Cada verano, durante unas pocas semanas, el cielo sobre Kyralia exhibía un rotundo color azul y el sol caía a plomo. En la ciudad de Imardin, el polvo tomaba las calles y en el Puerto los mástiles sucumbían a la calima, mientras hombres y mujeres se refugiaban en su hogar, abanicándose y sorbiendo zumo o, en las zonas más peligrosas de las barriadas, bebiendo copiosas cantidades de bol.
Pero en el Gremio de los Magos de Kyralia estos días abrasadores saludaban la proximidad de un importante evento: el juramento de la promoción estival de aprendices.
Sonea hizo una mueca y se tiró del cuello del vestido. Aunque su deseo era llevar los mismos ropajes sencillos pero bien confeccionados que había vestido desde que vivía en el Gremio, Rothen había insistido en que necesitaba algo más elegante para la Ceremonia de Aceptación.
—No te preocupes, Sonea —dijo Rothen, riendo por lo bajo—. Terminará pronto y después ya tendrás la túnica con la que vestirás. Estoy seguro de que te hartarás de ella enseguida.
—No estoy preocupada —le replicó Sonea con irritación.
Los ojos del mago se iluminaron divertidos.
—¿De verdad? ¿Ni siquiera te sientes un poco nerviosa?
—No es como la Vista del año pasado. Aquello fue algo salvaje.
—¿Salvaje? —Alzó las cejas—. Estás nerviosa, Sonea. Llevabas semanas sin cometer ese lapsus.
La muchacha le obsequió con un pequeño bufido de exasperación. Desde la Vista, cinco meses antes, cuando se había ganado el derecho a ser su tutor, Rothen le había proporcionado la educación que todos los aprendices debían alcanzar antes de iniciar la universidad. Era capaz de leer la mayoría de los libros del mago, y sabía escribir, como Rothen decía, «bastante bien para empezar». Las matemáticas habían sido más duras de roer, pero las lecciones de historia resultaban fascinantes.
Durante aquellos meses, Rothen la había corregido siempre que pronunciaba alguna palabra de la jerga de las barriadas, y constantemente la obligaba a expresar las frases de forma distinta y se las hacía repetir hasta que sonara como una dama de una poderosa Casa kyraliana. La advirtió de que los aprendices no serían igual de propensos que él a aceptar su pasado, y que solo empeoraría las cosas si atraía la atención hacia sus orígenes con su manera de hablar. Había empleado el mismo argumento para convencerla de que debía llevar un vestido para la Ceremonia de Aceptación, y aunque Sonea sabía que tenía razón, no por ello se sentía más cómoda.
Un círculo de carruajes quedó a la vista cuando alcanzaron la fachada de la universidad. Cada uno estaba custodiado por un grupo de sirvientes primorosamente vestidos, todos ellos luciendo los colores de la Casa a la que servían. Al aparecer Rothen se volvieron y se inclinaron reverencialmente ante él.
Sonea observó con atención los carruajes y sintió que se le revolvía el estómago. Había visto anteriormente vehículos como aquellos, pero nunca tantos juntos. Todos estaban construidos con madera sumamente pulida, esculpida y pintada con intrincados diseños, y en el centro de cada una de las portezuelas un emblema cuadrado indicaba la dinastía a la que pertenecía el carruaje: el incal de la Casa. Ella reconoció los correspondientes a Paren, Arran, Dillan y Saril, algunos de los linajes más influyentes de Imardin.
Los hijos e hijas de estas Casas iban a ser sus compañeros de clase.
Ante este pensamiento sintió como si el estómago se le encogiera. ¿Qué pensarían de ella, la primera kyraliana que se unía a sus filas en siglos y que no provenía de las grandes Casas? En el peor de los casos se mostrarían de acuerdo con Fergun, el mago que el año anterior había intentado evitar que ingresara en el Gremio. El guerrero consideraba que solo se debía permitir aprender magia a los descendientes de las Casas. Había chantajeado a Sonea con el encarcelamiento de su amigo Cery para que cooperara en sus planes. Y esos planes habrían demostrado al Gremio que los kyralianos de clase inferior carecían de valores morales y que la magia no debía ser confiada a ellos.
Pero el crimen de Fergun se terminó descubriendo, y este fue enviado a una fortaleza lejana. A Sonea no le parecía un castigo particularmente severo por haber amenazado de muerte a su amigo, y no podía evitar preguntarse si ello disuadiría a otros de intentar algo similar.
Albergaba la esperanza de que algunos de los aprendices fuesen como Rothen, a quien no le importaba que en otro tiempo ella hubiera vivido y trabajado en las barriadas. Era posible también que algunas de las otras razas que asistían al Gremio fuesen más receptivas a aceptar a una chica de clase inferior. Los vindeanos eran gente amistosa; en las barriadas había conocido a varios que habían viajado a Imardin para trabajar en los viñedos y huertos. Los lanianos, según le habían contado, no poseían una sociedad clasista; vivían en tribus y el rango de los hombres y las mujeres se establecía mediante pruebas de valentía, astucia y sabiduría. A saber qué posición ocuparía ella en su sociedad...
Levantando la mirada hacia Rothen, pensó en todo lo que él había hecho por ella y sintió un ramalazo de afecto y gratitud. Tiempo atrás se habría horrorizado de descubrirse tan dependiente de nada menos que un mago. Antes odiaba al Gremio. Había utilizado por primera vez sus poderes involuntariamente cuando por pura rabia tiró una piedra a un mago. Entonces, mientras la buscaban, había estado tan segura de que pretendían matarla que se atrevió a solicitar ayuda a los ladrones, y estos siempre demandaban un alto precio por tales favores.
Cuando sus poderes aumentaron y se volvieron incontrolables, los magos convencieron a los ladrones para que la dejaran bajo sus cuidados. Rothen fue su captor y su maestro. Le demostró que los magos (bueno, la mayoría de ellos) no eran los monstruos crueles y egoístas que los habitantes de las barriadas creían.
Dos guardias flanqueaban las puertas abiertas de la universidad. Su presencia era una formalidad respetada solo cuando se esperaban visitantes importantes en el Gremio. Hicieron una forzada reverencia mientras Rothen conducía a Sonea hacia el vestíbulo.
Aunque ya lo había visto antes en varias ocasiones, el salón seguía impresionándola. Un millar de filamentos imposiblemente finos de un material semejante al cristal brotaban del suelo, sosteniendo una escalinata que ascendía en grácil espiral a los niveles superiores. Delicadas hebras de mármol blanco serpenteaban entre los escalones y la barandilla como las ramas de una enredadera. Parecían demasiado delicadas para aguantar el peso de un hombre; probablemente lo fueran, y habían sido fortalecidas con magia.
Dejando atrás la escalera, entraron en un corto pasillo. Más adelante se divisaba el gris tosco del Salón Gremial, un antiguo edificio protegido y encerrado en una estancia imponente que se conocía como el Gran Salón. Varias personas aguardaban frente a las puertas del Salón Gremial, y Sonea sintió que su boca se secaba nada más verlos. Hombres y mujeres se volvieron para ver quién se aproximaba, y sus ojos relucieron con interés en cuanto reconocieron a Rothen. Los magos, entre ellos, asintieron cortésmente con la cabeza. Los demás se inclinaron en una reverencia.
Entraron en el Gran Salón, y Rothen condujo a Sonea a un lado de la pequeña multitud. Sonea notó que, a pesar del calor veraniego, todos (a excepción de los magos) vestían con varias capas de prendas opulentas. Las mujeres estaban cubiertas con elaboradas togas; los hombres llevaban abrigos largos, con las mangas decoradas con sus respectivos incales. Al fijarse mejor, contuvo la respiración. Las costuras estaban bordadas con minúsculos destellos de piedras rojas, verdes y azules. Había enormes gemas engarzadas en los botones de los abrigos largos. Cadenas de metales preciosos se cerraban en torno a cuellos y muñecas, y joyas centelleaban en manos enguantadas.
Con la mirada puesta en el abrigo largo de uno de los hombres, sopesó lo fácil que sería para un ladrón profesional despojarle de sus botones. En las barriadas existían navajas pequeñas aptas para esa tarea. Lo único que se requería era un choque «accidental», una disculpa y una rápida retirada. El hombre probablemente ni se enteraría de que le habían robado hasta que llegara a su hogar. Y la pulsera de aquella mujer...
Sonea meneó la cabeza.
«¿Cómo voy a hacer amigos entre estas personas si en lo único que pienso es en lo fácil que sería robarles?»
Pero no pudo evitar sonreír. Había sido tan habilidosa en vaciar bolsillos y abrir cerraduras como cualquiera de sus amigos de la infancia (excepto, quizá, Cery), y aunque su tía Jonna consiguió, con el tiempo, convencer a Sonea de que robar estaba mal, no había olvidado los trucos del oficio.
Reuniendo todo su coraje, miró a los desconocidos más jóvenes y observó que varios de ellos volvían rápidamente la cara. Se preguntó sorprendida qué habrían esperado encontrar. ¿A una vagabunda jovencita y tonta? ¿A una ruda obrera encogida por el trabajo? ¿A una prostituta con exceso de maquillaje?
Dado que ninguno de ellos le sostendría la mirada, fue capaz de examinarlos libremente. Solo dos de las familias poseían el cabello negro y la tez pálida, los típicos rasgos kyralianos. Una de las madres vestía con la túnica verde de los sanadores. La otra asía la mano de una chica delgada que miraba con expresión ensoñadora el resplandeciente techo de cristal del salón.
Las otras tres familias permanecían juntas; su corta estatura y su pelo rojizo eran típicos de la raza elynea. Hablaban tranquilamente entre ellos, y ocasionalmente una risa resonaba en el salón.
Un par de lonmarianos de piel oscura aguardaban en silencio. Pesados talismanes dorados de la religión Mahga colgaban sobre la túnica púrpura de alquimista del padre, y tanto este como el hijo se habían rasurado la cabeza. Una segunda pareja lonmariana permanecía en el extremo más alejado de donde esperaban las familias. La piel del hijo era de un moreno más pálido, que delataba una madre de diferente raza. El padre también vestía con túnica, pero la suya era la roja de un guerrero, y no lucía joyas ni talismanes.
Una familia de vindeanos rondaba cerca del pasillo. Aunque el padre llevaba ropas lujosas, las miradas furtivas que dirigía a los demás insinuaban que se sentía incómodo en su compañía. Su hijo era un joven bajo y fornido cuya tez morena poseía unas facciones de un tono amarillo enfermizo.
Cuando la madre del muchacho apoyó una mano sobre su hombro, Sonea pensó en sus tíos Ranel y Jonna, y la embargó un recurrente sentimiento de decepción. Aunque eran su única familia, pues la habían criado después de que su madre muriera y su padre la abandonara, se habían sentido demasiado intimidados por el Gremio para visitarla allí. Cuando los invitó a la Ceremonia de Aceptación se habían negado a asistir, alegando que no dejarían a su hijo recién nacido al cuidado de otro, y que no sería apropiado ir con un bebé que no paraba de llorar a una ceremonia tan importante.
Unos pasos resonaron en el corredor. Al darse la vuelta, Sonea vio que otro trío de kyralianos grandiosamente vestidos se unía a los visitantes. El muchacho dirigió una mirada arrogante al círculo de personas. Barrió la estancia con los ojos, que se detuvieron en Rothen, y a continuación se desplazaron a Sonea.
Miró directamente a los ojos de Sonea y una sonrisa amistosa le curvó las comisuras de la boca. Sorprendida, Sonea empezó a sonreír en respuesta, pero mientras lo hacía, la expresión de él se tornó lentamente en una mueca de desprecio.
Sonea solo fue capaz de devolverle una mirada de consternación. El muchacho se giró con desdén, pero no tan rápido como para que ella no pudiera captar una sonrisa de petulante satisfacción. Sonea entornó los ojos mientras observaba cómo el chico concentraba su atención en el resto de los aspirantes.
Parecía conocer ya al otro muchacho kyraliano, y ambos intercambiaron un guiño amistoso. Brindó deslumbrantes sonrisas a las chicas; aunque la delgada muchacha kyraliana respondió con aparente desdén, sus ojos continuaron posados en el chico mucho después de que este se hubiera alejado. El resto recibió corteses inclinaciones de cabeza.
Un golpe fuerte y metálico interrumpió aquel juego social. Todas las cabezas se giraron hacia el Salón Gremial. Siguió un silencio largo y tenso, y a continuación una serie de excitados murmullos llenaron el aire cuando las imponentes puertas empezaron a abrirse hacia fuera. A medida que el hueco se ensanchaba, un familiar brillo dorado fluyó desde el salón. La luz procedía de miles de diminutos globos mágicos que flotaban a pocos pies por debajo del techo. Un cálido aroma a madera y pulimento se derramó para darles la bienvenida.
Sonea se giró al oír varios jadeos, y vio que la mayoría de los visitantes miraban maravillados hacia el interior del salón. Sonrió al darse cuenta de que los demás aspirantes, y algunos de los adultos, nunca antes habían visto el Salón Gremial. Solo los magos, y aquellos padres con hijos mayores que ya habían asistido a alguna ceremonia previa, habían estado dentro. Y ella.
