Barcelona, 4 de enero de 1387
El mar estaba embravecido; el cielo, gris plomizo. En la playa, la gente de las atarazanas, los barqueros, los marineros y los bastaixos permanecían en tensión; muchos se frotaban las manos o daban palmadas para calentárselas mientras que otros trataban de protegerse del viento gélido. Casi todos estaban en silencio, mirándose entre ellos antes de hacerlo a las olas que rompían con fuerza. La imponente galera real de treinta bancos de remeros por banda se hallaba a merced del temporal. Durante los días anteriores los mestres d’aixa de las atarazanas, ayudados por aprendices y marineros, habían procedido a desmontar todos los aparejos y elementos accesorios del navío: timones, armamento, velas, mástiles, bancos, remos… Los barqueros habían llevado todo aquello que se podía separar del barco hasta la playa, donde fue recogido por los bastaixos, quienes lo transportaron a sus correspondientes almacenes. Se dejaron tres anclas que eran las que, aferradas al fondo, tironeaban ahora de la Santa Marta, un imponente armazón desvalido contra el que batía el oleaje.
Hugo, un muchacho de doce años con el cabello castaño, y las manos y el rostro tan sucios como la camisa que vestía hasta las rodillas, mantenía clavados sus ojos de mirada inteligente en la galera. Desde que trabajaba con el genovés en las atarazanas había ayudado a varar y a echar a la mar bastantes como aquella, pero esa era muy grande y el temporal hacía peligrar la operación. Algunos marineros deberían embarcar en la Santa Marta para desanclarla y luego los barqueros tendrían que remolcarla hasta la playa, donde un enjambre de personas la esperaba para arrastrarla hasta el interior de las atarazanas. Allí hibernaría. Se trataba de una labor ardua y, sobre todo, extremadamente dura, incluso haciendo uso de las poleas y los cabestrantes de que se servían para tirar de la nave una vez varada en la arena. Barcelona, pese a ser una de las potencias marítimas del Mediterráneo junto con Génova, Pisa y Venecia, no tenía puerto; no existían refugios ni diques que facilitasen las tareas. Barcelona era toda ella playa abierta.
—Anemmu, Hugo —ordenó el genovés al muchacho.
Hugo miró al mestre d’aixa.
—Pero… —intentó alegar.
—No discutas —le interrumpió el genovés—. El lugarteniente de las atarazanas —añadió señalando con el mentón hacia un grupo de hombres que se hallaba algo más allá— acaba de dar la mano al prohombre de la cofradía de los barqueros. Eso significa que han llegado a un acuerdo sobre el nuevo precio que el rey les pagará como consecuencia del peligro añadido por el temporal. ¡La sacaremos del agua! Anemmu —repitió.
Hugo se agachó y agarró la bola de hierro que permanecía unida mediante una cadena al tobillo derecho del genovés y, no sin esfuerzo, la alzó y se la pegó al vientre.
—¿Estás listo? —inquirió el genovés.
—Sí.
—El maestro mayor nos espera.
El muchacho cargó con la bola de hierro que impedía moverse al mestre d’aixa. Tras él anduvo por la playa y discurrió entre las gentes que, ya apercibidas del trato, charlaban, gritaban, señalaban y volvían a gritar, nerviosas, a la espera de las instrucciones del maestro mayor. Entre todos ellos se contaban más genoveses, también hechos prisioneros en el mar e inmovilizados con bolas de hierro, cada uno con otro chico a su lado que la sostenía en sus brazos mientras ellos trabajaban forzados en las atarazanas catalanas.
Domenico Blasio, que así se llamaba el genovés a quien acompañaba Hugo, era uno de los mejores mestres d’aixa de todo el Mediterráneo, quizá mejor incluso que el maestro mayor. El genovés había tomado a Hugo como aprendiz a ruego de micer Arnau Estanyol y de Juan el Navarro, el ayudante del lugarteniente, un hombre todo barriga y de cabeza calva y redonda. Al principio, el genovés lo había tratado de forma algo arisca, por más que en el momento de trabajar la madera parecía olvidarse de su condición de prisionero, tal era la pasión que sentía aquel hombre por la construcción de navíos; pero desde que el rey Pedro el Ceremonioso firmara una precaria paz con la señoría de Génova, todos aquellos prisioneros que trabajaban en las atarazanas se hallaban a la espera de que esta pusiera en libertad a los presos catalanes para hacer lo propio con los genoveses. Entonces, el maestro se volcó en Hugo y empezó a enseñarle los secretos de una de las profesiones mejor consideradas a lo largo y ancho del Mediterráneo: construir barcos.
Hugo descansó la bola sobre la arena, a espaldas del genovés, cuando este se reunió, junto a otros prohombres y mestres, en derredor del maestro mayor. Recorrió la playa con la mirada. La tensión iba en aumento: el ir y venir de la gente que preparaba los aperos, así como los gritos, los ánimos y las palmadas en la espalda que pugnaban por vencer al viento, al frío y a esa luz tenue y brumosa tan extraña en unas tierras perennemente premiadas con el brillo del sol. Pese a que su trabajo consistía en portar la bola de hierro del genovés, Hugo se sintió orgulloso por formar parte de aquel grupo. Se habían congregado numerosos espectadores en el linde de la playa, junto a la fachada del mar de las atarazanas, que aplaudían y gritaban. El muchacho miró a los marineros que llevaban palas para excavar la tierra por debajo de la galera; a los que preparaban los cabestrantes, las poleas y las maromas; a otros que trajinaban con los travesaños de madera sobre los que, previamente untados con grasa o cubiertos de hierba, debería desplazarse la nave; a los que portaban las pértigas; a los bastaixos preparándose para tirar…
Olvidó al genovés, abandonó la bola y corrió en dirección al numeroso grupo de bastaixos congregados en la playa. Fue bien recibido, entre cariñosos pescozones. «¿Dónde has dejado la bola?», le preguntó uno de ellos rompiendo la tensión y la seriedad de los reunidos. Lo conocían, o más bien sabían de él por el afecto que le profesaba micer Arnau Estanyol, el anciano que se encontraba en el centro de todos, empequeñecido a la vera de los fuertes prohombres de la cofradía de los bastaixos de Barcelona. Todos sabían quién era Arnau Estanyol; admiraban su historia, y todavía vivían algunos que relataban los muchos favores que había hecho a la cofradía y a sus cofrades. Hugo se plantó junto a micer Arnau, en silencio, como si fuera de su propiedad. El anciano se limitó a revolverle el cabello sin perder el hilo de la conversación. Trataban del peligro que correrían los barqueros al remolcar la galera, así como del propio cuando esta quedase varada lejos de la playa y hubiera que llegar hasta ella para amarrarla. Podría volcar. El oleaje era tremendo y la mayoría de los bastaixos no sabía nadar.
—¡Hugo! —se oyó gritar por encima de la algarabía.
—¿Ya has abandonado al maestro otra vez? —le preguntó Arnau.
—Todavía no tiene que trabajar —se excusó el muchacho.
—Ve con él.
—Pero…
—Ve.
Cargado con la bola, Hugo siguió al genovés por la playa mientras este daba órdenes a unos y otros. El maestro mayor lo respetaba y la gente también; nadie ponía en duda el arte de Domenico como mestre d’aixa. El frenesí se inició en el momento en el que los barqueros consiguieron llegar hasta la Santa Marta, agarrar sus cabos, desanclarla y empezar a remolcarla hacia la orilla. Cuatro barcas, dos por costado, tiraban de ella. Algunos observaban la escena con espanto; la angustia se reflejaba en su rostro y en sus manos crispadas. Otros, los más, preferían dejarse llevar y los gritos de ánimo competían en incontrolable algarabía.
—No te despistes, Hugo —lo llamó al orden el genovés ante su retraso, ya que la atención del muchacho estaba puesta donde la tenía el gentío: una barca a punto de zozobrar y un par de barqueros que caían por la borda. ¿Lograrían subir?
—Maestro… —rogó sin poder separar la vista de los barqueros que luchaban por rescatar a sus compañeros mientras la Santa Marta se escoraba debido a las maniobras de aquella cuarta barca.
Hugo temblaba. Veía en esa escena aquella otra que les habían contado los marineros que estaban con su padre cuando este murió, hacía un par de años, engullido por las olas en un viaje a Sicilia. El genovés lo entendió; conocía la historia, y también se vio atrapado por el drama que se vivía más allá de la orilla.
Uno de los barqueros logró izarse hasta la barca; el otro luchaba desesperado entre el oleaje. No lo iban a olvidar. La barca que tiraba del mismo costado de la galera que la primera soltó su maroma y se dirigió allí donde los brazos del barquero que pedía auxilio habían desaparecido bajo el agua. Poco después los brazos, moviéndose, volvieron a verse. Los presentes exhalaron casi a un tiempo el aire contenido en sus pulmones. Pero los brazos desaparecieron de nuevo. Las corrientes arrastraban al barquero mar adentro. La primera barca también soltó el cabo, y las dos del otro lado se sumaron al comprender qué pretendían. Las cuatro barcas bogaban ahora con brío en socorro de su compañero al compás de una fuerza que se les transmitía desde la playa: gritos, oraciones, silencios.
Hugo notó las manos del maestro genovés crispadas sobre sus hombros. No se quejó del dolor.
Las tareas de rescate coincidieron con el momento en el que la Santa Marta, a la deriva, encallaba en el pequeño espigón de Sant Damià. Algunos miraron, un solo instante, pero luego volvieron a prestar atención a las barcas. Pudo distinguirse una señal desde una de ellas, y aunque alguien la dio por buena y cayó de rodillas, a la mayoría no le pareció suficiente. ¿Y si era errónea? Más señales, desde todas las barcas ahora, algunos brazos en alto, el puño cerrado como si quisieran golpear al cielo. Ya no había duda: regresaban. Remaban hacia una playa donde risas, abrazos y lágrimas envolvían a la gente.
Hugo sintió el alivio del maestro, pero él continuaba temblando. Nadie pudo hacer nada por su padre, les habían asegurado. En ese momento lo imaginó con los brazos levantados pidiendo ayuda igual que acababa de hacer el barquero, inmerso entre las olas.
El genovés le palmeó cariñosamente el rostro desde detrás.
—La mar puede ser tan atractiva como cruel —le susurró—. Hoy quizá haya sido tu padre el que, desde ahí abajo, ha ayudado a ese hombre.
Mientras tanto, la Santa Marta era atacada una y otra vez por las olas, que la destrozaban contra las rocas del espigón.
—Ese es el resultado de permitir la navegación fuera de la época entre abril y octubre, como se hacía antes —explicaba Arnau a Hugo.
Los dos se dirigían al barrio de la Ribera al día siguiente del desastre de la Santa Marta. La gente de las atarazanas recogía las maderas de la galera que el mar llevaba hasta la playa y trataba de salvar lo posible desde el pequeño espigón de Sant Damià. Allí no podía trabajar el genovés, con su bola al pie, por lo que tanto él como Hugo disfrutaron de una jornada de fiesta que se alargaría con la siguiente: la Epifanía, que además coincidía con domingo.
—Ahora —continuó Arnau con sus explicaciones—, las galeras son mejores, con más bancos y más remos, de mejores maderas y hierros, y construidas por maestros con más conocimientos. La experiencia nos ha hecho progresar en la navegación y ya hay quien se atreve a retar al invierno. Olvidan que la mar no perdona al imprudente.
Volvían a Santa María de la Mar para guardar en la caja del Plato de los Pobres Vergonzantes, la institución benéfica de aquella iglesia, los dineros recaudados pidiendo limosna de casa en casa. El Plato gozaba de buenas rentas; poseía viñas, edificios, obradores, censos… Pero micer Arnau gustaba de buscar la caridad de las gentes como era obligado para los administradores del Plato, y desde que había acudido en ayuda de la familia de Hugo para paliar, en nombre de Santa María de la Mar, la miseria a la que les abocó la muerte del cabeza de familia, el muchacho le ayudaba en la colecta con la que después socorrería a aquellos que lo necesitaban. Hugo conocía a los que daban, nunca a los que recibían.
—¿Por qué…? —empezó a preguntar el chico. Arnau le instó a que continuara con un gesto cariñoso—. ¿Por qué un hombre como vos… se dedica a pedir limosna?
Arnau sonrió con paciencia antes de responder.
—Pedir limosna para los necesitados es un privilegio, una gracia de Dios, no conlleva escarnio alguno. Ninguna de las personas a las que visitamos daría una sola moneda si no es a hombres en los que puede confiar. Los administradores del Plato de Santa María de la Mar deben ser prohombres de Barcelona y, efectivamente, han de mendigar para los pobres. ¿Sabes una cosa? —No hizo falta que Hugo negara; micer Arnau continuó—: Los administradores no estamos obligados a dar cuenta de lo que hacemos con los dineros del Plato, no solo de los que recaudamos, sino de todos los demás. A nadie, ni siquiera al arcediano de Santa María… ¡Ni al propio obispo! Y esa confianza debe recaer en los prohombres de la ciudad. Nadie sabe a quién o a qué familia he ayudado con la caridad de los ciudadanos piadosos.
Hugo solía acompañar a micer Arnau en esas tareas hasta que este le consiguió trabajo en las atarazanas, con el genovés, para que aprendiera a construir barcos y algún día se convirtiera en mestre d’aixa. Cuando Hugo entró en las atarazanas hacía algún tiempo que Arnau había encontrado acomodo para su hermana pequeña, Arsenda, como sirvienta de una monja del convento de Jonqueres. La religiosa aceptó vestir, alimentar y educar a la niña, hacer de ella una mujer de valía y al cabo de diez años dotarla con la cantidad de veinte libras para contraer matrimonio; eso fue lo que constó en el contrato que se suscribió con la monja de Jonqueres.
La ilusión con la que Hugo entró en las atarazanas y se halló envuelto en la fascinante tarea de construir barcos, aunque su única función fuera la de transportar la bola del genovés, se vio sin embargo empañada por las consecuencias que ello conllevó para con Antonina, su madre.
—¿Vivir allí? ¿Dormir? —le preguntó asustado después de que ella le hablara de su nueva ocupación—. ¿Por qué no puedo trabajar y volver a dormir con vos, aquí, como siempre?
—Porque yo ya no viviré aquí —anunció Antonina con voz dulce, como si solo así pudiera convencerlo.
El chico negó con la cabeza.
—Es nuestra casa…
—No puedo pagarla, Hugo —se adelantó ella—. Las viudas pobres y con hijos somos como viejas inútiles: no tenemos posibilidad alguna en esta ciudad. Deberías saberlo.
—Pero micer Arnau…
Antonina volvió a interrumpirle:
—Micer Arnau me ha encontrado un trabajo en el que me darán vestido, cama, comida y quizá algo de dinero. Si tu hermana está en el convento y tú en las atarazanas, ¿qué hago yo aquí sola?
—¡No! —gritó Hugo aferrándose a ella.
Las atarazanas reales de Barcelona se ubicaban frente al mar. Consistían en una edificación de ocho naves, sostenidas por pilares y techadas con cubiertas a dos aguas, tras las que se abría un patio lo suficientemente amplio para permitir la construcción de galeras grandes. Tras este había otro edificio con ocho naves más, todas altas, todas diáfanas, todas aptas para construir, reparar o guardar los barcos catalanes. La magna obra ya iniciada en tiempos del rey Jaime, auspiciada después por Pedro III el Ceremonioso, culminaba con cuatro torres, una en cada esquina del complejo.
Junto a naves, torres y balsas con agua para humedecer la madera se abrían almacenes en los que depositar todos los materiales y los accesorios de las galeras: maderas y herramientas; remos; armas: ballestas, saetas, lanzas, guadañas, bastardas, destrales, jarras de cal viva para cegar al enemigo en el momento del abordaje y otras con jabón para hacer resbalar a los marineros, o con alquitrán para incendiar las embarcaciones contrarias; paveses, que eran los escudos alargados que se alzaban a lo largo de los costados de la galera para defender a los remeros una vez iniciado el combate; cueros con los que tapar los cascos para que el enemigo no lograse incendiarlos; velas; banderas y clavos, cadenas, anclas, mástiles, fanales, así como un sinfín de enseres y aparejos.
Las atarazanas se levantaban en un extremo de Barcelona, el opuesto a Santa María de la Mar, junto al convento de Framenors, pero si los monjes se hallaban protegidos por las antiguas murallas de la ciudad, las atarazanas estaban a la espera de que las que Pedro III había ordenado construir llegaran a envolverlas e incluirlas en su seno. Todavía faltaba, tanto como los dineros necesarios para continuar la obra que pretendía rodear el nuevo barrio del Raval.
Antonina no lo acompañó.
—Ya eres un hombre, hijo. Recuerda a tu padre.
Se despidió de él simulando entereza, erguida, manteniendo a su pesar un par de pasos de distancia y rogando al cielo que micer Arnau se llevara pronto a su niño para poder llorar su pena en secreto.
Arnau entendió y empujó suavemente a Hugo por la espalda.
—Seguirás viéndola —le comentó mientras el muchacho andaba con la cabeza vuelta hacia atrás.
Transcurrieron pocos días hasta que Hugo se acostumbró a su nuevo entorno y corrió a la ciudad para ver a su madre. Micer Arnau le explicó que trabajaba como criada en la casa de un guantero, en la calle Canals, junto al Rec Comtal, por detrás de Santa María.
—Pues si es tu hijo, ve con él —replicó con grosería la esposa del guantero a Antonina ante la tímida excusa con que esta se defendió cuando su señora los descubrió en la puerta, abrazados—. No sirves para nada; solo sabes de pescado y poco más. Nunca has trabajado en una casa rica. ¡Tú…! —gritó al mismo tiempo que señalaba a Hugo—. ¡Largo de aquí!
Luego esperó atenta. Hugo obedeció a la extraña mirada que le dirigió su madre y le dio la espalda acongojado ante la tristeza y la impotencia que destilaban unos ojos hasta hacía poco siempre alegres y esperanzados. Antonina vio que su hijo se alejaba unos pasos, no los suficientes, sin embargo, para que el muchacho no llorara al oír la reprimenda que resonó en el callejón aun con la puerta de la casa cerrada.
Hugo continuó acudiendo a la calle Canals con la esperanza de ver a su madre. La siguiente vez se quedó parado en las cercanías de la casa, sin tener donde esconderse entre los edificios arracimados en la callejuela. «¿Qué haces ahí, mocoso? —le chilló una mujer desde la ventana de un segundo piso—. ¿Pretendes robar algo? ¡Largo!» Al pensar que los gritos atraerían a la esposa del guantero y que su madre se llevaría otra regañina, Hugo aligeró el paso y abandonó el lugar.
Desde entonces se limitaba a circular por la calle Canals, como si fuera o volviera de otro sitio, demorándose cuanto podía frente a la fachada del guantero y tarareando la cancioncilla que siempre silbaba su padre. No consiguió verla en ninguna de esas ocasiones.
Y tras dejar la calle Canals y refugiarse en el consuelo que le proporcionaba saber que la vería el domingo, en misa, Hugo se dirigía al barrio de la Ribera y buscaba a micer Arnau, bien en Santa María, bien en su casa, encajonada entre otras ocupadas por gente de la mar, o quizá en el escritorio, al que cada vez acudía con menor frecuencia y cuya gestión depositaba en manos de sus oficiales. Si no lo hallaba allí, lo buscaba por las calles. Acostumbraba a encontrarlo. La gente de la Ribera conocía bien a Arnau Estanyol y la mayoría lo apreciaba. Hugo solo tenía que preguntar por él, en la panadería de la calle Ample o en la carnicería de la Mar, en cualquiera de las dos pescaderías o en el obrador de quesos.
Durante esa época supo de la esposa de micer Arnau, llamada Mar. «Hija de un bastaix», se enorgulleció el anciano. También supo de su hijo, Bernat, algo mayor que él.
—¿Doce tienes? —repitió Arnau luego de que Hugo le dijese una vez más su edad—. Pues Bernat ha cumplido los dieciséis. Ahora está en el consulado de Alejandría, aprendiendo del comercio y la navegación. No creo que tarde en regresar a casa. Yo ya no quiero tener que ocuparme de ningún negocio. ¡Estoy viejo!
—No digáis…
—No discutas —le interrumpió Arnau.
Hugo no lo hizo, y asintió mientras el anciano se apoyaba en él y continuaban camino. Le gustaba que micer Arnau se apoyase en él. Se sentía importante mientras unos y otros les mostraban sus respetos, y hasta se divertía devolviendo los saludos, a veces de manera tan exagerada que Hugo llegaba a perder pie con la reverencia.
