Índice

Cubierta

Prefacio

Nota sobre la ortografía china

Prólogo

1. La singularidad de China

2. La cuestión del kowtow y la guerra del opio

3. De la preeminencia a la decadencia

4. La revolución permanente de Mao

5. La diplomacia triangular y la guerra de Corea

6. China se enfrenta a las dos superpotencias

7. Diez años de crisis

8. El camino hacia la reconciliación

9. La reanudación de las relaciones: primeros contactos con Mao y Zhou

10. La semialianza: conversaciones con Mao

11. El fin de la era de Mao

12. El indestructible Deng

13. «Tocar el trasero del tigre»: la tercera guerra de Vietnam

14. Reagan y la llegada de la normalidad

15. Tiananmen

16. ¿Qué tipo de reforma? La gira de Deng por el sur

17. Los altibajos en el camino hacia otra reconciliación: la era Jiang Zemin

18. El nuevo milenio

Epílogo: ¿La historia se repite? El informe Crowe

Notas

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Prefacio

Para Annette y Óscar de la Renta

Prefacio

Prefacio

Hace casi cuarenta años, el presidente Richard Nixon me concedió el honor de enviarme a Pekín para restablecer el contacto con un país clave en la historia de Asia, con el que Estados Unidos no había tenido relaciones de alto nivel en más de veinte años. El inicio del contacto tenía como objetivo principal que el pueblo estadounidense viera una panorámica de paz que trascendiera las penalidades de la guerra del Vietnam y las alarmantes perspectivas de la guerra fría. Por su parte, China, aunque aliada técnicamente con la Unión Soviética, necesitaba espacio de maniobra para oponer resistencia al temido ataque de Moscú.

Durante aquel período me desplacé a China en más de cincuenta ocasiones. Al igual que muchos otros visitantes a lo largo de los siglos, acabé admirando al pueblo de este país, su fuerza, su sutileza, su sentido familiar y la cultura que representa. Por otro lado, durante toda mi vida he reflexionado sobre la paz, en gran parte desde la perspectiva de Estados Unidos, y he tenido la suerte de poder conjugar estas dos líneas de pensamiento en mi función de alto cargo de la administración, de transmisor de mensajes y de erudito.

Esta obra, basada en parte en conversaciones con dirigentes chinos, intenta explicar la forma conceptual en que los chinos se plantean los problemas de la paz, la guerra y el orden internacional, y su relación con el enfoque estadounidense más pragmático, que los aborda caso por caso. Las distintas historias y culturas a veces aportan conclusiones divergentes. No siempre estoy de acuerdo con la perspectiva china, lo mismo les ocurrirá a los lectores. Pero es necesario comprenderla, porque China ejercerá una función muy importante en el mundo que empieza a vislumbrarse en el siglo XXI.

Desde la primera visita que efectué a este país, China se ha convertido en una superpotencia económica y en un importante factor en la configuración del orden político mundial. Estados Unidos se ha impuesto en la guerra fría. La relación entre China y Estados Unidos ha pasado a ser un elemento clave en la meta de la paz y el bienestar mundial.

Ocho presidentes de Estados Unidos y cuatro generaciones de dirigentes chinos han llevado esta delicada relación con una gran coherencia, teniendo en cuenta las diferencias en los puntos de partida. Ni una parte ni otra ha permitido que sus respectivos legados históricos o sus diferentes concepciones del orden interno interfieran en su relación, básicamente colaboradora.

Ha sido un camino complejo, pues ambas sociedades consideran que representan valores únicos. La excepcionalidad estadounidense es propagandista. Mantiene que este país tiene la obligación de difundir sus valores por todo el mundo. La excepcionalidad china es cultural. China no hace proselitismo; no reivindica que sus instituciones tengan validez fuera de China. Sin embargo, el país es el heredero de la tradición del Reino Medio, que clasificó de manera formal el resto de los estados en distintos niveles tributarios basándose en su aproximación a las formas culturales y políticas chinas; en otras palabras, aplicó un tipo de universalidad cultural.

El libro tiene como núcleo básico la interacción entre los dirigentes chinos y estadounidenses a partir de la creación en 1949 de la República Popular de China. Desde el gobierno y fuera de él, he mantenido mis archivos de las conversaciones celebradas con cuatro generaciones de dirigentes chinos, y a estos documentos he recurrido como fuente principal para la redacción de la obra.

No podría haber escrito este texto sin la ayuda eficaz y la dedicación de una serie de colegas y amigos que me han permitido abusar de su generosidad.

Schuyler Schouten se convirtió en alguien indispensable en mi tarea. Lo conocí hace ocho años, cuando John Gaddis, profesor de Yale, me lo recomendó diciéndome que era uno de sus alumnos más aventajados. Cuando inicié el proyecto, le pedí si podía conseguir dos meses de permiso en el bufete en el que trabajaba. Lo hizo y se implicó tanto en el proceso que siguió la obra hasta su finalización, un año después. Schuyler se hizo cargo de buena parte del trabajo de investigación. Echó una mano en la traducción de textos chinos y se comprometió por completo en las agudas implicaciones de otros escritos más delicados. Trabajó incansablemente en la redacción y en la fase de corrección de pruebas. Jamás había contado con la colaboración de un investigador mejor que él, y en contadas ocasiones con alguien de su talla.

La suerte quiso que trabajara conmigo diez años en el amplio abanico de mis actividades Stephanie Junger-Moat, una persona de las que en béisbol se conocen como jugador polivalente. Se ocupó de una parte de la investigación y de la redacción y fue mi principal contacto con la editorial, aparte de encargarse de la tarea de comprobación de todas las notas. Colaboró en la coordinación de la composición de los textos y arrimó siempre el hombro cuando se acercaban las fechas límite. Una contribución crucial, afianzada por su encanto personal y sus dotes diplomáticas.

Harry Evans se ocupó hace treinta años de preparar la edición de White House Years. Me he permitido abusar ahora de nuestra amistad y ha sido quien ha repasado todo el manuscrito. Él apuntó un gran número de acertadas sugerencias en cuanto a redacción y estructura de la obra.

Theresa Amantea y Jody Williams mecanografiaron un sinfín de veces el original y pasaron noches y fines de semana ayudándome a terminarlo en el plazo previsto. Su buen humor, eficacia y perspicacia para los detalles resultaron vitales.

He de dar las gracias a Stapleton Roy, ex embajador en China y reconocido erudito sobre China; a Winston Lord, colega en la época de la apertura hacia este país y posterior embajador en él, y a Dick Viets, responsable literario de la obra, por haber leído unos cuantos capítulos de la misma y transmitirme sus perspicaces comentarios. Jon Vandel Heuvel ha colaborado con una eficaz investigación para algunos de los capítulos.

La experiencia de publicar en Penguin Press ha resultado muy agradable. Ann Godoff siempre ha estado disponible, con gran criterio, sin acuciarme en ningún momento: en realidad, ha sido un placer tratar con ella por su buen talante. Bruce Giffords, Noirin Lucas y Tory Klose han ido llevando el libro con gran pericia a través del proceso de producción editorial. Fred Chase se ha ocupado de la edición del original con esmero y eficacia. Laura Stickney, que por edad podría ser mi nieta, no se sintió en ningún momento intimidada por el autor y ha asumido la dirección de la edición. Superó hasta tal punto sus reservas respecto a mis puntos de vista en política que consiguió que estuviera siempre pendiente de sus mordaces e incisivos comentarios, que iba anotando al margen del original. Ha sido una persona incansable, aguda, de una eficacia extraordinaria.

Mi inmenso agradecimiento a todas estas personas.

Los informes gubernamentales a los que he recurrido llevaban un tiempo desclasificados. Quisiera dar las gracias en concreto al Woodrow Wilson International Center for Scholars, el centro internacional para académicos que desarrolla el Proyecto de Historia Internacional de la Guerra Fría por haberme permitido utilizar extensos pasajes de sus archivos sobre documentos rusos y chinos desclasificados. La Biblioteca Carter me facilitó amablemente muchas de las transcripciones de encuentros con dirigentes durante la presidencia de Carter, y la Biblioteca Reagan me ha proporcionado un gran número de documentos de sus archivos, que me han sido de gran utilidad.

Huelga decir que los fallos del libro solo pueden atribuírseme a mí.

Como siempre durante más de medio siglo, mi esposa, Nancy, me ha proporcionado el incondicional apoyo en medio de la soledad que creamos los autores (como mínimo este autor) a nuestro alrededor cuando escribimos. Ella ha leído la mayoría de los capítulos y ha contribuido con un gran número de importantes sugerencias.

He dedicado China a Annette y Óscar de la Renta. Empecé el libro en su casa de Punta Cana y lo terminé allí. Su hospitalidad ha constituido una faceta más de una amistad que ha proporcionado alegría y profundidad a mi vida.

Henry A. Kissinger

Nueva York, enero de 2011

Nota sobre la ortografía china

Nota sobre la ortografía china

En el libro se utilizan frecuentemente nombres y términos chinos. Existe una ortografía alternativa para muchas palabras en este idioma, basada en dos métodos de transcripción de los caracteres chinos al alfabeto latino ampliamente extendidos: el método Wade-Giles, que imperó en gran parte del mundo hasta la década de 1980, y el método pinyin, adoptado oficialmente por la República Popular de China en 1979, cada vez más corriente a partir de entonces en publicaciones occidentales y otras asiáticas.

En el libro se usa en general la ortografía pinyin. Se utiliza, por ejemplo la transcripción pinyin «Deng Xiaoping» en lugar de la Wade-Giles, «Teng H’siao-ping». En los casos en que resulte mucho más familiar la ortografía sin transliteración pinyin se mantiene para comodidad del lector. Para el nombre del antiguo teórico militar «Sun Tzu», por ejemplo, se ha optado por la ortografía tradicional en lugar de la nueva transcripción pinyin «Sunzi».

En alguna ocasión, y por coherencia a lo largo del texto, se ha pasado a ortografía pinyin alguna referencia citada de nombres listados en un principio en transcripción Wade-Giles, cambios que constan en las notas del libro. En cada caso se mantiene el término chino base; la diferencia estriba en el método utilizado para pasar el término al alfabeto latino.

Prólogo

Prólogo

En octubre de 1962, el dirigente revolucionario chino Mao Zedong convocó a sus principales mandos militares y políticos a una reunión en Pekín. A tres mil doscientos kilómetros de allí, en dirección oeste, en el territorio prohibido y escasamente poblado del Himalaya, los soldados chinos e indios se encontraban bloqueados, en un punto muerto respecto a la polémica frontera entre ambos países. La disputa nació a raíz de las distintas versiones que tenían unos y otros sobre la historia: la India reivindicaba la frontera establecida durante el mandato británico; China, los límites de su mandato imperial. La India había desplegado sus puestos de avanzada en el extremo de lo que consideraba la frontera; China había rodeado las posiciones indias. Habían fracasado los intentos de negociar un acuerdo territorial.

Mao decidió acabar con aquel callejón sin salida. Recurrió a la tradición china clásica que, por otra parte, estaba en vías de desmantelar. China y la India, explicó Mao a sus mandos, habían librado anteriormente «una guerra y media». Pekín podía extraer una lección de cada una de ellas. La primera guerra tuvo lugar mil trescientos años antes, durante la dinastía Tang (618-907), cuando China envió soldados a apoyar un reino indio contra un violento e ilegítimo adversario. Tras la intervención de China, ambos países disfrutaron de unos siglos de próspero intercambio religioso y económico. La lección que aprendieron de la antigua campaña, en palabras de Mao, era que China y la India no estaban condenadas a una enemistad perpetua. Tuvieron ocasión de volver a disfrutar de un largo período de paz, pero para conseguirlo China tuvo que recurrir a la fuerza para «llevar» de nuevo a la India a «la mesa de negociación». La «media guerra», en la cabeza de Mao, había tenido lugar setecientos años antes, cuando el dirigente mongol Tamerlán saqueó Nueva Delhi. (El argumento de Mao se basaba en que, ya que Mongolia y China formaban parte de la misma identidad política, aquella era una «media» guerra chino-india.) Tamerlán había conseguido una victoria significativa, pero en cuanto llegó a la India su ejército mató a más de cien mil prisioneros. En esta ocasión, Mao instó a las fuerzas chinas a mostrarse «comedidas y ajustadas a los principios».1

No parece que ningún seguidor de Mao —la dirección del Partido Comunista de una «nueva China» revolucionaria declaraba sus intenciones de cambiar el orden internacional y abolir el propio pasado feudal de China— haya cuestionado la pertinencia de estos antiguos precedentes sobre los principios estratégicos actuales de China. La planificación de un ataque se encontraba en la base de los elementos básicos perfilados por Mao. Semanas más tarde, la ofensiva se llevó a cabo casi al pie de la letra como la había descrito él: China dio un golpe súbito y demoledor a las posiciones indias y se replegó inmediatamente hacia la línea de control anterior; llegó incluso a devolver el armamento pesado capturado a los indios.

En otro país resultaría inconcebible que hoy en día un dirigente pusiera en marcha una iniciativa nacional de esta envergadura invocando unos principios estratégicos de un acontecimiento ocurrido un milenio antes, y que esperara que sus socios comprendieran el significado de las alusiones. Pero China es singular. No existe otro país que pueda reivindicar una civilización tan continuada en el tiempo, ni un vínculo tan estrecho con su antiguo pasado y con los principios clásicos de la estrategia y la habilidad política.

Otras sociedades, entre las cuales se encuentra Estados Unidos, han reivindicado la pertinencia universal de sus valores e instituciones. Ninguna, sin embargo, es igual que China en la persistencia —y en convencer a sus vecinos de que consientan— en una concepción tan elevada de su función en el mundo durante tanto tiempo, y frente a tantas vicisitudes históricas. Desde el nacimiento de China como Estado unificado en el siglo III a.C. hasta el desmoronamiento de la dinastía Qing en 1912, China permaneció en el centro de un sistema internacional de Asia oriental de notable continuidad. Se consideraba que el emperador chino constituía el pináculo de la jerarquía política universal (y así lo reconocían la mayoría de los estados vecinos), y el resto de los dirigentes estatales teóricamente actuaban como vasallos suyos. La lengua, la cultura y las instituciones políticas chinas constituían los hitos de la civilización, hasta el punto de que incluso sus adversarios en el ámbito regional y los conquistadores extranjeros las adoptaban en distintos grados como muestra de su propia legitimidad (a menudo como primer paso antes de ser subsumidos por China).

