Nota del autor

He dedicado mi vida a la procrastinación. Es decir, a la conducta de dejar irracionalmente las cosas para más adelante. Y lo he hecho indagando por qué eran otros los que procrastinaban mientras era yo quien se retrasaba. Muchas veces, el que investiga lo hace sobre sí mismo, así que no se trata de una casualidad. Los científicos suelen conocer en sus propias carnes lo que estudian; los problemas que investigan, ellos mismos los sufren. Es verdad que simpatizo con la condición del que deja las cosas para más adelante; al fin y al cabo, ha sido la mía durante muchos años.[*] Hoy, mi trabajo es apreciado internacionalmente; he entrenado a campeones universitarios de las competiciones nacionales de las escuelas de negocios, y de la pared de mi despacho cuelgan premios que me han sido concedidos como educador y como investigador.

Pero durante la mayor parte de mi vida he tenido la sensación de que dentro de mí languidecían mis potencialidades, impresión que se entremezclaba con la frustración de que no lograse perseverar en ninguno de mis muchos intentos de mejorar. Conocer a personas que, por naturaleza, eran más capaces que yo para sacar adelante cualquier cosa me recordaba mis deficiencias, me agriaba el ánimo y creaba en mí no poco resentimiento mal encaminado. Por suerte, me atrajo una profesión cuyo propósito mismo era descubrir los factores que posibilitan el cambio; y esos factores los puse sistemáticamente en práctica en mi propia vida, uno a uno.

Me doctoré en Psicología Industrial y Organizativa, el estudio científico de nuestros actos y de nuestra mente tal y como son en el puesto de trabajo. La psicología aplicada al trabajo persigue mejorar el rendimiento y el bienestar de las personas, y como es natural, también su motivación, o su falta de motivación. Por desgracia, muchas de las técnicas de esta disciplina no son bien conocidas, enterradas como están en las páginas de oscuras revistas especializadas donde aparecen expresadas en un lenguaje académico que solo comprenden los iniciados. En el caso de la procrastinación, el problema se complica aún más. Es un tema que ha atraído la atención de todas las ciencias sociales; sobre él se ha investigado en todo el mundo. Con más de ochocientos artículos científicos dedicados a la procrastinación pertenecientes a disciplinas muy distintas, desde la economía hasta la neurociencia, y redactados en una diversidad de lenguas, del alemán al chino, la dificultad estriba en conocerlos todos y darles un sentido.[1] Y ahí es donde entro yo. Di con dos formas de estudiar la procrastinación. La primera, con mis propias investigaciones, y sobre ellas se podrá leer en este libro. Me dieron el fundamento de una teoría del cómo y el porqué posponemos las cosas. Pero todavía tenía que vérmelas con la multitud de disciplinas que han estudiado la procrastinación y con la publicación de sus resultados en tantas revistas y libros diferentes. Tuve la suerte de toparme con el metaanálisis, una técnica científica elaborada hacía poco. Lo adapté a mis investigaciones.

El metaanálisis extrae matemáticamente de los resultados de miles de estudios aquello en que, fundamentalmente, concuerdan. En un nivel básico, si la ciencia progresa, es gracias al metaanálisis, que hace posible una síntesis de los conocimientos que se tienen y revela así las verdades subyacentes que buscamos. Es muy potente; tiene aplicaciones en todos los campos y de él procede, cada vez más, la información que necesitamos para gestionar el mundo. Es probable, por ejemplo, que el tratamiento médico que le receta el médico, sea para el asma o el Alzheimer, esté basado en los resultados de un metaanálisis.[2] Es una disciplina que he llegado a dominar: se la enseño a otros, he creado algunas de sus técnicas básicas y he diseñado programas informáticos para ella. Me gusta verla como algo en lo que soy bueno.[3] Es natural, pues, que metaanalizase el conjunto de investigaciones sobre la procrastinación, dado que no había ninguna otra manera de conjuntar todos los hallazgos. Debo decir que el campo de la procrastinación resultó apabullante, ya que en él se ha empleado casi toda metodología y técnica científica habida y por haber. Se han hecho experimentos de laboratorio, se han leído diarios personales, se ha analizado a los neurotransmisores desde todos los ángulos y se ha escrutado el ADN; se ha sometido a observación todo tipo de entornos, desde los aeropuertos hasta los centros comerciales; se han cableado aulas enteras para seguir hasta el menor movimiento de cada alumno; y se han estudiado procrastinadores de todas las condiciones, incluso palomas, alimañas o miembros del Congreso de Estados Unidos. Casar todo ello de modo coherente fue como dirigir la orquesta de un manicomio. Las secciones de cuerda, viento, metal y percusión tocan la misma melodía, pero no en la misma sala, ni con el mismo ritmo o en el mismo tono. De la conversión de ese ruido en música trata este libro.

