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INTRODUCCIÓN

(Se advierte a los lectores que esta introducción explicita detalles del argumento.)

En Gateshead, un día frío, una huérfana de nueve años se esconde detrás de una ventana con un libro; al descubrirla, le pegan, y ella se defiende. Su tía manda encerrarla en la terrorífica «habitación roja». En Lowood, la pequeña rebelde, bajo la tutela de un pastor hipócrita, tiene que lidiar con el régimen del hambre, es tachada de mentirosa y gana una amiga, Helen Burns, que muere en sus brazos de tuberculosis. En Thorfield, ya adulta, es una institutriz «pobre, vagabunda, pálida y demacrada» que reivindica su igualdad con el aristócrata Rochester, se aman el uno al otro, pero la presencia de una esposa lunática en el ático acaba con todo. En Moor House, la rebelde, rebajada a mendiga, encuentra parientes, riquezas y la fuerza necesaria para resistirse a la llamada perentoria de convertirse en la esposa de un misionero en un matrimonio desapasionado. En Ferndean, la rebelde vuelve al lado de Rochester, ciego y mutilado, y «lector, me casé con él».

Así transcurre la aventura en cinco partes de Jane Eyre, que deslumbró al público lector en octubre de 1847. En palabras de Annie Thackeray Ritchie, la hija del célebre novelista William Makepeace Thackeray, «todo Londres lo comentaba, lo leía y hervía en comentarios». Annie Ritchie, entonces una niña, confesó que sus hermanas y ella «se lo llevaban sin permiso y leían fragmentos en cualquier parte, dejándose llevar por un huracán que hasta entonces nadie había imaginado, ni siquiera soñado».[1] George Smith, el joven editor de Charlotte Brontë, recordaba así la primera vez que leyó el manuscrito, un domingo por la mañana: «La historia me cautivó enseguida. Antes de las doce mi caballo ya estaba en la puerta, pero no pude dejar el libro». Anuló todas las citas y siguió leyendo mientras comía un sándwich. Engulló la cena, y «antes de irme a la cama ya había acabado de leer el manuscrito».[2] El crítico Frederick Harrison rememoró en 1895 «la emoción que, en los cuarenta, nos invadió a todos con la aparición de Jane Eyre, el descubrimiento de un nuevo talento y un estilo novedoso».[3]

¿Cuál era el secreto del mágico éxito de Jane Eyre?, y ¿qué suscitó tanta hostilidad en contra de la novela, tachada de manifiesto feminista, peligroso y erótico, de documento inadmisible y furibundo que atizaba el fuego revolucionario del cartismo y las sublevaciones en Europa a finales de los años cuarenta del siglo XIX? Jane Eyre poseía un tono acusadamente personal, no dejaba a nadie indiferente. Tras la temprana muerte de Charlotte Brontë, Thackeray plasmó en la siguiente pregunta hasta qué punto el libro incidía en el lector hasta llegarle al corazón: «¿Qué lector no se ha hecho también su amigo?».[4]

La ternura, la intimidad y el tono franco y sincero sumados a la publicación por primera vez de Jane Eyre como «autobiografía» escrita por un personaje desconocido, Currer Bell, hizo que sus lectores se sintieran muy cercanos a la autora y, a la vez, quisieran conocer los detalles de su vida privada. Por otro lado, los detractores, horrorizados por la ferocidad del tono poco femenino y el mensaje incendiario, aborrecieron su desnudez emocional, su poder de seducción. Jane Eyre habla de pasión erótica, de las aspiraciones de la clase baja y de la ira de las mujeres en una época en que el radicalismo político amenazaba el orden establecido. El público, curioso, ansiaba que se desvelara el misterio sobre el autor. Las hermanas Brontë habían firmado sus novelas con seudónimos de género ambiguo para evadir la doble vara de medir de la crítica literaria, que impedía que la obra de una mujer recibiera una consideración justa.[5] Sin embargo, tanto desconocimiento avivaba aún más el deseo del público de desenmascarar al sujeto que había escrito Jane Eyre. ¿Currer Bell era un hombre o una mujer? ¿O ambas cosas? ¿Currer Bell era también Acton y Ellis Bell (Anne y Emily Brontë, que publicaron respectivamente Agnes Grey y Cumbres borrascosas, en diciembre de ese mismo año, después de Jane Eyre)? El novelista e influyente crítico George Henry Lewes intuyó que aquella obra, que «emerge de las profundidades de un alma doliente, luchadora y persistente», era creación de una mujer. También cayó rendido ante su atractivo personal: «la admiras, la amas, la amas por su determinación, su honestidad, su corazón enamorado, y por resultar una persona peculiar pero fascinante». Su reconocimiento de que Jane Eyre se caracterizaba por «la realidad, la profunda y significativa realidad», conmovió a Charlotte Brontë.[6]

Más tarde, una vez revelada su identidad y después de ser aclamada entre la élite literaria de Londres, Lewes ofendería a la autora, burlándose así: «Existe entre nosotros un vínculo de solidaridad, señorita Brontë, pues ambos hemos escrito libros obscenos».[7] La ilustrada aristócrata Lady Herschel aconsejó no dejar el libro al alcance de las hijas,[8] y la crítica conservadora Elizabeth Rigby, en una reseña que causó un gran revuelo, aventuró la posibilidad de que, si el autor de la novela no era un hombre (como parecían indicar la ignorancia de Jane Eyre sobre la cocina y el vestir), tenía que ser obra de una delincuente sexual.[9] Sobre la cuestión del género del autor, la intelectual y novelista Harriet Martineau afirmó, sin segundas intenciones, que el pasaje de Jane Eyre que habla sobre coser anillas de latón «solo lo podía haber escrito una mujer o un tapicero».[10] Otros consideraban que la potencia del estilo no correspondía a la autoría de una mujer.

La autora no era una principiante. Nacida en 1816 en Thornton y criada en Haworth, Yorkshire, Charlotte Brontë quedó huérfana de madre a edad temprana, y la muerte prematura de sus hermanas Maria y Elizabeth la convirtió en la hermana mayor de una familia unida, formada por cuatro jóvenes escritoras en ciernes, que habían recreado sus mundos de fantasía de Angria y Gondal a través de la literatura épica. Su padre, Patrick Brontë, era el vicario perpetuo de la iglesia de San Miguel y Todos los Ángeles de Haworth, por lo que recibía un sueldo muy bajo, y la familia tuvo que trabajar duro para vivir en una especie de refinamiento raído. Charlotte se avergonzaba de su trabajo como profesora e institutriz, pues tenía un carácter retraído, sufría de un retraso en el crecimiento, tenía la piel demacrada y las facciones asimétricas. En calidad de institutriz, era tratada como si no existiera, como cuenta ella misma: una institutriz «no es considerada como un ser vivo y racional».[11] Con todo, aprovechó la oportunidad de procurarse una educación en el Pensionnat Heger, en Bruselas, en 1842. Allí, el amor atormentado que sentía por su profesor, Constantin Heger, la incitó a aprender de él los principios de la narrativa y del oficio de la edición. Al volver a Haworth en 1844, descubrió el manuscrito de los poemas de Emily y espoleó a sus hermanas para que publicaran los suyos en 1846. En 1847, enviaron los manuscritos de Cumbres borrascosas, de Emily, el de Agnes Grey, de Anne, y El profesor, de Charlotte, que fue rechazado. Lejos de desanimarse, Charlotte empezó una nueva novela y, el 24 de agosto de 1847, envió el manuscrito al editor, George Smith. Al cabo de unos meses, la mujer ermitaña se convirtió en toda una celebridad.

LA POLÍTICA EN JANE EYRE

 

Jane Eyre es una novela sobre el poder y el conflicto, escrita en una época de inestabilidad política y social en una ciudad textil del norte industrial de Inglaterra. La inquietud que suscitó la novela a la prensa conservadora por su reivindicación de la libertad individual; la denuncia del hambre voraz que reinaba, no solo en el aspecto físico, sino también intelectual y emocional, y una protagonista conflictiva que desafiaba a la autoridad, puso en evidencia a una élite que se sentía amenazada: «Las ideas que han derrocado a la autoridad y han infringido todo código humano y divino en el extranjero y que en Inglaterra han promovido el cartismo y la sublevación son las mismas que se desprenden de Jane Eyre».[12] En Gran Bretaña, durante la década de los cuarenta del siglo XIX, el movimiento cartista dio voz, a través de manifestaciones, sublevaciones y huelgas, a la indignación de los trabajadores, que se encontraban sumidos en la miseria por culpa de la industrialización y el capitalismo.[13] Las masas, furiosas porque la producción mecanizada las había hundido en la pobreza, se habían organizado para denunciar la desigualdad, pedir el sufragio masculino universal y exigir la igualdad de derechos. La Europa de 1847 se encaminaba de un modo inexorable hacia las revoluciones de 1848. Charlotte escribió Jane Eyre durante el curso de estos acontecimientos, y la publicó cuando culminaban en lo que las clases dirigentes contemplaban como una orgía de violencia que amenazaba la «civilización» misma.

Sin embargo, ¿qué tenía que ver con el cartismo el relato de las penurias y vicisitudes de una niña huérfana, su escolarización, su trabajo como institutriz, su integridad cuando rehúsa mantener relaciones sexuales con su patrón, y su feliz y legítimo matrimonio final? En abril de 1848, después de que las revoluciones europeas se propagaran por Italia, Alemania y el Imperio austríaco, al mes de la masiva petición cartista en Londres, la revista Christian Remembrancer acusó a Jane Eyre de bullir de «jacobinismo moral»: «Nunca ha habido un enemigo mejor. “¡Es injusto! ¡Es injusto!”, es el único argumento del que disponen en contra de [...] los poderes fácticos».[14] En diciembre, tras el estallido y fracaso de las revoluciones, la Quarterly Review denunció que Jane Eyre era un libro de fundamentos anticristianos: «Que la novela se lamente de las comodidades de los ricos y las privaciones de los pobres» comporta «la reivindicación orgullosa y perpetua de los derechos del hombre, sobre los cuales no encontramos evidencia ni en la palabra de Dios ni en la providencia divina».[15]

En 1855, la Blackwood’s Edinburgh Magazine, casi ocho años después de su publicación, relacionó las revoluciones europeas con Jane Eyre como expresión de las fuerzas de la anarquía social: «Simplemente, la olla a presión de la política ha explotado, arroja al caos a vuestro monarca francés y pone a otro en su lugar. Esta es vuestra verdadera revolución: Francia es solo uno de los poderes occidentales, pero las mujeres constituyen la mitad del mundo».[16] La novela se leyó como un manifiesto feminista en un momento en que las mujeres casadas no estaban representadas en la legislación y, en el derecho anglosajón, no tenían potestad ni a la propiedad ni al divorcio; no podían votar ni acceder a la universidad ni a profesión alguna. El artículo de la Blackwood acusaba a Jane Eyre de respaldar una sublevación que abocaba a una generación de mujeres escritoras a la ordinariez y a la violencia. La emancipación femenina conjuraba los fantasmas de la permisividad sexual y la masculinización de la mujer y representaba una amenaza para el modelo patriarcal de la familia y el Estado. Mujeres como George Sand, la femme scandaleuse, la novelista que fumaba puros y llevaba pantalones, se habían presentado como candidatas en las elecciones del París revolucionario. Las mujeres habían luchado al lado de los hombres en las barricadas de París y Viena.

Estas anatematizaciones de Jane Eyre las desencadena su trasfondo de autoafirmación apasionada: «Yo me preocupo. Cuanto más absoluta sea la soledad, cuanto más sufra debido a la falta de amistades, cuanto más desvalida esté en el mundo, mayor será el respeto que sienta por mí misma». Que Jane se amotine en contra de sus patrones está en sintonía con la retórica de la pobreza y la enfermedad del mundo industrializado, donde el pueblo pasa hambre y es tratado como las máquinas a las que atiende y no honrado como ser humano. Jane exige saber: «¿Cree que soy una especie de autómata, una máquina sin sentimientos que puede vivir sin un mísero pedazo de carne ni una gota de agua?». Se reivindica como igual a su patrón y este no puede negarlo. La promesa de la protagonista, «obedeceré una ley otorgada por Dios y sancionada por los hombres», se fundamenta en sus ideas sobre la capacidad de soberanía del individuo. De este modo, los derechos humanos se sitúan en el núcleo de la ética de Jane Eyre, y los críticos conservadores (a menudo, mujeres en una posición anómala que actuaban como policía femenina del pensamiento en pro de la ideología patriarcal) no iban errados al identificarlos. El amor entre Jane y Rochester está politizado: «Esta relación de amor vertiginosa no es más que una declaración salvaje de los “Derechos Humanos” desde otra vertiente [...] “Deja que se me lleve, que se aproveche de mí, que me domine [...] deja que luchemos”».[17] Se interpreta el desafío erótico de Jane a su patrón como una licencia fruto de una libertad sexual absoluta, consecuencia del laissez-faire económico.

