PRIMERA PARTE

El sonido que te roba el corazón

El sonido Om solo se escucha cuando la mente está completamente en silencio,
cuando trasciendes el lenguaje,
cuando trasciendes el pensamiento, cuando solo hay silencio absoluto, cuando no hay ninguna alteración.

De repente, empiezas a oír una música.

No hay ningún instrumento que la toque.

Es como el latido mismo de la existencia.

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Estar vivo es estar iluminado

Hay un antiguo dicho, Hari Om Tat Sat: «El sonido divino – que es la verdad». Y cuando hablas puedo oír el sonido de la verdad resonando en mi interior; sin embargo, no estoy iluminado. ¿Cómo puedo reconocer algo que no conozco?

Hari Om Tat Sat: el sonido divino – que es la verdad... Este es uno de los mahavakyas, uno los grandes dichos grabados en los corazones de los místicos desde la eternidad. No es una cuestión teórica o filosófica, es una cuestión existencial. Las personas que se han inmerso en su interior siempre han oído un extraño sonido, y solo se puede decir que es el sonido de la existencia misma. Es difícil sintetizar este sonido en palabras. Por eso, desde hace muchos siglos, tantos como podamos retroceder en el tiempo, el sonido Om ha sido representado por un símbolo y no por una palabra alfabética.

Este símbolo está por encima de cualquier alfabeto. No pertenece a ningún idioma. Por eso puede ser utilizado por los tibetanos y las personas que escriben en sánscrito. Puede ser utilizado por Mahavira, que usaba un idioma llamado prácrito; lo utilizaba Buda, que hablaba un idioma llamado pali. En todo el mundo no hay ningún otro símbolo, que sin pertenecer a ningún idioma, simbolice una determinada experiencia que puede suceder a cualquier persona.

¿Por qué no lo han reducido a una forma lingüística? Por el siguiente motivo: el sonido Om solo se oye cuando tu mente está en silencio absoluto, cuando has trascendido el idioma, el pensamiento, y no se produce la menor alteración. De repente, oyes una música. No hay ningún instrumento tocándola. Parece simplemente el latido mismo de la existencia. Por eso no importa que seas budista, hinduista o jainista. No depende de tu filosofía o de tu religión, sino de la profundidad del alcance que tengas a tu propio centro interno. Ahí, de repente, te inunda.

No es exactamente Om, pero Om es la expresión que más se aproxima a ese sonido. Y este sonido ha recibido el nombre de «el sonido divino» porque no ha sido creado por el hombre. Está aquí y ahora eternamente. Quien desee entrar en la corriente de la existencia eterna, estará destinado a escucharlo. No dice nada, pero vibra en tu interior con una alegría, una celebración y una danza que jamás habrías soñado experimentar.

Hari es una de las palabras que se usan para referirse a Dios. No quiero mencionar a Dios; quiero evitarlo del todo porque Dios siempre comporta muchos tipos de mentiras. Nadie ha experimentado a Dios. No hay ninguna evidencia, ninguna prueba, ningún argumento que lo sustente. Es una hipótesis absolutamente inútil, y no solo es inútil, sino enormemente perjudicial, porque en el nombre de Dios se ha derramado mucha sangre. Es hora de olvidar esta palabra y empezar a usar una nueva.

La palabra hari contiene otro significado mucho más hermoso que la palabra «Dios». En sánscrito hari significa ladrón. Y el sonido Om, cuando te familiarizas con él, demuestra claramente que es el rey de los ladrones porque te roba para siempre tu corazón. Entonces te conviertes en parte de la existencia y dejas de ser un individuo separado. Tú ya no existes, existe la existencia.

Decididamente, esto solo puede hacerlo el rey de los ladrones: te roba por completo, te rapta sin dejar rastro. Quienes han usado las palabras Hari Om dirán que es el «sonido divino». Yo prefiero decir que es el sonido del rey de los ladrones que ha robado millones de corazones. Pero, digas lo que digas, hay algo indiscutible: Tat Sat. Tat significa eso, y sat significa verdad.

Este sonido Om es tu propia verdad, tu propio ser. Estamos compuestos de él. Toda la existencia vibra, y de las distintas vibraciones de este sonido surgen las diferentes cosas, pero solo cambian las vibraciones. Una vibración determinada crea un árbol, otra vibración crea un pájaro, otra vibración crea un hombre. Según los místicos, toda la existencia está compuesta de sonido. Evidentemente, este sonido es el más sagrado, el más divino, porque no hay nada que sea tan hermoso ni extático. Cuando lo has escuchado, aunque sea tan solo un atisbo en la lejanía..., no vuelves a ser la misma persona.

Lo que buscamos con las meditaciones no es otra cosa que este rey de los ladrones. Buscamos dentro de nuestro ser: qué clase de danza, qué clase de música se produce en el centro vital de tu existencia. Y, curiosamente, todos los que han profundizado en su interior han encontrado, sin excepciones, la misma respuesta: Hari Om Tat Sat.

Tú dices: «Cuando hablas, puedo oír que resuena el sonido de la verdad en mi interior; sin embargo, no estoy iluminado. ¿Cómo puedo reconocer algo que no conozco?».

Este pequeño fragmento de tu pregunta contiene muchas cuestiones.

Cuando me oyes hablar, estás oyendo la existencia misma, del mismo modo que oyes cómo sopla el viento entre los pinos, o el sonido del agua que corre. Yo no tengo nada que decirte, ¡por eso no he dejado de hablar desde hace muchos años! Si tuviera algo que decir, ya lo habría dicho. Pero, puesto que no tengo nada que decir, puedo seguir hablando eternamente.

Cuando oyes mi sonido y la verdad empieza a resonar en tu interior, se tiende un puente entre el maestro y el discípulo. Si lo que proviene de mí se ha originado en la existencia misma, y si estás enamorado, confías en mí y te sientes uno conmigo, esa verdad que me convierte en un vehículo empezará a resonar en ti. No es necesario que seas alguien especial, basta con que tengas un corazón amoroso, un corazón que confíe y abra las puertas para no impedir la entrada de la brisa, para que la fragancia que fluye pueda embargarte y rodearte y abrir tu corazón como una rosa que despliega sus pétalos. Pero tu problema es: «¿Cómo puede ser si no estoy iluminado?».

¿Quién te ha dicho eso?

Todos los días te digo que estás iluminado, pero eres tan testarudo que, a veces, yo mismo empiezo a pensar que es mejor unirme a ti y dejar de estar iluminado. ¿Para qué seguir manteniendo esta separación? O bien tú te iluminas, o yo dejo de estar iluminado. ¡Todo tiene un límite! No sé quién está extendiendo ese rumor de que no estás iluminado. ¿De dónde surge esa información?

