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Índice

Nota explicativa

En la que reconocemos haber mentido en nuestro anterior libro

Introducción: metiendo lo friki en la economía

Donde se hace caso omiso del desmoronamiento económico mundial, en favor de temas más interesantes

Los peligros de caminar borracho ... El improbable salvador de las mujeres indias ... Ahogándose en estiércol de caballo ... Pero, bueno, ¿qué es la «freakonomía»? ... Tiburones sin dientes y elefantes sedientos de sangre ... Cosas que siempre creyó que sabía, pero que no sabía.

1. ¿En qué se parece una prostituta de la calle a un Santa Claus de unos grandes almacenes?

Donde examinamos las diversas desventajas de ser mujer

Presentamos a LaSheena, prostituta a tiempo parcial ... Un millón de «brujas» muertas ... Las muchas maneras en que las mujeres son castigadas por haber nacido mujeres ... Hasta las mujeres de Harvard pagan el precio ... El Título IX crea empleos para mujeres; los hombres se los quedan... Una de cada cincuenta mujeres es prostituta ... El próspero comercio sexual en el viejo Chicago ... Un estudio como ningún otro ... La disminución de la paga de la prostituta ... ¿Por qué se ha vuelto tan barato el sexo oral? ... Chulos frente a agentes de la propiedad ... Por qué a los polis les gustan las putas ... ¿Qué ha sido de todas las maestras de escuela? ... ¿Cuál es la verdadera causa de la diferencia de salarios entre hombres y mujeres? ... ¿Les gusta el dinero a los hombres como los niños a las mujeres? ... ¿Puede un cambio de sexo hacer subir tu salario? ... Presentamos a Allie, la prostituta feliz. ¿Por qué no hay más mujeres como ella?

2. ¿Por qué los terroristas suicidas deberían contratar un seguro de vida?

Donde comentamos aspectos atractivos de la vida y la muerte, pero sobre todo de la muerte.

El peor mes para tener un hijo ... La ruleta de la natalidad afecta también a los caballos ... Por qué Albert Aab eclipsará a Albert Zyzmor ... El abultamiento de las fechas de nacimiento ... ¿De dónde viene el talento? ... Algunas familias producen jugadores de béisbol; otras, terroristas ... ¿Por qué el terrorismo es tan barato y tan fácil? ... El goteo de efectos secundarios del 11 de septiembre ... El hombre que arregla hospitales ... Por qué las nuevas salas de urgencias están ya obsoletas ... ¿Cómo se puede distinguir un buen médico de uno malo? ... «Mordido por un cliente en el trabajo» ... Por qué quiere que su médico de urgencias sea una mujer ... Diversas maneras de posponer la muerte ... ¿Por qué se utiliza tanto la quimioterapia, si casi nunca funciona? ... «El cáncer nos sigue pateando el culo» ... ¿Es la guerra menos peligrosa de lo que creemos? ... Cómo atrapar a un terrorista.

3. Historias increíbles de apatía y altruismo

Donde se revela que la gente no es tan buena como creíamos antes, pero tampoco es tan mala.

¿Por qué 38 personas presenciaron el asesinato de Kitty Genovese? ... Con vecinos como estos ... ¿Qué ocasionó el auge de criminalidad de los años sesenta? ... Cómo la ACLU fomenta el delito ... Déjeselo a Beaver: no tan inocente como creía ... Las raíces del altruismo, puro e impuro ... ¿Quién visita las residencias de ancianos? ... Desastres naturales y días de pocas noticias ... Los economistas hacen como Galileo y se meten en el laboratorio ... La brillante sencillez del juego del Dictador ... ¡Qué generosa es la gente! ... Gracias a Dios que hay «motodonantes» ... El gran experimento iraní de los riñones ... De conducir un camión a la torre de marfil ... ¿Por qué la gente de verdad no se comporta como la del laboratorio? ... La cochina verdad acerca del altruismo ... Los espantapájaros también asustan a las personas ... Nueva visita a Kitty Genovese.

4. La cosa tiene arreglo… y es fácil y barato

Donde se resuelven de maneras sorprendentes problemas aparentemente insolubles

Los peligros del parto ... Ignatz Semmelweis al rescate ... Cómo la Ley de Especies en Peligro puso en peligro a las especies ... Maneras creativas de pagar por tu basura ... Acaparamiento de fórceps ... La hambruna que no fue tal ... Trescientas mil ballenas muertas ... Los misterios de la polio ... ¿Qué impidió de verdad su ataque al corazón? ... El coche asesino ... La extraña historia de Robert McNamara ... Tiremos unos cuantos cráneos escaleras abajo ... Vivan los cinturones de seguridad ... ¿Qué tiene de malo viajar de copiloto? ... ¿Son buenos los asientos para niños de los coches? ... Los muñecos de pruebas de choque no mienten ... Por qué los huracanes matan, y qué se puede hacer al respecto.

5. ¿Qué tienen en común Al Gore y el monte Pinatubo?

Donde echamos una mirada fresca y atenta al calenta- miento global.

¡Fundamos el casquete polar! ... ¿Qué es peor, los escapes de los coches o los pedos de las vacas? ... Si amas la Tierra, come más canguro ... Todo es cuestión de externalidades negativas ... La barra antirrobo contra el LoJack ... El monte Pinatubo enseña una lección ... Los caballeros asquerosamente listos y algo retorcidos de Intellectual Ventures ... Asesinos de mosquitos ... «Señor, soy científico de todas las clases» ... Una sinceridad incómoda ... Lo que les falta a los modelos climáticos ... ¿Es el dióxido de carbono un falso villano? ... «Volcanes culogordos» y cambio climático ... Cómo enfriar la Tierra ... La «manguera al cielo» ... Razones para odiar la geoingeniería ... Saltando la barrera de la repugnancia ... «Espejos mojados» y la solución de la nube algodonosa ... Por qué es tan difícil cambiar de conducta ... Manos sucias y médicos mortíferos ... La caída de los prepucios.

Epílogo: Los monos también son personas

Donde se revela que... demonios, tienen que leerlo para creerlo.

Agradecimientos

Notas

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Nota explicativa

Ha llegado el momento de reconocer que en nuestro primer libro mentimos. Dos veces.

