17 de junio: Martin Behaim trabaja en la construcción
de un globo terráqueo en Nuremberg
En 1491 apareció en Roma un profeta harapiento que esgrimía una cruz de madera como posesión más valiosa. La muchedumbre abarrotaba las plazas para escucharle anunciar que el año siguiente sería de lágrimas y tribulaciones; y que después surgiría un «Pastor Angélico» que salvaría a la Iglesia apartándola del poder terrenal para obligarla a abrazar la fuerza de la oración.1
La predicción no pudo ser más errónea. En 1492 se celebró un cónclave, pero se eligió a uno de los papas más corruptos de los que hayan desprestigiado la Santa Sede. El poder terrenal siguió despreciando las prioridades espirituales, aunque ese mismo año dio comienzo un enfrentamiento feroz entre los dos ámbitos. La Iglesia no ingresó en una nueva era, sino que siguió alimentando y frustrando las esperanzas de reforma. En todo caso, los sucesos que el profeta no consiguió augurar fueron mucho más trascendentales que los que anunció. El año 1492 no solo transformó la cristiandad, sino que reordenó el mundo en su conjunto.
Hasta ese momento el mundo se dividía en culturas escindidas y ecosistemas divergentes. La divergencia se había iniciado hacía unos ciento cincuenta millones de años, con la fractura de Pangea, una gran masa continental única que se elevaba sobre la superficie de los océanos. Luego se formaron los continentes y comenzó la deriva continental. Islas y continentes se separaban cada vez más. En cada lugar la evolución adoptó un rumbo diferenciado. Cada continente dio lugar a una fauna y una flora peculiares. Las formas de vida se diferenciaban de un modo aún más espectacular que los pueblos, cuya diversidad cultural se multiplicaba y cuya apariencia y conducta divergían tanto que, cuando volvieron a retomar el contacto, al principio tuvieron dificultades para reconocerse miembros de una misma especie o integrantes de una cultura moral común.

Los humanistas del siglo XV consideraban que Nuremberg era «tan importante como Atenas o Roma». Los ilustradores del «panorama mundial», publicado en dicha ciudad en 1493 «a expensas de los ciudadanos ricos», estaban de acuerdo.
Esta pauta milenaria se invirtió en 1492 con una brusquedad extraordinaria. Aquella larguísima historia de divergencia llegó prácticamente a su fin y en la historia del planeta se inició una nueva era de convergencia. El mundo empezó a ver los límites de una revolución ecológica cuyos intercambios, desde entonces, han borrado los efectos más visibles de ciento cincuenta millones de años de divergencia evolutiva. Hoy día, en todos los rincones del planeta de zonas climáticas semejantes se dan formas de vida idénticas, se cosechan los mismos cultivos, prosperan las mismas especies, compiten y colaboran las mismas criaturas y viven a costa de ellas los mismos microorganismos.
Mientras tanto, entre pueblos otrora escindidos, la reanudación del contacto ha entrelazado el mundo hasta el extremo de que casi todos los habitantes de la Tierra conforman una única red de contacto, comunicación, contagio e intercambio cultural. Las migraciones transoceánicas han mezclado y desperdigado las poblaciones humanas por todo el planeta, mientras que los intercambios ecológicos han trasplantado formas de vida diferentes. La divergencia interna de nuestra especie se prolongó durante la mayor parte de los cien mil años anteriores, desde que nuestros antepasados comenzaron a abandonar su lugar de origen, en el África oriental. A medida que los grupos iban adaptándose a nuevos entornos en los territorios del planeta recién colonizados, fueron desvinculándose, e incluso llegaron a perder la capacidad de reconocerse como congéneres de una única especie unidos por el sentido de pertenencia a la humanidad. Las culturas que alumbraron fueron diferenciándose cada vez más. Proliferaron lenguas, religiones, costumbres y modos de vida diversos, y si bien hubo un largo período antes de 1492 en que las divergencias se solaparon y existieron contactos, solo en esta fecha resultó posible la reanudación de los vínculos a escala mundial.
Como las rutas marítimas dependían de los vientos y las corrientes marinas, hasta que Colón desveló el funcionamiento del sistema en el Atlántico los vientos del planeta eran una clave que nadie conseguía descifrar. Los alisios procedentes del nordeste, que fueron los que utilizó Colón para atravesar el Atlántico, soplan casi hasta donde la corriente de Brasil arrastra las embarcaciones hacia el sur, hasta que encuentran los vientos del oeste del Atlántico Sur, y sucede de forma similar en todo el planeta. Una vez que los navegantes descubrieron esta pauta, la exploración de los océanos se convirtió en un proceso irreversible; aunque, claro está, lento, largo e interrumpido por muchas frustraciones. Hoy día el proceso está casi concluido. De vez en cuando aparecen todavía en las zonas más recónditas del Amazonas personas «que jamás han tenido contacto con otros», tal vez por refugiarse de la convergencia cultural; pero el proceso de confluencia parece casi concluido. Vivimos en «un solo mundo». Reconocemos a todos los pueblos como integrantes de una única comunidad moral de envergadura planetaria. El fraile dominico Bartolomé de Las Casas (1484-1566), que además fue albacea literario de Colón, percibió la unidad de la humanidad gracias a su experiencia con pueblos indígenas de una isla del Caribe conquistada por Colón. Las Casas escribió una frase que ha acabado convirtiéndose en una de las tautologías más célebres del mundo: «Todas las naciones del mundo son humanas», y comparten los mismos derechos y libertades.2
Dado que buena parte del mundo en que habitamos nació en aquel entonces, 1492 parece una opción evidente (y, por asombroso que resulte, muy poco atendida) para que un historiador reconstruya la historia mundial de un solo año. A lo que más suele asociarse esta fecha es al descubrimiento que hizo Colón de la ruta que conducía a América; un suceso trascendental e inigualable que transformó el mundo. Puso en contacto al Viejo Mundo con el Nuevo y volvió a reunir civilizaciones escindidas mediante el conflicto, el comercio, el contagio y el intercambio cultural. Hizo posible que la historia fuera verdaderamente universal, creó un auténtico «sistema mundial» en el que los sucesos acaecidos en un lugar resuenan en la totalidad de un planeta interconectado, y en el que las consecuencias de los pensamientos y las operaciones atraviesan los océanos como la actividad suscitada por el aleteo de una mariposa. Supuso el arranque del imperialismo europeo a gran escala, que se extendió para remodelar el mundo. Incorporó el continente americano a Occidente para multiplicar los recursos de la civilización occidental y eclipsar a la postre economías e imperios asiáticos hegemónicos desde hacía miles de años.
Al abrir el continente americano a la evangelización y las migraciones europeas, los sucesos de 1492 dibujaron un mapa mundial de religiones radicalmente distinto y modificaron la distribución y el equilibrio entre las civilizaciones del planeta. La cristiandad, que anteriormente parecía minúscula comparada con la envergadura del islam, empezó a escalar posiciones hasta alcanzar casi la paridad; y hubo incluso períodos de superioridad numérica y territorial. Antes de 1492 parecía inconcebible que Occidente (un puñado de territorios situados en el extremo más pobre de Eurasia) pudiera llegar a rivalizar con China o la India. El afán de Colón por encontrar rutas que llegaran a aquellos confines era una señal de la atracción que ejercían y de lo inferiores que se sentían los europeos cuando los imaginaban o leían sobre ellos. Pero cuando los occidentales encontraron una vía de acceso privilegiada al Nuevo Mundo, las perspectivas cambiaron. Hasta ese momento la iniciativa, la capacidad de unos grupos humanos para influir en otros, se concentraba en Asia. En adelante pudieron apropiarse de ella unos usurpadores de otros confines. Ese mismo año, unos sucesos independientes acaecidos en el extremo más oriental de la cristiandad, donde la profecía de que el fin del mundo era inminente causaba aún más furor, elevaban a Rusia a la categoría de gran imperio y potencia hegemónica.
