a acunarle hasta que dejó de llorar. Luego desnudó su pecho para darle de mamar, pero Artemisia se acercó y le dijo:
—Niña, para esto está la nodriza. No estropees tu pecho. El rey no tardará en volver de la guerra y tendrás que estar más hermosa y deseable que nunca.
Extendió los brazos para coger al niño, pero la reina no se lo dio, le acostó en su regazo y le dio su leche hasta que se durmió tranquilo.
Mientras tanto, el mensajero corría a rienda suelta en la oscuridad a fin de presentarse ante el rey lo más pronto posible. Llegó a medianoche a orillas del río Axios y espoleó a su caballo por el puente de barcas que unía ambas orillas. Cambió el caballo de batalla en Therma, que estaba aún a oscuras, y se adentró por la Calcídica.
El amanecer le sorprendió en el mar y el vasto golfo se incendió en el momento de aparecer el sol como un espejo delante del fuego. Trepó por el macizo montañoso del Calauro, en medio de un paisaje cada vez más áspero y agreste, entre inaccesibles riscos que a trechos caían a pico sobre el mar, orlados al fondo por el furioso rebullir de la espuma.
El rey estrechaba el cerco a la antigua ciudad de Potidea, que desde hacía medio siglo se hallaba bajo control de los atenienses, no porque quisiera enfrentarse con Atenas, sino porque la consideraba territorio macedonio y era su intención consolidar su propio dominio en toda la región que se extendía entre el golfo de Therma y el estrecho del Bósforo. En aquel momento, encerrado con sus guerreros en el interior de una torre de asalto, Filipo, armado, cubierto de polvo, sangre y sudor, se disponía a lanzar el asalto definitivo.
—¡Hombres! —gritó—, ¡si os tenéis en algo, éste es el momento de demostrarlo! Regalaré el más hermoso corcel de mis caballerizas al primero que tenga redaños de lanzarse conmigo sobre los muros enemigos, pero, por Zeus, si veo temblar a uno solo de vosotros en el momento decisivo, juro que la emprenderé con él a vergajos hasta dejarle sin pellejo. Y seré yo quien lo haga personalmente. ¿Me habéis oído bien?
—¡Te hemos oído, rey!
—¡Entonces vamos! —ordenó Filipo e hizo señal a los servidores de que quitaran el seguro a las árganas.
El puente se abatió sobre las murallas ya desmochadas y a medio demoler por las embestidas de los arietes y el rey se abalanzó dando gritos y grandes mandobles, tan rápido que resultaba difícil seguirle. Pero sus soldados sabían perfectamente que el soberano mantenía siempre sus promesas y se lanzaron en masa, empujándose unos a otros con los escudos, al tiempo que derribaban a los flancos y almenas abajo a los defensores ya extenuados por el esfuerzo, por la vigilia y el largo cansancio de meses y meses de continuos enfrentamientos. Detrás de Filipo y de su guardia se esparció el resto del ejército, entablando un durísimo combate con los últimos defensores que bloqueaban los caminos y las mismas entradas de las casas.
A la caída del sol Potidea, de rodillas, pedía una tregua.
El mensajero llegó cuando era casi de noche, tras haber reventado otros dos caballos. Al asomarse por las colinas que dominaban la ciudad vio un hormiguero de fuegos alrededor de las murallas y pudo oír el vocerío de los soldados macedonios que estaban de francachela.
Dio un espolazo a su caballo y en poco rato llegó al campamento. Pidió ser llevado a la tienda del rey.
—¿Qué te trae? —le preguntó el oficial de guardia, uno del norte a juzgar por su acento—. El rey se halla ocupado. La ciudad ha caído y hay una embajada del gobierno que está negociando.
—Ha nacido el príncipe —repuso el mensajero.
El oficial se estremeció.
—Sígueme.
El soberano, con armadura de combate, estaba sentado en su tienda, rodeado de sus generales. Detrás de él se hallaba su lugarteniente Antípatro. Alrededor, los representantes de Potidea, más que negociar, escuchaban a Filipo, que dictaba sus condiciones.
El oficial, sabedor de que su intrusión no iba a ser tolerada, pero que un retraso por su parte en anunciar tan importante noticia habría sido aún menos tolerado, dijo de un tirón:
—¡Rey, traigo una noticia de palacio: has tenido un hijo!
Los delegados de Potidea, pálidos y demacrados, se miraron a la cara y se hicieron a un lado levantándose de los escabeles en que les habían hecho sentarse. Antípatro se puso en pie con los brazos cruzados sobre el pecho como quien espera la orden o la palabra del soberano.
Filipo se quedó con la palabra en la boca:
—Vuestra ciudad tendrá que proporcionar un... —y concluyó, con voz totalmente demudada—: ... hijo.
Los delegados, que no habían comprendido, se miraron de nuevo turbados, pero Filipo había derribado su asiento, tras empujar a un lado al oficial y coger por el hombro al mensajero.
Las llamas de los candeleros esculpían su rostro de luces y sombras cortantes, encendían su mirada.
—Dime cómo es —ordenó con el mismo tono con que ordenaba a sus guerreros que se dirigieran a la muerte por la grandeza de Macedonia.
El mensajero se sintió absolutamente incapaz de dar satisfacción a aquella pregunta, al darse cuenta de que no tenía más que cuatro palabras que referirle. Se rascó el gaznate y anunció con voz estentórea:
—¡Rey, tu hijo es un varón hermoso, sano y fuerte!
—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Acaso le has visto?
—Nunca hubiera osado, señor. Yo me encontraba en el corredor, tal como me habían ordenado, con el manto, la alforja en bandolera y las armas. Salió Nicómaco y dijo... dijo exactamente lo siguiente: «Ve corriendo al encuentro del rey y hazle saber que ha nacido un hijo suyo. Dile que es un varón hermoso, sano y fuerte».
—¿Te ha dicho si se me parece?
El hombre dudó, luego repuso:
—No me lo ha dicho, pero estoy seguro de que se te parece.
Filipo se volvió hacia Antípatro que se acercó a él para abrazarle y en aquel momento el mensajero recordó haber oído también otras palabras mientras bajaba corriendo la escalinata.
—El médico ha dicho también que...
Filipo se volvió de golpe.
—¿Qué?
—Que la reina se encuentra bien —concluyó el mensajero de un tirón.
—¿Cuándo ha ocurrido eso?
—La pasada noche, poco después de la puesta del Sol. Yo me lancé escaleras abajo y me puse en camino. No he parado un solo instante, no he comido nada, sólo he bebido de mi cantimplora, no me he bajado del caballo más que para cambiar de cabalgadura... No veía la hora de darte la noticia.
Filipo retrocedió y le golpeó con una mano en el hombro.
—Dad de comer y de beber a este buen amigo. Lo que quiera. Y dejadle dormir en una buena yacija porque me ha traído la mejor de las noticias.
Los embajadores se congratularon a su vez con el soberano y trataron de aprovechar el momento favorable para cerrar las negociaciones con un resultado más ventajoso, tras haber mejorado con mucho el humor de Filipo, pero el rey afirmó:
—Ahora no.
Y salió seguido de su ayuda de campo.
Hizo llamar inmediatamente a todos los comandantes de la unidades territoriales de su ejército, hizo traer vino y quiso que todos bebieran con él. Luego ordenó:
—Que las trompas llamen a reunión. Quiero a mi ejército formado en perfecto orden, tanto a la infantería como a la caballería. Quiero convocarlo para la asamblea.
En el campamento se oyó el resonar de las trompas y los hombres, en parte ya ebrios o semidesnudos, acompañados de prostitutas en sus tiendas, se volvieron a poner en pie, se equiparon con la armadura, empuñaron la lanza y fueron, lo más deprisa posible, a formar filas porque el toque de las trompas era como la voz del rey que gritaba en medio de la noche.
Filipo estaba ya en pie sobre un podio, rodeado de sus oficiales, y cuando las filas estuvieron formadas el soldado más veterano, como era costumbre, gritó:
—¿Para qué nos has llamado, rey? ¿Qué quieres de tus soldados?
Filipo se adelantó. Lucía la armadura de gala de hierro y oro así como un manto de color blanco; sus piernas estaban enfundadas en unas botas de media caña de plata repujada.
El silencio fue roto por el bufido de los caballos y la llamada de los animales nocturnos atraídos por los fuegos del campamento. Los generales que estaban al lado del soberano podían ver que éste tenía el rostro enrojecido, como cuando se sentaba en el vivaque, y los ojos relucientes.
—¡Hombres de Macedonia! —gritó—. En mi palacio de Pella la reina me ha dado un hijo. Yo declaro en presencia vuestra que él es mi legítimo heredero y os lo confío. ¡Su nombre es
ALÉXANDROS!
Los oficiales ordenaron presentar armas: la infantería levantó las sarisas, enormes lanzas de combate de unos diez pies de largo, y la caballería alzó hacia el cielo un verdadero bosque de jabalinas, mientras los caballos piafaban y relinchaban mordiendo el freno.
A continuación comenzaron todos a cantar rítmicamente el nombre del príncipe: ¡Aléxandros! ¡Aléxandros! ¡Aléxandros! mientras golpeaban las empuñaduras de las lanzas contra los escudos haciendo ascender su fragor hasta las estrellas.
Pensaban que así también la gloria del hijo de Filipo ascendería, como sus voces, como el estruendo de sus armas, hasta las moradas de los dioses, entre las constelaciones del firmamento.
Una vez disuelta la asamblea, el soberano volvió con Antípatro y sus ayudas de campo a la tienda donde los delegados de Potidea le esperaban aún, pacientes y tranquilos. Filipo confesó:
—Siento enormemente que Parmenio no se encuentre aquí con nosotros para disfrutar de este momento.
El general Parmenio, en efecto, se hallaba en aquel momento acampado con su ejército en los montes de Iliria, no lejos del lago de Lychnitis, a fin de asegurar también en aquella parte las fronteras de Macedonia. Más adelante hubo quien dijo que, el mismo día en que había sido anunciado el nacimiento de su hijo, Filipo se había apoderado de la ciudad de Potidea y había tenido noticia de otras dos victorias: la de Parmenio contra los ilirios y la de su tiro de cuatro caballos en la carrera de carros en Olimpia. Por eso los adivinos afirmaron que aquel niño, nacido en un día de tres victorias, sería invencible.
En realidad, Parmenio derrotó a los ilirios a comienzos del verano y poco después se celebraron los Juegos Olímpicos y las carreras de carros, pero puede decirse, de todos modos, que Alejandro nació en un año de maravillosos auspicios y que todo hacía presagiar que le aguardaba un futuro más semejante al de un dios que al de un simple mortal.
Los delegados de Potidea trataron de reanudar su discurso en el punto en que lo habían dejado, pero Filipo indicó a su lugarteniente:
—El general Antípatro conoce perfectamente lo que yo pienso, hablad con él.
—Pero, señor —intervino Antípatro—, es absolutamente necesario que el rey...
No le dio tiempo a acabar la frase cuando ya Filipo se había echado el manto sobre los hombros y con un silbido había llamado a su caballo. Antípatro fue tras él.
—Señor, se han requerido meses de asedio y arduos combates para llegar a este momento y no puedes...
—¡Claro que puedo! —exclamó el rey saltando sobre su caballo y dando un espolazo.
Antípatro sacudió la cabeza y se disponía a volver al pabellón real cuando la voz de Filipo le llamó.
—¡Toma! —dijo sacándose el anillo del dedo y arrojándoselo—. Esto te servirá. ¡Firma un buen tratado, Antípatro, pues esta guerra ha costado un ojo de la cara!
El general cogió al vuelo el anillo real con el sello y se quedó durante unos instantes mirando a su rey, que se iba volando a través del campamento y salía por la puerta sur. Gritó a los hombres de la guardia:
—¡Seguidle, idiotas! ¿Le dejáis irse solo? ¡Moveos, demonios!
Y mientras aquéllos se lanzaban al galope en su persecución logró ver aún durante un momento el blanco del manto de Filipo al lado de la montaña bajo la luz lunar y luego ya nada. Volvió a entrar en la tienda, hizo sentarse a los delegados de Potidea, cada vez más perplejos, y preguntó, sentándose a su vez:
—Bien, ¿dónde nos habíamos quedado?
Filipo cabalgó toda la noche y todo el día siguiente deteniéndose tan sólo para cambiar de caballo y para beber, al tiempo que lo hacía su animal, en los torrentes o en las fuentes. Llegó a la vista de Pella tras el crepúsculo, cuando las últimas luces del Sol teñían ya de púrpura las cúspides lejanas del monte Bermión, cubiertas todavía de nieve. En el llano galopaban rebaños de caballos cual oleadas marinas y millares de pájaros bajaban a dormir sobre las plácidas aguas del lago Borboros.
La estrella vespertina comenzaba a brillar tan fúlgida como para rivalizar en esplendor con la Luna que se elevaba lentamente sobre la superficie del mar. Era aquélla la estrella de los Argéadas, la dinastía reinante desde los tiempos de Heracles en aquellas tierras, estrella inmortal, más hermosa que cualquier otra en el firmamento.
Filipo detuvo el caballo para contemplarla e invocarla.
—Asiste a mi hijo —le dijo de corazón—, hazle reinar después de mí y haz reinar después de él a sus hijos y a los hijos de sus hijos.
Luego subió al palacio real, donde no le esperaban, extenuado y bañado en sudor. Le recibió un alboroto, un susurro de vestidos de mujeres ajetreadas por los corredores, un tintineo de armas que resonaban en los cuerpos de guardia.
Cuando se asomó a la puerta del aposento, la reina se hallaba sentada sobre un escaño, el cuerpo desnudo apenas velado por una enagua jónica fruncida en mil finísimos plieguecillos; la estancia estaba perfumada con rosas de Pieria y la nodriza Artemisia sostenía en sus brazos al niño.
Dos ayudantes le liberaron de la coraza y le desciñeron la espada para que el rey pudiese sentir el contacto con la piel del niño. Le tomó en brazos y le sostuvo a lo largo de su espalda, con la cabeza apoyada entre el cuello y el húmero. Sentía los labios del pequeño apoyados contra la cicatriz que le ponía algo rígido el hombro, sentía el calor y el perfume de su piel de lirio.
Cerró los ojos y se quedó derecho e inmóvil en medio de la habitación silenciosa. Olvidó en aquel momento el fragor de la batalla, el ruido estridente de las máquinas de asedio, el galope furibundo de los caballos. Escuchaba respirar a su hijo.

Al año siguiente la reina Olimpia dio a luz una niña a la que pusieron por nombre Cleopatra. Se asemejaba a la madre y era muy graciosa, tanto es así que las doncellas se divertían cambiándola continuamente de vestido como si de una muñeca se tratara.
Alejandro, que andaba desde hacía ya tres meses, fue admitido en su habitación al cabo de varios días de nacer la niña, con un pequeño regalo preparado por la nodriza. Se acercó con circunspección a la cuna y se quedó mirando a su hermanita lleno de curiosidad, con ojos como platos y la cabeza reclinada sobre un hombro. Una doncella se acercó temiendo que el pequeño, celoso de la recién llegada, le hiciese algún desplante, pero él la tomó de la mano y la estrechó contra sí como si comprendiera que aquella criatura estaba unida a él por un profundo lazo y que, durante mucho tiempo, sería su única compañía.
Cleopatra balbuceó algo y Artemisia dijo:
—¿Lo ves? Está contentísima de conocerte. ¿Por qué no le das tu regalo?
Alejandro se desató entonces del cinturón un arito metálico con unos cascabeles de plata y comenzó a agitarlo delante de la pequeña, que alargó enseguida las manitas para cogerlo. Olimpia le miraba emocionada.
—¿No sería hermoso poder detener el tiempo? —observó como si pensara en voz alta.
Durante un largo período después del nacimiento de sus hijos Filipo se vio enfrascado continuamente en sangrientas guerras. Había consolidado las fronteras del norte, donde Parmenio derrotara a los ilirios; al oeste tenía el reino amigo de Epiro en el que reinaba Aribas, el tío de la reina Olimpia; al este había sojuzgado con diversas campañas a las belicosas tribus de los tracios extendiendo su control hasta las orillas del río Istro. A continuación se había apoderado de casi todas las ciudades que los griegos habían fundado en sus costas: Anfípolis, Metona, Potidea, y se había implicado en las guerras intestinas que desgarraban la península helénica.
Parmenio había tratado de ponerle en guardia contra semejante política y un día en que Filipo había convocado al consejo de guerra en la armería del palacio decidió tomar la palabra.
—Has creado un reino poderoso y sólido, señor, y has dado a los macedonios el orgullo de su nación; ¿por qué quieres mezclarte en las luchas internas de los griegos?
—Parmenio tiene razón—intervino Antípatro—. Estas luchas no tienen ningún sentido. Luchan todos contra todos. Los aliados de ayer se peleaban hoy entre sí ferozmente y el que fuera derrotado hace tan sólo dos días se alía con el más odiado de sus enemigos con tal de enfrentarse al vencedor.
—Es cierto —admitió Filipo—, pero los griegos tienen todo lo que a nosotros nos falta: el arte, la filosofía, la poesía, el teatro, la medicina, la música, la arquitectura y sobre todo la ciencia política, el arte del gobierno.
—Tú eres un rey —objetó Parmenio—, no tienes necesidad de ninguna ciencia. Te basta con dar órdenes para que todos te obedezcan.
—Mientras no me fallen las fuerzas —observó Filipo—. Mientras alguien no me clave una daga entre las costillas.
Parmenio no replicó. Recordaba perfectamente que ningún rey de los macedonios había muerto nunca en su lecho. Fue Antípatro quien rompió el silencio, que se había vuelto pesado como un pedrusco.
—Si lo que precisamente quieres es meter la mano dentro de la boca del león no puedo disuadirte, pero te aconsejaría que actuaras del único modo que haga posible contar con una esperanza de éxito.
—¿Es decir?
—En Grecia no hay más que una fuerza superior a todos, una sola voz que puede imponer el silencio...
—El santuario de Apolo en Delfos —dijo el rey.
—O mejor dicho, sus sacerdotes y el consejo que los gobierna.
—Lo sé —se mostró de acuerdo Filipo—. Quien controla el santuario controla una gran parte de la política de los griegos. El consejo se halla ahora en dificultades: ha declarado una guerra sagrada contra los focenses, acusados de haber cultivado terrenos pertenecientes a Apolo, pero los focenses se han apropiado del tesoro del templo con un golpe de mano y con las riquezas han reclutado miles y miles de mercenarios. Macedonia es la única potencia que puede hacer cambiar las tornas del conflicto...
—Y has decidido entrar en guerra —concluyó Parmenio.
—Con una condición: que si venzo, quiero el puesto y el voto de los focenses en el consejo y la presidencia del consejo del santuario.
Antípatro y Parmenio comprendieron que el rey no sólo tenía ya en mente su plan sino que lo llevaría a cabo a cualquier precio y ni siquiera intentaron disuadirle.
Fue un conflicto largo y áspero, con opciones por ambos bandos. Cuando Alejandro contaba tres años, Filipo fue derrotado por primera vez de forma aplastante y se vio obligado a emprender la retirada. Sus enemigos dijeron que había huido, pero él repuso:
—No he huido, sólo me he echado atrás para tomar impulso y volver a embestir como un carnero enfurecido.
Aquel era Filipo. Un hombre de una increíble fuerza de ánimo y determinación, de indomable vitalidad, de espíritu penetrante y entusiasta. Pero los hombres así se quedan cada vez más solos porque pueden dedicarse cada vez menos a aquéllos que les rodean.
Cuando Alejandro comenzó a intuir lo que sucedía en torno a él y a darse cuenta de quiénes eran sus padres, tenía cerca de seis años. Hablaba sin ninguna vacilación y comprendía razonamientos complejos.
Cuando se enteraba de que su padre estaba en palacio, abandonaba las habitaciones de la reina y se iba hasta la sala de reuniones donde Filipo celebraba consejo con sus generales. Encontraba a éstos viejos, llenos de cicatrices por los infinitos combates que habían librado, y sin embargo apenas si superaban los treinta años, a excepción de Parmenio que desde hacía años superaba la cincuentena y tenía el pelo en gran parte cano. Cuando Alejandro le veía, se ponía a tararear una cantinela que había aprendido de Artemisia:
¡El viejo soldado que va a la guerra
cae por tierra, cae por tierra!
Y luego se arrojaba también él por los suelos entre las risas de los presentes.
Pero por encima de todo observaba a su padre, estudiaba sus actitudes, su modo de mover las manos y de revirar los ojos, el tono y timbre de su voz, la manera en que dominaba a los más fuertes y poderosos hombres del reino con la sola fuerza de la mirada.
Se acercaba a él mientras presidía el consejo, pasito a pasito, y cuando más enfervorizado se hallaba en sus discursos o en sus discusiones trataba de subirse sobre sus rodillas como si pensara que en aquel momento nadie le vería.
Sólo en ese punto parecía reparar Filipo en el hijo y le estrechaba contra su pecho, sin interrumpirse, sin perder el hilo del discurso, pero no por ello dejaba de notar que sus generales cambiaban de actitud, veía sus ojos mirar fijamente al niño y su expresión trocarse en una leve sonrisa, fuera cual fuese el asunto que él estuviera tratando. También Parmenio sonreía pensando en la cantinela y el revolcón de Alejandro.