Se serenó al recordar su visita anterior, cuando el Gran Lord trajo a Cery al Salón Gremial, poniendo fin al dominio que Fergun ejercía sobre ella. Aquel día para Cery también se cumplió parte de un sueño. Su amigo se había hecho la promesa de visitar todos los grandes edificios de la ciudad al menos una vez en su vida. El hecho de que fuera un golfillo callejero de clase baja no había hecho sino convertir la consecución de ese sueño en un desafío aún mayor.
Pero Cery ya no era el chico aventurero de quien se había encaprichado de niña, ni el pícaro muchacho que la había ayudado a eludir al Gremio durante tanto tiempo. Cada vez que le veía, bien cuando la visitaba en el Gremio, bien cuando se encontraba con él en las barriadas, parecía más viejo y menos despreocupado. Si le preguntaba a qué dedicaba el tiempo, o si seguía trabajando para los ladrones, se limitaba a esbozar una sonrisa astuta y cambiaba de tema.
Parecía contento, sin embargo. Y si trabajaba para los ladrones, tal vez fuera mejor que ella no supiera en qué andaba metido.
Una figura ataviada con una túnica avanzó a grandes zancadas y se plantó en la entrada del Salón Gremial. Sonea reconoció a lord Osen, el ayudante del administrador. Levantó una mano y se aclaró la garganta.
—El Gremio les da la bienvenida —dijo—. Seguidamente dará comienzo la Ceremonia de Aceptación. Los aspirantes a la universidad, formen una fila, por favor. Ellos entrarán en primer lugar; los padres podrán pasar a continuación y tomar asiento en el nivel inferior.
Mientras los demás aspirantes se precipitaban hacia delante, Sonea sintió que una mano le tocaba ligeramente el hombro. Se giró y miró a Rothen.
—No te preocupes. Terminará pronto —la tranquilizó.
Ella sonrió abiertamente.
—No estoy preocupada, Rothen.
—¡Ja! —Le dio un suave empujón en el hombro—. Adelante, entonces. No les hagas esperar.
Se había formado una pequeña congregación delante de las puertas. Los labios de lord Osen dibujaron una delgada línea.
—Formen una fila, por favor.
Mientras los aspirantes obedecían, lord Osen inspeccionó a Sonea. Una fugaz sonrisa asomó a los labios del mago y la chica respondió con un asentimiento de cabeza. Se colocó detrás del último muchacho de la fila, y su atención se vio atraída entonces por un débil siseo a su izquierda.
—Esa por lo menos sabe cuál es su sitio —murmuró una voz.
Sonea volvió ligeramente la cabeza hacia dos mujeres kyralianas que se hallaban de pie en las cercanías.
—Es la chica de las barriadas, ¿no?
—Sí —contestó la primera—. Le he dicho a Bina que se mantenga alejada de ella. No quiero que mi dulce niña adquiera hábitos desagradables... ni enfermedades.
La respuesta de la segunda mujer se perdió cuando Sonea avanzó. Se presionó una mano contra el pecho, sorprendida al descubrir que su corazón latía rápidamente.
«Acostúmbrate —se dijo—. No será la última vez.»
Resistiendo el impulso de mirar atrás en busca de Rothen, irguió los hombros y siguió a los demás aspirantes por el largo pasillo en el centro del recinto.
Los altos muros del Salón Gremial los rodearon en cuanto atravesaron las puertas. Más de la mitad de los asientos que había a ambos lados del pasillo estaban vacíos, a pesar de que se hallaban presentes casi todos los magos que vivían en el Gremio y en la ciudad. Miró hacia la izquierda y sus ojos se toparon con la gélida mirada de un mago anciano. El ceño fruncido destacaba en su rostro surcado de arrugas, y sus ojos ardían en los de ella.
Sonea volvió a fijar la vista en el suelo, sintiendo un ardor en el rostro. Se dio cuenta, con irritación, de que le temblaban las manos. ¿Iba a permitirse el lujo de ponerse nerviosa por la mirada de un viejo? Tras aleccionar a su rostro para adoptar lo que esperaba que fuera una expresión de serena tranquilidad, dejó que sus ojos vagaran por las filas de caras...
... y estuvo a punto de tropezar cuando le flaquearon las piernas. Daba la impresión de que todos y cada uno de los magos del salón la estaban observando. Tragó saliva con dificultad y clavó los ojos en la espalda del muchacho que tenía delante.
Cuando los aspirantes alcanzaron el final del pasillo, Osen dirigió al primero hacia la izquierda, luego al segundo hacia la derecha, y continuó con esta pauta hasta que formaron una fila a lo ancho del salón. Sonea quedó en el medio, enfrente de lord Osen, quien permanecía de pie silenciosamente, observando la actividad que se desarrollaba detrás de ella. Oía los pies arrastrándose y el tintineo de las joyas, e imaginó que los padres estaban moviéndose entre las hileras de sillas a sus espaldas. Cuando se hizo el silencio en el salón, Osen se volvió y se inclinó ante los magos superiores, sentados en la tribuna al frente del Salón Gremial.
—Presento a la promoción estival de aspirantes a la universidad.
—Esto es mucho más interesante ahora que conozco a uno de ellos —recalcó Dannyl mientras Rothen ocupaba su asiento.
—Pero el año pasado tu sobrino se encontraba entre los aspirantes —respondió este, girándose para contemplar a su compañero.
Dannyl se encogió de hombros.
—Apenas le conozco. Pero sí conozco a Sonea, sin embargo.
Complacido, Rothen dirigió de nuevo su atención a la ceremonia. A pesar de que Dannyl podía ser encantador cuando se lo proponía, no hacía amigos con facilidad. Esto se debía en gran medida a un incidente ocurrido años atrás, cuando Dannyl era un aprendiz. Acusado de mostrar un interés «inapropiado» para un muchacho de su edad, Dannyl tuvo que soportar las especulaciones de aprendices y magos por igual. Le habían hostigado y rehuido, y esta era la razón, creía Rothen, de que Dannyl no confiara en la gente y le costara trabar amistad, incluso ahora.
Rothen había sido el único amigo íntimo de Dannyl durante años. Como profesor, Rothen siempre le consideró uno de los aprendices más prometedores de sus clases. Cuando vio el efecto dañino que los rumores y el escándalo ejercían en la educación de Dannyl, decidió hacerse cargo de la tutela del muchacho. Con un poco de estímulo, y mucha paciencia, consiguió que la ágil mente de Dannyl se olvidara de chismes y travesuras vengativas y se centrara en la magia y el conocimiento.
Algunos magos habían expresado sus dudas acerca de la capacidad de Rothen para «encarrilar a Dannyl». Rothen sonrió. No solo había triunfado, sino que Dannyl acababa de ser nombrado segundo embajador del Gremio en Elyne. Observando a Sonea, se preguntó si la chica también, algún día, le daría motivos para sentirse así de ufano.
Dannyl se inclinó hacia delante.
—No son más que niños en comparación con Sonea, ¿verdad?
Rothen observó a los otros chicos y chicas y se encogió de hombros.
—No conozco sus edades exactas, aunque la media entre los alumnos de primer año suele ser de quince. Ella tiene diecisiete. Un par de años no supondrá mucha diferencia.
—Yo creo que sí —murmuró Dannyl—, pero es de esperar que sea una ventaja para ella.
Abajo, lord Osen recorrió a paso lento la fila de los aspirantes a la universidad, anunciando los nombres y los títulos según la costumbre de la tierra natal de cada uno de los jóvenes.
—Alend, de la familia Genard. —Osen dio dos pasos más—. Kano, de la familia Temo, Gremio de los Constructores Navales. —Otro paso—. Sonea.
Tras una pausa, Osen continuó moviéndose. Mientras anunciaba el siguiente nombre, Roth, en sintió un punzada de compasión por Sonea. La falta de una gran título o del nombre de una Casa la había declarado públicamente como una intrusa. Algo que, sin embargo, era inevitable.
—Regin, de la familia Winar, Casa Paren —concluyó Osen cuando llegó al último muchacho.
—Ese es el sobrino de Garrel, ¿verdad? —preguntó Dannyl.
—Sí.
—He oído que sus padres preguntaron si podría unirse a la clase del pasado invierno tres meses después de que hubiera comenzado.
—Qué extraño. ¿Por qué lo hicieron?
—No lo sé. —Dannyl se encogió de hombros—. No capté esa parte.
—¿De nuevo espiando?
—Yo no espío, Rothen. Escucho.
Rothen sacudió la cabeza. Puede que hubiera evitado las fechorías vengativas de Dannyl «el aprendiz», pero no había logrado aún desalentar a Dannyl «el mago» de recopilar cotilleos.
—No sé qué voy a hacer cuando te marches. ¿Quién me mantendrá informado de todas las pequeñas intrigas del Gremio?
—Lo único que tienes que hacer es prestar más atención —replicó Dannyl.
—Me pregunto si no será que los magos superiores te envían lejos para impedir que «escuches» demasiado.
Dannyl sonrió.
—Bueno, dicen que la mejor forma de averiguar lo que ocurre en Kyralia es pasar unos cuantos días escuchando los chismorreos en Elyne.
Ecos de pasos atrajeron su atención de vuelta al salón. Jerrik, el rector de la universidad, se había levantado de su asiento entre los magos superiores y estaba descendiendo los escalones hacia la parte delantera. Se detuvo en el centro del piso y barrió con los ojos la fila de los aspirantes, frunciendo el ceño con su habitual gesto desaprobatorio y avinagrado.
—En este día, cada uno de vosotros da el primer paso para convertirse en mago del Gremio de Kyralia —comenzó con voz severa—. Como aprendices, estáis obligados a obedecer las normas de la universidad. Normas que, por los tratados que unen a las Tierras Aliadas, son aprobadas por todos los gobernantes, y que todos los magos deben hacer respetar. Incluso si no os graduáis, permaneceréis ligados a ellas. —Hizo una pausa y observó con intensidad a los novatos—. Para uniros al Gremio habréis de emitir un juramento, juramento que consta de cuatro partes.
»En primer lugar, deberéis jurar que nunca causaréis daño a ningún otro hombre o mujer salvo en defensa de las Tierras Aliadas. Esto incluye a personas de cualquier clase, condición, estado criminal o edad. Todas las cuentas pendientes, ya sean de carácter político o personal, quedan zanjadas aquí hoy.
»En segundo lugar, deberéis jurar obedecer las leyes del Gremio. Si aún no conocéis estas leyes, que aprenderlas sea vuestra primera tarea. La ignorancia no es excusa.
»En tercer lugar, deberéis jurar obedecer las órdenes de cualquier mago a menos que estas impliquen quebrantar la ley. Dicho esto, tratamos este punto con cierta flexibilidad: no estáis obligados a hacer nada que consideréis moralmente incorrecto o que entre en conflicto con vuestra religión o tradiciones. Pero no os atreváis a decidir por vosotros mismos cuándo y en qué medida debemos ser flexibles. En tal circunstancia, deberéis dirigiros a mí, y el asunto será tratado del modo apropiado.
»Y, finalmente, deberéis jurar que nunca utilizaréis la magia si no es bajo las instrucciones de un mago. Esto es por vuestra protección. No practiquéis ninguna forma de magia sin supervisión, a menos que vuestro maestro o tutor os haya concedido permiso.
Jerrik hizo una pausa, y reinó el silencio; ni siquiera se oyeron los habituales movimientos de sillas ni el frufrú de los vestidos. Jerrik enarcó sus expresivas cejas e irguió los hombros.
—Como dicta la tradición, un mago del Gremio puede reclamar la tutela de un aprendiz para guiarle, a él o a ella, en su adiestramiento universitario. —Volvió el rostro hacia la tribuna que se alzaba detrás de él—. Gran Lord Akkarin, ¿desea reclamar la tutela de alguno de los aspirantes?
—No —dijo una voz fría, oscura.
Mientras Jerrik formulaba la misma pregunta al resto de los magos superiores, Rothen miró hacia la figura ataviada con túnica negra que era el líder del Gremio. Akkarin, al igual que casi todos los kyralianos, era alto y delgado, con el rostro anguloso acentuado por la antigua costumbre de llevar el pelo largo y recogido en la nuca.
Akkarin observaba la ceremonia con expresión distante, como era su costumbre. Nunca había mostrado interés alguno en guiar el entrenamiento de un aprendiz, y la mayoría de las familias habían perdido la esperanza de que un hijo suyo pudiera ser favorecido por el líder del Gremio.
Aun siendo joven para ostentar el título de Gran Lord, Akkarin tenía una presencia que inspiraba respeto incluso en los magos más conservadores e influyentes. Hábil, culto e inteligente, era sin embargo su fuerza mágica lo que le confería la capacidad de intimidar a tanta gente. Se sabía que poseía poderes tan grandes que algunos conjeturaban que era más fuerte que el resto del Gremio junto.
Pero, gracias a Sonea, Rothen era uno de los dos únicos magos que conocía la verdadera naturaleza de la inmensa fuerza del Gran Lord.