La cosmología tradicional se mantuvo en este país a pesar de las catástrofes y los largos períodos de declive político, que en ocasiones duraron siglos. Incluso cuando China quedó debilitada o dividida, su centralidad continuó siendo la piedra de toque de la legitimidad regional; distintos aspirantes, chinos o extranjeros, compitieron por unificar o conquistar el país y luego gobernaron desde la capital sin cuestionar la premisa básica de que era el centro del universo. Mientras otros países recibían el nombre de algún grupo étnico o a partir de una referencia geográfica, China se autodenominó zhongguo: el «Reino Medio» o el «País Central».2 Quien pretenda comprender la diplomacia china del siglo XX o su papel en el mundo en el siglo XXI tiene que empezar —aunque sea a costa de una posible simplificación excesiva— valorando básicamente el contexto tradicional.

1. La singularidad de China

1

La singularidad de China

Las sociedades y las naciones tienden a considerarse eternas. Por otra parte, valoran una historia que hable de sus orígenes. China tiene un rasgo característico: no parece poseer principio. En la historia aparece más como fenómeno natural permanente que como Estado-nación convencional. En la narración sobre el Emperador Amarillo, venerado por tantos chinos como legendario fundador, se tiene la sensación de que China ya existía. Cuando el Emperador Amarillo apareció en la mitología, la civilización china ya se encontraba sumida en el caos. Los príncipes en pugna se hostigaban entre sí y hacían también lo propio con el pueblo, al tiempo que un dirigente debilitado se veía incapaz de mantener el poder. Impusieron, sin embargo, el nuevo héroe, que reclutó un ejército, pacificó el reino y fue aclamado como emperador.1

El Emperador Amarillo ha pasado a la historia como héroe fundador, aunque en el mito fundacional no crea, sino que restablece, un imperio. Encontramos la repetición de esta paradoja de la historia china con el antiguo sabio Confucio: a él también se le considera el «fundador» de una cultura, aunque él insista en que no inventó nada, que únicamente pretendía dar un nuevo ímpetu a los principios de armonía que habían existido en la época dorada y se habían perdido en su propia época de caos político.

En una reflexión sobre la paradoja de los orígenes de China, el misionero del siglo XIX, Abbé Régis-Évariste Huc, conocido viajero, comentaba:

La civilización china nace en una antigüedad tan remota que sería un vano empeño descubrir sus inicios. No existe rastro de su infancia en su pueblo. Se trata de un rasgo peculiar de China. En la historia de las naciones nos hemos acostumbrado a encontrar algún punto de partida perfectamente definido, y los documentos, tradiciones y monumentos históricos que aún se conservan en general nos permiten seguir, casi paso a paso, el avance de la civilización, estar presentes en su nacimiento, observar su desarrollo, su camino hacia delante y en muchos casos su posterior decadencia y caída. Pero no sucede así con los chinos. Se diría que han vivido siempre en el mismo estadio de progreso en el que viven hoy; y existen suficientes datos de la antigüedad que lo confirman.2

En la primera evolución de los caracteres chinos, durante la dinastía Chang, en el segundo milenio antes de Cristo, el antiguo Egipto se encontraba en su apogeo. No habían surgido aún las grandes ciudades-estado de la Grecia clásica, y Roma se encontraba a milenios. Sin embargo, hoy más de mil millones de personas siguen utilizando el descendiente directo del sistema de escritura de la época Chang. Los chinos de hoy en día son capaces de comprender inscripciones hechas en la época de Confucio; los libros, las conversaciones cotidianas chinas poseen una riqueza de aforismos que cuentan con siglos de antigüedad, en los que se citan antiguas batallas e intrigas cortesanas.

Al mismo tiempo, la historia china presenta muchos períodos de guerra civil de interregnos y de caos. Después de cada desmoronamiento, el Estado chino se reconstituía como si siguiera una inmutable ley de la naturaleza. En cada estadio aparecía una nueva figura aglutinante, que seguía básicamente el precedente del Emperador Amarillo, para someter a sus adversarios y reunificar China (y de vez en cuando, para ampliar sus fronteras). El famoso comienzo del Romance de los Tres Reinos, novela épica del siglo XIV, muy valorada durante siglos en China (Mao, por ejemplo, al parecer estuvo obsesivamente enfrascado en dicha obra en su juventud), evoca este ritmo continuo: «El imperio, largo tiempo dividido, tiene que unirse; largo tiempo unido, tiene que dividirse. Así ha sucedido siempre».3 Cada uno de los períodos de desunión era considerado como una desviación. Cada una de las dinastías se remontaba a los principios de gobierno de la anterior a fin de restablecer la continuidad. Los preceptos fundamentales de la cultura china perduraban después de que los pusieran a prueba las tensiones del período de catástrofes.

Antes de que se produjera el hecho fundamental de la unificación china en 221 a.C., transcurrió un milenio de gobierno dinástico que fue desintegrándose poco a poco a medida que evolucionaban las subdivisiones feudales, pasando de la autonomía a la independencia. Ello culminó en dos siglos y medio de caos, que han pasado a la historia como el período de los Reinos Combatientes (475-221 a.C.). Su equivalente europeo serían los interregnos entre el Tratado de Westfalia de 1648 y el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando un gran número de estados europeos luchaban por sobresalir en el marco del equilibrio de poder. Después de 221 a.C., China mantuvo el ideal de imperio y unidad, aunque siguió la práctica de la fractura y la nueva unión por ciclos, que en ocasiones llegaron a durar unos cuantos siglos.

Cuando el Estado se fracturaba, se libraban cruentas guerras entre los distintos elementos. Mao dijo en una ocasión que, durante el período denominado de los Tres Reinos (220-280), la población china pasó de cincuenta millones de habitantes a diez millones de habitantes;4 también fue muy sangriento el conflicto entre los participantes en las contiendas de las dos guerras mundiales del siglo XX.

En su extensión máxima, la esfera cultural china abarcaba un área continental mucho más grande que cualquier Estado europeo; de hecho, comparable a la de la Europa continental. La lengua y la cultura chinas, así como el mandato político del emperador, se extendían a todos los territorios conocidos: desde las tierras esteparias y los inmensos pinares del norte que van fundiéndose hacia Siberia hasta las selvas tropicales y los cultivos de arroz en los bancales del sur; desde la costa oriental, con sus canales, puertos y aldeas de pescadores, hasta los agrestes desiertos de Asia Central y las cimas nevadas de la frontera del Himalaya. La amplitud y variedad de su territorio reafirmaba la idea de que China era un mundo en sí, que mantenía una concepción del emperador como figura de trascendencia universal, que presidía el tian xia, o «Todo bajo el Cielo».

LA ERA DE LA PREEMINENCIA CHINA

A lo largo de muchos milenios de su civilización, China no tuvo que tratar con otros países o civilizaciones que pudieran comparársele en magnitud y complejidad. Los chinos conocían la India, como precisó Mao posteriormente, pero aquel era un país que había pasado gran parte de su historia dividido en distintos reinos. Las dos civilizaciones se intercambiaron productos y también las influencias budistas a lo largo de la Ruta de la Seda, pero para el resto imperaba el muro casi impenetrable del Himalaya y el altiplano del Tíbet. Los inmensos e imponentes desiertos de Asia Central separaron China de las culturas persa y babilónica de Oriente Próximo, y más aún del Imperio romano. Las caravanas comerciales emprendieron viajes intermitentes, pero China como sociedad no estableció vínculos con otras de envergadura y logros comparables. A pesar de que China y Japón compartieron una serie de instituciones culturales y políticas básicas, ninguno de estos dos países estaba preparado para reconocer la superioridad del otro; como solución optaron por reducir sus contactos durante siglos. Europa se encontraba aún más lejos de lo que los chinos consideraban los mares occidentales, por naturaleza inaccesible a la cultura china y lamentablemente incapaz de asumirla, como explicó el emperador a un enviado británico en 1793.

Las reivindicaciones territoriales del Imperio chino tenían su límite en las orillas de los mares que lo bañaban. Ya en la dinastía Song (960-1279), China se situaba a la cabeza del mundo en tecnología náutica; sus flotas podían haber llevado el imperio a una era de conquista y exploración.5 No obstante, China no se hizo con ninguna colonia y mostró relativamente poco interés por los países de ultramar. No vio motivos para aventurarse hacia el exterior para convertir a los bárbaros a los principios del confucianismo o a las virtudes budistas. Cuando los conquistadores mongoles se apropiaron de la flota Song y de sus hábiles capitanes, organizaron dos intentos de invasión en tierras japonesas. Ambos fracasaron por las inclemencias del tiempo: el kamikaze (o «viento divino») de la tradición japonesa.6 Pero cuando se derrumbó la dinastía mongol, no volvió a intentarse expedición alguna, a pesar de que hubiera tenido viabilidad técnica. Jamás un dirigente chino esgrimió una razón para el control del archipiélago japonés.

Sin embargo, en los primeros años de la dinastía Ming, entre 1405 y 1433, China abordó una de las empresas navales más notables y misteriosas de toda la historia: el almirante Zheng He emprendió viaje con unas flotas compuestas por «barcos del tesoro», tecnológicamente sin precedentes, hacia lejanos destinos como Java, la India, el Cuerno de África y el estrecho de Ormuz. En la época de los viajes de Zheng no había empezado todavía la era de los exploradores europeos. La flota china poseía lo que se podría considerar una ventaja tecnológica insalvable: superaba en tamaño, perfección y número de navíos la Armada española (que tardaría aún ciento cincuenta años en surcar los mares).

Los historiadores siguen debatiendo el objetivo de estas misiones. Zheng He fue un personaje singular en la era de las exploraciones: un eunuco musulmán chino asignado al servicio imperial ya de niño, algo insólito en la época. En cada una de las escalas de sus viajes se dedicaba a proclamar formalmente la magnificencia del nuevo emperador de China, a ofrecer generosos regalos a los dirigentes con los que contactaba y a invitarlos a desplazarse hasta su país personalmente o a mandar algún enviado. Una vez allí, aceptarían su lugar en el orden mundial sinocéntrico por medio del ritual del kowtow, como reconocimiento de la superioridad del emperador. No obstante, Zheng He se limitó a difundir la grandeza de China y a entregar invitaciones para el solemne ritual; jamás mostró ambición territorial alguna. Regresaba tan solo con algún regalo o «tributo»; no reivindicaba colonias ni recursos para China que no fueran el tesoro metafísico de la ampliación de los límites del Todo bajo el Cielo. Como mucho, puede decirse de él que abrió el camino para los mercaderes chinos, mediante una especie de práctica anticipada del «poder blando» chino.7

Las expediciones de Zheng He finalizaron repentinamente en 1433, coincidiendo con el nuevo peligro surgido a lo largo de la frontera del territorio septentrional de su país. El emperador siguiente mandó desmantelar la flota y destruir cualquier constancia de los viajes de Zheng He. No volvió a organizarse ninguna expedición. Si bien los comerciantes chinos siguieron surcando los mares por los que había navegado Zheng He, la capacidad naval china perdió empuje, hasta el punto de que la respuesta que dieron los dirigentes Ming a la subsiguiente amenaza de piratería en la costa del sudeste de China fue el intento de obligar a emigrar a la población costera a unos dieciséis kilómetros hacia el interior. Así pues, la historia naval china se convirtió en una bisagra que impedía el movimiento; aquel país técnicamente capaz de dominar se retiró de forma voluntaria del ámbito de la exploración naval en cuanto el interés de Occidente empezó a tomar el relevo.

El espléndido aislamiento chino fomentó en este pueblo una imagen muy particular de sí mismo. Las élites chinas fueron acostumbrándose a la idea de que su país era único; no tan solo «una gran civilización» entre grandes civilizaciones, sino la civilización por antonomasia. Un traductor británico escribía en 1850:

Un europeo inteligente, acostumbrado a reflexionar sobre el estado de una serie de países que disfrutan de una amplia variedad de ventajas, y trabajan sin ceder al cansancio en condiciones especialmente desfavorables, podría, mediante unas cuantas preguntas correctamente dirigidas, y disponiendo de muy pocos datos, hacerse una idea razonablemente acertada sobre el estado de un pueblo para él desconocido hasta entonces; pero cometería un gran error si supusiera que esto podía aplicarlo a los chinos. La exclusión a la que este país ha sometido a los extranjeros y la reclusión que él mismo ha vivido le ha quitado toda posibilidad de establecer comparaciones y, por ende, ha puesto un cerco a sus ideas; por ello son completamente incapaces de librarse del dominio de la asociación y todo lo juzgan siguiendo las reglas de unas convenciones puramente chinas.8

China conocía, por supuesto, diferentes sociedades situadas en su periferia, como Corea, Vietnam, Tailandia, Birmania; pero los chinos consideraban que China era el centro del mundo, el «Reino Medio», y que las demás sociedades eran distintos niveles de este. Según su concepción, un gran número de estados inferiores, imbuidos de la cultura china, que pagaban tributo a la grandeza de este país, constituían el orden natural del universo. Las fronteras entre China y los pueblos colindantes no eran tanto demarcaciones políticas y territoriales como hechos culturales diferenciados. La irradiación de la cultura china hacia el exterior, en dirección al este de Asia, llevó a Lucian Pye, politólogo estadounidense, a comentar con gran acierto que en la era moderna China era todavía una «civilización que pretende ser un Estado-nación».9

Las implicaciones que acarreaba en el fondo este orden mundial tradicional chino duraron hasta bien entrada la era moderna. En 1863, el emperador de China (miembro de una dinastía manchú «extranjera» que había conquistado el país dos siglos antes) envió a Abraham Lincoln una carta en la que le informaba sobre el compromiso de su país en el establecimiento de buenas relaciones con Estados Unidos. El emperador basaba la comunicación en la sublime garantía: «Habiendo recibido con respeto el mandato del cielo de gobernar el universo, consideramos que el imperio medio [China] y los países de fuera de este constituyen una única familia, sin distinción de ningún tipo».10 Cuando la carta llegó a su destino, China había perdido ya dos guerras frente a las potencias occidentales, empeñadas en controlar distintas esferas de interés del territorio chino. Al parecer, el emperador asumió estas catástrofes como algo parecido a otras invasiones bárbaras a las que finalmente había de superar la resistencia de China y su cultura superior.