—No hay que inclinarse tanto ante nadie —llegó a aconsejarle un día Arnau.
Hugo no contestó. Arnau esperó: sabía que replicaría; lo conocía.
—Vos podéis no inclinaros porque sois un ciudadano honrado —arguyó el chico—, pero yo…
—No te equivoques —le corrigió Arnau—. Si he conseguido ser un ciudadano honrado, quizá sea porque nunca me incliné ante nadie.
En esa ocasión Hugo no replicó, aunque Arnau ya no estaba pendiente de él: su mente vagaba al día en que había recorrido de rodillas el salón de los Puig hasta llegar a besar los pies de Margarida. Los Puig, familiares de los Estanyol, enriquecidos y ensoberbecidos, habían humillado a Arnau y a Bernat, su padre, quien terminó ahorcado como un vulgar delincuente en la plaza del Blat por su culpa. Margarida le odiaba como si en ello le fuera la vida. Pese al tiempo transcurrido, un escalofrío le recorrió la espalda al acordarse de ella. No había vuelto a saber de ellos.
Aquel día de enero de 1387, mientras se acercaban a la iglesia de Santa María de la Mar, Hugo recordó el consejo que Arnau le había dado a la vista del saludo exagerado que les efectuó un hombre humilde, quizá un marinero. Sonrió. «No debes inclinarte ante nadie.» ¡Muchas fueron las bofetadas y patadas que recibió por seguir aquel consejo! Pero tenía razón micer Arnau: después de cada pelea, los chicos de las atarazanas le tenían en mayor consideración, aunque saliera vapuleado, como acostumbraba a sucederle en sus enfrentamientos con los mayores.
Cruzaban el Pla d’en Llull, por detrás de la plaza del Born y de la iglesia de Santa María de la Mar cuando unas campanas lejanas empezaron a sonar. Arnau se detuvo, como muchos otros ciudadanos: no eran toques de llamada.
—Doblan —susurró el anciano con los ojos entrecerrados—. El rey Pedro ha muerto.
No había acabado de decirlo cuando las campanas de Santa María atronaron. Luego fueron las de Sant Just i Pastor y las de Santa Clara y las de Framenors… En unos instantes todas las campanas de Barcelona y sus alrededores tocaban a difuntos.
—¡El rey…! —se confirmó a gritos por las calles—. ¡El rey ha muerto!
Hugo percibió inquietud en el rostro de micer Arnau; su mirada cansada y acuosa parecía perderse en algún punto de la entrada de la plaza del Born. El muchacho malinterpretó aquella congoja.
—¿Apreciabais al rey Pedro?
Arnau torció los labios y negó con la cabeza a modo de contestación. «Me casó con una víbora, su ahijada, mala mujer donde las hubiera», podría haber respondido.
—¿Y a su hijo? —oyó que insistía el chico.
—¿Al príncipe Juan? —preguntó atendiendo a las palabras de Hugo.
«Él fue quien causó la muerte de una de las mejores personas de este mundo», le habría gustado contestar. El recuerdo de Hasdai ardiendo en la hoguera lo atormentó fugazmente: el hombre que le salvó la vida luego de que él hiciera lo mismo con sus hijos, el judío que lo acogió y le enriqueció. ¡Tantos años habían transcurrido…!
—Es una mala persona —contestó en cambio.
«Alguien que exigió tres culpables —añadió para sí—; tres hombres buenos que se inmolaron por sus seres queridos y los de su comunidad.»
Arnau suspiró y se apoyó con fuerza en Hugo.
—Volvamos a casa —le instó en la confusión de las campanas mientras la gente gritaba y corría de un lado a otro—. Me temo que durante los próximos días, quizá semanas, Barcelona vivirá tiempos difíciles.
—¿Por qué? —inquirió Hugo notando al anciano en su brazo como un peso muerto. Se irguió en espera de una respuesta que no llegó—. ¿Por qué decís que viviremos tiempos difíciles? —insistió unos pasos más allá.
—Hace días que la reina Sibila huyó de palacio con sus familiares y su corte —explicó Arnau—, tan pronto como tuvo la seguridad de que su esposo iba a morir…
—¿Ha abandonado al rey? —se extrañó Hugo.
—No me interrumpas —le recriminó Arnau—. Escapó porque tiene miedo de la venganza que tome en ella el príncipe… El nuevo rey Juan —se corrigió—. La reina nunca ha tenido el menor aprecio hacia su hijastro, y este la ha culpado siempre de todos sus males, del distanciamiento y hasta de la enemistad con su padre. El año pasado este le privó del título y de los honores de lugarteniente del reino, una humillación para el heredero. Habrá venganza, seguro, no faltarán las represalias —auguró Arnau.
Al día siguiente de la muerte de Pedro III, los feligreses estaban de luto, la iglesia estaba de luto; todo era aflicción. Hugo siguió la misa dominical junto a su madre en los únicos momentos de libertad que el guantero de la calle Canals permitía a Antonina. Vio a micer Arnau entre la multitud, de pie, encorvado pero de pie, como ellos, como los humildes. Miró hacia la Virgen. Micer Arnau decía que sonreía. Él no lo veía, pero el anciano insistía, y regresaban a la iglesia a horas diferentes para rezar y mirarla.
A Hugo la Virgen de la Mar no le sonreía nunca, pero no por ello dejaba de rezarle y solicitar, como hizo ese día, su intercesión: por su madre, para que dejara al guantero y fuera feliz y volviera a reír y a quererlo como antes; para que pudieran vivir juntos, con Arsenda también. Rezó por su padre, y rezó por la salud de micer Arnau y por la libertad del genovés. «La libertad… —dudó—. Si lo liberan se irá a Génova y no me enseñará a ser mestre d’aixa —se dijo sin poder evitar que le remordiera la conciencia—. Sí. Intercede por su libertad, Señora», terminó cediendo.
Cuando acabó la larga ceremonia Hugo y Antonina no dedicaron el poco rato de que ella disponía a charlar y quererse, como hacían cada domingo, sino que prestaron atención a los rumores. En la plaza de Santa María, allí donde se alzaba la maravillosa fachada de la iglesia con su homenaje en bronce a los bastaixos que ayudaron a construirla, Hugo vio a micer Arnau, pero no consiguió acercarse a él: la gente lo rodeaba ávida de noticias, como sucedía con todos los prohombres que en lugar de ir a la catedral habían acudido a Santa María y que ahora eran el centro de interés de los parroquianos.
Con su madre y muchos más que escuchaban se enteró de que la reina Sibila, refugiada en el castillo de Sant Martí Sarroca, a dos jornadas de Barcelona, negociaba entregarse con todos los suyos al infante Martín, hermano del rey Juan. También supieron que el nuevo monarca se hallaba en Gerona, muy enfermo, aunque se decía que en cuanto tuvo noticia de la muerte de su padre se puso en camino hacia Barcelona. La gente hablaba y especulaba. Hugo trataba de prestar atención a todos.
—Hijo —le llamó Antonina—, tengo que…
No había terminado la frase cuando Hugo prescindió de rumores y se abrazó a ella hundiendo la cabeza entre sus pechos.
—Tengo que irme —insistió la mujer al mismo tiempo que evitaba las miradas más libidinosas que tiernas por parte de algunos hombres.
Mucha de la gente de la Ribera conocía la situación de Antonina originada por el fallecimiento de su esposo, pero eran pocos los que se percataban de sus ojeras, de las arrugas que empezaban a surcar su rostro o de sus manos enrojecidas; continuaba siendo una mujer bella, tremendamente sensual.
Antonina se liberó con delicadeza del abrazo de su hijo, se acuclilló frente a él y apoyó suavemente las manos en sus mejillas.
—Nos encontraremos el domingo que viene. No llores —trató de animarle al ver que le temblaba el labio inferior y se le contraía el mentón—. Sé fuerte y trabaja mucho.
Hugo mantuvo unos instantes la mirada en el gentío en el que su madre se confundió hasta desaparecer, como si en cualquier momento pudiera verla de nuevo. Al cabo frunció los labios y volvió a dirigir su atención allí donde se encontraba micer Arnau rodeado de gente. Se notó la garganta agarrotada y los ojos humedecidos, y decidió irse. «Ya lo veré mañana», pensó.
No fue así. Ninguna de las veces que logró escabullirse de las enseñanzas y de la bola de hierro del genovés y corrió en busca de micer Arnau pudo encontrarlo.
—No está, muchacho —le aseguraba Juana, la sirvienta.
Nadie le supo dar noticia.
—Está en el Consejo de Ciento —le confirmó otro día Mar, advertida de la presencia de Hugo por la criada—, con los prohombres y los concelleres de la ciudad —le aclaró.
—Gracias, señora —articuló azorado—. Cuando vuelva…
—No te preocupes. Sabe que has venido. Se lo hemos dicho. Me ha rogado que te pida disculpas. Te aprecia mucho, Hugo, pero son tiempos difíciles —quiso excusarse Mar repitiendo el comentario de Arnau.
Hugo era consciente de que efectivamente eran tiempos muy difíciles para Barcelona y para Cataluña. Lo oía en las atarazanas, donde los trabajos se ralentizaban al albur de los comentarios entre maestros y oficiales.
—Ya ha llegado a Barcelona —anunció una tarde uno de los serradores refiriéndose al rey Juan.
—Pero ¡está muy enfermo! —gritó otro.
—Dicen que la reina Sibila lo tiene hechizado. Que por eso está tan enfermo.
—La reina está detenida.
—Y su corte, y también los que fueron consejeros del rey Pedro. Todos están detenidos.
—Los someten a tortura —se oyó decir desde las brasas de carbón, donde los hombres humedecían con vapor de agua los tablones de madera para poder curvarlos.
—¡No es posible! —exclamó alguien—. Las leyes lo prohíben. Primero tendrán que juzgarlos.
Sin embargo, era cierto, coincidieron varios maestros unos días después: el rey Juan y sus ministros habían dado orden de que torturasen a los detenidos pese a la oposición de los jueces y los concelleres de la ciudad. No se oyeron comentarios. Las sierras, las hachas y los martillos volvieron a resonar en las inmensas naves de las atarazanas, pero ya no era la orquesta vivaz a la que todos estaban acostumbrados.
—¡No deberíamos permitirlo! —vociferó alguien rompiendo el silencio.
Hugo agarró con fuerza la bola del genovés, las manos crispadas alrededor de ella como si con esa actitud se sumara a la lucha apuntada.
—¡El rey tiene que cumplir las leyes! —se oyó afirmar desde otro rincón.
Nadie osó hacer nada.
La reina Sibila fue torturada hasta que, rendida y atemorizada, cedió al rey Juan todas las tierras, los castillos y los bienes de su propiedad. El monarca perdonó a la esposa de su padre, y a su hermano, Bernardo de Fortiá, así como al conde de Pallars, pero dispuso la continuación de los procesos contra los demás detenidos.
Y, como si deseara atemorizar aún más a prohombres, concelleres, jueces y ciudadanía, ordenó también la decapitación pública de Berenguer de Abella, ministro de su padre el rey Pedro, y de Bartolomé de Limes, uno de los caballeros que había huido con la reina.
Barcelona siguió sin oponerse a la voluntad real. La ciudad vivía acobardada, como percibió Hugo en el Pla de Palau, la gran explanada que se abría entre la playa, la lonja y el pórtico del Forment, donde el rumor del mar sonaba por encima de la resignación de los cientos de barceloneses que habían acudido a presenciar la decapitación de dos hombres cuyo único delito era el de mostrar fidelidad a su monarca. El muchacho buscó a Arnau entre la gente congregada en torno al cadalso, una simple tarima de madera algo elevada y rodeada por los soldados del rey Juan, en la que destacaba el tajo. No lo vio, aunque sabía que estaba allí. Sí vio, no obstante, a los concelleres de la ciudad, serios, vestidos de negro, igual que los miembros del Consejo de Ciento y los prohombres de las cofradías, así como a sacerdotes, párrocos y prebostes de la Iglesia… Muchos guardaban silencio. Los demás hablaban por lo bajo, en murmullos, la mayoría de ellos evitaban enfrentar sus miradas, como si se supieran culpables y temieran que cualquiera se lo recriminase.
Hugo se abrió paso entre los allí reunidos; podía hacerlo con facilidad, a diferencia de otras ocasiones en las que el público se abigarraba y empujaba para acercarse cuanto más mejor al reo. La llegada de los condenados no se vio acogida con gritos e insultos como era usual. De repente el muchacho se encontró en primera fila. La gente había reculado unos pasos alrededor del cadalso a medida que la comitiva ascendía a él. Una mujer le cogió por los hombros y lo colocó por delante de ella, a modo de escudo. Hugo se zafó de aquellas manos mientras un sacerdote trazaba en el aire la señal de la cruz frente al rostro de un hombre que aún conservaba la altivez de su dignidad, aunque sus exquisitas vestiduras estaban ahora sucias y deterioradas. En fila —tras los reos, en el cadalso y frente al público— se hallaban los soldados y algunos de los nuevos ministros que se habían hecho cargo del reino.
Un heraldo leyó los cargos a una ciudadanía más y más encogida y atemorizada a medida que escuchaba aquella retahíla de mentiras. La ejecución fue rápida y certera. La cabeza sanguinolenta cayó a un saco mientras las piernas de Berenguer de Abella se convulsionaron durante unos segundos ante la mirada estremecida de los presentes. Entonces Hugo lo descubrió. Se hallaba al otro lado de donde él estaba.
—¡Micer Arnau!
Hugo lo dijo para sí, pero aquellas dos palabras resonaron en el aterrador silencio con que fue acogida la muerte de un noble barcelonés. El muchacho se sorprendió, pero nadie parecía prestarle atención.
El sacerdote atendía ahora al segundo noble mientras se procedía a retirar el cuerpo y la cabeza de Berenguer de Abella. Hugo cruzó por delante del cadalso, para lo que atravesó el espacio libre entre el gentío y los soldados a fin de acercarse a Arnau. Fue a decirle algo, pero observó que el anciano permanecía quieto, con la vista clavada en alguno de los nobles que acompañaban a los nuevos ministros, situados a uno de los lados del cadalso.
—Micer Arnau…
No obtuvo respuesta.
El heraldo leía en ese momento los cargos correspondientes al caballero Bartolomé de Limes.
Hugo se volvió hacia donde miraba el anciano. Lo supo nada más verla: una vieja decrépita que boqueaba en busca del aire que parecía faltarle al mismo tiempo que se esforzaba en vano por levantarse de la silla de manos en que la transportaban unos criados, súbitamente preocupados ante la excitación de su señora.
Un escalofrío recorrió la espalda de Hugo al percibir la ira que reflejaba aquel rostro crispado. Dio un paso atrás y chocó con Arnau; lo notó rígido.
El escándalo que rodeaba a la mujer de la silla de manos retrasó la ejecución. El heraldo puso fin a la lectura de los cargos, y alguien acercó el oído a los labios secos y azulados de la anciana y siguió con la mirada la dirección del dedo descarnado que señaló a Arnau. Ese alguien se aproximó al cadalso y llamó por señas al ministro que presidía la ejecución, un noble maduro, alto y fuerte, con barba negra y tupida y lujosamente ataviado en seda roja y oro.
—¿Qué sucede, micer Arnau? —alcanzó a preguntar Hugo sin volverse hacia él, la vista puesta en el ministro que se acuclillaba al borde del cadalso.
Arnau siguió sin contestar.
El ministro se incorporó. También fijó su mirada en Arnau, igual que hicieron muchos de los congregados. Luego ordenó que continuara la ejecución, y el caballero de Limes se postró frente al tajo con el mismo orgullo con el que lo había hecho su predecesor. La gente, Hugo entre ella, volvió a prestar atención al verdugo y al hacha que se alzó sobre el cuello del condenado. Solo Arnau se percató de que aquel noble llamaba con discreción a uno de los oficiales y le decía algo.
—Margarida Puig —susurró entonces el anciano.
Arnau los vio aproximarse, al oficial y a un grupo de soldados; las espadas ya desenvainadas, enardecidos como si fueran a enfrentarse a un héroe invencible. Sin duda el odio mantenía con vida a aquella mujer.
La cabeza del caballero rodó hasta el saco mientras los soldados, espadas en alto, apartaban a empellones a los presentes. Un par de mujeres chillaron. Nadie se opuso.
—Ve a casa y dile a mi esposa —rogó el anciano a Hugo mientras lo zarandeaba para que dejase de prestar atención al cadalso— que los Puig han regresado, que me van a detener. Que busque ayuda.
—¿Qué?
—¡Y que tenga mucho cuidado…! —añadió a gritos. Hugo agitó la cabeza; no entendía qué le decía—. Ve…
No pudo repetirlo. Los soldados se abalanzaron sobre un Arnau indefenso que no hizo el menor intento de evitar la detención, pese a lo cual recibió varios golpes que lo aturdieron por unos instantes. Hugo presenció, con espanto e incredulidad, cómo aporreaban y sacudían al anciano. La gente se apartó y les hizo sitio. ¡Nadie respondía! Nadie iba a salir en defensa de micer Arnau, comprendió el muchacho antes de lanzarse con fuerza sobre el soldado que tenía más cerca.
—¡Soltadlo! —aulló.
—¡No…! —trató de impedírselo Arnau.
Pero Hugo consiguió pillar desprevenido al primer soldado, que trastabilló y cayó al suelo.
—¿Por qué lo maltratáis? —escupió un Hugo enfurecido, e intentó provocar a los barceloneses que los rodeaban, que se mantenían a una distancia prudente—. ¿Lo vais a permitir? —les gritó antes de enfrentarse al segundo soldado.
—Hugo… —quiso terciar Arnau.
—Muchacho, no… —se oyó entre el gentío.
Las frases quedaron en el aire. El tremendo golpe que Hugo recibió en la espalda con la espada plana de uno de los soldados lo lanzó a los pies de otro, que lo acogió con una patada en el vientre.
—¡Es solo un niño! —protestó entonces una de las mujeres—. ¿Es esta la hombría de las tropas del rey Juan?
Uno de los soldados hizo ademán de encararse con ella, pero el oficial lo contuvo y les indicó que regresaran al cadalso con un Arnau que logró volver la cabeza para ver cómo aquella mujer se arrodillaba junto a Hugo, hecho un ovillo en el suelo, con las manos aferradas al vientre. El dolor se mostraba en sus facciones, en sus quejidos sordos y ahogados.
—¡Arnau Estanyol! —gritó el noble de rojo y oro en cuanto el oficial empujó al anciano sobre el cadalso—. ¡Traidor al reino!
Dos de los concelleres de la ciudad, que se habían acercado para interesarse por la detención de alguien tan conocido y querido en Barcelona, se detuvieron en seco al oír la acusación. Mucha gente que había empezado a dispersarse devolvió su atención a la escena.
—¿Quién lo dice? —inquirió no obstante a voz en grito uno de los miembros del Consejo de Ciento, un tintorero ya mayor, tan barrigón como descarado.
Los concelleres, ciudadanos honrados y mercaderes, recriminaron con la mirada a su compañero el tono utilizado. Acababan de decapitar a dos ministros del rey Pedro sin otra razón que la venganza; la reina Sibila había sido torturada sin juicio; los demás ministros del Ceremonioso y miembros de la corte de su viuda estaban encausados, y su vida pendía del capricho de un monarca enfermo que se creía hechizado, y aquel tintorero engreído osaba discutir a los nuevos ministros de la ley.
La respuesta no se hizo esperar.
—¡El rey Juan es quien lo dice! —sentenció el noble del cadalso—. Y en su nombre hablo yo, Genís Puig, conde de Navarcles, capitán general de sus ejércitos.
El tintorero rindió su gruesa cabeza.
—¡Arnau Estanyol! —repitió el noble—. ¡Ladrón y usurero! ¡Hereje! ¡Prófugo de la Santa Inquisición! ¡Traidor al rey! ¡Traidor a Cataluña!
El rencor con que se gritó la acusación de traición empujó a los barceloneses, que volvieron a separarse del cadalso. ¿Sería posible?, se preguntaron muchos. Aquel conde no podía actuar así.
—¡Te condeno a morir decapitado! Todos tus bienes serán requisados.
Un murmullo de indignación se propagó. El conde de Navarcles ordenó a los soldados que protegían el cadalso que desenvainaran la espada.
—¡Hijo de puta! —Hugo volvía a estar en tierra de nadie, entre la gente y los soldados—. ¡Perro sarnoso!
A los gritos de Hugo se sumaron inesperadamente los agudos chillidos, ininteligibles, de una mujer que se abría paso a manotazos. Alguien había corrido a avisar a Mar.
