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Así es como Tim Kearney consigue convertirse en el legendario

Bobby Z.

Tim Kearney logra convertirse en Bobby Z afilando una placa de matrícula hasta dotarla del filo de una navaja y rajando con ella la garganta de un enorme Ángel del Infierno llamado Stinkdog, matándolo al instante y haciendo que un agente de la DEA llamado Ted Gruzsa se lleve una alegría al instante.

–Así será mucho más fácil convencerlo –dice Gruzsa cuando se entera, en referencia a Kearney, por supuesto, ya que, a esas alturas, ya no es posible convencer de nada a Stinkdog.

Gruzsa tiene razón. La acusación de asesinato no solo convierte a Kearney en triple reincidente, sino que matar a un Ángel del Infierno lo convierte además en hombre muerto en cualquier patio de prisión de California, así que «perpetua sin posibilidad de libertad condicional» supone en realidad «perpetua sin posibilidad de perpetuarse», en cuanto Tim vuelva a formar parte de la población carcelaria.

No es que Tim quisiera matar a Stinkdog.No quería.Pero Stinkdog lo abordó en el patio y le dijo que se uniera a la Hermandad Aria «o si no, verás», y Tim contestó «pues verás», y entonces fue cuando comprendió que lo mejor era afilar aquella placa de matrícula hasta dotarla de un filo quirúrgico.

El Departamento de Prisiones de California no está precisamente entusiasmado, si bien algunos de sus funcionarios admiten tener sentimientos encontrados en lo referente al fallecimiento de

Stinkdog. Lo que les cabrea es que Tim utilizara su presunta herramienta de rehabilitación (fabricar placas de matrícula es un trabajo honrado) para cometer un asesinato con premeditación en la prisión de San Quintín.

–No fue asesinato –le dice Tim a su abogado de oficio–. Fue en defensa propia.

–Te acercaste a él en el patio, con una placa de matrícula afilada oculta en la sudadera, y le rebanaste el pescuezo –le recuerda el letrado–. Fue planeado.

–Con sumo cuidado –admite Tim.

Stinkdog le sacaba unos veinticinco centímetros y sesenta kilos. Cuando estaba vivo al menos, porque muerto en una camilla era muchísimo más bajo que él. Y mucho más lento.

–Eso lo convierte en asesinato –dice el abogado.
–Defensa propia –insiste Tim.

No espera que el joven abogado o el sistema judicial capten la sutil diferencia entre un ataque preventivo y un asesinato premeditado. Pero Stinkdog le había planteado una disyuntiva: unirse a la Hermandad Aria o morir. Tim no deseaba ninguna de esas dos cosas, así que su única opción era llevar a cabo un ataque preventivo.

–Los israelíes lo hacen todo el rato –le explica Tim al abogado. –Son un país –contesta el abogado–.Tú eres un delincuente profesional.

Muy profesional no es: tres condenas juveniles por robo con escalo, una corta estancia en el Tutelar de Menores de California, una temporada en los marines sugerida por el tribunal, finalizada con licenciamiento deshonroso, un robo que termina en Chino, y después la movida que el anterior abogado de oficio de Tim calificó como «la rehostia».

–Esto es la rehostia –dijo el anterior abogado de Tim–. Quiero asegurarme de que lo he entendido bien, porque no quiero dejarme ni un detalle cuando le saque partido a esta historia durante los próximos tres años.Tu colega te recoge en Chino y, camino de casa, asaltáis un Gas n’ Grub.

Mi colega, pensó Tim. El capullo de Wayne LaPerriere.

–Fue él quien asaltó el Gas n’ Grub –contestó–.A mí me dijo que esperara en el coche mientras entraba a comprar cigarrillos.

–Dijo que tú llevabas la pistola.
–Él llevaba la pistola.
–Sí, pero llegó a un acuerdo con la fiscalía antes que tú –replicó el abogado–, así que, a efectos prácticos, tú llevabas la pistola.

El juicio fue un chiste.Un cachondeo.Sobre todo cuando prestó declaración el dependiente nocturno paquistaní.

–¿Qué le dijo el acusado cuando sacó la pistola? –le preguntó el fiscal del distrito.

