Índice
Cubierta
Prólogo
América, ¿para quién?
Lo menos natural
Vocaciones y equi-vocaciones
Yo pago mis impuestos
Aquellos años sesenta
Cole Porter y la lluvia
Viajar era un placer
Mano dura, memoria blanda
La vida sencilla
Amigos son los amigos
Tom, Jerry y la cumbia villera
Como los monos, pero sin gracia
Una cuestión de edad
Tono neutro
Un héroe poco común
Milagros
Revoltijos varios
El Oscar
Males propios y ajenos
La mesa está servida
Pasado, presente y futuro
Bueyes perdidos
Soledades
Crímenes y pecados
El susto es mío
Loco amor, amor loco
Sueños y viajeros
El dinosaurio no se rinde
Demasiado tarde
Descubriendo la pólvora
La peor de todas
¿La moda no incomoda?
Sobre gustos, ¿habrá algo escrito?
Vieja memoria
Elogio de la tolerancia
Fines de noviembre
¿Soy o estoy?
Cumbres borrascosas
Anclao en París
Verano del 62
Mirada de bebé
Llanto en inglés
Sin prejuicios
Mundo aeropuerto
El trabajo ya no es lo que era
Marchas y contramarchas
Puro cuento
Instrucción Cívica
Vicios viajeros
Aquel Cinema Paradiso
La chancha y los veinte
Exilio
Vivir y dejar vivir
Juegos peligrosos
Dichas y tragedias
Modernos antiguos
Mundo en llamas
Clamor de veterano
Amor sin contrato
¡Lo que hay que ver!
Los infalibles
Gordura e hinchazón
Una de las mil maneras de romper la paciencia
Fotos eternas
Palabras y palabrejas
El valor del no
El que no salta
“Es lo que hay, maestro”
Siempre jóvenes, siempre viejos
Hipocresías y apariencias
¡Órale pues!
La verdad, ¿dónde se compra?
Autobombo
Alarma y buena onda
Cotidiano e histórico
Crítica constructiva
El lobo y los chanchitos
Las trampas del éxito
Autoridad y autoritarismo
Cuando éramos hippies
Fotos del alma
Racionales sin razón
Viejos filmes
Resentidos
Odios y odios
Débil es la carne
Mar de dudas
Vacaciones de invierno
Lo barato sale caro
Mi abuela tenía razón
Maniqueísmos
Dibujos animados
Estupideces
Más viejo que la humedad
No discriminar
Metas y ambiciones
Códigos
Rubias tentaciones
7 / 10 / 39
Viaje fantástico
Ser o no ser
Prioridades
Queridas colas
Querer creer
Elefantes y hormigas
Asombro y memoria
Asombro y memoria II
Mejor dormir
Basta la salud
Envidia
Servir o no servir
Aplausos y dolores
Mal de muchos
Amistad y amiguismo
Idiomas
Perfecto crimen perfecto
Ventanas dudosas
Fachadas
Ansiedad
No me rompan las ilusiones
¿Qué Martín? ¿Fierro?
Barcos a la deriva
Rehenes
Alta velocidad
“Vivir en paz”
Lo que hay que domar
La vida alrededor
Los Magos de Oz
Hijos del divorcio
Miedo y prudencia
Problemas gordos
Negros prejuicios
Queridos siempre
Nostalgia
Cuestionario
“Ustedes votaron”
Héroes
La mal casada
En la jungla
Corazón de inmigrante
Perdón, me equivoqué
El bolsillo
Género
Pequeñas batallas
Los suicidas
Escándalos
Paseadores
Dios y el Diablo
No me quieras tanto
Siete décadas
Basura bajo la alfombra
El hombre de la bolsa
Es un show, ¿viste?
Saber, querer, poder, atreverse
El mundo que se va
Yo no fui
Al principio era el caos
Ni ciego, ni sordo… más bien mudo
“Velas negras”
“La serenata es larga”
Fecha patria
Malos negocios
Lo que había y lo que hay
Foto retocada
¿Qué hay de nuevo, viejo?
Profesiones
Aparatos
Hablando de crisis
Un corte y volvemos
Presentes griegos
Hogueras
Poder, se puede
Amor y espanto
Ni tan seguro ni tan dudoso
Mentiras gordas
Manchas en la alfombra
Prevenir y curar
La fuerza del hombre solo
Los sigo echando de menos
Sexo en paz
El derecho de las bestias
Ahogarse en un vaso de agua
Créditos
Acerca de Random House Mondadori ARGENTINA
Cuando en abril de 2004 me propusieron escribir columnas en una revista dominical, lo primero que vino a mi mente fue el desafío de escribir para un sector de lectores que, si bien forma parte de mi público habitual en un cierto porcentaje, también está compuesto por personas que ni locas pagarían una entrada para escuchar palabrotas en un teatro, más allá de que tales palabrotas estén dichas en un contexto de sátira política y crítica social, con información histórica y oficio teatral adquirido a lo largo de cincuenta años de tablas transitando muy disímiles géneros.
El desafío era, como todos los retos, fascinante. Se trataba de reformular los temas que me obsesionan, preocupan y desvelan con un lenguaje diferente, ni mejor ni peor pero más apto para la lectura reflexiva y tranquila de un domingo a la mañana o después del almuerzo familiar. La política y los políticos, nuestras costumbres —buenas y malas—, la educación y la falta de educación, la esperanza y el pesimismo, la risa y la lágrima, la sátira y la diatriba, la Argentina y el mundo tenían que pasar por artículos de una extensión determinada y, en un breve pantallazo, tratar de dar una opinión, un punto de vista, una reflexión que apelara a la inteligencia y a la sonrisa, o a la bronca, pero siempre arriesgando una definición o un intento de explicación racional del tema expuesto. No era poco.
Y, casi sin darme cuenta, mucho más fácilmente de lo que yo mismo hubiera creído, fue brotando el mismo Pinti con otro lenguaje. Para mí no era ninguna novedad porque ya me había ocurrido exactamente lo mismo cuando, en distintas etapas de mi vida, escribí textos para historietas infantiles (“El mono relojero”), teatro para niños (“Mi bello dragón” o “Corazón de bizcochuelo”), las columnas para el diario Clarín, y los largos años de reportajes y actuaciones en la televisión censurada de las dictaduras.
Recuerdo las tachaduras que sufrían mis libretos en 1977, en el canal 9, cuando presentaba semanalmente en Pacheco café-concert fragmentos de mi show “Historias recogidas”. Como comprenderá el lector, ese título no podía siquiera insinuarse en aquella época. ¿Y qué tachaba el “depurador”? ¿Malas palabras? ¡Imposible! Ésas ya estaban censuradas por el autor. Lo que se “sugería” cortar eran las alusiones al “complejo de Edipo o de Electra”, el verbo “reventar”, la expresión “tomatelás”, la audacia y osadía que significaba nombrar la ligazón psicológica madre-hijo como “asfixiante cordón umbilical”, y —lo más pintoresco de todo— quitar las palabras “seno”, “pecho”, “pechuga” o “protuberancias mamarias”, sin olvidar que el vocablo “sexo” se podía usar sólo aplicado al género masculino o femenino (nada de cosas intermedias). Una vez que alguien pasa por esas pruebas ya puede recibirse de paracaidista en zona de volcanes.
Mucho tiempo ha transcurrido desde aquellos tristes años, mucha vulgaridad y mal gusto han suplantado a la repugnante censura de otrora. Yo sigo puteando en el escenario, reestrenando mis obras infantiles, usando un lenguaje diferente para cada programa de TV, ámbito universitario o mesa redonda a la que soy invitado, y sintiéndome igualmente cómodo en cada estilo.
Si usted es lector asiduo de estas columnas en La Nación, tiene aquí la oportunidad de poseer una gran parte de ellas, agrupadas en un solo volumen. Si se las han comentado, tiene la chance de ver de qué se trata. Y si no cree que este cristiano puede escribir más de cinco líneas sin un exabrupto, revise sus prejuicios y déjese llevar por estos apuntes de nuestras realidades —que son muchas y variadas— y es probable que se ría, se sonría, reflexione, piense, y que el exabrupto lo diga usted al comprobar cómo seguimos desperdiciando la oportunidad de construir un país maravilloso con todo lo que tenemos y no aprovechamos. Y también, ¿por qué no?, esbozar una pequeña esperanza al saber que, como dice la canción: “¿Quién dijo que todo está perdido?”