—¡Detenedla! —ordenó el oficial.
Esa fue la única vez que Arnau trató de enfrentarse a sus captores, al ver a su esposa chillar, revolverse y patear por librarse de las manos de los soldados. El mismo Genís Puig, con displicencia, como si se tratase de un animal, le propinó un bofetón que lo derribó.
Algunos nobles rieron.
—¡Canalla! —volvió a chillar Hugo, ahora en dirección a la vieja de la silla, que sonreía desdentada y babeante ante la caída de Arnau sobre el entarimado.
—¡Haced callar a ese muchacho loco! —ordenó el oficial.
Los insultos de Hugo, dirigidos a quien consideraba la causante de la detención de Arnau, impidieron que el oficial culminara su amenaza.
—¡Marrana! ¡Asquerosa! ¡Infame saco de huesos!
—¿Cómo te atreves?
Un joven noble que no llegaría a la veintena, rubio, bien plantado, vestido con cota azul de seda damasquinada con piel en el cuello, calzón y zapatos de cuero blando con hebilla de plata, mantón terciado y espada al cinto apareció de entre los nobles. Ni siquiera llevó la mano a la empuñadura de la espada mientras se acercaba a Hugo. A una señal casi imperceptible, un criado y un soldado se echaron encima del muchacho y lo molieron a palos.
—¡Póstrate! —exigió el joven noble al final de la paliza.
El criado mantuvo de rodillas a un Hugo derrotado, agarrándolo del cabello para mantenerle erguida la cabeza. La sangre le corría por el rostro.
—Discúlpate —exigió el noble.
Por detrás del borrón azulado plantado delante de él, con los ojos casi cerrados por la paliza y la visión borrosa, Hugo creyó reconocer a Arnau en el cadalso. ¿Le animaba a oponerse? Escupió. Sangre y saliva.
El joven echó mano a la espada.
—Basta.
Margarida Puig logró articular la orden. El conde de Navarcles entendió las razones de su tía. ¿Cómo iba un crío zarrapastroso a empañar la venganza que el azar les ofrecía? ¿Y si la gente terminaba sublevándose a causa del muchacho? Arnau era un prohombre de la ciudad; la ejecución tenía que llevarse a cabo de inmediato. Si los concelleres intervenían, todo podía echarse a perder, y llevaba años esperando ese momento. Lo que dijera el rey no le preocupaba; ya encontraría argumentos para convencerlo.
—¡Soltadlo! —ordenó el conde—. ¿No me has oído! —repitió ante el ademán que hizo su sobrino de terminar de desenvainar la espada.
—La próxima vez no tendrás tanta suerte, palabra de Roger Puig —le amenazó el joven, que acto seguido abrió y extendió ostensiblemente los dedos de la mano que empuñaba la espada para soltarla a fin de que se deslizara en la vaina.
Dos bastaixos se apresuraron a recoger a Hugo en cuanto el noble recuperó su sitio. Intentaron llevárselo de allí. Hugo se resistía.
—Arnau —balbuceó.
Los bastaixos entendieron y lo sostuvieron por las axilas, en pie, en primera fila. No llegó a verlo. No logró abrir los ojos ni limpiarse la sangre que le cubría el rostro y le nublaba la poca visión que le restaba, pero lo sintió más que si lo hubiera visto. Oyó el silbido del hacha y el chasquido sobre el tajo, como si el cuello liviano de Arnau no hubiera sido más que un hilo de seda interpuesto en su camino. Escuchó el silencio y olió la mezcolanza del miedo de las gentes con el aire salobre que traía el mar. Notó el temblor en los bastaixos y percibió alientos espasmódicos. Luego el cielo se rasgó ante el grito de Mar y el mareo se apoderó de él, una sensación casi placentera que pugnó por encubrir el dolor de sus heridas. Y se dejó llevar.
La sonrisa que Hugo entrevió en el rostro redondo de Juan el Navarro no apaciguó en modo alguno el dolor que le asaltó al despertar. Movió un brazo y oyó su propio gemido, como si hubiera sido otro el que lanzara la queja.
—No debes moverte —le aconsejó el Navarro—. Te esperan unos días difíciles, aunque según el judío no se te ha quebrado ningún hueso. Has tenido suerte.
Hugo tomó conciencia de su situación: los vendajes le mantenían inmóviles una pierna y un brazo. También notó otro que le atravesaba la cara, tapándole un ojo. Recordó el cadalso, las ejecuciones…
—¿Micer…?
La garganta, seca y ardiente, le impidió continuar.
El Navarro le acercó a la boca un vaso con agua que trató de verter con cuidado. No lo consiguió, nervioso ante el mero pensamiento de tener que explicar la suerte de su amigo.
—¿Micer Arnau? —insistió Hugo entre toses.
El hombre no quiso contestar. En su lugar acarició el cabello astroso del muchacho mientras este rechazaba el agua y trataba de mantener los labios apretados, aunque el temblor de su mentón venía a revelar el dolor que se añadía al de sus heridas.
Solo había estado allí en una ocasión: el primer día de trabajo en las atarazanas, cuando Arnau le acompañó y le presentó a Juan el Navarro. Hugo reconoció la vivienda. Correspondía al lugarteniente, que tenía obligación de dormir en ella, pero en realidad la ocupaba su ayudante y el otro vivía en una buena casa cerca de la plaza de Sant Jaume. Pese a la grandiosidad de las atarazanas, la vivienda era pequeña: una sola planta, como los demás almacenes o tiendas, con dos habitaciones y una pieza destinada a cocina y comedor. Allí vivían el Navarro, su esposa y dos hijas jóvenes, además de un par de perros que la familia dejaba sueltos por las noches para que vigilasen.
Hugo descansaba en un rincón del comedor sobre un jergón de paja dispuesto en un camastro que le habían hecho los carpinteros de las atarazanas. Durante los días en que tuvo que guardar reposo pudo contemplar a las hijas del Navarro, dos bonitas muchachas que corrían de aquí para allá pero que nunca se acercaban a donde él se encontraba. En más de una ocasión, cuando las pillaba cuchicheando y mirándolo de reojo, se preguntó si se lo tendrían prohibido. Le atendía la madre, la mujer del Navarro, en las escasas oportunidades de las que disponía para dedicarle un rato.
Mientras tanto Hugo no hacía más que acariciar las cabezas de los perros, que se mantenían permanentemente junto a él. Tan pronto como dejaba de hacerlo, en el momento en que le asaltaba la culpa y tenía que volver a apretar los labios con fuerza, uno u otro apoyaba el morro en el camastro y gemía como si quisiera compartir su tormento. «¿Por qué grité el nombre de micer Arnau frente al cadalso? —se preguntaba—. Si no lo hubiera hecho, estaría vivo.» Sus penas se aliviaban cuando el perro le daba un lametazo en el rostro. Se conocían. Si a su madre y a micer Arnau intentaba verlos durante el día, después del trabajo, Hugo había tenido que vencer el miedo y trabar amistad con los animales a fin de saltar la tapia del patio de las atarazanas, algunas noches, cuando se disponía a cruzar Barcelona y llegar hasta el convento de Jonqueres para ver a su hermana. Renunció a parte de su rancho y, pedazo a pedazo, fue simpatizando con aquellos perros hasta que logró sustituir la comida por las caricias y los juegos. Nunca lo delataron.
Intentaron visitarlo algunos de los muchachos que cargaban bolas para los prisioneros genoveses, todos impresionados por los exagerados rumores acerca del comportamiento de Hugo frente al cadalso, pero la esposa del Navarro los echó sin contemplaciones. Ahora bien, si no pudo disfrutar de quienes esperaban que les contase cómo había librado aquella batalla con el noble vestido de azul, sí que se vio sorprendido por la constante presencia del genovés. «Ningún chico lleva la bola tan bien como tú —dijo con su característico acento italiano para excusar su primera visita, como si no tuviera derecho a estar allí—. Con los demás no hay quien pueda trabajar.»
El maestro acomodaba la bola en el suelo, se sentaba junto a él en una silla, y después de examinar sus heridas y felicitarse por su evolución, para lo que ni siquiera reclamaba la opinión de Hugo, se empeñaba en proseguir sus lecciones.
—El día que vuelva a mi tierra, que confío en que sea muy pronto —anunció—, no tendrás oportunidad de aprender lo que tengo que enseñarte. ¡Cómo vas a comparar a un maestro genovés con uno catalán! —Entonces levantaba al aire una mano con los dedos cerrados, muy arriba, y la sacudía con vigor—. ¿Por qué crees que tu rey nos retiene aquí?
Y en aquellas sesiones el genovés le hablaba de las maderas:
—La encina y el roble son resistentes, los mejores para los elementos que sufrirán mayor tensión, como el vaso o casco de la nave, la quilla, los timones… —Y seguía—: Con el álamo y el pino se hacen los tablones, la arboladura, las antenas…
Luego le explicó cómo reconocerlas; cómo usarlas y trabajarlas; como cortarlas y, lo más importante, cuándo hacerlo.
—Tiene que ser madera de buena luna —le instruía—. La de hoja caduca coincidiendo con la luna vieja; la de hoja perenne, con la luna nueva.
Entonces Hugo no solo dejaba a un lado a micer Arnau y sus propias heridas, sino que se permitía fantasear con ser un gran maestro, respetado como lo era el genovés incluso con su bola de hierro a cuestas. Y soñaba con vivir en una buena casa, formar una familia y que le saludasen por la calle, y tener dinero y ayudar a su madre. Sobre todo eso: devolverle la libertad y la sonrisa que le había robado el guantero. ¡Cuánto deseaba ir a aquella casa de la calle Canals, reventar la puerta y llevarse a su madre ante las quejas del guantero y su esposa!
Mientras tanto, ansiando poder levantarse y ponerse a trabajar, escuchaba al maestro contándole de un duende que estaba siempre presente en la construcción de los barcos.
—Piccin, piccin, piccin —afirmaba el genovés llevándose el dedo corazón y el pulgar a la altura de los ojos, como si tratase de observar un grano de arena sostenido entre ellos.
—¿Un duende? —se interesó Hugo, y se incorporó en el camastro.
—Sí, un duende al que nadie puede ver. Si el duendecillo está de buen humor y no lo molestan, el barco navegará bien. Si se enfada…
—¿Y qué le hace enfadar?
—Yo creo que la torpeza —contestó el genovés bajando la voz, como si le revelara un secreto—. Pero estoy seguro de que lo que más le enfurece son los maestros soberbios, aquellos que prescinden del arte y desprecian los peligros del mar.
Por las noches, cuando los perros vigilaban las atarazanas y nadie le acompañaba, y los ronquidos del Navarro pugnaban por derribar los grandes pilares que se alzaban al cielo, la mente de Hugo regresaba a micer Arnau. Entonces se preguntaba quién era el noble que había ordenado sin juicio, allí mismo, la decapitación de micer Arnau. Le había acusado de traidor.
—Eran enemigos acérrimos —le explicó un día el Navarro.
Hugo no se atrevió a insistir, pero el genovés, que escuchaba atento, sí lo hizo.
—¿Enemigo de micer Arnau?
—Sí. Hace años Arnau arruinó a la familia de los Puig. Por eso le odiaban.
—Alguna razón tendría para hacerlo —intervino Hugo para excusarlo.
—Seguro que sí. Arnau era una buena persona, no me lo imagino…
—¿Y cuándo fue eso? —inquirió el genovés abriendo las manos.
—¡Uy, hace mucho tiempo! Genís Puig es el hijo de uno de los Puig a los que Arnau arruinó. Tuvo que volver con su familia a Navarcles y malvivir bajo la protección del señor del pueblo, Bellera. Luego se casó con su hija, y de ahí…
—Sin embargo —terció Hugo—, ¿cómo pudo ese tal Puig ejecutar a micer Arnau sin juicio?
—Cuentan que el rey sigue enfermo y pendiente de su hechizo, que ni siquiera se ha preocupado por la ejecución y que ha ratificado los actos de su ministro alegando que si este afirmaba que Arnau era un traidor, por algo sería. Por otra parte han requisado todos los bienes de Arnau para el tesoro, y eso siempre satisface a los monarcas.
—¿Tan importante es ese noble para influir en la voluntad real? —insistió el genovés.
—Parece ser que sí. Hace dos años el rey Pedro quiso castigar al conde de Ampurias a causa de una discusión sobre las tierras de un vizcondado. El conde presentó batalla a los ejércitos del monarca con sus propias tropas, pero además trató de comprar su seguridad y pagó sesenta mil florines a los franceses para que acudieran en su ayuda. Fue el príncipe Juan el que hizo frente a los franceses y los expulsó de Cataluña. Nadie pensaba que lo conseguiría, debido a su carácter blando y apocado. Pues bien, el artífice de esa victoria no fue otro que su capitán general, Genís Puig, a quien Juan nombró conde de Navarcles. Desde entonces se convirtió en su consejero, su amigo y su ministro. Ni el rey ni la reina, por lo que se oye decir, discutirán sus decisiones, cuando menos en público.
—¿Y eso les da derecho a ejecutar a un ciudadano de Barcelona? —se extrañó el mestre d’aixa.
—Sí. —El Navarro suspiró—. Y, contra la opinión de los jueces y los concelleres de la ciudad, también han ejecutado a dos ministros del rey Pedro. Y han torturado a la reina Sibila y le han quitado todos sus bienes, y aseguran que Juan no jurará ni ratificará las donaciones que su padre hizo en vida, lo cual es lo que más preocupa a mucha gente. ¿Qué les importa un viejo decrépito que se dedicaba a pedir limosna para los necesitados?
Hugo y el genovés dieron un respingo al mismo tiempo y miraron sorprendidos al Navarro.
—Sí, un viejo decrépito que pedía limosna. Eso es lo que me dijeron de micer Arnau algunos de esos ciudadanos honrados de esta ciudad tras hacer la misma observación que tú, Domenico. Barcelona está acobardada y cada uno persigue sus intereses.
—¿Y la señora Mar? —se interesó el muchacho después de un silencio tenso al pensar que si habían requisado todos los bienes de micer Arnau, la situación de su viuda no podía ser muy buena.
—No le ha quedado nada, solo le permitieron conservar lo que llevaba puesto… salvo los zapatos. —El Navarro arqueó las cejas y se encogió de hombros—. Los muy bellacos la dejaron descalza. ¿Por qué lo harían?
—¿Adónde ha ido? ¿Dónde está ahora?
—Acogida en casa de unos bastaixos, unos parientes de su padre. Por cierto que uno de ellos se interesó por ti en nombre de la viuda de Arnau.
Transcurrieron algunos días, y el médico judío que había mandado llamar Juan el Navarro permitió que Hugo se levantase y volviera al trabajo, pero «sin hacer esfuerzos», matizó. Pese a ello y a su brazo todavía dolorido, con el rostro ya libre de vendajes aunque con una cicatriz cerca de la oreja de la que alardeaba frente a los demás muchachos, Hugo cargó con la bola del genovés y se empeñó con denuedo. «Si trabajas duro, serás un gran mestre d’aixa», repicaban en su mente las palabras que aquel le dedicara en repetidas ocasiones durante su convalecencia.
Una noche en la que la luna rielaba en el mar e iluminaba una ciudad sumida en la oscuridad, Hugo sintió la necesidad de visitar a su hermana. Arsenda estaría preocupada, le había prometido que iría a verla regularmente y hacía mucho de la última vez. Llevaba tiempo dentro de las atarazanas. Ni siquiera acudía a misa a Santa María de la Mar. «La Virgen no te lo tendrá en cuenta —le tranquilizó el Navarro—. Estás impedido.» Tampoco era esa la razón, se decía él. Temía lo que podía encontrarse fuera… Quizá a aquellos hijos de puta de los Puig. ¿Y si se cruzaba por la calle con el de azul? «La próxima vez no tendrás tanta suerte», le había advertido. Se le encogió el estómago al recordarlo. Lo matarían; si poco les costó acabar con micer Arnau, menos valía él. Estaba bien allí dentro, con los barcos, los maestros y una tropa de muchachos —mayores incluidos— que le respetaban y envidiaban después de su hazaña. Tras terminar con la bola buscaba a quien ayudar. «Siempre que no sea otro mestre d’aixa —condicionó el genovés su autorización—. Te malearían», sonrió después. Hugo se acercó a los carpinteros de ribera y a los serradores, y a los que fabricaban los remos, pero sobre todo a los calafateadores, aquellos que impermeabilizaban las naves con estopa, alquitrán obtenido de la destilación de la madera de pino, y la pega, el principal elemento sellador, un residuo del propio alquitrán. «A ver si terminarás de calafateador en lugar de mestre d’aixa —le provocaron cierta vez que le habían permitido remover el alquitrán y la pega en un gran caldero en el que además echaban sebo—. ¡La cara que pondría entonces el genovés!»
Esa noche Hugo esperó a que las respiraciones y las toses de genoveses y ayudantes se acompasaran para levantarse con sigilo. Dormían todos hacinados en un almacén frente al patio abierto entre las inmensas naves. Los perros menearon la cola antes incluso de que cruzara el espacio que le separaba de la tapia que daba al exterior. Los saludó y jugueteó con ellos unos instantes y luego se encaramó con dificultad y se dejó caer al otro lado. El rumor de las olas que lamían perezosamente la orilla no llegó a verse alterado por el imperceptible chasquido de las abarcas de Hugo sobre la tierra. Arnau tornó a su recuerdo: él se las había regalado, con buena suela de cuero en lugar de esparto o madera, como las de los demás muchachos que tenían la fortuna de ir calzados. «Pertenecían a mi hijo. Ya no le sirven», le dijo al entregárselas. Con la garganta arañada Hugo escuchó el silencio y trató de quitarse a micer Arnau de la cabeza. Escrutó en la noche: era inusual toparse con alguien en el lugar donde se encontraba. A su espalda quedaba el mar, con aquella franja plateada, regalo de la luna, que temblequeaba en su superficie; a su izquierda, los campos de cultivo que se derramaban a las faldas de la montaña de Montjuïc; por delante tenía el Raval, el nuevo espacio de la ciudad que se pretendía amurallar, casi deshabitado; y a su derecha, por detrás de la muralla antigua, el convento de Framenors. Más allá de donde los monjes estaba la Barcelona viva, el único lugar donde se percibía el resplandor tenue de alguna luz.
Se dirigió a la playa y se sorprendió presuroso, casi corriendo, mientras Arsenda ocupaba todos sus pensamientos. Bordeó el final de la antigua muralla que moría junto a Framenors y se encontró en la playa, rodeado de barcos varados. Escuchó el mar, escuchó el silencio y la brisa que soplaba; tembló y maldijo el frío. Vestía solamente su camisa manchada por el óxido de la bola del genovés. Le habría gustado continuar por la orilla y gozar de la oportunidad de observar los barcos hasta la altura de Santa María de la Mar, desde donde podría subir por la calle de la Mar hasta la plaza del Blat y de allí al convento, pero prefirió hacerlo por el barrio de los ceramistas, donde vivía menos gente y era menos probable que tuviera un mal encuentro con los guardias, pues estaba prohibido andar por Barcelona de noche sin linterna o fuego, como él hacía. Siguió el curso de la muralla vieja. Corrió y saltó para deshacerse del frío, y rodeó la ciudad hasta llegar al convento, allí donde su hermana servía como criada de una monja… cuyo nombre nunca recordaba. Lo que sí recordaba Hugo perfectamente era que procedía de una de las familias más influyentes de Cataluña, como sucedía con la treintena de mujeres que profesaban en Jonqueres. Las monjas pertenecían a la orden de Santiago y gozaban de unos privilegios difíciles de armonizar con la clausura y la estricta obediencia de otras religiosas. Eran ricas; el convento contaba con cuantiosas rentas. No vivían en celdas sino en una serie de casitas independientes, algunas incluso con ventanas a la calle y pequeñas capillas, propiedad de cada una de las religiosas y construidas en el interior de la institución. Allí disponían de la atención de esclavas o de criadas como Arsenda. Tampoco vestían hábito, sino que portaban una capa blanca y la cruz de Santiago en forma de espada sobre las ropas. Tenían privilegios a la hora de testar a favor de terceros que no fueran la comunidad. Con permiso de la priora, recibían visitas, salían a la calle y hasta dormían fuera del convento, pero lo más importante era que en cualquier momento podían contraer matrimonio y abandonar los hábitos.
Hugo dejó atrás la iglesia de Santa María del Pi y en poco rato llegó al convento de Santa Ana, en el extremo opuesto a la playa. Allí terminaba la ciudad. Giró a la derecha y algo más allá se plantó junto al convento de Jonqueres, cuya iglesia, claustro y demás edificios se disponían en una especie de triángulo, dos de cuyos lados lindaban con la calle y el torrente de Jonqueres, haciéndolo el tercero con la pared que lo separaba de la muralla.
