La juventud se inicia con la capacidad del individuo
para reproducir a la especie humana y termina
cuando adquiere la capacidad
para reproducir el orden social.
ROBERTO BRITO LEMUS1
La activación política de los jóvenes es una de las grandes novedades del siglo XXI.
Aunque incipiente, el fenómeno ya es perfectamente visible y, lo más interesante de todo, verificable en lugares tan diferentes como Medio Oriente, Europa Occidental y América Latina: fueron los jóvenes de Egipto y Túnez quienes, cansados del deterioro de las condiciones de vida y la represión política, iniciaron una serie de protestas inéditas en la historia de sus países, que se propagaron por todo el mundo árabe y generaron un terremoto geopolítico solo comparable al que en su momento produjo la caída del Muro del Berlín. En Chile, los estudiantes universitarios comenzaron a movilizarse alrededor de algunos temas educativos y con el paso de los días fueron articulando un cuestionamiento más general al orden económico y social heredado de Pinochet, el primero realmente serio desde el fin de la dictadura. En España, en un contexto de crisis económica y deterioro social, los “indignados”, un movimiento espontáneo mayoritariamente integrado por jóvenes, luchan contra las políticas económicas implementadas tras el estallido de la burbuja. En Argentina, cada día más y más jóvenes se suman a los círculos militantes kirchneristas, con un entusiasmo inédito desde los primeros años de la recuperación de la democracia.
Este libro es un intento por definir esta nueva “revolución de los jóvenes” y un análisis preliminar de sus potencialidades y sus límites. Y como siempre hay que comenzar por el principio, el primer capítulo está centrado en el surgimiento de lo que hoy llamamos juventud, que no es, como a veces se piensa, una creación de la naturaleza, sino el saldo de un momento histórico preciso: en este caso, de los “años dorados” de la posguerra; esas tres décadas de prosperidad que llevaron a una ampliación de las clases medias, una democratización del consumo y una masificación de las universidades. Casi todas las cosas que hoy identificamos instintivamente con la idea de juventud, del rock a la cultura mochilera, del héroe que vive intensamente y muere pronto a la utopía guevarista, surgen en ese período, cuyo punto más alto fue la seguidilla de rebeliones juveniles que estallaron hacia el 68: el Mayo Francés, el Cordobazo argentino, la movilización de los estudiantes en México. Como si se hubieran puesto de acuerdo, en el breve lapso de un par de años jóvenes de diferentes países sorprendieron al mundo con una potencia de cambio hasta entonces desconocida. Por primera vez, la juventud se convertía en un actor político.
El segundo capítulo es tan actual como provisorio. Allí analizo las protestas juveniles que estallaron en los últimos tiempos en distintos lugares del planeta e intento identificar sus causas. Un ejercicio tentativo, en la medida en que estamos ante sucesos recientes o incluso todavía abiertos, pero que ya permite inferir algunas conclusiones: la primera y más básica es la brecha entre, por un lado, jóvenes más educados (como consecuencia de los avances en los sistemas educativos), informados y conectados (resultado de la expansión de las nuevas tecnologías), que sin embargo no pueden insertarse satisfactoriamente en mercados laborales cerrados y precarizados. Es decir, la distancia entre los conocimientos de los jóvenes y las chances reales de aplicarlos, entre posibilidades y oportunidades, que a menudo deriva en frustración y bronca. Porque se trata además de jóvenes que gozan de márgenes amplios de libertad, por la redemocratización de países como el nuestro y por la tan posmoderna disolución de tabúes y tradiciones que parecían inamovibles. Son —somos— los hijos de los hippies, como Ben Stiller, que en su genial película Los Fockers viaja a Miami junto a su conservadora familia política para visitar a sus padres (Dustin Hoffman y Barbra Streisand), cultores ambos de la vida sana, el amor libre y el aire puro, que establecieron un código para que sus hijos no entren a su habitación en momentos inoportunos: el sombrero colgado en el picaporte significa sexo. En Los Fockers, Ben Stiller no solo no discute con sus padres, sino que se avergüenza de ellos.