Mis hallazgos le sorprenderán. Ponen en entredicho lo establecido. Mi trabajo en parte ya está publicado; es el caso del artículo «La naturaleza de la procrastinación», en el Psychological Bulletin, la revista especializada más reputada en las ciencias sociales. De alguno de mis artículos han informado cientos de medios de comunicación de todo el mundo, desde la India hasta Irlanda, y desde Scientific American hasta Good Housekeeping y The Wall Street Journal. Pero lo que he descubierto, en su mayor parte, se presenta aquí por primera vez. En estas páginas verá que hemos estado diagnosticando mal la procrastinación durante muchos años, atribuyéndolo a una característica asociada a menos procrastinación, no a más. Las verdaderas razones de la procrastinación son parcialmente genéticas y están ligadas a la estructura fundamental del cerebro; por eso se trata de un elemento común a todas las culturas y a lo largo de toda la historia. El entorno, sin embargo, no es completamente inocente; no es culpable de la existencia de la procrastinación, pero sí de su intensidad: la vida moderna ha convertido a la procrastinación en una pandemia. Y ¿sabe qué? Todos estos hallazgos derivan de la aplicación de una sencilla fórmula matemática que he concebido: la ecuación de la procrastinación.

Al desentrañar los fundamentos de la dinámica que nos lleva a dejar las cosas para más adelante, pude idear también estrategias aplicables a nuestra vida —académica, laboral o personal— para combatir la tendencia innata que tenemos a posponer las cosas. ¿Cree que apunto demasiado alto? Apueste. Por eso me ha llevado tantos años escribir este libro. Espero que las horas que pase leyéndolo le compensen con una nueva forma de pensar acerca de cómo utilizar —y desperdiciar— su tiempo.

1. Retrato de un procrastinador

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Retrato de un procrastinador

No dejes nunca para mañana lo que puedas hacer pasado mañana.

MARK TWAIN

Este libro trata de todas esas promesas que usted se hizo y no cumplió. Trata de todas las metas que se puso pero dejó pasar porque nunca encontraba la motivación. Trata de la dieta pospuesta, de las prisas por terminar un proyecto a última hora de la noche y de la mirada decepcionada de quienes dependen de usted... o de ese al que usted ve en el espejo. Trata del miembro de la familia que no da el callo y del que se queda atrás en su círculo de amigos. Trata del amenazador nubarrón de las tareas rutinarias por acabar, como esos recibos que ya tendría que haber pagado o todo ese desorden en casa. Trata de la cita con el médico dejada para otro día y de los problemas financieros pendientes. Trata de los días que pasan sin que se haya hecho nada, de los retrasos, de las oportunidades perdidas y de más. De mucho más. Este libro trata también de la otra cara, de los momentos de acción, cuando la procrastinación deja paso a una claridad y atención cristalinas, se van acometiendo las tareas sin vacilación y abandonar ni se le pasa a uno por la cabeza. Trata de la transformación personal, del deseo desembarazado y libre de competencia interna alguna, del placer inocente que se siente cuando ya se han hecho las tareas diarias. Este libro trata del potencial, del malgastado y del realizado; de los sueños que se desvanecen en la oscuridad y de los que podemos convertir en realidades. Y lo mejor de todo es que este libro trata de una transición que afectará al resto de su vida: de dejar las cosas para más adelante a conseguir que estén hechas.