En realidad, durante gran parte de su historia, las reivindicaciones chinas no tuvieron nada de fantasioso. De generación en generación, los chinos de la dinastía Han se habían ido expandiendo desde su enclave original en el valle del río Amarillo, atrayendo poco a poco a las sociedades de los alrededores hacia distintos estadios de aproximación respecto al modelo chino. Los logros científicos y tecnológicos de China igualaban, y con frecuencia superaban, los de sus homólogos de Europa occidental, indios y árabes.11

Tradicionalmente, China superó con creces a cualquier Estado europeo en población y territorio, y además, hasta la revolución industrial, fue un país mucho más rico. Contaba con un extenso sistema de canalización que conectaba los grandes ríos con los centros de población y durante siglos fue la economía más productiva del mundo y su zona comercial más populosa.12 De todas formas, al ser básicamente autosuficiente, el resto de las regiones poseían solo una idea periférica de su amplitud y riqueza. En efecto, durante dieciocho de los últimos veinte siglos, China produjo un porcentaje del total del PIB mundial superior al de cualquier sociedad occidental. En 1820, por ejemplo, registró una cifra superior al 30 por ciento del PIB mundial, cifra que superaba la del conjunto del PIB de Europa occidental, de Europa oriental y de Estados Unidos.13

Los observadores occidentales que se fijaron en China a principios de la era moderna quedaron sorprendidos por su vitalidad y prosperidad material. En 1736, el jesuita francés Jean-Baptiste Du Halde resumía las reacciones de asombro de los occidentales que visitaban este país:

La riqueza específica de cada provincia, y la facilidad para el traslado de las mercancías, por medio de ríos y canales, han hecho prosperar el comercio interior en el imperio. […] Sus transacciones internas tienen tanto volumen que no pueden compararse con el comercio de toda Europa; sus provincias se asemejan a un gran número de reinos, que intercambian entre sí sus respectivas producciones.14

Treinta años después, el economista político francés François Quesnay iba más lejos:

Nadie negará que este Estado es el más bello del mundo, el que posee mayor densidad de población y el reino más próspero que conocemos. El Imperio chino es como sería toda Europa si estuviera unida por medio de un solo soberano.15

China comerció con extranjeros y en alguna ocasión hizo suyas las ideas e invenciones del exterior. Pero en general, los chinos siempre han creído que los bienes y los logros intelectuales más valiosos se encontraban en China. Tanto valor tenía el comercio con China que las élites de este país no exageraban cuando lo describían más que como un intercambio económico corriente como un «tributo» a la superioridad china.

EL CONFUCIANISMO

Todos los imperios se han creado por medio de la fuerza, pero ninguno puede mantenerse con ella. Para que una norma universal perdure tiene que traducir la fuerza en obligación. De lo contrario, la energía del gobernante se agotará en el mantenimiento del dominio a expensas de su habilidad por configurar el futuro, la tarea fundamental del arte de gobernar. Los imperios se mantienen si la represión cede el paso al consenso.

Este fue el caso de China. Los métodos que se se siguieron allí para unificarla, y desmembrarla y volverla a unificar, en ocasiones fueron brutales. En la historia china ha habido rebeliones sanguinarias y gobiernos de tiranos dinásticos. Pero China no debe tanto su supervivencia milenaria a los castigos impuestos por sus emperadores como al conjunto de valores que se han fomentado entre su población y su gobierno de funcionarios eruditos.

Uno de los aspectos importantes de la cultura china es que dichos valores eran básicamente de naturaleza secular. En una época en la que surgía el budismo en la cultura india haciendo hincapié en la contemplación y la paz interior, en la que los profetas judíos —y, posteriormente, los cristianos e islámicos— ensalzaban el monoteísmo evocando la vida tras la muerte, China no desarrollaba temas religiosos en el sentido occidental. Los chinos nunca crearon un mito sobre la creación cósmica. Su universo obtuvo la vida a partir de los propios chinos, cuyos valores, a pesar de ser declarados de aplicación universal, se concibieron en un principio como chinos.

Los valores predominantes de la sociedad china procedían de las directrices de un antiguo filósofo que pasó a la posteridad con el nombre de Kong Fu-zi (o Confucio en su versión latinizada). Confucio (551-479 a.C.) vivió a finales del período denominado Primavera y Otoño (770-476 a.C.), época de gran agitación política que desembocó en las violentas luchas del período de los Reinos Combatientes (475-221 a.C.). La casa Zhou que reinaba a la sazón vivía una época de decadencia y se veía incapaz de ejercer la autoridad con los príncipes rebeldes en pugna por el poder político. La codicia y la violencia no tenían fronteras. Volvía a reinar la confusión en Todo bajo el Cielo.

Confucio, al igual que Maquiavelo, vivió errante en su país a la espera de que alguno de los príncipes que se disputaban la supervivencia lo retuviera como asesor. Pero a diferencia de aquel, este se centró más en el desarrollo de la armonía social que en las intrigas del poder. Sus puntos básicos fueron los principios del gobierno comprensivo, la correcta realización de los rituales y la inculcación de la devoción filial. Probablemente porque no ofreció a sus posibles patronos una vía rápida para alcanzar riqueza o poder, Confucio murió sin alcanzar su objetivo: jamás conoció a un príncipe que pusiera en práctica sus máximas, y China siguió su descenso hacia el desmoronamiento político y finalmente la guerra.16

Subsistieron, no obstante, las enseñanzas de Confucio, de las que dejaron constancia sus discípulos. Cuando acabó el derramamiento de sangre y China volvió a ponerse en pie, unificada, la dinastía Han (206 a.C.-220 d. C.) adoptó el pensamiento confuciano como filosofía oficial del Estado. El canon confuciano, agrupado en una recopilación básica de máximas de Confucio (las Analectas) y los subsiguientes libros de comentarios doctos, evolucionaría hasta convertirse en algo similar a una combinación entre la Biblia de China y su Constitución. El dominio de estos textos pasó a ser básico para entrar en la burocracia imperial del país, un sacerdocio constituido por funcionarios eruditos en el campo de las letras, seleccionados mediante reñidos exámenes a escala nacional, que fueron los encargados de mantener la armonía en los vastos dominios del emperador.

La respuesta de Confucio al caos de su época era el «camino» de la sociedad justa y armoniosa, que, como enseñaba él, se había hecho realidad antes, en una lejana era dorada. La humanidad tenía la principal tarea espiritual de crear de nuevo su propio orden, que estaba a punto de perderse. La plenitud espiritual no era tanto tarea de revelación o liberación como de recuperación paciente de los olvidados principios del autocontrol. Tenía como objetivo la rectificación, no el progreso.17 En la sociedad confuciana, el aprendizaje constituía la clave para la mejora. Así, Confucio enseñaba:

El amor a la bondad, sin amor al aprendizaje, queda enturbiado por la insensatez. El amor al conocimiento, sin amor al aprendizaje, queda enturbiado por la especulación imprecisa. El amor a la honradez, sin amor al aprendizaje, queda enturbiado por la perjudicial candidez. El amor a la franqueza, sin amor al aprendizaje, queda enturbiado por la opinión mal encauzada. El amor a la osadía, sin amor al aprendizaje, queda enturbiado por la insubordinación. Y el amor a la fortaleza de carácter, sin amor al aprendizaje, queda enturbiado por la intransigencia.18

Confucio predicó un credo social jerárquico: el deber fundamental radicaba en «que cada cual conociera su lugar». El orden confuciano brindaba a sus adeptos la inspiración del servicio en busca de una mayor armonía. A diferencia de los profetas de las religiones monoteístas, Confucio no hacía sermones sobre la teleología de la historia que pone el énfasis en la redención personal. Su filosofía buscaba la redención del Estado por medio de la rectitud en el comportamiento individual. Su pensamiento, orientado hacia este mundo, ratificaba un código de conducta social y no una guía para después de la muerte.

Confucio situaba en la cumbre del orden chino al emperador, una figura sin parangón en la experiencia occidental. Combinaba las afirmaciones del orden social espirituales y seculares. El emperador chino era al mismo tiempo un dirigente político y un concepto metafísico. En su función política, se concebía al emperador como el soberano supremo de la humanidad; el emperador de la humanidad, situado por encima de una jerarquía política mundana que reflejaba la estructura social jerárquica china de Confucio. El protocolo chino insistía en reconocer su supremacía a través del kowtow, el acto de postración completa en el que la frente toca el suelo tres veces en cada postración.

La segunda función, metafísica, del emperador, era su condición de «Hijo del Cielo», el intermediario simbólico entre el cielo, la tierra y la humanidad. Este papel implicaba también una obligación moral por parte del emperador. A través de la conducta humanitaria, el cumplimiento de los rituales correctos y algún castigo severo, se veía al emperador como el eje de la «Gran Armonía» de todas las cosas grandes y pequeñas. Si el emperador se apartaba de la senda de la virtud, Todo bajo el Cielo quedaría sumido en el caos. Incluso las catástrofes naturales podían significar que la discordia acechaba el universo. Entonces se podía considerar que la dinastía existente había perdido el «Mandato Celestial» mediante el cual poseía el derecho a gobernar: a partir de ahí estallarían rebeliones y una nueva dinastía restablecería la Gran Armonía del universo.19

CONCEPTOS SOBRE RELACIONES INTERNACIONALES: ¿IMPARCIALIDAD O IGUALDAD?

En China no hay grandes catedrales, pero tampoco palacios como el de Blenheim. En China nunca ha habido políticos aristócratas como el duque de Marlborough, quien construyó Blenheim. Europa entró en la Edad Moderna inmersa en un mosaico de jurisdicciones: príncipes, duques y condes independientes, ciudades que contaban con su propio gobierno, la Iglesia católica de Roma, que reivindicaba una autoridad fuera del ámbito estatal, y los grupos protestantes, que aspiraban a crear sus propias sociedades civiles autónomas. China, en cambio, entró en el período moderno después de haber vivido más de un milenio con una burocracia imperial totalmente estructurada, que se reclutaba mediante concurso por oposición, que penetraba en todos los aspectos de la economía y la sociedad y ponía orden en ellos.

Así pues, el planteamiento chino sobre el orden mundial difería mucho del que había imperado en Occidente. La concepción occidental moderna de las relaciones internacionales surgió en los siglos XVI y XVII, cuando se desintegró la estructura medieval de Europa y se formó un grupo de estados con un poder similar, y la Iglesia católica se dividió en distintas denominaciones. La diplomacia del equilibrio de poder no era tanto una opción como algo inevitable. Ningún Estado tenía suficiente fuerza para imponer su voluntad; ninguna religión mantenía una autoridad que le aseguraba la universalidad. La idea de soberanía y de igualdad legal de los estados se convirtió en la base de la legislación y de la diplomacia internacionales.

China, en cambio, nunca mantuvo un contacto continuo con otro país sobre la base de la igualdad por la simple razón de que en ningún momento coincidió con otra sociedad de cultura o magnitud comparables. El hecho de que el Imperio chino descollara sobre su esfera geográfica se consideraba prácticamente una ley de la naturaleza, una expresión del Mandato Celestial. Para los emperadores chinos, el mandato no suponía necesariamente una relación de confrontación con los pueblos colindantes; era preferible que no fuera así. Al igual que Estados Unidos, China consideraba que ejercía una función especial. Nunca propugnó, sin embargo, la idea estadounidense del universalismo para difundir sus valores en todo el mundo. Se limitó a controlar a los bárbaros que tenía cerca de sus fronteras. Se esforzó en que los estados tributarios como Corea reconocieran la categoría especial de China y, a cambio, les concedió ventajas, derechos comerciales, por ejemplo. En cuanto a los bárbaros de lugares remotos, como los europeos, de los que China sabía muy poco, mantuvo una actitud distante, amistosa aunque condescendiente. Le interesaba poco que asumieran su propio modo de vida. El emperador que fundó la dinastía Ming expresaba esta idea en 1372: «Los países del océano occidental se denominan con acierto regiones distantes. Vienen [hacia nosotros] cruzando los mares. Y les resulta difícil calcular el año y el mes [de la llegada]. Independientemente de su número, los tratamos [siguiendo el principio de] “a los que vienen con modestia se les echa con generosidad”».20

Los emperadores chinos creían que era poco práctico pensar en ejercer influencia sobre países a los que la naturaleza por desgracia había situado a una gran distancia de su país. En la versión china del excepcionalismo, este país no exportó sus ideas, sino que dejó que los demás se desplazaran en busca de ellas. Los pueblos de alrededor, según los chinos, se aprovechaban del contacto con China y de su civilización siempre que reconocieran la soberanía feudal del gobierno chino. Los que no la reconocían eran bárbaros. La cultura tenía su base en la sumisión ciega al emperador y en el cumplimiento de los rituales del imperio.21 Cuando el imperio se fortalecía, se ampliaba esta esfera cultural: Todo bajo el Cielo era una entidad multinacional que abarcaba la mayoría étnica china de los han y un sinfín de grupos étnicos chinos ajenos a estos.

Según los archivos oficiales, los enviados extranjeros no iban a la corte imperial a establecer negociaciones o a tratar asuntos de Estado; «iban a que» la influencia civilizadora del emperador «les transformara». Este no participaba en «conferencias cumbre» con otros jefes de Estado; las audiencias que se celebraban con él representaban el «delicado aprecio de unos hombres venidos de lejos», que llegaban con su tributo de reconocimiento a su mando supremo. Cuando la corte china se dignaba mandar enviados al extranjero, no lo hacía con diplomáticos, sino con «Enviados Celestes» de la Corte Celestial.

La organización del gobierno chino reflejaba el planteamiento jerárquico del orden del mundo. China establecía vínculos con estados que pagaban tributo, como Corea, Tailandia y Vietnam, a través del Ministerio de Rituales, lo que hace suponer que la diplomacia con estos pueblos era un aspecto más de la amplia tarea metafísica que implicaba la administración de la Gran Armonía. Con menos tribus bajo la influencia china en la parte septentrional y occidental, China pasó a depender de una «corte de dependencias», algo parecido a una oficina colonial, cuya misión era la de investir príncipes vasallos con títulos y mantener la paz en la frontera.22

Hasta que no sufrió la presión de las incursiones occidentales, durante el siglo XIX, China no estableció algo parecido a un Ministerio de Asuntos Exteriores para gestionar la diplomacia como función independiente del gobierno, y lo hizo en 1861, tras la derrota en dos guerras contra potencias occidentales. Se consideró una necesidad temporal, que había de abolirse en cuanto remitiera la crisis del momento. El nuevo ministerio se estableció deliberadamente en un antiguo y anodino edificio utilizado con anterioridad por el Departamento de Monedas de Hierro, a fin de indicar, en palabras del príncipe Gong, principal estadista de la dinastía Qing, «el sentido implícito de que no puede poseer el mismo estatus que otras administraciones gubernamentales, y preservar de esta forma la distinción entre China y los países extranjeros».23

Las ideas de corte europeo sobre política y diplomacia entre estados no eran algo desconocido en la práctica china; aunque existían a modo de contratradición, dándose en el seno del país en épocas de desunión. De todas formas, estos períodos de división, como si siguieran una ley consuetudinaria, acababan con la reunificación de Todo bajo el Cielo y con la reafirmación de la centralidad china por medio de una nueva dinastía.

