Hubiera podido ser una isla en cualquier verde mar de este mundo. Un blanco edificio se levantaba en lo alto de un escarpado farallón suspendido sobre unas profundidades color aguamarina y unas olas que rompían con fuerza a su alrededor. Un yate de veinticinco metros de eslora se encontraba anclado con una tripulación elegantemente uniformada que lo mantenía a punto para el capricho del hombre y la mujer que vivían en lo alto del farallón. En una exótica piscina situada en la parte posterior de la blanca y lujosa residencia una mujer nadaba, gozando del aire puro y del silencio de su refugio. Se había preparado un banquete bajo un toldo suavemente agitado por la brisa: cuencos de caviar helado, langosta y cangrejo fríos, confitura escarchada, quesos importados de todos los lugares del globo y cuatro clases de vino puesto a enfriar en cubetas. Nadie esperaba para servir. Los dos enamorados querían estar solos.
La mujer salió de la piscina de mármol, subió por los curvados peldaños blancos y pasó entre dos columnas corintias para dirigirse al lugar en el que dos tumbonas cubiertas por toallas de terciopelo esperaban bajo el sol.
Se movía lánguidamente. Se sentía ardiente, dulce y preparada para el sexo.
No se quitó el bañador. Ya lo haría él. En su lugar, se tendió a tomar el sol con los ojos clavados en el televisor colocado a la sombra del toldo a rayas. Estaba encendido. Siempre lo estaba. Y ella esperaba algo.
Poco después, él emergió de la casa y el tenue brillo del agua de la piscina se reflejó en los cristales de sus gafas Ray-Ban. Su largo albornoz blanco estaba abierto y él iba desnudo debajo. La mujer lo contempló mientras se acercaba lentamente a ella. Era alto y delgado, con elásticos músculos y poderosos muslos. Caminaba con los andares propios de un ganador olímpico de medallas.
Se situó de pie junto a la tumbona y ella levantó una perezosa mano hacia él. Las oleadas de calor que surgían como espejismos de los blancos muros de la casa parecían derretirle los huesos. Se agitó sobre la tupida toalla, disfrutando de la sensación de la sedosa pelusa contra su piel desnuda.
Él se arrodilló a su lado y ella sintió sus fuertes manos rozándole ligeramente las piernas y jugueteando con los tirantes de su bañador. Después, el hombre le besó la parte interior de los muslos.
Sin embargo, cuando sus manos subieron y sus dedos intentaron explorar por debajo del bañador Spandex, ella se lo impidió de repente.
El hombre la miró, tratando de leer su expresión detrás de las enormes gafas ahumadas. Observó que su mirada estaba fija en el televisor.
El hombre contempló la pantalla. Allí estaba, al final, lo que ella esperaba..., un noticiario transmitido vía satélite desde el otro extremo del mundo.
Mostraba dos funerales. Uno en Houston y el otro en Beverly Hills. Unos funerales lo suficientemente importantes para ser transmitidos a todo el mundo.
La mujer apoyó suavemente la mano en la cabeza del hombre y la acarició casi con aire distraído mientras contemplaba las solemnes procesiones..., una de ellas con el telón de fondo de las palmeras californianas mientras la gente llegaba en lujosos automóviles y se congregaba alrededor de un catafalco de color blanco porque se iba a dar sepultura a una mujer; la otra bajo el implacable sol de Texas con unos hombres tocados con sombreros Stetson, levantando el ataúd de un hombre del negro túmulo donde estaba depositado para llevarlo a hombros. Por un instante, la mujer no se sintió en aquella abrupta y remota isla en la que estaba a punto de vivir un sublime idilio sexual. Se sintió de nuevo allí..., al principio de aquel increíble camino que había terminado en aquellos dos entierros celebrados el mismo día a dos mil kilómetros de distancia...
La doctora Linda Markus estaba sentada junto al tocador con el brazo levantado a punto de cepillarse el cabello cuando oyó un sonido.
Su mano se quedó inmóvil en el aire. En su muñeca brillaba una cadena de oro de la cual pendía un amuleto... una mariposa. Mientras escuchaba en medio del silencio, la mariposa tembló en su delicada cadena, relumbrando bajo la luz de la lámpara. Examinó el dormitorio que se reflejaba en el espejo. No se veía nada insólito. Vio la inmensa cama doble sobre un estrado, el dosel de raso con sus adornos y la colcha con sus volantes, todo de un delicado color melocotón. Sobre la cama se encontraban su blanca bata de hospital, su blusa y su falda y el maletín médico que había arrojado allí tras una extenuante jornada en cirugía. Los zapatos de cuero italiano estaban en la alfombra al lado de unos pantis de color tostado.
Prestó atención, pero todo estaba en silencio.
Reanudó el cepillado del cabello.
Le era difícil relajarse. Tenía tantas cosas en que pensar, tantas cosas que exigían su atención: aquel paciente de la Unidad de Vigilancia Intensiva; la reunión por la mañana del Consejo de Cirugía; el discurso que aún tenía que escribir para el almuerzo anual de la Asociación de Médicos del condado.
Y después, lo más sorprendente de todo, las llamadas telefónicas que estaba recibiendo de aquel productor de la televisión, Barry Greene..., bastante persistentes y no relacionadas con ningún problema médico, decían las notas. Aún no había tenido tiempo de devolverle las llamadas.
¡Otra vez el mismo rumor! Un leve rumor subrepticio, como si alguien estuviera fuera y tratara de entrar sin que lo oyeran...
Bajando lentamente el cepillo y dejándolo entre los cosméticos y los perfumes de la mesita del tocador, la doctora Markus aspiró una bocanada de aire, contuvo la respiración y se volvió a mirar. Contempló las cortinas corridas. ¿Procedía el rumor del otro lado de las ventanas?
«Dios mío, ¿estarían cerradas las ventanas?»
Se echó a temblar y contempló los pesados cortinajes de terciopelo mientras se le aceleraba el pulso.
Le pareció que habían transcurrido varios minutos. El ornamentado reloj Luis XV de la repisa de la chimenea de mármol seguía haciendo tictac.
Los cortinajes se movieron.
¡La ventana estaba abierta!
Linda contuvo el aliento.
Una fría brisa pareció inundar la estancia cuando los cortinajes empezaron a separarse. Una sombra oscureció la alfombra color champán.
Linda se levantó de un salto y corrió sin pensar al cuarto de vestir. Cerrando la puerta a su espalda, permaneció inmóvil en la oscuridad y buscó a tientas en la pared el cajón secreto.
Tenía que haber un revólver en su interior.
Encontró el cajón, lo abrió desesperadamente y sintió la fría obscenidad del metal en su mano. El revólver era largo, duro y pesado. ¿Dispararía? ¿Estaría cargado?
Se acercó de nuevo a la puerta del cuarto de vestir, aplicó el oído y prestó atención. Unos sutiles rumores recorrían el espacioso dormitorio: el leve crujido de una ventana de cristales emplomados, el susurro de unos cortinajes, el sonido amortiguado de unos zapatos de suela de goma sobre la alfombra. Él estaba allí. En su dormitorio.
Linda tragó saliva y apretó con fuerza el arma. Pero ¿qué iba a hacer con el revólver? ¿Disparar contra él? ¡Por el amor de Dios! Se echó a temblar y el corazón se le desbocó en el pecho.
¿Y si él también llevara un arma?
Prestó atención. Le oía moverse por la estancia. Se inclinó, giró el tirador y abrió un resquicio de la puerta. Al principio solo vio una estancia vacía. Después...
Allí estaba. Junto a la pared del otro extremo, retirando un cuadro y examinando la cerradura de combinación de la pequeña caja fuerte.
Linda lo estudió. Su experto ojo clínico vio bajo los ajustados pantalones y el jersey negro de cuello cisne el cuerpo de un hombre que se mantenía en muy buena forma. No podía adivinar su edad (un negro pasamontañas le cubría el rostro y el cabello), pero parecía muy vigoroso. Unas nalgas y unos muslos excelentemente formados se movían bajo el negro tejido de los pantalones.
Linda no se movió y contuvo la respiración mientras el hombre abría hábilmente la caja fuerte e introducía la mano en su interior.
De pronto, el hombre se volvió como si hubiera percibido que lo observaban. Miró hacia la puerta del cuarto de vestir. Linda vio dos ojos negros, atisbando cautelosamente a través del pasamontañas. La negra malla de la prenda perfilaba una boca siniestra y una mandíbula cuadrada.
Se apartó de la puerta y extendió los brazos, empuñando el arma en sus temblorosas manos. El rayo de luz que penetraba en la minúscula estancia a través de la rendija prendió en la trémula mariposa de platino que colgaba de su muñeca, arrojando unos reflejos plateados sobre la camisola y las bragas de nailon que llevaba.
Retrocedió todo lo que pudo y después se mantuvo inmóvil, observando la puerta sin apartar el dedo del gatillo.
Al principio, la puerta se abrió levemente, como si él la estuviera tanteando. Después, se abrió de par en par y la negra silueta del hombre se recortó contra la suave iluminación del dormitorio.
El hombre contempló el arma y después clavó la mirada en su rostro. Aunque iba enmascarado, Linda intuyó en él una cierta vacilación y le pareció detectar una sombra de indecisión en sus oscuros ojos.
El hombre se adelantó y entró en el cuarto de vestir. Después, otro paso, y otro.
—No se acerque más —dijo Linda.
—Voy desarmado —contestó el hombre con voz sorprendentemente suave y refinada, una voz tan distinguida como la de un actor teatral.
Solo había pronunciado dos palabras y, sin embargo, Linda descubrió en ellas un vestigio de... vulnerabilidad.
—Váyase —le dijo Linda.
El hombre la siguió mirando. Solo unos pasos los separaban. Linda vio la curva de los bíceps bajo el ajustado jersey, la suave elevación y el pausado descenso de su tórax.
—Hablo en serio —dijo, apuntándole—. Dispararé si no se marcha.
Unos negros ojos de un rostro oculto la estudiaron. Cuando habló de nuevo, el hombre lo hizo con cierta incredulidad en la voz, como si acabara de descubrir algo.
—Es usted muy guapa —dijo.
—Por favor...
—Lo siento —dijo el hombre, adelantándose otro paso—. No tenía ni idea de que había entrado en la casa de una señora.
—Deténgase —le ordenó Linda en un susurro.
El hombre contempló el collar que sostenía en la mano y que acababa de sacar de la caja fuerte. Era un largo collar de perlas con un nudo al final.
—No tengo ningún derecho a llevármelo —dijo el intruso, levantándolo en alto—. Le pertenece a usted. A usted le sentará bien.
Incapaz de moverse, la doctora Markus contempló los oscuros ojos mientras las negras manos enguantadas levantaban el collar por encima de su cabeza, se lo deslizaban bajo el cabello y lo depositaban sobre la camisola de encaje que le cubría el pecho.
El silencio pareció intensificarse cuando el ladrón se quitó lentamente los guantes sin apartar los ojos de los suyos y tomó el nudo de perlas del collar, depositándolo en el centro de su busto.
Al percibir su contacto, Linda contuvo la respiración.
—No quería asustarla —dijo el hombre con un íntimo y reposado tono de voz. Su rostro enmascarado se encontraba a escasos centímetros del suyo. Los negros ojos estaban enmarcados por unas negras pestañas y por la negra malla de la máscara. Linda adivinaba su boca, los finos labios y los blancos dientes. El hombre inclinó la cabeza y añadió en un susurro—: No tenía ningún derecho a asustarla.
—Por favor —musitó Linda—. No...
El hombre levantó una mano y le rozó el hombro. Linda sintió que el tirante de la camisola empezaba a resbalar hacia el brazo.
—Si de veras quiere que me vaya —dijo el hombre—, me iré.
Linda contempló su mirada. Cuando los dos tirantes de la camisola le resbalaron de los hombros, bajó los brazos y soltó el revólver sobre la mullida alfombra. Las manos del desconocido se movieron tan despacio y con tanta habilidad como cuando habían abierto la caja fuerte de la pared, rozando su febril piel y saboreando su temblor. Cuando la camisola de raso y encaje resbaló hacia su cintura, Linda cerró los ojos.
—Jamás he conocido a una mujer tan guapa como tú —dijo el hombre, explorándola con gestos expertos. Sabía dónde tocar, dónde detenerse y dónde comprimir—. Dime que me vaya —añadió inclinando nuevamente la cabeza hasta casi rozarle la boca con la suya—. Dímelo —repitió.