El gozne que nos aparta de lo que queremos y debemos hacer es la procrastinación. No es pereza o vagancia, aunque sea fácil confundirla con ellas. Los procrastinadores, al contrario que los verdaderamente vagos, quieren hacer lo que tienen que hacer, y con frecuencia consiguen hacerlo, pero no sin tener antes que fajarse. Voy a demostrar que ese marear la perdiz es en parte hereditario, que estamos hechos para la dilación. Nuestra tendencia a posponer las cosas tardó cien millones de años en formarse y ahora está casi rotulada en nuestro ser. Pero las investigaciones enseñan que, pese a su arraigada naturaleza, podemos modificar nuestros hábitos y cambiar de conducta. Los procrastinadores que conocen los procesos que se esconden detrás de su inacción pueden dominarlos, sentir menos estrés ante una fecha de entrega y ser más capaces de cumplirla.

Este libro cuenta la historia de la procrastinación. Abarca desde el Menfis del antiguo Egipto hasta la moderna Nueva York, desde la clínica oncológica hasta la bolsa de valores. Espero dejarle claro por qué posponemos las cosas, qué consecuencias tiene la procrastinación y de qué estrategias podemos valernos para hacer algo al respecto. Empezaremos de una manera sencilla: se determinará qué es la procrastinación y se le ayudará a saber si usted es un procrastinador, y en caso de que lo sea, calcularemos con qué probabilidad puede sufrir usted un brote de procrastinación. Si usted es un procrastinador —y es bastante probable que lo sea—, pertenece a un colectivo bien grande. Va siendo hora de que nos conozcamos unos a otros un poco mejor.

¿QUÉ ES Y QUÉ NO ES LA PROCRASTINACIÓN?

Hay tanta confusión acerca de la procrastinación que lo mejor es colocar nuestro tema sobre la mesa de disección y separar el grano de la paja. Procrastinar no se trata meramente de dejar algo para más adelante, aunque proceder así es parte integral de este mecanismo. La palabra «procrastinación» viene del latín pro, que significa «delante de, en favor de», y crastinus, que significa «del día de mañana». Pero el significado de procrastinación abarca muchísimo más que su definición literal. La prudencia, la paciencia y el dar prioridad comportan el dejar algo para más adelante, pero no significan lo mismo que procrastinación. Desde que apareció por primera vez en inglés en el siglo XVI, la palabra «procrastinación» no se ha referido simplemente a posponer algo, sino a posponerlo irracionalmente; es decir, a cuando posponemos tareas de forma voluntaria pese a que nosotros mismos creemos que esa dilación nos perjudicará. Cuando procrastinamos, sabemos que estamos actuando en contra de lo que nos conviene.

Con todo, verá que hay quienes caracterizan erróneamente dilaciones sabias como si fueran procrastinaciones. Cuando vemos a un compañero de trabajo tirado en el sillón de su despacho con los brazos cruzados detrás de la cabeza, relajado, y le preguntamos qué está haciendo, dirá si es anglohablante, en su lengua: «¿Yo? ¡Estoy procrastinando!». Pero no está haciendo eso. Está posponiendo alegremente un informe porque sabe que hay muchas posibilidades de que el proyecto se acabe suspendiendo esa misma semana, y aunque no lo suspendan, podrá escribirlo a última hora. Eso es inteligente. En esa situación, irracional es el que, compulsivamente, tiene que terminar todo lo antes posible y aborda tareas que no servirán para nada. El obseso que concluye cualquier tarea a la primera oportunidad puede ser tan disfuncional como el procrastinador que lo deja todo para el último momento. Ni el uno ni el otro planifican su tiempo con inteligencia.

En consecuencia, no es usted procrastinador si no llega a una fiesta mucho antes que los demás o si no está en el aeropuerto con tres horas de antelación para coger un avión. Al retrasarse un poco, se ahorra momentos embarazosos con el anfitrión, que seguramente estará todavía ultimando los preparativos, y se librará de tener que pasar unas incómodas horas ante la puerta de embarque esperando a que salga el avión. Tampoco se procrastina cuando se deja (y pospone) todo lo demás ante una emergencia. No es inteligente empeñarse en cortar el césped cuando la casa está ardiendo. Puede que no quiera posponer esa tarea tan acuciante, pero sepa que el precio a pagar, las ruinas abrasadas de su casa, será demasiado alto. O al contrario: con una planificación flexible de su tiempo para atender las eventuales necesidades del cónyuge o de los hijos es probable que evite que su familia se rompa. No todo puede suceder al mismo tiempo; en su elección de qué hará ahora y qué dejará para después es donde radica la procrastinación, no en la dilación en sí.