En su función imperial, China no ofreció a los pueblos extranjeros circundantes igualdad, sino imparcialidad: se les trataba de manera humanitaria y comprensiva según el grado en que asumieran la cultura china y observaran los rituales que expresaran sumisión a este país.

Lo más significativo en cuanto al enfoque chino de los asuntos internacionales no era tanto sus importantes pretensiones formales como la sagacidad y longevidad subyacentes. Durante la mayor parte de la historia de China, el gran número de pueblos «inferiores» situados al otro lado de sus vastas y cambiantes fronteras contaban en general con una mayor movilidad que la del propio país. En la parte septentrional y occidental se encontraban los pueblos seminómadas —manchúes, mongoles, uigures, tibetanos y, finalmente, el expansionista Imperio ruso—, cuyas caballerías eran capaces de organizar incursiones a través de las extensas fronteras en el centro de China, eminentemente agrícola, con relativa impunidad. Las expediciones de castigo se encontraban con terrenos inhóspitos y líneas de abastecimiento de grandes extensiones. En la parte meridional y oriental de China había unos pueblos que, pese a vivir subordinados teóricamente a la cosmología china, contaban con importantes tradiciones marciales y con sus propias identidades nacionales. Los más tenaces entre ellos, los vietnamitas, se habían opuesto con uñas y dientes a las pretensiones de superioridad de los chinos y podían enorgullecerse de haberlos vencido en el campo de batalla.

China no estaba en condiciones de conquistar a todos sus países vecinos, cuya población estaba formada sobre todo por campesinos vinculados a sus tierras ancestrales. Los mandarines no habían alcanzado su posición por medio de exhibiciones marciales, sino mediante el dominio de las clásicas y refinadas artes confucianas, como la caligrafía y la poesía. A escala individual, los pueblos limítrofes podían entrañar terribles amenazas; con un mínimo de unidad resultaban arrolladores. El historiador Owen Lattimore escribió: «Así pues, la invasión bárbara se cernía sobre China como una amenaza permanente. […] Cualquier nación bárbara capaz de proteger su retaguardia y sus flancos contra el resto de los bárbaros podía emprender sin tropiezos la invasión de China».24 La tan alardeada centralidad y riqueza material del país iban a volverse en su contra, y China se convertiría en pasto de invasión por todos sus flancos.

La Gran Muralla, tan importante en la iconografía china occidental, era un reflejo de desamparo, si bien en pocas ocasiones sirvió como solución. Los dirigentes chinos confiaron sobre todo en un amplio despliegue de medios diplomáticos y económicos para conseguir que los extranjeros que podían mostrarse hostiles entablaran unas relaciones que ellos pudieran dominar. No tenían tanto la aspiración de conquistar (aunque en ocasiones China organizó importantes campañas militares) como la de impedir la invasión y evitar que se formaran coaliciones entre los bárbaros.

Sirviéndose de incentivos comerciales y utilizando unas hábiles tácticas políticas, China convenció a los pueblos de los alrededores para que siguieran las normas de centralidad de su país al tiempo que proyectaba una imagen de temible majestad que disuadía a los posibles invasores de poner a prueba su fuerza. China no se planteó como meta conquistar y subyugar a los bárbaros, sino más bien «gobernar[los] sin tensar las riendas» (ji mi). Para quienes se negaban a obedecer, China tenía el recurso de explotar las divisiones que surgían entre ellos, lo que se ha venido en llamar «utilizar a los bárbaros para controlar a los bárbaros», y, en caso de que fuera necesario, «utilizar a los bárbaros para atacar a los bárbaros».25 Como escribió una autoridad de la dinastía Ming sobre las tribus que podían entrañar algún peligro en la frontera nororiental de China:

Si las tribus están divididas entre ellas [seguirán siendo] débiles y [resultará] fácil mantenerlas sometidas; si las tribus permanecen separadas, se desprecian entre sí y obedecen fácilmente. Nosotros apoyamos a uno u otro [de sus jefes] y dejamos que luchen entre ellos. Es un principio de acción política que afirma: «Las guerras entre los “bárbaros” resultan prometedoras para China».26

El objetivo de este sistema era básicamente defensivo: evitar la formación de coaliciones en las fronteras con China. Los principios de la actuación de los bárbaros estaban tan enraizados en el pensamiento oficial chino que cuando los «bárbaros» europeos llegaron con empuje a las costas de China, en el siglo XIX, las autoridades de este país describieron el desafío con las mismas frases que habían utilizado sus predecesores dinásticos: era cuestión de «utilizar a los bárbaros contra los bárbaros» hasta conseguir calmarlos y dominarlos. También aplicaron una estrategia tradicional en respuesta al primer ataque británico. Reclamaron la presencia de otros países europeos a fin de estimular y posteriormente manipular la rivalidad existente entre ellos.

La corte china se mantuvo muy pragmática respecto a los medios utilizados para alcanzar estas metas. Los chinos sobornaron a los bárbaros o utilizaron la superioridad demográfica de los han para reducir su empuje; una vez vencidos, quedaron sometidos, al igual que en los inicios de las dinastías Yuan y Qing, como preludio de su «sinización». La corte china practicó constantemente lo que en otros contextos se habría considerado el apaciguamiento, si bien a través de un elaborado filtro de protocolo que permitía a las élites del país reivindicar que se trataba de una afirmación de su benévola superioridad. Así describía un ministro de la dinastía Han los «cinco cebos» con los que pensaba recibir a las tribus xiongnu que habían ascendido hacia la frontera noroccidental de China:

Ofrecerles […] vestimenta y carruajes con grandes ornamentos para enviciar sus ojos; ofrecerles finos manjares para enviciar sus bocas; ofrecerles música y mujeres para enviciar sus oídos; ofrecerles elevados edificios, graneros y esclavos para enviciar sus barrigas […] y, para los que iban a rendirse, el emperador [debería] favorecerlos haciéndoles los honores con una recepción imperial en la que el propio emperador les sirviera vino y comida para enviciar su mente. Estos son los que podrían denominarse los cinco cebos.27

En períodos de pujanza, la diplomacia del Reino Medio constituía una racionalización ideológica del poder imperial. En épocas de decadencia, servía para encubrir debilidades y ayudaba a China a manipular a las fuerzas en conflicto.

Si se compara con otros que aspiraron más recientemente al poder en la región, China era un imperio sin grandes afanes, con una ambición territorial limitada. Como expresaba un erudito durante el dominio de la dinastía Han: «El emperador no gobierna a los bárbaros. Los que acudan a él no serán rechazados y quienes se marchen no serán perseguidos».28 La meta era conseguir una periferia dócil, dividida, y que no estuviera bajo el control directo de China.

La expresión más clara del pragmatismo fundamental chino era su reacción frente a los conquistadores. Cuando vencían en la batalla las dinastías de fuera, la élite burocrática china ofrecía sus servicios y se dirigía a sus conquistadores sobre la base de que una tierra tan vasta y única como la que acababan de invadir solo podía gobernarse siguiendo los métodos chinos, con la lengua china y la burocracia existente en el país. De generación en generación, los conquistadores iban sintiéndose más integrados en el orden que habían pretendido alterar. Con el tiempo, sus propios territorios —los puntos desde donde habían iniciado las invasiones— pasaban a formar parte de China. Sin darse cuenta se encontraban luchando por los intereses nacionales chinos de siempre, tras haber abandonado efectivamente los proyectos de conquista.29

LA REALPOLITIK CHINA Y EL ARTE DE LA GUERRA DE SUN TZU

Los chinos han sido siempre hábiles practicantes de la realpolitik y estudiosos de una doctrina estratégica claramente distinta de la estrategia y la diplomacia predominante en Occidente. Una historia turbulenta enseñó a los dirigentes chinos que no todos los problemas tenían solución y que un énfasis excesivo en el dominio total de los acontecimientos específicos podía alterar la armonía del universo. China siempre tuvo demasiados enemigos del imperio para vivir en una seguridad absoluta; su destino era el de una seguridad relativa, lo que implicaba también una relativa inseguridad: la necesidad de aprender las normas básicas de más de una docena de estados limítrofes con historias y aspiraciones significativamente distintas. En muy pocas ocasiones los dirigentes chinos se arriesgaron a resolver un conflicto en una confrontación de todo o nada; su estilo era más el de elaboradas maniobras que duraban años. Mientras la tradición occidental valoraba el choque de fuerzas decisivo que ponía de relieve las gestas heroicas, el ideal chino hacía hincapié en la sutileza, la acción indirecta y la paciente acumulación de ventajas relativas.

Este contraste se ve reflejado en los respectivos juegos intelectuales por los que se ha inclinado cada civilización. El juego que más ha durado en China es el del wei qui, conocido también en Occidente por una variación de su nombre en japonés, go. Wei qi significa «juego de piezas circundantes» y lleva implícita la idea de cerco estratégico. El juego empieza con el tablero, una cuadrícula de diecinueve por diecinueve líneas, vacío. Cada jugador tiene a su disposición 180 piezas, o piedras, todas de igual valor. Los jugadores colocan por turnos las piedras en cualquier punto de la cuadrícula, creando posiciones de fuerza y trabajando a un tiempo por circundar y capturar las piedras del adversario. En las distintas zonas del tablero tienen lugar múltiples contiendas simultáneas. A cada movimiento cambia gradualmente el equilibrio de fuerzas, a medida que los jugadores aplican estrategias y reaccionan frente a la iniciativa del adversario. Cuando termina una partida jugada correctamente, el tablero se llena de zonas de fuerza que se entrelazan parcialmente. El margen de ventaja suele ser mínimo y quien no esté acostumbrado al juego no siempre verá claro quién resulta vencedor.30

En el ajedrez, en cambio, se juega para la victoria total; su objetivo es el jaque mate, colocar al rey adversario en una posición en la que no pueda moverse sin ser destruido. La inmensa mayoría de los juegos acaban con una victoria total conseguida por el desgaste o, en poquísimas ocasiones, con una maniobra hábil, espectacular. Otro resultado serían las tablas, o el abandono por ambas partes de la esperanza de vencer.

RESULTADO DE UNA PARTIDA DE WEI QI ENTRE DOS JUGADORES EXPERTOS. HAN GANADO LAS NEGRAS POR UN LIGERO MARGEN.

FUENTE: David Lai, «Learning from the Stones: A Go Approach to Mastering China’s Strategic Concept, Shi» (U.S. Army War College Strategic Studies Institute, Carlisle, PA, 2004).

En el ajedrez se busca la batalla decisiva y en el wei qi, la batalla prolongada. El ajedrecista tiene como meta la victoria total. El que juega al wei qi pretende conseguir una ventaja relativa. En el ajedrez, el jugador siempre tiene ante sí las posibilidades del adversario; siempre están desplegadas todas las piezas.

El jugador de wei qi no solo tiene que calcular las piezas de la cuadrícula, sino los refuerzos que puede desplegar el adversario. El ajedrez enseña los conceptos de Clausewitz del «centro de gravedad» y del «punto decisivo»: el juego suele empezar como lucha por el centro del tablero. El wei qi enseña el arte del rodeo estratégico. Donde el hábil ajedrecista apunta a eliminar las piezas del adversario en una serie de choques frontales, el diestro jugador de wei qi se sitúa en espacios vacíos de la cuadrícula y va debilitando poco a poco el potencial estratégico de las piezas del adversario. El ajedrez crea resolución; el wei qi desarrolla flexibilidad estratégica.

En el caso de la teoría militar distintiva china se produce un contraste parecido. Se pusieron sus cimientos durante un período de agitación, cuando estallaron unas sangrientas luchas entre reinos rivales que llevaron a una disminución de la población china. Como reacción a estas matanzas (y en su búsqueda por encontrar un fin victorioso para ellas), los pensadores chinos crearon un discurso que hacía hincapié en la victoria conseguida por medio del conocimiento psicológico y abogaba por evitar el conflicto directo.

El pionero de esta tradición ha pasado a la historia con el nombre de Sun Tzu (o «maestro Sun»), autor del célebre tratado El arte de la guerra. Curiosamente, nadie sabe con exactitud quién fue Sun Tzu. Desde tiempos inmemoriales, los estudiosos se han planteado la identidad del autor de El arte de la guerra y la fecha de su redacción. El libro se presenta como una recopilación de máximas de un tal Sun Wu, un general viajero, asesor militar, que vivió en el período de la Primavera y el Otoño de la historia china (770-476 a.C.), como dejaron constancia sus discípulos. Algunos chinos, y posteriormente también eruditos occidentales, cuestionaron la existencia del tal maestro Sun, y se preguntaron si, en caso de haber existido, el contenido de El arte de la guerra había sido obra suya.31

Más de dos mil años después de su redacción, esta obra basada en observaciones epigramáticas sobre estrategia, diplomacia y guerra —escrita en chino clásico, a medio camino entre la poesía y la prosa— continúa siendo un texto básico para el pensamiento militar. Sus máximas encontraron su más vivida expresión en la guerra civil china del siglo XX en manos de Mao Zedong, estudiante de Sun Tzu, y en las guerras de Vietnam, puesto que Ho Chi Minh y Vo Nguyen Giap utilizaron los principios de Sun Tzu de ataque directo y guerra psicológica contra Francia y posteriormente contra Estados Unidos. (Podría decirse que Sun Tzu también hizo carrera en Occidente, cuyas ediciones populares de El arte de la guerra lo sitúan como moderno gurú de la gestión empresarial.) Todavía hoy se leen los textos de Sun Tzu como un ejemplo de claridad y perspicacia, lo que sitúa a este autor entre los creadores de estrategias más destacados del mundo. Podría argumentarse que el menosprecio de sus preceptos contribuyó en buena medida al fracaso de Estados Unidos en sus guerras en Asia. Lo que distingue a Sun Tzu de los escritos sobre estrategia occidental es el énfasis en los elementos psicológicos y políticos en relación con lo meramente militar. Los grandes teóricos militares europeos, Carl von Clausewitz y Antoine-Henri Jomini, abordan la estrategia como una actividad a título propio, aparte de la política. Incluso la célebre máxima de Clausewitz según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios implica que, con la guerra, el estadista entra en una nueva fase diferenciada.