La autora de Jane Eyre era conservadora y anglicana, así que no cabía duda de que no simpatizaba con los cartistas ni con los revolucionarios.[18] Pero Charlotte Brontë usaba un lenguaje fuerte y extremo, pues, a pesar de oponerse al radicalismo de sus amigas, Martha y Mary Taylor, había interiorizado su vocabulario. Su ideología política poseía una doble vertiente: era una mezcla entre el conservadurismo reaccionario y el individualismo radical, con seguridad, a causa de haberse visto obligada, como mujer trabajadora, a ganarse la vida en un mundo que explotaba como mano de obra barata a las mujeres solteras. En opinión del Saturday Review, «el matrimonio es la profesión de la mujer; y su formación —la de la dependencia— ha de amoldarse a esta vida; una mujer que no se casa, ha fracasado en su empresa: las institutrices están mal pagadas porque la mercancía que venden no tiene ningún valor».[19] Jane Eyre constituye una denuncia encarnizada de la humillación de las mujeres de clase media, depauperadas por la élite: los Ingram, una familia rica y terrateniente que maltrata a las institutrices delante de Jane, son gente despreciable, avariciosa, necia y vil. La novela no muestra deferencia alguna, e insiste en el valor y la dignidad del trabajo honrado. Manifiesta que los sirvientes y los criados, discretos y silenciosos como se supone que deben ser, observan, juzgan y maldicen a sus «superiores» bajo el techo de sus hogares ostentosos. Eso horroriza a la señora Reed, que queda estigmatizada por la maldición infantil de Jane. La obra también denuncia el maltrato infantil en las instituciones «benéficas». Desenmascara una sociedad enferma, trastornada e hipócrita.

El progreso económico de Jane resulta una alegoría de su autosuficiencia dentro de un mercado competitivo donde, como sirvienta, huérfana e institutriz, no pertenece ni a los criados ni a la clase privilegiada. Las condiciones de trabajo son tema de discusión entre Jane y su patrón, que «parece olvidar que me paga treinta libras al año justamente para obedecer sus órdenes». La «relación monetaria», que el profeta social Thomas Carlyle contemplaba, en el mundo moderno, como un agente deshumanizador de la relación entre el patrón y el trabajador y que degradaba a ambas partes,[20] es uno de los temas de debate centrales en Jane Eyre. Cuando la chica de diecinueve años le dice a su patrón que «ningún ser que haya nacido libre debería someterse ni siquiera por dinero» a que el patrón lo trate con insolencia, él contesta: «¡Ja! Me temo que son muchos los que han nacido libres y están dispuestos a someterse a lo que sea a cambio de un salario». Las relaciones económicas se cuestionan de una forma radical. Aun así, el curso de la trama tiende, en el fondo, al conservadurismo, pues Jane es una «dama» que resulta tener parientes en la alta burguesía y gana su «independencia» gracias a la fortuna heredada.

La retórica incendiaria de la novela nos ayuda a entender por qué su ideología pareció, a la generación de Charlotte Brontë, tan violentamente subversiva. Como los cartistas, que se autodenominaban «esclavos blancos»[21] y se juraban romper sus cadenas y fugarse de la prisión, la niña Jane, que (de nuevo como los cartistas) es una lectora voraz y tiene criterio para extraer sus propias conclusiones de las lecturas, reprende a John Reed con palabras tomadas de las sublevaciones de esclavos de la antigua Roma y del mundo moderno: «¡Chico malvado y cruel! [...] te comportas como un tratante de esclavos, como un emperador romano...». El capítulo 2 empieza: «No paré de resistirme en todo el camino [...] como cualquier otro esclavo rebelde, estaba tan desesperada que habría hecho lo que fuera para escapar». En los primeros capítulos se origina un diálogo entre la sumisión y la rebeldía, el encarcelamiento y la liberación, la lucha por la justicia y el deber de resistir, que no se abandona en toda la obra. La novela es contestataria: «¿Que cómo me atrevo, señora Reed? ¿Cómo me atrevo? Porque es la verdad», grita la niña, agraviada. Jane Eyre habla de esclavitud y revuelta; la emoción que la impulsa es la rabia; y su temperamento es ardiente. Predominan las imágenes de calor y fuego; de hecho, Thornfield Hall y su propietario son castigados con un incendio provocado. La imaginería del fuego (Jane es «ardiente») va encendiendo la prosa. Todos los lugares donde la protagonista se aloja (Gateshead, Lowood, Thornfield, Moor House) constituyen una especie de Bastilla de la cual tiene que escapar, ya sea corriendo, cabalgando o a gatas (de Thornfield).

Los críticos contemporáneos, que se aproximan a la novela desde la perspectiva del siglo XXI, ponen el foco sobre la ideología sexual y racial de Jane Eyre. A la protagonista ya no se la considera una mujer cualquiera, marginal y subversiva, sino alguien que auspicia a la clase media insular inglesa. Los críticos poscoloniales interpretan que la herencia de Jane procede del botín de la trata de esclavos; que Bertha Rochester, una antillana criolla, ya sea blanca o de raza mixta, es demonizada desde una ideología racista; y que la ficción concluye con un cómodo y exclusivo matrimonio entre los aristócratas terratenientes. Sostienen que el trato que recibe Bertha Rochester responde a «una incontestable ideología por completo imperialista».[22] Esta lectura, el trato de la primera esposa de Rochester como una maníaca amoral de una raza degenerada, insinúa un racismo nauseabundo que contamina los valores de la novela y del matrimonio de Jane. Charlotte Brontë confesó que no se había preocupado mucho por la persona y los aprietos de Bertha, y que nunca los problemas de raza fueron un asunto relevante en Jane Eyre.[23]

Este enfoque del supuesto «tema central» de la novela no debería provocar que nos pase desapercibida la forma con que se aborda con contundencia, por ejemplo, la institucionalización del maltrato infantil: el subjetivismo mordaz de la obra familiariza al lector con los horrores del castigo corporal, la hambruna sistemática y la exposición al frío y a las enfermedades a que se sometía a los niños indefensos en las instituciones «filantrópicas» y «cristianas». Charlotte Brontë vio en la novela un medio para desenmascarar a una Inglaterra que se había construido sobre la violencia hacia los niños y los desamparados. La denuncia de Jane Eyre es mucho más sobrecogedora que el descubrimiento en Oliver Twist, de Charles Dickens (1838), de las barbaridades que ocurrían en los asilos para pobres después de la Poor Law, pues el lector burgués de Jane Eyre siente una empatía con el sufrimiento de la niña gracias a la intimidad que crea la narradora en primera persona, que disuelve el yo del lector en el yo de la niña. Se adentra en la mente de Jane, se estremece al contemplar los azotes en la espalda desnuda de Helen, le conmueven sus sentimientos; el lector se ve expuesto al régimen de hambre en la escuela de Lowood, y se le induce a considerarlo en términos de la advertencia de Cristo: «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis. [...] Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno» (Mateo 25:40-41). La violencia física y la brutalidad eran males endémicos en todas las escuelas, desde la más elitista hasta la institución más pobre.

La rebelión pueril de la «esclava sublevada» hace que el adulto estalle contra la injusticia del patriarcado. La protesta de Jane resulta explícitamente feminista en una nación donde millones de personas son silenciadas; este pasaje crucial del capítulo 12 es muestra de ello:

Resulta absurdo decir que la calma satisface a los seres humanos. En sus vidas debe haber acción, y si no la tienen, acabarán buscándola. Millones de personas se ven condenadas a una vida más monótona que la mía, y son millones los que se rebelan en silencio contra ese destino. Nadie sabe cuántas rebeliones, al margen de las políticas, fermentan en la masa de seres vivos que habita la tierra. [...] mujeres y hombres comparten los mismos sentimientos. Ellas, al igual que sus hermanos, también necesitan ejercitar sus facultades y un campo donde poder concentrar sus esfuerzos.

Usa expresiones propias de los radicales: la doble mención a «millones» de personas y «la masa» evoca el aviso de los extremistas a las clases gobernantes de que los oprimidos superan en gran número a la reducida élite. Los cartistas se referían a la clase trabajadora como «los millones», un término ideado para causar temor. La actitud de Jane es explícitamente profética y amenazante: los oprimidos «deben» tener capacidad de acción, si no, «acabarán buscándola». La afirmación «mujeres y hombres comparten los mismos sentimientos» contradice una de las características fundamentales sobre la cual se edifican el Estado y la familia victorianos (y, por lo tanto, el orden patriarcal). El simbolismo que prevalece en la novela alude a lo subversivo, a la sublevación, la agitación, la revuelta, la erupción volcánica, el desorden y la explosión: en este contexto, el manifiesto feminista que se ha citado más arriba, aunque ahora sus exigencias nos parezcan insuficientes (la educación y profesionalización de la mujer), no se podría calificar sino de incendiario.

Jane Eyre fue reconocido enseguida como un libro escrito en el norte. La autora vivía en el meollo del radicalismo industrial, cerca de los centros cartistas de Keighley, Dewsbury, Leeds, Huddersfield y Todmorden. Charlotte Brontë había sido testigo de la hambruna y el desempleo masivos. Cuando Jane deambula por los páramos de Whitcross, famélica y sin hogar, es tomada por una vagabunda, y hasta quizá por una ladrona o una prostituta: aunque la novela en general se sitúa en una época anterior, en la década de los años veinte del siglo XIX, este personaje evoca al lector una de las numerosas pordioseras que escapaban, después de la draconiana New Poor Law de 1834, del desempleo y las calamidades que sufrieron las mujeres en un mundo en el que dependían de los hombres.

JANE Y EL YO

El nombre de la heroína no representa tanto una declaración de identidad como una cuestión de identidad. Mientras una trama bien tejida y desarrollada avanza de forma impetuosa, el nombre de «Jane Eyre» se invoca e inquiere como un sueño melancólico, con resonancias a los orígenes perdidos. Jane no guarda recuerdos de sus padres ni una idea clara del lugar al que pertenece, si es que pertenece a alguno. A menudo la narradora en primera persona menciona su propio nombre en segunda o tercera persona. En ocasiones se reprende a sí misma: «Escucha tu sentencia, Jane Eyre», lo que hace asociar el nombre con la división interna del yo, la pérdida de expresión, para que así parezca que hay dos Jane, una racional y la otra pasional. «¿Dónde estaba la Jane Eyre de ayer?», se pregunta cuando no consigue convertirse en «Jane Rochester»: «¿Dónde había quedado su vida? ¿Adónde habían ido a parar sus perspectivas? La Jane Eyre ilusionada, ardiente, casi una novia, había dejado paso de nuevo a una chica fría y solitaria». De un modo sorprendente, la persona, el yo, y el nombre, Jane Eyre, parecen dos cosas distintas. Cuando vuelve con el señor Rochester, habiendo ya revelado su identidad a los parientes, también se reúne consigo misma: «Soy Jane Eyre. [...] he vuelto...».

Los nombres actúan como talismanes. Jane era el segundo nombre de Emily Brontë. Y Agnes Ashurst, la primera esposa de una tal familia Eyre, propietaria del North Lees Hall, en Outseats, cerca de Hathersage, había sido tildada de loca, encerrada en un cuarto acolchado en el segundo piso de la casa y murió quemada. Es muy probable que Thornfield Hall sea una réplica de North Lees, que Charlotte Brontë visitó en 1845. Estas asociaciones conectan a la heroína desarraigada con un lugar y una historia. Pero el apellido es rico en referencias, insinuadas con sutileza cada vez que aparece el nombre de Jane en el transcurso de la novela. Esta perspicaz red de alusiones imprime un inesperado efecto en la lectura, y mantiene en suspense un cúmulo de indicios de alta carga emocional. Eyre sugiere «heir» («heredera»), «air» («aire»), «e’er» («ever», «siempre»), «err» («errar»), «Eire» («Irlanda») y rima con «where?» («¿dónde?»); juega con la palabra «ire» («ira»), tiene resonancias de «fire» («fuego») y «eyrie» («nido de águila»). En una novela tan itinerante, es posible que Jane «yerre» en su camino. Si es una «heredera», ¿cuál es su herencia?, ¿de quién lo es? El reino del espíritu es el «aire» (de ahí el patrón sublime de la imaginería del ave), aunque ascender implica morir; no podemos vivir en el aire. La hambrienta Jane tendrá que suplicar por pan. Eyre resuena a «where» («donde»), «elsewhere» («en otro sitio»), «wherever» («cualquier lugar»), «anywhere» («algún lugar»), «everywhere» («en todas partes»). Fuera de Lowood, poco antes de la muerte de Helen, Jane reflexiona sobre el misterio de ser llamado por el mundo y «tener que abandonarlo para ir a Dios sabe dónde». Y cuando Helen está moribunda, le pregunta: «¿Adónde vas, Helen? ¿Puedes verlo? ¿Lo sabes?», aunque también se muestra escéptica con la existencia del cielo cristiano: «¿Estás segura de la existencia del cielo, un lugar donde nuestras almas viven después de la muerte?». En el clímax de la novela, al oír que la llaman: «¡Jane! ¡Jane! ¡Jane!», pregunta: «¿Qué ha sido eso?», y se percata de que lo que tendría que haber preguntado en realidad es: «¿De dónde viene?», y sigue cuestionando a la voz invisible: «¿Dónde estás?».

La intensidad con que la novela indaga sobre la identidad de su protagonista se ve reforzada por el uso recurrente de un grupo sucinto de palabras clave y expresiones con sus sinónimos. Estas palabras atañen a lo más básico y primordial de la condición humana, que tiene que ver con la necesidad de alimento, de calidez, de fuego, de un hogar, de un refugio. Sin embargo, sus sinónimos tienen algo de paradójico, pues añaden necesidades antitéticas: libertad, intereses, derechos, pasión. Son recurrentes los temas como «volver [...] a casa», «deambular» («vagar», «errar», «desviarse», «marchar»), «descansar» («acomodar», «acoger»); «separación» («romper», «alejarse», «apartarse», «partir»). «Hogar» nos remite al hogar celestial de los muertos; «deambular» implica pasear con calma o andar perdido; un «lugar de descanso» puede ser una tumba; la palabra inglesa «bourne» (acomodarse, refugiarse) posee el doble significado de «orilla» y «esa región no descubierta, de cuyos límites ningún viajero retorna nunca» de la que habla Hamlet;[24] un «señor» puede ser tanto un tirano como un amante.