Luego, tal como había venido, el niño se iba. Unas veces se retiraba a su habitación a esperar a que su padre viniera a verle. Otras, tras larga espera, iba a sentarse a uno de los balcones del palacio, clavaba su mirada en el horizonte y se quedaba así, mudo e inmóvil, encantado de la inmensidad del cielo y de la tierra.
Si entonces se le acercaba ligera su madre, veía ella adensarse lentamente la sombra que le oscurecía el ojo izquierdo, como si una noche misteriosa descendiera sobre el ánimo del principito.
Las armas le fascinaban, y en más de una ocasión las doncellas le habían sorprendido en la armería real tratando de sacar de la vaina una de las pesadas espadas del rey.
Un día, mientras observaba maravillado una gigantesca panoplia de bronce que había pertenecido a su abuelo Amintas III, sintió que le observaban a sus espaldas. Se dio la vuelta y se encontró frente a él a un hombre alto y cenceño con una barbita de chivo y dos ojos hundidos y demoníacos. Le dijo que se llamaba Leónidas y que era su maestro.
—¿Para qué? —preguntó el niño.
El maestro no supo qué responder a aquella primera pregunta de su discípulo.
Desde entonces la vida de Alejandro experimentó un cambio profundo. Cada vez veía menos a su madre y a su hermana y cada vez más al maestro. Leónidas comenzó por enseñarle el alfabeto, y al día siguiente le vio escribir su nombre correctamente con la punta de un palo en las cenizas del hogar.
Le enseñó a leer y a contar, cosa que Alejandro aprendía muy deprisa y fácilmente, aun sin prestar un especial interés. En cambio, cuando Leónidas comenzó a contarle historias de dioses y de hombres, historias del origen del mundo, de las luchas de los gigantes y de los titanes, vio que se le iluminaba el rostro y que le escuchaba arrobado.
Su espíritu se sentía fuertemente inclinado hacia el misterio y la religión. Un día Leónidas le llevó a visitar el templo de Apolo que se alzaba en las cercanías de Therma y le permitió que ofrendara incienso a la estatua del dios. Alejandro lo cogió a manos llenas y lo arrojó dentro del pebetero levantando una gran nube de humo, pero el maestro le reprendió:
—¡El incienso cuesta una fortuna! Podrás malgastarlo de este modo cuando hayas conquistado los países que lo producen.
—¿Y dónde están esos países? —quiso saber el niño, al que le parecía extraño que se pudiera ser avaro con los dioses. Luego preguntó—: ¿Es cierto que mi padre es muy amigo del dios Apolo?
—Tu padre ha ganado la guerra sagrada y ha sido nombrado jefe del consejo del santuario de Delfos donde se halla el oráculo de Apolo.
—¿Es cierto que el oráculo dice a todos lo que deben hacer?
—No exactamente —contestó Leónidas tomando de la mano a Alejandro y llevándole al aire libre—. Mira, la gente, cuando se dispone a hacer algo importante, pide consejo al dios, como diciendo: «¿Tengo que hacerlo o no? Y si lo hago, ¿qué pasará?». Sí, cosas de este tipo. Hay además una sacerdotisa, a la que se llama pitia, por medio de la cual el dios responde, como si empleara su voz. ¿Comprendes? Pero son siempre palabras oscuras, difíciles de interpretar y es por eso por lo que hay sacerdotes: para explicárselas a la gente.
Alejandro se volvió para mirar al dios Apolo que se erguía sobre el pedestal, rígido e inmóvil, con los labios estirados en una extraña sonrisa, y comprendió por qué los dioses tienen necesidad de los hombres para poder hablar.
En otra ocasión en que la familia real se había trasladado a Egas, la vieja capital, para ofrecer sacrificios en las tumbas de los antiguos reyes, Leónidas le hizo ver desde una torre de palacio la cima del monte Olimpo cubierta de nubarrones de temporal, asaeteada por relámpagos enceguecedores.
—¿Ves? —trató de explicarle—, los dioses no son las estatuas que uno admira en los templos: viven allí en lo alto, en una morada invisible. Viven eternamente, se sientan en torno a un banquete, en el que beben néctar y se alimentan de ambrosía. Esos relámpagos no son desencadenados sino por Zeus en persona. Pueden caer sobre cualquier mortal y sobre cualquier cosa en cualquier parte del mundo.
Alejandro miró largo rato, con la boca abierta, la imponente cumbre.
Al día siguiente un oficial de la guardia le encontró por un sendero fuera de la ciudad caminando a toda prisa en dirección a la montaña.
—¿Adónde vas, Alejandro? —le preguntó bajando del caballo.
—Allí —repuso el niño señalando el Olimpo.
El oficial le tomó en brazos y se lo llevó a Leónidas, que estaba demudado del espanto y pensaba ya en los horribles castigos a que le habría sometido la reina de haberle sucedido algo al niño.
Aquel año Filipo tuvo graves problemas de salud causados por las enormes penalidades que tenía que soportar durante las campañas militares y por la vida desordenada a que se entregaba cuando no estaba en la línea de combate.
Alejandro se alegró de ello, porque pudo ver más a menudo a su padre y pasar muchas horas con él. Fue Nicómaco el encargado de ocuparse de la salud del soberano y se trajo de su hospital de Estagira a dos asistentes que le ayudaron a recoger en los bosques y en los prados de las montañas de los alrededores las hierbas y las raíces con que preparar los fármacos.
El rey fue sometido a un régimen estricto y poco menos que privado por completo de vino, a tal punto que se volvió intratable y únicamente Nicómaco se atrevía a acercársele cuando estaba del peor humor.
Uno de los dos asistentes era un chico de quince años que se llamaba asimismo Filipo.
—Quítamelo de en medio —le ordenó el soberano—. Me fastidia tener a otro Filipo a mi alrededor. Mejor dicho, haré lo siguiente: le nombraré médico de mi hijo, bajo tu supervisión, por supuesto.
Nicómaco aceptó, acostumbrado como estaba ya a los caprichos de su soberano.
—¿Qué hace tu hijo Aristóteles? —le preguntó un día Filipo mientras bebía, torciendo el gesto, una poción de diente de león.
—Vive en Atenas y sigue las enseñanzas de Platón —repuso el médico—. Es más, por lo que yo sé, está considerado el mejor de sus discípulos.
—Interesante. ¿Y cuál es el asunto de sus investigaciones?
—Mi hijo es como yo. Le atrae la observación de los fenómenos naturales más que el mundo de la especulación pura.
—¿Y tiene interés por la política?
—Sí, ciertamente, pero también mostrando una especial inclinación por las distintas manifestaciones de la organización política más que por la ciencia política propiamente dicha. Reúne constituciones y las compara unas con otras.
—¿Y qué piensa de la monarquía?
—No creo que sea muy dado a emitir juicios de valor. Para él la monarquía es simplemente una forma de gobierno más típica de ciertas comunidades que de otras. Como ves, señor, creo que mi hijo está más interesado en conocer el mundo tal como es que en establecer principios a los que éste debería adecuarse.
Filipo se echó al coleto el último sorbo de poción ante la mirada vigilante de su médico que parecía decir: «Todo, todo». Luego se limpió la boca con el borde de la clámide y dijo:
—Tenme informado de ese muchacho, Nicómaco, porque me interesa.
—Así lo haré. También me interesa a mí, pues soy su padre.
En aquel período Alejandro frecuentaba a Nicómaco lo más que podía porque era un hombre muy afable y lleno de sorpresas, mientras que Leónidas tenía un carácter descontentadizo y era terriblemente severo.
Un día entró en el lugar de trabajo del médico y le vio mientras auscultaba la espalda de su padre y contaba los latidos del corazón tomándole el pulso.
—¿Qué haces? —le preguntó.
—Controlo los latidos del corazón de tu padre.
—¿Y qué mueve el corazón?
—La energía vital.
—¿Y dónde está la energía vital?
Nicómaco miró al niño a los ojos y leyó en ellos una avidez insaciable de saber, una intensidad maravillosa de sentimientos. Le rozó la cabeza en una caricia mientras Filipo le miraba atento y fascinado.
—Eso nadie lo sabe —dijo.

Filipo se restableció completamente en breve tiempo y reapareció en la escena política en plenitud de facultades, desilusionando a aquéllos que le habían dado incluso por muerto.
Alejandro lo sintió porque ya no le vería tan a menudo, pero mostró interés por conocer a otros chicos, algunos de ellos de su misma edad, otros algo mayores, hijos de nobles macedonios que frecuentaban la corte o vivían en palacio por explícito deseo del rey. Era éste un modo de mantener la unidad del reino, de vincular a las familias más poderosas, los jefes de tribu y de clan a la casa del soberano.
Algunos de estos muchachos frecuentaban también junto con él las enseñanzas de Leónidas, como Pérdicas, Lisímaco, Seleuco, Leonato y Filotas, que era el hijo del general Parmenio. Otros, mayores, como Tolomeo y Crátero, tenían ya cargo de pajes y dependían directamente del rey para su educación y adiestramiento.
Seleuco era en aquel tiempo bastante pequeño y endeble, pero gozaba de las simpatías de Leónidas porque era buen estudiante. Estaba especialmente versado en historia y matemáticas y para su edad era sorprendentemente cuerdo y equilibrado. Podía hacer cálculos complicados cada vez en menos tiempo y se divertía compitiendo con sus compañeros, a los que normalmente humillaba.
Los ojos oscuros y hundidos conferían a su mirada una intensidad penetrante y el pelo alborotado subrayaba un carácter fuerte e independiente, pero nunca rebelde. Durante las clases trataba a menudo de hacerse notar por sus observaciones, pero no recurría a zalamerías con el maestro ni hacía nada por agradar a sus superiores o adularlos.
Lisímaco y Leonato eran los más indisciplinados porque provenían de regiones del interior y habían crecido libremente en medio de bosques y prados, apacentando caballos y pasando la mayor parte de su tiempo al aire libre. Vivir entre cuatro paredes les hacía sentirse como en una prisión.
Lisímaco, que era algo mayor, había sido el primero en acostumbrarse al nuevo tipo de vida, pero Leonato, que no contaba más que siete años, hubiérase dicho un lobezno por su aspecto hirsuto, su cabello pelirrojo y sus pecas en la nariz y en torno a los ojos. Si era castigado reaccionaba soltando coces y mordiscos, y Leónidas había tratado de domarle primero privándole de alimento o encerrándole bajo siete llaves cuando los demás jugaban, luego haciendo frecuente uso de su palmeta de sauce. Pero Leonato se vengaba y siempre que veía aparecer al maestro al fondo de un corredor comenzaba a cantar a voz en cuello su cantinela:
Ek korí korí koróne!
Ek korí korí koróne!
«¡He aquí cómo llega, cómo llega la corneja!», y todos los demás se unían a él, incluido Alejandro, hasta que el pobre Leónidas se ponía rojo de ira, montaba en cólera y le perseguía con la palmeta de sauce.
Cuando discutía con sus compañeros, Leonato no quería nunca llevarse la peor parte y se las tenía tiesas también con los mayores, de modo que andaba eternamente lleno de moraduras y rasguños, aparecía impresentable casi siempre en las recepciones públicas o en las ceremonias de la corte. Todo lo contrario que Pérdicas, el más concienzudo del grupo, quien no faltaba nunca ni al aula ni al terreno de juego y adiestramiento. Únicamente tenía un año más que Alejandro y con frecuencia era, junto con Filotas, su compañero de juegos.
—Yo de mayor seré general como tu padre —repetía a Filotas, que, de sus amigos, era el que más se parecía a él.
Tolomeo, que rondaba los catorce años, era más bien robusto y precoz para su edad. Comenzaban a apuntarle las primeras espinillas y algún que otro pelillo en la barba, tenía una cara cómica dominada por una nariz imponente y un cabello siempre alborotado. Los compañeros le tomaban el pelo diciendo que había comenzado a desarrollarse a partir de la nariz y él se ofendía muchísimo. Se levantaba la túnica y se jactaba, enseñándolas, de otras protuberancias que le crecían no menos que la nariz.
Aparte de estas salidas de tono era un buen muchacho, muy apasionado de la lectura y de escribir. Un día permitió a Alejandro que entrara en su habitación y le mostró sus libros. Tenía una veintena por lo menos.
—¡Cuántos! —exclamó el príncipe e hizo ademán de tocarlos.
—¡Quieto! —le paró Tolomeo—. Son objetos muy delicados: el papiro es frágil y puede romperse, hay que saber desenrollarlo y enrollarlo de forma adecuada. Tiene que guardarse en un lugar ventilado y seco y es preciso poner en alguna parte, bien escondida, una ratonera porque a los ratones les gusta mucho el papiro y si llegan hasta él estás perdido. Se te comen dos libros de la Ilíada o una tragedia de Sófocles en menos de una noche. Espera —añadió—, que ya lo cojo yo.
Y desató un rollo que llevaba un cartelito rojo.
—Ya está, ¿ves? Es una comedia de Aristófanes. Se llama Lisístrata y es mi preferida. Cuenta que en cierta ocasión las mujeres de Atenas y de Esparta, cansadas de la guerra que mantenía alejados a sus maridos y teniendo grandes ganas de... —Se interrumpió mirando al niño que le escuchaba con la boca abierta—. Bien, dejémoslo, pues eres demasiado pequeño aún para estas cosas. ¿Te parece que te la cuente en otra ocasión?
—¿Qué es una comedia? —preguntó Alejandro.
—¿Cómo? ¿No has ido nunca al teatro? —se asombró Tolomeo.
—A los niños no nos llevan allí. Pero sé que es como escuchar una historia, sólo que aparecen hombres de verdad que llevan puesta una máscara en la cara y fingen ser Heracles o Teseo. Algunos incluso aparentan ser mujeres.
—Más o menos —replicó Tolomeo—. Dime, ¿qué te enseña tu maestro?
—Sé sumar y restar, conozco las figuras geométricas y distingo en el cielo la Osa Mayor y la Osa Menor y más de veinte constelaciones más. Y además sé leer y escribir y he leído las fábulas de Esopo.
—Mmm... —observó Tolomeo devolviendo a su sitio con delicadeza el rollo—. Cosas de niños.
—Y además conozco toda la lista de mis antepasados, tanto por parte de mi padre como de mi madre. Yo desciendo de Heracles y de Aquiles, ¿lo sabías?
—¿Y quiénes eran Heracles y Aquiles?
—Heracles era el héroe más fuerte del mundo y llevó a cabo doce trabajos. ¿Quieres que te los cuente? El león de Nemea, la cierva de Ceri... Cerinea... —comenzó a enumerar el pequeño.
—Ya sé, ya sé. Está muy bien. Pero si quieres, alguna vez, te leeré cosas hermosísimas que tengo aquí en mi despacho, ¿te parece bien? Y ahora, ¿por qué no vas a jugar? ¿Sabes que ha llegado un amiguito que tiene precisamente tu edad?
A Alejandro se le encendieron los ojos.
—¿Y dónde está?
—Le he visto en el patio dándole patadas a una pelota. Es un tipo robusto.
Alejandro bajó a toda prisa y se detuvo bajo el pórtico para observar al nuevo huésped sin atreverse a dirigirle la palabra.
De repente, un patadón más fuerte mandó la pelota a rodar justo entre sus pies. El niño la recogió y los dos se encontraron frente a frente.
—¿Te gustaría jugar a la pelota conmigo? Con dos se juega mejor. Yo disparo y tú la coges.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Alejandro.
—Yo Hefestión, ¿y tú?
—Alejandro.
—Entonces vamos, ponte allí, junto a la pared. Yo tiraré primero y si atrapas la pelota tendrás un punto, luego tiras tú. En cambio, si no la paras el punto lo habré ganado yo y podré tirar otra vez. ¿Entendido?
Alejandro hizo un gesto de asentimiento y se pusieron a jugar, llenando el patio con sus gritos. Cuando estuvieron agotados de cansancio y chorreando sudor, pararon.
—¿Vives aquí? —preguntó Hefestión al tiempo que se sentaba en el suelo.
Alejandro se sentó a su lado.
—Claro. Este palacio es mío.
—No me vengas con cuentos. Eres demasiado pequeño para tener un palacio tan grande.
—El palacio es también mío porque es de mi padre, el rey Filipo.
—¡Por Zeus! —exclamó Hefestión agitando la mano derecha en señal de admiración.
—¿Quieres que seamos amigos?
—Por supuesto, pero para hacerse amigos es preciso intercambiarse una prenda.
—¿Qué es una prenda?
—Yo te doy una cosa a ti y tú me das otra a mí a cambio.
Se hurgó en el bolsillo y sacó un pequeño objeto blanco.
—¡Oh, un diente!
—Sí —silbó Hefestión por el hueco que tenía en el lugar de un incisivo—. Se me cayó la otra noche y a punto he estado de tirarlo. Tómalo, tuyo es.
Alejandro lo tomó y se quedó confuso al no saber qué darle a cambio. Rebuscó en los bolsillos, mientras Hefestión permanecía erguido delante de él esperando con la mano abierta.
Alejandro, al no contar con ningún regalo de la misma importancia, dejó escapar un largo suspiro, tragó saliva y a continuación se llevó una mano a la boca y se cogió un diente que le bailaba desde hacía unos días, pero bastante sujeto aún.
Comenzó a sacudirlo con fuerza hacia adelante y hacia atrás, conteniendo las lágrimas de dolor, hasta que se lo arrancó. Escupió un coágulo de sangre, luego lavó el diente bajo la fuente y se lo entregó a Hefestión.
—Aquí tienes —farfulló—. Ahora somos amigos.
—¿Hasta la muerte? —preguntó Hefestión, echándose al bolsillo la prenda.
—Hasta la muerte —replicó Alejandro.
Era ya hacia finales del verano cuando Olimpia le anunció la visita del tío Alejandro de Epiro.
Sabía que tenía un tío, hermano menor de su madre, que se llamaba como él, pero, aunque lo hubiera visto en otras ocasiones, no le recordaba muy bien porque él era entonces demasiado pequeño.
Le vio llegar acompañado de su escolta y de sus tutores una tarde antes de la puesta de sol, a caballo.
Era un muchacho de gran apostura de unos doce años, con el pelo oscuro y los ojos de un azul intenso; ostentaba las enseñas propias de su dignidad: la cinta de oro en torno al pelo, el manto de púrpura y, en la diestra, el cetro de marfil, porque también él era un soberano, aunque joven y de un país formado únicamente por montañas.
—¡Mira! —exclamó Alejandro vuelto hacia Hefestión, que estaba sentado junto a él con las piernas colgando fuera de la galería—. Ése es mi tío Alejandro. Se llama como yo y también es rey, ¿lo sabías?
—¿Rey de qué? —preguntó el amigo balanceando las piernas.
—Rey de los molosos.
Estaba hablando aún cuando los brazos de Artemisia le cogieron por detrás.
—¡Ven! Debes prepararte para ir a ver a tu tío.
Le llevó en volandas, mientras él agitaba las piernas para no dejar a Hefestión, hasta la estancia de baño de su madre; allí le desnudó, le lavó la cara, le hizo ponerse una túnica y una clámide macedonia orlada en oro, le ciñó una cinta plateada alrededor de la cabeza y acto seguido le puso de pie sobre un asiento para mirarle admirativamente.
—Ven, pequeño rey. Tu mamá te espera.
Le condujo a la antecámara real donde la reina Olimpia aguardaba, ya vestida, peinada y perfumada. Estaba magnífica: los ojos negrísimos contrastaban con el pelo llameante, y la larga estola azul recamada con palmetas de oro a lo largo de los bordes cubría un quitón de corte ateniense ligeramente escotado y sujeto en los hombros mediante un cordoncito del mismo color que la estola.
El surco de entre los senos, que el quitón dejaba en parte al descubierto, estaba espléndidamente adornado con una gota de ámbar del tamaño de un huevo de pichón, incrustada en una cápsula de oro a imitación de una bellota de encina: uno de los regalos de boda de Filipo.
Tomó de la mano a Alejandro y fue a sentarse en el trono al lado de su marido, que estaba esperando ya al joven cuñado.
El muchacho entró por el fondo de la sala y se inclinó ante el soberano, tal como exigía el protocolo, y luego ante su hermana la reina.
Filipo, orgulloso de sus éxitos, enriquecido por las minas de oro de las que se había apoderado en el monte Pangeo, consciente de ser el señor más poderoso de la península helénica o tal vez incluso el más poderoso del orbe después del emperador de los persas, se las ingeniaba cada vez mejor para llenar de asombro a sus visitantes, tanto por la riqueza de sus ropajes como por el fasto de los adornos que lucía.
Tras los saludos de rigor, el joven fue acompañado a sus habitaciones a fin de que se preparase para el banquete.
También a Alejandro le hubiera gustado tomar parte de él, pero su madre le dijo que era demasiado pequeño aún y que podría jugar con Hefestión a los soldaditos de cerámica que había mandado hacer para él a un alfarero de Aloros.
Aquella noche, tras la cena, Filipo invitó a su cuñado a una salita privada para hablar de política; Olimpia se sintió muy ofendida por ello, tanto porque era la reina de Macedonia como porque el rey de Epiro era su hermano.