¿Y si la historia hubiera sido ésta?: un navegante genovés en busca de aventuras desarrolló una teoría que cuestionaba la creencia de que la Tierra era plana y que, más allá del horizonte, no existían nada más que horribles criaturas marinas mezcla de dragón y tarántula que se comían embarcaciones y tripulantes. Era un pensador progresista ansioso por descubrir nuevas culturas, estudiarlas y sacar conclusiones filosóficas enriquecedoras para descubridores y descubiertos. Vagó el genovés por las cortes europeas recibiendo burlas o, en el mejor de los casos, ofertas de financiación con aviesos fines puramente comerciales que incluían por supuesto el exterminio de todo lo que encontrara allende los mares y la confiscación de todo tipo de riquezas dejando a los nativos más desnudos de como los habría encontrado, si es que ello pudiera ser posible.
Desalentado al ver el horroroso materialismo imperialista, el pobre navegante recaló en la colorida España y casi sin ganas, rutinariamente y con poca energía, volvió a realizar su número del huevo ante Isabel y Fernando, los Reyes Católicos. Tan católicos eran que por ese mismo año de 1492 había echado al último moro de Granada y habían roto la convivencia pacífica —única en la historia— de judíos, musulmanes y cristianos con la orden de que debían convertirse al catolicismo o tendrían que salir de la península, so pena de ser quemados en la hoguera si persistían en practicar la libertad de culto. ¡Una parejita amorosa! Sensibles, progresistas, sin interés comercial y sin ninguna ambición de poder. Los reyes sólo querían llevar la fe y la espiritualidad a los herejes de más allá del horizonte (¿recuerdan a Catriel?), convencerlos de que el desnudo ofende a la decencia, que el cuerpo es la trampa del diablo, que el baño diario es una herética vanidad y que, de haber riquezas minerales, estarían mejor aprovechadas en España, donde se les podía dar mejor destino humanitario.
Así, sólo por la fe, el navegante reclutó tripulaciones de hombres rudos, que amaban el mar y su inclemencia, sobre todo si lo comparaban con las mugrientas y malolientes mazmorras donde habían pasado la mitad de su existencia por divergencias con la autoridad real. Hombres que habían delinquido, sí, pero que ahora encontraban el camino de la redención al convertirse en mensajeros de la fe. En medio de vientos e impetuosas olas, los peregrinos del amor y el progreso cruzaron los mares entonando canciones impregnadas de mensajes morales elevados, sin tener ni un sí ni un no entre ellos. Ni siquiera se mosquearon cuando el navegante genovés les informó que se había equivocado de ruta y que las indias occidentales no eran lo que sus mapas indicaban. “¡Qué importa!”, gritaron los marineros, “la aventura es la aventura”. Y, ahí nomás, improvisaron un número musical creación de los hermanos Pinzón, más conocidos como los pinzones, que hasta el día de hoy alegra las murgas barriales del Carnaval.
Al llegar a tierra firme encontraron arenas blancas, aguas cristalinas, corales y pájaros exóticos, temperatura agradable y una brisa tropical que mecía las sensuales palmeras como nativas gigantes de caderas imponentes. Sólo faltaba un Sheraton Resort para que fuera el Paraíso terrenal. “¡Pero ya vendrá!”, gritó el genovés. “¡Ya vendrá!” De todos los rincones fueron apareciendo nativos y nativas con caras sonrientes y amables, ofrecieron a los viajeros todo lo que tenían (y cuando decimos todo, decimos todo). Ni una queja, ni un reclamo, ni un gesto torvo. El genovés, emocionado como toda la tripulación, dijo: “¡Tierra generosa, gracias! ¡Volvamos a España, esto era todo lo que quería saber! ¡Hay otra civilización aparte de la nuestra!”. Un cacique lo tomó del hombro y lo llevó en una nave espacial a recorrer el continente, le mostró las pirámides dignas del Antiguo Egipto, le hizo probar el café y un puré de papas excepcional, le preparó un cigarro con tabaco de la mejor calidad, le dio ungüentos curativos para sus escaldadas carnes genovesas que no recibían un baño desde el bautismo y le dijo: “Con respeto mutuo podemos hacer grandes negocios”. El genovés contestó: “De eso se trata”, y fuese con su tripulación llevando algunos souvenirs y dos indias que morían por ir de tapas en Madrid.
Y así, con mutuo respeto y libre albedrío, dos civilizaciones diferentes se unieron sin destruirse creando la hermandad panamericano-europea sin fines de lucro. ¡Ah! Al continente descubierto lo bautizaron con el nombre América, que muchos siglos más tarde fue “América para los americanos”. Y los sigue siendo gracias a la Doctrina Monroe (nada que ver con Marilyn).
La naturaleza, una sabia constantemente agredida, trata de conservar la armonía y el equilibrio. La noche y el día, el sol, la lluvia, las nubes y la luna, las estaciones, el frío y el calor se alternan para que la tierra florezca, los animales se alimenten y el descanso del sueño reponga las energías necesarias para afrontar nuestros trabajos y obligaciones.
Todo es tan sabio, tan equilibrado y tan funcional que por sí mismo ese “orden natural” justifica la creencia de un ser superior, Dios o como se llame, capaz de una obra tan perfecta.
Cuando uno ve a los animales cuidando su cría y al mismo tiempo dándoles la independencia para que, una vez educados, emprendan su vida y con el tiempo críen a sus hijos como los cuidaron a ellos, se da cuenta de que los supuestos irracionales proceden con una razonabilidad asombrosa.
Además la naturaleza, con su espectáculo de mutaciones y cambios, nos da la pauta clara y rotunda de que la diversidad es necesaria y natural. Como el día y la noche, el invierno y el verano, los seres humanos somos diferentes, irrepetibles, particulares y “piezas únicas”. Podemos, a lo sumo, dividirnos en grupos con signos comunes, podemos tener gustos parecidos, opiniones compartidas; podemos, incluso, adoptar características que no son propias para no molestar o irritar a los otros y ponernos de acuerdo explícito o tácito con unas reglas de conducta que nos permitan convivir en sociedad. Pero somos diferentes.
Vemos la vida desde lugares diversos, reaccionamos ante el mismo hecho de manera absolutamente opuesta. Tomamos por loco a quien no ve las cosas como nosotros las vemos, descalificamos permanentemente al que tiene gustos distintos y no habituales, y nos afirmamos en nuestras características llegando al omnipotente fanatismo de proclamarnos como dueños de la verdad absoluta.
La poca o ninguna capacidad de comprender a los otros nos hace más ignorantes y pequeños, más mezquinos y desgraciados.
Todas las libertades democráticas, las reglas de la civilización y la cultura integradora de la tolerancia se estrellan contra el muro de nuestra torpeza. Comprender no es compartir, entender no es justificar y considerar al otro no es negarse a sí mismo. Es nada más y nada menos que reconocer que uno no es el ombligo del mundo. Pero no confundamos las cosas. La realidad y sus golpes, y la historia con sus vueltas de tuerca macabras, nos ponen a prueba permanentemente. Y nuestra capacidad de asombro se ve desafiada muy a menudo por hechos, circunstancias y personas que hacen con naturalidad pasmosa lo que nosotros no podríamos concebir ni en nuestras más disparatadas y perversas fantasías.
Matanzas en escuelas perpetradas por alumnos en apariencia normales, horrorosos asesinatos, guerras y torturas de crueldad intolerable y comportamientos masivos, que incluyen suicidios colectivos incentivados por sectas, son parte del variado menú que nos ofrece el vertiginoso devenir de la historia. Y surge, entonces, nuestra necesidad racional: entender, interpretar los hechos y poder digerirlos. Y no podemos. El que es capaz de matar es tan diferente que no lo podemos meter en nuestro sistema. Y es lógico.
Es tal el rompimiento de principios vitales, es tan grande la transgresión y son tan terribles las consecuencias que a la mente más abierta y comprensiva se le hace muy difícil comprender qué puede llevar a algunos seres, aparentemente racionales, a cometer semejantes actos.
Y es ahí donde la propia naturaleza —humana, en este caso— nos vuelve a mover el piso de nuestra seguridad y supuesta sabiduría de vida con la inquietante y muy real diferencia. No somos todos iguales. Podemos y debemos aceptar otras opiniones en política, economía, educación y conducta sexual. Podemos y debemos comprender sin compartir otras prácticas religiosas, y podemos y debemos convivir con otras costumbres sociales. Pero lo que destruye, lo que mata, lo que asesina, lo que decide por nosotros y nos invade con su violencia no tiene por qué ser aceptado como una variante natural y mucho menos incorporado como una costumbre de “estos tiempos que corren”. Cualquier época es mala para la muerte, la destrucción y el horror. Nada es porque sí. Buscar el porqué es imprescindible, pero no nos acostumbremos al horror.