Colón ha monopolizado hasta tal extremo los libros dedicados a 1492 (pues, o bien trataban sobre él, o bien se centraban en él) que ha vuelto invisible para los lectores el mundo que le rodeaba, el que hacía inteligibles las consecuencias de su viaje. Los mundos que Colón puso en contacto; las civilizaciones que buscaba y no logró encontrar; los lugares en los que jamás pensó, como zonas recónditas de África o Rusia; las culturas del continente americano que ni siquiera logró imaginar... todos ellos eran, en 1492, ámbitos sujetos a cambio y dinamismo. Algunos de esos cambios fueron fehacientes; es decir, iniciaron transformaciones que han continuado evolucionando desde aquel momento y han contribuido a conformar el mundo en que vivimos. Otros eran indicios de cambios a más largo plazo, de lo que es fruto nuestro mundo.
Este libro constituye una tentativa de reunir todos esos cambios explorándolos desde una panorámica general, como podría haber hecho un viajero que en aquella época recorriera el mundo de 1492, en caso de que hubiera sido posible hacerlo: zigzagueando por la franja densamente poblada de civilizaciones productivas que se extendían por todo el planeta, desde los confines orientales de Asia, para atravesar el océano Índico hasta llegar al este de África y lo que hoy conocemos como Oriente Próximo y, desde allí, cruzar la masa continental euroasiática hasta Rusia y el mundo mediterráneo. Una vez allí, atravesando el Atlántico, faltaba muy poco tiempo para que se pudiera acceder a las civilizaciones de Mesoamérica y la región andina. Solo un viajero imaginario podría haber circundado el mundo entero en aquellos días. Pero los navegantes de carne y hueso fueron completando rutas hasta abarcar todo el mundo y, en la medida de lo posible, los lectores los acompañarán a partir del próximo capítulo, que arranca en Granada en enero de 1492. Desde allí cruzaremos junto a un aventurero musulmán el desierto del Sahara hasta Gago (o Gao), situada en África occidental, y visitaremos el reino de los kongo con los exploradores portugueses para, a continuación, regresar y explorar el Mediterráneo con los refugiados judíos expulsados de España y detenernos en Roma y Florencia para presenciar el Renacimiento, con sus peregrinos, predicadores y sabios ambulantes. Atravesaremos el Atlántico con Colón y el océano Índico con otro mercader italiano. Las escalas posteriores de nuestro viaje selectivo alrededor del mundo abarcarán la frontera oriental de la cristiandad y los mundos que Colón trató de alcanzar en China y casi abrazó en América.
El afán que me impulsa a hacer este viaje con la imaginación es el de contemplar el mundo justo antes de que se acabara. En el año 1492, y en los inmediatamente precedentes, las expectativas de destrucción y renovación se habían apoderado de los profetas y los sabios de Europa. El profeta de Roma del que hablábamos al principio, cuyo nombre no ha quedado registrado, fue uno de los muchos en ejercicio en la Europa de aquel tiempo y predicaba ante unos feligreses deseosos de sensacionalismo. En el mundo siempre hay muchos pesimistas, acongojados por un ánimo de decadencia, y optimistas, que se agarran a un futuro resplandeciente. Ambos abundaban a finales del siglo XV. Pero en 1492 predominaban los optimistas, al menos en Europa occidental. Cundían dos tipos de optimismo: uno, en términos muy generales, de inspiración religiosa, y el otro de orientación secular.
Desde el siglo XII, en Occidente no había dejado de proliferar el optimismo religioso en los ámbitos sometidos a la influencia de las profecías del abate místico siciliano Joaquín de Fiore. Había concebido un nuevo método de adivinación basado en una interpretación muy imaginativa de la Biblia. Utilizaba pasajes de todos los libros de las Escrituras, pero había dos textos particularmente poderosos y atractivos: la parábola que los autores del Evangelio pusieron en boca de Cristo como una de sus últimas enseñanzas a los discípulos, y la imagen del fin del mundo con la que finaliza la Biblia. Allí había material contundente y espantoso. Cristo auguraba contiendas y rumores de guerra, terremotos, hambrunas, «el comienzo de los dolores ... Y entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán ... Pero, cuando veáis la abominación de la desolación ... Porque aquellos días habrá una tribulación cual no la hubo desde el principio de la creación, que hizo Dios, hasta el presente, ni la volverá a haber». Quedaba el consuelo de que, cuando el sol se oscureciera, la luna no diera su resplandor y las estrellas fueran cayendo del cielo, «entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria».3 El iluminado del Apocalipsis añadía más atrocidades: pedrisco y fuego mezclados con sangre, mares cuajados de sangre o amargura, plagas de langosta gigante, escorpiones del tamaño de un caballo y la tierra cubierta de fuego y oscuridad, todo ello vertido desde «copas de oro llenas del furor de Dios».4 Los profetas que vislumbraban semejante catástrofe lograban mantener, en todo caso, una mirada de alegría macabra que llevaba incorporado cierto gozo ante el sufrimiento ajeno, pues las tribulaciones solo serían eternas para los malvados. Y también cierto alivio, pues las catástrofes eran «señales» y presagios de la purificación del mundo.
Todo aquel que haya discutido alguna vez con un fundamentalista actual sabe que en las Escrituras se puede leer el mensaje que se desee, pero la gente parece tan ávida de consejos de las Sagradas Escrituras que se diría que su espíritu crítico parece quedar en suspenso cuando las leen, o cuando escuchan la interpretación que otros hacen de ellas. En los textos que Joaquín de Fiore escogía detectaba un plan de la providencia para el pasado y el futuro del cosmos, que se dividía en tres edades. Tras una Edad del Padre en la que Dios se revelaba tan solo de forma parcial, su encarnación daba comienzo a la Edad del Hijo. A continuación, una batalla cósmica entre Cristo y el Anticristo, el bien y el mal, inauguraría la Edad del Espíritu, que precedería al fin del mundo, la fusión de cielos y tierra y la nueva inmersión del tiempo en la eternidad. Los lectores de Joaquín escrutaban el mundo en busca de las señales que auguraba. El «Pastor Angélico» purificaría la Iglesia y restablecería las virtudes de la época de los apóstoles. Un «Último Emperador» conquistaría Jerusalén, unificaría el mundo y defendería a Cristo frente a las fuerzas del mal. Una erupción de evangelización propagaría el cristianismo en rincones del mundo a los que el denuedo de antaño no había permitido acceder.

Los grabados de Durero sobre el Apocalipsis eran ejemplos fantásticos de un tema recurrente en la década de 1490: el fin del mundo.