TÚ, EL PROCRASTINADOR

Ahora que sabemos qué es la procrastinación, ¿la practica usted? En las filas de los procrastinadores, ¿por dónde cae usted? ¿Es usted un mareador de perdices del montón o pertenece a la línea dura y lleva la palabra «mañana» tatuada en la espalda? Hay algunos métodos entretenidos para establecer cuál es su propensión a procrastinar. Para empezar, podría fijarse en su caligrafía. Si es lenta y desarticulada, a lo mejor es que usted también es así. O podría mirar las estrellas. O mejor dicho, los planetas. Según los astrólogos, cuando Mercurio está en movimiento retrógrado o en oposición a Júpiter, la procrastinación tiende a ser más frecuente.[1] O podría recurrir a la lectura de las cartas del tarot. El dos de espadas suele indicar que, por el desgarro de un dilema, se le va dando largas al decidirse. Por mi parte, prefiero un enfoque más científico.

En mi página web (www.procrastinus.com), encontrará un test exhaustivo que he aplicado a decenas de miles de individuos y podrá comparar su nivel de dilación irracional con el de individuos de todo el mundo. Pero si el tiempo apremia y no quiere más dilaciones, pruebe con un cuestionario más breve, que se reproduce a continuación. Cumpliméntelo teniendoencuentaquelaspreguntas2,5y8puntúanensentido opuesto a como lo hacen las demás:

¿En qué lugar ha quedado usted? ¿Se ha hecho usted un nombre entre los que dejan las cosas para el último minuto? ¿O solo retrasa cosas como ponerse a hacer ejercicio y la declaración de la renta, como hace casi todo el mundo?

LA POLCA DE LA PROCRASTINACIÓN

Cuanto más alta haya sido su puntuación en el test de la procrastinación, mayor será la probabilidad de que esté procrastinando justo ahora. Otras tareas quizá deberían estar atrayendo en este momento su atención, lo que, desgraciadamente, querría decir que tiene algo mejor que hacer que leer este libro. Seguro que son tareas desagradables, puede que administrativas y aburridas, y quizá cueste concebir que pueda llevarlas a buen puerto. Voy a hacer unas cuantas conjeturas acerca de lo que le espera:

• El cesto de la ropa sucia, ¿está que rebosa?

• ¿Hay platos sucios en el fregadero?

• Los detectores de humo, ¿necesitan pilas nuevas?

• ¿Y la batería del coche? ¿Y la presión de las ruedas del coche? ¿Cuánto hace que cambió el aceite por última vez?

• ¿No hay una entrada que comprar, una habitación que reservar, una maleta que hacer, un pasaporte que renovar?

• ¿Ha informado al jefe de cuándo piensa tomar las vacaciones?

• ¿Ha comprado un regalo para ese cumpleaños que está al caer?

• ¿Ha rellenado los registros de horas, los partes de rendimiento y las relaciones de gastos?

• ¿Ha mantenido esa espinosa conversación con un empleado cuyo trabajo no está la altura de las circunstancias?

• ¿Le ha puesto fecha a la reunión que tanto teme?

• ¿Y el gran proyecto que el jefe ha puesto en sus manos? ¿Va usted progresando?

• ¿Ha conseguido ir al gimnasio esta semana?

• ¿Ha llamado a su madre?

¿Qué le ha parecido esta lista? Puede añadirle cosas, claro está. A lo mejor no he dado del todo en el clavo, pero seguramente estará usted en tal caso procrastinando de otra forma, dejando alguna otra tarea para el futuro. Por sí solas, cada una de esas tareas pospuestas tienen poca repercusión. Juntas, pueden acabar hundiéndole en la miseria; royéndole la vida poco a poco. El gran proyecto con una fecha de entrega estricta es la madre de todas las preocupaciones de ese jaez; le mantendrá despierto por la noche y hará que le resulte difícil llevar a cabo las demás tareas de su lista. En un momento u otro, todos nos hemos sentido abandonados a nuestra suerte en el desierto que supone la falta de motivación, incapaces de dedicarnos por entero al informe, la investigación, el escrito, la presentación que hay que preparar, el examen que hay que bordar.

