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BIENVENIDOS A WELCOME

Entre los maltratados arbustos de una montaña desierta, se erigen, como diosas de otro mundo, las siete letras blancas que dan nombre a la ciudad (W, E, L, C, O, M, E). Y en la radio suena, sin remedio, «Haz conmigo lo que quieras», canción que popularizó hace un par de años Anita Velasco, única hija de la histriónica Peggy Sue, cuyo verdadero nombre es todavía un misterio.

Como himno oficial de la ciudad, «Haz conmigo lo que quieras» suena día y noche en las oficinas de la Administración Local y al menos una vez cada hora en emisoras y pequeños comercios. Los grandes se libran gracias al pago de un impuesto millonario. Y, pese a que las estadísticas aseguran que la canción es responsable de ocho de cada diez suicidios en la ciudad, el alcalde se niega a hacerla desaparecer. Entre otras cosas, porque fue el himno de la campaña que le permitió instalarse en El Rancho, nombre con el que se conoce vulgarmente la residencia del Alcalde, con mayúsculas, sea quien sea.

Eso y que, según las malas lenguas, está perdidamente enamorado de la joven. Anita Velasco, que fue elegida en marzo Chica Más Guapa Del Año por segundo año consecutivo, había asegurado esa misma noche en horario de máxima audiencia que era lesbiana. Quizá, también según Malas Lenguas, la revista más vendida de la ciudad, para quitarse de encima a la marabunta de admiradores que dormían a las puertas de su casa desde que el Welcome Times publicó aquel desnudo a nivel nacional.

Sea cual sea el caso, y como acostumbra a decir Rita Mántel, lo único que hizo Anita fue pisar suelo recién fregado. Oh, sí, porque la marabunta no se fue a ningún sitio. Simplemente cambió de sexo y, no sólo no disminuyó en número, sino que, según La Siempre Efervescente Lu, compañera de la Mántel en la redacción de Malas Lenguas, aumentó en una veintena de girl-scouts procedentes de Boston.

Así que, cuando Anita Velasco salió de casa aquella mañana y tropezó, como hacía siempre, con la última arruga de la alfombrilla de la entrada, cayó encima de una tienda de campaña rosa.

–¿Por qué rosa? –le preguntó una hora después La Siempre Efervescente Lu a la propietaria de la tienda.

–Me la compró mi madre. Cree que así me volveré otra vez chica –dijo la joven, lectora de cómics de Súper Chica, poetas suicidas y novelas eróticas protagonizadas por rubias tontas y tipos raros.

Ni siquiera alzó la vista cuando lo dijo. Lu era rubia y podía ser tonta, así que lo único que consiguió fue ruborizarla. La chica se puso tan roja que podría haber hecho juego con las uñas de Rita Mántel, que, en aquel preciso instante, tamborileaban junto a su teclado de piel de melocotón a casi diez kilómetros de la mansión de Anita Velasco.

Rita estaba leyendo el último mensaje de su tristeamante. Así lo llamaba ella. Sólo Bobo conocía su verdadero nombre, pero Bobo nunca hablaba con nadie que no fuera Rita.

–Dice que quiere atragantármela, querido.

–OH, eso es ESTUPENDO –dijo Bobo.

Bobo se pintaba las uñas de los pies porque a su madre le gustaba.

–Píntate esas uñas, jodido negro –decía su madre.

Pero nadie tenía ni idea de lo que era ser Bobo Sedán.

–Esta noche –dijo Rita.

–OH –respondió Bobo.

Sí, Rita y Bobo veían demasiadas películas. Sobre todo, los domingos por la tarde. Porque, ¿para qué demonios ha de querer sino una un domingo por la tarde, querido?

–¿Crees que debería llamarle?

–¿Llamarle? –A Bobo a veces le temblaba el ojo derecho y eso quería decir: No seas estúpida, querida porque yo no lo sería.

–LLAMADAS ESTÚPIDAS –dijo Amanda, pasando como un velocirraptor que hubiera perdido toda su agilidad a cambio de un masculino, fibrado e incómodo cuerpo, la dirección de la revista más vendida de la ciudad, un par de tacones de acero destilado en Texas, un rubio oxigenado y una envidiable frente peluda.

