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Flotaba con los brazos extendidos, con el agua acariciándole el cuerpo, envuelta en una fragancia veraniega a coco y salitre. Notaba en el paladar el agradable sabor del desayuno: beicon, café y tal vez cruasanes. Alzó un poco la cara y la luz del sol matinal reverberó con tanta intensidad que tuvo que entornar los ojos para verse los pies. Llevaba cada uña pintada de un color: rojo, dorado, violeta... Curioso. La laca no estaba bien aplicada; había pegotes y se salía por los bordes. Otra persona flotaba a su lado, a la derecha. Era alguien que le caía muy bien, que le hacía reír y que llevaba las uñas de los pies pintadas del mismo modo. La otra persona agitó sus dedos de uñas multicolores en un gesto amistoso y a ella le invadió una soñolienta satisfacción. Una voz masculina gritó en la distancia: «¿Marco?», y un coro de voces infantiles contestó: «¡Polo!». El hombre volvió a gritar: «¿Marco, Marco, Marco?», y las vocecitas respondieron: «¡Polo, Polo, Polo!». Se oyó una carcajada larga y gorjeante, como un chorro de pompas de jabón. Una voz murmuró con insistencia junto a su oído: «¿Alice?», y ella echó la cabeza hacia atrás y dejó que el agua fresca se deslizara silenciosamente sobre su rostro.

Frente a sus ojos bailaban diminutas motas de luz.

¿Era un sueño o un recuerdo?

—¡No sé! —exclamó una voz asustada—. ¡No lo he visto!

No valía la pena darle vueltas.

El sueño o el recuerdo o lo que fuera se desvaneció igual que un reflejo en el agua y una serie de pensamientos inconcretos ocupó su lugar, como si se estuviera despertando de un sueño largo y profundo un mediodía de domingo.

«El queso de untar ¿se considera queso tierno?

No es queso seco.

No es...

... seco en absoluto.

Por lo tanto, lógicamente, diría...

... algo.

Algo lógico.

La lavanda es adorable.

Lógicamente adorable.

¡Toca podar la lavanda!

Huele a lavanda.

No, no huele.

Sí, sí que huele.»

Fue entonces cuando notó el dolor por primera vez. Le dolía un solo lado de la cabeza, muy fuerte, como si le hubieran dado un mazazo.

Sus pensamientos se volvieron más nítidos. ¿Por qué le dolía la cabeza? Nadie le había hablado de dolores de cabeza. La habían alertado sobre una larga lista de síntomas peculiares: ardor de estómago, una especie de sabor a aluminio en la boca, aturdimiento, fatiga extrema... pero no contra aquel dolor palpitante en un lado de la cabeza. Y tendrían que haberlo mencionado, porque era muy fuerte. Pero claro, si una simple jaqueca le parecía insoportable...

El aroma a lavanda parecía acercarse y alejarse, como una brisa.

La invadió otra vez el sopor.

Lo mejor sería volver a dormirse y retomar aquel sueño tan bonito del agua y las uñas multicolores.

De hecho, ¿sería posible que le hubieran hablado de los dolores de cabeza y se le hubiera olvidado? ¡Ay, Dios! ¡Sí que los habían mencionado! Unos dolores terribles, impresionantes...

Había que recordar tantas cosas... No podía comer queso tierno, salmón ahumado ni sushi, por el riesgo de contraer esa enfermedad cuya existencia desconocía hasta entonces. Listeria, una especie de bacteria muy peligrosa para el feto. Por eso te prohibían comer sobras. Un mordisquito a un muslo de pollo del día anterior podía ser letal para el bebé. Las duras responsabilidades de la maternidad...

De momento, procuraría dormir. Sería lo mejor.

«Listeria.

Glicinia.

La glicinia de la valla quedará espectacular si llega a florecer.

Listeria, glicinia...

¡Ja! Qué palabras tan graciosas.»

Sonrió, pero le dolía demasiado la cabeza. Intentó no preocuparse.

—¿Alice? ¿Me oyes?

El olor a lavanda se volvió más intenso. Era un poco empalagoso.

«El queso de untar es como una crema. No es tierno ni seco. Ni demasiado duro ni demasiado blando, como la cama del osito del cuento.»

—Le aletean los párpados, como si soñara.

No había manera. No conseguía volver a conciliar el sueño, aunque se sentía completamente exhausta, como si pudiera dormir para siempre. ¿Todas las embarazadas tenían que soportar aquellos dolores de cabeza? ¿Eran una preparación para los dolores del parto? Cuando se despertase, lo buscaría en un manual.

Una y otra vez se le olvidaba la fuerza perturbadora del dolor, su crueldad, su capacidad para cambiarte totalmente el estado de ánimo. Solo querías que cesara, que cesara cuanto antes. Lo mejor era la epidural. «Deme una epidural para la jaqueca, por favor. Gracias...»

—Intenta abrir los ojos, Alice.

De hecho, el queso de untar ¿podía considerarse queso? Nadie pone una cucharada de queso de untar en una tabla de quesos. Quizá, en el contexto de los quesos untables, «queso» no significaba realmente «queso». Sería mejor que no se lo preguntara al médico, para que no dijese otra vez: «¡Pero Alice...!».

No encontraba una postura cómoda. El colchón parecía de hormigón frío. Daría unas pataditas a Nick para que se volviera y la abrazara. Su bolsa de agua caliente humana...

¿Dónde estaba Nick? ¿Ya se había levantado? A lo mejor le estaba preparando una taza de té.

—No te muevas, Alice. Estate quieta e intenta abrir los ojos, preciosa.

Elisabeth sabría lo del queso de untar; soltaría uno de sus bufidos de hermana mayor y le aclararía la duda. Su madre, en cambio, no tendría ni idea. Se asustaría y diría: «¡Ay, Señor! ¡Me parece que comí queso de untar cuando estaba embarazada de vosotras! En ese tiempo no sabíamos nada de estas cosas...», y ya no pararía de hablar y de preocuparse por si Alice había infringido alguna norma sin darse cuenta. Su madre creía en las normas, y Alice también. Frannie no sabría la respuesta, pero encendería orgullosamente su nuevo ordenador y se pondría a investigar, igual que cuando sacaba la Enciclopedia Británica para ayudar a Alice y a Elisabeth a preparar los trabajos del colegio.

La cabeza le dolía muchísimo.

Probablemente era solo una minúscula fracción de los dolores del parto, pero aun así era muy fuerte.

De todos modos, que ella supiera, no había comido queso de untar.

—¿Alice? ¡Alice!

En realidad, ni siquiera le gustaba el queso de untar.

—¿Habéis llamado a una ambulancia?

Volvía a notar aquel olor a lavanda.

Una vez, cuando estaban a punto de bajar del coche, Nick respondió a algún comentario que había hecho ella en busca de reafirmación con la siguiente frase: «¿Cómo puedes decir eso, mi amor? ¡Sabes que estoy enamorado de ti hasta la médula!».

Alice había abierto la portezuela, había notado el calor del sol en las piernas y había aspirado la fragancia de la lavanda que tenían plantada en el jardín, junto a la puerta de entrada.

«Hasta la médula.»

Había sido un instante de dicha perfumada de lavanda a la vuelta de la compra.

—Ya viene. He avisado al 000. ¡Es la primera vez que llamo a emergencias! Estaba tan nerviosa... He estado a punto de llamar al 911, como si estuviéramos en Estados Unidos. De hecho, he llegado a marcar el 9. Está claro que veo demasiado la tele...

—Espero que no sea grave. O sea... que no me va a caer una denuncia o algo así, ¿no? Tampoco era una coreografía tan complicada, ¿no?

—En mi opinión, el último movimiento puede ser excesivo si te has mareado un poco con la doble patada seguida del giro hacia atrás.

—¡Es un curso avanzado! La gente se queja si se lo pones muy fácil. Además, doy opciones, me adapto a los diferentes niveles. ¡Dios! Haga lo que haga, me caen denuncias.

¿Era una tertulia radiofónica lo que escuchaba? Detestaba las tertulias radiofónicas. Los oyentes siempre hablaban con voz nasal e indignada, perpetuamente escandalizados por algo. En una ocasión, Alice había dicho que a ella nunca la escandalizaba nada, y Elisabeth había replicado que a ella eso sí que le parecía escandaloso.

—¿Tienes la radio puesta, Nick? —preguntó Alice sin abrir los ojos—. Creo que tengo jaqueca. —Le salió un tono enojado muy poco propio de ella, pero al fin y al cabo estaba embarazada, le dolía la cabeza, tenía frío y no se encontraba... del todo bien.

¿Eran las típicas náuseas matutinas?

