Prólogo

Poltergeist

La predisposición de un banco de inversión de Wall Street a pagarme cientos de miles de dólares por proporcionar asesoramiento de inversiones a personas adultas sigue siendo a día de hoy un misterio para mí. Yo tenía entonces veinticuatro años, y ninguna experiencia ni interés concreto en adivinar qué acciones y bonos subirían y cuáles bajarían. La función esencial de Wall Street era colocar capital: decidir quién debía obtenerlo y quién no. Puede creerme el lector si le digo que yo no tenía ni la menor idea. Nunca había hecho un curso de contabilidad, ni dirigido una empresa, y ni siquiera tenía ahorros propios que gestionar. Un buen día de 1985 había encontrado trabajo en Salomon Brothers, y un buen día de 1988 lo había dejado, más rico que antes; y aunque escribí un libro sobre la experiencia, aún hoy todo el asunto me parece completamente absurdo, lo cual es una de las razones de que me fuera tan fácil renunciar al dinero. Yo imaginaba que la situación era insostenible. Más pronto que tarde, alguien iba a identificarme, junto con otras muchas personas más o menos iguales que yo, como un fraude. Más pronto que tarde llegaría el día de rendir cuentas, cuando Wall Street despertara y cientos, si no miles, de jóvenes como yo, que no tenían derecho alguno a hacer enormes apuestas con el dinero de otras personas o de persuadir a otras personas de que hicieran tales apuestas, serían expulsados de las finanzas.

Cuando me senté a escribir el relato de aquella experiencia —El póquer del mentiroso, se tituló—, lo hice con el espíritu de un joven que creía que lo dejaba cuando todavía la cosa iba bien. Simplemente estaba garabateando un mensaje y metiéndolo en una botella para quienes se pasaran por aquí en un futuro muy lejano. Si no había alguien entendido en la materia que pusiera todo eso por escrito, pensaba, ningún ser humano del futuro creería que había ocurrido.

Hasta ese momento casi todo lo que se había escrito sobre Wall Street tenía que ver con el mercado de valores. Desde el principio, el mercado de valores había sido donde se asentaba la mayor parte de Wall Street. Pero mi libro trataba principalmente del mercado de bonos, porque ahora Wall Street estaba ganando mucho más dinero empaquetando, vendiendo y enredando con las crecientes deudas de Estados Unidos. También esto me parecía insostenible. Creía estar escribiendo un relato de época en torno a la década de 1980 en Estados Unidos, el momento en que una gran nación perdió su cordura financiera. Esperaba que los lectores del futuro se sintieran horrorizados al descubrir que en 1986 el presidente de Salomon Brothers, John Gutfreund, cobraba 3,1 millones de dólares mientras reventaba la empresa. Esperaba que se quedaran boquiabiertos ante la historia de Howie Rubin, el operador de bonos hipotecarios de Salomon, que había pasado a Merrill Lynch y perdido puntualmente 250 millones de dólares. Esperaba que se sintieran escandalizados al saber que hubo un tiempo en Wall Street en que los presidentes de empresa tenían solo una vaga idea acerca de los complicados riesgos que estaban corriendo sus operadores de bonos.

Y ha resultado bastante como me lo imaginé; pero lo que no imaginé nunca es que el futuro lector pudiera contemplar retrospectivamente cualquiera de estas cosas, o mi propia experiencia concreta, y decir: «¡Qué curioso!». ¡Más bien qué inocente! Ni por un momento sospeché que la década financiera de 1980 se prolongaría dos décadas más, ni que la diferencia cuantitativa entre Wall Street y la vida económica normal y corriente crecería hasta hacerse cualitativa; que un solo operador de bonos podría cobrar 47 millones de dólares al año y sentirse estafado; que el mercado de bonos hipotecarios inventado en el parqué de Salomon Brothers, que por entonces parecía tan buena idea, llevaría al mayor desastre económico financiero de la historia; que, justo veinte años después de que Howie Rubin se hiciera escandalosamente conocido por perder 250 millones de dólares, otro operador de bonos hipotecarios llamado Howie, este de Morgan Stanley, perdería 9.000 millones de dólares en una sola transacción hipotecaria y seguiría siendo un desconocido, sin que nadie más allá de un pequeño círculo dentro de Morgan Stanley se enterara nunca de lo que había hecho o por qué.

