Para cuando la noticia del accidente de Bailey se difundió por todo el asentamiento rural de Box Hill, corrÃan diversas versiones de lo ocurrido. Alguien de la constructora habÃa telefoneado a la madre y le habÃa contado que Bailey se habÃa herido al caerse un andamio en una obra del centro de Memphis, que estaban operándolo, que se encontraba estable y que confiaban en que vivirÃa. La madre, una inválida de más de 180 kilos que, era cosa sabida, se alteraba enseguida, pasó por alto parte de la información y rompió a llorar sin parar. Llamó a amigos y vecinos y, con cada réplica a la trágica noticia, se fueron alterando y exageraron varios detalles. La mujer no apuntó el número de teléfono de la persona de la constructora, de modo que no habÃa a quién telefonear para verificar o descartar los rumores que iban aumentando por minutos.
Uno de los compañeros de Bailey, otro chico de Ford County, llamó a su novia a Box Hill y le dio una versión un tanto diferente: a Bailey lo habÃa atropellado un buldócer situado cerca del andamio y prácticamente lo habÃa matado. Los cirujanos estaban en ello, pero la cosa pintaba mal.
Luego un administrador de un hospital de Memphis telefoneó a casa de Bailey, pidió hablar con la madre y le informaron de que estaba acostada, demasiado alterada para conversar e incapaz de atender al teléfono. La vecina que contestó a la llamada exprimió al administrador en busca de detalles, pero no sacó gran cosa. Algo se habÃa desmoronado en la obra, tal vez la zanja donde el joven estaba trabajando, o alguna otra variante por el estilo. SÃ, estaba en el quirófano, y el hospital necesitaba algunas informaciones básicas.
La casita de ladrillos de la madre de Bailey enseguida se convirtió en un lugar muy concurrido. Las visitas empezaron a llegar a última hora de la tarde: amigos, parientes y varios pastores de las pequeñas parroquias desperdigadas por Box Hill. Las mujeres se reunieron en la cocina y el cuarto de estar y cotillearon sin freno mientras el teléfono no dejaba de sonar. Los hombres se agruparon fuera y fumaron. Empezaron a aparecer cazuelas y pasteles.
Con poco que hacer y con escasa información acerca de las heridas de Bailey, los visitantes se aferraban al dato más nimio, lo analizaban, lo diseccionaban y luego lo pasaban a las mujeres de dentro o a los hombres de fuera. Bailey tenÃa una pierna destrozada y probablemente habrÃa que amputarla. TenÃa daños cerebrales graves. HabÃa caÃdo del andamio desde una altura de cuatro pisos, o quizá ocho. Se habÃa aplastado el pecho. Algunos de los datos y teorÃas se creaban sobre la marcha. Se realizaron incluso algunas sombrÃas indagaciones sobre los preparativos para el funeral.
Bailey tenÃa diecinueve años y en su breve vida jamás habÃa congregado a tantos amigos y admiradores. A medida que pasaban las horas, la comunidad en pleno iba queriéndolo más. Era un buen chico, bien educado, mucho mejor persona que su pobre padre, al que nadie veÃa desde hacÃa años.
La ex novia de Bailey se presentó en la casa y pronto se convirtió en el centro de atención. Estaba consternada y abrumada, y lloraba con facilidad, sobre todo cuando hablaban de su querido Bailey. Sin embargo, cuando la información se filtró hasta el dormitorio y la madre se enteró de que la muy fulana estaba en su casa, mandó que la echaran. Entonces la muy fulana se juntó con los hombres de fuera a coquetear y fumar. Al final se marchó, prometiendo que conducirÃa directamente hacia Memphis para ver a su Bailey.
El primo de un vecino vivÃa en Memphis y, de mala gana, aceptó ir al hospital a seguir los acontecimientos. Con la primera llamada informó de que efectivamente estaban operando al joven de heridas múltiples pero que parecÃa que se mantenÃa estable. HabÃa perdido mucha sangre. En la segunda llamada, el primo aclaró algunos datos. HabÃa hablado con el capataz de la obra y Bailey se habÃa herido al chocar un buldócer con el andamio, derribarlo y tirar al pobre chico a una especie de pozo desde cuatro metros y medio de altura. Estaban levantando las paredes de ladrillo de un edificio de oficinas de seis plantas en Memphis y Bailey trabajaba allà de peón de albañil. El hospital no permitirÃa las visitas hasta pasadas al menos veinticuatro horas y se necesitaban donaciones de sangre.
¿Peón de albañil? Su madre habÃa alardeado de que Bailey habÃa ascendido rápidamente en la empresa y ya era ayudante de capataz de obra. Sin embargo, dadas las circunstancias, nadie le preguntó por semejante discrepancia.
Al anochecer se presentó un hombre trajeado y explicó que venÃa a ser algo asà como un investigador. Lo pasaron con un tÃo, el hermano menor de la madre de Bailey, y, en conversación privada en el patio de atrás, entregó la tarjeta de visita de un abogado de Clanton. «El mejor abogado del condado —aseveró—. Y ya estamos trabajando en el caso.»
El tÃo quedó impresionado y prometió rechazar a los otros abogados —«una panda de cazaambulancias»— y maldecir a cualquier liquidador de seguros que apareciera por allÃ.
Con el tiempo se habló de organizar un viaje a Memphis. Aunque estaba a solo un par de horas en coche, lo mismo podrÃan haber sido cinco. En Box Hill, ir a la gran ciudad significaba conducir una hora hasta Tupelo, población de cincuenta mil habitantes. Memphis estaba en otro estado, en otro mundo, y además los delincuentes campaban a sus anchas. La tasa de asesinatos estaba a la altura de la de Detroit. VeÃan la carnicerÃa todas las noches en el Canal 5.
La madre de Bailey iba incapacitándose por momentos y saltaba a la vista que no estaba en condiciones de viajar, mucho menos de donar sangre. La hermana vivÃa en Clanton, pero no podÃa dejar a los niños solos. Al dÃa siguiente era viernes, un dÃa laborable, y en general se consideraba que un viaje semejante, de ida y vuelta a Memphis, sumado a lo de la sangre, llevarÃa muchas horas y, en fin, a saber cuándo podrÃan regresar a Ford County los donantes.
Otra llamada desde Memphis informó de que el chico habÃa salido del quirófano, aferrándose a la vida, y seguÃa necesitando sangre desesperadamente. Para cuando la noticia llegó al grupo de hombres que holgazaneaba en la entrada sonó a que el pobre Bailey morirÃa en cualquier momento a menos que sus seres queridos corrieran al hospital y se abrieran las venas.