Sé que llevan miles de años diciéndote que no estás iluminado. Quienes afirmaban tal cosa se creían el centro del universo, creían que ellos estaban iluminados y tú no; ellos lo habían logrado, pero tu viaje será muy largo, y posiblemente dure muchas vidas. Su propósito es crear una enorme distancia entre tú y ellos para sentirse así superiores a ti. Ellos son divinos, son la encarnación de Dios, están iluminados, son los mensajeros, son los mesías, pero tú... tú solo eres un pobre ignorante que va de vida en vida, siempre cargado con un fardo de ignorancia que aumenta con cada vida.

Estas personas han insultado a toda la humanidad. En lo que a mí respecta, no solo quiero decirte que estás iluminado, sino que todos los árboles lo están, todos los ríos, las montañas y las estrellas. Es la única posibilidad. Quiero que te quede absolutamente claro: estar vivo es estar iluminado. Dondequiera que haya vida, dondequiera que haya amor, podrás ver que subyace la iluminación. Es posible que no la percibas, pero mi propósito es ayudarte a reconocerla.

Todas las meditaciones son simplemente un intento para que sientas tu iluminación, puesto que ya está ahí; da igual que la sientas o no. Si la sientes empezarás a festejarlo, y tu vida se convertirá en una danza constante, llena de gloria y majestad, gracia y gratitud. Si no la reconoces, seguirás siendo infeliz y preguntando a todo tipo de idiotas y estafadores: «¿Cómo puedo iluminarme?».

Ha habido maestros como Bodhidharma. Si le preguntas cómo iluminarte, te dará una bofetada que hará que te despiertes inmediatamente, y digas: «Lo siento, me había quedado dormido. Estoy iluminado». En esa época no había ningún inconveniente en que el maestro abofeteara al discípulo; era una maravilla. Ahora la gente se ha olvidado por completo de esos bellos momentos, de esos fantásticos días y de esas maravillosas personas.

Se dice que cuando Chuang Tzu entró por primera vez en la choza de Lao Tzu, su futuro maestro, este le miró y le dijo: «Recuerda esto: no me preguntes nunca cómo iluminarte». El pobre hombre había ido allí precisamente por ese motivo. Lao Tzu se lo dejó muy claro: «Solo te acepto como discípulo con esta condición».

Hubo un momento de silencio. Chuang Tzu pensó: «Qué raro. He venido para iluminarme, y por eso quiero convertirme en su discípulo. Y este viejecito tan bello y encantador me está pidiendo algo absurdo: si quieres ser mi discípulo, prométeme que nunca me preguntarás cómo iluminarte».

Pero ya era demasiado tarde. Se había enamorado del anciano. Se postró a sus pies y le dijo: «Prometo que jamás te preguntaré cómo iluminarme, pero acéptame como discípulo».

Acto seguido recibió una enorme bofetada: «¡Idiota! ¿Para qué quieres convertirte en mi discípulo si no vas a iluminarte? Te hice prometérmelo porque he visto que eres muy inteligente y que podrías darte cuenta de lo que pretendía al hacerlo. Ya estás iluminado, no hay forma de iluminarse. No es necesario. De hecho, si quisieras des-iluminarte, sería imposible».

Entonces ¿por qué ha dejado de estar iluminada toda la humanidad? ¿Cómo lo han conseguido? Simplemente, olvidándose, implicándose demasiado en otras cosas. El mundo es muy amplio y la mente te va llevando a nuevos deseos, nuevos anhelos, nuevas metas, nuevas ambiciones. Poco a poco, cae un telón entre tu mente y tú, y la mente se olvida por completo de tu ser. Se olvida que también hay un mundo interior, y no solo la existencia exterior.

Lo exterior es muy limitado comparado con lo interior. Pero lo exterior, cuando te involucras en ello, es tan extenso que puedes empezar a deambular por el universo durante millones de vidas. Y quizá no te des cuenta de que estás perdiendo el tiempo y ha llegado la hora de mirar en tu interior.

Prométeme que no volverás a decir: «No estoy iluminado, ¿cómo puedo iluminarme?». Yo tengo mi particular forma de abofetear, y es mucho más sofisticada. No uso la mano porque soy muy vago, y sobre todo porque no quiero hacerme daño. Pero tengo mi propio método, y abofeteo a la gente... ¡Vosotros ya lo sabéis!

La última parte de la pregunta es: «¿Cómo puedo reconocer algo que no conozco?». Si puedes reconocerlo, eso es una garantía absoluta de que de forma inconsciente ya lo conoces. Puede que te hayas olvidado de que lo sabes. Todos los niños lo saben al nacer.

Yo he criticado muchas veces la historia de Gautama Buda, pero esta vez, para que haya un equilibrio, voy a valorarla. La historia cuenta que Gautama Buda nació cuando su madre estaba bajo un árbol saal, y que nació de pie. Y lo primero que hizo fue dar siete pasos al frente y declarar al universo: «Estoy iluminado». Si todos los recién nacidos pudiesen andar, darían siete pasos y declararían al mundo entero: «Soy el ser más iluminado que existe, soy único». Quizá esta historia solo sea una forma simbólica de reconocer la inocencia de cada niño como su iluminación, su experiencia suprema.

Pero se perderá en el mundo. Es posible que de vez en cuando alguien vuelva a su niñez. Yo quiero devolveros la inocencia infantil. Lo que no has hecho en tu primer nacimiento, puedes hacerlo en el segundo.

Cuando me vaya esta noche, quiero que todo el mundo dé siete pasos y declare al mundo entero: «¡Soy el ser más iluminado que existe!». Inténtalo y verás cómo te llenas de alegría. Y no volverás a caer en la vieja ignorancia buscando la forma de iluminarte. ¡Dalo por concluido esta noche!

Y también preguntas cómo puedes reconocerlo si no lo conoces. Es como ir a un restaurante y que te den un huevo podrido. Entonces dirás: «Este huevo está podrido». Y el encargado vendrá y te dirá: «¿Acaso eres una gallina? ¿Alguna vez has puesto un huevo? Si nunca has puesto un huevo, ¿con qué autoridad puedes afirmar que está podrido?».

No es necesario. Puedes conocer la esencia de las cosas aunque no seas consciente de ello; en realidad sí la conoces. Es la única manera. Cuando te enamoras, ¿cómo sabes que es amor? Indudablemente debe de haber un rinconcito en tu interior que ya sabe qué es el amor. ¿Cómo sabes que una rosa es bella cuando la ves? ¿Alguna vez has visto la belleza? ¿Sabes qué es la belleza? Sin embargo, definitivamente sabes que la rosa es bella. Lo que estoy diciendo es que tu ser debe de saber de alguna manera qué es la belleza, qué es la verdad, cuál es el sonido supremo de la existencia, y eso es lo que te permite reconocerlo.