Toda procrastinación sigue unas pautas parecidas. Viene a ser como sigue. Al principio de un gran proyecto el tiempo abunda. Usted se solaza en su elástico abrazo. Intenta remangarse unas cuantas veces, pero no hay nada que haga que se sienta usted implicado de todo corazón. Si se puede olvidar la tarea, usted la olvidará. En esas, llega el día en que realmente quiere ponerse manos a la obra, pero de pronto percibe que en el fondo no está haciéndolo. Le falta tracción. Cada vez que intenta envolver la tarea mentalmente, algo le distrae y derrota sus intentos de progresar, así que remite la tarea a un día con más horas, para descubrir que cada día de mañana parece tener las mismas veinticuatro. Al final de cada uno de esos mañanas se enfrenta al inquietante misterio de adónde habrán ido a parar. Esta situación se prolonga un poco.

Al final, la naturaleza limitada del tiempo se revela. Las horas, antes arrojadas con despreocupación, cada vez abundan menos y son más preciosas. Esa presión misma hace que cueste arrancar. Quiere ir adelantando el gran proyecto, y sin embargo se pone a hacer deberes secundarios. Ordena el despacho o limpia el correo electrónico; hace ejercicio, compra y cocina. Una parte de usted sabe que no es eso en lo que debería estar ocupado, y así se lo dice a sí mismo: «Estoy haciendo esto; al menos, me preparo haciendo algo». Al final, ya es demasiado tarde para empezar, así que, para el caso, se va a la cama. Y el ciclo de la elusión empieza de nuevo al amanecer.

A veces, para calmar la ansiedad, se entrega usted al puro entretenimiento. Se toma un momento para ver el correo electrónico o los resultados deportivos. Pero entonces, ¿por qué no responder unos cuantos mensajes o ver unos minutos la televisión? Pronto, esas tentaciones le han seducido. La tarea todavía se va asomando por la periferia de su visión, pero no quiere mirarla a la cara —no podrá apartarse de ella si lo hace—, así que se atrinchera aún más en sus distracciones. Escribe largos y apasionados comentarios en foros de internet, rebusca cada pequeña noticia que puede haber o cambia de canal de televisión frenéticamente a la mínima pérdida de interés. El placer se torna impotencia cuando ya no es capaz de abandonarlo.

A medida que se acerca la fecha de entrega, intensifica las diversiones para que le distraigan en grado suficiente. Anula todo lo que le recuerde lo que tanto teme; esquiva calendarios y relojes. Distorsiona deliberadamente la realidad; sus planes pasan de perfectamente realizables a apenas posibles. Cuando debería estar trabajando más que nunca, se adormece y fantasea con mundos diferentes de este, con ganar la lotería, con estar en cualquier sitio menos donde está. Si un amigo, un pariente o un compañero intentan alejarle de sus distracciones, les espetará, irritado: «¡Un minuto solo! ¡LO HARÉ DESPUÉS DE ESTO!». Por desgracia, «esto» no acaba nunca. En secreto, usted no para de recriminarse su actitud; duda de sí mismo y envidia a quienes meramente hacen las cosas.

La energía se va acumulando hasta que, por fin, se cruza un umbral y algo salta: usted se pone a trabajar. Una especie de mente interior ha ido destilando calladamente la tarea hasta dejarla reducida a lo esencial, pues ya no queda más tiempo. Se pone manos a la obra, toma decisiones implacables, va haciendo progresos asombrosos. Tras las nubes amenazantes le sobreviene una claridad destellante. Hay pureza en su trabajo, alimentada por la verdadera urgencia del ahora o nunca. A unos pocos afortunados, ese brote de eficiencia les lleva a sacar adelante el proyecto. A otros, la ebullición inicial se les muere antes de haber logrado el maldito objetivo. Tras demasiadas horas de concentración insomne, el cerebro se apaga. La cafeína y el azúcar solo proporcionan una subida insatisfactoria. Tictac..., el tiempo se ha acabado. A trancas y barrancas cruza la línea de meta, mal preparado; no le da al mundo lo mejor que usted podría haberle dado.