Enseguida apareció un héroe. Se llamaba Wayne Agnor, un supuesto amigo Ãntimo de Bailey al que desde su nacimiento llamaban Aggie. Regentaba un garaje con su padre y, por tanto, disfrutaba de la flexibilidad horaria necesaria para un viaje rápido a Memphis. Además tenÃa camioneta propia, una Dodge último modelo, y aseguraba conocerse Memphis como la palma de la mano.
—Puedo salir ahora mismo —dijo Aggie al grupo, con orgullo, y se corrió la voz por la casa de que estaba organizándose un viaje.
Una de las mujeres calmó las cosas cuando explicó que se necesitaban varios donantes puesto que el hospital solo extraerÃa medio litro de cada uno. «No puedes donar a litros», explicó. Muy pocos habÃan donado sangre alguna vez y pensar en agujas y tubos asustaba a muchos de ellos. La casa y el jardÃn delantero quedaron en silencio. Vecinos preocupados que hacÃa solo unos instantes eran Ãntimos de Bailey en ese momento empezaban a marcar distancias.
—Yo también voy —anunció por fin otro joven, y lo felicitaron de inmediato.
Se llamaba Calvin Marr y su horario también era flexible, pero por razones diferentes: Calvin habÃa sido despedido de la fábrica de zapatos de Clanton y cobraba el paro. Le aterraban las agujas pero le intrigaba la aventura de ver Memphis por primera vez. SerÃa un honor donar sangre.
La idea de un compañero de viaje envalentonó a Aggie, que lanzó el reto:
—¿Alguien más?
Se oyó un murmullo generalizado mientras la mayorÃa de los hombres se miraba las botas.
—Iremos en mi camioneta y yo pagaré la gasolina —continuó Aggie.
—¿Cuándo salimos? —preguntó Calvin.
—Ahora mismo —contestó Aggie—. Es una urgencia.
—Eso es —añadió alguien.
—Mandaré a Roger —se ofreció un anciano caballero, y el comentario fue acogido con callado escepticismo. Roger, que no estaba presente, no tenÃa trabajo del que preocuparse porque era incapaz de conservar uno. HabÃa abandonado la secundaria y tenÃa un vistoso historial de alcohol y drogas. Desde luego las agujas no le intimidaban.
Aunque en general los hombres sabÃan poco sobre transfusiones, costaba imaginar a una vÃctima herida de tal gravedad que necesitara la sangre de Roger.
—¿Es que intentas matar a Bailey? —musitó uno de los presentes.
—Roger irá —insistió su padre, con orgullo.
La gran pregunta era: ¿está sobrio? Las batallas de Roger con sus demonios eran ampliamente conocidas y debatidas en Box Hill. Normalmente la mayorÃa de los lugareños sabÃa si él habÃa dejado la bebida o no.
—Últimamente se lo ve en buena forma —continuó su padre, aunque con una falta de convicción evidente. Pero la urgencia del momento venció cualquier duda y por fin Aggie preguntó:
—¿Dónde está?
—En casa.
Pues claro que estaba en casa. Roger nunca salÃa de casa. ¿Adónde iba a ir?
A los pocos minutos las señoras habÃan preparado un paquete grande con bocadillos y otros alimentos. Abrazaron, felicitaron y mimaron a Aggie y Calvin como si partieran a defender el paÃs. Cuando aceleraron, camino a salvar la vida de Bailey, todo el mundo estaba en la entrada despidiendo a los jóvenes valientes.
Roger los esperaba junto al buzón y, en cuanto se detuvo la camioneta, se asomó por la ventanilla del acompañante y preguntó:
—¿Pasaremos la noche fuera?
—No entra en mis planes —dijo Aggie.
—Bien.
Tras una breve discusión, finalmente se convino que Roger, de constitución delgada, se sentarÃa en medio, entre Aggie y Calvin, que eran mucho más grandes y gruesos. Depositaron el paquete de comida en las rodillas de Roger y este, a un kilómetro escaso de Box Hill, empezó a desenvolver un bocadillo de pavo. Con veintisiete años era el mayor de los tres, pero el tiempo no lo habÃa tratado bien. HabÃa pasado por dos divorcios y numerosos intentos frustrados de librarse de sus adicciones. Era enjuto y nervioso y, en cuanto terminó el primer bocadillo, desenvolvió el segundo. Tanto Aggie, de ciento diez kilos, como Calvin, de ciento veinte, declinaron el ofrecimiento. HabÃan pasado las dos últimas horas en casa de la madre de Bailey comiendo.
La primera conversación giró en torno a Bailey, un hombre al que Roger apenas conocÃa, pero con el que Aggie y Calvin habÃan ido al colegio. Puesto que los tres estaban solteros, la conversación pronto se desvió del vecino accidentado y derivó hacia el tema del sexo. Aggie tenÃa novia y aseguraba estar disfrutando de todas las ventajas de una buena relación. Roger se habÃa acostado con todo lo que se meneaba y siempre andaba al acecho. Calvin, el tÃmido, todavÃa era virgen a los veintiún años, aunque jamás lo admitirÃa. Mintió sin mucho detalle acerca de un par de conquistas y asà pudo seguir el juego. Los tres exageraban y los tres lo sabÃan.
Cuando entraron en Polk County, Roger dijo:
—Para ahÃ, en el Blue Dot. Tengo que echar una meada.
Aggie se detuvo frente a los surtidores de una tienda de pueblo y Roger corrió al interior del comercio.
—¿DirÃas que le está dando a la bebida? —preguntó Calvin mientras esperaban.
—Su padre dice que no.
—Su padre también miente.
Evidentemente, Roger regresó al cabo de unos minutos con un paquete de seis cervezas.
—Por Dios —dijo Aggie.
Una vez acomodados, sacaron la camioneta del solar de grava y aceleraron.
Roger soltó una lata y se la ofreció a Aggie, que la rechazó.
—No, gracias. Estoy conduciendo.
—¿No puedes conducir y beber?
—Esta noche no.
—¿Y tú? —dijo, ofreciéndole la lata a Calvin.
—No, gracias.
—¿Lo estáis dejando o qué? —preguntó Roger al tiempo que abrÃa la lata y vaciaba la mitad de un trago.
—CreÃa que lo habÃas dejado —dijo Aggie.
—Y lo hice. Lo dejo constantemente. No es fácil.
En esos momentos Calvin sostenÃa el paquete de la comida y, por puro aburrimiento, se puso a mordisquear una enorme galleta de avena. Roger se acabó la primera lata y se la entregó a Calvin diciéndole:
—TÃrala, ¿quieres?
Calvin bajó la ventanilla y lanzó la lata vacÃa a la parte de atrás de la ranchera. Cuando subió la ventanilla, Roger ya estaba abriendo otra cerveza. Aggie y Calvin intercambiaron miradas nerviosas.