Eres mucho más de lo que crees.

No eres lo que han hecho de ti todas las religiones: un pecador, un condenado esperando, en la sala de espera de la estación, el tren que te llevará al infierno. ¡Y la sala de espera en sí ya te da una idea clara de cómo es el infierno!

Todas las religiones usan la palabra «pecado» sin prestar ninguna atención al significado etimológico de este vocablo. El significado etimológico es olvidar. No tiene nada que ver con la moralidad ni con tus buenas o malas acciones; tiene que ver con olvidarte de quién eres. Y si te has olvidado, significa que puedes acordarte.

Gautama Buda decía constantemente a sus discípulos: «No es una cuestión de darse cuenta, es cuestión de recordar. Lo que has olvidado está dentro de ti». Basta con rebuscar dentro de todos los bolsillos..., incluso en esos bolsillos que te ocultas a ti mismo.

Ya os he contado la historia del mulá Nasrudín... Estaba viajando en un tren, llegó el revisor y el mulá empezó a buscar su billete por todas partes. Abrió todas las maletas y todas las bolsas, y armó tanto barullo que casi la mitad de los pasajeros tuvieron que levantarse para dejarle sitio y poder así colocar todas las cosas que estaba sacando para encontrar su billete.

Cansado, el revisor le dijo: «Déjelo, me conformaré con que responda a esta pregunta. Ha estado buscándolo por todas partes, incluso en sitios donde no puede estar un billete..., como dentro de sus zapatos. ¿Cómo puede perderse un billete dentro de un zapato? En cambio, no ha mirado en el bolsillo derecho de su abrigo».

El mulá dijo: «Ni lo mencione. No voy a mirar en ese bolsillo. Es la única esperanza que me queda: que el billete esté ahí. Soy capaz de buscarlo por todo el mundo pero no voy a mirar en el bolsillo derecho del abrigo».

Todos los compañeros de compartimiento dijeron: «¡Qué raro! Este señor cree que tal vez... Si crees que el billete puede estar ahí, ¡entonces es el primer sitio donde tendrías que buscarlo!». Pero hay razonamientos y cálculos de muchos tipos. Nasrudín tiene el suyo particular, y piensa: «Es mi única esperanza, y no voy a destruirla. Antes buscaré en cualquier otro sitio. Ese bolsillo es mi último recurso».

Finalmente, cansado de la búsqueda, el revisor le dice: «Quédese tranquilo y recoja todas sus cosas, porque está molestando al resto de los pasajeros, y yo no le pediré que mire en su bolsillo derecho».

El mulá dijo: «De acuerdo. No hagan ninguna insinuación sobre mi bolsillo derecho porque no tengo intención de mirar ahí».

La mayoría de nosotros buscamos las cosas donde sabemos que no están. La gente busca a Dios en las iglesias, en los templos, en las imágenes de piedra, pero a nadie se le ocurre pensar: «¿Acaso voy a encontrar a Dios ahí?». Las imágenes han sido fabricadas por el hombre, las iglesias han sido construidas por el hombre. Y nadie mira dentro de sí, que es el único lugar que no ha sido fabricado por el hombre y también el único donde puede estar el billete. Solo es cuestión de recordar.

Pero lo recuerdes o no, por tu naturaleza, formas parte de la totalidad. La experiencia «yo formo parte de la totalidad» es la iluminación. Cuando te das cuenta, te pones a bailar; cuando no, sigues llorando sin motivo alguno. Estas cosas tan sencillas se han complicado innecesariamente con el propósito de engañarte, de aprovecharse de ti.

La religión se ha convertido en el mejor negocio del mundo..., mejor en dos sentidos. Atesora más dinero que ningún otro negocio vendiéndote cosas invisibles. ¡Evidentemente, vender cosas invisibles es un gran negocio! Compras algo invisible y lo guardas cuidadosamente en tu cartera con miedo a perderlo, ya que sería muy difícil volver a encontrarlo. Cierras tu cartera y no vuelves a abrirla, porque ¿quién sabe?, puede que esa cosa invisible tenga alas y salga volando.

Las personas más inteligentes del mundo también compran a Dios —que es absolutamente invisible—, compran billetes al cielo, depositan dinero en las cuentas del paraíso. Y ellos mismos comprueban con sus propios ojos que todo lo que donan va a parar a los bolsillos de los sacerdotes. Pero quizá piensen que en esos bolsillos haya un camino invisible por el que el dinero que han donado al Papa llegue a su destino. El Papa tiene un banco en el Vaticano, y puede que sea una sucursal del banco original; si haces un depósito en la sucursal, llegará al banco central, no hay qué preocuparse.

Y los Papas se gastan tu dinero viajando de un lado a otro sin necesidad. El Papa estuvo en la India, y lo primero que hace siempre, vaya donde vaya, es besar el suelo. ¡Podía haberlo hecho en el Vaticano! La tierra es igual en todas partes, para eso no hace falta viajar, pero obviamente tiene otro sabor... Cuando aterrizó en el aeropuerto de Nueva Delhi, yo estaba en Nepal y dije a mis seguidores: «Ha saboreado por primera vez el hinduismo». Porque no puedes probar la tierra de la India sin degustar el estiércol de vaca; es la esencia misma del hinduismo.

Se gasta en vano el dinero que tú has donado creyendo que había un depósito en el paraíso. Solo en un viaje a Australia se gastó seis millones de dólares, el doble del importe de la visita de la reina Isabel de Inglaterra. Y en cada viaje que realiza por el mundo gasta seis u ocho millones de dólares. Y se trata de tu dinero.

En una ocasión preguntaron a George Bernard Shaw: «¿Usted cree que una persona puede vivir felizmente con las manos en los bolsillos sin hacer nada?».

George Bernard respondió: «Sí; es posible. Solo hay que recordar una cosa: no deben ser tus bolsillos. Hay que meter las manos en los bolsillos de otra persona».

Esa ha sido la estrategia todas de las religiones. Y te están dando algo que incluso un idiota sabe que es mentira...

Ha estado aquí de visita el cónsul italiano en Calcuta. Antes de venir para que le abofeteara, había estado con Satya Sai Baba. El cónsul se considera un buscador de la verdad. ¿Y qué ocurrió en el centro de Satya Sai Baba? En la entrada te facilitan un formulario para rellenarlo con tu nombre, nacionalidad, empleo, y la pregunta más importante que quieres formularle. Luego le hicieron pasar. Había muchas otras personas sentadas esperando a Satya Sai Baba, pero al cónsul le dieron un lugar especial. Satya Sai Baba entró señalándole directamente y dijo: «Usted vive en Calcuta. Es usted italiano. Trabaja en el consulado». ¡Qué milagro! Se trataba de la misma información que él había dado... Pero el cónsul se quedó muy impresionado: «Su pregunta es esta. Esto es lo que usted quiere saber, esta es su cuestión. Es usted un gran buscador de la verdad».

