Si uno confiara en la versión estadounidense de Walt Disney de Pinocho (1940), creería que al final de sus andanzas la marioneta de madera se convierte en humano y acaba siendo un niño feliz. Después de correr innumerables aventuras, Pinocho aprende que la honestidad es la mejor de las reglas con que regirse, mensaje que ha ido reiterando Pepito Grillo, la voz moral de la película. Sin embargo, la novela italiana de Carlo Collodi que vio la luz en 1883 se aleja, y mucho, de esta descripción. Es cierto que Pinocho se alegra de convertirse en humano al final de la historia, pero cada capítulo posee un elemento tragicómico que provoca que uno se pregunte por qué la marioneta debe soportar tanto sufrimiento para convertirse en un chico honesto y correcto. ¿Pretendía el autor ejemplificar con Pinocho, el arquetipo del buen chico malo, que hay que aprender a asumir la responsabilidad de los propios actos? ¿O bien pretendía mostrar la dura realidad de la infancia de los pobres en la Italia del siglo XIX? ¿O acaso es Pinocho una reflexión crítica sobre la infancia del escritor? Al fin y al cabo, Carlo Collodi no nació en el seno de una familia adinerada, ni con el apellido Collodi. Sus padres eran sirvientes, por lo que las probabilidades de que acabara siendo un periodista importante o un escritor famoso eran muy pocas. Su propia educación y evolución tienen un aire a cuento de hadas, de modo que para poder entender exactamente por qué su Pinocho, en contraste al personaje de Walt Disney, es así de tragicómico, tendríamos a bien observar la vida y la época en que vivió Collodi.
Nacido en Florencia el 24 de noviembre de 1826 bajo el nombre de Carlo Lorenzini, Collodi se crió en el seno de una familia de clase baja junto con nueve hermanos, de los cuales solo dos sobrevivieron, debido a las precarias condiciones en las que vivían. Sus padres, Domenico y Angela Lorenzini, eran sirvientes del marqués Lorenzo Ginori, un aristócrata rico que pagó la educación de Collodi. De hecho, sin su ayuda nunca habría ido a la escuela. Sus padres eran muy pobres y tenían tantos hijos que mandaron a su primogénito, Carlo, a vivir con sus abuelos al pequeño pueblo natal de su madre, Collodi, a las afueras de Florencia. Cuando cumplió diez años, el marqués Ginori, a modo de «hado padrino», se ofreció a correr con los gastos de sus estudios y envió al joven Carlo a estudiar sacerdocio en el seminario de Colle di Val d’Elsa. Collodi era travieso por naturaleza y le desagradaba la disciplina monástica, así que pronto se dio cuenta de que no estaba destinado a convertirse en cura. A los dieciséis años empezó a estudiar filosofía y retórica en el instituto de los padres escolapios de Florencia. Dos años después encontró un trabajo en la libreria Piatti, un establecimiento de renombre donde ayudó a elaborar catálogos a Giuseppe Aiazzi, uno de los especialistas en manuscritos antiguos más importantes de Italia. En aquella época Collodi conoció a muchos intelectuales y periodistas, y despertó su interés por la literatura. En 1848, sin embargo, se vio arrastrado por el fervor patriótico a tomar parte en la lucha por la independencia de Italia contra los austríacos. Después de la derrota de las tropas italianas aquel mismo año, tuvo la suerte de conseguir un puesto como funcionario en el gobierno municipal de Florencia mientras, a la vez, ejercía como periodista, editor y dramaturgo. En 1853 fundó la revista de sátira política Il Lampione con el propósito de alumbrar a sus compatriotas sobre la opresión política, pero pronto se prohibió su publicación porque el Gran Duque, leal a las autoridades austríacas, consideraba subversivos sus polémicos escritos. Sin darse por vencido, Collodi fundó otro periódico, Lo Scaramuccia (1854),[1] más versado en teatro y artes que en política, y que se comercializó hasta 1858. Aparte de publicar numerosos artículos, también intentó escribir comedias, pero no gozaron de mucho éxito. En realidad, gozaba de mayor éxito con la política, y era un conocido activista entre los círculos liberales.