—¿Puedes donar sangre si has bebido? —preguntó Aggie.
—Pues claro —contestó Roger—. Lo he hecho montones de veces. ¿Vosotros habéis donado alguna vez?
Aggie y Calvin admitieron a regañadientes que nunca lo habÃan hecho, lo cual animó a Roger a describirles el procedimiento.
—Te obligan a tumbarte porque la mayorÃa se desmaya. La dichosa aguja es tan grande que muchos se caen en cuanto la ven. Te atan una goma gruesa alrededor del bÃceps, luego la enfermera te pega en la parte alta del brazo en busca de una vena grande y gorda. Es mejor mirar para otro lado. Nueve de cada diez veces, clava la aguja y no encuentra la vena, duele del carajo; luego se disculpa mientras la maldices por lo bajo. Si estás de suerte, acierta la vena a la segunda y entonces la sangre fluye por un tubo que acaba en una bolsita. Todo es transparente, de modo que ves la sangre. Flipas de lo oscura que es, de una especie de granate oscuro. Medio litro tarda una eternidad en salir y durante todo ese rato la enfermera no te saca la aguja de la vena. —Eructó cerveza, satisfecho con su aterradora versión de lo que los esperaba.
Condujeron en silencio durante varios kilómetros.
Cuando se acabó la segunda lata, Calvin la tiró atrás y Roger abrió la tercera.
—En realidad la cerveza va bien —dijo Roger mientras se relamÃa—. Licua la sangre y aligera el proceso.
Empezaba a resultar evidente que pensaba beberse el paquete entero lo más rápido posible. Aggie iba pensando que tal vez fuera buena idea diluir parte del alcohol. Le habÃan contado historias acerca de las terrorÃficas juergas de Roger.
—Me tomaré una —dijo, y Roger le pasó inmediatamente una cerveza.
—Pues yo también —se apuntó Calvin.
—Asà se habla —dijo Roger—. No me gusta beber solo. Es el primer sÃntoma de un alcohólico.
Aggie y Calvin bebieron tranquilamente mientras Roger continuaba engullendo cerveza. Cuando el primer paquete se acabó, anunció justo a tiempo:
—Tengo que mear. Párate ahÃ, en el Cully’s Barbacue.
Estaban en los lÃmites de la pequeña población de New Grove y Aggie comenzaba a preguntarse cuánto podrÃa durar el viaje. Roger desapareció detrás de la tienda y se alivió, luego entró a comprar dos paquetes de seis más. Cuando dejaron atrás New Grove, abrieron las latas y avanzaron por una carretera larga y estrecha.
—¿Nunca habéis ido a los clubes de estriptis de Memphis? —preguntó Roger.
—Nunca he estado en Memphis —admitió Calvin.
—Es broma, ¿no?
—No.
—¿Y tú?
—SÃ, yo he ido a un club de estriptis —respondió, orgulloso, Aggie.
—¿A cuál?
—No recuerdo el nombre. Todos son iguales.
—En eso te equivocas —lo corrigió bruscamente Roger, luego prácticamente hizo gárgaras con otro trago de cerveza—. Algunos tienen unas nenas tremendas con cuerpazos estupendos; otros tienen putas de carretera normalitas que no saben bailar.
Eso derivó en una larga digresión acerca de la historia del estriptis legal en Memphis, o al menos sobre la versión de Roger del tema. Al principio, en tiempos pasados, las chicas podÃan quitárselo todo, hasta la última prenda, y luego saltar a tu mesa para un palpitante, rotante y vibrante baile a ritmo de música atronadora, luces estroboscópicas y estridentes aplausos de los muchachos. Luego cambiaron la ley y se impusieron los tangas, aunque ciertos clubes lo pasaban por alto. Los bailes sobre la mesa habÃan dejado paso a los bailes sobre el cliente, que generaron toda una nueva serie de normativas acerca del contacto fÃsico con las chicas. Cuando terminó la historia, Roger recitó de tirón los nombres de media docena de clubes que aseguraba conocer bien y luego los obsequió con un impresionante resumen de sus bailarinas. El lenguaje fue detallado y bastante descriptivo y, cuando por fin terminó, los otros dos necesitaban un par de cervezas frescas.
Calvin, que apenas habÃa tocado las preciosas carnes femeninas, quedó cautivado por la conversación. Además iba contando las latas de cerveza que vaciaba Roger y cuando, más o menos en una hora, llegó a la sexta, quiso decir algo. Pero en lugar de hablar, escuchó a su compañero mucho más vivido que él, un hombre que parecÃa tener una sed insaciable de cerveza y podÃa engullirla mientras describÃa con asombroso detalle a mujeres desnudas.
Con el tiempo la conversación retornó a su origen.
—Es posible que nos dé tiempo de pasar por el Desperado en cuanto acabemos en el hospital —dijo Roger—. Pues eso, para un par de copas y algún que otro bailecito en la mesa.
Aggie conducÃa con la muñeca derecha apoyada sin fuerza sobre el volante y una cerveza en la mano izquierda. Clavó la vista en la carretera que tenÃa delante y no contestó a la propuesta. Su novia gritarÃa y le tirarÃa de todo si se enteraba de que se habÃa gastado el dinero en un club mirando embobado a unas estrÃpers. Aunque Calvin, de pronto, se puso nervioso imaginándolo.
—A mà me parece bien.
Un coche se acercaba en sentido contrario y justo antes de que pasara de largo, Aggie, sin darse cuenta, permitió que la rueda delantera de la izquierda rozara la lÃnea amarilla central. Enseguida dio un volantazo. El otro coche viró bruscamente.
—¡Era un poli! —gritó Aggie. Roger y él se giraron a echar un vistazo fugaz. El otro coche se detuvo en seco, con las luces de freno encendidas.
—Joder, sà —confirmó Roger—. De la policÃa del condado. ¡Vámonos!
—Viene a por nosotros —dijo Calvin, presa del pánico.
—¡Luces azules! ¡Luces azules! —graznó apremiado Roger—. ¡Mierda!
Aggie pisó a fondo instintivamente y el enorme Dodge rugió colina arriba.
—¿Seguro que es buena idea?
—Tú sigue adelante, joder —bramó Roger.
—Hay latas de cerveza por todos lados —añadió Calvin.
—Pero yo no estoy borracho —insistió Aggie—. Huir solo empeora las cosas.
—Ya estamos huyendo —apuntó Roger—. Ahora lo importante es que no nos atrape. —Y, con la misma, vació otra lata de cerveza como si fuera la última.
La ranchera alcanzó los ciento treinta kilómetros por hora, luego los ciento cuarenta y cinco, mientras volaba sobre un largo tramo llano de carretera.
