—¿Marie?
—No estoy dormida. Estoy soñando que no estoy dormida.
La agente especial Marie Parks tiene los ojos cerrados. Está tendida sobre un amplio diván y aspira los olores a madera y a puro que impregnan la habitación. Fuera, al otro lado del ventanal de cristal tintado, unos niños juegan a la pelota en la terraza de la casa. Más allá, Marie oye el sonido de los cláxones y las sirenas que recorren las avenidas. Los ruidos lejanos de Río de Janeiro, el murmullo de los hombres. La lenta respiración de la ciudad.
—¿Puedo fumar?
—No, Marie. No puede fumar. No fuma en la cama cuando se acuesta para dormir, ¿verdad?
—Lo hago. Forma parte de los peligros que controlo. Me gusta.
Ruido de papeles. El doctor Cooper consulta sus notas. Tiene la voz ronca. Voz de fumador.
—Según consta en su historial, se dedica a perseguir a asesinos en serie. Fumar mientras concilia el sueño es únicamente responsabilidad suya. Eso debe de suponer un cambio.
—¿Como pasear con los ojos cerrados por la cima de un acantilado? —Marie esboza una sonrisa—. Cuando era pequeña, andaba por el bordillo de las aceras imaginando que estaba en un precipicio. Me encantaba hacerlo.
—¿Lo recuerda?
Marie escucha a los niños que juegan detrás del ventanal. La pelota golpea el cristal. El doctor Cooper se sobresalta ligeramente. En la terraza, una voz femenina pronuncia unas palabras en portugués. Los niños cogen la pelota y se alejan.
—No, es una visión. Una visión que se repite con frecuencia. Pero es tan real que a veces tengo la impresión de que es un recuerdo. Como esos olores a bronceador y a arena caliente que flotan en tu memoria. Olores a vacaciones, a sol y a felicidad.
—Es la amnesia residual. Su cerebro ha olvidado que lo recuerda, así que llena los vacíos con olores y ruidos. Recurre a los otros sentidos para intentar restablecer el contacto con la memoria. ¿Sigue con los ojos cerrados?
—Sí.
—¿Qué edad tiene la niña en su visión?
—Ocho años. Tal vez diez. Lo único que sé es que es el día de su cumpleaños.
—¿Anda por el bordillo de la acera?
—Sí. Avanza con los brazos en cruz. Es invierno. El aire frío le quema los pulmones. Lleva manoplas y un grueso gorro de lana rasposo al tacto. Nota cómo el aliento se escapa entre sus labios; está tibio en el interior de su boca y helado al rozarle la nariz.
—¿Dónde está?
—En Boston, en el estado de Massachusetts. ¿Sabe cómo es el invierno en Boston, doctor?
—No.
—Es frío y silencioso.
Marie oye que el doctor Cooper se mueve en el sillón. El ligero algodón de su traje raspa el cuero. El doctor escribe unas palabras.
—¿A qué huele?
—A alquitrán, a hojas secas y a emanaciones de alcantarilla. A esa bruma tibia que sale de las bocas de piedra. Un olor a vómito y a bolsa de plástico húmeda.
Los orificios nasales de Marie se ensanchan.
—Y también a queroseno.
—¿A queroseno?
—Sí. Acaba de pasar un 747 por encima de los edificios de ladrillo de East Somerville. Va en dirección al aeropuerto internacional de Logan. Está a punto de aterrizar.
—¿Qué pasó ese día?
—Asesinos itinerantes.
—¿Perdón?
—Hace un momento ha dicho que me dedico a perseguir a asesinos en serie. Persigo a asesinos itinerantes.
—¿Qué diferencia hay?
—El asesino en serie es un sujeto compulsivo que mata para dejar de sufrir y aplacar la enorme tensión que lo empuja a asesinar. El itinerante, en cambio, no mata por necesidad, sino que desea hacerlo. No oye voces ni obedece a Dios. Está bien integrado, tiene un buen trabajo que le hace viajar mucho. Y aprovecha esa circunstancia para matar. Le gusta hacerlo y lo hace bien.
La estilográfica del doctor choca con el papel.
—¿Por qué persigue a esos asesinos en particular?
—Porque los siento. Sé cómo funcionan.
—¿Es eso lo que le da miedo?
—¿El qué?
—Ser como ellos.
—¿Le daría miedo a usted?
—Creo que estaría muerto de miedo.
Una mosca zumba, choca contra los cristales y reanuda su vuelo a ciegas. El doctor Cooper la sigue con la mirada. Está pensando qué decir.
—¿Y si volviéramos a esa niña que juega a pasar miedo sobre el borde de la acera, en Boston?
—¿Quiere decir al borde del precipicio?
—Si lo prefiere…
—Avanza. Un coche la roza. Circula muy despacio. Un olor a puro escapa por la ventanilla entreabierta. Un olor a regaliz y a paja quemada. Como a jamón cocido, pero sin el olor de la carne. ¿Me entiende?