Naturalmente, ahora se propone escribir un libro. Tengo curiosidad por ver ese libro. Aquí también recibió un tratamiento especial, pero ni siquiera creo que tenga el valor de mencionarlo. Tenía una cita para ir a cenar con una de nuestras sannyasins, Azima, y estaba tan asustado que ni siquiera acudió. Nunca llegó al hotel donde Azima le estaba esperando para cenar, por miedo a que le hiciera la pregunta: «¿Qué piensa usted de Osho?».

Y no es que no vaya a pensar en mí. ¡Pensará en mí todos los días! Por no querer verme aquí, me verá en sus sueños. Así son vuestros diplomáticos, vuestros políticos, vuestros sacerdotes.

Si la religiosidad implica algo, eso es intrepidez. Significa asumir riesgos, poner en juego todo lo que tienes, todo lo que te es familiar, a cambio de lo desconocido; dejar lo conocido y sustituirlo por lo desconocido. Dar ese paso te convierte en un ser religioso. No necesitas ninguna otra práctica.

2

Persiguiendo el horizonte de la esperanza

Cuando anoche dijiste que todo el mundo está iluminado, casi me da un ataque. Es como si me sintiera mucho más cómodo no estando iluminado y seguir con la búsqueda, que estando iluminado. No sé cuál es mi pregunta, ¡pero creo que necesito que me despiertes con una bofetada!

La pregunta que me haces probablemente refleja la pregunta de muchas personas. Es muy significativa en el sentido de que la iluminación es el punto final de todos tus deseos, anhelos y búsquedas. Lo único que habéis hecho desde hace siglos es desear, buscar, soñar, esperar, pero uno tiene miedo de llegar a un punto en el que de repente te das cuenta de que no hay ningún camino, ningún sitio adónde ir; te das cuenta de que has llegado.

Tú dices: «Cuando anoche dijiste que todo el mundo está iluminado, casi me da un ataque». Eso ha causado un efecto en un sentido u otro en muchas personas, ¡pero es indudable que ha causado un efecto! Y ha salido a la luz algo que debe estar en tu inconsciente. Si no llega a ser por ese ataque, seguramente no habría salido a la luz.

«Es como si me sintiera mucho más cómodo sin estar iluminado y seguir con la búsqueda, que estando iluminado», dices. Es enormemente significativo, y no solo en lo que te concierne a ti, sino en lo que concierne a la mente humana como tal. Se siente cómoda esperando, se siente cómoda siempre que haya un mañana. La meta puede estar muy lejos, pero siempre que haya una meta la mente se siente cómoda. No quiere llegar a un punto muerto, eso hace que se sienta muy incómoda porque estamos acostumbrados a soñar, a perseguir metas, aunque nunca lleguemos a alcanzarlas. La meta aparentemente está muy cerca, pero, hagas lo que hagas, la distancia entre tú y ella sigue siendo la misma. Es como el horizonte: tú te acercas a él, y él se aleja al mismo ritmo.

Así es como han educado nuestra mente, así somos; de modo que aunque seas un simple mendigo soñando con reinos, te sientes cómodo. Sucede en muchos aspectos. Nunca verás a pobres buscando el sentido de la vida, no verás a pobres preocupándose de si existe algo llamado iluminación o no. Solo cuando una civilización se enriquece, cuando la gente tiene estudios, cuando sus necesidades físicas están cubiertas, empiezan a plantearse metas lejanas. Entonces comienzan a buscar en otras muchas dimensiones. Buscan, pero en el fondo no quieren llegar al final.

Es un dilema extraño, pero si lo analizas detenidamente, comprenderás su funcionamiento. La mente solo puede vivir en movimiento; cuando no hay movimiento, el tiempo y la mente se detienen, y solo tú existes.

No es a ti a quien le ha dado un ataque, sino a tu mente, con la que te identificas totalmente. Hasta que no interpongas una distancia entre tu mente y tú —tú eres el testigo—, seguirás buscando. Dinero, poder, prestigio, Dios, el paraíso, la iluminación, todo es válido mientras siga manteniéndote en movimiento. Cualquier dirección es válida; el único peligro consiste en detenerse, porque en el momento en que te detienes, tu mente muere. En el momento en que te detienes, tu individualidad muere. En el momento en que te detienes, desapareces en la inmensidad de la existencia oceánica. De ahí el miedo.

Ya os he contado una maravillosa historia sobre Rabindranath Tagore. En uno de sus poemas tuvo la misma percepción que expones en tu pregunta.

En su poema dice: «He estado buscando a Dios durante muchísimas vidas. A veces le vi al lado de una estrella lejana, e inmediatamente sentí una enorme felicidad al saber que, aunque la estrella estuviese lejos, no era imposible de alcanzar. Empecé a dirigirme hacia ella, y cuando llegué, Dios ya estaba en otra parte. Pero podía verlo, estaba muy lejos pero me invitaba, me daba esperanzas. Y seguí vagando por el universo durante muchas, muchas vidas.

»Un día llegué a la casa de Dios. No podía creer que hubiera conseguido llegar. Estaba sobrecogido pero me acerqué a la puerta. Cuando estaba a punto de llamar, de repente la mano se me quedó helada. Surgió este pensamiento: “Espera un segundo y piénsalo bien”. En el exterior de la puerta dice: “Esta es la casa de Dios”. Si resulta que por casualidad realmente es la casa de Dios, estarás acabado. ¿Qué harás entonces?

»Desde hace millones de años solo te han enseñado a buscar. Eres un buscador muy disciplinado, pero ¿qué ocurre cuando encuentras? Eso es algo completamente nuevo, no estás familiarizado con ello. Y más aún si descubres lo supremo, el Dios absoluto, más allá del cual no hay nada más que buscar... ¿Qué harás entonces? ¿Qué serás? Y esto es para siempre, es un eterno punto final».

Se quitó los zapatos y los llevó en la mano. Tenía miedo de que Dios oyera un ruido al otro lado de la puerta y le abriera justo cuando estaba bajando la escalera... Y salió corriendo sin mirar atrás.

Es un maravilloso poema porque dice: «Ahora lo estoy buscando otra vez. Lo conozco, sé dónde vive; pero sigo evitándolo. Voy en cualquier dirección, pero me mantengo alejado de la casa en la que está, porque si lo encuentro sé que tendré que desaparecer».