–¿Exactamente?
–Exactamente.
–¿Con las palabras exactas?
–Por favor.
–Dijo: «No muevas ni un pelo, esto es una cagada».

El jurado rió, el juez rió, hasta Tim tuvo que admitir que era muy divertido. Fue tan cómico que le valió a Tim entre ocho y doce años en San Quintín, con Stinkdog de vecino.Y una condena por asesinato.

–¿No puedes negociar una reducción de condena? –le pregunta a este abogado de oficio–. ¿Tal vez un tercer grado?

–Tim,aunque pudiera reducir los cargos a los de mearte en una cabina telefónica, todavía te enfrentarías a una sentencia a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional –contesta el abogado–. Eres un triple reincidente. Menudo carrerón.

El objetivo de toda una vida cumplido, piensa Tim.Y solo tengo veintisiete años.

Ahí es donde entra Tad Gruzsa.

Un día Tim está leyendo un cómic de Lobezno cuando los guardias lo sacan de la celda donde lo tienen incomunicado, lo meten en una furgoneta negra con los cristales tintados, lo llevan a un garaje subterráneo, y después lo suben en ascensor hasta una habitación sin ventanas, donde lo esposan a una silla de plástico barata.

Una silla azul.

Tim lleva ahí sentado una media hora cuando entra un hombre achaparrado y musculoso con cabeza alargada, seguido de un hispano alto y delgado con la cara picada.

Al principio Tim cree que el hombre achaparrado es calvo,pero en realidad lleva el pelo cortado al cero.Tiene unos gélidos ojos azules, viste un traje azul de mala calidad y sonríe con aire de suficiencia; mira a Tim como si fuera basura y después le dice al otro:

–Creo que es este.
–El parecido es innegable –admite el frijolero.

Dicho esto, el tipo achaparrado se sienta al lado de Tim. Sonríe,después levanta una enorme mano cerrada y lo golpea con fuerza en la oreja. El dolor es increíble y Tim casi se cae, pero consigue mantener el culo pegado a la silla. Lo cual es una pequeña victoria, aunque sabe que una pequeña victoria es lo máximo que va a obtener.

–Llevas un buen carrerón –dice Tad Gruzsa cuando Tim vuelve a incorporarse en la silla.

–Gracias.
–Y también eres un cabrón muerto en cuanto vuelvas al patio –añade Gruzsa–. ¿No es un cabrón muerto, Jorge?

–Es un cabrón muerto –corea Jorge Escobar con una sonrisa. –Soy un cabrón muerto –sonríe Tim.
–Vale, todos estamos de acuerdo en que eres un cabrón muerto –dice Gruzsa–.Ahora la pregunta es: ¿qué vas a hacer al respecto, si es que piensas hacer algo?

–No voy a chivarme de nadie –contesta Tim.

A menos que sea de LaPerriere; solo tenéis que decirme dónde firmar.

–Mataste a un tipo, Kearney –prosigue Gruzsa.

Tim se encoge de hombros. Mató a un montón de tipos en el Golfo y a nadie pareció importarle demasiado.

–No queremos que te chives de nadie –explica Gruzsa–. Solo queremos que seas alguien.

–Mi madre también –dice Tim.

Esta vez Gruzsa le pega con la mano izquierda.

Para demostrar que es versátil, piensa Tim.
–Solo una temporada –dice Escobar–. Después te largas. –Con viento fresco –añade Gruzsa.

Tim no sabe de qué coño están hablando, pero la parte de «con viento fresco» suena interesante.

–¿De qué estáis hablando? –pregunta.

Gruzsa arroja sobre la mesa una carpeta delgada de papel manila.

Tim la abre y ve la foto de un hombre de cara estrecha, bronceado y guapo, con el largo pelo negro recogido en una coleta.

–Se parece un poco a mí –observa Tim.
–Ya –dice Gruzsa.

Le está vacilando, pero a Tim le da igual. Cuando eres un reincidente triple, la gente te vacila y así es como va la cosa.