—Se nos acerca muy rápido —anunció Aggie, mirando por el retrovisor y luego de nuevo al frente, a la carretera—. Con las luces encendidas y todo.
—¡Tiremos la cerveza! —dijo Calvin, bajando la ventanilla.
—¡No! —bramó Roger—. ¿Estás loco? No nos atrapará. ¡Más rápido, dale!
La ranchera voló por encima de una cuesta y a punto estuvo de abandonar la calzada, luego chirrió al tomar una curva cerrada y coleó un poco, lo bastante para que Calvin anunciara:
—Nos vamos a matar.
—Cállate —le ladró Roger—. Busca algún desvÃo. Nos esconderemos.
—Veo un buzón —dijo Aggie, y pisó el freno. El ayudante del sheriff les seguÃa a escasos segundos, pero no se lo veÃa. Giraron bruscamente a la derecha y las luces de la camioneta barrieron una granjita oculta bajos varios robles inmensos.
—Apaga las luces —ordenó Roger, como si hubiera pasado por esa situación montones de veces. Aggie apagó el motor, apagó las luces, y la camioneta rodó en silencio por el corto camino de tierra hasta detenerse junto a una ranchera Ford propiedad del señor Buford M. Gates, de la Ruta 5, en Owensville, Mississippi.
El coche patrulla pasó de largo como un rayo sin aminorar, con las luces azules brillando pero la sirena todavÃa apagada. Los tres donantes permanecieron agazapados en los asientos y, mucho después de que desaparecieran las luces azules, levantaron poco a poco la cabeza.
La casa que habÃan elegido estaba a oscuras y en silencio. Aparentemente no la protegÃan perros guardianes. Hasta la luz del porche delantero estaba apagada.
—Buen trabajo —dijo Roger en voz queda mientras recuperaban la respiración.
—Hemos tenido suerte —susurró Aggie.
Observaron la casa y escucharon en dirección a la carretera y, tras varios minutos de maravillado silencio, convinieron en que, efectivamente, habÃan tenido mucha suerte.
—¿Cuánto tenemos que quedarnos aqu� —preguntó por fin Calvin.
—No mucho —respondió Aggie mientras contemplaba fijamente las ventanas de la casa.
—Oigo un coche —anunció Calvin, y las tres cabezas volvieron a agazaparse. Transcurrieron los segundos y el ayudante del sheriff pasó como una bala en sentido contrario, con las luces en marcha pero todavÃa sin sirena.
—El hijoputa está buscándonos —masculló Roger.
—Pues claro —dijo Aggie.
Cuando el ruido del coche patrulla se apagó en la distancia, las tres cabezas se levantaron despacio en el interior del Dodge.
—Tengo que echar una meada —anunció Roger.
—Aquà no —dijo Calvin.
—Abre la puerta —insistió Roger.
—¿No puedes esperar?
—No.
Calvin abrió lentamente la portezuela del acompañante, bajó y luego miró cómo Roger se acercaba de puntillas al lateral de la camioneta Ford del señor Gate y empezaba a orinar en la rueda delantera de la derecha.
A diferencia de su marido, la señora Gate tenÃa el sueño ligero. Estaba segura de que habÃa oÃdo algo fuera y, cuando terminó de despertarse, se convenció todavÃa más. Buford llevaba roncando una hora, pero ella al final consiguió interrumpir su sueño. El hombre buscó debajo de la cama y agarró la escopeta.
Roger seguÃa orinando cuando se encendió una lucecita en la cocina. Los tres la vieron al instante.
—¡Corred! —dijo Aggie entre dientes por la ventanilla y luego cogió la llave y arrancó.
Calvin volvió a la camioneta de un salto mientras gruñÃa «¡Vamos, vamos!» y Aggie metÃa la marcha atrás de un golpetazo y pisaba el acelerador. Roger se subió los pantalones mientras corrÃa hacia el Dodge. Se arrojó por un costado y aterrizó bruscamente en la caja de carga entre latas de cerveza vacÃas, luego se agarró justo al tiempo que la camioneta salÃa volando por el sendero en dirección a la carretera. Estaban junto al buzón cuando la luz del porche delantero se encendió. La camioneta derrapó en el asfalto mientras se abrÃa lentamente la puerta delantera de la casa y un anciano empujaba la pantalla mosquitera.
—¡Tiene una escopeta! —exclamó Calvin.
—Mala cosa —dijo Aggie al tiempo que golpeaba la palanca de cambio hacia la posición de avance y, en la huida, quemaba neumático durante quince metros. Casi medio kilómetro más adelante, se desvió por un estrecho camino rural y detuvo el motor. Los tres se bajaron a estirar los músculos y se rieron con ganas porque habÃan escapado por los pelos. Rieron nerviosos y se esforzaron en creer que en ningún momento habÃan pasado miedo. Especularon acerca del paradero del ayudante del sheriff. Limpiaron la caja de la camioneta y dejaron las latas vacÃas en una zanja. Pasaron diez minutos y el ayudante del sheriff no dio señales de vida.
Aggie terminó por abordar la cuestión más obvia.
—Chavales, hay que ir a Memphis.
Calvin, más intrigado por el Desperado que por el hospital, añadió:
—Y que lo digas. Se nos está haciendo tarde.
Roger se plantó en mitad de la carretera y anunció:
—Se me ha caÃdo la cartera.
—Que ¿qué?
—Que se me ha caÃdo la cartera.
—¿Dónde?
—Antes. Debe de habérseme caÃdo mientras meaba.
HabÃa muchas probabilidades de que la cartera de Roger no contuviera nada de valor: ni dinero, ni tarjetas de crédito, ni carnet de conducir, ni carnets de ninguna otra clase, nada más útil que, tal vez, un condón viejo. Y Aggie estuvo tentado de preguntarle qué llevaba dentro. Pero no lo hizo, porque sabÃa que Roger asegurarÃa que su cartera estaba repleta de objetos valiosos.
—Tengo que recuperarla.
—¿Estás seguro? —preguntó Calvin.
—Llevo el dinero, el carnet, las tarjetas de crédito, todo.
—Pero el viejo tenÃa una escopeta.
—Y en cuanto salga el sol el viejo encontrará mi cartera, llamará al sheriff, que llamará al sheriff de Ford County y estaremos jodidos. Eres bastante tonto, ¿lo sabÃas?
—Al menos yo no he perdido la cartera.
—Tiene razón —intervino Aggie—. Tiene que recuperarla. —Los otros dos se fijaron en que Aggie enfatizó el uso de la tercera persona y no dijo nada de «nosotros».
—¿No tendrás miedo, eh, hombretón? —le preguntó Roger a Calvin.
—No tengo miedo porque yo no pienso volver.
—Me parece que tienes miedo.
