Pasé el año 2006 inmerso en las antiguas enseñanzas de Lao-tse, estudiando su monumental obra, el Tao Te Ching. Leí, medité, viví, y después escribí un ensayo sobre cada uno de los ochenta y un versículos del Tao, que muchos han considerado el libro más sabio que jamás se ha escrito. Aquella colección de ensayos se titula Cambia tus pensamientos, cambia tu vida: Vivir la sabiduría del Tao. Aprendí qué pensar, y hasta ahora sigo practicándolo, aunque está por encima de mi capacidad describir plenamente todo lo que Lao-tse me enseñó durante aquel año.
Ahora elijo pensamientos que sean flexibles, no rígidos; blandos, no duros. Pienso con humildad, no con arrogancia; con distanciamiento, no con apego. Practico el pensar en pequeño y lograr grandes cosas, además de pensar en armonía con la naturaleza, en lugar de con mi ego. La idea de no interferir sustituye a la de entrometerse y aconsejar. Prefiero las soluciones pacíficas a la idea de pelear para resolver las disputas. Opto por la conformidad, más que por la ambición; por llegar, no por esforzarse. Y lo más importante: elijo pensamientos que sean congruentes con el Gran Tao (Dios), en lugar de ilusiones sobre la propia importancia, conjuradas por el ego.
El libro que estás leyendo es el método «¡Basta de excusas!», y también está influido por el eminente maestro Lao-tse. En vista de que el Tao Te Ching me enseñó qué tipos de pensamientos armonizan con mi ser superior, le pedí a Lao-tse consejo para cambiar hábitos de pensamiento muy establecidos. Me di cuenta de que saber qué pensar no te sirve necesariamente para cambiar los pensamientos habituales de toda la vida. Así que he recurrido a la sabiduría de Lao-tse, meditando sobre sus enseñanzas y pidiéndole que me guíe para saber qué se necesita para provocar un cambio en los hábitos de pensamiento establecidos que se manifiestan como excusas. Mediante un proceso de escritura en el que sentí como si me estuviera dirigiendo una fuerza superior a mí mismo, el paradigma de «¡Basta de excusas!» fue evolucionando con la aparente cooperación de aquel hombre llamado Lao-tse, que vivió hace unos dos mil quinientos años.
¡Este paradigma funciona! He guiado a mucha gente a través de las siete preguntas que constituyen este nuevo y apasionante paradigma, y he visto cómo se producían grandes cambios, para mi complacido asombro y el suyo. (Incluso he probado el paradigma en mí mismo, dando la vuelta como por arte de magia a algunos hábitos de pensamiento.) Examinando el sistema de sostén que los individuos han ido construyendo durante un largo período de tiempo, que muchas veces se remonta a la primera infancia, y sometiendo estos gastados pensamientos a los siete pasos del paradigma, descubro que las excusas empiezan a desvanecerse, siendo completamente sustituidas por pensamientos que hablan con fervor, casi a gritos. ¡Sí, puedes cambiar cualquier patrón de excusas, por muy largo o profundo que haya sido el proceso de condicionamiento!
He visto a hombres y a mujeres diciendo adiós a una vida de sobrepeso o adicción a toda clase de sustancias, simplemente aplicando los principios inherentes al enfoque de la vida de «¡Basta de excusas!». Si estás interesado en serio en cambiar los viejos hábitos de pensamiento que te llevan a utilizar excusas como justificación para seguir igual, te animo a seguir las prácticas que se explican en estas páginas.
El gran poeta Rainer Maria Rilke comentó una vez que «detrás del mundo que delimitamos a base de nombres está lo que no tiene nombre: nuestro verdadero arquetipo y hogar». Yo añadiría: «Detrás del mundo que tus excusas describen, está el Gran Tao; deja que guíe tu vida y todas aquellas excusas se desvanecerán para que al fin puedas llegar a casa de una vez por todas».
WAYNE W. DYER
Maui, Hawai
La naturaleza esencial de todo ser humano es perfecta e impecable, pero después de años de inmersión en el mundo, olvidamos fácilmente nuestras raíces y adoptamos una naturaleza falsa.
LAO-TSE
No estaba besándola. Estaba susurrándole en la boca.