Es tan común que pasa desapercibido, excepto para quien lo ha sufrido y sabe que no ha rendido a la altura debida. El alivio que se siente cuando se ha cumplido una tarea no siempre compensa la mediocridad del resultado. Aunque su trabajo haya sido brillante, el logro queda empañado por un vislumbre de lo que podría haber sido. Y este tipo de procrastinación seguramente habrá ensombrecido una noche de diversión, una fiesta o unas vacaciones de las que no pudo disfrutar plenamente porque la mitad de su cabeza se encontraba en otra parte, obsesionado como estaba usted por lo que había ido eludiendo. Toma la resolución de que no volverá a pasar; el precio de la procrastinación es demasiado alto.

El problema de este tipo de resoluciones es que la procrastinación es un hábito que tiende a perdurar. En vez de encarar nuestras dilaciones, nos excusamos por ellas; el autoengaño y la procrastinación suelen ir de la mano.[2] Aprovechamos lo fina que es la línea que separa el no poder del no querer para exagerar las dificultades con que tropezamos y encontrar justificaciones: un mal catarro, una reacción alérgica que nos da sueño, una crisis de un amigo a la que tuvimos que dedicar nuestra atención. O rechazamos por completo la responsabilidad diciendo «pero ¿cómo demonios iba a saber que...?». Si no le era posible prever la situación, no se le podrá culpar. Por ejemplo, ¿cómo respondería usted a las siguientes preguntas acerca de su último ataque de procrastinación?

• ¿Sabía que la tarea le iba a llevar tanto tiempo?

• ¿Era consciente de que las consecuencias de retrasarse iban a ser tan penosas?

• ¿Podría haber esperado que se produjera una emergencia en el último minuto?

Las respuestas sinceras son «sí», «por supuesto» y «ni que decir tiene», pero responder sinceramente cuesta, ¿o no? Y ese es el problema.

Algunos procrastinadores intentarán incluso presentar su inacción autodestructiva como si se tratara de una decisión reflexionada. Por ejemplo, ¿está mal acaso dejar en segundo plano la propia carrera profesional para dedicarle más tiempo a la familia? Depende de quién sea usted. Hay personas que aman el tipo de éxito que se centra en el trabajo; deploran el tiempo que le toman a su oficio, así que puede que se pierdan comidas con la familia y representaciones en el colegio. Otros, en cambio, es en casa y en comunidad donde se sienten bien; disfrutan de las relaciones que cultivan en ese entorno a expensas del trabajo que tendrían que hacer. Al observador esporádico le costará distinguir qué elección responde a la procrastinación y qué elección corresponde a una decisión deliberada. Solo el procrastinador lo sabe con seguridad.

En el fondo de su alma, muchos procrastinadores tienen la esperanza de que no necesitarán excusas. Se fían de Doña Suerte. A veces les sale bien. Frank Lloyd Wright diseñó su obra maestra arquitectónica, la Casa de la Cascada, en las tres horas que faltaban para que su cliente, Edgar Kaufmann, viniera a ver los esbozos. Tom Wolfe pergeñó en una madrugada de pánico cuarenta y nueve páginas de prosa apenas revisada para un artículo de la revista Esquire sobre el mundo de los coches tuneados de California. Byron Dobell, su editor, se limitó a quitar el «Querido Byron» del encabezamiento del texto de Wolfe y lo publicó con el título de Ahí va (¡brum, brum!) con sus curvas ese pibón metalizado kolor de karamelo de mandarina. Había nacido un nuevo estilo periodístico. Pero no hace falta que le diga lo raros que son resultados así. Conforme a sus propias pautas, si creía que la dilación era una buena idea, usted no estaba procrastinando.