Cuando estalló la segunda guerra de la Independencia en 1859, Collodi se presentó voluntario para la caballería, y esta vez vencieron los italianos. No solo derrotaron a los austríacos en el norte de Italia, sino que además, en 1861, Giuseppe Garibaldi unificó casi todo el país. Fue en el período entre 1859 y 1861 cuando Collodi, todavía conocido como Lorenzini, se vio envuelto en una discusión sobre la unificación italiana con el profesor Eugenio Alberi de Pisa, un reputado periodista político. Para contestar a la postura contraria de Alberi, Collodi escribió un panfleto que reivindicaba la nueva Italia, titulado Il signor Alberi ha ragione! Dialogo apologetico (1860), y lo firmó con el seudónimo de Collodi, en honor a la aldea natal de su madre. Esa fue la primera vez que usó tal nombre, sin saber que así sería como acabaría resultando conocido mundialmente, sobre todo tras la publicación de un libro para niños.
A pesar de estar convencido de que la unificación era positiva para Italia, Collodi pronto se percató de que los cambios sociales que se esperaban para todos los italianos nunca ocurrirían. Al contrario, la nobleza se aprovechó de la derrota de los austríacos para perpetuar la corrupción existente en un gobierno que apoyaba el desarrollo de la industria y de las clases acomodadas. Él, no obstante, fue afortunado, pues desde 1860 hasta 1881 mantuvo el cargo de funcionario en la comisión de censura teatral y en la prefectura de Florencia. Estos puestos de trabajo le permitieron convertirse en el director de escena del Teatro della Pergola de Florencia y participar en el comité editorial que emprendió la investigación para crear una enciclopedia del dialecto florentino. Con todo, Collodi, que seguía firmando con su nombre, no abandonó su carrera como periodista ni escritor independiente. De hecho, publicó una serie de cuentos en Io Fanfulla. Almanacco per il 1876 (1876) y en Il Novelliere (1876), los cuales fueron reescritos como escenas de la vida florentina y publicados en Macchiette (1880), el primer libro que firmó con el seudónimo de Collodi. Además, tradujo una selección de relatos franceses del siglo XVIII de Charles Perrault, madame d’Aulnoy y madame Leprince de Beaumont, publicados en 1876 bajo el título I raconti delle fate. En 1879 decidió versionar los cuentos didácticos del escritor italiano del siglo XVIII Parravinci en el libro Giannettino, el primero de una saga que continuó con Il viaggio per l’Italia (1880), La grammatica de Giannettino 1882), L’abbaco di Giannettino (1885), La geografia di Giannettino (1886), entre otros, todos ellos libros de texto para niños de primaria.
Todos estos trabajos prepararon el camino para Las aventuras de Pinocho, aunque en realidad no fuera concebido como un libro. El verano de 1881 los editores de un semanal infantil, Il giornale per i bambini, encargaron a Collodi una serie de cuentos, el primero de los cuales, publicado en julio de aquel mismo año, se tituló «Storia di un burattino». Durante los dos años siguientes, Collodi siguió escribiendo las historias de Pinocho para el semanal, y en 1883 Felice Paggi las reunió en un libro que llevaba por título Las aventuras de Pinocho. A pesar de que el volumen fue todo un éxito, y que cuando Collodi murió en 1890 ya había alcanzado la cuarta edición, el autor nunca obtuvo beneficios de su comercialización ya que no existían leyes de derechos de autor que ampararan a los escritores. El libro fue traducido por primera vez al inglés en 1892 por Mary Alice Murray, y a mediados del siglo XX ya se había publicado en cien lenguas diferentes, y se había abreviado, censurado, parodiado y adaptado al teatro, al cine y a la televisión.[2] Que gozara de tanta popularidad se debe seguramente al hecho de que Pinocho es una historia simbólica sobre la infancia que trasciende su origen italiano y habla tanto a los jóvenes como a los ancianos de la formación de un gandul. Es la historia consumada del Horatio Alger del siglo XIX, un cuento sobre cómo salir adelante con los propios medios, que demuestra que hasta un trozo de madera tiene la capacidad de ser bueno, humano y útil para la sociedad. Además, es también una historia de castigo y conformidad, un relato sobre una marioneta que, sin cuerdas, está atada a la coacción social de tal forma que no puede seguir su propio camino, sino que lo manejan fuerzas superiores, simbolizadas por el Hada y Geppetto. Es gracias a esta tensión tragicómica que el personaje de Pinocho vive y atrae a todos los públicos. Y aún más relevante resulta la estructura de cuento, que reviste los episodios de optimismo y nos permite olvidar hasta qué punto la infancia puede llegar a ser dura y traumática, sobre todo la infancia en la Italia del siglo XIX.