La primera mentira aparecía en la introducción, donde escribimos que el libro no tenía un «tema unificador». Lo que sucedió fue esto: nuestra casa editorial —buena gente, gente lista— leyó el primer borrador de nuestro libro y lanzó un grito de alarma: «¡Este libro no tiene un tema unificador!». Por el contrario, el manuscrito era un montón de historias elegidas al azar sobre profesores que hacían trampas, agentes inmobiliarios que se vendían a sí mismos, y niños de mamá que vendían crack. No había una elegante base teórica sobre la que amontonar estas historias para que, milagrosamente, el todo fuera mayor que la suma de sus partes.

La alarma de nuestros editores aumentó cuando propusimos un título para aquel revoltillo de libro: Freakonomics. Incluso por teléfono se podía oír el sonido de las palmas golpeando frentes: ¡Este par de payasos acaban de entregar un manuscrito sin tema unificador y con un título inventado y absurdo!

Como era de esperar, se nos sugirió que en el libro publicado reconociéramos desde un principio, en la introducción, que no teníamos tema unificador. Y así, con el fin de mantener la paz (y de que nuestro libro avanzara), eso fue lo que hicimos.

Pero la verdad es que el libro sí que tenía un tema unificador, aunque en aquel momento no resultara obvio, ni siquiera para nosotros. Bajo presión, se podía reducir a seis palabras: la gente responde a los incentivos. Si querías ser más expansivo, podías decir esto: La gente responde a los incentivos, aunque no necesariamente de maneras predecibles o evidentes. Por lo tanto, una de las leyes más poderosas del universo es la ley de las consecuencias no intencionadas. Esto se aplica a los maestros de escuela, a los agentes inmobiliarios y a los traficantes de crack, así como a las madres con grandes expectativas, los luchadores de sumo, los vendedores de bollos y el Ku Klux Klan.

Mientras tanto, la cuestión del título del libro seguía sin resolverse. Después de varios meses y decenas de sugerencias, entre ellas Sabiduría no convencional (¿ein?), No es necesariamente así (bah) y Visión de rayos E (ni me hablen), nuestros editores decidieron por fin que tal vez Freakonomics no fuera tan malo después de todo… o más bien, que era tan malo que hasta podría ser bueno.

O tal vez estaban simplemente agotados.

La introducción prometía que el libro exploraría «el lado oculto de todas las cosas». Esta era nuestra segunda mentira. Estábamos seguros de que la gente razonable vería esta frase como una hipérbole intencionada. Pero algunos lectores se lo tomaron al pie de la letra, y se quejaron de que nuestras historias, una colección bastante variopinta, no abarcaban en realidad «todas las cosas». Y así, aunque la introducción no pretendía ser una mentira, resultó serlo. Pedimos perdón.

No obstante, nuestro fallo, al no incluir «todas las cosas» en el primer libro, tuvo una consecuencia no intencionada: generó la necesidad de un segundo libro. Pero que quede bien claro que el conjunto de este segundo libro y el primero todavía no abarca literalmente «todas las cosas».

Nosotros dos llevamos varios años colaborando. Empezó cuando uno de nosotros (Dubner, escritor y periodista) escribió un artículo en una revista acerca del otro (Levitt, economista académico). Adversarios al principio, aunque civilizados, unimos nuestras fuerzas cuando varias editoriales empezaron a ofrecer jugosas sumas de dinero por un libro. (Recuerden: la gente responde a los incentivos; y a pesar de la extendida creencia, los economistas y los periodistas también son personas.)

Discutimos cómo se debería repartir el dinero. Casi inmediatamente llegamos a un callejón sin salida, porque los dos insistíamos en un reparto 60-40. Cuando nos dimos cuenta de que cada uno pensaba que el otro debía llevarse un 60 por ciento, supimos que teníamos una buena sociedad. Así que quedamos de acuerdo en ir a medias y nos pusimos a trabajar.

No sentimos mucha presión al escribir aquel primer libro porque, sinceramente, pensábamos que lo leería muy poca gente. (El padre de Levitt estaba de acuerdo y dijo que era inmoral aceptar un solo céntimo por adelantado.) Estas bajas expectativas nos dejaron libres para escribir acerca de cualquier cosa que nos pareciera que merecía la pena. Así que lo pasamos muy bien.

Nos sorprendió y emocionó que el libro fuera un éxito. A pesar de lo provechoso que habría sido cocinar rápidamente una continuación —por ejemplo, Freakonomía para tontos o Sopa de pollo para el alma freakonómica—, preferimos esperar hasta que hubiéramos reunido tanta información que fuera inevitable escribirlo todo. Y aquí estamos por fin, más de cuatro años después, con un segundo libro que creemos que es mucho mejor que el primero. Por supuesto, son ustedes, y no nosotros, quienes deciden si eso es verdad… o si es tan malo como algunos temían que fuera nuestro primer libro.

Por lo menos, nuestros editores se han resignado a nuestro irreductible mal gusto. Cuando propusimos que este nuevo libro se titulara Superfreakonomics, ni siquiera pestañearon.

Si este libro tiene algo de bueno, también se lo debe a ustedes. Una de las ventajas de escribir libros en una época de comunicaciones tan fáciles y baratas es que los autores oyen directamente la opinión de sus lectores, alto y claro y en gran número. Una buena retroalimentación es difícil de obtener, y su valor es incalculable. No solo recibimos opiniones sobre lo que ya habíamos escrito, sino también muchas sugerencias de futuros temas. Algunos de los que nos enviaron correos electrónicos verán sus pensamientos reflejados en este libro. Muchas gracias.

El éxito de Freakonomics tuvo un subproducto particularmente extraño: nos invitaban con frecuencia, juntos o por separado, a dar conferencias a toda clase de públicos. Muchas veces nos presentaban como el mismo tipo de «expertos» de los que en Freakonomics les advertíamos que deberían cuidarse: gente que posee una ventaja informativa y tiene un incentivo para explotarla. (Hicimos todo lo posible por desengañar al público de la idea de que fuéramos expertos en algo.)

Aquellos encuentros también proporcionaron material para futuros escritos. Durante una conferencia en la UCLA, uno de nosotros (Dubner) habló de que la gente se lava las manos después de usar el cuarto de baño mucho menos de lo que dice. Al terminar, un caballero se acercó al estrado, ofreció la mano y dijo que era urólogo. A pesar de esta presentación tan poco sugerente, el urólogo tenía una fascinante historia que contar acerca de negligencias en la higiene manual en ambientes de alto riesgo —el hospital en el que él trabajaba— y los incentivos creativos que el hospital empleaba para superar tales negligencias. Encontrarán esa historia en este libro, además de la historia de otro médico de otra época que también luchó contra la falta de higiene manual.