–Intenta prestar atención, imbécil –continúa Gruzsa–. Lo que vas a hacer es fingir que eres una determinada persona y después podrás abrirte.Todo el mundo creerá que los Ángeles te hicieron picadillo en el patio. Consigues una nueva identidad y el plan funciona.

–¿Qué «determinada persona»? –pregunta Tim.

Cree ver cómo los ojos de Gruzsa centellean como los de un viejo presidiario al ver carne fresca en el patio.

–Bobby Z –contesta Gruzsa. –¿Quién es Bobby Z? –pregunta Tim.

2

–¿Nunca has oído hablar de Bobby Z? –pregunta Escobar.

Le mira boquiabierto, como si no pudiera dar crédito.
–Ya ves, eres tan burro que ni siquiera has oído hablar de Bobby Z –dice Gruzsa.

–Bobby Z es una leyenda –afirma Escobar con orgullo.

Le cuentan la leyenda de Bobby Z.

Robert James Zacharias creció en Laguna Beach, y como casi todos los demás críos de Laguna Beach era muy guay. Tuvo un monopatín, después una tabla de bodyboard, después una tabla larga, y cuando estaba en segundo año de instituto en el muy apropiadamente llamado Laguna High, era un surfero consumado y un traficante de drogas más consumado todavía.

Bobby Z era capaz de leer el agua como si fuera un libro abierto. Sabía si las olas llegaban en grupos de tres o cuatro, sabía cuándo iban a alcanzar la cresta, si romperían a la derecha o a la izquierda, las diversas formas que adoptarían, A-frame, backwash o tubo, y fue esa intuición la que lo convirtió en un joven y prometedor surfero en el circuito, así como en un empresario de éxito.

Bobby Z ni siquiera se había sacado el carnet de conducir y ya era una leyenda.Parte de la leyenda se debía a que había ido en autoestop a comprar su primera partida grande de marihuana y había regresado también en autoestop, allí plantado en la carretera del Pacífico con el pulgar en alto y dos bolsas de gimnasia Nike llenas de Maui Wowie1 a sus pies.

1. Marihuana procedente de Hawai. (N. del T.)

–Bobby Z es puro hielo –entona One Way, un pirado que vive en la playa pública de Laguna, autoproclamado Homero del Ulises de Bobby.

«One Way» es una abreviatura de «One-Way Trip», viaje sin retorno, y la historia es que One Way se pegó un viaje con seis cuadraditos impregnados en ácido del que nunca más volvió. Desde entonces deambula por las calles de Laguna molestando a los turistas con sus interminables soliloquios tipo monólogo interior sobre la leyenda de Bobby Z.

–Esas flacuchas muñecas rusas podrían patinar sobre Bobby Z –diría One Way en su mejor estilo–. Él es así de frío. Bobby Z es la Antártida, salvo que ningún pingüino se le caga encima. Es prístino. Plácido. Nada preocupa a Bobby Z.

La leyenda continúa afirmando que Bobby Z convirtió los beneficios de aquellas dos bolsas Nike en cuatro bolsas Nike más, después en dieciséis, después en treinta y dos, y para entonces ya le había dado dinero a un lacayo adulto para que le comprara un Mustang del 66 clásico y le paseara por ahí.

Otros chicos están preocupados por la universidad a la que irán mientras Z piensa que le den por culo a la universidad, porque ya está ganando más que si hubiese hecho un máster en gestión de empresas, y acaba de empezar cuando Washington declara la guerra contra las drogas, lo cual supone una gran ventaja para él, porque eso no solo mantiene los precios al alza, sino que mete en la cárcel a esa pandilla de semiprofesionales incompetentes que de no ser así le harían la competencia.

Y a Z se le ocurre pronto, incluso antes de saltarse su ceremonia de graduación, que le den por culo al por menor. Ser minorista es como apoyarte en tu coche y repartir la pasta. Lo realmente bueno es el por mayor: proveer al proveedor que provee al proveedor. Alcanzar ese nivel y convertirte en invisible, organizar el flujo ordenado del producto y del dinero, sin poner jamás tu culo en peligro. El negocio ha de funcionar así, y Z es un genio de la gestión y lo ha comprendido.

Bobby Z lo ha comprendido.