La iluminación es simplemente tu desaparición. No es más que un silencio absoluto. Naturalmente, uno siente miedo y empieza a pensar: «Es mejor no iluminarse y seguir buscando». La historia que te he contado del poema de Rabindranath es tu propia historia. Es la historia de todo el mundo. Por eso digo que estáis iluminados pero no queréis daros cuenta. Queréis encontrar una manera que os permita empezar a buscar la iluminación de nuevo.

Esta búsqueda es la mente. Esta búsqueda es el ego. Esta búsqueda es el individuo, esta búsqueda son todos los santos, los sabios, los profetas, las encarnaciones de Dios. Cuando llegas, solo eres silencio absoluto, no eres nada; estás vivo, extraordinariamente vivo, rebosas vitalidad, estás lleno de fragancia, pero no hay ningún movimiento. Permanecerás en este silencio toda la eternidad.

Creo que cada uno de vosotros ha regresado de esa casa, conoce el camino, conoce la casa y sigue buscando, investigando y preguntando: «¿Dónde está la casa de Dios? ¿Dónde puedo encontrarlo?».

Cuando entiendes que el motivo de tu búsqueda no es que no estés iluminado, sino que la mente quiere seguir viva y solo puede hacerlo mientras no estés iluminado... tienes que elegir. Puedes elegir entre la mente y seguir buscando hasta la eternidad lo que tienes al alcance en este mismo momento, o puedes elegir el estado de no-mente, no-movimiento, y desaparecer en el cosmos, en la paz eterna, en el esplendor del universo. Pero todo depende de ti; eres libre.

La historia bíblica de la expulsión de Adán y Eva del paraíso por parte de Dios evidentemente no es correcta. Fueron Adán y Eva quienes huyeron, porque en el jardín del edén no era posible ser profeta, no era posible ser alguien especial, no podía haber ningún ego. En el jardín del edén los árboles, los animales y tú sois todos iguales. Mi interpretación es que Adán y Eva huyeron al darse cuenta de ello; no fueron expulsados. Se sublevaron contra un estado en el que tenían todo a su alcance, por lo que no podían descubrir nada nuevo. Al huir de ese reino, el hombre empezó a buscar.

Tengo motivos para creerlo... En la India, los veinticuatro tirthankaras de los jainistas fueron reyes que renunciaron a sus tronos. Gautama Buda, al ser hijo único, era el sucesor del rey.

Antes de ser coronado rey, huyó. Estaban haciendo los preparativos de las ceremonias porque el padre quería estar presente en la coronación de su hijo; deseaba verlo en el trono. Ante esta situación, Gautama Buda huyó. Ya lo había visto todo, tenía todo cuanto podía desearse en esa época. Habían traído a las mujeres más bellas del reino solo para deleitarle. Su padre había construido tres palacios en tres lugares distintos para cada estación.

En la India, durante mi infancia, había varias estaciones. Tras la Segunda Guerra Mundial se trastocaron, pero antes las estaciones duraban cuatro meses cada una. Estaban claramente definidas: el invierno empezaba exactamente en una fecha y acababa en otra.

El viejo rey construyó en su reino tres magníficos palacios; de modo que en verano Gautama Buda se mudaba a la residencia de la montaña; en invierno, cuando hacía demasiado frío, bajaba a la llanura, cerca de un maravilloso río; y cuando llegaban las lluvias... había encontrado para él un lugar muy agradable y nada incómodo.

Muy cerca de donde nació Gautama Buda hay un lugar..., es posible que sea el más lluvioso del mundo... caen 12.500 mm* de lluvia al año. En Puna solo caen 1.800 mm al año. Pero incluso en Khandala, que está en las proximidades, es muy difícil vivir porque se recogen 5.000 mm al año. Eso significa que llueve un día tras otro sin que puedas salir afuera ni ver el sol; tan solo hay lluvia y más lluvia. Intenta imaginártelo, ¡12.500 mm al año...! Pueden transcurrir cuatro meses seguidos sin que deje de llover, hay enormes inundaciones... Su padre había encontrado un lugar donde llovía entre 1.000 y 1.300 mm al año; un verdadero placer. Gautama Buda estaba aburrido porque tenía todo lo que deseaba; ni siquiera debía pedirlo.

Es curioso. Cuando eres pobre quieres ser rico, y cuando eres rico, de repente sientes que lo tienes todo pero que has per

* 1 mm de agua de lluvia equivale a 1 l de agua por m2. (Nota del Editor.)

dido la esperanza. Ya no tienes adónde ir; estás en el último peldaño de la escalera, y ahí sentado pareces un idiota.

Todo esto explica las diferencias que existen entre las religiones que nacieron en la India y aquellas que nacieron fuera de la India. Hay que enfocarlo desde un punto de vista psicológico... Jesús era un hombre pobre. Moisés tampoco fue rico... Pudo haberlo sido pero descubrió que era judío y que deseaba estar con los de su propia raza. Renunció a todo su poder y se rebeló contra los reyes egipcios. Mahoma también fue un hombre pobre. Estos tres hombres pobres crearon las tres religiones que hay fuera de la India. Las tres religiones que hay en la India fueron creadas por reyes. Rama y Krishna eran reyes; Mahavira y Adinatha eran reyes; Gautama Buda era rey. Y te darás cuenta de la diferencia que hay entre estas religiones por la situación personal de cada uno.

Gautama Buda no te promete un paraíso donde habrá a tu disposición atractivas mujeres, donde fluirán los ríos de vino... Es raro pero no inexplicable. Él estaba harto de las mujeres, del vino y de todo aquello que puede comprarse con dinero. Lo único que puede prometer a sus discípulos es el silencio absoluto.

En cambio, Mahoma no hizo eso; Jesús tampoco. En su paraíso, Jesús tenía que proveer todas esas magníficas cosas que los pobres echaban de menos en la tierra. Mahoma proporcionó ríos de vino y bellas mujeres. Y te quedarás escandalizado al saber que, dado que la homosexualidad es habitual en Arabia Saudí, su paraíso también proveía a los sabios de hermosos efebos.

Jesús te provee de todo lo que un pobre pueda soñar y desear. Mahavira solo te proporciona soledad absoluta. Para un hombre pobre esto no resulta muy atrayente. Él ya vive en soledad, y de repente llegas... y le dices que para alcanzar esa soledad tiene que llevar a cabo todos esos sacrificios. ¿Te has vuelto loco? Él quiere cosas..., quiere bellas mujeres, quiere hombres atractivos, quiere magníficas casas, y tú le dices: «Tienes que ayunar, tienes que practicar yoga, tienes que meditar. Para finalmente llegar a la nada absoluta».

Esto solo puede resultar atractivo a las personas muy ricas. Están cansadas de las cosas, solo desean silencio; están cansadas de la gente, solo quieren soledad absoluta. El hombre pobre no lo está..., ni siquiera ha tenido la oportunidad de hartarse del dinero. Espera tener dinero algún día y una bonita casa.