—No —suspiró Linda—, no te vayas...
Cuando sus labios se posaron sobre los suyos, Linda experimentó una sacudida en todo el cuerpo. De pronto, deseó desesperadamente a aquel hombre. Allí mismo y en aquel instante.
El desconocido la atrajo a sus brazos. Linda sintió la áspera malla del jersey contra su pecho desnudo. Las manos del hombre le acariciaron la espalda y después se deslizaron bajo la cintura elástica de las bragas. Linda apenas podía respirar. Sus besos la sofocaban. Su lengua le llenaba la boca y sus muslos la comprimían con urgencia y pasión.
¿Sería posible?, se preguntó Linda, angustiada. ¿Sería posible que, después de tantos años, aquel desconocido consiguiera finalmente...?
De pronto, un sonido rompió el silencio. Era un tosco e insistente pitido procedente del dormitorio.
—¿Qué es eso? —preguntó el hombre, irguiendo la cabeza.
—El buscapersonas. ¡Maldita sea!
Linda empujó a un lado al desconocido, corrió hacia el lugar donde había dejado el bolso, tomó la cajita y la hizo enmudecer.
—Tengo que hacer una llamada telefónica. ¿Este teléfono es de verdad? —preguntó, señalando el coquetón aparato de la mesilla de noche—. ¿Puedo llamar desde aquí?
El hombre se acercó a la puerta del cuarto de vestir y cruzó los brazos, apoyándose contra el marco.
—Tómalo. La chica te dará línea.
Mientras marcaba un número, Linda contempló el espléndido cuerpo vestido de negro y se llenó de irritación. Había hecho una apuesta porque no le quedaba otra opción. Pensó que podría disfrutar de un par de horas de paz antes de regresar al hospital, pero las probabilidades se habían revuelto contra ella.
—Le ha bajado la presión —dijo la enfermera de la Unidad de Vigilancia Intensiva a través del teléfono—. El doctor Cane cree que sufre una hemorragia.
—De acuerdo. Llévenlo a cirugía. Dígale a Cane que lo abra. Yo estoy en Beverly Hills. Tardaré unos veinte minutos en llegar.
Linda colgó el aparato sin haber mencionado ni una sola vez su nombre durante la conversación (las enfermeras de la UVI conocían su voz) y se volvió a mirar al desconocido del pasamontañas.
—Lo siento —dijo, quitándose rápidamente el collar de perlas y recogiendo su ropa—. No tengo más remedio que irme.
—No te preocupes. Yo también lo siento.
Linda miró al hombre. No podía verle el rostro, pero su voz parecía sinceramente apenada. Sin embargo, ella sabía que todo era una comedia. Le pagaban para que le siguiera la corriente.
Una vez vestida, tomó la bata de hospital y el maletín y corrió hacia la puerta, deteniéndose un instante para esbozar una triste sonrisa y pensar en lo que hubiera podido ser. Después, abrió el bolso, sacó un billete de cien dólares y lo dejó sobre la mesita junto a la puerta. Se los hubiera dado después. Él no tenía la culpa de que los hubieran interrumpido.
—Pero si no he hecho nada —dijo el hombre en un susurro.
—Ya me lo compensarás la próxima vez.
Linda salió a un pasillo que hubiera podido pertenecer a un elegante y discreto hotel. Pasó corriendo por delante de varias puertas cerradas y consultó su reloj. No hubiera tenido que correr el riesgo de acudir a Butterfly aquella tarde, teniendo a un paciente en la UVI. Pero llevaba varias semanas deseándolo y ya lo había aplazado varias veces por culpa de las urgencias médicas.
Al doblar la esquina le salió al encuentro una joven vestida con una falda negra y una blusa blanca en cuyo bolsillo figuraba una mariposa bordada con hilo de oro.
—¿Todo bien, señora? —preguntó la empleada.
No conocía el nombre de la doctora Markus. Todas las socias de Butterfly eran anónimas.
—He recibido una llamada urgente.
—¿Le ha parecido bien el compañero?
Ambas llegaron al ascensor.
—Ha sido perfecto. Me gustaría repetirlo. Pero tendré que llamar previamente.
—Muy bien, señora. Buenas tardes.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron con un suave susurro, Linda se quitó rápidamente la negra máscara arlequinada que le cubría el rostro y la dobló para guardarla en el bolso. Después, se frotó las mejillas por si le hubiera dejado alguna huella.
El ascensor dejó a la doctora Markus en el nivel de la calle y se abrió a la lujosa elegancia de latón y caoba de Fanelli, uno de los más prestigiosos establecimientos de prendas de vestir para hombre de Beverly Hills. Linda cruzó la puerta de cristal que daba a Rodeo Drive y salió a la luminosidad de una fría tarde de enero. Se puso las gafas ahumadas y le hizo una señal al empleado del aparcamiento. Era un precioso y despejado día del sur de California..., un día de limoneros, pensó Linda, experimentando el súbito deseo de tener a alguien con quien compartirlo.
Pero no tenía a nadie y probablemente jamás lo tendría. Ahora ya se había resignado a ello a sus apenas treinta y ocho años, después de dos matrimonios fracasados y de numerosas relaciones insatisfactorias.
Aunque, pensó mientras contemplaba la sencilla y discreta fachada de Butterfly, en realidad, había alguien con quien hubiera podido compartir aquel día tan espectacular..., pero tenía que ir al hospital y él tenía otras mujeres a las que atender.
El empleado del aparcamiento le trajo su rojo Ferrari, ella le dio una generosa propina y se adentró en el denso tráfico del Wilshire Boulevard. Mientras bajaba las lunas de las ventanillas para que el fresco aire le agitara el rubio cabello, Linda esbozó una sonrisa y soltó una carcajada.
—Volveré —le dijo en voz alta al monstruoso tráfico de Beverly Hills—. Contra viento y marea, Butterfly. ¡Vaya si volveré!
La primera vez que Jamie nadó desnudo en la piscina de la señorita Highland pensó que ella no estaba en casa. Salió de la piscina y se estaba sacudiendo el agua bajo el tibio sol matinal cuando levantó los ojos y la vio de pie junto a una de las ventanas del piso de arriba, mirándole. Entonces se asustó. La acaudalada Beverly Highland tenía poder suficiente para conseguir que jamás pudiera volver a trabajar ni en el sur de California ni en cualquier otro lugar.
Pero, para su asombro, ella no se apartó de la ventana y no gritó ni llamó a los guardias de seguridad que protegían su enorme finca de Beverly Hills. En realidad, no hubo ninguna reacción visible. Se limitó a permanecer donde estaba, con la mano apoyada en los cortinajes y los ojos clavados en él. De pronto, temiendo que la policía de Beverly Hills apareciera de un momento a otro y se lo llevara, Jamie se puso a toda prisa los pantalones vaqueros y empezó a limpiar la piscina. De vez en cuando levantaba los ojos y la veía todavía en la ventana.
Terminó en un tiempo récord y se fue en su camioneta. Después, esperó varios días angustiado, temiendo que le pegaran una bronca por haber nadado en la piscina de un cliente... ¡y por si fuera poco, en cueros vivos! Curiosamente, nadie le reprendió.
La segunda vez que nadó en la piscina lo hizo como en una especie de temeraria apuesta consigo mismo. Dedujo que ella estaba en casa porque vio en el garaje el Rolls-Royce Silver Cloud que, como todo el mundo sabía, era su automóvil preferido. Además, vio al chófer trabajando en el Excalibur. Se preguntó si ella se acercaría nuevamente a la ventana cuando se lanzó con un sonoro chapoteo.
Al emerger unos minutos más tarde, desnudo y chorreando agua, la vio de nuevo allí, observándole.
Y lo más extraño fue que tampoco hubo reacción.
Aquella mañana era la tercera vez. Pulsó el timbre de la verja de hierro forjado y se identificó ante el guardia de seguridad. Después, bajó por la larga calzada con su camioneta de mantenimiento de la piscina y se dirigió a la parte de atrás, donde se pasaría buena parte de la mañana limpiando la enorme piscina de estilo italiano de la señorita Highland. Con el equipo de limpieza y las sustancias químicas a punto, se detuvo y miró hacia la casa. Ella ya estaba allí, junto a la ventana.
Estuvo casi tentado de saludarla con la mano, pero no lo hizo. En su lugar, permaneció de pie con las manos apoyadas en las caderas, estudiando el tenue resplandor del agua verdeazulada como si no supiera qué hacer. Quiere que lo haga, pensó.
Aunque era una personalidad muy célebre y uno de los temas preferidos de los medios de difusión, muy poco se sabía en realidad de la señorita Highland. Vivía sola en una de las más grandes mansiones de Beverly Hills, se rodeaba de todo un equipo de secretarias, asesores y gorristas, viajaba frecuentemente de costa a costa en su jet Lear privado, contaba con la amistad de los más destacados políticos y astros cinematográficos, daba las fiestas más fastuosas de cada temporada y tenía la piscina más elegante de toda la lujosa ruta de Jamie. Pero era un misterio. Por lo menos, pensó Jamie mientras empezaba a bajarse la cremallera de los vaqueros, era un misterio para todos los demás. Pero no para él. Llegó a la conclusión de que ya la tenía catalogada.
Beverly Highland era conocida por su acendrada moralidad. Era una de las máximas colaboradoras del fundador de la asociación de la Honradez Moral, el reverendo no sé cuántos, el telepredicador evangélico. Todo el mundo tenía a la casta señorita Highland por una remilgada y severa censora de todo lo divertido. Pero guardaba un pequeño secreto muy sucio, pensó Jamie. Disfrutaba observando nadar desnudos a los jóvenes en su piscina.
Bueno, pensó Jamie, qué demonios. Si conseguía excitarla lo bastante, a lo mejor le invitaría a darse un revolcón entre sus billetes de banco. Conocía a algunos mozos de reparto que se ganaban relojes Rolex de oro a cambio de prestar sus servicios a aquellas señoronas de Beverly Hills.
Se bajó del todo la cremallera y después se quitó muy despacio los vaqueros, deteniéndose un instante en el borde de la piscina para que ella pudiera echar un buen vistazo al cuerpo del que tan orgulloso se sentía y que tanto esfuerzo le costaba mantener en forma antes de lanzarse a la piscina. Limpia y suavemente, como un cuchillo caliente cortando la mantequilla tibia. Nadó bajo el agua todo el largo de la piscina y emergió en el otro extremo, donde el cálido sol arrancó destellos de su rubia cabeza. Después, empezó a dar perezosas brazadas, extendiendo sus largos brazos y empujando el agua hacia atrás sin el menor esfuerzo hasta que, al final, se volvió boca arriba, mostrando todo el brillo de su bronceada piel.
Salió de la piscina sin dar la menor muestra de cansancio, estiró los brazos por encima de la cabeza y se sacudió el agua del cuerpo. Consciente de que ella lo estaba mirando, Jamie se excitó. Sintió que se le endurecía el miembro y se alegró pensando que, de este modo, parecería más grande. Después, volvió a ponerse los vaqueros y se entregó a la tarea de limpiar la piscina.
Levantó los ojos unos minutos más tarde y vio que ella ya no estaba.
Beverly soltó la cortina y se apartó de la ventana. Había averiguado su nombre. Jamie.
Después, se lo quitó de la cabeza.
Su despacho tenía un marcado carácter profesional. En contraste con el resto de la casa, decorado con el mayor lujo y elegancia, el lugar de trabajo de Beverly Highland era eminentemente práctico y carecía de adornos innecesarios. Había dos grandes escritorios (el suyo y el de su secretaria particular), unos archivadores de caoba, un ordenador Mackintosh Plus y una copiadora Canon. Maggie, su enérgica secretaria, aún no había llegado. Tenía que dictarle varias cartas, repasar con ella las listas de invitados, las peticiones de diversas organizaciones benéficas y las distintas invitaciones para ver cuáles de ellas aceptaría y cuáles declinaría. Beverly Highland presidía los consejos de administración de varias grandes empresas, pertenecía a la junta directiva de la Asociación Mujeres Norteamericanas para el Entendimiento Internacional, era la presidenta del comité de recursos culturales de la Cámara de Comercio de Los Ángeles y formaba parte del Comité Presidencial para las Artes y las Letras. Tenía que echar un vistazo a las cuentas que le llevaba su contable y redactar tres comunicados de prensa, cosa de la que se encargaría su experto en publicidad. El personal de Beverly incluía también dos secretarias sociales y un enlace de relaciones públicas.