–No como tú, retrasado –le dice Gruzsa a Tim–. ¿Sabes cómo pasó Bobby Z la noche de su ceremonia de graduación en el instituto? Alquiló una suite, una suite, en el Ritz-Carlton de Laguna Niguel, e invitó a sus amigos a pasar allí el fin de semana.

Tim recuerda cómo pasó él la noche de su graduación. Para empezar, ni siquiera se graduó. Mientras la mayoría de sus compañeros de clase estaban en la fiesta, él, un amiguete y dos chicas perdedoras aparcaron en un Charger junto al centro de reciclaje de Thousand Palms, con algunos packs de seis cervezas y marihuana de poca calidad. Ni siquiera echó un polvo: la chica vomitó en su regazo y luego perdió el conocimiento.

–Eres burro de nacimiento –añade Gruzsa.
¿Qué puedo decir?, piensa Tim. Es verdad.

Tim se crió, o lo intentó, en la cutre ciudad de Desert Hot Springs, California, justo al otro lado de la interestatal 10, frente a la ciudad turística de Palm Springs, donde vivían los ricos. Los habitantes de Desert Hot Springs fregaban retretes en Palm Springs, lavaban platos y acarreaban bolsas de golf, y eran sobre todo mexicanos, salvo algunos borrachuzos blancos, como Tim Kearney padre, quien, en sus raras visitas a casa, le daba a Tim unas palizas de muerte con el cinturón, al tiempo que señalaba las luces de Palm Springs y aullaba: «¿Lo ves? ¡Ahí está el dinero!».

Tim creyó haber captado el mensaje, de modo que a los catorce años ya estaba forzando aquellas casas de Palm Springs donde estaba el dinero, afanando televisores, aparatos de vídeo, cámaras, dinero en metálico y joyas, y disparando alarmas silenciosas.

En su primer juicio por robo con escalo,siendo menor de edad, el juez de familia le preguntó si tenía algún problema con la bebida, y Tim, que no era estúpido pese a ser un desastre monumental, era capaz de reconocer una vía de escape cuando se la ofrecían, de modo que soltó unas lagrimitas de cocodrilo y dijo que se temía que era un alcohólico.Así que le dieron la condicional, fue a algunas reuniones de Alcohólicos Anónimos y recibió una paliza de su padre, en lugar de acabar en el Tutelar de Menores y recibir una paliza de su padre.

Tim fue a las reuniones, y, por supuesto, el juez estaba presente;le sonreía como si fuera su hijo o algo por el estilo,de modo que el hombre se irritó un poco cuando Tim apareció ante él en su segundo juicio por robo con escalo, que incluía, aparte de los habituales televisores, aparatos de vídeo, cámaras, dinero en metálico y joyas, casi todo el contenido del bien aprovisionado mueble bar de la víctima.

Pero el juez superó su sentimiento de haber sido traicionado y envió al joven Tim a un centro de rehabilitación cercano. Pasó un mes haciendo terapia de grupo, aprendió a desplomarse en brazos de alguien y, por lo tanto, a confiar en dicha persona, y todo sobre los elementos positivos y negativos de su carácter, así como diversas «habilidades útiles para la vida».

La asistenta social del centro de rehabilitación le preguntó a Tim si creía que tenía una «baja autoestima», y él se apresuró a responder que sí.

–¿Por qué crees que tienes una baja autoestima? –prosiguió ella con amabilidad.

–Porque sigo forzando casas… –contestó Tim.
–Estoy de acuerdo.
–… y siendo detenido.

Así que la asistenta social redobló sus esfuerzos con él.

Tim casi había finalizado el programa cuando tuvo un pequeño desliz: robó la caja donde guardaban el dinero del centro y se fue a comprar una buena hierba.

–¿Sabes cuál es tu verdadero problema? –fue la pregunta retórica de la asistenta social.

Tim dijo que no.
–Tienes un problema con el control de los impulsos. Careces de él.

Pero esa vez el juez sí se cabreó y masculló entre dientes algo acerca del «amor correctivo», y envió a Tom a Chino.