Antes de que los ladrones la entregaran, Sonea y su pillastre amigo, Cery, habían explorado el Gremio una noche . Acudieron con la esperanza de que si veían a los magos usar la magia, ella podría aprender a controlar sus poderes. En cambio, fue testigo del extraño ritual llevado a cabo por el Gran Lord. No había comprendido lo que presenció, pero cuando el administrador Lorlen la sometió a una lectura de la verdad para confirmar los crímenes de Fergun, durante la Vista por la tutela, él había contemplado sus recuerdos de aquella noche y reconocido el ritual.
El Gran Lord Akkarin, líder del Gremio, practicaba la magia negra.
Los magos corrientes no sabían nada de magia negra, excepto que estaba prohibida. Los magos superiores conocían solo lo suficiente para reconocerla. Incluso saber cómo realizarla se consideraba un crimen. Rothen ahora sabía, por la comunicación de Sonea con Lorlen, que la magia negra confería la capacidad para fortalecerse a uno mismo extrayendo el poder de otras personas. Si se absorbía todo el poder de la víctima, esta moría.
Rothen no acertaba a imaginar qué habría supuesto para Lorlen descubrir que su amigo más íntimo no solo había aprendido magia negra, sino que la practicaba. Debió de ser toda una conmoción. Aunque, al mismo tiempo, Lorlen se había dado cuenta de que no podía desenmascarar a Akkarin sin poner en peligro al Gremio y a la ciudad. Si Akkarin decidía luchar, vencería fácilmente, y con cada muerte su fuerza se acrecentaría. En consecuencia, Lorlen, Sonea y Rothen debían, por el momento, mantener en secreto lo que sabían. Cuán duro debía de ser para Lorlen, suponía Rothen, fingir amistad, conociendo lo que Akkarin era capaz de hacer.
A pesar de lo que sabía, Sonea había accedido a unirse al Gremio. Al principio, la decisión sorprendió a Rothen, hasta que ella señaló que si bloqueaba sus poderes —como la ley requería que hicieran aquellos que decidieran no unirse al Gremio— se convertiría en una tentadora fuente de poder para el Gran Lord. La magia de Sonea era poderosa, pero ella era incapaz de emplearla en defensa propia. Rothen se estremeció. En el Gremio, al menos, su muerte no pasaría desapercibida si esta se producía en extrañas circunstancias.
Así y todo, había sido una decisión valiente, sabiendo lo que yacía en el corazón del Gremio. Mirándola, de pie entre los hijos e hijas de algunas de las familias más ricas de las Tierras Aliadas, experimentó al mismo tiempo orgullo y afecto. En los últimos seis meses había llegado a pensar en ella como en una hija más que como en una estudiante.
—¿Algún mago desea reclamar la tutela de uno de estos aspirantes?
Rothen saltó al darse cuenta de que su turno para hablar había llegado. Abrió la boca, pero, antes de poder decir nada, otra voz pronunció las palabras rituales.
—He hecho una elección, rector.
La voz procedía del otro extremo del salón. Todos los aspirantes se volvieron para ver quién se había levantado de su asiento.
—Lord Yarrin —reconoció Jerrik—. ¿La tutela de qué aspirante desea reclamar?
—Gennyl, de la familia Randa y la Casa de Saril, y el Gran Clan de Alaraya.
Un tenue murmullo de voces se elevó en las filas de los magos. Al mirar hacia abajo, Rothen reparó en que el padre del chico, lord Tayk, se inclinaba hacia delante en su silla.
Jerrik esperó hasta que las voces se apagaron, y luego inclinó la cabeza, expectante, hacia Rothen.
—¿Algún otro mago desea reclamar la tutela de uno de estos aspirantes?
Rothen se puso en pie.
—He hecho una elección, rector.
Sonea alzó la mirada, apretando los labios para intentar no sonreír.
—Lord Rothen —respondió Jerrik—, ¿la tutela de qué aspirante desea reclamar?
—Deseo reclamar la tutela de Sonea.
Esta vez, no hubo ningún murmullo y Jerrik se limitó a asentir en señal de reconocimiento. Rothen regresó a su asiento.
—Ya está —susurró Dannyl—. Tu última oportunidad se ha esfumado. Ya no hay salida. Ella te tiene verdaderamente bien atado a su mano, y así estarás durante los próximos cinco años.
—¡Chitón! —replicó Rothen.
—¿Algún otro mago desea reclamar la tutela de uno de estos aspirantes?
—He hecho una elección, rector.
La voz provenía de la izquierda de Rothen. Los congregados se giraron o cambiaron de posición en sus asientos, y las sillas crujieron. Un murmullo de excitación resonó en la sala cuando lord Garrel se levantó.
—Lord Garrel... —Había sorpresa en la voz de Jerrik—. ¿La tutela de qué aspirante desea reclamar?
—Regin, de la familia Winar y la Casa de Paren.
El murmullo se transformó en un suspiro colectivo de comprensión. Rothen vio que el muchacho, situado en el extremo de la fila, lucía una sonrisa abierta. Las voces y los crujidos de las sillas continuaron durante varios minutos, hasta que Jerrik alzó los brazos solicitando silencio.
—Yo no quitaría ojo a esos dos aprendices y a sus tutores —murmuró Dannyl—. Nadie suele elegir a un aprendiz en su primer año. Es probable que lo hagan simplemente para evitar que Sonea tenga un estatus superior al resto de sus compañeros.
—O... he iniciado una tendencia —caviló Rothen—. Y puede que Garrel ya haya visto potencial en su sobrino. Eso explicaría por qué la familia de Regin quería que empezara antes las clases.
—¿Hay más reclamaciones de tutela? —preguntó Jerrik. Siguió el silencio, y el rector bajó los brazos—. Que todos los magos con intención de reclamar una tutela se acerquen.
Rothen se levantó y recorrió el camino hasta el final de los asientos. A continuación bajó la escalera y se unió a lord Garrel y lord Yarrin. Esperó junto al rector Jerrik mientras un joven aprendiz, ruborizado por la excitación de desempeñar un papel en la ceremonia, se acercó portando unas telas de color marrón rojizo. Cada uno de los magos seleccionó un fardo.
—Por favor, que se adelante Gennyl —ordenó Jerrik.
Uno de los muchachos lonmarianos se precipitó hacia delante e hizo una reverencia. Sus ojos se ensancharon al encararse a lord Jerrik, y su voz tembló mientras recitaba el Juramento de los Aprendices. Lord Yarrin tendió al muchacho sus túnicas, y tutor y aprendiz se retiraron. Lord Jerrik volvió a dirigirse a los aspirantes.
—Por favor, que se adelante Sonea.
La joven caminó rígidamente hacia Jerrik. Aunque tenía la tez pálida, efectuó una grácil reverencia y recitó el juramento con voz clara y firme. Rothen dio un paso adelante y le tendió el fardo de túnicas.
—Te tomo bajo mi tutela, Sonea. Tu aprendizaje será mi tarea y preocupación hasta tu graduación en la universidad.
—Y yo os obedeceré, lord Rothen.
—Que ambos os beneficiéis mutuamente de este acuerdo —concluyó Jerrik.
Mientras se echaban a un lado para aguardar junto a lord Yarrin y Gennyl, Jerrik llamó al aún sonriente muchacho del extremo de la fila.
—Por favor, que se adelante Regin.
El muchacho, seguro de sí mismo, avanzó a grandes zancadas hacia Jerrik, pero su reverencia resultó torpe y apresurada. Mientras las frases rituales eran repetidas, Rothen miró a Sonea, preguntándose qué pensaría. Ahora era miembro del Gremio, y eso no era ninguna nimiedad.
Sonea observaba al chico situado a su derecha, y Rothen siguió su mirada. Gennyl aguardaba con la espalda recta y el rostro ruborizado.
«Está a punto de estallar, de puro orgullo», caviló Rothen.
Tener un tutor, especialmente a aquellas alturas, denotaba que un aspirante poseía un don excepcional.
Pocos opinarían así de Sonea, no obstante. Sospechaba que la mayoría de los magos asumían que había elegido ser su tutor simplemente para recordarles que había desempeñado un papel decisivo a la hora de encontrarla. No le habrían creído si les hubiera hablado de su fuerza y talento. Pero ya lo descubrirían, y saber esto le proporcionaba cierta satisfacción.
Después de que Regin y lord Garrel hubieran pronunciado las palabras rituales, se colocaron a la izquierda de Rothen. El muchacho se quedó mirando a Sonea, con expresión calculadora. Ella no se percató, o bien le estaba ignorando. Se limitaba a observar con atención mientras Jerrik llamaba al resto de los aspirantes a pronunciar el juramento. Estos fueron formando una fila junto a los tutores y sus aprendices a medida que iban recibiendo sus túnicas.
Cuando el último de los aspirantes se hubo unido a la fila, lord Jerrik se volvió hacia ellos.
—Ahora sois aprendices del Gremio de los Magos —anunció—. Que los años venideros sean prósperos para todos vosotros.
Los aprendices, como uno solo, se inclinaron en una reverencia. Lord Jerrik asintió y se hizo a un lado.
—Doy la bienvenida a nuestros nuevos aprendices y les deseo muchos años de éxito. —Sonea saltó al escuchar la voz de Lorlen a su espalda—. En este momento, declaro finalizada la Ceremonia de Aceptación.
En el Salón Gremial comenzaron a resonar ecos de voces. Las filas de hombres y mujeres con túnicas se agitaron como zarandeadas por un fuerte viento. Se levantaron e iniciaron el descenso hacia el piso, llenando la sala con el repiqueteo de sus pasos. Los nuevos aprendices empezaron a moverse en todas las direcciones al darse cuenta de que las formalidades habían terminado. Algunos corrían hacia sus padres, otros examinaban el fardo de prendas que tenían en las manos u observaban la repentina actividad que se desarrollaba a su alrededor. En el otro extremo del Salón Gremial las grandes puertas empezaron a abrirse lentamente.
Sonea se volvió y miró a Rothen.
—Ya está, pues. Soy una aprendiz.
Él sonrió.
—¿Contenta de que todo haya acabado?
—Tengo la sensación de que no ha hecho más que comenzar —dijo encogiéndose de hombros. Sus ojos titilaron—. Aquí llega tu sombra.
Rothen se volvió y descubrió a Dannyl avanzando con paso firme hacia él.
—Bienvenida al Gremio, Sonea.
—Gracias, embajador Dannyl —respondió Sonea con una reverencia. Este se echó a reír.
—Aún no, Sonea. Aún no.
Sintiendo la presencia de alguien nuevo a su lado, Rothen se volvió y encontró al rector de la universidad junto a él.
—Lord Rothen —dijo Jerrik, dirigiendo una cansina sonrisa a Sonea cuando esta se inclinó.
—¿Sí? —respondió Rothen.
—¿Se mudará Sonea al alojamiento de los aprendices? No se me había ocurrido preguntárselo hasta ahora.
Rothen negó con la cabeza.
—Se quedará conmigo. Tengo espacio de sobra para ella en mis aposentos.
Jerrik alzó las cejas.
—Ya veo. Se lo diré a lord Ahrind. Discúlpenme.
Rothen observó al anciano acercarse a un mago delgado y de mejillas hundidas. Lord Ahrind frunció el ceño y miró a Sonea mientras Jerrik hablaba.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Sonea.
Rothen señaló con la cabeza las prendas que la joven sostenía en las manos.
—Veamos si estas túnicas te quedan bien. —Miró a Dannyl—. Y creo que es de recibo una pequeña celebración. ¿Vienes?
Dannyl sonrió.
—No me lo perdería por nada.
Un sol cálido caía sobre la espalda de Dannyl mientras avanzaba hacia el carruaje. Invocó un poco de magia para levantar el primero de sus arcones y ponerlo en el techo. Tras colocar al lado el segundo, suspiró y meneó la cabeza.
—Sospecho que voy a arrepentirme de llevarme conmigo tanto equipaje —masculló—. Y aun así no dejo de pensar en cosas que desearía haber empaquetado.
—Estoy seguro de que en Capia serás capaz de comprar cualquier cosa que necesites —dijo Rothen—. Ciertamente, Lorlen te ha concedido una generosa gratificación.
—Sí, fue una grata sorpresa. —Dannyl sonrió abiertamente—. Tal vez estés en lo cierto en cuanto a sus razones para enviarme lejos.
Rothen enarcó las cejas.
—Sin duda sabe que haría falta mucho más que enviarte a otro país para mantenerte apartado de los problemas.
—Ah, pero voy a echar de menos eso de sacarte de todos tus apuros, amigo mío. —Cuando el conductor abrió la puerta del carruaje, Dannyl se giró para mirar al mago de más edad—. ¿Vienes al Puerto?
Rothen negó con la cabeza.
—Las clases empiezan en menos de una hora.
—Para ambos, Sonea y tú —asintió Dannyl—. Eso es todo, pues... Ya es hora de decir adiós.
Se contemplaron el uno al otro con solemnidad durante un momento; a continuación Rothen asió con fuerza el hombro de Dannyl y sonrió.