En otra conferencia, ante un grupo de capitalistas especuladores, Levitt comentó unas investigaciones que estaba haciendo con Sudhir Venkatesh, el sociólogo cuyas aventuras con una banda de traficantes de crack aparecían en Freakonomics. La nueva investigación tenía como tema las actividades hora a hora de las prostitutas callejeras de Chicago. Resultó que uno de los especuladores (le llamaremos John) tenía después una cita con una prostituta de 300 dólares la hora (que responde al nombre de Allie). Cuando John llegó al piso de Allie, vio un ejemplar de Freakonomía en la mesita de café.

—¿De dónde has sacado eso? —preguntó John.

Allie dijo que se lo había enviado una amiga que era también «del oficio».

Con la intención de impresionar a Allie —parece que el instinto masculino de impresionar a la hembra es fuerte incluso cuando el sexo se ha comprado y pagado ya—, John dijo que aquel mismo día había asistido a una conferencia de uno de los autores del libro. Como si aquello no fuera suficiente coincidencia, Levitt había dicho que estaba haciendo una investigación sobre la prostitución.

Pocos días después, llegó este correo electrónico a la bandeja de entrada de Levitt:

He oído a un conocido común decir que está usted trabajando en un reportaje sobre la economía de la prostitución. ¿Es cierto? Como no estoy muy segura de si se trata de un proyecto serio o si mi informante me estaba tomando el pelo, he pensado darme a conocer y hacerle saber que me encantaría poder ayudarle.

Gracias, Allie

Quedaba una complicación: Levitt tuvo que explicarles a su mujer y a sus cuatro hijos que no estaría en casa el próximo sábado por la mañana porque iba a almorzar con una prostituta. Era importantísimo, argumentó, encontrarse con ella en persona para medir con exactitud la forma de su curva de demanda. Por lo visto, se lo creyeron.

Y así, también leerán sobre Allie en este libro.

La cadena de acontecimientos que condujeron a su inclusión se podría atribuir a lo que los economistas llaman ventaja acumulativa. Es decir, la popularidad de nuestro primer libro generó una serie de ventajas al escribir un segundo libro, de las que no habría gozado un autor diferente. Nuestra mayor esperanza es que le hayamos sacado el debido partido a esta ventaja.

Por último, al escribir este libro hemos procurado utilizar al mínimo la jerga económica, que puede resultar abstrusa y difícil de recordar. Así que en lugar de pensar en el caso Allie como un ejemplo de ventaja acumulativa, llamémoslo simplemente… freaky o, mejor aún, friki.

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Introducción

Metiendo lo friki en la economía

Muchas decisiones de la vida son difíciles. ¿Qué tipo de carrera debe uno seguir? ¿Es preciso meter a tu achacosa madre en una residencia? Tu pareja y tú tenéis ya dos niños; ¿deberíais tener un tercero?

Estas decisiones son difíciles por varias razones. Para empezar, los riesgos son altos. Hay también mucha incertidumbre. Y por encima de todo, las decisiones como estas son poco frecuentes, y esto significa que uno no tiene mucha práctica en tomarlas. Probablemente se te da muy bien comprar comestibles, ya que lo haces a menudo, pero comprar tu primera casa es algo muy diferente.

Algunas decisiones, en cambio, son fáciles, facilísimas.

Imagine que ha ido a una fiesta en casa de un amigo. Vive a solo un kilómetro y medio de distancia. Se lo ha pasado muy bien, tal vez porque ha bebido cuatro copas de vino. La fiesta ya está terminando. Mientras vacía su última copa, saca las llaves de su coche. Y de pronto llega a la conclusión de que no es buena idea: no está en condiciones de volver a casa conduciendo.

Durante las últimas décadas se nos ha instruido rigurosamente acerca de los peligros de conducir bajo los efectos del alcohol. Un conductor borracho tiene trece veces más probabilidades de causar un accidente que uno sobrio. Y, sin embargo, mucha gente sigue conduciendo borracha. En Estados Unidos, en más del 30 por ciento de los accidentes fatales ha intervenido por lo menos un conductor que había estado bebiendo. A altas horas de la noche, cuando el consumo de alcohol es mayor, el porcentaje sube a casi el 60 por ciento. En general, alguien conduce borracho uno de cada 140 kilómetros, 33.000 millones de kilómetros al año.

¿Por qué tanta gente se pone al volante después de haber bebido? Puede que sea porque —y esta podría ser la estadística más desemborrachante— a los conductores bebidos casi nunca los pillan. Solo se da una detención por cada 43.000 kilómetros recorridos conduciendo borracho. Esto significa que podría conducir campo a través, ida y vuelta, y después otras tres idas y otras tres vueltas, bebiendo cerveza todo el tiempo, antes de que le hagan parar. Como sucede con casi todas las malas conductas, probablemente la de conducir borracho se podría erradicar si se instituyera un incentivo lo bastante fuerte: controles de carretera al azar, por ejemplo, en los que se ejecutara al instante a los conductores borrachos. Pero lo más probable es que nuestra sociedad no tenga estómago para eso.

Mientras tanto, volviendo a la fiesta de su amigo, ha tomado la que parece la decisión más fácil de la historia: en lugar de volver a casa conduciendo, va a volver andando. Al fin y al cabo, es solo un kilómetro y medio. Busca a su amigo, le da las gracias por la fiesta y le cuenta el plan. Él aplaude su buen juicio de todo corazón.

Pero ¿debería hacerlo? Todos sabemos que conducir borracho es sumamente peligroso, pero ¿qué me dice de caminar borracho? ¿Es tan fácil esta decisión?

Veamos algunas cifras. Cada año, más de mil peatones borrachos mueren en accidentes de tráfico. Se bajan de las aceras en las calles de las ciudades; se tumban a descansar en carreteras rurales; se lanzan como locos a cruzar autovías muy transitadas. Comparado con el número total de personas que mueren cada año en accidentes de tráfico relacionados con el alcohol —unas 13.000—, el número de peatones borrachos muertos es relativamente pequeño. Pero cuando decides si vas a andar o a conducir, lo que cuenta no es el número total. La pregunta relevante es esta: en relación con los kilómetros recorridos, ¿es más peligroso conducir borracho o caminar borracho?