Sun Tzu une los dos campos. Donde los estrategas occidentales reflexionan sobre la forma de reunir más poder en el punto decisivo, Sun Tzu aborda los medios para crear una posición política y psicológica dominante, de forma que el resultado del conflicto pase a ser una conclusión previsible. Los estrategas occidentales ponen a prueba sus máximas con las victorias en las batallas; Sun Tzu demuestra con victorias los casos en que no ha sido necesario librar batallas.

El texto de Sun Tzu sobre la guerra no posee el punto de exaltación de determinadas obras europeas sobre este tema, ni apela al heroísmo personal. Su punto sombrío se refleja en el comienzo solemne de El arte de la guerra:

La guerra es

un grave asunto de Estado;

es un lugar

de vida y muerte,

una vía

hacia la supervivencia y la extinción,

una cuestión

que hay que reflexionar detenidamente.32

Puesto que las consecuencias de la guerra son tan graves, la prudencia es el valor que más debe apreciarse.

Un gobernante

nunca debe

movilizar a sus hombres

por ira;

un general nunca debe

entablar batalla movido por el rencor…

La ira

puede convertirse en

placer;

el rencor

puede convertirse en

alegría.

Pero una nación destruida

no puede

volver a su estado anterior;

un hombre muerto

no puede

volver a la vida.

Así, el gobernante inteligente

es prudente;

el general efectivo

es cauteloso.

Esta es la forma

de mantener una nación

en paz

y un ejército

intacto.33

¿En qué debe tener prudencia el estadista? Para Sun Tzu, la victoria no es tan solo el triunfo de las fuerzas armadas, antes bien es la consecución de los objetivos políticos fundamentales que pretendía asegurar el conflicto militar. En lugar de retar al enemigo en el campo de batalla es mucho mejor minar su moral o llevarle a una situación desfavorable de la que no pueda escapar de ninguna forma. Ya que la guerra es una empresa desesperada y compleja, es crucial el conocimiento de uno mismo. En la lucha psicológica, la estrategia es la que decide:

La superioridad definitiva

no estriba en ganar

cada una de las batallas,

sino en derrotar al enemigo

sin luchar siquiera.

La forma más elevada de la guerra

es el ataque

a la estrategia [del enemigo] en sí;

la siguiente,

el ataque

a [sus]alianzas.

La siguiente,

el ataque

a los ejércitos;

la forma inferior de la guerra

es el ataque

a las ciudades,

la guerra por medio del sitio

es el último recurso…

El estratega hábil

derrota al enemigo

sin librar batalla,

captura la ciudad

sin sitiarla,

derroca el Estado

sin guerra prolongada.34

Lo ideal sería que el alto mando alcanzara una posición de dominio tal que pudiera prescindir del todo de la batalla. O bien que utilizara las armas para dar el golpe de gracia después de un amplio análisis y de una preparación logística, diplomática y psicológica. Por consiguiente, Sun Tzu aconseja:

El ejército victorioso

es victorioso de entrada

y busca la batalla después;

el ejército derrotado

lucha de entrada

y busca la victoria después.35

Puesto que el ataque a la estrategia del adversario y a sus alianzas implica psicología y percepción, Sun Tzu hace especial hincapié en la utilización del subterfugio y de la información errónea. «Siempre que sea posible», aconseja:

Simular incapacidad;

cuando se despliegan las tropas

aparentar que no hay movimiento.

Cuando se está cerca,

aparentar que se está lejos;

cuando se está lejos,

aparentar que se está cerca.36

Para el oficial al mando que sigue los preceptos de Sun Tzu, la victoria alcanzada de forma indirecta por medio del engaño o la manipulación es más humana (y, desde luego, más económica) que el triunfo conseguido mediante una fuerza superior. En El arte de la guerra se advierte al alto mando que induzca al adversario a llevar a cabo sus propios objetivos o que le obligue a situarse en una posición tan complicada que tenga que optar por entregar su ejército o su Estado intactos.

Tal vez el punto más importante de Sun Tzu es que en una contienda militar o estratégica todo tiene su importancia y todo está relacionado: el tiempo atmosférico, el terreno, la diplomacia, los informes de espías y agentes dobles, las provisiones y la logística, el equilibrio de fuerzas, las percepciones históricas, los intangibles de la sorpresa y la moral. Cada factor influye en los demás y crea cambios sutiles en impulso y ventaja relativa. Los acontecimientos aislados no existen.

De ahí que la tarea del estratega no se centre tanto en analizar una situación específica como en determinar su relación con el contexto en el que se produce. Ninguna disposición es estática; cualquier pauta es temporal y se encuentra en estado de evolución. El estratega debe captar hacia dónde se dirige esta evolución y conseguir que sirva a sus objetivos. Para esto, Sun Tzu utiliza el término shi, un concepto que no tiene equivalente en Occidente.37 En un contexto militar, shi connota la tendencia estratégica y la «posible energía» de una situación en proceso de desarrollo, «el poder inherente en la disposición específica de los elementos y… su tendencia de desarrollo».38 En El arte de la guerra, el término connota la configuración en constante cambio de las fuerzas, así como su tendencia general.

Para Sun Tzu, el estratega que domina el shi se asemeja al agua que circula pendiente abajo, que enseguida encuentra el curso más rápido y fácil. Un alto mando victorioso espera antes de lanzarse precipitadamente a la batalla. Rehúye la fuerza del enemigo; se dedica a observar y a organizar cambios en el campo estratégico. Estudia los preparativos y la moral del enemigo, dosifica los recursos, los limita con tiento y juega con la debilidad psicológica del adversario, hasta que por fin encuentra el momento oportuno de atacarlo en su punto más vulnerable. Seguidamente, despliega sus recursos con rapidez de manera brusca, se precipita «cuesta abajo» por la vía de la menor resistencia, en una afirmación de superioridad que el ritmo y la preparación han convertido en un hecho consumado.39 El arte de la guerra articula una doctrina más de dominio psicológico que de conquista territorial; es la forma en que los norvietnamitas lucharon contra Estados Unidos (si bien Hanoi tradujo en general sus victorias psicológicas también en conquistas territoriales).

En general, el arte de gobernar de los chinos muestra una tendencia a contemplar el paisaje estratégico como parte de un todo: el bien y el mal, lo cercano y lo lejano, la fuerza y la debilidad, el pasado y el futuro, todo tiene su interrelación. En oposición al planteamiento occidental de considerar la historia como un proceso de modernidad en el que se alcanzan una serie de victorias absolutas contra el mal y contra el atraso, la perspectiva tradicional china de la historia pone el acento en un proceso cíclico de desintegración y rectificación, en el que la naturaleza y el mundo pueden comprenderse, pero no dominarse del todo. Lo máximo que puede conseguirse es establecer la armonía con ellos. La estrategia y el arte de gobernar se convierten en «coexistencia combativa» con el adversario. El objetivo radica en ingeniárselas para debilitarlo y simultáneamente crear nuestro propio shi, o posición estratégica.40

Este planteamiento de «ingenio» es sin duda el ideal, aunque no siempre llega a hacerse realidad. A lo largo de su historia, los chinos han escrito muchas páginas sobre brutales conflictos, sobre conflictos muy «poco sutiles», tanto en el interior del país como, en ocasiones, fuera de él. Al estallar un conflicto, por ejemplo el que se produjo durante la unificación de China mientras dominaba la dinastía Qin, en los choques del período de los Tres Reinos, con dominio de la rebelión Taiping, y al estallar la guerra civil de siglo XX, el país registró una mortandad comparable a la de las guerras mundiales europeas. Los conflictos más sangrientos se produjeron a consecuencia de la desarticulación del sistema interno del país, es decir, como un aspecto de los ajustes internos de un Estado al que le preocupaba en la misma medida la estabilidad interna y la protección contra la invasión extranjera, siempre al acecho.

Según los sabios clásicos chinos, el mundo jamás podrá conquistarse; los gobernantes inteligentes solo pueden aspirar a vivir en armonía con su ideario. Nunca ha existido un Nuevo Mundo que poblar, una salvación para la humanidad en tierras lejanas. La tierra prometida siempre ha sido China, y los chinos no tenían que desplazarse: ya estaban allí. Teóricamente, podían difundirse los beneficios de la cultura del Reino Medio, a través del ejemplo superior de China, a los extranjeros que se hallaban en la periferia del imperio. Pero consideraban que no había gloria que buscar aventurándose allende los mares para convertir a los «paganos» a su modo de vida; las costumbres de la Dinastía Celestial estaban totalmente fuera del alcance de los lejanos bárbaros.

En realidad, esto podría explicar por qué China abandonó su tradición naval. En 1820, el filósofo alemán Hegel, en una conferencia sobre su filosofía de la historia, describía la tendencia de los chinos a ver como algo inhóspito y estéril el océano Pacífico que tenían en su parte oriental. Apuntaba que China, por lo general, no se aventuró hacia los mares y que, por el contrario, dependía de sus vastas tierras continentales. La tierra imponía «una infinita multitud de dependencias», mientras que el mar impulsaba a las personas «más allá de estos limitados círculos de pensamiento y acción»: «Lo que se echa de menos en las espléndidas construcciones de que hacen gala los estados asiáticos es la manifestación del mar más allá de donde llega físicamente, pese a que algunos edificios se encuentren incluso en la misma orilla, como ocurre en China. Para estos, el mar no es más que el límite, el término de la tierra; no establecen con él relaciones positivas». Occidente se hizo a la mar para extender su comercio y sus valores por todo el mundo. En este sentido, exponía Hegel, China, limitada a la tierra firme, pese a haber sido en otra época la mayor potencia naval del mundo, había quedado «apartada del desarrollo histórico general».41

Con estas tradiciones específicas y sus hábitos milenarios de superioridad, China entró en la era moderna con un tipo de imperio singular: un Estado que reivindicaba su trascendencia universal por su cultura y sus instituciones, pero que no hacía esfuerzos para ganar prosélitos; era el país más rico del mundo, y sin embargo, se mostraba indiferente al comercio exterior y a la innovación tecnológica; una cultura del cosmopolitismo supervisada por una élite política ajena al nacimiento de la era de la exploración occidental; y una unidad política de una extensión geográfica sin precedentes que ignoraba las corrientes tecnológicas e históricas que pronto habían de constituir una amenaza para su existencia.

2. La cuestión del kowtow y la guerra del opio

2

La cuestión del kowtow y la guerra del opio

Cuando el siglo XVIII tocaba a su fin, China se encontraba en la cúspide de su grandeza imperial. La dinastía Qing, fundada en 1644 por las tribus manchúes que penetraron en el país desde el nordeste, convirtió a China en una importante potencia militar. Con la fusión de la destreza militar manchú y mongol y la habilidad en el campo de la cultura y el gobierno de los han chinos, el país se lanzó a la expansión territorial hacia su parte septentrional y occidental y creó una profunda esfera de influencia china en Mongolia, el Tíbet y la actual Xinjiang. China alcanzó el predominio en Asia; y podía considerarse rival de cualquier imperio de la tierra.1

Sin embargo, el momento culminante de la dinastía Qing fue también crucial en su destino. La riqueza y la importancia de China atrajo la atención de los imperios occidentales y de las empresas comerciales que operaban lejos de los límites del sistema conceptual del orden tradicional del mundo chino. Por primera vez en su historia, China se enfrentó a unos «bárbaros» que ya no pretendían desplazar a la dinastía china y hacerse con el Mandato Celestial; lo que proponían, en cambio, era cambiar el sistema sinocéntrico por una visión completamente distinta del orden mundial, con libre comercio en lugar de tributo, embajadas permanentes en la capital de China y un sistema de intercambio diplomático en el que no se hiciera referencia a los jefes de Estado que no fueran chinos llamándoles «bárbaros honorables» que tuvieran que jurar lealtad a su emperador en Pekín.

Sin el conocimiento de las élites chinas, estas sociedades extranjeras crearon unos nuevos métodos industriales y científicos que, por primera vez en siglos —o tal vez en la historia—, superaron los del propio país. La máquina de vapor, el ferrocarril y los nuevos métodos de fabricación y formación de capital permitieron dar pasos de gigante en la productividad en Occidente. Las potencias occidentales, movidas por el impulso conquistador que las llevó hacia la esfera de dominio tradicional china, consideraron ridículo que China aspirara al mando supremo de Europa y de Asia. Habían decidido imponer a China sus propias pautas de conducta en el ámbito internacional, por la fuerza si era necesario. La confrontación que se derivó de ello hizo tambalear la cosmología básica china y dejó unas heridas que todavía seguían abiertas un siglo después, en la época de la recuperación del prestigio chino.

A principios del siglo XVII, las autoridades chinas habían observado el incremento del número de comerciantes europeos en su costa sudeste. Pocos detalles les llevaban a diferenciar a los europeos de otros extranjeros que circulaban en la periferia del imperio, aparte tal vez de su especialmente flagrante carencia de conocimientos culturales sobre China. Desde el punto de vista chino, estos «bárbaros de los mares occidentales» pertenecían al grupo de los «enviados de tributo» o «mercaderes bárbaros». En contadas ocasiones se permitía a alguno llegar hasta Pekín, donde —en caso de ser admitido en presencia del emperador— los que alcanzaban tal privilegio tenían que realizar el kowtow: el acto de postración en el que la frente toca tres veces el suelo.

Los visitantes extranjeros tenían rigurosamente restringidos los puntos de entrada en China y las rutas hacia la capital. El acceso al mercado chino estaba estrictamente limitado a un comercio de temporada en Cantón (Guangzhou). Cada invierno se obligaba a los mercaderes de fuera a volver a su país. No se les permitía emprender viaje hacia el interior de China. Las normas los mantenían a raya. Era ilegal enseñar la lengua china a aquellos bárbaros o venderles libros sobre la historia y la cultura chinas. Las comunicaciones tenían que llevarse a cabo a través de unos mercaderes de la zona que contaban con autorización especial.2

En China, el libre comercio, las embajadas permanentes y la igualdad soberana —en aquellos momentos, los derechos mínimos de los que disfrutaban los europeos prácticamente en todos los rincones del mundo— eran prácticas inauditas. Se había hecho una excepción táctica con Rusia. La rápida expansión de este país hacia Oriente (por aquel entonces, los dominios del zar lindaban con los territorios Qing de Xinjiang, Mongolia y Manchuria) lo situaba en una posición excepcional para amenazar a China. En 1715, la dinastía Qing permitió el establecimiento de una misión ortodoxa rusa en Pekín, que, con el tiempo, adoptó la función de embajada de facto, la única delegación extranjera de este tipo que hubo en China durante más de un siglo.