—Ten cuidado. Intenta no caerte por la borda.
Dannyl rió entre dientes y le devolvió el apretón.
—Cuídate, viejo amigo. No permitas que esa nueva aprendiz tuya te agote. Volveré dentro de un año o así para comprobar tus progresos.
—¡Viejo amigo, vaya! —Rothen empujó a Dannyl hacia el carruaje. Tras trepar a su interior, Dannyl se volvió y observó una expresión reflexiva en el rostro de su amigo—. Nunca pensé que te vería salir corriendo a tan gloriosa aventura, Dannyl. Parecías muy contento aquí, y rara vez has puesto un pie fuera de las puertas desde que te graduaste.
Dannyl se encogió de hombros.
—Supongo que aguardaba a tener el motivo adecuado.
Rothen dejó escapar un rudo sonido.
—Mentiroso. Eres un vago, sencillamente. Espero que el primer embajador conozca este hecho, o se llevará una desagradable sorpresa.
—Lo descubrirá pronto. —Dannyl esbozó una burlona sonrisa.
—Estoy seguro. —Rothen sonrió y se apartó del carruaje—. Ve en paz, pues.
Dannyl asintió con la cabeza.
—Adiós. —Y diciendo esto, golpeó el techo del carruaje. Este se puso en marcha con una sacudida, alejando consigo a Dannyl, que se deslizó al otro lado del asiento y descorrió la cortina que cubría la ventanilla. Vislumbró a Rothen mirando todavía, antes de que el carruaje volviera a girar para atravesar las Puertas del Gremio.
Se recostó en el mullido asiento y suspiró. Aunque se sintiera complacido por partir finalmente, sabía que echaría de menos a sus amigos y el ambiente familiar. Rothen tenía a Sonea y a la anciana pareja Yaldin y Ezrille, pero Dannyl tendría como única compañía a unos extraños.
Aunque le ilusionaba su nuevo cargo, se sentía algo intimidado por los deberes y responsabilidades que iba a asumir. Desde la búsqueda de Sonea, sin embargo, durante la cual había localizado y negociado con uno de los ladrones, su cómoda y mayormente solitaria vida de estudio en el Gremio le parecía cada vez más tediosa.
No se había dado cuenta de lo aburrido de su estado hasta que Rothen le contó que estaba siendo considerado para el cargo de segundo embajador. Para cuando Dannyl fue convocado al despacho del administrador, ya era capaz de recitar el nombre y la posición de cada hombre y mujer de la corte de Elyne, y, para diversión de Lorlen, también numerosos escándalos.
El carruaje se internó en el Círculo Interno y viró hacia la carretera que circunvalaba los muros del Palacio. Apenas se divisaban sus magníficas torres desde aquel ángulo, por lo que Dannyl se deslizó al otro lado del asiento para admirar las casas, primorosamente decoradas, de los ricos y poderosos. En una esquina de la calle se estaba construyendo una nueva mansión. Recordó la vieja estructura en proceso de desmoronamiento que previamente se había alzado allí, una reliquia de tiempos anteriores a la invención de la arquitectura de creación mágica, cuya aplicación a la piedra y el metal había permitido a los magos construir fantásticos edificios que desafiaban las limitaciones estructurales normales. Antes de que el carruaje pasara de largo, Dannyl tuvo tiempo de ver a dos magos de pie junto a la casa parcialmente construida, uno de ellos sosteniendo en las manos un plano de gran tamaño.
El carruaje volvió a girar y pasó frente a otros hogares excelsos, luego aminoró la marcha y atravesó las Puertas Interiores en dirección a la Cuaderna Occidental. Los guardias apenas le echaron un vistazo al pasar; su mirada se detuvo únicamente en el símbolo del Gremio pintado en el costado del vehículo. La carretera cruzaba la Cuaderna Occidental, entre casas grandes y regias de un estilo más simple que las del Círculo Interno. La mayoría de ellas pertenecían a mercaderes o artesanos, que preferían aquella parte de la ciudad por su proximidad al Puerto y al Mercado.
Cuando el carruaje atravesó la Puerta Occidental, entró en un laberinto de tenderetes y cabinas. Gentes de todas las razas y clases abarrotaban las calles a ambos lados. Los poseedores de puestos anunciaban a los cuatro vientos los precios de sus mercancías por encima del interminable zumbido de voces, silbidos, campanas y reclamos de animales. Aunque el ancho de la carretera se conservaba invariable, vendedores, compradores, artistas callejeros y mendigos se aglomeraban a ambos lados de tal forma que los carruajes apenas tenían suficiente espacio para sortear a los que venían de frente.
El aire estaba cargado de una mezcla de olores diversos. A una brisa endulzada por el aroma de fruta magullada le seguía otra apestando a verduras podridas. El olor fibroso de las esteras quedó empantanado por el hedor agrio y sofocante de algo malsano cuando dos hombres que transportaban una cuba con un aceitoso líquido azul pasaron junto al carruaje. Finalmente, el salobre aroma del mar y el sutil olor acre del lodo del río alcanzaron a Dannyl, y este notó que los latidos de su corazón se aceleraban. El carruaje dobló una curva y el Puerto emergió a la vista.
Un bosque de mástiles y sogas se extendía delante de él, dividiendo el cielo en ribetes de color azul. A cada lado de la carretera un interminable río de personas avanzaba apresuradamente. Musculosos porteadores y marineros transportaban cajas, cestos y sacos sobre la espalda. Carretas de todos los tamaños, tiradas por toda suerte de animales, se movían con pesadez. Los gritos de los vendedores fueron reemplazados por órdenes pregonadas a voz en cuello y por los bramidos plañideros del ganado.
El carruaje continuó la marcha, pasando por delante de botes cada vez más grandes, hasta que alcanzó una fila de sólidos barcos mercantes que descansaban en un largo muelle. Allí frenó y se detuvo, balanceándose hacia atrás sobre sus muelles.
La puerta se abrió y el conductor se inclinó respetuosamente.
—Hemos llegado, milord.
Dannyl se deslizó en el asiento y saltó afuera. Un hombre moreno y con el pelo blanco aguardaba de pie; tenía el rostro y los brazos desnudos muy bronceados. Tras él había varios hombres más jóvenes, todos ellos de constitución fuerte.
—¿Es usted lord Dannyl? —preguntó el hombre haciendo una forzada reverencia.
—Sí. ¿Y usted es...?
—Oficial del muelle —dijo, y a continuación señaló con la cabeza hacia el carruaje—. ¿Suyo?
Dannyl imaginó que se estaba refiriendo a los arcones.
—Sí.
—Nos encargaremos de bajarlos.
—No, puedo ahorrarles la molestia.
Dannyl se volvió y enfocó su voluntad. A medida que cada arcón era descendido al suelo, un par de hombres se adelantaban y lo asían, aparentemente acostumbrados al uso de la magia con tales propósitos. Empezaron a recorrer el embarcadero, con el resto de los hombres detrás.
—El sexto navío, milord —dijo el oficial del muelle mientras el carruaje se alejaba.
Dannyl asintió con la cabeza.
—Gracias.
Cuando alcanzó el embarcadero, sus pasos empezaron a resonar, emitiendo un eco hueco sobre la pasarela de madera. Bajó la mirada y vislumbró el agua entre las grietas de los amplios tablones. Siguió a los porteadores bordeando una gran pila de cajas que estaban siendo cargadas en un barco, y más allá un montón de lo que parecían alfombras bien enrolladas esperando junto a otra embarcación. Había hombres por doquier: corriendo arriba y abajo del embarcadero con cargas en los hombros, holgazaneando en las cubiertas o moviéndose a grandes zancadas al grito de las órdenes.
Por encima del ruido, Dannyl percibió los más sutiles sonidos del Puerto: el constante crujido de los maderos, el chapoteo del agua contra el casco de los navíos y el embarcadero. Captaba pequeños detalles: la decoración en mástiles y velas, los nombres pintados cuidadosamente en los cascos y en las cabinas de popa, el agua manando a través de un agujero en el costado de un barco. Frunció el ceño ante aquel último detalle. Se suponía que el agua permanecía fuera de la embarcación, ¿no?
Cuando llegaron al sexto navío, los porteadores subieron a bordo por una estrecha pasarela. Al levantar la vista, Dannyl reparó en un par de hombres que le miraban desde el barco. Avanzó por la pasarela con cautela al principio, más confiado al descubrir que era suficientemente sólida a pesar de la flexibilidad de la madera. Cuando pisó la cubierta, los dos hombres le saludaron con reverencias.
Su aspecto era notablemente parecido. La piel marrón y la pequeña estatura eran típicos rasgos vindeanos. Ambos vestían con ropas burdas y de un color indefinido. Uno de ellos, sin embargo, aguardaba en posición más erguida que el otro, y fue quien habló.
—Bienvenido al Finda, milord. Soy el capitán Numo.
—Gracias, capitán. Soy lord Dannyl.
El capitán señaló los arcones, que descansaban sobre la cubierta a unos pocos pasos de distancia; los porteadores esperaban cerca.
—No espacio para cajas en camarote, milord. Guardar abajo. Si necesita algo, usted pide a mi hermano, Jano.
Dannyl asintió con la cabeza.
—Muy bien. Hay solo un objeto que recogeré antes de que se los lleven.
El capitán asintió una vez.
—Jano enseña cuarto. Nosotros zarpamos pronto.
Cuando el capitán se alejó, Dannyl tocó la tapa del arcón más pequeño. La cerradura se abrió con un chasquido. Sacó una bolsa de cuero atestada con lo necesario para el viaje. Tras cerrar de nuevo la tapa, miró a los porteadores.
—Esto es todo lo que me hará falta... espero.
Se agacharon y se llevaron los baúles. Dannyl se volvió y miró a Jano con expectación. El hombre asintió con la cabeza y le hizo señas a Dannyl para que le siguiera.
Atravesaron una puerta estrecha y descendieron un corto tramo de escalera hasta una sala amplia. El techo era tan bajo que hasta Jano tuvo que inclinarse para esquivar las vigas. Unas sábanas burdamente tejidas colgaban del techo entre ganchos. Esas, imaginó, eran las camas colgantes de las que hablaban los viajeros en sus relatos e informes.
Jano le condujo por un estrecho pasillo y, tras unos cuantos pasos, abrió una puerta. Dannyl contempló el cuarto diminuto con consternación. Una cama baja de la misma anchura que sus hombros llenaba por completo el interior. Habían incorporado un pequeño aparador en un extremo, y unas mantas de lana de reber de buena calidad reposaban pulcramente dobladas en el otro.
—Pequeño, ¿yai?
Dannyl miró a Jano y notó que el hombre sonreía abiertamente. Esbozó una sonrisa irónica, consciente de que su consternación era evidente.
—Sí —coincidió Dannyl—. Pequeño.
—Cuarto de capitán dos veces más grande. Cuando barco grande es nuestro, tenemos cuarto grande, también, ¿yai?
Dannyl asintió con la cabeza.
—Parece justo. —Dejó caer la bolsa sobre la cama, luego se dio media vuelta para poder sentarse, con las piernas extendidas en el pasillo—. No necesito más.
Jano dio unas palmaditas en la puerta de enfrente.
—Mi cuarto. Tenemos compañía uno del otro, ¿yai? ¿Usted cantar?
Antes de que Dannyl pudiera siquiera pensar en una respuesta sonó una campana en algún lugar, por encima de ellos, y Jano alzó la mirada.
—Tengo que marchar. Zarpar ahora. —Dio media vuelta y se detuvo—. Usted quedarse aquí. No ponerse en el camino. —Sin esperar una respuesta, se marchó a la carrera.
Dannyl contempló el diminuto camarote que constituiría su espacio vital durante las dos semanas siguientes, y soltó una risita. Ahora entendía por qué tantos magos odiaban viajar por mar.
De pie junto a la entrada del aula, Sonea sintió que se le caía el alma a los pies.
Había salido de los aposentos de Rothen temprano, esperando llegar al aula antes que los otros aprendices, y con tiempo suficiente para conseguir controlar un poco su agitado estómago antes de encontrarse con ellos. Pero ya había varios asientos ocupados. Vaciló, y las caras se volvieron hacia ella. Se le hizo un nudo en el estómago. Miró rápidamente al mago que estaba sentado en la parte delantera del aula.
Era más joven de lo que había esperado, probablemente no alcanzaba la treintena. Una nariz aguileña confería a su rostro una expresión de desdén. Cuando ella se inclinó, el mago alzó la vista; sus ojos se clavaron en su cara, la recorrieron de arriba abajo hasta sus botas nuevas, y volvieron a ascender hasta la cara. Satisfecho, el mago bajó la mirada a una hoja de papel y trazó una pequeña marca en la lista que había allí escrita.
—Escoge un asiento, Sonea —dijo en tono displicente.
La sala contenía doce mesas perfectamente alineadas, con sus correspondientes sillas. Seis aprendices, todos sentados en el borde de sus asientos, la observaban mientras analizaba la distribución.