En este sentido es importante recordar la manera única con que Collodi empieza Las aventuras de Pinocho:
Érase una vez…
—¡Un rey! —dirán enseguida mis pequeños lectores.
No, chicos, os habéis equivocado. Érase una vez un trozo de madera.
El autor plantea desde un buen principio que trabajará la tradición cuentística de una forma muy innovadora, igual que habían estado haciendo en Inglaterra William Thackeray (La rosa y el anillo, 1855), Lewis Carroll (Alicia en el País de las Maravillas, 1865) y George MacDonald (La princesa y los trasgos, 1872). Como Hans Christian Andersen, que había empezado a escribir sus inusuales relatos en 1835, Collodi fusionó géneros basados tanto en el cuento oral popular como en el literario para crear su propio mundo mágico habitado por criaturas estrambóticas. Dar la vuelta a los géneros y al mundo real le sirvió para cuestionar las normas sociales de su época y poner en duda las nociones sobre la infancia.
Collodi, de forma consciente, usa el folklore para jugar con la tradición universal de los «Jack tales»,[3] que normalmente tratan sobre un chico ingenuo y bienintencionado que, a pesar de no ser muy listo, se las compone para llevar una buena vida y superar todos los peligros que encuentra. A veces, incluso, al final del relato acaba siendo rico y exitoso, pero en general ya se da por satisfecho solo con volver a casa sano y salvo. En Italia hay una larga tradición de cuentos orales sobre campesinos desmañados, cuya ingenuidad es una bendición que les permite vencer las dificultades aventura tras aventura. También en la Toscana, la región donde creció Collodi, eran costumbre los cuentos sobre sus habitantes, como «El florentino», de Italo Calvino, publicado en Cuentos populares italianos, y en el que se narra la historia de un joven florentino que cree que es un zopenco porque nunca ha salido de Florencia y no tiene aventuras que contar. Cuando se marcha de su ciudad para viajar casi pierde la vida en el enfrentamiento contra un gigante despiadado, del que consigue escapar, pero pierde un dedo en el intento. Después de esta aventura, a su regreso a Florencia, ya está curado de las ganas de ver mundo. Lo significativo en todos los cuentos de este estilo, sin importar el país o región de origen, es que la «bondad» esencial del protagonista —es decir, su buena naturaleza— lo protege de las fuerzas del mal, y en muchos casos aprende a usar su ingenio para engañar a los enemigos que lo quieren confundir o aprovecharse de él.
Los cuentos de «Jack», género que prevalece en muchas naciones, no abundan en la tradición literaria europea, porque aquí las narraciones estaban destinadas a adultos de determinada clase social. Los campesinos desmañados no despertaban ningún interés a las clases educadas, excepto como objeto de burla. Sin embargo, las narices sí que gozaban de gran éxito, y Collodi lo sabía gracias a los cuentos franceses que había traducido. Por ejemplo, en el relato de Charles Perrault «Los deseos ridículos» (1697), un leñador maldice a su esposa, a quien se le pega una salchicha a la nariz. En el cuento de madame Leprince «Prince Désir» (1757), un príncipe nace con una nariz muy larga y obliga a todos sus vasallos a pensar que las narices largas son las más bonitas hasta que una vieja hada lo castiga por su arrogancia y vanidad. Además de las narices, el burro o el asno también resultaban familiares y atractivos. El ejemplo más famoso es El asno de oro de Apuleyo, escrito en el siglo II, que cuenta la historia de Lucio, un hombre joven que se convierte en asno a causa de llevar una vida decadente, y que para volver a su forma humana debe probar a la diosa Isis que conoce el verdadero significado del amor. Hay un gran número de cuentos populares y de hadas, desde Sueño de noche de verano de Shakespeare (1600) hasta El pequeño Muck de Wilhelm Hauff (1827), en los cuales un hombre es convertido en asno como castigo por un comportamiento inmoral o estúpido. Los tópicos de la nariz extraordinaria o de la transformación en asno, en efecto, atraían a Collodi, pero no son solo ellos los que hacen tan especial la historia de Pinocho. Lo que de verdad la convierte en una historia fascinante es esa combinación de las tradiciones popular y literaria que refleja la situación de los niños pobres, analfabetos y traviesos durante la segunda mitad del siglo XIX en Italia. Además, Collodi nunca escribió tan solo para lectores jóvenes. Su obra pretendía llegar también a los adultos, con la intención de sugerir una forma de educar a los niños, en especial a los que parecían tener más dificultades.