El tercer capítulo se enfoca en la Argentina. En primer lugar, para elaborar un retrato de esos casi 10 millones de personas2 que conforman la juventud de nuestro país. Y en particular para analizar cómo, bajo el mismo amplio concepto de juventud, conviven realidades completamente diferentes: los jóvenes de clase media, que como en el primer mundo retrasan cada vez más el salto a la adultez (postergan el casamiento y la paternidad, estudian muchos años antes de insertarse en el mercado laboral), y los jóvenes de los sectores populares, con un ciclo de vida acelerado, de paternidad temprana, menos años de escolaridad e ingreso prematuro al primer empleo. Esta acumulación de desventajas demuestra que la desigualdad no es solo estática sino también dinámica y de paso desmiente, como señala Susana Torrado3, la leyenda que proclama que todos somos iguales ante la muerte: aquellos que tuvieron la desgracia de nacer en una familia pobre están condenados a vivir rápido y morir antes.
Pese a estas diferencias, todos los jóvenes argentinos, pobres o ricos, varones o mujeres, porteños o santiagueños, comparten la pertenencia a una misma generación, no por una simple coincidencia en cuanto a una fecha de nacimiento sino en el sentido de haberse socializado en un mismo entorno histórico. En palabras de Mario Margulis4, cada generación constituye una especie de hermandad frente a los estímulos de una época; en cierto modo, vive en un mundo totalmente diferente al que viven las demás.
Y como de política se trata, señalemos que la generación de la que se ocupa este libro tiene poco que ver con la “generación del 70”, sesentones que cargan con sus derrotas, sus siglas misteriosas (FAP, FAR, ERP) y su tecnojerga (“bufoso”, “Taco Ralo”, “orga”). Tampoco nos referimos a la “generación del 83”, la que vivió la primavera alfonsinista pero antes atravesó parte de su adolescencia en dictadura, los cuarentones y cincuentones estilo Andrés Calamaro:
Me parece que soy de la quinta que vio el mundial 78
Me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor5
Hablamos aquí de otra cosa. Arbitrariamente, podría definirse a la juventud actual como compuesta por todos aquellos que tienen menos de 36 años, simplemente porque yo tengo esa edad al momento de escribir estas líneas y conservo buena parte del pelo (mientras hay pelo hay esperanza). Más simbólicamente, es la edad aproximada de los nietos recuperados, la mayoría de ellos nacidos alrededor del 76, que constituyen el corazón de los reclamos de justicia y un puente, actual en su dolorosa persistencia, entre pasado y presente. Se trata de una generación que conserva de la dictadura recuerdos directos muy vagos, o ninguno, y que comparte el hecho de haber crecido en un entorno democrático, de creciente respeto por los derechos humanos, revalorización del pluralismo y de la paz. Y a la que al mismo tiempo le tocó atravesar un proceso de transformación económica y social severísimo, que no solo incluyó el quiebre de la sociedad integrada y la reforma neoliberal de los 90 sino también la aparición de la cuestión de la inseguridad, la crisis de la ciudad, el malestar institucional. Una generación que creció en plena consolidación de la “sociedad del riesgo”6 (al desempleo, la pérdida de vivienda, un robo), atormentada por la hiperinflación y la precariedad laboral, saltando de crisis en crisis. Y que sin embargo está demostrando una energía militante que no se veía desde los primeros años del alfonsinismo.
Luego de este retrato social y generacional de la juventud argentina actual, el cuarto capítulo del libro está dedicado a analizar su reactivación política, mayoritariamente en clave de apoyo al gobierno y con La Cámpora como actor principal, en un ensayo provisorio sobre sus orígenes, sus formas y sus límites.
Y finalmente la conclusión, donde intento explorar los puntos en común entre la juventud kirchnerista y el resto de los movimientos juveniles que estallaron en el mundo, que van desde las cuestiones específicamente generacionales a los nuevos modos de participación política, el despliegue de un repertorio más amplio de acción y, por supuesto, el uso de las nuevas tecnologías. En este punto, lo notable es que, en contraste con lo que sucede en casi todos los países, la juventud argentina no se plantea en términos antipoder sino que se incorpora a un dispositivo de poder ya en funcionamiento. ¿Cómo se explica esta diferencia? Mi tesis, que cierra el libro, es que en Medio Oriente, España o Inglaterra, por citar solo algunos ejemplos, el poder político y el poder económico se encuentran identificados o incluso fusionados, mientras que en Argentina el kirchnerismo ha establecido una tensión entre ambos, que es justamente la que conmueve a los jóvenes. La idea es opinable, lo admito, y por eso la discuto en detalle más adelante.