–¿DÓNDE ESTÁ LU? –preguntó Amanda, haciendo un alto en el camino.

–¿Lu?

–HE DICHO: ¿DÓNDE ESTÁ LU?

–¿Pasa algo, querida?

–HE DICHO DÓNDE.

–Oh, debe andar con esas lesbianas –dijo Rita.

–¿QUÉ LESBIANAS?

Amanda también se pinta las uñas de los pies. Lo hace porque su psiquiatra se lo pidió. Le dijo: Tienes que pintarte esas uñas, Amanda.

–¿TÚ CREES?

–¿Cómo demonios quieres ser alguien con esas uñas?

–¿TÚ CREES? –repitió Amanda.

Luego se pintó las uñas. Y al día siguiente su hermano era alcalde de la ciudad. Así que, oh, querida, esas uñas no están nada mal.

–Anita Velasco –informó la Mántel.

–¿ANITA?

–La enviaste TÚ misma –aclaró, aquella mañana, Rita.

Amanda resopló. Su flequillo en forma de caracol se estrelló contra su frente. Ahí va. Sí. Cada vez que resopla. Ahí va. Salta y se estrella. Buf. Salta y se estrella.

–LU–LU–LU –gritó, alejándose hacia el mostrador de Ginger Ale.

Oh, Ginger Ale. Cada día es el mismo repetido para Ginger Ale. Pero a nadie le importa, porque Ginger Ale sólo es la chica que sonríe tras el mostrador. La chica que sonríe y dice, Oh, buenos días, y, Oh, hasta luego. Ginger toma pastillas para no dejar de sonreír. Ginger es un poco estúpida. A veces se queda dormida con el teléfono en la mano y la sonrisa en la boca. Las pastillas para no dejar de sonreír provocan somnolencia.

Hace tres días, cuando la nave espacial se estrelló contra el Centro Comercial 33, Ginger estuvo a punto de hacerse pedazos la mandíbula.

Además de somnolencia, las pastillas para no dejar de sonreír provocan una aceleración del ritmo cardíaco que el somnífero incluido en la mezcla intenta mitigar, pero que, en ocasiones de elevada exposición al Mundo Real, se traduce en un peligroso castañeteo de dientes que puede hacerte pedazos la mandíbula.

–¿QUÉ DEMONIOS LE PASA? –gritó Amanda, entonces.

–Efectos secundarios, querida –dijo Rita.

Y nadie dijo nada más. Tres minutos después, Ginger se desmayó y ya no hubo más ruido de dientes. Vernon se agachó a comprobar si seguía viva y aprovechó para meterle mano bajo el sujetador.

–¿ESTÁ VIVA? –gritó Amanda.

–Sí –dijo Vernon.

–PUES A TRABAJAR –gritó Amanda.

–¿Y la dejamos aquí, querida? –preguntó Rita.

–HE DICHO: A TRABAJAR.

–Oh, sí, claro, querida.

Así que se pusieron a trabajar y al rato Ginger despertó.

–He debido resbalar.

Y se metió en el cuarto de baño.

Luego salió y se sentó tras el mostrador.

Y allí seguía.

–LLAMA A LU –gritó Amanda.

–Claro, señorita Arden –dijo Ginger, y, sin dejar de sonreír, marcó el número de Lu.

Amanda resopló. El flequillo saltó y se estrelló. Buf. Buf. Salto. Salto. Buf.

–DILE QUE VENGA.

–Sí, señorita Arden –susurró Ginger.

Amanda se dio media vuelta y se alejó. Y cuando estuvo lo suficientemente lejos, se metió en su despacho. BAUM.

–¿Lu? –Esa era Ginger.

–¿Sí?

–Soy Ginger.

–Dime, Ginger.

–Amanda quiere que vengas.

–Estoy con el tema de Anita.

–Amanda quiere que vengas.

–Dile que estoy con el tema de Anita, Ginger.

–Creo que ya lo sabe.

–¿Ya lo sabe?