EL PERFIL DEL PROCRASTINADOR

Por si le hace sentirse mejor, le diré que la procrastinación nos pone en buena compañía. Es tan corriente como tomar café por la mañana. En multitud de encuestas, alrededor del 95 por ciento de las personas admite que procrastina, y una cuarta parte de ese 95 por ciento señala que es una característica crónica, definitoria.[3] «Dejar de procrastinar» es una de las principales metas que todo el mundo dice tener en cualquier momento.[4] La procrastinación es tan común que posee su propio tipo de humor. Quizá la mejor excusa por no haber cumplido una fecha de entrega sea la que dio Dorothy Parker. Cuando Harold Ross, el director de The New Yorker, le preguntó por un texto que se retrasaba, le explicó, apenadísima, valiéndose de sus tristes y negros ojos para conseguir mayor efecto, que «alguien estaba usando el lápiz». Y, ni que decir tiene, está el más infame de los chistes sobre la procrastinación. ¿No sabe cuál es? Se lo contaré más adelante.

Ninguna categoría ocupacional parece inmune a la procrastinación, pero da la impresión de que los escritores son especialmente propensos. Agatha Christie incurría en ella y Margaret Atwood admite que a menudo se pasa «la mañana procrastinando y preocupándose, y luego, alrededor de las tres de la tarde, se sumerge en el manuscrito con una actividad frenética». Los presentadores de televisión también la padecen; por ejemplo, Ted Koppel dice son sorna: «A mis padres y a mis profesores les sacaba de quicio que esperase hasta el último minuto, y ahora eso tiene a la gente fascinada».[5] Hay procrastinadores de cada letra del directorio ocupacional: en la a de «astronauta» y en la e de «episcopaliano, sacerdote»; en la x de «X, técnico de rayos», y en la z de «zoo, cuidador del».[6] Por desgracia, sea cual sea el oficio, es más probable que los procrastinadores estén en el paro o sean trabajadores a tiempo parcial que quienes no lo son. Los procrastinadores pueden hombres o mujeres, si bien el cromosoma Y tiene una pequeña ventaja. De cien procrastinadores empecinados, seguramente 54 serán hombres y 46 mujeres: ocho hombres desemparejados viéndoselas y deseándoselas por una cita con una mujer. Es que los procrastinadores tienden a estar disponibles..., más o menos: es más probable que sean solteros que casados, pero también es más probable que estén separados que divorciados; lo mismo que posponen el principio de un compromiso, posponen su finalización. La edad también determina la procrastinación.[7] Cuanto más atrás quede el colegio y más nos acerquemos al hogar de jubilados y a la última fecha de entrega en la vida, menos tenderemos a posponer. Quienes han madurado físicamente son —no sorprende— más maduros en carácter.

Esta exploración demográfica, aunque es interesante, no resulta útil para la identificación de los procrastinadores por su perfil psicológico. Hay, en efecto, un rasgo central que explica que pospongamos las cosas, pero puede que no sea lo que usted haya oído. Se pensaba de ordinario que dejamos lo que debemos hacer para más adelante porque somos perfeccionistas y sentimos la ansiedad que genera vivir ateniéndose a criterios demasiado elevados.[8] Esta teoría perfeccionista de la procrastinación suena bien e incluso a uno le hace sentirse mejor. El perfeccionismo puede ser un rasgo deseable, como se ve en una respuesta manida a la pregunta «¿Cuál es tu punto más débil?». Cuando a Bill Rancic se le preguntó tal cosa justo antes de ganar la primera temporada de El Aprendiz, el concurso televisivo de Donald Trump para aspirantes a directores de empresa, respondió: «Soy demasiado perfeccionista, eso es un defecto», lo que movió al entrevistador a interrumpirle diciéndole que «ser perfeccionista es bueno, quiere decir que no dejas de esforzarte». Pero la teoría que liga procrastinación y perfeccionismo no funciona. Basándose en decenas de miles de sujetos —es, en realidad, el aspecto más investigado en todo el campo de la procrastinación—, cabe decir que el perfeccionismo produce una cantidad insignificante de procrastinación. Cuando el psicólogo orientador Robert Slaney elaboró la Escala Casi Perfecta de medición del perfeccionismo, vio que «era menos probable que los perfeccionistas procrastinasen que quienes no lo eran, resultado que contradice a otras fuentes más anecdóticas».[9] Mi investigación le da la razón: los perfeccionistas, esmerados, ordenados y eficientes, no tienden a marear la perdiz.[10]