—El olor de la madera, pero no de la carne.
—Sí, exactamente. Un olor a fumadero. Haya, regaliz y paja. La máquina del cáncer.
—¿Eso también le da miedo?
—¿El qué?
—El cáncer.
—Sí, pero me gusta. Me gusta tener miedo de algo contra lo que no puedo luchar. Quisiera morir con la respiración sibilante y los pulmones llenándose de pus en mi pecho. Detestaría morir gozando de buena salud. Me parecería inmoral.
El doctor Cooper pasa las páginas del historial médico.
—¿Cómo empezaron las visiones?
—Con un choque frontal a ciento sesenta por hora entre un camión de treinta toneladas cargado de troncos y una autocaravana. Yo iba en la autocaravana.
—¿Quién conducía?
—Mark, mi pareja. Murió.
—¿Quién más iba a bordo?
—Nuestra hija. Creo que se llamaba Rebecca.
—¿No está segura?
—Eso es lo que me dijeron cuando salí del coma. Me dijeron que se llamaba Rebecca. Me enseñaron una foto suya, y también una de Mark. No los reconocí.
—Eso se llama prosopagnosia.
—¿Cómo?
—Es un trastorno en el reconocimiento de las caras. Sucede a menudo como consecuencia de un impacto violento en la región del córtex temporal. De todas formas, usted sabe que son ellos, ¿verdad?
—Doctor, ¿cómo sabe usted que su padre es efectivamente su padre?
—No sé…
—Porque se lo ha dicho su madre.
—Una madre no miente sobre esas cosas.
—No. Pero puede equivocarse.
Marie escucha los murmullos de Río de Janeiro aplatanada por el calor húmedo del verano. El ronroneo de los aparatos de aire acondicionado. El soplo de aire helado envolviendo su rostro. A lo lejos, de fondo, música y sonido de voces. El rumor de las playas de Copacabana y de Ipanema. Los cariocas han invadido la arena blanca y comen brochetas de gambas sazonadas con una pizca de guindilla y unas gotas de limón verde. A Marie se le hace la boca agua al pensar en el sabor de las gambas. Cuatro días atrás, después de desembarcar de un vuelo procedente de Berlín, había pasado por su hotel para ponerse el bañador y había ido a la playa de Ipanema a pie. El Pan de Azúcar a la izquierda, la bahía de Río, las favelas a su espalda, puñados de chabolas agarradas a los Morros como una lepra de chapa ondulada y de cemento. Las mil colinas de Río.
Marie había dejado el bolso sobre la arena ante la mirada divertida de un grupo de cariocas de piel cobriza, que le habían explicado que tenía que enterrar sus cosas si no quería que se las robaran.
Ella sacó una toalla y una crema solar barata con la que embadurnó su piel blanca. Luego, saboreando la quemazón de la arena bajo sus pies, caminó hasta el mar, cuyas frescas aguas le envolvieron los tobillos y las pantorrillas. Recordaba que el agua se cerraba alrededor de su cintura como una caricia. Se había abierto paso a codazos entre la muchedumbre de bañistas y reía con ellos sintiendo cómo las olas golpeaban sus pechos y sus hombros. Olía a sal y a pescado.
—Cuando me desperté, después de estar seis meses en coma, empezaron a perseguirme visiones de asesinatos. Niñas desaparecidas y asesinos. Un psiquiatra de Santa Mónica me explicó que esas cosas sucedían a veces. El síndrome mediúmnico reaccional. Mala suerte.
—¿Quiere decir que revive las escenas de los asesinatos que investiga?
—Quiero decir que empecé a desarrollar la capacidad de ocupar el lugar de las víctimas de los asesinos itinerantes en los segundos que preceden a su muerte. Es lo que me sucede siempre en el escenario de un crimen. Cierro los ojos, pierdo el contacto y me despierto en el cuerpo de la víctima.
—¿Nunca en el del asesino?
—No. Ya se lo he dicho. A los asesinos, los siento.
—¿Los siente?
—Solo rozándolos, los siento. Simplemente aspirando la estela que ha dejado una persona en una multitud, puedo decirle si esa persona es un asesino. Puedo decirle si ya ha matado o si se dispone a hacerlo.
—¿Cómo?
—No lo sé. Eso da igual. Puedo hacerlo y ya está.
—¿Y en el escenario de un crimen?
—Ahí es muy diferente. Siento su placer. Disfruto con ellos cuando matan y, al mismo tiempo, estoy en la piel de la víctima a la que asesinan. El terror puro, el dolor absoluto, y el goce. Debería probarlo, doctor, es mucho mejor que todas las montañas rusas del mundo.