–Sí. Y quiere que vengas.

–Oh, Dios. Dile que ahora mismo voy.

–Vale.

–Hasta ahora, Ginger.

–Oh, gracias, Lu.

Lu solía tratar a Ginger como una persona. El resto no. Para el resto Ginger era como la alfombrilla que uno pisa antes de entrar en casa.

–¿Está en casa de Anita? –preguntó Rita, en cuanto Ginger colgó.

–Sí. Pero ya viene.

–Oh, claro. Ya.

La puerta del despacho de Amanda se abrió de repente y Amanda gritó:

–¿RITA?

–¿Sí, querida?

–VEN.

– Voy.

La gigantesca rubia cerró la puerta (BAUM) antes de que Rita pudiera mover un dedo. Bobo se encogió en su silla azul.

–Ten cuidado.

–Lo tendré, querido.

–A veces muerde –añadió el joven, mostrándole la cicatriz que empequeñecía en su mano izquierda.

–Lo sé. No te preocupes. Necesito llegar entera a mi cita de esta noche.

–Oh, claro –dijo él, y sonrió.

Luego se concentró en la página que parpadeaba en la pantalla. Leyó. LEO: PENSAR EN EL PASADO ES COMO MASCAR CHICLE DESTEÑIDO. Oh, no, debería decir: como mascar UN chicle desteñido. Sí, eso es, eso es, se dijo Bobo. Luego tecleó UN.

El despacho de Amanda Arden olía a Landom, el perfume más caro del mundo. Casi tanto como las paredes de goma que se había hecho instalar hacía apenas un par de semanas. La insonorización era perfecta. Podría haber estallado un dinosaurio oficinista allí dentro y el último en salir hubiera cerrado con llave.

–No quiere que la oigamos gritar –había sugerido Lu.

–Oh, claro, debe hablar con sus fantasmas –había añadido Rita.

Nadie conocía nunca a ningún amigo de Amanda Arden.

–O con su hermano –sugirió Lu.

Bobo asintió. Claro, su hermano.

–SIÉNTATE.

Rita acababa de entrar en el despacho de Amanda y ella acababa de pedirle que se sentara. Así que Rita se sentó.

–¿Sí, querida?

–EN PRIMER LUGAR, QUIERO QUE DEJES DE LLAMARME «QUERIDA».

–Oh, claro.

–NO QUIERO OÍRTE DECIR «QUERIDA» NUNCA MÁS.

–Oh, sí.

–Y TAMPOCO QUIERE OÍRTE DECIR «OH».

–De acuerdo.

Rita se quedó sin aire. Estuvo a punto de ahogarse. ¿Cómo quiere que hable? ¿Cómo DEMONIOS quiere que sea YO así?

–BIEN. AHORA QUIERO HABLAR DE ESA NAVE.

–¿Qué nave?

–LA NAVE QUE SE ESTRELLÓ CONTRA EL 33.

–¿Eso era una nave?

–NO.

–¿Entonces?

–QUIERO QUE ESCRIBAS UN ARTÍCULO.

–¿Un artículo?

–¿QUÉ SE SUPONE QUE HACEMOS AQUÍ?

–Oh, sí.

–NO OH.

–De acuerdo.

–ESCRIBE UN ARTÍCULO SOBRE ESA SERIE.

Cuando la supuesta nave se estrelló contra el Centro Comercial 33 había un total de mil seiscientas tres personas dentro. Y toda esa gente iba a protagonizar una serie de televisión en alguna parte. La serie se llamaría Mil Seiscientos Tres.

¿Qué serie?

–DIME QUE NO SABES DE QUÉ TE HABLO Y ESTARÁS DESPEDIDA.

–Oh, Amanda, querida…

–¿CON QUIÉN ESTOY HABLANDO?

Buf. Salto. Buf. Salto. Y el flequillo se estrella contra la frente. Buf. Salto.

–Perdón. Amanda. Perdón. De acuerdo. La serie.

–LA NAVE ES UN CEBO PUBLICITARIO. Y TODA ESA GENTE ESTÁ EN ALGÚN LUGAR. QUIERO QUE LA ENCUENTRES.

