NOTA DEL EDITOR

En 2006, diez años después de que se publicara La broma infinita de David Foster Wallace, Little, Brown hizo planes para comercializar una edición de aniversario de esa novela gloriosa. Se organizaron celebraciones en varias librerías de Nueva York y Los Ángeles, pero a medida que se aproximaban los eventos, David empezó a poner reparos a asistir. Yo lo llamé por teléfono para intentar convencerlo. «Ya sabes que si me insistes iré –me dijo–. Pero, por favor, no me insistas. Estoy metido en algo largo y cuando me separan del trabajo luego me cuesta volver a meterme.»

«Algo largo» y «una cosa larga» eran los términos que David usaba para hablar de la novela que había estado escribiendo en los años posteriores a La broma infinita. Durante aquellos años publicó bastantes libros: colecciones de relatos en 1999 y 2004 y de ensayos en 1997 y 2005. Pero la cuestión de una nueva novela acechaba, y a David le incomodaba hablar del tema. Una vez en que le presioné, me contó que trabajar en la nueva novela era como forcejear con plafones de madera de balsa en medio de un vendaval. De vez en cuando me llegaban noticias por su agente literaria, Bonnie Nadell: David estaba yendo a clases de contabilidad como parte de la investigación para su novela. Estaba ambientada en un centro de procesamiento de declaraciones de la renta de la Agencia Tributaria. Yo había tenido el enorme honor de trabajar con David como editor de La broma infinita y había visto los mundos que él había conseguido conjurar a partir de una academia de tenis y un centro de desintoxicación. Supuse que, si alguien era capaz de hacer que los impuestos fueran interesantes, era él.

En el momento de la muerte de David, en septiembre de 2008, yo no había visto ni una palabra de aquella novela, salvo un par de relatos que habían salido publicados en revistas, relatos que no tenían ninguna conexión aparente con la contabilidad ni con los impuestos. En noviembre, Bonnie Nadell se reunió con Karen Green, la viuda de David, para registrar su despacho, un garaje con una ventanita que tenía en su casa de Claremont, California. En la mesa de David, Bonnie encontró un manuscrito pulcramente amontonado con doce capítulos que sumaban unas 250 páginas. En la etiqueta de un disco informático que contenía aquellos capítulos había escrito: «¿Para el adelanto de LB?». Bonnie había comentado con David la posibilidad de juntar unos cuantos capítulos de su novela y mandarlos a Little, Brown a fin de iniciar las negociaciones para un contrato nuevo y un adelanto de las regalías. Allí había un manuscrito parcial, sin enviar.

Al explorar el despacho de David, Bonnie y Karen encontraron cientos y cientos de páginas de su novela en progreso, designada con el título «El rey pálido». Discos duros, carpetas de archivador, carpetas de anillas, cuadernos de espiral y disquetes que contenían capítulos impresos, fajos de páginas manuscritas, notas y más. Volé a California invitado por ellas y dos días más tarde me volví a casa con un talego verde y dos bolsas del Trader Joe atiborradas de manuscritos. Poco después me llegaba por correo una caja llena de libros que David había usado en su investigación.

Al leer aquel material en los meses posteriores a mi regreso, descubrí una novela asombrosamente completa, creada con esa originalidad y ese humor superabundantes que eran característicos de David. Mientras leía aquellos capítulos sentí un placer inesperado, porque al adentrarme en aquel mundo que David había creado tuve la sensación de encontrarme en su presencia y conseguí olvidarme temporalmente del hecho espantoso de su muerte. Había partes que habían sido pulcramente mecanografiadas y revisadas a lo largo de numerosas versiones. Otras eran simples borradores escritos con la minúscula caligrafía de David. Algunos –entre ellos los capítulos que estaban sobre su mesa de trabajo– habían sido pulidos recientemente. Otros eran mucho más antiguos y contenían líneas argumentales abandonadas o sustituidas. Había notas y falsos comienzos, listas de nombres, ideas para tramas e instrucciones del autor para sí mismo. Todos aquellos materiales estaban maravillosamente vivos y cargados de observaciones; leerlos era lo más parecido a ver su asombrosa mente operando sobre el mundo. Había una libreta encuadernada en piel que todavía estaba cerrada con un rotulador verde dentro, con el que David había escrito hacía poco.

En ningún sitio de aquellas páginas había ningún esquema ni indicación del orden en que David tenía pensado poner aquellos capítulos. Había unas cuantas notas generales sobre la trayectoria de la novela, y a menudo los borradores de los capítulos iban precedidos o seguidos de instrucciones que escribía David para sí mismo y que indicaban de dónde venía un personaje o adónde podía dirigirse. Pero no había una lista de escenas, no había un arranque ni un final decididos, ni tampoco nada que se pudiera considerar un conjunto de instrucciones ni guías para El rey pálido. Al leer y releer aquellos montones de material, me quedó claro pese a todo que David se había adentrado mucho en la novela, creando un lugar nítidamente complejo –el Centro Regional de Examen de la Agencia Tributaria en Peoria, Illinois, en el año 1985– y un notable conjunto de personajes que batallaban contra los demonios descomunales y aterradores de la vida ordinaria.

Karen Green y Bonnie Nadell me pidieron que montara con aquellas páginas la mejor versión de El rey pálido que pudiera encontrar. Hacerlo ha sido el desafío más grande al que me haya enfrentado. Sin embargo, después de leer aquellos borradores y aquellas notas, quería que los que aprecian la obra de David pudieran ver lo que este había creado; que tuvieran la oportunidad de echar un vistazo más a esa mente extraordinaria. Aunque no se trata en ninguna medida de una obra terminada, El rey pálido me pareció tan profunda y valiente como el resto de la obra de David. Trabajar en ella ha sido el mejor acto de homenaje que he podido llevar a cabo.

Al montar este libro he seguido las pistas internas que me daban los capítulos y las notas de David. No ha sido una tarea fácil: hasta un capítulo que parecía ser el punto de partida obvio de la novela se revela en una nota a pie de página, y luego todavía de forma más directa en una versión anterior del capítulo, que tiene que ir bastante avanzada la novela. Otra nota del mismo capítulo comenta que la novela está llena de «cambios de punto de vista, fragmentación estructural e incongruencias descabelladas». Muchos de los capítulos, sin embargo, revelaban una narración central que seguía una cronología bastante lineal. En dicha trama, varios personajes llegan al Centro Regional de Examen de Peoria el mismo día de 1985. Pasan por una orientación, entran a trabajar allí y conocen el vasto mundo del procesamiento de las declaraciones de la renta en la Agencia Tributaria. Dichos capítulos y dichos personajes recurrentes forman una secuencia evidente que constituye la columna vertebral de la novela.

Otros capítulos son independientes y no forman parte de ninguna cronología. Colocar esas secciones autónomas ha sido la parte más difícil de la edición de El rey pálido. Mientras leía se hizo evidente que David planeaba que la novela tuviera una estructura afín a la de La broma infinita, con largos pasajes de información aparentemente inconexa que se le presenta al lector antes de que empiece a aparecer una trama principal coherente. En varias notas para sí mismo, David decía que la novela era «como un tornado» o que producía «sensación de tornado», lo cual sugería la idea de lanzar partes de la historia hacia el lector como un torbellino a alta velocidad. La mayor parte de los capítulos no cronológicos tienen que ver con la vida cotidiana del Centro Regional de Examen, con las prácticas y los conocimientos de la Agencia Tributaria y con ideas sobre el aburrimiento, la repetición y la familiaridad. Algunas son historias procedentes de una serie de infancias poco habituales y difíciles, cuyo significado se va aclarando de forma gradual. Mi meta al ordenar esas secuencias fue colocarlas de tal manera que la información que contienen entrara en los momentos oportunos para apoyar la línea argumental cronológica. En algunos casos la colocación era esencial para el desarrollo de la historia; en otros era una cuestión de ritmo y de tono anímico, como por ejemplo la colocación de capítulos cómicos breves en medio de otros largos y serios.

La historia central de la novela no tiene un final claro, y hay una cuestión que surge de forma inevitable: ¿cómo de inconclusa está la novela? ¿Cuánto más material podría haber habido? Esto es imposible de saber, dada la ausencia de un esquema detallado que proyecte las escenas y los relatos que todavía estaban por escribir. Entre las páginas del manuscrito de David hay notas que sugieren que no tenía intención de que la novela tuviera una trama sustancial más allá de los capítulos aquí presentes. Una nota dice que la novela es «una serie de situaciones organizadas para que pasen cosas, pero en realidad nunca pasa nada». Otra señala que hay tres «grandes mandamases… pero no los vemos nunca, solamente a sus ayudantes y sus portavoces». Y otra más sugiere que durante toda la novela «algo grande amenaza con suceder pero nunca llega a suceder». Estas líneas podrían reafirmar la posibilidad de que la falta aparente de conclusión de la novela fuera de hecho intencionada. David terminó su primera novela en medio de una línea de diálogo y la segunda habiendo tratado grandes cuestiones de la trama de forma apenas tangencial. Uno de los personajes de El rey pálido describe una obra de teatro que ha escrito, en la que hay un hombre sentado a una mesa, trabajando en silencio, hasta que el público se marcha, y en ese momento arranca la acción de la obra. Sin embargo, continúa, «nunca pude decidir cuál era la acción, si es que había alguna». En la sección titulada «Notas y acotaciones», al final del libro, he seleccionado algunas de las notas de David sobre los personajes y la historia. Esas notas y líneas sacadas del texto sugieren ideas sobre la dirección y forma de la novela, pero ninguna de ellas me da la impresión de ser definitiva. Creo que David todavía estaba explorando el mundo que había creado y todavía no le había dado una forma definitiva.

Las páginas del manuscrito se han editado muy poco. Una de las metas era unificar los nombres de los personajes (David inventaba nombres nuevos constantemente) y hacer que los toponímicos, los cargos profesionales y otros datos por el estilo concordaran a lo largo del libro. Otro era corregir todo lo que fueran obviamente errores gramaticales y repeticiones de palabras. Algunos capítulos del manuscrito estaban designados como «borradores cero» o «improvisaciones», que eran los términos que usaba David para referirse a los primeros bocetos, e incluían notas del estilo «dejar en el 50 por ciento en el próximo borrador». He llevado a cabo cortes de vez en cuando por cuestiones de sentido o de ritmo, o bien para encontrar un punto de conclusión de algún capítulo que se alargaba sin final. Mi intención general a la hora de ordenar y editar ha sido eliminar todas aquellas distracciones y confusiones no intencionadas, a fin de ayudar a los lectores a concentrarse en las enormes cuestiones que David quería sacar a colación, así como hacer que la historia y los personajes resultaran tan comprensibles como fuera posible. Los borradores originales completos de estos capítulos, junto con todo el montón de materiales del que se ha extraído esta novela, serán puestos a disposición del público en el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, que alberga todos los documentos de David Foster Wallace.

David era un perfeccionista de primer orden, y no hay duda de que El rey pálido sería un libro totalmente distinto de haber sobrevivido él para terminarlo. A lo largo de estos capítulos se repite toda una serie de palabras e imágenes que estoy seguro de que él habría revisado: las expresiones «chascarrillo» y «apretar las clavijas», por ejemplo, probablemente no se habrían repetido tan a menudo. Hay por lo menos dos personajes que tienen una marioneta de un doberman. Estas, junto con docenas de otras repeticiones y descuidos propios de borradores, se habrían corregido y afinado de haber seguido David escribiendo El rey pálido. Pero no fue así. Al presentárseme la elección entre hacer que este texto provisional estuviera disponible en forma de libro y colocarlo en una biblioteca donde solo los académicos lo pudieran leer y comentar, no lo dudé ni un segundo. Hasta inconclusa, se trata de una obra brillante, una exploración de algunos de los desafíos más profundos de la vida y una empresa de un atrevimiento artístico extraordinario. David se propuso escribir una novela sobre algunos de los temas más difíciles que existen –la tristeza y el aburrimiento– y hacer que esa exploración fuera nada menos que dramática, divertida y profundamente conmovedora. Todo el mundo que trabajó con David sabe muy bien cómo se resistía a dejar ver al mundo una obra que no estuviera pulida según sus estándares de exigencia. Pero lo que tenemos es una novela inconclusa, y ¿cómo podemos no mirar? David, por desgracia, no está aquí para impedir que la leamos, ni para perdonarnos por querer hacerlo.

Michael Pietsch

EL REY PÁLIDO

EL REY PÁLIDO

Llenamos formas preexistentes, y al llenarlas las cambiamos y ellas nos cambian.

FRANK BIDART, «Borges and I»

1

Más allá de las llanuras de franela y de las gráficas de asfalto y de los horizontes inclinados de óxido, y más allá del río de color marrón tabaco resguardado por los árboles llorones y salpicado por las monedas de luz de sol que traspasan sus copas para alcanzar la corriente, hasta el lugar que hay detrás del cortavientos, donde los campos sin cultivar bullen ruidosamente a fuego lento bajo el calor matinal: sorgo, quelite cenizo, lambedora, zarzaparrilla, juncia real, higuera del infierno, menta silvestre, diente de león, zacate, muscadinia, repollo espinoso, solidago, hiedra terrestre, abutilón, hierba mora, ambrosía, avena silvestre, algarroba, rusco, habichuelas asilvestradas y remetidas en sus vainas, todas como cabezas meciéndose suavemente bajo una brisa matinal que es como la suave mano de una madre en tu mejilla. Una flecha de estorninos disparada desde el techado del cortavientos. El centelleo de un rocío que jamás se mueve y que se pasa el día soltando vapor. Un girasol, cuatro más, uno de ellos encorvado, y una serie de caballos a lo lejos que están igual de rígidos y quietos que si fueran de juguete. Todos meciendo la cabeza. Los ruidos eléctricos de los insectos atareados. La luz del sol del color de la cerveza y un cielo pálido y volutas de cirros tan altos que no proyectan sombra. Insectos atareados todo el tiempo. Cuarzo y pedernal y esquisto y costras de contrita ferrosa en el granito. Una tierra muy antigua. Mira a tu alrededor. El horizonte tiembla, sin forma. Somos todos hermanos.

Entonces aparecen unos cuervos en las alturas, tres o cuatro, no una bandada, silenciosamente concentrados, rumbo al maíz de los pastos detrás de cuya alambrada un caballo le huele el trasero a otro mientras el caballo de delante levanta amablemente la cola. La marca de tus zapatos grabada en el rocío. Brisa con olor a alfalfa. Abrojos en el calcetín. Raspaduras dentro de una alcantarilla. Alambre oxidado y unos postes escorados que son más símbolos de contención que cercado per se. «PROHIBIDO CAZAR.» El susurro de la carretera interestatal más allá del cortavientos. Los cuervos del pasto posados en ángulos oblicuos, levantando terrones para hacerse con los gusanos de debajo, y los gusanos han dejado incisiones con su forma en el estiércol levantado y cocido por el sol durante todo el día hasta endurecerse, incisiones permanentes, diminutas líneas vacías que forman hileras y volutas hundidas que no se cierran porque las cabezas nunca llegan a tocar las colas. Lean estas páginas.