En realidad, Alejandro era rey nominal pero no de hecho, porque Epiro estaba en manos de su tío Aribas que no tenía ninguna intención de abandonar; sólo Filipo, con su poderío, su ejército y su oro, podría mantenerle establemente en el trono.
Hacerlo formaba parte de sus intereses, porque de ese modo ataría a sí al muchacho y frenaría las pretensiones de Olimpia, la cual, viéndose frecuentemente desatendida por su esposo, había encontrado en el ejercicio del poder las satisfacciones que le eran negadas por una vida gris y monótona.
—Debes tener paciencia unos años más —explicó Filipo al joven soberano—. El tiempo que necesito para hacer entrar en razón a todas las ciudades costeras aún independientes y hacer comprender a los atenienses quién es el más fuerte. No es que la tenga tomada con ellos: simplemente no les quiero cerca molestando en Macedonia. Y además quiero conseguir el control de los estrechos entre Tracia y Asia.
—Por mí está bien, mi querido cuñado —replicó Alejandro que se sentía muy halagado al verse tratado como un verdadero hombre y un verdadero rey a su edad—. Me doy cuenta de que hay pocas cosas más importantes que las montañas de Epiro, pero, si un día quisieras brindarme tu ayuda, te estaría agradecido el resto de mis días.
Para ser nada más que un adolescente, el muchacho razonaba más que bien y Filipo sacó una excelente impresión.
—¿Por qué no te quedas con nosotros? —preguntó—. En Epiro te encontrarás en una situación cada vez más peligrosa y yo prefiero saberte a buen recaudo. Aquí está tu hermana, la reina, que te quiere. Tendrás tus habitaciones, tus emolumentos y cuantas consideraciones son propias de tu rango. Cuando llegue el momento, yo mismo haré que ocupes el trono de tus padres.
El joven rey aceptó de buen grado y se quedó en el palacio real de Pella hasta que Filipo hubiera llevado a cabo el programa político y militar que había de hacer de Macedonia el más rico, el más fuerte y el más temible estado de Europa.
La reina Olimpia había regresado despechada a sus aposentos, a esperar a que su hermano viniera a presentarle sus respetos y volver a verla antes de retirarse. Desde la habitación contigua le llegaban las voces de Hefestión y Alejandro que jugaban con los soldaditos y gritaban:
—¡Estás muerto!
—¡No, tú sí que estás muerto!
Luego el alboroto se atenuó hasta casi desaparecer del todo. Las energías de aquellos pequeños guerreros se apagaron muy pronto tras asomar la Luna en el cielo.

Alejandro cumplía siete años y su tío, el rey de Epiro, doce cuando Filipo atacó la ciudad de Olinto y a la alianza calcídica, que controlaban la gran península de forma de tridente. Los atenienses, aliados de la ciudad, trataron de negociar, pero no le encontraron muy predispuesto a ello.
Respondió:
—U os vais de aquí o me voy yo de Macedonia.
Lo que no dejaba mucho margen de maniobra.
El general Antípatro intentó que se tuvieran en cuenta también otros aspectos del problema y tan pronto como los invitados de Atenas hubieron salido, furibundos, de la sala del consejo, observó:
—Esto favorecerá a tus enemigos en Atenas, especialmente a Demóstenes.
—No temas —comenzó diciendo el rey con un encogimiento de hombros.
—Sí, pero es un excelente orador aparte de un buen político. El único que ha comprendido tu estrategia. Ha observado que ya no empleas tropas mercenarias, sino que has formado un ejército macedonio, compacto y motivado, y has hecho de él el pilar de tu trono. Él considera que esta realización hace de ti el enemigo más peligroso. Un contrincante inteligente debe ser tenido en cuenta.
Filipo no supo qué replicar por el momento. Se limitó a decir:
—Haz que algún amigo nuestro de la ciudad no le pierda de vista. Quiero saber todo lo que diga de mí.
—Así lo haré, señor —replicó Antípatro.
Y enseguida alertó a sus informadores en Atenas para que le mantuviesen al día de forma rápida sobre los movimientos de Demóstenes. Pero cada vez que le llegaba el texto de un discurso del gran orador lo pasaba mal. Lo primero que el rey preguntaba era el título.
—Contra Filipo —era normalmente la respuesta.
—¿Otra vez? —gritaba montando en cólera.
Le revolvía tanto el estómago que, si había comido o cenado, la comida le sentaba fatal. Recorría el despacho arriba y abajo como un león enjaulado mientras su secretario le leía el texto; de vez en cuando, paraba a éste gritando:
—¿Qué es lo que ha dicho? ¡Repítelo! ¡Repítelo, maldición!
El pobre secretario tenía la sensación de haber sido él mismo, por iniciativa propia, quien había proferido aquellas palabras.
Lo que más encolerizaba al soberano era la obstinación de Demóstenes al calificar a Macedonia de «estado bárbaro y de segundo orden».
—¿Bárbaro? —gritaba tirando al suelo todo cuanto tenía sobre la mesa—. ¿De segundo orden? ¡Ya le enseñaré yo a ése si es de segundo orden!
—Debes tener en cuenta, señor —le hacía notar el secretario con intención de calmarle—, que, por lo que me consta, las reacciones del pueblo a estas salidas de tono de Demóstenes son más bien tibias. La gente de Atenas está más interesada en saber cómo se resolverán los problemas del latifundio y del reparto de tierras a los campesinos del Ática que en las ambiciones políticas de gran calado de Demóstenes.
A los apasionados discursos contra Filipo siguieron otros en favor de Olinto, a fin de convencer al pueblo de que votase ayudas militares para la ciudad asediada, pero tampoco éstas tuvieron resultados apreciables.
La ciudad cayó al año siguiente y Filipo la arrasó para dar un ejemplo inequívoco a todo aquel que tuviese la más mínima intención de desafiarle.
—¡Así tendrá ése un buen motivo para tratarme de bárbaro! —gritó, cuando Antípatro le invitó a reflexionar sobre las consecuencias, en Atenas y en Grecia, de gesto tan radical.
Y, en efecto, aquella drástica decisión no hizo sino agudizar las diferencias en la península helénica: no había ciudad o pueblo en toda Grecia donde no hubiera un partido promacedonio o un partido antimacedonio.
Por su parte, Filipo se sentía cada vez más próximo a Zeus, padre de todos los dioses, por gloria y poder, aunque los continuos conflictos a los que se lanzaba con la cabeza gacha, «como un carnero enfurecido» para emplear sus propias palabras, comenzaban a pasarle factura. Bebía mucho durante los intervalos entre un conflicto y otro y se entregaba a excesos de todo tipo, en orgías que duraban noches enteras.
Por el contrario, la reina Olimpia se encerraba cada vez más en sí misma, dedicada al cuidado de los hijos y a las prácticas religiosas. Filipo visitaba ahora raras veces su lecho y, cuando lo hacía, el encuentro terminaba de forma insatisfactoria para ambos. Ella se mostraba fría y distante y él salía humillado de aquel enfrentamiento, dándose cuenta de que su fogosidad no provocaba en la reina la menor palpitación, la menor sensación.
Olimpia era una mujer de carácter no menos fuerte que el de su esposo y celosísima de su dignidad. Veía en su joven hermano, y sobre todo en su hijo, a aquéllos que un día serían sus inflexibles valedores, devolviéndole el prestigio y el poder que le correspondían y que la arrogancia de Filipo le arrebataba día tras día.
Aunque las prácticas religiosas oficiales eran una obligación, carecían para ella evidentemente de sentido. Estaba convencida de que los dioses del Olimpo, si es que existían, no debían de tener el menor interés por las cosas humanas. Otros eran los cultos que la apasionaban, sobre todo el de Dionisos, un dios misterioso capaz de posesionarse de la mente humana y de transformarla, arrastrándola a un torbellino de emociones violentas y de sensaciones ancestrales.
Se decía que se había hecho iniciar en los ritos secretos y que había participado de noche en las orgías del dios, en las que se bebía vino mezclado con poderosas drogas y se bailaba hasta el agotamiento y la alucinación, al ritmo de instrumentos bárbaros.
En aquel estado le parecía correr de noche por los bosques, dejar en las ramas, hechas jirones, las hermosas vestiduras reales, para luego perseguir a las fieras salvajes, abatirlas y alimentarse de su carne cruda y aún palpitante. Y le parecía que luego caía extenuada, presa de un pesado sueño, sobre un manto de oloroso musgo.
Y en aquel estado de semiinconsciencia veía a las divinidades y criaturas de los bosques salir tímidamente de sus guaridas: las ninfas de verde piel como las hojas de los árboles, los sátiros de hirsuto pelo, mitad hombres y mitad cabras, que se acercaban a un simulacro del falo gigantesco del dios, lo coronaban de hiedra y de pámpanos de vid, lo bañaban de vino. Luego desencadenaban la orgía bebiendo vino puro y entregándose a sus cópulas bestiales para alcanzar, en medio de aquel éxtasis frenético, el contacto con Dionisos para imbuirse de su espíritu.
Otros se le acercaban furtivamente con sus enormes falos erectos, espiando ávidamente su desnudez, excitando su lujuria animal...
Así la reina, en lugares recónditos, conocidos únicamente por los iniciados, se sumergía en las profundidades de su naturaleza más salvaje y bárbara, en los ritos que liberaban la parte más agresiva y violenta de su espíritu y de su cuerpo. Al margen de aquellas manifestaciones, su vida era la que las costumbres atribuían a cualquier mujer o esposa, y ella misma entraba en aquella vida como si cerrase tras de sí una pesada puerta que borraba todo recuerdo y toda sensación.
En la quietud de sus aposentos enseñaba a Alejandro lo que de aquellos cultos podía aprender un muchacho; le contaba las aventuras y las peregrinaciones del dios Dionisos que había llegado, acompañado de un cortejo de sátiros y de silenos coronados de pámpanos, hasta la tierra de los tigres y de las panteras: la India.
Pero si bien el influjo de la madre tenía un gran peso en la formación del ánimo de Alejandro, más aún lo tenía la imponente montaña de instrucción que le era suministrada por orden y voluntad de su padre.
Filipo había ordenado a Leónidas, responsable oficial de la educación del muchacho, que organizara su formación sin descuidar nada y así, a medida que Alejandro progresaba, eran llamados a la corte otros pedagogos, preparadores e instructores.
No bien estuvo en condiciones de apreciar los versos, Leónidas comenzó a leerle los poemas de Homero, en particular la Ilíada, en la que se mostraban los códigos de honor y de conducta destinados únicamente a un príncipe real de la casa de los Argéadas. De este modo el viejo maestro comenzó a ganarse no sólo la atención, sino también el afecto de Alejandro y de sus compañeros. La cantinela que anunciaba su llegada al aula, no obstante, siguió resonando en los corredores de palacio:
Ek korí korí koróne!
Ek korí korí koróne!
«¡He aquí cómo llega, cómo llega la corneja!» También Hefestión escuchaba junto con Alejandro los versos de Homero, y los dos muchachos se imaginaban, arrobados, aquellas extraordinarias aventuras, la historia de aquel gigantesco conflicto en el que habían tomado parte los hombres más fuertes del mundo, las mujeres más hermosas y los mismos dioses, alineados unos en un bando, otros en el otro.
Ahora Alejandro se daba perfecta cuenta de quién era, de aquel universo que giraba en torno a él y del destino para el que se le preparaba.
Los modelos que le proponían eran los del heroísmo, la resistencia al dolor, el honor y el respeto de la palabra dada, el sacrificio hasta la entrega de la propia vida. A ellos se apegaba día tras día, no tanto por diligencia de discípulo cuanto por propia inclinación natural.
A medida que crecía, su naturaleza se revelaba como lo que era, partícipe al mismo tiempo de la agresividad salvaje del padre, de la cólera real que de repente estallaba como un rayo y de la ambigua y misteriosa fascinación de la madre, de su curiosidad por lo desconocido, de su avidez por el misterio.
Alimentaba hacia la madre un afecto profundo, un apego casi morboso, y hacia el padre una admiración infinita que, sin embargo, con el paso del tiempo, se iba trocando gratamente en afán de competencia, en un deseo cada vez más fuerte de emulación.
Hasta el punto de que las noticias frecuentes ya entonces de los éxitos de Filipo parecían entristecerle más que alegrarle. Comenzaba a pensar que, si su padre lo conquistaba todo, no le quedaría ya a él tierra alguna en la que demostrar su valor y coraje.
Era todavía demasiado joven para darse cuenta de lo grande que era el mundo.
A veces, cuando entraba en el aula de Leónidas con sus compañeros para seguir sus lecciones, ocurría que se cruzaba de pasada con un joven de aspecto melancólico, que podía frisar los trece o catorce años y que se alejaba rápido sin detenerse a hablar.
—¿Quién es ese chico? —preguntó en una ocasión a su maestro.
—Eso no es asunto tuyo —repuso Leónidas y cambió enseguida de conversación.

La mayor aspiración de Filipo, desde que se convirtiera en rey, había sido llevar Macedonia al mundo griego, pero sabía que para conseguirlo tendría que imponerse por la fuerza. Por dicho motivo había dedicado en primer lugar todas sus energías a hacer de su país una potencia moderna, sacándolo de su condición de estado tribal de pastores y agricultores.
Había desarrollado la agricultura en las llanuras, haciendo traer trabajadores expertos de las islas y de las ciudades griegas de Asia Menor, y había estimulado los trabajos de extracción en el monte Pangeo, obteniendo de sus minas hasta mil talentos anuales de oro y de plata.
Había impuesto su autoridad a sus jefes tribales y les había ligado a él mediante la fuerza o con alianzas matrimoniales. Había creado además un ejército como no se había visto nunca otro hasta aquel entonces, un ejército constituido por unidades de infantería pesada enormemente poderosas, unidades de infantería ligera de gran movilidad y escuadrones de caballería que no temían el enfrentamiento en la zona del Egeo.
Pero todo esto no había bastado para que fuera aceptado como griego. Demóstenes, pero asimismo otros muchos oradores y políticos de Atenas, Corinto, Mégara, Sición, seguían llamándole Filipo El Bárbaro.
Para ellos eran objeto de risa la pronunciación de los macedonios, quienes acusaban el influjo de los pueblos salvajes que presionaban en sus fronteras septentrionales, y sus monstruosos desafueros en el beber, en el comer y hacer el amor durante sus banquetes, que por lo general degeneraban en orgías. Consideraban bárbaro a un estado basado aún en los vínculos de sangre y no en el derecho de ciudadanía, regido por un soberano que podía mandar sobre todos y estar por encima de las leyes.
Filipo alcanzó su objetivo al conseguir finalmente imponerse a los focenses en la guerra sagrada, logrando su expulsión del consejo del santuario, el más noble y prestigioso consejo de toda Grecia. Los dos votos de que disponían sus representantes fueron asignados al rey de los macedonios, al que fue atribuido el cargo altamente honorífico de presidente de los Juegos Píticos, los más prestigiosos después de los Olímpicos.
Fue la coronación de diez años de esfuerzos decisivos y coincidió con el hecho de que su hijo Alejandro cumplía diez años.
En ese mismo período, un gran orador ateniense de nombre Isócrates pronunció un discurso en el que exaltaba a Filipo como protector de los griegos y como el único hombre que podía aspirar a someter a los bárbaros de Oriente, los persas, que desde hacía más de un siglo amenazaban la civilización y la libertad helénicas.
Alejandro fue informado de estos acontecimientos por sus maestros y tales noticias le llenaron de ansiedad. Se sentía ya lo bastante mayor como para asumir su papel en la historia del país, pero sabía perfectamente que era también demasiado pequeño para poder actuar.
Conforme crecía, su padre le dedicaba cada vez más tiempo, como si le considerase ya un hombre, pero no por ello dejaba de lado sus más audaces proyectos. Su objetivo no era, en efecto, el predominio sobre los estados de la Grecia peninsular: éste era únicamente un medio. Miraba más allá, allende el mar, hacia los infinitos territorios del Asia interior.
A veces, cuando pasaba un período de descanso en el palacio de Pella, le llevaba con él después de cenar a la torre más alta y le señalaba el horizonte en dirección a Oriente, por donde asomaba la Luna de entre las olas del mar.
—¿Sabes qué hay allí, Alejandro?
—Está Asia, papá —respondía él—. El país del sol naciente.
—¿Y sabes lo grande que es Asia?
—Mi maestro de geografía, Cratipo, dice que tiene más de diez mil estadios.
—Pues está en un error, hijo mío. Asia es cien veces más grande que eso. Cuando yo combatía a orillas del río Istro, me encontré a un guerrero escita que hablaba el macedonio. Me contó que allende el río se extendía una llanura vasta como un mar y a continuación montañas tan altas como para penetrar los cielos con sus cumbres. Me explicó que había desiertos tan extensos que se requerían meses para atravesarlos y que además había montañas completamente cubiertas de piedras preciosas: lapislázulis, rubíes, cornalinas.
»Contó que en aquellas llanuras corrían rebaños de miles de caballos ardientes como el fuego, incansables, capaces de correr volando durante días por la extensión infinita. “Existen regiones —me dijo— sepultadas por el hielo, oprimidas por una noche que dura la mitad del año, y otras abrasadas por el ardor del sol en cada estación, donde no crece una brizna de hierba, donde todas las serpientes son venenosas y la picadura de un escorpión mata a un hombre en poco rato”. Ésta es Asia, hijo mío.
Alejandro le miró, vio sus ojos arder de sueños y comprendió qué era lo que ardía en el alma de su padre.
Un día, había pasado más de un año de aquella conversación, Filipo entró de repente en su habitación.
—Ponte los pantalones tracios y coge una capa de lana burda. Nada de insignias ni de adornos, ¡pues partimos!
—¿Adónde vamos?
—He hecho preparar ya los caballos y los víveres; estaremos fuera unos días. Quiero que veas una cosa.
Alejandro no hizo ninguna otra pregunta. Se vistió tal como se le había pedido, saludó a su madre asomándose un momento a la entrada de su estancia y bajó a todo correr al patio donde le esperaban una pequeña escolta de la caballería real y dos cabalgaduras.
Filipo estaba ya en la silla, Alejandro saltó sobre su caballo negro y salieron al galope por la puerta abierta de par en par.
Cabalgaron durante varios días hacia Oriente, primero por la costa, luego por el interior, para seguir nuevamente por la costa. Pasaron Therma, Apolonia y Anfípolis, parándose de noche en pequeñas posadas de campo y comiendo la comida tradicional macedonia: asado de cabra, caza, queso curado de oveja y el pan cocido bajo las cenizas.
Tras dejar atrás Anfípolis, comenzaron a trepar por un escarpado sendero hasta que se encontraron, casi de improviso, ante un paisaje desolado. La montaña había sido privada de su manto boscoso, y por todas partes veíanse troncos mutilados y raigones carbonizados. El terreno, tan desnudo, mostraba perforaciones en varias de sus partes y en la entrada de cada cueva se amontonaban enormes cantidades de detritos, como en un gigantesco hormiguero.
Comenzaba a caer una fina e insistente lluvia y los jinetes se cubrieron la cabeza con las capuchas y pusieron los animales a paso de marcha. El sendero principal no tardó en bifurcarse en un laberinto de trincheras por las que se movía una multitud de hombres andrajosos y macilentos, de piel renegrida y rugosa, que cargaban pesadas espuertas llenas de piedras.
Más allá subían al cielo columnas de negro y denso humo, en perezosas volutas, difundiendo por toda la zona una espesa nube que dificultaba la respiración.
—Tápate la boca con la capa —ordenó Filipo a su hijo, sin añadir nada más.
Reinaba por toda la zona un extraño silencio y ni siquiera se oía el ruido de todos aquellos pies, amortiguado como estaba por el denso barrizal en el que la lluvia había transformado el polvo.
Alejandro miraba a su alrededor espantado: así se había imaginado que sería el Hades, el reino de los muertos, y le vinieron a la mente en aquel momento los versos de Homero.
Allí están el pueblo y la ciudad de los cimerios
entre nieblas y nubes, sin que jamás el sol
resplandeciente los ilumine con sus rayos,
ni cuando sube al cielo estrellado,
ni cuando vuelve del cielo a la tierra,
pues una nube perniciosa se extiende sobre los míseros mortales.*
Luego, de golpe, el silencio se vio roto por un ruido sordo y acompasado, como si el puño de un cíclope se abatiese con monstruosa potencia sobre las atormentadas laderas del monte. Alejandro espoleó con los talones a su caballo porque quería saber el origen de aquel estruendo que ahora hacía temblar la tierra como el trueno.
Después que hubo bordeado una prominencia rocosa vio dónde terminaban todos los senderos. Había una máquina gigantesca, una especie de torre hecha de grandes travesaños que llevaba en lo alto una polea. Una soga sostenía una tela metálica colosal, y por el otro lado la soga estaba retorcida sobre una árgana que era maniobrada por cientos de aquellos desdichados, que la hacían girar enrollando la soga en torno al tambor, de modo que la red se alzaba en el interior de la torre de madera.
Cuando alcanzaba la parte superior, uno de los vigilantes soltaba la clavija del freno liberando el tambor, que rodaba en sentido contrario arrastrado por el peso de la red que caía al suelo haciendo pedazos las piedras arrojadas de continuo por las espuertas transportadas a hombros montaña arriba.