«MI SEÑOR»: PODER, SEXUALIDAD Y MATRIMONIO

El aspecto más complejo y controvertido de Jane Eyre es el tratamiento del género en las relaciones y el matrimonio. Jane nombra con deleite a Rochester «mi señor». Pero rehuye con desdén el dominio de Brocklehurst, John Reed y Saint John Rivers. El radicalismo feminista con que se reivindica la independencia de las mujeres se alterna con el deseo de fundirse con el «señor» amado en un único ser. En la Biblia, los discípulos se refieren a Jesús como su «Señor», palabra que combina amor y veneración. Rochester, como patrón aristócrata y terrateniente, es literalmente el «señor» de Jane. Pero ella le confiere una carga sexual que, de algún modo, implica el afecto y la atracción que el byroniano y autoritario Rochester siente por Jane. Este uso remite a la pasión que Charlotte Brontë sentía por su profesor, Constantin Heger: «Mon chèr maître», «el único maestro que he tenido», escribió en unas cartas preñadas de dolor.[25] Incluso en los últimos capítulos, cuando Jane se reúne con Rochester convertida en una igual independiente, el amante no deja de ser su «señor», como lo era antes de dejar de ser su empleada.

No obstante, la novela cuestiona y problematiza la idea de «autoridad». Jane no aprueba la actitud «despótica» que Rochester adopta con ella antes de que la boda se anule. No solo se reivindica como su igual, sino como su superior («soy mejor que usted. ¡Suélteme!»). Del mismo modo, Rochester, a pesar de su concepción patriarcal, no solo se reconoce como un «igual» con respecto a Jane, sino también como un inferior, al reconocerle que «A los dieciocho años, yo era como usted». A su vez, él le otorga a ella las cualidades de un «señor»: «me complaces y a la vez me dominas», y la trama se encarga de arrebatarle el exceso de poder: cuando Jane vuelve a Ferndean, lo encuentra arrepentido, como un Sansón ciego suplicando que le guíen, con un brazo mutilado. Esta ambivalencia dinámica añade a la obra un ímpetu inagotable, y a la protagonista su energía y diligencia: «Yo nunca me quedo a medias», explica Jane a Saint John sobre sus relaciones: «Cuando me he visto obligada a tratar con caracteres duros, [...] jamás he sido capaz de situarme en el lógico punto medio que hay entre la sumisión absoluta y la rebelión decidida».

Un matrimonio igualitario, según el ideal de Jane Eyre, es aquel en el cual la insignificancia de la mujer actúa como soporte para un hombre que, de lo contrario, resulta demasiado dominante. El matrimonio feliz, que ya presenta problemas para el lector moderno, también era anómalo según los supuestos de la política victoriana y la ley eclesiástica. Con todo, en Jane Eyre, el amor humano es más sagrado que el divino. Charlotte Brontë se las arregla para subvertir el significado primordial de las Escrituras usando el lenguaje bíblico para que el impulso natural prevalezca sobre la designación divina y el lecho conyugal sobre el banco de la iglesia. El tierno y fiel «eros» es más poderoso que el fervor apostólico: Eva domina a Adán. El alegre intercambio de frases ingeniosas entre los amantes aviva su armonía: a un apesadumbrado Rochester («¿Estoy horrible, Jane?»), contesta ella: «Mucho, señor, siempre lo ha sido, ya lo sabe».

El filósofo liberal John Stuart Mill escribió en El sometimiento de las mujeres (1873) que bajo la legislación inglesa la mujer resulta «una verdadera esclava de su marido, y no en menor medida, en lo que se refiere a las obligaciones legales, que los esclavos».[26] En un relato tan sensible a las vicisitudes y tentaciones de la «esclavitud», Jane Eyre todavía venera el matrimonio como un sacramento: tan sagrado como para reemplazar las «bodas del Cordero» representadas en la figura de Saint John Rivers. (En el libro bíblico del Apocalipsis, esta boda misteriosa representa la unión cristiana con Cristo en el cielo). Rivers, como «esposa de Cristo», ofrece un matrimonio a Jane tan nulo como el propuesto por Rochester la primera vez, pues Rivers ya está desposado, en el sentido más profundo posible. Las relaciones conyugales que le ofrece a la protagonista implicarían la violación institucionalizada que permite la ley: «¿Me veo capaz de [...] soportar todas sus formas de amor (y no dudo de que él las observaría con el mayor escrúpulo) [...]?». Charlotte Brontë habla de una forma abierta y sin pudor, única en su época, sobre la violencia que los hombres ejercen sobre las mujeres: Saint John, de modo implícito, propone la violación, y Rochester la considera: «Si la rompo, si vulnero esos débiles barrotes, mi arrebato solo servirá para dejar libre a la cautiva». Ambos tienen más en común de lo que nunca podrían llegar a reconocer.

Este paralelismo explica el doble y apocalíptico final. No son las nupcias de Jane, sino las de Saint John Rivers, las que concluyen la novela. Al morir, Rivers contraerá el matrimonio místico con el Cordero, mientras que Jane escoge el camino vital que le dicta su corazón humano. La unión del hombre y la mujer en una «sola carne», según el Libro de oración común, significa «la unión mística entre Cristo y su iglesia [...] como Cristo amó a su esposa, la Iglesia, dándose él mismo por ella, amándola y sustentándola como a su propia carne». Jane Eyre sigue así el camino de una ambivalente herejía cristiana y del tradicionalismo transgresivo: prefiere el símbolo (matrimonio humano) sobre lo simbolizado (unión con Cristo).

FUENTES LITERARIAS

 

Jane Eyre es un libro de libros, una encrucijada de narrativas: observamos cómo los personajes de Charlotte Brontë leen e interpretan libros, y oímos las historias que se cuentan los unos a los otros. Jane, sentada con las piernas cruzadas sobre el banco de la ventana, examina las páginas de la History of English Birds de Bewick; Bessie la deleita con relatos extraídos de los romances, de los cuentos populares y de las novelas de moda; Helen Burns estudia con fervor el Rasselas del doctor Johnson; y el Marmion de sir Walker Scott absorbe a Jane. No solo los personajes recuerdan sus recorridos vitales (el de Jane se cuenta una y otra vez), sino que, además, se «leen» el rostro los unos a los otros, y los interpretan como si constituyeran libros complejos y enigmáticos siguiendo los preceptos de la frenología, muy corriente entonces en el estudio victoriano de la psicología.[27]Así es como Rochester descubre la singularidad críptica y problemática del carácter de Jane: «Cuando le examiné el rostro, cada rasgo contradecía al anterior». Para esta lectura de los rostros, Jane Eyre se inspira en el vocabulario de la psicología del siglo XIX: las ciencias de la frenología, la fisiología, el mesmerismo y la teoría de atracción y rechazo químico presentada en el manual de ciencia romántica (que poseían los Brontë) de sir Humphrey Davy, Elements of Chemistry (1827).

Jane Eyre toma el estilo y el tema de una rica miscelánea de fuentes. La trama posee resonancias de cuentos populares: Barba Azul, La Cenicienta, El patito feo, La bella y la bestia. El hechizo del mundo infantil de las hadas persiste mucho después de que termine la infancia de Jane. «No me extraña que parezca venir de otro mundo. [...] Cuando la vi [...] la pasada noche me hizo pensar en los cuentos de hadas», le dice Rochester. La antigua tradición sobre los sueños y la transmisión oral de cuentos y leyendas había interesado a los poetas y novelistas románticos. Jane Eyre le debe a sir Walter Scott los paisajes sobrenaturales y sugerentes de Escocia, así como a la literatura gótica, que había generado tantas emociones a las Brontë durante su infancia. La niña autora de los cuentos de Angrian había disfrutado con las historias de terror de la Blackwood’s Edinburgh Magazine: las traducciones de los cuentos macabros y rebuscados de E. T. A. Hoffmann, los relatos de James Hogg sobre los dobles mortíferos, la atracción de los románticos hacia los vampiros y las posesiones demoníacas. En Jane Eyre, Charlotte Brontë usa motivos góticos, siendo el más obvio el de la loca que «embruja» el ático, no solo para causar efecto, sino para representar al inconsciente bajo la presión de encontrarse con un mundo desconocido. Cualquier hecho que experimente un niño necesitado albergará cierto misterio, porque es desconocido: el mundo fantasmal emerge para amenazar a Jane en la «habitación roja», donde la niña desamparada ve un espíritu en el «hueco» del espejo. Ha vivido demasiado de cerca la muerte y la frialdad de los vivos.

Lo extraordinario en Jane Eyre es misterioso y significativo: no puede dejar de ser psicoanalizado. Pone de relieve que, tanto autor como lector, somos todos hijos de la muerte. Cuando Jane vuelve a Thornfield de su visita a Gateshead dice: «He estado con mi tía, señor, hasta su muerte», y Rochester replica: «¡La típica respuesta de Jane! [...] Viene del más allá, del mundo de los muertos». Se construye con gran belleza: un mágico conjuro de la extrañeza del mundo en el cual los amantes se equilibran, seduciéndose el uno al otro en un juego de palabras que combina afecto, humor y asombro; y aún sugiere otra dimensión, un mundo espiritual visible solo al ojo perspicaz. En la novela, el hechizo y el miedo son primos hermanos. Lo que Rochester atisba y codicia de Jane es la fragilidad de ese espíritu único, encerrado en la cárcel de un cuerpo discreto. La delicada imaginería de pájaros enjaulados, el espíritu inmortal que centellea en el brillo de los ojos, carga los juegos de palabras de los amantes de una deliciosa insinuación, de la percepción de otro mundo cercano. Jane Eyre saca a relucir el misterio sin resolver de la propia existencia. El «lugar donde moran las almas» rodea a Jane, Helen, Rochester, Rivers. Instantes antes de la muerte de Helen Burns en Lowood, Jane, a la luz de la luna, experimenta la conmoción de tomar conciencia de la muerte por primera vez:

Mi mente hizo por primera vez un serio esfuerzo por comprender [...] al cielo y al infierno [...] y por primera vez mi espíritu retrocedió, sorprendido; y por primera vez, mirando a ambos lados y frente a él, vi que lo rodeaba un abismo insondable [...] y me estremecí ante el pensamiento de tambalearme y hundirme en el caos.

Charlotte Brontë retiene al lector en el preciso umbral de la tumba, donde la mente se convierte en un objeto enajenado que se tambalea entre las preguntas sin respuesta que la novela suscita.

La literatura de «novias vampiro», como La novia de Corinto de Johann Wolfang Goethe (1797), ofrece un placer fácil al lector por su sangriento supernaturalismo. La forma en que sir Walter Scott trata al byroniano profesor de Ravenswood, el amante masculino, saturnino y orgulloso, y la mujer inconsciente en La novia de Lammermoor (1819) se acerca en gran medida a Jane Eyre. La delicada Lucy Ashton de Scott, casada en contra de su voluntad con un hombre que no puede amar, se doblega a su destino, pero asesina a su marido en la noche de bodas y la encuentran «acurrucada como una liebre, con el peinado deshecho, sus ropas de noche desgarradas y salpicadas de sangre, los ojos vidriosos y las facciones convulsas, en un paroxismo de locura. [...] Emitía sonidos inarticulados [...] como una endemoniada».[28] Según cuenta su hermano, Bertha Rochester le «chupó la sangre, dijo que así me secaría el corazón»; y cuando Jane la ve no le parece humana: «se movía a cuatro patas y aullaba como lo haría una bestia salvaje». Lo que Scott unió (el consciente y subconsciente de Lucy Ashton), Charlotte Brontë lo separa en las dos figuras opuestas de Jane y Bertha. Aunque es en el espejo donde Jane contempla, por primera vez, la cara de la loca; Jane, además, ha sido encerrada en el pasado y se queda inconsciente después de un «ataque» y es una criatura de pasiones rebeldes. Sandra M. Gilbert y Susan Gubar, en una inspirada e influyente interpretación, consideran a Bertha como el alter ego reprimido de Jane.[29]

Uno de los aspectos más mágicos de Jane Eyre es el tono: fluido, personal, emotivo, posee una presencia íntima y personal, crea la ilusión de que detrás del texto se encuentra una persona que nos habla de un modo directo. Pero, de forma paradójica, el vocabulario de la novela es altamente alusivo, autoconsciente y literario. La abundancia de alusiones textuales es prodigiosa: Jane Eyre es una de las obras más densas en referencias e intertextualidad del siglo XIX. En la tradición de la autobiografía, su estructura, vocabulario y ética contraen una gran deuda con la narrativa de conversión puritana y testamento espiritual del siglo XVII, en especial con El progreso del peregrino de John Bunyan (1678), catalogado como literatura infantil desde su publicación. Así pues, mientras que el paisaje de Jane Eyre es una variante ficticia de Yorkshire y Derbyshire, su territorio es también la tierra luminosa del alma.