¿Era ya de mañana?

Pero Alice...

—Alice, ¿me oyes? ¿Me oyes, Alice?

«Pasita, ¿me oyes? ¿Me oyes, Pasita?»

Todas las noches, antes de acostarse, Nick le apoyaba en la tripa el cartón de un rollo de papel higiénico y hablaba con el bebé. Había sacado la idea de un programa de radio. Decían que así el bebé aprendía a reconocer la voz del padre, además de la de la madre.

«¡Eh! —gritaba—. ¿Me oyes, Pasita? ¡Te habla tu padre!»

Habían leído que en esa fase el embrión era del tamaño de una pasa, y por eso lo llamaban «Pasita». Solo en privado, por supuesto. Eran unos futuros padres demasiado sofisticados para permitirse sentimentalismos en público.

La Pasita decía que estaba perfectamente, gracias, papá, a ratos se aburría pero se encontraba bien. Al parecer quería que su madre dejara de comer tanto verde y atacara de vez en cuando alguna pizza. «¡Ya vale de tanta comida para conejos!», protestaba.

Seguramente la Pasita acabaría siendo un niño. Por lo visto, tenía una personalidad bastante masculina. Los dos coincidían en pensar que era un poco gamberro.

Alice se recostaba y contemplaba la cabeza de Nick. Le habían salido algunas canas, pero como no sabía si él se había dado cuenta, no se lo decía. Nick tenía treinta y dos años. Al ver las canas, a Alice se le empañaban los ojos. Las hormonas enloquecidas del embarazo...

Alice nunca hablaba con el bebé en voz alta. Le hablaba para sus adentros, tímidamente, cuando estaba metida en la bañera con el agua no demasiado caliente... ¡cuántas normas! «Hola, bebé», decía en silencio, y de pronto se le hacía tan patente el prodigio del embarazo que golpeaba el agua con la palma de las manos, como una niña que espera ilusionada la Navidad. Estaba a punto de cumplir treinta años y tenía una hipoteca descomunal, un marido y un bebé en camino, pero no se sentía tan distinta de cuando era una quinceañera.

La diferencia era que a los quince años no había instantes de dicha al volver de la compra. Por entonces no conocía a Nick. Su corazón aún tendría que romperse unas cuantas veces, antes de que frases como «enamorado hasta la médula» le ayudaran a curar las heridas y empezar de nuevo.

—¿Estás bien, Alice? Abre los ojos, por favor.

Era una voz de mujer, demasiado alta y estridente para no hacerle caso. Acababa de arrastrarla otra vez a la conciencia y no quería dejarla escapar.

Se trataba de una voz que le producía una impresión desagradable y molesta, como unos calcetines demasiado apretados.

Aquella persona no pintaba nada en su dormitorio.

Alice ladeó la cabeza.

—¡Ay!

Abrió los ojos y se encontró con un amasijo de formas y colores irreconocibles. Ni siquiera veía la mesilla donde había dejado las gafas. Al parecer, estaba cada vez más cegata.

Parpadeó varias veces y la imagen quedó enfocada, como en un telescopio. Estaba viendo unas rodillas. Qué curioso.

Unas rodillas blancas y huesudas.

Alzó la barbilla unos milímetros.

—¡Por fin!

Era Jane Turner, su compañera de trabajo. Estaba agachada a su lado, con las mejillas coloradas y un mechón sudado pegado a la frente. Tenía los ojos cansados y una nariz fofa y regordeta en la que Alice no se había fijado hasta entonces. Llevaba una camiseta manchada de grandes cercos de sudor y unos pantalones cortos; sus brazos eran delgados y pálidos, moteados de pecas morenas. Alice nunca había visto tanta extensión del cuerpo de Jane. Se sintió incómoda. ¡Pobre Jane!

—Listeria, glicinia... —dijo para hacerla reír.

—Estás delirando —respondió Jane—. No intentes sentarte.

—Mmm.... —murmuró Alice—. No quiero sentarme.

Tuvo la sensación de que no estaba en la cama; le parecía que estaba tumbada en el suelo, sobre unas tablas de madera frías. ¿Estaba borracha? ¿Se había olvidado del embarazo y había pillado una cogorza que la hacía delirar?

Su obstetra era un señor muy educado que usaba pajarita y tenía una cara redonda y desconcertantemente parecida a la de uno de los ex novios de Alice. Según él, no pasaba nada si tomaba: «No sé... Pongamos que un copetín antes de comer y un vasito de vino en la comida...». «¡Pero Alice!», había exclamado Elisabeth. Nick le había explicado que un «copetín» era una bebida alcohólica que se toma como aperitivo. Nick venía de una familia en la que se tomaban copetines. Alice, en cambio, pertenecía a una familia que guardaba una polvorienta botella de Baileys en el fondo de la alacena, detrás de los paquetes de macarrones. A pesar de la respuesta del médico, Alice solo había bebido una copa de champán después de hacerse la prueba de embarazo, y aun así se había sentido culpable, aunque todo el mundo le decía que no tenía importancia.

—¿Dónde estoy? —preguntó, temerosa de la respuesta. ¿Se había caído redonda en un sórdido local nocturno? ¿Cómo explicaría a Nick que se le había olvidado que estaba embarazada?

—En el gimnasio —contestó Jane—. Te has caído y has perdido el conocimiento con el golpe. Casi me muero del susto, aunque ha sido una buena excusa para interrumpir la clase.

¿En el gimnasio? Alice no solía frecuentar gimnasios. ¿Había terminado la borrachera en uno?

—Has perdido el equilibrio —explicó una voz estridente y jovial—. ¡Menudo batacazo! ¡Vaya susto nos has dado, nena! Hemos llamado a la ambulancia, así que no te preocupes, que enseguida están aquí los profesionales.

Arrodillada junto a Jane había una chica delgada y muy bronceada, con el pelo teñido de rubio y recogido en una cola de caballo, vestida con unos brillantes shorts de lycra y un top rojo con la frase LOCA POR EL STEP estampada sobre el pecho. Alice sintió una antipatía instantánea. No le gustaba que la llamasen «nena», le parecía una falta de respeto. Según su hermana Elisabeth, uno de sus defectos era la tendencia a tomarse a sí misma demasiado en serio.

—¿Me he desmayado? —preguntó, ilusionada.

Era algo que les pasaba a las embarazadas. Ella no se había desmayado en la vida, aunque se había pasado todo un curso practicando, con la esperanza de terminar siendo una de esas afortunadas alumnas que se desvanecían durante la misa y tenían que salir de la iglesia en los musculosos brazos de su profesor de educación física, el señor Gillespie.

—Es que estoy embarazada —dijo. La «nena» se merecía un respeto.

—¡No me digas, Alice! —exclamó Jane, mirándola boquiabierta.

La loca del step frunció los labios, como si la riñera por alguna travesura.

—¡Ay, chica! Al empezar la clase he preguntado si había embarazadas. No hay que ser tan tímida... Te habría adaptado la rutina.

Alice sintió que la parte dolorida de la cabeza le palpitaba con fuerza. No entendía nada.

—Embarazada... —repitió Jane—. Justo ahora. ¡Qué catástrofe!

—No es una catástrofe.

Alice se llevó una mano protectora a la tripa, para que la Pasita no oyera unos comentarios tan desagradables. Su situación económica no era asunto de Jane. Se supone que la gente tiene que reaccionar con alegría cuando le anuncias un embarazo.

—Entonces ¿qué vas a hacer? —preguntó Jane.

¡Por Dios!

—¿Que qué voy a hacer? ¿Qué quieres decir con «qué voy a hacer»? ¡Voy a tener un bebé! —Olisqueó el aire—. Hueles a lavanda. Ya me parecía a mí que olía a lavanda...

El embarazo le había agudizado el olfato.

—Es el desodorante.

Jane estaba rara. Tenía los ojos fatal. Quizá tendría que empezar a ponerse cremas.

—¿Qué te pasa, Jane?

—¿A mí? —preguntó Jane, soltando un bufido—. Nada. Estoy preocupada por ti, chica. Eres tú la que se ha caído estando embarazada.

¡El bebé! Alice había estado pensando egoístamente en su dolor de cabeza en vez de preocuparse por la pobre Pasita. ¿Qué clase de madre iba a ser?

—Espero que el bebé no se haya hecho daño con la caída —dijo.

—Bah, los bebés son muy fuertes. No te preocupes por eso.

Era otra voz de mujer. Alice alzó la vista por primera vez y se encontró con un corro de mujeres de mejillas arreboladas, todas vestidas con ropa deportiva. Algunas se inclinaban a mirarla con la avidez del curioso que contempla un accidente de tráfico y otras charlaban de brazos cruzados, como si se encontraran en una fiesta. Estaban en una sala alargada, iluminada con fluorescentes. De fondo se oían las notas metálicas de una música enlatada, y en la distancia estalló una carcajada masculina.