Si se lee como una especie de Bildungsroman, como un cuento de hadas con la estructura de una novela de aprendizaje, se puede interpretar que Las aventuras de Pinocho son la representación de cómo los niños pobres, si se les da la oportunidad, pueden responsabilizarse de ellos mismos y de sus familias, y convertirse en personas de provecho para la sociedad y en seres humanos compasivos. Después de todo, Pinocho está literalmente tallado en madera, una sustancia inanimada, y se convierte por arte de magia en un niño humano, a cargo del bienestar de su pobre padre. El tema de la educación o de la evolución, sin embargo, es muy complejo, pues en un principio Collodi no tenía planeado dejar que Pinocho creciera. De hecho, había intentado terminar la serie publicada en Il giornale per i bambini en el capítulo 15, donde el protagonista acaba colgado de la rama de un roble, visiblemente muerto. Incluso llevaba impresa la palabra «finale» al final del episodio cuando apareció en la entrega del 10 de noviembre de 1881, pero al recibir tal alud de quejas por parte de los lectores, tanto jóvenes como adultos, Collodi se vio forzado a retomar las aventuras de Pinocho en el periódico del 16 de febrero de 1882. En otras palabras, se obligó al autor a «educar» a su protagonista de madera a pesar de la perspectiva pesimista inicial. De un modo irónico, el autor puso en duda desde el principio el tema principal de la obra, la evolución de un trozo de madera en niño, de la misma forma que cuestionó la estructura optimista de los cuentos de hadas. Este cuestionamiento es consecuencia de la tensión entre el escepticismo y el optimismo en la novela. Además, la propia estructura de los episodios también contribuye a esa tensión porque nunca se concibieron para culminar en una novela, de la misma forma que Pinocho nunca se concibió para que acabara siendo un humano. En principio tenía que servir como un ejemplo negativo de lo que le sucede a un niño pobre que, a la que tiene la oportunidad de prosperar en la sociedad, sucumbe a las tentaciones del placer. La decisión de ahorcarlo en el fascículo de noviembre de 1881 de Il giornale per i bambini suponía un castigo por el mal comportamiento y la ignorancia de Pinocho. Pero, como ya he mencionado, no se permitió que el ahorcamiento durara mucho.
Collodi concibió cada capítulo para el periódico de tal forma que se mantuviera el interés de los lectores por el extraño destino de un trozo «vivo» de madera que se convierte en una marioneta. Y lo consiguió a través de la ironía y el suspense. Sin caer en lo predecible, casi cada episodio empieza con una situación extraña que lo arrastra hacia la tragedia y que roza el ridículo al mismo tiempo. Sin embargo, Collodi creó un mundo de cuento de hadas patas arriba que recordaba en cierto modo a la Toscana, pero que cambiaba la forma sin cesar, en el que cualquier cosa era posible, y jugaba con picardía con los lectores, dejándolos en suspenso al final de cada capítulo. Cada episodio es un embrollo, y un embrollo lleva a otro. Nunca terminaba ningún capítulo. Hasta el mismo final del libro puede considerarse «inacabado», pues es incierto lo que le depara a Pinocho una vez convertido en humano. Todavía es un niño, dispone de muy poco dinero y no tiene estudios. Nada indica que vaya a prosperar como lo suele hacer el protagonista de un cuento de hadas tradicional, por mucho que haya desarrollado el sentido de la responsabilidad y de la compasión. Pinocho sobrevive a la infancia y se le ha civilizado para encaminarse hacia la edad adulta, pero no queda claro hacia donde dará el primer paso.