—Corta el rollo —terció Aggie—. Verás lo que vamos a hacer. Esperaremos a que el viejo vuelva a meterse en la cama, luego regresaremos tranquilamente por la carretera, nos acercaremos a la casa, pero no demasiado, detendremos la camioneta y tú podrás escabullirte por el camino de entrada y encontrar la cartera. Y después nos largamos todos con viento fresco.
—Apuesto a que no lleva nada en la cartera —dijo Calvin.
—Y yo apuesto a que tiene más pasta que la tuya —replicó Roger al tiempo que sacaba otra cerveza de la camioneta.
—Corta el rollo —repitió Aggie.
Se quedaron de pie junto a la camioneta, sorbiendo cerveza y contemplando la carretera vacÃa a lo lejos y, al cabo de quince minutos que parecieron una hora, subieron a ella, con Roger sentado en la parte trasera. A unos cuatrocientos metros de la casa, Aggie detuvo la camioneta en una zona plana de la carretera. Apagó el motor para poder oÃr si se acercaba algún vehÃculo.
—¿No puedes acercarte más? —pidió Roger de pie junto a la puerta del conductor.
—Está al girar la curva —respondió Aggie—. Si nos acercamos más, nos oirán.
Los tres miraron fijamente la carretera a oscuras. Una media luna se asomaba y desaparecÃa tras las nubes.
—¿Tienes una pistola? —preguntó Roger.
—Tengo una pistola —dijo Aggie—. Pero no es para ti. Tú cuélate en la finca y vuelve sin hacer ruido. No es para tanto. El viejo estará dormido.
—No tendrás miedo, ¿no? —añadió Calvin, colaborador.
—Claro que no.
Y con las mismas, Roger se perdió en la oscuridad. Aggie volvió a arrancar la camioneta y, con las luces apagadas, la giró silenciosamente de forma que apuntara hacia Memphis. Apagó de nuevo el motor y se pusieron a esperar con las dos ventanillas bajadas.
—Se ha bebido ocho cervezas —dijo Calvin por lo bajo—. Va como una cuba.
—Aguanta bien el alcohol.
—Tiene mucha práctica. Puede que esta vez el viejo lo pille.
—En realidad no me importarÃa, pero entonces nos pillarÃan también a nosotros.
—A ver, para empezar, ¿por qué le invitaron a venir?
—Cállate. Necesitamos escuchar el tráfico.
Roger abandonó la carretera al ver el buzón. Saltó una zanja, luego se agachó y cruzó un campo de judÃas próximo a la casa. Si el viejo seguÃa al acecho, tendrÃa los ojos puestos en la carretera, ¿no? Roger decidió sagazmente que se aproximarÃa por detrás. Todas las luces estaban apagadas. La casita estaba en calma y silencio. No se movÃa ni un alma. Bajo las sombras de los robles, Roger se arrastró por la hierba húmeda hasta ver la ranchera Ford. Se detuvo detrás de un cobertizo, cogió aire y se dio cuenta de que necesitaba orinar otra vez. No, se dijo, tendrÃa que esperar. Estaba orgulloso: habÃa llegado hasta allà sin hacer el menor ruido. Luego volvió el pavor: ¿qué coño estaba haciendo? Respiró hondo, se agachó todavÃa más y reanudó su misión. Cuando el Ford quedó entre la casa y él, Roger se puso a cuatro patas y empezó a abrirse camino por la gravilla del final del sendero.
Avanzaba despacio mientras la gravilla crujÃa bajo su peso. Maldijo cuando se mojó las manos junto a la rueda delantera de la derecha. Pero al palpar la cartera, sonrió; luego se la guardó rápidamente en el bolsillo trasero de los pantalones. Hizo una pausa, respiró hondo, e inició una retirada silenciosa.
En aquella calma el señor Buford Gates distinguÃa toda clase de ruidos, algunos reales, otros, producto de las circunstancias. Los ciervos solÃan pasear a placer por la finca y el hombre pensó que quizá anduvieran en busca de hierba y bayas. Luego oyó algo diferente. Poco a poco se incorporó en su escondite del porche lateral, levantó la escopeta al cielo y disparó dos tiros a la luna solo porque sÃ.
En la quietud perfecta del anochecer, los disparos resonaron en el aire como obuses, explosiones mortÃferas que retumbaron durante kilómetros.
No muy lejos, en la carretera, un súbito chirrido de neumáticos siguió a la detonación y, al menos para Buford, la goma quemada sonó exactamente igual que veinte minutos antes frente a su casa.
«TodavÃa andan por aquû, se dijo.
La señora Gates abrió la puerta lateral.
—¡Buford!
—Creo que siguen aquà —dijo él, volviendo a cargar su Browning del calibre dieciséis.
—¿Los has visto?
—Quizá.
—¿Cómo que quizá? ¿A qué disparas?
—Tú vuelve adentro, ¿quieres?
La puerta se cerró de un portazo.
Roger estaba debajo de la ranchera Ford, aguantándose la respiración, apretándose la entrepierna, sudando a mares mientras decidÃa a toda prisa si debÃa agarrarse a la transmisión que colgaba a escasos centÃmetros por encima de él o abrirse camino a zarpazos por la gravilla que tenÃa debajo. Pero no se movió. Las explosiones sónicas todavÃa repicaban en sus oÃdos. Los chirridos neumáticos de sus cobardes amigos le hicieron maldecir. Le daba miedo respirar.
Oyó abrirse la puerta otra vez y a la mujer decir:
—Ten una linterna. Asà puede que veas a lo que disparas.
Siguió otro portazo mientras la mujer continuaba cacareando. Al cabo de un minuto más o menos, regresó.
—He llamado a la oficina del sheriff. Dicen que Dudley está patrullando.
—Tráeme las llaves de la camioneta. Echaré un vistazo a la carretera.
—No puedes conducir de noche.
—Tú tráeme las dichosas llaves.
Otro portazo. Roger intentó serpentear marcha atrás, pero la gravilla hacÃa demasiado ruido. Intentó serpentear adelante, en dirección a las voces, pero también se oÃan demasiados crujidos y arrastres. De modo que decidió esperar. Si la ranchera arrancaba marcha atrás, esperarÃa hasta el último segundo, se agarrarÃa al parachoques delantero cuando le pasara por encima y se dejarÃa arrastrar unos metros hasta poder soltarse y escapar corriendo en la noche. Si el viejo le descubrÃa, tardarÃa unos segundos en detenerse, coger la escopeta, bajar del vehÃculo y darle caza. Para entonces, Roger se habrÃa perdido en el bosque. Era un plan y podÃa funcionar. Por otra parte, las ruedas podÃan aplastarlo, arrastrarlo por toda la carretera o, simplemente, podÃan pegarle un tiro.