El mensaje de Joaquín apasionó a lectores y oyentes de todas las esferas de la vida, pero a nadie como a los miembros de la nueva orden monacal que fundó Francisco de Asís en el siglo XIII. Francisco de Asís parecía encarnar algunas de las profecías de Joaquín. Tanto él como sus discípulos imitaban la vida que supuestamente llevaron Cristo y los apóstoles. No tenían posesiones, lo compartían todo y vivían de la limosna. Eran propagandistas iluminados que evangelizaban a los pobres, entraban en confrontación con los paganos e, incluso, predicaban para los cuervos si no había otro que quisiera escucharlos, como hacía el propio Francisco de Asís. Los franciscanos irradiaban el espíritu de renovación del mundo. Cuando Francisco de Asís sucumbió a lo que entendía que era la llamada de Dios, se arrancó las vestiduras en la plaza de su ciudad natal para simbolizar que renunciaba a la riqueza y se encomendaba por entero a Dios; pero aquel también era el signo de alguien que renacía. A su muerte, era difícil que los discípulos siguieran la regla de pobreza y piedad, pero entre los frailes sí se mantuvo una corriente que insistía en la fidelidad a su espíritu. Esos franciscanos «espirituales» que en los siglos XIV y XV se distanciaron cada vez más del cuerpo principal de la orden eran conscientes de los paralelismos existentes entre la vida de Francisco de Asís y las profecías de Joaquín, y trataron de esforzarse cada vez más por iniciar la Edad del Espíritu.

El entusiasmo con el que los ilustradores de la Crónica de Nuremberg adaptaron los grabados de Durero de la Danza de la Muerte evoca las expectativas del Apocalipsis.
Mientras tanto, los joaquinistas buscaban por todo el mundo un candidato a «Último Emperador». En el siglo XIII la Sicilia natal de Joaquín se incorporó a los dominios de los regentes de Cataluña y a los territorios adyacentes del este de España, a los que en su conjunto se conocía como Corona de Aragón. A juicio de algunos de sus cortesanos, Fernando de Aragón, que accedió al trono en 1479, parecía ser una alternativa prometedora, sobre todo porque en virtud de su matrimonio ya era rey de Castilla, el reino colindante por el oeste, y ostentaba el título tradicional de «Rey de Jerusalén». Su programa de conquistas de la década de 1480 contra los infieles del reino de Granada y los paganos de las islas Canarias parecía aludir implícitamente a la imagen de un monarca dedicado por entero a la evangelización y la unificación.
El fervor milenarista de la cristiandad era en parte una reacción ante la reciente y vigente expansión del islam y las victorias de los turcos. Las puntas de la media luna sobresalían ominosas desde Constantinopla y Granada para adentrarse, respectivamente, en Europa central y España. Los consejeros reales aragoneses, criados en el miedo a los turcos, confiaban en que la unión de las coronas de Castilla y Aragón les proporcionara la fuerza necesaria para la batalla. Los castellanos aceptaron. Un profeta castellano llamó a sus lectores a alzar «los ojos, tended los reynos, ensanchad la tierra, derrocad los valles, tirad las puertas, pasad las lindes e mojones».5 Un cronista señalaba que «con esta junta de estos dos ceptros reales se vengó Nuestro Señor de sus enemigos». Colón prometió al rey que los beneficios de la empresa transatlántica que le proponía cubrirían los gastos de arrebatar Jerusalén a los gobernantes musulmanes de Tierra Santa, con lo que se cumplirían las profecías y se aceleraría el fin del mundo.
Fernando no era el único mandatario que apelaba a un lenguaje mesiánico y propugnaba adelantarse al clímax inminente de la historia. Manuel I el Afortunado, rey de Portugal, era igualmente susceptible a los aduladores que le aseguraban que él era el elegido para reconquistar Jerusalén e inaugurar la edad postrera del mundo. Como veremos más adelante, Carlos VIII de Francia tenía un concepto de sí mismo semejante, que utilizó para justificar la invasión de Italia que emprendió en 1494. Hoy día se suele dar por válido que Enrique VII, que se apropió del trono de Inglaterra en 1485 tras un levantamiento que culminaba una larga serie de disputas dinásticas, era un rey práctico y serio de solemnidad. Pero también era hijo de las profecías, pues se jactaba de que el hecho de que tuviera antepasados «británicos» acreditaba que estaba destinado a devolver el reino a la línea de descendencia de sus antiguos fundadores, con lo que cumpliría los augurios atribuidos a Merlín, o a una «voz angelical» dictada al oído de un antiguo profeta galés. En Rusia, según el consenso establecido por la ortodoxia, 1492 iba a ser el último año del mundo.
Hasta los autores seculares, impermeables al fervor religioso, eran susceptibles a la profecía. La admiración por la antigua Roma y la Grecia clásica era una de las vetas más poderosas de la cultura común de la élite occidental, y los antiguos vivían embelesados por los oráculos, los augurios, las conjeturas y los presagios. Del mismo modo que los joaquinistas sondeaban profecías en las Escrituras, los humanistas escrutaban los textos clásicos en su busca. La predicción hecha por Virgilio de que llegaría una Edad de Oro suministraba una especie de alternativa secular a la Edad del Espíritu. Para Virgilio no se trataba en realidad de una profecía, sino más bien de mera adulación para contentar a su mecenas, Augusto, el primer emperador romano, concebida para ensalzar su fama asociándola a los dioses. Pero los lectores de Virgilio creían que la Edad de Oro era inminente. Según Marsilio Ficino, el genio más sobresaliente de los platónicos de Florencia, comenzaría en 1492. Como todo clasicista que se preciara, tenía en mente una profecía de la antigua Roma: que, con el tiempo, concluiría la «Edad de Oro», el período en el que Saturno gobernaba los cielos con armonía y prevalecía la paz en la Tierra, que precedía a la supremacía de Júpiter entre los dioses. Se apoyaban en la astrología, en la que Ficino y muchos miembros de su círculo eran especialistas. En 1484 una conjunción de planetas bajo el signo de Saturno y Júpiter encendió la mecha de la expectativa de que iba a producirse una gran mutación en el mundo. Los astrólogos de Alemania presagiaron veinte años de disturbios seguidos por una profunda reforma de la Iglesia y el Estado.
Como es natural, la rivalidad entre técnicas para profetizar generaba profecías rivales. En la década de 1480 había expectativas que giraban en torno al Último Emperador del Mundo, al alba de la Edad de Oro o al cataclismo y la reforma. Casi nadie que formulara una predicción para el futuro en algún lugar de la cristiandad confiaba en que el mundo fuera a seguir siendo como era.
Aunque se equivocaron en la mayoría de los detalles, los profetas que presagiaban cambios acertaron. Los sucesos de 1492 realizarían una aportación decisiva a la transformación del planeta (no solo en la esfera de lo humano, sino en el conjunto del entorno en que se inscribe la vida humana), más profunda y duradera que la de cualquier año precedente. Dado que el relato de cómo sucedió es una narración global, tiene muchos puntos de partida. Pero si comenzamos en la ciudad de Nuremberg, en el sur de Alemania, obtendremos un ángulo de visión privilegiado desde el que se puede contemplar el mundo de un solo vistazo.