—No deberías hacer este tipo de ejercicio si estás embarazada —dijo otra voz de mujer.

—Yo no hago ejercicio —precisó Alice—. Tendría que moverme más.

—¡No podrías hacer más ejercicio aunque quisieras! —opinó Jane.

—No os entiendo. —Alice alzó la vista y contempló los rostros desconocidos que la rodeaban. Todo era tan... absurdo—. No sé dónde estoy.

—Debe de tener una conmoción cerebral —determinó una voz nerviosa—. La conmoción provoca desorientación y aturdimiento.

—¡Vaya, habló la doctora!

—Hace poco hice un cursillo de primeros auxilios y recuerdo muy bien la explicación: «desorientación y aturdimiento». Hay que tener cuidado con la compresión cerebral. Es muy peligrosa.

—¡¡¡Ay, cariño, puede que tengas una conmocioncita de nada...!!! —gritó con cara de susto la loca del step, acariciando un brazo a Alice.

—Vale, pero no está sorda —dijo secamente Jane. Se acercó a su amiga y añadió en voz baja—: Tranquila. Estás en el gimnasio, en la clase de step de los viernes, esa a la que llevas siglos intentando arrastrarme, ¿recuerdas? La verdad es que no le veo la gracia. En fin, te has dado un batacazo espectacular y te has golpeado la cabeza, eso es todo. No pasa nada. La cuestión es: ¿por qué no me habías dicho que estabas embarazada?

—¿Qué es eso de la clase de step de los viernes? —preguntó Alice.

—¡Ay, qué mala pinta tiene esto! —exclamó Jane, bastante alterada.

—¡Ha llegado la ambulancia! —anunció alguien.

La loca del step se levantó de un salto, con cara de alivio, y empezó a dispersar a las señoras como un ama de casa armada con una escoba.

—¡Venga, chicas! Vamos a dejarles sitio, ¿vale?

Jane seguía arrodillada al lado de Alice, dándole palmaditas en el hombro con aire absorto.

—¡Caray! —exclamó, dejando de dar palmaditas—. ¿Por qué todo lo bueno te pasa a ti?

Alice se volvió y vio a dos hombres guapísimos que se les acercaban resueltamente, ataviados con monos azules y cargados con sendos botiquines de primeros auxilios. Intentó incorporarse, incómoda.

—¡No te muevas, bonita! —le ordenó el más alto.

—Es clavadito a George Clooney... —Jane suspiró al oído de Alice.

Era cierto. Alice no pudo evitar sentirse más animada. Aquel tipo parecía recién salido de un episodio de Urgencias.

—A ver, ¿cómo te llamas? —preguntó George Clooney, agachándose a su lado, con sus manazas apoyadas en las rodillas.

—Jane —respondió Jane—. Ay, perdón. Ella se llama Alice.

—¿Y cuál es tu apellido, Alice? —George le oprimió delicadamente la muñeca con dos dedos para tomarle el pulso.

—Alice Mary Love.

—Menudo batacazo te has dado, ¿no, Alice?

—Eso parece. No lo recuerdo.

Alice se sentía insegura y tenía ganas de llorar, como acostumbraba sucederle cuando tenía que tratar con cualquier profesional de la salud, aunque fuera el farmacéutico. Pensó con rabia en los números que montaba su madre cuando Elisabeth y ella se ponían enfermas de pequeñas. Las dos habían terminado convertidas en unas hipocondríacas.

—¿No sabes dónde estás? —preguntó George.

—La verdad es que no —respondió Alice—. En un gimnasio, por lo visto.

—Se ha caído en clase de step. —Jane se metió una mano por el escote para subirse el tirante del sujetador—. Yo la he visto. Ha pegado una voltereta espectacular, se ha caído de espaldas y se ha golpeado la cabeza contra el suelo. Ha estado unos diez minutos inconsciente.

La loca del step apareció otra vez, con la cola de caballo balanceándose a su espalda, y Alice contempló sus piernas largas y torneadas y su vientre duro y liso. Parecía un abdomen falso.

—Creo que ha perdido un momento la concentración —explicó a George Clooney la loca del step, en el tono confidencial de una conversación entre expertos—. La verdad es que no recomiendo este nivel a las embarazadas. Y antes de empezar he preguntado si había alguna.

—¿De cuántas semanas estás, Alice? —preguntó George.

Alice quiso responder, pero para su sorpresa se dio cuenta de que tenía la mente en blanco.

—De trece —dijo al cabo de un momento—. Bueno, de catorce. De catorce semanas.

Hacía al menos quince días que se había hecho la ecografía de la duodécima semana. La Pasita había dado un saltito muy curioso, como si estuviera bailando en la discoteca, y más tarde Nick y Alice habían tratado de reproducir el movimiento para sus amigos. Todos habían comentado muy educadamente que era fantástico.

Se llevó una mano a la tripa y por primera vez fue consciente de la ropa que llevaba puesta: unas zapatillas deportivas y unos calcetines blancos, unos shorts negros y una camiseta de tirantes amarilla con una pegatina dorada. Parecía el dibujo de un dinosaurio, y de su boca salía un bocadillo con la frase: BAILA SIN PARAR. ¿Baila sin parar?

—¿Qué demonios es esto? Tengo un dinosaurio pegado a la camiseta —dijo Alice, perpleja.

—¿Qué día de la semana es hoy, Alice? —preguntó George.

—Viernes —respondió Alice. Hacía trampa, porque había oído decir a Jane que estaban «en la clase de step de los viernes», fuera lo que fuese eso.

—¿Recuerdas qué has desayunado?

Mientras hablaba, George le iba palpando con cuidado un lado de la cabeza, a la vez que su compañero rodeaba el brazo de Alice con el manguito de tomar la presión.

—¿Tostadas con mantequilla de cacahuete?

Era su desayuno habitual. Tenía posibilidades de acertar.

—Él no sabe qué has desayunado —intervino Jane—. Solo quiere comprobar si te acuerdas.

El manguito se estrechó en torno a su brazo.

—Vamos a ver, Alice —dijo George, sentándose en el suelo—. Dime si sabes cómo se llama nuestro excelentísimo primer ministro.

—John Howard —respondió dócilmente Alice. Esperaba que no hubiera más preguntas sobre política, porque no era su fuerte; le parecía de lo más aburrida.

Jane soltó un resoplido burlón.

—Bueno... Sigue siendo el primer ministro, ¿no? —preguntó Alice, avergonzada. Le tomarían el pelo por los siglos de los siglos. «¡Pero Alice...! ¿No sabes quién es el primer ministro?», dirían. ¿No había estado atenta a las últimas elecciones?—. ¡Estoy segura de que es él!

—¿Y en qué año estamos? —George no parecía especialmente preocupado.

—En 1998 —respondió Alice al instante. Eso lo tenía claro, porque el bebé tenía que nacer en 1999.

Jane se tapó la boca con la mano. George fue a decir algo, pero Jane lo detuvo. Apoyó la mano en el hombro de su amiga y la miró fijamente, con las pupilas dilatadas por la emoción. Tenía minúsculas bolitas de rímel en la punta de las pestañas. La combinación del olor a lavanda de su desodorante y del olor a ajo de su aliento era demoledora.

—¿Qué edad tienes, Alice?

—Veintinueve años, Jane. —Le molestó el tono grandilocuente que había usado su amiga. ¿Qué demonios le pasaba?—. Igual que tú.

Jane se incorporó y miró a George Clooney con expresión triunfal.

—Justo hoy me ha llegado la invitación para la fiesta de su cuarenta cumpleaños.

Así fue el día en que Alice Mary Love fue al gimnasio y sin darse cuenta perdió una década de su vida.

cap-2

2

Jane dijo que le encantaría poder acompañarla al hospital, pero que a las dos en punto tenía que estar en el juzgado.

—¿Para qué has de ir al juzgado? —preguntó Alice, que no tenía ningún inconveniente en que Jane no la acompañase. Ya había tenido bastante dosis de su amiga para todo el día. Una invitación para su cuarenta cumpleaños... ¿Qué habría querido decir con eso?

Jane esbozó una sonrisa indescifrable y no respondió.

—Llamaré a alguien para que vaya a esperarte al hospital.

—A alguien no. —Alice observó cómo los técnicos de urgencias desplegaban una camilla, que parecía un poco endeble—. A Nick.

—Sí, claro... A Nick... —Jane articuló las palabras con lentitud, como si estuviera actuando en una función infantil.