2

Desde el aeropuerto de Midway, Claude Sylvanshine tomó un vuelo de una tal Consolidated Thrust Regional Lines hasta Peoria, un aterrador aparato de treinta asientos con un piloto que tenía granos en el cogote y que en un momento dado estiró el brazo hacia atrás para cerrar una sucia cortina de tela que aislaba la carlinga, y cuyo servicio de bebidas consistía en una chica tambaleante que te daba frutos secos por lo bajo mientras tú engullías una Pepsi. El asiento con ventana de Sylvanshine estaba en la 8-algo, una hilera de emergencia, al lado de una señora mayor que tenía una barbilla parecida a un escroto y que pese a sus intensos forcejeos no podía abrir sus frutos secos. La ecuación crucial en contabilidad Activo = Pasivo + Patrimonio se puede disolver y reformular de todas las maneras posibles, desde Patrimonio = Activo – Pasivo hasta otras muchas. El aparato cabalgaba las corrientes ascendentes y descendentes como si fuera un bote en medio de una galerna. El único servicio que llegaba a Peoria era el regional, que venía o bien de Saint Louis o de los dos aeropuertos de Chicago. Sylvanshine tenía problemas de oído interno y no podía leer en los aviones, pero sí que se leyó la hoja plastificada del protocolo de emergencia, dos veces. Era casi todo ilustraciones; por razones legales, la línea aérea tenía que presuponer que el pasajero era analfabeto. Sin ser consciente de que lo estaba haciendo, Sylvanshine repitió mentalmente la palabra «analfabeto» varias docenas de veces, hasta que la palabra perdió todo significado y se convirtió en un simple sonido rítmico, provisto de cierto encanto pero desincronizado con el latido del flujo de las hélices. Era algo que hacía cuando estaba estresado y quería evitar una incursión. Su punto de embarque había sido el aeropuerto Dulles, adonde lo había llevado un autobús de la Agencia procedente de Shepherdstown / Martinsburg. Las tres codificaciones principales de la ley fiscal de Estados Unidos eran, por supuesto, las del 16, el 39 y el 54, aunque también eran relevantes los indexados y las provisiones antiabuso del 81 y el 82. El hecho de que hubiera prevista otra recodificación de gran magnitud no iba a figurar, obviamente, en el examen para el título de Contable de la Administración. La meta privada de Sylvanshine era aprobar el examen para el título de CA y de esa manera avanzar dos escalafones de paga. La magnitud de la recodificación, por supuesto, dependería en parte del éxito que tuviera la Agencia a la hora de ejecutar las directivas de la Iniciativa. El trabajo y el examen tenían que ocupar dos partes distintas de su mente; era crucial que mantuviera esa separación de poderes. Calcular la recaptura de la depreciación para los activos del §1231 es un proceso que tiene cinco pasos. El vuelo duró cincuenta minutos, pero pareció mucho más largo. No había nada que hacer y dentro de su cabeza nada paraba de moverse en medio de todo aquel ruido encerrado, y cuando se terminaron los frutos secos Sylvanshine ya no tuvo nada con que ocupar la mente más que intentar mirar la tierra, que parecía lo bastante cerca como para distinguir los colores de las casas y los distintos tipos de vehículos que iban por la pálida carretera interestatal a través de la cual el avión parecía dar todo el tiempo bandazos a un lado y a otro. Las figuras que abrían portezuelas de emergencia en la lámina plastificada y tiraban de cordones y cruzaban los brazos funerariamente con los cojines de los asientos sobre el pecho parecían dibujadas por un aficionado, y sus rasgos no eran más que bultitos. En sus caras no se podía distinguir miedo ni alivio ni nada de nada mientras descendían por las rampas de emergencia del dibujo. Las manecillas de las portezuelas de emergencia se abrían de una manera y las escotillas de emergencia de encima de las alas se abrían de otra completamente distinta. Los componentes del patrimonio son las acciones ordinarias, las ganancias retenidas y todos los tipos distintos de operaciones bursátiles. Distinga entre inventario periódico y perpetuo y explique la(s) relación(es) entre el inventario físico y el coste de los bienes vendidos. La cabeza de color gris oscuro que tenía delante emitía un aroma a cera capilar Brylcreem que a estas alturas seguro que debía de estar empapando y manchando la toallita de papel que cubría la parte superior del asiento. Sylvanshine volvió a desear que Reynolds estuviera con él en el vuelo. Sylvanshine y Reynolds eran los dos ayudantes del icono de Sistemas, Merrill Errol («Mel») Lehrl, aunque Reynolds tenía rango GS-11 y Sylvanshine no era más que un miserable y patético GS-9. Sylvanshine y Reynolds llevaban viviendo juntos y yendo juntos a todas partes desde la debacle del CRE de Rome del 82. No eran homosexuales; simplemente vivían juntos y ambos trabajaban estrechamente con el doctor Lehrl en Sistemas. Reynolds tenía tanto el título de Contable de la Administración como el título de Gestión de Sistemas de Información, pese a que apenas era dos años mayor que Claude Sylvanshine. Esta asimetría se unía a las cosas que ponían en jaque la autoestima de Sylvanshine después de lo de Rome y le hacían mostrarse doblemente leal al doctor Lehrl y estarle doblemente agradecido por haberlo rescatado de los escombros de la catástrofe de Rome y por creer en su potencial en cuanto encontrara su lugar en los engranajes del sistema. El método de entrada doble lo inventó el italiano Pacioli durante el mismo periodo en que vivieron Cristóbal Colón y compañía. La lámina indicaba que aquella era la clase de aeronave cuyo oxígeno de emergencia no era de los que se quedan colgando del techo sino una especie de extintor de incendios que está entre los asientos. La opacidad primitiva de las caras de las figuras acababa por resultar más aterradora que si hubieran tenido cara de miedo o alguna clase de expresión visible. No estaba claro si la función primaria de la lámina era legal o publicitaria o ambas cosas. Intentó por un momento acordarse de la definición de «bandazo». De vez en cuando, mientras estudiaba durante aquel invierno para su examen, Sylvanshine eructaba y lo que le salía daba la impresión de ser más que un eructo, casi le sabía como si hubiera vomitado un poco. Una fina lluvia formaba una especie de tela de encaje movediza en la ventana y distendía la tierra sombreada que iban sobrevolando. En el fondo, Sylvanshine se veía a sí mismo como un tontaina inseguro que como mucho tenía un solo talento, cuya conexión con su persona era en sí misma marginal.