Los contactos que se facilitaban a los comerciantes europeos occidentales, a pesar de ser muy limitados, eran considerados por los Qing como un importante favor. Desde la perspectiva china, el Hijo del Cielo mostraba su benevolencia al permitirles participar en el comercio chino, en especial el del té, la seda, la artesanía lacada y el ruibarbo, por el que los bárbaros de los mares occidentales sentían un voraz apetito. Europa quedó siempre demasiado lejos del Reino Medio para sinizarse a lo largo de las fronteras coreana o vietnamita.

De entrada, los europeos aceptaron el papel de suplicantes en el orden tributario chino, en el que se les catalogaba como «bárbaros» y su comercio recibía el nombre de «tributo». Pero a medida que las potencias occidentales fueron adquiriendo más riqueza y seguridad, esta situación se hizo insostenible.

LA MISIÓN DE MACARTNEY

Lo que el orden mundial chino daba por supuesto resultaba especialmente ofensivo para los británicos (los «bárbaros pelirrojos» en determinados documentos chinos). Como principal potencia comercial y naval de Occidente, a Gran Bretaña le humillaba el papel que se le asignaba en la cosmología del Reino Medio, cuyo ejército, comentaban los británicos, seguía utilizando básicamente arcos y flechas y cuya armada podía decirse que brillaba por su ausencia. A los comerciantes británicos les sentaba mal la cada vez mayor cantidad de «jugo» que les sacaban los mercaderes chinos que les habían asignado en Cantón, a través de los que, siguiendo la normativa china, había que llevar a cabo todo el comercio occidental. Por ello empezaron a buscar acceso al resto del mercado chino más allá de la costa sudoriental.

El primer intento importante que llevaron a cabo los británicos para poner remedio a la situación fue la misión de 1793-1794 de lord George Macartney en China, la tarea más notable, mejor concebida y menos «militarista» de Europa destinada a modificar las relaciones imperantes entre China y Occidente y a conseguir el libre comercio y la representación diplomática en igualdad de condiciones. Sin embargo, fue un fracaso total.

Resulta instructivo estudiar con cierto detalle la misión de Macartney. El diario del enviado ilustra la idea que tenían los chinos respecto a su función, así como el abismo existente entre Occidente y la China en la percepción de la diplomacia. Macartney era un distinguido funcionario que había acumulado años de experiencia en el extranjero y poseía un agudo sentido de la diplomacia «oriental». Contaba, además, con una notable cultura. Vivió tres años como enviado especial en la corte de Catalina la Grande de San Petersburgo, donde negoció un tratado de amistad y comercio. De vuelta a su país, publicó un libro que recogía sus observaciones sobre la historia y la cultura rusas que tuvo muy buena acogida. Más tarde fue destinado a Madrás como gobernador. Poseía el mismo bagaje que cualquier contemporáneo suyo para poner en marcha una nueva diplomacia entre civilizaciones.

Cualquier británico culto de la época podía haber considerado modestos los objetivos de la misión Macartney en China, sobre todo en comparación con el dominio que acababa de establecer Gran Bretaña sobre la India, el gigante de al lado. Henry Dundas, ministro del Interior británico, explicaba las instrucciones de Macartney como un intento de conseguir «una comunicación libre con un pueblo, tal vez el más singular del mundo». Tenían como objetivos básicos el establecimiento de embajadas recíprocas en Pekín y Londres y el acceso comercial a otros puertos de la costa china. En cuanto al segundo punto, Dundas acusó a Macartney de desviar la atención del «desalentador» y «arbitrario» sistema de normas de Cantón que impedía que los mercaderes británicos entraran en «la justa competencia del mercado» (idea que no tenía equivalente directo en la China confuciana). Iba a negar, recalcó Dundas, cualquier ambición territorial en China, una declaración que el interlocutor tenía que considerar a la fuerza injuriosa, pues implicaba que Gran Bretaña tenía derecho a tales aspiraciones.3

El gobierno británico se dirigió a la corte china en pie de igualdad, lo que para el grupo dirigente británico era permitirse un grado de dignidad poco corriente como país occidental, pero para China se trataba de un acto de contumaz insubordinación. Dundas dio instrucciones a Macartney de que aprovechara la «primera oportunidad» para subrayar ante la corte china que el rey Jorge III consideraba la misión de Macartney como «una embajada en la nación más civilizada, así como la más antigua y populosa del mundo, con el objeto de observar sus célebres instituciones y transmitir y recibir los beneficios resultantes de una relación amistosa y sin reservas entre dicho país y el suyo». Dundas recomendaba a Macartney que cumpliera con «todos los ceremoniales de la corte». Y seguía: «Los que tal vez no comprometan el honor de vuestro soberano, o rebajen vuestra dignidad, hasta el punto de poner en peligro vuestra negociación». Dundas subrayaba, para el éxito de la misión: «Que ningún detalle nimio de protocolo obstaculice la consecución de los importantes beneficios que pueden obtenerse».4

Para asegurar sus objetivos, Macartney llevó consigo un gran número de pruebas que demostraban la maestría científica e industrial británica. Incluyó en su séquito a un cirujano, un médico, un mecánico, un experto en metalurgia, un relojero, un creador de instrumentos matemáticos y «cinco músicos alemanes», que iban a actuar todas las noches. (Estos espectáculos constituían uno de los aspectos más exitosos de la embajada.) Entre los obsequios que llevaba para el emperador destacaban productos pensados al menos en parte para demostrar los fabulosos beneficios que podía obtener China del comercio con Gran Bretaña: piezas de artillería, un carro, relojes con diamantes incrustados, porcelana británica (copiada de la expresión artística china, como apuntaron en señal de aprobación los funcionarios Qing) y retratos del rey y la reina pintados por Joshua Reynolds. Macartney les obsequió incluso con un globo aerostático, y había planificado, aunque sin éxito, que unos miembros de su misión volaran sobre Pekín a modo de demostración.

La misión de Macartney no consiguió ninguno de sus objetivos específicos; las diferencias de percepción eran abismales. Macartney había intentado demostrar las ventajas de la industrialización, pero el emperador consideró sus obsequios como tributos. El enviado especial británico esperaba que sus anfitriones reconocieran que habían quedado totalmente rezagados en la vía del progreso de la civilización tecnológica y que buscaran una relación especial con Gran Bretaña para poner remedio al atraso. En realidad, los chinos trataron a los británicos como a una tribu bárbara arrogante y desinformada en busca del favor del Hijo del Cielo. China seguía apegada a su sistema básicamente agrario, con una población que iba en aumento y hacía más urgente que nunca la producción de alimentos, y una burocracia confuciana, que no estaba al corriente de los elementos fundamentales de la industrialización: la máquina de vapor, el crédito y el capital, la propiedad privada y la educación pública.

La primera nota discordante surgió cuando Macartney y su séquito se dirigieron hacia Jehol, la capital de verano del país, situada al nordeste de Pekín, ascendiendo por la costa en veleros chinos cargados con abundantes regalos y todo tipo de manjares, pero que exhibían unos escritos en chino que rezaban: «El embajador inglés rinde tributo al emperador de China». Macartney, ciñéndose a las instrucciones de Dundas, decidió: «No voy a quejarme, me limitaré a darme por enterado cuando surja la ocasión oportuna».5 Sin embargo, al acercarse a Pekín, los mandarines responsables de dirigir la misión abrieron una negociación que puso más de relieve las diferencias de percepción. La cuestión era comprobar si Macartney realizaría el kowtow ante el emperador o si, por el contrario, como insistía, seguiría la costumbre británica de hincar la rodilla.

La parte china abrió las conversaciones de forma indirecta haciendo un comentario, como recordó Macartney en su diario, sobre «los distintos modos de vestir dominantes en una y otra nación». Los mandarines llegaron a la conclusión de que, en definitiva, la vestimenta china era superior, pues permitía a quien la llevaba efectuar con mayor comodidad «las genuflexiones y postraciones que —según precisaron— tenían que llevar a cabo todas las personas siempre que el emperador apareciera en público». ¿No les parecía mejor a los delegados británicos quitarse de encima aquellas hebillas de las rodillas y aquellas ligas tan incómodas antes de presentarse ante la augusta presencia del emperador? Macartney respondió con la sugerencia de que probablemente el emperador agradecería que le mostrara la misma obediencia que demostraba a su propio soberano.6

Las conversaciones sobre la «cuestión del kowtow» siguieron sin mucha continuidad durante unas semanas. Los mandarines sugirieron que una de dos, o Macartney realizaría el kowtow, o volvía a su país con las manos vacías; él se resistió. Por fin se acordó de que podía seguir la costumbre europea de hincar la rodilla. Se demostró que había sido el único punto en que pudo vencer (al menos en la conducta propiamente dicha; el informe oficial chino afirmaba que Macartney, abrumado por la imponente majestad del emperador, al final había realizado el kowtow).7

Todo esto tuvo lugar en el intrincado marco del protocolo chino, que demostró a Macartney un trato sumamente considerado al obstaculizar y rechazar sus propuestas. Se vio envuelto en aquel protocolo que lo englobaba todo y se le insistió en que cada aspecto de este tenía un objetivo establecido cósmicamente e inalterable, de tal forma que casi se vio incapaz de iniciar las conversaciones. También se dio cuenta, con una mezcla de respeto y desasosiego, de la eficiencia de la gran burocracia china. Tal como le dijeron: «Cada una de las circunstancias que nos incumbe y cada palabra que sale de nuestros labios se comunica y se recuerda con toda minuciosidad».8

Para consternación de Macartney, las maravillas tecnológicas de Europa al parecer no impresionaron a sus anfitriones. Según escribió él mismo, hablando de cuando el grupo mostró los cañones montados: «Nuestro maestro guía simuló reflexionar un momento y luego nos habló como si aquello no fuera una novedad para China».9 Hizo caso omiso con cortés condescendencia de las lentes, del carro bélico y del globo aerostático.

Al cabo de un mes y medio, el embajador seguía esperando que le concedieran audiencia con el emperador, y en el intervalo fueron sucediéndose banquetes, espectáculos y conversaciones sobre el protocolo adecuado para una posible audiencia imperial. Por fin, a las cuatro de la mañana, lo llevaron a una «tienda espaciosa y elegante» para que esperara al emperador, quien se presentó allí con gran ceremonia transportado en un palanquín. Macartney quedó maravillado ante la magnificencia del protocolo chino, en el que «cada función de la ceremonia se desempeñaba en medio de un silencio y una solemnidad que en cierta medida le recordaba la celebración de un misterio religioso».10 Tras ofrecer unos obsequios a Macartney y a su séquito, el emperador agasajó al grupo británico. El propio Macartney explicó: «Nos hizo traer distintos platos de su propia mesa y nos sirvió, con sus propias manos, una taza de vino tibio, que nos tomamos en su presencia».11 (Cabe señalar que lo de servir vino a enviados extranjeros se citaba específicamente en los cinco cebos que la dinastía Han aplicaba a los bárbaros.)12

Al día siguiente, Macartney y su grupo fueron invitados a la celebración del cumpleaños del emperador. Por fin, el máximo mandatario obsequió a Macartney con una representación teatral, a la que asistió en el palco imperial. Entonces Macartney dio por supuesto que ya podía negociar la cuestión de la embajada. Pero el emperador lo interrumpió con otro regalo: una cajita con piedras preciosas. «Y un librito escrito y pintado por él, que deseaba que presentara al rey, mi señor, como prueba de su amistad, y me dijo que la cajita había permanecido ochocientos años en manos de su familia», según anotó Macartney.13

En cuanto le hubo ofrecido aquellas muestras de la prodigalidad imperial, los funcionarios chinos sugirieron que, dado que se acercaba el frío invierno, había llegado el momento de la partida de Macartney. Este alegó que las dos partes aún no habían «entrado en negociaciones» sobre los temas de las instrucciones oficiales recibidas; añadió que «apenas había iniciado su cometido». El rey Jorge deseaba, insistió Macartney, que se le permitiera residir en la corte china como embajador británico permanente.

El 3 de octubre de 1793, a primera hora de la mañana, un mandarín despertó a Macartney y lo convocó, con traje de ceremonial completo, a la Ciudad Prohibida, donde recibiría respuesta a su petición. Después de esperar unas horas, lo condujeron por una escalera hasta una butaca recubierta de seda en la que, en lugar de ver al emperador, encontró una carta de este dirigida al rey Jorge. Los funcionarios chinos realizaron el kowtow ante la carta y Macartney hincó la rodilla. Finalmente, trasladaron la comunicación imperial a las estancias de Macartney con todo el ceremonial. Aquella resultó ser una de las comunicaciones más humillantes registradas en los anales de la diplomacia británica.

El edicto empezaba comentando la «respetuosa humildad» del rey Jorge al enviar una misión de homenaje a China:

Vos, oh rey, aunque vivís más allá de los confines de muchos mares, movido por el humilde deseo de participar en los frutos de nuestra civilización, habéis enviado una misión que lleva con respeto vuestro testimonio.

A partir de aquí, el emperador desestimaba todas las peticiones fundamentales que había formulado Macartney, y entre ellas, la propuesta de que se le permitiera residir en Pekín como diplomático:

En cuanto a vuestra súplica de enviar a uno de vuestros súbditos para acreditarse en mi Corte Celestial y controlar el comercio de vuestro país con China, la petición va en contra de las costumbres de mi dinastía y no puede contemplarse en forma alguna… [No se le] podría permitir libertad de movimiento, ni el privilegio de mantener correspondencia con su propio país; así pues, no os serviría de nada que estableciera residencia entre nosotros.

La propuesta de que China mandara su propio embajador a Londres, seguía el edicto, era aún más absurda:

Suponiendo que yo enviara a un embajador a residir a vuestro país, ¿cómo podríais conseguir para él los requerimientos imprescindibles? Europa está formada por muchas otras naciones aparte de la vuestra: si cada una de ellas solicitara representación en nuestra corte, ¿cómo podríamos acceder a ello? Es algo totalmente imposible de llevar a cabo.