—No hace falta, seguro que puedo andar —dijo Alice, dirigiéndose a George Clooney. No le gustaba que nadie la cogiera en brazos, ni siquiera Nick, que era bastante fuerte. Le preocupaba su peso. ¿Y si al subirla a la camilla los enfermeros hacían una mueca y empezaban a soltar tacos?—. Estoy bien. Lo único que tengo es dolor de cabeza.

—Has sufrido una contusión importante, Alice —le dijo George—. Con un traumatismo craneal no se puede perder tiempo.

—Oye, que transportar a mujeres guapas es lo mejor de nuestro trabajo —intervino el otro enfermero—. No nos prives del gusto.

—Eso, Alice. No les prives —dijo Jane—. Te has dado un golpe en la cabeza y crees que tienes veintinueve años.

¿Qué quería decir?

Alice cedió y dejó que los dos enfermeros la depositaran expertamente en la camilla. Al volver la cabeza, una punzada de dolor la dejó aturdida.

—Ah, esta es su bolsa. —Jane cogió una mochila de lona del fondo de la sala y la dejó hecha una bola al lado de Alice.

—Esto no es mío —protestó Alice.

—Sí, es tu mochila.

Alice lanzó una mirada a la bolsa de lona roja, vio que tenía tres adhesivos de dinosaurios como el de la camiseta y pensó que se estaba mareando.

Los dos enfermeros levantaron la camilla del suelo. Por lo visto no tenían problemas para cargarla. Alice pensó que estarían acostumbrados a transportar a personas de todos los tamaños.

—¡La oficina! —exclamó, súbitamente asustada—. Tengo que avisar. ¿Por qué no estamos allí si es viernes?

—Pues no sé... ¿Por qué no estamos allí? —repitió Jane, de nuevo con aquel tono de función infantil—. No te preocupes, llamaré a «Nick» y luego a la «oficina». Cuando dices «oficina» supongo que quieres decir... Construcciones ABR, ¿no?

—Sí, Jane, claro —respondió Alice, recelosa. Llevaban tres años trabajando en ABR. ¿Qué le pasaba a Jane? ¿Se estaría volviendo loca, la pobre?—. Y será mejor que digas a Sue que hoy no podré ir.

—Sue... —repitió lentamente Jane—. Y cuando dices «Sue», supongo que quieres decir Sue Mason.

—Claro, Jane. Sue Manson. —Era evidente que a Jane se le iba la olla.

Sue Manson era la jefa de las dos, y era muy estricta con las horas de llegada, las bajas y la vestimenta apropiada para el entorno laboral. Alice se moría de ganas de coger el permiso de maternidad para olvidarse del trabajo durante una temporada.

Cuando los enfermeros se la llevaban, Alice vio que Jane los miraba absorta. Se estaba pellizcando el labio inferior y parecía un pez.

—¡Que te mejores! —gritó la loca del step desde lo alto de una tarima, con la voz amplificada por el micrófono que llevaba ajustado a la cabeza.

En el momento en que los camilleros llegaron a la puerta, sonó una música atronadora. Alice se volvió y vio a la loca del step subiendo y bajando a toda velocidad de una plataforma de plástico. Las mujeres que antes hacían corro a su alrededor empezaron a imitarla desde sus plataformas.

—¡Venga, chicas! ¡Uno, básico! ¡Dos, giro! ¡Tres, rodeo!

Las mujeres se sentaron a horcajadas sobre las plataformas y agitaron imaginarios lazos de vaquero sobre sus cabezas.

¡Buf! Tenía que recordar todos los detalles para describir a Nick aquel día tan absurdo. Le haría una representación del «rodeo»; seguro que se reiría mucho. Sí, estaba siendo un día muy gracioso.

Claro que también estaba siendo un poco inquietante, porque ¿qué demonios hacía ella en un gimnasio, con Jane Turner comportándose como una chalada?

Atravesaron una puerta de cristal y accedieron a una sala alargada y grande como un supermercado, donde todo era desconocido para Alice.

Había varias filas de máquinas de aspecto extraño, manejadas por hombres y mujeres que levantaban, empujaban o arrastraban hacia delante y hacia atrás objetos que parecían fuera del alcance de sus fuerzas. Reinaba un ambiente de silencio y concentración, como en una biblioteca. Cuando pasó la camilla, ninguna de esas personas interrumpió lo que estaba haciendo. Solo sus miradas vacías e inexpresivas siguieron a Alice con desapego, como si contemplaran las imágenes del telediario.

—¡Alice! ¿Qué te ha pasado? —preguntó un hombre que se bajó de una cinta de correr, quitándose unos auriculares de las orejas y dejándoselos colgados del cuello.

A Alice no le sonaba de nada su rostro enrojecido y sudoroso. Lo miró fijamente mientras intentaba buscar una respuesta educada. Era surrealista estar tumbada en una camilla, charlando con un desconocido. Parecía uno de esos sueños en los que de repente apareces en una fiesta vestida con el pijama.

—Se ha dado un coscorrón —contestó George Clooney en su lugar, empleando un vocabulario muy poco profesional.

—¡Madre mía! —El desconocido se enjugó la frente con una toalla—. ¡Solo te faltaba esto, tan cerca del «gran día»!

Alice trató de responder con un gesto compungido a aquel comentario sobre el «gran día». ¿Era un compañero de trabajo de Nick y le estaba hablando de algo que ella debería saber?

—En fin, ya ves que no es bueno obsesionarse con el ejercicio, ¿no, Alice?

—Ah —dijo Alice. No sabía muy bien qué había querido decir ese hombre, y lo único que salió de sus labios fue un «ah».

Los enfermeros siguieron caminando, y el hombre subió otra vez a la cinta y comenzó a correr.

—¡Que no sea nada, Alice! ¡Le diré a Maggie que te llame! —Se llevó una mano a la oreja y levantó los dedos para hacer como si sostuviera un teléfono.

Alice cerró los ojos. Tenía el estómago revuelto.

—¿Te encuentras bien, Alice? —preguntó George Clooney.

—Estoy un poco mareada —respondió Alice, abriendo los ojos.

—Sí, es normal.

Se pararon delante de un ascensor.

—No sé dónde estamos —añadió Alice. Pensó que era importante recordar ese detalle a George.

—Ahora no te preocupes por eso —contestó George.

Las puertas del ascensor se abrieron y dejaron salir a una mujer de cabello lacio y brillante cortado al estilo paje.

—¡Alice! ¿Qué te ha ocurrido? —La mujer hablaba con un afectado acento británico—. ¡Qué casualidad, ahora mismo estaba pensando en ti! Iba a llamarte por... en fin, por el pequeño incidente de la escuela. ¡Pobrecita, ya me lo ha contado Chloe! Solo te faltaba esto, corazón. Y con lo de mañana, y tan cerca del «gran día»...

Mientras hablaba, los enfermeros metieron la camilla en el ascensor y pulsaron el botón de bajada. Las puertas se cerraron suavemente y dejaron atrás a la mujer, que hizo el mismo gesto de llamar por teléfono que el tipo de la cinta de correr, mientras se oía otra voz preguntando:

—¿Era Alice Love la de la camilla?

—Conoces a mucha gente —dijo George.

—Qué va —dijo Alice—. No sé quiénes son.

Pensó en Jane diciendo: «Justo hoy me ha llegado la invitación para la fiesta de su cuarenta cumpleaños».

Volvió la cara y vomitó encima de los bonitos y bien lustrados zapatos negros de George Clooney.

Las notas de Elisabeth para el doctor Hodges

Me ha llamado a punto de terminar la pausa del almuerzo. Me quedaban cinco minutos para volver y debería haber estado en el baño, comprobando que no tenía nada entre los dientes. Ha dicho: «¿Elisabeth? Hola, soy Jane. Ha habido un problema», como si no hubiera más que una Jane en todo el mundo. Alguien que se llama Jane tendría que estar acostumbrada a decir también el apellido. Así que me he quedado pensando: «Jane, Jane... Una tal Jane que tiene un problema...», hasta que he comprendido que se trataba de Jane Turner. Jane la de Alice.

Me ha contado que Alice se había caído en el gimnasio, durante la clase de step.