Esto es lo que ocurrió en el Centro Regional de Examen de la Región Nordeste situado en Rome, Nueva York, en la fecha mencionada o alrededor de la misma: dos departamentos se habían quedado descolgados y reaccionaron de forma lamentablemente poco profesional, permitieron que la atmósfera de nerviosismo extremo les nublara el entendimiento y se impusiera sobre los procedimientos establecidos, y dichos departamentos intentaron esconder el montón cada vez mayor de declaraciones y recibos de auditorías cruzadas y copias de formularios W-2 y 1099 en lugar de informar debidamente del retraso acumulado y solicitar que una parte del exceso fuera redirigido a otros centros. Ni se pusieron las cartas sobre la mesa ni se emprendieron acciones de saneamiento. Seguía habiendo controversia acerca del lugar preciso donde se habían iniciado el fallo y el colapso, a pesar de las sesiones de inculpación celebradas en los niveles más altos de Control, y en última instancia la responsabilidad recayó en la Directora del CRE de Rome, pese al hecho de que nunca se demostró si los jefes de departamento la habían informado plenamente de la magnitud del retraso acumulado. El chiste macabro que circulaba ahora en la Agencia sobre aquella Directora era que tenía sobre su mesa una placa de madera como la de Truman en la que ponía: «¿QUÉ RESPONSABILIDAD?». Las secciones de Auditoría de la Oficina de Distrito habían tardado tres semanas en activar las alarmas ante la escasez de declaraciones revisadas de auditorías y/o Sistemas de Cobro Automático, y las quejas habían empezado a ascender lentamente hasta llegar a Inspecciones, tal como cualquiera podría haber visto que iba a terminar pasando. La Directora de Rome se había acogido a la jubilación anticipada y uno de los directores de grupo había sido despedido sin más, lo cual era extremadamente poco común en los funcionarios de rango GS-13. Era obviamente importante que las acciones de saneamiento fueran discretas y que no hubiera ninguna publicidad indebida que dañara la fe y la confianza del público en la Agencia. Nadie tiró ningún impreso. Esconderlos sí, pero no destruirlos ni tirarlos. Incluso en medio de aquella desastrosa psicosis que se desató en los departamentos, nadie llegó al punto de quemar nada, de destruir nada ni de guardarlo dentro de bolsas de basura Hefty y tirarlo. Eso sí que habría sido un verdadero desastre: la cosa habría llegado al público. La ventanilla de la escotilla de emergencia no era más que varias capas de plástico, o eso parecía, y la capa interior cedía ominosamente bajo la presión de los dedos. Por encima de la ventanilla había una severa orden que prohibía abrir la escotilla de emergencia, acompañada de un tríptico de iconos que explicaba cómo abrir únicamente aquella escotilla. En otras palabras, en tanto que sistema, aquello estaba bastante mal pensado. Lo que ahora se llamaba «estrés» antes solía llamarse «tensión» o «presión». Ahora la presión era más bien algo que se ejercía sobre los demás, como en el caso de los vendedores que estaban bajo mucha presión. Reynolds decía que uno de los enlaces interdepartamentales del doctor Lehrl había descrito el CRE de Peoria como «una verdadera olla a presión», aunque se estaba refiriendo a Examen y no a Personal, y era a esta última división adonde Sylvanshine había sido destinado para hacer de avanzadilla y preparar el terreno con vistas a «un posible desembarco de Sistemas». La verdad, que Reynolds se había quedado a las puertas de expresar con todas las palabras, era que el encargo no podía ser tan complicado si se lo asignaban a Sylvanshine. De acuerdo con sus investigaciones, quedaban plazas para hacer el examen de Contable de la Administración en el Peoria College of Business los días 7 y 8 de noviembre, y en el Joliet Community College los días 14 y 15 de noviembre. Duración de esta misión: desconocida. Uno de los ejercicios isométricos más eficaces para la gente que siempre está sentada a una mesa de trabajo consiste en sentarse muy recto y tensar los músculos grandes de las nalgas, contar hasta ocho y distenderlos. Tonifica, contribuye al riego sanguíneo y a la concentración y, a diferencia de otros ejercicios isométricos, se puede llevar a cabo incluso en público, puesto que queda en gran medida oculto detrás de la masa material del escritorio. Evítense muecas o exhalaciones ruidosas durante la distensión. Transferencias preferentes, provisiones de liquidación, acreedores sin crédito y declaraciones contra el patrimonio de bancarrota, todo según el Cap. 7. Tenía el sombrero sobre el regazo, encima del cinturón. El Director de Sistemas Lehrl había empezado como auditor de rango GS-9 en Danville, Virginia, antes de su eclosión y ascenso fulgurante. Tenía la fuerza de diez hombres. Cuando Sylvanshine estudiaba para el presente examen, lo peor era que cualquier cosa que estudiara desencadenaba en su cabeza una tormenta de todas las demás cosas que no había estudiado y que tenía la sensación de que todavía no dominaba, y eso prácticamente le impedía concentrarse y provocaba que todavía se quedara más descolgado. Llevaba tres años y medio estudiando para el examen de Contable de la Administración. Era como intentar construir una maqueta en medio de un vendaval. «El elemento más importante de cara a organizar una estructura para el estudio eficaz es:» algo. Lo que lo mataba eran los problemas narrativos. Reynolds había aprobado el examen a la primera. Los bandazos son ligeras rotaciones laterales. Para las oscilaciones de delante hacia atrás hay otro término. Ahí ya entran los ejes. Había una cosa llamada giroscopio o «cardán» que le venía a la mente cada vez que veía en la escuela secundaria Lombard al chico de los Donagan, que de mayor había terminado trabajando en el Control de Misiones de las dos últimas astronaves Apollo y cuya foto estaba en una vitrina junto a las Oficinas de la Lombard. Lo peor de aquella época había sido que él sabía qué profesores eran los menos dotados para sus trabajos, y ellos se olían en parte que él lo sabía y se volvían todavía peores cuando él los estaba mirando. Era un bucle. En el anuario correspondiente a su último año de instituto que Sylvanshine tiene en su baúl almacenado en Philly casi no hay firmas. La anciana de al lado seguía intentando abrir su paquete de frutos secos con los dientes, pero había manifestado con claridad que no quería que la ayudaran y que no necesitaba ayuda. La Obligación de Beneficios Proyectados (OBP) es igual al valor presente de todos los beneficios atribuidos por la fórmula de beneficios de pensiones a los servicios de los empleados previos a la fecha. Si la deletreas deprisa haciendo énfasis en la m y la g, luego en la primera a y por fin en la segunda a, la palabra «migraña» se convierte en una cancioncilla infantil rimada, con la que se puede hasta saltar la comba. «Caña, migraña, pata de araña.» Uno de los adolescentes que había delante de la sala de videojuegos anexa a las instalaciones del aeropuerto Midway llevaba una camiseta negra con la inscripción «SYMPATHY FOR NIXON TOUR» seguida de una larga lista de ciudades con las letras diminutas bordadas en apliqué. A continuación el adolescente, que no iba en su vuelo, se había sentado brevemente delante de Sylvanshine en la zona de embarque y se había puesto a hurgarse en la cara con una concentración que no se parecía en nada a la forma en que los empleados de la Agencia enfrascados en su trabajo se toqueteaban y se hurgaban distraídamente en varias partes de la cara. Sylvanshine seguía soñando con cajones de escritorio y conductos de aire acondicionado atiborrados de impresos y más impresos cuyos bordes asomaban por las rejillas que tapaban los conductos, y con el armario de artículos de oficina abarrotado hasta arriba de tarjetas perforadas, y con la señora de la División de Inspecciones que forzaba la puerta, y con todas las tarjetas que le caían encima como si aquello fuera el armario de Fibber McGee, mientras la debacle entera los alcanzaba por fin después de su retraso al presentar los recibos de las auditorías cruzadas en el CRE de Rome. Seguía soñando con que Grecula y Harris averiaban la unidad central del Fornix derramando el contenido de un termo en la ventilación trasera, lo cual provocaba una erupción de susurros y volutas de humo teñido de azul. El adolescente carecía por completo de aura vocacional; era algo que le pasaba a cierta gente. Toda la primera unidad del examen comprendía los estándares éticos, sobre los que también circulaban muchos chistes en la Agencia. Lo más seguro es que hubiera tenido lugar una violación de los estándares éticos de la profesión cuando: las hélices emitían un ruido de ultratumba tal que ahora Sylvanshine no podía oír más que retazos de sílabas de las conversaciones que lo rodeaban. La garra de la mujer sobre el apoyabrazos de acero que los separaba era una estampa horrible a la que él se negaba a prestar atención. Las manos de la gente anciana lo aterraban y lo repelían. Él había tenido abuelos y abuelas cuyas manos recordaba sobre sus regazos con aspecto de zarpas alienígenas. Al constituirse en sociedad, Jones S. A. emite acciones ordinarias por un precio que excede su valor nominal. Costaba no imaginarse las caras de la gente que trabajaba escribiendo aquellas preguntas. Las cosas en que pensaban y cuáles eran sus sueños y esperanzas profesionales. Muchas de las preguntas eran como pequeños cuentos despojados de toda la sustancia humana. El 1 de diciembre de 1982, Clark Co. arrenda oficinas para un periodo de tres años por un alquiler mensual de 20.000$. Sylvanshine intentó mantener flexionada primero una nalga mientras contaba hasta cien y después la otra, en lugar de las dos a la vez, lo cual requería concentración y un tipo extraño de ausencia de control, igual que intentar menear las orejas delante del espejo. Intentó hacer eso de inclinarse a los costados para estirar los músculos de cada lado del cuello de manera muy sutil y gradual, pero aun así se llevó una mirada de la anciana, que con su vestido oscuro y su cara hundida tenía cada vez más aspecto de calavera y resultaba más aterradora y parecida a una profecía de la muerte o del fracaso aplastante en su examen para CA, dos cosas que en la psique de Sylvanshine se habían fundido para formar una sola imagen de él empujando en silencio y con cara inexpresiva una fregona industrial muy ancha por un pasillo flanqueado de puertas de cristal esmerilado con nombres de otra gente. La mera imagen de una fregona, un cubo con ruedas o un conserje con el nombre bordado en letras Palmer rojas en el bolsillo de la pechera del mono gris (como, por ejemplo, el que había visto en el aeropuerto de Midway, delante del lavabo de hombres provisto de un letrerito amarillo que advertía en dos idiomas acerca de los suelos mojados, cuyo nombre en cursiva empezaba por M, Morris o Maurice, un hombre que encajaba con aquel empleo igual que un hombre encaja con el sector espacial exacto que va desplazando) ahora ponía nervioso a Sylvanshine hasta el punto de hacerle perder un tiempo precioso antes de poder plantearse siquiera cómo podía establecer un horario funcional que le permitiera repasar con la eficacia máxima para el examen, ni que fuera mentalmente, algo que hacía todos los días. Sus grandes puntos débiles eran la organización estratégica y la distribución del tiempo, tal como Reynolds le señalaba cada vez que tenía oportunidad, encareciendo a Claude que por el amor de Dios cogiera un libro de la pila y estudiara en lugar de quedarse allí sentado comiéndose impotentemente el tarro sobre cuál era la mejor manera de estudiar. Metiendo declaraciones detrás de los armarios y en los conductos de la ventilación. Cerrando con llave cajones de escritorios tan atiborrados de impresos de remisión que de todas maneras ya no se podían abrir. Escondiendo cosas detrás de otras cosas en las bandejas de sus mesas Calambre. Reynolds se había limitado a presentarse en el despacho de la Directora antes de la vista y todo el desastre personal de Sylvanshine se había esfumado en medio de una nube burocrática de humo de color violeta, de tal manera que una semana más tarde estaba desempaquetando sus cosas en la División de Sistemas de Martinsburg, a las órdenes del doctor Lehrl. El asunto le produjo la sensación de haberse salvado por unos pocos centímetros de un fatal accidente de tráfico y más tarde no ser capaz ni siquiera de pensar en ello sin echarse a temblar y ser completamente incapaz de funcionar, de tan cerca que había estado del desastre. Se había hundido todo el módulo de Rollizas. Cada vez que se iluminaban o desaparecían los gráficos del techo que representaban cinturones de seguridad y cigarrillos sonaba un ruido que imitaba una campanilla; cada vez que esto pasaba Sylvanshine levantaba la vista sin intención consciente de hacerlo. Cuando obtiene pruebas físicas que sustentan demostraciones de declaraciones financieras, el auditor desarrolla objetivos de auditoría específicos a la luz de dichas demostraciones. En un pasillo detrás de él lloriqueaba un niño; Sylvanshine se imaginó a la madre limitándose a quitarse el cinturón de seguridad, retirarse a otro pasillo y dejar a la criatura allí. En Philly, después del frenesí que había rodeado la introducción en 1981 de unos índices de inflación para los cuales había habido que configurar nuevas plantillas, le habían diagnosticado un nervio pinzado por culpa del estrés en el cuello y la zona cervical, y ahora ese pinzamiento le dolía más por culpa de la postura antinatural que, cuando les prestaba atención, le obligaban a adoptar el minúsculo y estrecho 8-B y la garra mortuoria que tenía posada en el apoyabrazos de al lado. Era cierto: el quid tanto de la cuestión del examen como de su vida en general era a qué cosas prestaba uno atención y a qué cosas trataba de evitar prestársela. Sylvanshine se consideraba a sí mismo débil o defectuoso en el área de la voluntad. La mayor parte de los rasgos que los demás estimaban o valoraban en él eran involuntarios, cosas que simplemente le habían venido dadas, como la estatura o la simetría facial. Reynolds decía que era un débil mental y tenía razón. Guardaba un recuerdo recurrente de su vecino el señor Satterthwaite tapándose las rozaduras de los zapatos del uniforme de cartero con un rotulador negro, y sin que él fuera plenamente consciente, el recuerdo se expandía en forma de relato sobre el señor y la señora Satterthwaite, que no tenían niños y cuando uno los conocía daban la impresión de no ser nada amables con los niños ni de estar interesados en ellos, y sin embargo permitían que el jardín de detrás de su casa se convirtiera en el cuartel general de facto de todos los niños del vecindario y hasta les habían dado permiso a Sylvanshine y al chico aquel católico que tenía un tic para que intentaran construir una casita de madera chapucera y endeble en lo alto de uno de sus árboles, y Sylvanshine no se acordaba de si la casa había quedado inacabada porque la familia del chico se había mudado a vivir a otra parte, o bien si la mudanza había sido más adelante y la casa del árbol simplemente había sido demasiado chapucera y había estado demasiado pringada de resina para continuar trabajando en ella. La señora Satterthwaite padecía lupus y se encontraba indispuesta a menudo. Tasas de desviación, límites de precisión, muestras estratificadas. En palabras del doctor Lehrl, la entropía era la medida de cierto tipo de información que no tenía sentido aprender. El axioma de Lehrl era que la prueba definitiva de la eficiencia de cualquier estructura organizativa era la información y el filtrado y diseminación de la información. La entropía real no tenía nada que ver con la temperatura. Otro mecanismo eficaz para concentrarse era invocar mentalmente una escena al aire libre que resultara relajante y carente de presión, ya fuera procedente de la imaginación o del recuerdo, y el truco resultaba todavía más eficaz si la escena abarcaba o incluía un estanque, lago, arroyo o corriente de agua, puesto que estaba demostrado que el agua tenía un efecto calmante y beneficioso para la concentración sobre el sistema nervioso central; sin embargo, por mucho que él lo intentara, después de los ejercicios de nalgas Sylvanshine solo podía invocar un patrón irregular de colores primarios que parecía un póster psicodélico o algo parecido a lo que ves cuando te meten un dedo en el ojo y tú lo cierras, dolorido. Qué rara resultaba la palabra «indispuesta». Demuestre que la relación entre los precios de las obligaciones a largo plazo y las tasas fiscales sobre los beneficios del capital a largo plazo no es inversa. Él sabía quién estaba enamorado en el avión, quién diría que estaba enamorado porque se suponía que era lo que había que decir y quién diría que no estaba enamorado. La postura que mantenía Reynolds sobre el matrimonio y la familia era que ya de niño nunca le habían gustado los padres y ahora no quería ser uno de ellos. En tres establecimientos distintos de los diversos aeropuertos por los que había pasado hoy, Sylvanshine se había encontrado a sí mismo sosteniendo las miradas de hombres treintañeros que llevaban a niños pequeños a la espalda dentro de mochilas parecidas a fardos indios y acompañados de esposas que cargaban con bolsas acolchadas llenas de cosas de niños, las esposas al mando y los hombres haciendo gala de un aspecto esencialmente blando o de alguna manera reblandecido, desesperados de una manera resignada, sin terminar de arrastrar los pies, con las miradas vacías o bien domesticadas por ese estoicismo fatigado de los padres jóvenes. Reynolds no lo llamaría estoicismo, sino aceptación de una verdad tremenda y terrible. El concepto de «personas a cargo del declarante» incluye a cualquier persona que pueda generar exención por estar a cargo del declarante, o bien que la pudiera generar salvo por el hecho de que no lo permiten los ingresos brutos o las pruebas de declaraciones conjuntas. Nombre dos procedimientos estándar por los cuales los fiduciarios puedan transferir legalmente la obligación fiscal a los beneficiarios. El término «pérdidas pasivas» ni siquiera entraba en el examen para CA. Resultaba vital dividir las prioridades de la Agencia y las prioridades de Examen en dos módulos o redes excluyentes. Uno de los cuatro proyectos declarados era mejorar la capacidad del Centro 047 de Peoria para distinguir entre sociedades de inversión legítimas y refugios fiscales cuyo propósito mismo era evitar la tasación. La clave era identificar las pérdidas pasivas por oposición a las activas. El proyecto en sí consistía en promulgar la automatización de las funciones cruciales de Examen en el Centro de Peoria y crear una estructura de control para dicho proceso. La meta era tener la automatización en marcha para cuando la ley fiscal del año siguiente codificara resoluciones tributarias contra ciertas provisiones de pérdidas pasivas. El colorete muy rojo de la anciana y un libro en edición de bolsillo cerrado del que asoma la lengua de un punto de lectura; la garra venosa y manchada. El número de asiento de Sylvanshine estaba justo allí, estampado en el acero pulido del apoyabrazos, al lado de la garra. Las uñas de la garra eran de un rojo intenso y perfecto. El olor del quitaesmalte de uñas de su madre, de su polvera, la forma en que varios mechones de pelo se le escapaban del moño y le caían por el cuello en medio del vapor de la cocina cuando él y O’Dowd volvían del jardín de los Satterthwaite con los dedos machacados a martillazos y las pestañas pringadas de resina. Por el otro lado de la ventana pasaban volutas y destellos de nubes incoloras. Desde encima y desde debajo no pasaba, pero vistas desde dentro las nubes siempre resultaban decepcionantes; dejaban de ser nubes. Se convertían en simple niebla. La palabra «rotor» se leía igual que su reflejo, eran cosas que pasaban sin más. Luego Sylvanshine se pasó un rato intentando sentir el hecho de que su cuerpo estaba viajando a la misma velocidad que el aparato en el que iba. En los aviones grandes simplemente tenías la sensación de estar sentado en una sala estrecha y ruidosa; en aquel por lo menos los cambios en la presión que ejercían el asiento y el cinturón contra el cuerpo de Sylvanshine le permitían ser consciente del movimiento, y aquella franqueza física parecía transmitir cierta seguridad, que contrarrestaba en parte la sensación de fragilidad y de espachurramiento inminente que causaba el ruido de las hélices, y él intentó imaginar el sonido en sí de las hélices, pero lo único que le vino a la cabeza fue un zumbido rotatorio y persistentemente hipnótico tan total que muy bien podría haber sido el mismo silencio. Una lobotomía requiere que se inserte alguna clase de vara o sonda a través de la cuenca ocular. Siempre lo llamaban lobotomía «frontal», pero ¿acaso había de otra clase? El hecho de saber que el estrés interior podía provocar que el examen fracasase simplemente desataba más estrés interior ante la perspectiva de sufrir estrés interior. Debía de haber otra manera de lidiar con el conocimiento de las consecuencias desastrosas que podían tener el miedo y el estrés. Una respuesta o truco de la voluntad: la capacidad de no pensar en ello. ¿Y si todo el mundo conocía ese truco salvo Claude Sylvanshine? Él tenía tendencia a representarse un Terror supremo de dimensiones platónicas en forma de ave de presa bajo cuya sombra aérea la presa permanecía aterrada y paralizada, temblando cada vez más a medida que la sombra crecía y se volvía inevitable. A menudo tenía la siguiente sensación: ¿qué pasaría si Claude Sylvanshine sufría algún problema esencial que no tenía el resto de la gente? ¿Qué pasaría si simplemente él estaba mal diseñado, igual que otra gente nacía sin brazos o sin ciertos órganos? La neurología del fracaso. ¿Y si lo único que pasaba era que él estaba destinado desde su nacimiento a vivir a la sombra del Miedo y la Desesperación Totales, y que todas sus supuestas actividades no eran más que intentos patéticos de distraerlo de lo inevitable? Comente las diferencias importantes entre la contabilidad de reserva y la contabilidad de la cancelación contable de la deuda en el tratamiento fiscal de las deudas graves. Está claro que el miedo es un tipo de estrés. El tedio es como el estrés pero constituye una Categoría de Desdicha aparte. El padre de Sylvanshine, siempre que le pasaba algo profesionalmente malo –y le pasaba muy a menudo–, tenía la costumbre de decir: «¡Ay de Sylvanshine!». Hay una técnica antiestrés que se llama Detención del Pensamiento. El índice de excedente de valor presente es la proporción entre el valor presente de los flujos de liquidez futuros y la inversión inicial. Segmento, segmento significante, ingresos de segmentos combinados, ingresos de segmentos combinados absolutos, beneficios operativos. Variación del precio de los materiales. Variación directa del precio de los materiales. Se acordó de la rejilla extraíble del conducto del aire acondicionado que había encima de la mesa que él compartía con Ray Harris en el CRE de Rome y del ruido de la rejilla al ser extraída y luego colocada de vuelta en su sitio y encajada con la base de la mano de Harris, y el recuerdo lo hizo encogerse instintivamente de una manera que le dio la impresión de que el avión estaba acelerando. La autopista interestatal que estaban sobrevolando desaparecía y reaparecía a intervalos en un punto que obligaba a Sylvanshine a aplastar la mejilla contra el interior de plástico de la ventanilla para verla. Por fin, mientras la lluvia se reanudaba y él se daba cuenta de que estaban iniciando el descenso, volvió a aparecer en el centro de la ventanilla, ocupada por un ligero tráfico que avanzaba con un dramatismo fútil y carente de propósito que desde tierra nunca se podía apreciar. ¿Qué pasaría si ir en coche produjera la misma sensación de lentitud que producía desde aquella perspectiva? Sería como intentar correr por debajo del agua. El quid de la cuestión era la perspectiva, el filtrado, la elección de los objetos a percibir. Sylvanshine intentó imaginar el pequeño avión visto desde tierra, una forma de cruz sobre el fondo del color del agua de baño sucia del dosel de nubes, con las luces emitiendo parpadeos complejos bajo la lluvia. Se imaginó la lluvia en su cara. Era llovizna, una lluvia de Virginia Occidental, no había oído ni un solo trueno. Una vez Sylvanshine había tenido una primera cita con una comercial de Xerox que presentaba formaciones complejas y vagamente repulsivas de callos en los dedos por culpa de su pasión por tocar el banjo de forma semiprofesional en sus ratos libres; y ahora, mientras la campanilla del techo sonaba nuevamente y el letrero se iluminaba, mostrando aquel gráfico de prohibido fumar cigarrillos que resultaba legalmente redundante, recordó el amarillo intenso de los callos de las yemas de aquella intérprete musical bajo la luz tenue de la cena, mientras él le hablaba de las triquiñuelas de la contabilidad forense y de la organización estilo colmena del CRE del Nordeste, que solo era una parte pequeña de la Agencia, y a continuación le hablaba de la historia de la Agencia y de sus ideales tan mal entendidos y de su sentido de misión y del viejo chiste (viejo para él) que decía que los empleados de la Agencia, cuando estaban en situaciones sociales, no paraban nunca de devanarse los sesos para evitar decirle a la gente que trabajaban para Hacienda, debido a que a menudo esto empañaba su imagen social por culpa de la percepción que tenía la gente de la Agencia y de sus empleados, y todo ese tiempo se lo había pasado mirándole los callos a la mujer mientras ella manipulaba el cuchillo y el tenedor, y recordó que había estado tan nervioso y tenso que no había parado ni un momento de largar sobre él mismo y no le había hecho las bastantes preguntas acerca de ella, de su historia con el banjo y de lo que significaba para ella, razón por la cual él no le había caído lo bastante bien y no habían conectado. Ahora se daba cuenta de que no le había dado ni una sola oportunidad a la mujer del banjo. De que a menudo lo que parece egoísmo en realidad no lo es. En cierta manera, Sylvanshine era una persona distinta ahora que estaba en Sistemas. El descenso consistía principalmente en una intensificación de la concreción de lo que había debajo: los campos se revelaban como superficies aradas y perpendicularmente surcadas, los almacenes aparecían flanqueados de tolvas inclinadas y cintas transportadoras y los parques industriales se convertían en edificios individuales con ventanas reflectantes y complejas acumulaciones de coches en los aparcamientos. Cada coche no solo había sido aparcado por un individuo humano distinto, sino también concebido, diseñado y montado con piezas que a su vez habían sido diseñadas y fabricadas, transportadas, vendidas, financiadas, adquiridas y aseguradas por individuos humanos, cada uno de ellos provisto de una historia personal y de una serie de concepciones de sí mismo que encajaban todas en un esquema mayor de cosas. Reynolds tenía una sentencia que decía que la realidad era un patrón de datos cuya mayor parte era entrópica y aleatoria. El truco era concentrarse en los datos que resultaban importantes; Reynolds era un rifle mientras que Sylvanshine era una escopeta. La sensación de que le estaba saliendo un hilillo de sangre del orificio nasal derecho era una alucinación y no había que hacerle caso de ninguna manera; simplemente era una sensación falsa. Por la familia Sylvanshine se transmitían unos problemas terribles de los senos nasales. Aurelio en la antigua Roma. Primeros principios. «Exenciones» frente a «deducciones», «por ganancia bruta ajustada» frente a «de la ganancia bruta ajustada». La pérdida sostenida a causa de una deuda grave no empresarial siempre se clasifica como pérdida de capital a corto plazo y por tanto se puede deducir de la Lista D de acuerdo con los siguientes capítulos del Código Tributario. En el tejado de un edificio había algo que podía ser o bien un helipuerto o bien una complicada señal visual dirigida a los aviones que descendían de lo alto, y ahora el tono del zumbido doble de las hélices cambió, y el seno derecho se le empezó a inflar al rojo vivo dentro del cráneo, y de pronto empezaron a descender de verdad, el término era «descenso controlado», y ahora la interestatal era una estampa rococó de salidas y medias hojas de trébol y el tráfico era más denso y producía cierta sensación de insistencia, y la garra se elevó del apoyabrazos de acero mientras aparecía una masa de agua por debajo de ellos, un lago o un delta, y Sylvanshine notó que tenía un pie dormido mientras intentaba rememorar la peculiar postura con los brazos cruzados con que las figuras de la lámina se tenían que sostener los cojines de los asientos contra el pecho si se daba el caso improbable de un amerizaje de emergencia, y ahora sí que estaban dando auténticos bandazos, y su velocidad se hizo más patente por lo deprisa que pasaban las cosas por debajo de ellos en el que tenía que ser un distrito muy antiguo de Peoria en tanto que ciudad humana, bloques apelotonados de ladrillos sucios de hollín y tejados oblicuos y una antena de televisión que tenía sujeta una bandera, y el destello de un río del color del bourbon que no era la misma masa acuática de antes pero que tal vez estuviera conectado a ella, nada del calibre de la majestuosa y espumosa extensión del Potomac que a través de las ventanas de Sistemas se veía discurrir imponente por el glorioso escenario de Antietam, y a continuación se fijó en que la azafata que estaba sentada en su asiento plegable tenía la cabeza gacha y los brazos sobre las piernas allí donde al final del año el valor justo agregado de los valores vendibles de Brown excede la cantidad neta global al principio del año mientras aparecía de la nada una expansión de cemento de color claro que se elevaba para encontrarse con ellos sin campanilla de aviso ni anuncio de ninguna clase, y su lata de refresco encajada en el bolsillo del asiento mientras la calavera gris de al lado se zarandeaba de derecha a izquierda y el ruido reverberante de las hélices cambiaba o bien de tono o bien de timbre, y la anciana se puso rígida en su asiento y levantó su barbilla plisada con gesto de miedo y repitió algo que a Sylvanshine le pareció que era la palabra «memo» mientras las venas se le destacaban azules en el puño que tenía extendido hacia delante, dentro del cual estaba encerrado el paquete de papel de aluminio aplastado e inflado pero todavía sin abrir de frutos secos de marca desconocida.