Beverly se acomodó de nuevo detrás de su escritorio y vertió un poco de té de hierbas de una jarra de plata a una taza de porcelana de Sèvres. El aroma de las hierbas llenó el aire matinal. No añadió azúcar y se limitó a mordisquear una de las delicadas galletitas de limón de la bandeja. Beverly Highland tenía cincuenta y un años y cuidaba mucho su dieta.
Estudió el calendario de su escritorio, colocado en un marco antiguo de oro, regalo de un editor que estaba deseando publicar su biografía.
Había una fecha rodeada por un círculo rojo: 11 de junio.
Era el día para el que vivía Beverly Highland. El día en que se inauguraba la convención republicana en Los Ángeles. Todo lo que hacía, todos los pasos que daba, todas las bocanadas de aire que aspiraba eran exclusivamente para aquel día.
Estaba segura de que ningún aspirante a la candidatura presidencial había tenido jamás una partidaria tan firme como la que tenía el fundador de la Pastoral de la Buena Nueva, el multimillonario imperio televisivo evangélico. Cuando este anunció el año anterior su intención de aspirar al máximo cargo de Estados Unidos, Beverly se entusiasmó. Semejante decisión era el cumplimiento de un sueño. Ahora que ya se estaban dirigiendo a toda vela hacia las primarias de junio, la inquietud de Beverly aumentaba día a día..., su aspirante tenía que conseguirlo.
Con sus amistades y sus millones, ella se encargaría de que así fuera.
Mientras saboreaba el té aromatizado con canela, contempló la fotografía de aquel hombre en un marco de peltre encima de su escritorio. Llevaba la firma autógrafa con la frase «Loado sea Dios». Su carismática sonrisa parecía resplandecer.
El reverendo había conocido superficialmente a Beverly Highland en ocasión de banquetes benéficos y acontecimientos políticos ampliamente divulgados. Sabía muy poco de ella, pero ella le conocía profundamente. Llevaba años viendo casi a diario su «Hora de la Buena Nueva» y solo se la perdió la vez que estuvo en el hospital para una histerectomía con complicaciones. Durante su convalecencia mandó instalar una videocámara en su habitación privada para poder ver las cintas de sus sermones y, gracias a la «Hora de la Buena Nueva», su recuperación se aceleró, según manifestó ella misma a la prensa al ser dada de alta en el hospital. El hecho de verle en la pantalla, les dijo a los reporteros, y de escuchar su dinámica voz le llenó el alma de la fuerza y energía necesarias para levantarse de la cama y reanudar sus actividades. Así se lo dijo a él por carta, adjuntándole un cheque por valor de un millón de dólares.
Contempló el calendario: 11 de junio.
La Pastoral de la Buena Nueva era la mayor «iglesia electrónica» de Estados Unidos y emitía diariamente sus programas a través de mil cien emisoras de televisión, publicaba un «semanario de la fuerza», era propietaria de una compañía discográfica, dos compañías de aviación y la mayor parte de los inmuebles de Houston, con unos ingresos mensuales de varios millones de dólares. Se calculaba que casi el noventa por ciento de la población del Sur veía o escuchaba la «Hora de la Buena Nueva» por lo menos una vez a la semana: era imposible calcular el número de miembros efectivos de la iglesia en toda la nación.
No cabía duda de que el reverendo era un hombre muy poderoso.
Y, además, subrayaba la importancia de la honradez moral.
Dejando la taza en su platito, Beverly se levantó de su escritorio y se acercó de nuevo a la ventana. Vestía un holgado caftán de seda azul celeste que crujía contra sus piernas desnudas. Apartando la cortina con la mano, contempló los soberbios bancales del jardín, bajando suavemente desde la loma en la que se levantaba la casa. Todo resultaba tan hermoso y apacible que nadie hubiera podido adivinar que el ajetreado distrito comercial de Beverly Hills se encontraba a dos pasos y estaba a punto de despertar a una intensa jornada de comercio y de tráfico.
Su mirada se posó en la piscina.
Se llamaba Jamie, según le había dicho su secretaria.
Beverly le miró mientras pasaba la maquinaria de limpieza a través del agua color verde lima. Tenía la espalda húmeda de sudor y la luz del sol jugueteaba sobre sus bronceados músculos. Su largo cabello rubio todavía mojado le caía sobre los hombros a la manera vikinga. Los vaqueros le estaban muy ajustados y Beverly se preguntó cómo podía moverse con ellos. Tenía la clase de trasero que parecía encandilar a las chicas últimamente..., redondo y descarado.
—¡Perdón! —dijo una voz casi sin resuello a su espalda—. ¡Me quedé atascada en la autopista de San Diego! ¡Otra vez!
Beverly se volvió y vio a su secretaria Maggie, entrando a toda prisa en la estancia con un bolso colgado del hombro, los brazos llenos de papeles y una cartera de documentos en una mano.
—Tranquila —dijo Beverly con una sonrisa—. Aún disponemos de unos minutos.
—Juro que esto es una conspiración —musitó Maggie mientras se acercaba al teléfono, pulsando el botón de la cocina—. El tráfico por las mañanas está cada vez peor. Juro que siempre veo los mismos automóviles bloqueando los mismos carriles... ¿Cocina? Aquí Maggie. ¿Me suben un café, por favor? Y un Danish de chocolate. Gracias.
Maggie Kern tenía cuarenta y seis años, estaba regordeta y tenía intención de seguir estándolo.
Mientras la secretaria clasificaba los papeles de su escritorio y musitaba por lo bajo que aquello era una conspiración de la empresa de transportes públicos para que la gente tomara el autobús («los mismos automóviles atascados cada día, lo juro, para colapsar la autopista»), Beverly contempló de nuevo al joven y rubio empleado del servicio de mantenimiento de la piscina.
—¡Ah! —exclamó Maggie cuando le sirvieron el café y la barrita de chocolate, encendiendo enseguida el televisor.
Beverly se apartó inmediatamente de la ventana y se acomodó en el sofá de terciopelo. Ambas mujeres se descalzaron y permanecieron sentadas, contemplando la pantalla.
Veían diariamente la «Hora de la Buena Nueva» antes de empezar sus tareas. Incluso cuando Beverly tenía que viajar y ambas sobrevolaban el país en el jet privado o cuando estaban en la habitación de un hotel de otra ciudad, siempre dedicaban la primera hora del día a ver al reverendo.
La prostitución y la pornografía eran sus principales objetivos, aunque también había producido una película escalofriantemente gráfica contra el aborto. Organizaba concentraciones en salas cinematográficas, enviaba Biblias y mandaba a jóvenes y entusiastas predicadores a las tinieblas de la calle Cuarenta y dos, el Hollywood Boulevard y Polk, y, al igual que Beverly Highland, había influido decisivamente para que la revista Playboy fuera retirada de los expositores de las grandes superficies comerciales.
En caso de que lo eligieran presidente, había prometido limpiar Norteamérica.
Las guitarras y los Cantores de la Buena Nueva interpretaron un alegre himno y enseguida apareció él, avanzando con paso rápido al tiempo que le anunciaba a voz en grito a su público:
—¡Hermanos y hermanas, tengo una buena nueva para vosotros!
No cabía ninguna duda, aquel hombre poseía una personalidad magnética. Exhalaba poder de la misma manera que los legendarios dragones escupían fuego. Se advertía su calor a través de la pantalla del televisor. Su espíritu voltaico parecía brotar de su cuerpo rebosante de energía. La razón por la cual el reverendo era tan famoso, incluso entre los no creyentes, no constituía ningún misterio para nadie. Era un vendedor nato. Un periodista había comentado amargamente una vez que el electrizante fundador de la Buena Nueva hubiera sido capaz de vender canguros a los australianos, pero que lo que el reverendo vendía era Dios. Dios y honradez.
El principal objetivo de su ataque de aquel día era una revista llamada Pastel de Carne, una presunta publicación para mujeres, pero que, por sus fotografías de hombres desnudos en sugestivas poses, se decía que era una de las preferidas de los homosexuales.
—Hoy tomaré mi Buena Nueva de la epístola de san Pablo a los romanos —vociferó el reverendo a toda Norteamérica—. Y Pablo decía que, debido a que los hombres son tan necios, Dios les permite hacer las suciedades que sus corazones desean y por eso hacen cosas vergonzosas entre sí. A causa de lo que hacen los hombres, Dios los ha entregado a pasiones vergonzosas. Hasta las mujeres pervierten el natural uso de la sexualidad y se dedican a prácticas antinaturales.
»¡Hermanos y hermanas! —rugió mientras cruzaba el set del estudio a grandes zancadas—. Me duele en el alma tener que reconocerlo, pero hoy en día existen en nuestro hermoso país casas de pecado y corrupción. Nidos de perversidad en los que Satanás siembra sus esbirros. En los que las mujeres venden su cuerpo y los hombres pecan lujuriosamente. Estos lugares socavan la fuerza de nuestra soberbia nación. ¿Cómo puede Estados Unidos ser la primera potencia mundial, el país al que finalmente recurren todas las naciones de la tierra, si toleramos estos perversos comportamientos entre nosotros? Si los hombres frecuentan las casas de prostitución, ¿qué será del bendito estado matrimonial? Si las mujeres venden su cuerpo, ¿cómo podrán nuestros hijos crecer puros y conocer la Palabra de Dios? —El reverendo agitó un dedo hacia el cielo e inmediatamente se enjugó el sudor de la frente con un blanco pañuelo—. ¡Afirmo que debemos acabar con estas casas de pecado y corrupción! ¡Tenemos que buscarlas dondequiera que estén y derribarlas! ¡Llevaremos las antorchas de la decencia, las acercaremos a sus corruptos muros y los veremos arder como arde el fuego del infierno de Satanás!
—Amén —dijo Beverly Highland.
—Amén —dijo Maggie.
Cuando terminó el programa, ambas permanecieron sentadas unos momentos en silencio. Después, Beverly lanzó un suspiro y dijo:
—Será mejor que pongamos manos a la obra. Solo faltan seis meses para la convención. Hay muchas cosas que hacer.
Mientras su secretaria se dirigía al escritorio para estudiar en la agenda las actividades de aquel día, Beverly Highland se acercó de nuevo a la ventana y miró.
Llegó justo a tiempo para ver alejarse la camioneta de mantenimiento de la piscina por la larga calzada.
Mantener relaciones sexuales con un desconocido no era ninguna novedad para Trudie Stein. Era su manera habitual de pasar las noches del sábado. No obstante, mantener relaciones sexuales con un desconocido en semejantes circunstancias, pensó mientras contemplaba el logotipo de la mariposa en la puerta, constituía sin duda una novedad.
Y la emocionaba sobremanera.
Mientras el empleado del aparcamiento le entregaba el tíquet y se apartaba del bordillo a bordo de su Corvette azul eléctrico, Trudie experimentó una súbita e inesperada sacudida de temor.
Pero ¿de qué podía tener miedo? A fin de cuentas, su prima Alexis llevaba varias semanas acudiendo allí y le había ensalzado las fantásticas maravillas de aquel lugar.
—Allí puedes poner en práctica cualquier fantasía que desees —le había dicho Alexis.
Y la doctora Linda Markus, para quien Trudie había diseñado y construido un solarium y un gimnasio en su residencia de la playa, era socia de Butterfly desde hacía todavía más tiempo. En realidad, fue Linda Markus quien le aconsejó a la prima de Trudie que se hiciera socia, al ser ambas íntimas amigas desde su época de estudiantes en la facultad de Medicina. Y allí estaba Trudie, buscando algo a sus treinta años, de pie en la acera de Rodeo Drive y a punto de ver cumplida su más ansiada fantasía. Y todo ello gracias a la doctora Markus.
Así funcionaba Butterfly, le había explicado Alexis. Tratándose de un pequeño club privado, cada socia estaba autorizada a llevar a otra persona. La doctora Markus había elegido a su mejor amiga Alexis y esta había decidido recomendar a su prima Trudie. Dos semanas antes, justo después de Navidad, Trudie acudió a una entrevista de orientación con la directora. Hacía tres días que había recibido la pulsera especial con la mariposa y ahora ya era socia de pleno derecho con todos los privilegios que Butterfly ofrecía.