CHICO MARX
(Respuesta a su mujer, que le ha pillado besando a una corista)
Una excusa es peor y más terrible que una mentira.
ALEXANDER POPE
Se suele decir que los viejos hábitos no se dejan matar, implicando que es casi imposible cambiar los patrones de pensamiento establecidos desde hace mucho tiempo. Sin embargo, el libro que tienes en las manos se creó partiendo del convencimiento de que sí se pueden erradicar viejas y arraigadas maneras de pensar y actuar. Además, el método más efectivo para eliminar pensamientos habituales consiste en trabajar con el sistema mismo que creó y sigue manteniendo esos hábitos de pensamiento. Este sistema está formado por una larga lista de explicaciones y defensas que se puede resumir en una sola palabra: excusas. Así pues, el título de este libro es una frase dirigida a ti, y también a ese sistema de explicaciones que has creado. Mi intención es que todas las excusas desaparezcan.
¿Puedo introducir grandes cambios en mi manera de vivir? ¿Es posible cambiar pensamientos y conductas derrotistas que me han acompañado de manera constante desde que tengo memoria? ¿De verdad puedo dar media vuelta y desprogramarme, si nunca he conocido otra manera de pensar y actuar? He estado deprimido [o he sido testarudo, obeso, asustado, torpe, desafortunado, o cualquier otra descripción que quieras insertar aquí] toda mi vida. ¿Es factible o práctico que piense en eliminar estas viejas y familiares maneras de ser, y abrirme a un nuevo yo?
Este libro es mi respuesta a estas preguntas. Sí, hay una manera a tu alcance, aquí mismo y ahora mismo. Puedes desprenderte de cualquier idea no deseada pero permanente que se haya convertido en tu definición de ti mismo. «¡Basta de excusas!» es un método efectivo y fácil para eliminar hábitos de pensamiento muy arraigados que te impiden ser la persona que querrías ser.
El poder de tus creencias para mantenerte atascado es enorme. Esas ideas profundamente arraigadas actúan como cadenas que te impiden experimentar tu destino exclusivo. Tienes la capacidad de aflojar esas cadenas y hacerlas trabajar para ti, en lugar de contra ti, hasta el punto de poder alterar lo que tú creías que eran explicaciones científicas de tus limitaciones y características humanas. Me estoy refiriendo a cosas como tu constitución genética, tu ADN o el condicionamiento temprano que se te impuso cuando eras un embrión, un bebé y un niño. Sí, has leído bien. Tus creencias, todos esos patrones de energía sin forma que has adoptado como imagen propia, tienen la capacidad de cambiar espectacularmente y darte el poder para superar características no deseadas, o lo que tú supones de mala gana que es tu destino.
Las implacables ciencias de la genética, la medicina, la psicología y la sociología pueden hacer que te sientas impotente para superar hechos «demostrados» que se dice que determinan prácticamente todo lo que tiene que ver contigo. «No puedo evitar pensar así... Siempre he sido así. Es mi naturaleza y no se puede cambiar. Es lo único que conozco. Al fin y al cabo, te apañas con lo que se te da, y le sacas el mejor partido.» Todo esto son lamentos de los que optan por utilizar excusas para explicar sus vidas. (Nota: yo utilizo la palabra «excusas» para lo que muchos llaman «maneras de ser condicionadas».)
Todos los pensamientos limitadores que utilizo para explicar por qué no estás viviendo la vida plenamente —de modo que te sientas motivado, satisfecho y completamente vivo— puedes afrontarlos e invertirlos, por mucho tiempo que lleves sosteniendo esa creencia y por muy arraigada que esté en la tradición, la ciencia o la experiencia de la vida. Aunque parezcan obstáculos insuperables, puedes superar esos pensamientos, y puedes empezar por fijarte en cómo han estado funcionando para limitarte. Después puedes emprender un trabajo de desprogramación que te permita vivir una vida sin excusas, un día cada vez, un milagro cada vez, una nueva creencia cada vez.