El norteamericano medio anda unos 800 metros al día fuera de su casa o de su lugar de trabajo. Hay unos 237 millones de norteamericanos mayores de dieciséis años; contándolos a todos, la gente en edad de conducir camina cada año unos 69.000 millones de kilómetros. Si suponemos que uno de cada 140 de esos kilómetros se anda borracho —la misma proporción de kilómetros que se conducen habiendo bebido—, cada año se andan en estado de embriaguez 490 millones de kilómetros.

Haciendo cuentas, se descubre que, kilómetro a kilómetro, un peatón borracho tiene ocho veces más probabilidades de morir que un conductor borracho.

Hay un matiz importante: no es probable que un peatón borracho hiera o mate a otra persona, aparte de sí mismo. Esto no se puede decir de un conductor borracho. En los accidentes mortales relacionados con el alcohol, el 36 por ciento de las víctimas son pasajeros, peatones u otros conductores. Aun así, incluso teniendo en cuenta las muertes de esos inocentes, caminar borracho produce cinco veces más muertes por kilómetro que conducir borracho.

Así que cuando se marche de la fiesta de su amigo, la decisión debe estar clara: conducir es más seguro que andar. (Evidentemente, aún sería más seguro beber menos o coger un taxi.) La próxima vez que se beba cuatro copas de vino en una fiesta, a lo mejor se piensa su decisión de un modo algo diferente. Si está demasiado bebido, tal vez su amigo le ayude a resolver la situación. Porque los amigos no dejan que sus amigos anden borrachos.1

Si pudiera elegir en qué país actual nacer, la India podría no ser la elección más prudente. A pesar de su proclamado progreso como actor importante en la economía global, el conjunto del país sigue siendo insoportablemente pobre. La esperanza de vida y la tasa de alfabetización son bajas; la contaminación y la corrupción son elevadas. En las zonas rurales, donde viven más de dos terceras partes de los indios, apenas la mitad de los hogares tienen electricidad y solo una de cada cuatro casas tiene cuarto de baño.

Es especialmente desafortunado nacer mujer, porque muchos padres indios manifiestan una fuerte «preferencia por los hijos». Solo el 10 por ciento de las familias indias con dos hijos varones quiere otro hijo, mientras que casi el 40 por ciento de las familias con dos hijas quiere intentarlo otra vez. Tener un hijo varón es como tener un fondo de jubilación. Al crecer será un hombre que ganará un salario, podrá encargarse de sus padres en sus años crepusculares y, llegado el momento, encenderá la pira funeraria. Tener una niña, en cambio, significa que en vez de adquirir un fondo de jubilación tendrán que pagar una dote. Aunque el sistema de dotes lleva mucho tiempo sometido a ataques, todavía es corriente que los padres de la novia le den al novio o a su familia dinero, coches o tierras. También se espera que la familia de la novia pague la boda.

Hace poco, la organización de ayuda estadounidense Smile Train, que se dedica a operar de labio leporino a niños pobres de todo el mundo, pasó algún tiempo en Chennai (India). Cuando le preguntaron a un hombre del lugar cuántos hijos tenía, él dijo que «uno». Más adelante, la organización se enteró de que el hombre tenía efectivamente un hijo… y también cinco hijas, que al parecer no valía la pena mencionar. Smile Train se enteró también de que había gente que pagaba 2,50 dólares a las comadronas de Chennai por ahogar a las niñas nacidas con una deformidad en el labio… y así, haciendo uso del cebo de los incentivos, la organización empezó a ofrecer a las comadronas hasta 10 dólares por cada recién nacida que llevaran al hospital para ser operada.

Las chicas están tan infravaloradas en la India que en la población hay unos 35 millones menos de mujeres que de hombres. La mayoría de estas «mujeres desaparecidas», como las llama el economista Amartya Sen, se supone que murieron, bien por medios indirectos (los padres de las niñas desatendieron su nutrición o sus cuidados médicos, tal vez en beneficio de un hermano), por medios directos (a la niña la mataron al nacer, ya lo hiciera la comadrona o uno de los padres) o, cada vez más, por decisión prenatal. Incluso en las aldeas más pequeñas de la India, donde la electricidad puede ser esporádica y el agua limpia difícil de encontrar, una mujer embarazada puede pagar a un técnico para que le haga una ecografía y, si el feto es femenino, abortar. En los últimos años, estos abortos selectivos por razón de sexo se han hecho más frecuentes, y la proporción hombres/mujeres en la India —y también en otros países que veneran a los hijos, como China— es cada vez más desigual.

Una niña india que llegue a adulta se enfrenta a la desigualdad casi a cada paso. Ganará menos dinero que un hombre, recibirá peor atención sanitaria y menos educación, y tal vez se vea sometida a malos tratos cotidianos. En un estudio sanitario a escala nacional, el 51 por ciento de los hombres indios dijeron que pegar a la esposa está justificado en ciertas circunstancias; lo más sorprendente es que el 54 por ciento de las mujeres estaban de acuerdo: por ejemplo, si a la esposa se le quema la comida o sale de casa sin permiso. Cada año mueren en incendios más de 100.000 jóvenes indias; muchas de ellas en «cremaciones de esposas» u otras situaciones de maltrato doméstico.

Las mujeres indias, además, corren un riesgo desproporcionado de embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual, incluyendo una elevada tasa de sida. Una de las causas es que los condones utilizados por los hombres funcionan mal más del 15 por ciento de las veces. ¿A qué se debe esta tasa tan alta de fallos? Según el Consejo Indio de Investigación Médica, aproximadamente un 60 por ciento de los hombres indios tienen el pene demasiado pequeño para los condones fabricados según las especificaciones de la Organización Mundial de la Salud. Esa fue la conclusión de un estudio que duró dos años, en el que los científicos midieron y fotografiaron los penes de más de mil indios. «El condón —declaró uno de los investigadores— no está optimizado para la India.»

Ante tal multitud de problemas, ¿qué se debería hacer para mejorar la vida de las mujeres indias, y en especial de la mayoría que viven en el campo?