La progresión de Jane a través de cinco etapas con nombres significativos sigue los pasos del camino del peregrino de Bunyan hacia a la Ciudad Celestial. «Gateshead» significa la puerta de los orígenes («gate», «puerta»; «head», «cabeza», «origen»); «Lowood» es una alegoría de «low wood» («madera baja»), donde se incuban enfermedades; «Thornfield» (literalmente, «campo de espinos») se refiere a las espinas con que Dios maldice al hombre en el Génesis; «Moor House» o «Marsh End» («moor», «páramo»; «marsh», «pantano») sugieren la aridez de las divagaciones de Jane; «Ferndean» («fearn», «helecho») es un valle boscoso de características similares a Lowood. Aunque Jane Eyre es una versión moderna, radical, laica y feminista del sendero de la obediencia cristiana de Bunyan, es también fiel a la calidad emocional de El progreso del peregrino y a su violenta combatividad. Comparte con Bunyan el héroe cautivador y adorable, un ritmo de estados de ánimo extremos y cambiantes, las tentaciones paradójicas y el precioso y sencillo estilo puritano (el inglés puro y simple que adoptaron los puritanos en el siglo XVII) con su encarecida veracidad y la sospecha en las apariencias. Emplaza la confianza en el mismo lugar que Bunyan: en el corazón humano, con el deber de descubrir y vivir la propia verdad. Pero al revestir la decisión del matrimonio y la identidad individual de trascendencia inmortal, Charlotte Brontë eleva el romance a una cuestión de vida espiritual y muerte. El género híbrido de Jane Eyre refuerza su poder y su complejidad.

Al mismo tiempo, la novela está en deuda con la literatura del Renacimiento inglés. Las alusiones a Hamlet, Otelo y El Rey Lear, entre otras obras de Shakespeare, le confiere un aire teatral y poético. La estructura también recuerda a una obra en cinco actos de Shakespeare, con resonancias de su lenguaje virtuoso en los diálogos ingeniosos, los discursos solemnes y la calidad de los soliloquios. Con más fuerza aún resuena El paraíso perdido de John Milton (1667), que intensifica la calidad mítica de Jane Eyre, y eleva la trillada historia de amor típica del género al nivel de sacramento, enlazándolo con el mito del pecado original del Génesis y la redención de los Evangelios, a la vez que cuestiona y reprende la misoginia de la Biblia y de Milton por hacer que Eva cargue con la culpa del mal.

Competir con esta poesía altisonante y sagrada es influencia de la novela realista del siglo XVIII, en especial de Pamela o la virtud recompensada, de Samuel Richardson (1740). En su tiempo, esta fue una novela epistolar extraordinariamente popular, en la cual el mujeriego señor B. intenta seducir a la virtuosa protagonista, a través de unas artimañas tan deshonestas como ingeniosas. En Jane Eyre encontramos muchos trazos de Pamela, no solo en el deleite que nos brinda la jocosa agilidad del diálogo de cortejo, que mantiene la tensión sexual hasta cuando ambos están juntos y en paz. En las dos novelas, los seductores ofrecen «falso matrimonio» a las heroínas de las que los aristócratas y oficiosos invitados se burlan, y reciben la visita de gitanos adivinos; ambas obtienen la recompensa de casarse felizmente con el ofensor arrepentido.

Los paisajes de la novela que tratamos, su tiempo y sus estaciones, son una de las grandezas de la novela. Se describe con minuciosidad la atmósfera de todas las escenas, por menores que sean: el prado cerca de Thornfield en invierno: «y los pequeños pájaros de color castaño que de vez en cuando se posaban sobre el seto asemejaban hojas secas que habían olvidado caer». La poesía de Byron, Wordsworth, Coleridge, Thomas Moore y, en especial, de Keats, asoma en el trasfondo de la delicadeza de la novela. En del capítulo 23, la escena de la proposición de matrimonio en el jardín, una imagen del Edén, es una variación de la «Oda a un ruiseñor» de Keats (1820), con su apasionada melancolía: «Una ráfaga de viento [...] se fue, lejos... hasta morir. El canto del ruiseñor se convirtió entonces en el único sonido del momento.» Recoge el «himno lastimero» final de la última estrofa de la oda de Keats, una melodía que se recupera en el capítulo 37, en la reunión de Jane con Rochester, ya ciego: «¿Quién es? ¿Qué es esto? ¿Quién habla? ([...] ¿Es solo una voz? [...] Es un sueño». La oda de Keats acaba (vv. 75-80):

 

¡Adiós! ¡Adiós! tu himno lastimero se pierde

más allá de estos prados, sobre el arroyo quieto,

ladera arriba, y luego penetra hondo en la tierra

de los claros del valle colindante.

¿Fue aquello una visión o un sueño de vigilia?

Ya se esfumó esa música. ¿Duermo o estoy despierto?[30]

 

Pero la belleza de las alusiones a Keats de Charlotte Brontë reside en cómo su tonada se entreteje con las referencias a Milton. El ciego que escucha recuerda no solo a El paraíso perdido y recobrado, sino también a Sansón perdiendo la visión y al mundo invisible en relación con el amor perdido: Rochester se lamenta, al regreso de Jane: «¿Nunca, dice esta aparición? Pero yo sé lo que sucede cuando me despierto y me doy cuenta de que he sido víctima de una broma cruel. [...] Eres un sueño dulce y suave que se esfumará de mis brazos en cualquier momento, tal y como hicieron antes sus hermanas. Pero bésame antes de irte. ¡Abrázame, Jane!». Detrás de esta expresión de ternura encontramos el soneto XXIII de Milton, «A su mujer difunta» (1658?); «Más cuando se inclinaba para abrazarme | Me desperté, ella huyó y el día me devolvió mi noche» (vv. 13-14).

Charlotte Brontë, una versificadora mediocre, era una poetisa de la ficción. Había aprendido de sus dos hermanas. Sigue los pasos de Anne en Agnes Grey: el tipo de prosa, adoptar una institutriz como protagonista y la narradora femenina en primera persona. Sus influencias de Cumbres borrascosas y la poesía de Emily Brontë se notan en el vocabulario sencillo y en los paisajes. Los páramos de Whitcross recuerdan a los de las cumbres de Emily; los intensos cris de coeur de los personajes recuerda al lenguaje de Catherine y Heathcliff. Rochester, que, según los comentarios desdeñosos del crítico Leslie Stephen, es como una «hermana de espíritu de Shirley, por más que intenta ser un hombre, e incluso es un ejemplar masculino inusual de su sexo»,[31] posee algunos rasgos de Heathcliff. Como Cumbres borrascosas, Jane Eyre se puede leer como si fuera un poema, rica en simbología, diálogos de fuego y hielo, hambre y rabia.[32] Los hogares de fuego vivo queman sin cesar alrededor de Rochester; el temperamento incendiario de Jane se opone al corazón helado de la señora Reed y a la frialdad de la mirada y de la pasión de Saint John Rivers.

Al fondo de todo el sistema de influencias y alusiones está la versión autorizada del rey Jacobo de la Biblia. Charlotte Brontë se sabía de memoria partes de las Escrituras. Encontramos referencias a las parábolas, a las bienaventuranzas y al Apocalipsis a lo largo de todo el texto. Adán y Eva, Caín y Abel, David y su cordero, Sansón y Dalila, Asuero y Esther, que van enhebrando su camino a través de la historia, así como el paisaje del norte de la Inglaterra de principios del siglo XIX en la mente de Jane, ponen de manifiesto el origen de la lengua de Brontë; un tono de sátira eclesiástica recorre toda la novela. Tanto Brocklehurst como su homólogo, Saint John Rivers, se autocondenan a causa de la crueldad del cristianismo. Con todo, la teología de Jane Eyre es herética: el mensaje del Evangelio sobre el perdón y el sacrificio es a menudo desdeñado en favor de la rabia contra la injusticia que impulsa a la heroína individualista a usar las Escrituras como una carta de libertad combativa, un lugar donde luchar contra Dios para defender su propia y singular verdad.

ESTILO Y NARRACIÓN

Por lo que al estilo se refiere, Jane Eyre tiende más a una gramática simple que compleja. Las frases están formadas normalmente por oraciones principales, con palabras cortas y enfáticas unidas a través de ecos verbales y gramaticales, lo cual produce el efecto de intensificar la espontaneidad y la naturalidad de las emociones. Escuchamos el latido vívido del corazón de la niña, intimamos con sus palpitaciones y su pulso: «Aumentó la velocidad de los latidos de mi corazón; la frente me ardía y un sonido [...] me llenó los oídos. Parecía que algo estaba cerca de mí. Me sentía agobiada, casi ahogada... [...] en la cerradura giró una llave...». La intensidad visceral de la niña delata, sin embargo, la lengua de la mujer. Este estilo frenético se atempera con fragmentos de calma y tranquilidad, con escritura reflexiva y terrenal de lenguaje informal y pretendidamente cotidiano para representar el realismo doméstico que abre la novela: «Aquel día no hubo manera de dar un paseo».

A pesar de que Jane Eyre no es una novela epistolar, se lee como si fuera un intercambio comunicativo íntimo. El tono de confidencia provoca, embelesa y apela al lector. Su estilo entusiasma y crea fascinación. El hipnotismo que produce podría tener el origen en el método creativo de Charlotte Brontë: la escritura automática. Transcribe su mundo interior sin cedazo sobre el papel, con los ojos cerrados. Pero Jane Eyre siempre mantiene un ojo abierto para calibrar y manipular la respuesta del lector. Comparte con la autora su autoconsciencia en extremo despierta.

La descripción cuidadosa de los objetos familiares y ajenos aporta la sensación de verdadera realidad. Al principio, tenemos la impresión de poder observar, escuchar, tocar y oler su mundo. En los interiores arquitectónicos se describen con minuciosidad las proporciones, las dimensiones, los muebles, los espacios en las ventanas, los hogares. El «pedazo de tarta servido en un plato de porcelana china de brillantes colores»; las gachas quemadas de Lowood; el pastel de la señorita Temple; el aro de Adèle; etc.; son detalles que añaden solidez realista al universo de la novela. Jane Eyre es un continuo sonoro de conversaciones, charlas, diálogos ingeniosos, conversaciones amorosas, del canto de los pájaros, los pliegues de un vestido crujiendo amenazadores, cascos de caballo chocando contra la grava húmeda. En muchas ocasiones la acción es conducida solo por el diálogo. Los personajes menores contribuyen a reforzar la autenticidad y la sensación de localidad. El dúo de Bessie y Abbot abre camino a la manera de hablar de la señora Fairfax en Thornfield, la rotundidad de Hannah en Moor House, y finalmente, a los campechanos Mary y John en Ferndean. El registro del habla familiar, no literaria, confiere solidez a los efectos retóricos y a la trama extravagante.

No obstante, la novela presenta el campo de fuerza del conflicto. El estilo simple a menudo da un giro, como si el asunto doloroso del que se ocupan volteara las frases. La inversión sintáctica, que cambia el orden neutro de sujeto-verbo-objeto de las frases en inglés, se usa como efecto dramático en Jane Eyre quizá por influencia del alemán, que Charlotte había estudiado, junto con el francés, en Bruselas. Cuando Jane cuenta su destierro de la familia Reed, se coloca a ella misma como objeto: «a mí, no me había autorizado a unirme al grupo». Esta inversión articula la condición de objeto y la exclusión de la niña. Este yo reducido a «a mí» es la semilla de la rabia que estallará en el primer motín de la hasta ahora actitud pasiva de Jane. «A mí» se expandirá en el «yo» seguro de sí mismo. Encerrado en esa inversión reside el dolor de la pérdida: después del matrimonio fallido, Jane se percata de que «de su presencia debía huir».

Como narradora, Charlotte Brontë no tiene precedentes. Su dominio del suspense en Jane Eyre, combinado con la astucia de esconder la clave que resuelve los hechos no resueltos, mantiene al lector en un estado de excitación y tensión. La sensación sobrecogedora de esperar la solución inminente, de un momento a otro, se insinúa con elegancia al final del capítulo 20, cuando la autora se permite la frase: «la revelación que estaba a punto de pronunciarse». Rochester empieza a abrir su corazón a Jane: «Yo he sido —se lo digo sin tapujos— un vividor disipado e inquieto, pero creo que he encontrado el instrumento para mi cura en...». El texto sigue: «Se detuvo», y la atención del relato se desplaza a los pájaros que gorjean y al viento que silba entre las hojas. «Casi me extrañó que no interrumpieran sus murmullos para así escuchar la revelación que estaba a punto de pronunciarse. Pero tendrían que haber aguardado durante muchos minutos, tantos como duró el silencio». La frase queda inacabada para siempre: el humor de Rochester muda, cambia su idea de confesar toda la verdad. El relato entero de Jane Eyre insinúa posibilidades frustradas: contiene pausas sucesivas, digresiones, frases inacabadas, enigmas, y presenta una estela de pistas falsas, como, por ejemplo, Blanche Ingram, que actúa como cortina de humo para la esposa rival. La trama tiene que haber sido construida con anterioridad para poder ocultar los secretos que originan el suspense y la tensión. Pero también se mantiene ceñida dentro de una de las más bellas estructuras narrativas de todos los tiempos: el círculo. El ciclo de la acción se cumple en una serie de retornos que concluye con la vuelta de Jane al lado de Rochester en una reunión que se desenvuelve entre risas y lágrimas.

STEVIE DAVIES

2006

CRONOLOGÍA

1816El 21 de abril nace en Thornton, Yorkshire, Charlotte Brontë, la tercera hija de Patrick y Maria Brontë.

1817El 26 de junio nace Patrick Branwell Brontë.

1818El 30 de julio nace Emily Jane Brontë.

1820El 17 de enero nace Anne Brontë. En abril, la familia se muda a Haworth, donde Patrick Brontë es nombrado vicario perpetuo.

1821 El 15 de septiembre muere la señora Brontë. Su hermana, Elizabeth Branwell, se traslada a la casa familiar para cuidar de los hijos.

1824 Charlotte y Emily Brontë, junto con sus hermanas mayores, Maria (nacida en 1813) y Elizabeth (nacida en 1815), son internadas en la Clergy Daughters’ School de Cowan Bridge.