Tal vez, precisaba el emperador, el rey Jorge había enviado a Macartney a conocer las maravillas de la civilización de China. Pero aquello tampoco merecía consideración:

Si afirmáis que vuestra veneración respecto a nuestra Dinastía Celestial os llena de deseo de adoptar nuestra civilización, nuestras ceremonias y nuestro código legislativo son tan diferentes de los vuestros que, aunque vuestro enviado consiguiera adquirir los rudimentos de nuestra civilización, no os sería posible traspasar nuestros usos y costumbres a vuestra extraña tierra.

En cuanto a las propuestas de Macartney sobre las ventajas del comercio entre Gran Bretaña y China, la Corte Celestial ya había mostrado una gran deferencia respecto a los británicos al permitirles «total libertad de comercio en Cantón durante muchos años»; más allá de esto, cualquier cosa sería «totalmente irrazonable». Sobre los supuestos beneficios del comercio británico con China, Macartney estaba lamentablemente equivocado:

Los costosos objetos forasteros no me interesan. Si he dado órdenes de que los tributos que me habéis ofrecido, oh rey, se aceptaran ha sido simplemente en consideración al espíritu que os movió a enviarlos desde lejos. […] Como puede ver vuestro embajador, aquí tenemos de todo.14

Así las cosas, resultaba imposible un comercio que superara lo establecido. Gran Bretaña no podía ofrecer a China nada que fuera del interés de este país, y China ya había presentado a los británicos todo lo que le permitía su legislación divina.

Dado que parecía que no había nada más que hacer, Macartney decidió volver a Inglaterra vía Cantón. Cuando se preparaba para zarpar, se dio cuenta de que después de la negativa radical del emperador a atender las peticiones británicas, los mandarines se mostraban en todo caso más atentos, lo que le llevó a pensar que quizá la corte se lo había pensado mejor. Hizo las preguntas pertinentes a tal efecto, pero los chinos habían acabado con la cortesía diplomática. Puesto que el peticionario bárbaro parecía no comprender la sutileza, se le presentó un edicto imperial que rayaba en la amenaza. El emperador decía al rey Jorge: «Soy consciente del aislamiento y la lejanía de vuestra isla, separada del mundo por una vasta inmensidad de mar». Y seguía: «Pero la capital china es el centro sobre el que giran todas las partes del mundo. […] A los súbditos de vuestros dominios nunca se les ha permitido abrir comercio en Pekín». Y concluía con una advertencia:

Os he expuesto en consecuencia los hechos detalladamente y vuestro deber ineludible es el de comprender con reverencia mis sentimientos y obedecer estas instrucciones en lo sucesivo y para siempre, a fin de que podáis disfrutar de la gracia de la paz perpetua.15

El emperador, totalmente desconocedor de la capacidad de una posible reacción voraz y violenta de los dirigentes occidentales, jugaba, sin saberlo, con fuego. El juicio de valor con el que Macartney había abandonado China no auguraba nada bueno:

Un par de fragatas inglesas iban a superar a toda la fuerza naval del imperio. […] En medio verano podían destruir por completo la navegación en las costas y llevar a los habitantes de las provincias marítimas, que subsistían sobre todo a base de pescado, a la hambruna.16

Por más autoritaria que pueda parecer ahora la conducta china, hay que tener presente que durante siglos trabajó en la organización y el mantenimiento de un importante orden internacional. En la época de Macartney, los beneficios del comercio con Occidente no eran ni mucho menos evidentes: teniendo en cuenta que el PIB de China era aproximadamente siete veces superior al de Gran Bretaña, podría comprenderse que el emperador creyera que era Londres la que necesitaba la ayuda de Pekín, y no al revés.17

Sin duda, la corte imperial se alegró de haber llevado con habilidad el asunto de la misión bárbara, acercamiento que no se repitió en más de veinte años. Cabe decir, de todos modos, que el respiro no se debió tanto a la pericia de los chinos en el campo diplomático como a las guerras napoleónicas, que consumieron los recursos de los estados europeos. En cuanto se hubieron deshecho de Napoleón, una nueva misión británica apareció en las costas de China en 1816, con lord Amherst a la cabeza. En esta ocasión, el enfrentamiento por razones de protocolo se convirtió en una pelea física entre los enviados británicos y los mandarines de la corte, reunidos fuera de la sala del trono. Cuando Amherst se negó a realizar el kowtow ante el emperador, a quien los chinos insistían en llamar «el soberano universal», la misión fue rechazada con brusquedad. Se instó al príncipe regente británico a «obedecer» para «avanzar hacia una transformación civilizada»; mientras tanto, no hacían falta más embajadores para, como se decía textualmente: «demostrar que en realidad sois vasallos nuestros».18

En 1834, el secretario de Asuntos Exteriores británico, lord Palmerston, envió otra misión para intentar una brillante resolución. Palmerston, quien precisamente no dominaba las leyes de la dinastía Qing, envió a lord Napier, oficial de la armada escocesa, con las contradictorias instrucciones de «ajustarse a las leyes y costumbres de China» y al mismo tiempo solicitar relaciones diplomáticas permanentes, embajada británica permanente en Pekín, acceso a más puertos de la costa china y, por si acaso, comercio libre con Japón.19

A la llegada de Napier a Cantón, él mismo y el gobernador de la zona se encontraron en un callejón sin salida: cada cual se negó a recibir la carta del otro con el pretexto de que la aceptación del trato con un personaje de tan poca categoría implicaría rebajarse. Napier, a quien las autoridades de la zona habían puesto un nombre chino que significaba «repugnante a conciencia», se dedicó a repartir por Cantón unos agresivos escritos después de contratar los servicios del traductor de aquella zona. Por fin, el destino resolvió aquel enojoso problema con los bárbaros a favor de los chinos, pues Napier y el traductor contrajeron las fiebres del paludismo y pasaron a mejor vida. De todas formas, antes de exhalar el último suspiro, Napier tuvo noticia de la existencia de Hong Kong, un afloramiento rocoso con poca densidad de población que consideró que podía convertirse en un excelente puerto natural.

Los chinos tuvieron la satisfacción de haber llevado de nuevo al redil a los rebeldes bárbaros. Aun así, fue la última vez que los británicos aceptaron la negativa. De año en año, la insistencia británica fue haciéndose más amenazadora. El historiador francés Alain Peyrefitte resumió así la reacción de Gran Bretaña después de la misión de Macartney: «Si China se mantenía cerrada, habría que derribar a golpes sus puertas».20 Las maniobras diplomáticas chinas y los bruscos rechazos no hicieron más que demorar lo inevitable respecto al sistema internacional moderno, planificado siguiendo las líneas marcadas por europeos y estadounidenses. Con ello iba a desencadenarse una de las mayores y más desgarradoras tensiones sociales, intelectuales y morales de la larga historia de la sociedad china.

EL CHOQUE ENTRE DOS SISTEMAS DE ORDEN MUNDIAL: LA GUERRA DEL OPIO

Las potencias industriales occidentales en auge no podían seguir tolerando un sistema que las llamaba «bárbaras», que pretendía que presentaran «tributo» o las obligaba a ceñirse a un comercio regulado estrictamente por temporadas en una única ciudad portuaria. Por otra parte, los chinos empezaban a mostrarse dispuestos a hacer unas limitadas concesiones a las ansias de «beneficios» (un concepto algo inmoral según el pensamiento confuciano) de los mercaderes occidentales; sin embargo, quedaron consternados cuando los enviados occidentales sugirieron que China podía ser simplemente un Estado entre tantos, o que tendría que vivir en contacto diario y permanente con los enviados bárbaros en la capital de su imperio.

Desde la perspectiva actual, los enviados occidentales no hicieron ninguna propuesta inicial que pudiera considerarse especialmente vergonzosa si nos atenemos a las normas de Occidente: los objetivos del libre comercio, los contactos diplomáticos regulares y las embajadas permanentes hoy en día hieren pocas sensibilidades; al contrario, se consideran un modelo común en la práctica de la diplomacia. No obstante, el enfrentamiento definitivo se produjo a raíz de uno de los aspectos más bochornosos de la intrusión occidental: la insistencia en la importación ilimitada de opio a China.

A mediados del siglo XIX, el opio se toleraba en Gran Bretaña y estaba prohibido en China, si bien cada vez era mayor el número de chinos que lo consumían. La India británica constituía el centro del mayor cultivo de adormidera del mundo, y los mercaderes británicos y estadounidenses, que trabajaban de común acuerdo con los contrabandistas chinos, hacían su agosto. En realidad, el opio fue uno de los pocos productos extranjeros que floreció en el mercado chino; las famosas manufacturas británicas eran rechazadas como baratijas o productos de calidad inferior respecto a los chinos. La buena sociedad occidental veía el comercio del opio como una vergüenza. Los mercaderes, por su parte, no estaban dispuestos a perder un comercio tan lucrativo.

La corte Qing debatió la legalización del opio y la administración de su venta; por fin decidió tomar medidas drásticas y erradicar de una vez por todas este comercio. En 1839, Pekín envió a Lin Zexu, funcionario de probada competencia, a cortar el comercio en Cantón y a obligar a los mercaderes occidentales a acatar la prohibición oficial. Lin, un mandarín confuciano tradicional, abordó el problema como hubiera hecho con cualquier problema bárbaro especialmente pertinaz: combinando la fuerza y la persuasión moral. A su llegada a Cantón, pidió a las misiones comerciales occidentales que entregaran los arcones de opio para su destrucción. Cuando la iniciativa fracasó, encerró a todos los extranjeros —incluyendo a los que no tenían nada que ver con el comercio del opio— en sus factorías y les anunció que no los soltaría hasta que abandonaran el contrabando.

Acto seguido, Lin envió una carta a la reina Victoria elogiando, con la deferencia que le permitía el protocolo tradicional, «la cortesía y la sumisión» de sus predecesores al enviar «tributo» a China. El punto crucial de la carta era la petición de que ella misma se ocupara de la erradicación del opio de los territorios indios de Gran Bretaña:

En determinados puntos de la India bajo vuestro control, como Bengala, Madrás, Bombay, Patna, Benarés y Malwa… [se ha] plantado opio de un lugar a otro y se han construido estanques para su manufactura. […] El repugnante olor asciende, irrita los cielos y asusta los espíritus. Vos, oh rey, podéis erradicar la planta del opio de estos lugares, mandar pasar la azada por todos los campos y sembrar en ellos los cinco cereales. Quien se atreva a intentar de nuevo la siembra y la manufactura del opio debe recibir un severo castigo.21

La demanda era razonable, a pesar de haberse expresado siguiendo la suposición tradicional del supremo dominio chino:

Si un hombre de otro país se va a comerciar a Inglaterra, tiene que acatar las leyes inglesas; mucho más, pues, habrán de acatarse las leyes de la Dinastía Celestial […] Los mercaderes bárbaros de vuestro país que deseen comerciar durante un período prolongado deben acatar con respeto nuestras prescripciones y cortar de manera permanente la fuente del opio. […]

Controlad, oh rey, a los malvados y cribad a vuestros peligrosos súbditos antes de que lleguen a China, a fin de garantizar la paz de vuestra nación, de mostrar claramente la sinceridad de vuestra cortesía y sumisión y de dejar que los dos países disfruten del don de la paz. ¡Qué fortuna, qué gran fortuna! Al recibo de este mensaje respondednos inmediatamente sobre los detalles y circunstancias del cese del tráfico de opio. Procurad no posponerlo.22

Exagerando la importancia de la influencia de China, en su ultimátum, Lin amenazaba con cortar las exportaciones de productos chinos, que veía como necesidades vitales para los bárbaros occidentales: «Si China corta con estos beneficios sin compasión alguna por aquellos que van a sufrir, ¿con qué pueden contar los bárbaros para subsistir?». China no tenía nada que temer de las represalias: «Los artículos que vienen de fuera de China no pueden usarse más que como juguetes. Podemos aceptarlos o pasar sin ellos».23

Al parecer, la carta de Lin nunca llegó a manos de la reina Victoria. Mientras tanto, los británicos consideraron el asedio de Lin a la comunidad británica de Cantón como una ofensa intolerable. Los que ejercían presión por el «comercio con China» pidieron al Parlamento una declaración de guerra. Palmerston mandó una carta a Pekín en la que pedía «satisfacción y reparación de los daños infligidos por las autoridades chinas a los súbditos británicos residentes en China y por las afrentas de estas mismas autoridades a la Corona británica», así como la cesión permanente de «una o más de las islas de considerable extensión situadas en la costa de China» como depósito para el comercio británico.24

En su carta, Palmerston reconocía que, según la ley china, el opio era «contrabando», pero se rebajaba haciendo una defensa legalista del comercio, aduciendo que, en el marco de los principios legales occidentales, la prohibición china había perdido vigor a causa de la complicidad de los funcionarios corruptos. Esta casuística no iba a convencer a nadie, y Palmerston no estaba dispuesto a retrasar su decisión de llevar las cosas a un punto crítico: ante la «importancia urgente» de la cuestión y la enorme distancia que separaba Inglaterra de China, el gobierno británico ordenaba que saliera inmediatamente una flota a «bloquear los principales puertos chinos», a apoderarse de «todas las naves chinas que [esta] pudiera encontrar» y hacerse con «una parte accesible del territorio chino» hasta que Londres obtuviera una satisfacción.25 Había empezado la guerra del opio.

En una primera reacción, China consideró como una amenaza infundada la posibilidad de una ofensiva británica. Uno de los funcionarios expuso al emperador que la gran distancia entre China e Inglaterra debilitaría a los ingleses: «Los bárbaros ingleses constituyen una raza insignificante y detestable, que confía únicamente en sus potentes barcos y sus aplastantes armas, pero la inmensa distancia que habrán recorrido hará imposible la llegada de oportunas provisiones, y sus soldados, a la primera derrota, desprovistos de abastecimiento, se desanimarán y se encontrarán perdidos».26 Después de que los británicos bloquearan el río Perla y se apoderaran de unas cuantas islas situadas frente a la ciudad portuaria de Ningbo, como demostración de fuerza, Lin escribió indignado a la reina Victoria: «Vosotros, salvajes de los mares lejanos, al parecer os habéis crecido hasta el punto de desafiar e injuriar a nuestro poderoso imperio. En verdad que ha llegado la hora de que “os desolléis el rostro y os limpiéis el corazón” y enmendéis vuestra conducta. Si os sometéis con humildad a la Dinastía Celestial y le presentáis vuestra fidelidad, podría daros la oportunidad de expiar vuestras faltas del pasado».27

Unos cuantos siglos de predominio habían distorsionado el sentido de la realidad de la Corte Celestial. La pretensión de superioridad no hacía más que acentuar la inevitable humillación. Los navíos británicos sorteaban veloces las defensas costeras chinas y bloqueaban los principales puertos de este país. Los cañones que en otra época habían menospreciado los mandarines que habían recibido a Macartney surtían un brutal efecto.