El gobierno ha intentado ayudar prohibiendo las dotes y los abortos selectivos, pero estas leyes se han incumplido en gran medida. También se han creado diversas ayudas económicas para las mujeres indias. Entre ellas, Apni Beti, Apna Dhan («Mi hija, mi Orgullo»), un proyecto que paga a las mujeres rurales para que no aborten los fetos femeninos; una amplia campaña de microcréditos para mujeres con pequeños negocios; y una serie de programas de asistencia organizados por toda una sopa de letras de agencias internacionales.

El gobierno indio ha prometido también facilitar el acceso a condones más pequeños.

Por desgracia, muchos de estos proyectos han resultado complicados, costosos y, en el mejor de los casos, de discreto éxito.

En cambio, sí que parece haber funcionado un tipo de intervención muy diferente. Como el aparato de ultrasonidos para las ecografías, este también se basa en la tecnología, pero tiene poco que ver con las mujeres en sí mismas y aún menos con la gestación de niños. Tampoco fue suministrado por el gobierno indio ni por alguna organización caritativa internacional. De hecho, ni siquiera se ideó para ayudar a nadie, al menos no lo que se entiende normalmente por «ayudar». Era solo un viejo avance de la industria llamado televisión.

La televisión estatal llevaba décadas funcionando, pero la mala recepción y la escasa programación hacían que no hubiera muchos motivos para verla. Pero últimamente, gracias a una enorme caída del precio de los equipos y la distribución, grandes extensiones de la India disponen de televisión por cable y por satélite. Entre 2001 y 2006, unos 150 millones de indios recibieron televisión por cable por primera vez, y sus aldeas crepitaban con los últimos concursos y series, noticiarios y seguimientos policiales, emitidos desde las grandes ciudades de la India y del extranjero. La televisión proporcionó a muchos campesinos indios su primera mirada al mundo exterior.

Pero no todas las aldeas tenían televisión por cable, y las que la tenían no la recibieron todas al mismo tiempo. Esta introducción desigual proporcionó el tipo exacto de datos —un bonito experimento natural— que a los economistas les encanta explorar. En este caso, los economistas fueron un par de jóvenes norteamericanos, Emily Oster y Robert Jensen. Midiendo los cambios en diferentes aldeas, basándose en si tenían o no televisión por cable (y desde cuándo), consiguieron discernir el impacto de la televisión en las mujeres indias.

Examinaron datos de una encuesta del gobierno en 2.700 hogares, casi todos ellos rurales. Se preguntó a mujeres de más de quince años acerca de su modo de vida, preferencias y relaciones familiares. Resultó que las mujeres que habían adquirido televisión por cable estaban significativamente menos dispuestas a tolerar los malos tratos conyugales, era menos probable que admitieran tener preferencia por los hijos varones y tenían más tendencia a la autonomía personal. De alguna manera, parecía que la televisión estaba dando fuerzas a las mujeres como no lo habían hecho las intervenciones del gobierno.

¿Qué ocasionó estos cambios? ¿Se volvieron más autónomas las mujeres indias después de ver imágenes cosmopolitas en sus televisores: mujeres que se vestían como querían, que manejaban dinero propio y a las que no se trataba como una propiedad ni como máquinas de procrear? ¿O simplemente, la programación hizo que a las mujeres rurales les diera vergüenza reconocer ante un encuestador del gobierno lo mal que se las trataba?

Hay buenas razones para ser escéptico ante los datos de encuestas personales. Suele haber un abismo entre lo que la gente dice que hace y lo que hace de verdad. (En la jerga de los economistas, estas dos conductas se llaman preferencias declaradas y preferencias reveladas.) Además, cuando no cuesta casi nada mentir —como en el caso de una encuesta oficial como esta—, es de esperar una cantidad razonable de pequeñas mentiras. Incluso es posible que las mentiras sean subconscientes, porque el sujeto dice simplemente lo que cree que el encuestador desea oír.

Pero cuando se puede medir la preferencia revelada, o el comportamiento real, entonces se está llegando a alguna parte. Y ahí es donde Oster y Jensen encontraron evidencias convincentes de un auténtico cambio. Las familias rurales indias que tenían televisión por cable empezaron a tener una tasa de natalidad más baja que la de las familias sin televisión. (En un país como la India, una tasa de natalidad más baja significa generalmente más autonomía para las mujeres y menos riesgos para su salud.) Además, las familias con televisión tenían más tendencia a mantener escolarizadas a sus hijas, lo que parece indicar que se empezaba a considerar a las chicas más valiosas, o al menos merecedoras de igual trato. (Significativamente, la tasa de escolarización de los niños no cambió.) Estas cifras hicieron más creíbles los datos aportados en la encuesta. Parece que la televisión por cable dio fuerzas a las mujeres de la India rural, hasta el punto de no tolerar más el maltrato doméstico.2

Cuando el mundo entró en la era moderna, se hizo considerablemente más populoso, y a toda prisa. La mayor parte de esta expansión tuvo lugar en centros urbanos como Londres, París, Nueva York y Chicago. Solo en Estados Unidos, las ciudades adquirieron treinta millones de nuevos residentes durante el siglo XIX, y la mitad de este crecimiento se produjo en los últimos veinte años.

Pero a medida que este enjambre humano se desplazaba, junto con sus posesiones, de un lugar a otro, surgió un problema. El principal medio de transporte producía grandes cantidades de subproductos que los economistas llamaban externalidades negativas, que incluían atascos, grandes gastos en seguridad y demasiados accidentes mortales de tráfico. En ocasiones, cosechas que deberían haber ido a parar a la mesa de una familia se transformaban en combustible, haciendo subir los precios de los alimentos y causando escasez. Y también estaban las emisiones contaminantes y tóxicas en el aire, que ponían en peligro el medio ambiente y la salud de los individuos.

Estamos hablando del automóvil, ¿verdad?

Pues no. Estamos hablando del caballo.

El caballo, ese versátil y potente colaborador desde los tiempos más antiguos, se puso a trabajar de muchas maneras a medida que se expandían las ciudades modernas: tirando de tranvías y coches particulares, arrastrando materiales de construcción, descargando cargamentos de barcos y trenes, incluso haciendo funcionar las máquinas que producían muebles, cuerdas, cerveza y ropa. Si su hijita se ponía gravemente enferma, el médico acudía corriendo a su casa a lomos de un caballo. Cuando se declaraba un incendio, un tiro de caballos galopaba por las calles arrastrando un coche de bomberos. A comienzos del siglo XX, unos 200.000 caballos vivían y trabajaban en Nueva York, uno por cada 17 personas.