1825 El 6 de mayo Maria muere de tuberculosis. El 15 de mayo muere Elizabeth de la misma enfermedad. Sacan de la escuela a Charlotte y Emily.

1826 Inspirándose en la caja de soldados de juguete que le regalan a Branwell, los niños empiezan a escribir juntos la Young Men’s Play, que desembocará en las sagas de la Ciudad de Cristal y el Reino de Angria.

1831 En enero Charlotte ingresa como alumna a la Roe Head School, dirigida por miss Wooler, a las afueras de Mirfield, cerca de Huddersfield, donde conocerá a Mary Taylor y Ellen Nussey, sus amigas y corresponsales de por vida.

1832 En junio deja la escuela y se queda en casa durante tres años, instruyendo a sus hermanas, colaborando en la gestión del hogar y participando prolíficamente en las sagas de la Ciudad de Cristal y el Reino de Angria.

1835 En julio vuelve a Roe Head como profesora. La acompaña Emily como alumna. En octubre, Emily vuelve a la casa de Haworth y es sustituida en la escuela por la menor de las hermanas Brontë, Anne.

1836 En diciembre, escribe a Robert Southey, el poeta laureado, adjuntando algunos poemas, y le pide consejo sobre la carrera literaria. Southey le contesta en marzo de 1837 que «la literatura no puede ser la ocupación de una mujer, ni debe serlo».

1838 En diciembre, deja su trabajo en la escuela de miss Wooler, ahora situada en Dewsbury Moor.

1839 En marzo rechaza la propuesta de matrimonio del hermano de su amiga Ellen, Henry Nussey. Desde mayo hasta julio, trabaja como institutriz para la familia Sidgwick en Stonegappe, cerca de Lothersdale. En julio, de vuelta a casa, recibe y rechaza otra propuesta matrimonial, esta vez de un coadjutor invitado, el señor Pryce, un joven irlandés.

1841 Trabaja como institutriz para la familia White desde marzo hasta diciembre, en Upperwoodhouse, Rawdon.

1842 En febrero Charlotte y Emily se marchan a estudiar idiomas en el Pensionnat Heger, en Bruselas. En octubre muere su tía, Elizabeth Branwell, y en noviembre las hermanas vuelven a casa.

1843 Vuelve sola a Bruselas en enero, como alumna y profesora del Pensionnat Heger.

1844 En enero, regresa a casa. Sus planes de fundar una escuela con sus hermanas en Haworth Parsonage se quedan en nada. Escribe una serie de cartas apasionadas a monsieur Heger, su profesor de Bruselas. No hay constancia de ninguna respuesta.

1845 Arthur Bell Nichols llega a Haworth como coadjutor del reverendo en mayo. En julio, Branwell es destituido como tutor por un escándalo. En otoño, Charlotte lee los poemas de Emily y convence a sus dos hermanas para seleccionar una compilación de los de ambas para una publicación conjunta. Emily y Anne aceptan con la condición de firmar con un seudónimo que proteja su identidad: escogen los nombres ambiguos de Currer, Ellis y Acton Bell.

1846 En abril se gana el interés de algunos editores con la publicación de «Tres cuentos distintos e inconexos», la opera prima de las tres hermanas, respectivamente: El profesor, Cumbres borrascosas y Agnes Grey. En mayo, se publica, a su cuenta, Poems by Currer, Ellis and Acton Bell. A pesar de las buenas críticas en las revistas literarias Athenaeum y Critic, solo se venden dos copias. En agosto, Charlotte acompaña a Manchester a su padre para operarse de cataratas. Allí empieza a escribir Jane Eyre.

1847 Thomas Newby acepta publicar Cumbres borrascosas y Agnes Grey en julio. Charlotte manda El profesor a Smith, Elder & Co., que rechaza la novela, pero muestran interés por otros trabajos del autor. En septiembre, Smith, Elder & Co. acepta publicar Jane Eyre. El 19 de octubre se publica Jane Eyre: una autobiografía de Currer Bell, y resulta un éxito inmediato. En diciembre, Thomas Newby publica Cumbres borrascosas, de Ellis Bell, y Agnes Grey, de Acton Bell.

1848 En junio, Thomas Newby publica La inquilina de Wildfell Hall, de Acton Bell. En julio Charlotte y Anne viajan a Londres para confirmar que Currer, Ellis y Acton Bell son tres autores distintos y no uno solo, como insinuaban algunos rumores. A finales de septiembre Charlotte termina el primer volumen de Shirley. El 24 de septiembre muere Branwell, con seguridad a causa de una tuberculosis agravada por delirium tremens. El 19 de diciembre Emily muere de tuberculosis.

1849 El 28 de mayo Anne muere de tuberculosis en Scarborough. El 26 de octubre, Smith y Elder publican Shirley: un relato, de Currer Bell. Charlotte visita Londres como invitada de su editor, George Smith, los meses de noviembre y diciembre, y conoce a William Makepeace Thackeray y a Harriet Martineau.

1850 Visita a los Smith en Londres, a los Kay-Shuttleworth en Windermere (donde conoce a Elizabeth Gaskell) y a Harriet Martineau en Ambleside. El 10 de diciembre Smith, Elder & Co. publica en un solo volumen la edición de Charlotte de Cumbres borrascosas y Agnes Grey, así como poemas escogidos e «información biográfica» de Emily y Anne.

1851 Viaja a Londres, donde asiste a la Gran Exposición y a las conferencias de Thackeray, y se hospeda en casa de Elizabeth Gaskell en Manchester. Empieza a escribir Villette, y termina el primer volumen en marzo. En abril rechaza una oferta de matrimonio de James Taylor, de Smith, Elder.

1852 En noviembre, termina Villette, a pesar de su mala salud. En diciembre Arthur Bell Nicholls le propone matrimonio, pero Patrick Brontë se opone con vehemencia.

1853 El 28 de enero Smith, Elder publican Villette, de Currer Bell.

1854 El 29 de junio se casa con Nicholls.

1855 El 31 de marzo muere Charlotte Brontë Nicholls en Haworth, a la edad de 38 años, a causa de complicaciones de los primeros meses de embarazo. El 4 de abril es enterrada en el panteón familiar en Haworth.

1857 Elizabeth Gaskell publica Vida de Charlotte Brontë en marzo. En junio se publica por primera vez El profesor: una historia, de Currer Bell.

1860 La Cornhill Magazine publica Emma, el último e inacabado trabajo de Charlotte.

1861 El 7 de junio muere Patrick Brontë.

Jane Eyre

1

Aquel día no hubo manera de dar un paseo. Por la mañana habíamos pasado más de una hora deambulando entre los desolados arbustos, pero después de la comida (que solía servirse temprano, siempre que la señora Reed no tuviera invitados), el frío viento invernal trajo consigo unas nubes tan oscuras y una lluvia tan persistente que cualquier actividad al aire libre quedaba fuera de discusión.

Yo estaba encantada; nunca me habían gustado las excursiones y menos aún en tardes frescas; siempre volvía a casa en un estado terrible, con los dedos de las manos y los pies helados, el corazón encogido por los constantes gritos de Bessie, la niñera, y humillada por ese sentimiento de inferioridad física que me embargaba al compararme con Eliza, John y Georgiana Reed.

En esos momentos, los mencionados Eliza, John y Georgiana se hallaban en el salón, sentados alrededor de su madre. Esta se había tumbado en el sofá, al lado de la chimenea, y su aspecto al contemplar a sus retoños (que por una vez no lloraban ni andaban a la greña) era la viva estampa de la felicidad. En cuanto a mí, no me había autorizado a unirme al grupo: dijo que «lamentaba verse obligada a mantenerme a distancia; sin embargo, hasta que tanto Bessie como ella misma no observaran que hacía esfuerzos por mejorar de conducta y lograba que mis maneras ganaran en dulzura, suavidad y espontaneidad, quedaría excluida de los privilegios reservados a los niños alegres y agradecidos».

—¿Qué he hecho, según Bessie? —pregunté.

—Jane, las niñas preguntonas y quisquillosas no son de mi agrado; además, es de muy mala educación que un niño se dirija a los mayores en ese tono. Siéntate en cualquier sitio y permanece en silencio hasta que seas capaz de hablar con cortesía.

Junto al salón había un pequeño comedor que se usaba solo a la hora del desayuno y que contenía una librería. Me deslicé en su interior y no tardé en coger uno de los libros de la estantería, no sin antes comprobar que estuviera lleno de ilustraciones. Fui hasta la ventana, me senté en el alféizar con las piernas dobladas bajo el cuerpo, como un turco, y corrí las cortinas de forma que ocultaran mi presencia y protegieran mi refugio de la curiosidad ajena.

Los pliegues de tela escarlata me impedían ver nada por la derecha; a la izquierda tenía los cristales de la ventana, que no conseguían aislarme por completo del terrible día de noviembre. De vez en cuando, mientras pasaba las páginas del libro, contemplaba el paisaje en esa tarde invernal: a lo lejos distinguía la pálida mezcla de nubes y niebla; más cerca aparecía una escena formada por hierba húmeda, arbustos azotados por el viento y una lluvia incesante que lo asolaba todo.

Volví a concentrarme en el libro Historia de las aves de Gran Bretaña, de Bewick, aunque lo cierto es que, por lo general, no me interesaba mucho lo que estaba escrito; sin embargo, pese a mi corta edad, algunas páginas de la introducción despertaron mi curiosidad. Describían las costumbres de caza de las aves marinas, y las «rocas y promontorios solitarios» que solo ellas habitaban; hablaban de la costa de Noruega, salpicada de islas desde Lindeness o Naze en el extremo sur, hasta el cabo Norte.

Donde el mar del Norte, en grandes remolinos,

bulle alrededor de las tristes y desnudas islas

de la lejana Thule; y el Atlántico, agitado,

rocía con sus olas las tormentosas Hébridas.

Tampoco podía evitar sentir cierta atracción por las desiertas orillas de Laponia, Siberia, Spitzberg, Nueva Zembla, Islandia y Groenlandia; «las vastas zonas que conforman el Ártico y otras regiones abandonadas, reservas perennes de nieve, donde los firmes campos de hielo, producto de siglos de temperaturas invernales, han ido creciendo hasta convertirse en montañas; ahora rodean el Polo Norte donde se concentran los rigores que provoca el frío más extremo». Yo me había formado una idea propia de esos reinos de blancura mortal; una imagen confusa, como suelen serlo las nociones solo entendidas a medias que flotan por el cerebro de los niños, pero singularmente impresionante. Las palabras de estas páginas introductorias concordaban con las ilustraciones y daban sentido a esa roca que se alzaba sola en un mar de olas y espuma, a los restos de una barca varada en una costa solitaria, a esa luna fría y cruel que observaba entre las nubes los despojos del naufragio.

No puedo explicar el sentimiento que despertaba en mí la imagen del cementerio abandonado, con su lápida inscrita; la puerta, los dos árboles; el horizonte bajo, rodeado por un muro roto e iluminado por una luna en cuarto creciente que atestiguaba la hora de la marea.

Imaginaba que los dos barcos detenidos en un mar tranquilo eran fantasmas marinos. El miedo me hizo pasar rápidamente la página en la que aparecía un diablo cargado con el botín de un robo, así como aquella que mostraba a un ser negro y provisto de cuernos, sentado en una roca y vigilando a la multitud que se había congregado alrededor de un patíbulo.

Cada dibujo explicaba una historia, a menudo enigmática dada mi limitada capacidad de comprensión y mis infundados temores, aunque siempre de gran interés; tan emocionante como los relatos que Bessie explicaba a veces en las tardes de invierno, cuando estaba de buen humor y nos permitía sentarnos a observarla mientras planchaba los encajes de la señora Reed y rizaba los gorros de dormir. Alimentaba nuestra ávida imaginación con historias de amor y aventuras sacados de los antiguos cuentos de hadas y de viejas baladas, o (como descubriría más adelante) de las páginas de «Pamela» y de «Henry, conde de Moreland».

Con Bewick sobre las rodillas, yo me sentía feliz —a mi manera, por supuesto— y lo único que temía era que alguien pusiera fin a esos momentos de tranquilidad, algo que no tardó en suceder. La puerta del comedor se abrió de repente dando paso a John Reed.

—¡Eh! ¡Doña Fregona! —gritó. Se quedó en silencio al creer que la habitación estaba vacía.

»¿Dónde demonios se ha metido? —continuó—. ¡Lizzy! ¡Georgy! Jane no está aquí; decidle a mamá que ese mal bicho ha salido al jardín con esta lluvia.

«Suerte que he corrido la cortina», pensé, mientras deseaba con todas mis fuerzas que no descubriera mi escondite. Y me habría salido con la mía, ya que John no destacaba precisamente por su buen ojo ni por una excesiva inteligencia, de no haber sido porque Eliza asomó la cabeza por la puerta y dijo:

—Seguro que está escondida en la ventana, Jack.

Salí de mi refugio al instante, aterrada ante la idea de que Jack me sacara de allí a la fuerza.

—¿Qué quieres? —balbuceé.

—Debes decir: «¿Qué desea, señor Reed?» —respondió—. Lo que quiero es que vengas aquí —continuó, mientras se dejaba caer en un sillón y me indicaba con un gesto significativo que me acercara hasta él.