Cuando era chico me hacían la clásica pregunta indiscreta: “¿Qué querés ser cuando seas grande?” La mayoría de mis compañeros contestaba: aviador, bombero, policía y futbolista, pero había un sector muy influenciado por padres pragmáticos que expresaba adultamente que su sueño era la abogacía o la medicina. El sueño paternal de “M’hijo el dotor” estaba muy de moda en aquella década del cuarenta en la que la Argentina era un granero del mundo industrializado que se promocionaba como “tierra de paz” mientras la guerra en el Primer Mundo era moneda corriente.
Otros chicos, los menos, se decidían por vocaciones alternativas que iban de la veterinaria a la ingeniería, pasando por la bioquímica y el automovilismo. Las ganas de ser Fangio dominaban una gran parte del “sueño argentino”. A las chicas ni les preguntaban porque se sabía que la que no contestaba “ama de casa” era una loca peligrosa, no obstante lo cual estaba la opción de recibirse de maestra y dar clase hasta encontrar marido. Y para ellas también estaban “las labores”: cocinar como Doña Petrona o, en el colmo de la sofisticación independiente, ser diseñadoras de modas al estilo de los personajes de mujeres ejecutivas que tan bien interpretaban Susan Hayward, Barbara Stanwyck o Lauren Bacall desde el Hollywood dorado del sueño americano.
Yo pertenecía a la minoría condenada al rechazo, la burla y la secreta envidia: quería ser “artista”, como se denominaba al actor en los tranquilos barrios de mi infancia. La sola mención de la palabra atraía la preocupación de los padres expresada en frases como: “¡Te vas a morir de hambre!”, “¡No es una profesión segura!”, “¿De qué vas a vivir?”... y “Son todos degenerados”. A los varones nos auguraban miseria y vicio, y a las mujeres, prostitución y rechazo social. Curiosamente esos mismos padres y tías, abuelos y primas, cuñados y yernos llenaban los cines de triple programa, hacían colas de una cuadra y media con la esperanza de ver a don Luis Sandrini, el protagonista de “Cuando los duendes cazan perdices”, repartiendo café caliente a los espectadores mientras les agradecía su fidelidad a través de cinco años consecutivos en cartel en el glorioso Teatro Astral de la Corrientes insomne y bohemia de tiempos de panza llena. Tenían la oreja pegada a la radio ahogándose en ríos de lágrimas por las novelas de amores contrariados, hijos del adulterio y burlas del destino, que hacían rico al pobre y pobre al rico por vueltas de tuerca con la velocidad de un rayo y la lógica de una gallina degollada, o siguiendo con devoción los programas de preguntas y respuestas, los concursos, “El Glostora Tango Club”, “Los Pérez García”, “Peter Fox lo sabía” y “¡Qué pareja!”. Amaban, adoraban, idolatraban y respetaban a los artistas, pero no querían que sus hijos lo fueran. Y cuando veían que el nene estaba firmemente decidido a afrontar lo que fuera con tal de cumplir su vocación, y que no se trataba de una tilinguería pasajera propia de la edad, recurrían a la descalificación: “¿Vos, artista? ¿Con esa facha? ¿Te miraste al espejo? ¿A qué gran artista te parecés? ¡Cantás como un perro! ¡Bailando sos un matungo! ¡Nunca te dieron un versito para las fechas patrias, por algo será!”.
Todas esas etapas y muchas más hubo que pasar para que el entorno asumiera que aquella pregunta indiscreta había sido contestada desde la más absoluta honestidad y convicción. Yo quería ser artista, la suerte estaba echada y había que cruzar el caudaloso y traicionero río de la vida, lleno de saltos, cascadas y corrientes ocultas.
Lo que sí recuerdo muy bien es que nunca, pero nunca, ni yo, ni otros chicos y chicas a los que oí expresar su vocación artística en aquellos tiempos, se nos ocurrió mencionar la palabra “conocido” o “famoso”. Que nos conocieran y que llegara la fama tenía que ser, en todo caso, la consecuencia de nuestro arduo, concienzudo y agotador aprendizaje, no un fin en sí mismo. Hoy veo con desesperación que a muchos niños a los que se les hace la misma pregunta indiscreta contestan sin que se les mueva un músculo de sus sonrosadas caritas de ángel: “Quiero ser famoso, conocido y rico, como Luis Miguel o Ricky Martin”, “Yo quiero ser como Valeria Mazza o Shakira o Susana Giménez”. Da igual modelar, cantar, animar, actuar: la cosa es obtener la fama y el dinero de aquellos que tenemos por modelo.
No me caliento. Cuando veo a miles de chicos y chicas que toman clase de todas las disciplinas artísticas, ilusionados al presentarse a multitudinarios castings en busca de una chance, me tranquilizo y pienso que las vocaciones siguen triunfando por sobre el oportunismo y la trampa del puro cuento de la fama.
¿Para qué quiero una democracia? Para votar por quien me ofrezca un programa de gobierno que me permita vivir mejor. ¿Qué significa vivir mejor? Poder desarrollar cualquier actividad honesta, es decir, que no sea hecha a costa de la desgracia ajena ni sirva para perjudicar a nadie ni hacer a los demás lo que no me gustaría que me hagan a mí. Para educarme, educar a mis hijos, comer todos los días —pesada costumbre que tiene la gente, che— y respirar un aire que no me infecte ni me enferme. Poder moverme y desplazarme a mi trabajo, a mi casa, a mis obligaciones y diversiones sin que nadie me acose, me trabe, me agreda, me rapte, me robe, me viole, me atropelle ni me detenga arbitrariamente.
¡Muy bien, diez, alumno! ¡Eso es tenerla clara!
¿Y si voto por gente cuyo programa incluye como consecuencia inevitable el cierre de industrias, el aumento del desempleo, la reducción y a veces la anulación de fondos sociales y el deterioro violento de la salud, la pauperización del laburante, el paraíso para los especuladores, la entrega de los recursos del país y el retroceso de la educación a niveles grotescos, y después, al ver los efectos desastrosos de esas políticas en mi vida cotidiana, al tener que convivir con desocupados, personas sin techo, hambrientos y menesterosos que se suman a los eternos vagonetas, haraganes y rateros profesionales que, aprovechando la industria generalizada, se mueven como pez en el agua reclutando, maleducando y adiestrando a ejércitos de marginados y desplazados sociales organizándolos en mafias paupérrimas y salvajes que son reprimidas por otras mafias tan salvajes como las primeras pero menos paupérrimas, aunque también degradadas por un bajísimo salario, me indigno, no con los que crearon ese caos sino con las víctimas de tales medidas?
¡Pésimo, alumno! ¡Cero en responsabilidad ciudadana!
La pobreza, cuando llega a la miserabilidad sin esperanza, destruye a los seres humanos y los convierte en despojos que anulan sus buenos instintos, y los conducen al odio y la violencia o a la abulia autista que los arroja al crimen.
¿Qué peor inversión puede hacer un sistema capitalista, que cacarea con soberbia los valores del mercado, que apostar consciente e inconscientemente a la pobreza y a la desocupación, algo que a lo primero que perjudica es, precisamente, al mercado? ¿Tiene sentido y seriedad afrontar los desafíos del mundo actual con una mayoría de pobres, mal alimentados y con una bronca negra en la sangre? Todo parecería indicar que es exactamente lo opuesto a lo ideal. Sin embargo, seguimos culpando y criminalizando la consecuencia y no el origen. El origen nos importa un cuerno. “¡Yo no quiero ver mendigos, ni prostitutas, ni cartoneros, ni piqueteros, ni drogadictos en mi barrio! ¡Pago mis impuestos! ¡Deténgalos, trasládenlos, bórrenlos, sáquenlos de circulación! ¡No me importa cómo! ¡Yo pago mis impuestos! ¡Basta de quedar bien con los pobres! ¡Eso es demagogia! ¡Protejan a los que trabajamos y producimos! Y a los que sufren privaciones y hambre no les regalen nada, aplíquenles el pensamiento conservador que dice: no le regales pescado al pobre, enseñale a pescar.”
Claro, siempre que tengan aunque sea para comprar la caña y el anzuelo, y que el río no esté totalmente contaminado, los peces infectados o muertos y la probable pesca sea algún cadáver víctima del robo, la violación o el gatillo fácil de “la mejor policía del mundo”, como dijo alguna vez un ilustre gobernador.
No es fácil. Es un verdadero desafío que, si se logra superar con sensatez y sensibilidad, significaría el ingreso de una sociedad torpe, vengativa e irracional a un verdadero desarrollo.