Con sigilo, mirando constantemente a todas partes, continuó hasta la calle de Jonqueres, allí donde se abría el portal de la iglesia además de una pequeña puerta por la que se entregaban los suministros, y las traseras de varias de las casas de las monjas. Aquella en la que servía Arsenda tenía una ventanita enrejada. Silbó una cancioncilla con la oreja pegada a una de las contraventanas. Lo hizo en voz muy baja, atento a las sombras de los edificios del otro lado, temiendo que se encendiese alguna luz, con la mirada fija en el final de la calle, donde se unía a la plaza de Jonqueres y se hallaba la entrada principal del convento. Comenzó a tararear luego la cancioncilla, y si aumentaba la intensidad la bajaba de inmediato, reprendiéndose él mismo. Tenía los ojos entrecerrados escrutando en la oscuridad, y tiritaba tanto por el frío como por el temor a que le descubriesen.
En alguna ocasión había tenido que dar media vuelta sin ver a Arsenda, pero por lo general, por más amortiguado que fuera su soniquete, su hermana acostumbraba a despertarse. Aquella tonadilla era la que utilizaba su padre cuando regresaba a casa, ya fuese de uno de sus largos viajes, ya de beber unos vinos. Ambos hermanos se criaron al pecho de su madre e inconscientemente, uno tras otro, asociaron la musiquita a la alegría de ella y, más tarde, a la suya propia. Llegaron a abrir los ojos al oír ese sonido incluso en las noches más inclementes, hasta que un día se acabó. El mar se tragó al hombre.
Unos golpecitos en la contraventana le indicaron que Arsenda le escuchaba. Ahora venía lo más peligroso. Siempre podría inventar alguna excusa si le pillaban al pie de una ventana, pero difícilmente podría hacerlo si le descubrían encaramándose a aquel poyo de la fachada que servía para que los jinetes, prohibido el uso del caballo en la ciudad, montaran antes de abandonarla por la puerta de Jonqueres, o si lo sorprendían escalando después como una lagartija, manos y pies afianzados en las piedras, hasta el tejado plano de las casitas de las monjas.
Arsenda salió corriendo y subió por una escalera que partía desde el patio. El precioso rostro de la niña, tan congestionado por la carrera como risueño, recibió a Hugo al culminar su ascenso.
—¿Por qué has tardado tanto tiempo? —le recriminó ella a modo de saludo.
Hugo trató de recuperar el aire y respiró hondo; luego la abrazó sin contestar. Arsenda había tenido la precaución de subir la manta con la que dormía. Se envolvieron en ella y se sentaron, bien juntos, pegados a una esquina, escondidos.
—¿Por qué? —insistió la niña.
Lloró al saber de la muerte de micer Arnau. Se interesó por las heridas de su hermano y, en la noche, sus grandes ojos oscuros brillaron de admiración ante la valentía y el arrojo de los que Hugo alardeó. Sin embargo, volvió a llorar al recuerdo de su madre. Arsenda no salía del convento; Antonina tampoco podía hacerlo de casa del guantero.
—¿Qué has aprendido desde la última vez? —trató de distraerla Hugo mientras la cogía del mentón y la obligaba a alzar la cabeza.
Por fin la habían dejado ayudar a elaborar nogats, le contó, unos dulces de harina, miel y nueces horneados, recordó a su hermano. También ayudaba a hacer agua de rosas e hilaba lino o cáñamo. Todavía no le enseñaban a bordar porque decían que tenía que crecer, que podía malbaratar la tela.
—¿Te trata bien la señora…?
—Geralda —la ayudó ella—. Sí. Es muy mandona y exigente, y muy religiosa y aprensiva, pero sí. Me permite escuchar a distancia mientras enseña a las niñas de las familias ricas de Barcelona, y luego acostumbra a dedicarme algo de atención. ¿Y a ti cómo te va?
Hugo le habló entonces de las atarazanas, de lo que se esforzaba, del porvenir que le esperaba como mestre d’aixa, de cómo ayudaría a su madre.
—¡Y a ti también! —añadió—. Aumentaré la dote de…
—Geralda —repitió la niña de forma cansina.
—Eso. La aumentaré para que encuentres un buen esposo, el mejor de Barcelona.
Arsenda se echó a reír, contenta.
—¡Calla! Tendrás tu propia familia —dijo al cabo.
—Seguro, pero nunca me olvidaré de ti —prometió Hugo apretándose todavía más contra el cuerpo de su hermana en una unión íntima, entrañable.
Aún dormían juntos, en un jergón pegado al hogar, el malhadado día en que las olas se tragaron a su padre. Durante los siguientes a la noticia, mucho tiempo después incluso, los dos lloraban al compás de las lágrimas de su madre, tumbada sola en el otro extremo de la estancia. Lo hacían abrazados y sollozaban en silencio, tratando de que ella no los oyese a fin de no aumentar su congoja.
Hugo pretendió aquel consuelo en la siguiente ocasión en la que su hermana y él se encontraron en el tejado de las monjas, más de una semana después. Arsenda le agarró del antebrazo y apoyó la cabeza en su hombro en cuanto le oyó hablar, con voz temblorosa.
—Pensaba que la gente me… No sé. El otro día los bastaixos introdujeron en las atarazanas un cargamento de madera que llegó por mar, desde los Pirineos. Los bajan por el río… Algún día me gustaría ir a ver cómo lo hacen —le explicó, aunque no sabía por qué le contaba todo aquello—. Bueno, lo cierto es que los bastaixos son quienes transportan la madera desde que llega hasta las atarazanas. Después de descargar los grandes troncos me felicitaron, casi todos, me dijeron que hice bien, que hice lo que nadie se atrevió; hasta los maestros y los oficiales de las atarazanas asintieron. Los chicos de las bolas me aplauden y todavía ahora me piden una y otra vez que les cuente cómo fue. Juan el Navarro también me apoya; era muy amigo de micer Arnau. Pero el pasado domingo en Santa María muchos me miraron mal; algunos de reojo, pero los vi, y otros con descaro. Un mercader incluso me empujó en el momento de ir a comulgar. Luego el guantero no permitió a madre que se retrasara un instante. Tiraron de ella sin contemplaciones. No pudimos cruzar ni una palabra.
Calló de repente. No debía hablarle de esas cosas. Arsenda era pequeña. ¿Qué podía saber una niña de todo eso? Ella vivía feliz entre los muros de Jonqueres. Comía y la vestían y aprendía y la dotarían y se casaría…
—Te has enfrentado al poder —susurró Arsenda en la noche, con voz grave, seria, volviéndose apenas hacia él en el interior de la manta.
—¿Qué dices! —saltó Hugo, atónito—. ¿Qué sabrás tú?
—Lo mismo pasó aquí, en el convento. Una de las monjas se quejó del trato que reciben por parte de la sacristana. La mayoría de las viejas estaban de acuerdo, lo sé porque oí que lo discutían en casa de Geralda, mi señora. Pero solo se quejó Angelina. La priora apoyó a la sacristana y las demás dieron de lado a Angelina. Ahora casi ni le hablan. Lo mismo te pasa a ti —sentenció.
—Odio a los Puig —afirmó Hugo luego de unos instantes de silencio en los que reconoció que su hermana tenía razón.
—No debes odiar —le recriminó Arsenda—. Jesucristo…
—¡Jesucristo permitió la muerte de nuestro padre! —la interrumpió él. Arsenda se santiguó—. Y la de micer Arnau.
—Todos moriremos —insistió la niña con calma—. Dejaremos este valle de lágrimas para pasar a una vida eterna y feliz.
Hugo suspiró.
—Prométeme que no odiarás a nadie. Debes perdonar.
Hugo permaneció en silencio.
—¡Prométemelo! —exigió Arsenda.
—Lo prometo —accedió su hermano de mala gana.
Jamás tuvo la menor intención de cumplir aquella promesa. Si antes trabajaba con denuedo, después del trato recibido en Santa María lo hizo con más ahínco todavía, aunque siempre con el rencor a flor de piel al ver la ciudad tan cerca y sin embargo tan alejada de él. Ya no le importaba que se le cargaran las espaldas o le crecieran los brazos de tanto llevar la bola del genovés de un lado a otro, como les sucedía a algunos de los muchachos de más edad. ¿Qué habría sido de él de no ser por el genovés? Era muy difícil entrar como aprendiz de un mestre d’aixa. Pero ahora que ya tenía ciertos conocimientos quizá lo lograra. Juan el Navarro le prometió ayuda en el momento en el que liberasen al genovés. «Por la memoria de Arnau», alcanzó a oírle susurrar Hugo.
Mientras proseguían los juicios contra los ministros y favoritos de Pedro el Ceremonioso, y la reina Sibila seguía prisionera en una torre situada extramuros, más allá del portal de los Orbs, el 8 de marzo de 1387 el rey Juan, ya curado del hechizo que tanto mal le causara, juró los privilegios, leyes y costumbres de Cataluña. No confirmó, como había advertido, cuantas donaciones había efectuado su padre durante los últimos veinte años, con lo que se ganó el apoyo incondicional y la pleitesía de todos aquellos que quedaron en precario. Por su parte, diez días después, las Cortes Catalanas le juraron fidelidad y le nombraron conde de Barcelona.
Entre otras muchas disposiciones, el rey Juan nombró lugarteniente de los Estados del Oriente al vizconde de Rocabertí, quien dio orden de que se preparara la armada para partir con destino a Morea, en los dominios catalanes de los ducados de Neopatria y Atenas. El llamamiento de la armada real revolucionó las atarazanas. Remos, velas, paveses, cueros, armas… todo fue recontado y preparado para la llegada de los barcos, muchos de ellos simples galeras comerciales que se armaban para la ocasión.
En una de las naves del arsenal se procedía a los últimos trabajos para la botadura de la capitana de la armada, una inmensa galera de treinta remos por banda en la que navegaría el vizconde de Rocabertí. Hugo había presenciado en una ocasión la ceremonia de entrega de una nueva embarcación como aquella: ocho sacerdotes y el obispo concelebraron la misa, y el rey, sus ministros y los concelleres de la ciudad estuvieron presentes. Hubo regalos, comida, fiesta y alegría. Junto al genovés, Hugo, con la bola en las manos, observó el inmenso casco desarbolado de la nave, construido con buen roble, y se sintió orgulloso porque él había colaborado en ello. Alzó la mirada al tejado a dos aguas que cubría la atarazana, y el vasto espacio le devoró una vez más hasta empequeñecerlo. Percibió el olor intenso a madera desbastada y a alquitrán y pega; oyó el repicar de los martillos, el sisear del agua al verterla sobre el carbón para curvar las tablas y el chasquido de los serruchos.
—¡Santa Brígida! Así se llamará la capitana.
Hugo se volvió al mismo tiempo que el genovés. Por detrás de ellos una comitiva encabezada por el vizconde de Rocabertí, el lugarteniente de las atarazanas y los concelleres de la ciudad se dirigía hacia la galera. Juan el Navarro les acompañaba solícito.
—Hoy nos premiarán con unas buenas monedas —susurró el genovés al oído de Hugo—. En cuanto las tenga, irás a comprar un buen vino. Esta noche beberemos y brindaremos por la Santa Brígida… y por el trabajo bien hecho.
A la altura de donde se arremolinaba el personal, el Navarro presentó al maestro mayor a la comitiva. Hugo lo vio hablar con el vizconde y sus acompañantes mientras los demás se mantenían atentos a la conversación. Señalaba la galera y gesticulaba con las manos, simulaba el mar, simulaba el casco, los remeros y hasta lo que parecía ser una tormenta. El vizconde sonrió abiertamente, los dientes negros por encima de una barba cana, en el momento en que el maestro mayor puso fin al peligro con la mano extendida y la alejó luego de su cuerpo vibrando sutilmente, como si la galera navegase en aguas tranquilas. Alguien aplaudió. El genovés no se equivocaba: un mayordomo del vizconde entregó una pequeña bolsa al maestro mayor antes de que la comitiva se pusiera de nuevo en marcha. Los oficiales y los aprendices les abrieron paso hasta el barco que se mantenía afianzado por encima de ellos.
El maestro mayor fue señalando a los mestres más importantes al vizconde, quien los saludaba con una leve inclinación de la cabeza. A continuación, mientras el noble departía ya con algún otro, Hugo reparó en que el mayordomo se acercaba a aquel que había tenido el honor de recibir el saludo de su señor y le gratificaba con unas monedas.
—Domenico Blasio, genovés —anunció el maestro mayor—. Vuestra excelencia, deberíais tratar de convencerle para que continúe con nosotros una vez que alcance la libertad.
—Que será pronta —auguró el vizconde de Rocabertí en las primeras palabras que dirigía a uno de ellos.
—Confío… —empezó a decir el genovés, pero un grito lo interrumpió.
—¡Perro!
Hugo supo quién era aun sin ver todavía que el joven Puig, en esa ocasión teñido de rojo, desde los calzones de seda hasta el rostro congestionado, saltaba de entre la corte que acompañaba al vizconde y se abalanzaba sobre él, secundado por su criado.
—¡Hijo de puta! —aulló justo antes de alcanzarlo.
Hugo, con la bola del genovés en vilo, reaccionó entregándosela a Roger Puig, quien la agarró sorprendido. El óxido del hierro manchó las manos y la cota colorada del noble, que tardó unos instantes en recobrarse y dejar caer la bola a tierra, los mismos que aprovechó Hugo para buscar protección tras su maestro.
—¿Qué sucede? —inquirió el de Rocabertí.
Mientras Roger Puig se propinaba manotazos en la cota para limpiarse el óxido, su criado y varios soldados atraparon a Hugo y lo presentaron ante el vizconde.
—Este canalla —bramó Roger Puig, las manos todavía sacudiendo las vestiduras— ultrajó a mi abuela, Margarida Puig. Merece ser castigado.
Al tiempo que escuchaba al joven, el vizconde de Rocabertí lo hacía también a las palabras que su mayordomo le susurraba al oído. Asintió levemente antes de hablar.
—¿Qué quieres hacer con él? —preguntó al noble.
—En las mazmorras del castillo de Navarcles tendrá oportunidad de arrepentirse de sus insultos.
Un murmullo se alzó entre los presentes. Hugo palideció y pugnó por liberarse de las manos del criado, el mismo que le había propinado la paliza el día de la ejecución de micer Arnau y que ahora volvió a abofetearle.
Juan el Navarro quiso terciar, pero el lugarteniente de las atarazanas le detuvo con un enérgico gesto de su mano.
—De acuerdo —concedió entonces el vizconde—. Enciérralo durante un año, al cabo del cual lo liberarás. Le proporcionarás suficiente alimento y no deberá morir. Respondes de ello.
—No… —clamó Hugo; sus rodillas cedieron y se desplomó.
—Así será —prometió Roger sin conceder importancia alguna a las quejas de Hugo—. Los Puig os estaremos agradecidos —añadió.
El vizconde empezaba a dar la espalda a Hugo cuando resonó la voz del genovés:
—Os equivocáis.
El noble no llegó a volverse; ralentizó sus movimientos, como si esperase una explicación que no tardó en llegar.
—Este muchacho ha trabajado duro en la Santa Brígida. La nave lleva algo de él, algo de su espíritu, como del de los demás maestros, oficiales y aprendices. Si hoy, el día en que se os presenta la galera, vuestra capitana, no sois generoso ni caritativo, el duende se enfadará. ¿Qué hay de la benevolencia de los poderosos?
Roger Puig dio un manotazo al aire y soltó una carcajada. Hugo trató de erguirse.
—¿Qué duende? —preguntó el vizconde, todavía de espaldas al genovés.
—Todos los barcos tienen uno, señoría —contestó el maestro mayor señalando la inmensa popa de la galera que se alzaba sobre sus cabezas.
—¿Y qué sucede si se enfada? —inquirió el de Rocabertí pese a imaginar la contestación.
—La galera nunca navegará bien.
—Y hasta podría hundirse —agregó el genovés.
—¿No daréis crédito a esas patrañas?
El vizconde alzó una mano e interrumpió la queja de Roger Puig. Luego se mantuvo en silencio.
—Estoy seguro —dijo al cabo volviéndose hacia Roger Puig, Hugo y el genovés— de que tu insigne abuela y tu tío, toda tu familia, preferirán asegurarse de que nada pueda entorpecer la victoria de la armada real, al castigo de un canalla deslenguado, más si alguien de esa familia forma parte de mi tripulación. ¿O acaso te gustaría navegar bajo tales auspicios?
Roger Puig titubeó.
—El rey ya tiene bastantes problemas con los hechizos que le llevan a la postración para enterarse ahora de que hemos molestado al duende de su capitana por un pordiosero imberbe. ¡Soltadlo! —ordenó el vizconde directamente a los criados antes de proseguir camino sin aguardar a ver cumplidas sus palabras, como si no existiera la posibilidad de que alguien llegara a desobedecerle.
Y así fue. Hugo se vio libre.
«¡Soltadlo!» En dos ocasiones había escuchado Hugo aquella orden que le ponía en libertad. Su mirada se cruzó entonces con la de Roger Puig, cargada de ira. «La próxima vez no tendrás tanta suerte», le había advertido frente al cadalso. Hugo sonrió. La tenía. Creyó notar la ira de aquella mirada y fue a bajar la cabeza cuando recordó el consejo de Arnau: «No te inclines ante nadie». Respiró hondo, apretó los puños y se la sostuvo. Por detrás del noble transitaba la comitiva que seguía de nuevo los pasos del vizconde y del maestro mayor, pero para Hugo no fue más que una sombra que se movía sin sentido. Por delante, Roger Puig temblaba, tenía las venas del cuello y las sienes hinchadas; se le veía en tensión, colérico. Hugo esperó, con la mirada firme, hasta que el noble decidió seguir al vizconde.
—Hugo. ¡Hugo!
La segunda vez notó que lo sacudían con fuerza por detrás. Se volvió. Era Juan el Navarro. El muchacho trató de esbozar otra sonrisa, pero el semblante adusto del ayudante lo disuadió.
—Tienes que abandonar las atarazanas —le anunció. Hugo dio un respingo—. El vizconde no te quiere junto a los barcos. Debes marcharte ahora mismo. Esas son sus órdenes.
Hugo ascendió en dirección al Raval, allí donde se construía la nueva muralla. Lo hizo sin pensar. «Escóndete —le había aconsejado en susurros el Navarro mientras un soldado del vizconde comprobaba el cumplimiento de la orden—. Hazlo por lo menos hasta que Roger Puig embarque con la armada real.» El genovés también fue a decirle algo, pero la emoción se lo impidió y en su lugar le dio un beso largo que le dejó empapada de lágrimas la mejilla. Todavía las notaba, aunque quizá fueran las suyas propias.
Por detrás de las atarazanas, entre la Rambla y la nueva muralla ordenada por el rey Pedro, se abría el Raval, un extenso barrio de Barcelona que fue poblándose a medida que se erigían construcciones que no cabían intramuros o no convenía que estuviesen en la ciudad: el monasterio de Sant Pau del Camp; el hospital de San Lázaro para leprosos; el gran monasterio de los carmelitas, con sus dos claustros y que dio nombre a la calle del Carme; el hospital de Colom, que también nominó su calle, la del Hospital, junto al cual estaba el convento de las dominicas; otro pequeño hospital, el de Vilar; el convento de Sant Antoni Abat, o los de Montalegre y Nazaret… Tantos eran los conventos, las iglesias y los monasterios en Barcelona que Pedro el Ceremonioso prohibió la construcción de nuevos edificios religiosos así como que los ya existentes se ampliasen, pues de seguir a ese ritmo, sostenía el rey, Barcelona quedaría sin ciudadanos útiles para su defensa y conservación.
Alrededor de esos monasterios y hospitales del Raval crecieron núcleos de población, la gran mayoría de ellos humildes; muchos míseros. Con todo, la zona habitada del nuevo barrio —parte del espacio comprendido calle del Carme hacia arriba— era ínfima con respecto a su superficie; el resto, lo que quedaba entre la muralla nueva y el mar, se dedicaba a huertos y campos de cultivo.