Dado el carácter inacabado de la evolución de Pinocho, el mayor y más persistente interrogante que surge a lo largo de este cuento de hadas trasformado en novela de aprendizaje es si merece la pena volverse «civilizado». Es lo que Mark Twain se preguntaba en la misma época, cuando escribió Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), pues de algún modo su protagonista es la versión americana de Pinocho, porque los dos chicos se ven expuestos con brutalidad a la hipocresía de la sociedad, y además les obligan a adaptarse a los valores y normas que en un principio les llevarán a triunfar. Huck acaba rechazando la civilización, mientras que Pinocho hace las paces con la ley y el orden.
Además, por último, Collodi hace que nos preguntemos de dónde ha surgido esta socialización, y si nos fijamos en cómo la gente y las fuerzas sociales de su alrededor tratan al inocente trozo de madera, cuyos pecados consisten en ser travieso e ingenuo, descubriremos que hay algo trágico en la forma en que le pegan y lo someten para domesticarlo. Desde el principio, los orígenes de Pinocho están marcados por el hecho de que Geppetto talle la marioneta en forma de niño porque quiere ganarse la vida con él. Por decirlo de forma simple, su padre lo «pare» porque quiere usarlo para embolsarse dinero. Geppetto no tiene ningún interés en averiguar quién es su hijo ni qué deseos tiene. Es una inversión de futuro. Esto no implica que Geppetto sea un padre insensible, pero su relación con Pinocho es ambivalente a causa de su deseo inicial de crear una marioneta que sepa bailar, hacer esgrima y dar saltos mortales para ganarse un mendrugo de pan y un vaso de vino. En otras palabras, se supone que Pinocho tendrá que complacerle, y Geppetto, literalmente, tiene en sus manos los hilos de su destino. En el capítulo 7, después de que Pinocho pierda los pies, Geppetto se niega a hacerle unos nuevos, pero Pinocho le convence diciéndole: «Le prometo, papá, que aprenderé un oficio y que seré el consuelo y el báculo de su vejez». Geppetto cumple el deseo de su marioneta, y esta le demuestra su gratitud expresándole el deseo de asistir a la escuela. Poco después se conmueve cuando Geppetto vende su zamarra para poder comprarle el abecedario que necesita para estudiar. Collodi escribe: «Y Pinocho, aunque fuese un chico muy alegre, se entristeció también; porque la miseria, cuando es auténtica miseria, la entienden todos, hasta los niños».
Por un lado, Pinocho quiere existir y socializa para satisfacer a su padre; y por otro, no puede controlar sus instintos naturales, que lo llevan a explorar el mundo y a buscar el placer. Atrapado en un dilema (complacer a su padre significa renunciar a los placeres), Pinocho, como niño pobre y analfabeto, debe aprender que «pueden pasar mil cosas», como dice Geppetto; es decir, puede ser físicamente sometido y obligado a ejercer como un trabajador de provecho, con los instintos rebeldes reprimidos. El autor muestra con un minucioso análisis de clase que los italianos pobres de aquella época no tenían otra elección si querían prosperar en la vida. Usando a Pinocho como una figura simbólica, Collodi tortura y castiga a la marioneta cada vez que se desvía de la norma y del comportamiento aceptable: pierde las piernas porque se le queman, le crece la nariz cuando miente, lo cuelgan del roble, lo meten en la cárcel cuatro meses, un granjero lo captura y lo utiliza de perro guardián, un pescador lo captura con una red y casi lo fríe como si fuera un pescado, se transforma en burro, lo obligan a trabajar en un circo, casi se ahoga para evitar que lo despellejen y se lo traga el escualo gigante.
