Campaña de donación

Para cuando la noticia del accidente de Bailey se difundió por todo el asentamiento rural de Box Hill, corrían diversas versiones de lo ocurrido. Alguien de la constructora había telefoneado a la madre y le había contado que Bailey se había herido al caerse un andamio en una obra del centro de Memphis, que estaban operándolo, que se encontraba estable y que confiaban en que viviría. La madre, una inválida de más de 180 kilos que, era cosa sabida, se alteraba enseguida, pasó por alto parte de la información y rompió a llorar sin parar. Llamó a amigos y vecinos y, con cada réplica a la trágica noticia, se fueron alterando y exageraron varios detalles. La mujer no apuntó el número de teléfono de la persona de la constructora, de modo que no había a quién telefonear para verificar o descartar los rumores que iban aumentando por minutos.

Uno de los compañeros de Bailey, otro chico de Ford County, llamó a su novia a Box Hill y le dio una versión un tanto diferente: a Bailey lo había atropellado un buldócer situado cerca del andamio y prácticamente lo había matado. Los cirujanos estaban en ello, pero la cosa pintaba mal.

Luego un administrador de un hospital de Memphis telefoneó a casa de Bailey, pidió hablar con la madre y le informaron de que estaba acostada, demasiado alterada para conversar e incapaz de atender al teléfono. La vecina que contestó a la llamada exprimió al administrador en busca de detalles, pero no sacó gran cosa. Algo se había desmoronado en la obra, tal vez la zanja donde el joven estaba trabajando, o alguna otra variante por el estilo. Sí, estaba en el quirófano, y el hospital necesitaba algunas informaciones básicas.

La casita de ladrillos de la madre de Bailey enseguida se convirtió en un lugar muy concurrido. Las visitas empezaron a llegar a última hora de la tarde: amigos, parientes y varios pastores de las pequeñas parroquias desperdigadas por Box Hill. Las mujeres se reunieron en la cocina y el cuarto de estar y cotillearon sin freno mientras el teléfono no dejaba de sonar. Los hombres se agruparon fuera y fumaron. Empezaron a aparecer cazuelas y pasteles.

Con poco que hacer y con escasa información acerca de las heridas de Bailey, los visitantes se aferraban al dato más nimio, lo analizaban, lo diseccionaban y luego lo pasaban a las mujeres de dentro o a los hombres de fuera. Bailey tenía una pierna destrozada y probablemente habría que amputarla. Tenía daños cerebrales graves. Había caído del andamio desde una altura de cuatro pisos, o quizá ocho. Se había aplastado el pecho. Algunos de los datos y teorías se creaban sobre la marcha. Se realizaron incluso algunas sombrías indagaciones sobre los preparativos para el funeral.

Bailey tenía diecinueve años y en su breve vida jamás había congregado a tantos amigos y admiradores. A medida que pasaban las horas, la comunidad en pleno iba queriéndolo más. Era un buen chico, bien educado, mucho mejor persona que su pobre padre, al que nadie veía desde hacía años.

La ex novia de Bailey se presentó en la casa y pronto se convirtió en el centro de atención. Estaba consternada y abrumada, y lloraba con facilidad, sobre todo cuando hablaban de su querido Bailey. Sin embargo, cuando la información se filtró hasta el dormitorio y la madre se enteró de que la muy fulana estaba en su casa, mandó que la echaran. Entonces la muy fulana se juntó con los hombres de fuera a coquetear y fumar. Al final se marchó, prometiendo que conduciría directamente hacia Memphis para ver a su Bailey.

El primo de un vecino vivía en Memphis y, de mala gana, aceptó ir al hospital a seguir los acontecimientos. Con la primera llamada informó de que efectivamente estaban operando al joven de heridas múltiples pero que parecía que se mantenía estable. Había perdido mucha sangre. En la segunda llamada, el primo aclaró algunos datos. Había hablado con el capataz de la obra y Bailey se había herido al chocar un buldócer con el andamio, derribarlo y tirar al pobre chico a una especie de pozo desde cuatro metros y medio de altura. Estaban levantando las paredes de ladrillo de un edificio de oficinas de seis plantas en Memphis y Bailey trabajaba allí de peón de albañil. El hospital no permitiría las visitas hasta pasadas al menos veinticuatro horas y se necesitaban donaciones de sangre.

¿Peón de albañil? Su madre había alardeado de que Bailey había ascendido rápidamente en la empresa y ya era ayudante de capataz de obra. Sin embargo, dadas las circunstancias, nadie le preguntó por semejante discrepancia.

Al anochecer se presentó un hombre trajeado y explicó que venía a ser algo así como un investigador. Lo pasaron con un tío, el hermano menor de la madre de Bailey, y, en conversación privada en el patio de atrás, entregó la tarjeta de visita de un abogado de Clanton. «El mejor abogado del condado —aseveró—. Y ya estamos trabajando en el caso.»

El tío quedó impresionado y prometió rechazar a los otros abogados —«una panda de cazaambulancias»— y maldecir a cualquier liquidador de seguros que apareciera por allí.

Con el tiempo se habló de organizar un viaje a Memphis. Aunque estaba a solo un par de horas en coche, lo mismo podrían haber sido cinco. En Box Hill, ir a la gran ciudad significaba conducir una hora hasta Tupelo, población de cincuenta mil habitantes. Memphis estaba en otro estado, en otro mundo, y además los delincuentes campaban a sus anchas. La tasa de asesinatos estaba a la altura de la de Detroit. Veían la carnicería todas las noches en el Canal 5.

La madre de Bailey iba incapacitándose por momentos y saltaba a la vista que no estaba en condiciones de viajar, mucho menos de donar sangre. La hermana vivía en Clanton, pero no podía dejar a los niños solos. Al día siguiente era viernes, un día laborable, y en general se consideraba que un viaje semejante, de ida y vuelta a Memphis, sumado a lo de la sangre, llevaría muchas horas y, en fin, a saber cuándo podrían regresar a Ford County los donantes.

Otra llamada desde Memphis informó de que el chico había salido del quirófano, aferrándose a la vida, y seguía necesitando sangre desesperadamente. Para cuando la noticia llegó al grupo de hombres que holgazaneaba en la entrada sonó a que el pobre Bailey moriría en cualquier momento a menos que sus seres queridos corrieran al hospital y se abrieran las venas.

Enseguida apareció un héroe. Se llamaba Wayne Agnor, un supuesto amigo íntimo de Bailey al que desde su nacimiento llamaban Aggie. Regentaba un garaje con su padre y, por tanto, disfrutaba de la flexibilidad horaria necesaria para un viaje rápido a Memphis. Además tenía camioneta propia, una Dodge último modelo, y aseguraba conocerse Memphis como la palma de la mano.