Cuando me senté a escribir mi primer libro no tenía una gran agenda, aparte de narrar lo que consideraba un relato sorprendente. Si el lector me hubiera invitado a un trago y luego me hubiese preguntado qué efecto creía que iba a tener el libro en el mundo, podría haber respondido algo así como: «Espero que los estudiantes universitarios que intentan decidir qué hacer con sus vidas puedan leerlo y llegar a la conclusión de que es una tontería hacerse falsas ilusiones, y abandonar sus pasiones, o hasta sus más ligeros intereses, para hacerse financieros». Esperaba que algún muchacho brillante de la Universidad del Estado de Ohio que en realidad quería ser oceanógrafo leyera mi libro, declinara la oferta de Goldman Sachs y se hiciera a la mar.

De algún modo, el mensaje pasó prácticamente desapercibido. Seis meses después de que se publicara El póquer del mentiroso yo me encontraba inundado de cartas de estudiantes de la Universidad del Estado de Ohio que querían saber si tenía algún otro secreto que compartir sobre Wall Street. Habían interpretado mi libro como un manual de instrucciones.

En las dos décadas posteriores a mi marcha estuve esperando el fin de Wall Street tal como yo lo conocía. Las vergonzosas primas; el interminable desfile de operadores canallas; el escándalo que hundió a Drexel Burnham; el escándalo que destruyó a John Gutfreund y terminó con Salomon Brothers; la crisis tras el colapso del fondo Long-Term Capital Management, de mi antiguo jefe John Meriwether; la burbuja de internet… Una y otra vez el sistema financiero se veía desacreditado de manera más o menos limitada. Pero los grandes bancos de Wall Street asentados en su centro simplemente seguían creciendo, así como las sumas de dinero que repartían a personas de veintiséis años por realizar tareas sin ninguna utilidad social evidente. La rebelión de la juventud estadounidense contra la cultura del dinero nunca se produjo. ¿Por qué molestarte en derribar el mundo de tus padres cuando puedes comprarlo y vender los pedazos?

En un momento dado dejé de esperar. Supuse que no había ningún escándalo ni contratiempo lo suficientemente grande como para hundir el sistema.

Entonces llegó Meredith Whitney con una noticia. Whitney era una oscura analista de empresas financieras de una oscura empresa financiera, Oppenheimer & Co., que el 31 de octubre de 2007 dejó de ser oscura. Ese día predijo que Citigroup había manejado tan mal sus negocios que tendría que reducir drásticamente sus dividendos, o iría a la quiebra. Nunca está del todo claro qué causa qué dentro del mercado de valores un día determinado, pero sí lo estuvo que el 31 de octubre Meredith Whitney provocó el colapso del mercado de valores financieros. Al final de la sesión bursátil, una mujer de la que prácticamente nadie había oído hablar nunca, y a la que bien se podría haber tildado de cero a la izquierda, se había cepillado el 8 por ciento de las acciones de Citigroup y 390.000 millones de dólares del valor de la Bolsa estadounidense. Cuatro días más tarde dimitía el presidente de Citigroup, Chuck Prince. Dos semanas después, Citigroup reducía drásticamente sus dividendos.

Desde aquel momento Meredith Whitney se convirtió en una especie de E. F. Hutton: cuando ella hablaba, la gente escuchaba. Su mensaje era claro: si usted quiere saber lo que valen realmente esas empresas de Wall Street, observe atentamente con frialdad esos activos malos que han adquirido con dinero prestado e imagine que los vendieran en una liquidación total. En su opinión, la gran cantidad de gente tan bien pagada que había dentro de ellas no valía nada. Durante todo 2008 replicó a las afirmaciones de los banqueros y agentes de Bolsa de que habían dejado atrás sus problemas con tal reducción o tal aumento de capital con su propia afirmación: «Se equivocan. Todavía no se han dado cuenta de lo mal que han gestionado sus negocios. Siguen sin reconocer los miles de millones de dólares en pérdidas por bonos hipotecarios basura.* El valor de sus títulos es tan ilusorio como el valor de su gente». Los rivales acusaron a Whitney de estar sobrevalorada; los blogueros la acusaron de tener suerte. Fuera lo que fuese, el caso es que básicamente tenía razón. Pero es verdad que en parte solo hacía conjeturas. No había forma alguna de que pudiera haber sabido qué iba a pasarles a aquellas empresas de Wall Street, o siquiera el alcance de sus pérdidas en el mercado de las hipotecas basura. Ni sus propios presidentes lo sabían. «O eso, o es que son todos unos mentirosos —decía Whitney—, pero supongo que es verdad que simplemente no lo saben.»