Este desorientado geronte idealista que escribe estas líneas está esperando que “las inversiones” que necesita la Argentina sean las más seguras. Y las más seguras son las que apuntan al futuro largo y estable, las más urgentes no son las que vienen de afuera llevándose todo por migajas sino las de adentro, esas inversiones en educación y salud que tanto hemos esperado mientras cada administración nos aturde con eslóganes de campaña.
La realidad de cientos de miles, sin embargo, ha recorrido este circuito: cerró la fábrica, se desmontó la oficina, me echaron de la empresa, usé mi coche como taxi, me lo robaron otros que habían sido echados de sus trabajos unos años antes, puse un negocito y me fundí, mi mujer hacía tortas para vender pero luego no pudo comprar los ingredientes, limpió casas, mis hijos dejaron la escuela para ayudar, terminaron como cajeros de un hipermercado por doscientos pesos, los asaltaban al salir del laburo casi a la medianoche, al no poder pagar el alquiler nos echaron del departamento y fuimos a parar a una villa, los matones nos hicieron la vida imposible y terminamos vendiendo CDs truchos en la calle, fuimos apresados por la policía tres veces, fichados como criminales, mal entrazados y rechazados por el resto de la sociedad que no nos quiere ver y nos dice: “¡Vayan a trabajar, vagos!”.
¿Vivirán aquí los que les dicen que trabajen a los que no encuentran trabajo? ¡Claro! ¡Y pagan sus impuestos!
¡Qué año el 69! ¡Qué años los sesenta! Pantalones Oxford, zapatos de plataforma, reivindicación del afro capilar, y entierro para los planchados de pelo y las molestas tocas con rulero gigante. La explosión de colores del submarino amarillo, la minifalda del Londres mágico que se sacudía la hipocresía victoriana con la irrupción de los melenudos de Liverpool, y la entrada triunfal de Michelangelo Antonioni, un italiano que, basándose en un cuento del argentino Julio Cortázar, se valía de dos jóvenes británicos —Vanessa Redgrave y David Hemmings— para dar un testimonio audaz en “Blow-Up”, con aquella sesión de fotos de Verushka, la modelo casi violada por el descarado fotógrafo.
A fines de la década, la Nouvelle Vague ya era vieja, el Mayo Francés se había calmado y parecía que el pensamiento burgués había encontrado la manera de vender lo nuevo como un producto de marketing, que iba desde el look hippie hasta el arte alternativo.
Las canciones de protesta ya no eran censuradas, sino producidas y vendidas para millones de jóvenes no tan jóvenes que sentían los ardores de la rebelión como algo levemente pasado de moda, casi nostálgico, pero que necesitaban perpetuar. La marihuana, como secreto a voces, dominaba los círculos selectos y daba un sello rebelde y al mismo tiempo adormecedor. Los ideales estaban ahí, casi como un bien de consumo. Los idealistas morían por sus principios y se inmolaban en luchas armadas y guerrillas varias. Los demás miraban, apoyaban, aplaudían o reprobaban, como espectadores de un mundo que cambiaba velozmente y que había dejado atrás la rigidez y la pacatería de los años cincuenta.
Marilyn Monroe había muerto en circunstancias dudosas y se la celebraba como un ícono casi angelical, mientras que las pechugonas italianas y francesas se convertían en la señora de Ponti, la señora de de Laurentiis, la señora de Roger Vadim, y surgía el cine porno suave que crispaba los nervios de los censores. Vietnam iba a entrar en pocos años más en la etapa vergonzosa de las guerras hechas para defender el poder y el dinero; Jane Fonda iba a pasar de la sensual criatura espacial llamada Barbarella a ser la prostituta de Hanoi antiamericana y perversamente comunista, y el hombre y su ambición de poder llegaban a la Luna.
El que suscribe cumplía entonces treinta años. Y era un actor desconocido súper contento por cumplir su vocación en medio de tantas turbulencias, y ansioso por firmar algún autógrafo antes de morir. ¡Qué 69! ¡Qué década la que quedaba atrás! ¡Qué década la que iba a venir! Democracia en España; dictadura en la Argentina; crisis económicas, morales y de nervios; muertos inútiles, justos por pecadores, y sobre todo, la pérdida de la inocencia. Ya no hay más secretos. Todo dura menos, se gasta antes. Nada parece sólido ni seguro. Los imperios ya no son invulnerables, y las mentiras del poder duran poco. Todo ha cambiado. Las pechugonas italianas son abuelitas; la gran pechuga francesa Brigitte Bardot es una vieja con cara de tortuga enojada, racista y reaccionaria; Marilyn, gracias a Dios, sigue siendo un ícono angelical; al porno (suave o duro) lo tenemos por cable. Lo que hoy sucede en Irak es mucho más grotesco y disparatado que Vietnam y ya no hay prostitutas de Hanoi porque Jane Fonda, harta de hacer gimnasia durante los ochenta y de ser la señora de Turner en los noventa, ahora defiende mujeres golpeadas, lo cual es políticamente correcto y ofrece menos riesgos. Para Irak tenemos a Michael Moore, sombra gorda de Bush y de los conservadores que, con documentación y lógica aplastantes, desafía el poder y sus secretos.
El que suscribe va a cumplir 65 años y ya perdió la cuenta de los autógrafos firmados, pero sigue estando súper contento por ejercer su vocación igual que en el 69. Todo cambió y todo seguirá cambiando, menos el milagro de los sueños hechos realidad, aunque estemos rodeados de pesadillas.
En un atardecer otoñal escucho un tema de Cole Porter o de Gershwin o de Jerome Kern cantado por alguna voz conocida o ignota y siento una profunda nostalgia por una época anterior a mi nacimiento y un país donde jamás viví. ¿Me estaré poniendo viejo?
Me instalo en la mesa de un café y leo el diario o escribo algunas líneas, o me quedo embobado mirando por las ventanas a la multitud hablando sola o con sus celulares, haciendo malabares para no caer en algún bache o luchando con sus paraguas plegables bajo alguna repentina lluvia. Y me divierto en grande. ¿Me estaré poniendo viejo? Necesito anotar todo en mi agenda, yo que me jacté toda la vida de tener una memoria privilegiada y ahora, cuesta abajo en mi rodada, no sólo olvido las citas sino también mirar la agenda. ¿Me estaré poniendo viejo? No puedo entrar a una discoteca o boliche bailable, ni siquiera para guarecerme de la lluvia, ni siquiera para huir de un gorila gigante, no puedo soportar ni por un segundo el altísimo volumen de una música que no entiendo, la oscuridad de caverna, el olor humano mezclado con sustancias misteriosas y algún desliz estomacal, mientras tropiezo con cuanta mesita ratona llena de vasos hay en mi camino, camino que es matizado con desniveles que hacen desaparecer el piso y me hacen caer de narices mientras soy atajado por dos patovicas de seguridad que me dicen compasivamente: “Venga, maestro, lo llevamos al VIP”, lo cual es peor porque escucho el mismo ruido con el agravante que en el salón VIP me encuentro con amigos y conocidos que se empeñan en tener una conversación en ese caos acústico. ¿Me estaré poniendo viejo?
Odio firmar papeles y poner cláusulas en mis contratos, prefiero el valor de la palabra empeñada y conversar largamente discutiendo los pros y los contras antes de comenzar cualquier proyecto para arribar a buen puerto, deslizándome por el río tranquilo de lo previsto antes que navegar por el mar bravío de la improvisación. ¿Me estaré poniendo viejo?
Cuando veo a algún chico, preferiblemente gordito, aburrirse en grande en mesas de restaurantes donde los adultos hacen largas sobremesas arreglando al país, al mundo y al fútbol argentino y las señoras chismosean citando los escándalos faranduleros de la semana que han visto en los “detestables programas de espectáculo” que dicen no ver sino por la casualidad del zapping, y el gordito de ocho años no sabe qué hacer porque ya es grande para dormirse sobre una camita hecha con tres sillas como el turro de su hermanito bebé, y tampoco tiene edad para andar corriendo por el restaurante como la atorranta de su hermanita de cinco años, y bosteza y mira al vacío y yo me emociono hasta las lágrimas al verme a mí en esa embarazosa situación hace cincuenta y cinco años, y me dan ganas de gritarle: “Hacé lo que yo hacía. No te aburras, pensá en qué querés ser cuando tengas la edad de estos imbéciles y volá con tu imaginación. No estás aquí, estás en el territorio de tus sueños, sos Don Diego de la Vega, el Zorro, o Harry Potter, o Maradona, o Coria o… ¡No! ¡Presidente de la República no te lo recomiendo!”. Me acuerdo, me río y me emociono con la mirada aburrida o excitada, intrigada o curiosa de cualquier niño. ¿Me estaré poniendo viejo?