Y allí estaba yo, con 143 personas sentadas alrededor de las mesas, sirviéndose agua fresca, chupando caramelitos y contemplando la tarima expectantes y con el bolígrafo a punto; todas habían pagado, solo por oírme hablar, 2.950 dólares australianos, o 2.500 si se beneficiaron del descuento por inscripción anticipada. Eso es lo que cobro por enseñarles a preparar una buena campaña de publicidad directa. ¡Sí, ya sé! Ese asqueroso mundo empresarial de ahí fuera le es totalmente ajeno, ¿verdad, doctor Hodges? Me imagino que ante mis intentos de describirle mi trabajo, se ha limitado a asentir cortésmente con la cabeza. Seguro que nunca se le ha ocurrido que las cartas y los folletos publicitarios que le llegan están escritos por personas reales, personas como yo. Seguro que en el buzón tiene un adhesivo con la frase NO SE ADMITE CORREO COMERCIAL. Tranquilo, no se lo tendré en cuenta.

En fin... La cuestión es que no era el momento más oportuno para largarme, solo porque mi hermana hubiera sufrido un accidente deportivo (algunos de nosotros tenemos una profesión y no nos sobra tiempo para correr al gimnasio en plena jornada laboral), sobre todo porque aún estaba enfadada con ella por el asunto de las magdalenas de plátano. Ya sé que hemos hablado reiteradamente de que debo intentar ver el comportamiento de mi hermana desde una «perspectiva más racional», pero de momento sigo enfadada con ella. Claro que Alice no lo sabe, pero permítame que me regodee un poquito en mi autocomplacencia infantil.

Total, que le he dicho a Jane (en un tono un poco irritado y pomposo, lo reconozco): «¿Y es grave?». La verdad es que ni se me ha pasado por la cabeza que realmente pudiera haber ocurrido algo grave a Alice.

Y Jane ha dicho: «Cree que estamos en 1998, que tiene veintinueve años y que las dos seguimos trabajando en Construcciones ABR, así que como mínimo es muy raro».

Y luego ha dicho: «Ah, y supongo que ya sabías que está embarazada...».

Estoy profundamente avergonzada de mi reacción. Lo único que puedo decir, doctor Hodges, es que ha sido involuntaria e incontenible como un estornudo alérgico.

Una repentina sensación de rabia me ha recorrido todo el cuerpo, desde las tripas hasta la cabeza. Le he dicho: «Lo siento, Jane, tengo que dejarte», y he colgado.

George Clooney fue muy comprensivo con el asunto de los zapatos. Alice estaba horrorizada e intentó levantarse de la camilla para ayudarle a limpiarlos... si es que encontraba un pañuelo de papel en algún sitio, quizá en aquella extraña mochila de lona.... pero los enfermeros se pusieron serios y le dijeron que no podía moverse.

El mareo se le pasó un poco cuando la subieron a la parte trasera de la ambulancia. Todo aquel plástico blanco e impoluto; se respiraba un ambiente cómodo y esterilizado. Resultaba reconfortante.

El traslado al hospital fue plácido como un viaje en taxi. Que Alice supiera, no dieron ningún frenazo ni encendieron la luz de alarma para que los coches se apartaran.

—¿No me estoy muriendo, entonces? —le preguntó a George.

George Clooney iba con ella en la trasera y su compañero conducía la ambulancia. Alice se fijó en que las cejas de George eran muy espesas. Nick también tenía unas cejas espesas y alborotadas. Una noche había tratado de depilárselas, y él había pegado un chillido tan fuerte que ella había pensado que la señora Bergen, la de la casa de al lado, cumpliría con su cometido de buena vecina y llamaría a la policía.

—Dentro de nada podrás volver al gimnasio —respondió George.

—Yo no voy al gimnasio —declaró Alice—. La gimnasia me parece una estupidez.

—Estoy de acuerdo. —George sonrió y le dio una palmadita en el brazo.

Alice vio desfilar trozos de cielo, carteles y edificios a través de la ventanilla de la ambulancia, por detrás de la cabeza de George.

Vale, no había motivos para preocuparse. Era solo el «coscorrón» el que hacía que lo encontrara todo tan raro. Lo que le estaba pasando no era más que una versión especialmente larga e intensa de la confusión que sentimos al despertarnos en el lugar de vacaciones y no reconocer dónde estamos. No había nada que temer. ¡En realidad, era muy interesante! Solo tenía que ubicarse.

—¿Qué hora es? —preguntó resueltamente a George.

—Es casi la hora de comer —dijo él, mirando el reloj.

Muy bien. La hora de comer. Viernes al mediodía.

—¿Por qué me has preguntado antes qué había desayunado? —añadió Alice.

—Es una de las preguntas del protocolo para evaluar las funciones mentales de la persona que ha sufrido un traumatismo craneoencefálico.

Por lo tanto, si Alice conseguía recordar qué había desayunado, probablemente todo lo demás encajaría.

¿Qué había desayunado esa mañana? Un esfuerzo... Tenía que ser capaz de recordarlo...

Alice tenía una imagen mental bastante clara de cómo era un desayuno en un día laborable. Eran dos rebanadas saltando al unísono de la tostadora y el hervidor silbando furiosamente y un rayo de sol recorriendo el suelo de linóleo de la cocina e iluminando aquella mancha marrón que parecía que podía quitarse en un santiamén con un estropajo y resultaba que no. Era echar un vistazo al reloj de pared que les había regalado la madre de Nick al estrenar la casa con la ferviente esperanza de que fuera más temprano de lo que parecía —siempre era tarde—. Era el murmullo eléctrico de la tertulia matinal de la ABC: un coro de voces que hablaban con solemnidad de la actualidad internacional. Nick solía escuchar ese programa de radio y a veces soltaba cosas como: «¡No lo dirás en serio!», mientras Alice se hacía la dormida y procuraba no escuchar.

Ni Nick ni Alice tenían buen despertar. Era una característica que cada uno apreciaba en el otro, ya que hasta entonces los dos habían salido con gente que se levantaba siempre de un insoportable buen humor. Ellos, en cambio, se dirigían frases breves y cortantes, y a veces era un juego en el que ambos exageraban el malhumor matinal, y otras no lo era pero daba lo mismo porque sabían que aquella misma tarde, al volver del trabajo, una y otro habrían recuperado su verdadero yo.

Alice intentó precisar el recuerdo de un desayuno concreto.

Estaba esa mañana invernal, con la cocina a medio pintar. Fuera llovía a cántaros y el olor a pintura les cosquilleaba en la nariz mientras masticaban silenciosamente unas tostadas con mantequilla de cacahuete, sentados en el suelo porque tenían todos los muebles cubiertos con telas. Alice iba en pijama, pero se había puesto una chaqueta de lana y unos calcetines viejos de Nick. Nick ya se había afeitado y llevaba puesta la ropa del trabajo, excepto la corbata. La noche anterior le había contado que tenía que presentar un tema bastante complicado delante del Capullo Calvorota, el Malvado Cabronazo y el Jefe Máximo, los tres a la vez, y Alice, a quien le horrorizaba hablar en público, había sentido un solidario nudo en el estómago. Aquella mañana Nick tomó un sorbito de té, dejó la taza en el suelo y, en cuanto abrió la boca para pegar un mordisco, la tostada se le cayó justo en la pechera de su camisa de rayas azules favorita. Los dos intercambiaron una mirada de espanto. Nick retiró la tostada con cuidado y dejó a la vista una gran mancha rectangular de mantequilla de cacahuete. Con la voz de un hombre que acabara de recibir un disparo mortal, dijo: «Era mi única camisa limpia», y luego cogió la tostada y se la estampó en la frente.

Alice dijo: «No. Anoche, cuando te fuiste a jugar a squash, salí a hacer una colada». Aún no tenían lavadora y siempre llevaban la ropa a la lavandería de la esquina. Nick se apartó la tostada espachurrada de la frente y dijo: «No puede ser», y ella dijo: «Sí que puede ser», y él se le acercó sorteando latas de pintura y le dio un beso largo y tierno con sabor a mantequilla de cacahuete.

Pero ese no era el desayuno más reciente. De eso hacía meses, o semanas, o lo que fuera. La cocina aún no estaba terminada, y además ella no estaba embarazada. Todavía tomaba café.

Luego estaba esa serie de desayunos de cuando les dio por la vida sana y tomaban yogur y fruta. ¿Cuándo había sido eso? El arrebato saludable no duró mucho, aunque al principio se lo tomaron muy en serio.

Y había otros desayunos en los que Nick estaba de viaje y ella comía las tostadas en la cama, regodeándose en el romántico dolor de la nostalgia, como si Nick fuera un marinero o un soldado. Era como disfrutar de la sensación de hambre cuando sabes que más tarde te darás un festín.