–El quinto efecto tiene más que ver contigo y con cómo te perciben los demás. Es poderoso aunque su uso es más restringido. Presta atención, joven. Con la próxima persona adecuada con la que estés teniendo una conversación informal, te detienes de golpe en medio de la conversación y miras a esa persona de cerca y le dices: «¿Qué te pasa?». Se lo dices en tono preocupado. Y él te dirá: «¿A qué te refieres?». Y tú le dices: «Te pasa algo. Lo noto. ¿Qué es?». Y el tipo se quedará estupefacto y dirá: «¿Cómo lo has sabido?». No se da cuenta de que a todo el mundo le pasa algo siempre. Y a menudo más de una cosa. No sabe que todo el mundo siempre lleva a cuestas algún problema y cree estar ejerciendo un control y una fuerza de voluntad enormes para impedir que lo vean los demás, al tiempo que piensa que a los demás nunca les pasa nada malo. Así es la gente. De repente les preguntas qué les pasa y tanto si responden abriéndote su corazón y contándotelo todo como si lo niegan y fingen que andas desencaminado, pensarán que eres un tipo perceptivo y comprensivo. O bien te estarán agradecidos y te abrirán su corazón, o bien se quedarán asustados y empezarán a evitarte. Las dos reacciones resultan útiles, tal como ya veremos. Puedes jugarlo de ambas maneras. Esto funciona más del noventa por ciento de las veces.

Y se puso de pie –después de pasar estrujándose por delante de la anciana polvorienta, que era la típica persona que se queda en su asiento hasta que todos los demás han salido del avión y entonces sale sola, llena de dignidad falsa–, sosteniendo sus efectos personales en un pasillo cuyo extremo delantero abarrotado estaba ocupado en su totalidad por hombres de negocios de la región, hombres del Medio Oeste voluntariosamente feos que realizaban visitas comerciales al sur del estado o bien regresaban de las sedes centrales en Chicago de empresas cuyos nombres terminaban en «-co», hombres para quienes los aterrizajes como aquella pesadilla de bandazos por la que acababan de pasar no eran más que el pan de cada día. Hombres panzudos y de piel manchada con trajes marrones de lana de hebra gruesa y trajes de color habano con maletines comprados en los catálogos de a bordo. Hombres cuyas caras blandas encajaban en sus trabajos igual que salchichas dentro de sus envolturas de tripa. Hombres que les ordenaban a sus grabadoras de bolsillo que tomaran nota, hombres que se miraban el reloj por puro reflejo, hombres con las frentes rojas y estrujadas, plantados dentro de un conducto de metal mientras el zumbido de las hélices descendía por la escala tonal y la ventilación se terminaba, puesto que era uno de esos aviones de corto recorrido a los que había que acercar rodando unas escaleras antes de abrir la portezuela, por razones legales. Esa impaciencia inexpresiva de los hombres de negocios que estaban más cerca de unos desconocidos de lo que a ellos les gustaría, con los pechos y las espaldas casi tocándose, con las bolsas para llevar trajes echadas al hombro, los maletines chocando entre ellos, más calva que pelo, inhalando los olores ajenos. Unos hombres que no soportaban ni esperar ni estar quietos, obligados a estar quietos todos juntos y esperar, hombres con agendas de cuero y certificados de Gestión de Horarios de Franklin Quest y con ese clásico aspecto de estar confinados contra su voluntad y sin margen de maniobra, el aspecto de los comerciantes locales a punto de que les venza el plazo de pagar las retenciones de la seguridad social de los empleados, infracapitalizados, sin liquidez, intentando cubrir sus cuotas mensuales de ventas, sacudiéndose como peces en las redes de sus obligaciones. Dos personas de este avión se terminarán suicidando y la muerte de una de ellas se clasificará para siempre como accidente. En Philly había habido todo un subgrupo de empleados con rango GS-9 implacables e inflexibles como el acero que no tenían más tarea que ir detrás de las pequeñas empresas que llevaban retraso en sus pagos de las retenciones de la Seguridad Social de los empleados, aunque durante casi un año la única empleada de Control de Rome que admitía las alertas de retenciones de empleados procedentes de Martinsburg había sido Eloise Prout, también conocida como la Doctora Sí, una GS-9 cuarentona con gorro de macramé que almorzaba en su escritorio valiéndose de un complejo sistema de recipientes Tupperware y que llegaba a los extremos más patéticos de follar con cualquiera que quisiera cenar con ella, los chicos de Examen la habían bautizado Doctora Sí después de que supuestamente se fuera a la cama con Sherman Garnett a cambio únicamente de la promesa –no respetada– de un paseo por el parque público con la nieve cuajada y todo blanco y helado. La misma Eloise Prout que todos los meses obtenía unas cuotas de derivaciones y recuperaciones tan bajas que habrían provocado que cualquier otro GS-9 se comiera un marrón de narices, pero el tontín y amable director del CRE, el señor Orkney, la había mantenido en el puesto porque al parecer Prout se había quedado viuda como resultado de un accidente de coche y el sueldo de GS-9 apenas le llegaba para comprar comida de gato, Sylvanshine estaba al corriente de ello, y ahora le volvía a circular la sangre por el pie y pedía excusas cada vez que alguien le golpeaba el equipaje de cabina, era su tercera destinación en cuatro años y seguía teniendo rango GS-9 con posibilidades de ascender a GS-11 si aprobaba aquella primavera el examen para CA y se desenvolvía bien en aquel puesto de vigía sobre el terreno de Sistemas durante los impuestos de sociedades del 15 de marzo y luego durante las tormentas de impresos 1040 y las estimaciones del primer trimestre del 15 de abril, que se tenían que examinar en el Centro 047 de Peoria, y de momento ya se había presentado al examen dos veces y solo había aprobado el Gerencial con aprobado bajo, y la reputación que había tenido Sylvanshine en Philly lo había seguido hasta Rome y lo había confinado sin remedio a Declaraciones de Nivel 1, ni siquiera a Rollizas ni Revisiones, lo cual lo había convertido en poco más que un abrecartas profesional, algo que Soane, Madrid y los demás no se habían cortado a la hora de comentar.

Sylvanshine tenía tendencia a hacer su trabajo de mesa de manera frenética, por oposición a la disposición lenta, austera y metódica de los verdaderos grandes contables, según le había dicho su primer supervisor de grupo en Rome, un ocupante vitalicio del tercer turno que lucía un abrigo de lo más excéntrico y que siempre se marchaba del CRE llevando un pequeño recipiente romboide de cartón de comida china a domicilio para su mujer, que se rumoreaba que no salía nunca de casa. Aquel GS-11 había sido destinado a principios de su carrera al Centro de Servicios de Saint Louis, situado literalmente a la sombra del extraño y temible arco metálico gigante, al que todos los días llegaba el correo a bordo de enormes y jadeantes remolques de tráiler de dieciocho ruedas que se acercaban dando marcha atrás a la larga cinta transportadora de la zona de descarga, y durante los descansos en la sala de descansos a aquel líder de grupo le gustaba reclinarse hacia atrás con el paraguas en la mano y expulsar nubecillas plateadas de humo de puro en dirección a las luces fluorescentes y rememorar los veranos en el Medio Oeste, una región de la que ni Sylvanshine ni los demás jóvenes GS-9 del Este sabían nada, y el líder de grupo se las apañó para plantar en ellos visiones de pesca descalza en las orillas de ríos inmóviles y de una luna a cuya luz se podía leer el periódico y de gente que se saludaba sin falta cada vez que se veía y que se movía a una especie de cámara lenta risueña. Se llamaba Bussy, señor Vince o Vincent Bussy, llevaba una parka del Kmart con flecos de pelo artificial en la capucha, sabía pasarse palillos de comida china por entre los nudillos igual que hacen los magos con monedas relucientes y había desaparecido después de la segunda fiesta de Navidad del CRE de Sylvanshine, en medio de la cual su mujer (la señora Bussy) se había presentado de repente, vestida con un camisón de color hueso y una parka del Kmart idéntica con la cremallera abierta, y se había acercado al Comisionado Adjunto Regional de Examen y le había dicho con una voz lenta, atonal y llena de convicción que su marido, el señor Bussy, había dicho que él (el CARE) tendría potencial para convertirse en una persona realmente malvada si le crecieran un poco las pelotas, y una semana más tarde Bussy se marchó tan de repente que su paraguas se quedó colgando del perchero colectivo del módulo durante casi un trimestre, hasta que alguien lo descolgó.

Salieron del aparato y descendieron y recogieron el equipaje de cabina que les había sido confiscado y etiquetado en el Midway y que ahora descansaba formando una fila desmañada en el asfalto mojado de al lado del avión, y a continuación se quedaron un momento plantados en tropel sobre una extensión de cemento complejamente pintada mientras un individuo provisto de orejeras de color naranja y un portapapeles los contaba y luego cotejaba el recuento con un recuento previo que había sido llevado a cabo en el Midway. Todo el procedimiento se veía un poco improvisado y chapucero. En la escalinata empinada y portátil, Sylvanshine había obtenido la satisfacción habitual del hecho de ponerse el sombrero en la cabeza y ajustar su ángulo con una sola mano. Cada vez que tragaba saliva el oído derecho se le destapaba y le crujía un poco. El viento era cálido y traía vapor. Una manguera muy larga se extendía desde un camión de pequeño tamaño hasta el vientre del avión de corto recorrido y parecía estar rellenando el depósito del aparato para su regreso a Chicago. Todo el día yendo y volviendo sin parar. Se notaba un fuerte olor a combustible y a cemento mojado. La anciana, a quien obviamente nadie había contado, descendió ahora por la aterradora escalinata y se dirigió a un automóvil muy largo que Sylvanshine no había visto que estaba aparcado en el lado de estribor del avión. Un ala del avión se interponía entre ellos, pero Sylvanshine vio que alguien le abría la portezuela del coche a la anciana. Las copas de una arboleda lejana se doblaron a la izquierda por acción del viento y se volvieron a enderezar. Debido a problemas previos de accidentes atribuibles a decisiones precipitadas llevadas a cabo en Philly, Sylvanshine ya no conducía. Estaba más del 75 por ciento seguro de que ahora la anciana tenía el paquete de frutos secos dentro del bolso. Hubo alguna clase de consulta entre el empleado del portapapeles y otra persona provista de orejeras naranjas. Varios de los demás pasajeros estaban haciendo gestos insistentes o bien mirándose el reloj. El aire era cálido y estaba viciado e intensamente húmedo o bochornoso. Se estaban mojando todos por el lado donde les daba el viento. Ahora Sylvanshine se fijó en que muchos de los abrigos oscuros que llevaban aquellos hombres de negocios se parecían bastante, igual que el vuelo de sus cuellos subidos. Nadie más llevaba sombrero de ninguna clase. Él estaba intentando prestar una atención minuciosa a su entorno a fin de evitar pensar y sentir ansiedad. El retraso administrativo o logístico estaba teniendo lugar debajo de un cielo encapotado y de una lluvia tan fina que parecía que en vez de caer la traía el viento de lado. En el sombrero de Sylvanshine no se oía la lluvia. El pelo de los flecos de la capucha del señor Bussy estaba sucio de una forma nauseabunda que empeoró durante los años de su ejercicio como supervisor del grupo de Sylvanshine en Procesamiento de Declaraciones. Algunos de los pasajeros más decididos ya se alejaban caminando por su cuenta por el camino de líneas rojas que llevaba a través de la cancela de la verja y en dirección a la terminal. A Sylvanshine, que había facturado equipaje, le preocupaba que le cayera una sanción por abandonar sin autorización el asfalto de la pista. Por otro lado, tenía que cumplir con el horario que le habían asignado. Si Sylvanshine seguía allí plantado en medio de aquel grupo de hombres impacientes que esperaban la autorización para entrar en el aeropuerto era en parte como resultado de una especie de parálisis derivada de su reflexión sobre cuál sería la mejor manera de llegar al CRE 047 de Peoria –no se había resuelto de forma concluyente la cuestión de si el CRE le había mandado una furgoneta para el transbordo o bien si le tocaba a él coger un taxi desde el pequeño aeropuerto–, y sobre cómo iba a llegar y fichar, y dónde iba a almacenar sus tres maletas mientras fichaba y rellenaba sus impresos de llegada y su nómina con el código del Centro y sus formularios de retención y sus materiales de orientación, y a quién iba a encontrar que le pudiera indicar cómo llegar al apartamento tipo estudio que Sistemas le había alquilado a precio gubernamental, y cómo iba a llegar al apartamento a tiempo para encontrar algún sitio para comer que estuviera o bien lo bastante cerca como para ir caminando o bien le obligara a encontrar otro taxi; el problema era que el supuesto apartamento todavía no tenía el teléfono conectado a él y le daba la impresión de que si quería parar un taxi delante de un complejo de apartamentos lo tenía en el mejor de los casos un poco difícil, y si le pedía al taxi original que lo había llevado al apartamento que lo esperara también iba a haber dificultades, porque cómo exactamente iba a garantizarle al taxista que era verdad que iba a salir inmediatamente después de dejar sus maletas y de echar un vistazo rápido al estado y la validez del apartamento, en lugar de aprovechar simplemente para estafar al taxista y no pagarle, escabulléndose Sylvanshine por la parte de atrás del complejo de apartamentos Angler’s Cove o incluso posiblemente haciéndose fuerte en el apartamento y negándose a responder a los golpes del taxista en la puerta, o a sus llamadas al timbre en caso de que el apartamento tuviera timbre, algo que ciertamente no tenía el apartamento que actualmente compartían él y Reynolds en Martinsburg, o bien a las preguntas/amenazas del taxista a través de la puerta del apartamento, un tipo de estafa que solamente residía en la conciencia de Claude Sylvanshine porque una serie de operadores independientes de vehículos comerciales de Filadelfia habían presentado fuertes pérdidas de la Lista C bajo la provisión «Pérdidas por robo de servicio» y habían detallado aquel tipo de estafa como muy frecuente en las hojas adjuntas mal mecanografiadas o a veces incluso escritas a mano que se requerían para explicar deducciones de tipo C poco habituales o muy específicas como aquella, mientras que si Sylvanshine le pagaba la carrera y la propina y tal vez incluso cierta cantidad por adelantado o a cuenta para contribuir a garantizarle al taxista que sus intenciones eran honradas en relación con la segunda etapa de su estadía, no existía ninguna garantía tangible de que el taxista medio –una especie cínica y éticamente marginal, tal como indicaban las proporciones entre los ingresos bajísimos por propinas y el número de carreras de un turno habitual que figuraban en sus emborronadas declaraciones– no se fuera a largar simplemente a toda pastilla con el dinero de Sylvanshine, generando unos líos enormes de cara a rellenar los formularios internos para conseguir que le reembolsaran un porcentaje de sus viajes diarios y también dejando a Sylvanshine solo, hambriento (era incapaz de comer antes de viajar), sin teléfono, desprovisto de los consejos y de la sabiduría logística de Reynolds en aquel apartamento nuevo estéril y sin amueblar, sufriendo tales retortijones de estómago que no iba a poder hacer nada más que deshacer sus maletas de cualquier manera e irse a dormir sobre el camastro de viaje de nailon sobre el suelo inacabado pese a la posible presencia de bichos exóticos del Medio Oeste, no hablemos ya de encajar la hora de repaso para el examen de Contable de la Administración que se había prometido a sí mismo aquella mañana después de despertarse con un poco de retraso y luego encontrarse problemas de último minuto con su equipaje que habían cancelado la hora firmemente programada de repaso matinal para el CA antes de que una de las furgonetas sin identificar de Sistemas llegara para llevarlo a él y a sus maletas cruzando Harpers Ferry y Ball’s Bluff hasta el aeropuerto, y menos todavía hablemos de imponer ninguna clase de organización y control sistemáticos sobre los voluminosos materiales de Destinación, Asignación y Protocolos de Personal y Sistemas que debería recibir poco después de registrarse y procesar los formularios en el Centro, y que cualquier Director de Personal razonable esperaría que los nuevos examinadores hubieran asimilado por completo antes de presentarse a su primer día de interacción real con examinadores del CRE, y que no había ninguna manera posible de que Sylvanshine pudiera confiar en intentar revisar y asimilar durante un ayuno de dieciséis horas o bien después de pasar la noche en el camastro usando el abrigo mojado como almohada –no había podido meter en el equipaje su almohada ortopédica de contornos especiales que usaba para el nervio crónicamente pinzado o inflamado del cuello; habría requerido una maleta adicional y por tanto le habría hecho excederse del límite de equipaje e incurrir en un sobrecargo exorbitante que Reynolds se negaba a dejar pagar a Sylvanshine por una pura cuestión de principios–, con el problema adicional de cómo asegurarse alguna clase de desayuno sustancial o vehículo de regreso al CRE por la mañana sin teléfono, o de cómo se suponía que iba uno a verificar qué tiempo iba a hacer si no tenía teléfono, o de cuándo le iban a activar el teléfono del apartamento, además por supuesto de la posibilidad ominosa de quedarse dormido a la mañana siguiente por culpa de la fatiga del viaje y de no haber metido en el equipaje tampoco su despertador, o por lo menos no estar seguro de haberlo metido en lugar de dejarlo simplemente en una de las tres cajas de cartón de gran tamaño que había embalado y etiquetado, a lo cual se añadía el problema de que había confeccionado unas Listas de Contenidos de las cajas apresuradas y chapuceras para usarlas como referencia cuando las desembalara en Peoria, y que Reynolds había prometido introducir en el mecanismo de transporte de la División de Soporte de la Agencia más o menos a la misma hora en que el vuelo de Sylvanshine tenía que despegar del aeropuerto de Dulles, lo cual quería decir que iban a pasar dos o tal vez tres días antes de que llegaran las cajas con todas las cosas esenciales que Sylvanshine no había podido meter en sus maletas, y aun entonces llegarían al CRE, y todavía no estaba claro cómo iba a llevarlas Claude hasta el apartamento –el descubrimiento del problema de la alarma de viaje había sido aquella mañana la causa principal de que Sylvanshine tuviera que abrir todas las maletas cuidadosamente empaquetadas y cerradas con llave después de levantarse casi media hora antes, a fin de localizar o verificar la inclusión de la alarma portátil, un objetivo que no había conseguido–, y todo el asunto presentaba tal ciclón de problemas y complejidades logísticas que Sylvanshine se vio forzado a llevar a cabo un momento de Detención del Pensamiento allí sobre el asfalto mojado, rodeado de hombres que respiraban con impaciencia, llevando a cabo varios giros de 360 grados y tratando de fundir su conciencia con el paisaje panorámico, que salvo por los objetos relacionados con el aeropuerto carecía uniformemente de rasgos y era gris como una moneda vieja y tan notablemente llano que parecía que en aquel lugar la tierra hubiera sido aplastada por una especie de bota cósmica, y el horizonte era lo único que limitaba la visibilidad en todas las direcciones, un horizonte que era del mismo color y textura generales que el cielo y que creaba la impresión espectacular de estar en el centro de una masa acuática enorme y estancada, una impresión oceánica tan literalmente devastadora que Sylvanshine fue empujado o arrojado hacia sí mismo y volvió a sentir que le pasaba por encima el borde de la sombra de las alas del Terror Total y la Incapacitación, el conocimiento de que él estaba clara y espantosamente no cualificado para lo que fuera que le esperaba, y que no era más que una simple cuestión de tiempo que este hecho saliera a la luz y se hiciera manifiesto ante todos los que estuvieran presentes en el momento en que Sylvanshine perdiera la cabeza finalmente y para siempre.