Pero ¡la de problemas que causaban!

Los carros tirados por caballos atascaban terriblemente las calles, y cuando un caballo desfallecía, se le solía matar allí mismo. Esto causaba más retrasos. Muchos propietarios de establos contrataban pólizas de seguros de vida que, para protegerse contra el fraude, estipulaban que la ejecución del animal la llevara a cabo una tercera parte. Esto significaba esperar a que llegara la policía, un veterinario o la Sociedad Protectora de Animales. Y la muerte no ponía fin al atasco. «Los caballos muertos eran sumamente inmanejables —escribe el estudioso de los transportes Eric Morris—. Como consecuencia, las personas que limpiaban de las calles esperaban muchas veces a que los cadáveres se descompusieran, para poder cortarlos en trozos con más facilidad y llevárselos en carros.»

El ruido de las ruedas de hierro de los carros y de las herraduras era tan molesto —se dice que ocasionaba numerosos trastornos nerviosos— que algunas ciudades prohibieron el paso de caballos por las calles que rodeaban los hospitales y otras zonas sensibles.

Y era espantosamente fácil ser atropellado por un caballo o un carro, ninguno de los cuales es tan fácil de controlar como parece en las películas, sobre todo en las calles resbaladizas y abarrotadas de las ciudades. En 1900, los accidentes de caballos les costaron la vida a 200 neoyorquinos, uno de cada 17.000 habitantes. En cambio, en 2007, murieron en accidentes de automóvil 274 neoyorquinos, uno de cada 30.000. Esto significa que un neoyorquino tenía casi el doble de probabilidades de morir en un accidente de caballo en 1900 que de morir en un accidente de automóvil hoy. (Por desgracia, no existen estadísticas sobre carreteros borrachos, pero podemos suponer que el número sería peligrosamente alto.)

Lo peor de todo era el estiércol. Un caballo medio producía unos 10 kilos de excrementos al día. Con 200.000 caballos, eso son aproximadamente dos mil toneladas de estiércol de caballo. Cada día. ¿Adónde iban a parar?

Décadas antes, cuando los caballos eran menos abundantes en las ciudades, había un floreciente mercado de estiércol, que los granjeros compraban para llevárselo (en carro de caballos, por supuesto) para abonar sus campos. Pero cuando se produjo la explosión demográfica del caballo urbano, las existencias se dispararon. En los solares, el estiércol de caballo se amontonaba hasta alturas de 18 metros, flanqueando las calles de la ciudad como cuando se apila la nieve a los lados. En verano, el hedor llegaba al cielo; cuando llegaban las lluvias, un torrente espeso de estiércol de caballo inundaba las aceras y se metía en los sótanos de las casas. Ahora, cuando admire las piedras marrones de la vieja Nueva York y sus elegantes escalinatas que suben desde la calle hasta la entrada de la primera planta, acuérdese de que eran un diseño surgido de la necesidad, que permitía que los residentes subieran por encima del mar de estiércol de caballo.

Todo este estiércol era terriblemente insalubre. Era un campo abonado para la reproducción de miles de millones de moscas que propagaban una multitud de enfermedades mortales. Las ratas y otras alimañas acudían en masa a las montañas de estiércol para aprovechar la avena no digerida y otros restos de la alimentación de los caballos, cultivos que se estaban encareciendo para el consumo humano debido a la gran demanda de los caballos. En aquella época, a nadie le preocupaba el calentamiento global, pero de haber sido así, el caballo habría sido el Enemigo Público Número Uno, porque su estiércol emite metano, un potente gas de efecto invernadero.

En 1898, Nueva York fue la sede de la primera conferencia internacional de planificación urbana. La agenda estuvo dominada por el estiércol de caballo, porque todas las ciudades del mundo estaban experimentando la misma crisis. Pero no se encontró ninguna solución. «Perpleja ante la crisis —escribe Eric Morris—, la conferencia de planificación urbana declaró que su trabajo no había dado frutos y se disolvió a los tres días, en lugar de los diez previstos.»

Parecía que el mundo había llegado a un punto en el que sus mayores ciudades no podrían sobrevivir sin el caballo, pero tampoco con él.

Y entonces, el problema desapareció. No fueron la acción del gobierno ni la intervención divina las que hicieron el milagro. Los urbanitas no se alzaron en un movimiento masivo de altruismo o moderación, renunciando a todos los beneficios de la fuerza del caballo. El problema lo resolvió la innovación tecnológica. No, no la invención de un animal sin excrementos. El caballo fue desplazado por el tranvía eléctrico y el automóvil, los dos incomparablemente más limpios y mucho más eficientes. El automóvil, más barato en precio y mantenimiento que un vehículo tirado por caballos, fue proclamado «salvador del ambiente». Las ciudades de todo el mundo pudieron respirar hondo —por fin, sin taparse las narices— y reanudar su marcha hacia el progreso.

La historia, por desgracia, no termina ahí. Las soluciones que salvaron al siglo XXI, porque el automóvil y el tranvía eléctrico tenían sus propias externalidades negativas. Las emisiones de carbono desprendidas durante el siglo pasado por más de mil millones de automóviles y miles de centrales energéticas en las que se quemaba carbón parecen haber calentado la atmósfera terrestre. Así como la actividad equina amenazó en otro tiempo con ahogar la civilización, ahora se teme que la actividad humana haga lo mismo. Martin Weitzman, economista medioambiental de Harvard, opina que existe aproximadamente un 5 por ciento de probabilidad de que las temperaturas globales asciendan lo suficiente para destruir a todos los efectos «el planeta Tierra tal como lo conocemos». En algunos círculos —los medios de comunicación, por ejemplo, que nunca han encontrado un potencial apocalipsis que no les gustara—, el fatalismo es aún mayor.

Tal vez esto no sea muy sorprendente. Cuando la solución a un problema no está justo delante de nuestros ojos, es fácil asumir que no existe solución. Pero la historia ha demostrado una y otra vez que esas suposiciones son erróneas.

Esto no quiere decir que el mundo sea perfecto. Ni que todo progreso sea siempre bueno. Hasta las cosas que más benefician a la sociedad en general perjudican inevitablemente a algunas personas. Por eso el economista Joseph Schumpeter decía que el capitalismo es «destrucción creativa».