John Reed era un chico de catorce años, cuatro más que yo (que entonces tenía solo diez), grande y fuerte para su edad. Su piel carecía de brillo y había tomado un tono enfermizo, sus rasgos eran toscos y tenía las piernas y los brazos muy fuertes. Solía comer hasta hartarse, con lo que sufría de frecuentes ataques hepáticos que habían acabado reflejándose en sus ojos, de mirada turbia y legañosa, y en sus flácidas mejillas. Lo cierto es que esos días debería haber estado en el internado, pero su madre lo había traído a casa por un par de meses debido a «problemas de salud». Las palabras del señor Miles, el director del colegio, cuando afirmó que una reducción en el número de pasteles y dulces que llegaban desde casa le haría mucho bien, chocaron de pleno contra el corazón de la madre, que se inclinaba por creer que el color amarillo que presentaba el rostro de John se debía al exceso de aplicación en sus estudios y, tal vez, a la añoranza del hogar.

John no sentía mucho afecto por su madre ni sus hermanas, pero a mí me profesaba una aversión absoluta. Me hostigaba y castigaba, no dos o tres veces a la semana ni un par de veces al día, sino a todas horas. Yo le temía con todo mi ser, cada partícula de mi cuerpo temblaba de miedo cuando él estaba cerca y había veces en que el terror ante su presencia me paralizaba. No tenía a quien acudir a quejarme de sus amenazas o de sus ataques: los criados no querían indisponerse con el señorito poniéndose de mi parte, y la señora Reed parecía ciega y sorda ante el tema. Daba la impresión de no ver los golpes ni oír los insultos, aunque en más de una ocasión John me dirigió ambas cosas en su presencia. Lo habitual, debo reconocerlo, era que lo hiciera a sus espaldas.

Acostumbrada a obedecer las órdenes de John, fui hasta su silla. Él dedicó unos tres minutos a sacarme la lengua con el máximo descaro; yo sabía que el golpe no tardaría en llegar y, mientras lo esperaba, me quedé absorta contemplando su aspecto feo y desagradable. Me pregunto si mi rostro debió de expresar ese desprecio porque, de repente y sin mediar palabra, me pegó con tanta fuerza que me hizo retroceder un par de pasos y estuve a punto de caerme.

—Te lo has ganado por contestar a mamá con esa falta de educación, por esconderte como una serpiente detrás de la ventana y por mirarme como lo hacías hace unos minutos. ¡Rata!

Estaba tan acostumbrada a su modo de tratarme que ni siquiera se me ocurrió replicar; toda mi atención se concentraba en encajar el golpe que con toda seguridad seguiría a los insultos.

—¿Qué hacías detrás de la cortina? —preguntó.

—Estaba leyendo.

—¡Enséñame el libro!

Me acerqué a la ventana, cogí el libro y se lo di.

—Tú no tienes ningún derecho a leer nuestros libros. Mamá dice que dependes de nosotros porque no tienes dinero: tu padre no te dejó ni una libra. Deberías estar mendigando en lugar de vivir aquí, en el hogar de los hijos de un caballero, comiendo lo mismo que nosotros y vistiéndote a expensas de mamá. Pero ahora aprenderás a no enredar en los estantes. Los libros son míos; toda la casa me pertenece, o me pertenecerá dentro de unos años. Ve y quédate de pie junto a la puerta, y procura no ponerte delante de ningún espejo ni de las ventanas.

Hice lo que me decía, sin entender al principio cuál era su intención; sin embargo, cuando le vi levantarse y balancear el libro en el aire como si se tratara de un objeto arrojadizo, me aparté instintivamente con un grito de alarma. Sin embargo, no fui lo bastante ágil: el tomo voló hacia mí y me derribó, caí de cabeza contra la puerta y me hice un corte. La herida sangraba y sentía un agudo dolor en la cara, pero al mismo tiempo mi pánico se había evaporado para dar paso a otros sentimientos.

—¡Chico malvado y cruel! —grité—. Eres igual que un asesino, te comportas como un tratante de esclavos, como un emperador romano…

Yo había leído la Historia de Roma de Goldsmith, y me había formado una opinión sobre Nerón, Calígula y otros personajes parecidos. También había establecido comparaciones que nunca pensé que pronunciaría en voz alta.

—¿Qué? —exclamó John—. ¿Estás hablando de mí? Eliza, Georgiana, ¿habéis oído lo que me ha dicho? Voy a contárselo a mamá, pero antes verás…

Se abalanzó sobre mí; noté cómo se aferraba a mi hombro con una mano y me cogía del pelo con la otra, impulsado por una furia desesperada. Su imagen era la de un tirano, la de un criminal. Sentí el rastro de una gota de sangre que me resbalaba por el cuello y experimenté un intenso dolor; ambas sensaciones pudieron más que el miedo y devolví su ataque con parecida ira. No sé muy bien lo que le hice, pero sus gritos llamándome «¡Rata! ¡Rata!» llegaron hasta el exterior. La ayuda no tardó en acudir: Eliza y Georgiana habían ido a buscar a la señora Reed, quien irrumpió en la escena seguida de Bessie y de Abbot, la doncella. Nos separaron entre grandes exclamaciones de sorpresa:

—¡Pobrecito! ¡Pobrecito! ¡Con qué ira ha atacado ese monstruo al señorito John!

—¡Habrase visto alguna vez rabia semejante!

—Llevadla a la habitación roja y encerradla allí —sentenció la señora Reed.

Cuatro manos cayeron al instante sobre mí y me arrastraron escaleras arriba.

2

No paré de resistirme en todo el camino, algo que nunca había hecho antes y que reforzó la mala opinión que de mí querían formarse Bessie y la señorita Abbot. Lo cierto es que me sentía incapaz de dominarme; era consciente de que un solo momento de desobediencia me había reportado un injusto castigo y, como cualquier otro esclavo rebelde, estaba tan desesperada que habría hecho lo que fuera para escapar.

—¡Cójala por los brazos, señorita Abbot! ¡Parece un gato salvaje!

—¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! —exclamaba la doncella de la señora—. ¿Cómo se ha atrevido a golpear al joven señorito? ¡Al hijo de su benefactora! ¡A su señor!

—¡Mi señor! ¿Cómo va a ser él mi señor? ¿Acaso soy una criada?

—No. Usted es menos que una criada, porque no hace nada para ganarse el sustento. Ea, siéntese ahí y reflexione sobre su perversa conducta.

Ya habíamos llegado a la habitación indicada por la señora Reed, y acababan de arrojarme sobre un taburete. Mi primer impulso fue saltar, como si un muelle me empujara, pero dos pares de manos me detuvieron al instante.

—Si no se queda sentada, tendremos que atarla —dijo Bessie—. ¡Señorita Abbot, sus ligas! Las mías no son lo bastante resistentes y las rompería.

La señorita Abbot se volvió para despojar a sus gordas pantorrillas de la prenda en cuestión. Segura de que cumplirían su amenaza, y de que eso supondría un agravio añadido al castigo, opté por calmarme un poco.

—¡No hace falta que se las quite! ¡No me moveré más! —grité.

Y para confirmar mis palabras me aferré al taburete con ambas manos.

—Espero por su propio bien que lo haga —dijo Bessie.

Después de asegurarse de que no mentía, aflojó un poco la fuerza de sus manos. Ella y la señorita Abbot me miraron fijamente, con los brazos cruzados, como si dudaran de mi salud mental.

—Nunca había hecho nada semejante —dijo Bessie al fin, volviéndose hacia la dama de compañía.

—Pero ese instinto siempre anidó en ella —contestó esta al momento—. A menudo he comentado con la señora la opinión que me merece esta niña y ella siempre se ha mostrado de acuerdo. Es una criatura malvada. Nunca vi que una cría de su edad fuera tan retorcida.

Bessie no contestó, pero luego, dirigiéndose a mí, afirmó:

—Señorita, debería recordar que usted está en deuda con la señora Reed: ella la mantiene. Si la echara de aquí, usted acabaría en el asilo para niñas pobres.

Yo no tenía nada que decir a esas palabras; las había oído demasiadas veces: formaban parte de los primeros recuerdos de mi existencia. Esta forma de reprocharme mi dependencia se había convertido en un sonsonete familiar, triste y doloroso, aunque de significado más bien difuso.

La señorita Abbot prosiguió:

—Y usted no debería considerarse igual a los chicos Reed solo porque viva con ellos gracias a la benevolencia de la señora. Ellos heredarán mucho dinero y usted no tendrá ni una libra; por lo tanto, su obligación es mostrarse muy humilde e intentar que su presencia les sea lo más agradable posible.

—Es por su bien que le decimos esto —añadió Bessie con voz suave—; debería esforzarse por ser útil y servicial. Tal vez así pueda quedarse aquí para siempre. Ahora bien, si se deja llevar por el orgullo y el mal genio, la señora acabará echándola, estoy segura.

—Además —continuó la señorita Abbot—, Dios la castigará, fulminándola durante uno de estos arrebatos de rabia, y entonces ¿qué será de ella? Vamos, Bessie, dejémosla sola. Por nada del mundo me gustaría tener su mal corazón. Aproveche este rato de soledad para rezar sus oraciones y arrepentirse, si no quiere que el mismo diablo entre por la chimenea y se la lleve de cabeza al infierno.

Y se marcharon, cerrando la puerta con llave.

La habitación roja no se usaba muy a menudo, por no decir nunca, a no ser que el número de invitados de Gateshead Hall hiciera necesario disponer de todos los cuartos de la casa. Sin embargo, era una de las estancias más grandes y mejor amuebladas de la mansión. En el centro se elevaba, cual tabernáculo, un magnífico lecho sujeto por cuatro pilares de caoba de los que caían pesados cortinajes de damasco rojo, a juego con las cortinas de los dos grandes ventanales cuyas persianas no se subían jamás; la alfombra era roja y una tela del mismo color cubría la mesilla que había a los pies de la cama. Las paredes estaban pintadas de un suave tono crema con un toque rosáceo, y tanto el armario como el tocador eran de caoba, oscuros y brillantes. Por encima de esas sombras oscuras destacaba la pila de colchones y almohadas que vestían la cama, cubierta por una nívea colcha de algodón; junto a la cabecera, un amplio y cómodo sillón blanco provisto de un reposapiés aparecía a mis ojos como si fuera un trono de nieve.

Hacía frío porque el fuego no solía encenderse. Era una habitación silenciosa, ya que quedaba muy lejos del cuarto de los niños y de la cocina, e imponente, puesto que casi nunca entraba nadie en ella. Solo la doncella venía cada sábado a quitar el polvo de los muebles y del espejo; de vez en cuando también acudía la señora Reed para revisar los objetos que guardaba en un cajón secreto del armario: el joyero y un retrato en miniatura de su difunto marido. En estas últimas palabras subyace el secreto de la habitación roja, el hechizo que la mantenía tan abandonada pese a su lujosa decoración.

Nueve años antes el señor Reed había muerto en esta habitación. Aquí exhaló su último suspiro, aquí se celebró el velatorio, y aquí estuvo metido en el ataúd hasta el momento de su entierro. Desde ese día, un aire de triste consagración había invadido la estancia y la había condenado a la soledad.

El asiento en el que las muchachas me habían colocado era una otomana que no se hallaba muy lejos de la chimenea de mármol, de modo que frente a mí tenía el lecho; a la derecha estaba el alto y oscuro armario, cuyos tenues reflejos intensificaban o reducían el brillo de los paneles; a mi izquierda quedaban las ventanas enfundadas en tela y, entre ellas, un enorme espejo reflejaba la suntuosidad de la alcoba y del lecho. No sabía si creerme del todo que hubieran cumplido su amenaza de cerrar la puerta con llave, así que, cuando me atreví a moverme, fui a comprobarlo. ¡No hubo nunca cárcel más segura! Al regresar a mi asiento tuve que cruzar por delante del gran espejo, y sin querer exploré con la mirada las profundidades del cristal. En ese hueco todo tomaba un aspecto más frío y más oscuro que en la realidad: la pequeña figurita que me observaba, pálida y con el miedo dibujado en los ojos, agitando la oscuridad con sus brazos, daba la impresión de ser uno de esos espíritus que aparecían en los relatos de Bessie, uno de esos seres mitad hadas, mitad duendes, que acechaban a los atónitos viajeros nocturnos desde los solitarios helechos de los páramos. Volví a mi taburete.

Aunque en ese momento empezó a invadirme un cierto temor, hice esfuerzos por controlarlo. La sangre aún me hervía de ira y la fuerza de la rebelión me llenaba de un vigor amargo. Antes de dejarme vencer por el presente me sumergí en la rabia que los recuerdos traían a mi mente.

La violenta tiranía de John Reed, la orgullosa indiferencia de sus hermanas, la antipatía de su madre, la parcialidad de los criados, todo se revolvía en el fondo de mi cerebro como si fueran los sedimentos de un pozo turbio. ¿Por qué siempre tenía que sufrir yo? ¿Estar siempre vigilada, siempre acusada y condenada sin remisión? ¿Por qué nunca hacía nada bien a sus ojos? ¿Por qué resultaban inútiles todos mis esfuerzos por ganarme su favor? En cambio, todos respetaban a Eliza pese a su tozudez y su egoísmo, y perdonaban la conducta insolente, rencorosa y consentida de Georgiana; su rostro, de mejillas sonrosadas enmarcadas por rizos de oro, parecía complacer a todo el mundo y garantizarle la disculpa de todas sus faltas. Nadie osaba oponerse a John, y mucho menos a castigarle: aunque se dedicara a retorcer el pescuezo de las palomas, a matar a los pollitos, a azuzar a los perros contra las ovejas, a arrancar los frutos y destrozar las mejores flores del invernadero; aunque se dirigiera a su madre llamándola «vieja» y a veces se burlara de ella por el tono moreno de su piel (por otra parte muy parecido al suyo), aunque la desobedeciera de forma ostensible y a menudo se dedicara a romper y estropear sus vestidos de seda, seguía siendo «su niño querido». En cambio, yo, que intentaba no cometer ningún error y me esforzaba por cumplir con todas mis obligaciones, debía cargar a todas horas con el sambenito de ser mala, fastidiosa, estúpida y falsa.