Y estaba aquel desayuno en que se habían peleado —malas caras, miradas furibundas, portazos...— porque no quedaba leche. Ese no había sido tan agradable. Pero tampoco era el más reciente. Alice recordaba que se habían reconciliado aquella misma noche, mientras veían a la hermana pequeña de Nick interpretando un breve papel en una obra de teatro posmoderno tremendamente larga y que ninguno de los dos entendía. «Por cierto, te perdono», le susurró Nick al oído, y Alice contestó: «No, soy yo la que te perdono a ti», y una espectadora de la fila anterior se volvió y les dijo: «¡Chitón! ¡Los dos!», como un maestra enfadada, y a ellos les dio un ataque de risa y tuvieron que salir de la sala chocando con las rodillas de los demás espectadores, y más tarde tuvieron que soportar una bronca terrible de la hermana de Nick.

Y estaba ese otro desayuno en que ella iba leyendo con voz malhumorada las propuestas de una guía de nombres y él iba contestando «sí» o «no», también con voz malhumorada. Ese había estado bien, porque era una de las mañanas de mal humor fingido. «Es increíble que tengamos derecho a poner nombre a una persona —dijo Nick—. Se supone que algo así tendría que ser prerrogativa de alguien como el rey Arturo.» «O de la reina Ginebra», contestó Alice. «Huy, no; a las mujeres no les permitirían poner nombre a nadie», opinó Nick. «¡Ya!»

¿Era ese el desayuno más reciente? No. Ese había sido... hacía algún tiempo, pero no aquel mismo día.

Alice no tenía ni la más remota idea de qué había desayunado aquella mañana.

—Antes he dicho que había tomado tostadas con manteca de cacahuete porque es lo que como normalmente —confesó a George Clooney—, pero en realidad no tengo ni idea de qué he desayunado.

—Tranquila, Alice —respondió George—. Creo que yo tampoco podría recordar mi desayuno.

¡Pues sí que le interesaban sus funciones mentales! ¿Sabía el George ese lo que tenía entre manos?

—Igual es que tú también has sufrido una conmoción —dijo Alice.

George rió cortésmente. Ya no estaba tan pendiente de ella. Quizá estaba deseando que el siguiente enfermo fuera más interesante. Seguro que le encantaba usar esos cacharros para desfibrilar. A Alice le encantaría usar uno si trabajara en urgencias.

Un domingo en que estaba intentando convencer a Nick de que la acompañara a la playa pero él no le hacía caso porque tenía resaca y estaba tumbado en el sofá con los ojos cerrados, Alice había dicho: «¡Oh, no! ¡Lo estamos perdiendo!», y se había puesto a frotar dos tenedores, los había colocado sobre el pecho de Nick y había gritado: «¡Dale!». Nick, solícito, respondió con una muy realista imitación de un espasmo, pero como seguía sin levantarse, Alice empezó a gritar: «¡No respira! ¡Hay que intubarlo! ¡Ahora!», e intentó meterle una pajita de plástico en la garganta.

La ambulancia se detuvo en un semáforo rojo y Alice se removió en la camilla. Se sentía muy rara. Sentía una fatiga demoledora en los huesos, y al mismo tiempo una energía nerviosa le daba ganas de bajar de un salto de la camilla y ponerse a hacer algo. Seguramente era el embarazo. Todo el mundo decía que cuando estás embarazada tienes la impresión de que has dejado de ser tú misma.

Bajó la barbilla y observó otra vez la extraña ropa que llevaba puesta. No parecía haberla elegido ella, porque Alice no usaba nunca prendas amarillas o camisetas sin mangas. Presa otra vez de la angustia, desvió la mirada y clavó los ojos en el techo de la ambulancia.

Por lo visto tampoco podía recordar qué había cenado la noche anterior.

Nada. Ni siquiera lo tenía en la punta de la lengua.

¿Atún con judías? ¿El cordero al curry que tanto le gustaba a Nick? No tenía ni idea.

De todos modos, era normal que los días laborables se confundieran en la memoria. Intentaría recordar qué había hecho durante el fin de semana.

Le vinieron a la mente un montón de recuerdos simultáneos de distintos fines de semana, como si le hubieran volcado un cesto de ropa sucia en la cabeza: lecturas del periódico en el parque, meriendas campestres, paseos por el centro de jardinería, películas, cenas, cafés con Elisabeth, mañanas dominicales consistentes en sexo seguido de sueño seguido de cruasanes de la panadería vietnamita, cumpleaños de amigos, alguna boda, viajes, compromisos con la familia de Nick...

Por alguna razón, sabía que ninguno de aquellos recuerdos correspondía al último fin de semana. No podía decir cuándo los había vivido, si había sido hacía poco o hacía mucho. Habían sucedido, sin más.

El problema era que no conseguía establecer una vinculación con un «hoy» o un «ayer», ni siquiera con un «la semana pasada». Flotaba sin rumbo sobre el calendario, como un globo escapado de la mano de un niño.

De repente le vino a la cabeza la imagen de un cielo nuboso y gris, cubierto de globos rosados y unidos entre sí con lazos blancos, como ramos de flores. Un viento violento arrastraba por el aire los ramilletes de globos, y ella se sentía invadida por una honda pesadumbre.

La sensación desapareció igual que una náusea seca.

¡Por el amor de Dios! ¿Qué estaba pasando?

Alice sintió unas repentinas ganas de ver a Nick. Él podría arreglarlo todo, podría decirle qué habían cenado la noche anterior y qué habían hecho durante el fin de semana.

Por suerte, la estaría esperando en el hospital. A lo mejor ya le había comprado unas flores. Sí, seguro que ya las tenía, aunque sería mejor que no se las hubiera comprado, porque serían un gasto excesivo.

Evidentemente, en realidad Alice deseaba que Nick le hubiera comprado las flores. ¡Iba en ambulancia! Se merecía un ramo.

Le vino a la cabeza otra imagen. Esta vez se trataba de un enorme ramo de rosas rojas y gipsófilas, dispuesto en el jarrón de cristal que el primo de Nick les había regalado por la boda. ¿Por qué tenía aquella imagen en la mente? Nick nunca le regalaba rosas; sabía que solo le gustaban las rosas del jardín. Las de la floristería no olían a nada, y además, por alguna razón, le hacían pensar en asesinos en serie.

La ambulancia se detuvo y George se incorporó rápidamente, agachando la cabeza para no golpearse contra el techo.

—Ya hemos llegado, Alice. ¿Cómo te encuentras? Pareces pensativa...

Abrió la puerta posterior, y Alice parpadeó cuando la luz del sol irrumpió en el interior de la ambulancia.

—No te he preguntado cómo te llamas —dijo.

—Kevin —respondió George con voz contrita, como si supiera que la decepcionaría.

Las notas de Elisabeth para el doctor Hodges

La verdad es que a veces en el trabajo me entra un subidón de adrenalina, doctor Hodges, tengo que reconocerlo. No es exagerado, pero lo noto. Cuando se atenúan las luces y el público enmudece y estoy yo sola en la tarima y Layla me hace la señal de «adelante» con un gesto muy serio, como si estuviéramos a punto de lanzar un cohete de la NASA, y al cabo de un momento tengo la cara iluminada por el foco y lo único que se oye es el tintineo de los vasos de agua y un par de toses respetuosamente contenidas... Me gusta el olor limpio y funcional de los salones de conferencias de los hoteles y el frío del aire acondicionado; me despejan la cabeza. Y cuando hablo, el micrófono transmite mi voz con nitidez y le confiere autoridad.

Otras veces, sin embargo, subo a la tarima y me siento como si un peso en la nuca me obligara a agachar la cabeza y encorvar la espalda como una vieja. Entonces me entran ganas de pegarme al micrófono y soltar: «¿Qué sentido tiene esto, señoras y señores? Me parecen ustedes buena gente, así que, por favor, díganme: ¿qué sentido tiene?».

En realidad, sé muy bien qué sentido tiene.

El sentido que tiene es que están ayudándome a pagar la hipoteca, los gastos de comida, agua y electricidad y las cuotas de la Visa. Están financiándome generosamente las inyecciones, los camisones de hospital y la labor de aquel último anestesista de ojos afables y tristes que, cogiéndome de la mano, me dijo: «Ahora vas a dormir un poquito, guapa». En fin, estoy divagando. Pero usted quiere que divague. Quiere que me siente y me ponga a escribir lo primero que se me pase por la cabeza. Me pregunto si me encuentra aburrida... Aunque parece escucharme con educado interés, quizá cuando aparezco por la consulta con cara de pocos amigos y empiezo a quejarme de mi patética vida, le entran ganas de apoyar la barbilla en las manos y decirme: «¿Qué sentido tiene esto, Elisabeth?», pero calla porque de pronto recuerda que le estoy ayudando a pagar las cuotas de la Visa, los gastos de comida y todo lo demás... Así es la vida.