Un día, estaba parado en la carretera, camino de la universidad, cuando se me acercó una atractiva mujer y me entregó un panfleto. «¿Qué es esto?», le pregunté.

«Ahí te lo explica todo, y tienes un número de teléfono por si te interesa», me respondió.

Mientras iba conduciendo hacia la universidad, hojeé el panfleto: una casa maravillosa junto a un torrente de montaña, frondosos árboles, y una pregunta: «¿Te gustaría que esta casa fuese tuya?».

«En esta ciudad no hay ninguna casa como esta, o puede ser que yo no la conozca. Si está a la venta, vale la pena informarse», pensé.

Di la vuelta a la hoja y ahí encontré todos los pormenores: «Si te conviertes en discípulo de Jesucristo, en el reino de Dios tendrás casas aún mejores que la que has visto en la otra cara».

Cuando un hombre pobre inventa una religión, es inevitable que esté cargada de tus deseos, ambiciones y anhelos, y que prometa que todo se cumplirá. Una religión creada por un hombre rico será una religión de pureza, silencio, un espacio maravilloso. Pero formarás una unidad con ese maravilloso espacio; no estarás separado de él.

Si analizas las religiones y sus escrituras, podrás determinar si esas escrituras provienen de personas pobres o de personas que han vivido en la riqueza. Y debes tener en cuenta que el paraíso de un hombre pobre tan solo es una proyección. Por eso, todas las religiones que han nacido fuera de la India —casualmente— no tienen la cualidad, la superioridad, la grandeza de las religiones indias.

Pero en la India ya no hay riqueza. Esas religiones fueron creadas hace aproximadamente siete mil años, cinco mil años, veinticinco siglos. Hoy en día, incluso una gran parte de la población se ha convertido al cristianismo. Este es ahora la tercera religión de la India. Otros se han convertido al islamismo, que es ahora la segunda religión de la India. El hinduismo tiene cada vez menos adeptos, y mayor es el número de personas que se convierten al cristianismo o al islamismo, porque cada vez hay más pobres. Y el hinduismo no tiene nada que ofrecer a los pobres. No les interesa el nirvana, no les interesa la meditación, no les interesa su ser interior.

Esto puedes verlo aquí, en este lugar. Si llegara alguien de Marte y viera esta comuna, no podría concebir que existiera algo parecido en la India; porque ¿cuántos indios hay? La religión que yo os propongo es la más elevada. No es para una persona que esté buscando trabajo, no es para una persona que esté pasando hambre, ni para alguien que esté famélico. Para que me entendáis, hay que tener inteligencia. En cierto sentido, hay que estar desengañado con el mundo, tienes que haber experimentado de alguna manera que todo lo que te aporta el mundo no tiene ningún interés, no conduce a nada; es una absoluta pérdida de tiempo. Necesitas algo más, algo que el dinero no puede comprar, algo que la ciencia no puede darte, algo que no puedes encontrar en la calle, algo que tienes que buscar en tu interior.

¿Por qué las personas no están interesadas en sí mismas? Quizá en sus vidas pasadas llegaron a la casa de Dios en algún momento, y desde entonces han estado huyendo. Aunque pongan un bonito nombre a su huida —están buscando a Dios, están buscando la autorealización, están buscando la iluminación—, en realidad, están huyendo de todas estas cosas, están alejándose todo lo posible.

Pero no puedes salir corriendo porque, te guste o no, tu iluminación es tu propio ser. La existencia no te ha preguntado si quieres nacer o no, tampoco te ha preguntado si en tu fuero interno buscas la iluminación. La existencia no te trata como si estuvieses separado, por eso ni siquiera se plantea la cuestión de hacerte esta pregunta: formas parte inherente de este maravilloso universo. Y el universo va cambiando de formas, pero en el fondo sigue siendo el mismo: la misma luz, la misma alegría, la misma celebración.

Te da miedo porque entonces no habrá ningún movimiento. Pero yo llevo en este punto final desde hace treinta y cinco años, y no ha habido un solo momento en el que sintiera que no estaba en una situación correcta. La gente me dice: «Estás dos horas sin mover las piernas...». Yo también me hago la misma pregunta: «¿Por qué no muevo las piernas?». Finalmente he descubierto que no tengo ninguna necesidad de hacerlo. Si no estoy andando, ¿para qué quiero moverlas? Y no solo estoy sentado aquí, sino que me paso todo el día sentado en mi silla de esta manera. Y debéis de estar sorprendidos pensando qué estoy haciendo en mi habitación, simplemente sentado. ¡Y ni siquiera crece la hierba!

No pasa nada y soy completamente feliz, no tengo deseos en ningún momento, ni siquiera tengo el deseo de salir de mi habitación para ver las idioteces que ocurren por ahí. Precisamente, ayer por la noche cuando todos os iluminasteis, mi asistente me dijo: «Deberías haberlo visto».

Yo había oído el alboroto. Y le dije: «Con saber que mi gente se ha iluminado tengo suficiente; lo único que me preocupa es qué ocurrirá con su iluminación mañana por la mañana». Y me doy cuenta de que estabais gritando sin motivo alguno, porque ¡ni uno solo de vosotros se ha iluminado! Podéis volver a intentarlo hoy porque este es el sitio donde tenéis que iluminaros. Fijaos en Sardar Gurudayal Singh. Probablemente se iluminará antes que nadie. Es el que más grita, es el que más se ríe; ¿qué más puede hacerse?

El Papa polaco y una monja llegan a un pueblecito en medio del desierto del Sahara montados en un camello que parece muy lozano y vital. El Papa está completamente agotado y decide tomarse unos días de vacaciones. Se aloja durante una noche en un caravasar y a la mañana siguiente sale de su tienda en ropa interior y con una toalla al hombro.

«Disculpe —pregunta a uno de los beduinos—, ¿podría indicarme a qué distancia está el agua?»

«Ah —responde el árabe—, a unos cientos de kilómetros.» «Mierda —dice el Papa polaco—, supongo que hoy tendré que quedarme en la playa.»

... a cientos de kilómetros, mejor quedarse en la playa.

Un judío se murió de repente con una enorme erección. El empleado de la funeraria hace todo lo posible para que mengüe. Le echa agua helada, lo envuelve con hielo, pero no funciona. Finalmente decide que solo les queda una opción: practicar un agujero en la tapa del féretro y cubrirlo con una sábana.

De camino al cementerio, pasan con el féretro delante de dos viejecitas que están sentadas en un banco. «Ahí va el pobre Samuel —dice la abuelita judía—. Espero que su familia le haya dado el entierro que se merece.»

Justo en ese momento una ráfaga de viento se lleva la sábana.