«No te sientes demasiado lejos de los otros aprendices —se dijo a sí misma—. No querrás que crean que eres una antipática... o que les tienes miedo.»
Había unos cuantos sitios vacíos en el centro del aula, pero tampoco le gustaba la idea de sentarse en el medio. En la pared más alejada quedaba una silla libre, flanqueada por tres aprendices en la fila contigua. Esa serviría.
Era consciente de los ojos que la seguían mientras avanzaba hasta la silla. Cuando se sentó, se obligó a levantar la mirada hacia ellos. De repente los aprendices encontraron algo más interesante. Sonea suspiró aliviada. Había esperado encontrar más expresiones despectivas. Tal vez solo el chico del día anterior —Regin—se mostraría abiertamente antipático.
El resto de los aprendices fueron llegando uno a uno a la puerta del aula, se inclinaron ante el profesor y tomaron asiento. La tímida chica kyraliana se sentó en la primera silla que encontró. Otro casi se olvidó de hacer una reverencia al mago, y luego fue dando traspiés hasta el asiento que estaba delante de Sonea. No la vio hasta que hubo alcanzado la silla, y entonces le dedicó una mirada de consternación y luego se sentó de mala gana.
El último aprendiz en llegar fue el poco amigable Regin. Examinó la habitación con ojos entrecerrados antes de situarse deliberadamente en el centro del grupo.
Sonó un lejano gong, y el mago se levantó de la silla. Varios aprendices, incluida ella, se sobresaltaron visiblemente ante ese movimiento. Antes de que el profesor pudiera hablar, sin embargo, un rostro familiar apareció en la puerta.
—¿Están todos aquí, lord Elben?
—Sí, rector Jerrik —respondió el profesor.
El rector de la universidad metió los pulgares en la faja marrón que rodeaba su cintura y contempló a la clase.
—Bienvenidos —dijo, con voz más severa que acogedora—, y enhorabuena. Os brindo esta felicitación no porque cada uno de vosotros haya tenido la buena fortuna de nacer con la rara y envidiada capacidad para usar la magia. Os felicito porque cada uno de vosotros ha sido aceptado en la universidad del Gremio de los Magos. Algunos habéis venido de países lejanos, y no regresaréis a vuestros hogares en muchos años. Puede que algunos decidáis permanecer aquí la mayor parte de vuestra vida. Todos vosotros estaréis, no obstante, anclados aquí durante los próximos cinco años.
»¿Por qué? Para convertiros en magos. ¿Qué es un mago, entonces? —Esbozó una sonrisa forzada—. Son muchos los atributos que definen a un mago. Algunos ya los poseéis, algunos los desarrollaréis, algunos los aprenderéis. Algunos son más importantes que otros.
Se detuvo y barrió la clase con la mirada.
—¿Cuál es el atributo más importante de un mago?
Sonea vio por el rabillo del ojo que varios de los aprendices se enderezaban en sus asientos. Jerrik rodeó el escritorio y se paseó por su lado de la habitación. Miró al chico que estaba sentado delante de ella.
—¿Vallon?
Sonea vio que la espalda del muchacho se encorvaba como si quisiera deslizarse bajo la mesa.
—Lo-lo bien que hace algo, milord. —La débil voz del muchacho apenas era audible—. Lo mucho que se ha ejercitado.
—No. —Jerrik giró sobre sus talones y acechó el otro lado de la clase. Atrapó a uno de los ansiosos chicos con su mirada gélida—. ¿Gennyl?
—La fuerza, milord —respondió el chico.
—¡Definitivamente, no! —bromeó el rector de la universidad.
Dio un paso adelante, entre las filas de aprendices, y se detuvo junto a la tímida chica kyraliana.
—¿Bina?
La muchacha parpadeó con gracia, luego alzó la cabeza y clavó la vista en el mago. Los ojos de este aguantaron la mirada y ella bajó la cabeza rápidamente.
—Hum... —Una pausa; de repente se animó—. La bondad, milord. El modo en que él o ella utiliza la magia.
—No. —Su tono fue más amable—. Aunque ese es un atributo muy importante y que esperamos de todos nuestros magos.
Jerrik continuó avanzando por el pasillo. Sonea volvió la cabeza para observarle, pero se dio cuenta de que el resto de los aprendices miraban fijamente hacia la parte delantera de la habitación. Se sentía intranquila, así que los imitó, mientras escuchaba los pasos del mago, que se aproximaba.
—¿Elayk?
—¿El talento, milord? —El muchacho tenía un fuerte acento lonmariano.
—No.
Los pasos estaban cada vez más cerca. Sonea sintió un cosquilleo en la parte superior de su espalda. ¿Qué contestaría si le preguntaba? Seguramente todas las posibles respuestas ya habían sido dichas. Inspiró silenciosamente y dejó salir el aire poco a poco. De todas formas no le preguntaría. Ella era la insignificante chica de las...
—¿Sonea?
Su estómago dio una sacudida. Al levantar la mirada, vio a Jerrik descollando sobre ella; sus ojos se iban tornando más fríos a cada instante de indecisión por su parte.
Entonces supo la respuesta. Era fácil. Después de todo, debería saberlo mejor que cualquiera de los aprendices, pues ella casi había muerto cuando sus propios poderes se habían vuelto incontrolables. Jerrik conocía este hecho, y probablemente era la razón por la que le preguntaba.
—El Control, milord.
—No.
El mago suspiró y caminó hacia la parte delantera de la clase. Sonea se quedó mirando las vetas de la mesa de madera, con el rostro ardiendo.
El rector de la universidad se detuvo delante del escritorio y se cruzó de brazos. Volvió a pasear la mirada por la habitación. La clase aguardaba, expectante y avergonzada.
—El atributo más importante de un mago es el conocimiento. —Hizo una pausa, y luego miró, uno tras otro, a los aprendices a quienes había preguntado—. Sin él, la fuerza de un mago de nada sirve, no posee nada a lo que aplicar su habilidad o talento, aun con la mejor de sus intenciones. —Los ojos del mago titilaron al mirar a Sonea—. Incluso si sus poderes emergen a la superficie por sí mismos, pronto estará muerto si no adquiere el conocimiento necesario para controlarlos.
La clase, como un solo ser, dejó escapar el aliento. Unas pocas caras se volvieron un instante hacia Sonea. Congelada por una semiinconsciencia, continuaba con los ojos fijos en el pupitre.
—El Gremio es el mayor y más exhaustivo almacén de conocimiento del mundo —prosiguió Jerrik, con una nota de orgullo en su voz—. Durante los años que paséis aquí, se os será transmitido ese conocimiento, o al menos parte de él. Si prestáis atención, escucháis lo que vuestros maestros han de contaros y hacéis uso de los recursos disponibles, como la vasta biblioteca, destacaréis. Sin embargo —añadió, y su tono se ensombreció—, si no prestáis atención, ni rendís respeto a vuestros mayores, ni sacáis ventaja de los siglos de conocimiento reunido por vuestros predecesores, solo conseguiréis avergonzaros a vosotros mismos. Los años que tenéis por delante no serán fáciles —advirtió—. Debéis entregaros por completo, ser disciplinados y conscientes de vuestras obligaciones... —Hizo una pausa y examinó los rostros frente a él—. Si pretendéis desarrollar plenamente vuestro potencial como magos del Gremio.
La atmósfera de la habitación había pasado del alivio a una nueva variedad de tensión. Los aprendices permanecían en tanto silencio que Sonea podía oírles respirar; Jerrik irguió la espalda y juntó las manos detrás.
—Probablemente conocéis —dijo en un tono de voz más suave—los tres niveles de Control, que son la base de vuestra educación universitaria. El primero, destapar vuestro poder, lo alcanzaréis hoy. El segundo, la capacidad de acceder, invocar y contener vuestra reserva de poder, será la tarea para el resto de esta mañana, y todas las mañanas, hasta que podáis conseguir las tres cosas sin pensar. El tercero, desentrañar las muchas maneras en que el poder puede ser utilizado, os será revelado a lo largo de los años desde hoy hasta vuestra graduación... aunque, con independencia de la disciplina en la que os especialicéis posteriormente, en ningún momento completaréis el tercer nivel. Una vez que os hayáis graduado, dependerá de vosotros ampliar el conocimiento que os hemos proporcionado, pero, desde luego, nunca sabréis todo lo que puede ser sabido. —Esbozó una sonrisa.
»El Gremio guarda más conocimiento del que seríais capaces de absorber en vuestra vida, probablemente más del que podríais aprender en cinco vidas. Aquí disponemos de tres disciplinas: sanación, alquimia y habilidades de guerrero. Para que podáis aprender lo suficiente de una de ellas, y convertiros en magos diestros y eficientes, vuestros profesores, y aquellos que les precedieron, han recopilado la información primordial y más relevante con el fin de transmitírosla. —Alzó ligeramente la barbilla—. Usad bien este conocimiento, aprendices del Gremio de los Magos de Kyralia.
Recorrió el aula con la mirada una vez más, luego se volvió y, tras un asentimiento de cabeza hacia lord Elben, abandonó la habitación.
La clase se quedó quieta y en silencio. El profesor permaneció inmóvil, observando las expresiones en los rostros de sus pupilos con una sonrisa de satisfacción. Entonces rodeó la larga mesa y les habló.
—Vuestra primera lección en Control da comienzo ahora. A cada uno de vosotros se le ha designado un profesor para esta lección. Os esperan tras la puerta contigua. Ahora, levantaos y dirigíos a esa habitación.
Las sillas se arrastraron por el suelo de madera cuando los aprendices se pusieron ansiosamente en pie. Sonea se levantó despacio. El profesor volvió la cabeza y la observó con frialdad.
—Excepto tú, Sonea —agregó con retraso—. Tú te quedarás aquí.
Esta vez todos los aprendices se volvieron para mirarla. Ella parpadeó, pasando de un rostro a otro, sintiéndose extrañamente culpable a medida que la comprensión despuntaba en los ojos de todos ellos.
—Vamos —instó el profesor.
Los aprendices empezaron a moverse. Sonea se dejó caer en la silla y observó a la clase salir en fila. Solo uno se volvió para mirarla de nuevo antes de atravesar la puerta. Sus labios estaban curvados hacia arriba en una mueca despectiva. Regin.
—Sonea.
Se sobresaltó y miró al profesor, sorprendida de que siguiera allí.
—Sí, milord.
Sus ojos perdieron un poco de su frialdad, y cruzó la sala hasta plantarse a su lado.
—Como ya has alcanzado el primer y segundo nivel de Control, te he traído el primer libro que estudiará la clase. —Sonea posó los ojos en un pequeño libro forrado de papel que el mago sostenía en la mano—. El libro contiene ejercicios prácticos, pero los realizaremos con el resto de la clase. Aun así, ganarás mucho al estudiar la información contenida en él.
Puso el libro sobre la mesa, dio media vuelta y se alejó.
—Gracias, lord Elben —le dijo ella a su espalda.
El profesor se detuvo y se volvió para mirarla con meridiana sorpresa; después continuó andando hasta la puerta.
La habitación quedó vacía y silenciosa una vez que el profesor se hubo ido. Sonea recorrió con la vista los otros pupitres. Contó nueve sillas desordenadas.
Miró el libro sobre la mesa y leyó: Seis lecciones para nuevos aprendices, por lord Liden, y una fecha. El ejemplar tenía más de un siglo de antigüedad. ¿Cuántos aprendices se habrían abierto camino con aquellos ejercicios? Hojeó el libro. El texto, comprobó con alivio, era claro y fácil de leer.
La magia es un arte útil, pero no sin limitaciones. El área natural de influencia de un mago se encuentra en el interior de su cuerpo, siendo la piel su frontera. Se requiere un mínimo esfuerzo para controlar la magia dentro de este espacio. Ningún otro mago puede influir en él, a menos que esté ejerciendo la sanación, lo cual requiere un contacto físico.
Se precisa un mayor esfuerzo para influir en lo que se halla fuera del cuerpo. Cuanto más lejos se encuentre el objeto a ser controlado, mayor será el esfuerzo necesario. La misma limitación es aplicable a la comunicación mental, aunque no es tan exigente como la mayoría de las tareas mágicas.
Rothen ya le había hablado de todo aquello, pero continuó leyendo. Más tarde, cuando ya había terminado tres lecciones y se disponía a empezar la cuarta, dos aprendices regresaron al aula. Reconoció al primero como Gennyl, el medio-lonmariano cuya tutela había sido reclamada durante la ceremonia. Su compañero era el otro chico larguirucho de Lonmar. Le echaron un único vistazo mientras se dirigían a sus asientos hacia la mitad del aula. Pudo percibir algo diferente en ellos, como si su presencia se hubiera amplificado. Supuso que eso significaba que sus poderes habían sido liberados. Pronto aprenderían a ocultarlos, igual que lo había hecho ella. Parecía que alcanzar el primer nivel no era un proceso difícil o lento. El segundo nivel, bien lo sabía ella, costaba más.
Entablaron una conversación entre murmullos, en el lenguaje líquido de su tierra natal. Otro aprendiz entró en la habitación, un muchacho kyraliano con unas ojeras oscuras. Se sentó y permaneció en silencio, clavando fijamente la vista en el pupitre.