¿Alguna vez has querido cambiar algún aspecto de tu personalidad, pero otra parte de ti insistía en que era imposible porque tu programación genética es responsable de cómo piensas, sientes y te comportas? Esa segunda parte de ti cree en genes que determinan biológicamente la infelicidad, la timidez, la obesidad y la mala suerte, entre otras muchas cosas. Te dirá que, debido a las cartas que te han dado, tienes un conjunto de genes del sufrimiento, junto con un buen lote de genes del aumento de peso, si esos son los aspectos que quieres cambiar. Esa parte de ti quiere ayudar, pero aunque lo más probable es que quiera protegerte de la decepción del fracaso, te mantiene atascado en una vida movida por excusas. Utilizar la excusa de la programación genética para no hacer nada con las características personales que te desagradan es algo popular y claramente aceptable en la cultura actual.
Por ejemplo, utilizando como racionalización la mencionada excusa de la predisposición genética, vivir en constante o innecesario terror se podría explicar diciendo que tienes una superabundancia de células del miedo, y no puedes hacer otra cosa. De este modo se formula una excusa formidable. No es de extrañar que una parte de ti se rebele cuando intentas ser valiente, ya que esa parte cree que no puedo cambiar mi biología. Una sensación de impotencia se apodera de ti cada vez que hay que alterar algo que está tan establecido que tú lo sientes como si eso fueras tú. Esto es particularmente cierto cuando observas rasgos y características que han estado contigo desde que tienes recuerdos. Y como para grabar más profundamente en tu visión general del mundo la idea de que «siempre has sido así», la parte limitadora de ti insiste: No se puede hacer nada; al fin y al cabo, no puedo cambiar mi biología básica.
Pues disculpa: gracias a los principios que comunico en este libro, te aseguro que puedes.
La creencia de que no podemos cambiar nuestra biología está empezando a ser discutida por científicos dedicados a la biología celular. Parece que los humanos sí que tienen la capacidad de cambiar e incluso invertir algunos de sus planes genéticos. La sinceridad y la curiosidad, junto con el deseo de librarse de las excusas, son los requisitos básicos para aprender acerca de la fascinante evidencia de la predisposición genética.
Uno de los pioneros de la nueva manera de entender el ADN, el doctor Bruce Lipton, es un biólogo celular que daba clases a estudiantes de medicina hasta que dimitió para dedicarse plenamente a investigar y dar conferencias. En un libro fundacional titulado The Biology of Belief, Lipton escribió que la vida no está controlada por genes; de hecho, sus investigaciones le llevaron a la conclusión de que son estrictamente planos del organismo. La energía invisible y sin forma que constituye el entorno de los genes es el arquitecto que transforma el plano en este misterio que llamamos vida. Citando cientos de resultados de investigaciones, Lipton llegó a la conclusión de que el viejo modelo médico que describe los elementos fundamentales de la vida como partículas físicas es equívoco, incompleto y, en la mayoría de los casos, falso. Empieza a ponerse en tela de juicio el tratamiento de enfermedades casi exclusivamente con drogas o cirugía para facilitar la curación.
Las conclusiones de Lipton le llevaron a dimitir de su puesto en la facultad de medicina de la Universidad de Wisconsin, porque descubrió que lo que había estado enseñando (el modelo de partículas físicas como fuerza controladora de la vida) era incorrecto. Se dio cuenta de que tanto el cuerpo humano como el universo mismo tienen una naturaleza mental y espiritual. Hay un campo de energía invisible, totalmente carente de propiedades físicas, que crea las partículas que llamamos «células», y este campo invisible es el único controlador del cuerpo. Así pues, dado que el cuerpo no es exclusivamente una máquina física, todos podemos descubrir cómo controlar nuestra salud e influir en ella.
Aún más asombroso es el descubrimiento de Lipton de que nuestros sistemas personales de creencias, incluyendo nuestras percepciones, tienen la capacidad de triunfar sobre nuestro patrimonio genético y nuestro ADN celular. Es posible influir en las partículas infinitesimalmente pequeñas que creíamos que eran los últimos determinantes de nuestras vidas. Es decir, cuando cambiamos nuestra manera de pensar y aprendemos nuevas maneras de percibir, podemos cambiar nuestro ADN.