Los hombres recogían el mineral fragmentado, llenaban otras espuertas con él y se lo llevaban por otros senderos hasta una explanada, donde otros lo pulverizaban en los morteros a fin de lavarlo a continuación en el agua de un torrente que era canalizada por medio de una serie de rápidos y rampas, separando las pequeñas pepitas y el polvo de oro que contenían.
—Éstas son las minas del Pangeo —explicó Filipo—. Con este oro he armado y equipado a nuestro ejército, he construido nuestros palacios, he erigido el poderío de Macedonia.
—¿Por qué me has traído aquí? —preguntó Alejandro profundamente turbado.
Mientras hablaba, uno de los porteadores se desplomó casi debajo mismo de las patas de su caballo. Un vigilante se aseguró de si estaba muerto o no; luego hizo una señal a dos desventurados que depositaron en tierra las espuertas, le cogieron por los pies y se lo llevaron a rastras.
—¿Por qué me has traído aquí? —preguntó de nuevo Alejandro.
Filipo se dio cuenta de que el cielo plúmbeo se reflejaba en su mirada sombría.
—No has visto aún lo peor —respondió—. ¿Estás dispuesto a descender bajo tierra?
—No le temo a nada —afirmó el muchacho.
—Entonces sígueme.
El rey se apeó del caballo y se acercó a la entrada de una de las minas. El vigilante que había venido a su encuentro empuñando el látigo se detuvo estupefacto, al reconocer en su pecho la estrella de oro de los Argéadas.
Filipo se limitó a hacer una indicación y volvió atrás, encendió un candil y se dispuso a guiarlos por el subsuelo.
Alejandro siguió al padre, pero apenas hubo entrado sintió que se sofocaba a causa de un hedor insoportable a orina, sudor y excrementos humanos. Había que avanzar inclinados y, en determinados puntos, casi con la espalda doblada, a lo largo de una angosta tripa que resonaba por doquier con un continuo martilleo, un jadear difuso, ataques de tos, estertores agónicos.
De vez en cuando el vigilante se detenía allí donde un grupo de hombres se hallaban ocupados en extraer con el pico el mineral o bien en la bocamina de los pozos. Al fondo de cada uno de éstos palpitaba la claridad de un velón iluminando una espalda huesuda, unos brazos esqueléticos.
A veces el minero, al oír ruido de pasos o de voces que se aproximaban, alzaba el rostro para mirar y Alejandro descubría máscaras desfiguradas por la fatiga, las enfermedades y el horror de vivir.
Más adelante, al fondo de uno de aquellos pozos, vieron un cadáver.
—Muchos se suicidan —explicó el vigilante—. Se lanzan sobre el pico o se traspasan con el cincel.
Filipo se volvió para observar a Alejandro. Estaba mudo y en apariencia impasible, pero sobre sus ojos había caído una mortal oscuridad.
Salieron por la parte opuesta del monte a través de un estrecho agujero y encontraron los caballos y la escolta esperándoles.
Alejandro miró a su padre.
—¿Cuál fue su delito? —preguntó.
Su rostro estaba pálido como la cera.
—Ninguno —repuso el rey—. Salvo haber nacido.

Volvieron a montar sobre sus sillas y descendieron al paso bajo la lluvia que volvía a caer. Alejandro cabalgaba en silencio al lado de su padre.
—Quería que supieses que todo tiene un precio. Y quería que supieses también qué clase de precio. Nuestra grandeza, nuestras conquistas, nuestros palacios y nuestras vestiduras... todo debe ser pagado.
—Pero ¿por qué ellos?
—No hay un porqué. El mundo está gobernado por el hado. Al nacer fue establecido que muriesen de ese modo, así como, al nacer, fue establecido también para nosotros un destino que nos es ocultado hasta el último instante.
»Sólo el hombre, de todos los seres vivos, puede ascender hasta casi tocar la morada de los dioses, o bien caer más bajo que los brutos. Tú ya has visto las moradas de los dioses, has vivido en la casa de un rey, pero consideraba justo que vieses también lo que puede reservar la suerte a un ser humano. Entre estos desdichados hay hombres que tal vez un día fueron caudillos o nobles y que el hado precipitó de repente en la miseria.
—Pero si éste es el destino que puede correspondernos a cada uno de nosotros, ¿por qué no ser clementes mientras la fortuna se nos muestra favorable?
—Esto es lo que quería oírte decir. Deberás ser clemente siempre que te sea posible, pero recuerda que no puede hacerse nada por cambiar la naturaleza de las cosas.
En aquel momento Alejandro vio a una niña algo más pequeña que él que subía por el sendero cargada con dos pesadas cestas llenas a rebosar de habas y garbanzos, destinadas probablemente a la comida de los vigilantes.
El joven se apeó del caballo y se detuvo delante de ella: era delgada, iba descalza, con los cabellos sucios, y tenía unos ojazos negros rebosantes de tristeza.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
La niña no respondió.
—Probablemente no sabe hablar —observó Filipo.
Alejandro se dirigió al padre:
—Yo puedo cambiar su suerte. Mejor dicho, quiero cambiarla.
Filipo asintió:
—Puedes hacerlo, si es eso lo que quieres, pero recuerda que el mundo no cambiará por eso.
Alejandro hizo subir a la pequeña sobre su caballo, detrás de él, y la cubrió con su capa.
Llegaron de nuevo a Anfípolis al anochecer y se hospedaron en la casa de un amigo del rey. Alejandro ordenó que la niña fuese lavada y vestida, y se quedó mirándola mientras comía.
Intentó hablarle, pero ella respondía con monosílabos y nada de lo que decía resultaba comprensible.
—Se trata de alguna lengua bárbara —le hizo notar Filipo—. Si quieres comunicarte con ella, deberías esperar a que aprenda el macedonio.
—Esperaré —replicó Alejandro.
El día siguiente amaneció con un tiempo espléndido y reanudaron el viaje de regreso volviendo a cruzar el puente de barcas sobre el Estrimón, pero, una vez llegados a Bromisco, se dirigieron hacia el sur por la península del monte Athos. Cabalgaron durante toda la jornada y a la hora del ocaso llegaron a un punto en el que se veía un enorme foso, semienterrado, que dividía la península en dos. Alejandro tiró de las riendas de su caballo y se quedó mirando estupefacto aquella obra ciclópea.
—¿Ves ese foso? —preguntó su padre—. Pues fue excavado hará casi ciento cincuenta años por Jerjes, el emperador de los persas, con objeto de permitir el paso de su flota y evitar de este modo correr el riesgo de un naufragio en los escollos de Athos. Trabajaron en ella diez mil hombres turnándose continuamente, día y noche. Y antes el Gran Rey había hecho construir un puente de barcas a través del estrecho del Bósforo, uniendo Asia con Europa.
»Dentro de pocos días recibiremos la visita de una embajada del Gran Rey. Quería que comprendieses el poderío del imperio con el que estamos negociando.
Alejandro asintió y observó largo rato sin hablar de aquella obra colosal; luego, viendo a su padre reanudar el viaje, dio un talonazo a su caballo y se fue detrás de él.
—Quisiera pedirte una cosa —dijo cuando llegó de nuevo a su lado.
—Te escucho.
—Hay un muchacho de Pella que frecuenta las lecciones de Leónidas, pero que no está nunca con nosotros. Las pocas veces que me encuentro con él evita hablar conmigo y tiene normalmente un aspecto triste, melancólico. Leónidas nunca ha querido explicarme quién es, pero estoy seguro de que tú lo sabes.
—Es tu primo Amintas —repuso Filipo sin volverse—. El hijo de mi hermano, muerto en combate, luchando contra los tesalios. Antes de que tú nacieras, era él el heredero del trono y yo gobernaba como regente.
—¿Tratas de decir que debería ser él el soberano?
—El trono es de quien es capaz de defenderlo —replicó Filipo—. Recuérdalo. Por eso, en nuestro país, cualquiera que ha tomado el poder ha eliminado a todos aquéllos que habrían podido urdir asechanzas contra él.
—Pero tú has dejado vivir a Amintas.
—Era el hijo de mi hermano, y no podía acarrearme ningún daño.
—Fuiste... clemente.
—Si quieres llamarlo así...
—¿Padre?
Filipo se volvió: Alejandro le llamaba «padre» cuando estaba rabioso con él o cuando quería hacerle una pregunta muy seria.
—Si fueras a morir en combate, ¿quién sería el heredero del trono, Amintas o yo?
—El más digno.
El muchacho no preguntó nada más, pero aquella respuesta le causó una profunda impresión y no se borró jamás de su mente.
Regresaron a Pella tres días después y Alejandro confió a Artemisia la niña que había arrancado de los horrores del monte Pangeo.
—De ahora en adelante —afirmó, con cierta entonación infantil— estará a mi servicio. Y tú le enseñarás todo cuanto debe saber.
—Pero ¿tiene un nombre al menos? —preguntó Artemisia.
—No lo sé. Yo, de todas formas, la llamaré Leptina.
—Es bonito, y adecuado además para una niña.
Aquel día llegó la noticia de que, a muy avanzada edad, había fallecido Nicómaco. El soberano no dejó de sentir un cierto disgusto porque había sido un excelente médico y porque había ayudado a nacer a su hijo.
En cualquier caso, su consultorio no fue cerrado, aunque su hijo, Aristóteles, había seguido un camino muy distinto y se encontraba en aquellos momentos en Asia, en la ciudad de Atarnea, donde había fundado, tras la muerte de su maestro Platón, una nueva escuela filosófica.
El joven ayudante de Nicómaco, Filipo, había seguido trabajando en el consultorio del médico desaparecido y ejercía la profesión con suma pericia.
Mientras tanto también los chavales que vivían en la corte con Alejandro habían crecido, tanto física como espiritual y anímicamente, y las inclinaciones que habían demostrado de niños se habían visto en gran medida consolidadas; los compañeros que tenían una edad próxima a la de Alejandro, como Hefestión, que era ya su amigo inseparable, o bien Pérdicas y Seleuco, se habían convertido en sus íntimos y formaban un grupo sólido, tanto en el juego como en el estudio; Lisímaco y Leonato se habían acostumbrado, con el paso del tiempo, a la vida en comunidad y desahogaban su exuberancia con los ejercicios físicos y de destreza.
Leonato, en especial, era un apasionado de la lucha, y por dicho motivo seguía estando siempre impresentable, despeinado y cubierto de rasguños y moretones. Los mayores, como Tolomeo y Crátero, eran dos jovenzuelos y recibían ya desde hacía bastante tiempo un duro adiestramiento militar en la caballería.
En aquel período entró a formar parte del grupo un griego de nombre Eumenes, que trabajaba como ayudante en la cancillería del rey y era muy estimado por su inteligencia y sagacidad. Como Filipo había querido que frecuentase la misma escuela que los demás chicos, Leónidas le encontró un sitio en el dormitorio, pero inmediatamente Leonato le desafió a pelear.
—Si quieres ganarte el sitio tienes que batirte —afirmó despojándose de su quitón y quedándose con el torso desnudo.
Eumenes no se dignó ni a mirarle.
—¿Estás loco? Ni lo pienses.
Y se puso a arreglar sus ropas en el arcón que había a los pies de su cama.
Lisímaco se burló de él:
—Lo dije. Este griego es un mierda.
También Alejandro se echó a reír.
Leonato le dio un empellón y le hizo rodar por los suelos.
—Entonces, ¿quieres batirte sí o no?
Eumenes se levantó con aire molesto, se arregló la ropa y dijo:
—Un momento, ahora vuelvo.
Se fue hacia la puerta dejando a todos patidifusos. No bien hubo salido se acercó a un soldado que montaba la guardia en la galería superior de palacio, un tracio corpulento como un oso. Se sacó algunas monedas y se las puso en la mano.
—Sígueme, tengo un trabajo para ti.
Entró en el dormitorio y señaló a Leonato.
—¿Ves a ese pelirrojo de las pecas?
El gigante asintió.
—Pues bien. Cógele y dale una buena tunda.
Leonato se lo olió inmediatamente, se escabulló por entre las piernas del tracio igual que Odiseo por entre las piernas de Polifemo y salió pitando escaleras abajo.
—¿Alguien más tiene algo que objetar? —preguntó Eumenes poniéndose de nuevo a arreglar sus efectos personales.
—Sí, yo —intervino Alejandro.
Eumenes se paró y se volvió hacia él.
—Te escucho —dijo en un tono de evidente respeto—, porque el señor de la casa aquí eres tú, pero ninguno de estos buscarruidos puede permitirse llamarme «un mierda».
Alejandro estalló a reír.
—Bienvenido entre nosotros, señor secretario general.
A partir de aquel momento Eumenes entró a formar parte del grupo a todos los efectos y se convirtió en la fuente de inspiración de toda clase de burlas a costa de éste o del otro, pero sobre todo de su maestro, el viejo Leónidas: le metían lagartijas en la cama y ranas vivas en el potaje de lentejas para vengarse de los palmetazos que les propinaba cuando no se aplicaban al estudio con el debido ahínco.
Una noche Leónidas, que tenía mayor responsabilidad que los otros al preparar los programas de estudio, hizo saber con aire grave que al día siguiente el soberano recibiría la visita de una embajada persa y que también él formaría parte de la misión diplomática por sus conocimientos sobre Asia y sus costumbres; les informó que los mayores de ellos tendrían que prestar servicio en la guardia de honor del rey cubiertos con la armadura de gala, en tanto que los más jóvenes deberían desempeñar un cometido análogo al lado de Alejandro.
La noticia provocó una gran agitación entre los muchachos: ninguno de ellos había visto jamás a un persa y todo cuanto sabían de Persia era lo que habían leído en las obras de Heródoto y de Cresias o en el diario de la famosa «expedición de los diez mil» del ateniense Jenofonte. Todos, por tanto, se pusieron a bruñir las armas y a preparar sus ropas de ceremonia.
—Mi padre tuvo ocasión de hablar con uno que había tomado parte en la expedición de los diez mil —contó Hefestión— y que había tenido a los persas delante mismo en la batalla de Cunaxa.
—¿Qué os parece, muchachos? —intervino Seleuco—. ¡Un millón de hombres!
Y se ponía las manos delante abriéndolas en abanico como si quisiera representar el frente inmenso de los guerreros.
—¿Y los carros falcados? —añadió Lisímaco—. Corren raudos como el viento por sus llanuras, y tienen unas cuchillas que salen de debajo de la caja y fuera de los ejes para segar a los hombres como si se tratara de espigas de trigo. Yo no quisiera encontrármelos delante en el campo de batalla, la verdad.
—Simples trampas que hacen más ruido que daño —observó Alejandro que hasta aquel momento había estado callado escuchando los comentarios de sus amigos—. Eso mismo dice Jenofonte en su diario. En cualquier caso, todos tendremos ocasión de ver cómo se las apañan los persas con las armas. Mi padre el rey ha organizado para pasado mañana una batida para la caza del león en Eordea, en honor de los huéspedes.
—¿Dejarán ir también a los niños? —se carcajeó Tolomeo.
Alejandro se plantó delante de él:
—Yo tengo trece años y no le temo a nada ni a nadie. Repítelo y te haré tragar tus palabras.
Tolomeo se contuvo y también los demás jóvenes dejaron de reír. Desde hacía ya un tiempo habían aprendido a no provocar a Alejandro, por más que no fuese especialmente corpulento. Repetidas veces, en efecto, había dado prueba de una energía sorprendente y de una rapidez de reflejos fulgurante.
Eumenes propuso a todos jugar una partida de dados con la paga semanal en juego y la cosa no pasó de ahí. El dinero, finalmente, acabó en gran parte en sus bolsillos porque el griego sentía verdadera debilidad tanto por el juego como por el vil metal.
Aplacada la cólera, Alejandro dejó a sus compañeros con sus pasatiempos y fue a hacerle una visita a su madre antes de irse a la cama. Olimpia llevaba desde hacía tiempo una vida apartada, aunque seguía conservando un considerable poder en la corte como madre del heredero del trono, y sus encuentros con Filipo se limitaban casi exclusivamente a las ocasiones previstas por el protocolo.
El rey había tomado entretanto por esposas a otras mujeres por razones meramente políticas, pero seguía respetando a Olimpia y, de haber tenido la reina un carácter menos suspicaz y difícil, le habría demostrado tal vez que la pasión que había sentido por ella no estaba del todo muerta.
La soberana se hallaba sentada en un sillón de brazos cerca de un candelabro de bronce de cinco brazos y tenía un papiro abierto sobre las rodillas. Su habitación, fuera del rayo de aquella luz, estaba totalmente a oscuras.
Alejandro entró con paso ligero.
—¿Qué estás leyendo, mamá?
Olimpia levantó la cabeza.
—A Safo —repuso—. Sus versos son maravillosos y sus sentimientos de soledad están tan próximos a los míos...
Se acercó a la ventana mientras contemplaba el cielo estrellado y repitió con voz vibrante y melancólica los versos que había leído:
La noche está a mitad de su curso.
Ya se ha puesto la luna.
Y las Pléyades; mediada es
la noche, pasa la hora,
y yo duermo sola.*
Alejandro se acercó y vio por un momento, a la incierta luz de la luna, temblar una lágrima en las pestañas de su madre y luego rodar lentamente, regándole la pálida mejilla.

El maestro de ceremonias ordenó que sonaran las trompas y los dignatarios persas hicieron su solemne entrada en la sala del trono. El jefe de la delegación era el sátrapa de Frigia, Arsames, acompañado por el gobernador militar de la provincia y por otros magnates que le seguían a algunos pasos.
Estaban flanqueados por una escolta de doce Inmortales, los soldados de la guardia imperial, elegidos todos por su imponente estatura, la majestuosidad de su porte y la dignidad de su linaje.
El sátrapa portaba la tiara floja, el gorro de más alto prestigio después de la tiara rígida de uso exclusivo del emperador. Vestía una sobreveste de biso verde recamado con unos dragones de plata en los calzones adamascados y pantuflas de piel de antílope. También los demás dignatarios iban ataviados con ropajes increíblemente ricos y refinados.
Pero quienes llamaban más la atención de los presentes eran los Inmortales del Gran Rey. De casi seis pies de alto, de tez aceitunada, lucían barbas negrísimas y ensortijadas y el pelo suntuosamente tocado y rizado con el encrespador. Lucían sobrevestes de brocatel de oro largas hasta los pies sobre unas túnicas de biso azul y calzones del mismo color recamados con unas abejas de oro. Llevaban en bandolera los mortíferos arcos de doble curvatura y las aljabas de cedro taraceadas de marfil y de lámina de plata.
Andaban majestuosamente a paso cadencioso apoyando en el suelo las astas de las lanzas, rematadas con unos pomos de oro en forma de granada. Del costado de cada uno colgaba el arma de gala más hermosa que hubiera podido salir de manos del mejor armero del mundo conocido: la deslumbrante akinake, daga de oro macizo envainada en su funda labrada a tramos con desfiles de grifos rampantes con ojos de rubíes.
La vaina, asimismo de oro purísimo, estaba suspendida de una presilla enganchada al cinto, de modo que el arma podía oscilar libremente a cada paso de los majestuosos guerreros y al propio tiempo marcarles el ritmo con el fulgor oscilante del precioso metal.
Filipo, que se esperaba una exhibición de fasto semejante, había preparado un recibimiento adecuado alineando a los lados de la sala dos filas de treinta y seis pezetairoi, los imponentes soldados de su infantería pesada de línea. Embutidos en sus corazas de bronce, embrazaban los escudos con la estrella de plata de los Argéadas y empuñaban las sarisas, enormes astas de cornalina de doce pies de altura. Las puntas de bronce, relucientes cual espejos, llegaban a rozar el techo.
Alejandro, revestido con su primera armadura, que él mismo había diseñado para el artífice, rodeado por su guardia personal, estaba sobre un escabel a los pies de su padre. Del otro lado, junto a la reina Olimpia, estaba sentada su hermana Cleopatra, apenas adolescente y ya de encantadora belleza. Vestía un peplo ático que le dejaba al descubierto los brazos y los hombros cayéndole en elegantes pliegues sobre el pequeño seno floreciente y calzaba sandalias de cintas de plata.
Llegado delante del trono, Arsames se inclinó ante la pareja real, para luego hacerse a un lado y dejar avanzar a los dignatarios con sus presentes: un cinturón de malla de oro con aguamarinas y ojos de tigre para la reina y una coraza india tallada en un caparazón de tortuga para el rey.
Filipo hizo avanzar al maestro de ceremonias con sus presentes para el emperador y la emperatriz: un yelmo escita de chapa de oro y un collar chipriota de cuentas de coral engastado en plata.
Una vez terminada la fase solemne, los huéspedes fueron introducidos en la contigua sala de audiencias y se les hizo sentar en cómodos divanes para la discusión del protocolo de entendimiento que figuraba en el orden del día. También Alejandro fue admitido, porque Filipo quería que comenzara a hacerse una idea cabal de las responsabilidades de un hombre de gobierno y de la manera de administrar las relaciones con una potencia extranjera.