Desde que se encuentra en un estado cercano al sonambulismo, Marie consigue captar las pulsaciones del silencio. Los crujidos tenues del parquet, el tictac del reloj de pulsera del doctor Cooper, el ligero zumbido de la mosca. Tiene la impresión de que está en el interior de una burbuja y de que ya no percibe los rumores de Río. Protegida tras su escudo mental, exactamente igual que cuando se atiborra de somníferos y de ginebra para lograr dormir, oye cómo el psiquiatra hojea su historial. Este hace una anotación en una página y deja la estilográfica.
—¿Marie…?
—¿Sí?
—Volvamos al asesino de sus visiones, si no le importa.
—¿Cuál?
—El de Boston.
—¿Qué quiere saber?
—Está en el coche y mira cómo la niña camina por el bordillo de la acera, ¿verdad?
—Sí.
—¿Cómo sabe que es un asesino?
—Por su olor.
—¿El olor a puro?
—No, el otro. El olor a asesino. Es violento, agresivo, muy concentrado. Si tuviera que compararlo con algo, diría que los asesinos de niños huelen a amoníaco. ¿Entiende lo que quiero decir? Esa flecha cegadora que te atraviesa la mente cuando aspiras amoníaco… Con los asesinos de niños ocurre algo así.
—Y los otros asesinos, ¿a qué huelen?
—Los violadores huelen a cañerías atascadas. Los desolladores, a carne putrefacta. Los asesinos místicos, a mugre, sudor y orina. A veces, un asesino reúne todos esos olores.
El doctor Cooper aspira hondo por la nariz. Carraspea de nuevo.
—¿Qué pasa después, en su visión?
—El coche adelanta a la niña y aparca un poco más lejos. El hombre apaga los faros y el motor.
—¿Qué coche es?
—Un Oldsmobile verde oliva.
Ruido de la estilográfica del doctor Cooper.
—La niña avanza. Se encuentra a apenas unos metros de la escalera exterior de su casa. Vive en East Somerville, en una casita de ladrillo encajonada entre la vía del tren y la Interestatal 93. ¿Conoce East Somerville, doctor?
—No.
—Un bosque de edificios y algunas casas tristes con jardines invadidos por las zarzas. Las emanaciones de gasóleo y el estruendo de la autopista a un lado, el trajín de los interminables trenes de mercancías que se dirigen hacia el oeste al otro. Hay un cambio de agujas justo enfrente de la casa, y todas las ruedas de los vagones hacen un ruido infernal al chocar con los raíles. Esos son los monstruos del precipicio. Ruidos y olores.
—¿La niña sigue viendo al asesino?
—Sí, a través de sus párpados entornados.
—¿Qué hace él?
—Está sentado tras el volante, fumando, y por el retrovisor mira cómo ella se acerca. El hombre lleva sombrero y bufanda. Se ha subido el cuello de la parka. De vez en cuando, su mano enguantada en piel asoma por la ventanilla y da unos golpecitos al puro. Círculos de ceniza caen sobre la acera. Parecen trozos de uña.
—¿Y la niña?
—Ha llegado a la escalera. Está salvada. Ha dejado atrás el precipicio.
—¿Él ha renunciado?
—Él nunca renuncia. Ella solo está segura en su casa. Alrededor no hay más que abismos, gases envenenados y desolación. Las aceras de East Somerville son pasarelas tendidas por encima de esos abismos. Todo el mundo cree que son aceras, calles y callejones sin salida, pero son pasarelas; lo demás, las otras casas, los descampados, la autopista y la vía férrea, son abismos.
—Cálmese, Marie. Intente relajarse.
Marie tiene la garganta seca. Siente la tristeza de la niña mientras sube los peldaños de la escalera arrastrando los pies. Todavía no sabe que va a morir. Piensa en su padre, que ayer volvió de uno de sus interminables desplazamientos por Estados Unidos. Es camionero y alcohólico. A veces pega a mamá. Se oye a través de los tabiques, finos como el papel. Golpes que restallan contra la piel, insultos en voz baja y sollozos. Pero anoche hicieron el amor. Gemidos diferentes. Un dolor diferente. La niña sabe que eso es buena señal y que quizá papá no pegará a mamá el día de su cumpleaños.
—Marie, ¿sigue ahí?
—Sí.
—¿Qué ve?
—La chiquilla acaba de detenerse delante de la puerta. Abre los ojos. Una marquesina de hierro forjado protege una bombilla desnuda que su madre acaba de encender. Una nube de pequeñas moscas cubre el cristal caliente. Sus alas se carbonizan en una espiral de humo, chisporroteando en el aire frío. Está anocheciendo. El dedo de la niña se acerca al timbre. Lo pulsa.
—¿No tiene llaves?
—Las pierde constantemente. Las pierde en los abismos.
Marie respira cada vez con más dificultad.
—Ya está. Oye unas zapatillas que se arrastran sobre el linóleo de la entrada. Luego el chasquido de la cerradura, y la puerta se abre. Está oscuro. Huele a bizcocho y a palomitas. La niña entra, se quita el gorro y los guantes. Nota los labios fríos de mamá cuando se posan sobre su frente. Su aliento huele a bourbon barato y a cacahuetes tostados. Mamá ha vuelto a tomar Valium. Se le nota en la voz cuando pregunta a la chiquilla dónde estaba.