—Puedo salir ahora mismo —dijo Aggie al grupo, con orgullo, y se corrió la voz por la casa de que estaba organizándose un viaje.

Una de las mujeres calmó las cosas cuando explicó que se necesitaban varios donantes puesto que el hospital solo extraería medio litro de cada uno. «No puedes donar a litros», explicó. Muy pocos habían donado sangre alguna vez y pensar en agujas y tubos asustaba a muchos de ellos. La casa y el jardín delantero quedaron en silencio. Vecinos preocupados que hacía solo unos instantes eran íntimos de Bailey en ese momento empezaban a marcar distancias.

—Yo también voy —anunció por fin otro joven, y lo felicitaron de inmediato.

Se llamaba Calvin Marr y su horario también era flexible, pero por razones diferentes: Calvin había sido despedido de la fábrica de zapatos de Clanton y cobraba el paro. Le aterraban las agujas pero le intrigaba la aventura de ver Memphis por primera vez. Sería un honor donar sangre.

La idea de un compañero de viaje envalentonó a Aggie, que lanzó el reto:

—¿Alguien más?

Se oyó un murmullo generalizado mientras la mayoría de los hombres se miraba las botas.

—Iremos en mi camioneta y yo pagaré la gasolina —continuó Aggie.

—¿Cuándo salimos? —preguntó Calvin.

—Ahora mismo —contestó Aggie—. Es una urgencia.

—Eso es —añadió alguien.

—Mandaré a Roger —se ofreció un anciano caballero, y el comentario fue acogido con callado escepticismo. Roger, que no estaba presente, no tenía trabajo del que preocuparse porque era incapaz de conservar uno. Había abandonado la secundaria y tenía un vistoso historial de alcohol y drogas. Desde luego las agujas no le intimidaban.

Aunque en general los hombres sabían poco sobre transfusiones, costaba imaginar a una víctima herida de tal gravedad que necesitara la sangre de Roger.

—¿Es que intentas matar a Bailey? —musitó uno de los presentes.

—Roger irá —insistió su padre, con orgullo.

La gran pregunta era: ¿está sobrio? Las batallas de Roger con sus demonios eran ampliamente conocidas y debatidas en Box Hill. Normalmente la mayoría de los lugareños sabía si él había dejado la bebida o no.

—Últimamente se lo ve en buena forma —continuó su padre, aunque con una falta de convicción evidente. Pero la urgencia del momento venció cualquier duda y por fin Aggie preguntó:

—¿Dónde está?

—En casa.

Pues claro que estaba en casa. Roger nunca salía de casa. ¿Adónde iba a ir?

A los pocos minutos las señoras habían preparado un paquete grande con bocadillos y otros alimentos. Abrazaron, felicitaron y mimaron a Aggie y Calvin como si partieran a defender el país. Cuando aceleraron, camino a salvar la vida de Bailey, todo el mundo estaba en la entrada despidiendo a los jóvenes valientes.

Roger los esperaba junto al buzón y, en cuanto se detuvo la camioneta, se asomó por la ventanilla del acompañante y preguntó:

—¿Pasaremos la noche fuera?

—No entra en mis planes —dijo Aggie.

—Bien.

Tras una breve discusión, finalmente se convino que Roger, de constitución delgada, se sentaría en medio, entre Aggie y Calvin, que eran mucho más grandes y gruesos. Depositaron el paquete de comida en las rodillas de Roger y este, a un kilómetro escaso de Box Hill, empezó a desenvolver un bocadillo de pavo. Con veintisiete años era el mayor de los tres, pero el tiempo no lo había tratado bien. Había pasado por dos divorcios y numerosos intentos frustrados de librarse de sus adicciones. Era enjuto y nervioso y, en cuanto terminó el primer bocadillo, desenvolvió el segundo. Tanto Aggie, de ciento diez kilos, como Calvin, de ciento veinte, declinaron el ofrecimiento. Habían pasado las dos últimas horas en casa de la madre de Bailey comiendo.

La primera conversación giró en torno a Bailey, un hombre al que Roger apenas conocía, pero con el que Aggie y Calvin habían ido al colegio. Puesto que los tres estaban solteros, la conversación pronto se desvió del vecino accidentado y derivó hacia el tema del sexo. Aggie tenía novia y aseguraba estar disfrutando de todas las ventajas de una buena relación. Roger se había acostado con todo lo que se meneaba y siempre andaba al acecho. Calvin, el tímido, todavía era virgen a los veintiún años, aunque jamás lo admitiría. Mintió sin mucho detalle acerca de un par de conquistas y así pudo seguir el juego. Los tres exageraban y los tres lo sabían.

Cuando entraron en Polk County, Roger dijo:

—Para ahí, en el Blue Dot. Tengo que echar una meada.

Aggie se detuvo frente a los surtidores de una tienda de pueblo y Roger corrió al interior del comercio.

—¿Dirías que le está dando a la bebida? —preguntó Calvin mientras esperaban.

—Su padre dice que no.

—Su padre también miente.

Evidentemente, Roger regresó al cabo de unos minutos con un paquete de seis cervezas.

—Por Dios —dijo Aggie.

Una vez acomodados, sacaron la camioneta del solar de grava y aceleraron.

Roger soltó una lata y se la ofreció a Aggie, que la rechazó.

—No, gracias. Estoy conduciendo.

—¿No puedes conducir y beber?

—Esta noche no.

—¿Y tú? —dijo, ofreciéndole la lata a Calvin.

—No, gracias.

—¿Lo estáis dejando o qué? —preguntó Roger al tiempo que abría la lata y vaciaba la mitad de un trago.

—Creía que lo habías dejado —dijo Aggie.

—Y lo hice. Lo dejo constantemente. No es fácil.

En esos momentos Calvin sostenía el paquete de la comida y, por puro aburrimiento, se puso a mordisquear una enorme galleta de avena. Roger se acabó la primera lata y se la entregó a Calvin diciéndole:

—Tírala, ¿quieres?

Calvin bajó la ventanilla y lanzó la lata vacía a la parte de atrás de la ranchera. Cuando subió la ventanilla, Roger ya estaba abriendo otra cerveza. Aggie y Calvin intercambiaron miradas nerviosas.

—¿Puedes donar sangre si has bebido? —preguntó Aggie.

—Pues claro —contestó Roger—. Lo he hecho montones de veces. ¿Vosotros habéis donado alguna vez?