El objeto de las negociaciones era una especie de protectorado de Filipo sobre las ciudades griegas de Asia, conservando un reconocimiento formal de la soberanía persa sobre dicha región. Los persas, por su parte, estaban preocupados por el avance de Filipo en dirección a los estrechos, zona neurálgica, bisagra entre dos continentes y entre tres grandes áreas: Asia Menor, Asia interior y Europa.
Filipo trató de hacer valer sus razones sin crear excesiva alarma entre sus interlocutores:
—No tengo el menor interés en perturbar la paz en la zona de los estrechos. Mi único objetivo es consolidar la hegemonía de los macedonios entre el golfo adriático y la orilla occidental del mar Negro, cosa que sin duda proporcionará estabilidad a toda el área de los estrechos, por medio del tráfico y del comercio, vital para todos.
Dejó al intérprete el tiempo de traducir y se dedicó a observar la expresión de sus huéspedes a medida que sus palabras pasaban una tras otra del griego al persa.
Arsames no dejó traslucir la menor emoción. Se dirigió a Filipo mirándole a los ojos como si pudiera comprenderle directamente y afirmó:
—El problema que el Gran Rey querría resolver es el de tus relaciones con los griegos de Asia y con determinados dinastas griegos de la orilla oriental del Egeo. Nosotros hemos favorecido siempre su autonomía y hemos preferido en todo momento que las ciudades griegas fuesen gobernadas por griegos... amigos nuestros, se entiende. Nos parece que se trata de una solución sensata, que, por una parte, respeta sus tradiciones y su dignidad, y, por otra, salvaguarda tanto sus intereses como los nuestros. Por desgracia... —prosiguió cuando el intérprete hubo terminado— estamos hablando de una zona fronteriza que ha sido siempre objeto de discordia cuando no incluso de áspera disputa o de guerra abierta.
La argumentación comenzaba a acercarse a la cuestión y a tocar fibras sensibles; Filipo, para relajar el ambiente, hizo una señal al maestro de ceremonias a fin de que dejase entrar a algunos hermosísimos efebos y doncellas, todos ellos muy ligeros de ropa, para que sirvieran dulces y vino especiado mezclado con nieve del monte Bermión, conservada en las tinajas de la bodega real.
Las copas de plata estaban cubiertas de una leve escarcha, la cual confería al metal una especie de pátina opaca y transmitía a la mirada, antes que a la mano, una agradable sensación de frescura. El rey dejó que los extranjeros se sirvieran y retomó la conversación.
—Sé perfectamente a qué te refieres, mi ilustre huésped. Sé que en el pasado hubo sangrientas guerras entre griegos y persas sin que se llegase a una solución definitiva. Pero quisiera recordarte que mi país y los soberanos que me antecedieron siempre desempeñaron una función mediadora, y por tanto te ruego que refieras al Gran Rey que nuestra amistad con los estados griegos de Asia está dictada única y exclusivamente por la conciencia de nuestros orígenes comunes, de nuestra religión común y de los antiguos lazos de hospitalidad y de parentesco...
Arsames escuchaba en todo momento con el mismo rostro de esfinge; sus ojos pintados con bistre le añadían una extraña fijeza estatuaria. Alejandro, por su parte, observaba con atención ya al huésped extranjero, ya a su padre, tratando de comprender qué se escondía tras la pantalla de aquellas palabras convencionales.
—No niego —prosiguió Filipo al cabo de un instante— que estamos muy interesados en mantener con esas ciudades relaciones comerciales, y, más aún, que deseamos aprender de su gran experiencia en todos los campos del saber. Queremos aprender a construir, a navegar por mar, a regular el curso de las aguas en nuestra tierra...
El persa, extrañamente, se adelantó al intérprete:
—¿Y qué ofrecéis a cambio?
Filipo disimuló bastante hábilmente su sorpresa. Esperó a la traducción de la pregunta y respondió imperturbable:
—Amistad, presentes de hospitalidad y productos que sólo Macedonia está en condiciones de proporcionar: la madera de nuestros bosques, magníficos caballos y robustos esclavos de las llanuras a lo largo del río Istro. Lo único que deseo es que todos los griegos que viven alrededor de nuestro mar miren al rey de los macedonios como a su amigo natural. Nada más.
Los persas parecieron contentarse con lo que Filipo iba diciendo y en cualquier caso se dieron cuenta de que, aun en el caso que fuese insincero, tampoco podía permitirse planes agresivos, lo cual, por el momento, era suficiente.
Cuando salieron para ser conducidos a la sala del banquete, Alejandro se acercó a su padre y le susurró al oído:
—¿Cuánto hay de verdad en todo lo que has dicho?
—Casi nada —respondió Filipo al salir al corredor.
—Y por tanto también ellos...
—No me han dicho nada importante de veras.
—Pero, entonces, ¿para qué sirven estos encuentros?
—Para husmearse.
—¿Husmearse? —preguntó Alejandro.
—En efecto. Un verdadero político no tiene necesidad de las palabras, se fía mucho más de su olfato. Por ejemplo, ¿tú qué dirías?, ¿que le gustan las muchachas o los muchachos?
—¿A quién?
—A nuestro huésped, obviamente.
—Pues... no sabría decir.
—Le gustan los muchachos. Parecía poner sus ojos en las muchachas, pero con el rabillo del ojo miraba a ese jovenzuelo rubio que escanciaba el vino con hielo. Diré al maestro de ceremonias que se lo lleve al lecho. Es oriundo de Bitinia y entiende el persa. Puede que consigamos descubrir alguna cosa más sobre lo que piensa nuestro persa. Tú, en cambio, después del banquete, te los llevarás a dar una vuelta y les mostrarás el palacio y sus alrededores.
Alejandro asintió y, cuando llegó el momento, asumió con entusiasmo la tarea que le había sido encomendada. Había leído mucho sobre el Imperio persa, se conocía casi de memoria La educación de Ciro del ateniense Jenofonte y había reflexionado detenidamente acerca de la Historia persa de Ctesias, obra llena de exageraciones fantásticas, pero interesante por ciertas observaciones de costumbres y de paisaje. Aquélla, sin embargo, era la primera vez que podía hablar con persas de carne y hueso.
Acompañado por un intérprete, les enseñó el palacio y los alojamientos de los jóvenes nobles, e inmediatamente se prometió una vez más que le echaría una reprimenda a Lisímaco porque su cama no estaba bien hecha. Explicó que los vástagos de la aristocracia macedonia eran educados en la corte junto con él.
Arsames observó que esto ocurría también en su capital, Susa. Así, el soberano se aseguraba la fidelidad de los jefes tribales y de los reyes bajo su protección y, al mismo tiempo, educaba a una generación de nobles estrechamente ligados al trono.
Alejandro les mostró las caballerizas de los hetairoi, los aristócratas que militaban en la caballería y que ostentaban precisamente el título de Compañeros del rey, y les hizo asistir a las evoluciones de algunos soberbios caballos tesalios.
—Magníficos animales —comentó uno de los dignatarios.
—¿Tenéis también vosotros caballos tan hermosos? —preguntó un tanto ingenuamente Alejandro.
El dignatario sonrió.
—¿No has oído hablar, príncipe, de los corceles niseos?
Alejandro sacudió la cabeza, incómodo.
—Son animales de una increíble belleza y potencia a los que se hace pacer únicamente en las planicies de Media, donde crece una hierba muy rica en propiedades nutritivas llamada precisamente «médica». Las flores de color púrpura, en particular, son sus partes más alimenticias. El caballo del emperador es alimentado exclusivamente con flores de médica, cogidas una por una por sus caballerizos y servidas frescas en primavera y en verano y secas durante el otoño y el invierno.
Alejandro, maravillado con aquel relato, trataba de imaginarse cómo debía de ser un caballo de batalla alimentado únicamente por las flores.
Pasaron a continuación a visitar los jardines donde la reina Olimpia había hecho plantar todas las variedades conocidas de rosas de Pieria, que en aquel período del año emanaban un perfume delicadísimo e intenso.
—Nuestros jardineros hacen infusiones y esencias con ellas para las damas de la corte —dijo Alejandro—, pero yo he leído acerca de vuestros parques que nosotros llamamos «jardines». ¿Son realmente tan hermosos?
—Nuestro pueblo es originario de las estepas y de las áridas altiplanicies del norte y por eso los jardines han sido siempre para nosotros un sueño. En nuestra lengua se denominan pairidaeza: están encerrados dentro de vastos recintos amurallados y recorridos por un complejo sistema de canales de riego que mantienen verde el manto de hierba en todas las estaciones del año. Nuestros nobles hacen crecer en ellos todo tipo de plantas locales y exóticas y aclimatan allí animales ornamentales procedentes de todas partes del imperio: faisanes, pavos reales, pero también tigres, leopardos blancos, panteras negras. Tratamos de recrear la perfección del mundo tal como saliera de las manos de nuestro dios Ahura Mazda, cuyo nombre sea loado eternamente.
Alejandro les condujo acto seguido, en coche cerrado, a visitar la capital y sus monumentos, los templos, los pórticos, las plazas.
—Pero tenemos también otra capital —explicó—. Egas, próxima a las pendientes del monte Bermión: es de allí de donde proviene nuestra familia y donde descansan nuestros reyes. ¿Es cierto que también vosotros tenéis distintas capitales?
—Oh, sí, joven príncipe —repuso Arsames—. Nuestras capitales son cuatro. Pasargada corresponde a vuestra Egas, sede de los primeros reyes. Allí se alza, en la llanura acariciada por el viento, la tumba de Ciro el Grande, fundador de la dinastía. Luego está Ecbatana, en el Elam, en la cordillera del Zagros, blanca de nieve durante casi todo el año, que es la capital estival. Los muros de la fortaleza están cubiertos de azulejos esmaltados sobre pan de oro, y cuando el Sol se pone la hace resplandecer como una joya sobre un fondo de nieves inmaculadas. Es un espectáculo emocionante, príncipe Alejandro. La tercera capital es Susa, donde el Gran Rey reside durante el invierno, y la cuarta, la capital de principios de año, es la alta Persépolis, perfumada de cedro y de incienso, adornada con una selva de columnas de color púrpura y oro. Se guarda allí el tesoro real, y no existen palabras para describir lo maravillosa que es. Espero que algún día la visites.
Alejandro escuchaba embelesado, y casi podía ver en su fantasía aquella ciudad fabulosa, aquellos jardines de ensueño, aquellos tesoros acumulados durante siglos, aquellos interminables paisajes. Cuando hubieron vuelto a la residencia real, hizo sentar a los huéspedes en unos asientos de piedra y servirles copas de hidromiel. Mientras bebían, siguió preguntando:
—Decidme, ¿cuán grande es el imperio del Gran Rey?
Los ojos del sátrapa se iluminaron y su voz resonó inspirada, como la de un poeta que le canta a su tierra natal:
—El imperio del Gran Rey se extiende al norte hasta donde los hombres no pueden vivir a causa del calor, y reina sobre cien naciones, desde los etíopes de piel rugosa vestidos con pieles de leopardo hasta los etíopes de piel lisa que se cubren con pieles de tigre.
»Dentro de sus fronteras se encuentran desiertos que nadie se ha atrevido jamás a atravesar, se alzan montañas que ningún pie humano ha osado hollar jamás, tan altas que sus cimas están próximas a la Luna. Las recorren los cuatro ríos más grandes de la Tierra, sagrados para dioses y hombres: el Nilo, el Tigris, el Éufrates y el Indo, y otros mil como el majestuoso Coaspis o el turbulento Araxes que desemboca en el Caspio, un mar misterioso cuyos límites se desconocen, pero tan vasto que se refleja en él la quinta parte del cielo... Hay un camino que atraviesa la mitad de sus provincias desde la ciudad de Sardes hasta la capital Susa: un camino totalmente empedrado, con las verjas de oro.
De repente, Arsames se calló y miró fijamente a Alejandro a los ojos. Vio en aquella mirada un deseo formidable de aventura y la luz de una fuerza vital invencible. Comprendió que en aquel joven ardía un alma más poderosa que cualquier otra que hubiese conocido jamás en su vida. Entonces se acordó de un episodio acaecido muchos años antes y del que se había hablado largamente en Persia: un día, en el interior del templo del fuego en la Montaña de la Luz, un soplo misterioso, llegado de la nada, había apagado la sagrada llama.
Y sintió miedo.

La partida de caza comenzó con las primeras luces del alba y participaron en ella, por expresa voluntad del rey, también los muchachos más jóvenes: Alejandro con sus amigos Filotas, Seleuco, Hefestión, Pérdicas, Lisímaco y Leonato, aparte de Tolomeo, Crátero y otros.
Eumenes, que había sido asimismo invitado, pidió ser dispensado por una fastidiosa molestia intestinal y mostró una receta del médico de Filipo que prescribía reposo absoluto durante un par de días y una cura astringente a base de huevos duros.
El rey Alejandro de Epiro había hecho llegar expresamente de sus criaderos una jauría de perros de gran tamaño y de excelente olfato que en aquel momento eran lanzados por los batidores, los cuales se habían apostado la noche anterior en las márgenes de un bosque de montaña. Eran perros llegados hacía más de un siglo de Oriente y, como se habían aclimatado excelentemente en Epiro, tierra de los molosos, donde habían surgido los mejores criaderos, también aquellos animales eran comúnmente conocidos como molosos. Por su potencia, su gran estatura y su resistencia al dolor eran lo mejor de cuanto había para la caza mayor.
Los pastores habían detectado desde hacía tiempo, en aquella zona, un león macho que causaba estragos entre los rebaños y las manadas de bovinos, y Filipo había esperado con toda intención aquella oportunidad para dar caza a la fiera, iniciar a su hijo en el único pasatiempo propio de un aristócrata y ofrecer a los huéspedes persas una diversión digna de su rango.
Habían salido tres horas antes del amanecer de la residencia real de Pella y a la salida del sol se habían encontrado a los pies del macizo montañoso que separaba el valle de Axios del de Ludias. La fiera se escondía en alguna parte del corazón del bosque de encinas y hayas que cubría la montaña.
El soberano hizo una señal y los monteros mayores hicieron sonar sus cuernos. El sonido, multiplicado por el eco, repercutió hasta las cumbres de los montes y los batidores lo oyeron. Dieron suelta a los perros, les siguieron a pie y también ellos provocaron un gran estruendo golpeando las virolas de los venablos contra los escudos.
El valle resonó de inmediato con los ladridos de los perros y los cazadores se mantuvieron preparados colocándose en semicírculo en un arco de unos quince estadios.
En el centro se hallaba Filipo con sus generales: Parmenio, Antípatro y Clito, apodado El Negro. A su diestra se habían colocado los persas, y todos se habían quedado asombrados de su transformación: nada ya de túnicas recamadas ni de elegantísimas sobrevestes. El sátrapa y sus Inmortales vestían como sus antepasados nómadas de la estepa: bragas de cuero, justillo, gorro rígido, dos venablos en la trabilla, un arco de doble curvatura y flechas. A la siniestra del soberano estaban alineados el rey Alejandro de Epiro con Tolomeo y Crátero y a continuación los más jóvenes: Alejandro, Hefestión, Seleuco y los demás.
Una neblina descendía por el río, extendiéndose cual ligero velo por la llanura verdísima y llena de flores, en gran parte aún cubierta por la sombra de la montaña. De repente un rugido rompió la paz del amanecer dominando los ladridos lejanos de los perros, y los caballos relincharon excitados, piafando y bufando, de modo que resultaba difícil mantenerlos frenados.
Pero ninguno se movía, en espera de que el león se pusiera a la vista. Resonó otro rugido distante, en dirección del río: ¡allí estaba también la hembra!
Por fin el grueso macho salió del bosque y, viéndose rodeado, lanzó un rugido más poderoso aún, que hizo temblar la montaña y espantó a los caballos. Al poco apareció también la hembra, pero las dos fieras salvajes eran reacias a avanzar, por la presencia de los cazadores, y tampoco podían volver atrás acosadas como estaban por la jauría de los batidores. Entonces trataron de salir del paso dirigiéndose al río.
Filipo dio la señal de comienzo de la cacería y todos se precipitaron a la llanura justo en el momento en que el Sol aparecía tras el monte e inundaba el valle de luz.
Alejandro y sus compañeros, que por su posición se encontraban más cerca de la orilla del curso de agua, ansiosos por demostrar su audacia espolearon a sus caballos para cortar el camino a los leones.
Mientras tanto el rey, preocupado porque los chicos acabasen en serio peligro, se lanzó a su vez con el venablo empuñado, mientras los persas se abrían en semicírculo empujando a sus cabalgaduras a una marcha cada vez más rápida a fin de impedir que las fieras buscasen nuevamente refugio en el bosque, para enfrentarse a los perros.
Llevado por el entusiasmo de la carrera, Alejandro estaba ya muy cerca y a punto de arrojar su venablo sobre el macho que le presentaba el flanco, pero en aquel preciso instante desembocó del bosque la jauría y la hembra, espantada, dio un brusco giro hacia el lado opuesto, lanzándose sobre el lomo del caballo del príncipe y derribándolo.
La leona fue rodeada por los perros y tuvo que soltar la presa, de modo que el caballo se alzó de nuevo enseguida y huyó al galope lanzando coces, relinchando y manchando de sangre el prado a su paso.
Alejandro se puso en pie y se encontró frente al león. Estaba desarmado, porque había perdido en su caída el venablo, pero en ese preciso momento llegó Hefestión empuñando su hierro e hiriendo al sesgo a la fiera que rugió de dolor.
Entretanto, la hembra había descuartizado la garganta a un par de perros y se volvía hacia su compañero que, furibundo, atacaba a Hefestión. El muchacho se defendía valientemente con la punta del venablo, pero el león asestaba terribles zarpazos, rugía y se azotaba los costados con la cola.
Filipo y Parmenio estaban ya cerca, pero era cuestión de muy poco tiempo. Alejandro había vuelto a empuñar su venablo y apuntaba, pero sin darse cuenta de que la hembra se disponía a saltar sobre él.
En aquel momento, uno de los guerreros persas, el más alejado de todos, sin detenerse siquiera tensó su gran arco y disparó. La leona saltó, pero el dardo, con agudo silbido, fue a clavársele en un costado dejándola tendida en el suelo, agonizante.
Filipo y Parmenio se acercaron mucho al macho y lo atrajeron lejos de los muchachos. El primero en herirlo fue el rey, pero Alejandro y Hefestión volvieron enseguida al ataque hiriéndolo a su vez, de modo que a Parmenio no le quedó más que asestarle el golpe de gracia.
Alrededor, los perros ladraban y aullaban como locos y los batidores dejaron que lamieran la sangre de ambas fieras de forma que recordasen el olor para la siguiente batida.
Filipo se apeó de la silla y abrazó a su hijo.
—Me has hecho temblar, muchacho, pero también estremecerme de orgullo. Un día serás sin duda rey. Un gran rey.
Abrazó igualmente a Hefestión, que había arriesgado su vida por salvar la de Alejandro.
Cuando el nerviosismo se hubo calmado ligeramente y los monteros mayores se pusieron a desollar las dos bestias cobradas, todos recordaron el momento crucial, el momento en que la leona había dado el salto.
Se volvieron hacia atrás y vieron al extranjero, uno de los Inmortales, inmóvil sobre su caballo con el gran arco de doble curvatura todavía en la mano que había fulminado a la hembra a más de cien pasos de distancia. Sonreía descubriendo, en medio de la poblaba barba negra como ala de cuervo, una doble hilera de blanquísimos dientes.
Sólo entonces se dio cuenta Alejandro de que estaba lleno de contusiones y rasguños y vio que Hefestión perdía sangre por una herida superficial pero dolorosa, causada por la zarpa del león. Le abrazó y le hizo llevar inmediatamente al cirujano para que le curase. Luego se volvió hacia el guerrero persa que le miraba de lejos, montado sobre su caballo niseo.
Se acercó a pie y llegó a pocos pasos de él. Le miró a los ojos y dijo:
—Gracias, huésped extranjero. No lo olvidaré.
El Inmortal no comprendió las palabras de Alejandro porque no sabía griego, pero entendió lo que trataba de decir. Sonrió también e hizo una inclinación con la cabeza, luego espoleó el caballo y alcanzó a sus compañeros.
La caza se reanudó poco después, prolongándose hasta el ocaso, momento en que se dio la señal de acabar. Los porteadores amontonaron las presas caídas bajo los golpes de los cazadores: un ciervo, tres jabalíes y un par de corzos.
Al atardecer, todos los participantes en la batida se reunieron bajo una gran tienda que unos siervos habían levantado en medio de la llanura y, mientras reían y armaban ruido recordando los momentos más destacados de la jornada, los cocineros sacaron de los espetones las piezas de caza cobradas y los trinchadores cortaron las tajadas y las sirvieron a los comensales: en primer lugar al rey, a continuación a los huéspedes, seguidamente al príncipe y por último a todos los demás.
El vino comenzó muy pronto a correr copiosamente y fue servido también a Alejandro y a sus amigos. Con lo realizado aquel día habían demostrado más que de sobras que eran ya unos hombres hechos y derechos.
A determinada hora se presentaron también las mujeres: tocadoras de flauta, danzarinas, expertísimas todas ellas en el arte de animar un banquete con sus danzas, sus frases salaces y su ardor juvenil a la hora de hacer el amor.