Cuando salgo de gira ya no me asesoro ni averiguo acerca de las excursiones que pueden hacerse para aprovechar —entre funciones, reportajes y ensayos de sonido— las bellezas naturales del lugar. Lo único que me importa saber es si las camas de los hoteles son confortables, amplias y mullidas porque allí pasaré el noventa por ciento de mi estadía (el otro diez es para el comedor), solo, en reposo sin ninguna “belleza natural” a la vista o al tacto. ¿Me estaré poniendo viejo?
Me importa mucho más la salud que mi apariencia. Me aterra la diabetes y no la panza, el colesterol alto y no haber perdido mi cintura en un bosque de tallarines. No tengo más aquel miedo de “caer mal a alguien”. ¡Basta! ¡Esto es lo que hay! ¡Me tomás o me dejás, y punto! ¿Me estaré poniendo viejo?
¡Qué barbaridad! Cole Porter en una tarde lluviosa, mirar a la gente y escribir a mano en los bares, olvidarme de todo y no ser más Mr. Perfecto que sabe todo y a todo responde, odiar el ruido y el aturdimiento, creer en la palabra empeñada, poder volver a mi lejana infancia con sólo mirar a un niño, adorar las camas cómodas para cuidar que mi momento de goce total sea el escenario en perfectas condiciones, no torturarme con modelos físicos imposibles de realizar y reírme del “qué dirán” ofreciéndome tal como soy sin vueltas. ¡Me estoy poniendo viejo!
Y, ¿quieren que les diga algo? Nunca pensé que la vejez me iba a poner tan contento. ¿Me estaré volviendo loco? ¡No me contesten, eso también lo sé!
Yo recuerdo cuando viajar era un placer. Costaba mucho, pero era un verdadero placer. Veinticinco años atrás todavía era un privilegio. La clase turística de los aviones en vuelos internacionales tenía dimensiones humanas, y pese a ser gordo uno podía darse el lujo de bajar la mesita plegable para comer y estirar un poquito, aunque más no fuera, las piernas acalambradas luego de las primeras cinco horas de vuelo. Los aviones eran un poco más pequeños y recién se comenzaba a usar la trágica fila del medio de cinco asientos donde si no te tocan los del pasillo estás condenado a viajar con los codos de tus compañeros incrustados en las costillas. Los aeropuertos se iban agrandando sin llegar a ser las horrorosas metrópolis de hoy en día y había algunos donde las comodidades incluían salas de espera confortables y funcionales, duchas, boutiques, y hasta alguna sala de cine, como en el de Frankfurt. Ni hablar si uno pedía acceder a primera clase, ahí era el Edén: champagne, paté francés, caviar ruso y vino italiano, el lujoso carrito con los más exquisitos manjares, el bar bien nutrido durante todo el vuelo con café, agua, tragos, bocadillos y, si te tocaba la cabina superior en los jumbo ultramodernos modelo 1974, la privacidad y el confort llegaban a extremos orgásmicos. Había países de acceso más fácil que otros. Estados Unidos era un poco más dificultoso y con más preguntas que responder, pero todo se solucionaba con sonrisas y gestos que suplían más o menos eficientemente las falencias de nuestro inglés tarzanesco.
Hoy todo ha cambiado. Sigue costando mucho. Eso sí, pero los avatares financieros, administrativos, políticos y sociales han llevado a serias encrucijadas a la industria de la aeronavegación. Los cada vez más grandes aviones han reducido el espacio interno de las cabinas en proporción inversa. Las dimensiones ideales para viajar en clase turista son: medir uno cincuenta de altura y pesar entre treinta y cuarenta y dos kilos; las piernas, cuanto más cortas mejor, y se recomienda pertenecer a la tribu de los pigmeos dormilones, esos privilegiados que apenas apoyan el culo en el asiento duermen plácidamente por ocho o nueve horas de un tirón. Así, en brazos de Morfeo, la tortura será más llevadera. Ni se te ocurra ser obeso, muy alto o estar embarazada. Y lo de estirar las piernas podrá ser posible sólo caminando por el estrecho pasillo bajo la mirada atenta de la tripulación que encontrará sospechoso cualquier movimiento extra, siempre y cuando no haya turbulencias. Tratar de ir al baño si uno está sentado en el medio de la trágica fila del medio será una experiencia difícil de sortear. Incluirá pisotones, insultos, tropezones con bolsos mal puestos en el suelo y el baile de un malambo-minuet tratando de permitir que las azafatas y sus carritos pasen al mismo tiempo que uno por el estrecho desfiladero que conduce al baño eternamente ocupado por señores que se descomponen y señoras que se retocan el maquillaje y el peinado por horas y horas. El caviar ha desaparecido de las primeras y de las “business” hace rato ya, y el bar donde la noche casi no existe. Los carritos llevan ahora escuálidos helados y minúsculas porciones de torta. Y el caviar cayó junto al Muro de Berlín.
Los aeropuertos ocupan manzanas y manzanas, están abarrotados, y cuando cambian la puerta de embarque hay que prepararse para caminar kilómetros y kilómetros en busca de tu avión. Los bares y restaurantes son, en general, de autoservice, lo que implica, para el viajero solitario, que deberemos cargar con el bolso, hacer la cola, pedir lo que se desea comer y hacer malabares con la maldita bandeja hasta encontrar una mesa libre y caer pesadamente sobre una silla tratando de que la gaseosa no ruede por el suelo y los niños que corren no te hagan ir de jeta al piso de horrenda forma o artística cerámica marrón. Después del once de septiembre de 2001 entrar a Estados Unidos es mucho más azaroso, sobre todo si uno tiene pasaporte de países que no han sido claros en el “apoyo incondicional” a las medidas de Bush, guerra preventiva con video de torturas incluido. Las preguntas se multiplican y ya no cae bien hablar por señas y sonreír porque tal comportamiento puede interpretarse como una burla con la consiguiente deportación, previa prisión en un limbo sin derechos ni abogados en las “modernas oficinas” de la policía aeronáutica. Las revisaciones antes de abordar el avión incluyen cacheos, toqueteadas y quitadas de zapatos, cinturones, computadoras y celulares y acompañamiento y vigilancia personal si uno despacha equipajes voluminosos y sospechosamente pesados. Tasas, excesos y multas a pagar por nuevas infracciones hacen un suplemento de gastos que a veces equiparan el precio de tu ticket. Pero todos esos inconvenientes no arredran al viajero ilusionado que quiere descubrir nuevos paisajes, nuevas aventuras y tener algo que contar a sus amigos que no pueden viajar, por la perversa crisis, ni al fondo de su casa.
Viajar era un placer, ahora es un dolor de barriga, pero los dejo ¡porque se me va el avión!
Me encantaría que junto a las espantosas noticias sobre la inseguridad —los muy lógicos y entendibles reclamos acerca del endurecimiento de leyes y las quejas por la levedad de las penas—, los medios de comunicación dieran el mismo espacio para los horrorosos errores judiciales, la enorme cantidad de gente inocente purgando delitos que no cometió, sometidos al infierno carcelario durante años y sin conseguir, luego de tal calvario, ninguna reparación salvo las disculpas. Es increíble la frescura con que la gente pide más y no mejor. Es inconcebible la insistencia en exigir mano dura a aparatos de poder que —la opinión pública sabe— no son un ejemplo de pulcritud y transparencia. Cada día la misma realidad nos devuelve el resultado explosivo de la fatal ecuación: falta de educación, deterioro de escuelas, mala salud, escasa oferta laboral, bajísimo salario, poca contención social, alteraciones mentales, resentimiento, bronca = desmadre, agresión, crimen, falta total de valores, ilimitada violencia y justicia por mano propia entre bandas mafiosas.
¿Qué es lo que falta? Todo eso que produce estas calamidades sociales. Lo único que se pide a gritos es el castigo, nunca se plantean los móviles del crimen. Crimen que no se puede justificar, tapar o ignorar, pero del que se puede y se debe tomar conciencia para evitarlo con algo más que un coche patrullero por esquina.