Había algo extraño en él. Sonea pudo sentir un aura de magia a su alrededor, pero latía erráticamente, a veces con fuerza, a veces desvaneciéndose más allá de toda detección. Como no quería que se sintiera ofendido por su escrutinio, apartó la mirada. Hasta que los aprendices hubieran alcanzado el primer y segundo nivel de Control, podría percibir de ellos toda clase de cosas extrañas.
Una risa al otro lado de la puerta atrajo su atención cuando se disponía a reiniciar la lectura. En esta ocasión entraron en el aula cinco aprendices, en fila, por lo que ya solo faltaba Regin. Sin una figura de autoridad que los vigilara, los aprendices se pusieron a holgazanear, sentándose en las mesas y hablando en pequeños grupos. Los sentidos de Sonea zumbaban con sus presencias mágicas.
Nadie se aproximó a ella. Se sintió al mismo tiempo aliviada y decepcionada. No sabían qué esperar de ella, razonó, así que la evitaban. Tendría que ser la primera en mostrarse amigable. Si no lo hacía, entonces podrían llegar a la conclusión de que no quería mezclarse con ellos.
La bonita muchacha elynea estaba sentada cerca, masajeándose las sienes. Recordando los dolores de cabeza que Rothen había padecido durante sus propias lecciones de Control, Sonea se preguntó si aquella chica apreciaría un poco de amabilidad. Lentamente, tratando de aparentar seguridad, se levantó y cruzó la sala hasta la mesa de la chica
—No es fácil, ¿verdad? —aventuró Sonea.
La chica alzó los ojos sorprendida, luego se encogió de hombros y volvió a posar la mirada en la mesa. Al no recibir respuesta, Sonea empezó a sospechar, con cierto malestar en el estómago, que la chica la estaba ignorando.
—Ella no me gusta —dijo de pronto, con un fuerte acento elyneo.
Sonea parpadeó perpleja.
—¿Quién?
—Lady Kinla —dijo la chica con irritación. Pronunció el nombre como «Keenlar».
—¿La que te enseña Control? Hummm, eso lo haría difícil.
—No es que lady Kinla sea una mala persona. —La muchacha suspiró—. Es solo que no la quiero en mi mente. Es tan... —Sus rizos pelirrojos se balancearon cuando sacudió la cabeza.
Delante de la chica elynea había un sitio libre. Sonea se sentó en él y se giró para hablar cara a cara con la muchacha.
—No quieres que vea algunas cosas de tu mente, ¿verdad? —insistió Sonea—. Cosas que no son incorrectas o malas, sino que simplemente no quieres que otra persona las vea, ¿a que sí?
—Sí, eso es —respondió levantando la vista, con los ojos bien abiertos y angustiados—, pero tengo que dejar que las vea, ¿no es cierto?
Sonea frunció el ceño.
—No, no tienes que hacerlo... Bueno, no sé exactamente lo que quieres mantener apartado de ella, pero... Bueno, esas cosas pueden ocultarse.
La chica miró fijamente a Sonea.
—¿Cómo?
—Imagina una especie de puerta y ponlas al otro lado —explicó Sonea—. Lady Kinla seguramente vea lo que has hecho, pero no tratará de llegar hasta ellas, igual que Rothen no trató de llegar a las mías.
Los ojos de la chica se abrieron aún más.
—¿Lord Rothen te enseñó Control? ¿Él estuvo en tu mente? —preguntó jadeando.
—Sí —asintió Sonea.
—¡Pero es un hombre!
—Bueno... él me enseñó. ¿Por eso tú tienes a una lady como profesora? ¿Te tiene que enseñar una mujer?
—Por supuesto. —La chica la contemplaba horrorizada.
Sonea sacudió la cabeza lentamente.
—No lo sabía, pero no entiendo qué diferencia puede suponer que te enseñe un mago o una maga. Tal vez... —Arrugó la frente—. Si no hubiera podido ocultar todos mis pensamientos secretos, habría sido mejor tener a una profesora mujer.
La chica se había apartado un poco de Sonea.
—No sería correcto que una chica de nuestra edad compartiera su mente con un hombre.
Sonea se encogió de hombros.
—Son solo mentes. Es como hablar, pero más rápido. No hay nada malo en hablar con un hombre, ¿verdad?
—No...
—Sencillamente, no hablas de ciertas cosas. —Sonea le dirigió una significativa mirada. Poco a poco, en el rostro de la chica empezó a dibujarse una sonrisa.
—No... excepto en ocasiones especiales, supongo.
—Issle. —Una voz aguda irrumpió en la habitación. Sonea levantó la mirada hacia una mujer de mediana edad con túnica verde que estaba de pie en la puerta—. Ya has descansado suficiente tiempo. Ven conmigo.
—Sí, milady —dijo la chica tras un suspiro.
—Buena suerte —le deseó Sonea mientras la chica se marchaba a toda prisa. No estaba segura de si Issle la había oído, pues desapareció por la puerta sin mirar atrás.
Sonea observó el libro que sostenía en las manos y se permitió esbozar una pequeña sonrisa. Era un comienzo. Tal vez, más tarde, pudiera volver a hablar con Issle.
Regresó a su pupitre y continuó leyendo.
Proyección:
Mover un objeto es más rápido y sencillo si se halla a la vista. Mover un objeto fuera de nuestro campo visual puede hacerse extendiendo la percepción mental para localizarlo primero. Esto conlleva más tiempo y un mayor esfuerzo, no obstante, y...
Aburrida, Sonea empezó a observar a los aprendices yendo y viniendo. Estaba atenta a sus nombres, y trató de adivinar cómo eran. A Shern, el chico kyraliano con oscuras ojeras, se le había crispado el rostro cuando su profesor regresó y pronunció su nombre. Había mirado al mago con ojos angustiados, y cuando empujó hacia atrás la silla y se dirigió a la puerta arrastrando los pies, sus movimientos habían expresado desgana.
Regin había entablado amistad con dos chicos, Kano y Vallon. La tímida chica kyraliana escuchaba atentamente su conversación, y el muchacho elyneo dibujaba en el libro forrado de papel. Cuando Issle regresó, se derrumbó en su asiento y hundió la cabeza entre los brazos. Sonea había oído a los otros quejarse de los dolores de cabeza y decidió dejar tranquila a la muchacha.
Cuando sonó el gong anunciando el descanso intermedio, Sonea dejó escapar un silencioso suspiro de alivio. Solo se había dedicado a leer sobre temas que ya sabía, constantemente distraída por las idas y venidas de los demás aprendices. No había sido una primera clase particularmente interesante.
Lord Elben entró en la sala a trancos, provocando que los aprendices retornaran precipitadamente a sus sitios. Esperó hasta que todos estuvieron en sus asientos y después se aclaró la garganta.
—Reanudaremos las lecciones de Control mañana a la misma hora —les dijo—. Vuestra próxima clase versará sobre la historia del Gremio, y será impartida en la segunda aula del piso de arriba. Ya podéis marcharos.
Se oyeron varios suspiros de alivio por toda la clase. Los aprendices se levantaron, se inclinaron ante el profesor y echaron a andar hacia la puerta. Sonea se quedó atrás, y se percató de que el chico de Elyne se había unido al grupo de nuevos amigos de Regin. Los siguió discretamente, devolvió el libro al profesor cuando pasó a su lado y después alargó la zancada para ponerse a la altura de Issle.
—¿Ha ido mejor la segunda vez?
La chica miró a Sonea y asintió con la cabeza.
—Hice lo que me dijiste. No funcionó, pero creo que lo hará la próxima vez.
—Eso es bueno. Todo es más fácil después.
Caminaron en silencio unos metros. Sonea buscaba algo que decir.
—Tú eres Issle de Fonden, ¿verdad? —observó una voz.
Issle se dio la vuelta y se detuvo cuando Regin y los otros dos aprendices se aproximaron.
—Sí —dijo ella, sonriendo cortésmente.
—¿Cuyo padre es consejero del rey Marend? —preguntó Regin, arqueando las cejas.
—Correcto.
—Yo soy Regin de Winar —se presentó, haciendo una reverencia con exagerada cortesía—, de la Casa Paren. ¿Me permitirías escoltarte hasta el refectorio?
Ella sonrió abiertamente.
—Sería todo un honor.
—No. —Regin sonreía suavemente—. El honor es mío.
Pasó entre Issle y Sonea, obligando a esta a moverse hacia atrás para evitarle, y tomó el brazo de la muchacha. Los compañeros de Regin se situaron detrás de la pareja cuando esta reanudó la marcha. Ninguno de ellos miró a Sonea, que se encontró relegada a la cola del grupo. Tras descender la escalera de la universidad, se detuvo y observó cómo se alejaban sin mirar atrás.
Issle ni siquiera le había dado las gracias.
«No debería sorprenderte —se dijo a sí misma—. Son unos niños ricos mimados y sin modales.»
«No —se reprendió—. No he de ser injusta. Si me hubieran pedido que aceptara a uno de ellos en la banda de Harrin, no habría sido fácil. Tarde o temprano olvidarán que soy diferente. Tan solo debo darles tiempo.»
Mientras Tania, la sirvienta de Rothen, colocaba el desayuno en la mesa, Sonea se dejó caer en la silla y suspiró. Rothen levantó la mirada y, notando la expresión resignada e infeliz de su rostro, deseó haber podido regresar directamente tras la clase del día anterior, en lugar de pasar horas discutiendo las lecciones con lord Peakin.
—¿Cómo te fue ayer? —preguntó.
Sonea vaciló antes de responder.
—Ninguno de los aprendices sabe usar la magia. Todavía están aprendiendo Control, y lord Elben me dio un libro para leer.
—Todos los aprendices son incapaces de usar la magia cuando empiezan con nosotros. No desarrollamos sus poderes hasta que han recitado el juramento. Creí que te habrías dado cuenta de ello —dijo, y sonrió—. Haber desplegado tu poder de forma natural tiene sus ventajas.
—Pero pasarán semanas hasta que puedan comenzar las lecciones. Lo único que hice fue leer todo el rato el mismo libro... y era sobre cosas que ya sé. —Alzó la vista; en sus ojos había una chispa de esperanza—. ¿Por qué no me quedo aquí hasta que se pongan al día?
Rothen reprimió una carcajada.
—No frenamos el progreso de un aprendiz si él o ella aprende más rápido que los demás. Deberías aprovechar al máximo la oportunidad. Pide otro libro para leer, o prueba a ver si tu profesor está dispuesto a practicar algunos ejercicios contigo.
—No creo que a los demás aprendices le gustara eso —replicó Sonea haciendo una mueca.
El mago frunció los labios. Tenía razón, desde luego, pero también sabía que si pedía a Jerrik que la eximiera de sus clases hasta que los otros estuvieran preparados, el rector se negaría.
—Se espera de los aprendices que compitan entre ellos —le dijo—. Tus compañeros de clase siempre intentarán quedar por encima de ti, y que tú misma te frenes no supondrá ninguna diferencia. De hecho, perderás su respeto si sacrificas tu aprendizaje por temor a ofenderles.
Sonea asintió y bajó la mirada a la mesa. Rothen experimentó un ramalazo de compasión por la muchacha. No importaba lo mucho que la había aconsejado, tenía que ser confuso y frustrante estar de repente confinada en el insignificante mundillo de los aprendices.
—En realidad no les has cogido tanta delantera —le dijo—. Necesité semanas para enseñarte Control porque primero tenías que aprender a confiar en mí. Los estudiantes más rápidos estarán listos hacia finales de semana, y al resto le llevará como mucho dos. Se pondrán a tu altura antes de lo que esperas, Sonea.
Ella asintió. Cogió una cucharada de polvo de un frasco y lo mezcló con agua caliente de una jarra. El acre aroma de la raka alcanzó la nariz de Rothen. El mago torció el gesto mientras la chica bebía, preguntándose cómo podía tolerar aquel estimulante. La había persuadido para que probara el sumi, bebida popular en las Casas, pero no le había tomado el gusto.
Sonea tamborileó con las uñas contra el lateral de la taza.
—Issle también comentó algo extraño. Dijo que los hombres no deberían enseñar a las aprendices.
—¿Esa Issle es una chica elynea?
—Sí.
—Ah... —Suspiró—. Elyneos. Son más remilgados que los kyralianos en cuanto a la interacción entre chicas y chicos. Insisten en que sus hijas sean educadas por mujeres, y se muestran tan conmocionados si ven a una chica de cualquier raza siendo enseñada por un hombre que hemos adoptado esta «norma» para todas las aprendices. Irónicamente, tienen una mente bastante abierta en lo referente a las actividades de los adultos.
—Conmocionada —asintió Sonea—. Sí, así me pareció que estaba.
Rothen frunció el ceño.
—Quizá habría sido más sabio dejar que presumiera que contraté a una profesora para ti. Los elyneos pueden ser muy sentenciosos sobre cosas como esa.
—Ojalá me lo hubieras contado antes. Se mostró simpática al principio, pero... —Sonea sacudió la cabeza.