Aggie y Calvin admitieron a regañadientes que nunca lo habían hecho, lo cual animó a Roger a describirles el procedimiento.

—Te obligan a tumbarte porque la mayoría se desmaya. La dichosa aguja es tan grande que muchos se caen en cuanto la ven. Te atan una goma gruesa alrededor del bíceps, luego la enfermera te pega en la parte alta del brazo en busca de una vena grande y gorda. Es mejor mirar para otro lado. Nueve de cada diez veces, clava la aguja y no encuentra la vena, duele del carajo; luego se disculpa mientras la maldices por lo bajo. Si estás de suerte, acierta la vena a la segunda y entonces la sangre fluye por un tubo que acaba en una bolsita. Todo es transparente, de modo que ves la sangre. Flipas de lo oscura que es, de una especie de granate oscuro. Medio litro tarda una eternidad en salir y durante todo ese rato la enfermera no te saca la aguja de la vena. —Eructó cerveza, satisfecho con su aterradora versión de lo que los esperaba.

Condujeron en silencio durante varios kilómetros.

Cuando se acabó la segunda lata, Calvin la tiró atrás y Roger abrió la tercera.

—En realidad la cerveza va bien —dijo Roger mientras se relamía—. Licua la sangre y aligera el proceso.

Empezaba a resultar evidente que pensaba beberse el paquete entero lo más rápido posible. Aggie iba pensando que tal vez fuera buena idea diluir parte del alcohol. Le habían contado historias acerca de las terroríficas juergas de Roger.

—Me tomaré una —dijo, y Roger le pasó inmediatamente una cerveza.

—Pues yo también —se apuntó Calvin.

—Así se habla —dijo Roger—. No me gusta beber solo. Es el primer síntoma de un alcohólico.

Aggie y Calvin bebieron tranquilamente mientras Roger continuaba engullendo cerveza. Cuando el primer paquete se acabó, anunció justo a tiempo:

—Tengo que mear. Párate ahí, en el Cully’s Barbacue.

Estaban en los límites de la pequeña población de New Grove y Aggie comenzaba a preguntarse cuánto podría durar el viaje. Roger desapareció detrás de la tienda y se alivió, luego entró a comprar dos paquetes de seis más. Cuando dejaron atrás New Grove, abrieron las latas y avanzaron por una carretera larga y estrecha.

—¿Nunca habéis ido a los clubes de estriptis de Memphis? —preguntó Roger.

—Nunca he estado en Memphis —admitió Calvin.

—Es broma, ¿no?

—No.

—¿Y tú?

—Sí, yo he ido a un club de estriptis —respondió, orgulloso, Aggie.

—¿A cuál?

—No recuerdo el nombre. Todos son iguales.

—En eso te equivocas —lo corrigió bruscamente Roger, luego prácticamente hizo gárgaras con otro trago de cerveza—. Algunos tienen unas nenas tremendas con cuerpazos estupendos; otros tienen putas de carretera normalitas que no saben bailar.

Eso derivó en una larga digresión acerca de la historia del estriptis legal en Memphis, o al menos sobre la versión de Roger del tema. Al principio, en tiempos pasados, las chicas podían quitárselo todo, hasta la última prenda, y luego saltar a tu mesa para un palpitante, rotante y vibrante baile a ritmo de música atronadora, luces estroboscópicas y estridentes aplausos de los muchachos. Luego cambiaron la ley y se impusieron los tangas, aunque ciertos clubes lo pasaban por alto. Los bailes sobre la mesa habían dejado paso a los bailes sobre el cliente, que generaron toda una nueva serie de normativas acerca del contacto físico con las chicas. Cuando terminó la historia, Roger recitó de tirón los nombres de media docena de clubes que aseguraba conocer bien y luego los obsequió con un impresionante resumen de sus bailarinas. El lenguaje fue detallado y bastante descriptivo y, cuando por fin terminó, los otros dos necesitaban un par de cervezas frescas.

Calvin, que apenas había tocado las preciosas carnes femeninas, quedó cautivado por la conversación. Además iba contando las latas de cerveza que vaciaba Roger y cuando, más o menos en una hora, llegó a la sexta, quiso decir algo. Pero en lugar de hablar, escuchó a su compañero mucho más vivido que él, un hombre que parecía tener una sed insaciable de cerveza y podía engullirla mientras describía con asombroso detalle a mujeres desnudas.

Con el tiempo la conversación retornó a su origen.

—Es posible que nos dé tiempo de pasar por el Desperado en cuanto acabemos en el hospital —dijo Roger—. Pues eso, para un par de copas y algún que otro bailecito en la mesa.

Aggie conducía con la muñeca derecha apoyada sin fuerza sobre el volante y una cerveza en la mano izquierda. Clavó la vista en la carretera que tenía delante y no contestó a la propuesta. Su novia gritaría y le tiraría de todo si se enteraba de que se había gastado el dinero en un club mirando embobado a unas estrípers. Aunque Calvin, de pronto, se puso nervioso imaginándolo.

—A mí me parece bien.

Un coche se acercaba en sentido contrario y justo antes de que pasara de largo, Aggie, sin darse cuenta, permitió que la rueda delantera de la izquierda rozara la línea amarilla central. Enseguida dio un volantazo. El otro coche viró bruscamente.

—¡Era un poli! —gritó Aggie. Roger y él se giraron a echar un vistazo fugaz. El otro coche se detuvo en seco, con las luces de freno encendidas.

—Joder, sí —confirmó Roger—. De la policía del condado. ¡Vámonos!

—Viene a por nosotros —dijo Calvin, presa del pánico.

—¡Luces azules! ¡Luces azules! —graznó apremiado Roger—. ¡Mierda!

Aggie pisó a fondo instintivamente y el enorme Dodge rugió colina arriba.

—¿Seguro que es buena idea?

—Tú sigue adelante, joder —bramó Roger.

—Hay latas de cerveza por todos lados —añadió Calvin.

—Pero yo no estoy borracho —insistió Aggie—. Huir solo empeora las cosas.

—Ya estamos huyendo —apuntó Roger—. Ahora lo importante es que no nos atrape. —Y, con la misma, vació otra lata de cerveza como si fuera la última.

La ranchera alcanzó los ciento treinta kilómetros por hora, luego los ciento cuarenta y cinco, mientras volaba sobre un largo tramo llano de carretera.

—Se nos acerca muy rápido —anunció Aggie, mirando por el retrovisor y luego de nuevo al frente, a la carretera—. Con las luces encendidas y todo.