Claro, ante una sociedad que mide el estado de las cosas sólo por su bolsillo y por si puede o no viajar a Miami y comprar objetos sin ton ni son, es muy difícil intentar atacar los múltiples factores que producen el caos. Si cuando cierran cientos y cientos de empresas y se anulan muchísimas fuentes de trabajo, lo único que se nos ocurre es especular con el mucho o poco dinero que un sistema perverso nos permite obtener con un dibujo tramposo que, sin embargo, nos lleva a la creencia de que tenemos lo que en realidad no tenemos, está claro que desde el burgués afortunado hasta el trabajador despedido de su empleo pero con indemnización en dólares argentinos, se lanzarán al “sálvese quien pueda” ignorando la tragedia de los miles y miles de desclasados de los niveles de menos poder adquisitivo que, sin recursos, se verán obligados a caer en delito o en su defecto en el peor clientelismo político. Lo más grave de todo esto es que el que cae en la miserabilidad, la mendicidad, el choreo, la limosna política o el delito grave va perdiendo las ganas de trabajar, en el caso de que el trabajo vuelva a tener una oferta razonable. Sin ningún estímulo, prefiere lo peor a lo mejor.
Se van formando subclases mal educadas o no educadas y mal alimentadas, material y culturalmente hablando, a las que es prácticamente imposible rescatar y reeducar.
Todo arreglo es posible siempre y cuando haya voluntad política en los gobernantes y coherencia ideológica en la sociedad responsable, o sea, en aquella gente que tiene un trabajo, come todos los días, va a un cine o un teatro de vez en cuando y sale de vacaciones aunque más no sea en el fondo de su casita propia nadando en la “Pelopincho”.
Si las respuestas siguen siendo la intolerancia y la justicia por mano propia, el ajuste económico, la protesta violenta, la pasividad, la indiferencia, la total amnesia acerca de los que crearon el caos cerrando industrias, favoreciendo la especulación y propiciando la fuga de capitales instaurando la diabólica dualidad de “país del Primer Mundo donde se puede invertir sólo vaciando empresas para ganar mucho en poco tiempo”, y para los menos ricos dolarización obligatoria. Si ésas son las respuestas, más vale encomendarnos a Dios y que nos coja confesaos, como diría mi catequista español, el Padre Arturo.
Todos vivimos con miedo. Miedo al rapto, al asalto, al arrebato en la calle o el restaurante, al piquete, al paro sorpresivo, al violador y hasta a nuestra sombra. No somos paranoicos, el peligro está, y nos molesta y no sabemos qué hacer. Pero más intolerable que nuestro miedo es escuchar a los que gobernaron —creando, cada uno a su turno, las condiciones ideales y el caldo de cultivo perfecto para hacer este horroroso salpicón de horror—, dando consejos y clases magistrales, y guiando hacia la espantosa repetición del pasado a una sociedad con mano dura y memoria blanda, que sigue creyendo que la desnutrición es una exageración de la prensa y que “esos negros no quieren trabajar”. Lo que pasó, pasó, y quizás no tenga remedio rápido. Pero que vuelva a pasar es nuestra responsabilidad social, quizás la más grande desde que tengo uso de razón. El gobierno, la oposición, los medios y nosotros tenemos la palabra.
¿Volverán alguna vez aquellos tiempos felices en los que uno abría los envases, frascos y cajitas con facilidad y rapidez? ¿O perfeccionaremos la pesadilla de leer en prospectos de letra liliputiense cómo se abre esa bendita tapa? “Tire hacia arriba con fuerza y luego gire suavemente en la dirección de la flecha.” ¿Quién soy yo? ¿Robin Hood? ¿Guillermo Tell? ¿Qué tengo que ver con esa maldita flecha a la que tengo que seguir mientras me disloco la muñeca tratando de abrir el podrido frasquito? ¿Y qué decir de esas envolturas plásticas y herméticas que cubren los videos y DVDs para asegurarme la legitimidad y calidad controlada?
Plásticos gomosos que se adhieren a la piel, frascos de perfume importado que han costado un platal y que, justo el día en que uno quiere matar con el aroma nuevo que hace sensación en el mundo, el tapón no se abre ni a rosca, ni a presión, ni por hipnosis, porque “se abre presionando hacia arriba, girando a la derecha y dando un golpe seco muy suave hacia atrás”. Cuando la combinación está descubierta ya terminó la fiesta, y uno ha transpirado tanto que más que un perfume necesita una ducha.
Y ojalá que estés en tu casa, con tu propia ducha, porque si te toca un hermoso hotel cuatro estrellas recién reciclado para cobrar más caro aún la tarifa en dólares, te podés encontrar con palancas, botones, duchadores individuales con vida propia, tapones misteriosos e indicaciones de fría y caliente hechas en azul y en rojo que pueden convertir el baño en un cuadro de “aguas danzantes” digno de los jardines de Babilonia o el Lido de París.
Misteriosos acondicionadores de aire que antes tenían las indicaciones en inglés, y que cuando uno aprendió el on, off, el hot, el cold, el stop y la temperatura en centígrados y en Fahrenheit, aparecen con signos, rayas, ondas y redondeles cuyo significado real se averigua en una o dos semanas de equivocaciones frustrantes.
Cientos de controles y adaptadores para el televisor, antenas especiales, cuidados extras para que nadie se cuelgue de tu cable y otras peripecias, hacen añorar la simpleza del Winco y recordar a la pobre nona que no entendía el pick up automático de los discos que, cual panqueques, bajaban solos en los asaltos de mi juventud. ¡Dios! Nos decían modernos, aerodinámicos, hijos de la bomba atómica (eso, cuando no estaban enojados y nos cambiaban la madre, ¿vio?), nos decían rebeldes sin causa y nos acusaban de falta de respeto y degeneración de las costumbres. Y nos decían lo mismo que ahora digo yo en esta época de abrelatas complicados, lecturas por computadora y sentimientos por correo electrónico: las máquinas nos están devorando, todo se complica y somos cada vez más fríos y deshumanizados.
Recuerdo con particular ternura una secuencia de aquella deliciosa comedia satírica del gran realizador cinematográfico francés René Clair que se llamó “Beldades nocturnas”, en la que un romántico músico que se sentía fuera de época lograba evadirse de la prosaica realidad cotidiana por medio de sus sueños, que lo llevaban a tiempos pasados en los que vivía aventuras románticas y arriesgadas. En un momento, él pasaba en alocada carrera de época en época y en todas se encontraba con un viejito cascarrabias que siempre añoraba... Durante la Primera Guerra añoraba los fastos de la belle époque, en la belle époque los tiempos heroicos de la tumultuosa mitad de siglo, en la mitad de siglo clamaba por volver al esplendor de Napoleón, en la época napoleónica lloraba por el placer de vivir que había disfrutado con Luis XV, luego prefería la grandeza de Luis XIV, y así hasta llegar a la Edad de Piedra, en la que, cual cavernícola, hablaba pestes de “esta época de violencia”. Entonces se lamentaba pertenecer a la raza humana y no a la de los dinosaurios, que “ésos sí eran gente”.
No quiero parecerme al viejito, pero, ¿no podrían volver aquellos tiempos en los que era tan fácil la vida? Lo pido en nombre de la sociedad de torpes-distraídos-idealistas-y-nostálgicos de América Latina.
A veces uno llega a reuniones sociales en casa de amigos o de amigos de amigos donde concurren amigos de los amigos de tus amigos que, a su vez, vienen con amigos. En una palabra: desconocidos.
Los has visto, sí, una vez, hace dos años en otra reunión similar en casa de algún otro amigo pero no tenés la más pálida idea de quiénes son o a qué se dedican, si son casados, solteros, divorciados o viudos. Ahora bien, ellos sí parece que se acuerdan de vos y se abalanzan, y te llaman por tu nombre y preguntan por tu familia mientras tu pobre mente enferma y sumergida en la neblina de la confusión trata de focalizar en un detalle, uno solo. No sé, el nombre, aunque más no sea. Pero es en vano.
Esas reuniones donde la primera media hora es de una gentileza y amabilidad pocas veces vistas. Todo el mundo es dicharachero, alegre y positivo. “¡Qué bien se te ve!” “Che, estás espléndido, ¿te has hecho algo en la cara?” “¡Qué bien te queda esa ropa!” “¿Ya tenés cincuenta y dos? ¡No lo digas, parecen diez menos!” “Te veo mucho mejor que la otra vez” “¡Adelgazaste!”, y uno sabe que no, que por el contrario, tiene siete kilos de más pero miente para no romper la propia ilusión y dice: “Puede ser. ¡No sé por qué, pero estoy más flaco!”.
Luego, la comida y el alcohol hacen brotar las frustraciones varias que van desde el Apocalipsis político-social hasta las desgracias personales. No falta la sección obituaria donde entran a desfilar muertos que una parte de los invitados ni siquiera conoce pero debe poner cara de circunstancias preguntando la edad del difunto y, aunque digan ochenta y tres, deberás decir: “Era joven, todavía”.