—¿Qué contesta ella?
—No es una pregunta. En el estado en el que se encuentra, a mamá le da absolutamente igual. Una vez, la niña intentó hablarle de los abismos. Solo una vez. Se calló al ver los labios fruncidos y los ojos de asombro de su madre. Unos ojos tan vacíos y fríos como los abismos.
—¿Y después?
—La chiquilla sube la escalera. Cruje bajo sus pies. La puerta de su habitación está entornada. Huele a polvo y a muebles de imitación a madera. Se tumba en su cama. Todavía es demasiado pronto para celebrar su cumpleaños. Hay que esperar una hora. Hasta que tío Walt y tía Bessie lleguen.
—Cálmese, Marie. Aquí está segura.
—Por el momento. Después, cuando llegue tío Walt, cuando hayan cenado, cuando haya abierto sus regalos, se haya cepillado los dientes y haya ido a acostarse, sé que no dormirá. Escuchará el silencio y el tictac del reloj en la planta baja. El chirrido de la puerta del dormitorio de tío Walt. Él empujará la del suyo, su barriga blancuzca llenará el hueco. Luego entrará y cerrará la puerta tras de sí; yo sé que ella tendrá miedo. Y también sentirá dolor. Deseará morir. Vomitará cuando él se haya ido. Irá a lavarse y vomitará. Pero, por el momento, no tiene nada que temer. Tiene sueño. Mira la luz fría de las farolas que se cuela entre las láminas de las persianas. Pestañea. Se duerme.
La niña había empezado a aparecérsele a Marie por las noches unas semanas atrás. No soñaba con ella desde hacía dos años. Marie tenía la seguridad de que estaba de nuevo tras la pista de un asesino cuando sus víctimas reaparecían en sus visiones. Sabía que su verdugo no andaba lejos y que ella no había estado nunca tan cerca de atraparlo. Entonces rescataba el expediente y volvía a empezar la investigación desde cero.
La semana anterior, otro asesinato con la mención «border crime» había aparecido en las pantallas de los laboratorios del FBI, donde los cuerpos de policía de todo el mundo enviaban los informes sobre los crímenes particularmente violentos que no lograban resolver. Allí, los mejores especialistas en trazar perfiles de criminales analizaban minuciosamente sus modus operandi. Así era como Marie había encontrado el rastro del hombre que el FBI llamaba Daddy, «Papá». Un nombre chocante para un tipo que mataba a los padres antes de raptar a sus hijos.
—Marie… ¿Sigue ahí?
Según el expediente, Daddy había empezado a matar en diciembre de 1987, en Boston. La familia de la niña de la visión. Sin duda por ese motivo, esa niña era la única que volvía a aparecer en las noches de Marie. A lo largo de dieciocho años de persecución, Daddy había logrado siempre escapar de la policía. Había dejado de matar en 1989, pero en 1992 los crímenes habían empezado a producirse otra vez en otros países. Marie iba tras él desde hacía más de diez años. Cada vez que volvían las visiones, reanudaba la persecución, pero Daddy se le escapaba siempre. Se desplazaba constantemente, tomaba infinitas precauciones y cambiaba con frecuencia de identidad y de país. Tras una pausa de unos meses, había empezado a matar en Berlín. Este último crimen había puesto de nuevo en marcha el acoso. Siempre el mismo ritual. Marie había seguido su pista hasta Río. Esta vez, no le cabía duda, la persecución estaba tocando a su fin.
—Marie, ¿me oye?
—Sí.
—Dígame qué sucedió esa tarde, cuando se durmió mientras esperaba la hora de celebrar su cumpleaños.
Marie siente que una inyección de terror le invade las arterias. Se sumerge en la visión. El tictac del reloj de la entrada. Los crujidos de la escalera impregnada de humedad. Los olores de papel pintado viejo, de herrumbre y de polvo.
—Cuando abro los ojos, la casa está extrañamente silenciosa. El despertador marca las cuatro de la mañana. Mi cumpleaños ha pasado.
—¿Qué siente?
—Estoy furiosa. Tengo ganas de llorar. Me duele el vientre.
—¿Está enfadada con su madre?
—Sí.
—¿Tiene ganas de matarla?
—Tengo la impresión de que ya está muerta. Tengo miedo de que ya esté muerta.
—¿Qué más?
—Estoy tumbada en la cama. Miro los filamentos de polvo que cuelgan del techo. No corre ni un soplo de aire; sin embargo, se mueven como algas en el agua. Presto atención al silencio de la casa. El silencio es algo muy curioso. Me refiero al verdadero silencio. Parece lleno de todos los ruidos que no están ahí. Recuerdo que esa noche faltaba un sonido. Faltaban muchos, pero sobre todo ese. Los ronquidos de mi padre. Ronquidos de alcohólico.