—¡Tiremos la cerveza! —dijo Calvin, bajando la ventanilla.

—¡No! —bramó Roger—. ¿Estás loco? No nos atrapará. ¡Más rápido, dale!

La ranchera voló por encima de una cuesta y a punto estuvo de abandonar la calzada, luego chirrió al tomar una curva cerrada y coleó un poco, lo bastante para que Calvin anunciara:

—Nos vamos a matar.

—Cállate —le ladró Roger—. Busca algún desvío. Nos esconderemos.

—Veo un buzón —dijo Aggie, y pisó el freno. El ayudante del sheriff les seguía a escasos segundos, pero no se lo veía. Giraron bruscamente a la derecha y las luces de la camioneta barrieron una granjita oculta bajos varios robles inmensos.

—Apaga las luces —ordenó Roger, como si hubiera pasado por esa situación montones de veces. Aggie apagó el motor, apagó las luces, y la camioneta rodó en silencio por el corto camino de tierra hasta detenerse junto a una ranchera Ford propiedad del señor Buford M. Gates, de la Ruta 5, en Owensville, Mississippi.

El coche patrulla pasó de largo como un rayo sin aminorar, con las luces azules brillando pero la sirena todavía apagada. Los tres donantes permanecieron agazapados en los asientos y, mucho después de que desaparecieran las luces azules, levantaron poco a poco la cabeza.

La casa que habían elegido estaba a oscuras y en silencio. Aparentemente no la protegían perros guardianes. Hasta la luz del porche delantero estaba apagada.

—Buen trabajo —dijo Roger en voz queda mientras recuperaban la respiración.

—Hemos tenido suerte —susurró Aggie.

Observaron la casa y escucharon en dirección a la carretera y, tras varios minutos de maravillado silencio, convinieron en que, efectivamente, habían tenido mucha suerte.

—¿Cuánto tenemos que quedarnos aquí? —preguntó por fin Calvin.

—No mucho —respondió Aggie mientras contemplaba fijamente las ventanas de la casa.

—Oigo un coche —anunció Calvin, y las tres cabezas volvieron a agazaparse. Transcurrieron los segundos y el ayudante del sheriff pasó como una bala en sentido contrario, con las luces en marcha pero todavía sin sirena.

—El hijoputa está buscándonos —masculló Roger.

—Pues claro —dijo Aggie.

Cuando el ruido del coche patrulla se apagó en la distancia, las tres cabezas se levantaron despacio en el interior del Dodge.

—Tengo que echar una meada —anunció Roger.

—Aquí no —dijo Calvin.

—Abre la puerta —insistió Roger.

—¿No puedes esperar?

—No.

Calvin abrió lentamente la portezuela del acompañante, bajó y luego miró cómo Roger se acercaba de puntillas al lateral de la camioneta Ford del señor Gate y empezaba a orinar en la rueda delantera de la derecha.

A diferencia de su marido, la señora Gate tenía el sueño ligero. Estaba segura de que había oído algo fuera y, cuando terminó de despertarse, se convenció todavía más. Buford llevaba roncando una hora, pero ella al final consiguió interrumpir su sueño. El hombre buscó debajo de la cama y agarró la escopeta.

Roger seguía orinando cuando se encendió una lucecita en la cocina. Los tres la vieron al instante.

—¡Corred! —dijo Aggie entre dientes por la ventanilla y luego cogió la llave y arrancó.

Calvin volvió a la camioneta de un salto mientras gruñía «¡Vamos, vamos!» y Aggie metía la marcha atrás de un golpetazo y pisaba el acelerador. Roger se subió los pantalones mientras corría hacia el Dodge. Se arrojó por un costado y aterrizó bruscamente en la caja de carga entre latas de cerveza vacías, luego se agarró justo al tiempo que la camioneta salía volando por el sendero en dirección a la carretera. Estaban junto al buzón cuando la luz del porche delantero se encendió. La camioneta derrapó en el asfalto mientras se abría lentamente la puerta delantera de la casa y un anciano empujaba la pantalla mosquitera.

—¡Tiene una escopeta! —exclamó Calvin.

—Mala cosa —dijo Aggie al tiempo que golpeaba la palanca de cambio hacia la posición de avance y, en la huida, quemaba neumático durante quince metros. Casi medio kilómetro más adelante, se desvió por un estrecho camino rural y detuvo el motor. Los tres se bajaron a estirar los músculos y se rieron con ganas porque habían escapado por los pelos. Rieron nerviosos y se esforzaron en creer que en ningún momento habían pasado miedo. Especularon acerca del paradero del ayudante del sheriff. Limpiaron la caja de la camioneta y dejaron las latas vacías en una zanja. Pasaron diez minutos y el ayudante del sheriff no dio señales de vida.

Aggie terminó por abordar la cuestión más obvia.

—Chavales, hay que ir a Memphis.

Calvin, más intrigado por el Desperado que por el hospital, añadió:

—Y que lo digas. Se nos está haciendo tarde.

Roger se plantó en mitad de la carretera y anunció:

—Se me ha caído la cartera.

—Que ¿qué?

—Que se me ha caído la cartera.

—¿Dónde?

—Antes. Debe de habérseme caído mientras meaba.

Había muchas probabilidades de que la cartera de Roger no contuviera nada de valor: ni dinero, ni tarjetas de crédito, ni carnet de conducir, ni carnets de ninguna otra clase, nada más útil que, tal vez, un condón viejo. Y Aggie estuvo tentado de preguntarle qué llevaba dentro. Pero no lo hizo, porque sabía que Roger aseguraría que su cartera estaba repleta de objetos valiosos.

—Tengo que recuperarla.

—¿Estás seguro? —preguntó Calvin.

—Llevo el dinero, el carnet, las tarjetas de crédito, todo.

—Pero el viejo tenía una escopeta.

—Y en cuanto salga el sol el viejo encontrará mi cartera, llamará al sheriff, que llamará al sheriff de Ford County y estaremos jodidos. Eres bastante tonto, ¿lo sabías?

—Al menos yo no he perdido la cartera.

—Tiene razón —intervino Aggie—. Tiene que recuperarla. —Los otros dos se fijaron en que Aggie enfatizó el uso de la tercera persona y no dijo nada de «nosotros».

—¿No tendrás miedo, eh, hombretón? —le preguntó Roger a Calvin.

—No tengo miedo porque yo no pienso volver.

—Me parece que tienes miedo.