En las idas y venidas al baño, que nunca se encuentra fácilmente, y que van acompañados por el terror de no terminar orinando en un placard, tus amigos más amigos te informarán la verdad sobre los pobres que están aliviando sus inquietudes en el water. El panorama ahora no sonará tan amable como al principio, y alguno deslizará cierta incógnita acerca de la honestidad de señores y señoras. Pero la sangre no llegará al río, al volver de su urgencia fisiológica serán recibidos con total calidez. Ya hacia el final de la reunión vendrá el intercambio de números telefónicos, domicilios y/o tarjetas que raramente pasarán a la agenda y vegetarán en el bolsillo hasta que el saco vaya a la tintorería y, al limpiar de papeles la prenda, tratemos de adivinar de quién puede ser ese número de celular y ese fax y ese otro número de teléfono.
Afortunadamente, esas fiestas son muy de vez en cuando para la “gente normal” que prefiere las auténticas reuniones de amigos del alma, camaradas de la vida y compañeros de ruta contando hasta el cansancio las mismas anécdotas, los mismos viajes, los mismos cuentos verdes y los mismos recuerdos juveniles. Repitiendo esas experiencias, y volviéndolas a analizar con las variantes que el paso del tiempo aporta, uno aprende, revaloriza y vuelve a vivir momentos clave que de otra manera se perderían en los tortuosos laberintos de la memoria.
Es muy excitante conocer nueva gente, es la manera de no anquilosarse. Es el desafío constante de escuchar nuevos puntos de vista, nuevas posiciones filosóficas, nuevos conceptos de vida. Es fantástico pero, si me disculpan, a mi edad prefiero disfrutar de mis viejos amigos, esos con los que comparto códigos, refranes, complicidades. Sí, mis hermanos Corsos, como decía Marrone en “Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina”: “Somos los hermanos Corsos, uno toma mate, el otro escupe verde”. Esos amigos con los que no hay que hacer ningún introito, te ven, te semblantean, te tocan y ¡chau!, ya saben qué te pasa y por qué te pasa. Y te vuelven a dar ese consejo que nunca aceptaste ni aceptarás pero que lo pinta a él, tu amigo, de cuerpo entero. Y, en cuanto menos lo pensás, ya estás haciéndole la radiografía psicológica, te olvidás de tu problema y le das tu consejo, ese que nunca puso en práctica. Pero que sabe qué es lo que tiene que escuchar.
No hay que adivinar, ni interpretar, ni preguntarse: “¿En qué sentido me lo estará diciendo?”. No hace falta. Para eso es tu amigo. Es más placentero. Unas pizzas, alguna película para recordar, descubrir o discutir, y la seguridad de que cuando vayas al baño, primero, lo vas a encontrar, y segundo, nadie hablará mal de vos mientras estés ausente. Te lo va a decir en la cara y sin disimulo, y no le hablarás por una semana. Para eso somos amigos.
¿El huevo o la gallina? ¿El espejo o la realidad? ¿El huevo primero y la gallina después? ¿La realidad se refleja tal cual es o el espejo la deforma?
Preguntas sin respuestas. Sobre todo para los funcionarios que sienten ante las ficciones el miedo que deberían tener hacia las realidades que, se supone, ellos tendrían que modificar para bien. Cuando yo tenía diez años, en 1949, para más datos, fue la primera vez que escuché el disparate: “Los niños de nuestro país están cada día más irrespetuosos y violentos porque consumen demasiado cine bélico y, sobre todo, dibujos animados, como Tom y Jerry, donde las agresiones, los golpes dados con planchas, tijeras de jardín, sartenes y cuchillos de cocina, incentivan en los infantes los instintos salvajes y la conducta asesina implementada con objetos al alcance de sus manitas”. ¡Tom y Jerry instigadores asesinos! ¡Y yo que me reía tanto con ellos, yo que podía ver veinte veces el mismo dibujo y gozar como la primera vez! Y en cuanto al cine bélico de la época, más allá de la tajante división entre buenos y malos que iba variando de acuerdo a la política exterior norteamericana, todo era heroísmo, renunciamiento, amor a la patria generalmente en blanco y negro y con John Wayne, Robert Taylor o James Cagney con caras crispadas por los nervios y ennegrecidas con carbón Max Factor Hollywood. El sexo brillaba por su ausencia y nadie decía una palabrota, ni siquiera al morir. ¿El actor que hace Otelo y el degenerado de Shakespeare que lo escribió son responsables de todos los asesinatos por celos de la humanidad? ¿“Edipo Rey” es una perversa creación artística que incentiva el incesto? ¿“Romeo y Julieta” es la horrorosa glorificación de la desobediencia juvenil y la peligrosa puerta abierta a las relaciones sexuales adolescentes por simple calentura?
¿La Nora de “Casa de muñecas” de Ibsen es la punta de la lanza de la destrucción de los hogares burgueses en aras de la liberación femenina irreflexiva que lleva a esa mujer a abandonar marido e hijos pequeños para encontrarse a sí misma?
Grandes ficciones, geniales creaciones, monumentos artísticos que son tesoro de la humanidad han sido sometidas a estas polémicas de bajo nivel por funcionarios, censores y “fuerzas vivas” siempre dispuestas a encontrar el chivo expiatorio de sus carencias y mezquindades.
Nadie puede negar la influencia de los medios de comunicación sobre las masas, nadie puede ignorar que los tiempos han cambiado dramáticamente desde las travesuras de Tom y Jerry y los cinematográficos héroes guerreros de Guadalcanal, Bataan y Normandía. Tampoco se puede olvidar que la mediatización de la última década inundó con fuerza inusitada hogares y cerebros de toda la escala social, con una fiereza que avasalló la inocencia e ingenuidad de antaño.
Pero el tema sigue siendo el mismo: la miseria material, cuando llega a la miserabilidad y hambruna, trae consigo a la miseria moral que, si bien no es privativa de la pobreza, encuentran en ella un caldo de cultivo inmejorable. La exclusión significa falta de contención.
Cuando la escuela deja de ser mala para directamente pasar a no ser, la vivienda es un inmundo redil de hacinamiento, mugre y promiscuidad, la justicia una gran ausente, las fuerzas del orden un sinónimo que fluctúa entre represión violenta y corrupción pseudoprotectora y los políticos un montón de “discurseros” que, en el mejor de los casos, actúan como repartidores de “limosnas y caridades” otorgadas por ellos mismos con el consiguiente y habitual margen de “desprolijidad”, desde la caja del PAN hasta los planes “Jefes y Jefas de Hogar”, todo termina en el fracaso y la frustración.
Este intrincado juego de desgracias y problemas crean un ambiente social de bronca y resentimiento, de furia y escepticismo. En medio del caos, algunos jóvenes se ponen a cantar lo que ven, lo que mamaron desde la cuna o lo que vieron de cerca aunque no les haya tocado pasarlo personalmente. Lo vuelcan en unos versos y le ponen música. Ellos no crearon nada de lo que luego cantaron mejor o peor, ellos no hicieron ni construyeron esa desgracia, simplemente la cantan. Como, a su manera genial, el gran dramaturgo francés Jean Genet cantó su drama de posguerra. Él, ladrón, presidiario y marginal, contó lo que vivió. Todos se escandalizaron por sus obras, nadie se ruborizó siquiera por haber creado o ayudado a crear un mundo infernal. Esto sigue pasando.
Funcionarios para la antología del ridículo intentan tapar el cielo con las manos. Tom y Jerry son culpables de la violencia; Edipo, un mal ejemplo; la cumbia villera, responsable de la falta de respeto a la autoridad y los desmadres piqueteros. ¿Y la destrucción de la cultura del trabajo, el veneno de la especulación en la mente del pueblo, el cierre masivo de fuentes de producción, el deterioro de la educación? ¡Ah, no sé! ¿Habrá sido culpa del Pato Donald?
¿Qué nos arrastra a veces a los humanos a hacer cosas por imitación, como los monos? ¿Lo normal es lo que hacen los otros? ¿Lo habitual se convierte en obligatorio? ¿Lo aceptado es siempre aceptable?