Todavía me dolía la cabeza debido al golpe y a la caída; la herida aún sangraba. Pero a nadie se le había ocurrido regañar a John por pegarme a propósito. Era yo, solo por haber osado defenderme de su violencia irracional, quien recibía el desprecio de todos.

«¡Es injusto! ¡Injusto!», repetía la Razón, estimulada por la fuerza precoz pero transitoria de una rabia cada vez más débil, que buscaba una alianza con la Voluntad para lograr una vía de escape a esa opresión insoportable, ya fuera la huida o, en caso de que esta fuera imposible, la decisión de no volver a comer ni a beber hasta que la inanición acabara conmigo.

¡Qué tristeza inundó mi espíritu aquella tarde atroz! Las ideas daban vueltas por mi cerebro, y el corazón se sublevaba ante tanta injusticia… Sin embargo, ¡en qué oscuridad, en qué densa ignorancia se desarrollaba esta batalla mental! Era incapaz de responder a la pregunta que me atormentaba: ¿por qué tenía yo que pasar por todo esto? Es ahora cuando, con la distancia que proporcionan los años (y no pienso decir cuántos), consigo entenderlo con absoluta claridad.

Yo era la nota discordante en Gateshead Hall, no me parecía a nadie de allí. No tenía nada en común con la señora Reed ni con sus hijos, ni tampoco con el servicio. Y claro está, si ellos no me querían, poco iba yo a corresponderles. No podían mirar con afecto a alguien incapaz de simpatizar con uno solo de ellos, alguien distinto, opuesto a esa familia en temperamento, capacidad y tendencias; un ser sin gracia, carente a sus ojos de cualquier atractivo o interés; un ser nocivo que se indignaba ante su trato y despreciaba sus opiniones. Si yo hubiera sido una niña optimista, brillante, indolente, caprichosa, bonita y juguetona, aunque igualmente dependiente y carente de amigos, la señora Reed habría soportado mejor mi presencia, sus hijos habrían sentido un mayor compañerismo hacia mí y los criados habrían evitado convertirme en la cabeza de turco del cuarto de juegos.

La luz del día comenzó a desaparecer de la habitación roja. Eran más de las cuatro y las nubes de la tarde habían dado paso a un oscuro crepúsculo. Oía el ruido incesante de la lluvia contra los cristales y los aullidos del viento procedentes del salón. El frío fue penetrando en mi cuerpo, y con él se mitigó el valor. Volví a caer en mi talante habitual: humilde, inseguro y triste, mientras se apagaba en mí todo signo de enojo. Si todos decían que era mala, tal vez tuvieran razón. ¿O no era perverso el pensamiento de ayunar hasta la muerte? Eso era un crimen. ¿Estaba preparada para morir? ¿O quizá el panteón que había bajo la cancela de la iglesia de Gateshead me resultaba acogedor? Me habían contado que el señor Reed yacía enterrado en ese panteón, y esa idea me llevó a pensar en él con creciente pavor. No podía recordarle, pero sabía que era mi tío carnal, el hermano de mi madre, que me había llevado a su hogar cuando me quedé huérfana y había hecho prometer a su esposa que se ocuparía de mí como si fuera su propia hija. Es probable que la señora Reed creyera que había mantenido su palabra, y me atrevo a decir que lo había hecho hasta donde se lo permitía su naturaleza. ¿Cómo iba a ver con agrado la presencia de una intrusa que no llevaba su sangre y a la que no la ataba lazo alguno después de la muerte de su marido? Debía de haber sido muy molesto sentirse obligada a ocupar el lugar de la madre de una niña extraña a la que no podía amar, y soportar que esta criatura ajena y antipática se instalara de forma permanente en el seno de su familia.

Una súbita idea me asaltó. No tenía ninguna duda, nunca la había tenido, de que si el señor Reed viviera, el trato que yo recibiría en la casa sería muy distinto. Ahora, sentada frente a la blanca cama y rodeada por las sombras que crecían por las paredes, sin perder de vista el débil brillo del espejo, empecé a recordar lo que me habían dicho acerca de los muertos que se removían en sus tumbas por no ver cumplidos sus últimos deseos y volvían a la tierra para castigar a los perjuros y vengar a los oprimidos. Pensé que el espíritu del señor Reed, acosado por las afrentas cometidas a la hija de su hermana, podía optar por abandonar su lugar de reposo, ya fuera el panteón o el mundo desconocido en el que moran las almas, y aparecer en esta habitación. Me enjugué las lágrimas y contuve los suspiros, temerosa de que cualquier señal de pena acabara logrando que una voz sobrenatural despertara y me hablara para consolarme, o provocara que un rostro surgiera en la oscuridad y se inclinara hacia mí, ofreciéndome su compasión. Esta idea, que en principio parecía consoladora, me aterraba más que cualquier otro castigo. Me esforcé con todo mi ser para sofocar el llanto: estaba decidida a calmarme. Apartándome el cabello de los ojos, levanté la cabeza e intenté mostrar una energía que estaba lejos de sentir. Justo en ese momento, el destello de una luz brilló en la pared. ¿Acaso se trataba de un rayo de luna que penetraba por alguna rendija de la persiana? No, la luz de la luna permanecía inmóvil y en cambio esta parpadeaba: mientras la seguía con la mirada, se deslizó hasta el techo temblando sobre mi cabeza. Ahora supongo que esta luz procedía de una linterna que alguien llevaba en el jardín, pero entonces, con la mente dispuesta a ver fantasmas por todas partes y con los nervios a flor de piel, pensé que ese rayo inquieto era el anuncio de una visión procedente del otro mundo. Aumentó la velocidad de los latidos de mi corazón; la frente me ardía y un sonido que tomé por el rugir del viento me llenó los oídos. Parecía que algo estaba cerca de mí. Me sentía agobiada, casi ahogada… La resistencia cedió y proferí un grito salvaje e involuntario. Corrí hacia la puerta y la golpeé en un desesperado esfuerzo por hacerme oír. Unos pasos recorrieron el pasillo, en la cerradura giró una llave… Bessie y Abbot entraron.

—Señorita Eyre, ¿está enferma? —preguntó Bessie.

—¡Qué horrible alarido! ¡Me ha asustado de verdad! —exclamó Abbot.

—¡Sacadme de aquí! ¡Dejadme ir al cuarto de juegos! —grité.

—¿Por qué? ¿Está herida? ¿Ha visto algo? —preguntó Bessie de nuevo.

—Vi una luz y pensé que era un fantasma.

Tomé a Bessie de la mano, y ella no me soltó.

—Ha gritado a propósito —afirmó Abbot contrariada—. ¡Y menudo alarido! Una la disculparía si lo hubiera causado un gran dolor, pero lo único que pretendía era hacernos venir. Ya conozco sus trucos.

—¿Qué está pasando aquí? —exclamó otra voz en tono de mando. La señora Reed avanzaba por el pasillo con el sombrero volando a su espalda y los pliegues del vestido crujiendo amenazadores—. Abbot, Bessie, creo que di órdenes precisas de que Jane Eyre debía permanecer encerrada en la habitación roja hasta que yo en persona viniera a sacarla.

—Señora, es que la señorita Jane gritó con tanta fuerza… —suplicó Bessie.

—¡Suéltala! —fue la única respuesta—. Suelta la mano de Bessie. No lograrás salir por estos medios. Aborrezco el fingimiento, y más aún en los niños. Es mi obligación enseñarte que ese tipo de trucos no da resultado: ahora te quedarás aquí dentro durante una hora más, y solo te dejaré salir si pasas este tiempo en el más absoluto de los silencios.

—¡Tía, tenga piedad! ¡Perdóneme! No puedo soportarlo. Castígueme de cualquier otro modo. Prefiero morir antes de…

—¡Cállate! Tus palabras me provocan náuseas.

Y no hay duda de que sentía lo que decía. A sus ojos yo no era más que una actriz precoz. Me miró como si mi corazón fuera un foso agitado por pasiones turbulentas, poseído por un espíritu falso y despreciable.

Una vez se hubieron retirado Bessie y Abbot, la señora Reed, impaciente ante las muestras de angustia y los temblores que me sacudían, me empujó al interior y cerró la puerta sin más comentarios. Oí cómo sus pasos se alejaban, y creo que poco después tuve una especie de ataque. La inconsciencia puso fin a la escena.

3

Lo siguiente que recuerdo es que desperté con la sensación de haber sufrido una espantosa pesadilla y vi una intensa luz roja que centelleaba tras unas gruesas barras negras. También oía un retumbar de voces, como si llegaran hasta mí sofocadas por el viento o el agua. El nerviosismo, la incertidumbre y un absoluto sentimiento de pánico confundían mis sentidos. Entonces me di cuenta de que alguien me cogía en brazos y me incorporaba con gran ternura. Apoyé la cabeza sobre algo blando, un brazo o una almohada, y me quedé dormida.

Cinco minutos más tarde la nube de dudas se disipó: supe que estaba en mi propia cama y que la luz roja no era más que el fuego de la chimenea. Era de noche y había una vela encendida sobre la mesa. Bessie se hallaba a los pies del lecho con una palangana en las manos, y un caballero sentado a la cabecera se inclinaba hacia mí.

La presencia de ese extraño en la habitación, alguien que no pertenecía a Gateshead y no tenía relación alguna con la señora Reed, me provocó un alivio indescriptible, esa tranquilizadora sensación que te invade al sentirte protegida. Aparté la mirada de Bessie (aunque su presencia me resultaba menos molesta que la de Abbot, por ejemplo) y posé los ojos en el rostro del caballero. No se trataba de un desconocido: era el señor Lloyd, el farmacéutico que acudía a la casa cuando los criados estaban enfermos. Para la señora y sus hijos se requerían siempre los servicios de un médico.

—Bueno, ¿quién soy yo? —preguntó el señor Lloyd.

Pronuncié su nombre al mismo tiempo que le tendía la mano. Él la estrechó y me sonrió.

—Veo que ya estamos mejor —añadió antes de señalarme con un gesto que volviera a tumbarme.

Dirigiéndose a Bessie, ordenó que nadie me molestase durante la noche y se marchó después de dar varias instrucciones más e insinuar que volvería al día siguiente. Su partida volvió a despojarme del sentimiento de protección que me había animado mientras lo tuve sentado junto a la cama. Cuando la puerta se cerró tras él, toda la habitación se oscureció y mi corazón se hundió de nuevo en un abismo de profunda tristeza.

—¿Tiene ganas de dormir un poco, señorita? —preguntó Bessie, solícita.

Apenas me atreví a responder, pues temía que recuperara su áspero tono habitual.

—Lo intentaré.

—¿Le apetece tomar algo, una bebida…?

—No, gracias, Bessie.

Tanta amabilidad me dio valor para preguntar:

—Bessie, ¿qué me pasa? ¿Estoy enferma?

—Supongo que cayó enferma en la habitación roja de tanto llorar. Pero no se preocupe, pronto se pondrá bien.

Bessie se marchó al cuarto de las criadas.

—Sarah —oí que decía desde allí—, ven al cuarto de los niños a dormir conmigo. Por nada del mundo quisiera pasar la noche a solas con esa pobre niña. Es capaz de morirse. ¡Ha sufrido un desmayo tan extraño! Me pregunto si vio algo raro… La señora ha sido demasiado dura con ella.

Sarah volvió con ella y ambas se acostaron. Estuvieron hablando en voz baja durante más de media hora; hasta mí llegaban frases sueltas que solo me permitían captar la idea general de la conversación.

«Algo pasó ante ella, vestido enteramente de blanco, y se desvaneció.» «Le seguía un gran perro negro.» «Alguien golpeó tres veces la puerta de la habitación del señor.» «Había una luz en el cementerio, sobre la tumba del señor»… etcétera, etcétera.

Por fin ambas se durmieron; se apagó el fuego y se extinguió la vela. Yo no logré conciliar el sueño en toda la noche: ese miedo que solo los niños pueden sentir puso en alerta todos mis sentidos y me impidió descansar.

Lo cierto es que el incidente de la habitación roja no tuvo más consecuencias, aparte del ataque de pánico, cuyo recuerdo aún me atormenta a día de hoy. Sí, señora Reed, a usted le debo unos momentos de atroz sufrimiento mental. Sin embargo, debería perdonarla: en realidad no era consciente de sus actos. Creía estar corrigiendo mis peores instintos cuando lo que hacía era desgarrarme el corazón.

Al mediodía siguiente estaba ya vestida y sentada en el cuarto de los niños, con los hombros envueltos en un chal. Físicamente me sentía débil y desanimada, pero lo peor de todo era el garfio de la tristeza que me atenazaba el alma y que me provocaba un llanto silencioso. Aún no me había secado unas lágrimas cuando otras gotas saladas descendían por mis mejillas sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Y, por otro lado, no podía dejar de pensar que debía sentirme feliz por la ausencia de los Reed: habían salido todos de paseo en el coche. Incluso Abbot estaba cosiendo en otra habitación, y Bessie, que no paraba de ir de un lado a otro guardando juguetes y ordenando cajones, se dirigía a mí de vez en cuando en un tono insólitamente amable. Todo ello debería haber supuesto para mí un paraíso de paz, acostumbrada como estaba a una vida repleta de reprimendas y tareas desagradables, pero mis pobres nervios estaban en tal estado que no había calma que pudiera suavizarlos, ni placer que pudieran apreciar.