Trudie se subió el cuello del abrigo y echó un vistazo al edificio en medio del glacial frío de enero.
Qué ofrecía Butterfly...
—Te lo aseguro, Trudie —le dijo su prima—, Butterfly ya ha obrado maravillas en mí. Me ha ayudado a encontrarme a mí misma y a ordenar mi vida. A lo mejor, también te podrá salvar a ti.
Salvar. Desde luego, era lo que Trudie esperaba. El interminable y humillante ciclo de aventuras de una sola noche con hombres que jamás la volvían a llamar o que la decepcionaban con la llegada del amanecer, había arrastrado a Trudie Stein a un tortuoso camino que no conducía a ninguna parte. Y ella necesitaba desesperadamente ir a algún sitio... con alguien.
Bueno, ahora tenía que dar el primer paso.
Y lo dio, cruzando la puerta de cristal de Fanelli, la lujosa tienda de prendas de vestir para hombre de Beverly Hills en cuya sencilla fachada campeaba el enigmático emblema de la mariposa. Trudie conocía aquella tienda. Acudió allí años atrás para comprar a su amigo una camisa de la marca Loire Valley y él dio media vuelta y se la regaló a su amigo. La elegante tienda, con sus lustrosos latones y sus maderas de caoba, se encontraba en aquellos momentos abarrotada de clientes que devolvían o cambiaban regalos navideños.
Trudie se detuvo un instante para que se le calmaran los apresurados latidos del corazón. Reconoció algunos rostros entre la gente: el director de cine para quien había diseñado y construido una piscina; el famoso ídolo del rock Mickey Shannon, tratando de pasar inadvertido, y, cerca de los servicios, Beverly Highland, la célebre exponente de la alta sociedad.
Trudie se preguntó fugazmente si ella también sería socia del club secreto de arriba. Pero todo el mundo sabía que Beverly Highland era una acérrima admiradora de la Pastoral de la Buena Nueva y que llevaba una ejemplar vida moral. Además, Trudie observó que no ostentaba en su muñeca la comprometedora pulsera de la mariposa.
La mayoría de los clientes de la tienda, pensó Trudie mientras se abría paso entre ellos, ignoraba lo que ocurría arriba. La directora se lo había asegurado. Aquella gente se encontraba allí para comprar... y muy pocas personas se dirigían, como ella, a la parte posterior de la tienda, exhibiendo la pulsera de delicados eslabones de oro de los que pendía un pequeño fetiche en forma de mariposa.
Al final llegó a la parte de atrás, donde unos maniquíes pasaban modelos para los clientes sentados. Aquella zona del establecimiento estaba atendida por unas empleadas especiales, unas mujeres vestidas con falda negra y blusa blanca en cuyo bolsillo figuraba bordada una mariposa. Aquellas empleadas no formaban parte del personal que trabajaba en el resto de la tienda. Solo ellas sabían adónde conducía el ascensor privado.
Trudie ya había visto otras veces a modelos masculinos. De hecho, algunos de los hombres que colaboraban con su empresa se dedicaban, además, a pasar modelos. Perpetuamente bronceados, con el cuerpo musculoso gracias al duro trabajo que realizaban y normalmente con un ensortijado cabello rubio, solían estar tan guapos vestidos con blazers de seda y pantalones de franela como con polvorientos vaqueros y camisetas. Pero los modelos de Butterfly, pensó Trudie, hubieran podido despertar la envidia de sus colaboradores. Ahora comprendía la verdadera razón por la cual resultaban tan guapos. No tenían nada que ver con el pase de modelos.
Trudie se sentó, declinó un ofrecimiento de té o de agua Perrier, y contempló el pase de modelos, que era uno de los acontecimientos cotidianos del lujoso establecimiento Fanelli.
Totalmente hechizada, mantenía los ojos clavados en la puerta del vestuario de los modelos. Los hombres emergieron uno a uno y pasaron despacio entre los clientes sentados, la mayoría de los cuales eran mujeres. Los modelos exhibían una gran variedad de prendas, desde chaquetas de cuero hasta pijamas de la célebre Saville Row londinense, y eran muy distintos entre sí en cuanto a la edad, el físico y la forma de moverse. «Una cosa para cada cual», pensó Trudie, excitándose por momentos.
El reloj de barco de latón de la pared iba marcando la hora mientras los hombres salían del oculto vestuario, avanzaban, sonreían, pasaban y desaparecían de nuevo. Los clientes se levantaron y se retiraron. Otros entraron y ocuparon los asientos. Casi todos ellos se iban con paquetes de compras bajo el brazo (pero nadie, observó Trudie, se dirigió al ascensor de la parte posterior de la tienda).
Mientras estudiaba a los hombres (el que se parecía a Arnold Schwarzenegger con su jersey de pesca, el nervudo asiático de baja estatura con su atuendo de kung-fu), Trudie reparó en dos mujeres que llevaban sentadas allí tanto rato como ella. Su mirada se desplazó a las muñecas. Ambas lucían idénticas pulseras con la mariposa.
Entonces le vio.
Tenía el cabello plateado y el aspecto muy distinguido, tendría unos sesenta y tantos años y lucía un exquisito abrigo de cachemira de color negro. Trudie se quedó súbitamente sin aliento. Era fabuloso.
Ese. Elegiría a ese.
Pero, ahora que había llegado el momento de que se iniciara su fantasía, Trudie se sentía súbitamente tímida e inexplicablemente remisa. Me he quemado tantas veces...
Por su apariencia, cualquiera hubiera podido imaginar que Trudie Stein tenía un éxito arrollador en sus relaciones con los hombres: era una alta y preciosa rubia vestida con elegantes prendas a la última moda, peinada con espuma moldeadora y propietaria de un automóvil de treinta mil dólares. En su lugar de trabajo vestía calzones cortos y tops sin sujetador que dejaban al descubierto su bronceado y atlético cuerpo. Tenía a sus órdenes nada menos que a veinte hombres. Lo malo era que casi todos ellos la consideraban una rubia tonta, acaudalada y estúpida que hubiera sido incapaz de abrirse camino por su cuenta en el duro sector de la construcción y que por esta causa necesitaba tener a «un hombre a su lado».
Mientras el atractivo modelo del cabello plateado se retiraba al vestuario, Trudie evocó un doloroso recuerdo que normalmente empujaba a los más recónditos rincones de su mente.
Era el recuerdo de una noche del año anterior. La temporada de las piscinas estaba tocando a su fin... la empresa de Trudie registraba su mayor volumen de negocios en verano y en primavera, períodos del año en que solían construirse casi todas las piscinas. Aquel noviembre en particular, mientras revisaban los últimos detalles (cascadas que caían, instalación de conducciones para aguas minerales, creación de paisajes, supervisiones de los trabajos), Greg Olson, el empresario de albañilería con quien colaboraba y con quien había mantenido un amistoso coqueteo a lo largo de varios meses, decidió lanzarse finalmente al ataque.
—Pronto empezará a reducirse el trabajo, Trudie —le dijo, arrastrando las palabras con aquel curioso acento suyo que a ella tanto le gustaba—. No vamos a tener que preocuparnos por los conflictos laborales. ¿Qué te parece si salimos a tomar un trago?
Bueno, Greg Olson era rico, conducía un Allante, hubiera podido tener a cualquier mujer que se le antojara y no tenía necesidad de demostrar su machismo tal como les ocurría a otros. Trudie decidió aventurarse y bajó las defensas. Todo fue muy bien... al principio. Cena y baile en un restaurante de San Vicente, en Los Ángeles oeste. Después, un caluroso paseo por la autopista de la Costa del Pacífico. Más adelante... ¡aparcaron! Como unos emocionados adolescentes.
A Trudie le encantó. Todo fue tan deliciosamente juvenil que se sintió invadida por una conmovedora sensación de inocencia. Debido a ello, sucumbió antes de lo previsto. Más tarde, sacudiéndose la arena de la ropa mientras ambos subían por el farallón para regresar al lugar donde habían dejado aparcado el automóvil, Greg le dijo:
—Qué barbaridad, has sido estupenda. ¡Nos tenías a todos engañados!
—¿Qué quieres decir? —preguntó Trudie mientras subía al vehículo, a pesar de que ya conocía la respuesta, la temía, no quería oírla y estaba pensando que ojalá no hubiera salido aquella noche con Olson y hubiera prestado atención a su instinto cuando este le dijo por lo bajo: «Ten cuidado. Está tramando algo».
—Todos creíamos que eras lesbiana. Algunos de los chicos han hecho incluso una apuesta.
Cuando empezó de nuevo la temporada de las piscinas, Trudie se buscó una nueva empresa de albañilería y decidió establecer una férrea norma: no más aventuras con gente del trabajo.
Lo cual significaba que solo le quedaban las aventuras del sábado por la noche con los desconocidos de los bares de solteros, los cuales solían ser unos amantes egoístas e inseguros que, al terminar, se limitaban a preguntarle:
—¿Ha sido satisfactorio para ti?
El modelo del cabello plateado volvió a salir y a Trudie le dio un vuelco el corazón.
Esta vez lucía una trinchera de cuero y una bufanda de seda blanca alrededor del cuello. Cuando pasó por su lado, a Trudie le pareció que le dirigía una sonrisa especial. Trudie miró hacia el lugar donde se encontraban las otras dos mujeres: una ya se había ido y la otra estaba anotando algo en un papel y entregándoselo a una empleada.
Trudie abrió inmediatamente el bolso y sacó un pequeño cuaderno de notas. Se había puesto súbitamente nerviosa, temiendo que se lo hubieran quitado. ¿Por qué perdía tanto el tiempo sentada allí?
La mano le tembló mientras escribía. ¡Era increíble! ¡Era fantástico!
—¿Qué se hace en Butterfly? —le había preguntado a su prima Alexis.
—Pues, cualquier cosa que se te antoje. Ellos se amoldan a todo, Trudie.
—Ya, ¿y qué me dices de Linda Markus? ¿Qué hace cuando va allí?
—A Linda le gustan los disfraces —contestó Alexis—. Además, quiere que tanto ella como el hombre luzcan antifaces.
¡Antifaces!, pensó Trudie mientras entregaba nerviosamente la hoja de papel a la empleada. ¿Qué sentiría con su amante del cabello plateado? ¿Sería este realmente capaz de satisfacer la fantasía que ella exigía? ¿Subiría ella arriba y lo encontraría todo exactamente tal y como lo había descrito en la hoja de notas?
Trudie no tuvo que esperar mucho rato. Permaneció sentada retorciéndose las manos mientras los minutos parecían prolongarse indefinidamente. Trudie Stein, que normalmente se mostraba tan fría y distante en las ocasionales relaciones sexuales, estaba rezando para que la otra mujer no se le hubiera adelantado con el modelo del cabello plateado. La empleada regresó y le dijo en voz baja:
—Por aquí, si es tan amable.
Trudie la siguió al ascensor privado.
Se había pasado horas arreglándose para la «cita» especial de aquella noche. A lo largo de los años en los que se había dedicado al negocio de la construcción de piscinas, luchando por abrirse camino en un sector dominado por los hombres y dando órdenes a los trabajadores, Trudie había tenido que reprimir su natural feminidad y adoptar un comportamiento duro y agresivo. De lo contrario, ninguno de los hombres que trabajaban para ella se la hubiera tomado en serio y los encargos no se hubieran terminado jamás. Y ella sabía que, por este motivo, parecía una persona descarada y resentida, deseosa de demostrar que valía tanto como un hombre.
En su lugar de trabajo procuraba «neutralizarse» con unos calzones cortos y unos tops (no podía evitar tener busto), pero, cuando guardaba el cuaderno y los planos y se preparaba para salir por la noche, Trudie recuperaba sus instintos ultrafemeninos. Para su primera velada en Butterfly se había comprado un atuendo especial: una falda de tejido estampado que le llegaba hasta los tobillos, una blusa de seda azul brillante y unos pendientes y un collar de plata. Trudie sabía que era esencia de la feminidad y que no quedaba en ella la menor traza de su trabajo como constructora.
La empleada la acompañó por un silencioso pasillo, pasando por delante de unas puertas cerradas hasta llegar finalmente a la habitación del fondo, donde le dijo en un susurro:
—Si quiere entrar, por favor.
Trudie entró.