Buford salió al porche lateral y empezó a buscar con la linterna. Desde la puerta, la señora Gates gritó:
—Te he escondido las llaves. No puedes conducir de noche.
«Esa es mi chica», pensó Roger.
—Será mejor que me des esas llaves.
—Las he escondido.
Buford farfullaba en la oscuridad.
El Dodge recorrió varios kilómetros frenéticos antes de que Aggie por fin aminorara un poco.
—Sabes que tenemos que volver —dijo.
—¿Por qué?
—Si le disparan, tendremos que contar lo ocurrido y entrar en detalles.
—Espero que le disparen y, si le dan, no podrá hablar. Si no puede hablar, no puede delatarnos. Vámonos a Memphis.
—No.
Aggie dio media vuelta y luego condujo en silencio hasta que llegaron al mismo camino rural donde se habÃan detenido antes. Se sentaron en el capó junto a una cerca y meditaron lo que hacer. Al poco rato oyeron una sirena y luego vieron pasar las luces azules a toda velocidad por la carretera.
—Si ahora pasa una ambulancia, tenemos problemas graves —dijo Aggie.
—Igual que Roger.
Cuando Roger oyó la sirena, le entró el pánico. Pero a medida que el sonido se acercó, comprendió que taparÃa el ruido de su huida. Encontró una piedra, se revolvió hacia el costado de la camioneta y la arrojó más o menos en dirección a la casa. La piedra golpeó con algo, por lo que la señora Gates preguntó «¿Qué ha sido eso?» y volvió corriendo al porche lateral. Roger se deslizó como una serpiente por debajo del vehÃculo y salió por encima de la orina fresca que él mismo habÃa dejado, atravesó la hierba mojada y avanzó hasta un roble justo en el instante en que el ayudante Dudley entraba rugiendo en escena. Dudley pisó los frenos y giró violentamente por el camino de entrada, levantando polvo y desperdigando gravilla. El alboroto salvó a Roger. El señor y la señora Gates corrieron al encuentro de Dudley mientras Roger se adentraba en la oscuridad. En cuestión de segundos estaba detrás de una hilera de arbustos, luego dejó atrás un viejo granero y se perdió en el campo de judÃas. Pasó media hora.
—Creo que deberÃamos volver a la casa y contarlo todo. Asà sabremos si Roger está bien —dijo Aggie.
—Pero ¿no nos acusarán de resistencia a la autoridad y, encima, de conducir borrachos? —preguntó Calvin.
—Bueno, pues ¿qué propones?
—Es probable que el ayudante del sheriff ya se haya marchado. No hay ninguna ambulancia, o sea que Roger, dondequiera que esté, se encuentra bien. Apuesto a que está escondido. Yo digo que pasemos por delante de la casa, echemos una buena ojeada y luego sigamos hacia Memphis.
—Vale la pena intentarlo.
Encontraron a Roger junto a la carretera, cojeando en dirección a Memphis. Después de un cruce de palabras entre los tres, decidieron continuar. Roger ocupó su sitio en el centro; Calvin se sentó en el lado de la puerta. Viajaron diez minutos sin pronunciar palabra. Todos con la vista al frente. Los tres enfadados, echando chispas.
Roger tenÃa la cara arañada y ensangrentada. Apestaba a sudor y a orina, y se habÃa manchado la ropa de tierra y barro. A los pocos kilómetros, Calvin bajó la ventanilla y, unos cuantos kilómetros más adelante, Roger quiso saber:
—¿Por qué no subes la ventanilla?
Pararon a por otro paquete de seis cervezas para calmar los nervios y, después de echar unos tragos, Calvin preguntó:
—¿Te ha disparado?
—No lo sé. No he llegado a verlo.
—Ha sonado como un cañón.
—DeberÃas haberlo oÃdo desde donde yo estaba.
A Aggie y a Calvin les hizo gracia y se echaron a reÃr. A Roger, serenados los nervios, le pareció una risa contagiosa y pronto los tres estaban desternillándose del viejo con la escopeta y la mujer que le habÃa escondido las llaves de la ranchera y que probablemente le habÃa salvado la vida a Roger. Y pensar en el ayudante Dudley yendo todavÃa de un lado a otro por la carretera con las luces encendidas los hizo reÃr todavÃa más.
Aggie se ciñó a las carreteras secundarias y cuando, cerca de Memphis, una interceptó la autovÃa 78, corrieron a la rampa de entrada y se sumaron a los cuatro carriles de tráfico.
—Hay un bar de carretera ahà delante —dijo Roger—. Tengo que lavarme.
Dentro compró una camiseta y una gorra de la NASCAR y luego se frotó manos y cara en el servicio de caballeros. Cuando regresó a la camioneta, Aggie y Calvin quedaron impresionados por el cambio. Partieron de nuevo, cerca ya de los neones luminosos. Eran casi las diez de la noche.
Las vallas publicitarias fueron volviéndose más grandes, más brillantes y habituales, y aunque los chicos no habÃan mencionado el Desperado en la última hora, lo recordaron de pronto cuando se toparon con la chisporroteante imagen de una joven a punto de reventar la poca ropa que lucÃa. Se llamaba Tiffany, y sonreÃa al tráfico desde una inmensa valla publicitaria que anunciaba el Desperado, Club de Caballeros, con las estrÃpers más calientes de todo el Sur. El Dogde aminoró considerablemente.
Sus piernas desnudas parecÃan kilométricas y el traje, escueto y brillante, estaba claramente diseñado para desprenderse en un periquete. Tiffany tenÃa el pelo rubio y cardado, gruesos labios rojos y unos ojos absolutamente ardientes. La mera posibilidad de que pudiera estar trabajando unos kilómetros más adelante en esa misma carretera y de que pudieran detenerse a verla en carne y hueso, bueno, resultaba abrumadora.
Durante unos minutos no se oyó una sola palabra mientras el Dodge iba recuperando velocidad. Al final, habló Aggie:
—HabrÃa que ir al hospital. A estas alturas, Bailey podrÃa haber muerto.
Fue la primera mención a Bailey desde hacÃa horas.
—El hospital está abierto toda la noche —dijo Roger—. No cierra. ¿Qué te crees, que cierran por la noche y mandan a todo el mundo a casa? —Para mostrarle su apoyo, Calvin consideró el comentario divertido y se sumó a él con una risotada campechana.
—Entonces, ¿queréis pasaros por el Desperado? —preguntó Aggie, siguiéndoles el juego.
—¿Por qué no? —respondió Roger.
—Ya puestos… —dijo Calvin mientras bebÃa cerveza e intentaba imaginarse a Tiffany en plena actuación.
—Nos quedaremos una hora y luego saldremos pitando para el hospital —aseguró Roger. Después de diez cervezas, mantenÃa una coherencia notable.