3

–Hablando del tema, ¿en qué piensas tú cuando te masturbas?

– …

– …

–¿Cómo?

Ninguno de los dos había dicho nada durante la primera media hora. Estaban llevando a cabo nuevamente el tedioso y monocromático trayecto en coche hasta la Sede Regional de Joliet. A bordo de uno de los Gremlin del parque de coches, requisado hacía cinco trimestres como parte de una tasación de riesgo contra un concesionario de AMC.

–Mira, creo que podemos dar por sentado que te masturbas. Se masturban algo así como el noventa y ocho por ciento de los hombres. Está documentado. La mayoría del dos por ciento restante es gente que está impedida de alguna manera. Así que podemos saltarnos las denegaciones. Yo me masturbo, tú te masturbas. Es así. Todos lo hacemos y todos sabemos que lo hacemos y sin embargo nadie habla del tema. Es un trayecto increíblemente aburrido, no hay nada que hacer, estamos atrapados en esta vergüenza de coche… Rompamos el tabú. Hablemos de ello.

–¿Qué tabú?

–¿En qué piensas tú? Plantéatelo. Es un momento muy interior. Es una de las únicas ocasiones en la vida donde hay verdadera autosuficiencia. No se requiere nada que esté fuera de ti. Es provocarte placer a ti mismo sin usar nada más que tus pensamientos. Y esos pensamientos revelan mucho de ti: con qué cosas sueñas cuando eres tú quien eliges y controlas lo que sueñas.

– …

– …

–En tetas.

–¿En tetas?

–Tú me lo has preguntado. Yo te contesto.

–¿Y ya está? ¿Tetas?

–¿Qué quieres que te diga?

–¿Tetas y ya está? ¿Aisladas de la persona? ¿Tetas abstractas?

–Vale. Vete a la mierda.

–¿Quieres decir flotando sin más, dos tetas, en el espacio vacío? ¿O dentro de tus manos, o qué? ¿Y son siempre las mismas tetas?

–Esto me enseña una lección. Tú haces una pregunta así y yo digo «Venga, qué coño» y la contesto, y vas tú y le haces un DIF-3 a la respuesta.

–Tetas.

– …

– …

–¿Y en qué piensas , señor rompetabúes?

4

Del Peoria Journal Star del lunes 17 de noviembre de 1980, p. C-2:

EMPLEADO DE HACIENDA SE PASA

CUATRO DÍAS MUERTO EN SU PUESTO

Los supervisores del complejo regional de la Agencia Tributaria del municipio de Lake James están intentando determinar por qué nadie se dio cuenta de que uno de sus empleados llevaba cuatro días sentado a su mesa muerto antes de que alguien le preguntara si se encontraba bien.

Frederick Blumquist, de 53 años, que llevaba treinta años trabajando para la agencia como examinador de declaraciones de la renta, sufrió un ataque al corazón en la sala de oficinas que compartía con veinticinco compañeros de trabajo en el Centro Regional de Examen, situado en la Self-Storage Parkway. Falleció silenciosamente el martes pasado sentado a su mesa, pero nadie se dio cuenta hasta última hora de la tarde del sábado, cuando una empleada de limpieza le preguntó al examinador cómo podía seguir trabajando en una oficina con las luces apagadas.

El supervisor de Blumquist, el señor Scott Thomas, ha dicho: «Frederick siempre era el primero en llegar por las mañanas y el último en marcharse por las noches. Era muy aplicado y diligente, así que a nadie le pareció raro que se pasara tanto tiempo en la misma postura y sin decir nada. Siempre estaba absorto en su trabajo y no hablaba mucho con nadie».

El examen post mórtem llevado a cabo por la oficina del juez de instrucción del condado de Tazewell reveló ayer que el difunto llevaba cuatro días muerto como resultado de una trombosis coronaria. Irónicamente, según Thomas, en el momento de su muerte Blumquist formaba parte de un equipo especial de agentes de Hacienda que estaba examinando la fiscalidad de las sociedades médicas de la zona.

5

Es ese chico que lleva la bandolera de color naranja brillante y guía a los niños de los cursos inferiores por el paso de peatones que hay delante de la escuela. Lo hace después de terminar su ronda de desayunos de Meals on Wheels en el centro de acogida para ancianos del centro de la ciudad, cuya administradora se abalanza a cerrar con pestillo la puerta de su despacho cuando oye acercarse por el pasillo las ruedas de su carrito. Se ha pagado de su propio bolsillo el silbato de acero y los guantes blancos que les muestra a los coches con la palma hacia fuera mientras unos niños que no se saben vestir solos cruzan por detrás de él, algunos de ellos intentando correr pese a la advertencia de «¡CAMINAD SIN CORRER!» que pone en los carteles con una carita sonriente que el chico lleva en el pecho y en la espalda y que también se ha fabricado él mismo. A los conductores de los coches que conoce los saluda con la mano y les dedica una sonrisa extragrande y unas palabras joviales cuando por fin se despeja el paso de peatones y el coche arranca y cruza como un bólido, y algunos de los conductores le toman un poco el pelo dando un golpe de volante para pasarle a pocos centímetros de distancia, ante lo cual él se ríe y se aparta dando brincos y hace muecas de terror fingido en dirección al flanco del automóvil y al guardabarros trasero. (La vez que un coche familiar lo atropelló fue realmente un accidente, y él le mandó a la señora que iba al volante varias notas para asegurarse del todo de que ella sabía que él entendía lo sucedido, y le pidió a un montón de gente con la que todavía no había tenido ocasión de trabar amistad que le firmara la escayola, y decoró las muletas muy meticulosamente con trocitos de cinta de colores y oropel y purpurina adhesiva, y antes incluso de que pasaran las seis semanas mínimas que el médico había prescrito severamente, él ya había donado las muletas al ala de pediatría del Calvin Memorial a fin de alegrar la convalecencia de algún otro chico menos afortunado y feliz, y hacia el final del episodio se sintió inspirado para escribir una redacción muy larga y presentarla al Concurso de Redacciones de Ciencias Sociales donde contaba cómo una herida dolorosa y debilitadora resultado de un accidente podía darte oportunidades nuevas para hacer amigos y echar una mano a los demás, y aunque la redacción no ganó y ni siquiera recibió una mención de honor a él sinceramente le trajo sin cuidado, puesto que sentía que el hecho en sí de escribir la redacción ya había sido una recompensa y que él había sacado mucho de todo el proceso de redactar los nueve borradores, y se alegró sinceramente por los chicos cuyas redacciones sí que ganaron premios, y les dijo que estaba seguro a más del cien por cien de que se los merecían, y que si les apetecía conservar las redacciones premiadas y tal vez convertirlas en trofeos para exhibirlos delante de sus padres, él estaría encantado de pasárselas a máquina y de plastificárselas y hasta de corregir cualquier falta de ortografía que encontrara si ellos querían, y en casa su padre le puso la mano en el hombro al pequeño Leonard y le dijo que estaba orgulloso de que su hijo fuera tan buen chico, y le ofreció llevarlo al Dairy Queen a modo de premio, y Leonard le dijo a su padre que se lo agradecía y que aquel gesto significaba mucho para él, pero que sinceramente le gustaría más que cogieran el dinero que su padre se iba a gastar en el helado y lo donaran a Easter Seals o, mejor todavía, a UNICEF, a fin de paliar las necesidades de los niños azotados por las hambrunas de Biafra que él estaba seguro de que no debían de haber oído hablar en su vida de los helados, y añadió que apostaba a que los dos terminarían sintiéndose mejor así que si hubieran ido al DQ, y mientras su padre metía las monedas en la ranura de la hucha en forma de calabaza de cartón especial para hacer donaciones voluntarias a UNICEF, Leonard se tomó un momento para manifestar una vez más su preocupación por el tic facial del padre y para tomarle el pelo amablemente por su reticencia a visitar al médico de la familia para que le echara un vistazo, señalando nuevamente que, de acuerdo con la gráfica que había en la parte de atrás de la puerta de su dormitorio, al padre se le había pasado hacía tres meses su examen médico anual y hacía casi ocho meses que se tendría que haber puesto los refuerzos recomendados contra el tétanos y la tuberculosis.)

Hace de monitor de pasillos durante las primeras dos horas de clase (va medio curso adelantado en créditos) pero reparte muchos más avisos oficiales que castigos de verdad; él cree que está ahí para servir, no para dar caza a la gente. Normalmente junto con los avisos dispensa una sonrisa y les dice que solamente vais a ser jóvenes una vez, así que disfrutadlo y largaos de mi vista y usad el día para hacer cosas importantes, ¿de acuerdo? Dedica tiempo a UNICEF y a Easter Seals y monta un programa de reciclaje en tres cursos consecutivos. Tiene buena salud y siempre va bien limpio y lo bastante acicalado como para proyectar cortesía y respeto básico hacia la comunidad de la que forma parte, y en clase levanta educadamente la mano para responder todas las preguntas, pero solamente si está seguro de conocer no solamente la respuesta correcta, sino también la formulación de esa respuesta que a la profesora le interesa para que avance la discusión del tema general que estén tratando ese día, y a menudo se queda después de la clase para asegurarse con la profesora de que el enfoque que él hace de los objetivos especiales de ella sea el correcto, y también para preguntarle si hay alguna manera de que las respuestas que él ha formulado en clase se puedan mejorar o hacer más útiles.

La madre del chico sufre un terrible accidente mientras está limpiando el horno y es llevada a toda prisa al hospital, y pese a que él está loco de preocupación y no para de rezar para que su madre se estabilice y se recupere, se presta voluntario a quedarse en casa y contestar al teléfono y transmitir información a una lista alfabética de parientes preocupados y amigos de la familia, y para asegurarse de que el correo y el periódico llegan sin problemas, y para ir encendiendo y apagando las luces de la casa a intervalos aleatorios por las noches tal como el Agente Chuck del programa de concienciación de escuelas públicas Crime Stoppers de la Policía Estatal de Michigan aconseja sensatamente que hay que hacer siempre que los adultos tienen que irse repentinamente del hogar, y también para llamar al número de urgencias de la compañía del gas (que ha memorizado) para que vengan a revisar alguna válvula o circuito que debe de estar defectuoso en el horno antes de que ningún otro miembro de la familia se vea expuesto a alguna clase de daño accidental, y también para trabajar (en secreto) en un inmenso despliegue de banderitas y banderolas y pancartas de «BIENVENIDA A CASA» y «LA MEJOR MAMÁ DEL MUNDO» que tiene planeado pegar con mucho cuidado a la fachada de la casa usando pegamento soluble en agua y la escalera extensible del garaje (con la supervisión y el sostén de un vecino adulto responsable), a fin de que estén allí para saludar y animar a la madre cuando esta reciba el alta de Cuidados Intensivos completamente curada y más sana que un yogur, y Leonard llama a su padre sin parar a la cabina telefónica del pabellón de Cuidados Intensivos para asegurarle de que no tiene absolutamente ninguna duda de eso, de que va a quedar más sana que un yogur, y se dedica a llamarle a todas las horas en punto hasta que la cabina telefónica experimenta alguna clase de problema mecánico y cuando él marca el número solamente oye un tono agudo, del cual notifica debidamente a la línea especial 1-616-TROUBLE de la compañía telefónica, acordándose de incluir el Código de Producto de ocho dígitos específico de la cabina (que tenía apuntado por si acaso), tal como recomienda la información técnica que hay impresa en letra diminuta sobre la línea 1-616-TROUBLE al final del todo de la guía telefónica para obtener un servicio más rápido y eficaz.

Es capaz de escribir con varios tipos distintos de caligrafía y ha ido a un campamento de origami (dos veces) y sabe hacer unos bocetos a mano alzada extraordinarios de la flora local y silbar los seis Nouveaux Quatuors de Telemann, así como imitar la llamada de cualquier pájaro que a Audubon se le pudiera ocurrir. A veces escribe a editoriales académicas para avisarlos de posibles errores de categoría y/o sintaxis que hay en sus libros de texto. No hablemos ya de los concursos de ortografía. Puede confeccionar más de veinte clases distintas de gorros usando papel de periódico normal y corriente, desde gorras de almirantes hasta sombreros de vaqueros, clericales y multiétnicos, y se presta voluntario para visitar las aulas de jardín de infancia de la escuela y enseñarles a los niños pequeños a hacerlo, una oferta que el director de la escuela primaria Carl P. Robinson dice que le agradece y que se la ha planteado muy cuidadosamente antes de declinarla. El director no puede ver al chico ni en pintura, pero no sabe muy bien por qué. Ve al chico en sus sueños, en los márgenes difusos de sus pesadillas, con su camisa a cuadros planchada, con la raya del pelo pequeña y dura, las pecas y la sonrisa dispuesta y generosa: para lo que haga falta. El director fantasea con hundirle un gancho para la carne a Leonard Stecyk en su cara de ojos brillantes y con arrastrarlo cabeza abajo a remolque de su Volkswagen Beetle por las calles nuevas y ásperas de los barrios residenciales de Grand Rapids. Las fantasías salen de la nada y horrorizan al director, que es un devoto menonita.