La puerta se cerró a su espalda, dejándola sola en un pequeño pero íntimo comedor amueblado con un sofá y unas sillas de estilo provincial francés, unas estanterías llenas de libros, una mullida alfombra y una mesa ya puesta con un blanco mantel de lino, porcelana, cristal y velas. Había una botella de champán enfriándose en una cubeta de plata y una sola rosa en una vasija. Una suave música surgía de unos altavoces invisibles.
Trudie estaba tan nerviosa que apenas podía creerlo. Trudie Stein, a quien su padre había enseñado a controlar cualquier situación y a dominar cualquier circunstancia. Incluso en sus merodeos de los sábados por la noche durante los cuales conocía y se llevaba a casa a hombres desconocidos, siempre era ella quien llevaba la voz cantante. Sin el menor asomo de inquietud o temor.
Ahora, en cambio, se preguntó fugazmente: «¿Qué demonios estoy haciendo aquí?».
Pero ¿acaso no le había enseñado su padre a aspirar a las estrellas y a buscar siempre el cumplimiento de sus deseos? ¿No le había enseñado los entresijos del negocio de la construcción, llevándosela a las obras cuando era pequeña e infundiendo a su hija única el sentido del propio valor y de la propia identidad e independencia? ¿Acaso sus padres no habían discutido sobre esta cuestión y, mientras Sophie quería que su hija siguiera la tradición, encontrara un marido y fuera una buena esposa y madre, Sam insistió en que el mundo y los tiempos estaban cambiando y su hija podría ser cualquier cosa que ella quisiera? Sam Stein, el hombre más justo y honrado que jamás hubiera pisado la faz de la tierra a juicio de Trudie, le había enseñado hasta el mismo día de su trágica y prematura muerte a soñar y a convertir sus sueños en realidad.
¿Y acaso no era eso lo que estaba haciendo en Butterfly? ¿Buscando la salvación, tal como su prima había dicho? Quizá, pensó Trudie mientras oía unas pisadas acercándose por el pasillo, encontraría las respuestas dentro de aquellas paredes, quizá descubriría lo que andaba buscando, lo que la inducía a abandonar su apartamento los sábados por la noche, impulsándola a relacionarse con desconocidos en unos encuentros decididamente insatisfactorios y a menudo desastrosos. Trudie estaba allí por algo más que por el sexo..., eso lo podía conseguir en cualquier parte. Estaba allí en la esperanza de hallar soluciones.
Había otra puerta en el extremo opuesto de la estancia. Entonces se abrió y entró él. Trudie no podía creerlo..., en aquel íntimo ambiente suavemente iluminado, estaba todavía más guapo. Iba impecablemente vestido. Trudie reconoció una chaqueta de lana negra Pierre Cardin, unos pantalones T. Gray, una camisa de seda gris perla y una corbata color borgoña. Por su parte, él era alto y delgado y mantenía los hombros confiadamente echados hacia atrás. Hubiera podido ser el director general de una gran empresa, pensó Trudie, o el rector de una prestigiosa universidad.
Se acercó a ella y le dijo en una suave y refinada voz:
—Cuánto me alegro de que hayas podido venir esta noche. La cena aún tardará un rato. ¿No quieres sentarte? —La tomó por el codo y la acompañó a un confidente de terciopelo azul—. ¿Te apetece un trago? —preguntó, dirigiéndose al bar.
—Vino blanco, por favor —contestó Trudie, sorprendiéndose de la timidez de su voz.
Él regresó con una copa de pie largo para ella y un vaso de líquido oscuro para sí mismo. Después, se sentó en un sillón de orejas con la soltura y familiaridad propias de quien está en su propia casa y apartó su vaso a un lado sin haber probado su contenido.
Trudie contempló su copa de vino y se sintió súbitamente cohibida bajo la mirada gris del hombre. Le pareció extraño no tener ni idea de lo que podía decir o hacer. A fin de cuentas, aquello era distinto de sus encuentros del sábado por la noche. ¡A ese le pagaba!
—Estoy leyendo un libro muy interesante —dijo él, tomando un libro que había sobre una mesita al lado de su sillón. Se lo mostró—. No sé si lo habrás leído.
Trudie vio el título. Sí, lo había leído.
—¿Y qué te pareció? —preguntó el hombre.
—No está mal. Aunque no tan bueno como sus primeras obras.
—¿Y eso?
—Bueno, pues...
Trudie tomó un sorbo de vino para ganar tiempo. Para serenarse.
Pero ¿qué le pasaba? Mientras vivió su padre, uno de sus pasatiempos preferidos habían sido las acaloradas discusiones sobre libros y teorías. Su padre le había enseñado el difícil arte de la polémica y ella lo había aprendido tan bien que, en los años anteriores a la muerte de su padre, casi siempre había ganado las disputas.
Trudie se percató súbitamente de lo que ocurría. Le faltaba práctica. Ocho años de jerga de piscinas y la habitual pregunta «¿De qué signo eres?» en los bares de solteros habían oxidado sus aptitudes. Ahora el compañero del cabello plateado la estaba invitando a intentarlo.
Era lo que ella había pedido. Lo que había anotado en la hoja de papel.
—Creo que ya ha superado su mejor momento —dijo, refiriéndose al autor del libro—. Sus anteriores obras estaban basadas en teorías concretas y en un cuidadoso estudio. Pero esta parece artificial. Debes tener en cuenta que su último libro se publicó hace diez años. Desde entonces, nada. Cuando leí este de aquí, no pude sacudirme de encima la sensación de que el autor se había despertado una mañana percatándose de pronto de que estaba cayendo en el olvido. Algo así como si hubiera reunido a sus amigos y les hubiera dicho:
»—Mirad, necesito una nueva idea de ciencia popular. ¿A alguien se le ocurre alguna?
El hombre se rió suavemente.
—Puede que tengas razón, aunque no he terminado de leerlo. Me reservo el juicio hasta que aparezca el jurado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó súbitamente Trudie—. ¿Cómo debo llamarte?
—¿Cómo te gustaría llamarme?
—Thomas —contestó Trudie—. Tienes cara de llamarte Thomas.
El hombre tomó un sorbo de su vaso y dijo:
—Mira, aunque no he terminado de leer este libro, creo que debo oponerme a lo que has dicho sobre la obra de este autor. Dices que sus obras anteriores están basadas en sólidas teorías. ¿Qué me dices de su primer libro? Es lo más artificial que he leído en mi vida.
Trudie arqueó las cejas.
—¡Pero era el primero! Y se escribió en los años sesenta. Entonces era joven e ingenuo y estaba intentando echar a volar como quien dice. Concédele el beneficio de la duda, por lo menos.
—Me parece que tú no estás dispuesta a concedérselo a propósito de su último libro.
—No lo has terminado de leer. Ya verás cuando llegues al capítulo diez. Allí se vienen abajo todos sus argumentos.
—He leído el capitulo diez y no estoy de acuerdo porque, si examinas bien la estructura subyacente de su tesis...
La discusión estaba en pleno apogeo. Ya más tranquila, Trudie se quitó los zapatos y dobló las piernas bajo su cuerpo. Thomas le volvió a llenar la copa de vino y siguió desafiando sus ideas. Llamaron discretamente a la puerta y entró un camarero con un carrito de servicio. A Trudie no le apetecía comer. Estaba demasiado entregada a la discusión. Ella y Thomas prosiguieron su análisis del libro mientras el camarero revolvía la ensalada de espinacas frescas y setas. Trudie atacó las conclusiones de Thomas en el momento en que el camarero vertía unas cucharadas de crema ácida y caviar en el consomé con gelatina; Thomas la acorraló y la obligó a adoptar una postura defensiva mientras les servían el pollo a la albahaca con patatitas rojas al romero. No prestaron la menor atención a las natillas del postre e incluso dejaron que se les enfriara el café. Los verdes ojos de Trudie fulguraban cada vez que ella se apuntaba un tanto y su voz se elevaba cuando él ganaba un punto. Trudie hablaba con rapidez y lo interrumpía con frecuencia. Inclinándose sobre sus brazos cruzados, jugueteaba con sus pendientes animándose progresivamente a medida que él ponía obstáculos en su camino.
Trudie era profundamente consciente de su presencia. El suave aroma de la colonia English Leather, el brillo de su Rolex de oro, sus uñas impecablemente cuidadas. Rezumaba clase por todos sus poros y se encontraba a años luz de los pantalones vaqueros, los cascos de protección de los obreros de la construcción y el paternalismo sexista. Thomas escuchaba lo que ella decía y reconocía sus méritos. Se había quitado la chaqueta y aflojado el nudo de la corbata y se inclinaba hacia ella sobre la mesa, intensamente entregado al debate. Trudie sintió que se le aceleraban los latidos del corazón y que la cabeza le daba vueltas. De pronto, se sintió eufórica y tremendamente excitada.
—Estás totalmente equivocada —dijo él.
—¡No es cierto! Si hay algún tema que yo conozca mejor que nadie, es ese. Tienes que leer a Whittington para comprender por entero...
—Whittington es un marginal.
Trudie se levantó de un salto de su asiento.
—Eso es solo una opinión, Thomas, no un hecho.
Trudie se apartó de él, dio media vuelta y se volvió a acercar. Justo en aquel momento se vio reflejada en el espejo: tenía las mejillas arreboladas y los ojos le ardían con brillo febril. Pero estaba emocionada. De repente, se percató de que deseaba a aquel hombre más de lo que nunca hubiera deseado a ningún otro y llegó a la conclusión de que, con solo que él la tocara, se encendería. Thomas se levantó y extendió los brazos hacia ella, interrumpiendo su frase con un apasionado beso que puso término a la discusión.
—¡Date prisa, por Dios, date prisa! —musitó Trudie.
Hicieron el amor sobre la mullida alfombra. Al llegar el momento culminante, Trudie lanzó un grito y creyó morir de emoción..., jamás en su vida había experimentado una sensación tan intensa y tan profundamente devastadora. Cuando todo terminó y ella permaneció un rato tendida entre sus brazos, Trudie se sorprendió de la velada que acababa de vivir y se dio cuenta de que aquella había sido la mejor relación que hubiera tenido en mucho tiempo, y posiblemente en toda su vida. Mientras Thomas la abrazaba, la acariciaba y la besaba, Trudie apenas pudo creer que hubiera ocurrido de verdad y que todo aquello fuera real.
De pronto, surgió una pregunta en su mente. Hubiera deseado formulársela a Thomas, pero no quería romper el hechizo; por consiguiente, se limitó a hacérsela a sí misma, pero no obtuvo respuesta.
¿Quién estaba detrás de aquella mágica idea en las estancias situadas encima del establecimiento de ropa para hombre Fanelli? ¿A quién se le había ocurrido? ¿Quién lo había puesto en marcha? ¿Quién lo dirigía? ¿Quién era, en realidad, Butterfly?
Nuevo México, 1952
El primer recuerdo de la infancia de Rachel era un despertar en mitad de la noche, oyendo gritar a su madre. Recordaba haber bajado de su cuna (a lo mejor, aún llevaba pañales) y haber avanzado tambaleándose por el pasillo hasta otra habitación. Recordaba haber entrado y haber visto a su madre desnuda y a cuatro patas sobre la cama mientras papá la empujaba aparentemente con la barriga por detrás y ella gemía y le suplicaba que se detuviera.
Hasta cumplir los catorce años, Rachel no comprendió lo que estaban haciendo sus padres aquella noche.
Dos misterios rodeaban el nacimiento de Rachel Dwyer. No fue consciente de ninguno de los dos hasta un caluroso día en que, a los diez años, habiéndose quedado sola en la caravana que les servía de vivienda porque sus padres se habían ido a la taberna del borde de la carretera, Rachel empezó a aburrirse.
El aburrimiento genera inquietud y la inquietud puede provocar curiosidad, la cual a su vez puede conducir al descubrimiento. En ocasiones, a descubrimientos no deseados. Como en el caso de la vieja caja de cigarros puros King Edward que Rachel encontró oculta bajo el fregadero de la cocina detrás de los productos de limpieza y las bayetas.
A los diez años, Rachel era una niña precoz..., no muy bien instruida (de eso tenía la culpa su vagabundo padre sin empleo), pero lista. Sabía leer mejor que los niños de su edad..., habilidad que había adquirido ella sola para vencer la soledad en un desesperado intento de huir de su escuálida vida y refugiarse en la fantástica vida de los libros..., y era muy observadora. Comprendió inmediatamente que la caja de cigarros no había sido empujada al azar en aquel mohoso escondrijo, sino que la había escondido allí una cuidadosa mano. En la imaginativa mente de Rachel, aquello debía de ser el cofre de un tesoro.