—Lo olvidará —le aseguró él—. Dale tiempo, Sonea. En pocas semanas tendrás unos cuantos compañeros, y te estarás preguntando qué era lo que tanto te preocupaba.
Ella contempló su taza de raka.
—Me conformaría con solo uno.
En el amplio despacho en penumbras del administrador del Gremio, un globo de luz mágica flotaba arriba y abajo, proyectando sombras que desfilaban por las paredes. Cuando Lorlen llegó al final de la carta, interrumpió su caminar y masculló una maldición.
—¡Veinte de oro por una botella!
Regresó a la silla, se sentó, abrió una caja y sacó una hoja de papel grueso. El sonido de los decididos trazos de su pluma al escribir llenó la habitación. Se detenía de vez en cuando, y entrecerraba los ojos mientras pensaba las palabras. Firmó la carta con una floritura, se reclinó en el asiento y estudió el resultado final.
Después, exhalando un suspiro, la dejó caer en la papelera bajo el escritorio.
Los proveedores del Gremio se habían aprovechado del dinero del rey durante siglos. Cualquier artículo doblaba o triplicaba su precio normal cuando el comprador era el Gremio. Era una de las razones por las que el Gremio cultivaba sus propias plantas medicinales.
Con los codos hincados en la mesa, Lorlen apoyó la barbilla en la palma de una mano y reconsideró la lista de precios de la carta del fabricante de vinos. Podría simplemente omitir el pedido de vino. Acarrearía consecuencias políticas, desde luego, pero ninguna que no pudiera evitarse si se adquirían otros bienes de la misma Casa.
Pero el vino era el favorito de Akkarin. Elaborado a partir de la más fina variedad de bayas de vare, su sabor era dulce y generoso. El Gran Lord siempre guardaba una botella en su sala de invitados, y no le complacería que su provisión se agotara.
Lorlen torció el gesto y cogió una hoja de papel nueva. Entonces se detuvo. No debería consentir a Akkarin caprichos de este tipo. Nunca había tenido esa costumbre en el pasado, y Akkarin podría percatarse del cambio. Quizá se preguntara por qué Lorlen actuaba de un modo tan impropio de su personalidad.
Pero seguramente Akkarin debía de haber notado que ahora Lorlen rara vez se dejaba caer para una charla vespertina. Frunció el ceño mientras calculaba el tiempo transcurrido desde la última vez que reunió el coraje necesario para visitar al Gran Lord. Demasiado.
Lanzó un suspiro, apoyó la frente en las manos y cerró los ojos.
«Ah, Sonea. ¿Por qué tuviste que revelarme su secreto?»
El recuerdo cruzó su mente. El recuerdo de Sonea, no el suyo propio, pero aun así los detalles eran vívidos...
—Está hecho —dijo Akkarin, entonces se quitó la capa, dejando al descubierto sus ropas manchadas de sangre. Bajó la vista y se observó—. ¿Has traído mi túnica?
Tras la respuesta entre dientes del sirviente, Akkarin se sacó la camisa de mendigo. Debajo llevaba un cinturón de cuero alrededor de la cintura, del que colgaba la vaina de una daga. Se refregó el cuerpo, luego salió del campo de visión y regresó vistiendo su túnica negra. Recogió la vaina, sacó una daga reluciente y empezó a limpiarla con una toalla. Cuando finalizó, miró al criado.
—La pelea me ha debilitado. Necesito tu fuerza.
El sirviente cayó sobre una rodilla y le ofreció un brazo. Akkarin deslizó el filo por la piel de la muñeca del hombre, luego puso una mano sobre la herida...
Lorlen se estremeció. Abrió los ojos, inspiró profundamente y sacudió la cabeza.
Deseaba poder borrar los recuerdos de Sonea, tomarlos como algo inocente que había sido malinterpretado por una persona que siempre creyó que los magos eran perversos y crueles, pero era imposible que unos recuerdos tan nítidos fueran falsos. Y además, ¿cómo podía haberse inventado todo aquello cuando no comprendía lo que había presenciado? Casi sonrió ante la hipótesis de Sonea de que el mago de túnica negra era un asesino secreto del Gremio. La verdad era, de lejos, bastante peor, y por mucho que Lorlen lo anhelara, no podía ignorarlo.
Akkarin, su amigo más íntimo y Gran Lord del Gremio, practicaba la magia negra.
Lorlen siempre había albergado un silencioso orgullo por pertenecer, y ahora gestionar, la mayor alianza de magos que jamás había existido. Una parte de él se sentía indignada por el hecho de que el Gran Lord, quien debería representar todo lo que era respetable y bueno en el Gremio, llevara a cabo escarceos con magia prohibida, diabólica. Esa parte quería desvelar el crimen, despojar a aquel hombre potencialmente peligroso de su posición de influencia y autoridad.
Pero otra parte de él también reconocía el peligro de intentar enfrentarse al Gran Lord. Requería precaución. Lorlen se estremeció otra vez al rememorar el día, muchos años antes, en que se había celebrado el torneo para elegir al nuevo Gran Lord. En una prueba de fuerza, Akkarin no solo derrotó a los magos más poderosos del Gremio, sino que, en un ejercicio diseñado para descubrir sus límites, resistió con facilidad la fuerza combinada de veinte de los magos más poderosos.
Akkarin no siempre había sido tan fuerte. Lorlen era, de todos los magos, quien mejor lo sabía. Su amistad se remontaba hasta el primer día de ambos en la universidad. A lo largo de los años que duró su entrenamiento habían luchado muchas veces en la Arena y descubierto que sus límites eran similares. Sin embargo, los poderes de Akkarin habían continuado creciendo, de modo que para cuando regresó de sus viajes, ya superaba con creces a cualquier otro mago.
Ahora Lorlen se preguntaba si ese crecimiento había sido natural. El viaje de Akkarin había tenido como meta la búsqueda de conocimiento sobre magia de tiempos ancestrales. Había pasado cinco años explorando las Tierras Aliadas, pero cuando regresó, delgado y abatido, declaró que toda la información reunida se había perdido durante la etapa final del viaje.
¿Y si descubrió algo? ¿Y si descubrió la magia negra?
Y además estaba Takan, el hombre que Sonea había visto ayudando a Akkarin en la habitación subterránea. Akkarin había adoptado a Takan como sirviente durante sus viajes, y mantuvo los servicios del hombre tras su vuelta a casa. ¿Cuál era el papel de Takan en todo aquello? ¿Era una víctima de Akkarin o su cómplice?
La idea de que el sirviente fuese una víctima involuntaria le afligía, pero no podía interrogar al hombre sin desvelar que conocía el crimen de Akkarin. Era un riesgo demasiado grande.
Lorlen se masajeó las sienes. Durante meses había estado rumiando el asunto, intentando decidir qué hacer. Era posible que Akarin hubiera jugueteado con la magia negra simplemente por curiosidad. Poco se sabía sobre ella, y obviamente existían formas de usarla que no implicaban el asesinato. Takan seguía vivo y desempeñando sus obligaciones. Sería una terrible traición a su amistad que Lorlen desvelara el crimen de Akkarin y provocara su expulsión, o incluso su ejecución, como consecuencia de lo que quizá consistía en un mero experimento.
Entonces ¿por qué tenía Akkarin la ropa manchada de sangre cuando Sonea lo vio?
Lorlen hizo una mueca. Algo horrible había sucedido aquella noche. «Está hecho», había dicho Akkarin. Una tarea cumplida. Pero ¿cuál? Y... ¿por qué?
Tal vez existiera una explicación razonable. Lorlen suspiró.
«Tal vez solo deseo que exista una.»
¿Su indecisión para actuar era simplemente una renuencia a descubrir que su amigo era culpable de crímenes terribles, o una renuencia a ver al hombre que había admirado y en el que había confiado durante tantos años convertido en un monstruo sediento de sangre?
En cualquier caso, no podía interrogar a Akkarin. Tendría que hallar otro modo.
En los últimos meses había configurado una lista mental con la información que necesitaba. ¿Por qué practicaba Akkarin la magia negra? ¿Desde cuándo? ¿Qué era capaz de hacer Akkarin con esta magia? ¿Cuán fuerte era y cómo podía ser derrotado? Aunque Lorlen estuviera quebrantando la ley al buscar datos sobre magia negra, el Gremio necesitaba conocer las respuestas a estas cuestiones por si llegaba el momento de enfrentarse a Akkarin.
Tuvo poco éxito en la biblioteca de los magos, pero eso no constituyó una sorpresa. Los magos superiores habían recibido la instrucción en magia negra suficiente para poder reconocerla; el resto del Gremio solo sabía que estaba prohibida. Una información más extensa no debería ser fácil de encontrar.
Necesitaba buscar en otra parte. Lorlen había pensado inmediatamente en la Gran Biblioteca de Elyne, un almacén de conocimiento mayor incluso que el del Gremio. Entonces recordó que la Gran Biblioteca había sido la primera parada en el trayecto de Akkarin, y comenzó a plantearse si podría encontrar algunas respuestas rastreando los pasos de su amigo.
Pero no podía dejar el Gremio. Su posición como administrador demandaba una atención constante, y un viaje de tales características con seguridad atraería la curiosidad de Akkarin, lo cual implicaba que otro debía ir en su lugar.
Lorlen había reflexionado cuidadosamente sobre a quién podría confiar tal tarea. Tenía que ser alguien lo bastante prudente para ocultar la verdad si llegara el caso. También necesitaba a alguien experto en desenterrar secretos.
La elección había sido sorprendentemente fácil.
Lord Dannyl.
Cuando los aprendices entraron en el refectorio, Sonea fue tras sus pasos. Regin, Gennyl y Shern no se habían reincorporado a la clase al final de la lección matutina, por lo que Sonea había seguido al resto. El recinto era una sala grande que contenía varios conjuntos de mesas y sillas. Había sirvientes que constantemente entraban de una cocina anexa, llevando bandejas cargadas con comida de las que los estudiantes podían elegir.
Ninguno de los aprendices protestó cuando Sonea se atrevió a unirse a ellos. Unos pocos la miraron con recelo mientras cogía los cubiertos, pero el resto la ignoró.
Como el día previo, la conversación entre los aprendices fue torpe al principio. La mayoría de ellos se mostraban tímidos e inseguros entre sí. Entonces Alend contó a Kano que había vivido en Vin un año, y los demás empezaron a interrogarle sobre aquella tierra. Las preguntas pronto se extendieron a los hogares y familias de los otros aprendices, y entonces Alend miró a Sonea.
—¿Así que te criaste en las barriadas?
Todas las caras se volvieron hacia Sonea. Terminó de masticar y tragó, consciente del repentino interés de todos ellos.
—Durante unos diez años —les dijo—. Vivía con mi tío y mi tía. Después tuvimos una habitación en la Cuaderna Septentrional.
—¿Y tus padres?
—Mi madre murió cuando yo era una niña. Mi padre... —Se encogió de hombros—. Se marchó.
—¿Y te dejó sola en las barriadas? ¡Eso es horrible! —exclamó Bina.
—Mis tíos me cuidaron. —Sonea se las apañó para sonreír—. Y tenía muchos amigos.
—¿Sigues viendo a tus amigos? —preguntó Issle.
Sonea negó con la cabeza.
—No mucho.
—¿Y tu amigo-ladrón, el que lord Fergun encerró bajo la universidad? ¿No ha vuelto en varias ocasiones?
—Sí —contestó asintiendo con la cabeza.
—Pertenece a los ladrones, ¿verdad? —preguntó Issle.
Sonea vaciló. Podía negarlo, pero ¿la creerían?
—No lo sé con certeza. En seis meses pueden cambiar muchas cosas.
—¿Tú también fuiste una ladrona?
—¿Yo? —Sonea soltó una risilla—. No todo el mundo que vive en las barriadas trabaja para los ladrones.
Los otros parecieron relajarse un poco. Unos cuantos incluso asintieron con la cabeza. Issle les echó una mirada, después puso mala cara.
—Pero robabas cosas, ¿no? —dijo—. Eras como esos rateros del mercado.
Sonea notó un rubor en la cara, y supo que su reacción la había traicionado. Si lo negaba, asumirían que mentía. Quizá la verdad le haría ganarse su simpatía...
—Sí, robé comida y dinero cuando era una niña —admitió, forzándose a sí misma a levantar la cabeza y mirar desafiante a Issle—. Pero solo cuando pasaba hambre, o cuando llegaba el invierno y necesitaba zapatos y ropas de abrigo.
Los ojos de Issle brillaron triunfantes.
—Así que eres una ladrona.
—Pero era una niña, Issle —protestó Alend débilmente—. Tú también robarías si no tuvieras nada para comer.
Los otros miraron a Issle con cara de desaprobación, pero ella apartó la cabeza con actitud desdeñosa; a continuación se inclinó hacia Sonea y clavó en ella una gélida mirada.
—Responde sinceramente —la retó—. ¿Has matado alguna vez a alguien?
Sonea devolvió la mirada a Issle y sintió una creciente ira. Quizá si Issle conociera la verdad, la próxima vez vacilaría antes de meterse con ella.