–¿A quién?

–A TODA ESA GENTE.

–Sí.

–Y QUIERO QUE ENTREVISTES A UNOS CUANTOS PORQUE VAMOS A PUBLICAR UN REPORTAJE.

–Claro.

Hacía meses que Rita no salía de la redacción. A Rita le gustaba cuidar de sus uñas y de sus zapatos y una no podía cuidar de sus uñas y mucho menos de sus zapatos si salía a la calle. Rita odiaba las malditas calles en descomposición de su ciudad. Pero Rita tenía que conservar su trabajo. No sabía por qué, pero tenía que hacerlo. Así que se despidió de lo que era y se dispuso a ser cualquier otra cosa. Imaginó un teatro y luego imaginó que las luces se apagaban y que el telón se hacía pedazos y allí estaban sus diez uñas rojo sandía, diciendo adiós.

2. Brandy Newman es demasiado torpe para ser detective

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BRANDY NEWMAN ES DEMASIADO TORPE

PARA SER DETECTIVE

El Inspector Jefe estaba dando vueltas en la silla de su despacho cuando Greg El Gordo entró. Greg El Gordo también era aficionado a las sillas giratorias. Greg giraba durante horas en la peluquería de su madre. Y ese era todo el ejercicio que hacía. Pero ese no era todo el ejercicio que hacía el Inspector Jefe. El Inspector Jefe presumía de vientre plano y músculos de acero. El vientre plano se lo debía a Subhero, la compañía que hacía tres años había conseguido aislar el componente de la heroína que eliminaba TODA la grasa que se consumía y había empezado a comercializarlo en forma de minúsculas cápsulas de color gris. Y los músculos de acero se los debía al gimnasio que había montado en el sótano de su cabaña de corcho sintético, situada a pocos metros de la primera de las letras blancas que componían el nombre de Welcome en la abandonada colina que daba la bienvenida a la ciudad.

–Inspector. El detective ha llegado –dijo Greg, y cerró la puerta a sus espaldas.

–¿Eh?

El Inspector detuvo su silla.

–El detective, Inspector –repitió Greg.

–Ah, el detective.

–Sí.

–¿Está aquí?

–Está ahí fuera, Inspector.

–Dile que pase.

Greg asintió y salió. El Inspector abrió el primer cajón de su escritorio y sacó el espejo de mano. Se retocó el flequillo. Luego se retocó los labios y los ojos. Júpiter Ron era adicto al maquillaje. Podría decirse que el maquillaje le había salvado la vida, como había salvado la vida de aquella, su BENDITA, ciudad.

Al otro lado de su espejo de mano, mucho más allá, detrás de la puerta de su despacho, Greg El Gordo se aproximaba al escultural tipo que lidiaba con una de las seis máquinas de café que Jup había hecho instalar junto a su despacho.

–¿Oiga? –dijo Greg El Gordo.

Greg necesitaba ayuda para atarse los cordones de los zapatos. Empezó a necesitarla a los siete años cuando, tras un atracón de fresas de goma, presumiblemente contaminadas con redoblagrasas, engordó ciento tres kilos.

–¿Sí?

El detective se dio media vuelta, de la manera más extraña y brusca que le fue posible dadas las circunstancias (teniendo en cuenta que estaba agachado junto a la ranura de las monedas), y se cayó al suelo. Con tan mala fortuna que, antes de que su recién estrenada americana azul se estrellara contra el linóleo amarillento de la comisaría, se abrió la ceja izquierda con la silla más próxima a la máquina que había elegido.

–¡OH DIOS! –gritó, al caer.

–¿SE ENCUENTRA BIEN? –preguntó Greg.

–No se preocupe –El detective se llevó la mano a la cabeza.

–¡Está sangrando! –bramó Greg.

Y sí, el detective sangraba. Pero no parecía importarle demasiado. Se incorporó, se sacó un pañuelo del bolsillo y se lo colocó sobre la herida.

–No es nada –dijo.