¿Por qué, entonces, hemos acabado creyendo que el perfeccionismo causa la procrastinación? Pasa lo siguiente. Los perfeccionistas que procrastinan es más probable que busquen ayuda de los terapeutas, por lo que aparecen en las investigaciones clínicas de la procrastinación en mayor número. Menos probable es que los procrastinadores no perfeccionistas (y en lo que a esto se refiere, los perfeccionistas que no procrastinan) busquen ayuda profesional. Los perfeccionistas están más motivados para buscar una solución a sus defectos porque es más probable que se sientan mal cuando posponen una tarea. En consecuencia, el problema no es el perfeccionismo, sino la discrepancia entre la vara de medir del perfeccionista y su rendimiento.[11] Si usted es perfeccionista y sufre por culpa de unos criterios de excelencia muy elevados que no puede cumplir, quizá también quiera hacer algo al respecto, pero le hará falta un libro más: este solo trata de la procrastinación.

¿Cuál es realmente el origen principal de la procrastinación? Treinta años de investigaciones y cientos de estudios han descubierto varios rasgos de la personalidad que predicen la procrastinación, pero uno de ellos destaca sobre los demás. El talón de Aquiles del procrastinador resulta ser la impulsividad, es decir, vivir impacientemente en el momento y quererlo todo ahora mismo.[12] A los impulsivos les resulta difícil mostrar autocontrol o diferir la satisfacción. No andan sobrados de la capacidad de soportar una penalidad a corto plazo a cambio de un beneficio lejano.[13] La impulsividad determina, además, nuestra reacción ante la ansiedad que crea el tener que hacer una tarea. Para quienes son menos impulsivos, la ansiedad es con frecuencia una indicación interna que les conduce a empezar pronto un proyecto, pero para los más impulsivos la historia es diferente: con la ansiedad causada por la fecha de entrega van derechos a la procrastinación.[14] El impulsivo trata de librarse temporalmente de una tarea que le provoca ansiedad, o la aparta de su conciencia; esta táctica tiene todo el sentido del mundo si se piensa solo en el corto plazo. Además, la impulsividad conduce a los procrastinadores a ser desorganizados y a que se distraigan fácilmente, o, como dice mi colega Henri Schouwenburg, a que sufran de «un control débil de los impulsos, poca persistencia, escasa disciplina en el trabajo e incapacidad de trabajar metódicamente».[15] En otras palabras: a los impulsivos les resulta difícil planificar el trabajo por adelantado y se distraen fácilmente incluso cuando ya se han puesto a trabajar. La consecuencia inevitable es la procrastinación.

EN LAS PÁGINAS SIGUIENTES

Ya lo tenemos: la procrastinación es ubicua. Es tan común, casi, como la gravedad, y como ella, tira hacia abajo; nos acompaña desde la mañana, con el cubo de basura de la cocina demasiado lleno, hasta la noche, con el tubo de pasta de dientes casi vacío. En el capítulo siguiente le presentaré las investigaciones gracias a las cuales he llegado a saber por qué posponemos las cosas irracionalmente y por qué se trata de una conducta tan extendida. Le enseñaré y explicaré la ecuación de la procrastinación, una fórmula que expresa la dinámica de esta manera de comportarse, y le hablaré de la maravillosa oportunidad que tuve de estudiar ese fenómeno en el mundo real. Los capítulos siguientes describirán los diferentes elementos que actúan en nuestra mente y en nuestro corazón. Nos fijaremos entonces en el coste que la procrastinación tiene en la vida privada y en la sociedad a gran escala. El tipo de investigaciones que voy a exponer tiene siempre una cara favorable: con las causas encontramos también la cura. Así, la última parte del libro ofrecerá métodos para que individuos, jefes, maestros y padres mejoren su propia motivación y a su vez motiven a otros; la esperanza es que la procrastinación no sea un azote tan extendido. El capítulo final le incitará a aplicar a su vida esas probadas maneras de actuar. Los consejos que se dan aquí se basan en las pruebas empíricas aportadas por la observación; están tan científicamente comprobados y son tan farmacéuticamente puros como resulta posible. Se trata de la mejor prescripción que se dispensa; no la exagere.