En otras palabras, puedes influir en tu estructura genética y alterarla, modificando tu visión de ti mismo y de tu lugar en este glorioso misterio que llamamos vida. Tus percepciones tienen el poder de cambiar tu constitución genética; tus creencias pueden controlar y controlan tu biología. Esto puede sonar radical e incluso imposible, pero es este conocimiento el que te llevará a decir adiós a las excusas que has adoptado sin darte cuenta.
Te animo a sumergirte en The Biology of Belief. Te inspirará para reacondicionar tu mente a la posibilidad de que tus creencias tengan más peso del que sospechabas a la hora de determinar lo que puedes hacer, lo que emprenderás y hasta dónde eres capaz de llegar. Ahora echemos un vistazo a otra investigación que te ayudará a darte cuenta de lo que eres capaz de conseguir.
Que la mente controla el cuerpo es algo indiscutible. Probablemente has oído hablar de estudios documentados en los que un grupo de control recibió pastillas de azúcar creyendo que eran un remedio para, por ejemplo, la artritis, y que resultaron ser tan efectivas como el medicamento que se administraba para la artritis. Al parecer, este efecto placebo se debe a la creencia en la eficacia de la pastilla. Pero consideremos lo poderosa que es la mente cuando en vez de administrar pastillas de azúcar pasamos al mundo de la cirugía.
Un estudio de la facultad de medicina de Baylor, publicado en 2002 en el New England Journal of Medicine, evaluaba la cirugía en pacientes con grave y debilitante dolor en las rodillas (Moseley et al., 2002). El doctor Bruce Moseley, principal autor del estudio, «sabía» que una operación de rodilla ayudaba a sus pacientes. «Todo buen cirujano sabe que en cirugía no existe el efecto placebo.» Pero Moseley estaba intentando averiguar qué parte de la cirugía aliviaba a sus pacientes. A los pacientes del estudio se los dividió en tres grupos. En uno de los grupos, Moseley rebanó el cartílago dañado de la rodilla. En otro grupo, limpió la articulación de la rodilla, eliminando material que se pensaba que causaba el efecto inflamatorio. Ambas operaciones son tratamientos habituales para las rodillas artríticas. Al tercer grupo se le aplicó una «falsa» cirugía. Se anestesió al paciente, Moseley hizo tres incisiones típicas y después habló y actuó como hubiera hecho en una operación real. Incluso chapoteó con agua salada para simular el sonido del procedimiento de lavado de rodilla. Al cabo de cuarenta minutos, Moseley cosió las incisiones como si hubiera realizado la operación. A los tres grupos se les prescribió el mismo tratamiento postoperatorio, que incluía un programa de ejercicios.
Los resultados fueron sorprendentes. Sí, los grupos que fueron operados mejoraron, como era de esperar. ¡Pero el grupo placebo mejoró tanto como los otros dos grupos! A pesar de que cada año se hacen seiscientas cincuenta mil operaciones de rodillas artríticas, que cuestan unos cinco mil dólares cada una, los resultados estaban claros para Moseley: «Mi habilidad como cirujano no beneficiaba nada a aquellos pacientes. Todo el beneficio de operar la osteoartritis de la rodilla estaba en el efecto placebo». Los noticiarios de televisión ilustraron gráficamente los asombrosos resultados. Se pasaron filmaciones de miembros del grupo placebo caminando y jugando al baloncesto, es decir, haciendo cosas que decían que no podían hacer antes de la «operación». Los pacientes placebo no supieron hasta después de dos años que su operación había sido falsa. Un miembro del grupo, Tim Perez, que antes de la operación tenía que andar con bastón, ahora puede jugar al baloncesto con sus nietos. Y en una entrevista en el Discovery Health Channel resumió el tema de este libro: «En este mundo todo es posible si pones tu mente a ello. Sé que la mente puede obrar milagros» (Lipton, The Biology of Belief).
Yo creo que este tipo de investigaciones ofrece evidencias motivadoras para apuntarse al paradigma de «¡Basta de excusas!».