—Continúe.
—Me levanto. Recuerdo el contacto rasposo de la moqueta bajo mis pies desnudos. Abro la puerta. El pasillo está oscuro y desierto. Avanzo rozando las paredes. El dormitorio de mis padres está vacío. Hay una mancha de luz al pie de la escalera, una luz que se enciende y se apaga: las bombillas del árbol de Navidad. Han pasado dos días desde Año Nuevo, pero mamá todavía no ha quitado el árbol. Aún huele un poco a savia, a agujas secas y a nieve artificial. Es extraño.
—¿El qué?
—Aunque esté totalmente borracha, a mamá no se le olvida nunca desenchufar las luces del árbol antes de ir a acostarse. No se le olvida desde que leyó en el periódico que un simple cortocircuito puede incendiar un abeto cuando las agujas están secas.
—¿Oye algo?
—No.
—¿Y el reloj de la entrada?
—Acaba de pararse.
El doctor Cooper juguetea con el capuchón de la estilográfica. Escucha.
—Bajo muy lentamente la escalera. Mi mano roza la barandilla. Me detengo. Noto algo mojado bajo mis pies. Algo pegajoso en el peldaño en el que estoy. Me agacho y toco con los dedos el charco. Es espeso, viscoso, tibio. Levanto los dedos hasta la altura de mis ojos; están rojos, como si los hubiera sumergido en esmalte de uñas. También hay sangre en la barandilla; moja la palma de mi mano mientras bajo los últimos escalones. Un ancho reguero de sangre cubre el linóleo de la entrada. Un charco y una ancha franja pegajosa que se aleja en dirección al salón.
—¿Dónde está usted ahora?
—Avanzo pegada a la pared, para no pisar la sangre. He llegado al salón. Las luces del árbol se encienden y se apagan. Tengo los ojos cerrados. Me da miedo abrirlos.
—Porque ya lo sabe.
—¿El qué?
—Que están muertos.
—Sí.
—Abra los ojos ahora. ¿Qué ve?
—Espero que las luces del árbol se apaguen. Ya está. Abro los ojos en la oscuridad. La luz blanca del televisor salpica el salón. En la pantalla solo hay nieve. Crepita y chisporrotea.
—No es el televisor lo que quiero que mire.
—Veo formas en los sillones y en el sofá. Dos siluetas, desplomadas la una contra la otra. Otras formas se recortan en los sillones: un hombre y una mujer que están frente a frente. Parece que se miren. Unos puntitos luminosos aumentan en la oscuridad. Las luces del árbol están a punto de volver a encenderse.
—Quiero que mantenga los ojos abiertos.
—No puedo.
—No tiene nada que temer. Si lo prefiere, puede contemplar la escena a través de los párpados entornados, como cuando camina por el borde de los abismos.
—La luz se vuelve más intensa. Empuja la oscuridad. Veo la cara de tío Walt. Está muy erguido en el sillón que queda más cerca del televisor. Tiene los ojos muy abiertos… Algo no encaja.
—¿Qué?
—Sus ojos están abiertos, pero falta algo. Sí, es eso, no tiene párpados. Se los han cortado. Uno de ellos todavía cuelga, sostenido por un jirón de piel. El asesino le ha cortado los párpados para obligarlo a mirar.
—¿Qué más?
—Tío Walt tiene los brazos apoyados en los del sillón. Las colchas que cubren el tapizado están empapadas de sangre. Su camisa también. Tiene el cuello abierto. Un solo corte que va de una oreja a la otra. Parece que sonríe. ¡Dios mío, hay muchísima sangre en su camisa y sus pantalones!
—Ya no volverá a hacerla sufrir. ¿Qué más ve?
—A tía Bessie. Está apoltronada en el sillón de enfrente. Me da la espalda, pero tiene la cabeza tan echada hacia atrás que le veo la cara. Me observa en la oscuridad.
—¿Tiene también los párpados cortados?
—No lo sé.
—Acérquese un poco.
—Por favor, no me pida eso.
—No tiene elección, Marie. Quiere saber. Ha venido a verme para eso, ¿no es así? ¿Tiene los párpados cortados?
—No. El asesino se los ha cosido con hilo grueso y negro, un hilo retorcido. Tiene dos puntadas en cruz en cada párpado. Unas lágrimas de sangre que han caído por sus mejillas hacen pensar en el maquillaje de un payaso. El asesino le ha hecho un corte tan profundo en el cuello que veo sus cervicales entre la carne. Parecen de marfil. Las luces se han apagado.
—Vamos a esperar a que vuelvan a encenderse. Se está preguntando por qué nuestro asesino no le ha cortado los párpados a Bessie, ¿verdad?
—Es un asesino-espejo. Le da miedo ver su reflejo en la mirada de los demás. Le ha cortado los párpados a tío Walt para obligarlo a mirar, pero a tía Bessie se los ha cosido para impedirle ver.