Luego volvió a meterse la mano en el bolsillo. Sacó una especie de pastillero. Se sentó en una de las sillas. Se tomó una pastilla. Era blanca y sabía a yogur desnatado. Se la tomó y se sintió bien al instante. No había quemazón en la ceja. Puede que no hubiera ni ceja. Estupendo. Volvió a guardarse aquella especie de pastillero.

–¿Se encuentra bien? –insistió Greg.

–Estupendamente. –El detective sonrió.

–Sigue sangrando.

El detective se quitó el pañuelo de la frente. Había dejado de sangrar.

–¿Cómo ha hecho eso? –Greg no había oído hablar de las pastillas Noherida.

–¿El qué? –El detective se limpió la sangre seca. Cuando acabó, no quedaba más que una diminuta cicatriz.

–¿Dónde está la herida?

El pilotito rojo de la máquina de café que había estado trasteando el detective se apagó de repente y una voz metálica anunció: «Su café está listo, caballero».

–¿Le apetece un café? –El detective le tendió el vaso de plástico a Greg.

Greg lo cogió sin pestañear.

–Supongo que el Inspector me espera –dijo luego aquel tipo extraño con aspecto de superhéroe. ¡Se cura las heridas! ¿Qué demonios está pasando aquí?

Greg asintió y le señaló una puerta.

–Gracias –dijo el detective y luego–: Intente disfrutar de ese maldito café.

Greg asintió, pensando en, oh, mierda, ¿y si mamá mintió? ¿Y si mamá mintió y los superhéroes existen? ¿Y si están entre nosotros?

Mientras, el detective había llamado (TOC TOC) a la puerta del Inspector.

–¿Inspector? –preguntó, entrando.

El Inspector estaba apostado junto a la ventana. Acababa de reprimir un bostezo. El mundo era TAN aburrido. Y la parte del mundo que podía ver desde la ventana de su despacho era el no va más del aburrimiento. Juéguenselo al ajedrez y ganarán, sea cual sea la década en la que termine su partida.

–Siéntese –al Inspector le gustaba hacerse el Mire Qué Duro Soy, así que siguió dando la espalda al escultural detective hasta que le oyó ocupar su lugar en la crujiente silla de los detenidos o amigos o amantes.

–Bienvenido a Wel –dijo, dándose la vuelta y (VIÉNDOLE)–. Come.

–Gracias –el detective sonrió.

Oh, Dios mío, es. Oh, Dios, LE-A-MO.

–¿Hace este tiempo en su ciudad? –Oh, trata de mantener la calma, Jup.

–Oh, sí. Más o menos. Quizá haga un poco más de frío.

–El frío es terrible, ¿no cree? –Jup se acercó a su mesa y la rodeó como lo habría hecho Bette Hellbum, su actriz favorita. La Gran Bette.

–Oh, bueno. El verano es peor.

–Puede –dijo el Inspector, sentándose en su sillón.

Le apetecía quitarse la camisa y dejar que el joven (y ESPECTACULAR) detective le viera en camiseta. Pero no podía hacerlo. No todavía.

–Welcome es estupenda –dijo el detective, echándole un vistazo a la ventana que el Inspector acababa de dejar.

El sol se colaba por entre los pliegues de la cortina a rayas como si fuese el único inquilino posible del despacho.

–Sí. Estupenda. –Jup abrió el segundo cajón de su escritorio–. ¿Quiere una copa?

–¿Una copa?

–¿Qué demonios le ha pasado ahí? –Jup había advertido la pequeña cicatriz.

–Oh, nada.

–Un tipo duro, ¿eh?

El detective sonrió. Jup también sonrió. El maquillaje se encogió en sus mejillas.

–¿Una copa, entonces? –insistió.

–Una copa, ¿por qué no?

El Inspector se retiró parte del flequillo de la frente y sacó una botella del cajón. Brandy Newman. Luego sacó un par de vasos. Eran pequeños pero eran vasos. Sirvió las dos copas. Le tendió una al detective y alzó la otra. Brindaron. El Inspector le guiñó un ojo. El detective se pisó el pie izquierdo.

–Por esa jodida nave –dijo el Inspector.

