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Limpio por fuera, limpio por dentro

Es cierto. El hábito no hace al monje: no por acicalarte o lucir determinados elementos en tu indumentaria te vas a ver —ni te van a ver— como quien no eres. Por eso, es mucho mejor que emplees tu ingenio y tu energía en encontrar tu imagen, la que refleja tu personalidad. Con esta afirmación, sin embargo, no estamos restándole importancia a los consejos de un buen estilismo para cada ocasión. Más que «aparentar», debemos enfocarnos a «proyectar».

Y, no cabe duda, uno de los adjetivos que mejor te proyectan es «limpio». Cuando alguien se presenta limpio y cuidado —como el nuevo inquilino de la Casa Blanca—, nos embarga un sentimiento de que no tiene nada que esconder: se encuentra tan a gusto consigo mismo como nosotros con su presencia.

Así pues, concéntrate en una higiene corporal diaria en la que piel y cabello aporten una clara imagen saludable; mantén las uñas moderadamente cortas y limadas; presta atención a codos, talones y rodillas para que se vean y se sientan suaves al tacto; si sufres de problemas de acné o piel grasa, o de piel excesivamente seca, consulta a tu dermatólogo para que te recete el tratamiento adecuado. La automedicación o los remedios personales suelen incrementar estos problemas. Y, sobre todo, elige bien tus productos de aseo. Los olores penetrantes de geles, cremas, desodorantes o perfumes pueden resultar molestos, y más cuando se mezclan y llegan a tu interlocutor como un verdadero cóctel molotov de aromas…

En cuanto a tus «prendas», aplica el mismo principio: cuidado con los detergentes y suavizantes excesivos. Un buen jabón neutro para ropa en perfecto estado —sin deshilachados, botones colgantes o forros desprendidos— y bien planchada (aunque sin anacrónicas marcas de plancha) dirá que eres una compañía fresca y agradable.

Sencillamente arreglado estirnos correctamente es una forma de expresar respeto por una situación social concreta y por las personas relacionadas con ésta. A veces, los llamados códigos de vestimenta pueden resultar tediosos o castrantes porque no permiten que elijamos la indumentaria que preferimos o con la que nos sentimos más a gusto. ¿Quién no ha echado pestes sobre las corbatas o los zapatos de tacón alto alguna vez? Con todo y a pesar de que tengamos razón en nuestra queja, debemos tener en cuenta que «desentonar» en un ámbito puede reportarnos más inseguridad. Por ejemplo, en una fiesta de gala, es preferible llevar el vestido más demodé que unos pantalones vaqueros, a no ser que queramos llamar la (desfavorable) atención.

Los expertos en psicología afirman que nuestra manera de vestir puede alienarnos o persuadir a otros. Las personas carismáticas lo saben. El líder apuesta por un look en apariencia simple —como el ex senador de Illinois en mangas de camisa—, rematado por el cuidado extremo de los detalles. En el caso de las mujeres, un traje de chaqueta elegante en un tono natural —de las gamas del verde, del azul o del marrón—, en una tela que inspire ligereza y no anquilosamiento (algodón contra lana, como ejemplo), o un vestido de cóctel no ajustado, de dos piezas —falda y chaqueta—, aluden a la sencillez y a la elegancia en ambientes de tipo laboral. Para casos más informales, unos tejanos grises con una camiseta y un suéter, o un vestido bonito con rebeca evocan equilibrio. Eso sí, el truco más efectivo para mostrarnos sencillos y arreglados es acudir a las prendas que casen con nuestro carácter.

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El clásico intemporal ontesta en segundos… ¿Clásico equivale a aburrido? ¿Qué es lo que hace que veamos a la gente de negocios como encorsetada y uniformada, mientras que consideramos a un político como Barack Obama como alguien absolutamente actual? La cuestión no radica sólo en llenar tu armario de los modelos de temporada, sino en saber llevarlos como si se tratara de tu atuendo más cómodo para estar por casa.

Aunque estés en público, no temas:

• Quitarte la chaqueta y quedarte en mangas de camisa.
• Antes que aflojar la corbata, es preferible que te la quites. De todos modos, evita desabrocharte en exceso la camisa, o parecerá que sales de un naufragio.

• Deshacer el efecto total look, porque no hace falta mantener el conjunto si queremos transmitir comodidad. Recuerda: si tú te sientes incómodo, tus acompañantes tampoco se permitirán saltarse la etiqueta.

• Si te desprendes de la chaqueta, intenta no cargar los bolsillos del pantalón. Las pinzas se verían abiertas y la tela no tendría buena caída. Te haría parecer más grueso y desaliñado.

• En el caso de la mujer, intercambiar unos tacones de vértigo por un calzado más plano, como unas merceditas, te dará un toque de frescura muy a la americana. Es esencial que los zapatos de repuesto, que puedes llevar en una funda en el bolso, sean de buena calidad.