El gorila de la puerta les lanzó una mirada desconfiada.
—Identificación —le gruñó a Calvin, quien a pesar de sus veintiún años parecÃa más joven. Aggie aparentaba su edad. Roger, de veintisiete, podrÃa pasar por cuarentón—. De Mississippi, ¿eh? —comentó el gorila con una clara inclinación en contra de la gente de dicho estado.
—Ajá —dijo Roger.
—Diez dólares de consumición mÃnima.
—¿Solo porque somos de Mississippi? —preguntó Roger.
—No, listillo, todo el mundo paga la consumición mÃnima. Si no te gusta, te subes al tractor y te vuelves a casa.
—¿Tratas asà de bien a todos los clientes? —dijo Aggie.
—SÃ.
Se alejaron, se reunieron y debatieron la cuestión de la consumición mÃnima y si debÃan quedarse. Roger explicó que habÃa otro club no muy lejos, pero advirtió que probablemente les clavarÃan una entrada similar. Mientras cuchicheaban y sopesaban las cosas, Calvin intentó asomarse a la puerta para echar un vistazo rápido a Tiffany. Él votó por quedarse, voto que al final fue unánime.
Una vez dentro, fueron examinados por otros dos gorilas malcarados y fornidos y, luego, conducidos hasta la sala principal, con un escenario redondo en el centro sobre el que en ese momento habÃa dos jóvenes señoritas, una blanca y otra negra, ambas desnudas y girando en todas direcciones.
Calvin se quedó petrificado al verlas. Se olvidó instantáneamente de los diez dólares de la entrada.
Su mesa estaba a menos de seis metros del escenario. El club estaba medio lleno, y el público era joven y trabajador. No eran los únicos chicos de campo de visita en la ciudad. Su camarera iba vestida solo con un tanga y cuando les soltó un cortante «¿Qué va a ser? MÃnimo, tres bebidas», Calvin casi se desmaya. Nunca habÃa visto tanta carne prohibida.
—¿Tres bebidas? —preguntó Roger, intentando mantener el contacto visual.
—Eso mismo —le replicó ella.
—¿Cuánto cuesta una cerveza?
—Cinco pavos.
—¿Y tenemos que pedir tres?
—Tres por cabeza. Normas de la casa. Si no os gustan, vais a quejaros a los gorilas esos de ahÃ. —Señaló con la cabeza hacia la puerta, pero los ojos de ellos no se apartaron de sus pechos.
Pidieron tres cervezas cada uno y estudiaron el entorno. Ahora habÃa cuatro bailarinas en el escenario, girando todas ellas mientras la música rap atronaba contra las paredes. Las camareras se movÃan con prontitud entre las mesas como si, en caso de demorarse, fueran a acariciarlas. Muchos de los clientes estaban borrachos y alborotados, y enseguida empezó un baile sobre una mesa. Una camarera se subió a una mesa cercana y comenzó su actuación mientras un grupo de camioneros le embutÃan dinero en el tanga. Al poco rato, tenÃa la cinturilla repleta de billetes verdes.
Llegó la bandeja con nueve vasos altos y estrechÃsimos de cerveza, cerveza de lo más suave y aguada, hasta el punto de parecer limonada rebajada.
—Serán cuarenta y cinco dólares —anunció la camarera, lo que desencadenó un largo y presuroso registro de bolsillos y carteras por parte de los tres chicos. Al final reunieron la suma.
—¿TodavÃa haces lap-dance? —preguntó Roger a la camarera.
—Depende.
—Nunca le han hecho ninguno —explicó Roger señalando a Calvin, a quien se le paró el corazón.
—Veinte pavos —dijo ella.
Roger encontró un billete de veinte dólares y se lo pasó a la chica y, en cuestión de segundos, Amber estaba sentada encima de Calvin que, con sus ciento veinte kilos, tenÃa regazo suficiente para una pequeña compañÃa de baile. Mientras atronaba y resonaba la música, Amber se contoneaba y rebotaba, y Calvin, simplemente, cerró los ojos y se preguntó por el amor verdadero.
—Magréale las piernas —apuntó Roger, la voz de la experiencia.
—Nada de tocar —advirtió Amber con dureza, al tiempo que su trasero se acomodaba firmemente entre los inmensos muslos de Calvin. Unos bestias de una mesa cercana contemplaban divertidos el espectáculo y enseguida se pusieron a azuzar a Amber con toda clase de sugerencias obscenas; ella interpretó el papel para su público.
Calvin se preguntaba cuánto durarÃa aquello. TenÃa la frente cubierta de sudor.
De repente Amber dio media vuelta y se colocó de cara a Calvin sin perder el compás y, durante un minuto como mÃnimo, Calvin sostuvo a una mujer desnuda, bonita y temblorosa, en el regazo. Fue una experiencia que cambió su vida. Nunca volverÃa a ser el mismo.
Desgraciadamente la canción terminó y Amber se incorporó de un salto y corrió a atender sus mesas.
—Puedes verla luego —dijo Roger—. En un individual.
—¿Qué es eso? —preguntó Aggie.
—Tienen unas habitaciones pequeñas en la parte de atrás donde quedas con las chicas cuando salen de trabajar.
—Mentira.
Calvin seguÃa sin hablar, completamente mudo mientras observaba a Amber atendiendo pedidos de un lado a otro del club. Pero estaba escuchando, y durante un hueco entre canciones oyó lo que decÃa Roger. Amber podÃa ser suya, a solas, en alguna espléndida salita de la parte de atrás.
Se bebieron la cerveza aguada y observaron cómo iban llegando clientes. A las once, el lugar estaba atestado y habÃa más estrÃpers y bailarinas trabajando en el escenario y entre el gentÃo. Calvin contempló con ira celosa el baile de Amber sobre el regazo de otro hombre, a menos de tres metros de distancia. Eso sÃ, se fijó con cierto orgullo en que solo se colocó de cara al cliente unos segundos. Si tuviera mucha pasta, la embutirÃa alegremente en el tanga de Amber y la tendrÃa bailando toda la noche en el regazo.
Pero la pasta empezaba a ser un problema. Durante otra pausa entre canciones y estrÃpers, Calvin, en el paro, admitió:
—No sé cuánto podré quedarme. La cerveza es bastante cara.
Las suyas, en vasos de cuarto, ya casi habÃan desaparecido y los tres habÃan vigilado lo suficiente a las camareras para saber que los vasos vacÃos no duraban mucho en la mesa. Se esperaba que los clientes bebieran a destajo, dejaran propinas generosas y arrojaran dinero a las chicas para conseguir bailes personalizados. El comercio de la carne en Memphis era muy rentable.
—Yo tengo algo de pasta —dijo Aggie.