En el transcurso de 1492 tomó forma en Nuremberg el objeto más asombroso que nos ha quedado de aquel año: el globo terráqueo más antiguo del mundo. La esfera de madera lacada, engarzada en un bastidor de latón en el que puede girar a voluntad, refleja continentes e islas pintados en tonos parduscos y rojizos. Los mares traslucen lo que en su época debió de haber sido un pigmento azul oscuro muy caro, a excepción del mar Rojo, que presenta un vívido color carmín, también muy valioso. Unos pequeños recuadros de aspecto apergaminado motean la superficie, abarrotada de textos diminutos en los que el cartógrafo exponía sus métodos y simulaba poseer un conocimiento esotérico. No era el primer globo terráqueo de la historia. Tampoco era, ni siquiera en su época, una tentativa particularmente lograda de plasmar una cartografía realista. La extensión de África aparece distorsionada; el cartógrafo situó desordenados en su litoral unos cabos que los exploradores habían medido con cierta precisión; inventó nombres de muchos lugares, por otra parte inexplorados hasta la fecha, e incluyó lo que a todas luces eran falsas afirmaciones de que había visto con sus propios ojos gran parte del litoral africano.
Pese a los errores y la categoría de las falsedades, la esfera es un registro exquisito de la imagen del mundo en aquella época y un elemento clave de lo que convertía aquel año en una fecha tan señalada: por qué 1492 es el mejor año a partir del cual datar los orígenes del mundo actual y de la era que llamamos «modernidad». El globo terráqueo hacía parecer pequeño al mundo; en 1566, un sobrino de san Francisco de Borja escribió a su tío una carta de agradecimiento por haberle regalado un globo terráqueo, en la que decía no haber reparado en lo pequeño que era el mundo hasta haberlo tenido en sus manos. Al igual que Colón, que basó su teoría de que el Atlántico era estrecho y navegable en la convicción de que, como él mismo dijo, «el mundo es poco»,6 Behaim subestimó la envergadura del planeta. Pero vaticinó una de las consecuencias de los procesos desencadenados en 1492: el mundo había menguado en sentido metafórico, pues ahora sería accesible e imaginable en su totalidad desde cualquiera de sus puntos.
El globo terráqueo de Behaim era al menos un intento de innovar, aspiración llamativamente ausente en la obra de los cartógrafos musulmanes de la época. Tal vez los sabios del mundo musulmán se dieran por satisfechos con la cartografía existente por ser herederos de un profuso legado medieval, pero lo cierto es que no mostraron interés por volver a cartografiar el mundo hasta que los avances occidentales les obligaron a tratar de ponerse al día. El mundo islámico conocía bien desde hacía muchos siglos uno de los textos clásicos que los europeos elogiaban por su novedad en el siglo XV, la Geographia del sabio alejandrino del siglo II Claudio Ptolomeo; pero hasta que en 1469 llegó a Constantinopla un mapa italiano basado en la información proporcionada por Ptolomeo, parece que ningún cartógrafo musulmán pensó en la posibilidad de utilizarlo para mejorar la representación del mundo. En 1513 un cartógrafo otomano elaboró un mapa del mundo al estilo occidental, copiado de prototipos de Occidente y basado en datos de los viajes de Colón recogidos aparentemente en el mar por navíos de guerra turcos. Tras un largo período de supremacía en todas las ciencias, el mundo islámico se quedó súbitamente rezagado en la de cartografiar.
Los geógrafos musulmanes rivalizaban en el reciclamiento de imágenes antiguas del mundo elaboradas por los grandes pioneros de la cartografía de los siglos X y XI. La única innovación presentada en ese intervalo de cinco siglos fue la tentativa de superponer una rejilla de líneas de longitud y latitud (técnica que ya propuso Ptolomeo) sobre información anticuada. En términos generales, los musulmanes de la década de 1490 disponían de dos tipos de mapas: uno, más formal y rígido, sin afán alguno de realismo, y otro de estilo más libre y concebido, al menos, para ser realista. La primera modalidad era conocida entre muchos lectores por los trabajos de Ibn al-Wardi, muerto en 1457, cuyo compendio de curiosidades geográficas, La asombrosa perla de las maravillas y la preciosa joya de las curiosidades, se copió en innumerables ocasiones. Según su versión del mundo, Arabia es minúscula pero aparece perfectamente centrada, bien ceñida entre el océano Índico y el mar Rojo, como un tornillo en la abrazadera de un banco de trabajo. África se extiende hacia el este, casi hasta los límites del oikumene o mundo habitado. Sumidas en el este africano, las legendarias montañas de la Luna, dos triángulos dorados idénticos, parecen verter el río Nilo a través de todo el continente. Frente a la desembocadura de aquel río inmenso, el Bósforo se prolonga hasta el extremo septentrional del mundo para separar Europa de Asia. Los mapas informales que solían aparecer en las obras del siglo XV procedían de los trabajos de uno de los cartógrafos más exquisitos de la Edad Media, el maestro siciliano del siglo XII Idrís o Al-Idrisí. Por lo general, también situaban a Arabia en el centro de la composición, pero le otorgaban una forma más verosímil e indicaban que el Nilo manaba de las montañas de la Luna, situadas al otro lado del ecuador.
Si la cartografía musulmana dificultaba mucho la representación del mundo de 1492, las fuentes chinas de que disponemos sirven aún de menos. En los siglos XIII y XIV ya hubo en China tentativas de cartografiar el mundo. Sin embargo, no nos ha quedado ninguna que sobrepase la mera representación esquemática del cosmos concebida para aludir al viejo proverbio chino de que los cielos son redondeados y la Tierra tiene bordes cortantes; a los unos se los representa con un círculo y a la otra, con un rectángulo. Para hacerse una idea del aspecto que tenía el mundo según la cartografía china, el mejor mapa al que podemos recurrir es coreano. El Kangnido se elaboró en 1402 y se copió muchísimo, no solo en Corea sino también en Japón y en el archipiélago de Ryukyu. Nos ha quedado un ejemplar fechado en 1470. En uno de los fragmentos de una loa que acompaña al mapa, el principal mecenas, el sabio confucianista Kwon Kun, confiesa «haber visto con satisfacción» cómo iba tomando forma el mapa e indica su finalidad (informar y ensalzar al gobierno), así como el proceso seguido por el cartógrafo, Yi Hoe, también célebre por la confección de mapas de Corea y celestiales. «El mundo es muy ancho —señala el texto—. Ignoramos las decenas de millones de li [unidad de longitud inferior a medio kilómetro] que separan el centro de China del límite exterior de los cuatro mares.» El autor desprecia la mayoría de los mapas porque son «demasiado imprecisos o en exceso abreviados», pero indica que Yi Hoe realizó su obra basándose en varios predecesores chinos del siglo XIV muy fiables, a cuyas propuestas incorporó correcciones y adiciones «para confeccionar un mapa enteramente nuevo, agradablemente ordenado y muy digno de admiración. De hecho, ¡se puede conocer el mundo sin atravesar la puerta de casa!».7
En el mapa aparecen Eurasia y África con pinceladas muy gruesas, desde una inmensa y detallada Corea hasta una Europa apenas perfilada únicamente con el esbozo de sus contornos, pero estampada con el nombre de unas cien localidades. China se detalla con profusión y la India un poco menos, aunque se reconoce su forma y Sri Lanka parece una pelota bien redondeada a sus pies. Indochina y la península malaya son un muñón minúsculo e insignificante. Japón está muy desplazado hacia el sur de su posición real y no se reconoce ninguna de las islas de Indonesia, ni siquiera de los mares de China, a excepción del archipiélago de las Ryukyu. África y Arabia están descoloridas y embutidas en el extremo occidental del mundo. Un descomunal mar interior ocupa la mayor parte del interior de África. El mapa destila orgullo y ambición, esfuerzo por ofrecer una visión global y la creencia, al menos, de que esa imagen global era posible. La emoción que despertó en Nuremberg el globo terráqueo de 1492 parece encontrar un paralelismo muy estrecho en Corea.