Otro procedimiento reciente puede invertir por completo un antiguo modelo médico. Parece que un hombre se cortó accidentalmente la falange superior del dedo índice y que, alterando las instrucciones genéticas, un equipo médico consiguió que le creciera en cuatro semanas una nueva punta del dedo, de 1,25 cm de longitud. Los dedos están programados genéticamente para rechazar las infecciones cuando se produce una herida de este tipo, así que el equipo médico sustituyó la punta cortada del dedo por células madre programadas para desarrollar un dedo. La nueva punta del dedo incluía carne, uña y cutícula. Se alteró el funcionamiento del ADN de este hombre introduciendo instrucciones recién programadas.
En numerosos estudios sobre depresión aguda, enfermedades cardíacas, artritis reumatoide, úlceras e incluso cáncer, el poder de la mente para superar estos trastornos triunfa sobre la práctica médica convencional, que trata las células en lugar del entorno en el que estas residen. La nueva biología está indicando con claridad que las creencias —algunas de las cuales son conscientes, pero la mayoría son subconscientes (o habituales)— determinan nuestra salud física y mental, además de nuestro nivel de felicidad y éxito.
El escritor James Allen comentó que «no atraemos lo que queremos, sino lo que somos». He reflexionado mucho tiempo sobre esta idea. Hasta hace poco, aceptaba la idea de que lo que somos está bastante determinado por complejos procesos genéticos y por las cadenas de ADN heredadas de nuestros padres y antepasados. Pero he cambiado de opinión. Mi nueva filosofía personal es que lo que soy está determinado en primer y principal lugar por lo que creo, y eso me lleva a concentrarme conscientemente en el hecho de que los rasgos o limitaciones heredados de mis antepasados no son, ni mucho menos, la última palabra. Ahora para mí hay una sorpresa encerrada en las palabras de James Allen: al cambiar lo que creo, cambio lo que soy. Como consecuencia de este cambio en mis creencias, he atraído a mi vida algunos aspectos nuevos y maravillosos, incluido el impulso de escribir este libro y compartir contigo sus revelaciones.
Mientras te abres paso a través de estas páginas, recuerda que eres lo que crees, no lo que se te dio genéticamente. Si te concentras en que eres un conjunto de creencias, sintonizarás con los mismos tipos de energía. A medida que lees, recuérdate que atraes lo que eres, no lo que quieres; y que tú eres tus creencias, no tus células. Como explica The Biology of Belief, tu actividad mental es lo bastante fuerte para superar a las partículas materiales y a las influencias del condicionamiento y la programación que adoptaste sin darte cuenta en tus años de formación.
Además de nuestra dotación genética, la otra gran excusa que la mayoría de nosotros utiliza para justificar la infelicidad, la mala salud y la falta de éxito es el condicionamiento familiar y cultural con el que se nos programó. En este aspecto, existe un fascinante campo de investigación que se llama memética y se ocupa de la mente, y que es análogo a la relación de la genética con el cuerpo. Así como la unidad básica de la genética es el gen, la unidad básica de la memética es el meme. Pero a diferencia de un átomo o un electrón, el meme no tiene propiedades físicas. Según Richard Brodie, en su obra Virus of the Mind, es «una idea, creencia o actitud de la mente que se puede propagar a y desde las mentes de otras personas».
Richard Dawkins, el biólogo de Oxford que acuñó la palabra «meme», describe el proceso en su libro El gen egoísta. Tal como yo lo entiendo, la memética se deriva de la palabra «mímica», que significa observar y copiar una conducta. Esta conducta se repite y se transmite a otros, y de este modo avanza el proceso de imitación. El punto clave es este: transferir a otros una idea, actitud o creencia es algo que se hace mentalmente. No encontraremos memes con un microscopio, por mucho aumento que tenga: pasan de mente a mente a base de cientos de miles de imitaciones. A los seis o siete años de edad, todos estamos ya programados con un vastísimo inventario de memes que actúan de manera parecida a un virus. No son necesariamente buenos ni malos. Simplemente, se propagan con facilidad por toda la población.
Una vez que un meme entra en tu mente, puede influir e influirá sutilmente en tu conducta. Esta es una de las maneras en que adquieres una enorme cantidad de excusas que te mantienen atado a hábitos de conducta. Por ejemplo: «Mis memes me obligaron a hacerlo. No puedo evitarlo. Estas ideas (creencias, actitudes) se me han transmitido de mente a mente desde hace generaciones, y no puedo hacer nada acerca de mi manera de pensar. Estos memes han sido los elementos con los que se construyó mi mente, y no puedo desprogramarme de estos virus de la mente, que no paran de replicarse y propagarse. Estas ideas (memes) forman parte de mí hasta el punto en que es imposible “desinfectarme” de los resultados de todos estos virus de la mente». Cada excusa sobre la que leerás en este libro es, en realidad, un meme que una vez se plantó en tu mente.