—No, Marie. No es un asesino-espejo. Es un redentor.
—¿Un qué?
—Un purificador, si lo prefiere.
—No comprendo.
—Es normal, todavía no ha cruzado la frontera. Siente a los asesinos, pero todavía no es una asesina. Sin embargo, hace tiempo que siente deseos de matar, ¿no es cierto, Marie?
—Ya he matado. Estando de servicio.
—Eso no cuenta. Yo hablo de un crimen, de un asesinato, hablo de cortar carne, de destripar y de quitar la vida. Hablo de deseo. Todavía no ha llegado al estadio de la pulsión, pero toda esa ira y esos miedos acumulados no tardarán en hacerle cruzar el límite.
—Sí, a veces eso me da miedo. Me da miedo y al mismo tiempo me atrae.
—¿Como algo prohibido?
—No. Más bien como algo… posible.
Marie oye la respiración del doctor Cooper.
—Las bombillas del árbol vuelven a encenderse. La luz repta por los sillones.
—Muy bien. Ahora mire hacia el sofá. ¿Qué ve?
—A mis padres adoptivos. Están cogidos el uno al otro.
—¿Qué les ha hecho el asesino?
—Los ha degollado. Y también los ha destripado. Veo ristras de entrañas esparcidas sobre la moqueta.
—¿Qué más?
—Les ha cosido las manos. Les ha juntado las palmas y se las ha cosido por las falanges. Ha usado el mismo hilo retorcido que con tía Bessie. Parece que estén bailando en el sofá.
—Míreles los ojos. Para ese tipo de asesino, lo que cuentan son los ojos.
—Les ha vaciado las cuencas. Como si las hubiera rebañado con una cucharilla o con un cuchillo. Eso quiere decir que…
—Eso quiere decir que sabían.
—¿Marie…?
—¿Sí?
—No se quede en medio del salón.
—Retrocedo lentamente. Tengo que alejarme de los cadáveres de mis padres.
—¿Por qué?
—Para apartarme de los abismos que acaban de abrirse.
—¿Los ojos de sus padres?
—Sí. Unos abismos profundos y sangrientos. Lágrimas de sangre sobre mejillas blancas como la porcelana.
—Dígame qué está pasando.
—Continúo retrocediendo sin dejar de mirar las órbitas vacías de mi madre. Tengo la impresión de que va a morder las costuras que la unen a las manos de mi padre y después se abalanzará sobre mí para devorarme.
—¿Por eso no ve al asesino?
—Sí. Está detrás de mí. Ha estado todo el rato detrás de mí. Me mira desde que he entrado en el salón. Me ha dado tiempo para que contemple su obra. Retrocedo pisando con los pies desnudos los charcos de sangre. Tengo miedo de resbalar. Ahora, las bombillas se apagan y no vuelven a encenderse. Una sombra enorme me envuelve. Un olor a puro y a amoníaco penetra en mis fosas nasales. Una mano enguantada se cierra sobre mi boca y me aprieta con todas sus fuerzas contra un abrigo de lana. Noto el contacto de una bufanda contra mi pelo. Una masa de músculos y huesos contra mi espalda.
—¿Eso es todo?
—Sí. Así es como acaba siempre la visión.
—No es una visión, Marie.
Marie se sobresalta. No consigue abrir los ojos. Un extraño entumecimiento se extiende por su organismo. Sus músculos están flojos. Un sabor a té tapiza el fondo de su garganta. Se acuerda de la taza humeante que el doctor Cooper le ofreció antes de empezar la sesión. Cuando ella escurrió la bolsita, cayó un té negro y especiado en el agua caliente. Después, con la taza entre las dos manos, había bebido la infusión a pequeños sorbos.
—¿Qué me ha dado de beber?
—Algo que la ayudará a relajarse.
—Ahora quiero despertarme.
—Todavía no, Marie. Si la abandono en medio del salón, corre el peligro de no salir jamás de ahí. Por eso es muy importante que recuerde lo que realmente pasó.
—No fui yo quien murió esa noche. Fue la niña de la visión. Los abismos, el bordillo de la acera, la marquesina metálica y el chisporroteo de las moscas, el olor a polvo en mi habitación. La visión es siempre la misma. Pasan meses sin que la tenga y luego regresa.
—No, Marie. Es un recuerdo.
—No es verdad.
—Dígame cómo se llama esa niña.
—Ahora ya no lo sé.
—¿Lo ha sabido alguna vez? ¿Ha consultado su expediente en los archivos de los asesinatos sin resolver?
—Lo intenté, pero había desaparecido.
—No. No ha existido nunca, y en el fondo de su ser, lo sabe. ¿Cómo se llama usted?
—Me llamo Marie. Marie Megan Parks. Nací el 12 de septiembre de 1975 en Hattiesburg, en Maine. Mis padres se llamaban Janet Cowl y Paul Parks. Vivían en…
—Me decepciona enormemente, Marie.