La niña abrió la caja.
Entre la desconcertante colección de cintas, descoloridas postales de cumpleaños, una sortija y viejas entradas de cine, vio dos cosas que la dejaron perpleja. Una de ellas era una fotografía, y la otra, un documento de aspecto oficial.
Gracias a que sabía leer muy bien, averiguó en cuestión de segundos que el documento era una licencia de matrimonio. En ella figuraban los nombres de sus padres y el nombre de una ciudad de la que ella jamás había oído hablar..., Bakersfield, California. Sin embargo, la fecha le dio qué pensar.
El certificado decía que su madre y su padre se habían casado el 14 de julio de 1940.
Pero Rachel sabía que ella había nacido en 1938.
Tenía dos años cuando ellos se casaron. Eso solo podía significar una cosa: ¡que él no era su verdadero papá!
Se alegró tanto que no examinó debidamente la fotografía porque, de haberlo hecho, hubiera advertido, en su juvenil perspicacia, algo turbadoramente familiar en la joven de aire cansado, tendida en su cama de hospital acunando un bebé recién nacido en cada brazo.
Solo más tarde, mientras yacía aquella noche perfectamente inmóvil bajo las mantas en el sofá donde dormía, esperando a que su padre roncara y se quedara dormido (siempre intentaba pasar lo más inadvertida posible cuando él estaba en casa y, sobre todo, cuando había bebido más de la cuenta), Rachel empezó a pensar en la fotografía.
Y entonces se le ocurrió.
Aunque parecía mucho más joven, aquella mujer era su madre.
Pero ¿quiénes eran los dos bebés?
Muy pasada la medianoche, mientras se iba enfriando el interior de la caravana y se percibía la proximidad del silencio del desierto, Rachel se levantó subrepticiamente de la cama, tomó la linterna que utilizaban siempre que se cortaba la luz, cosa que ocurría con frecuencia, y sacó la caja de cigarros que antes había vuelto a colocar cuidadosamente en su sitio. Estudió los bebés de la fotografía. No cabía la menor duda. Uno de ellos era casi exactamente igual que la niña de la fotografía que su madre guardaba en el billetero.
Rachel frunció el ceño. Si aquella era una fotografía suya de cuando nació..., ¿quién era el otro bebé?
Buscó el momento oportuno. La madre de Rachel no era una mujer muy fácil de abordar. Cuando no estaba borracha o tenía una de sus mañanas «indispuestas», se iba al despacho del aparcamiento de caravanas a escuchar a Arthur Godfrey por la radio. Pero había veces en que la señora Dwyer estaba disponible, generalmente cuando su marido desaparecía en una de sus repentinas ausencias. En tales circunstancias, la madre de Rachel no parecía sentir la necesidad de añadir un chorrito de whisky bourbon a su café; se aseaba y se rizaba el pelo, ordenaba la caravana y comentaba su deseo de plantar geranios en la tierra del exterior. En aquellas ocasiones, Rachel oía a su madre tararear, observaba que se le borraban las arrugas del rostro, la veía andar de un lado para otro con un vestido planchado y la oía reírse con las vecinas. Un día de aquellos, Rachel se acercó a su madre, que estaba tendiendo ropa y cantando Prisionero del amor con unas pinzas de madera en la boca, y le hizo una sorprendente pregunta.
La niña era demasiado sincera y eso no sería muy bueno para ella, pensaba a menudo la señora Dwyer. ¿De dónde habría sacado Rachel aquella tendencia a decir siempre la verdad? Como ahora, por ejemplo, confesando sin más que había encontrado la caja oculta y había revuelto su contenido. La verdad era que no se podía zurrar a una niña por actuar con semejante honradez, aunque confesara haber fisgoneado.
—¿Soy una hija ilegítima, mamá? —preguntó Rachel, refiriéndose a la discrepancia entre su fecha de nacimiento y la fecha de la boda de sus padres.
—¿Dónde has aprendido estas palabras, cariño? —preguntó la señora Dwyer, acariciando con la mano el castaño cabello de su hija—. Eso es culpa de todos esos libros que lees. Nunca he visto a una niña que lea tanto como tú. —Después se arrodilló sobre la tierra y tomó delicadamente a su hija por los hombros—. No, cariño. No eres ilegítima. No importa la fecha en que tu padre y yo nos casáramos. Lo importante es que lo hicimos. Tú eres Rachel Dwyer. Él te dio su apellido.
—Pero... —A Rachel le tembló el labio inferior. Esperaba oír otra cosa de su madre—. ¿Quieres decir que él es mi verdadero papá?
—¡Por supuesto que sí, cariño!
—Yo pensé que, como os casasteis más tarde, debía de tener otro papá.
—Ya lo sé, cariño —dijo suavemente su madre, asumiendo su dolor y compartiéndolo—. Pero él es tu papá. Te tuvimos antes de casarnos. Él no es de esos que sientan la cabeza, ¿sabes? Quiere ser libre. Pero yo le dije que tenía una responsabilidad para conmigo y con su hija. Hubo una guerra y pensamos que lo llamarían a filas. Entonces decidió casarse conmigo.
—¿Papá fue a la guerra, mamá?
Rachel no sabía exactamente qué era la «guerra», pero había oído hablar de ella lo suficiente para comprender que el hecho de haber participado era una especie de honor. A lo mejor, había en su papá algo digno de ser querido.
Pero la madre de Rachel contestó con un suspiro:
—No, cariño. Tu papá no superó la revisión médica. Tenía algo en los pulmones, dijeron. Por eso se enfada tanto a veces, ¿comprendes? Todos los demás hombres fueron, y él no pudo ir.
Rachel preguntó entonces por el otro bebé, y una sombra oscureció el rostro de su madre a pesar de que no había el menor asomo de nubes en la vasta extensión del cielo.
—El otro bebé murió, cariño —contestó su madre en un susurro tan leve que apenas se pudo oír sobre el trasfondo del seco viento del desierto—. Era tu hermanita gemela. Pero murió a los pocos días de nacer. Tenía el corazón muy débil.
Los libros le borraron el dolor y la decepción. Los libros cerraban las puertas malas y abrían las buenas. Rachel no recordaba cuándo había leído su primer libro y no recordaba ninguna ocasión en que no hubiera estado leyendo algo. Fue su madre la que un día regresó a casa con unos libros de Dick y Jane prestados y le enseñó a leer; Rachel apenas había ido a la escuela. Hubo un breve período en Lancaster, California (otro árido desierto), en que asistió a unas clases de primero o segundo de primaria. No siempre había sido objeto de burla en las escuelas..., por lo menos, en la de Mojave había otros niños como ella. Pero hubo un período terrible en que su padre consiguió un trabajo en una gasolinera y vivieron durante algún tiempo en una casa alquilada; Rachel asistió a una escuela de verdad. Los niños se reían de sus pies descalzos y de sus vestidos excesivamente cortos. Compadeciéndose de la niña que nunca llevaba la fiambrera del almuerzo y nunca tenía dinero para comprarse algo en la cafetería de la escuela, una maestra compartió un día su almuerzo con ella. Aquella humillación hizo vomitar a Rachel, a pesar de su corta edad. La maestra se enfadó como si lo hubiera hecho a propósito y ya no volvió a compartir nada con ella.
Pero Rachel no estuvo mucho tiempo en aquella escuela. Su papá perdió el nuevo trabajo, como de costumbre, y se pasó los seis meses siguientes viviendo de los cheques de la beneficencia, maldiciendo al gobierno y peleándose en los bares con cualquier tipo que llevara uniforme.
La mayor habilidad y el mayor don de Rachel era la lectura. Nunca llegó a comprender por qué la gente se sorprendía tanto. Al fin y al cabo, cuando a uno le gusta una cosa, la hace espontáneamente y acaba dominándola sin el menor esfuerzo. Los libros le deparaban placer, prácticamente el único placer que había conocido en su infancia. Cada vez que se tenían que mudar a una ciudad desconocida, a un nuevo barrio y a nuevos rostros, a cada temor por el nuevo puesto de trabajo, a cada oración para que papá no perdiera aquel trabajo y pudieran vivir en la ciudad el tiempo suficiente para que ella hiciera amistad con otros niños, cada vez que él volvía a casa borracho y despotricando contra los hijos de puta que lo habían despedido y empezaba a maltratar a su madre, cuyos gritos y súplicas se oían desde el dormitorio, cada vez que sufría una nueva desesperación y decepción y se hundía en la soledad y el alejamiento del resto del mundo, Rachel se refugiaba en un libro.
A veces, ella y su madre leían juntas. Se sentaban en la pequeña caravana y se turnaban en la lectura de las páginas en voz alta.
—La instrucción vale más que el oro —decía siempre su madre—. Quiero para ti una vida mejor que la que yo he tenido, Rachel. Quiero que salgas adelante y seas feliz.
Sin embargo, madre e hija leían no solo para instruirse, sino también para escapar de la realidad. Se ayudaban mutuamente a avanzar por el camino de la fantasía para olvidarse un rato de su situación.
No obstante, había otra razón para que Rachel quisiera huir de la realidad. La descubrió por casualidad el día en que cumplió once años.
Se estaba cepillando el cabello ante el espejo de la mísera habitación de un motel en el que vivían provisionalmente. Su madre había conseguido un trabajo de criada en el motel y, mientras su padre salía a «buscar trabajo» en aquella pequeña ciudad situada entre Phoenix y Albuquerque, Rachel se quedaba nuevamente sola.
Se estaba probando distintos peinados con la ayuda de una revista de cine cuando, de pronto, lo comprendió: no era bonita. En realidad, comprobó consternada, era francamente fea.
Las actrices más hechiceras de aquel momento eran Betty Grable y Veronica Lake... Rachel acercó las fotografías de la revista a su rostro para intentar averiguar exactamente lo que ocurría. A su mente de once años la lista le pareció interminable. Unas pobladas cejas, un cabello liso como una tabla de planchar, una barbilla ligeramente huidiza y, lo peor de todo, una nariz imposible.
Como si aquel descubrimiento no hubiera sido suficientemente doloroso de por sí y como si ella ya no lo supiera, su padre comentó una noche en medio de las brumas de la borrachera al regresar a casa tras pasarse un agotador día «buscando trabajo»:
—Válgame Dios, esta niña se está volviendo cada día más fea.
Los huesos en los niños se desplazan y engañan durante toda la infancia. Solo en la preadolescencia los rasgos faciales se asientan y encuentran su lugar definitivo. Desde la edad de seis años, la cara de Rachel había sido una indefinida imagen..., como las de todos los niños que jugaban en los parques. Pero, a los once años, empezó a entrar en la fase preparatoria y su rostro pareció adquirir su configuración final.
La nariz era curiosamente aguileña; en un niño hubiera resultado incluso favorecedora. Y hubiera conferido a un hombre un aire agresivamente apuesto. Por desgracia, en una mujer, y más todavía en una niña, resultaba burdamente fuera de lugar. Y Rachel lo sabía.
Se estudió durante varios meses, esperando y rezando para que solo fuera una fase y para que la naturaleza corrigiera su error. Pero cuanto más se miraba, tanto más se percataba de que así iban a ser las cosas a partir de entonces y, por consiguiente, tanto más empezó a evitar mirarse al espejo. Esa fue la razón de que, la vez que pasaron el invierno en Gallup, Nuevo México, y una amable vecina, compadeciéndose de la señora Dwyer y de aquella hija tan feúcha que esta tenía, se ofreció a hacerles a ambas una permanente Toni, Rachel protestara con tal fuerza que la señora se ofendió y, a partir de aquel momento, se negó a mantener más tratos con los Dwyer.
Pero la madre de Rachel lo comprendió y trató a su torpe manera de tranquilizar a la niña y ofrecerle el amor que tan desesperadamente necesitaba.
Pero lo malo era que la señora Dwyer se encontraba presa en una trampa de alcohol y malos tratos. Para complacer a aquel marido tan imposible de complacer, iba a las tabernas con él, compartía con él las botellas de vino barato que llevaba a casa y permitía que la avasallara. Los episodios de afecto de la señora Dwyer por su hija eran esporádicos, imprevisibles y, a menudo, fuera de lugar.