Martin Behaim confeccionó el globo terráqueo de Nuremberg en su ciudad natal. Tenía vocación de comerciante, había recorrido toda Europa occidental estableciendo acuerdos y conocía bien algunas regiones de los Países Bajos y Portugal. Uno de sus viajes al extranjero, realizado en 1483, tuvo quizá un motivo adicional: posponer o evitar una condena de tres semanas de cárcel por haber bailado durante la Cuaresma en la boda de un amigo judío. En 1484 estuvo en Lisboa y debió de contraer el virus de la geografía en aquella ciudad atlántica de navegantes, desde la que partían los viajes de exploración litoral hacia el oeste de África para cartografiar las regiones que Martin reflejaría tan pésimamente en su esfera. La afirmación de que acompañó a las expediciones no está avalada por ninguna otra evidencia y parece incompatible con los errores que cometió. Su ambición sobrepasaba a sus conocimientos.
Cuando regresó a Nuremberg en 1490, sus narraciones suscitaban expectativas que no podía satisfacer honrada ni cumplidamente. En todo caso, aunque tenía muy poca o ninguna experiencia práctica de navegación o exploración, en su época fue un típico geógrafo de salón que recopilaba meticulosamente información de distinto grado de fiabilidad de mapas ajenos y de las indicaciones de navegación anotadas por exploradores auténticos. Los datos de Portugal que dio a conocer en Alemania estaban llamados a despertar entusiasmo, pues contenían atisbos de intuición procedentes de la punta de lanza de la exploración de la Tierra.
El rasgo más sobresaliente que Martin Behaim incorporó de los descubrimientos portugueses más recientes fue la representación del océano Índico como un espacio al que se podía acceder desde el oeste rodeando el extremo meridional de África. Muestra que la costa africana sigue un largo trecho hacia el este, un vestigio de una antigua tradición cartográfica que encerraba y atrincheraba físicamente al océano Índico por el sur mediante un gran arco de tierra que se extendía desde el sur de África meridional hasta los confines orientales de Asia. No fue hasta la década de 1490 o, como pronto, los últimos años de la de 1480, cuando los geógrafos portugueses empezaron a estar seguros de que más allá de lo que entonces empezaron a llamar el cabo de Buena Esperanza se extendía el mar abierto. Las especulaciones cartográficas llevaban mencionando esa posibilidad desde hacía casi un siglo y medio, pero el primer mapa que reflejó expresamente los comentarios de los navegantes portugueses se elaboró en Florencia en 1489. Aun entonces, se dudaba del perfil que seguía el litoral africano más allá del cabo de Buena Esperanza, y antes de encargar la realización de más expediciones marítimas la corte portuguesa esperó, como veremos, a recibir informes de agentes enviados por tierra hasta el océano Índico para evaluar la accesibilidad de esas aguas desde el sur.
El tesón de Behaim era el de un aficionado. En su globo terráqueo la información antigua era ya sabida, y la mayor parte de la nueva era falsa. Pero su representación del mundo destaca más por la forma que adoptan algunos de sus errores que por lo poco que reflejó correctamente, pues muchos de sus errores y suposiciones encajaban con los planes de trabajo de un grupo de geógrafos cada vez más influyentes de Nuremberg, Florencia, Portugal y España, que intercambiaban correspondencia y difundían su peculiar y revolucionaria forma de concebir la geografía.
En Nuremberg, quien más hizo por fomentar y organizar el proceso de fabricación del globo terráqueo fue el comerciante y edil de la ciudad Georg Holzschuher, que había peregrinado a Jerusalén y había indagado en la geografía del mundo que quedaba más allá de su alcance. Las peregrinaciones a Jerusalén eran desde hacía mucho tiempo un tema de interés de los cartógrafos del sur de Alemania, y Holzschuher (a quien, sin pruebas que lo sustenten, me imagino como una persona temerosa de las maravillas de la creación) apreciaba las posibilidades que ofrecía integrar todos los datos existentes en un único mapa. Parte del asombro que experimentaba este piadoso observador ante la diversidad del mundo estaba teñido de deleite por los mitos y las maravillas de la literatura de viajes y las novelas de caballería tradicionales. El globo terráqueo de Behaim contenía muchas de las islas y prodigios imaginarios que incluían otros mapas medievales. Presentaba la isla en la que, según la hagiografía, san Brandán el Navegante descubrió el paraíso, junto con las islas de Antilia, el mítico territorio atlántico donde se decía que unos fugitivos de los moros descubrieron siete ciudades. Aparece también la isla en la que habitan las amazonas, junto a otra poblada en exclusiva por hombres con los que ellas supuestamente se reunían de vez en cuando para engendrar.
Además de la inspiración religiosa, el sensacionalismo tradicional y la curiosidad científica, lo que impulsaba a los comerciantes y patricios de Nuremberg era el interés mercantil práctico. Johannes Müller Regiomontano, quien hasta la fecha de su muerte, en 1476, fue el cosmógrafo más destacado de la animada comunidad académica de la ciudad, no dudaba de las ventajas de la urbe por «su fehaciente facilidad para mantener todo tipo de contactos con los sabios de todas partes», lo cual se derivaba del hecho de que «este lugar se considera el centro de Europa porque pasan por él las rutas de los comerciantes».8 El consistorio aprobó la financiación del trabajo de Behaim, que abarrotó el globo terráqueo con información de interés para sus patrones. Prestó especial atención a los lugares de procedencia de las especias, los artículos más preciados de Asia. En la práctica, la pimienta acaparaba el comercio de especias. La mayoría procedía del sudoeste de la India. Representaba más del 70 por ciento del volumen global del mercado. En todo caso, los productos de alto valor y bajo peso eran desproporcionadamente relevantes: canela de Sri Lanka y clavo, macis y nuez moscada de los productores especializados de las islas Banda y las Molucas. Los europeos fantaseaban extasiados con el origen último de las especias. El biógrafo de san Luis se imaginaba que los pescadores del Nilo llenaban las redes con el jengibre, el ruibarbo y la canela que caían de los árboles del paraíso terrenal y eran arrastrados por el río desde el Edén.
La idea de que la demanda de especias era fruto de la necesidad de disfrazar el sabor de la carne y el pescado putrefactos es uno de los grandes mitos de la historia de la alimentación. En la Europa medieval los alimentos frescos eran más frescos que los actuales, pues se debían a la producción local. Los alimentos en conserva se mantenían en aquel entonces en salazón, encurtidos, desecados o en grasa, igual de bien que hoy día enlatados, refrigerados, liofilizados o envasados al vacío. En todo caso, como expondremos más adelante, los aspectos que determinaban el papel que desempeñaban las especias en la gastronomía eran el gusto y la cultura. La cocina muy especiada era objeto de deseo porque era cara y sazonaba la posición social de los ricos y las aspiraciones de quienes ambicionaban serlo. Además, la moda gastronómica predominante en la Baja Edad Media europea imitaba la de las recetas árabes que requerían sabores dulces e ingredientes fragantes: leche de almendras, extractos de flores aromáticas, azúcar y demás exquisiteces orientales.