Bessie vino de la cocina provista de un pedazo de tarta servido en un plato de porcelana china de brillantes colores, que formaban la imagen del ave del paraíso anidando en un lecho de flores y hojarasca. Este plato siempre había despertado en mí una gran admiración y unos enormes deseos de examinarlo de cerca, pero nunca había sido considerada digna de semejante privilegio. Ahora tenía ese hermoso recipiente en las rodillas y se me invitaba con afecto a comer el dulce manjar que contenía. Sin embargo, este favor llegaba, como la mayoría de los anhelos largo tiempo ansiados, demasiado tarde. Era incapaz de tragar la tarta, y tanto el plumaje del ave como los matices de las flores parecían haber perdido brillo, así que retiré ambas cosas de mi vista. Bessie me ofreció la posibilidad de traerme un libro, y esa palabra se convirtió en un súbito estímulo. Le pedí que me dejara Los viajes de Gulliver. Era un libro que había examinado una y otra vez con sumo placer, porque lo consideraba una historia real que suscitaba en mí mayor interés que los cuentos de hadas. Después de pasar años buscándolos detrás de las hojas y de las campanillas, debajo de los champiñones y entre la hiedra que cubría las paredes, había llegado a la triste conclusión de que los duendes habían huido de Inglaterra a otro lugar menos poblado, cuyos bosques fueran más densos y frondosos. En cambio, en mi imaginación, los reinos de Lilliput y Brobdignag eran lugares auténticos, y no tenía ninguna duda de que algún día emprendería un largo viaje que me llevaría a ver esos pequeños campos, las diminutas casas, los menudos árboles y todos los animales en miniatura que habitaban en uno de esos reinos; así como los gigantescos cultivos de maíz, los poderosos mastines, los monstruosos gatos y los hombres y mujeres altos como torres que vivían en el otro. No obstante, aunque intenté evocar en el libro aquel encanto que siempre había hallado en él, y me detuve a observar todas y cada una de las ilustraciones, ese día todo me pareció feo y horrible: los gigantes no eran más que trasgos desvaídos y los enanos me parecían diablos violentos; Gulliver era un simple vagabundo perdido en las partes más inhóspitas y peligrosas de la tierra. Cerré el libro y lo puse sobre la mesa, junto a la tarta intacta.

Bessie había terminado de limpiar y ordenar la habitación, y, después de lavarse las manos, abrió un cajoncito repleto de recortes de seda y satén con la intención de hacer un sombrero nuevo para la muñeca de Georgiana. Mientras cosía, se puso a cantar:

Hace mucho tiempo, cuando pasábamos los días

recorriendo el mundo, viajando como gitanos…

Era una canción que yo había oído a menudo, y siempre me había provocado una gran alegría. Bessie tenía una voz dulce, o al menos eso creía yo. Pero aquel día, aunque su voz seguía siendo la misma, la melodía me pareció cargada de una melancolía indescriptible. A veces, distraída por su tarea, Bessie cantaba más despacio, pronunciando el estribillo con la cadencia de un himno funerario. Después cambió de canción y entonó una balada cuya letra era realmente triste.

Tengo los pies doloridos y los labios agrietados;

largo es el camino, y arduas las montañas;

pronto la noche, triste y tenebrosa,

invadirá el sendero de la pobre niña sola.

 

¿Por qué me enviaron tan lejos, sin nadie,

hasta donde yacen los páramos y crecen las rocas?

En un mundo sin corazón, son los ángeles del cielo

los únicos que cuidan de la pobre niña sola.

 

Distante y suave, sopla la brisa nocturna,

ni una nube oculta el brillo de las estrellas;

Dios, compasivo, ofrece protección,

amor y esperanza a la pobre niña sola.

 

Aunque cayera al cruzar el puente, o me hundiera

en la ciénaga, engañada por un falso resplandor,

el Padre me colmaría de bendiciones,

y llevaría a su seno a la pobre niña sola.

 

Aunque carezca de refugio y de familia

hay un pensamiento que me llena de fuerza:

el cielo es mi hogar y no me faltará el reposo;

Dios es amigo de la pobre niña sola.

—¡Vamos, señorita Jane! No llore —exclamó Bessie al finalizar la canción.

Pero era como decirle al fuego que dejara de arder. ¿Cómo podía ella imaginar el peso de la pena que me embargaba?

A lo largo de la mañana, el señor Lloyd volvió a verme.

—¡Vaya! Veo que ya estamos levantados —dijo desde la puerta del cuarto de los niños—. Bueno, enfermera, ¿cómo está la paciente?

Bessie respondió que me encontraba mucho mejor.

—Entonces debería tener un aspecto más alegre. Venga aquí, señorita Jane, porque su nombre es Jane, ¿verdad?

—Sí, señor, Jane Eyre.

—Veo rastros de lágrimas. ¿Puede decirme por qué lloraba? ¿Le duele algo?

—No, señor.

—¡Oh! Yo diría que lloraba porque no pudo salir con la señora en el coche —intervino Bessie.

—¡No puedo creerlo! Es demasiado mayor para llorar por esas tonterías.

Lo mismo pensaba yo, y esa falsa acusación me ofendió tanto que respondí con presteza:

—En mi vida lloraría por semejante cosa: odio ir en coche. Lloro porque soy desgraciada.

—¡Oh, vamos, señorita! —exclamó Bessie.

El buen farmacéutico pareció perplejo ante mi respuesta. Fijó en mí sus pequeños ojos grises, sin brillo pero bastante sagaces. Su rostro era serio pero denotaba amabilidad.

—¿Qué la puso enferma ayer? —preguntó después de observarme con atención.

—Se cayó —intervino Bessie de nuevo.

—¡Se cayó! ¿Qué es esta niña, un bebé? ¿Es que no puede andar a su edad? Debe de rondar los ocho o nueve años.

—Me dieron un golpe que me hizo caer —contesté de nuevo, herida en mi amor propio.

Y, mientras el señor Lloyd se servía una pizca de rapé, añadí:

—Pero no fue eso lo que me enfermó.

Justo cuando él devolvía la caja a su bolsillo, sonó la campana que llamaba a los criados a comer.

—La llaman, niñera —dijo el farmacéutico—. Baje a comer. Yo hablaré con la señorita Jane hasta que usted vuelva.

Bessie habría preferido quedarse, pero la puntualidad en las comidas era una de las normas más inquebrantables de Gateshead Hall.

—Si no fue la caída lo que la puso enferma, ¿qué fue, entonces? —prosiguió el señor Lloyd una vez Bessie hubo salido.

—Me encerraron en una habitación en la que hay un fantasma hasta bien entrada la noche.

El señor Lloyd sonrió y frunció el ceño a la vez.

—¡Un fantasma! ¡Al final resultará ser una niña pequeña de verdad! ¿Le dan miedo los fantasmas?

—El del señor Reed, sí: murió en ese cuarto y su cadáver se veló allí. Ni Bessie ni nadie de la casa se atreven a entrar en esa habitación de noche si pueden evitarlo. Fue una crueldad encerrarme allí sola y sin una vela… Fue tan cruel que creo que no podré olvidarlo nunca.

—¡Tonterías! ¿Y es eso lo que la hace sentir desgraciada? ¿Sigue teniendo miedo ahora que es de día?

—No, pero la noche no tardará en caer de nuevo… Además, hay otras cosas que me hacen ser muy infeliz.

—¿Qué otras cosas? ¿Puede usted contármelas?

¡Cuánto deseaba contestar con todo detalle a esta pregunta! ¡Pero era tan difícil construir una respuesta coherente! Los niños sienten, pero les cuesta mucho analizar sus sentimientos, y aun en el caso de que logren hacer un análisis parcial, son incapaces de traducir el resultado en palabras. Sin embargo, por miedo a perder la primera oportunidad que tenía de compartir mi pena, me tomé mi tiempo e, inquieta, me esforcé por dar una respuesta sincera aunque incompleta.

—No tengo padre, ni madre, ni tampoco hermanos.

—Pero tiene una tía amable y tres primos.

Hice una nueva pausa antes de armarme de valor para continuar.

—Pero John Reed me pegó y luego mi tía me encerró en la habitación roja.

El señor Lloyd volvió a sacar su caja de rapé.

—¿No cree que Gateshead Hall es una casa preciosa? —preguntó—. ¿No está usted agradecida por vivir en un lugar tan hermoso?

—No es mi casa, señor, y Abbot dice que yo tengo menos derecho a estar aquí que uno de los criados.

—¡Bah! No puede ser tan tonta como para desear abandonar un hogar tan espléndido.

—Estaría encantada de marcharme si tuviera algún sitio adonde ir, pero no podré abandonar Gateshead Hall hasta que sea mayor.

—Tal vez pueda. ¿Quién sabe? ¿Tiene usted otros parientes al margen de la señora Reed?

—Creo que no, señor.

—¿Ningún familiar por parte de padre?

—Lo ignoro. Una vez le hice esta pregunta a la señora Reed, y ella respondió que era probable que tuviera algunos parientes pobres, pero que no disponía de la menor información sobre ellos.

—Si los tuviera, ¿le gustaría vivir con ellos?

Me detuve a reflexionar. Si la pobreza repele a los mayores, aún asusta más a los niños: ellos no piensan en la falta de medios que acompaña a ciertas personas que trabajan honradamente, en esa pobreza digna y respetable, sino que la asocian a ropas raídas, escasez de comida, chimeneas sin leña, malas costumbres y vicios inconfesables. Para mí, la pobreza era sinónimo de degradación.

—No, no creo que me gustara vivir con gente pobre —respondí al fin.

—¿Aunque estas personas la trataran con cariño?

Negué con la cabeza. Para mí, cariño y pobreza eran conceptos incompatibles. Aprendería a hablar como ellos, adoptaría sus rudas maneras, me convertiría en una ignorante y crecería como una de las desgraciadas mujeres que veía a veces alimentando a sus hijos o lavando la ropa a las puertas de Gateshead… No. No era lo bastante valiente como para comprar la libertad a ese precio.

—¿Tan pobres son sus parientes? ¿No tienen trabajo?

—No lo sé. Mi tía siempre dice que deben de ser mendigos. No quiero verme obligada a pedir limosna.

—¿Preferiría ir al colegio?

Otra vez me detuve a reflexionar. Apenas sabía lo que era la escuela. Bessie a menudo hablaba de ella como un lugar en el que las niñas se sentaban en largos bancos, escribían en pizarrines y eran obligadas a comportarse de forma educada y gentil; John Reed odiaba el colegio y se reía de sus maestros, pero los gustos de John Reed no coincidían en absoluto con los míos. Y aunque los relatos de Bessie sobre la excesiva disciplina de las escuelas (deducidos de lo que le habían contado unas niñas a las que sirvió antes de entrar en Gateshead) no resultaban muy agradables, los detalles que explicaba acerca de los logros de esas mismas niñas tenían la virtud de llamar mi atención. Alababa los hermosos paisajes que pintaban, las canciones que aprendían, las labores que podían realizar y los libros en francés que eran capaces de traducir. Además, la escuela significaría un cambio radical: implicaba un largo viaje y la separación absoluta de Gateshead. En definitiva, la puerta hacia una nueva vida.

—Creo que me gustaría ir a al colegio —fue mi conclusión final.

—Bueno, bueno, ¿quién sabe qué le depara el futuro? —dijo el señor Lloyd mientras se ponía en pie—. Esta niña necesita un cambio de aires —añadió, hablando para sí—. No está bien de los nervios.

El regreso de Bessie fue seguido por el sonido de las ruedas del coche al acercarse a la casa.

—¿Es la señora que vuelve? —preguntó a Bessie el señor Lloyd—. Me gustaría hablar con ella antes de irme.

Bessie le acompañó al saloncito del desayuno. Supongo que durante la entrevista que mantuvo con la señora Reed, el farmacéutico sugirió la posibilidad de enviarme al colegio. Y por lo que Abbot dijo a Bessie una noche, creyendo que yo dormía, mientras cosían en el cuarto de juegos, mi tía aceptó la idea sin reservas.

—La señora se mostró encantada de librarse de esta niña insoportable, que siempre da la impresión de estar vigilando a todo el mundo y tramando maldades en silencio. —Creo que para Abbot yo era algo parecido a un Guy Fawkes infantil.

Fue en esa ocasión cuando supe por las palabras de Abbot que mi padre había sido un clérigo sin fortuna con quien mi madre se casó contra la opinión de toda su familia, y que el abuelo Reed, enojado por su desobediencia, la dejó sin un chelín. Y que cuando llevaban un año casados, mi padre cayó víctima del tifus que contrajo por visitar a una familia de su parroquia, situada en uno de los barrios obreros de la ciudad donde abundaba la enfermedad. Mi madre se contagió y ambos murieron con un mes de diferencia.

Al oír esta historia, Bessie suspiró.

—La pobre señorita Jane es digna de lástima, Abbot.

—En efecto —respondió la otra—, si se tratara de una niña alegre y bonita, uno podría compadecerse de su desgracia, pero es difícil sentir pena por un pequeño sapo como ese.

—Tiene parte de razón —acordó Bessie—. Estoy segura de que en las mismas circunstancias la señorita Georgiana nos haría saltar las lágrimas.

—¡Por supuesto! La señorita Georgiana es una criatura adorable —gritó Abbot—. ¡Mi querida niña! Con esos rizos rubios y esos magníficos ojos azules, y el tono suave de su piel… ¡Una diría que es la estampa de una santa! Bessie, tengo hambre. Me apetece tomar un poco de estofado de conejo para cenar.

—No le diré que no… vamos a la cocina. ¿Qué le parece si hago un sofrito de cebolla?