Ahora bien, obviamente, Meredith Whitney no hundió Wall Street. Solo había expresado de forma más clara y en voz más alta una opinión que resultó ser mucho más sediciosa para el orden social que, pongamos por caso, las numerosas campañas de diversos fiscales generales de Nueva York contra la corrupción en Wall Street. Si un simple escándalo pudiera destruir a los grandes bancos de inversión de Wall Street, estos habrían desaparecido hace mucho. Aquella mujer no decía que los banqueros de Wall Street fueran corruptos; decía que eran estúpidos. Al parecer, aquellas personas cuyo trabajo consistía en colocar capital ni siquiera sabían cómo gestionar el suyo.

Confieso que una parte de mí pensaba: «Si me hubiera quedado, esa es la clase de catástrofe que podría haber causado». Los personajes centrales del lío de Citigroup eran la misma gente con la que yo había trabajado en Salomon Brothers; algunos de ellos incluso habían estado en mi clase de formación en la empresa. En un momento dado no pude contenerme y llamé a Meredith Whitney. Eso era en marzo de 2008, justo antes de la quiebra de Bear Stearns, cuando el resultado todavía estaba pendiente de un hilo. Yo pensé: Si ella tiene razón, este realmente podría ser el momento en que se meta de nuevo al mundo financiero en la caja de la que se escapó a comienzos de la década de 1980. Yo tenía curiosidad por ver si lo que decía tenía sentido, pero también por saber de dónde había salido aquella joven que descalabraba el mercado de valores con cada declaración.

Había llegado a Wall Street en 1994, procedente del Departamento de Inglés de la Universidad Brown. «Llegué a Nueva York y ni siquiera sabía que existía la investigación», explica. Había encontrado un trabajo en Oppenheimer & Co., y luego había tenido una suerte increíble: la de ser formada por un hombre que la ayudó a consolidar no solo una carrera profesional, sino también una visión del mundo. Me dijo que su nombre era Steve Eisman. «Cuando hice el anuncio de Citi —añadió—, una de las mejores cosas que ocurrieron fue que Steve me llamó y me dijo lo orgulloso que estaba de mí.» Dado que no había oído hablar nunca de Steve Eisman, no pensé mucho en ello.

Pero luego leí la noticia de que un gestor de fondos de cobertura poco conocido de Nueva York llamado John Paulson había ganado unos 20.000 millones de dólares para sus inversores y casi 4.000 millones para sí mismo. Eso era más dinero del que nadie había ganado nunca con tal rapidez en Wall Street. Además, lo había ganado apostando contra los propios bonos hipotecarios basura que estaban hundiendo Citigroup y todos los demás grandes bancos de inversión de Wall Street. Los bancos de inversión de Wall Street son como los casinos de Las Vegas: ellos fijan las apuestas. El cliente que opta por los juegos de suma cero contra ellos puede ganar de vez en cuando, pero nunca sistemáticamente, y nunca de manera tan espectacular que lleve al casino a la bancarrota. Pero John Paulson había sido cliente de Wall Street. Ahí estaba la imagen especular de la misma incompetencia que había hecho destacar el nombre de Meredith Whitney. El casino había calculado muy mal las probabilidades de su propio juego, y al menos una persona se había dado cuenta de ello. Llamé de nuevo a Whitney para preguntarle, como les estaba preguntando a otros, si sabía algo que hubiera podido hacer prever el cataclismo de las hipotecas basura, arreglándoselas de antemano para ganar una fortuna con ello. ¿Quién más había advertido, antes de que el casino lo descubriera, que la rueda de la ruleta se había hecho predecible? ¿Quién más dentro de la caja negra de las finanzas modernas se había percatado de los defectos de su maquinaria?

Eso era a finales de 2008. Por entonces había una larga y creciente lista de expertos que afirmaban que ellos ya habían predicho la catástrofe, pero una lista mucho más corta de personas que realmente lo habían hecho. De estas, todavía menos tuvieron el valor de apostar por su creencia. No es fácil distanciarse del histerismo de las masas —creer que la mayor parte de lo que hay en las noticias financieras es erróneo, creer que los financieros más importantes o mienten o se engañan— sin estar loco. Whitney recitó de un tirón una lista con media docena de nombres, sobre todo inversores a los que ella había asesorado personalmente. Hacia la mitad estaba John Paulson. El primero era Steve Eisman.