En un menú de la Inglaterra de Ricardo II se anunciaban pajarillos hervidos en pasta de almendra con clavo y canela, servidos con arroz cocido en leche de almendras acompañado de pollo deshuesado y con aromas de sándalo, y sazonado con más canela, clavo y macis. Los recetarios europeos aconsejaban añadir las especias al plato en el último momento con el fin de que no perdieran con el calor ninguno de sus apreciados aromas. Una guía de un mercader del siglo XIV enumera 288 especias distintas. Un libro de cocina del siglo XV elaborado para el rey de Nápoles contiene unas doscientas recetas, 154 de las cuales requieren azúcar, 125 canela y 76 jengibre. Las especias para el banquete nupcial de Eduviges de Polonia y Jorge el Rico, duque de Baviera, celebrado en 1475, ascendían a 175 kilos de pimienta, 130 de jengibre, 117 de azafrán, 93 de canela, 48 de clavo y 39 de nuez moscada. En dosis similares a las de la gastronomía, la medicina también requería especias, casi todas las cuales formaban parte de la farmacopea euroasiática y eran tan necesarias en la despensa del boticario como en la cocina. Las recetas de la Edad Media llevan incorporada una mezcla de tradición médica y culinaria con el fin de restablecer el equilibrio de los humores corporales frío, húmedo, caliente y seco, cuya alteración originaba enfermedades. La mayoría de las especias eran calientes y secas. En las salsas servían para corregir las propiedades húmeda o mojada que los médicos atribuían a la carne y el pescado. En las prescripciones de los libros de los boticarios se recurre a la pimienta, la canela y el jengibre para casi todas las dolencias, desde los sarpullidos hasta la peste.9
Los mercados europeos siempre se encontraban en desventaja para asegurar el suministro. China absorbía la mayor parte de la producción. Los restos disponibles para los europeos tenían que recorrer largas distancias y pasar por las manos de infinidad de intermediarios. Europa, que todavía era un rincón pobre y atrasado en relación con las economías y civilizaciones ricas del litoral asiático, no producía nada que los mercados de allá quisieran a cambio. Solo valía el dinero en efectivo. En el siglo I a. C. el historiador de la naturaleza más importante de Roma se quejaba de que el gusto por la alimentación muy especiada estaba enriqueciendo a la India y arruinando a Europa. Como escribió un poeta tamil, «los europeos llegan con oro y se marchan con especias».10 Una guía del siglo XIV dirigida a los comerciantes italianos que viajaban a Oriente advertía de que no tenía sentido llevar a China nada más que plata, y aseguraba a los lectores que podían confiar en los pedazos de papel que los funcionarios de aduanas chinos les entregarían en la frontera: una especie de papel moneda todavía inusual en Europa.11
El lucro atraía a todo aquel que fuera lo bastante ingenioso o decidido para comprar especias en su lugar de origen o en sus inmediaciones. Los comerciantes medievales realizaban esfuerzos ímprobos para penetrar en el océano Índico. Todas las rutas comportaban encuentros peligrosos con intermediarios musulmanes potencialmente hostiles. Se podía tratar de atravesar Turquía o Siria para llegar al golfo Pérsico o, lo más habitual, intentar obtener un salvoconducto de las autoridades de Egipto para remontar el Nilo y hacer luego transbordo, en caravanas del desierto, hasta el mar Rojo, donde hacerse a la mar en un puerto controlado por los etíopes. Como era de esperar, muchas tentativas fracasaban. Cuando triunfaban, seguían dependiendo de fletes indígenas que transportaran los productos a través del océano Índico, así como de intermediarios locales que los cargaran hasta las costas del Mediterráneo. Los mercaderes europeos que vencían todos estos obstáculos pasaban a integrarse en las redes comerciales existentes en el litoral asiático. Antes de la década de 1490 nadie abrió rutas directas para acceder desde el mercado europeo hasta las fuentes de suministro orientales.
Behaim concibió su globo terráqueo para resolver directamente ese problema. Estaba «muy capacitado para dar a conocer el Oriente en Occidente».12 Esa era la opinión de su amigo y camarada, el comerciante de Nuremberg Hieronymus Münzer, que también recorrió gran parte de la península Ibérica y participó en los intercambios epistolares de la red que conectaba a los geógrafos portugueses y de Nuremberg con sus homólogos florentinos. Las cartas de recomendación que Münzer escribió para Behaim muestran los valores que todos ellos compartían. Defendían la fe en «la experiencia y las narraciones fidedignas» frente a la erudición de los libros y la dependencia de los geógrafos antiguos.13 En ese aspecto compartían la visión del mundo de la ciencia moderna; pero sería un atrevimiento considerarlos precursores de la revolución científica, pues era el optimismo, y no la razón o las evidencias, lo que les llevaba a rechazar la sabiduría clásica.
Concretamente, despreciaban la tradición clásica en lo relativo a las dimensiones del mundo. Pero quizá los antiguos la hubieran establecido ya de forma bastante aproximada. Eratóstenes, el bibliotecario de Alejandría, había calculado la circunferencia del planeta en el tránsito del siglo III al II a. C. Midió la elevación del sol en dos puntos situados en el mismo meridiano, así como la distancia que separaba esos puntos en la superficie terrestre. La diferencia entre ambos ángulos era ligeramente superior a siete grados, equivalentes a un cincuentavo de círculo. La distancia, expresada en una medida de longitud que en absoluto se correspondía con la que utilizaban en aquella época la mayoría de los intérpretes de Eratóstenes, ascendía a unos ochocientos kilómetros. Así pues, la circunferencia terrestre resultaba ser, acertadamente, de unos cuarenta mil kilómetros.
A Behaim y sus colaboradores les parecía excesivo. Creían que, o bien los cálculos estaban mal hechos, o bien debían expresarse en kilómetros de menor longitud. Las pruebas que aportaban eran coherentes con sus prejuicios, según los cuales la observación primaba frente a la tradición. Münzer insistía en que, con independencia de lo que afirmaran los libros antiguos, lo cierto era que en África y en Asia había elefantes, por lo que ambos continentes debían de estar más cerca de lo que se creía. Concluía que «el principio del Oriente habitable se hallaba ... muy cerca del Occidente», y que a China «se puede navegar ... en contados días» partiendo rumbo al oeste desde las Azores.14 Había otras evidencias que apuntaban en la misma dirección: los restos de cañas arrastrados a las orillas del océano en Europa y la aparición en esas mismas costas de náufragos de aspecto supuestamente oriental. Un mapa descrito en 1474 en Florencia ilustraba esta teoría: situaba Japón tan solo cuatro mil kilómetros al oeste de la mítica isla de Antilia, que seguramente aparecía en las inmediaciones de las Azores, y China poco más de ocho mil kilómetros al oeste de Lisboa. Se discutía mucho sobre los detalles de lo que habría en el océano inexplorado que separaba Europa de Asia, pero destacaba una conclusión compartida por todos. Como dijo Cristóbal Colón cuando examinaba las teorías procedentes de Nuremberg, Florencia y Lisboa, «este mundo es pequeño». Quien contemplaba el globo terráqueo de Martin Behaim podía percibir su pequeñez al sostener entre las manos ahuecadas aquella imagen del mundo y verlo en su totalidad con un simple giro. Los vacíos de la cartografía de Behaim simbolizan la ignorancia mutua entre pueblos de unas regiones incomunicadas.