Todo el mundo odia al chico. Es un odio complejo, que a menudo causa que quienes lo odian se sientan mezquinos y culpables y se odien a sí mismos por sentir esas cosas hacia un chico tan lleno de talento y de buenas intenciones, lo cual a su vez tiende a hacer que odien involuntariamente al chico todavía más por provocarles ese odio hacia sí mismos. Todo ello resulta confuso e inquietante. Cuando él está presente la gente se toma muchas aspirinas. Los únicos amigos de verdad que tiene entre los niños son los trastornados, los impedidos, los gordos, los menos populares, las personas non gratas… él los busca. Las 316 invitaciones para el «FIESTÓN IMPRESIONANTE» de su undécimo cumpleaños –322 invitaciones si se cuentan las que ha hecho en cinta de audio para los ciegos– están impresas en offset sobre papel de vitela de calidad, con sobres a juego de papel alto en fibra, y tienen las direcciones escritas con una recargada caligrafía estilo Felipe II en la que se ha pasado tres fines de semana trabajando; las invitaciones detallan mediante números romanos el itinerario de media jornada por el parque recreativo Six Flags, seguido de la visita guiada por un doctorado al Blanford Nature Center y por fin la comida en el Área Reservada de Banquetes + Juego Libre de la Pizzería y Salón Recreativo Shakee de Remembrance Drive (el día entero sale gratis y se ha sufragado con el Reciclaje de Papel y de Aluminio que el chico ha organizado y liderado levantándose a las cuatro de la madrugada todo el verano, y el balance de los recibos del Reciclaje ha ido a la Cruz Roja y a los padres de un alumno de tercero que tiene espina bífida en estado terminal y que sueña por encima de todo con ver jugar en directo a «Tren Nocturno» Lane de los Lions desde su silla de ruedas motorizada), y las invitaciones llaman explícitamente a la fiesta así –«FIESTÓN IMPRESIONANTE»– con unas letras que imitan globos impresas al pie del dibujo de un estallido de buen humor y buena voluntad y «DIVERSIÓN» sin tregua ni cuartel, mientras que en las cuatro esquinas de cada tarjeta se puede leer la advertencia en letras en negrita «POR FAVOR: NADA DE REGALOS»; y las 316 invitaciones, enviadas por Correo de Primera Clase a todos los alumnos, instructores, instructores sustitutos, ayudantes, administradores y conserjes de la escuela primaria C. P. Robinson, obtienen un total de nueve asistentes (sin contar a los padres ni a los enfermeros de los incapacitados), y sin embargo todos se lo pasan bomba, y así lo manifiestan por consenso en las Tarjetas de Valoración Sincera y Sugerencias (también impresas en papel vitela) que circulan al final de la fiesta, y los restos enormes de pastel de chocolate, helado de tres sabores, pizza, patatas fritas, palomitas con caramelo, bombones Hershey’s Kisses, panfletos de la Cruz Roja y del Agente Chuck que explican respectivamente cómo donar tejidos/órganos y los procedimientos correctos a seguir si se te acerca un desconocido, pizza kosher para los ortodoxos, servilletas de diseño y refrescos bajos en calorías servidos en vasos de plástico con la inscripción «Yo sobreviví al Fiestón Impresionante del Undécimo Cumpleaños de Leonard Stecyk 1964» y con cañitas no extraíbles en forma de signo de infinito que los invitados tenían que quedarse de recuerdo, todo ello es donado al Refugio Infantil del Condado de Kent a través de una serie de procedimientos y medios de transporte que el titular del cumpleaños ya pone en marcha cuando todavía no se ha terminado la partida gigante de Enredos, preocupado ante la posibilidad de que se derrita el helado y de que otros restos se pongan rancios y pierdan el gas y de que por culpa de eso se malgaste una oportunidad para ayudar a los menos afortunados; y su padre, al volante del coche familiar con acabado en madera y apoyando la mejilla en la mano, vuelve a jurarle al chico que va sentado a su lado que tiene un corazón de oro, y que está orgulloso de él, y que si la madre del chico recobra algún día la conciencia tal como todos anhelan, él sabe que ella también estará rebosante de orgullo.

El chico saca sobresalientes y los notables justos para evitar que se le suban las notas a la cabeza, y a sus profesores les provoca escalofríos el mero sonido de su nombre. En quinto curso lleva a cabo una colecta por el distrito destinada a reunir un Fondo Especial de monedas de cinco centavos para cualquiera que a la hora del almuerzo ya se haya gastado el dinero de la leche pero por la razón que sea todavía pueda querer o sentir que necesita más leche. La Compañía Láctea Jolly Holly se entera e incluye en el costado de algunos de sus cartones de media pinta un texto satírico sobre el Fondo y un monigote que representa al chico. Dos tercios de la escuela dejan de beber leche, mientras que el Fondo Especial crece tanto que el director se ve obligado a confiscar una pequeña caja fuerte para su despacho. El director empieza a tomar Seconal para dormir y a experimentar pequeños temblores, y en dos ocasiones distintas recibe multas por no ceder el paso en sitios designados como pasos de peatones.

Una profesora en cuya aula el chico sugiere un proyecto de reorganización de los percheros y los cajones para las botas que cubren una pared destinado a que el abrigo y los chanclos del alumno que tiene el escritorio más cerca de la puerta sean los que están más cerca de la puerta, y los del segundo más cercano a la puerta sean los segundos más cercanos, y así sucesivamente, todo ello con el objeto de acelerar la salida de los alumnos al recreo y de reducir retrasos y posibles peleas y aglomeraciones de niños a medio abrigar en la puerta del aula (unos retrasos y aglomeraciones que el chico ya se había molestado en registrar aquel trimestre de acuerdo con su incidencia estadística, adjuntando gráficos y flechas relevantes pero con todos los nombres eliminados), esa veterana y muy respetada profesora con puesto permanente termina blandiendo unas tijeras sin punta y amenazando con matar al chico y luego matarse a ella misma, y se ve obligada a cogerse la baja médica, durante la cual recibe tarjetas que le desean su pronta recuperación a razón de tres por semana, unas tarjetas que incluyen sumarios pulcramente mecanografiados de las actividades y del progreso de la clase durante su ausencia, espolvoreadas con purpurina y dobladas en forma de diamantes perfectos que se abren dando un simple apretón a las dos facetas largas del interior (es decir, del interior de las tarjetas), hasta que los médicos de la maestra ordenan que le sea retenido el correo en espera de que se produzca una mejoría o por lo menos una estabilización de su estado.

Justo antes de la gran colecta para UNICEF por Halloween de 1965, tres alumnos de sexto curso abordan al chico en los lavabos sudeste después de la cuarta hora de clase y le hacen cosas inenarrables y lo dejan colgando de un gancho del cubículo por el elástico de los calzoncillos; y después de recibir tratamiento y de que le den el alta del hospital (que no es el mismo en donde tienen a su madre ingresada en el ala de largas convalecencias), el chico se niega a identificar a sus asaltantes y más tarde les entrega de forma circunspecta sendas notas individuales donde les transmite su renuncia a todo rencor relacionado con el incidente y se disculpa por cualquier ofensa inconsciente que pueda haber cometido para provocarlo, rogando a sus atacantes que por favor olviden todo el asunto y sobre todo que no se lo recriminen a ellos mismos –sobre todo con el paso del tiempo, porque el chico tiene entendido que son esta clase de cosas las que a veces te pueden atormentar mucho cuando llegas a la vida adulta, y cita un par de artículos de revistas académicas a los que los atacantes pueden echar un vistazo si quieren documentarse sobre los efectos psicológicos a largo plazo de la recriminación a uno mismo–, y en las notas, a la vez que profesa su esperanza personal en que de todo el lamentable incidente pueda acabar surgiendo una amistad, adjunta también una invitación para asistir a una breve Mesa Redonda de Resolución de Conflictos libre de interrogatorios que el chico ha convencido a una organización de servicios a la comunidad para que patrocine después de la escuela el martes siguiente («¡Se servirán refrigerios!»), tras lo cual la taquilla del gimnasio del chico, junto con las cuatro que la flanquean a cada lado, resulta destruida en un acto de vandalismo pirotécnico que todo el mundo en ambos bandos del juicio subsiguiente acepta que se les fue completamente de las manos y que no fue un intento premeditado de herir al conserje de noche ni de causar nada parecido a la cantidad de daños estructurales en el vestuario de chicos que terminó causando, un juicio en el que Leonard Stecyk apela repetidas veces a los abogados de ambos bandos y les pide una oportunidad de testificar con la defensa, aunque solamente sea en calidad de testigo de buena voluntad. Un gran porcentaje de los compañeros de clase del chico se esconden –emprenden literalmente acciones evasivas– cuando lo ven venir. Al final incluso la gente marginal e impedida deja de devolverle las llamadas. A su madre hay que darle la vuelta y manipularle los miembros dos veces por día.

6

Estaban encima de una mesa de picnic en aquel parque que había junto al lago, en la ribera del lago donde había parte de un árbol caído en los bajos, medio escondido por la orilla. Lane A. Dean Jr. y su novia, los dos llevaban vaqueros y camisas de botones. Estaban sentados encima de la mesa y tenían los zapatos en el banco donde la gente se sentaba y celebraba picnics en sus momentos de ocio. Habían ido a institutos distintos pero al mismo centro de primer ciclo universitario y allí se habían conocido en los servicios espirituales del campus. Era primavera, la hierba del parque era muy verde y el aire estaba impregnado tanto de madreselva como de lilas, lo cual resultaba casi excesivo. Había abejas, y el ángulo del sol hacía que el agua de los bajos se viera oscura. Aquella semana se habían producido más tormentas, que habían derribado árboles y habían hecho que sonaran las motosierras por toda la calle de sus padres. Los dos estaban sobre la mesa en la misma postura inclinada hacia delante, con los hombros encorvados y los codos sobre las rodillas. En aquella postura, la chica se mecía ligeramente y en una ocasión se tapó la cara con las manos, pero no estaba llorando. Lane estaba muy quieto e inmóvil y se dedicaba a mirar más allá de la orilla, en dirección al árbol caído en los bajos y a su bola de raíces al desnudo que iban en todas direcciones y a la nube de ramas del árbol, todo medio hundido en el agua. El único otro individuo que había cerca estaba solo, a media docena de mesas bien espaciadas de donde estaban ellos y de pie. Mirando el agujero desgarrado del suelo donde el árbol había caído. Todavía era temprano y todas las sombras rodaban hacia la derecha y se acortaban. La chica llevaba una camisa de algodón a cuadros vieja y fina con botones de color perla y las mangas largas sin remangar y siempre olía muy bien y muy limpio, como esas personas en las que se puede confiar y a quienes se puede querer mucho aunque no estés enamorado. A Lane Dean le había gustado su olor desde el principio. A la madre de él le parecía que era una chica que tenía «los pies en el suelo» y le caía bien, la consideraba buena gente, se le notaba: lo dejaba ver en los detalles. Los bajos lamían el árbol desde direcciones distintas, casi como si lo estuvieran royendo. A veces, cuando estaba solo y pensativo o bien pugnando por contarle algún asunto a Jesucristo en sus oraciones, Lane se sorprendía a sí mismo metiéndose el puño en la palma de la otra mano y girándolo ligeramente, como si todavía estuviera jugando y dándose golpes en el guante para permanecer despierto y alerta y centrado. Ahora no lo hacía, sin embargo, seguir haciéndolo sería cruel e indecente. El individuo mayor estaba plantado al lado de su mesa de picnic, al lado de la misma pero sin sentarse, y también se lo veía fuera de lugar con su americana o chaqueta de traje y esa clase de sombrero de hombre mayor que el abuelo de Lane llevaba en las fotos cuando era un joven vendedor de seguros. Daba la impresión de estar mirando al otro lado del lago. Si se estaba moviendo, Lane no lo veía. Parecía más una pintura que un hombre. No había ningún pato a la vista.

Una de las cosas que Lane Dean hizo fue volver a asegurarle que la acompañaría y que estaría allí con ella. Era una de las pocas cosas seguras o decentes que podía decir. La segunda vez que lo repitió ella negó con la cabeza y soltó una risa infeliz que era más bien como soltar aire por la nariz. Su risa de verdad era distinta. Él se iba a quedar en la sala de espera, dijo ella. Sabía que él estaría pensando en ella y sintiéndose mal por ella, pero no podía entrar con ella. Aquello era tan obviamente cierto que él se sintió como un memo por haber estado dando la tabarra con el tema, y supo lo que ella había pensado cada vez que él lo había soltado, y se dio cuenta de que no la había reconfortado ni tampoco había aliviado su carga para nada. Cuanto peor se sentía, más quieto se quedaba, allí sentado. Todo daba la impresión de estar precariamente apoyado sobre un cuchillo o un cable; si él se movía para levantar el brazo o tocarla, todo se podía desplomar. Se odiaba a sí mismo por estar tan petrificado en su asiento. Casi se podía visualizar a sí mismo andando de puntillas a través de explosivos. Unos pasos de pun tillas exagerados y de aspecto estúpido, como en los dibujos animados. Toda la terrible semana anterior había sido así y eso no estaba bien. Él sabía que estaba mal, sabía que se requería algo de él y sabía que no era aquella terrible cautela petrificada, y sin embargo fingía ante sí mismo que no sabía qué era lo que se requería. Fingía que era algo sin nombre. Fingía que era por ella que no decía en voz alta lo que él sabía que era lo correcto y la verdad, que era por consideración a las necesidades y sentimientos de ella. También trabajaba haciendo descarga y elección de rutas para UPS, además de ir a la facultad, pero después de lo que habían decidido juntos se había cambiado el turno con alguien para tener el día libre. Dos días antes, se había despertado muy temprano para intentar rezar pero no había sido capaz. Cada vez estaba más petrificado, o por lo menos esa era la sensación que tenía, pero no había pensado en su padre ni en la inexpresividad pétrea de su padre, ni siquiera en la iglesia, que tanta lástima le había dado en el pasado. Esa era la verdad. Lane Dean Jr. sintió el sol en un brazo mientras se formaba interiormente una imagen de sí mismo a bordo de un tren, despidiéndose mecánicamente con la mano de algo que se iba volviendo más y más pequeño a medida que el tren se alejaba. Su padre y el padre de su madre tenían el mismo cumpleaños, eran los dos cáncer. Sheri llevaba el pelo teñido de un rubio casi del color del maíz, y muy limpio, y la piel de la raya en el medio se le veía rosa allí donde le daba el sol. Llevaban tanto rato allí sentados que ahora solamente tenían el lado derecho a la sombra. Él podía mirar la cabeza de ella, pero no a ella. Notaba las distintas partes de sí mismo desconectadas entre ellas. Sheri era más lista que él y los dos lo sabían. No solamente por los estudios, Lane Dean estudiaba contabilidad y empresariales y no le iba mal, iba tirando. Ella era un año mayor, tenía veinte, pero también era más… A Lane siempre le había parecido que se llevaba bien con su propia vida de una manera que no se explicaba simplemente con la edad. La madre de él lo había explicado diciendo que ella «sabía lo que quería», que era ser enfermera y no estar haciendo una carrera fácil en el Peoria Junior College. Además trabajaba de camarera en el Embers y se había comprado el coche ella sola. Era seria de una manera que a Lane le gustaba. Tenía un primo que se había muerto cuando ella tenía trece o catorce años, a quien ella quería y con quien había tenido una relación estrecha. Ella solamente había hablado del tema una vez. A él le gustaban su olor y el vello suave que tenía en los brazos y la forma en que soltaba una exclamación cuando algo la hacía reír. A él le había gustado el mero hecho de estar con ella y hablar con ella. Ella se tomaba en serio su fe y sus valores de una manera que a Lane le había gustado en el pasado pero que ahora, sentado con ella sobre aquella mesa, descubrió que le daba miedo. Era espantoso. Estaba empezando a creer que tal vez él no se tomaba en serio su propia fe. Tal vez fuera un poco hipócrita, igual que los asirios de Isaías, lo cual sería un pecado mucho más grave que la cita con la clínica; él había decidido que se creía esto. Estaba desesperado por ser buena persona, por ser capaz de sentir todavía que era bueno. Hasta entonces no había pensado casi nunca en la condenación y en el infierno, aquella parte del asunto no apelaba a su espíritu, y cada vez que en los servicios religiosos salía a colación el infierno él desconectaba y simplemente lo toleraba, igual que uno tolera el trabajo que está obligado a hacer para poder ahorrar. Las zapatillas de tenis de ella tenían muchos dibujitos que se dedicaba a hacer cuando se distraía en clase. Ella mantenía la cabeza gacha. Pequeñas notas o tareas de lectura hechas con bolígrafo Bic y con su caligrafía pulcra y redonda en las partes de goma que rodeaban el borde de la zapatilla. Lane A. Dean miró los pasadores para el pelo en forma de mariquitas azules que ella llevaba en los costados de la cabeza gacha. La cita con la clínica no era hasta la tarde, pero cuando había sonado el timbre tan temprano y la madre de él lo había llamado desde el piso de abajo, él lo había sabido, y una terrible vacuidad había empezado a invadirlo.