—Corta el rollo —terció Aggie—. Verás lo que vamos a hacer. Esperaremos a que el viejo vuelva a meterse en la cama, luego regresaremos tranquilamente por la carretera, nos acercaremos a la casa, pero no demasiado, detendremos la camioneta y tú podrás escabullirte por el camino de entrada y encontrar la cartera. Y después nos largamos todos con viento fresco.

—Apuesto a que no lleva nada en la cartera —dijo Calvin.

—Y yo apuesto a que tiene más pasta que la tuya —replicó Roger al tiempo que sacaba otra cerveza de la camioneta.

—Corta el rollo —repitió Aggie.

Se quedaron de pie junto a la camioneta, sorbiendo cerveza y contemplando la carretera vacía a lo lejos y, al cabo de quince minutos que parecieron una hora, subieron a ella, con Roger sentado en la parte trasera. A unos cuatrocientos metros de la casa, Aggie detuvo la camioneta en una zona plana de la carretera. Apagó el motor para poder oír si se acercaba algún vehículo.

—¿No puedes acercarte más? —pidió Roger de pie junto a la puerta del conductor.

—Está al girar la curva —respondió Aggie—. Si nos acercamos más, nos oirán.

Los tres miraron fijamente la carretera a oscuras. Una media luna se asomaba y desaparecía tras las nubes.

—¿Tienes una pistola? —preguntó Roger.

—Tengo una pistola —dijo Aggie—. Pero no es para ti. Tú cuélate en la finca y vuelve sin hacer ruido. No es para tanto. El viejo estará dormido.

—No tendrás miedo, ¿no? —añadió Calvin, colaborador.

—Claro que no.

Y con las mismas, Roger se perdió en la oscuridad. Aggie volvió a arrancar la camioneta y, con las luces apagadas, la giró silenciosamente de forma que apuntara hacia Memphis. Apagó de nuevo el motor y se pusieron a esperar con las dos ventanillas bajadas.

—Se ha bebido ocho cervezas —dijo Calvin por lo bajo—. Va como una cuba.

—Aguanta bien el alcohol.

—Tiene mucha práctica. Puede que esta vez el viejo lo pille.

—En realidad no me importaría, pero entonces nos pillarían también a nosotros.

—A ver, para empezar, ¿por qué le invitaron a venir?

—Cállate. Necesitamos escuchar el tráfico.

Roger abandonó la carretera al ver el buzón. Saltó una zanja, luego se agachó y cruzó un campo de judías próximo a la casa. Si el viejo seguía al acecho, tendría los ojos puestos en la carretera, ¿no? Roger decidió sagazmente que se aproximaría por detrás. Todas las luces estaban apagadas. La casita estaba en calma y silencio. No se movía ni un alma. Bajo las sombras de los robles, Roger se arrastró por la hierba húmeda hasta ver la ranchera Ford. Se detuvo detrás de un cobertizo, cogió aire y se dio cuenta de que necesitaba orinar otra vez. No, se dijo, tendría que esperar. Estaba orgulloso: había llegado hasta allí sin hacer el menor ruido. Luego volvió el pavor: ¿qué coño estaba haciendo? Respiró hondo, se agachó todavía más y reanudó su misión. Cuando el Ford quedó entre la casa y él, Roger se puso a cuatro patas y empezó a abrirse camino por la gravilla del final del sendero.

Avanzaba despacio mientras la gravilla crujía bajo su peso. Maldijo cuando se mojó las manos junto a la rueda delantera de la derecha. Pero al palpar la cartera, sonrió; luego se la guardó rápidamente en el bolsillo trasero de los pantalones. Hizo una pausa, respiró hondo, e inició una retirada silenciosa.

En aquella calma el señor Buford Gates distinguía toda clase de ruidos, algunos reales, otros, producto de las circunstancias. Los ciervos solían pasear a placer por la finca y el hombre pensó que quizá anduvieran en busca de hierba y bayas. Luego oyó algo diferente. Poco a poco se incorporó en su escondite del porche lateral, levantó la escopeta al cielo y disparó dos tiros a la luna solo porque sí.

En la quietud perfecta del anochecer, los disparos resonaron en el aire como obuses, explosiones mortíferas que retumbaron durante kilómetros.

No muy lejos, en la carretera, un súbito chirrido de neumáticos siguió a la detonación y, al menos para Buford, la goma quemada sonó exactamente igual que veinte minutos antes frente a su casa.

«Todavía andan por aquí», se dijo.

La señora Gates abrió la puerta lateral.

—¡Buford!

—Creo que siguen aquí —dijo él, volviendo a cargar su Browning del calibre dieciséis.

—¿Los has visto?

—Quizá.

—¿Cómo que quizá? ¿A qué disparas?

—Tú vuelve adentro, ¿quieres?

La puerta se cerró de un portazo.

Roger estaba debajo de la ranchera Ford, aguantándose la respiración, apretándose la entrepierna, sudando a mares mientras decidía a toda prisa si debía agarrarse a la transmisión que colgaba a escasos centímetros por encima de él o abrirse camino a zarpazos por la gravilla que tenía debajo. Pero no se movió. Las explosiones sónicas todavía repicaban en sus oídos. Los chirridos neumáticos de sus cobardes amigos le hicieron maldecir. Le daba miedo respirar.

Oyó abrirse la puerta otra vez y a la mujer decir:

—Ten una linterna. Así puede que veas a lo que disparas.

Siguió otro portazo mientras la mujer continuaba cacareando. Al cabo de un minuto más o menos, regresó.

—He llamado a la oficina del sheriff. Dicen que Dudley está patrullando.

—Tráeme las llaves de la camioneta. Echaré un vistazo a la carretera.

—No puedes conducir de noche.

—Tú tráeme las dichosas llaves.

Otro portazo. Roger intentó serpentear marcha atrás, pero la gravilla hacía demasiado ruido. Intentó serpentear adelante, en dirección a las voces, pero también se oían demasiados crujidos y arrastres. De modo que decidió esperar. Si la ranchera arrancaba marcha atrás, esperaría hasta el último segundo, se agarraría al parachoques delantero cuando le pasara por encima y se dejaría arrastrar unos metros hasta poder soltarse y escapar corriendo en la noche. Si el viejo le descubría, tardaría unos segundos en detenerse, coger la escopeta, bajar del vehículo y darle caza. Para entonces, Roger se habría perdido en el bosque. Era un plan y podía funcionar. Por otra parte, las ruedas podían aplastarlo, arrastrarlo por toda la carretera o, simplemente, podían pegarle un tiro.

Buford salió al porche lateral y empezó a buscar con la linterna. Desde la puerta, la señora Gates gritó:

—Te he escondido las llaves. No puedes conducir de noche.