Collodi no era para nada un sádico en su forma de educar a los niños. Él, sobre todo, creía en «el que evita la vara, estropea a su hijo», pero disfrutaba representando castigos desproporcionados para los «crímenes» de los jóvenes. A propósito de esto, se aprecia un paralelismo interesante con el libro ilustrado de cuentos infantiles del siglo XIX Pedro Melenas (1845), de Heinrich Hoffmann, que contiene siete hilarantes historias aleccionadoras en verso. Sin afectación, cada uno de los relatos ilustrados de Hoffmann cuenta a los niños con detalles muy gráficos qué les ocurrirá si no hacen lo que les mandan. Con la excepción de la historia de Paulina y los cerillos y la del cazador desalmado, todos sus versos ingeniosos tratan sobre niños malcriados que reciben sus merecidos castigos por desobedecer las normas burguesas de la decencia. Así, Federico debe guardar cama con mucho dolor mientras el perro que ha maltratado se come su apetitosa cena; un sastre le corta los pulgares a Conrado porque no deja de chupárselos; y Juan se cae en un río, pierde la cartera y casi la vida porque no mira por dónde pisa. En estas historias los versos son más crueles que en Las aventuras de Pinocho, pero lo importante es que tanto Hoffmann como Collodi son muy representativos de la idea general que se tenía en Europa sobre qué actitud debía tenerse con los niños y sobre la importancia del castigo corporal. Ambos apoyaban la educación moral y rigurosa y al mismo tiempo, de un modo inconsciente, la cuestionaban a través de los retratos cómicos de sus buenos chicos malos.
Las formas de castigo de la novela de Collodi son, por supuesto, tan absurdas que pueden hacer reír a los lectores, pero la risa se mezcla con el alivio de no tener que sufrir esas torturas. Además, esa risa es instructiva, pues van aprendiendo qué deben evitar a través de los errores de Pinocho y cómo alcanzar la dignidad. Es la consecución de esa dignidad personal como ser humano el elemento más crucial del fin de las aventuras de Pinocho. Como en la mayoría de cuentos de hadas, el protagonista se ve obligado a cumplir una serie de cometidos para obtener su recompensa, dos de ellos clave: en primer lugar, Pinocho tendrá que salvar a Geppetto, y en segundo, deberá cumplir la promesa que le hace al Hada y demostrar que puede ser obediente, honesto y diligente. Sin importar todo lo que sufre, se esfuerza y acaba por ganarse el reconocimiento de esta. También aprende a distinguir entre el bien y el mal, entre el comportamiento de la marioneta ridícula y el del niño responsable. En este sentido, la narración de Collodi es un cuento de hadas novelado sobre la formación de su protagonista claro y sobrio, más allá de las escenas humorísticas y grotescas.
En el revelador trabajo Adam and Eve and Pinocchio: On Begin and Becoming Human, el psicoanalista Willard Gaylin usa la novela como paradigma para explicar cómo, a partir del lado narcisista de un niño, se crea un ser humano vivo y sensible.[4] Se centra en temas como la dependencia, el trabajo, la conciencia y el amor para demostrar cómo Pinocho adquiere la dignidad humana a través de diferentes experiencias de aprendizaje que lo capacitan para entender de qué modo sus actos afectan a la gente que lo rodea y, al mismo tiempo, a su entorno. Hacia el final de la novela, es decir, hacia el final del proceso de formación de Pinocho, este comprende que el amor no significa autocomplacencia narcisista, sino el placer profundo de darse a los demás que contribuye a la fuerza de la cohesión, de la moral y la civilización en la vida humana.
Para los lectores de la época de Collodi, la mayoría de clase media y con estudios, Las aventuras de Pinocho supusieron un modelo de comportamiento civilizado que lanzaba una advertencia a los granujas traviesos. Y lo más importante, la novela buscaba distinguir el comportamiento moral del inmoral. Por lo que se refiere al mismo Collodi, podemos especular que este consideraba Las aventuras de Pinocho, en parte, como representativas de las dificultades que él mismo sufrió y que tuvo que superar para que la sociedad florentina de la época lo aceptara, una perspectiva que coincidiría con la de otros lectores de clase baja. El público de hoy en día se sorprenderá al descubrir que la novela no es como la película de Disney, que seguramente habrá visto antes de leer la obra original. Se dará cuenta de que el autor dio rienda suelta a su imaginación con mayor vigor que Disney, y que hizo evolucionar la marioneta a muchos niveles, con el firme propósito de entender y preguntarse qué significa «civilizar» a un niño. En realidad, gracias a la imaginación desbordante de Collodi, tenemos un ejemplo completo de lo que implicaba para un niño pobre crecer en la sociedad italiana del siglo XIX. Pero es quizá más importante que este cuento de hadas novelado trascienda de preguntas sobre la identidad y la historia nacional hasta lograr que nos cuestionemos cómo «civilizamos» a los niños en estos tiempos incivilizados.
JACK ZIPES
1996