Filipo, particularmente alegre, decidió que los invitados participaran en el juego del cotabo y quiso que el intérprete tradujese también para los persas:
—¿Veis a esa muchacha? —preguntó señalando a una danzarina que se estaba desnudando en aquel preciso momento—. Pues debéis darle exactamente entre los muslos con las últimas gotas de vino que queden en el fondo de la copa. Quien dé en el blanco, la ganará en premio. ¡Así que buena puntería!
Metió los dedos índice y medio por una de las asas y lanzó el vino hacia la muchacha. Las gotas fueron a dar en plena cara de uno de los cocineros y todos estallaron a reír.
—¡Debes cepillarte al cocinero, señor! ¡Al cocinero! ¡Al cocinero!
Filipo se encogió de hombros y volvió a intentarlo, pero, a pesar de que la joven se había acercado y presentaba el blanco perfectamente visible, el buen ojo del rey parecía más bien ofuscado.
Los persas, no muy habituados al vino puro, estaban ya en su mayoría por los suelos, debajo de las mesas, y, en cuanto al huésped principal, el sátrapa Arsames, seguía pasándole el brazo por encima de los hombros al jovencito rubio que le había hecho compañía la noche anterior.
Hubo otros intentos, pero el juego no tuvo un gran éxito porque a aquellas alturas del banquete los huéspedes estaban ya demasiado ebrios para un ejercicio de precisión y todo el mundo abrazó a la primera muchacha que cayó en sus manos, mientras que el soberano, en calidad de anfitrión, se quedó con la que había asignado como recompensa para el juego. La fiesta degeneró, como por lo general acostumbraba a ocurrir, transformándose en una orgía, en un enredo de cuerpos semidesnudos y sudorosos.
Alejandro se levantó, se alejó del campamento y caminó, cubierto con un manto, hasta la orilla del río. Oía el murmullo del agua entre las piedras; la Luna, que superaba en aquel momento las crestas del monte Bermión, plateaba las olas y difundía una leve claridad opalina sobre el prado.
Desde la tienda los gritos y gruñidos llegaban ahora más amortiguados, en tanto que comenzaba a subir en cambio la voz del bosque: crujidos, aleteos, susurros y luego, de repente, un canto. Un borboteo como de fuente, primero un tintineo oscuro y cada vez más agudo y argentino que resonaba como el arpegio de un misterioso poeta en la oscuridad perfumada del bosque. Era el canto de un ruiseñor.
Alejandro se quedó absorto escuchando la melodía del pequeño cantor sin darse cuenta del paso del tiempo. De repente advirtió una presencia a su lado y se volvió. Era Leptina. Las mujeres la habían traído con ellas para que las ayudase a poner las mesas.
Ella le observaba con las manos cruzadas sobre el regazo y su mirada era límpida y serena como el cielo encima de ellos. Alejandro le acarició el rostro, le mandó sentarse a su lado y la estrechó entre sus brazos, en silencio.
Por la mañana regresaron a Pella con los huéspedes persas, que fueron invitados a quedarse para el solemne banquete que sería ofrecido al día siguiente.
La reina Olimpia quiso que el hijo fuese enseguida a su encuentro y, cuando le vio lleno de moretones y con grandes rasguños en brazos y piernas, le abrazó convulsivamente, pero él se echó para atrás incómodo.
—Me han contado lo que hiciste. Habrías podido perder la vida.
—No le temo a la muerte, mamá. El poder y la gloria de un rey se justifican sólo si está dispuesto a dar su vida llegado el momento.
—Lo sé. Pero yo tiemblo aún por lo que ha sucedido. Te ruego que refrenes tu audacia, que no te expongas inútilmente. Aún eres un muchacho, debes crecer, fortalecer tus miembros.
Alejandro se la quedó mirando fijamente y con firmeza.
—Tengo que ir al encuentro de mi destino y mi carrera ha comenzado ya. Esto lo sé de cierto. Lo que no sé es adónde me conducirá y dónde acabará, madre.
—Eso nadie lo sabe, hijo —observó la reina, con voz trémula—. El Destino es un dios con el rostro cubierto por un velo negro.

A la mañana siguiente de la marcha de los persas, Alejandro de Epiro entró en la habitación de su sobrino con un envoltorio en brazos.
—¿Qué es? —preguntó Alejandro.
—Un pobre huerfanito. A su madre la mató la leona el otro día. ¿Lo quieres? Es de excelente raza, y si te encariñas de él te demostrará afecto como un ser humano.
Abrió el envoltorio y mostró un cachorro suavísimo de un bonito color leonado, con una mancha más clara en medio de la frente.
—Se llama Peritas.
Alejandro lo cogió, lo apoyó sobre sus rodillas y comenzó a acariciarlo.
—Es un bonito nombre. Y el cachorro, una maravilla. ¿De veras puedo quedármelo?
—Tuyo es —repuso el tío—. Pero debes cuidarlo. Su madre le daba aún de mamar.
—Se ocupará Leptina de él. Crecerá rápido y será mi perro de caza y de compañía. Te estoy muy agradecido.
Leptina se mostró entusiasmada por la tarea que se le encomendaba y se aplicó a ella con gran sentido de la responsabilidad.
Ahora los signos de su infancia atormentada se estaban desvaneciendo lentamente y la muchacha parecía florecer día a día. Su piel se volvía más clara y luminosa, sus ojos más límpidos y expresivos, el cabello castaño, que se iluminaba con reflejos cobrizos, más brillante.
—¿Te la llevarás a la cama llegado el momento? —le preguntó Hefestión riendo con ganas.
—Tal vez —replicó Alejandro—. Pero no fue para eso para lo que la saqué del fango en que la encontré.
—¿No? ¿Y, entonces, para qué?
Alejandro no respondió.
El invierno siguiente fue particularmente crudo y el rey acusó repetidamente agudos dolores en la pierna izquierda, donde una vieja herida continuaba dejando sentir a distancia de años sus negativos efectos.
El médico Filipo le aplicaba piedras calentadas al fuego y envueltas en paños de lana para que absorbieran el exceso de humedad y le hacía friegas con esencia de terebinto. En ocasiones le obligaba a viva fuerza a doblar la rodilla hasta tocar el glúteo con el talón; era éste un ejercicio que el soberano detestaba más que cualquier otro porque resultaba sumamente doloroso. Pero existía el peligro de que la pierna, ya de por sí algo más corta que la otra, siguiera acortándose.
No resultaba difícil saber cuándo el rey había perdido la cabeza porque rugía como un león y se oía acto seguido un ruido de platos y tazas rotas, señal inequívoca de que había estampado contra la pared todos los ungüentos, las tisanas y los fármacos de su médico homónimo.
Algunas veces Alejandro abandonaba la residencia real de Pella y se aislaba en Egas, la antigua capital, en la montaña. Pasaba allí largos períodos. Se hacía encender en el aposento un buen fuego y estaba horas contemplando caer copiosamente la nieve sobre las cimas, los bosques de abetos azules y los valles.
Le gustaba ver ascender el humo de las cabañas de los pastores hacia los montes y el de las casas en los pueblos, gustaba del silencio sepulcral que en determinados momentos de la tarde o de la mañana reinaba en aquel mundo mágico suspendido entre cielo y tierra, y cuando se acurrucaba se quedaba largas horas despierto con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando el aullido del lobo que resonaba como un lamento por lejanos y retirados valles.
Cuando el sol se ponía en una jornada calma, podía ver cómo la cumbre del Olimpo se teñía de rojo y las nubes, empujadas por el viento Bóreas, navegaban ligeras hacia mundos lejanos. Observaba las bandadas de pájaros que emigraban y le habría gustado volar con ellos sobre las olas del océano, alcanzar la esfera de la Luna con las alas del halcón o del águila.
Y sin embargo, justo en aquellos momentos, sentía que ello le estaba negado y que también él dormiría un día, y para siempre, bajo un gran túmulo en el valle de Egas, como los reyes que le habían precedido.
Entonces sentía que estaba abandonando la mocedad y que se hacía hombre; pensar en ello le producía melancolía y una febril excitación a un tiempo, según que contemplase la luz del ocaso invernal apagarse con un último resplandor de color púrpura sobre la montaña de los dioses o que mirase arder vertiginosamente las llamas en las hogueras que los campesinos encendían en los montes para infundir vigor al sol que iba declinando cada vez más en el horizonte.
Peritas se acurrucaba a sus pies al amor de la lumbre y le observaba aullando, como si comprendiese en aquellos momentos lo que le pasaba por la cabeza.
Leptina, en cambio, permanecía apartada en algún rincón de palacio, dejándose ver únicamente si él la llamaba, para prepararle la cena o para jugar con él una partida de batalla campal, un juego de mesa que se jugaba con soldaditos de cerámica.
Se había vuelto muy hábil, hasta el punto de que conseguía a veces ganar a su contrincante. Entonces se le iluminaba el rostro sin dejar de parpadear.
—¡Soy mejor que tú! —decía riendo—. ¡Podrías nombrarme general!
Una tarde que la vio especialmente alegre, Alejandro la tomó de una mano y le preguntó:
—Leptima, ¿no consigues recordar nada de tu infancia? ¿Cómo te llamabas, cuál era tu país, quiénes eran tus padres?
La muchacha se ensombreció de golpe, bajó la cabeza confusa y se puso a temblar como si una repentina gelidez hubiera atenazado sus miembros. Aquella noche Alejandro la oyó gritar en sueños, varias veces, en una lengua desconocida.
Muchas cosas cambiaron con la vuelta de la primavera. El rey Filipo comenzó en aquel período a mostrar un gran interés por que su hijo fuese conocido lo más posible dentro y fuera de Macedonia. Le presentó, así pues, varias veces ante el ejército formado y quiso asimismo llevárselo con él en cortas campañas militares.
En tales ocasiones le permitía hacerse construir por su propio armero las armas más hermosas y costosas, que Alejandro diseñaba personalmente, y había ordenado a Parmenio que le brindara protección con sus soldados más valerosos, pero que le dejara asomarse a primera línea de combate para que pudiera conocer, como él decía, el olor de la sangre.
Los soldados, en son de broma, llamaban a Alejandro «rey» y a Filipo «general», como si se tratara de un subalterno del hijo, cosa que le hacía enorme gracia al soberano. Filipo había invitado además a muchos artistas para que reprodujeran la imagen de Alejandro, en medallas, bustos y pinturas sobre tabla a fin de regalarlos a los amigos y sobre todo a las delegaciones extranjeras o a las de las ciudades griegas de la península. En dichas imágenes estaba siempre representado, de acuerdo a los cánones más conocidos del arte griego, como un efebo de rasgos purísimos y dorados mechones mecidos por el viento.
El joven príncipe era cada día más apuesto: la temperatura de su cuerpo, naturalmente alta, hacía que no se manifestaran en su rostro los defectos estéticos típicos de la adolescencia. Su piel era lisa, tersa y carente de imperfecciones, ligeramente sonrosada en las mejillas y en el pecho.
Tenía el pelo tupido, suave y ondulado, unos ojos grandes y expresivos y un curioso modo de ladear ligeramente la cabeza sobre el hombro derecho que confería una intensidad muy especial a su mirada, como si escrutara a su interlocutor hasta lo más profundo del alma.
Un día el padre le convocó a su despacho: una sobria habitación con las paredes recubiertas de estantes que contenían los documentos de su cancillería y las obras literarias con las que disfrutaba.
Alejandro se presentó de inmediato, dejando puertas afuera a Peritas, que le seguía ya a todas partes y dormía con él.
—Éste es un año sumamente importante, hijo mío: el año en que te harás un hombre.
Le acarició con los dedos el labio superior.
—Comienza a salirte el bozo y tengo un regalo para ti.
Cogió de una gaveta un estuche de madera de boj taraceado con la estrella argéada de dieciséis puntas y se lo entregó. Alejandro lo abrió: contenía una navaja de afeitar de bronce perfectamente afilada y la correspondiente piedra de afilar.
—Gracias. Pero no creo que me hayas llamado por esto.
—No, en efecto —replicó Filipo.
—Entonces, ¿por qué?
—Estás a punto de partir.
—¿Me envías fuera?
—En cierto sentido.
—¿Adónde iré?
—A Mieza.
—Cerca. Poco más de una jornada de viaje. ¿Por qué?
—Vivirás allí durante los próximos tres años a fin de completar tu educación. En Pella existen demasiadas distracciones: la vida de la corte, las mujeres, los banquetes. En Mieza, en cambio, he preparado un lugar hermosísimo, un jardín cruzado por un arroyo de aguas cristalinas, un bosquecillo de cipreses y de laureles, rosales...
—Papá —le interrumpió Alejandro—, pero ¿qué te sucede?
Filipo volvió en sí.
—¿A mí? Nada. ¿Por qué?
—Hablas de rosales, de bosquecillos... Me parece estar oyendo recitar a un ogro los versos de Alceo.
—Hijo mío, lo que quiero decirte es que he preparado para ti el lugar más hermoso y acogedor que me ha sido posible porque es allí donde proseguirás tu instrucción y tu formación como hombre.
—Me has visto cabalgar, combatir, cazar el león. Sé dibujar, conozco la geometría, hablo el macedonio y el griego...
—No basta, hijo mío. ¿Sabes cómo me llaman los griegos, después de que les venciera en la maldita guerra sagrada, después de que les trajera el pan y la prosperidad? Pues me llaman Filipo El Bárbaro. ¿Y sabes qué significa eso? Pues significa que no me aceptarán jamás como su caudillo y como su guía porque me desprecian, por más que me teman.
»Nosotros tenemos a nuestras espaldas interminables llanuras recorridas por pueblos nómadas, bárbaros y feroces, y enfrente tenemos las ciudades de los griegos que se reflejan en el mar, que han alcanzado los más altos niveles de excelencia en las artes, en la ciencia, en la poesía, en la técnica y en la política. Somos como los que se sientan delante del vivaque en una noche invernal: su rostro está iluminado y su pecho es calentado por el fuego, pero a sus espaldas reina la oscuridad y el frío.
»Por esto he luchado, para encerrar a Macedonia dentro de unas fronteras seguras e inexpugnables, y por esto haré cuanto esté en mis manos para que mi hijo aparezca ante los griegos como un griego, en la mentalidad y las costumbres, hasta en su misma imagen física. Tendrás la educación más refinada y completa que un hombre pueda recibir en la actualidad. Podrás beber de una de las mentes más capaces de elaborar pensamientos de cuantas existen en todo el mundo griego tanto de Oriente como de Occidente.
—¿Y quién será este extraordinario personaje?
Filipo sonrió.
—Es el hijo de Nicómaco, el médico que te ayudó a venir al mundo, el más célebre y brillante de los discípulos de Platón. Se llama Aristóteles.

—¿Podré llevarme conmigo a alguien? —preguntó Alejandro después de que hubo oído cuál era la voluntad de su padre.
—A alguna persona de servicio.
—Quiero a Leptina. ¿Y los amigos?
—¿Hefestión, Pérdicas, Seleuco y demás?
—Me gustaría.
—Irán también ellos, pero habrá lecciones que sólo tú podrás escuchar, aquellas que harán de ti un hombre distinto a todos los demás. Será tu maestro quien establezca el plan de enseñanza, las materias de estudio comunes y las reservadas a ti exclusivamente. La disciplina será férrea: no se admitirá desobediencia de ningún tipo o faltas de atención o aplicación. Y sufrirás castigos exactamente igual que el resto de tus compañeros, si te haces merecedor de ellos.
—¿Cuándo debo partir?
—Pronto.
—¿Cuándo es pronto?
—Pasado mañana. Prepara tu bagaje, elige a las personas de servicio, aparte de la muchacha, y pasa un poco de tiempo con tu madre.
Alejandro asintió y se quedó en silencio. Filipo le miró con el rabillo del ojo y vio que se mordía el labio inferior para no dejar traslucir su emoción.
Se acercó a él y apoyó una mano en uno de sus hombros.
—Es necesario, hijo mío, créeme. Quiero que te conviertas en griego, que participes de la única civilización del mundo que forma hombres y no siervos, que es depositaria de los conocimientos más avanzados, que habla la lengua en la que fueron escritas la Ilíada y la Odisea, que representa a los dioses como hombres y a los hombres como dioses... Lo cual no significa traicionar tu origen, porque seguirás siendo en cualquier caso macedonio en el fondo de tu espíritu: los hijos de los leones, leones son.
Alejandro permanecía callado y hacía girar entre sus manos el estuche con su navaja de afeitar nueva.
—No hemos estado mucho juntos, hijo —prosiguió Filipo. Y le pasaba la mano rugosa por entre los cabellos, alborotándoselos—. No ha habido tiempo. Como puedes ver, soy un soldado y he hecho por ti lo que me ha sido posible hacer; conquistarte un reino tres veces más grande que el que recibiste en herencia de tu abuelo Amintas y hacerles entender a los griegos, y de modo especial a los atenienses, que aquí hay una gran potencia que deben respetar. Pero no estoy a la altura de formar tu mente, ni lo están tampoco los maestros que has tenido hasta ahora aquí en palacio. Éstos no tienen ya nada que enseñarte.
—Haré tal y como lo has decidido —afirmó Alejandro—. Me iré a Mieza.
—No te estoy desterrando, hijo, nos veremos, iré a verte, y también tu madre y tu hermana podrán visitarte de vez en cuando. Sólo he querido preparar para ti un lugar de recogimiento para tus estudios. Naturalmente te seguirán también tu maestro de armas, tu instructor de equitación y tu montero mayor. No quiero un filósofo, quiero un rey.
—Como quieras, papá.
—Una cosa más. Tu tío Alejandro nos deja.
—¿Por qué?
—Hasta ahora ha sido un soberano como lo es un actor de teatro. Llevaba las vestiduras de soberano, la diadema, pero no el reino, que ha estado en realidad en manos de Aribas. Pero tu tío tiene ahora veinte años: ya es hora de que comience a trabajar. Quitaré de en medio a Aribas y le pondré en el trono de Epiro.
—Me alegro por él, pero lamento que parta —dijo Alejandro, habituado como estaba a escuchar los planes de su padre como si fuesen cosa hecha.
Sabía que Aribas contaba con el apoyo de los atenienses y que había una flota suya en Corcira, con un contingente de infantería de desembarco.
—¿Es cierto que los atenienses están en Corcira y preparan un desembarco? Acabarás por chocar frontalmente con ellos.
—No tengo nada contra los atenienses, es más, les admiro. Pero han de comprender que acercarse a mis fronteras es como poner la mano dentro de la boca del león. En cuanto a tu tío, también yo siento separarme de él. Es un buen muchacho y un excelente soldado y... me llevo mejor con él que con tu madre.
—Lo sé.
—Me parece que ya nos hemos dicho todo. No olvides saludar a tu hermana y, obviamente, también a tu tío. Y asimismo a Leónidas. Él no es un famoso filósofo, pero es un buen hombre que te ha enseñado todo lo que ha podido y está orgulloso de ti como si fueses su hijo.
Fuera de la puerta se oía a Peritas que rascaba tratando de entrar.
—Así lo haré —replicó Alejandro—. ¿Puedo irme?
Filipo asintió y luego se acercó a la pared de detrás del escritorio, como si buscara un documento que tuviese que consultar, pero en realidad no quería que su hijo le viera con los ojos relucientes.

Alejandro fue a visitar a su madre el día siguiente al anochecer. Estaba acabando de cenar y las doncellas retiraban ya la mesa. La reina le hizo detenerse con un gesto y mandó traer una silla.
—¿Has cenado? —preguntó—. ¿Puedo hacerte traer algo?
—He cenado ya, mamá. Se ha celebrado el banquete de despedida por tu hermano.
—Lo sé, pasará a despedirse antes de irse a la cama. Entonces, mañana será un gran día.
—Eso parece.
—¿Estás triste?
—Un poco.
—No deberías. ¿Sabes cuánto gasta tu padre para llevar a Mieza a media Academia?
—¿Por qué a media Academia?
—Porque Aristóteles no está solo. Con él están su sobrino y discípulo Calístenes, y Teofrasto, el gran científico.
—¿Cuánto gasta?
—Quince talentos al año durante tres años. Se lo puede permitir, por Zeus, las minas del Pangeo le proporcionan mil al año. En oro. ¡Ha puesto tal gran cantidad de oro en el mercado ayudando a amigos, corrompiendo a enemigos y financiando sus proyectos que en los últimos cinco años los precios en toda Grecia se han quintuplicado! También los de los filósofos.
—Veo que estás de mal humor, mamá.
—¿Acaso no debería? Tú te vas, mi hermano también. Yo me quedo sola.
—Tienes a Cleopatra. Te quiere, y además me parece que se parece mucho a ti. A pesar de su juventud, tiene un carácter fuerte y decidido.
—Sí —asintió Olimpia—. Es cierto.
Siguieron algunos instantes de silencio. En el patio resonaban los pasos cadenciosos de la guardia que comenzaba su turno de noche.
—¿Tú no estás de acuerdo?
Olimpia sacudió la cabeza.
—No, no se trata de eso. Mejor dicho, de todas las decisiones de Filipo ésta es sin duda la más prudente. Es que mi vida es difícil, Alejandro, y empeora de día en día. Aquí en Pella he sido considerada siempre como «la extranjera»: no me han aceptado nunca. Mientras tu padre me amó, todo resultó llevadero. Más aún, bonito. Pero ahora...