Por esos huertos sembrados de barracas habitadas por indigentes deambulaba Hugo una tarde del mes de abril de 1387. El sol de primavera que anunciaba la llegada del calor y de la bonanza, tan celebrado en las atarazanas por implicar el inicio de la época de navegación, pareció recordar al muchacho cuál era su nueva, y precaria, situación. Hugo buscó con la mirada el mar, que quedaba atrás. El rumor de las olas, el alegre trasiego de los arsenales, de los pescadores o de los marineros en la playa mudó en la congoja de unas tierras plagadas de hortalizas que crecían en silencio, lentamente. Intentó oler el mar y una vaharada de abono pestilente terminó de abrirle los ojos… y la mente. Lo había perdido todo. Y antes había pensado que le acompañaba la suerte… «¡Estúpido!», se recriminó en voz alta. Ya no llegaría a ser mestre d’aixa, ni siquiera calafateador. Sueños e ilusiones arruinados al albur del capricho de un noble engreído.
Permaneció indeciso, sin saber qué hacer, ignorando si debía esconderse. No creía que Roger Puig le persiguiera. ¿Por qué habría de preocuparse de un pordiosero imberbe como él… de un canalla? No recordó el último insulto del vizconde. Roger Puig partiría en breve con la armada real, vestido de… ¿oro?, y con la espada al cinto. «¡Así te ahogues y te devoren los peces! —le deseó Hugo, y ladeó la cabeza al pensar en los peces—. ¡Ten cuidado, Roger Puig! Ahí abajo está mi padre, y en la mar no cuentan linajes.» La sola idea lo animó.
Anduvo en dirección al convento de las dominicas y el hospital de Colom. Las pocas calles que existían en el Raval eran largas y rectas, a diferencia de las intrincadas callejuelas que se abrían en el interior de la ciudad. Los edificios, por su parte, carecían de aquellos puentes o arcos habitables que volaban sobre las calles para unir unos a otros y así aprovechar el poco espacio urbano, y que hacían posible recorrer Barcelona de extremo a extremo sin pisar el suelo. Esa cualidad finalizaba en las puertas de las antiguas murallas, la de la Portaferrissa y la de la Boquería, a partir de las cuales, ya cruzada la Rambla, se iniciaban las dos vías más importantes del Raval: la calle del Carme y la del Hospital.
Hugo ascendió por la calle Robador, en la que ya empezaba a alzarse alguna casa y a verse trajín humano, hasta dar con la del Hospital, donde moría. A su derecha quedaban el convento de las dominicas y más cerca el de Colom, un sencillo edificio con cubierta a dos aguas y una pequeña iglesia con campanario adosada. A las puertas del hospital se acumulaban bastantes personas, la mayoría de ellas menesterosas a juzgar por su aspecto.
Había oído hablar a micer Arnau sobre el hospital de Colom. Atendía a una decena de enfermos pobres y a otros tantos niños abandonados. Bajo las órdenes del administrador había colectores mendicantes que día tras día pedían por las calles pan para el hospital, así como donados —hombres o mujeres que sin ser religiosos se entregaban al servicio de una comunidad—, y sirvientas y nodrizas para los lactantes. Todos ellos constituían el personal del hospital de Colom, similar en su composición al resto de los hospitales de la ciudad. «¿Y los médicos?», recordaba haber preguntado Hugo después de la explicación de micer Arnau. «Allí no hay médicos —le había contestado el anciano—, pero todos los de Barcelona tienen la obligación de acudir a los hospitales, gratuitamente y por turnos semanales, a sanar a los pobres. Así lo ordenó hace muchos años el rey Pedro. Si no lo hicieran, perderían la licencia para ejercer la medicina.»
Lo que también le había contado Arnau era que en Colom disponían de bastantes recursos y que acostumbraba a sobrarles pan, que entregaban a los pobres. Hugo volvió a mirar a la gente que se apiñaba a las puertas del hospital y notó que la boca le salivaba. Esa mañana no había almorzado a causa de la visita del vizconde a las atarazanas. Se entremetió en la última fila, aunque poco transcurrió hasta que notó el murmullo de otras personas tras él. No quiso volverse. Quizá le dieran algo de pan, pero… después ¿qué? ¿Tendría algo que llevarse a la boca esa noche o al día siguiente? Un sudor frío le recorrió la espalda y le humedeció desagradablemente las palmas de las manos. No sabía qué podía hacer ni de qué iba a vivir.
Olvidó sus cuitas tan pronto como se abrieron las puertas del hospital y aparecieron un par de donados cargados con un cesto. En ese momento hombres y mujeres, viejos y jóvenes, empezaron a luchar por alcanzar el mejor sitio. Hugo se vio aprisionado en la marea. Gritos, empujones, zancadillas y hasta algún que otro golpe se sucedieron en cuanto los donados empezaron a repartir el pan. Después de un buen rato de aguantar empellones le quedaban unas pocas filas para llegar y deseaba siquiera un mendrugo. Tenía hambre, y por un instante temió que el pan de la cesta fuera a terminarse. Corrió el rumor, aumentó el nerviosismo y con él la violencia. Hugo empujó a quienes le precedían sin la menor contemplación. Intentaba superarlos cuando le agarraron de un hombro. Dio un fuerte manotazo hacia atrás. ¡Nadie iba a quitarle el sitio! Empujó, sin avanzar; no lo conseguía. Otra mano le tiró del otro hombro. Lo presintió. Eran manos grandes, fuertes, impropias de aquel grupo de desheredados que le rodeaban. No quiso mirar. Se echó al suelo y logró liberarse. Arreció el griterío. Oyó las órdenes del criado de Roger Puig mientras gateaba entre las piernas de la gente y escapaba. También le llegaron los gritos de los que quedaban atrás y que creían que el criado, en su persecución, pretendía saltarse la cola y robarles el pan.
—¡Sal de aquí, canalla!
—¡Ladrón!
—¡Pídele comida a tu señor!
Hugo recibió patadas y coscorrones, pero siguió gateando, arrastrándose, hincando los dientes en las pantorrillas de quienes no se apartaban. Llegó a la primera fila, donde estaban los donados. Los que esperaban su turno pretendieron impedirle el paso, pero los esquivó, avanzó acuclillado y se coló en el hospital. Uno de los donados lo siguió con la mirada, hizo una mueca, se encogió de hombros y continuó con el reparto. Nadie más le prestó atención.
El muchacho corrió atropelladamente hasta que se encontró en el centro de una nave alargada. Inclinado, con las manos en las rodillas, se dio tiempo para recuperar el resuello. Comprobó la entrada: nada. El escándalo del exterior parecía disiparse en aquel entorno, en el que solo vio camastros a ambos lados, algunos de ellos ocupados por dos enfermos. Casi todos se mantenían en silencio; los que no, elevaban quejas a cual más lánguida. Respiró hondo. Una mujer rolliza se le acercó.
—No debes estar aquí —le recriminó en voz baja—. Si quieres pan…
—Me persiguen —acertó a gemir Hugo justo en el momento en que aumentaba el griterío más allá de la puerta.
La mujer se concedió un instante para juzgarle.
—Ven, sígueme —le ordenó.
Salieron por una puerta lateral que daba a un patio en el que jugaban algunos niños. Lo cruzaron presurosos mientras la mujer indicaba silencio con un dedo tieso sobre los labios a las amas de cría que amamantaban a unos pequeños. Al otro lado del patio abrió una puerta con una de las llaves que portaba en un gran manojo que tintineaba de su cinto e indicó a Hugo que entrase. «La bodega», se dijo él, más por el aroma que por acertar a ver en la penumbra. El chasquido de la llave al cerrar desde el patio resonó con estruendo en el interior. Se preguntó por qué lo había confinado allí. La única luz que entraba lo hacía a través de un ventanillo en la propia puerta.
Hugo cogió una cuba vieja, se subió y se asomó a tiempo de ver cómo la mujer gorda gesticulaba frente a un hombre bien vestido. Ambos miraron hacia donde él estaba y desaparecieron en el hospital.
—¡No! —gritó el muchacho.
Intentó abrir, en vano. Observó el patio, donde una de las nodrizas también negaba con la cabeza.
—¡No puede ser! —se quejó Hugo.
Vislumbró a su lado una serie de tinas y huecos excavados en el suelo de roca y, más allá, intuyó la sombra de algunas cubas. No parecía haber ventana ni puerta alguna. Lo comprobó, a tientas, quejándose primero, gimiendo después. Terminó pateando aperos. ¡Estaba encerrado! Volvió a mirar a través del ventanillo justo en el momento en el que el ama de llaves, el administrador y el criado de Roger Puig cruzaban el patio con resolución. ¡Estaba atrapado! Bajó de la cuba y buscó. ¿Qué? Encontró un palo tan robusto como un remo de los buenos. Serviría. Lo cogió y lo cruzó a través del tirador interior de hierro de la puerta. «¿Y ahora?» El ruido de la llave en la cerradura y el golpeteo del palo al chocar e impedir la entrada se confundieron con los gritos e insultos del criado de Roger Puig el día que le había pegado y que en ese momento resonaban en la memoria de Hugo. Volvería a caer en sus manos.
—Muchacho —oyó a través del ventanillo—. Abre. No te haremos ningún mal.
No era el criado. Hugo habría podido reconocer su voz hasta en el infierno.
Al cabo cambió la persona del ventanillo.
—¡Te mataré!
¡Ese sí era el criado! Hugo tembló. Lo haría, sin duda. Le mataría. Y nadie se enteraría, y… Cogió otro palo, algo más ligero pero igual de duro, y en la oscuridad apoyó su punta en el borde del alféizar del ventanillo.
—¡Cuanto más tardes en entregarte…! —empezó a amenazarle el criado de Roger Puig.
«¡Ahora!», se dijo Hugo.
Deslizó el palo a través del ventanillo con toda la fuerza de la que fue capaz. La madera le transmitió el crujir de algún hueso; los de las cuencas de los ojos, deseó, pues el palo había ido en dirección ascendente. Mientras se sucedían los gritos y los quejidos aprovechó para desatrancar la puerta, la abrió con ímpetu y, esquivando el cuerpo del criado que yacía en el suelo, escapó. Tuvo tiempo de verlo sangrar abundantemente por entre los dedos de las manos con las que se tapaba el rostro. Se disponía a atravesar el patio pero se detuvo y se volvió hacia el administrador y el ama de llaves. Ambos atendían al criado de rodillas y miraban atónitos a Hugo, como si se tratara de un fantasma.
—¡Puta! —chilló con una voz que le surgió aguda como un punzón, como si quisiera descargar en aquel insulto la tensión padecida.
Luego huyó. Cruzó a la carrera el patio y la nave donde estaban los enfermos y, sin pararse, corrió toda la calle del Hospital en dirección contraria a la ciudad, hasta que superó el hospital de San Lázaro. Se detuvo y se desvió en las cercanías de la puerta de Sant Antoni, en la muralla nueva. Allí habría guardias.
La zona volvía a estar deshabitada; ni barracas había en los alrededores de donde se internaba a los leprosos. Creyéndose solo, Hugo se metió en un huerto y hurtó un par de cebollas todavía verdes. Era consciente de la pena a la que podían condenarlo si lo detenían y no tenía dinero para pagar la multa, como era el caso. Sin embargo, alejó de su mente esa posibilidad ante el sabor agrio y la textura correosa de las cebollas. ¿Qué multa podían ponerle por comer tal bazofia? Anduvo sin rumbo, masticando a duras penas los pedazos que lograba arrancarles a dentelladas. Pensó en su madre y en cada una de las ocasiones en las que habían hablado en la plaza de Santa María de la Mar, ya terminada la misa. Ella sonreía ante los proyectos de Hugo, y le abrazaba fuerte, muy, muy fuerte. «Lloro de alegría —le decía—. De alegría, hijo.» Y entonces volvía a abrazarlo tan, tan fuerte que le cortaba la respiración, pero él no se quejaba; le gustaba. No podía confesarle que sus sueños se habían desvanecido. La decepcionaría. Lloraría… pero esa vez de tristeza. Y sería culpa de él. Su madre envejecería como criada en casa del guantero.
Con la garganta agarrotada buscó refugio bajo los restos de unos maderos que algún día debían de haber formado parte de una chabola ahora abandonada. Se sentó en el suelo y alzó una mano para lanzar lo que le quedaba de la segunda cebolla, como si quisiera alejar sus penas, pero rectificó y la dejó a su lado. Pensó en su hermana. También ella se llevaría un disgusto, aunque eso no afectaría a la dote que le proporcionaría aquella puñetera monja cuyo nombre nunca lograba recordar. Arsenda se casaría con un buen hombre.
Oscurecía despacio. ¡Qué hermosa era esa luz colorada sobre el mar! Hugo trató de encontrar alguna semblanza en los huertos y los campos que se extendían frente a él. ¿Cómo iba a ser hermosa la luz del ocaso sobre un campo de cebollas? Se permitió una sonrisa que culminó en carcajada. ¡Cebollas! En esa ocasión sí que lanzó lo más lejos que pudo el resto de la segunda. Luego suspiró y al poco el sueño vino a poner fin a un día de tremenda tensión.
Despertó con las primeras luces y se encontró descalzo. ¡Le habían robado sus espléndidas abarcas con suela de cuero y no se había enterado! Miró a su alrededor y trató de recordar si se había descalzado antes de echarse a dormir. No, estaba seguro de que no lo había hecho. Lo que sí vio fue una cebolla. ¡Le habían cambiado sus zapatos por una cebolla! Debían de haberlo espiado el día anterior, y le vieron lanzarla…
—¡Perros! —gritó saliendo de debajo de las maderas, la cebolla en su mano alzada amenazando al universo.
—¿Por qué gritas, muchacho? —La voz provenía de su espalda. Un viejo que trabajaba en otro de los huertos, comprobó Hugo—. ¿Qué llevas en la mano? —le sorprendió. El chico todavía tenía el brazo medio alzado—. ¡Ladrón! —tronó al fijarse en la cebolla—. ¡Al ladrón!
Hugo echó a correr. No había dado dos pasos cuando pisó una piedra. Un dolor punzante le paralizó. Cayó al suelo. El viejo se acercaba azada en ristre, renqueante, boqueando en busca de un aire que no encontraba para reclamar auxilio. Hugo se levantó. ¡Todo por ese mísero botín! Miró la cebolla, se la mostró al hombre mientras se acercaba, y la dejó en medio del camino. Rogó al cielo que el hortelano se conformase con la devolución. Luego le dedicó una reverencia como las que hacía cuando andaba con micer Arnau y se volvió dispuesto…
—¿De qué va a servirle al viejo Narcís una cebolla arrancada y manoseada por un ladrón?
Dos hombres agarraron a Hugo con tanta fuerza que creyó que iban a partirle los brazos.
—Yo no… —acertó a quejarse mientras lo arrastraban hacia el anciano, quien tan pronto como lo tuvo al alcance le propinó un tremendo golpe en la espalda con el palo de la azada.
—No lo matéis, Narcís. Nos vendrá bien que sirva como ejemplo para los demás mocosos que no respetan nuestros huertos.
—¿Tienes dinero para pagar todas las cebollas que has robado? —le preguntó uno de los hombres tras zarandearlo con violencia. Había acercado su rostro al chico como si pretendiera morderle, y escupió tanto las palabras como una vaharada fétida.
—No he cogido más que dos… —trató de defenderse Hugo.
—¡Mientes! —saltó el otro.
—¿Dónde están tus compinches? ¿Te han dejado solo?
—¡Pagarás por ellos!
—¿Tienes dinero?
Y le zarandearon de nuevo.
—¡No! —repetía Hugo una y otra vez.
La comitiva partió de la Casa de la Ciutat, allí donde se encontraba el salón de Ciento y se reunían los representantes de Barcelona, la rodeó y llegó hasta la plaza de Sant Jaume. Hugo no llegó a reconocer los hurtos que injustamente se le imputaban, pero sí lo hizo con respecto a las dos cebollas que ni terminó de comer, por lo que sometido a juicio de prohombres fue sentenciado en solo unos instantes por tres de los concelleres de la ciudad. El muchacho, ataviado exclusivamente con sus roídos calzones, la espalda al descubierto y las manos atadas por delante, fue montado en un borrico y escobat.
—No os excedáis en el castigo —recomendaron los concelleres al alguacil en un aparte.
Hugo recordó entonces la pena a la que la ciudad sometió a un deslenguado que había insultado a Nuestro Señor Jesucristo en una discusión acalorada, porque de haberlo ofendido conscientemente habría merecido la muerte sin posibilidad de perdón. En aquel caso al blasfemo solo le atravesaron la lengua con una verga de hierro, lo ataron encima de un borrico, quizá el mismo en el que ahora iba Hugo, y le pasearon por toda Barcelona mientras a la proclama los ciudadanos le increpaban, le escupían, le apedreaban y, además, le golpeaban con tripas de buey rellenas de excrementos. Hugo volvió a vivir la imagen del hombre con la boca abierta, ensangrentada, y el rostro salpicado de heces. Luego de recorrer las calles lo encadenaron a la picota en la plaza de Sant Jaume cubierto de ellas. ¿Y si en lugar de golpearlo a él con el látigo decidían hacerlo con tripas de buey henchidas de excrementos?, se preguntó Hugo. Se hallaba encogido sobre el borrico, a pelo, con los testículos presionados por el afilado hueso de la cruz del animal, aterrado por aquella visión del blasfemo atragantándose con su propia sangre y las heces que le entraban en la boca abierta por el huso de madera, cuando notó un fuerte golpe en la espalda. Se volvió. ¡Cuerdas de cáñamo! Agradeció la clemencia en el momento en que al grito de «¡ladrón de cebollas!» dio comienzo su escarnio público.
Casi toda la mañana tuvieron a Hugo recorriendo las calles de la ciudad bajo el sol primaveral. De la plaza de Sant Jaume a la catedral. De allí a la plaza del Blat y a Santa María de la Mar. El Born, Santa Clara, la playa, la lonja, donde el Consulado de la Mar, el convento de Framenors, las atarazanas…
Un par de soldados abrían camino y llamaban a gritos a los ciudadanos a presenciar la vergüenza de Hugo, como si no fuera suficiente con el ejército de chiquillos escandalosos que la anunciaba con sus correteos y aullidos alrededor del borrico. Mientras le azotaban con aquellas cuerdas que ya habían abierto brecha en su espalda joven, Hugo se convirtió en blanco de insultos y escupitajos; también se escapó alguna piedra, pero los alguaciles ponían coto de inmediato a las pedradas.
Al paso por las calles del barrio de la Ribera, donde vivía la gente de la mar, después de Santa María, cuando la comitiva se acercaba al Rec Comtal, los rostros congestionados de los hombres y las mujeres que le gritaban, le señalaban o se reían de él se transformaron en una masa borrosa indefinible. Casi dejó de sentir el machacante golpeteo de la cuerda sobre su espalda y desapareció la preocupación por la posibilidad de que Roger Puig o alguno de sus esbirros lo descubriera. Ya no importaba. Cerró los ojos, y entre el barullo y la algarabía, rezó. Rezó a la Virgen y le suplicó que su madre no fuera testigo de la desgracia en la que había caído.
—La próxima vez utilizaremos un buen látigo de cuero —le advirtió el alguacil al desmontarlo del borrico de regreso a la Casa de la Ciutat. Le desató y le devolvió su camisa—. Ve a lavarte antes —le recomendó al ver que el muchacho hacia ademán de ponérsela. Hugo dudó, aturdido—. Al mar. Tienes el mar entero para ti.
Todavía tuvo que sufrir algunos insultos mientras recorría las calles que separaban la Casa de la Ciutat de la playa, pero en esa ocasión, sin alguaciles, sin borrico y sin cuerdas, con la espalda sangrando, fueron más los que estuvieron a su favor que aquellos que le gritaban.
—¡Calla! ¡Deja en paz al chico! —terció una mujerona a otra que insultaba a Hugo en la calle del Regomir, a la altura de la panadería—. Ya ha pagado su culpa. Es el hambre lo que los lleva a robar cebollas. Toma, muchacho —añadió, y arrancó un pedazo del pan recién horneado que llevaba.
Pan de garbanzos con algo de harina blanca. Hugo devoró el trozo de hogaza sin darse tiempo a saborearlo. Llegó a la playa y, bajo la mirada de algunos marineros y trabajadores, cruzó entre las barcas hasta la orilla, donde las olas rompían perezosamente. Hacía un buen día, templado, soleado y sin viento. Pese a las condiciones, se internó en el agua fría con recelo, y antes incluso de que le llegase a la cintura hundió la espalda y notó un tremendo escozor. Allí permaneció hasta que remitió la quemazón. «Tengo suerte», se había felicitado en las atarazanas al librarse de que lo encarcelaran en el castillo de los Puig. Después en el Raval lo dudaría. Pero ahora… en un par de días su mundo se había desmoronado. Con todo, los Puig no lo habían descubierto; claro que difícilmente lo habrían reconocido montado en aquel borrico enano y con la cabeza gacha ante quienes formaban hileras a su paso. Tampoco lo había visto su madre, estaba seguro. Puso la mirada en el horizonte, inmenso, imponente. «¡Cebollas…! ¡Ja!»