—No lo sé.
Los otros se volvieron a mirar a Sonea.
—¿Qué quieres decir? —dijo Issle con sorna—. O lo has hecho o no.
Sonea posó la vista en la mesa; luego giró la cabeza hacia la chica, con los ojos entornados.
—De acuerdo, pues tenéis que saberlo. Una noche, hace unos dos años, un hombre me agarró y me empujó a un callejón. Él... bueno, podéis estar seguros de que no iba a preguntarme por una dirección. Cuando conseguí liberar un mano, le clavé mi cuchillo y salí corriendo. No me quedé por allí, así que no sé si sobrevivió o no.
Los demás callaron durante varios minutos.
—Podrías haber gritado —sugirió Issle.
—¿Crees de verdad que alguien va a arriesgar su vida para salvar a una niña pobre? —preguntó fríamente Sonea—. El hombre podría haberme cortado el cuello para hacerme callar, o podría haber atraído a más matones.
Bina se estremeció.
—Qué horror.
Sonea sintió una chispa de esperanza ante la empatía de la chica, pero desapareció con la siguiente pregunta.
—¿Llevas un cuchillo?
Al reconocer el acento lonmariano, Sonea se volvió y se topó con los ojos verdes de Elayk.
—Como todo el mundo. Para abrir paquetes, pelar fruta...
—Cortar las correas de las bolsas —agregó Issle.
Sonea dirigió a la chica una mirada inexpresiva. Issle, a su vez, la observó con frialdad.
«Es obvio que perdí el tiempo ayudando a esta», pensó Sonea.
—Sonea —llamó de pronto una voz—. Mira lo que te he guardado.
Los aprendices se giraron cuando una figura familiar se acercó con aire despreocupado a la mesa, sosteniendo un plato. Regin sonrió abiertamente, y después arrojó el plato delante de Sonea. Ella se ruborizó al ver que estaba cubierto de cortezas de pan y sobras de comida.
—Eres un chico generoso y bien educado, Regin —dijo Sonea, apartando el plato—. Gracias, pero ya he comido.
—Pero debes de seguir hambrienta —dijo él en un tono de fingida compasión—. Mírate, tan pequeña y flacucha. De verdad que tienes aspecto de necesitar una buena comida, o tres. ¿Tus padres no te alimentaron apropiadamente?
El muchacho empujó el plato de nuevo hacia ella.
Sonea lo retiró.
—No, en realidad no lo hicieron.
—Están muertos —declaró alguien.
—Bueno, ¿por qué no te lo llevas por si te entra hambre más tarde?
Con un rápido movimiento, Regin empujó el plato hasta el borde la mesa y lo hizo caer en el regazo de Sonea. Los aprendices dejaron escapar algunas risas ahogadas cuando los restos de comida grasienta salpicaron su túnica y el suelo, cubriéndolo todo con una espesa salsa marrón. Sonea maldijo, olvidando las cuidadas instrucciones de Rothen, e Issle profirió un pequeño sonido de repulsión.
Alzó la vista y abrió la boca para hablar, pero en ese instante el gong de la universidad comenzó a sonar.
—¡Oh, querida! —exclamó Regin—. Hora de clase. Lamento que no podamos quedarnos para verte comer, Sonea. —Se volvió hacia los otros—. Vamos, todos. No queremos llegar tarde, ¿verdad?
Regin se alejó con paso arrogante, y los demás le siguieron. Pronto Sonea fue la única aprendiz que quedó en el refectorio. Se levantó suspirando, mientras sostenía contra el pecho los desechos de comida, y con cuidado volvió a poner el plato encima de la mesa. Inspeccionó la pegajosa salsa marrón que cubría su túnica y lanzó otra maldición, en voz baja.
¿Qué iba a hacer ahora? No podía asistir a la siguiente clase cubierta de manchas de comida. El profesor la enviaría a su habitación a cambiarse de ropa, lo que proporcionaría a Regin más argumentos para regodearse. No, primero tendría que ir a los aposentos de Rothen, y después pensar en una excusa más mundana para su tardanza.
Con la esperanza de no encontrarse a demasiadas personas en el camino, salió en dirección al alojamiento de los magos.
Dannyl sofocó un gemido al oír a los marineros reunirse en el espacio común al final del pasillo. Iba a ser otra larga noche. Una vez más, Jano fue a buscar a Dannyl y la tripulación saludó con vítores su llegada. Una botella apareció de alguna parte, y empezaron a tomar tragos de siyo, el potente licor aromático de origen vindeano. Cuando le llegó el turno, Dannyl pasó la botella directamente a Jano, ganándose una socarrona expresión de desaprobación por parte de los marineros.
Una vez que todos hubieron bebido, los marineros empezaron a discutir con afabilidad en su apocopada lengua nativa. Cuando finalmente llegaron a un acuerdo, comenzaron a cantar, instando a Dannyl para que se les uniera. En ocasiones previas había rehusado, pero esta vez clavó en Jano una adusta mirada.
—Me prometiste que traducirías.
El hombre sonrió abiertamente.
—Canción no le gustará.
—Deja que yo decida eso.
Jano titubeó mientras escuchaba la letra.
—En Capia mi amor tiene el pelo rojo, rojo... y pechos como sacos de tenn. En Tol-Gan mi amor tiene piernas fuertes, fuertes... y con ellas me envuelve. En Kiko mi amor tiene... eh... —Jano se encogió de hombros—. No conozco su palabra para eso.
—Me lo puedo imaginar —respondió Dannyl, sacudiendo la cabeza con tristeza—. Es suficiente. Creo que no quiero saber lo que estoy cantando.
Jano se echó a reír.
—Ahora me dice por qué no bebe siyo, ¿yai?
—El siyo huele fuerte. Potente.
—¡Siyo es potente! —dijo Jano con orgullo.
—No es una buena idea emborrachar a un mago —repuso Dannyl.
—¿Por qué no?
Dannyl frunció los labios, pensando en cómo explicarlo en términos que el vindeano pudiera entender.
—Cuando estás borracho, muy borracho, dices y haces cosas mal, o sin querer, ¿yai?
Jano se encogió de hombros y dio una palmadita a Dannyl.
—No preocuparse. No contaré a nadie.
Dannyl sonrió y sacudió la cabeza.
—No es bueno hacer magia mal, o sin querer. Puede ser peligroso.
Jano frunció el ceño, luego sus ojos se abrieron ligeramente.
—Pues le damos sorbito pequeño de siyo.
Dannyl se echó a reír.
—Muy bien.
Agitando la mano, Jano hizo señas a los marineros para que le pasaran el licor. Limpió la boca de la botella con la manga y se la ofreció a Dannyl.
Sabiendo que los demás le observaban atentamente, Dannyl se llevó la botella a los labios y dio un sorbito. Su boca se llenó con un agradable sabor a nueces, y un ardor le abrasó la garganta cuando tragó. Tomó aire y exhaló lentamente, apreciando cómo se extendía ese calor por su cuerpo. Los marineros le vitorearon cuando sonrió y asintió con un gesto de aprobación.
Jano devolvió la botella a los otros y entonces palmeó el hombro de Dannyl.
—Yo contento de no ser mago. Gustar licor pero no poder beber... —Meneó la cabeza—. Muy triste.
Dannyl se encogió de hombros.
—También me gusta la magia.
Los marineros rompieron a cantar de nuevo y, sin que Dannyl se lo pidiera, Jano tradujo la canción. Dannyl se encontró riendo ante la absurda vulgaridad de la letra.
—¿Qué significa eyoma?
—Sanguijuela marina —respondió Jano—. Cosa mala, mala. Le cuento la historia.
Súbitamente los demás se callaron y miraron a Jano y a Dannyl con ojos brillantes.
—Sanguijuela marina es como brazo de mano a codo. —Jano levantó su brazo para ilustrarlo—. Nada en grupos pequeños casi todo el tiempo, pero se juntan para criar muchas sanguijuelas, y muy muy peligrosas. Trepan por lado de barco pensando que es roca, y marineros tienen que matar, matar, matar, o eyoma se pega y chupa la sangre.
Dannyl miró a los otros marineros, que asentían con ahínco. De pronto empezó a sospechar que aquella historia podría ser falsa o una exageración: un cuento de terror que los hombres de mar contaban a los viajeros. Miró a Jano con los ojos entrecerrados, pero el hombre estaba demasiado enfrascado en la historia para darse cuenta.
—La sanguijuela marina chupa sangre de todos los peces grandes en agua. Si barco se hunde, hombres intentan nadar a la orilla, pero si sanguijuela marina los encuentra, se cansan rápido y mueren. Si hombre cae al agua en estación de cría, se ahoga por el peso de muchas sanguijuelas. —Miró a Dannyl, con los ojos abiertos como platos—. Forma horrible de morir.
A pesar de su escepticismo, Dannyl sintió un escalofrío ante la descripción del hombre. Jano le dio otra palmadita en el brazo.
—No preocuparse. Sanguijuela marina vive en agua templada. Arriba en el norte. Hay más siyo. Olvidar historia.
Dannyl aceptó la botella y tomó un modesto sorbito. Uno de los marineros empezó a tararear y pronto todos estuvieron cantando efusivamente. Dannyl permitió que le insistieran y acabó uniéndose a la canción, pero calló cuando se abrió la puerta de la cubierta y apareció el capitán.
Cuando el capitán descendió, la tripulación se calmó un poco, pero no dejó de cantar, en voz más baja. Numo saludó a Dannyl con la cabeza.
—Tengo algo que darle, milord.
Hizo una señal para que Dannyl le siguiera, y echó a andar por el pasillo hacia su camarote. Dannyl se puso de pie e hizo frente al vaivén del barco apoyando una mano en cada pared. Cuando traspasó la puerta del camarote de Numo, se halló en un compartimiento que, en contra de la afirmación de Jano, era al menos cuatro veces mayor que el suyo.
Había cartas de navegación desplegadas sobre una mesa en el centro de la habitación. Numo había abierto un aparador y sostenía una caja. Se sacó una llave de debajo de la camisa, abrió la tapa y extrajo un trozo de papel doblado.
—Pidieron que le diera esto antes de llegar a Capia.
Numo tendió el papel a Dannyl, después señaló una silla. Dannyl se sentó y examinó el sello. Tenía estampado el símbolo del Gremio, y el papel era de la más fina calidad.
Rompió el sello, desdobló el papel y al instante reconoció la caligrafía del administrador Lorlen.
Al segundo embajador del Gremio en Elyne, Dannyl, de la familia Vorin, Casa Tellen:
Debe perdonarme por disponer que la entrega de esta carta se realice después de su partida. Tengo una tarea que desearía que completara para mí, aparte de sus obligaciones como embajador. Esta tarea habrá de quedar en secreto, al menos por ahora, y esta forma de entrega es una pequeña precaución a tal efecto.
Como sabe, el Gran Lord Akkarin dejó Kyralia hace unos diez años para recopilar información sobre magia ancestral, una búsqueda que no fue completada. Su misión consistirá en recorrer sus pasos, volver a visitar todos los lugares que él visitó y averiguar quién le ayudó en su búsqueda, además de recopilar datos sobre el tema.
Por favor, reenvíeme toda la información a través de un mensajero. No se comunique conmigo de manera directa. Espero sus noticias.
Con mi agradecimiento,
Administrador LORLEN
Después de leer la carta varias veces, Dannyl la dobló de nuevo. ¿En qué andaba metido Lorlen? ¿Seguir los pasos del viaje de Akkarin? ¿Comunicación solo a través de un mensajero?
Abrió la carta una vez más y le echó otra rápida ojeada. Quizá Lorlen pedía confidencialidad simplemente porque no quería que se supiera que estaba sacando partido de la posición de embajador de Dannyl para tratar un asunto privado.
Ese asunto privado, sin embargo, era la exploración de Akkarin. ¿Sabía el Gran Lord que Lorlen estaba reavivando la búsqueda de sabiduría ancestral?
Consideró las posibles respuestas a esa pregunta. Si Akkarin lo sabía, entonces, presumiblemente, lo aprobaba. ¿Y si no lo sabía? Dannyl sonrió irónicamente. Quizá existía algo semejante a una sanguijuela marina en las historias de Akkarin, y Lorlen quería saber si era cierto.
O quizá Lorlen quería tener éxito allí donde su amigo había fracasado. La pareja había competido entre sí siendo aprendices. Lorlen, obviamente, no podía reanudar la búsqueda él mismo, y por lo tanto había reclutado a otro mago para actuar en su nombre. Dannyl sonrió.
«Y me ha escogido a mí.»
Volvió a doblar la carta, se levantó y se preparó para hacer frente al balanceo del barco. Sin duda Lorlen le revelaría con el tiempo sus razones para mantener el secreto. Entretanto, Dannyl sabía que disfrutaría del permiso para husmear en el pasado de alguien, en particular de alguien tan misterioso como el Gran Lord.
Dannyl se despidió de Numo con un gesto de la cabeza, abandonó el camarote, guardó la carta entre sus pertenencias, y regresó con Juno y la jovial tripulación.