Pero la humanidad tiene una gran capacidad para encontrar soluciones tecnológicas a problemas aparentemente insolubles, y lo más probable es que así ocurra con el calentamiento global. No es que el problema no sea potencialmente grande. Pero el ingenio humano —si se le ofrecen los incentivos adecuados— acaba por ser mayor. Aún más estimulante es que las soluciones tecnológicas suelen ser mucho más simples, y por lo tanto más baratas, de lo que habrían podido imaginar los profetas del desastre. De hecho, en el último capítulo de este libro conoceremos a una pandilla de ingenieros excéntricos que han desarrollado no una, sino tres soluciones para el calentamiento global, cualquiera de las cuales costaría menos que las ventas anuales de caballos purasangres en las subastas de Keeneland, en Kentucky.

El valor del estiércol de caballo, dicho sea de paso, ha vuelto a subir, tanto que los propietarios de una granja de Massachusetts llamaron hace poco a la policía para que impidiera que un vecino se lo llevara. El vecino decía que había un malentendido, que el anterior propietario le había dado permiso, pero el propietario actual no quiso echarse atrás y exigió 600 dólares por el estiércol.

¿Y se puede saber quién era este vecino tan aficionado al estiércol? Nada menos que Martin Weitzman, el economista de la sombría predicción sobre el calentamiento global.

«Enhorabuena —le escribió un colega a Weitzman cuando la noticia salió en los periódicos—. Casi todos los economistas que conozco son puros exportadores de mierda. Pero parece que tú eres un importador puro.»3

La superación de la crisis del estiércol de caballo… las consecuencias imprevistas de la televisión por cable… los peligros de andar estando borracho: ¿qué tiene que ver todo esto con la economía?

En lugar de considerar estas historias como «economía», es mejor verlas como ejemplos del «enfoque económico». Es una expresión popularizada por Gary Becker, economista que trabajó mucho tiempo en la Universidad de Chicago y recibió el premio Nobel en 1992. En su discurso de aceptación, explicó que el enfoque económico «no supone que los individuos estén motivados únicamente por el egoísmo o el afán de ganancia. Es un método de análisis, no una suposición acerca de los motivos particulares. […] La conducta se basa en un conjunto mucho más rico de valores y preferencias».

Becker empezó su carrera estudiando temas que no eran típicos de la economía: el crimen y el castigo, la adicción a las drogas, la distribución del tiempo y los costes y beneficios del matrimonio, la crianza de los hijos y el divorcio. La mayoría de sus colegas ni se habrían acercado a semejante material. «Durante mucho tiempo —recordaba—, mi tipo de trabajo fue ignorado o profundamente despreciado por la mayoría de los principales economistas. Se me consideraba un chiflado y se pensaba que tal vez no era un auténtico economista.»

Bueno, pues si lo que hacía Gary Becker no era «auténtica economía», nosotros queremos hacerlo también. A decir verdad, lo que Becker hacía era en realidad freakonomía —aplicar el enfoque económico a una curiosidad gamberra o friki—, pero la palabra no se había inventado todavía.

En su discurso de aceptación del premio Nobel, Becker dio a entender que el enfoque económico no es una asignatura, ni un método matemático para explicar «la economía». Es más bien una decisión de examinar el mundo de un modo algo diferente. Es una manera sistemática de describir cómo toma decisiones la gente y cómo cambia de parecer; cómo eligen a alguien para amarlo y casarse, y tal vez a otro para odiarlo e incluso matarlo; qué harán si se encuentran un montón de dinero: robar una parte, dejarlo como está o incluso añadir más; por qué temen una cosa y suspiran por otra que solo es ligeramente diferente; por qué castigan un tipo de conducta y premian otra similar.

¿Cómo describen los economistas estas decisiones? Por lo general, empiezan por acumular datos, grandes cantidades de datos, que se pueden haber generado a propósito o tal vez son fruto de la casualidad. Un buen conjunto de datos puede ayudar mucho a describir el comportamiento humano, siempre que se le planteen las preguntas adecuadas. Nuestro trabajo en este libro consiste en encontrar esas preguntas. Esto nos permitirá describir, por ejemplo, cómo se comportaría el oncólogo típico, o el terrorista o el estudiante universitario típicos, en una situación dada, y por qué.

A algunas personas les puede resultar molesto que se reduzcan las veleidades de la conducta humana a frías probabilidades numéricas. ¿A quién de nosotros le gusta describirse a sí mismo como «típico»? Si se suman, por ejemplo, todos los hombres y mujeres del planeta, se comprobará que, por término medio, el humano adulto medio tiene una mama y un testículo… pero ¿cuántas personas encajan en esa descripción? Si la persona a la que usted amaba murió en un accidente en el que intervino un conductor borracho, ¿qué consuelo puede darle saber que caminar borracho es más peligroso? Si usted es la joven esposa india que recibe un trato brutal de su marido, ¿cómo puede animarle saber que la televisión por cable ha dado fuerzas a la esposa representativa india?

Estas objeciones son justificadas. Pero aunque no hay regla sin excepciones, también es conveniente conocer las reglas. En un mundo complejo en el que la gente puede ser atípica de infinitas maneras, es muy útil descubrir la tendencia básica. Y saber lo que ocurre por término medio es una buena manera de empezar. Al hacerlo, nos aislamos de la tendencia a construir nuestros pensamientos —nuestras decisiones cotidianas, nuestras leyes, nuestra manera de gobierno— sobre excepciones y anomalías, y no sobre la realidad.

Volvamos la mirada por un momento a los meses de verano de 2001, que en Estados Unidos se conocieron como el Verano del Tiburón. Los medios de comunicación nos traían espeluznantes historias de tiburones asesinos sueltos. El principal ejemplo fue la historia de Jessie Arbogast, un niño de ocho años que estaba jugando en las cálidas y poco profundas aguas de la playa de Pensacola (Florida), cuando un tiburón toro le arrancó el brazo derecho y se tragó además un buen trozo del muslo. La revista Time publicó un reportaje anunciado en portada sobre los ataques de tiburones. Esta era la entrada del artículo principal:

Los tiburones llegan en silencio, sin aviso. Tienen tres maneras de atacar: el ataque con huida, el choque con mordisco y el ataque furtivo. El ataque con huida es el más común. El tiburón puede ver la planta del pie de un bañista, creer que es un pez y dar un bocado antes de darse cuenta de que no es su presa habitual.4

¿A que da miedo?