Salió del mar con la piel erizada por el frío y se apresuró a ponerse la camisa.
—Sécate antes, muchacho —le aconsejó un calafate bajo y barbudo al mismo tiempo que le lanzaba un paño. Luego se acercó a mirarle la espalda—. Has tenido suerte —añadió—. No se han ensañado contigo.
—¿Suerte? —se le escapó a Hugo.
—Sí. ¿Tú eres el que se peleó en la ejecución de micer Arnau? —afirmó más que preguntó—. Valiente. Insensato pero valiente. Deberían haber sido los concelleres quienes reclamaran justicia a los nobles, pero están más preocupados por parecerse a ellos que por defender a los ciudadanos, y ahora sin el rey Pedro… —Chasqueó la lengua y dejó inconclusa la frase para llamar a gritos a un tal Andrés, que asomó la cabeza por entre las barcas—. Tráete el remedio para las heridas —le ordenó.
La playa de Barcelona se hallaba delimitada mediante mojones que señalaban las zonas para varar las barcas de pesca separándolas de aquellas otras en las que se construían barcos a la intemperie. La que había frente a la antigua puerta romana del Regomir era una de ellas: la más antigua de Barcelona. Disponía de un modesto edificio junto a los soportales, llamados Voltes dels Fusters, en el que se almacenaban velas, mástiles, entenas y demás aparejos, pero las naves se trabajaban en la playa, como lo hacían Andrés, un chico algo mayor que Hugo, y Bernardo, su padre: aprendiz el primero, maestro calafate el otro.
Fue el propio Bernardo quien le untó el remedio para las heridas, un ungüento que hizo revivir a Hugo el escozor sufrido con el agua salada. Mientras lo hacía se acercaron algunos trabajadores. Todos sabían que lo habían escobat; más aún, parecían estar al tanto de lo del día de la ejecución de micer Arnau.
—Tú eres el hijo de Matías Llor, ¿verdad? —inquirió uno de ellos, un viejo encorvado, arrugado y tostado por el sol—. El Silbante, le llamaban. Siempre andaba silbando tu padre. —Lanzó un graznido a modo de risa—. Fue una lástima. ¿Cómo está tu madre?
—Bien… —titubeó Hugo.
—Guapa mujer —añadió el viejo.
—Y tú —terció otro—, ¿también serás marinero?
¿Marinero? Hugo negó con la cabeza como si no se atreviese a expresarlo en voz alta. Su padre… siempre decía que el mar era maravilloso. «Como una mujer bella que te mece —aseguraba—. Lo mejor de lo que puedo gozar… después de ti», se retractaba si Antonina lo oía y torcía el gesto. Luego los dos solos, en lo que Matías planteaba como una conversación de hombre a hombre, aconsejaba a su hijo: «No hay hembra igual de caprichosa y que llegue a encolerizarse tanto como la mar, Hugo. Cuídate de ella». El muchacho no llegó a conocer cuán caprichosa podía llegar a ser. «Prométeme que tú nunca te irás a la mar como él, hijo», le rogó su madre el mismo día del entierro señalando el ataúd. Y lo prometió.
—¿Conoces la calle del Regomir?
La pregunta, formulada por un hombre que debía de ser mestre d’aixa por la azuela que tenía en una mano, despertó a Hugo de sus recuerdos. Dudó, aturdido.
—¡Sí, hombre, esa por la que has bajado hasta la playa! —indicó Andrés.
—¡Ah!
—Pues ve allí y busca la herrería de Salvador Vinyoles —ordenó el mestre d’aixa—. Le dices que vienes de mi parte, de Joan Pujol, y que te dé los clavos que le tengo encargados. ¿A qué esperas, muchacho? —le apremió.
Aquellos clavos y otro par de encargos que hizo a los calafates antes de terminar el día le proporcionaron un pedazo de pan, una escudilla de olla de gallina con hortalizas y un buen vaso de vino que Andrés le llevó a la playa. También le permitieron dormir al cobijo de una de las naves que estaban desmantelando.
Hugo vivió entre la gente del mar y durmió al amparo de las embarcaciones, escondiéndose tan pronto como percibía los destellos de los trajes de los nobles u oía los rumores y preparativos que siempre precedían a su llegada. Visitó a Arsenda. No se atrevió a confesarle que ya no trabajaba en las atarazanas. Tuvo que explicarle por qué iba descalzo, alegando que había extraviado sus zapatos. «Un día los dejas en un sitio y al volver a por ellos no los encuentras…», le dijo. Pasado algún tiempo mermaron los recelos del guantero tras el enfrentamiento de Hugo con los Puig, y madre e hijo recuperaron esas palabras apresuradas que se cruzaban los domingos a la salida de Santa María de la Mar. Tampoco a Antonina le habló Hugo de lo de las atarazanas. No habría sabido cómo contárselo. La angustia que le corroía ante la mentira se difuminó, no obstante, en la actitud de ellas: ni la una ni la otra cuestionaron su situación, aunque con su madre el chico pagó el engaño con el dolor que sus manos desencadenaron en su espalda herida cuando lo abrazó y se la acarició.
También se acercó a las atarazanas en varias ocasiones. El trajín era constante, y la empalizada de madera erigida frente a la fachada marítima para defenderla del oleaje tanto se hallaba en pie un día como desaparecía al siguiente para abrir paso hasta la playa. Los bastaixos descargaban madera y transportaban enseres. Marineros y maestros armaban galeras. No había ni rastro del genovés. No llegó a verlo, ni a él ni a ninguno de los otros con sus bolas arriba y abajo. Quizá Domenico había vuelto ya a su país. A quien sí vio, en la distancia, fue a Juan el Navarro. Intercambiaron una mirada y se sonrieron.
Hugo se dirigió hacia él.
—¿Y el genovés? —le preguntó tras un saludo.
—Recuperó su libertad.
Miraron al mar, como si lo viesen en la lejanía.
Un día Andrés le advirtió de que en el Raval preguntaban por él. «El criado de un noble —contestó a Hugo cuando este le preguntó de quién se trataba—. ¿Es cierto que lo descalabraste?» Rieron con el relato, pero la amenaza hizo mella en el muchacho, por lo que evitó aquella zona de Barcelona. De poco le sirvió, sin embargo, la prudencia. Si trataba de evitar al noble y al criado que recorrían el Raval, fueron nobles y criados quienes se acercaron hasta las atarazanas del Regomir. Hugo ya lo había vivido en otras ocasiones; incluso había acompañado a su padre a enrolarse, por lo que no le extrañaron los acontecimientos que se vivieron el domingo siguiente tras el anuncio de la partida de la armada real a Morea.
Salían de misa en Santa María de la Mar y al son de trompetas llegaba la comitiva desde la catedral: el rey y su lugarteniente en Oriente, el vizconde de Rocabertí, el obispo y demás prebostes de la seo, caballeros y nobles, los estandartes de todos debidamente bendecidos; los concelleres de la ciudad, prohombres, el resto del séquito y tras ellos el pueblo de Barcelona, al que se le unieron los fieles que abandonaban Santa María. Mientras los heraldos voceaban y llamaban a la gente a enrolarse en la armada real, Hugo reconoció a Roger Puig, que caminaba al lado de su tío, el conde de Navarcles, por delante de los nobles. Buscó a su criado entre los del séquito y no le costó reconocerlo, pues llevaba una venda que le cruzaba el rostro. Hizo lo posible para que su madre no notase el temblor que le recorrió el cuerpo.
—Recuerda tu promesa —le dijo ella confundiendo la inquietud de su hijo, antes de despedirse y regresar a casa del guantero—. No firmes para ir a la mar.
La comitiva superó Santa María y llegó hasta la plaza que se abría frente a la lonja, a pie de playa, junto a las atarazanas del Regomir donde Hugo trabajaba, y allí, ya ubicada una larga mesa cubierta con un paño carmesí en la que destacaba el escudo real bordado en oro, el propio rey llamó a los ciudadanos a enrolarse en su armada.
Millares de personas se arremolinaron alrededor de los soldados que protegían al monarca y a los nobles. Hugo estaba entre ellos. No temía ser descubierto entre la muchedumbre. El rey Juan puso fin a su arenga y la multitud se movió inquieta. Los heraldos ensalzaron a gritos al monarca, al vizconde de Rocabertí, al almirante de la armada y a sus capitanes; enardecieron y exhortaron a los ciudadanos, a los ballesteros, remeros y demás soldados de Barcelona a compartir la gloria que les esperaba en tierras lejanas. Sonaron trompetas, tambores y una cornamusa. La gente se ponía más y más nerviosa mientras el soberano y los nobles los contemplaban complacientes. Un rumor se alzó de miles de gargantas.
—¡Larga vida al rey Juan! —gritó alguien.
Hugo, de puntillas entre el gentío, permanecía atento, en tensión. Vio sonreír al rey Juan ante el raudal de aclamaciones y ovaciones. El monarca disfrutaba observándolos. Pidió más, y sus súbditos no le defraudaron y lo vitorearon. Al fin, cuando los soldados se veían ya incapaces de contener a la muchedumbre, el rey volvió la mano derecha abierta hacia los ministros que le acompañaban y uno de ellos la llenó de monedas. Hugo creyó escuchar la respiración contenida de la gente durante el instante de silencio que se produjo ante la lluvia de monedas que destelló en mil reflejos sobre las cabezas de los barceloneses; un silencio que se rompió con el estallido de confusión, desorden y lucha por hacerse con los dineros que, a puñados, lanzaban el rey, el vizconde de Rocabertí y el almirante de la armada. Hugo se echó al suelo igual que lo hacían hombres y mujeres. Buscó, ahora crispado por la envidia ante los gritos de alegría de los afortunados, ahora deslumbrado con la mirada alzada al sol para ver adónde iban a caer esas nuevas monedas que no conseguía atrapar.
Le pareció vislumbrar una. Corrió a cuatro patas y pasó por encima de una mujer gorda. Fue a echarle mano, pero alguien, un muchacho calvo, robusto y ágil se le adelantó… ¿De dónde había salido? Hugo titubeó. El otro ni se volvió a mirarlo y, con la moneda en la mano, se alejó gateando en busca de mayor tesoro. Hugo lo observó, decepcionado. Se asemejaba a un perro; olfateaba y olisqueaba excitado, sin preocuparse de la gente. Cazaba. Buscaba los dineros como si persiguiese una presa; empujaba sin contemplaciones; sorteaba a los más fuertes; clavaba los pies en la tierra… ¿Los pies? ¡Aquellos eran sus zapatos! Lo persiguió. Lo hizo ajeno a aquella lluvia de dinero que continuaba originando rencillas y peleas, y sin saber cómo podría enfrentarse a él. Era mayor; los zapatos le quedaban extremadamente justos, el cuero se veía forzado. Además, al cabo de un rato, con el rey y su corte ya camino de palacio, al perro calvo se le unió un grupo de muchachos de todas las edades. Hugo vio que propinaba un pescozón a un niño pequeño que, tras negar con la cabeza, había extendido las palmas de las manos vacías. Se apartó con discreción.
Los congregados ya regresaban a casa, muchos de ellos contentos. Había quienes relataban a gritos y entre gestos cómo se habían hecho con aquellas monedas que mostraban ufanos. En la mesa de contratación solo quedaban los funcionarios y una cola de hombres que pretendían enrolarse en la armada real y cobrar en ese momento su primera paga. Todos debían presentar un fiador y jurar sobre los evangelios; luego correrían a gastar los dineros. Algunos se arrepentirían, pero su compromiso estaba cerrado.
A una distancia prudencial, Hugo siguió al grupo de jóvenes. No le extrañó que se dirigiesen al Raval. Notó nacer en él la ira al imaginarlos igual que ahora, en grupo, riendo y hablando a gritos, interrumpiéndose unos a otros, burlándose de él, de cómo le habían hurtado los zapatos sin que se despertara. «¡Y la cebolla…!», se jactaría alguno de ellos, quizá el perro calvo. «Lo corrieron a escobazos por toda Barcelona», recordaría otro originando una riada de carcajadas igual de irritante que la que se le clavó en lo más profundo a la altura de la puerta de la Boquería, donde los vio reírse y palmearse la espalda unos a otros antes de separarse. El perro calvo subió por la Rambla, acompañado de dos muchachos, entre ellos aquel al que había propinado un pescozón. Entraron en una casa de la calle de Tallers. En esa zona se agrupaban los talleres de ladrillos y vivían los cortadores de carne, junto a la muralla nueva, en el extremo de Barcelona.
El siguiente día, lunes, Hugo se desvió de un recado que le habían encomendado en las atarazanas del Regomir y descubrió al perro calvo trabajando con un hombre inmenso en las carnicerías que había fuera de la puerta de la Boquería, donde sobre sencillas mesas se vendía carne de macho cabrío, cochinillo y oveja, productos cuya venta estaba prohibida en el interior de la ciudad. Le molestó que la sangre que chorreaba el mandil del muchacho pudiera manchar sus zapatos… Rió a desgana, sin saber qué hacer. El otro le sacaba una cabeza y era fuerte e insolente, y quizá un mal tipo… ¡Pero eran sus zapatos! Con los dientes apretados dio la espalda a la carnicería, tras mirarlo una vez más, y se engañó con la excusa de que le esperaban donde los barcos.
Durante días lo siguió y lo espió. La rutina del trabajo en el obrador de la puerta de la Boquería solo se rompía cuando el perro calvo y su padre acudían a la iglesia de Santa María del Pi, la parroquia del barrio. En el espacio abierto entre el cementerio y la iglesia, el carnicero se subía en unos zancos y caminaba entre el hijo y sus amigos, persiguiéndolos y gritando. La concurrencia de la gente ante aquel hombretón que correteaba sobre los palos permitió a Hugo acercarse sin temor a ser reconocido. Entonces se enteró de que el padre del perro calvo hacía de gigante en la fiesta del Corpus y acostumbraba a entrenar para ello. «En la procesión lleva vestiduras hasta el suelo», aclaró una mujer. Al finalizar, como si de un juego se tratara, el perro calvo y sus amigos se subían en los zancos y trataban de imitar al carnicero, que reía con los presentes ante los tropiezos y caídas de los muchachos. Santa María del Pi, y un torreón a medio construir adosado a la iglesia en el que guardaban los zancos, parecía constituir el refugio del perro calvo y sus compinches, quienes los días feriados, después de corretear por Barcelona, acababan reuniéndose en aquella torre abandonada. Hugo los espiaba, escondido en uno de los cementerios.
Se llamaba Juan Amat. Era hijo de un cortador de carne en la Boquería. Y sí, era peligroso. Eso le advirtió Andrés cuando Hugo desistió de perseguirlo porque no se le ocurría cómo recuperar sus zapatos, y se decidió a contar todo al aprendiz de calafate.
—No hay rincón de Barcelona donde no lo conozcan. Mejor que no te enfrentes a él —añadió Andrés, dando a entender que ni él mismo, aun siendo mayor, se atrevía a hacerlo.
—Alguien me dijo que no debía inclinarme ante nadie.
Andrés sonrió abiertamente antes de replicar:
—Un consejo atrevido. ¿Te dijo también cómo lograrlo?
—No —se vio obligado a reconocer Hugo con un murmullo.
Andrés percibió la desazón en la mirada que huyó de él para refugiarse en los barcos.
—Pues eso es lo importante en esta vida: a ninguno nos complace la humillación o la sumisión; el problema es saber cómo escapar de ellas. Ten mucho cuidado con Juan Amat —terminó insistiendo.
Mientras miraba al mar en las noches calmas de primavera, con la espalda apoyada en alguno de los barcos varados en la playa, Hugo se preguntaba cómo habría solucionado aquel problema micer Arnau. A falta de respuesta se planteaba olvidar el asunto; al fin y al cabo eran solo unos zapatos… ¡Sus zapatos! La frase terminaba siempre tronando en su interior para imponerse a la posibilidad de rendición. Además, estaba lo del borrico y las cebollas; todavía le escocían las heridas de la espalda. ¡Todos aquellos brutos se habían burlado de él!
Pero no se atrevía a acercarse al perro calvo.
Entrado mayo, más de un mes después de que se abriera la mesa de contratación junto a la lonja, entre la gente de Barcelona de nuevo arracimada en la playa, Hugo asistió complacido a la partida de la armada real con destino a Morea. Sabía que con ella, refulgente en sus bordados de plata, partía también uno de sus mayores problemas. La noche anterior la marinería «saludó» a las galeras con cánticos y salves, y ahora, mientras a golpe de remos enfilaban las tasques, los peligrosos bajíos que encerraban el puerto de Barcelona, los ciudadanos gritaban y vitoreaban a la decena de navíos. Hugo no fue menos. Vio a Roger Puig transitar altanero por el puente de madera que él mismo había ayudado a construir en la orilla para evitar que las lujosas vestiduras de los nobles se estropearan y sus propietarios embarcasen con comodidad en los botes que los llevarían hasta las galeras. Junto a Roger Puig, al cuidado de su equipaje, reconoció al criado con un parche en el ojo derecho.
No habían dejado de flotar los vítores en el aire, las banderas del rey y del vizconde junto a los pendones de los capitanes y el de Sant Jordi todavía coloreando el horizonte, cuando una galera pequeña de dieciséis bancos con pendón mallorquín arribó a puerto. Barqueros y bastaixos olvidaron a la armada y se dispusieron a recibir otro más de los barcos que a partir de esa fecha atracarían en Barcelona en ese tráfico marítimo que tan rica hacía a la ciudad y a sus comerciantes.
Hugo se acercó a los bastaixos; se sabía bien recibido, y siempre gratificaban su ayuda de una u otra manera. No podía descargar mercancías ya que la cofradía no lo permitía, pero sí correr y llevar de acá para allá los recados de prohombres y comerciantes. En cualquier caso, le gustaba rondar aquellos grupos de personajes que desde la playa controlaban la descarga de los barcos. Santa Felipa, así oyó Hugo que llamaban a la pequeña galera, y después añadían, excitados, que había sufrido un ataque de corsarios argelinos.
—Mucho más grande, por supuesto —afirmó uno de los comerciantes refiriéndose a la nave corsaria. Hugo se aproximó cuanto pudo, con la curiosidad plasmada en sus ojos tremendamente abiertos—. ¿Que cómo nos libramos? Agilidad y buen armamento. Dieciséis bancos nos concedieron una capacidad de reacción y maniobra de la que carecen las grandes naves, y eso fue acompañado de un par de disparos de bombarda que acertaron en la cubierta de los corsarios y una certera lluvia de saetas con la que despedimos el encuentro. Agilidad, rapidez y buen armamento, todo ello convierte a una embarcación pequeña en capaz de pelear y vencer a otra mayor —sentenció el comerciante.
Hugo se preguntó si sería capaz de ser más ágil y rápido que el perro calvo. La idea lo machacó durante toda la jornada. Recordaba a Juan Amat olfateando las monedas y sorteando a la gente. ¡Era muy rápido y muy ágil! También había que contar con buen armamento, había dicho el comerciante. Buen armamento…
Esa misma noche, cuando iba a silbar junto al muro de las atarazanas que lindaba con el gran patio, oyó el corretear y el gimoteo sordo de los perros al otro lado. Lo habían presentido. Silbó, no obstante, y se encaramó para escalar el muro y dejarse caer en el patio. Jugueteó con los animales, a los que hacía tiempo que no veía. Los perros percibieron también aquel inicio de tristeza y se lanzaron encima de Hugo, quien acogió sus lametazos con cariño; luego lo siguieron hasta el almacén en el que se guardaban las armas.
Hugo esperó hasta que sus ojos se acostumbraron a una oscuridad solo rota por los reflejos de un hachón encendido en la pared del patio. Recordaba la estancia mucho más llena; era evidente que la armada real había dispuesto de gran parte del arsenal. Aun así, en las hojas afiladas de los destrales reverberó la luz temblorosa de la antorcha. Eso era lo que buscaba, y había un montón de ellos sobre una mesa. Se acercó y deslizó los dedos por encima. Uno de los perros gimió, como si le advirtiese.
—Calla —le reprendió Hugo—. Tú no lo entiendes. Lo necesito para recuperar mis zapatos.
Agarró una de las hachas, la que le pareció más pequeña. No recordaba que pesasen tanto, quizá porque cuando entraba en aquel almacén solo soñaba con imaginarios combates navales y ahora… se disponía a usarla.