El detective sonrió. Luego imitó a Jup y apuró el minúsculo vaso. Jup le miró y sonrió. Luego sirvió otro par de copas.

–No se corte. Puede beber tanto como le apetezca.

–Oh, gracias, señor. –El detective le dio un trago al segundo vaso.

–No me llame señor, llámeme Júpiter.

–¿ Júpiter?

–Mi padre era astrónomo y mi madre. Bah. También puede llamarme Jup. Parece usted un buen tipo. ¿Cómo puedo llamarle yo?

O estoy soñando o ese viejo acaba de guiñarme un ojo. Otra vez. Otro ojo. ¿Por qué no recoges tus cosas y te largas por donde has venido?

–Brandy –dijo, porque acababa de ocurrírsele–. Brandy Newman.

–¿Brandy Newman? ¿Como el brandy?

–Sí. Es curioso. Sí –El tipo que se hacía llamar Brandy se rio de la ocurrencia de Jup, que creyó haber sumado al menos dos tantos al servirle aquel par de copas.

–Oh, Brandy. Estupendo. –Jup se rio. Jup tenía demasiados años y había pedido demasiados deseos, justo antes de soplar las treinta, cuarenta, cincuenta, cincuenta y nueve velas, pero hasta ese maldito día (oh, sí, ya puedes anotarlo en tu diario, viejo) ninguno de ellos se había cumplido (di algo de una vez, Jup, deja de reírte de lo que sea que te estés riendo y di algo)–. ¿No es usted de por aquí, entonces?

–Oh, no. Bueno. Sí. Mis padres lo eran.

–Aaah, los padres. Malditos, ¿verdad? Malditos padres.

–Oh, bueno, sí.

–¿Quiere otra? ¿No se ha bebido todavía esa?

–No.

–Pues beba, querido Brandy.

¿Querido?

–Esa jodida nave va a darle demasiados dolores de cabeza.

–Oh, no. No suele dolerme la cabeza.

–Mejor, uhm, bueno, será mejor que hablemos del asunto.

–Sí.

–No quiero que mis hombres se involucren.

–Entiendo.

–La nave es un cebo publicitario.

–Un cebo, sí.

–¿Lo ha leído?

–Oh, sí –dijo, pero la respuesta era, ¿de qué demonios me está hablando?

–Bien. Me gustan los chicos informados.

Claro, estupendo.

–En realidad no sabemos qué es ese chisme, aunque a nadie le preocupa demasiado. Me refiero a nadie de aquí dentro, ya sabe. La gente se volvería loca si supiera algo. Ya sabe cómo son. Qué voy a contarle. Es usted detective privado. Sólo le pido que no juzgue mal a los chicos de esta bendita ciudad. Me refiero a los chicos de aquí dentro. No queremos que nadie. Ya sabe.

–Oh, sí.

–El problema es toda esa gente muerta.

–¿Qué gente?

–La gente que estaba en el maldito centro comercial cuando la nave. Ya sabe. Se estrelló. ¿Le gustan los centros comerciales, Brandy?

–No.

El Inspector se rio.

–¿Murieron ahí y ustedes no han dicho nada?

El Inspector dejó de reírse.

–No.

En la cara del Inspector podía leerse la palabra CUIDADO (así, en mayúsculas). Así que Brandy dijo:

–Entiendo –y como Jup no dijo nada, añadió–: ¿Y qué hacen ahora?

–Retirarlos. Los retiramos en furgonetas publicitarias.

–¿En furgonetas publicitarias?

–Oh, sí. Nos están pagando mucho por hacerlo. Aunque en realidad no saben nada. Nuestros hombres las conducen. Ellos no saben nada. El propio cliente cree que todo es cosa de la publicidad.

–Oh, eso es, es estupendo, Inspector.

–Jup.

–Jup, sí.

–Pero usted tiene que entrar ahí y descubrir qué demonios es ese chisme.

–Tengo que descubrir qué es ese chisme.

–Sí. El alcalde quiere saber si hay alguien dentro y si ese alguien querría hablar con él. Las elecciones están cerca, ¿sabe?