«Esa es mi chica», pensó Roger.

—Será mejor que me des esas llaves.

—Las he escondido.

Buford farfullaba en la oscuridad.

El Dodge recorrió varios kilómetros frenéticos antes de que Aggie por fin aminorara un poco.

—Sabes que tenemos que volver —dijo.

—¿Por qué?

—Si le disparan, tendremos que contar lo ocurrido y entrar en detalles.

—Espero que le disparen y, si le dan, no podrá hablar. Si no puede hablar, no puede delatarnos. Vámonos a Memphis.

—No.

Aggie dio media vuelta y luego condujo en silencio hasta que llegaron al mismo camino rural donde se habían detenido antes. Se sentaron en el capó junto a una cerca y meditaron lo que hacer. Al poco rato oyeron una sirena y luego vieron pasar las luces azules a toda velocidad por la carretera.

—Si ahora pasa una ambulancia, tenemos problemas graves —dijo Aggie.

—Igual que Roger.

Cuando Roger oyó la sirena, le entró el pánico. Pero a medida que el sonido se acercó, comprendió que taparía el ruido de su huida. Encontró una piedra, se revolvió hacia el costado de la camioneta y la arrojó más o menos en dirección a la casa. La piedra golpeó con algo, por lo que la señora Gates preguntó «¿Qué ha sido eso?» y volvió corriendo al porche lateral. Roger se deslizó como una serpiente por debajo del vehículo y salió por encima de la orina fresca que él mismo había dejado, atravesó la hierba mojada y avanzó hasta un roble justo en el instante en que el ayudante Dudley entraba rugiendo en escena. Dudley pisó los frenos y giró violentamente por el camino de entrada, levantando polvo y desperdigando gravilla. El alboroto salvó a Roger. El señor y la señora Gates corrieron al encuentro de Dudley mientras Roger se adentraba en la oscuridad. En cuestión de segundos estaba detrás de una hilera de arbustos, luego dejó atrás un viejo granero y se perdió en el campo de judías. Pasó media hora.

—Creo que deberíamos volver a la casa y contarlo todo. Así sabremos si Roger está bien —dijo Aggie.

—Pero ¿no nos acusarán de resistencia a la autoridad y, encima, de conducir borrachos? —preguntó Calvin.

—Bueno, pues ¿qué propones?

—Es probable que el ayudante del sheriff ya se haya marchado. No hay ninguna ambulancia, o sea que Roger, dondequiera que esté, se encuentra bien. Apuesto a que está escondido. Yo digo que pasemos por delante de la casa, echemos una buena ojeada y luego sigamos hacia Memphis.

—Vale la pena intentarlo.

Encontraron a Roger junto a la carretera, cojeando en dirección a Memphis. Después de un cruce de palabras entre los tres, decidieron continuar. Roger ocupó su sitio en el centro; Calvin se sentó en el lado de la puerta. Viajaron diez minutos sin pronunciar palabra. Todos con la vista al frente. Los tres enfadados, echando chispas.

Roger tenía la cara arañada y ensangrentada. Apestaba a sudor y a orina, y se había manchado la ropa de tierra y barro. A los pocos kilómetros, Calvin bajó la ventanilla y, unos cuantos kilómetros más adelante, Roger quiso saber:

—¿Por qué no subes la ventanilla?

Pararon a por otro paquete de seis cervezas para calmar los nervios y, después de echar unos tragos, Calvin preguntó:

—¿Te ha disparado?

—No lo sé. No he llegado a verlo.

—Ha sonado como un cañón.

—Deberías haberlo oído desde donde yo estaba.

A Aggie y a Calvin les hizo gracia y se echaron a reír. A Roger, serenados los nervios, le pareció una risa contagiosa y pronto los tres estaban desternillándose del viejo con la escopeta y la mujer que le había escondido las llaves de la ranchera y que probablemente le había salvado la vida a Roger. Y pensar en el ayudante Dudley yendo todavía de un lado a otro por la carretera con las luces encendidas los hizo reír todavía más.

Aggie se ciñó a las carreteras secundarias y cuando, cerca de Memphis, una interceptó la autovía 78, corrieron a la rampa de entrada y se sumaron a los cuatro carriles de tráfico.

—Hay un bar de carretera ahí delante —dijo Roger—. Tengo que lavarme.

Dentro compró una camiseta y una gorra de la NASCAR y luego se frotó manos y cara en el servicio de caballeros. Cuando regresó a la camioneta, Aggie y Calvin quedaron impresionados por el cambio. Partieron de nuevo, cerca ya de los neones luminosos. Eran casi las diez de la noche.

Las vallas publicitarias fueron volviéndose más grandes, más brillantes y habituales, y aunque los chicos no habían mencionado el Desperado en la última hora, lo recordaron de pronto cuando se toparon con la chisporroteante imagen de una joven a punto de reventar la poca ropa que lucía. Se llamaba Tiffany, y sonreía al tráfico desde una inmensa valla publicitaria que anunciaba el Desperado, Club de Caballeros, con las estrípers más calientes de todo el Sur. El Dogde aminoró considerablemente.

Sus piernas desnudas parecían kilométricas y el traje, escueto y brillante, estaba claramente diseñado para desprenderse en un periquete. Tiffany tenía el pelo rubio y cardado, gruesos labios rojos y unos ojos absolutamente ardientes. La mera posibilidad de que pudiera estar trabajando unos kilómetros más adelante en esa misma carretera y de que pudieran detenerse a verla en carne y hueso, bueno, resultaba abrumadora.

Durante unos minutos no se oyó una sola palabra mientras el Dodge iba recuperando velocidad. Al final, habló Aggie:

—Habría que ir al hospital. A estas alturas, Bailey podría haber muerto.

Fue la primera mención a Bailey desde hacía horas.

—El hospital está abierto toda la noche —dijo Roger—. No cierra. ¿Qué te crees, que cierran por la noche y mandan a todo el mundo a casa? —Para mostrarle su apoyo, Calvin consideró el comentario divertido y se sumó a él con una risotada campechana.

—Entonces, ¿queréis pasaros por el Desperado? —preguntó Aggie, siguiéndoles el juego.

—¿Por qué no? —respondió Roger.

—Ya puestos… —dijo Calvin mientras bebía cerveza e intentaba imaginarse a Tiffany en plena actuación.

—Nos quedaremos una hora y luego saldremos pitando para el hospital —aseguró Roger. Después de diez cervezas, mantenía una coherencia notable.