Él le dijo que no sabía qué hacer. Que sabía que si él era el vendedor de aquello y la estaba forzando a hacerlo, estaría espantosamente mal. Pero estaba intentando entenderlo, los dos habían rezado por el tema y lo habían hablado desde todos los puntos de vista. Lane le dijo que ella ya sabía lo mal que él lo estaba pasando, y que por favor le dijera si él se equivocaba al creer que había sido realmente una decisión conjunta de los dos lo de concretar la cita, porque él pensaba que sabía cómo se debía de haber sentido ella a medida que la fecha se acercaba más y más y también cuánto miedo debía de tener ella, pero que era incapaz de saber si era más que eso. Estaba totalmente quieto salvo por los movimientos de su boca, o esa era la impresión que daba. Ella no respondió. Que si necesitaban rezar más por aquello y hablarlo más, pues, caray, él estaba allí, y estaba dispuesto, dijo. Dijo que la cita con la clínica se podía aplazar, que solamente con que ella lo dijera podían llamar y retrasarlo y así tendrían más tiempo para estar seguros de la decisión. Todavía estaban al principio de la cosa, eso lo sabían los dos, dijo. Y era cierto, él se sentía así, y sin embargo también sabía que al mismo tiempo estaba intentando decir cosas que la hicieran abrirse y contestarle lo bastante como para que él pudiera verla y leerle el corazón y saber qué tenía que decir para conseguir que ella terminara por hacerlo. Él lo sabía sin admitir ante sí mismo que era aquello lo que quería, porque eso le convertiría en un hipócrita y un mentiroso. Él sabía, en algún recoveco confinado de su interior, por qué no había acudido a nadie para abrirse y buscar consejo vital, ni al pastor Steve ni a sus compañeros de oración de los servicios espirituales del campus, ni a sus amigos de UPS ni a la orientación espiritual que había disponible en la vieja escuela de sus padres. Sin embargo, no sabía por qué Sheri tampoco había acudido al pastor Steve; era incapaz de leerle el corazón. Ella se mostraba inescrutable y cerrada. Él deseaba con fervor que todo aquello no hubiera sucedido nunca. Ahora tenía la sensación de saber por qué era un verdadero pecado y no una regla que había perdurado de la sociedad del pasado. Tenía la sensación de que aquella cosa lo había rebajado y lo había humillado y que ahora entendía y creía que las reglas tenían una razón de ser. Que las reglas estaban dirigidas a él personalmente, como individuo. Le había prometido a Dios que ya había aprendido la lección. Pero ¿qué pasaba si también aquello era una promesa vacía, hecha por un hipócrita que solamente se arrepentía de las cosas después, que prometía sumisión pero en realidad lo único que quería era el indulto? Puede que ni siquiera fuera capaz de conocer su propio corazón ni de leerse y conocerse a sí mismo. No paraba de pensar también en 1 Timoteo 6 y en los hipócritas de aquel pasaje que «disputaban meras palabrerías». Sentía una terrible resistencia interior, pero no sabía qué era aquello a lo que se estaba resistiendo tanto. Esta era la verdad. Ninguno de los distintos enfoques y puntos de vista que habían entrado en juego en la decisión conjunta incluía para nada aquella palabra: porque si él la hubiera dicho una sola vez, si hubiera declarado que sí que la amaba, que amaba a Sheri Fisher, entonces todo se habría transformado, habría sido solamente la posición o ángulo lo que cambiaba, pero ya sería distinta la cosa en sí por la que estaban rezando y sobre la cual estaban tomando una decisión conjunta. A veces habían rezado juntos por teléfono en una especie de lenguaje medio en clave, por si alguien levantaba por accidente otra extensión. Ella continuaba sentada como si estuviera pensando, en esa pose de pensar que era casi como la de la estatua aquella. Seguían sentados encima de la mesa. Él era quien estaba mirando más allá de ella, hacia el tronco del agua. Pero él no podía decir que la quería, porque no era verdad.

Y, sin embargo, tampoco se abría nunca y le decía directamente que no la quería. Tal vez aquella fuera su «mentira por omisión». Tal vez fuera aquella la resistencia petrificada: porque si él la miraba a los ojos y le decía que no la quería, ella mantendría su cita con la clínica y acudiría. Él lo sabía. Algo dentro de él, sin embargo, una terrible debilidad o una falta de valores, no se lo quería decir. Él notaba como que le faltaba aquel músculo. No sabía por qué, simplemente era incapaz de hacerlo o incluso de rezar para hacerlo. Ella creía que él era bueno y que se tomaba en serio sus valores. Y si había una parte de él que parecía dispuesta a más o menos mentir a alguien que hacía gala de aquella fe y de aquella confianza, ¿en qué le convertía aquello? ¿Cómo podía rezar siquiera un individuo de aquella calaña? La sensación que aquello le producía era la de estar probando un poco de la realidad de eso que la gente llamaba el infierno. Lane Dean nunca había creído que el infierno fuera un lago de fuego ni un Dios lleno de amor que mandaba a la gente a un lago de fuego en llamas; él sabía en su corazón que esto no era verdad. En lo que él creía era en un Dios vivo de la compasión y el amor y en la posibilidad de una relación personal con Jesucristo, a través de quien ese amor se representaba en el tiempo humano. Pero allí sentado al lado de aquella chica que ahora le resultaba tan desconocida como el espacio exterior, esperando lo que fuera que ella pudiera decirle para deshacer su petrificación, ahora tenía la sensación de que podía ver el borde o el contorno de algo que podría ser una visión real del infierno. Era la visión de dos ejércitos enormes y terribles que estaban dentro de él, opuestos y enfrentados entre sí, en silencio. Habría batalla pero no vencedor. O bien nunca habría batalla: los ejércitos permanecerían así, inmóviles, mirándose entre ellos y viendo en el otro algo tan distinto y ajeno a sí mismo que no serían capaces de entender, no serían capaces de descifrar lo que decía el otro en forma de palabras ni tampoco de leer nada del aspecto de sus caras, de manera que seguirían igual de petrificados, enfrentados y sin comprender, durante todo el tiempo humano. Dividido, y en cualquiera de ambos casos, un hipócrita contigo mismo.

Cuando movió la cabeza, el sol arrancó un destello de la parte más lejana del lago; ahora el agua más próxima ya no era negra y se podía ver el interior de los bajos y también se apreciaba que el agua se movía solamente un poco, a un lado y a otro, y de esa misma manera suplicó regresar a sí mismo mientras Sheri movía la pierna y empezaba a volverse hacia él. Vio al hombre del traje y el sombrero gris plantado inmóvil en la ribera del lago, sosteniendo algo debajo del brazo y contemplando la orilla opuesta, donde había una serie de figuritas diminutas sentadas en sillas de camping puestas en fila de una manera que significaba que tenían hilos en el agua para pescar la mojarra, que era algo que prácticamente solo hacían los negros del East Side, y la diminuta forma blanca que había al final de la fila era una cesta de espuma de poliestireno para guardar el pescado. En el momento o instante junto al lago que estaba justo por venir, Lane tuvo la sensación primero de que podía percibir todo esto en su conjunto; todo parecía nítidamente iluminado, puesto que la sombra del roble de los pantanos ya había cerrado su rotación circular y ahora estaban los dos al sol con sus sombras convertidas en una criatura de dos cabezas proyectada sobre la hierba que quedaba a la izquierda de ellos. Él volvía a estar mirando o escrutando el lugar donde las ramas del árbol caído parecían doblarse abruptamente justo por debajo de la superficie de los bajos cuando le fue dado saber que durante todo aquel silencio petrificado que tanto había despreciado, en realidad durante todo aquel tiempo había estado rezando, o por lo menos una pequeña parte de su corazón que él era incapaz de conocer o de oír había estado rezando, porque ahora recibió a modo de respuesta una especie de visión, lo que él llamaría más adelante para sus adentros una visión o un «momento de gracia». No era un hipócrita, simplemente estaba quebrado y roto igual que todos los hombres. Más adelante, él creería que lo que le había pasado era que durante un momento había estado a punto de verlos a los dos como los podría ver Jesús: como dos seres que eran ciegos y sin embargo avanzaban a tientas, deseosos de complacer a Dios pese a su naturaleza innatamente caída. Porque en aquel mismo momento vio, rápido como una centella, el interior del corazón de Sheri, y le fue dado saber lo que iba a ocurrir allí mientras ella terminaba de volverse hacia él y el hombre del sombrero contemplaba a los pescadores y el olmo caído vertía sus células en el agua. Aquella chica con los pies en el suelo que olía bien y quería ser enfermera iba a cogerle una de sus manos con las dos de ella para deshacer su petrificación y obligarlo a mirarla a ella, y le iba a decir que no era capaz de hacerlo. Que sentía mucho no haberlo sabido antes, que no había tenido intención de mentir, que había aceptado porque quería creer que era capaz, pero no lo era. Que lo iba a llevar dentro e iba a tenerlo, que no le quedaba más remedio. Con la mirada clara y firme. Que la noche anterior se la había pasado entera rezando y buscando dentro de sí misma y que había decidido que aquello era lo que el amor exigía de ella. Que Lane tenía –por favor por favor cariño– que dejarla terminar. Que escuchara… que aquella era su decisión y que no lo obligaba a él a nada. Que ella sabía que él no la quería, no de esa manera, que lo había sabido desde el principio, y que no pasaba nada. Que así eran las cosas y que no pasaba nada. Que ella lo iba a llevar dentro y tenerlo y quererlo y que no le iba a pedir nada a Lane salvo sus buenos deseos y que respetara lo que ella tenía que hacer. Que ella lo liberaba de toda responsabilidad y confiaba en que él terminara sus estudios en el Peoria Junior College y en que le fuera bien en la vida y solamente experimentara placeres y cosas buenas. La voz de ella sería clara y firme, y estaría mintiendo, porque Lane había recibido el don de leerle el corazón. De verla. Uno de los negros de la otra orilla levantó el brazo tal vez a modo de saludo, o bien para alejar a una abeja. Se oía una podadora cortando césped en algún lugar lejano por detrás de ellos. Sería una jugada terrible a vida o muerte, nacida de la desesperación que había en el alma de Sheri Fisher, del hecho de saber que no podía hacer aquella cosa de hoy ni tampoco llevar un embarazo ella sola y avergonzar a su familia. Sus valores le impedían ambas cosas, Lane se daba cuenta, y tampoco le quedaban más opciones ni margen de decisión, aquella mentira no era pecado. Gálatas 4, 16: «¿Acaso me he convertido en tu enemigo?». Ella estaba jugándoselo todo a la carta de que él era bueno. Allí en la mesa, ni petrificado ni tampoco moviéndose, Lane Dean Jr. vio todo aquello y lo conmovió la piedad y también algo más, algo carente de nombre que él supiera, algo que le era dado sentir ahora en forma de una pregunta que no se le había ocurrido ni una sola vez durante toda la larga semana de pensar y de estar dividido: ¿por qué estaba él tan seguro de que no la quería? ¿Por qué era distinta aquella forma en concreto del amor? ¿Y si él no tenía ni la más remota idea de qué era el amor? ¿Y qué haría Jesucristo? Porque fue justo ahora cuando él sintió las dos manos suaves, pequeñas y fuertes de ella sobre la suya, conminándolo a que se volviera. ¿Y si simplemente tenía miedo? ¿Y si la verdad no era más que aquello? ¿Y si no era para pedir amor para lo que hacía falta rezar, sino simplemente para pedir valor, valor para mirarla a los ojos mientras ella lo decía y confiaba en el corazón de él?

7

–¿Nuevo?

Había agentes flanqueándolo por ambos lados y a Sylvanshine le pareció un poco raro que hubiera sido el que tenía la carita rosada y timorata de hámster el que se había vuelto como si fuera a dirigirse a él, y sin embargo hubiera sido el que estaba al otro lado y mirando para otra parte el que lo había dicho.

–¿Nuevo?

Estaban a cuatro hileras de distancia del conductor, cuya postura en su asiento resultaba un poco extraña.

–¿Por oposición a qué? –A Sylvanshine le ardía el cuello hasta el mismo omóplato y también notaba que le estaba empezando un espasmo muscular en uno de los párpados. Explique la diferencia entre el tratamiento fiscal de un individuo que da acciones revalorizadas a una organización benéfica y el de otro individuo que vende las acciones y le da los beneficios a la organización benéfica. Los arcenes de la carretera rural parecían roídos. La luz de fuera era esa clase de luz que te hace encender los faros pero luego impide que sirvan para nada porque técnicamente todavía es de día. No estaba claro si aquello era una furgoneta o un autobús con capacidad máxima de 24. El que acababa de hacer la pregunta tenía una patilla y esa sonrisa invulnerable de quien se ha tomado dos cócteles en el aeropuerto y no ha comido nada más que frutos secos. El conductor de la última furgoneta, a la cual Sylvanshine había sido asignado en calidad de G9, manejaba el volante como si tuviera los hombros demasiado voluminosos para su espalda. Como si se estuviera aferrando al volante para no caerse. ¿Qué clase de conductor llevaba un gorro de papel blanco? Lo único que evitaba que la vertiginosa pila de bolsas se desplomara era una correa–. Soy el Ayudante Especial del Nuevo Director Adjunto de Sistemas de Recursos Humanos, que se llama Merrill Lehrl y está de camino.

–Nuevo en el puesto. Quería decir recién asignado.