Uno de los funcionarios chinos, Qishan, el virrey de Zhili (la división administrativa que en aquella época abarcaba Pekín y las provincias colindantes), comprendió por fin el desamparo de China cuando fue enviado a establecer un contacto preliminar con la flota británica que había navegado hacia el norte, en dirección a Tianjin. Admitió que los chinos eran incapaces de responder al fuego naval: «Sin una brizna de viento, ni marea favorable, ellos [los barcos de vapor] se deslizan contra la corriente y alcanzan unas velocidades fabulosas. […] Los carros están montados sobre unas plataformas giratorias que permiten dar la vuelta a los cañones y apuntar con ellos en cualquier dirección». En cambio, Qishan afirmaba que las armas chinas eran reliquias de la dinastía Ming, y añadía: «Los encargados de las cuestiones militares son hombres de letras […] no poseen conocimientos sobre armamento».28

Tras sacar la conclusión de que la ciudad se encontraba indefensa ante la potencia naval británica, Qishan optó por calmar y distraer a los británicos, asegurándoles que el embrollo de Cantón se había debido a un malentendido y que no reflejaba las «moderadas y justas intenciones del emperador». Seguía diciendo: «Los funcionarios chinos investigarán y tratarán la cuestión con imparcialidad, pero es fundamental que [la flota británica] zarpe hacia el sur». Allí tenía que esperar a los inspectores chinos. Curiosamente, la maniobra funcionó. Las fuerzas británicas regresaron a los puertos meridionales y dejaron intactas las ciudades septentrionales de China, que estaban al descubierto.29

Gracias al éxito, Qishan fue enviado a Cantón para sustituir a Lin Zexu y controlar de nuevo a los bárbaros. El emperador, quien al parecer no había captado el alcance de la ventaja tecnológica británica, dio órdenes a Qishan de que entablara con los representantes británicos unas conversaciones interminables mientras China reunía sus fuerzas: «Cuando las prolongadas negociaciones hayan dejado a los bárbaros cansados y exhaustos —anotó con su pluma imperial de color bermellón—, podemos lanzar un ataque súbito y por medio de él someterlos».30 Lin Zexu fue destituido al caer en desgracia por haber provocado un ataque de los bárbaros. Partió hacia un exilio interior en la parte más occidental de China, donde reflexionó sobre la superioridad del armamento occidental y redactó memoriales secretos en los que aconsejaba a China que desarrollara el suyo.31

Pero en cuanto se encontró en su destino del sur de China, Qishan tuvo que enfrentarse a una situación más comprometida. Los británicos pidieron concesiones territoriales y una indemnización. Se habían desplazado hacia el sur para obtener satisfacción; ya no se les podía frenar con tácticas dilatorias. Después de que las fuerzas británicas abrieran fuego en distintos puntos de la costa, Qishan y su homólogo británico, el capitán Charles Elliot, negociaron un preacuerdo, el Pacto de Chuan-pi, que garantizaba a los británicos unos derechos especiales sobre Hong Kong, prometía una indemnización de seis millones de dólares y establecía que las futuras negociaciones entre funcionarios chinos y británicos tenían que llevarse a cabo en igualdad de condiciones (es decir, los británicos se ahorrarían el protocolo reservado normalmente a los suplicantes bárbaros).

El pacto fue rechazado por los gobiernos chino y británico, puesto que todos lo vieron como una humillación. El emperador encarceló a Qishan por haberse excedido en las instrucciones y cedido demasiado ante los bárbaros, y posteriormente lo sentenció a muerte (aunque se le conmutó la pena por exilio). Charles Elliot, negociador británico, no tuvo que enfrentarse a un destino tan duro, a pesar de que Palmerston le reprendió con la máxima severidad por haber conseguido tan poco: «Durante el curso de las negociaciones —se quejó Palmerston— parece haber considerado mis instrucciones como papel mojado». Hong Kong era «una isla yerma sin apenas edificios»; Elliot se había mostrado excesivamente conciliador al no hacerse con un territorio de más valor o presionar con más contundencia.32

Palmerston nombró a un nuevo enviado, a sir Henry Pottinger, a quien dio instrucciones de ir a por todas, puesto que, en palabras suyas: «El gobierno de su majestad no puede permitir que, en una transacción entre Gran Bretaña y China, la práctica irrazonable de los chinos impere sobre la práctica razonable del resto de la humanidad».33 Al llegar a China, Pottinger avanzó en la ventaja militar británica, bloqueó más puertos y cortó el tráfico en el Gran Canal y en el curso bajo del Yangtsé. Con los británicos en disposición de atacar la antigua capital Nankín, los chinos hicieron un llamamiento a la paz.

LA DIPLOMACIA DE QIYING: APACIGUAR A LOS BÁRBAROS

Pottinger tuvo que enfrentarse a otro negociador chino, el tercero al que una corte que todavía se consideraba suprema en el universo, la del príncipe manchú Qiying, asignara aquella responsabilidad tan poco prometedora. El método que aplicó este para controlar a los británicos fue la estrategia tradicional que China utilizaba cuando se enfrentaba a la derrota. Ya había probado con el desafío y la diplomacia e iba a buscar el desgaste de los bárbaros fingiendo docilidad. En la negociación celebrada bajo la sombra de la flota británica, Qiying pensó que iba a repetirse lo que había ocurrido tantas veces con las élites del Reino Medio: combinando el retraso, la circunlocución y los favores repartidos minuciosamente, conseguirían apaciguar y dominar a los bárbaros y a la vez ganar tiempo para que China pudiera sobrevivir al asalto.

Qiying se centró en entablar una relación personal con el «jefe bárbaro» Pottinger. Lo colmó de regalos y empezó a dirigirse a él llamándolo «querido amigo» e «íntimo» (palabra transliterada especialmente al chino para este cometido concreto). Como muestra de profunda amistad, Qiying llegó incluso a proponer que se intercambiaran retratos de sus esposas y expresó su deseo de adoptar al hijo de Pottinger (que seguía en Inglaterra, y a partir de entonces fue llamado «Frederick Keying Pottinger»).34

En una curiosa nota, Qiying explicaba sus avances a la Corte Celestial, a la que le costó mucho comprender el proceso de seducción. Describía en ella las formas con las que contaba tranquilizar a los bárbaros británicos: «Con este tipo de personas de fuera de los límites de la civilización, gente ciega que no ha despertado aún a las formas de trato y a las formas de ceremonia […] aunque nuestras lenguas estuvieran secas y nuestras gargantas, acartonadas (de tanto apremiarles a adoptar nuestro estilo), seguirían haciendo oídos sordos, actuando como si en realidad no oyeran».35

Así pues, los banquetes de Qiying y su extraño afecto por Pottinger y su familia cumplieron con un plan estratégico básico en el que se calculó el comportamiento chino utilizando como armas dosis específicas de confianza y sinceridad; era secundario que reflejaran o no alguna convicción. Continuaba:

Sin duda tenemos que frenarlos por medio de la sinceridad, pero ha sido aún más necesario controlarlos con habilidad. En alguna ocasión conseguimos que sigan nuestra dirección sin dejar que comprendan las razones para ello. En otras, lo dejamos todo al descubierto para evitar recelos y así poder calmar su rebelde agitación. A veces les ofrecemos recepciones y espectáculos, tras lo cual experimentan un sentimiento de gratitud. También hay momentos en los que les mostramos confianza con amplitud de miras y no juzgamos necesario profundizar en temas minuciosos con ellos para conseguir su ayuda en la cuestión que nos ocupa.36

Estas interacciones entre la apabullante fuerza occidental y la gestión psicológica china tuvieron como resultado dos tratados negociados por Qiying y Pottinger, el Tratado de Nankín y el Tratado adicional de Bogue. El acuerdo fue más fructífero que el Pacto de Chuan-pi. Si bien era básicamente humillante, sus estipulaciones no resultaban tan duras como la situación militar habría permitido imponer a los británicos. Establecía que China entregara una indemnización de seis millones de dólares, cediera Hong Kong y abriera cinco «puertos de tratado» costeros, en los que se permitiría la residencia de occidentales y el comercio. Con ello se desmantelaba de forma efectiva el «sistema cantonés», mediante el cual la corte china había regulado el comercio con Occidente y lo había limitado a los mercaderes con licencia. Se añadieron Ningbo, Shanghai, Xiamen y Fuzhou a la lista de los puertos de tratado. Los británicos aseguraron el derecho a mantener misiones permanentes en las ciudades portuarias y a negociar directamente con las autoridades locales, evitando así el trato con la corte de Pekín.

Los británicos obtuvieron asimismo el derecho a ejercer jurisdicción sobre sus súbditos residentes en los puertos afectados por el tratado. En cuanto al funcionamiento, implicaba que los comerciantes de opio extranjeros estarían sujetos a las leyes y regulaciones de sus propios países y no a la legislación china. El principio de «extraterritorialidad», una de las estipulaciones menos controvertidas del tratado en aquellos momentos, a la larga se consideraría una de las principales violaciones de la soberanía china. De todas formas, puesto que en Europa no se conocía la idea de soberanía, en China la extraterritorialidad pasó a ser un símbolo no tanto de incumplimiento de una norma legal como de decadencia del poder imperial. La reducción del Mandato Celestial que resultó de ello desencadenó una oleada de protestas en el país.

El traductor inglés del siglo XIX Thomas Meadows observó que en un principio la mayoría de los chinos no fueron conscientes de las largas repercusiones de la guerra del opio. Consideraron las concesiones como una aplicación del método tradicional de absorción de los bárbaros y de desgaste de los mismos. «El gran conjunto de la nación —planteaba como concesión— solo puede considerar la pasada guerra como una irrupción rebelde de una tribu de bárbaros que, afianzados en sus sólidos barcos, atacaron algunos lugares de la costa y se apoderaron de ellos, e incluso consiguieron hacerse con un importante punto del Gran Canal, con lo que obligaron al emperador a hacer determinadas concesiones.»37

Era difícil, sin embargo, apaciguar a las potencias occidentales. Cada concesión china iba generando más demandas occidentales. Los tratados, considerados en un primer momento como una concesión temporal, inauguraron un proceso a través del cual la corte de Qing perdió el control general de la política comercial y exterior de China. A raíz del tratado británico, el presidente estadounidense John Tyler envió sin demora una misión a China con la intención de conseguir unas concesiones similares para su país, la precursora de la política posterior de «puertas abiertas». Los franceses negociaron su propio tratado en términos análogos. Cada uno de estos países incluyó, por su cuenta, una cláusula de «nación más favorecida» que estipulaba que cada concesión que ofreciera China a otros países tenía que proporcionarla al firmante. (Posteriormente, la diplomacia china se sirvió de esta cláusula para limitar exacciones al fomentar la competencia entre distintos solicitantes de un privilegio especial.)

Estos tratados adquirieron con razón fama en la historia china como primer eslabón de la cadena de «tratados desiguales» firmados bajo el paraguas de las fuerzas militares extranjeras. A la sazón, las estipulaciones impugnadas con más dureza fueron las de igualdad de condiciones. Hasta entonces, China había insistido en que su categoría superior estaba implícita en su identidad nacional y se reflejaba en el sistema tributario. De pronto se encontró con una potencia extranjera decidida a borrar su nombre del listado chino de «estados tributarios» bajo la amenaza de recurrir a la fuerza y demostrar que contaba con la misma soberanía que la Dinastía Celestial.

Los dirigentes de ambas partes comprendieron que la discusión iba mucho más allá de las cuestiones del protocolo o del opio. La corte Qing estaba dispuesta a calmar a los avariciosos extranjeros con dinero y transacciones comerciales; pero si se establecía el principio bárbaro de igualdad política con el Hijo del Cielo, se pondría en peligro todo el orden del mundo chino; la dinastía podía perder el Mandato Celestial. Palmerston, en sus comunicaciones a menudo cáusticas con los negociadores, consideró la cifra de la indemnización simbólica en parte; pero los reprendió a conciencia por consentir que los chinos utilizaran un lenguaje que dejaba patente la «asunción de superioridad por parte de China» o implicaba que los británicos, victoriosos en la guerra, seguían en su condición de suplicantes, pidiendo el favor divino del emperador.38 Por fin imperó el punto de vista de Palmerston y en el Tratado de Nankín se incluyó una cláusula que especificaba de forma explícita que, en lo sucesivo, los funcionarios chinos y británicos iban a «corresponderse […] sobre una base de perfecta igualdad»; llegaba hasta el punto de incluir una lista escrita de manera específica en caracteres chinos en el texto con connotaciones aceptablemente neutrales. En los archivos chinos (al menos, aquellos a los que tuvieron acceso los extranjeros) ya no se hablaba de los británicos como personas que «suplicaban» ante las autoridades chinas o que «obedecían temblando» sus «órdenes».39

La Corte Celestial había comprendido la inferioridad militar de China, pero aún no conocía un método adecuado para solucionar la cuestión. De entrada aplicó los métodos tradicionales de trato con los bárbaros. La derrota no era algo nuevo en la larga historia de China. Los dirigentes de este país la habían abordado mediante los cinco cebos que se describen en el capítulo anterior. Establecieron las características comunes de tales invasores: el deseo de adquirir la cultura china y el interés por establecerse en suelo chino y asumir su civilización. Por consiguiente, podían irse amansando poco a poco con los mismos métodos psicológicos adoptados por el príncipe Qiying y, con el tiempo, pasar a formar parte de la vida china.

Pero los invasores europeos no tenían estas aspiraciones, ni tampoco unos objetivos limitados. Se consideraban sociedades más avanzadas y pretendían explotar China para obtener unos beneficios económicos, pero no adoptar su estilo de vida. Así pues, las demandas de estos países quedaban limitadas tan solo por sus recursos y por su avidez. Las relaciones personales no podían ser decisivas, pues los jefes de los invasores no vivían cerca, sino a miles de kilómetros, donde seguían unas motivaciones que no se ajustaban a la sutileza y al proceder indirecto de la estrategia de Qiying.

En el curso de diez años, el Reino Medio pasó de la preeminencia a convertirse en objetivo de las potencias coloniales enfrentadas. Situada entre dos eras y dos concepciones distintas de las relaciones internacionales, China luchó por conseguir una nueva identidad y, sobre todo, por conciliar los valores que habían marcado su grandeza con la tecnología y el comercio en los que tendría que basar su seguridad.