—Yo tengo tarjetas de crédito —dijo Roger—. Pedid otra ronda mientras echo una meada. —Se levantó y por primera vez pareció tambalearse un poco, luego se perdió entre el humo y la gente.
Calvin llamó por señas a Amber y pidió otra ronda. Ella sonrió y dio su aprobación con un guiño. Lo que Calvin deseaba muchÃsimo más que el agua de rÃo que estaban bebiendo era más contacto fÃsico con su chica, pero no iba a pasar. En ese momento, se juró redoblar los esfuerzos por encontrar empleo, ahorrar dinero y convertirse en un asiduo del Desperado. Por primera vez en su corta vida, Calvin tenÃa un objetivo.
Aggie no apartaba la vista del suelo, debajo del asiento vacÃo de Roger.
—El muy capullo ha vuelto a perder la cartera —dijo, y recogió una maltratada billetera de lona.
»¿Crees que tendrá alguna tarjeta de crédito?
—No.
—Echemos un vistazo. —Miró alrededor para asegurarse de que Roger no andaba cerca y luego abrió la cartera. HabÃa una tarjeta descuento de un ultramarinos caducada y una colección de tarjetas de visita: dos de abogados, dos de fiadores de fianzas, una de una clÃnica de rehabilitación y otra de un agente de la condicional. También habÃa, cuidadosamente doblado y parcialmente escondido, un billete de veinte dólares—. Menuda sorpresa. Ni tarjetas de crédito, ni carnet de conducir.
—Y casi le pegan un tiro por recuperarla.
—El tÃo es idiota, ¿vale? —Aggie cerró la cartera y la dejó en la silla de Roger.
La cerveza llegó al tiempo que Roger regresaba y encontraba la cartera. Juntos reunieron cuarenta y cinco dólares y tres de propina.
—¿Se puede pagar un baile con tarjeta? —le gritó Roger a Amber.
—No, solo en efectivo —le respondió ella a gritos al marcharse.
—¿Qué clase de tarjeta tienes? —preguntó Aggie.
—Varias —contestó Roger como un pez gordo.
Calvin, con el regazo todavÃa ardiendo, observaba a su querida Amber serpentear entre la multitud. Aggie también miraba a las chicas, pero sin olvidarse de la hora. No tenÃa idea de cuánto se tardaba en donar medio litro de sangre. Se acercaba la medianoche. Y, aunque intentaba no hacerlo, no podÃa evitar pensar en su novia y la bronca que le caerÃa si llegaba a enterarse de ese pequeño rodeo.
Roger iba apagándose a marchas forzadas. Se le caÃan los párpados y cabeceaba.
—Bebed —dijo, con la lengua pastosa, mientras intentaba recuperarse, pero le abandonaban las fuerzas.
Calvin charló entre canciones con dos tipos de otra mesa y en el curso de esa rápida conversación descubrió que la legendaria estrÃper Tiffany no trabajaba los jueves por la noche.
Cuando se acabó la cerveza, Aggie anunció:
—Me voy. ¿VenÃs conmigo?
Roger no podÃa quedarse solo, de manera que más o menos lo arrastraron fuera de la mesa. De camino a la puerta, Amber se deslizó junto a Calvin y le preguntó:
—¿Me dejas?
Él asintió con la cabeza porque no podÃa hablar.
—Vuelve después, por favor —susurró Amber—. Me pareces una monada.
Uno de los gorilas agarró a Roger y los ayudó a sacarlo de allÃ.
—¿A qué hora cerráis? —preguntó Calvin.
—A las tres de la mañana —respondió el gorila, y señaló a Roger—: Pero no traigáis a este.
—Oye, ¿dónde queda el hospital? —preguntó Aggie.
—¿Cuál?
Aggie miró a Calvin y Calvin miró a Aggie, y resultó evidente que ninguno tenÃa ni idea. El gorila esperó pacientemente, luego añadió:
—En esta ciudad hay diez hospitales. ¿Cuál?
—Eh, el más cercano —dijo Aggie.
—El Luterano. ¿Conoces la ciudad?
—Claro.
—Ya, seguro que sÃ. Pues coges Lamar hacia Parkway y Parway hacia Poplar. Está justo pasado el Instituto de Secundaria del Este.
—Gracias.
El gorila se despidió y entró en el local. Aggie y Calvin arrastraron a Roger hasta la camioneta, lo empujaron dentro y luego estuvieron media hora dando vueltas por el centro de Memphis buscando el Hospital Luterano inútilmente.
—¿Estás seguro de que es ese hospital? —preguntó varias veces Calvin.
Aggie, de maneras diversas, respondió: «Sû, «Claro», «Probablemente» y «Por supuesto».
Cuando se vieron en el centro de la ciudad, Aggie paró en la acera y preguntó a un taxista que dormitaba detrás del volante.
—No hay ningún Hospital Luterano. Tenemos el Baptista, el Metodista, el Católico, el Central, el De la Misericordia y alguno más, pero ningún Luterano.
—Ya lo sé, hay diez.
—Siete, para ser exactos. ¿De dónde eres?
—Mississippi. Mire, ¿cuál es el más cercano?
—El Hospital de la Misericordia está a cuatro manzanas, todo recto por la avenida Union.
—Gracias.
Encontraron el Hospital de la Misericordia y dejaron a Roger en la camioneta, comatoso. El De la Misericordia era el hospital municipal, el principal destino de las vÃctimas nocturnas del crimen, el maltrato doméstico, los tiroteos policiales, las disputas entre bandas, las sobredosis y los accidentes de coches provocados por el alcohol. Casi todas esas vÃctimas eran negras. Ambulancias y coches patrulla pululaban alrededor de la entrada de urgencias. Manadas de familiares desesperados deambulaban en busca de sus vÃctimas por los pasillos parecidos a calabozos. Chillidos y gritos retumbaban por todo el lugar mientras Aggie y Calvin recorrÃan kilómetros buscando la ventanilla de información. Al final la encontraron, en un rincón, como escondida a propósito. Una joven mexicana atendÃa el mostrador mascando chicle y leyendo una revista.
—¿También atienden a blancos? —preguntó, con educación, Aggie.
A lo que la chica replicó con frialdad:
—¿A quién buscan?
—Hemos venido a donar sangre.
—El banco de sangre está al final del pasillo —informó, señalando.
—¿Están abiertos?
—Lo dudo. ¿Para quién quieren donar la sangre?
—Ah, para Bailey —contestó Aggie mientras miraba a Calvin sin comprender.
—¿Nombre de pila? —La joven comenzó a teclear y miró en un monitor.
Aggie y Calvin se miraron con el ceño fruncido, perdidos.
—CreÃa que Bailey era su nombre de pila —dijo Calvin.
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