Richard Brodie utiliza la palabra «virus» para describir lo que ocurre en la mente cuando se imita y se repite. El objetivo fundamental de un virus es hacer el mayor número posible de copias de sí mismo, penetrando siempre que aparece una abertura y propagándose a tantos huéspedes como sea posible. De manera similar, tú eres huésped de incontables memes; son los pensamientos arraigados y las particularidades de conducta de tu personalidad. Te has pasado años repitiendo y replicando ideas que viajaban de una mente a otra, difundiendo esas ideas y creencias a muchos otros.
Los memes son difíciles de extirpar porque se han convertido en lo que tú crees que eres. Librarse de ellos es como intentar deshacerse de uno de tus órganos vitales, y te quita energía vital. De hecho, muchos memes fueron firmemente implantados por tus padres durante tus primeros años de vida en familia, y no sería raro que llegaran a ti fácilmente transferidos desde tus abuelos. Dado que las ideas quedan fijadas en tu mente aunque procedan de otras mentes, se convierten en tu realidad, y con frecuencia en tu vida entera.
Personalmente, me resulta fascinante que existan unidades pequeñas e invisibles que yo permití que me implantaran en la mente y que aún siguen influyendo en mi manera de pensar y actuar. Es más, he cogido estos virus de la mente y se los he pasado a mis hijos... Sin darme cuenta, me he convertido en un portador.
He aquí algunos ejemplos que continúan surgiendo en mi vida:
Me crié con una mentalidad de la Depresión. A pesar de que nací en 1940, cuando la Gran Depresión ya terminaba, mis padres y abuelos vivían malos tiempos económicos y me comunicaron muchos de sus mensajes de escasez. No gastes a lo loco; ahorra para el futuro, porque las cosas se pondrán peor; hay escasez en todas partes; los suministros de alimentos son mínimos; no desperdicies nada; cómete todo lo que tienes en el plato; no tienes suficiente dinero... Estas ideas me fueron transmitidas de manera invisible mientras yo crecía en el Medio Oeste durante los años cuarenta. Yo adopté o imité estas ideas y me dejé convertir en un instrumento de estos virus de la mente. Crecieron dentro de mí y yo los propagué por todos los sitios adonde iba, hasta que quedaron plenamente instalados en mi mente y en muchos de mis actos.
Aunque ahora tengo más de sesenta años, estos memes están muy vivos todavía, y siguen intentando replicarse y propagarse. Hasta cierto punto, cumplen una función, aunque de vez en cuando trabajan horas extras. Mi mundo no está amenazado por la pobreza, por ejemplo, pero aún soy una persona muy cuidadosa con el dinero, que prefiere ahorrar y no tirar cosas que conservan cierta utilidad. Respeto estas actitudes, que sin duda se originaron en mi infancia, cuando fueron programadas en mi mente subconsciente y habitual. Pero ¿de verdad necesito recuperar tubos de pasta de dientes usados que mis hijos tiraron a la papelera, y exprimirles con mucho esfuerzo otras dos semanas de producto... cuando he ganado dinero suficiente para comprar la fábrica de pasta de dientes?
He aquí otro virus mental que he observado últimamente: debo de haber imitado el enfurruñarme cuando no me salgo con la mía, cuando era el menor de tres hermanos o en una serie de casas de acogida, porque recuerdo mis formas adultas de enfurruñamiento (poner mala cara e incluso gritar) cuando tenía treinta y tantos o cuarenta y tantos años. Hace poco, estaba solo en mi despacho y me sentía frustrado porque no encontraba algo que necesitaba. A medida que aumentaba mi frustración, me iba poniendo cada vez más irracional: levanté la voz, protesté en voz alta (a pesar de que allí no había nadie más), dije palabrotas y anduve a zancadas por toda la casa hasta que me quedé aturdido y con el estómago revuelto. Este incidente duró uno o dos minutos, y después me calmé por fin y encontré el libro al que yo consideraba culpable de mi drama privado.