—No me acuerdo.
—Claro que sí. Sus recuerdos están justo detrás del panel de cristal esmerilado que el accidente levantó entre su cerebro y usted. Es como una muralla que se agrieta.
—No comprendo…
—Lo que usted llama los abismos, esos barrancos rojizos en los que tanto miedo tiene de caer, son su memoria en ruinas tras el gran caos provocado por el accidente. Así es como su cerebro intenta desesperadamente reconstruir las imágenes perdidas. Todo lo que no puede llenar, lo muestra como un abismo. Le envía olores y ruidos, pero no sabe establecer la diferencia entre sus visiones y sus recuerdos muertos.
A Marie le cuesta respirar. Busca oxígeno.
—Ahora quisiera que visualizase una pesada puerta de roble. Sus recuerdos están detrás. Usted tiene la llave en la mano derecha. Una gran llave de acero. Pesa y está fría. ¿La siente en la palma de la mano?
—Sí.
—Quisiera que metiese la llave en la cerradura. ¿Ya está?
—Sí.
—Ahora, quisiera que girara lentamente la llave hacia la izquierda.
—No puedo.
—¿De qué tiene miedo?
—De los monstruos que hay detrás de la puerta. Oigo cómo sus garras arañan la madera. Rugen, están furiosos. Van a devorarme.
—No hay monstruos detrás de esa puerta. Solo hay recuerdos. Haga girar la llave, Marie.
—Ya está. La hago girar. Un chasquido metálico. Un chirrido. Una corriente de aire glacial. ¡Dios mío, está muy oscuro!
—Ahora abra los ojos.
Marie se acurruca en el diván. Tiene ocho años. Es el día de su cumpleaños. Aquella noche ocurrió otra cosa. Otra cosa que ve a medida que entreabre los ojos en las tinieblas de esa parte abandonada de su cerebro. Recorre la oscuridad con la mirada. Tiene la impresión de que de sus ojos emana un resplandor que ilumina débilmente todo lo que mira. Ve la pantalla de un televisor encendido, dos sillones colocados frente a frente y un viejo sofá con la tapicería rasgada. Todo está cubierto de una gruesa capa de polvo gris como la ceniza. Unos cadáveres resecos están sentados en los sillones. Dos más, cogidos el uno al otro en el sofá, la contemplan con sus órbitas vacías. Marie distingue trozos de hilo retorcido entre los huesos de sus falanges. Las bombillas decorativas se encienden y se apagan. Retrocede tapándose la boca con las manos.
—Vamos, Marie, dígame qué pasó realmente aquella noche.
—La sombra del asesino me envuelve. Noto los músculos de sus brazos contra mi piel. Mi camisón está levantado por un lado. Intento debatirme. El asesino se inclina hacia mi oreja y me dice «chis». Su olor a puro rodea mi cara. Otro olor invade mi garganta mientras él aprieta un pañuelo contra mis labios. Un olor químico, a la vez muy fuerte y muy suave. Un olor casi líquido, algodonoso. Tengo sueño. Tengo mucho frío. Intento gritar, pero el pañuelo ahoga mis gritos. Luego, un dolor terrible estalla en la base de mi espalda. Como un puñal que se clavara entre mis riñones. Una esquina de la mesa del salón. Me he golpeado con una esquina de la mesa del salón. ¡Dios mío, usted no me mató aquella noche!
—Claro que no, Marie, nunca había tenido intención de hacerlo.
Daddy permanece inmóvil en el sillón. Ha juntado los dedos delante de los labios. Su voz ha cambiado, su rostro también, pero el resto no. Ni su olor ni su respiración. Ni el hedor del amoníaco ni el soplo lento de su respiración cuando aquella noche apretaba a Marie contra su abrigo.
—¿Cómo te llamas, Marie? ¿Cuál es tu verdadero nombre? ¿Cuál es el verdadero nombre de esa chiquilla de Boston?
—Kransky.
—No. Ese es el apellido de los trozos de carne que están en el sofá. Pero antes de que esa familia de degenerados te acogiera en Boston, ¿cómo te llamabas?
—Gardener. Me llamaba Marie Gardener.
—¿Te acuerdas ahora?
—Sí.
—Estoy orgulloso de ti, Marie. Hemos progresado mucho.
Marie nota que unos lagrimones resbalan por sus mejillas.
—Aquella noche, después de dormirme con cloroformo, me envolvió con una manta y me metió en el maletero de su Oldsmobile. Recuerdo que olía a plástico y a gasolina, y que un olor a orina flotaba en el habitáculo. Un olor enmascarado por el del ambientador con el que había pulverizado la moqueta del maletero.
—Sí, a los niños siempre se les escapa.
Marie se estremece al oír las vibraciones en la voz de Daddy. Ya no es condescendiente, está lleno de odio y de desprecio. Una voz de predador. Se calma, respira. Vuelve a parecer el doctor Cooper.