—Yo creo que mi padre...
—Tu padre es un rey, hijo mío, y los reyes no son como el resto de los humanos: deben casarse cuando lo exige el interés de su pueblo, una, dos, tres veces, o bien repudiar a sus mujeres por igual motivo. Deben guerrear interminablemente, deben tramar, hacer y deshacer alianzas, traicionar a amigos y hermanos, si ello fuera preciso. ¿Crees que hay espacio para una mujer como yo en el corazón de un hombre de esta clase? Pero no me compadezcas. También yo soy una reina, y la madre de Alejandro.
—Pensaré en ti todos los días, mamá. Te escribiré y trataré de verte cada vez que me sea posible. Pero recuerda que mi padre es mejor que otros muchos hombres. Que la mayor parte de los que yo conozco.
Olimpia se levantó.
—Lo sé —dijo, y se acercó a él—. ¿Puedo abrazarte?
Alejandro la estrechó contra sí y sintió la tibieza de sus lágrimas en las mejillas, luego se volvió hacia la puerta y salió. La reina tomó de nuevo asiento en su silla de brazos y permaneció inmóvil largo rato, con la mirada clavada en el vacío.
Cleopatra, apenas le vio, se le arrojó al cuello llorando.
—¡Bueno, bueno! —exclamó Alejandro—. Que no me voy al destierro, sólo a Mieza: son pocas las horas de marcha y podrás venir a verme de vez en cuando, así lo ha dicho nuestro padre.
Cleopatra se secó las lágrimas y se sonó la nariz.
—Dices eso para animarme —lloriqueó.
—En absoluto. Y además estarán también los chicos. Sé que alguno de ellos ha tratado de hacerte la corte.
Cleopatra se encogió de hombros.
—¿Quieres decir que no te gusta ninguno?
La joven no respondió.
—¿Sabes qué se dice por ahí?
—¿Qué? —preguntó de repente llena de curiosidad.
—Que te gusta Pérdicas. Alguno va diciendo también que te gusta Eumenes. ¿No te gustarán, por casualidad, los dos?
—Yo sólo te quiero a ti. —Y de nuevo le arrojó los brazos al cuello.
—Una bonita mentira —objetó Alejandro—, pero haré como que me lo creo porque me complace. De todas formas, aunque te gustase alguno no habría nada de malo en ello. Es verdad que no debes hacerte ilusiones: será nuestro padre quien decida acerca de tu boda y elija a tu esposo, cuando sea el momento, y si estuvieses enamorada sólo sufrirías por ese motivo.
—Lo sé.
—Si fuera yo quien tuviese que decidir, te dejaría casarte con quien quisieras, pero nuestro padre no dejará escapar la ventaja política de tu matrimonio, si le conoceré yo. Y no hay nadie que no hiciera cualquier cosa por casarse contigo. ¡Eres tan hermosa! Entonces, ¿me prometes que vendrás a verme?
—Te lo prometo.
—¿Y que no llorarás cuando dentro de un momento salga por esa puerta?
Cleopatra asintió, mientras dos lagrimones surcaban sus mejillas. Alejandro le dio un último beso y se fue.
Pasó el resto de la velada con los amigos, que le habían preparado un festín de despedida, y se emborrachó por primera vez en su vida. Lo mismo hicieron todos los demás, pero, al no estar habituados, vomitaron y se sintieron mal. Peritas, por no ser menos, se orinó en el piso.
Cuando trató de llegar a su dormitorio, Alejandro se dio cuenta de que la cosa no era tan sencilla. Pero, en un determinado punto, alguien apareció en la oscuridad con un velón, le sostuvo, le ayudó a meterse en el lecho, le pasó un paño húmedo por la cara, le mojó los labios con jugo de granada y se fue. Volvió a aparecer al cabo de un rato con una taza humeante, le hizo beber una infusión de manzanilla y le arregló las mantas.
En un atisbo de conciencia, Alejandro la reconoció: era Leptina.
Mieza era de por sí un lugar encantador, que se extendía a los pies del monte Bermión en una cuenca verdísima, atravesada por un arroyo y rodeada por bosques de encinas. Pero la residencia que Filipo había preparado era tan hermosa que Alejandro pensó que su jardinero había aprendido algún secreto de los huéspedes persas, para crear también en Macedonia un «paraíso» como los que ellos tenían en Elam o en Susiana.
Una vieja residencia de caza había sido completamente restaurada y modificada con objeto de disponer en su interior los aposentos para los huéspedes, las salas de estudio con las bibliotecas anexas, el odeón para la música y hasta un pequeño teatro para la representación de dramas. Era perfectamente conocida la altísima consideración que Aristóteles sentía en especial por la tragedia, pero también por la comedia.
Había un estudio para la clasificación de las plantas y un laboratorio farmacéutico, pero lo que más asombro causó a Alejandro fue el estudio de dibujo y pintura, así como el taller anexo de fundición dotado con el instrumental más avanzado y con los mejores materiales perfectamente ordenados en los anaqueles: panes de arcilla, cera, estaño, cobre, plata, todos con el distintivo argéada de la estrella de dieciséis puntas que garantizaba el peso y el título.
Alejandro sabía que era bastante bueno en dibujo y se esperaba un pequeño estudio luminoso con alguna mesa con albayalde y algún carboncillo. Pero aquel imponente instrumental le pareció un derroche excesivo.
—Esperamos a un huésped —explicó el intendente—, pero tengo órdenes terminantes de tu padre de no decirte nada. Debe ser una sorpresa.
—¿Dónde está? —preguntó Alejandro.
—Ven. —Fue conducido a una ventana de la planta baja que daba al patio interior del edificio—. Ahí lo tienes.
El vigilante señaló a la de más edad de entre un grupito de tres personas que paseaban bajo el ala de poniente del pórtico.
Era un hombre de unos cuarenta años, seco, de porte erguido y ademanes mesurados, casi estudiados. Tenía unos ojos pequeños y vivacísimos que seguían los gestos de sus interlocutores y poco menos que las palabras en el movimiento de sus labios, pero al mismo tiempo no se perdían nada de cuanto había o sucedía a su alrededor.
Alejandro se dio cuenta inmediatamente de que le estaba ya observando sin haberle mirado fijamente un solo instante. Entonces salió al aire libre y se quedó de pie ante la puerta aguardando a que él hubiese recorrido la mitad del pórtico hasta llegar a donde se encontraba él.
Al poco le tuvo delante: los ojos de Aristóteles eran grises, plantados bajo una frente alta y despejada, surcada por dos profundas arrugas. Tenía los pómulos salientes, acentuados además por una marcada delgadez de las mejillas. La boca, regular, estaba sombreada por unos poblados bigotes y una barba muy cuidada, que le enmarcaba el rostro confiriendo a su expresión un aire de profunda reflexión.
Alejandro no pudo evitar notar que el filósofo se peinaba para delante el pelo de la nuca a fin de cubrir la amplia calvicie de la parte superior de la cabeza. Aristóteles lo advirtió y por un momento su mirada se tornó gélida. El príncipe bajó inmediatamente los ojos.
El filósofo le dio la mano.
—Me siento dichoso de conocerte. Quisiera presentarte a mis discípulos: mi sobrino Calístenes, que estudia literatura y cultiva la historia, y Teofrasto —añadió señalando al compañero que tenía a su izquierda—. Tal vez hayas oído hablar de su destreza como zoólogo y botánico. La primera vez que vimos a tu padre en Asso, en Tróade, se distrajo inmediatamente poniéndose a observar las largas astas de las sarisas de sus lanceros. Y cuando el soberano hubo terminado de hablar, Teofrasto me susurró al oído: «Estacas de cerezo silvestre macho, cortadas en agosto y con luna nueva, puestas a secar, grabadas con piedra pómez y tratadas con cera de abeja. Lo más duro y elástico que existe en el mundo vegetal». ¿No es extraordinario?
—Lo es, en efecto —confirmó Alejandro y estrechó la mano primero a Aristóteles y luego a sus ayudantes, en el mismo orden en que su preceptor los había mencionado—. Bienvenidos a Mieza —continuó acto seguido—. Sería un honor para mí si quisierais comer conmigo.
Aristóteles no había dejado de observarle desde el mismo momento de verle y se había quedado profundamente admirado. El «muchacho de Filipo», como le llamaban en Atenas, tenía una mirada de una profunda intensidad, unos rasgos de una armonía maravillosa, una voz de timbre vibrante y sonoro. Todo en él revelaba un ardiente deseo de vivir y de aprender, una gran capacidad de compromiso y de aplicación.
El ladrar festivo de Peritas, que irrumpía en aquel momento en el patio y comenzaba a morder las cintas de las sandalias de Alejandro, interrumpió aquella silenciosa comunicación entre preceptor y discípulo.
—Es un hermosísimo cachorro —observó Teofrasto.
—Se llama Peritas —dijo Alejandro, agachándose para cogerlo en brazos—. Me lo regaló mi tío. A su madre la mató una leona en la última cacería en que tomamos parte.
—Te quiere mucho —le hizo notar Aristóteles.
Alejandro no replicó y les llevó al comedor. Les hizo tomar asiento delante de las mesas y se recostó a su vez con gracia. Tenía a Aristóteles exactamente enfrente.
Un siervo trajo el aguamanil y la jofaina para las abluciones y le entregó una toalla. Otro comenzó a servir la colación: huevos duros de codorniz, caldo y cocido de gallina y a continuación pan, carne asada de pichón y vino de Tasos. Un tercer sirviente depositó en tierra, cerca de Alejandro, la escudilla con la sopa de pan de Peritas.
—¿De veras crees que Peritas me quiere? —preguntó Alejandro mirando a su cachorro, que meneaba la cola feliz con el morro dentro de la escudilla.
—Seguramente —repuso Aristóteles.
—Pero ¿no implicaría ello que un perro tiene sentimientos, y por tanto un alma?
—Es una pregunta que te supera —observó Aristóteles quitándole la cáscara a un huevo—. Y también a mí. Una pregunta para la que no puede haber una respuesta cierta. Recuerda una cosa, Alejandro, un buen maestro es aquél que da respuestas honestas.
»Yo te enseñaré a reconocer las características de los animales y de las plantas, a subdividir en especies y géneros unos y otras, a hacer uso de tus ojos, de tus oídos, de tus manos para reconocer la naturaleza que te rodea de modo profundo. Lo que significa reconocer también las leyes que la rigen, en los límites de lo posible.
»¿Ves este huevo? Tu cocinero lo ha cocido y por tanto ha detenido su devenir, pero dentro de esta cáscara existía, en potencia, un pájaro en condiciones de volar, alimentarse, reproducirse, emigrar a decenas de miles de estadios de distancia. En cuanto huevo no es nada de todo eso, pero lleva impresas en él las características de su especie, la forma, podríamos decir.
»La forma actúa dentro de la materia con diferentes resultados o consecuencias. Peritas es una de dichas consecuencias, como lo eres tú, como lo soy yo.
Mordió el huevo.
—Y como lo hubiera sido este huevo de haber podido convertirse en pájaro.
Alejandro le miró. La lección había comenzado.

—Te he traído un regalo —anunció Aristóteles entrando en la biblioteca. Tenía en la mano una cajita de madera que, por su aspecto, parecía ser muy vieja.
—Gracias —dijo Alejandro—. ¿Qué es?
—Ábrela —le exhortó el filósofo ofreciéndosela.
Alejandro la tomó, la apoyó sobre una mesa y la abrió: contenía dos grandes rollos de papiro, cada uno de ellos diferenciado por un cartelito blanco atado a los palitos y escrito con tinta roja.
—¡La Ilíada y la Odisea! —exclamó con entusiasmo—. Un maravilloso regalo. Gracias. Es un regalo que deseaba desde hacía tiempo.
—Es una edición más bien antigua, una de las primeras copias de la versión ateniense de Pisístrato —explicó Aristóteles mostrándole el encabezamiento—. La hice transcribir a mis expensas cuando estaba en la Academia, en tres ejemplares. Me siento feliz de darte uno.
El superintendente, que estaba algo distante, pensó para sus adentros que bien podía permitírselo con todo el dinero que le pagaba Filipo, pero permaneció callado preparando todo cuanto Aristóteles había pedido para las lecciones del día.
—Leer las gestas de los héroes del pasado resulta fundamental para la educación de un joven, así como lo es también asistir a la representación de las tragedias —prosiguió el filósofo—. El lector, o el espectador, se sienten movidos a la admiración por las grandes y nobles gestas, por la generosidad de quien ha pasado por padecimientos y dado su vida por la propia comunidad y por los propios ideales o ha expiado hasta el fondo sus errores o los de sus antepasados. ¿No estás de acuerdo?
—Sí, por supuesto —asintió Alejandro volviendo a cerrar con cuidado la cajita—. Hay una cosa, sin embargo, que quisiera saber por ti: ¿por qué debo ser educado como los griegos? ¿Por qué no puedo ser simplemente un macedonio?
Aristóteles se sentó.
—Pregunta interesante la tuya, mas para responderte tengo que explicarte antes qué significa ser griego. Sólo así podrás decidir si aplicarte a aprender mis enseñanzas o no. Ser griego, Alejandro, es el único modo de vivir digno de un ser humano. ¿Conoces el mito de Prometeo?
—Sí, era el titán que robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres y sacarles de su miseria.
—Así es, en efecto. Ahora bien, cuando los hombres se emanciparon de su condición de brutos, trataron de organizarse para vivir en comunidad y desarrollaron sustancialmente tres formas de hacerlo: aquélla en la que manda un solo hombre y que se conoce como monarquía, aquélla en la que mandan unos pocos llamada oligarquía y aquélla en la que todos los ciudadanos ejercen el poder que se denomina democracia. Y ésta es la realización más grande del ser griego.
»Aquí, en Macedonia, la palabra de tu padre es ley; en Atenas, quien gobierna ha sido elegido por la mayoría de los ciudadanos, pero también, por lo mismo, un zapatero remendón o un mozo de cuerda pueden ponerse en pie en la asamblea y pedir que una decisión ya aprobada por el gobierno de la ciudad sea revocada, si encuentran un número suficiente de personas dispuestas a apoyar su moción.
»En Egipto, en Persia y también en Macedonia, no hay más que un hombre libre: el rey. Todos los demás son siervos.
—Pero los nobles... —trató de intervenir Alejandro.
—También los nobles. Es cierto que tienen más privilegios, que gozan de una vida más grata, pero también ellos deben obedecer.
Aristóteles calló porque había visto que sus palabras habían dado en el blanco y quería que produjesen su efecto en el ánimo del muchacho.
—Me has regalado los poemas de Homero —replicó al cabo de un momento Alejandro—, pero los conozco ya en parte. Y recuerdo perfectamente que cuando Tersites se levanta en la asamblea de los guerreros para ofender a los reyes, Odiseo le golpea con el cetro hasta hacerle llorar y luego dice:
No es un bien la soberanía de muchos: uno sólo
es príncipe, uno sólo es rey: aquél a quien el
hijo del artero Cronos ha dado cetro y leyes
para que reine sobre nosotros.*
ȃstas son las palabras de Homero.
—Es cierto. Pero Homero habla de tiempos muy remotos, en los que los reyes eran indispensables por la dureza de los tiempos, por los continuos asaltos de los bárbaros, por la presencia de fieras y de monstruos en una naturaleza aún salvaje y primitiva. Te he regalado los poemas de Homero para que crezcas en el culto de los sentimientos más nobles, de la amistad, del valor, del respeto a la palabra dada. Pero el hombre de hoy, Alejandro, es un animal político. No cabe duda de ello. El único ambiente en el que cabe desarrollarse es la polis, la ciudad, tal como fuera concebida por los griegos.
»Es la libertad la que permite a cada espíritu expresarse, crear, generar grandeza. Como puedes ver, el estado ideal sería aquél en el que todos supiesen gobernar virtuosamente como ancianos, después de haber obedecido virtuosamente como jóvenes.
—Es lo que yo hago ahora y haré en el futuro.
—Tú eres una sola persona —replicó Aristóteles—. Yo te hablo de muchos miles de ciudadanos que viven como iguales bajo la tutela de la ley y de la justicia, las cuales honran a quienquiera que lo merezca, regulan los intercambios y el comercio, castigan y enmiendan a quien está equivocado. Una comunidad semejante se mantiene cohesionada no por lazos de sangre, de familia o de tribu, como aquí, en Macedonia, sino por la ley, ante la cual todos los ciudadanos son iguales. La ley pone remedio a los defectos y a las imperfecciones de los individuos, limita los conflictos y la competencia, premia la voluntad de hacer y de sobresalir, alienta a los fuertes, apoya a los débiles. En una sociedad semejante no es una vergüenza ser humilde y pobre, sino no hacer nada para mejorar la propia condición.
Alejandro permaneció en silencio, meditabundo.
—Ahora te daré una prueba concreta de lo que digo —prosiguió Aristóteles—. Ven conmigo.
Salió por una puerta lateral al exterior del edificio y llegó a un ventanuco que daba al laboratorio de fundición.
—Mira —dijo indicando el interior—. ¿Ves a ese hombre?
Alejandro asintió. En el laboratorio había un hombre de unos cuarenta años, ataviado con una corta túnica de trabajo y un mandil de cuero, acompañado de un par de ayudantes, uno de unos veinte años y el otro de unos dieciséis. Se hallaban los tres atareados ordenando los instrumentos, poniendo la gruesa cadena que sostenía el crisol, para verter el carbón en la fragua.
—¿Sabes quién es? —preguntó Aristóteles.
—Nunca le he visto antes.
—Pues es el artista más grande que existe actualmente en el mundo. Es Lisipo de Sición.
—El gran Lisipo... Vi una vez una escultura suya en el santuario de Hera.
—¿Y sabes qué hacía antes de convertirse en lo que es hoy? Pues era operario. Trabajó durante quince años de operario en una fundición, con un estipendio de dos óbolos diarios. ¿Y sabes cómo se convirtió en el divino Lisipo? Pues gracias a los encargos de la ciudad. Es la ciudad la que propicia el talento, la que permite a cada hombre crecer como una pujante planta.
Alejandro miró al nuevo huésped, que tenía una complexión poderosa: ancho de hombros, los brazos musculosos y las manos anchas y nudosas de quien ha trabajado duramente durante mucho tiempo.
—¿Por qué está aquí?
—Ven. Vamos a conocerle, él mismo te lo dirá.
Entraron por la puerta principal y Alejandro le saludó:
—Soy Alejandro, hijo de Filipo, rey de los macedonios. Bienvenido a Mieza, Lisipo. Es un honor para mí conocerte. Éste es mi maestro: Aristóteles, hijo de Nicómaco, de Estagira. En cierto sentido también él es macedonio.
Lisipo presentó a sus discípulos, Arquelao y Cares, pero mientras hablaba, Alejandro sintió sus ojos en su propio rostro. La mirada del artista recorría sus rasgos volviéndolos a dibujar en su mente.
—Tu padre me ha encargado que modele tu retrato en bronce. Quisiera saber cuándo podrás posar para mí.
Alejandro miró a Aristóteles, que se sonrió.
—Cuando quieras, Lisipo. Puedo muy bien hablar mientras tú le reproduces... si no te es una molestia.
—Al contrario —replicó Lisipo—, será un privilegio para mí escucharte.
—¿Qué te parece el muchacho? —le preguntó luego el filósofo después de que Alejandro hubiera salido para enseñar el resto del edificio a Arquelao y a Cares.
—Tiene la mirada y los rasgos de un dios.

La vida en Mieza estaba regida por horarios extremadamente regulares. A Alejandro y a sus compañeros se les despertaba cada día antes de la salida del sol, desayunaban a base de huevos crudos, miel, vino y harina, una mezcla llamada «el bocado de Néstor» por ser una antigua receta descrita en la Ilíada; luego salían a caballo con el instructor durante un par de horas.
Una vez terminada la lección de equitación, los jóvenes pasaban bajo la tutela del maestro de armas que les adiestraba en la lucha, en la carrera, en la esgrima, en el tiro con arco, con la lanza y con la jabalina. A continuación, pasaban el resto del tiempo con Aristóteles y los demás.
A veces el maestro de armas, más que ejercitarles con los acostumbrados ejercicios, les llevaba a cazar junto con los huéspedes de su casa. En los bosques había jabalíes, ciervos, corzos, lobos, osos, linces y también leones.
Un día, de vuelta de una batida, Aristóteles les recibió en la puerta de entrada ataviado de un extraño modo: calzaba unas botas de piel curtida que le llegaban hasta media pierna y un mandil con peto. Miró a los animales muertos y eligió a una hembra de jabalí evidentemente preñada.
—¿Te importaría hacerla traer a mi laboratorio? —le dijo al montero mayor e hizo una seña a Alejandro de que le siguiera.
Ello significaba que iba a tener lugar una lección para él solo.
El muchacho dio algunas órdenes para que se hiciera lo que su preceptor pedía. La jabalina fue colocada sobre una gran mesa a cuyo lado Teofrasto había alineado una serie de instrumentos quirúrgicos todos ellos perfectamente afilados y relucientes.