El otro día me dijo que pensar que las cosas no tienen sentido es un síntoma claro de depresión, pero ya ve, no estoy deprimida porque tengo muy claro cuál es el sentido de todo: el dinero.

El móvil ha vuelto a sonar justo después de colgarlo. Debía de ser Jane, pensando que se había cortado la llamada. Lo he apagado sin contestar. Un tipo ha comentado: «Estaríamos todos más tranquilos sin estos dichosos cacharros», y yo he dicho: «¡Es verdad, joder!». Hasta entonces nunca había dicho «es verdad, joder», pero la frase me ha venido inesperadamente a la cabeza. Me gusta cómo suena. A lo mejor se la suelto en nuestra próxima sesión, para ver si pestañea... Y el tipo ha dicho: «Felicidades, por cierto. He estado en un montón de seminarios parecidos y nunca había oído a nadie que hablara con tanta claridad».

Estaba intentando ligar conmigo. A veces pasa. Debe de ser cosa del micrófono, o de los focos... Es curioso, porque siempre doy por sentado que para cualquier tío debería ser evidente que no me queda ni gota de sexualidad. Me siento como una fruta que se ha secado. Eso es: soy un albaricoque reseco, doctor Hodges. No un albaricoque tierno, suave y sabroso, sino un albaricoque mustio, duro e insípido, que te parte un diente cuando le das un bocado.

He aspirado unas cuantas veces el frescor del aire acondicionado y he vuelto a ponerme el micrófono en la solapa. Tenía tantas ganas de volver a la tarima que estaba temblando. Me sentía como en un ataque de locura transitoria, doctor Hodges. Si quiere podemos hablar de ello en la próxima sesión.

O quizá lo de la locura transitoria no sea más que un intento de justificar un comportamiento injustificable. Quizá me avergüenza demasiado contarle que me estaban llamando para decirme que mi única hermana había tenido un accidente y que yo he colgado el teléfono. Se lo estoy poniendo en bandeja. Quiero mostrarle mis errores para que piense usted que está haciendo algo útil por mí, pero a la vez quiero que piense que soy buena persona, doctor Hodges. Una buena persona que comete errores.

He subido a la tarima como una estrella del rock y he empezado a hablarles de la «visualización del objetivo». Estaba inspirada. Les he hecho reír. Les he pedido que se distribuyan en equipos y propongan respuestas, y durante todo el tiempo en que ellos han estado visualizando el objetivo, yo he estado visualizando a mi hermanita.

H pensado: «Los traumatismos craneales pueden ser muy graves».

Y he pensado: «Nick no está, y esto no es responsabilidad de Jane».

Y al final he pensado: «En 1998, Alice estaba esperando a Madison».

cap-3

3

Nick no estaba en el hospital con un ramo de flores. No había nadie esperando a Alice, lo cual la hizo sentirse levemente heroica.

Los dos enfermeros se volatilizaron como si nunca hubieran existido. Alice no los vio despedirse, así que no pudo darles las gracias.

En el hospital había momentos de actividad frenética, seguidos de períodos en que la dejaban sola en un pequeño cubículo blanco, tumbada en la camilla y contemplando el techo.

Una médica que apareció de repente le enfocó las pupilas con una pequeña linterna y le pidió que siguiera con la mirada el movimiento de sus dedos. Una enfermera de espectaculares ojos verdes que hacían juego con su uniforme se plantó al pie de la camilla con un portapapeles y le hizo preguntas sobre el seguro médico, las alergias y ese tipo de cosas. Cuando Alice le alabó los ojos, la enfermera le explicó que eran lentillas de colores, y Alice dijo «¡ah!» y se sintió estafada.

Le pusieron una bolsa de hielo sobre la nuca que la enfermera de ojos verdes comparó con «un huevo de avestruz» y le dieron un vasito de plástico con dos comprimidos blancos para el dolor, pero Alice explicó que en realidad no le dolía tanto la cabeza y que no quería tomar nada porque estaba embarazada.

Varias personas le estuvieron preguntando cosas en voz muy alta, como si estuviera dormida, a pesar de que ella las miraba a los ojos. ¿Se acordaba de la caída? ¿Recordaba el viaje en la ambulancia? ¿Sabía qué día de la semana era? ¿Sabía en qué año estaban?

—¿En 1998? —repitió una médica con cara de agobiada, lanzándole una mirada suspicaz a través de sus gafas de montura roja—. ¿Está segura?

—Sí —contestó Alice—. Sé que estamos en 1998 porque salgo de cuentas el 8 de agosto de 1999. El 8 del 8 del 99. Es fácil de recordar.

—Es que resulta que estamos en 2008... —afirmó la médica.

—Mire usted, eso es imposible... —explicó Alice tan amablemente como pudo. Quizá aquella médica era una de esas personas extremadamente inteligentes pero incapaces de aclararse con algo tan sencillo como las fechas...

—¿Y por qué es imposible?

—Porque aún no hemos entrado en el nuevo milenio —dijo Alice en tono pedante—. Dicen que habrá un gran apagón por culpa de no sé qué problema informático.

Estaba orgullosa de recordar aquel dato. La hacía parecer muy informada.

—Me temo que se equivoca... ¿No recuerda la fiesta del nuevo milenio, con esos fuegos artificiales tan bonitos en Harbour Bridge?

—No —dijo Alice—. No recuerdo ninguna fiesta con fuegos artificiales.

«Déjenme en paz, por favor —tenía ganas de decirles—. No me hacen gracia sus bromas y además les he mentido respecto al dolor de cabeza. La verdad es que me duele un montón.»

Recordó lo que había dicho Nick una tarde: «¿Te das cuenta de que cuando celebremos el cambio de milenio tendremos un bebé de cuatro meses?». Tenía una maza en las manos porque estaba a punto de derribar un tabique. Alice soltó la cámara que tenía preparada para documentar la caída. «¡Es verdad!», exclamó, emocionada y aterrada ante la idea. Un bebé de cuatro meses: una personita en miniatura, creada por ellos, perteneciente a ellos, separada de ellos.

«Sí, supongo que tendremos que buscar un canguro para el monstruito», había añadido Nick con estudiada indiferencia, y acto seguido había blandido alegremente la maza y Alice había pulsado el disparador y los dos habían quedado cubiertos por una nube rosada de partículas de yeso.

—Quizá tendrían que hacerme una ecografía para comprobar que el bebé no se ha hecho daño con la caída —dijo Alice muy seria, mirando a la médica. Así se comportaría Elisabeth en una situación similar. Cuando Alice necesitaba ser asertiva, siempre pensaba: «¿Qué haría Elisabeth?».

—¿De cuántas semanas está? —preguntó la médica.

—De catorce —dijo Alice, pero volvió a toparse con aquel extraño blanco mental, como si no estuviera segura de que lo que decía fuera cierto—. O al menos podrían ver si el bebé tiene pulso —insistió con su voz de Elisabeth.

—Mmm... —murmuró la médica, subiéndose las gafas.

En la cabeza de Alice irrumpió el recuerdo de una voz femenina que hablaba con un simpático acento norteamericano: «Lo siento, no hay pulso».

Lo recordaba con toda claridad. La minúscula pausa después de «lo siento»: «Lo siento, no hay pulso».

¿Quién era? ¿Quién había dicho eso? ¿Había sucedido realmente? A Alice se le empañaron los ojos, y volvió a pensar en los ramos de globos de color rosa que el viento hacía revolotear en un cielo gris. ¿Los había visto en una película muy triste y olvidada hacía mucho tiempo? Volvió a golpearla la misma sensación de cuando iba en la ambulancia, aquella mezcla de dolor y de rabia. Se vio a sí misma sollozando, gimiendo y mordiéndose las uñas, aunque nunca en la vida se había comportado de ese modo. Y justo cuando creía que no podía soportarla más, la sensación se desvanecía y se quedaba en nada. Era extrañísimo.

—¿Cuántos hijos tiene? —preguntó la médica. Le había subido un poco la camiseta y bajado la cinturilla de los shorts para palparle la tripa.

Alice parpadeó, intentando contener las lágrimas.

—Ninguno. Es mi primer embarazo.

La médica dejó de palparla y la miró.

—Pues yo diría que esto es una cicatriz de cesárea.

Alice levantó como pudo la cabeza y vio que la médica le señalaba el abdomen con una uña muy bien arreglada. Forzó un poco la vista y le pareció ver una tenue línea rosada justo por encima del vello púbico.

—No tengo ni idea de qué es —declaró Alice, avergonzada. Pensó en la solemnidad con que su madre les decía de pequeñas: «No enseñéis a nadie vuestras partes femeninas». Nick estuvo a punto de soltar una carcajada cuando se lo contó. ¿Cómo podía ser que Nick no hubiera visto aquella cicatriz tan extraña? Había dedicado bastante tiempo a inspeccionar sus partes femeninas...