La voz del hombre sonaba con claridad pese a que parecía estar dirigiéndose a la ventanilla, que estaba sucia. Sylvanshine se sentía encajonado; los asientos eran más bien un banco acolchado y no tenían apoyabrazos que proporcionaran siquiera una ilusión o impresión de espacio personal. Además, la furgoneta se bamboleaba de forma alarmante por la carretera, que era o bien un camino o bien una especie de carretera rural, y se oían los muelles del chasis. El hombre con pinta de roedor, cuya aura transmitía timidez pero bondad, un aura de hombre triste y amable que vivía dentro de un cubo de miedo, llevaba el sombrero sobre el regazo. Nadie se había quitado el abrigo. Capacidad 24 y lleno. Flotaba en el aire ese olor mohoso a hombres mojados. El nivel de energía era bajo; todos venían de regreso de algo que había consumido un montón de energía. Sylvanshine se imaginaba perfectamente al hombre pequeño y rosado bebiendo Pepto-Bismol directamente del frasco y volviendo a casa para reunirse con una mujer que lo trataba como si fuera un desconocido poco interesante. Los dos hombres o bien trabajaban juntos o bien se conocían muy bien; estaban hablando en tándem sin ser siquiera conscientes de ello. Un tándem alfa-beta, lo cual quería decir que eran de Auditorías o bien del DIC. A Sylvanshine se le ocurrió que la ventanilla mostraba un tenue reflejo oblicuo de él y que el alfa de la pareja de hombres se estaba divirtiendo un poco dirigiéndose al reflejo de Sylvanshine como si el reflejo fuera él, mientras que el hámster impostaba la expresión facial de dirigirse a alguien pero no decía nada. Las donaciones de acciones son tratamientos de capital-ganancia camuflados… también se oía un ruido gaseoso y tintineante, que sonaba como medio compás de música de organillo de vapor, cada vez que el conductor cambiaba de marcha y también en el momento en que la furgoneta parecida a un cajón se bamboleó pronunciadamente en una doble curva en forma de S invertida que había junto a una valla publicitaria que decía «DOWNSIZE THIS» y mostraba una imagen que Sylvanshine no acertó a ver, y también mientras el más avezado de los dos hombres se ponía de improviso a presentarse a sí mismo y a su compañero. (Sylvanshine no se quedó con sus nombres, pese a ser consciente de que aquello le iba a causar problemas, puesto que era de muy mala educación olvidarse de los nombres de la gente, sobre todo si te adjuntaban a un supuesto niño prodigio en Personal y lo tuyo era precisamente el Personal, y de que en el futuro iba a tener que llevar a cabo toda clase de contorsiones en la conversación para evitar usar sus nombres, y que Dios lo ayudara si aquellos dos eran unos trepadores y esperaban aparecer un día y que él los presentara a Merrill, aunque si eran del DIC esto sería menos probable porque Investigaciones y Fraude solía tener su propia infraestructura y oficinas aparte, a menudo en un edificio separado, por lo menos en Rome y en Philly, puesto que a los contables forenses les gusta considerarse más miembros de la policía que de la Agencia, y por lo general no se mezclan mucho con el resto del personal, y de hecho el más alto de los dos, Bondurant, se identificó ahora a sí mismo y a Britton como empleados con rango GS-9 del DIC, el problema fue que Sylvanshine estaba demasiado ocupado mortificándose por no haberse quedado con sus nombres como para asimilar esto hasta ya bien entrada la noche, cuando recordó la sustancia de la conversación y experimentó un momento de alivio.) El más timorato de los dos agentes del DIC casi nunca mentía; el más avezado mentía bastante, Sylvanshine lo notaba. En la ventanilla traqueteaba una lluvia fina y helada, esa clase de lluvia que se te clava pero no te moja. Las gotas pequeñas –diminutas– martilleaban el cristal, en cuyo reflejo el menos estrictamente fiable de los dos apoyó la barbilla en la mano y soltó un suspiro que al menos en parte era teatral. De algún lugar por detrás de ellos venían el ruido de un videojuego portátil y los ruiditos de los demás agentes que contemplaban el progreso del juego por encima del hombro del hombre que estaba jugando la partida en silencio. Los limpiaparabrisas de la furgoneta o autobús hacían un ruidito chirriante a cada segunda pasada; a Sylvanshine se le ocurrió que el conductor parecía ir casi con la barbilla apoyada en el volante, de tan inclinado que estaba para intentar acercarse más al parabrisas, de esa manera en que se inclina la gente ansiosa o la gente con problemas de vista cuando tienen problemas para ver. El más taimado de los dos agentes del DIC de la ventanilla tenía la cara casi en forma de cometa, cuadrada pero al mismo tiempo puntiaguda en los pómulos y en la barbilla; Bondurant notaba la presión afilada de su barbilla en la palma de su mano y el hecho de que el borde del marco de la ventanilla se le clavaba en línea recta entre los huesos del codo. Sylvanshine era el único que no sabía de dónde venían todos aquellos hombres y lo que habían estado haciendo en Joliet, pero nadie estaba pensando en ello de ninguna manera remotamente informativa, porque no es así como la gente piensa en las cosas que acaba de hacer. Desde el exterior estaba claro lo que era el vehículo: tanto por su forma como por sus bamboleos, y también por el hecho de que la capa superior de pintura de color habano había sido chapuceramente aplicada y había puntos de la misma en donde los faros de los coches que le iban detrás arrancaban destellos de los colores vivos de más abajo, de las letras gordezuelas y de los iconos inclinados sobre palitos que sugerían algo delicioso de una manera misteriosa que solamente entienden los niños. Dentro se oían el motor y el murmullo fluctuante de las conversaciones en voz baja fundidas entre sí por la expectación ante el final de algo –una conferencia o un fin de semana de retiro espiritual, tal vez, o quizá un curso de formación de la Agencia; el personal de Rome siempre había ido a Buffalo o a Manhattan para los Cursos de Formación de la Agencia–, además del videojuego portátil y de un ligero susurro o gorjeo en la respiración del tipo pálido y rosado, que Sylvanshine notó que ahora le estaba mirando el costado derecho de la cara, y a continuación se oyó la voz de Bondurant preguntándole a Sylvanshine por la división del DIC de Rome, y desde un punto situado más adelante y otro situado más atrás y a la derecha vino un murmullo metálico que significaba que debía de haber alguien escuchando algo con auriculares, señal segura de la presencia de un agente más joven, y a Sylvanshine se le ocurrió que la última vez que había visto a alguna persona negra o latina había sido en el aeropuerto aquel de Chicago que no era el O’Hare pero cuyo nombre tampoco había retenido y ahora se le hacía raro sacar el recibo de su billete del maletín para comprobarlo, y entretanto el más pequeño de los dos hombres parecía estar mirándolo en espera de que hiciera algo que traicionara alguna clase de incompetencia o déficit de retentiva. Describa las ventajas que presenta el Lenguaje de Máquina Octal sobre el Lenguaje de Máquina Binario a la hora de diseñar un programa de Nivel 2 para rastrear regularidades en los libros de flujo de liquidez de corporaciones emparentadas; nombre dos ventajas esenciales que le supone a una franquicia presentar declaraciones de Clase 20-50 como subsidiarias de su compañía matriz en lugar de presentarlas como entidad corporativa autónoma, y allí estaba otra vez, aquella ráfaga de música como de aire a presión que Sylvanshine no conseguía ubicar pero que le daba ganas de levantarse de su asiento e irse a perseguir algo en compañía de todos los niños del vecindario, todos saliendo en tromba de las puertas de sus casas y corriendo a toda pastilla por la calle sosteniendo dinero en alto, y sin tiempo a pensarlo, Sylvanshine dijo:

–Ya sé que suena raro, pero ¿alguno de ustedes puede oír de vez en cuando…?

–Mister Squishee –dijo ahora el agente que estaba a su derecha, con una voz de barítono que no pegaba para nada con su cuerpo–. Catorce camionetas de la compañía tipo S Mister Squishee con domicilio en East Peoria de dulces helados de venta en ruta cíclica, requisadas junto con las oficinas, las cuentas por cobrar y las propiedades de patrimonio neto de cuatro de los siete miembros de la familia de propietarios de lo que los abogados de la Sede Regional convencieron al Séptimo Distrito de que en realidad era una compañía tipo S de titularidad privada –dijo Bondurant–. Empleado descontento, tablas de depreciación falsificadas de todo, desde los congeladores hasta las camionetas como esta…

–Determinación provisoria por riesgo de impago –dijo Sylvanshine, más que nada para demostrar que conocía la jerga.

El asiento que había directamente delante del de Sylvanshine estaba desocupado y ofrecía una vista del cuello cruzado y carnoso de la persona que estaba sentada delante de dicho asiento y que llevaba en la cabeza un sombrero de tela estilo australiano echado hacia atrás para transmitir relajación e informalidad.

–¿Esto es una camioneta de helados?

–Maravilloso para la moral de las tropas, ¿no? Como si la mano de pintura pudiera ocultarle a alguien que tienes a la flor y nata del personal yendo de pasajeros en un trasto que antes vendía polos de chocolate y tenía al volante a un tipo con ropa blanca y abombada y careta de goma que le hacían parecer un pudín de tapioca.

–El conductor solía llevar esta camioneta para Mister Squishee.

–Es por eso que vamos tan despacio.

–El límite es de noventa; echa un vistazo a la cola de coches que llevamos detrás haciéndonos señales con los faros, si quieres.

El más pequeño y rosado de los dos hombres, Britton, tenía una cara redonda y aterciopelada. Tenía entre treinta y cuarenta años y no estaba claro si se afeitaba. Lo más raro del caso era que el vecindario de King of Prussia donde había crecido Sylvanshine era una comunidad planificada, con badenes en la calzada, cuya asociación de vecinos tenía prohibida cualquier clase de venta ambulante, sobre todo de esa que usa organillos de vapor… Sylvanshine no había perseguido una camioneta de helados ni una sola vez en la vida.

–El conductor sigue obligado por contrato: el embargo solamente afectó al último trimestre, y la Directora de Distrito decidió que el margen de quedarse los camiones y a los conductores que todavía tenían contrato en vigor se imponía tan claramente sobre los provechos de subastarlos que ahora todo el mundo por debajo de G-11 se desplaza en camionetas de Mister Squishee –dijo Bondurant. Cuando hablaba se le movía la mano junto con la barbilla, algo que a Sylvanshine le parecía forzado y falso.

–La señora Corta de Miras.

–Terrible para la moral de las tropas. Por no mencionar la debacle para nuestra imagen pública que supone el hecho de que los niños y sus padres vean unas camionetas que ellos asocian con la inocencia y los deliciosos polines de caramelo crujiente ahora embargadas y por decirlo de alguna manera forzadas a trabajar para la Agencia. Y hablo también de la vigilancia.

–Hacemos vigilancia con estas camionetas, ¿te lo puedes creer?

–Prácticamente nos tiran piedras.

–Mister Squishee.

–Y esta música es gloria, hay otras camionetas que sueltan una ráfaga cada vez que cambian de marcha.

Pasaron por delante de otra valla publicitaria, que quedaba al costado derecho pero Sylvanshine pudo verla: «YA ES PRIMAVERA, PIENSE EN LA SEGURIDAD AGRARIA».

Bondurant, que estaba hecho polvo después de pasarse dos días en una silla plegable, se dedicó ahora a contemplar sin llegar a mirarla realmente una extensión de doce acres de campo invernal de la que asomaban retoños de tallos de maíz –los enterraban cuando allanaban los campos para sembrar en abril y no en otoño, a fin de que tuvieran todo el invierno para pudrirse y fertilizar la tierra, y es que Bondurant suponía que con los fertilizantes tipo organofosfatos y semejantes no valía la pena perder dos días de otoño para enterrarlos, y, además, por alguna razón que el padre de Higgs le había contado pero que ahora él no recordaba, la gente prefería tener el campo bien taponado durante el invierno, puesto que eso protegía algo del suelo–, y sin ser consciente de ello, le encontró cierto parecido al campo lleno de brotecitos con el sobaco de una chica que llevara un tiempo sin afeitárselo, y sin ser consciente de ninguna de las conexiones entre el sobaco de la chica y el campo que a continuación dio paso en la ventanilla a una arboleda de robles silvestres, se puso a pensar de forma mal encauzada en Cheryl Ann Higgs, ahora convertida en Cheryl Ann Standish, auxiliar administrativa para la American Twine, madre divorciada de dos hijos y afincada en una caravana extraancha que al parecer su ex había intentado incendiar, provocando que lo detuvieran, poco después de que a Bondurant lo transfirieran con rango G-9 al DIC; Cheryl había sido su pareja en el baile de graduación de la Peoria Central Catholic en 1971, y los dos habían sido elegidos para el cortejo del baile y Bondurant había quedado en segundo lugar por detrás del rey, y había llevado un esmoquin de color azul pastel y unos zapatos de alquiler que le iban estrechos y ella no se lo había follado aquella noche, ni siquiera después del baile, cuando todos los demás se habían turnado para ser follados por sus parejas en el Chrysler New Yorker negro y dorado que le habían alquilado durante aquella noche al padre del torpedero del equipo, que trabajaba en Hertz, y el New Yorker acabó con unas manchas que obligaron al torpedero a pasarse el verano entero trabajando en el mostrador de Hertz del aeropuerto para poder quitarlas del acabado del coche. Danny algo, se llamaba; su padre murió poco después, pero aquel verano él no pudo disputar el torneo de la American Legion por culpa de aquello, y no pudo mantenerse en forma y a duras penas consiguió entrar en el equipo de béisbol universitario de la NIU y perdió la beca y Dios sabe qué fue de él, pero ninguna de las manchas era de Bondurant ni de Cheryl Ann Higgs, pese a las súplicas de él. No había hecho uso de la botella de schnapps porque si la hubiera llevado a casa borracho el padre de ella lo habría matado o bien la habría castigado a ella. El momento álgido de lo que Bondurant llevaba de vida había tenido lugar el 18 de mayo del 73, durante su segundo año de facultad, cuando había marcado tres puntos bateando como sustituto en el último partido en casa de Bradley, tres puntos que llevaron a Oznowiez, el futuro receptor de la Triple A, a derrotar a la Southern Illinois University de Edwardsville y a meter a Bradley en las finales del Valle de Missouri, que perdieron, pero aun así, a día de hoy, no pasa ni un solo día en que él esté sentado con los pies encima de su escritorio y los portapapeles apilados sobre el regazo y no rememore la elevación suspendida de la bola de la SIU lanzada con efecto lateral, ni sienta el golpe seco y sin vibración de la carne del bate al impactar, ni oiga el repiqueteo metálico que hizo el bate de aluminio al caer, ni vea rebotar la bola como en una máquina del millón contra un poste de la verja de un pie de altura situado junto a la línea de falta y golpear con un tañido la otra verja y la línea de falta, ni vea y pueda jurar que oye cómo las dos verjas tintinean por la fuerza de la pelota, que él ha golpeado tan fuerte que nunca dejará de sentirla, y sin embargo no puede recordar con una nitidez ni remotamente parecida la sensación que le causó Cheryl Ann Higgs cuando él la penetró encima de una manta junto al estanque que había más allá de la arboleda y más allá del borde de los pastos de la pequeña granja lechera que operaban el señor Higgs y uno de su sinfín de hermanos, aunque sí se acordaba bien de qué ropa llevaban ambos, y del olor a algas nuevas que flotaba en el aire cerca de la tubería de desagüe del estanque, cuyo borboteo sonaba casi a arroyo, y de la expresión de la cara de Cheryl Ann Higgs mientras su postura y su posición supina se volvían aquiescentes y Bondurant se daba cuenta de que tenía el camino libre, como suele decirse, y sin embargo él evitó mirarla a los ojos porque la expresión de los ojos de Cheryl Ann, que Tom Bondurant no ha olvidado nunca pese a no haber vuelto a pensar ni una vez en ella, era una expresión de tristeza vacía y terminal, no tanto la expresión de un faisán atrapado en las fauces de un perro como la de una persona que está a punto de transferir algo que ella sabe por adelantado que nunca le devolverá un rédito suficiente. El año siguiente los vio caer en una espiral de amor obsesivo-loco, en la cual rompieron pero fueron incapaces de permanecer alejados, hasta que llegó el momento en que ella sí que fue capaz de permanecer alejada, y ahí se acabó la historia.

El pequeño y pálidamente rosado agente del DIC Britton le preguntó ahora a Sylvanshine sin ninguna clase de preámbulo ni carraspeo introductorio qué estaba pensando, lo cual a Sylvanshine le pareció grotesca y casi obscenamente inapropiado y entrometido, casi como preguntar qué aspecto tenía tu mujer desnuda o a qué olían tus funciones íntimas en el cuarto de baño, pero por supuesto él no podía decir nada de todo esto en voz alta, sobre todo teniendo en cuenta que su trabajo allí implicaba cultivar buenas relaciones con todos y líneas diáfanas de comunicación para que Merrill Lehrl las explotara a su llegada; hacer de mediador para Merrill Lehrl y al mismo tiempo reunir información sobre tantos aspectos y asuntos relacionados con el examen de declaraciones como fuera posible, puesto que había que tomar ciertas decisiones difíciles y delicadas, unas decisiones cuya importancia iba mucho más allá de este simple centro de provincias y que en cualquier caso iban a resultar dolorosas. Sylvanshine, cuando se giró ligeramente pero no del todo (con un destello de color naranja en el omóplato izquierdo) para sostener por fin la mirada del ojo izquierdo de Gary Britton, descubrió que apenas recibía «lectura» emocional ni ética de Britton ni de ningún otro de los ocupantes del autobús salvo Bondurant, que ahora estaba teniendo alguna clase de recuerdo nostálgico y estaba cultivando esa nostalgia, reclinándose un poco en ella como si estuviera dentro de un baño caliente. Cuando algo voluminoso pasó en la dirección contraria, el rectángulo enorme del parabrisas se volvió primero incandescente y luego opaco por culpa del agua, que los limpiaparabrisas tuvieron que forcejear portentosamente para desplazar. La mirada de Britton a Sylvanshine le parecía que no es que le mirara al ojo derecho sino que más bien le miraba el ojo. (En aquel momento la mente de Thomas Bondurant, que tendía a ser como un tornado, estaba pensando, mientras miraba por la ventanilla pero más bien hacia el interior de su memoria, que uno puede mirar «a través» de una ventanilla; mirar «en» la ventanilla, como si la coleta dorada y el hombro cremoso estuvieran «en» la ventanilla; mirar «por» la ventanilla [que era casi como mirar «a través»], o incluso mirar «la» ventanilla, que implicaba examinar la transparencia del cristal y si estaba limpio.) La mirada parecía ser pese a todo una mirada expectante, y Sylvanshine volvió a sentir, pese al vacío de su estómago y el nervio pinzado de su clavícula, lo opaco que era el estado de ánimo general del autobús y lo diferente que era de la tensión cargada de horror de los ciento setenta agentes del 0104 de Filadelfia o del sopor maniaco de la docena del diminuto 408 en Rome. Su propio estado de ánimo, ese híbrido complejo de fatiga de destinación y miedo expectante que uno siente al final no de un viaje sino de un traslado, no complementaba de ninguna manera el estado de ánimo de la antigua camioneta de Mister Squishee ni el del avezado y nostálgico agente de más edad que tenía a la izquierda ni el del punto ciego humano que acababa de hacer una pregunta entrometida cuya respuesta sincera implicaría sacar a colación el tema del entrometimiento y meter a Sylvanshine en un aprieto de relaciones humanas antes incluso de llegar al Centro, lo cual por un momento le pareció terriblemente injusto e inundó a Sylvanshine de autocompasión, una sensación no tan oscura como el ala de la desesperación, pero sí teñida del carmín de un resentimiento que era al mismo tiempo mejor y peor que la furia ordinaria porque carecía de objetivo específico. No parecía haber nadie en particular a quien culpar; en el aspecto de Gary o Gerry Britton había algo que evidenciaba que su pregunta era una extensión inevitable de su carácter y que no era más culpable del mismo que una hormiga de meterse en tu ensalada de patata durante un picnic: las criaturas hacían lo que hacían y no se podía hacer nada al respecto.