Pero existían unas personas que sabían expresar amor y sobre las cuales Rachel podía derramar sus innatas capacidades de cariño..., y aquellas personas vivían en los libros.
Rachel leía cualquier cosa que le cayera en las manos. A veces, eran revistas de cine antiguas, un Life o un Post desechados. Raras veces eran libros juveniles. Pero conocía las historias de Nancy Drew, cuyas detectivescas aventuras devoraba con pasión. La biblioteca local era su válvula de escape hacia el mundo de la fantasía, y casi en todas partes, por pequeño y miserable que fuera el lugar, había una biblioteca. Incluso en el aparcamiento de caravanas donde vivían cuando ella tenía diez años. Se encontraba a muchos kilómetros de cualquier ciudad como es debido y era simplemente un destartalado conjunto de gasolinera, tienda de artículos diversos y taberna. Pero en el despacho del aparcamiento había una estantería de libros. Cuando la gente se iba, dejaba sus viejos libros para que los que llegaran después pudieran cambiar sus libros viejos por otros más nuevos. Era un invento de la señora Simons, la anciana que regentaba el aparcamiento, y Rachel examinó rápidamente las existencias.
Sola e insegura, fea y hambrienta de cariño, Rachel colocaba su tímida mano en las manos extendidas de los autores sin rostro y huía a un emocionante mundo de mentirijillas. Compartía las aventuras de Frank Slaughter y Frank Yerby; recorría los antiguos caminos con Mika Waltari y Lew Wallace; experimentaba el embeleso y la inocencia del amor con Pearl Buck; exploraba las estrellas con Asimov y Heinlein. No había nada que Rachel no leyera; todos los libros le ofrecían válvulas de escape, recompensas, consuelos y alegrías. Todos creaban el mundo fantástico que la sustentaba y mantenía la pureza y la confianza de su corazón. Los héroes espaciales de Arthur Clarke eran buenos, audaces y valerosos; ellos, que no estaban hechos de carne y hueso, eran los únicos seres a los que Rachel podía amar.
Curiosamente, sin embargo, tras haber leído a la fuerza tantos libros para adultos, Rachel siguió conservando una extraña y sobrenatural ingenuidad. Era como si su mente, al entrar en contacto con algo que sonara demasiado a realidad o se acercara demasiado al mundo verdadero, lo tachara automáticamente, o eso por lo menos pensó ella años más tarde. Rachel tenía nueve años cuando leyó Siempre Amber, pero, si se lo hubieran preguntado después, no hubiera podido explicar la razón exacta de la caída de Amber. A Rachel le bastaba saber que Amber vivía en una época romántica, vestía anticuados atuendos y era cortejada por hombres deslumbrantes. Los restantes elementos (el embarazo fuera del matrimonio, la deshonra y el abandono) se le escapaban por entero.
Y ese fue el motivo, pensó ella más tarde, de que, a los catorce años, fuera todavía tan inocente y vulnerable y no estuviera preparada para lo que la vida le iba a deparar.
Estaba lloviendo. Uno de aquellos repentinos aguaceros del desierto que desaparecen con la misma rapidez con que aparecen. En el interior de la caravana reinaba un alboroto tremendo.
Aquella no era la misma caravana que habían alquilado los Dwyer cuando Rachel tenía diez años. Habían vivido en otras cinco desde entonces. Pero solo en este sentido era distinta. Por lo demás, tenía exactamente el mismo aspecto que las otras: abarrotada de trastos, sucia, inclinada ligeramente hacia un lado y conservando todavía los olores y decepciones de sus provisionales ocupantes anteriores.
Su papá se había pasado fuera todo el día, bebiendo por ahí. Rachel rezaba para que el aguacero le impidiera regresar a casa a lo largo de toda la noche. A la trémula luz de una bombilla, estaba profundamente enfrascada en la lectura de Crónicas marcianas. Se había enamorado perdidamente del capitán Wilder y se imaginaba atravesando el cielo y llegando a un antiguo canal de Marte. Su madre se había ido al motel de más abajo de la carretera donde, en el despacho del encargado, un nuevo televisor Philco acercaba el «Teatro Estelar Texaco» a los dispersos ciudadanos del desierto del Suroeste.
Al cabo de tres horas de forzar la vista, Rachel se vio obligada a interrumpir la lectura. Tenía calambres y le dolía el estómago.
—Las mujeres tienen que pasar por eso, cariño —le había explicado su madre el año anterior con la máxima delicadeza posible cuando Rachel tuvo su primera menstruación.
Como no había estudiado sexto y séptimo grado en la escuela, Rachel no había recibido la llamada educación higiénica femenina. La hemorragia la alarmó. La señora Dwyer encontró un día a su hija llorando y diciendo que se iba a morir. Entonces le llevó una caja de compresas, le enseñó a ponérselas e intentó explicarle torpemente lo que era aquello.
—Parece que el dolor es nuestro destino, cariño. Las mujeres se acostumbran al dolor. Lo tenemos que sufrir toda la vida. Y el de tener hijos es el peor de todos. Por eso yo nunca quise tener más después de nacer tú.
—¿Por qué? —preguntó inocentemente Rachel—. ¿Por qué tenemos que sufrir dolor?
—Pues, no lo sé. Es algo que dice la Biblia, si no recuerdo mal. Un castigo por lo que hizo Eva, supongo.
—¿Y qué hizo Eva?
—Pues, inducir a Adán a pecar, cariño. Él era puro y ella lo convirtió en impuro. Y las mujeres tenemos que pagarlo desde entonces.
La señora Dwyer intentó establecer después una relación entre la menstruación y el tener hijos, pero no supo explicarlo muy bien porque era más bien ignorante a propósito del cuerpo femenino y sus funciones. Y, de este modo, Rachel emergió de aquella conversación sin haber aprendido casi nada.
Aquella lluviosa noche, mientras dejaba el libro para ir a tomarse un par de aspirinas, esperó culpablemente que su madre tuviera que quedarse en el motel a causa de la lluvia. De esta manera, se podría pasar toda la noche leyendo y gastando la necesaria electricidad, cuyo coste a duras penas podían pagar.
Al entrar en la minúscula cocina se dio cuenta de que tenía hambre. Los armarios estaban más bien vacíos, como de costumbre. Pero quedaba un poco de carne picada en la nevera. Aunque la señora Dwyer fuera una sencilla y ajada mujer como muchas de las desesperadas viajeras que cruzaban el desierto del Suroeste, poseía una cualidad que la distinguía de las demás. Hacía unas hamburguesas fabulosas. La receta se la había dado una anciana en cuya casa había servido en su adolescencia.
—El secreto para que la comida sepa bien —le dijo la anciana— está en las especias.
La señora Dwyer había aprendido a conferir sabor a las hamburguesas gracias al estragón y el tomillo, el romero y una pizca de pimentón picante. A lo largo de los años había perfeccionado hasta tal punto su receta de las especias que ya no hubiera podido transmitírsela a los demás ni anotarla por escrito. Era algo que hacía con tanta naturalidad como respiraba. Dondequiera que vivieran los Dwyer, los vecinos siempre se extasiaban ante las hamburguesas de la señora Dwyer.
El arte se lo había transmitido a su hija. Y a Rachel se le empezó a hacer la boca agua de solo pensar en una jugosa hamburguesa aderezada con kétchup y un poquito de mostaza.
Mientras las hamburguesas se freían en la sartén, Rachel reanudó la lectura de la epopeya marciana bajo la escasa luz de la cocina, linos minutos después, mientras «la luna retenía y congelaba» al capitán Wilder y a los miembros de su tripulación en una desierta ciudad marciana, Rachel oyó el rumor de un automóvil acercándose a la caravana.
Pensando que era su madre, se dijo: «Mamá tendrá frío y se habrá mojado. Herviré agua y nos tomaremos un té». Pero después, pensando que podía ser su padre, acompañado a casa por alguna de sus amistades del bar, Rachel se llenó de temor.
Su padre aborrecía los libros. Los odiaba y ella no sabía por qué.
—Es porque no ha tenido instrucción —le explicó su madre una noche en que su padre arrojó por la ventana un montón de libros de la biblioteca—. Nunca pasó del quinto grado. Y se siente avergonzado. Dice que por eso no puede conservar los empleos. Verte leer a ti de esta manera y con tanta soltura, bueno...
Rachel jamás había comprendido la animosidad de su padre hacia ella. Algunas veces levantaba los ojos de lo que estuviera haciendo (lavar los platos, remendar la ropa, preparar la cena) y lo sorprendía, estudiándola con una sombría y enigmática expresión. Solía sostener en la mano una lata de cerveza o, en los días en que acababa de recibir el cheque del gobierno, un vaso de whisky bourbon. Sus húmedos ojos la observaban y ella experimentaba un inexplicable estremecimiento por todo el cuerpo.
Era su padre y, sin embargo, le parecía un extraño. Llevaban catorce años viviendo juntos, pero ella no le conocía. Le preparaba la cena, le lavaba la ropa, le oía orinar en el lavabo, pero era tan inescrutable para ella como cualquier extraño de la carretera. Según las novelas, ella hubiera tenido que ser su «niñita» y, sin embargo, su padre no parecía fijarse en ella. Iba y venía, despertándose con un gruñido y una maldición y largándose cualquiera sabía adónde mientras su madre se pasaba el día mirando con inquietud el reloj y atisbando a través de las cortinas.
Hacía apenas dos años, cuando contaba doce, Rachel se dio cuenta de que su madre le tenía miedo. Aunque, en realidad, eso no hubiera tenido que ser una sorpresa. Lo que Rachel recordaba haber visto cuando era una chiquilla en pañales seguía ocurriendo con repugnante regularidad. El rumor de las pisadas de su padre sobre el barato pavimento, la puerta del dormitorio cerrándose de golpe y haciendo estremecer toda la caravana y después los inútiles gemidos de su madre ante las inevitables bofetadas y, al final, los sollozos. A la mañana siguiente, la señora Dwyer se levantaba con el rostro magullado, él salía dando un portazo y, a lo mejor, se pasaba tres o cuatro días sin aparecer por casa. Y Rachel lo observaba todo con los ojos muy abiertos y sufría en silencio tal como hacía su madre, sin pensar ni por un instante que la situación pudiera cambiar porque su madre tampoco parecía pensarlo. Si su madre no se rebelaba contra él, Rachel tampoco lo haría.
Curiosamente... él jamás había puesto la mano encima a su hija.
Ahora Rachel permaneció inmóvil junto al hornillo de la cocina, escuchando el rumor del automóvil sobre el trasfondo del aguacero. Se cerró una portezuela. Alguien gritó buenas noches. Las ruedas resbalaron sobre el barro y el motor rugió mientras el vehículo se alejaba. Pisadas sobre los peldaños de madera. Al final, el chirrido del tirador de la puerta.
Rachel se asustó de repente. ¿Sería acaso por la tormenta? ¿O tal vez porque tenía calambres y en aquel momento se sentía más hembra y, por consiguiente, más vulnerable? Se apoyó contra el pequeño mostrador de la cocina y clavó los ojos en la puerta mientras el corazón le latía furiosamente en el pecho.
Ya sabía que no era su madre, de regreso del motel.
La puerta se abrió de par en par y Rachel se quedó sin respiración. Dave Dwyer se tambaleó un instante en el umbral y después entró, cerrando la puerta a su espalda. No miró a Rachel y no pareció percatarse de su presencia. Chorreando agua como un perro peludo, se acercó a una alacena, sacó una botella y se retiró al desvencijado sofá.
Al verle apartar de un puntapié uno de sus libros, Rachel le dijo:
—¡No toques eso!
Pero inmediatamente se arrepintió.
Unos ojos inyectados en sangre se clavaron finalmente en ella.
—¿Qué es eso?
—Es... un libro de la biblioteca. Si lo devuelvo... estropeado, lo tendré que pagar.
—¡Pagar! Pero ¿qué sabes tú del dinero? —rugió Dave—. ¡Tú no eres más que un maldito parásito! Si no fuera por mí, te morirías de hambre. Ya eres mayorcita; ¿por qué no te buscas un trabajo?
Rachel se asustó y se quedó sin habla.
Su padre la miró, entornando los ojos como si la viera por primera vez.
—Por cierto, ¿cuántos años tienes?
—Tú tendrías que saberlo, papá.