Aristóteles pidió que le pasaran un bisturí y se dirigió al joven príncipe:
—Si no te encuentras muy cansado, quisiera que asistieses a esta operación. Aprenderás cosas importantes. Allí tienes el material para escribir —añadió señalando un cálamo, tinta y unas hojas de papiro encima de un pupitre—, así podrás tomar apuntes y anotar cuanto veas durante la disección.
Alejandro dejó en un rincón el arco y las flechas, tomó el cálamo y el papiro y se acercó a la mesa.
El filósofo sajó el vientre de la cerda y, en el interior del útero del animal, aparecieron enseguida seis jabatos. Los midió uno por uno.
—Faltaban dos semanas para el parto —observó—. Así pues, esto es el útero, o sea, la matriz donde se forman los fetos. Esta bolsa interior es la placenta.
Alejandro, una vez superado un primer momento de repugnancia por el olor y la vista de aquellas vísceras sanguinolentas, se puso a tomar apuntes y luego también a dibujar.
—¿Ves? Los órganos de un cerdo o de un jabalí, que viene a ser lo mismo, se asemejan muchísimo a los de un ser humano. Mira, éstos son los pulmones, o sea, los fuelles que posibilitan la respiración, y esta membrana, que separa la parte superior de las vísceras, la más noble, de la inferior, es el fren: los antiguos creían que era la sede del alma. En nuestra lengua, todas las palabras que indican alguna actividad mental o de raciocinio o incluso de locura, que es la degeneración del pensamiento, derivan del término fren, membrana.
Alejandro hubiera querido preguntar qué movía el fren, qué regulaba su rítmico subir y bajar, pero ya conocía la respuesta: «No existen respuestas sencillas para los problemas complejos». Por lo que no dijo nada.
—Esto, en cambio, es el corazón: una bomba como la de vaciar el fondo de las naves, pero infinitamente más complicada y eficaz. Según los antiguos es la sede de los sentimientos y del intelecto porque su movimiento se acelera si un hombre es dominado por la ira o el amor, o simplemente por la lujuria. En realidad, el movimiento del corazón se acelera también si uno sube unas escaleras, y esto demuestra que es el centro de todas las funciones de la vida del hombre.
—Por supuesto —admitió Alejandro, mirando fijo y perplejo las manos ensangrentadas del maestro que hurgaban entre aquellas vísceras.
—Una hipótesis plausible podría ser que cuando aumenta la intensidad del vivir es necesario que la sangre circule más deprisa. Y existen dos sistemas de circulación: el que tiene su origen en el corazón y el que torna al corazón, completamente separados, como puedes ver. En esto —añadió depositando el bisturí en una bandeja— nosotros somos muy parecidos a los animales. Pero hay algo en lo que somos totalmente distintos —puntualizó—. El escalpelo y el martillo —pidió vuelto hacia Teofrasto, y con unos pocos golpes secos y expertos partió el cráneo de la bestia—. El cerebro. Nuestro cerebro es mucho más grande Siempre había pensado que todas sus circunvoluciones servían para dispersar el calor corporal, pero no parece que el hombre produzca más calor que los animales. Es una cuestión que debo considerar.
Aristóteles había terminado y pasó los instrumentos a Teofrasto para que los hiciera limpiar. Se lavó las manos y pidió a Alejandro que le entregara los apuntes y los esbozos.
—Excelente —comentó—. Yo no habría sabido hacerlo mejor. Ahora puedo entregar esta bestia al carnicero. A mí me gustan mucho las salchichas y las morcillas, pero por desgracia, desde hace algún tiempo, tengo problemas para digerirlas. Haz que me asen unas pocas costillas para la cena, si no te importa.
En otra ocasión Alejandro le encontró enfrascado en la misma operación, pero con un objeto mucho más diminuto: un huevo de gallina que había sido incubado únicamente dieciséis días.
—Mi vista ya no es la de otro tiempo y por eso he de pedirle ayuda a Teofrasto. Presta mucha atención porque luego deberás ayudarme tú.
Teofrasto manejaba con precisión increíble una hoja finísima y afilada, que mantenía entre el pulgar y el índice. Había quitado la clara de huevo y separado el feto en el interior de la yema.
—A los diez días del comienzo de la incubación ya es posible reconocer el corazón y los pulmones del polluelo. ¿Los ves? Tú que tienes buena vista, ¿los ves?
Teofrasto indicó los pequeños grumos sanguinolentos a los que se refería su maestro.
—Sí, los veo —afirmó Alejandro.
—Bien, pues el mismo mecanismo hace que una semilla se desarrolle en una planta.
Alejandro se quedó mirando sus ojillos grises y vivacísimos.
—¿Lo has hecho alguna vez con un ser humano? —le preguntó.
—En más de una ocasión. He seccionado fetos de pocas semanas. Daba dinero a una partera que practicaba abortos a las prostitutas de un burdel de la zona del Cerámico, en Atenas.
El joven palideció.
—No hay que tener miedo de la naturaleza —observó Aristóteles—. ¿Sabes una cosa? Cuanto más próximos están los seres humanos al momento de la concepción, más se parecen entre sí.
—¿Significa ello que todas las formas de vida tienen un mismo origen?
—Tal vez, pero no necesariamente. El hecho es, muchacho, que la materia es mucha, el tiempo de la vida humana breve, los medios de investigación escasos. ¿Comprendes por qué es difícil dar respuestas? Hace falta humildad. Es preciso estudiar, describir, catalogar, dar un paso tras otro, alcanzar grados cada vez mayores de conocimiento. Como cuando uno sube una escalera: un peldaño tras otro.
—Es verdad —confirmó Alejandro, pero en la expresión de su rostro podía leerse una ansiedad que contrastaba con sus palabras, como si su deseo de conocer el mundo no pudiera conciliarse con la paciente disciplina que le proponía su maestro.
Durante bastante tiempo Lisipo se limitó a dejarse ver durante las lecciones, y mientras Aristóteles hablaba o practicaba alguno de sus experimentos, él trazaba esbozos y dibujos del rostro de Alejandro, tanto en las hojas de papiro como en las mesas de madera blanqueadas con escayola o albayalde. Luego, un día, se acercó a él y le dijo:
—Estoy listo.
Desde ese momento Alejandro estuvo ocupado diariamente por lo menos durante una hora en el estudio de Lisipo para las sesiones definitivas. El artista había puesto un bloque de greda sobre un sustentáculo y modelaba un retrato. Sus dedos corrían inquietos sobre la húmeda arcilla, buscando, persiguiendo formas que le venían a la mente, formas reconocidas por un momento en el rostro del modelo o sugeridas por la repentina luz de su mirada.
Luego la mano destruía lo que había plasmado, volvía a llevar la materia a su estado informe para recomenzar inmediatamente después, con prontitud y obstinación, a reconstruir una expresión, una emoción, el destello de una intuición.
Aristóteles le miraba fascinado, seguía la danza de sus dedos sobre la greda, la sensibilidad misteriosa de aquellas manos enormes de artesano que creaban, instante tras instante, la imitación casi perfecta de la vida.
«No es él —pensaba en aquellos momentos el filósofo—. No es Alejandro... Lisipo está modelando al joven dios que imagina ante sí, un dios que tiene los ojos, los labios, la nariz, los cabellos de Alejandro, pero que es otro, es más y menos, al mismo tiempo.»
El científico observaba al artista, estudiaba la mirada atenta y febril, espejo mágico que absorbía lo verdadero y lo reflejaba transformado, recreado por su mente antes que por sus manos.
El modelo en greda fue terminado al cabo de sólo tres sesiones de posar durante las cuales Lisipo había plasmado una y mil veces los rasgos del rostro del muchacho. Luego pasó al modelo en cera que había de transferir su forma efímera a la eternidad del bronce.
La luz del sol que comenzaba a descender hacia las crestas del monte Bermión difundía una dorada claridad en la estancia cuando el artista hizo girar el basamento móvil del sustentáculo, mostrando a Alejandro su retrato.
El joven se quedó maravillado a la vista de su propia efigie prodigiosamente imitada por la diáfana tonalidad de la cera y sintió que una oleada de emoción le subía del corazón. También Aristóteles se acercó a la obra.
Había mucho más que un retrato en aquellas formas soberbias y fatigadas al mismo tiempo, en el caos estremecido de aquella cabellera que cubría y casi enmarcaba el rostro de sobrehumana belleza, la frente majestuosa y serena, los ojos almendrados, teñidos de una misteriosa melancolía, la boca sensual e imperiosa en el contorno sinuoso y limpio de los labios.
Había un gran silencio en aquel momento, una gran paz en la estancia impregnada de la luz líquida y suave del atardecer y en la mente de Alejandro resonaban las palabras de su maestro que hablaban de la forma que plasma la materia, del intelecto que regula el caos, del alma que imprime el propio sello en la carne perecedera y efímera.
Se volvió hacia Aristóteles, que estaba contemplando con sus ojillos grises de gavilán un milagro que escapaba a las categorías de su genio y preguntó:
—¿Qué piensas?
El filósofo se despertó y volvió la mirada hacia el artista que se había sentado en una banqueta, como si las energías hasta aquel momento derrochadas con loca prodigalidad se hubiesen agotado de golpe.
—Que si Dios existe —dijo—, tiene las manos de Lisipo.

Lisipo se quedó en Mieza durante toda la primavera y Alejandro hizo amistad también con sus ayudantes, que le contaron historias maravillosas sobre el arte y el carácter del maestro.
El joven posó también para él, de cuerpo entero y hasta a caballo, pero un día, al entrar por casualidad en su estudio en un momento en que Lisipo se hallaba fuera, observó, entre los dibujos desordenadamente amontonados sobre la mesa, un retrato extraordinario de Aristóteles.
—¿Te gusta? —preguntó en aquel momento el escultor, que apareció de repente a sus espaldas.
—Perdóname —dijo Alejandro con un leve sobresalto—. No quería curiosear entre tus cosas, pero este dibujo es magnífico. ¿Ha posado para ti?
—No, he hecho unos esbozos observándole mientras hablaba o paseaba. ¿Lo quieres?
—No. Guárdalo tú. Tal vez un día tengas que hacerle una estatua también a el. ¿No crees que un gran sabio se la merece más que un rey o un príncipe?
—Creo que la merecen ambos, si también el rey o el príncipe se muestran prudentes —repuso Lisipo con una sonrisa.
De tanto en tanto Alejandro recibía visitas, y durante algunos meses pudo también hacer vida en común con sus amigos intensificando las actividades físicas y militares, especialmente en los períodos en que Aristóteles se hallaba ausente por sus especiales investigaciones o por encargos que le encomendaba Filipo. Otras veces se dirigía él mismo a Pella para ver a sus padres y a su hermana Cleopatra, que estaba cada día más hermosa.
Cuando volvía a Mieza reanudaba sus actividades, que le exigían cada vez un mayor empeño y absorbían todas sus energías, tanto físicas como mentales. El sistema metódico que Aristóteles aplicaba a su investigación inspiraba asimismo su modo de organizar los estudios.
Había hecho instalar un reloj de sol en el patio y un reloj hidráulico en la biblioteca, diseñados ambos por él, y con ellos medía la duración de cualquier lección o de cualquier sesión de trabajo al objeto de que a todas las disciplinas se les dedicara el tiempo adecuado.
En un ala del edificio estaba creciendo, mientras tanto, una rica colección de plantas medicinales, de animales disecados, de insectos, mariposas y minerales. Había incluso bitumen que le habían mandado de Oriente algunos de sus amigos de Atarneo, y Alejandro no creía lo que sus ojos veían cuando su maestro le prendió fuego provocando una llamarada calentísima pero maloliente.
—Me parece que el aceite de oliva es mucho mejor —comentó.
En lo que se mostró también de acuerdo Aristóteles.
El maestro lo coleccionaba todo en su manía de catalogar cuanto era cognoscible en la naturaleza y había trazado también un mapa de las fuentes de aguas termales repartidas por las diversas zonas del país, estudiando sus propiedades curativas. El mismo Filipo había sacado algún provecho de ello para su pierna tomando baños de barro caliente en una fuente de Lincestide.
En la escuela de Mieza, había una pared entera de anaqueles dedicada a la colección de animales petrificados, peces en su mayor parte, pero también plantas, hojas, insectos e incluso un pájaro.
—Me parece que ésta es la prueba de que el diluvio existió de veras, puesto que encontramos estos peces en las montañas de los alrededores —decía Alejandro, una observación que no tenía nada de necia.
A Aristóteles le hubiera gustado dar una explicación muy distinta, pero tuvo que admitir que, por el momento, el mito del diluvio era la única historia que podía dar una explicación de aquel fenómeno. En cualquier caso, el asunto le parecía de importancia secundaria: su parecer era que había que recoger aquellos objetos, medirlos, describirlos y dibujarlos en espera de que alguien, en años futuros, encontrase una explicación irrebatible basada en datos incontrovertibles.
Él obtenía, en cualquier caso, gran satisfacción de la relación con su discípulo, porque el hijo de Filipo le hacía continuamente preguntas y esto es lo que todo maestro desea.
En el aspecto político, Aristóteles se puso a recoger, con la ayuda de sus ayudantes y del propio Alejandro, las constituciones de los diferentes estados y de las distintas ciudades, tanto de Oriente como de Occidente, tanto griegas como bárbaras.
—¿Quieres reunir todas las constituciones existentes en el mundo? —le preguntó Alejandro.
—¡Ojalá pudiese hacerlo —suspiró Aristóteles—, pero mucho me temo que sea una empresa irrealizable!
—¿Y cuál es el fin de tu búsqueda? ¿Descubrir cuál es la mejor de todas?
—Eso es imposible —repuso el filósofo—. En primer lugar porque no existen referencias para establecer cuál es la constitución perfecta, a pesar de lo que acerca de este asunto dijera mi maestro Platón. Mi meta no es tanto llegar a la constitución ideal como observar más bien de qué modo cada comunidad se ha organizado de acuerdo con sus propias necesidades, el ambiente en el que se ha desarrollado, los recursos de que puede disponer, los amigos y los enemigos con los que debía enfrentarse.
»Esto, obviamente, implica que no puede existir una constitución ideal, teniendo en cuenta que, en cualquier caso, los ordenamientos democráticos de las ciudades griegas son los únicos que pueden regular la vida de los hombres libres.
En aquel instante Leptina cruzó el patio con un ánfora llena de agua apoyada en el costado y por un momento Alejandro volvió a ver el infierno del Pangeo.
—¿Y los esclavos? —preguntó—. ¿Puede existir un mundo sin esclavos?
—No —respondió Aristóteles—. Como no puede existir un telar que teja la tela por sí solo. Cuando esto sea posible, entonces se podrá prescindir de los esclavos, pero no creo que eso suceda nunca.
Un día el joven príncipe le planteó al maestro la pregunta que hasta aquel momento no se había atrevido a formular:
—Si el ordenamiento democrático de las ciudades griegas es el único digno de los hombres libres, ¿por qué has aceptado educar al hijo de un rey y por qué eres amigo de Filipo?
—Ninguna institución humana es perfecta y el sistema de las ciudades griegas tiene un problema enorme: la guerra. Muchas ciudades, pese a estar regidas por ordenamientos democráticos en su interior, tratan de prevalecer sobre las demás, de asegurarse los mercados más ricos, las tierras más fértiles, las alianzas más ventajosas. Esto conduce a guerras continuas que desgastan las mejores energías y favorecen al enemigo secular de los griegos: el imperio de los persas.
»Un rey como tu padre puede convertirse en el mediador en estas discordias y luchas intestinas, puede hacer prevalecer el sentido de la unidad contra la simiente de la división y puede desempeñar la tarea de guía y árbitro que, si es necesario, sepa imponer la paz también mediante la fuerza. Mejor un rey griego que salve la civilización griega de la destrucción que no la guerra continua de todos contra todos y, al final, el dominio y la esclavitud bajo el talón de los bárbaros.
»Esto es lo que yo pienso. Por eso acepté educar a un rey. De lo contrario no habría habido dinero suficiente para comprar a Aristóteles.
Alejandro se dio por satisfecho con aquella respuesta, que consideró acertada y honesta. Con el paso del tiempo, sin embargo, se daba cuenta de una contradicción que sentía crecer dentro de sí: por un lado, la educación que recibía, y que, estaba convencido, le empujaba hacia la moderación en su comportamiento, en su manera de pensar y en sus deseos, y hacia el arte y el conocimiento; por otro, su naturaleza, ardiente de por sí, le empujaba a seguir los ideales arcaicos de valor guerrero y de arrojo que descubría en los poemas homéricos y en los versos de los poetas trágicos.
Su descendencia, por parte materna, de Aquiles, el héroe de la Ilíada, el enemigo irreductible de Troya, era para él un hecho natural y la lectura del poema que se había habituado incluso a guardar bajo la almohada, a la que dedicaba siempre los últimos momentos de la jornada, le excitaba el ánimo y la fantasía, le proporcionaba un frenesí incontenible.
En aquellos momentos tan sólo Leptina conseguía calmarle. Desde hacía tiempo le permitía estar a su lado o le pedía una mayor intimidad. Acaso era la necesidad de la madre lejana, de la hermana, pero también del contacto con manos que sabían acariciar, dispensar un placer ligero y delicado que crecía con dulzura hasta inflamarle la mirada y los miembros. Leptina le preparaba cada tarde un baño caliente y le derramaba agua por encima de los hombros y del cuerpo, le acariciaba los cabellos y la espalda hasta que se abandonaba...
Acompañaba a los momentos de abandono, cada vez más a menudo, un deseo inmoderado de actuar, de salir de la paz de aquel retiro y de seguir los pasos de los grandes del pasado. Aquel furor primitivo, aquellas ansias de enfrentamiento físico comenzaban a veces a dejarse traslucir también en sus actos cotidianos. Un día que había salido con los amigos de caza, tuvo un encontronazo con Filotas, por un corzo que éste sostenía haber abatido primero, y había llegado a cogerle del gaznate. Le habría estrangulado de no haberle frenado sus compañeros.
En otra ocasión había estado a punto de abofetear a Calístenes porque había puesto en duda la veracidad de Homero.
Aristóteles le observaba atentamente y con preocupación; había dos naturalezas en Alejandro: una la del joven de exquisita cultura e insaciable curiosidad que le planteaba mil preguntas, que sabía cantar, dibujar y recitar de memoria las tragedias de Eurípides, y otra la del guerrero furioso y bárbaro, el exterminador implacable, que se hacía cada vez más evidente, con ocasión de la caza, de la carrera, de los ejercicios guerreros en los que la fogosidad le hacía perder el control hasta llevar la punta de su espada a la garganta de quien tenía enfrente con el solo objeto de prepararle y adiestrarle.
Entonces el filósofo parecía percibir el misterio de aquella mirada que se ensombrecía de repente, de aquella sombra inquietante que se adensaba en el fondo del ojo izquierdo, como la noche de un caos primigenio. Pero no había llegado aún el momento de poner en libertad al joven león argéada.
Aristóteles sentía que aún tenía mucho que enseñarle, que tenía que canalizar sus formidables energías, que debía indicarle una meta y un objetivo. Tenía que dotar a aquel cuerpo, nacido para la salvaje violencia de la batalla, de una mente política capaz de concebir un programa y de sacarlo adelante. Sólo así llevaría a cabo su obra maestra, como Lisipo.
Pasó el otoño y llegó el invierno y los correos trajeron a Mieza la noticia de que Filipo no regresaría a Pella. El rey de Tracia se había desmandado y había que darle un escarmiento.
El ejército, por tanto, afrontó los durísimos rigores del invierno en aquellas zonas azotadas por los gélidos vientos procedentes de las interminables llanuras nevadas de Escitia o de los picos helados del Hemo.
Fue una campaña de una espantosa dificultad en la que los soldados tuvieron que vérselas con un enemigo escurridizo que combatía en su propio territorio y que estaba habituado a sobrevivir incluso en las condiciones más adversas, pero cuando volvió la primavera todo el inmenso territorio que se extendía desde las riberas del Egeo hasta el gran río Istro estaba pacificado y unido al Imperio macedonio.
El rey fundó una ciudad en el centro de aquellas tierras salvajes y la llamó con su nombre, Filipópolis, provocando en Atenas las ironías de Demóstenes que la calificó de «ciudad de ladrones» o «ciudad de delincuentes».
La primavera volvió a reverdecer también los pastos de Mieza y a hacer regresar a los pastores y mayorales de la llanura hacia los prados de montaña.
Un día, tras el ocaso, la quietud del lugar se vio rota por el ruido de un galope desenfrenado y luego por el resonar de secas órdenes, de voces excitadas. Un jinete de la guardia real llamó a la puerta del despacho de Aristóteles.
—El rey Filipo está aquí. Quiere ver a su hijo y hablar contigo.
Aristóteles se levantó presuroso para ir al encuentro de su ilustre huésped y mientras recorría el corredor daba órdenes apresuradas a todos cuantos encontraba a su paso para que hicieran preparar el baño y la cena para el rey y sus acompañantes.
Cuando el filósofo llegó al patio, Alejandro ya se le había adelantado bajando las escaleras precipitadamente.
—¡Papá! —gritó corriendo al encuentro de su padre.
—¡Hijo mío! —exclamó Filipo estrechándole largo rato entre sus brazos.