Una persona razonable podría no querer acercarse nunca más al mar. Pero ¿cuántos ataques de tiburones cree usted que hubo de verdad aquel año?

Piense un número, y después divídalo por dos y vuelva a dividirlo por la mitad unas cuantas veces. Durante todo el año 2001 hubo en todo el mundo 68 ataques de tiburones, de los cuales 4 fueron fatales.

Estas cifras no solo son muchos más bajas de lo que daba a entender la histeria de los medios; tampoco eran más altas que las de los años anteriores o los siguientes. Entre 1995 y 2005, hubo por término medio 60,3 ataques de tiburones al año en todo el mundo, con un máximo de 79 y un mínimo de 46. Por término medio, hubo 5,9 muertes por año, con un máximo de 11 y un mínimo de 3. En otras palabras, los titulares del verano de 2001 podrían haber dicho «Los ataques de tiburones rondan la media este año». Pero probablemente con eso no se habrían vendido muchas revistas.

Así que por un momento, en lugar de pensar en el pobre Jessie Arbogast y la tragedia que él y su familia padecieron, piense en esto: en un mundo con más de 6.000 millones de personas, solo cuatro de ellas murieron en 2001 por ataques de tiburones. Probablemente son más las personas atropelladas cada año por furgonetas de noticiarios de televisión.

Los elefantes, en cambio, matan por lo menos a 200 personas cada año. ¿Por qué no nos aterrorizan con ellos? Probablemente, porque la mayoría de sus víctimas viven en lugares alejados de los centros periodísticos del mundo. También puede que tenga algo que ver con las percepciones que extraemos de las películas. Los elefantes simpáticos y divertidos son habituales en las películas infantiles (piensen en Babar y en Dumbo); en cambio, los tiburones aparecen invariablemente como villanos. Si los tiburones tuvieran abogados, seguro que habrían presentado una querella por difamación contra Tiburón.

Y, sin embargo, el miedo a los tiburones continuó implacable aquel verano de 2001, con un horror tan desmesurado que no se calmó hasta los atentados terroristas del 11 de septiembre en el World Trade Center y el Pentágono. Casi 3.000 personas murieron aquel día, unas 2.500 más que los muertos por ataques de tiburones desde que se elaboraron los primeros registros, a finales del siglo XVI.

Así pues, a pesar de sus inconvenientes, pensar en términos de lo típico tiene sus ventajas. Por eso en este libro hemos hecho todo lo posible por contar historias que se basan en datos acumulados y no en anécdotas personales, anomalías llamativas, opiniones personales, estallidos emocionales o tendencias morales. Habrá quien argumente que se puede conseguir que las estadísticas digan cualquier cosa, para defender causas indefendibles o contar mentiras de conveniencia. Pero el enfoque económico se propone lo contrario: abordar un tema cualquiera sin miedo ni favoritismos, dejar que los números digan la verdad. No tomamos partido. La introducción de la televisión, por ejemplo, ha ayudado considerablemente a las mujeres de la India rural. Esto no significa que aceptemos que el poder de la televisión es invariablemente positivo. Como leerán en el capítulo 3, la introducción de la televisión en Estados Unidos provocó un fulminante cambio sociológico.

El enfoque económico no pretende describir el mundo como cualquiera de nosotros quisiera que fuera, o teme que sea, o reza por que llegue a ser, sino más bien explicar lo que hay en la realidad. La mayoría de nosotros querría arreglar o cambiar el mundo de alguna manera. Pero para cambiar el mundo, primero hay que comprenderlo.5

En el momento de escribir estas líneas, llevamos aproximadamente un año sumidos en una crisis económica que empezó con una borrachera de hipotecas subprime en Estados Unidos y se extendió como una enfermedad sumamente contagiosa por todo el mundo. Habrá cientos, si no miles, de libros publicados acerca de este tema.

Este no es uno de ellos.

¿Por qué? Principalmente, porque la macroeconomía y su multitud de componentes complejos y móviles simplemente no es nuestra especialidad. Tras los recientes acontecimientos, uno se pregunta si la macroeconomía es la especialidad de algún economista. Casi todos los economistas que la ciudadanía encuentra se presentan como oráculos que pueden decirle, con fascinante certeza, hacia dónde va el mercado de valores, o la inflación, o los tipos de interés. Pero, como hemos visto últimamente, estas predicciones no suelen valer para nada. Los economistas ya han tenido bastantes dificultades para explicar el pasado, así que no hablemos de predecir el futuro. (¡Todavía siguen discutiendo sobre si las medidas tomadas por Franklin Delano Roosevelt aliviaron la Gran Depresión o la exacerbaron!) Claro que no son los únicos. Parece que forma parte de la condición humana creer en nuestra capacidad de predicción… y también olvidar rápidamente lo malas que resultaron ser nuestras predicciones.

Así que en este libro no tenemos prácticamente nada que decir acerca de lo que la gente llama «la economía». Nuestra mejor defensa (por débil que sea) es que los temas sobre los que escribimos, aunque no están directamente relacionados con «la economía», pueden aportar algo de conocimiento sobre la conducta humana real. Lo crea o no, si puede entender los incentivos que inducen a un maestro de escuela o un luchador de sumo a hacer trampa, puede entender cómo llegó a producirse la burbuja de las hipotecas subprime.

Las historias que va a leer se desarrollan en muchos ambientes, desde los pasillos enrarecidos de la academia hasta las más sórdidas esquinas de las calles. Muchas se basan en recientes investigaciones académicas de Levitt; otras nos las han inspirado colegas economistas y también ingenieros y astrofísicos, asesinos psicópatas y médicos de urgencias, historiadores aficionados y neurobiólogos transexuales.* Casi todas las historias se pueden clasificar en una de estas dos categorías: cosas que siempre creyó que sabía, pero que no sabía; y cosas que no sabía que quería saber, pero quería.

Muchos de nuestros descubrimientos pueden no ser de mucha utilidad, incluso puede que no sean concluyentes. Pero eso está bien. Lo que intentamos es iniciar una conversación, no tener la última palabra. Y eso significa que en las páginas que siguen puede encontrar unas cuantas cosas de las que discrepe.

De hecho, nos decepcionaría que no las encontrara.