¿Por qué estoy confesando esta escena ridícula, dado mi deseo de que me vean como un maestro espiritual racional? Porque ilustra un argumento de este primer capítulo. Cuando era un embrión, un bebé, un niño, debí de observar este tipo de conducta y la imité. El meme me infectó, replicándose y propagándose desde la mente de un pariente o amigo hasta la mía. Y ahora, unos sesenta años después, puede que tenga instalada una excusa para comportarme de manera lo bastante irracional para avergonzarme de mi comportamiento infantil y ponerme enfermo. La excusa está a mano para que yo la utilice: Siempre he reaccionado exageradamente a la frustración; eso forma parte de mí. No tengo ningún control cuando me pongo a dar zancadas y culpar a quién sabe qué, diciendo palabrotas y quedándome inmovilizado porque no puedo soportar mi frustración. Las posibilidades son inagotables para excusar esa conducta, pero la pregunta que tengo que plantearme es: ¿De verdad quiero aferrarme a estos hábitos de conducta que son capaces de ponerme enfermo?
Igual que yo, tú tienes miles de ideas y actos imitados, que absorbiste mediante el contacto con otros individuos en el entorno de tu infancia. Cuando los virus mentales te son útiles, es un placer observarlos y expresar gratitud en silencio. Pero cuando siguen atormentándote toda tu vida, impidiéndote cumplir tus deseos, lo aconsejable es empezar a librarse de ellos. Porque ahora estos virus mentales, o memes, pueden actuar en tu contra de mil maneras, pero tú puedes cambiarlos. (Aquí me apresuro a añadir que haciéndome consciente de mi inclinación a utilizar viejas respuestas a mis frustraciones, respuestas que ya no son sensatas ni prácticas, y estando dispuesto a hacer el trabajo de desprogramación de mis hábitos de pensamiento, ahora soy consciente de esas tentaciones infantiles y elijo comportamientos más sanos. Y lo mejor es que así soy más eficaz al encontrar las cosas perdidas que antes me dejaban atontado.)
Pensar que siempre serás pobre, que tendrás mala suerte, que siempre serás demasiado grueso o demasiado delgado, que siempre tendrás una personalidad adictiva, que nunca atraerás a tu pareja del alma, que seguirás teniendo estallidos de ira, que siempre carecerás de habilidad musical, artística o atlética, o que siempre serás tímido porque siempre te has sentido así... son excusas. Y cuando las ves como lo que son, puedes eliminarlas. En cambio, si estás convencido de que son rasgos de personalidad y hábitos de pensamiento firmemente arraigados y que no se pueden combatir, cuando parezca que la vida no coopera te chuparás simbólicamente el pulgar y te echarás a llorar. Pero créeme, es mucho más energizante y satisfactorio practicar el sistema de «¡Basta de excusas!». Utilizar un nuevo conjunto de hábitos de pensamiento mejorará tu vida y te ayudará a atraer todo lo que eres realmente. Y al mismo tiempo, estarás modelando una nueva y mejor manera de vivir para la gente que te rodea y que son víctimas desprevenidas del virus de la excusa.
Has sido una superestrella memética desde que naciste, imitando creencias y conductas de otras influencias, además de tu familia y tu estructura social. Las influencias de tu formación religiosa, de tu cultura étnica, de los programas y anuncios de televisión, etcétera, se han convertido en una parte fija de tu mente habitual. No tengo intención de examinar todas las maneras en que has adquirido creencias, porque eso es algo que solo tú puedes hacer. Estoy escribiendo este libro para ayudarte a adquirir conciencia de las excusas que utilizas para comportarte de maneras que no te ayudan a conseguir el nivel de salud, felicidad y éxito que deseas. Estoy de acuerdo con el emperador romano Marco Aurelio, célebre por su inteligencia como líder y por su conciencia espiritual. Se cuenta que dijo: «Nuestra vida es lo que nuestros pensamientos le hacen ser».