Los acontecimientos que empezaron a desencadenarse en 1492 disiparían la ignorancia, reunirían a las civilizaciones escindidas del mundo, redistribuirían el poder y la riqueza, invertirían la evolución, divergente hasta la fecha, y forjarían un mundo nuevo. Como es natural, un solo año difícilmente puede haber logrado tantas cosas por sí solo. En sentido estricto, no fue hasta 1493 cuando Colón pudo explorar rutas oceánicas de ida y vuelta que pudieran explotarse. Como expondremos más adelante, la que utilizó para llegar al Caribe en 1492 no era viable a largo plazo y tuvo que ser abandonada. La conexión entre los dos hemisferios fue sin duda un paso de gigante en la construcción de lo que hoy consideramos la «modernidad», el mundo globalizado y occidentalizado que habitamos en la actualidad; pero en modo alguno estaba concluida ni siquiera en 1493. Lo único que hizo Colón en realidad fue abrir unas posibilidades que a sus sucesores les costó siglos desarrollar. Y las potencialidades que ofrecía ni siquiera fueron fruto de un par de años. De hecho, en los años posteriores ni siquiera se pudo hacer más que vislumbrar las posibilidades de remodelación del mundo bajo un equilibrio de riqueza y poder nuevo, anteriormente inconcebible. Hubo otros exploradores que trazaron más rutas de ida y vuelta entre el norte y el sur del Atlántico con el fin de establecer conexiones entre diferentes regiones del continente americano, o que crearon un nuevo vínculo marítimo o reconocieron el territorio para trazar nuevas rutas terrestres entre Europa y el sur y el centro de Asia.
De todos modos, para la mayor parte de los pueblos del mundo aquel año no era 1492. El 1 de enero de 1492, el momento en que, según nuestro calendario actual, empezaba el año, para la mayor parte de los pueblos de la cristiandad ni siquiera era todavía 1492. Muchas comunidades consideraban que el año empezaba el 25 de marzo, el supuesto aniversario de la concepción de Cristo. Comenzar con la primavera tenía cierta lógica y estaba respaldado por los datos observables. En Japón, por esas fechas la televisión todavía retransmite todos los años el florecimiento del primer cerezo. Cada cultura posee su propia forma de contabilizar el tiempo.
El mundo musulmán, que en aquella época dejaba pequeña a la cristiandad, contaba los años —y sigue haciéndolo— a partir de aquel en que Mahoma huyó de La Meca, y los dividía en meses lunares. En las regiones no musulmanas de la India, la numeración de los años era irrelevante comparada con la longevidad de las divinidades, cuyo mundo se renovaba cada 4,32 millones de años siguiendo un ciclo eterno. En 1492, la era en que vivían había comenzado en el que para nosotros es el año 3012 a. C. A efectos prácticos, en el norte de la India se solía contabilizar los años a partir de una fecha que correspondía al año 57 a. C. de nuestro calendario. En el sur del subcontinente indio preferían tomar como punto de partida el año 78 de nuestra era. Durante gran parte de su pasado, los mayas de Mesoamérica registraban todas las fechas relevantes de tres formas distintas: primero, en una larga serie de días que comenzaba desde una fecha arbitraria de hacía más de cinco mil años; en segundo lugar, según el número de años de 365 días del reinado del monarca que ocupaba el trono, y, por último, de acuerdo con un calendario adivinatorio de 260 días, estructurados en veinte unidades de trece días cada una. A finales del siglo XV solo se utilizaba con regularidad el último de estos tres sistemas. Los incas solo tenían fechas para 328 días del año solar. Los 37 restantes quedaban excluidos porque se interrumpían las labores agrícolas, tras lo cual comenzaba otro año.
En China y Japón no había fecha fija para marcar el año nuevo; cada emperador establecía una nueva. En esa época la gente celebraba el año nuevo en fechas distintas, según costumbres locales o tradiciones familiares. Los años recibían el nombre de un animal escogido entre doce, como todavía sigue sucediendo: rata, búfalo, tigre, conejo, dragón, serpiente, caballo, cabra, mono, gallo, perro y cerdo. Ese ciclo de doce se entrelazaba con otro de diez, de tal modo que no se repetía el nombre de ningún año hasta pasados sesenta. Según otro sistema paralelo, los años también se numeraban de forma consecutiva desde el comienzo del reinado de un emperador. El 1 de enero de 1492 era el día llamado Jia Chen, segundo del duodécimo mes del año Xin Hai, el cuarto del reinado de Hongxi. El año Xin Hai había empezado el 9 de febrero de 1491 e iba a terminar el 28 de enero de 1492. Luego empezaba el año Ren Zi, que duró hasta el 17 de enero de 1492. El 31 de diciembre de 1492 era el decimotercer día, llamado Ji You, del duodécimo mes del año Ren Zi, quinto del reinado de Hongxi.
Por consiguiente, un libro dedicado a un año, que se proponga abordar como un todo coherente los sucesos acaecidos entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de un determinado año contabilizado al estilo occidental, es esencialmente ahistórico. La mayor parte de la población de aquellos tiempos no debía de tener la menor idea de que todos esos días constituyeran un año, como tampoco la tendrían si tuvieran en cuenta cualquier otra combinación de días que ascendiera en total a 365, 260, 330 o cualquier otra cifra que su cultura considerara convencional. En todo caso, ninguna secuencia de días encierra acontecimientos tan discretos como para que se puedan interpretar al margen de un contexto más amplio. Así pues, en este libro aplicaremos con flexibilidad las reglas de la datación y avanzaremos y retrocederemos en lo que hoy día pensamos que fue 1492 para penetrar en años, décadas y eras adyacentes.
Además, un libro como este versa necesariamente sobre algo más que el pasado. Como impone un concepto moderno de anualidad sobre unas gentes que no tenían conciencia de ella en aquel momento, está condenado a ser retrospectivo, al igual que otras historias de años específicos. Trata de nosotros, de cómo entendemos el mundo y el tiempo, en igual medida que de los pueblos del pasado. La tarea de los historiadores no consiste en explicar el presente, sino en comprender el pasado, en captar la sensación de lo que debía de ser vivir en él. Pero, para lo que me propongo hacer, quisiera apartarme de mis habituales rutinas de historiador. Lo que espero que los lectores de este libro quieran saber acerca de 1492 no es solo, ni tan siquiera principalmente, cómo debió de ser la experiencia de aquel año concreto, pues la mayor parte de las personas no tuvieron la sensación de estar viviendo nada semejante a un año concreto, sino qué aportaron aquellos sucesos al mundo en que vivimos en la actualidad.