«¡Qué tacaños! —dice—. Mira, ¡solo una mísera flor!»

Y por último, antes de que empieces a iluminarte otra vez...

Había un sacerdote que solía tener muchos problemas para acostarse con una mujer porque su pene era enorme. En el prostíbulo del pueblo siempre le contestaban lo mismo: «Lo siento, padre, me encantaría hacerlo, pero ese monstruo es demasiado grande para mí».

Desesperado, al cura se le ocurre un astuto plan. Decide ir al prostíbulo del otro extremo del pueblo donde no le conoce nadie, escoge a una chica y se la lleva al dormitorio.

Cuando están ahí, el cura dice a la chica que es muy tímido y le pregunta si le importa que apague la luz para desnudarse a oscuras.

La chica no tiene inconveniente. Entonces, cuando se echa encima de ella, la chica le dice: «Padre, me alegro mucho de que haya venido para esto, porque cuando le vi entrar por la puerta estaba convencida de que solo venía a hablarme de... ¡Santo Dios!»

3

La vida sigue siendo un misterio

Llevo dos semanas aquí y cada día que transcurre me siento más estúpido e inútil. Dices que solo pueden estar contigo las personas inteligentes que entienden. Oyéndote hablar, disfrutando de cada una de tus palabras, me pregunto: ¿Realmente he entendido algo o es que simplemente me siento feliz estando aquí contigo? La última vez que estuve aquí me ocurrió lo mismo. ¿Hay alguna forma de dejar de sentirse tonto?

El que está loco no se da cuenta de que está loco. Lo mismo le ocurre al que es tonto: un tonto nunca se da cuenta de que es tonto. Darte cuenta de que estás loco es el primer paso hacia la curación. Darte cuenta de que eres tonto es el primer paso hacia la inteligencia.

No hay nada malo en ser tonto. Pero lo que sí supone un problema es la obstinación e insistir en que tu estupidez es sabiduría. Me alegro de que no sea ese tu problema. Eres tranquilo, sensible; entiendes. Esta es una de las mayores comprensiones: sentir tu propia estupidez. No es necesario que te vayas de aquí.

Os he hablado de Sócrates. Ya anciano, solía decir que cuando era joven lo sabía todo. A medida que se fue haciendo mayor, empezó a darse cuenta de que no lo sabía todo; había muchas más cosas que desconocía. Unos años más tarde comprendió que ni siquiera sabía lo poco que sabía. Solo era información; no se trataba de una experiencia personal.

Finalmente, su última declaración se produjo en una circunstancia concreta. El oráculo de Delfos declaró a Sócrates el hombre más sabio de la tierra. Naturalmente, todos los que le querían se alegraron mucho. Fueron corriendo a comunicar la nueva a Sócrates: «El oráculo de Delfos te ha declarado el hombre más sabio».

Y Sócrates dijo: «Yo pensaba que el oráculo no se equivocaba nunca, pero esta vez se ha equivocado. Volved al oráculo y decidle que Sócrates lo niega. Yo no sé nada. ¿Cómo puedo ser el hombre más sabio?».

Se quedaron perplejos, pero, por curiosidad, fueron a ver cuál era la respuesta del oráculo. Y le dijeron: «Estamos muy disgustados porque hemos transmitido el gran mensaje del oráculo a Sócrates, y su respuesta ha sido muy extraña. Dice que él no sabe nada y que cómo puede ser él el hombre más sabio de la tierra.

El oráculo se rió y dijo: «Por eso. Porque ha llegado al extremo de darse cuenta de que no sabe nada, y eso le convierte en el hombre más sabio de la tierra».

¿Qué sabemos nosotros? La vida sigue siendo un misterio. No saber simplemente manifiesta el misterio de la vida. Nuestro conocimiento es superficial; no merece llamarse conocimiento. De modo que si cada día te sientes más estúpido, es una buena señal. Estás avanzando hacia el estado de Sócrates. Un día se producirá el milagro y serás capaz de decir que no sabes nada.

Intenta experimentar el sentimiento de frescor e inocencia que produce no saber nada. La mente se descarga. Te sientes ligero, tan ligero como si fueses a salir volando por el cielo. Y al mismo tiempo que experimentas este gran no saber, entras en el templo del misterioso universo.

Aquí no pretendemos adquirir más conocimientos. Intentamos que te vuelvas más inocente, que no sepas absolutamente nada. Cuando ese no saber te ocurre espontáneamente y te nace del corazón, empiezan a abrirse para ti todas las puertas de la existencia; no te vuelves más culto sino más misterioso.

Por eso digo que este camino es el camino del místico. El místico no es un hombre culto, sino un hombre inocente que puede bailar bajo la lluvia, amar un bello arco iris, estar en armonía con el universo, y cuya vida es una celebración permanente.

Y todo lo que te está ocurriendo es perfecto. Debes celebrar y estar agradecido a la existencia.

¿Puedes decirme algo acerca de la curiosidad? La experimento frecuentemente como algo que me hace sentir viva y estimulada, pero cuando intento meditar, se convierte en una molestia. Y ahora, sentada en presencia de ti, estando cada vez más en silencio, ya no quiero saber nada.

La curiosidad es pueril. Indudablemente, te mantiene inquieta, pero no ha logrado que alguien se vuelva sabio o esté más en contacto consigo mismo o con el universo. La curiosidad es como un picor de cabeza. Si te rascas, sientes alivio..., pero no te rasques demasiado, hazlo en distintas partes. Ese picor no hará que tu inteligencia sea más pura, más despejada, o tenga un mayor alcance. Por eso, durante la meditación se convierte en una molestia. Se trata de un viejo hábito que hace que sientas curiosidad por todo lo que hay.

Pero durante la meditación debes permanecer centrada en ti mismo: sin curiosidad, sin pensar, sin preguntar. Me alegro de que hayas dicho: «Ahora, sentada en presencia de ti, estando cada vez más en silencio, ya no quiero saber nada». No querer saber nada es alcanzar el estado del sabio. El sabio no sabe nada, se vuelve como un niño, inmensamente callado, no tiene pensamientos. Y el sabio disfruta por primera vez de la existencia porque ya no tiene la vieja inquietud de saber.

Había un hombre muy culto, Mahatma Bhagwandin. Lo conocí cuando yo era muy joven y él muy anciano. Solíamos pasear juntos por el bosque, y él sabía muchas cosas. Sabía los nombres de todos los árboles, los nombres en latín, los nombres de todas flores y sus propiedades, sus usos medicinales, todos los milagros que podía hacerse con las raíces de los árboles, sus flores y sus hojas.

El primer día le escuché hablar durante tres horas sin parar, mientras estábamos en el bosque. Y el segundo día le dije: «Usted sabe tantas cosas que no creo que pueda morir».