El gorila de la puerta les lanzó una mirada desconfiada.

—Identificación —le gruñó a Calvin, quien a pesar de sus veintiún años parecía más joven. Aggie aparentaba su edad. Roger, de veintisiete, podría pasar por cuarentón—. De Mississippi, ¿eh? —comentó el gorila con una clara inclinación en contra de la gente de dicho estado.

—Ajá —dijo Roger.

—Diez dólares de consumición mínima.

—¿Solo porque somos de Mississippi? —preguntó Roger.

—No, listillo, todo el mundo paga la consumición mínima. Si no te gusta, te subes al tractor y te vuelves a casa.

—¿Tratas así de bien a todos los clientes? —dijo Aggie.

—Sí.

Se alejaron, se reunieron y debatieron la cuestión de la consumición mínima y si debían quedarse. Roger explicó que había otro club no muy lejos, pero advirtió que probablemente les clavarían una entrada similar. Mientras cuchicheaban y sopesaban las cosas, Calvin intentó asomarse a la puerta para echar un vistazo rápido a Tiffany. Él votó por quedarse, voto que al final fue unánime.

Una vez dentro, fueron examinados por otros dos gorilas malcarados y fornidos y, luego, conducidos hasta la sala principal, con un escenario redondo en el centro sobre el que en ese momento había dos jóvenes señoritas, una blanca y otra negra, ambas desnudas y girando en todas direcciones.

Calvin se quedó petrificado al verlas. Se olvidó instantáneamente de los diez dólares de la entrada.

Su mesa estaba a menos de seis metros del escenario. El club estaba medio lleno, y el público era joven y trabajador. No eran los únicos chicos de campo de visita en la ciudad. Su camarera iba vestida solo con un tanga y cuando les soltó un cortante «¿Qué va a ser? Mínimo, tres bebidas», Calvin casi se desmaya. Nunca había visto tanta carne prohibida.

—¿Tres bebidas? —preguntó Roger, intentando mantener el contacto visual.

—Eso mismo —le replicó ella.

—¿Cuánto cuesta una cerveza?

—Cinco pavos.

—¿Y tenemos que pedir tres?

—Tres por cabeza. Normas de la casa. Si no os gustan, vais a quejaros a los gorilas esos de ahí. —Señaló con la cabeza hacia la puerta, pero los ojos de ellos no se apartaron de sus pechos.

Pidieron tres cervezas cada uno y estudiaron el entorno. Ahora había cuatro bailarinas en el escenario, girando todas ellas mientras la música rap atronaba contra las paredes. Las camareras se movían con prontitud entre las mesas como si, en caso de demorarse, fueran a acariciarlas. Muchos de los clientes estaban borrachos y alborotados, y enseguida empezó un baile sobre una mesa. Una camarera se subió a una mesa cercana y comenzó su actuación mientras un grupo de camioneros le embutían dinero en el tanga. Al poco rato, tenía la cinturilla repleta de billetes verdes.

Llegó la bandeja con nueve vasos altos y estrechísimos de cerveza, cerveza de lo más suave y aguada, hasta el punto de parecer limonada rebajada.

—Serán cuarenta y cinco dólares —anunció la camarera, lo que desencadenó un largo y presuroso registro de bolsillos y carteras por parte de los tres chicos. Al final reunieron la suma.

—¿Todavía haces lap-dance? —preguntó Roger a la camarera.

—Depende.

—Nunca le han hecho ninguno —explicó Roger señalando a Calvin, a quien se le paró el corazón.

—Veinte pavos —dijo ella.

Roger encontró un billete de veinte dólares y se lo pasó a la chica y, en cuestión de segundos, Amber estaba sentada encima de Calvin que, con sus ciento veinte kilos, tenía regazo suficiente para una pequeña compañía de baile. Mientras atronaba y resonaba la música, Amber se contoneaba y rebotaba, y Calvin, simplemente, cerró los ojos y se preguntó por el amor verdadero.

—Magréale las piernas —apuntó Roger, la voz de la experiencia.

—Nada de tocar —advirtió Amber con dureza, al tiempo que su trasero se acomodaba firmemente entre los inmensos muslos de Calvin. Unos bestias de una mesa cercana contemplaban divertidos el espectáculo y enseguida se pusieron a azuzar a Amber con toda clase de sugerencias obscenas; ella interpretó el papel para su público.

Calvin se preguntaba cuánto duraría aquello. Tenía la frente cubierta de sudor.

De repente Amber dio media vuelta y se colocó de cara a Calvin sin perder el compás y, durante un minuto como mínimo, Calvin sostuvo a una mujer desnuda, bonita y temblorosa, en el regazo. Fue una experiencia que cambió su vida. Nunca volvería a ser el mismo.

Desgraciadamente la canción terminó y Amber se incorporó de un salto y corrió a atender sus mesas.

—Puedes verla luego —dijo Roger—. En un individual.

—¿Qué es eso? —preguntó Aggie.

—Tienen unas habitaciones pequeñas en la parte de atrás donde quedas con las chicas cuando salen de trabajar.

—Mentira.

Calvin seguía sin hablar, completamente mudo mientras observaba a Amber atendiendo pedidos de un lado a otro del club. Pero estaba escuchando, y durante un hueco entre canciones oyó lo que decía Roger. Amber podía ser suya, a solas, en alguna espléndida salita de la parte de atrás.

Se bebieron la cerveza aguada y observaron cómo iban llegando clientes. A las once, el lugar estaba atestado y había más estrípers y bailarinas trabajando en el escenario y entre el gentío. Calvin contempló con ira celosa el baile de Amber sobre el regazo de otro hombre, a menos de tres metros de distancia. Eso sí, se fijó con cierto orgullo en que solo se colocó de cara al cliente unos segundos. Si tuviera mucha pasta, la embutiría alegremente en el tanga de Amber y la tendría bailando toda la noche en el regazo.

Pero la pasta empezaba a ser un problema. Durante otra pausa entre canciones y estrípers, Calvin, en el paro, admitió:

—No sé cuánto podré quedarme. La cerveza es bastante cara.

Las suyas, en vasos de cuarto, ya casi habían desaparecido y los tres habían vigilado lo suficiente a las camareras para saber que los vasos vacíos no duraban mucho en la mesa. Se esperaba que los clientes bebieran a destajo, dejaran propinas generosas y arrojaran dinero a las chicas para conseguir bailes personalizados. El comercio de la carne en Memphis era muy rentable.

—Yo tengo algo de pasta —dijo Aggie.