–Entiendo –dijo Brandy.

–Cuando las elecciones se acercan cualquier movimiento es… Ya sabe. Como en el ajedrez. Cualquier movimiento puede ser jaque mate.

–Claro.

El Inspector le miró como si acabara de abrírsele un agujero de bala entre ceja y ceja. Luego se retocó el flequillo, que volvió a caer sobre su frente, y sonrió, de medio lado, como sonríen los vaqueros en las películas. Se bebió su copa de un trago.

–Bien –dijo luego.

–Sí. Supongo que debo irme –dijo Brandy, y apuró su copa.

–No tiene por qué irse a ningún sitio si no quiere –dijo el Inspector, alargando la mano sobre la mesa y posándola sobre la del detective.

–Oh. –Brandy se puso en pie de un salto. La mano de Jup quedó sobre la mesa, inquieta–. Debería, eh, empezar cuanto antes.

–Eso está bien. Muy bien. –Jup sonrió–. ¿Cenamos juntos esta noche?

¿Cenar? ¿Quién se ha creído que es? ¿Mi chica?

–Sería un placer para mí, Inspector, pero este trabajo. Ya sabe. Nunca sé si podré cenar. Usted debe saberlo mejor que nadie.

–Lo único que sé, querido Brandy, es que soy su jefe. Así que si yo le digo que a las diez en el Calvados es a las diez en el Calvados. No se preocupe por el tiempo. Hay demasiado tiempo. El tiempo está por todas partes.

Brandy asintió.

–¿Conoce el Calvados?

–No.

–Enviaré un coche a su hotel.

–Oh, no se moleste.

–Le recogerá a las diez menos cuarto.

Brandy asintió.

3. La niña, el piano y el zapato

3

LA NIÑA, EL PIANO Y EL ZAPATO

Cuando tenía siete años, Sarah Du dibujó su primera cucaracha. Lo hizo después de leer un libro llamado El tipo cucaracha. Luego creció y se convirtió en dependienta de videoclub, pero siguió dibujando cucarachas. Un día encuadernó un buen puñado de sus historietas y se las llevó a un editor. Después de echarles un vistazo, sorprendido por lo macabro de las viñetas, el editor quiso saber por qué dibujaba cucarachas. Y luego quiso saber por qué las mataba como si fueran personas. Por qué las descuartizaba. Oh, sí, ahí está, la pregunta estrella. Todos querían saber por qué. Por qué, por qué, por qué. Pero Sarah no sabía por qué. Así que se encogió de hombros y dijo:

–No sé.

El editor asintió, devolvió las historietas a su carpeta y le preguntó si había leído El tipo cucaracha. Como todos los demás. Todos creían que Sarah dibujaba cucarachas porque había leído aquel jodido libro y siempre le recordaban el caso de una cría que se dejó aplastar por un piano porque creyó que era un zapato. Claro. Estupendo.

–Así que trabajas en un videoclub –dijo luego, porque eso es lo que solían decir todos después del rollo de la cría y el piano y el zapato.

Y Sarah dijo: Sí.

Porque era cierto. Pero ¿a quién le importaba? Ese tipo no tenía más que echarle un vistazo a sus dibujos y decir: Oh, son estupendos o: Dios mío, son terribles, y nada más. Nada más. Porque, ¿a quién le importaba lo que había leído de niña?

A todos. Porque puede que todos supiesen lo que iba a ocurrir. Puede que todos supiesen que un día, una nave espacial se estrellaría contra el CC33 y Sarah Du estaría a punto de convertirse en aquella cría del piano y el zapato.

Y ahora Sarah tenía una costilla menos. También tenía seis puntos en la pierna izquierda y una ceja de mentira. Sarah no solía salir los martes por la tarde pero el martes pasado salió. Había quedado con alguien en la puerta del CC33. El chico parecía un buen chico, pero sal y verás. Cuando intentaba abrir la boca se imaginaba devorada por una esponja carnívora.

–Verás qué bien –decía su madre.

Y ella no podía decir nada.

–Verás qué bien –repetía su madre.