«¿Qué te hace pensar eso?», me respondió.
«No me cabe duda que su gran sabiduría le ayudará. Yo no sé nada, pero disfruto con los árboles. No sé cómo se llaman y tampoco creo que tenga que saberlo para disfrutar de ellos, ni creo que tenga que conocer las propiedades medicinales de las flores para disfrutarlas.»

Él era todo un intelectual, pero cuando le dije aquello se quedó callado unos minutos mientras seguíamos paseando. Entonces respondió: «Puede que tengas razón. De hecho, nunca he disfrutado con nada. Todo ha sido un problema: qué características tiene, qué propiedades medicinales tiene, qué aplicaciones, en qué proporción... Quizá tengas razón y eso me haya impedido disfrutar de la existencia. Quiero analizarlo todo, tengo curiosidad por adquirir más conocimientos».

El día en que murió yo también estaba en la ciudad. Pasaba por ahí y alguien me dijo que estaba en su lecho de muerte. Él tenía casi ochenta años. Fui corriendo..., era casi un esqueleto; hacía cinco años que no le había visto. Las últimas palabras que me dijo fueron: «Tenías razón. He perdido el tiempo inútilmente con la curiosidad, me he consumido con los conocimientos. La inocencia es la manera de disfrutar».

Está muy bien que ya no te interese saber nada más. Debes estar alerta porque la mente es muy astuta y entra por la puerta de atrás. Volverá a intentarlo varias veces, por eso debes estar alerta.

Los conocimientos no sirven para nada. La sabiduría florece cuando no hay conocimientos.

La meditación solo es una técnica para que te desprendas de todos tus conocimientos y puedas mirar con ojos inocentes. Entonces todo se vuelve felicidad —el canto de los pájaros, el inmenso silencio, el sol que pasa entre los bambús— y tienes ganas de ponerte a cantar, a tocar la guitarra, a bailar, o simplemente de sentarte en silencio y disfrutar del inmenso milagro de la existencia.

Vas en la dirección correcta. Sigue avanzando. No te olvides ni un solo instante de que la mente volverá a intentarlo... Llevas ejercitándola desde hace muchísimo tiempo, y tardará en comprender que ya no es bienvenida. Pero, hasta ese momento, tendrás que estar muy alerta.

Una nave vikinga llega hasta la orilla y sale de ella un vikingo peludo y ataviado con su ropa de batalla. Atraviesa la playa y varios montículos hasta llegar al pueblo más cercano. Al no ver a nadie, aporrea la puerta de una de las cabañas y le abre una jovencita.

El enorme vikingo la agarra por el brazo y le espeta: «¿Te han violado recientemente?».

«¡No!», grita la chica, aterrorizada.
«Muy bien —responde el vikingo—. ¿Han expoliado o quemado tu pueblo últimamente?»

La joven niega con la cabeza. El vikingo la suelta y corre a toda prisa de nuevo a la nave. La nave sigue navegando por la costa hasta otra cala desierta. Y vuelve a ocurrir lo mismo.

El vikingo entra en otra aldea y agarra a la primera jovencita que ve. «¿Te han violado últimamente? —le pregunta—. ¿Han expoliado o arrasado tu pueblo en las últimas tres semanas?»

La chica, aterrorizada, responde que no a las dos preguntas y sale corriendo.

El vikingo se quita el casco y se rasca la cabeza. «Vaya —refunfuña—, ¿me pregunto dónde estarán los chicos?»

No sé nada.
¿Puedes contarme un chiste?

Tu pregunta es muy bonita. Cuando te hallas en un estado de no saber... ¿qué queda? Solo reírse o estar sentado en silencio absoluto y escuchar los pájaros y sus sonidos... No saber es el estado definitivo.

Me has pedido un chiste...

El médico comunica a un hombre que se va a morir. Su mujer está sentada al lado de su lecho.

«Escúchame —le dice—. Pronto habré muerto y no quiero que estés sola. Quiero que vuelvas a casarte.»

«Cariño —solloza su mujer—, no me digas eso. Jamás encontraré a alguien como tú.»

Acariciándole la mano, el marido sigue diciendo: «Escucha, amor mío, dentro de unas semanas lo verás todo de otra forma. Te lo dejo todo: la casa, los coches, el dinero del banco. En tu próximo matrimonio no tendrás ninguna preocupación».

«No —responde ella—. No volveré a mirar a un hombre.» «¿Te acuerdas de aquellos trajes tan caros que me mandé hacer? —le pregunta—. Quiero que los use tu futuro marido.»

«¡Cómo! —exclama ella—. ¿Tus trajes? Pero si Benjamín te saca por lo menos cinco centímetros.»

Me has pedido un chiste, y sería muy tacaño por mi parte contarte solo uno. Te contaré dos más.

Una familia judía está haciendo turismo por la India y de repente el marido se da cuenta de que se ha olvidado el reloj en el hotel. En ese momento está haciendo unas fotos a un elefante con su adiestrador, de modo que le pregunta la hora. El hombre alarga la mano con mucho cuidado, le agarra los testículos al elefante, los mueve ligeramente y le dice: «La una menos cinco».

«¡Dios mío! —dice el hombre—. Es increíble. Espere, voy a buscar a mi mujer porque quiero que lo vea.» A los cinco minutos vuelve con su mujer y le pregunta la hora. El hombre alarga el brazo, sujeta los testículos del elefante como si los estuviese calibrando, los mueve hacia un lado y dice: «La una y tres minutos».

«¡Fabuloso!», dice la mujer mirando su reloj. El marido saca un billete de cien dólares del bolsillo y se lo ofrece al adiestrador para que le desvele el secreto. El hombre se encoge de hombros, dobla el billete, se lo guarda y le dice que se arrodille junto a él. Aguantan la respiración mientras el hombre vuelve a sujetar los testículos del elefante con las manos. Apartándolos a un lado dice: «¿Ve ese reloj que está ahí?».

Durante cinco años consecutivos un rabino es el ganador del concurso internacional anual de chistes que se celebra en Nueva York. Pero, sorprendentemente, al año siguiente su chiste solo queda en segundo lugar. Los organizadores se ven obligados a llamarle para darle la mala noticia.

«¡Dios mío! —responde el rabino—. Me niego a aceptar la decisión hasta que no oiga el chiste ganador.»

«Bueno —dice el hombre—, el premio se lo ha llevado este año un chiste de Osho, y me temo que quizá sea demasiado fuerte para usted. Pero vamos a hacer una cosa: voy a leerle el chiste y cuando llegue a la parte fuerte la cambiaré por “la-dida-di-da”.»

«De acuerdo —dijo el rabino—, adelante.»

El hombre se aclara la garganta y empieza a leer: «La-di-da. La-da-di-da. La-di-da. Joder».