—Yo tengo tarjetas de crédito —dijo Roger—. Pedid otra ronda mientras echo una meada. —Se levantó y por primera vez pareció tambalearse un poco, luego se perdió entre el humo y la gente.

Calvin llamó por señas a Amber y pidió otra ronda. Ella sonrió y dio su aprobación con un guiño. Lo que Calvin deseaba muchísimo más que el agua de río que estaban bebiendo era más contacto físico con su chica, pero no iba a pasar. En ese momento, se juró redoblar los esfuerzos por encontrar empleo, ahorrar dinero y convertirse en un asiduo del Desperado. Por primera vez en su corta vida, Calvin tenía un objetivo.

Aggie no apartaba la vista del suelo, debajo del asiento vacío de Roger.

—El muy capullo ha vuelto a perder la cartera —dijo, y recogió una maltratada billetera de lona.

»¿Crees que tendrá alguna tarjeta de crédito?

—No.

—Echemos un vistazo. —Miró alrededor para asegurarse de que Roger no andaba cerca y luego abrió la cartera. Había una tarjeta descuento de un ultramarinos caducada y una colección de tarjetas de visita: dos de abogados, dos de fiadores de fianzas, una de una clínica de rehabilitación y otra de un agente de la condicional. También había, cuidadosamente doblado y parcialmente escondido, un billete de veinte dólares—. Menuda sorpresa. Ni tarjetas de crédito, ni carnet de conducir.

—Y casi le pegan un tiro por recuperarla.

—El tío es idiota, ¿vale? —Aggie cerró la cartera y la dejó en la silla de Roger.

La cerveza llegó al tiempo que Roger regresaba y encontraba la cartera. Juntos reunieron cuarenta y cinco dólares y tres de propina.

—¿Se puede pagar un baile con tarjeta? —le gritó Roger a Amber.

—No, solo en efectivo —le respondió ella a gritos al marcharse.

—¿Qué clase de tarjeta tienes? —preguntó Aggie.

—Varias —contestó Roger como un pez gordo.

Calvin, con el regazo todavía ardiendo, observaba a su querida Amber serpentear entre la multitud. Aggie también miraba a las chicas, pero sin olvidarse de la hora. No tenía idea de cuánto se tardaba en donar medio litro de sangre. Se acercaba la medianoche. Y, aunque intentaba no hacerlo, no podía evitar pensar en su novia y la bronca que le caería si llegaba a enterarse de ese pequeño rodeo.

Roger iba apagándose a marchas forzadas. Se le caían los párpados y cabeceaba.

—Bebed —dijo, con la lengua pastosa, mientras intentaba recuperarse, pero le abandonaban las fuerzas.

Calvin charló entre canciones con dos tipos de otra mesa y en el curso de esa rápida conversación descubrió que la legendaria estríper Tiffany no trabajaba los jueves por la noche.

Cuando se acabó la cerveza, Aggie anunció:

—Me voy. ¿Venís conmigo?

Roger no podía quedarse solo, de manera que más o menos lo arrastraron fuera de la mesa. De camino a la puerta, Amber se deslizó junto a Calvin y le preguntó:

—¿Me dejas?

Él asintió con la cabeza porque no podía hablar.

—Vuelve después, por favor —susurró Amber—. Me pareces una monada.

Uno de los gorilas agarró a Roger y los ayudó a sacarlo de allí.

—¿A qué hora cerráis? —preguntó Calvin.

—A las tres de la mañana —respondió el gorila, y señaló a Roger—: Pero no traigáis a este.

—Oye, ¿dónde queda el hospital? —preguntó Aggie.

—¿Cuál?

Aggie miró a Calvin y Calvin miró a Aggie, y resultó evidente que ninguno tenía ni idea. El gorila esperó pacientemente, luego añadió:

—En esta ciudad hay diez hospitales. ¿Cuál?

—Eh, el más cercano —dijo Aggie.

—El Luterano. ¿Conoces la ciudad?

—Claro.

—Ya, seguro que sí. Pues coges Lamar hacia Parkway y Parway hacia Poplar. Está justo pasado el Instituto de Secundaria del Este.

—Gracias.

El gorila se despidió y entró en el local. Aggie y Calvin arrastraron a Roger hasta la camioneta, lo empujaron dentro y luego estuvieron media hora dando vueltas por el centro de Memphis buscando el Hospital Luterano inútilmente.

—¿Estás seguro de que es ese hospital? —preguntó varias veces Calvin.

Aggie, de maneras diversas, respondió: «Sí», «Claro», «Probablemente» y «Por supuesto».

Cuando se vieron en el centro de la ciudad, Aggie paró en la acera y preguntó a un taxista que dormitaba detrás del volante.

—No hay ningún Hospital Luterano. Tenemos el Baptista, el Metodista, el Católico, el Central, el De la Misericordia y alguno más, pero ningún Luterano.

—Ya lo sé, hay diez.

—Siete, para ser exactos. ¿De dónde eres?

—Mississippi. Mire, ¿cuál es el más cercano?

—El Hospital de la Misericordia está a cuatro manzanas, todo recto por la avenida Union.

—Gracias.

Encontraron el Hospital de la Misericordia y dejaron a Roger en la camioneta, comatoso. El De la Misericordia era el hospital municipal, el principal destino de las víctimas nocturnas del crimen, el maltrato doméstico, los tiroteos policiales, las disputas entre bandas, las sobredosis y los accidentes de coches provocados por el alcohol. Casi todas esas víctimas eran negras. Ambulancias y coches patrulla pululaban alrededor de la entrada de urgencias. Manadas de familiares desesperados deambulaban en busca de sus víctimas por los pasillos parecidos a calabozos. Chillidos y gritos retumbaban por todo el lugar mientras Aggie y Calvin recorrían kilómetros buscando la ventanilla de información. Al final la encontraron, en un rincón, como escondida a propósito. Una joven mexicana atendía el mostrador mascando chicle y leyendo una revista.

—¿También atienden a blancos? —preguntó, con educación, Aggie.

A lo que la chica replicó con frialdad:

—¿A quién buscan?

—Hemos venido a donar sangre.

—El banco de sangre está al final del pasillo —informó, señalando.

—¿Están abiertos?

—Lo dudo. ¿Para quién quieren donar la sangre?

—Ah, para Bailey —contestó Aggie mientras miraba a Calvin sin comprender.

—¿Nombre de pila? —La joven comenzó a teclear y miró en un monitor.

Aggie y Calvin se miraron con el ceño fruncido, perdidos.

—Creía que Bailey era su nombre de pila —dijo Calvin.

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