Y ella seguía sin poder decir nada.

Eran las cinco y trece y ella había quedado a las cinco y cuarto y estaba leyendo cualquier cosa, una revista, un cartel publicitario, cualquier cosa, y entonces ocurrió. De repente estaba en el suelo y ¡OOHDIOSMÍO! ¡ESTOYARDIENDO! ¡SACADME DE AQUÍ! ¡OOOHSACADME! ¿POR QUÉ NO PUEDO OÍRME? Había fuego y pies y zapatos y bufandas y calcetines y manos ardiendo, en el suelo, ardiendo, junto a ella. ¡OOOOHDIOSMÍO! ¡ESTOYARDIEEENDO!

–¿Es ESA mi bufanda? –le pareció oír que decía el tipo que ardía a su lado, y entonces cerró los ojos y lo siguiente que vio fue el envoltorio de su chocolatina favorita. Estaba en una mesita. Una mesita de hospital. Y ella estaba en la cama que hacía juego con la mesita.

–¡CARIÑO! –gritó alguien.

Sarah levantó la vista. Oh, no, se dijo. Y entonces fue cuando intentó decir algo por primera vez en tres días y no pudo decir nada.

–OHESTÁSBIENESTÁSBIENCARIÑO –decía su madre.

Volvió a intentarlo. No pudo abrir la boca.

–OOOOOHCAAARIÑO –dijo su madre.

Estaba llorando.

Sarah cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, estaba en una silla de ruedas.

Bien, podemos irnos. Podemos irnos y puedes explicarme qué ha pasado. Quiero saber qué ha pasado. Y quiero saber por qué has estado comiéndote mis chocolatinas.

–Verás qué bien, cariño –dijo su madre.

Y luego:

–He llamado a Ron. Vendrá a buscarte esta tarde. Dice que quiere llevarte a un sitio. Dice que va a conseguirte un autógrafo de Anita. No sabía que te gustaba Anita. Oh, ya verás, cariño. Verás qué bien.

No me gusta Anita, pero la veré, sí, porque no puedo hacer mucho más, pensó Sarah. Y luego se añadió, Bueno, puedo oler esta maldita silla de ruedas. Huele a azufre. No, soy yo la que huele a azufre, se dijo. Oh, miradla, es el mismísimo SATANÁS, pero no temáis, miradla, está en silla de ruedas, y apenas puede abrir los ojos, porque está cubierta de vendas.

Oh, Sarah, la estúpida momia, ardió como una antorcha.

–El doctor ha dicho que en un mes podrá quitarte las vendas, cariño. ¡Un mes! Un mes y estarás como nueva, cielo.

No, no voy a estar como nueva, ¿me estás oliendo? Huelo a azufre, como el demonio, mamá, así que aléjate de mí, enséñame a hacer girar este chisme y aléjate de mí de una maldita vez.

–Verás qué bien.

Sarah Du era la única superviviente de la masacre que había provocado aquella nave en el CC33, por eso había sido inducida a un simulacro de coma borrarrecuerdos y había olvidado que trabajaba en un videoclub y que solía dibujar cucarachas y que una vez una niña había creído ser un zapato y se había dejado aplastar por un piano. Pero no había olvidado que había estado a punto de dejar a Ron y que aquella tarde

¿dónde está mi bufanda?

había quedado con otro,

pero no había llegado a verle porque el mundo

el CC33

había estallado y ella había visto arder a aquel tipo

¿dónde está mi bufanda?

junto a su pie derecho. Oh, no, nadie podría volver a preguntarle a Sarah Du por qué solía dibujar cucarachas y por qué solía descuartizarlas, porque incluso había olvidado que una vez había leído un libro llamado El tipo cucaracha. Pero cualquiera podía preguntarle por qué estaba tan segura de que nunca existiría una serie llamada Mil Seiscientos Tres.

–Muy sencillo –les diría ella entonces, si es que alguna vez recuperaba su boca–. Porque yo estuve allí.

Sí, eso les diría.

Y es que, a veces, el simulacro de coma inducido borrarrecuerdos no era más que eso, un simulacro.