—«Tú tendrías que saberlo, papá» —repitió él, imitando su voz—. ¿Cuántos años tienes? —tronó.
—Ca... catorce.
Su padre arqueó las cejas.
—Ah, ¿sí? —La miró de arriba abajo y Rachel fue dolorosamente consciente de sus calzones cortos, de sus piernas desnudas y de su blusa a lo Peter Pan, a la que le faltaba un botón—. ¿Tienes algún novio, Rachel?
¡Un novio! ¿Cómo iba a conocer a los chicos si se pasaba todo el día encerrada en la caravana? Además, los chicos con la cara llena de granos no podían compararse con los salteadores de caminos y los centuriones romanos.
Por alguna extraña razón, su silencio enfureció a su padre. O quizá fue su temor. De la misma manera que las manifestaciones de temor enfurecen a los perros.
Su padre se levantó y ella retrocedió.
—Curioso —rugió su padre—. Una niña que tiene miedo de su propio padre.
—Tú no me in... timidas.
—¡Intimidar! —dijo Dave, soltando una risotada—. ¡Mírala! ¡Siempre utilizando palabras rimbombantes! Te gustan las palabras rimbombantes, ¿verdad, niñita?
Rachel retrocedió un poco más, pero él se adelantó un paso.
—Cuidado que eres fea. ¡Mírate la cara!
—Por favor, papá, no...
—¡A mí no me llames papá! ¡No me entra en la cabeza que haya podido engendrar una cosa tan fea como tú!
Ahora Rachel lo tenía muy cerca, apestando a alcohol y sin apenas poder tenerse en pie.
—Pero qué bruja tan pamplinera eres. Exactamente igual que tu madre. ¡Es tan sufrida que me entran ganas de vomitar! ¿Y dónde está mi amante esposa esta noche? ¿Por qué no está aquí para servirme y atender todas mis necesidades? ¡Las mujeres me dais asco! —Su padre extendió el brazo, pero no consiguió agarrarla porque ella se echó hacia atrás. Sus dedos le rozaron el brazo. Se sostenía mejor de lo que ella pensaba. Al segundo intento, adivinó lo que ella iba a hacer y la asió dolorosamente por la muñeca—. ¿Por qué no utilizas más palabras rimbombantes? Me excita oírlas. Más que las palabrotas.
—¡Papá! —gritó Rachel, tratando de soltarse.
Él la asió por la otra muñeca y le hizo dar una vuelta.
La lluvia golpeaba el techo de hojalata de la caravana. Sonaba como el fuego de una ametralladora, o como mil granizadas. Estalló un trueno y la caravana se estremeció. También se estremeció cuando Dave Dwyer le hizo dar una vuelta a su hija y, sujetándole ambas muñecas a la espalda con una mano, tiró de sus calzones cortos con la otra.
—¡No, papá! —gritó Rachel, forcejeando con él.
Pero su padre la sujetaba con fuerza. Rachel sintió que la mano de su padre se introducía por debajo de los calzones y se los bajaba alrededor de los muslos.
—Recuerdas la primera vez que lo hice, ¿eh? —gritó Dave—. La noche en que me dijiste que no podíamos tener más hijos. Cuando me acusaste de haberme librado de la otra niña. ¡Maldita bruja, nos quedamos con la que no debíamos! Rachel es fea. ¡Nos libramos de la que no debíamos! Bueno, pues, si no quieres más hijos, ya me encargaré yo de eso. Aquí tienes una nueva palabra que añadir a tu impresionante vocabulario. ¡Sodomía! ¿Te gusta?
Dolor.
Rachel lanzó un grito.
La puerta se abrió de par en par y la lluvia penetró en la caravana. Un trueno retumbó justo en el mismo instante en que un segundo sonido llenó la noche..., una especie de sordo sonido de algo que se rajara, como cuando un melón cae al suelo. Después, su padre le soltó las muñecas, se apartó de ella y Rachel notó que le desaparecía el dolor.
Instintivamente, Rachel cayó hacia delante y buscó a tientas sus calzones. Entre sollozos, se dirigió a trompicones hacia la pequeña puerta del dormitorio, ciegamente y sin pensar, consciente tan solo del dolor que él le había causado, un dolor mucho más fuerte que el de los calambres o el de tener niños e incluso que el de morir.
Se lo había hecho. Se lo había hecho.
Cuando unas manos volvieron a extenderse hacia ella, Rachel luchó como un gato enfurecido. Pero, al oír la voz de su madre, diciéndole: «¡No, cariño! ¡Soy yo!», se tranquilizó.
Hubo un momento de consoladora oscuridad. Cuando Rachel volvió a abrir los ojos, se encontró tendida en el sofá mientras su madre la lavaba delicadamente. En el suelo de la cocina, despatarrado y apoyado contra los armarios bajos, vio a su padre.
—¿Está muerto? —preguntó Rachel.
—No, cariño. No está muerto. Le he dado con la sartén, pero aún está vivo.
Rachel rompió a llorar muy quedo, ocultando el rostro entre sus brazos.
—¿Por qué lo ha hecho, mamá? ¿Por qué me ha hecho eso?
La señora Dwyer no pudo hablar al principio. Recogió la toalla y la palangana de agua y dijo:
—Te curarás. Dentro de unos días ya no sentirás ninguna molestia.
Rachel miró a su madre con el rostro surcado de lágrimas.
—¡Tú dejas que te lo haga! ¡Constantemente!
—No tengo más remedio, cariño. Tengo que dejarle.
—¿Y tú te has curado?
La señora Dwyer se acercó al fregadero de la cocina y se volvió a mirar a su hija. La soñadora niña de catorce años había adquirido de pronto la mirada de una persona adulta.
—Tú no lo entiendes, cariño. Hay ciertas cosas entre marido y mujer que...
—Si fuera mi marido, le mataría —dijo Rachel entre sollozos.
—No digas eso, cariño. Tú no sabes lo que son estas cosas.
Rachel intentó incorporarse, pero le resultó doloroso.
—¿Por qué te quedas con él? Es un monstruo.
—No, no lo es. A su manera, me quiere. Es que sufre por dentro. Ocurrieron ciertas cosas en el pasado, antes de que tú nacieras...
—Ha dicho que se libró de la otra niña. ¿Qué ha querido decir con eso?
La señora Dwyer palideció.
—Dios mío —musitó—. ¿Él te ha dicho eso?
—Mamá, tengo derecho a saberlo.
La señora Dwyer miró a su hija por un instante mientras fuera amainaba la lluvia y el temporal se alejaba. Llegó a una decisión personal y se sentó en el sofá al lado de Rachel.
—Cariño —dijo en un susurro, tomando las manos de su hija entre las suyas—. Cuando fui al hospital para tenerte, estábamos sin un céntimo. Después, vino una depresión y tu papá, bueno, tienes que comprender que era un hombre bueno... al principio. Nacieron unas gemelas y no teníamos dinero para pagar la factura del hospital. Entonces, un día vino un hombre al hospital. Dijo que era abogado y que conocía a un matrimonio excelente que deseaba adoptar a una niña. Nos pagarían mil dólares, dijo.
Rachel miró fijamente a su madre.
La señora Dwyer contempló con inquietud a su marido tendido inconsciente en el suelo de la cocina, y añadió en voz baja:
—Yo estaba en contra. Pero tu papá me convenció, diciendo que necesitábamos el dinero y que la niña iría a una buena casa. Si rechazábamos la propuesta del abogado, dijo, nos quedaríamos sin el dinero y con las dos niñas, ¿y qué clase de hogar podríamos ofrecerles? Insistió hasta que, al final, me di por vencida. He rezado a Dios cada día desde entonces, confiando en que la decisión fuera acertada. Quiero pensar, Rachel, que tu hermana vive en una preciosa casa y asiste a fiestas...
—Tú... ¿tú vendiste a mi hermana?
—No digas eso, Rachel. Tú no puedes comprenderlo. Y, de todos modos... —la señora Dwyer volvió a mirar a su marido inconsciente— ahora tienes que irte de aquí. Ya no puedes quedarte aquí.
Rachel fue a protestar, pero comprendió que su madre tenía razón. Una vez superado el sobresalto inicial, Rachel se echó a llorar.
La señora Dwyer estrechó a su hija en un torpe abrazo.
—Mira, cariño. Tienes que ser fuerte y valiente. Tienes que irte de aquí. Esta noche. Lo más lejos que puedas. He conseguido ahorrar unos dólares sin que tu padre lo sepa. Lo suficiente para que te mantengas durante algún tiempo si no los malgastas. Vete a California. Vete a Bakersfield. Puedes alojarte en la Asociación Cristiana de Jóvenes. Es barato y allí te cuidarán. Pero no les digas que solo tienes catorce años porque entonces avisarían a la policía. Aquí tienes la dirección de una señora a quien conozco. Es propietaria de un salón de belleza. Le dirás que eres la hija de Naomi Burgess... —la señora Dwyer dobló una hoja de papel y la introdujo en el bolso de Rachel— y ella te dará trabajo. Te las arreglarás bien porque eres muy lista. Hay un autobús que llega a la ciudad a medianoche. Tienes que tomarlo.
—¡Pero tú te vienes conmigo!
—No, no puedo. Tengo que quedarme con él.
—¿Y soportar su brutalidad?
—Rachel, yo le quiero —dijo la señora Dwyer en voz baja.
—¿Cómo puedes quererle?
—Eres demasiado joven para comprenderlo ahora, cariño. Pero algún día, cuando seas mayor, te enamorarás de un hombre y entonces comprenderás lo que es eso.
Rachel permaneció sentada en silencio un buen rato, sintiendo dolor y humillación y contemplando al hombre que se los había causado.
—Tienes que irte —la apremió su madre—. Pronto volverá en sí.
Rachel la miró con la cara muy seria.
—¿Y qué va a hacer contigo, mamá?
—Por mí no te preocupes, yo lo puedo manejar.
Rachel reflexionó un instante y preguntó:
—¿Crees que mi hermana se debe de parecer a mí?
La señora Dwyer miró asombrada a su hija.
—Pues, no lo sé, cariño.
—Somos gemelas.
—Verás, es que hay dos clases de gemelos. Están los que se llaman gemelos fraternales y los idénticos. No sé por qué, en una de estas clases los gemelos no son necesariamente iguales. No sé a cuál de ellas pertenecíais vosotras.
—Espero que sea guapa —dijo Rachel suavemente—. Y no fea como yo. ¿Y sabes una cosa, mamá? Pienso buscarla.
—Oh... —La señora Dwyer se asustó de repente—. ¿Y por qué quieres hacer eso?
—Porque es mi hermana. Y porque, si sabe que la vendieron, a lo mejor se consolará al saber el motivo.
Contemplando el ansia de afecto y la soledad que reflejaban los ojos de su hija, la señora Dwyer se enterneció. Conocía la desesperada necesidad de Rachel de amar a alguien y de pertenecer a alguien. Era algo que ella misma había sentido a lo largo de todos los días de su vida.
—Tú naciste en Hollywood, California, Rachel. No lo sé, pero puede que ella aún viva allí. Te diré todo lo que sé sobre la adopción. Aunque no es mucho. Pero ahora tienes que irte de aquí.
Quince minutos más tarde, mientras su padre aún permanecía tendido en el suelo, Rachel se encaminó hacia la puerta con una vieja maleta en la mano. La maleta llevaba adherida una etiqueta de un hotel, pero se trataba del recuerdo de otra persona. Lo único que llevaba Rachel consigo era la fotografía de su madre con las dos gemelas, algunos recuerdos de su infancia y las Crónicas marcianas, un libro robado en una biblioteca.
Los ojos de ambas reflejaban dolor. Era como si Rachel y su madre se estuvieran mirando en el mismo espejo. La tormenta había cesado y la noche estaba serena. A sus catorce años, Rachel no tenía ni idea de adónde iba, pero, aun así, le dijo a su madre:
—Volveré, mamá. Encontraré a mi hermana y vendremos por ti. Abandonaremos a papá y las tres formaremos una familia. Yo cuidaré de ti, mamá. Ya nunca más tendrás que aguantar... —Rachel contempló el cuerpo inanimado del hombre que jamás había significado nada para ella—, nunca más tendrás que aguantar eso.
La señora Dwyer abrazó a su hija y la miró con los ojos llenos de lágrimas mientras se alejaba sola a través del barro hacia la distante carretera.