Allí cumplió su condena y aprendió un montón de habilidades útiles para la vida. Llevaba un mes en libertad cuando las luces de Palm Springs volvieron a hacerle guiños. Esa vez fue a por joyas, y casi había salido de la casa con el botín cuando tropezó con un aspersor, se hizo un esguince en el tobillo y los de WestTech Security lo detuvieron.

–Solo tú la podías cagar con el agua de un jardín en mitad del puto desierto –dijo su padre.

Entonces el viejo se quitó el cinturón, pero Tim había aprendido un montón de habilidades útiles para la vida en Chino,y al cabo de un par de segundos el viejo estaba cayendo de espaldas al suelo sin que hubiera nadie cerca para impedirlo.

De modo que Tim se preparó para volver a Chino, pero esa vez le tocó un juez diferente.

–¿Cuál es su historia? –le preguntó este.
–El problema es que carezco de control de los impulsos.

El juez se mostró en desacuerdo.
–Su problema es que no para de entrar en casas ajenas. –Entrar no supone ningún problema –respondió Tim–. Lo complicado es salir.

El juez pensó que Tim era tan listillo que, quizá, en lugar de aprender cosas nuevas en Chino, debería convertirse en «oficial y caballero».

–No pasarás ni de la instrucción básica –le dijo su padre–. Eres demasiado nenaza.

Tim opinaba lo mismo.Tenía un problema para completar las cosas (el instituto, el centro de rehabilitación, los robos), y supuso que con los marines le pasaría lo mismo.

Pero no.

A Tim le gustó el Cuerpo.Hasta le gustó el entrenamiento básico. –Es sencillo –les dijo a sus incrédulos compañeros de cuartel–. Haces tu trabajo y no se meten demasiado contigo. Al contrario que en la vida real.

Además, eso lo sacó de Desert Hot Springs. Lo sacó de aquella ciudad de mierda y del puto desierto. En Camp Pendleton,Tim se despertaba y veía el mar cada mañana, lo cual era muy guay, pues hacía que se sintiera como uno de aquellos californianos guays y enrollados que viven junto al mar.

De manera que sobrevivió. Sobrevivió a todo su servicio obligatorio y luego se reenganchó. Consiguió su certificado de educación secundaria, los galones de cabo y un destino en la Desert Warfare School, en Twentynine Palms, a unos setenta y cinco kilómetros de su querida ciudad natal de Desert Hot Springs.

Por supuesto, pensó Tim. Otra vez de vuelta en el puto desierto.Y se planteó desertar, pero luego se dijo qué coño, es solo un destino.Y confió en que quizá una próxima vez le tocara Hawai.

Entonces Saddam Hussein invadió Kuwait con el único fin de joder a Tim, y este fue embarcado con destino a Arabia Saudí, que era como el desierto pero a lo bestia.

–No puedo creer que fueras marine –dice Gruzsa.
Semper fido –contesta él.

Gruzsa ya lo sabe, por supuesto (Tim sabe que lo sabe, mierda, su expediente está encima de la mesa),lo sabe todo sobre su carrera en el Cuerpo de Marines.

Es algo que Gruzsa no acaba de comprender, porque no encaja.Tenemos al típico inútil, más tonto que un arado, incapaz hasta de robar en una casa sin que lo pillen, y el tipo va y se gana una Navy Cross en el Golfo.

En la batalla de Khajfi,antes del gran ataque estadounidense.Una división blindada iraquí atraviesa de noche la frontera saudí,y la unidad de reconocimiento de Tim es lo único que se interpone en su camino. Una unidad abandonada a su suerte, y que es arrollada.

El cabo Tim Kearney saca a cuatro marines heridos de debajo de los tanques iraquíes.La mención dice que iba corriendo de un lado a otro en la noche del desierto como si fuera John Wayne, disparando, lanzando granadas y poniendo a salvo a sus compañeros.

Y luego contraataca.

Carga contra los tanques.

Una cuadrilla de demolición de un solo hombre, dice un testigo. No gana, por supuesto, pero destruye un par de tanques y su unidad continúa intacta cuando la caballería llega por la mañana.

Kearney consigue la Navy Cross, seguida de (en el mejor estilo de Kearney) un licenciamiento deshonroso.