Los perros continuaban nerviosos y Hugo los mandó callar. Los dos le obedecieron, y él movió el destral con rapidez. La hoja cortó el aire y silbó en una pelea imaginaria.
Hugo sabía que Juan Amat se levantaba al alba y acudía al puesto de carne de la Boquería, donde limpiaba y preparaba los cuchillos y demás utensilios en espera de su padre. También sabía que era en el solitario recorrido desde la calle de Tallers hasta la puerta de la Boquería donde tendría la oportunidad de asaltarlo y recuperar sus zapatos, y hacia allí se fue. Tembló en la penumbra que anunciaba el amanecer. Pese a no oír ni el roce de las pisadas sobre la tierra, presintió que venía justo hacia él.
—¡Devuélveme mis zapatos, ladrón hijo de puta! —le gritó saliéndole al paso.
La orden le brotó de corrido, tal como la había entrenado toda la noche. Sin embargo, no reparó en su timbre de voz: agudo, atemorizado.
—¡El de las cebollas! —El perro calvo se echó a reír una vez repuesto del sobresalto—. ¿Quieres volver a montar en borrico? —se burló—. ¿Y cómo pretendes quitarme los zapatos, enano?
Juan Amat alzó un brazo para abofetear a Hugo. No llegó a hacerlo, pues el destral refulgió amenazante en la mano derecha del muchacho. El hijo del carnicero dio un paso atrás y evaluó la situación, pero Hugo lo tenía previsto: sabía que se alejaría de él… y si lo hacía… Se lanzó a sus piernas. Tampoco podía permitir que le inmovilizase el brazo; si lo conseguía, aguantaría solo unos instantes. El perro calvo cayó al suelo e intentó revolverse, pero para cuando trataba de incorporarse, Hugo ya presionaba el filo de la hoja del hacha contra sus testículos.
—¡Te castraré! —aulló.
Juan Amat se quedó paralizado.
—Y yo te mataré —le amenazó, no obstante—. Cuando dejes de tener…
Hugo apretó. El otro calló.
—Pon las manos detrás de la cabeza. ¡Ya!
Volvió a apretar, esa vez con la punta del filo. El perro calvo lanzó un quejido y obedeció.
—Ahora dobla la rodilla izquierda.
Apretó aún más sobre los testículos mientras con una sola mano pugnaba por desatar las correas de cuero, primero de un zapato, luego del otro. Faltaba hacer lo más difícil. No lo pensó dos veces: con la punta del mango de madera del destral golpeó con fuerza a Juan Amat en los dedos del pie izquierdo, se levantó de un salto y echó a correr mientras el otro lanzaba alaridos de dolor.
—¡Te encontraré! —lo oyó gritar a su espalda, ya lejos—. ¡Te mataré! Te…
Los tenían escondidos los perros que vigilan las atarazanas… ¿Te lo imaginas? Como si fuera un juego —fue la justificación que de improviso Hugo dio a su hermana después de que ella le señalase los zapatos, cuando ya los dos estaban acurrucados en el tejado plano de la casa del convento de Jonqueres bajo un cielo limpio y estrellado.
Arsenda ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa. Ya no reía como antes. Parecía… parecía haber crecido. Cada día que transcurría maduraba más y más. Hugo la percibía seria y distante.
—¿Ya no quieres que venga a verte?
Arsenda no modificó la media sonrisa que todavía mantenía.
—No digas tonterías —respondió con dulzura—. Madre y tú… ¡Bueno! Tú siempre serás la persona que más quiero… en este mundo.
—¿En este mundo? —inquirió él ante la coletilla.
—No puedes competir con Dios, Hugo.
Tampoco pudo competir con un cubero de Sitges que le robó a su madre.
—Entiéndelo, Hugo —trató de explicarse Antonina el domingo siguiente, intranquila ante la palidez que asaltó el rostro de su hijo cuando le dio la noticia de que iba a contraer nuevo matrimonio—. Los dos tenéis ya vuestra vida, Arsenda en el convento y tú en las atarazanas… con un futuro prometedor. Todavía soy joven… —Antonina hablaba entrecortadamente—. Todo ha sido a través del párroco de Santa María. Él sabía… conocía… En fin… ¡Me consiguió una dote! Una de esas que los ricos ordenan en su testamento para que las desgraciadas como yo contraigan matrimonio. Ya no tendrás que preocuparte por mí. Escucha, se llama Ferran, ¿sabes?, y es un buen hombre. Ha enviudado y vive en Sitges con dos hijos pequeños a los que…
Antonina no continuó: Hugo se tambaleaba. Logró sujetarlo antes de que cayese. Lo notó frío y lo tumbó en el suelo.
—¡Hijo! —exclamó al tiempo que le palmeaba las mejillas.
Muchos de los fieles que salían de misa se arremolinaron a su alrededor, pero prosiguieron su camino tan pronto como presenciaron que Hugo respondía y se incorporaba.
—¡Hugo! —Antonina respiró con alivio—. No…
—¿Sitges? —la interrumpió él.
Nunca había oído hablar de Sitges.
—Es un pueblo costero que…
—No podremos vernos.
—Haremos por vernos, te lo prometo.
—¿Cómo? ¿A qué distancia está?
—Seis leguas.
Hugo gimió.
—Te prometo que nos veremos.
—No…
Hugo calló. «No prometáis, madre —iba a decirle—. ¿Dejaríais a esos dos chiquillos para recorrer las seis leguas? Vuestro nuevo esposo no os lo permitirá.» La vio llorar.
—Te lo prometo, hijo —balbuceó Antonina.
Dios se llevaba a su hermana y un cubero de Sitges a su madre, pensó el muchacho tras deshacerse de los abrazos y las lágrimas de Antonina y abandonar la plaza de Santa María. La mujer no hizo nada por detenerlo y lo contempló mientras se alejaba, consciente de que era muy probable que no volvieran a verse jamás. Sentía la despedida agarrada a su garganta y alzó una mano tímida que él no llegó a ver.
«Si le hubiera confesado que ya no trabajaba en las atarazanas, que no existe ese futuro prometedor…», se recriminó Hugo mucho más allá de Santa María, deambulando entre los barcos. Quizá entonces ella habría seguido de sirvienta del guantero. Aunque en ese caso por lo menos no lo habría cambiado por esos críos del cubero.
Y él tendría alguien a quien querer sin verse obligado a competir con Dios, porque hasta Andrés recelaba y se apartaba ostensiblemente desde que apareció calzado con sus zapatos de cuero. No le concedió la oportunidad de narrarle cómo los había recuperado: un manotazo al aire al tiempo que negaba con la cabeza, como si ya estuviera sentenciado, alejó a un Hugo que acudió a él, ufano, a contarle de su hazaña.
El silencioso presagio de Andrés cobró vida en el día a día de Hugo, quien se convenció de que le seguían, le espiaban. El perro calvo no se olvidaría de él. En una ocasión le pareció ver al muchacho al que Juan Amat había propinado un pescozón. Hugo aligeró el paso; dobló la esquina de la calle de la Mar, se internó en la plaza del Blat y trató de confundirse entre la gente que compraba grano. Escrutó en derredor, no estaba seguro de si era o no aquel chico. Se le parecía. El perro calvo se lo había advertido: «Te encontraré». Le sobrevino un sudor frío y salió a la carrera. Regresó a las atarazanas del Regomir sin el encargo encomendado y balbuceó una torpe excusa.
«Te encontraré…» La amenaza aguijoneaba su mente y convertía sus sueños en pesadillas. Dormía en el interior de una barca que estaban desmantelando para aprovechar la madera; allí recuperaba el destral que mantenía escondido entre un par de tablones y se tumbaba apretándolo en su mano. Cansado y distraído, preocupado, fallaba en sus labores. A punto estuvo de malograr una partida de alquitrán por no remover con el ímpetu necesario la olla en la que cocía con el sebo. Tardaba mucho más de lo previsto en hacer los recados, siempre pendiente de sombras, pasos, correteos y miradas aviesas tras de sí. Se ganó reprimendas justificadas. La guerra le había librado de Roger Puig y su criado, pero el perro calvo no partiría con la armada; además, disponía de su propio ejército: ese grupo de muchachos que le obedecían, y a los cuales, tampoco le cabía ninguna duda a Hugo, había lanzado a las calles de Barcelona en su busca.
—¡Jesús, Jesús, Jesús, Jesús!
Ese fue quizá el principio: las exclamaciones alteradas de un mestre d’aixa que intentaba conjurar la desgracia que percibió en el hecho de que a Hugo, mientras lo ayudaba, le resbalaran de las manos unos cuantos clavos y cayeran en la arena de la playa. El chico se disponía a limpiarlos, pero el mestre se lo impidió.
—¡Tíralos! ¡Jesús, Jesús! —Se santiguó con frenesí, una y otra vez—. ¡Mi barco no puede llevar esos clavos! ¡Están malditos!
Se trataba de un hombre de trato difícil, arisco y extravagante, pero nadie iba a contradecir el mal augurio de un maestro. La mayoría de cuantos trabajaban cerca y presenciaron la escena escondieron la mirada. ¿Qué razón podría haber para discutir con él? ¡Hasta los reyes y los religiosos creían en lo sobrenatural, en los astros, los hechizos, los demonios, las brujas y la magia! Ciertamente, pensaron muchos, el barco podía naufragar; no sería el primero ni el último, y si así sucedía, ¿quién negaría entonces que había sido por culpa de los clavos? Hugo se quedó con ellos en la mano mientras el maestro reclamaba a gritos unos nuevos a su oficial, que sustituyó al chico con un inapreciable encogimiento de hombros.
Hugo nunca supo si la embarcación naufragó o no. Lo que sí naufragó fue su reputación, ya que poco tiempo después un carpintero le achacó la aparición de podredumbre en una cuaderna. El hombre lo hizo sin pensar, casi sin intención, como un comentario que podía haber callado, pero hubo quienes lo oyeron. «¿Acaso será el muchacho?», se preguntó en voz alta. Empezaron a impedirle que se acercara a los barcos en construcción. Algunos, como Andrés y Bernardo, lo hacían con cierta compasión; otros, de forma despiadada:
—¡Aléjate, demonio! —llegó a gritarle un remero.
Hugo pudo continuar durmiendo en la embarcación que desmantelaban; nadie quería ya esa madera. La nave destartalada se convirtió en su refugio pues tampoco se atrevía a pasear por Barcelona por no toparse con el perro calvo o su gente. En las Voltes del Vi manaba una fuente de la que podía beber agua, y alguien, él creía que Andrés pese a todo, le dejaba de vez en cuando un poco de comida en el barco.
Ya no encontraba a su madre los domingos en Santa María; el cubero se la había llevado. Arrodillado en el suelo de piedra, empequeñecido por la majestuosidad del templo, rezó a la Virgen e imploró su intercesión. ¿Qué mal había hecho, qué pecado había cometido para que lo tratasen de demonio? ¿Por qué le privaba de su madre? La Virgen continuó sin sonreír para Hugo, al contrario de lo que decía micer Arnau, y permanecía inaccesible, por encima de los fieles. Fue Arsenda quien le mostró el camino mientras le hablaba de las maravillas de lo divino y lo celestial, y le interrogaba acerca de la bondad de su conducta. Él callaba sus secretos mientras su hermana le instruía a semejanza de las monjas en el convento, conminándolo a comportarse como un buen cristiano. «¿Pecas de orgullo? —le preguntaba la niña—. ¿De arrogancia u otros vicios?» Él negaba, pero… ¿Cómo imaginar que un canalla, un pordiosero, según el vizconde, fuera capaz de no inclinarse ante nadie?
En eso pensaba una vez más un amanecer apostado cerca de la calle de Tallers, descalzo de nuevo, con los zapatos en la mano, cuando vio al perro calvo acercarse. Se había librado de estar preso en la cárcel del castillo de Navarcles, pero su fortuna había cambiado por causa de los dichosos zapatos: se los habían robado, luego lo denunciaron y lo «escobaron», y ahora lo perseguían y no podía dormir. Le trataban de demonio y hasta su madre le abandonaba.
Lanzó los zapatos al perro calvo.
Juan Amat se detuvo extrañado, primero hasta que logró percibir en la penumbra qué era lo que había caído a tierra frente a él, después tratando de imaginar el porqué y descubrir al autor.
—Estamos en paz —dijo Hugo.
No tuvo que alzar la voz. Sus palabras resonaron en el silencio. Se hallaba en una bocacalle, presto a escapar si el hijo del carnicero le atacaba.
Transcurrieron unos instantes.
—No lo estamos —contestó el otro, que cogió los zapatos y los devolvió a donde su dueño—. No me interesan los zapatos, quiero el destral.
Hugo reflexionó.
—Si te lo traigo —dijo al cabo—, ¿estaríamos en paz?
—Sí.
—¿Lo juras?
—Lo juro —afirmó solemne Juan Amat.
—Te lo traeré.
Hugo dudó antes de recuperar los zapatos. El perro calvo no se movía. Respiró hondo y se agachó para cogerlos. El otro seguía quieto. Hugo no quiso demorarse y le dio la espalda descalzo, haciendo esfuerzos por no echar a correr.
No tardó mucho en entregarle el destral. Por alguna razón quiso acercarse a él, ofrecérselo en mano. Se hallaba bajo juramento. El perro calvo acarició la hoja de la pequeña hacha.
—¿De dónde lo has sacado?
—Era de mi padre —mintió Hugo.
—¿Era? ¿Murió?
—Sí.
—Y habiendo sido de tu padre, ¿renuncias a él?
—Algún día me lo devolverás.
Él mismo se sorprendió por su contestación, no comprendía a qué venía semejante provocación.
—¡Clavada en el pecho! —gritó Juan Amat a la vez que alzaba el destral.
Hugo solo tuvo tiempo para encogerse y protegerse la cabeza con los brazos. La risotada de aquel malnacido le permitió abrir los ojos de nuevo; no le amenazaba.
—Hoy ha sido una broma —le dijo mientras trocaba la risa en aspereza—. Pero no trates de aprovecharte de mi juramento. Si de ahora en adelante me ofendes, la paz se romperá.
Hugo contemplaba el mar. En las noches de estío, con la luna radiante, se convertía en un inmenso manto sinuoso que destellaba con el suave vaivén de las olas. Habían transcurrido casi dos meses desde que hiciera las paces con el perro calvo. Andaba por Barcelona despreocupado y dormía con placidez, aunque cada vez con menos protección desde que un sacerdote se había presentado en la playa y había invocado a la Santísima Trinidad.
El religioso rogó que todo lugar sobre el que cayera el agua bendita que iba echando se viera libre de impurezas, peligros, demonios y espíritus pestilentes. También asperjó la barca en la que Hugo se refugiaba. Los propietarios no iban a permitir que se perdiera aquella madera.
—¡Bendecidme a mí, padre! —le rogó el chico al comprender de qué se trataba.
El sacerdote interrogó con la mirada a los maestros que habían reclamado su presencia y exorcizó asimismo al muchacho.
Había logrado librarse de Roger Puig, del perro calvo y hasta de su condición demoníaca, pero en las atarazanas continuaban sin contar con él.
—Mejor para ti —le dijo Andrés, reconciliado después de que Hugo le contara de sus paces con Juan Amat—. Te achacarían cualquier desgracia que sucediese y volverías a ser un demonio. Y estas cosas se sabe cómo empiezan pero nunca cómo acaban.
—¿Tú también pensabas que era un demonio? —inquirió Hugo inesperadamente.
Andrés titubeó.
—No —contestó al cabo, aunque sin excesiva convicción—. ¡Escucha! —dijo adelantándose a la queja que estuvo a punto de surgir de boca de Hugo—. Tengo una propuesta…
Esa noche sentado en la orilla, frente al mar tranquilizador, hipnótico casi, el muchacho hizo un esfuerzo por no rascarse los arañazos que le cubrían el cuerpo de pies a cabeza. Soportó la quemazón después de darse un largo baño en el agua salada para curarse esas heridas que ya empezaban a secarse y cicatrizar. Consideró entonces la propuesta de Andrés: trabajar con un conocido de su padre, un hombre llamado Anselm, a quien pagaban algunos dineros por suministrar gatos en los edificios, casas, capillas, iglesias o conventos señoreados por las ratas.
Anselm no decepcionó la imagen que de él había llegado a formarse Hugo antes de conocerlo, pues era un tipo enjuto, desconfiado, huidizo y escurridizo como los felinos con los que trataba. El gatero le daba de comer a cambio de ayudarle a cazarlos; a mantenerlos con hambre; a entrenarlos con animales pequeños; a soltarlos y azuzarlos contra las ratas, a veces tan grandes y fornidas como los propios felinos; a recuperar los gatos después del trabajo o a rematarlos si resultaban malparados en la lucha contra los roedores, esas peleas en las que los ojos de Hugo eran casi incapaces de percibir qué era lo que sucedía entre semejante revoltijo de pelo, garras, dientes y colmillos que corrían, se enzarzaban y giraban a velocidades de vértigo. Armado con un palo basto por si lo atacaban, presenciaba horrorizado esos enfrentamientos, con el vello erizado ante los chillidos de las unas y los bufidos de los otros, que le parecían más terroríficos que los gritos y lamentos infernales con los que tanto los atemorizaban los sacerdotes.
—¿Hugo?
El muchacho volvió el rostro, atrás y arriba, para descubrir junto a él a un joven delgado que le resultó desconocido, más aún a la luz de la luna.
—¿Qué te ha pasado en la cara? —preguntó el recién llegado antes incluso de presentarse.
—No tengo suerte con los gatos.
El otro tomó asiento en la orilla, a su lado. Hugo contempló sus ropas: parecían de buena calidad.
—¿Dónde están los gatos?
—No son míos, trabajo con ellos.
—¿Y piensas insistir?
—Salvo que tú me ofrezcas otra ocupación…
—Lo siento. No la tengo. Si la tuviera, sería para ti. No lo dudes. Tampoco tengo dinero. Si lo tuviera… —Antes de que continuara, Hugo lo interrogó con la mirada—. Me llamo Bernat Estanyol, soy el hijo de Arnau. —Ambos sonrieron, como si hubieran esperado ese momento—. Mi madre me contó cómo defendiste a…
Hugo interrumpió sus palabras con un manotazo al aire.
—¿Cómo está la señora Mar?
—Deseando la muerte.
—Lamento oírlo.
—Siempre estaré en deuda contigo.
—Él me regaló…
¿Por qué se le hacía un nudo en la garganta? Habían transcurrido ya varios meses de la muerte de micer Arnau. Señaló los zapatos, en la arena, a su lado.
—¡No pretenderás comparar unos zapatos con arriesgar la vida en defensa de una persona!
—Tu padre me quiso. Me trató bien.
—Lo sé.
Bernat se había enterado de la ejecución de su padre en la escala que efectuaron en Mesina, en Sicilia, durante el viaje de regreso desde Alejandría y después de tocar puerto en Rodas y Siracusa. El cónsul catalán establecido en Mesina comunicó la situación al señor de la nave, al capitán y a los demás comerciantes que viajaban de regreso a Barcelona con un buen cargamento de especias —pimienta, jengibre, incienso y canela—, además de monedas y sedas damasquinadas. Todavía en cubierta, Bernat no fue capaz de sostener ni una de las cédulas que se habían tramitado a todos los consulados catalanes de ultramar para que ejecutasen la orden real de requisa de los bienes de Arnau Estanyol.
—¿Traidor? —insistió en preguntar con voz trémula. El cónsul se limitó a asentir. Poco más sabía—. ¿Y lo han ejecutado? ¿Estáis seguro de que así ha sido?
—Eso es lo que me dijo el procurador del tesoro que arribó en el barco con las cédulas. Le cortaron…
—¿Dónde está ese hombre?
—Zarpó hace tiempo.
Bernat observó al cónsul mientras este se disponía a tomar posesión, en nombre del rey, tanto de las mercancías propiedad de su padre como de la proporción de la que él era titular en la nave. Discutieron, pero no acerca de los bienes de Arnau, sino por los dineros que Bernat llevaba consigo. El joven los consideraba propios; el cónsul aducía que, puesto que solo tenía dieciséis años, todos sus dineros eran de su padre. Aun rendido y trastornado como estaba, Bernat peleó por ellos ya que los necesitaría para desplazarse en barcos más rápidos; el que acababa de requisar el rey todavía tenía pendientes escalas en Palermo, Càller y Mallorca antes de arribar a Barcelona. Ganó Bernat, si no por convencimiento del cónsul, sí por la presión que ejercieron sobre este los demás comerciantes, quienes después ayudaron al joven a planear su viaje: contrataron un barco de pesca que navegó de cabotaje hasta Palermo, donde le aseguraron que encontraría alguna nave con destino a Barcelona.