—Y tampoco parece que el útero tenga el tamaño de un embarazo de catorce semanas —observó la médica.

Alice se miró la tripa y vio que la tenía bastante lisa. Era la tripa de una mujer delgada, algo que en otras circunstancias habría agradecido, pero no ahora que estaba embarazada. A Nick siempre se le escapaba una risita cuando Alice se ponía algo que le marcaba la redondez de la barriga.

—¿Seguro que está de tanto tiempo? —preguntó la médica.

Alice se quedó mirando su abdomen liso (¡planísimo!) y no dijo nada. Sintió perplejidad, miedo y una espantosa vergüenza. De pronto se dio cuenta de que los pechos, que últimamente se le habían puesto hinchados, pesados y claramente «pechugones», habían recuperado su humilde y discreto estado normal. No se notaba embarazada. Se sentía rara, pero no embarazada.

¿Qué era aquella cicatriz? Pensó en las historias que circulaban sobre personas a las que secuestraban para robarles los órganos. ¿Había ido a un gimnasio, se había emborrachado hasta perder el sentido y alguien había aprovechado para quitarle algún órgano?

—Bueno, quizá no estoy de catorce semanas; a lo mejor me he confundido con las fechas —le dijo a la médica—. Estoy un poco espesa. Pero enseguida vendrá mi marido y se lo explicará todo.

—Bueno, usted descanse y no se preocupe. —La médica le recolocó la ropa con un gesto rápido y amable—. Le haremos una tomografía para descartar que haya algún problema grave, pero creo que enseguida empezará a ver las cosas más claras. ¿Recuerda cómo se llama su obstetra? Puedo llamarle para que nos diga de cuánto está. No quiero que se preocupe si resulta que no captamos pulso fetal porque aún es demasiado pronto.

«Lo siento, no hay pulso.»

El recuerdo era muy nítido. Alice tuvo la impresión de que realmente había oído aquella frase.

—Me lleva el doctor Sam Chapple —dijo Alice—. Está en Chastwood.

—Muy bien, no se preocupe. Es muy normal sentir confusión después de un traumatismo craneoencefálico.

La médica le dirigió una sonrisa solidaria y se fue. Alice la observó mientras salía de la habitación, y luego se subió la camiseta para mirarse otra vez la tripa. Además de tenerla más lisa, había una serie de líneas blanquecinas a un lado y a otro del ombligo. Parecían estrías. Las rozó con los dedos, sobrecogida. ¿Eso era verdaderamente su tripa?

Una cicatriz de cesárea, había dicho la médica. A no ser que lo hubiera oído mal, claro; quizá no era una cicatriz de cesárea sino una cicatriz normal y corriente... de lo que fuera.

De todos modos, si realmente había oído bien, eso quería decir que algún médico (¿el doctor Chapple, quizá?) le había rajado la piel con un bisturí y le había sacado de la barriga un bebé ensangrentado y berreante, y que ella no recordaba nada parecido.

¿Acaso un golpe en la cabeza podía borrar de la memoria un dato tan importante? ¿No era un poco excesivo?

Alice pensó en las veces en que se quedaba dormida viendo la tele en el sofá, con la cabeza apoyada en el regazo de Nick. No le gustaba nada, porque se despertaba con la boca pastosa y veía que la vida de los personajes de la pantalla había evolucionado y la pareja que al principio se odiaba ahora estaba compartiendo un paraguas al pie de la Torre Eiffel.

«Has tenido el bebé —se dijo para sí, sin mucha convicción—. ¿No lo recuerdas?»

Era absurdo. No iba a darse una palmada en la sien y decir: «Ah, el bebé... ¡claro que lo tuve! ¡Qué curioso que se me haya olvidado!».

¿Cómo podía haber olvidado a un bebé que crecía, daba pataditas y se movía en el interior de su tripa? Si ya lo había tenido, eso quería decir que también había asistido con Nick al cursillo de preparación al parto, y que se había comprado ropa de premamá, y que ya habían terminado de pintar el cuarto del niño, y que ya habían comprado la cunita, el cochecito, la silla de paseo, el cambiador y los pañales.

Quería decir que había un bebé en alguna parte.

Alice se incorporó y se puso las manos sobre la tripa.

¿Dónde estaba su hijo, entonces? ¿Quién lo estaba cuidando? ¿Quién le daba de mamar?

Era un despiste mucho peor que los que solía granjearle un «pero Alice...». Era un despiste descomunal y aterrador.

¡Por el amor de Dios! ¿Dónde se había metido Nick? Tendría que ponerse seria con él cuando apareciera, aunque tuviera una buena excusa.

La enfermera de ojos verdes entró en la habitación.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó.

—Bien, gracias —respondió automáticamente Alice.

—¿Recuerda por qué está aquí y qué le ha pasado?

En teoría, aquel interrogatorio constante pretendía evaluar sus funciones mentales. Alice tuvo ganas de gritar: «Pues mire, ¡¡¡estoy aquí porque me he vuelto loca!!!», pero no quería incomodar a aquella pobre chica, y los locos incomodaban a la gente. Por eso dijo:

—¿Podría decirme en qué año estamos? —Hablaba con rapidez, por si volvía la médica de las gafas y la pillaba estudiándose las respuestas a escondidas.

—En 2008.

—¿De verdad estamos en 2008?

—Hoy es el 2 de mayo de 2008. ¡La semana próxima es el día de la Madre!

¡El día de la Madre! Sería el primer día de la Madre que Alice podría celebrar como mamá.

Ahora bien, si estaban realmente en 2008, en realidad no era su primer día de la Madre.

Si estaban en 2008, la Pasita ya tendría nueve años. Y ya no sería en absoluto una Pasita, sino que habría crecido hasta alcanzar el tamaño de una uva, y después de una pelota de tenis, y después de un balón de baloncesto, y finalmente... de un bebé.

Alice contuvo una inoportuna carcajada.

¡Su bebé tenía nueve años!

Las notas de Elisabeth para el doctor Hodges

Para el espanto de Layla, he interrumpido la explicación sobre la «visualización del objetivo» y he pasado a la «olimpiada de ideas». Le fascinará saber, doctor Hodges, que llegados a este punto les pido que miren bajo las mesas y saquen el «producto misterioso». Todo el mundo se emociona y mete la cabeza bajo la mesa. Es impresionante ver cómo personas tan distintas acaban haciendo siempre los mismos chistes. Es algo que corrobora mi idea de que el tiempo pasa pero nada cambia. Yo soy la perfecta encarnación de la frase «Nada evoluciona».

Mire, dentro de diez minutos empieza Anatomía de Grey, y la redacción de estas notas no debería interferir en mi consumo televisivo nocturno. Me da igual lo que diga Ben; sin los efectos narcóticos de la televisión, hace mucho que me habría vuelto loca de verdad.

Mientras mis alumnos apuntaban en una cartulina las ideas que se les ocurrían para la comercialización de sus respectivos productos misteriosos, he intentado devolver la llamada a Jane; pero claro, ahora era ella la que tenía el móvil apagado, así que he soltado «¡A la mierda!» en voz alta y he visto que Layla esbozaba una sonrisa tensa. Le había sentado muy mal que alterase el orden de los temas como si no tuviera importancia, cuando eso precisamente es su vida.

Entonces le he contado que mi hermana había tenido un accidente y que no sabía en qué hospital estaba y que alguien tenía que ir a recoger a los críos a la escuela. Y Layla me ha dicho: «Vale, pero ¿cuándo vas a terminar la “visualización del objetivo”?». Supongo que está bien que tus subordinados tengan este grado de dedicación a la empresa, pero ¿no le parece un poquito patológico, doctor Hodges? Como experto, ¿qué opina?

Lo siguiente que he hecho ha sido llamar a mi madre, pero también me ha saltado el contestador. He añorado los tiempos en que mamá aún no tenía vida propia. No hace tanto, habría empezado por llamar a Frannie, que siempre conserva la calma en las situaciones de crisis, pero Frannie decidió dejar de conducir cuando se mudó a esa comunidad residencial para jubilados. Aún no lo he asimilado, porque siempre fue tan buena conductora... He llamado al colegio de los niños y me han dejado en espera, escuchando una grabación sobre los valores familiares. También he llamado al gimnasio de Alice para que me dijeran a qué hospital la habían llevado y me han dejado en espera, escuchando una grabación sobre la alimentación saludable.

Por último, he llamado a mi marido.

Ben ha respondido a la primera, ha escuchado mientras yo farfullaba y ha dicho: «Ya me ocupo yo».