Yo soy cinéfilo, he visto miles de filmes a lo largo de mi vida. Se supone que tengo criterio y experiencia, y que he formado, después de tantos años de calentar butacas, un gusto personal. ¿Qué me lleva entonces a ir al cine a ver cosas que sé que no son de mi agrado? ¿Qué? La opinión de los otros, de la mayoría de mis amigos, de los críticos que han llenado de adjetivos admirativos a tal o cual producto fílmico, y, ¿por qué no?, la moda. Sí, claro, la moda. “No se puede hablar de lo que no se ha visto”, me dicta mi almita de buen alumno y ¡allá voy! A retorcerme de horror y desesperación ante “Saló y los 120 días de Sodoma”, de Pasolini; a mirar al techo del cine para desviar mi vista de la pantalla donde la sanguinolenta y sádica versión de “La pasión de Cristo” que ha filmado Mel Gibson, que hace las delicias de millones y millones de espectadores en éxtasis religioso y a mí me hace doler cuerpo y alma porque voy a cabecear rendido por el sueño. Y el aburrimiento ante películas iraníes que narran la apasionante búsqueda que efectúa un niño atravesando ciudades desoladas y caminos en mal estado, tras un cuaderno que extravió luego del derrumbe de su casa. Y mi pobre cabeza llena de sentimientos de culpa.
¿Me he vuelto insensible al arte? ¿Soy un tarado pochoclero de shopping? ¿Sólo me divierten los colosos de Hollywood? ¡No! Definitivamente no. Amé la trilogía de “El señor de los anillos”, detesté “La guerra de las galaxias”, morí de placer con “Shrek 1 y 2”, me aburrí con “Hulk” y “El Hombre Araña”, “Troya” me hizo reír en sus partes más trágicas y la previsibilidad de “El día después de mañana” no fue de mi agrado. Me fascinaron “El secreto” y “La ciénaga”, lloré con “El hijo de la novia”, “La vida es bella”, “Luna de Avellaneda” y “Un lugar en el mundo” y pude entrar fácilmente al universo cotidiano de “Mundo grúa” y al intrincado show histórico de “El arca rusa”. ¿Qué más tengo que demostrar? Es mi gusto y ¡chau! Pero, de pronto, se estrena una película coreana casi sin diálogo con fotografía virada al azul cobalto y al verde nilo para los exteriores y al rojo escarlata y al sepia castaño claro para los interiores con sólo dos personajes que se pegan con palos y luego se desnudan y se sientan sobre guías telefónicas de la ciudad de Chicago mientras se oye como música de fondo un bolero mexicano cantado en mandarín y los críticos más temibles deliran de placer, la llenan de elogios y le ponen las máximas calificaciones. Mis viejos amigos, compañeros de aquellos ciclos del cine “Lorraine” en la romántica bohemia de la calle Corrientes de 1956 o 1957, también aplauden y me dicen: “¿No la viste? ¡No puedo creer! Claro, ¡si no te cuentan una anécdota, un cuentito claro y políticamente correcto con bajada de línea incluida, para vos no existe! ¡Qué decadencia, gordo! ¿Te acordás de cuando descubrimos ‘El acorazado Potemkin’ en el cineclub?”. Y yo pienso, y no me animo a contestar: “Sí, claro que me acuerdo. Aquella copia hecha puré de aquella anécdota clarísima, políticamente correcta con bajada de línea incluida filmada como los dioses y de la cual, a pesar de toda la propaganda socialista, a uno se le quedaba grabada la escena del cochecito de bebé rodando por las escalinatas. ¡Sí, claro que me acuerdo!”. Lloré con “Ladrones de bicicletas” y “Umberto D”; me aburrí con Resnais y Godard —pero callé cobardemente—, me maravillé con el Bergman de “Noches de circo” y “Sonrisas de una noche de verano”, aplaudí “Viñas de ira”, no entendí los exagerados elogios a “La diligencia”, defendí a muerte a Torre Nilsson antes las jetas fruncidas que no admitían en el menú preferencial a ningún argentino, quedé sorprendido ante “Rashomon” y se me pusieron los pelos de punta en “Psicosis”.
Los años me hicieron entender la diversidad, admitir el gusto de los otros y no plegarme mansamente a lo que me tiene que interesar.
Ningún hombre usa carterita, yo sí. Me tildé con esa moda en el 70 por imitar a los otros, y ahora si me la quitás, me matás.
Todos tienen celular, yo no... Todos usan internet, yo no. Todos pierden la cabeza por un mundial de fútbol, yo no.
Y no pienso entrar en ninguna moda, que ya hay mucha gente en este mundo que entra en todas las modas y de ninguna sale.
Si coincido con muchos, bien. Si coincido con pocos, bien. Y si no coincido con nadie: ¡mirá cómo tiemblo! Un día de éstos, cuando sea grande, voy a intentar vivir sin imitar a nadie, que para eso están los monos ¡y qué graciosos son!
¡Qué rabietas, qué disgustos, qué frustración, qué sensación de ser un cero a la izquierda y no poder acceder al mundo y sus placeres! Así pensaba yo, sin poder expresarlo de esta manera, cuando tenía cinco o seis años y tenía que acostarme temprano mientras los adultos gozaban del placer de la sobremesa, el programa de radio favorito y la copita de anís o de whisky. Eran tiempos duros: se avecinaba el colegio con sus horarios y deberes. El fatídico reloj despertador iba a sonar a las... ¡seis y media de la mañana! Y me iba a arrancar de las tibias sábanas para arrojarme a la niebla matinal de los crudos inviernos. Llegaban épocas de guardapolvo blanco, polvo de tiza y sólo tres miserables meses de vacaciones. ¡Un horror!
Ese “horror” iba a convertirse en dulce añoranza de tiempos felices cuando llegaran los tormentos de la adolescencia: sentirse incomprendido por un mundo absurdo, estar en la mitad de todo, haber perdido el candor de la niñez y no poder alcanzar todavía los derechos del adulto, granos por doquier, estirones súbitos, modificaciones glandulares, y escuchar la voz de los mayores, entre despectiva y preocupada: “Estás en la edad del pavo”. Picnics de primavera frustrados por la lluvia, las materias espantosas del secundario, franeleos de zaguán y una insatisfacción general con picos de euforia y desencantos afectivos por los cuales el mundo se venía abajo. Estado caótico que pasaría a ser otro dulce recuerdo del divino tesoro que, año tras año, perdíamos sin darnos cuenta.
Llegaban los veinte y los veinte y pico, y entonces el mundo adulto irrumpía con sus obligaciones, definiciones y golpes. Perdíamos a los mayores. La muerte era todavía la muerte de los otros, pero ya aparecía como lo inevitable, lo fatal, lo que algún día —muy lejano— nos iba a pasar. Vocación, carrera, familia, trabajo, jefes, subalternos, amigos y enemigos, matrimonios, convivencias que iban reemplazando la pasión por el compañerismo, el sexo por la caricia y el cuerpito gentil de la pareja por rollos, adiposidades y arruguitas aquí y allá. Pero no importaba. ¡Había tanto para hacer! ¡Venían los hijos, las noches en vela mientras el nene y la nena berreaban con la intensidad sonora de un Pavarotti, pero sin su afinación! ¡Los dientes! ¡Las diarreas y sarampiones! ¡Y ver en sus caras nuestras antiguas broncas por ser chicos y tener que aceptar límites, escuelas y exámenes!
Y, como quien no quiere la cosa, la crisis de los cuarenta, esa sensación ambivalente de sentirse pleno y al mismo tiempo con “el pescado sin vender”. Las únicas palabras esperanzadas te las dicen los de sesenta y pico: “Sos un pichón, todavía. Es la mejor edad, sobre todo hoy en día, con tantos adelantos en la medicina preventiva. Ojalá nosotros, en nuestra época, hubiéramos tenido esas posibilidades”. Y cuando llegan los sesenta y pico, un menú variado de achaques y nanas se precipita sobre cuerpo y alma a pesar de los adelantos de la medicina preventiva. La muerte ya no es sólo la de los otros, y los balances de vida a veces no cierran como uno quisiera. Sin embargo, como Dios aprieta pero no ahorca, llegan los nietos como mensajeros celestiales de aquella niñez que queríamos abandonar rápidamente. Ellos son iguales a nosotros, más iguales que nuestros propios hijos, porque pueden hacer causa común con nosotros, ya vejetes, en lo que significa sentirse marginados e incomprendidos.
Después de los setenta, no sé. Este geronte que escribe sólo llegó a los sesenta y cinco. Pero supongo que todo será más o menos igual que en todas las edades. Si hemos sabido salvar del torrente de las pasiones, las manías, las obsesiones y las neurosis un cachito de ideales, ilusiones y sueños, no será tan difícil recordar lo pasado y vivir lo presente. Siempre y cuando nuestra inteligencia nos haya permitido atesorar no dólares pero sí muchos y verdaderos amigos, parejas, hijos, nietos (propios o ajenos) para que cada brindis de cumpleaños tenga sentido.