Sin embargo, los lamentos, afectos y respaldos se esfumaron tan pronto como Bernat solicitó una carta de presentación para los señores de aquellos barcos que debía encontrar en Palermo. Nadie iba a firmar un papel de recomendación al hijo de un traidor. Esa misma fue la actitud con la que se topó mes y medio después en Barcelona, donde las escasas puertas que se le abrieron fueron para pedirle, rogarle y suplicarle que no les pusiera en esa tesitura, que por el recuerdo de su padre, a quien tanto habían apreciado, no les pidiera que se enfrentasen con el poder.
A sus dieciséis años, Bernat era un joven preparado: sabía leer y escribir, dominaba el latín y en Alejandría había empezado a defenderse con el árabe. También sabía de matemáticas y contabilidad, y conocía a la perfección las leyes, los usos y las costumbres del comercio. Aun así, nadie lo contrató. «¿Trabajo? Ya le he dado bastante dinero a tu madre —replicó Francesc Boixadós, el último socio de su padre—. Quién crees que la ha mantenido hasta hoy, ¿los bastaixos con los que vive? Y por lo que veo —añadió echando un hosco vistazo a Bernat—, tendré que continuar haciéndolo.»
El muchacho le agradeció la ayuda prestada a su madre y prometió devolverla. Ella se lo confesó.
—No tenemos nada, Bernat. Nada de nada. —Mar agitó frenéticamente las manos en el aire como si con ello pudiera explicar mejor sus nulos recursos—. De no ser por Francesc, no sé de qué habría vivido.
Bernat la abrazó para acompañarla en su llanto y sufrir sus gemidos llamando a la muerte. Se arrepintió de haber gastado cuanto tenía en el viaje de vuelta a Barcelona; había pagado sin regatear, con el único objetivo de llegar cuanto antes. Era cierto: en Barcelona no les quedaba nada; no poseían nada. El rey había confiscado a los Estanyol todos los bienes. Antes de que Mar pudiera hacer movimiento alguno, un ejército de soldados y escribanos había tomado al asalto la casa y las dependencias de Arnau. Requisaron los bienes muebles, las joyas y el dinero, se hicieron con los inmuebles e investigaron en los libros de contabilidad hasta encontrar el último sueldo del que podía ser propietario tanto en Barcelona como en cualquiera de los mercados del Mediterráneo.
—Siempre nos quedará el recurso de Jucef…
Bernat trató de animar a su madre refiriéndose al judío al que, de niño, Arnau le había salvado la vida durante el ataque a la judería de Barcelona, cuando la gran peste.
—Jucef me ha buscado, sí —explicó Mar tras sorberse la nariz en repetidas ocasiones, todavía abrazada a su hijo—. Y me hizo llegar su ofrecimiento de ayuda. Buena persona, Jucef. La rechacé. Bien sabes que tu padre no quería que pudieran volver a relacionarnos con los judíos y que diéramos pie a que la Inquisición nos persiguiera otra vez. A nosotros y a ellos. Todos perderíamos. Olvida a los judíos, hijo.
Bernat los olvidó, pero a quien no pudo olvidar fue a Elisenda. Había dejado transcurrir los días antes de afrontar su temor a que aquella niña rubia y sonriente que le había jurado esperarlo de su viaje a Oriente lo rechazara. Se dijo que regresaba de Alejandría como un paria, un repudiado, pobre y mísero. Aun así, fue a verla; tenía que intentarlo. Una simple esclava musulmana lo recibió en casa de Elisenda y, para su escarnio, ella misma lo echó de allí a empujones. Las risas procedentes del interior de la vivienda le martirizaron durante días.
No tuvo mejor fortuna con quienes se llamaban sus amigos. Sí, encontró algún osado que más tarde salió en su persecución y lo asaltó en la calle; Pedro, por ejemplo. «Quiero continuar siendo tu amigo —le aseguró—, pero…»
Bernat no insistió.
Todo esto estaba explicándole a Hugo cuando el aprendiz de gatero, para romper el silencio que se anunciaba tras el fin de su relato, ironizó:
—Pues si te interesa venir conmigo a lo de los gatos…
A pesar de que era verano la noche era fresca a la orilla del mar. La luna había recorrido el cielo mientras Bernat hablaba y Hugo escuchaba.
—¿Te han dicho alguna vez que eres un insolente? —le recriminó Bernat medio en broma medio en serio—. ¿Qué edad tienes…? ¿Trece?
—Doce… creo.
—Pues eso.
—Entonces ¿qué vas a hacer?
—¿Hacer? Pienso matar al conde de Navarcles. Y al rey, si se tercia. ¡Vengaré a mi padre!
El oleaje pareció cobrar fuerza después de que Bernat arrastrase su amenaza.
Hugo dudaba que Bernat, tan joven y delgaducho, pudiera dar muerte al capitán general de Cataluña, con sus soldados, sus armas…
—¿Cómo piensas hacerlo?
—Soy muy buen ballestero. Mi padre… mi padre me enseñó a usar la ballesta. En el último torneo, por San Juan, quedé en un lugar excelente. También prometió enseñarme a usar el cuchillo. Tenía uno que había ganado en…
Se le quebró la voz.
—No puedes ir armado con una ballesta por Barcelona —le advirtió Hugo.
—Solo tengo que esperar a que ese bastardo hijo de la gran puta salga del palacio para ir a misa un domingo o por cualquier otro motivo —masculló Bernat, quien despreció la advertencia de Hugo.
—No debes ir armado por la ciudad —insistió el chico.
—Ese es mi menor problema, muchacho. Primero tendré que hacerme con una ballesta y unas cuantas saetas. Y confiar en que aquel que me la facilite no imagine para qué la quiero y me denuncie.
Hugo esperó unos instantes. Luego examinó con descaro a Bernat, y aún le pareció más delgado. Un hombre de letras como él no sabría manejar una ballesta.
—¿Qué miras? —pareció molestarse Bernat.
Hugo volvió la mirada al mar y la perdió en sus aguas, ahora oscuras. «Si él dice que puede…», le concedió. Recordó a micer Arnau, su cariño… Había ayudado a su familia. La imagen de Roger Puig y la paliza que había recibido frente al cadalso le despejaron las dudas. Micer Arnau merecía esa venganza.
—Yo puedo conseguirte la mejor ballesta de Barcelona —se ofreció—. Y buenas saetas —añadió—. Y guardaré secreto sobre lo que pretendes.
—¿Tú podrías…?
—Ya te he dicho que sí.
—¿Cuándo?
Hugo escrutó el cielo. Faltaban algunas horas para que amaneciese.
—Ahora mismo.
—¿Por qué esperar?
Tal fue la respuesta que dio Bernat a la pregunta de Hugo en cuanto tuvo en sus manos una de las magníficas ballestas de los soldados que navegaban en las armadas y que permanecían almacenadas en las tiendas de las atarazanas, donde el más joven había vuelto a colarse para hacerse con una de esas armas. Eligió la que le pareció la mejor: quizá no la más grande, pero sí la más recia. Más problemas tuvo con las saetas; las había delgadas y algo más gruesas, desmontadas o ya montadas, con la punta de hierro cónica o piramidal, con tres o cuatro caras… Los perros gimieron ante el desconcierto de Hugo. «Pues me llevo de todas —les contestó mientras buscaba un saco—. ¿Será posible que me cueste más encontrar uno que todas las armas?»
—Pero tendrás que preparar el ataque, ¿no? —se extrañó Hugo ante la contestación de Bernat, recordando el tiempo que él mismo había estado estudiando la rutina del perro calvo.
—Ya lo tengo planeado: me escondo en alguna esquina cerca del palacio Menor, donde vive el conde con el rey, y tan pronto como salga, cargo la saeta y le disparo al corazón… o al cuello. —Bernat simuló hacerlo, y le brillaron los ojos al imaginar la flecha haciendo blanco en el conde de Navarcles—. Sencillo, ¿verdad? He dispuesto de muchas semanas para planear mi venganza. Solo me faltaba la ballesta, y gracias a ti… Hugo, quiero decirte…
«Cargo la saeta y le disparo.» ¿Estaba loco?
—¿Y después qué? —le interrumpió Hugo, espantado—. ¿Cómo escaparás?
—De eso iba a hablarte: no sé qué pasará. En fin, si quieres terminar con lo de los gatos acude a la judería y pregunta por Jucef Crescas. Le dices que vas de mi parte. Es un buen amigo…
—¿Un judío?
—Una buena persona.
Hugo negó con la cabeza como si quisiera olvidar lo del judío.
—Pero ¿cómo escaparás tú? No te resultará fácil.
—Mi única meta es vengar a mi padre.
—A este paso, alguien tendrá que vengarte a ti…
—¿Te he dicho que eres un insolente?
—Sí. Nada más conocernos.
Ambos se miraron. Volvían a estar junto al mar, no muy lejos de las atarazanas reales. El sol ya inundaba de luz la ciudad y la playa.
—Mi padre fue benevolente con los Puig —vino a decir Bernat rompiendo el silencio—. Si los hubiera eliminado a todos nada de esto habría sucedido.
—¿Qué tiene que ver eso con que te dejes coger?
—No pienso dejarme atrapar, pero tampoco estoy dispuesto a perder una sola oportunidad por actuar con excesiva prudencia.
Bernat hizo ademán de marcharse, la ballesta y las saetas ocultas en el saco de cáñamo, a su espalda. Lo pensó y se volvió.
—Gracias, Hugo. En mi nombre, en el de mi madre… y en el de mi padre.
—Te esperaré aquí —mintió el muchacho.
—Hazme caso y ve a ver al judío.
El palacio Menor se encontraba a poca distancia de la playa, adosado a las antiguas murallas romanas de la ciudad. También era conocido como palacio de la Reina, puesto que Pedro III se lo había regalado a su tercera esposa, Leonor de Sicilia, madre del rey Juan. Se trataba de un conjunto irregular de grandes edificios, incluidos una iglesia, varios jardines y un zoológico, del que cuidaban los judíos, con una torre circular en una de sus esquinas. Allí se había mudado la familia real, que dejó el palacio Mayor, con su imponente salón del Tinell para la celebración de ceremonias.
Tan difícil como le resultó a Bernat esconderse en las calles estrechas y sinuosas del interior de las murallas romanas le fue a Hugo tratar de seguirlo: al primero porque no podía detenerse en lugar alguno sin parecer sospechoso ante cualquier soldado real o alguacil, al segundo porque entre la gente que se apelotonaba en las callejas perdía una y otra vez el rastro del hijo de Arnau. Si las calles de Barcelona impedían a menudo el paso de sus ciudadanos debido a los numerosos talleres y obradores que se abrían al exterior, aquel mes de junio de 1387 la aglomeración era aún mayor, y no solo por la llegada y estancia de la corte de Juan, sino porque el rey había convocado concilio para dilucidar a qué Papa se le debía obediencia, si al de Aviñón, Clemente VII, o al romano, Urbano VI. Durante los ocho años que ya duraba el Cisma de la Iglesia de Occidente, el único monarca de la cristiandad que no llegó a tomar partido por uno u otro de los papas fue Pedro el Ceremonioso, quien se posicionó a favor o en contra según sus intereses. A pesar de esa muestra de inteligencia, en su testamento, maldiciendo a su hijo si así no lo ejecutaba, dispuso que se convocase a prelados y hombres de letras para discernir quién era el legítimo Papa.
Por eso, además de los ciudadanos de Barcelona y los cortesanos, un ejército de sacerdotes y letrados con sus correspondientes sirvientes y esclavos, venidos de todo el reino para el concilio, se interponían entre Hugo y Bernat. Un Hugo que, con el bullicio, el contacto y el olor de la gente, alejado ya del hipnótico rumor de las olas y de la conversación mantenida con Bernat, veía más y más descabellado su plan. ¿Cómo iba a armar la ballesta entre ese gentío? Podía extraerla del saco, pero luego debería dejarla en tierra para sacar también una saeta. Montarla, apuntar y disparar. ¡Era una locura!
Volvió a perderlo de vista en la bajada de los Lleons, donde la muchedumbre se aglomeraba frente a un acceso al palacio Menor. Le tranquilizó comprobar que entre la multitud no se encontraba el conde de Navarcles, y al mismo tiempo se preguntó por qué eso le tranquilizaba. ¿Acaso Bernat y él no pretendían venganza? Reconoció más adelante al joven Estanyol en la bajada del Ecce Homo. Seguía abriéndose paso entre la gente con el saco a la espalda, de puerta en puerta, y rodeaba el palacio atento a la posible salida del capitán general del rey Juan y el revuelo que ello originaría.
Sabían que el conde estaba dentro con el monarca, enfermo de nuevo, pero ese día no abandonó el palacio Menor. Bernat cejó en su empeño cuando el sol empezó a declinar y cada cual se retiró a su casa. Fue a esconder la ballesta en el cada vez más disminuido barco de Hugo.
—Si mi madre la descubre —dio como excusa— no me permitirá la venganza.
—Quienes no te lo permitirán serán los soldados —replicó Hugo con escepticismo—. ¡Hasta las piedras de la fachada del palacio deben de conocerte, a ti y a tu saco, tantas han sido las veces que has desfilado por delante de ellas!
—En ese caso también estarán hastiadas de ver que me sigue un mocoso insolente —alegó el otro de malas maneras.
—No, insolente no soy. Mejor di «curioso». Quiero ver cómo te las arreglas para sacar la ballesta del saco, cargar la saeta…
—¿Quieres verlo?
—… todo eso sin que se te echen encima los soldados…
—Mira.
—… y te den una paliza antes de detenerte.
Hugo calló de repente. Bernat había apoyado el saco sobre la arena y sin sacar el arma de él y aguantando el extremo con los dientes, se dedicaba a montar la ballesta. Con ella oculta todavía disparó contra uno de los barcos varados en la playa. La flecha atravesó el lienzo de cáñamo sin siquiera rasgarlo, tan solo dejó un pequeño agujero, y silbó en el aire hasta clavarse con fuerza en el lateral de la barca elegida.
—Piensa que allí estaré más cerca; no fallaré el disparo.
«Podrá hacerlo —se vio obligado a corregirse Hugo—. Lo conseguirá.»
—Te felicito.
—Hazlo cuando haya matado a ese hijo de puta.
El día siguiente se planteó similar: buen sol y buena temperatura, muchos ciudadanos en las calles; muchos nobles y caballeros, y más religiosos con su tropa de servidores. Para Hugo únicamente variaba una circunstancia: había renunciado a seguir con los gatos, e hizo caso omiso al recado que le hizo llegar Anselm, el gatero, llamándolo a trabajar. Presentía que su vida iba a cambiar. La figura de Bernat, con el saco a la espalda, le distrajo. Era inteligente. Tenía la habilidad y la decisión necesarias. Solo faltaba saber si tendría el arrojo suficiente.
La jornada discurrió también como la anterior: gente que entraba y salía de palacio, pero ningún indicio de que lo fuera a hacer el conde de Navarcles. A media mañana, poco antes de que el sol alcanzase su cenit, Hugo, aburrido, olvidado el celo, distraído observando a cuantos por allí pasaban, sus vestidos, unos lujosos, otros sencillos, tratando de captar conversaciones ahora apoyado en una pared, ahora moviéndose entre los que hablaban, creyó reconocer al perro calvo ascendiendo desde la playa por la bajada de los Lleons. No le concedió importancia hasta que sus miradas se cruzaron y, aun en la distancia, percibió un destello de ira en sus pupilas. Juan Amat se encaminó hacia él con decisión; su rostro mostraba mayor congestión a cada paso que avanzaba. Fuera lo que fuese aquello que lo tenía irritado, a Hugo no le interesaba cruzarse con él, concluyó, de modo que dio media vuelta y aceleró el paso para alejarse. Pretendía llegar a Ecce Homo y de allí… Entonces vio a sus compinches. Descendían por Lleons y le habían visto. Miró hacia atrás por si se trataba de una encerrona. Sin duda lo era. Al perro calvo lo acompañaban dos de sus secuaces. Había tenido tiempo suficiente para localizarlo y pillarlo y… «¡Idiota!», se insultó a sí mismo.
—¿Adónde crees que vas? —le espetó Juan Amat al llegar con sus compinches a su altura, complicando aún más el tránsito de la gente.
—¿No estábamos en paces?
El otro soltó una carcajada falsa.
—Lo estaríamos si el destral efectivamente hubiera sido de tu padre.
—¿Qué?
—¡Era propiedad del rey!
—No lo sabía —trato de defenderse Hugo—. Mi padre…
—Tenía labrada en el mango la cruz de Sant Jordi. ¿Cómo no ibas a saberlo?
—Yo creía…
Lo que Hugo no previó era que Juan Amat alardearía sin cesar de su destral. La voz corrió y alguien, posiblemente un maestro o un oficial de los que trabajaban en las atarazanas y que oyó los gritos de Juan el Navarro tras un rutinario recuento de los destrales, lo delató. El ayudante del lugarteniente se negó a tener en consideración las excusas del muchacho, quien, abandonada su inicial soberbia, insistió en acusar a otro, pequeño y extrañamente vestido con unos buenos zapatos, asegurando que era quien se lo había dado. «¿Y por qué ese crío te dio algo tan preciado?» Al parecer Juan Amat balbuceó una excusa ininteligible mientras el Navarro repetía para sí sus palabras: «Unos buenos zapatos». ¿Quién podía ser sino Hugo? Intentó tapar el asunto, como poco tiempo después tendría que hacer de nuevo tras las quejas del ballestero por la falta de un arma. No obstante, se prometió que no permitiría una tercera ocasión. El hurto se solventó con la devolución del destral y una multa que pagó el padre del perro calvo, quien se la cobró con creces a su hijo a base de bofetones y azotes.
Unas palizas que ahora ardían en el recuerdo de Juan Amat frente a su causante, acorralado y acobardado.
—Yo… —intentó excusarse Hugo.
Un guantazo acalló sus palabras. Al instante los compinches del perro calvo formaron un corro para esconder a la vista de los transeúntes los golpes que propinaba este a un Hugo que empezó defendiéndose y peleó como hacía en las atarazanas con los otros chicos, pero que al tercer puñetazo recibido optó por protegerse el rostro y la cabeza con brazos y manos.
—¡Niños! —se quejó una mujer.
—¡Id a jugar a otra parte! —les instó un escribano que, como la anterior, tuvo que esquivarlos para seguir su camino.
Iba otro ciudadano a recriminarles el colapso, cuando Bernat irrumpió entre ellos y rompió el corro a manotazos.
—¿Qué hacéis! —gritó—. ¡Dejadlo en paz!
Los amigos del perro calvo, superada la sorpresa, la emprendieron a golpes también con Bernat. El corro se amplió. La gente se apartó ante la pelea. Algunos gritaron, otros intentaron detener la trifulca, lo que originó todavía mayor confusión. Poco resistió el saco a la espalda de Bernat, pues se rajó con uno de los tirones, y la ballesta y las saetas cayeron al suelo justo en el momento en que llegaban unos soldados a poner orden.
Curiosos y contendientes se apartaron de la ballesta y las saetas como si estuvieran endemoniadas. El perro calvo y sus compinches escaparon a la carrera antes incluso de que las armas hubieran tocado tierra, empujando y colándose entre la muchedumbre. Allí tan solo quedó Bernat, atónito a la vista del arma que tenía que haberle proporcionado la venganza, y Hugo, pegada la espalda a la pared, resoplando, con el labio y una ceja sangrando, todo él tembloroso.
—¿De quién es esta ballesta? —inquirió uno de los soldados.
Bernat no contestó. Alguien lo hizo por él:
—De ese —señaló mientras muchos de los presentes asentían—. La llevaba en el saco.
—Detenedle —ordenó el soldado a sus compañeros—. ¿Y aquel? —añadió con el mentón en dirección a Hugo.
—Ese no tiene nada que ver —le defendió una mujer—. Le daban una paliza unos…
La mujer se volvió en derredor y buscó con la mirada, pero ni Juan Amat ni los suyos se hallaban ya por allí.
—Han huido —se oyó decir.
—Es cierto —confirmó un religioso—, a mí me han empujado.
Del mismo modo que la denuncia de Bernat originó consensos, también la explicación de la mujer sobre Hugo tuvo sus apoyos, por más que solo ella hubiera intuido qué era lo que sucedía en el interior del corro.
—De acuerdo —asintió el soldado—. Llevaos a este a las mazmorras de palacio —indicó a sus compañeros—. Y tú —dijo mirando a Hugo— no te quedes ahí parado.