Tus maneras de actuar se apoyan en tus patrones de pensamiento; es decir, tus ideas te resuelven o te arruinan la vida. Aunque algunas funcionan a nivel consciente y son fáciles de reconocer, otras están profundamente incrustadas en tu subconsciente. Sin embargo, yo prefiero llamar «mente habitual» a esa parte de ti tan intensamente programada que es casi una segunda naturaleza automática.
Para mí, «subconsciente» implica algo que está por debajo del nivel de conciencia creativa, una especie de entidad misteriosa que no se puede conocer. Dado que el tema central de este libro es que todo lo que se utiliza para explicar por qué piensas y actúas de maneras contraproducentes es una excusa, me parece que llamarlo «subconsciente» es insistir en esta idea: No puedo evitarlo, no puedo hablar de ello, y desde luego no puedo cambiarlo; porque al fin y al cabo, está por debajo de mi nivel de conciencia, donde yo vivo mi vida.
Personalmente, me resulta difícil trabajar con una parte de mí que no está dentro de mi vida consciente. Por eso prefiero llamar «mente habitual» a ese enorme depósito de vaciedad, que nos aleja a todos de nuestro dharma divino y de nuestro nivel óptimo de salud, felicidad y éxito. Y aunque estos tipos de pensamiento puedan parecer inalcanzables, te aseguro que saldrán a la superficie si adoptas una actitud «¡Basta de excusas!».
Este primer capítulo te ha presentado recientes investigaciones y observaciones que están acrecentando nuestro conocimiento de la condición humana. Me propongo ayudarte a utilizar esta información para alterar las partes de tu vida que están incapacitadas por la vieja ciencia y el pensamiento antiguo. Para resumir, básicamente existen dos grandes excusas que todos utilizamos:
—La primera es: De verdad que no puedo evitar ser como soy; al fin y al cabo, uno no puede cambiar su ADN. Mi constitución genética es la culpable. La nueva biología dice que hay un campo de energía que rodea todas tus células y que está contenido en ellas, y este campo está influido por tus creencias. Además, a partir de este campo se crean todas las partículas. Es la única entidad que gobierna el organismo. Aproximadamente el 95 por ciento de la gente no tiene causas genéticas para la enfermedad, la depresión, el miedo o cualquier otro trastorno.
Ahora, en el siglo XXI, la ciencia te invita a dejar de creer que eres una víctima de tu dotación genética, porque un gran volumen de evidencias demuestra empíricamente que tus creencias pueden cambiar tus genes. Te animo a examinar esta fascinante idea más a fondo que lo que yo puedo ofrecer aquí. Hay una parte invisible de ti que puedes llamar inteligencia, función superior, Tao, pensamiento, fe, espíritu, Dios... tú eliges.
—La segunda gran excusa tiene sus raíces en tu primera infancia y el condicionamiento familiar. Te influye de tantísimas maneras que probablemente sientes que es un aspecto de tu vida del que es imposible librarse. Despídete también de esta. Aunque te han infectado con un meme de tradición, programándote para repetirlo y transmitirlo a las generaciones futuras, eso no significa que seas incapaz de desinfectarte y reprogramar tu mundo interior.
Estas curiosas no entidades llamadas memes son pensamientos que tú permites que te dominen. Y no te equivoques: todas las excusas que has utilizado en tu vida son en realidad memes disfrazados de explicaciones. No obstante, tú puedes desprogramarte de estos virus mentales. Al virus no le importa si está contribuyendo a tu bienestar o a tu malestar, porque solo quiere penetrar, replicarse y propagarse. Pero tú no tienes por qué ser víctima de algo que se transfirió de otra mente a la tuya. Tus creencias han hecho que estos memes parezcan tu segunda naturaleza. Pero las excusas son solo pensamientos o creencias, y tú eres quien decide lo que quieres guardar como guía de tu vida.
Un breve pasaje del Dhammapada da una idea de la ruta que los individuos recorren al avanzar hacia su perfección inherente y su realización. Saborea esta antigua sabiduría e incorpora su mensaje al moderno conocimiento de la genética y la memética: «Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado. Todo se basa en nuestros pensamientos. Está hecho con nuestros pensamientos. Si uno habla o actúa con un pensamiento puro, la felicidad le sigue como una sombra que nunca desaparece».