Aun así, un año real tendría una significación a la que ya no podemos acceder con facilidad desde nuestro hábitat urbano industrial o postindustrial. Apenas se puede apreciar la sucesión de estaciones, salvo de manera superficial, cuando la altura de las faldas o los vestidos sube o baja a la par que el mercurio de los termómetros, o cuando el grosor de la ropa iguala al de la capa de nubes. La calefacción y el aislamiento nos protegen contra el verano o el invierno. Los hogares estadounidenses suelen estar hoy día más calientes en invierno que en verano, gracias a la furia de las calderas de calefacción y a la refrigeración de los aparatos de aire acondicionado. El comercio global lleva alimentos que no son de temporada incluso a personas relativamente pobres de países relativamente ricos. La mayoría de los occidentales hemos perdido los conocimientos para saber cuándo debemos comer qué.
En 1492, casi la totalidad del mundo vivía de la agricultura o la ganadería, y el resto subsistía con la caza. Así pues, el ciclo estacional determinaba en realidad casi todo lo importante en la vida; el ritmo de crecimiento de los cultivos o las migraciones de los animales fijaban lo que se comía, dónde se vivía, qué ropa había que ponerse, cuánto tiempo había que pasar trabajando y qué tipo de labor se hacía. En las imágenes talladas en el pórtico de las iglesias para advertir sobre el paso del tiempo con el fin de que los feligreses pudieran verlas al entrar, se solía representar escenas, dispuestas con criterio mensual, de las actividades que marcaban los ciclos climáticos; por regla general, desbrozo y siembra en febrero, poda en marzo, cetrería en abril, siega en junio, pisada de la uva en octubre y labranza en noviembre. Los poemas japoneses solían comenzar con invocaciones a la estación del año. Los autores chinos asociaban cada estación a su alimento, ropa y decoración propios. El mundo en su conjunto vivía a un paso y un ritmo ajustados a las estaciones.
En todas partes, la gente miraba las estrellas. En la Europa mediterránea, el ascenso de Orión y Sirio en el cielo indicaba la época de la vendimia. El de las Pléyades anunciaba la recolección de los cereales, y su ocaso el momento de la siembra. Los mayas vigilaban con angustia los movimientos de Venus, ya que era este planeta el que regía cuáles eran los días más propicios para entablar batallas o negociar la paz. Mahoma enseñó a los musulmanes que los novilunios «son señales para tiempos determinados de los hombres y de la peregrinación».15 En China los astrónomos eran consejeros políticos esenciales, pues la prosperidad del imperio dependía de haber escogido con exactitud el momento adecuado para cumplir con los ritos imperiales de acuerdo con el movimiento de las estrellas, y una de las obligaciones del emperador era otear los cielos en busca de signos de «discordia» celestial. Por consiguiente, era un mundo en el que no había posibilidad de escapar de los elementos, ni de encontrar alivio de los demonios que poblaban la oscuridad, las tormentas, el frío y el calor o las inmensas extensiones de tierras y aguas. La caza de brujas no fue una depravación de la época medieval, sino de los albores de la modernidad, que se inició como empresa a gran escala en gran parte de Europa a finales del siglo XV. En 1484 se informó al Papa de que había muchos hombres y mujeres que «negaban con verbo perverso la fe en la que habían sido bautizados» con el fin de «fornicar con el demonio y perjudicar a hombres y bestias con sus hechizos, maldiciones y demás artes diabólicas». Poco después se promulgaron las ordenanzas para perseguir a las brujas.16
La naturaleza parecía caprichosa y los dioses, inescrutables. Se dice que la epidemia de peste desatada en El Cairo en 1492 acabó con la vida de doce mil personas en una sola jornada. Un año más tarde, una inundación destruyó la mayor parte del ejército del gobernante de Delhi. Muchos judíos expulsados de España en 1492 perecieron en las hambrunas del norte de África. Las enfermedades que los marineros de Colón llevaron al Nuevo Mundo supusieron la práctica destrucción de unos pobladores no acostumbrados al contacto con esos gérmenes ni inmunizados contra ellos. Según una estimación a la baja, en 1492 vivían en la isla de La Española más de cien mil habitantes. Una generación después solo quedaban dieciséis mil.
No obstante, aunque la gente estaba a merced de la naturaleza, podía cambiar el mundo reinventándolo, esforzándose por hacer realidad sus ideas y propagándolas por las rutas que circundaban el mundo y habían sido descubiertas por los exploradores. Prueba de ello son los cambios obrados en 1492 y las consecuencias que tuvieron para la conformación de un mundo nuevo. La mayor parte de las iniciativas transformadoras que contribuyeron a dar lugar a la modernidad procedían, en última instancia, de China. El papel y la imprenta, tecnologías clave para la difusión y la aceleración de las comunicaciones, eran invenciones chinas. También lo era la pólvora, sin la que el mundo jamás podría haber experimentado la «revolución militar» que basaba la guerra moderna en la concentración de potencia de fuego de unos ejércitos inmensos; ni tampoco se habría invertido jamás el equilibrio de poder tradicional, que dejaba a las civilizaciones sedentarias a merced de los enemigos a caballo. Sencillamente, los «imperios de la pólvora» que en los albores de la modernidad superaban a rivales mal pertrechados en todos los rincones del mundo, o los estados-nación modernos surgidos de las revoluciones armadas, no habrían existido jamás.
La industrialización habría sido imposible sin la obtención de energía mediante los altos hornos o la explotación del carbón, técnicas que se originaron en China. El capitalismo moderno habría sido imposible sin el papel moneda, otra idea que los occidentales tomaron de China. La conquista de los océanos del planeta dependía de las adaptaciones hechas en Occidente de las tecnologías navales y de navegación chinas. El empirismo científico, esa gran idea por cuyo impacto en el mundo suelen felicitarse los occidentales, tenía en China una historia mucho más extensa que en Occidente. Así pues, en ciencias, finanzas, comercio, comunicaciones y guerra, las más influyentes de las grandes revoluciones que forjaron el mundo moderno se basaban en tecnologías e ideas chinas. El ascenso de las potencias occidentales a la hegemonía global fue un efecto diferido muchos años después de la apropiación de invenciones chinas.
Sin embargo, las aplicaciones efectivas procedían de Europa, y fue en Europa donde empezaron las revoluciones científica, comercial, militar e industrial. En resumen: este desconcertante desplazamiento de la iniciativa, la alteración del estado habitual del mundo, comenzó en 1492, cuando los occidentales empezaron a acceder a los recursos de un continente americano que, al mismo tiempo, quedaba fuera del alcance de otras civilizaciones real o potencialmente competidoras. Ese mismo año, los acontecimientos sucedidos en Europa y África trazaron entre la cristiandad y el islam fronteras nuevas que favorecieron a la primera. Los sucesos fueron sorprendentes y, en parte, este libro constituye un intento de explicarlos, ya que Europa, tanto entonces como hoy, era un lugar atrasado, despreciado o ignorado en la India, el islam, China y el resto de Asia oriental, donde se la superaba en riqueza, artes e inventiva. El ascenso de Occidente, primero para equipararse a Oriente y, en última instancia, para dominar el mundo, empezó en serio en 1492. Las gentes de cada generación poseen su propia modernidad, que emerge del conjunto del pasado. Ningún año tomado de forma aislada inauguró jamás por sí solo la modernidad de nadie. Pero, para nosotros, 1492 fue un caso especial. Por primera vez, se volvían inteligibles en los archivos históricos los rasgos fundamentales del mundo en que vivimos: la forma en que se distribuyen por todo el planeta la riqueza y la pobreza, las culturas y los credos o las formas de vida y los ecosistemas. Todavía estamos adaptándonos a las consecuencias.