Quisiera aclarar, para evitar malentendidos, que el lector no encontará aquí una demonización de la juventud kirchnerista ni de su principal protagonista, La Cámpora, cuyos líderes han sido acusados entre otras cosas de abusar de la infraestructura del poder mediante el uso por ejemplo de teléfonos blackberrys7. Y no solo porque la crítica es puntualmente absurda (los smartphones ya son una herramienta de trabajo habitual de buena parte de la clase media, se consiguen desde los 600 pesos y pueden ser interpretados como un lujo tanto como un signo de compulsión al trabajo), sino por lo que encierra de prejuicios: la juventud kirchnerista no es un invento del gobierno sino el resultado de un proceso de mediano plazo que comienza en los 90, con la formación de núcleos de resistencia al menemismo como los movimientos piqueteros o HIJOS, y que explota en diciembre del 2001, cuando el clima antipolítico del “Que se vayan todos” coincide paradójicamente con un fuerte impulso de repolitización juvenil. En sentido estricto, es un movimiento desde abajo luego capturado —y amplificado— desde arriba.
Pero tampoco hay aquí una idealización boba de la juventud kirchnerista, que ya exhibe límites que vale la pena revisar. Algunos son derivaciones del modo en que el gobierno administra el poder: la concentración de las decisiones, la escasa propensión a someter a la deliberación pública sus medidas más importantes y el hermetismo como contracara de la sobrevalorada sorpresa kirchnerista constituyen tics políticos negativos que se contagian a la forma en la que opera la juventud, en particular La Cámpora. Que además todavía debe demostrar que es capaz no solo de consumir poder sino de producirlo: si quiere evitar el destino de intrascendencia de la Coordinadora alfonsinista, que constituye el ejemplo más adecuado para especular sobre su futuro, La Cámpora tiene por delante el desafío de construir una agenda propia que la diferencie del resto de las organizaciones que forman parte del heterogéneo entramado oficialista.
Esta agenda, hasta el momento ausente, implica necesariamente un nuevo diálogo con el pasado, que rompa con la mirada idealizada que a veces parecen proyectar los jóvenes kirchneristas sobre los 70, de imposible nostalgia por una época que no vivieron y de consignas tan vacías como extemporáneas: la más irritante de todas, “la vida por Cristina”. Aligerados del peso de la experiencia de los años de fuego, que sobredetermina y a menudo distorsiona las posiciones de los más viejos, los jóvenes que hoy se están asomando a la vida pública tienen la posibilidad de establecer una relación más serena y políticamente productiva con la historia reciente.
Y en este sentido resulta interesante la elección del Nestornauta como símbolo de La Cámpora, elección que considero sintomática. Digámoslo así: en los 70 a nadie se le hubiera ocurrido transformar a Perón o Evita en un personaje de historieta, e incluso los que forzaron la interpretación de la historia casi hasta el absurdo, como la izquierda peronista que convirtió a Evita en una líder revolucionaria y sacudió a Perón de sus componentes más fascistoides, se privaron de jugar gráficamente con su imagen. Los dos soportes biológicos del peronismo conservaron siempre su forma natural. El Nestornauta, en cambio, utiliza como base al Eternauta, un personaje que ya tiene medio siglo, cuyo padre se encuentra desaparecido y que ha sido un símbolo de la militancia de los 70, lo reescribe con las técnicas de moda, el esténcil y el Photoshop, para sobreimprimirle luego la imagen de Kirchner. Y en un gesto que ha pasado desapercibido pero que resulta notable, le quita el fusil. Producto de una operación simbólica a la vez ambiciosa y liviana, el Nestornauta resume de manera especialmente gráfica las tensiones que enfrenta la juventud kirchnerista.