C • Variar la postura. Posiblemente, una de las razones por las que los vestidos y los trajes de chaqueta de las mujeres pueden llegar a disfrazarlas se debe a que no quieren que aparezcan arrugas. Pero, para ambos sexos, tu cuerpo es el que moldea tu ropa, y no al revés. A no ser que desees que te vean «asfixiado por la elegancia».

Especialista en el detalle yler Thoreson, director ejecutivo del observatorio de moda en internet www.men.style.com, dice que los trajes de Obama se ajustan a su silueta porque se toma la molestia de hacer que los confeccionen para él, a diferencia de los trajes mal cortados de la generación del presidente George W. Bush (amante, además, de las botas y de los sombreros de vaquero). Como hemos comentado, no nadar dentro de nuestro atuendo nos ayuda a lucir tan modernos como sobrios, aunque, por mucho que revitalicemos el increíble y necesario oficio de modista/sastre, nada funcionará si nos proveemos de un calzado ramplón o un fular que más bien podría ser un poncho.

Uno de los pilares de cualquier estilismo que se precie son los complementos. Y, sea cual sea la tendencia, la máxima a aplicar es la de «menos es más». Si quieres que tu mensaje llegue con claridad en una cita, un discurso o una cena familiar, no distraigas a quien te mira. Y mucho menos si hablamos de piezas que, por muy en boga que estén, no cuadran con tu personalidad. Afirma Thoreson que «Obama está muy cómodo consigo mismo física y emocionalmente, y ésa es una de las claves que lo vuelven tan atractivo en tiempos difíciles». No necesitas abalorios si transmites bienestar. ¿Qué tal un nudo de corbata simple, más desenfadado, en lugar del formal nudo Windsor, que es más simétrico y ancho? O un escueto reloj con funda de piel y cristal mate. O unos pendientes medianos de oro o plata, sin piedras

T preciosas o semipreciosas. Un buen cinturón de cuero con una hebilla discreta y, por supuesto, unos zapatos en piel con pocos motivos. Porque lo que importa es la calidad, no la cantidad.

Discreto pero notable

ímido no es igual a discreto. Invisible no equivale a discreto. Silencioso tampoco supone discreción. Las personas discretas no pasan desapercibidas, porque la discreción también es una cualidad asociada a la elegancia. En tu primera reunión con tu equipo después de que te hayan promocionado a jefe o jefa, ¿elegirías un suéter negro de cuello de cisne o una camisa amarilla? La respuesta es: ninguna de las dos prendas. El escritor Oscar Wilde decía que «el color puro, impoluto, sin significado y no coaligado a una forma definida, puede hablarle al alma de mil formas diferentes». Por eso tenemos que echar mano de las tonalidades correctas en cada caso. Una camisa verde aportará calma y equilibrio ante una situación difícil con compañeros de trabajo o clientes; el azul es adecuado para las entrevistas, ya que el que lo lleva da la impresión de ser una persona leal y tranquila en momentos de crisis. El blanco también está considerado un color perfecto para nuevos comienzos, y el morado puede reforzar tu capacidad de comunicación y mantener a tu audiencia pendiente de cada frase que pronuncies. El ojo ajeno debe interpretar tu presencia como inteligente, incluso si no recuerda posteriormente el color de tu vestimenta.

En situaciones de raíz más íntima y personal, el naranja es preferible al rojo para una primera cita. Al contrario de lo que puedas pensar, éste es el color de la felicidad y de la energía sexual, dos ingredientes estupendos para iniciar una relación tan notable como discreta.

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Las mangas de Obama s curioso que ningún crítico de política o moda haya arremetido contra el desenfado con que el nuevo presidente de Estados Unidos se arremangaba en sus discursos de la campaña electoral. Los expertos en imagen aseguraron que esta particularidad de Obama era parte de su política, puesto que pretendía conectarse emocional y estéticamente con los Kennedy y, en particular, con Bob Kennedy. Bob se arremangaba los puños y las mangas de sus camisas, pero en Barack quizá «arremangar» no sería el término más exacto. Obama dobla cuidadosamente las mangas desde el puño hasta apenas el codo. Pasión contenida.

Al igual que a la hora de desabrochar una camisa o desprendernos de un suéter o jersey superpuesto a otro no debemos exagerar —lo haremos con cuidado para no descolocar toda la indumentaria—, subirnos los mangas será un acto que realizaremos con tranquilidad. Eso sí, nunca con parsimonia ni perfeccionismo: unas tres o cuatro vueltas estarán tan bien como uno o dos botones de la camisa. Allá donde te encuentres, los que te rodean no traducirán el gesto como una demostración de agobio o saturación, sino como una propuesta de relax.

Si trasladamos esto a una camiseta o a una rebeca, lo mejor es, ahora sí, arremangarse. No obstante, como intentamos evitar las antiestéticas bolsas y arrugas, es aconsejable no pasar del codo.

Este tipo de gestos no son fáciles de encajar en todos los

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