—¿Qué más, Marie?
—Recuerdo haberme despertado con la boca pastosa. Estaba tumbada en las tinieblas, enrollada en la manta. Usted me había colocado un cojín debajo de la nuca. Abrí los ojos, pero no se veía nada. Movimiento. El ruido amortiguado del motor. Las emanaciones de aceite y de carburante. Volví la cabeza hacia la derecha. Veía un hilo de luz a través de las junturas gastadas del maletero. Un rayo de luz, luego un charco de oscuridad, luego de nuevo un rayo de luz.
—Las farolas de la autopista. Circulamos durante tres días por la Interestatal 95 en dirección norte. Paraba cada cuatro horas para drogarte. Para que durmieras y no tuvieras miedo. Cuando, pese a las anfetaminas, estaba demasiado cansado, aparcaba en un camino de tierra y dormía unas horas antes de continuar. En ningún momento te dejé sola. En ningún momento te abandoné. Eres la que menos lloró durante el viaje. Apenas unos golpes con las rodillas en la pared del maletero. No tuve que castigarte.
—Recuerdo la última parada que hizo el coche. Llevábamos horas circulando por un camino de tierra. Los neumáticos daban tumbos sobre las rodadas. La suspensión chirriaba y hacía vibrar todo el habitáculo. Tenía muchísimo miedo.
El doctor Cooper sonríe.
—El expreso de Seboomook.
—¿El qué?
—Seboomook, un pueblucho perdido de Maine, en el condado de Somerset, formado por unas pocas cabañas en la orilla norte del lago Moosehead, a unos cincuenta kilómetros de la frontera canadiense. Había heredado una casa de pescador allí. Un sitio bonito, con abundancia de peces, de hielo y de silencio. El vecino más cercano estaba a cuarenta kilómetros; la gasolinera, a doscientos. Solo había un camino lleno de baches y cortado ocho meses al año a causa de la nieve y de los árboles abatidos por las tormentas. El expreso de Seboomook, así es como llamaba a ese camino que había recorrido miles de veces en el todoterreno de mi abuelo. Sesenta kilómetros de rodadas y de baches a través de uno de los bosques más profundos de Maine. Un bosque tan frondoso que en algunos lugares ni siquiera ha penetrado el hombre. Yo creo en eso. En los lugares vacíos, como zonas muertas en el gran cerebro de la humanidad. Allí había instalado la Guardería donde reunía a mis niños después de haberlos salvado de su familia de acogida.
—En esa época usted trabajaba de psicólogo para los servicios sociales del estado de Massachusetts. Eso le permitía tener acceso a los expedientes de los niños instalados en hogares de acogida y que eran víctimas de malos tratos.
—El Estado no hacía nada. Yo actuaba. Yo salvaba a los niños desgraciados y les ofrecía una gran casa llena de muñecas y de juguetes. Mi familia.
Las lágrimas inundan los ojos de Marie. Ve la casa a orillas del lago y el embarcadero, la luz del sol que se le permitía contemplar diez minutos al día a través de la ventana enrejada del sótano.
—El coche se detuvo con un último chirrido de los ejes. Recuerdo el silencio cuando el motor se paró. El silencio del invierno. Oigo el ruido de la puerta al cerrarse. Un crujido de pasos sobre la nieve. Recuerdo la luz cegadora del sol cuando abrió el maletero. Me cogió en brazos y me hizo beber agua con sabor a medicamento. Cuando volví a despertarme, estaba tumbada en una cama de princesa en medio de una montaña de muñecas y peluches. La habitación, iluminada únicamente por un tubo de neón que me hacía daño en los ojos, estaba muy fría. Las paredes eran abovedadas, como las de una cripta o una bodega. Había un retrete, lo necesario para lavarse, un pupitre de colegial con libros de texto viejos y una pesada puerta de calabozo. El tipo de puerta que ni siquiera tiembla cuando la golpeas con el hombro.
—¿Qué más?
—Un respiradero, a ras del suelo, dejaba entrar soplos de aire fresco. Olía a salitre y a moho. ¿Cuánto tiempo estuve encerrada?
—Algo menos de dos años.
—¡Dios mío, días y noches siempre idénticos! —A Mary se le hace un nudo en la garganta—. La luz de neón apagada o encendida era lo que marcaba el paso del tiempo. Usted venía a darnos clase y a jugar con nosotros. A veces nos dejaba agua y comida en abundancia y pasaban días antes de que volviera con otro interno para su guardería demencial. Recuerdo los sollozos que llegaban a través de los respiraderos. Así fue como supe que no estaba sola.
—Siempre había como mínimo veinte niños. Algunos morían cuando los privaba de alimentos porque se habían portado mal. Otros sucumbían a causa de una enfermedad o una infección, como la pequeña Laura, a la que había tenido que arrancarle los dientes uno a uno por culpa de los caramelos.
—Recuerdo sus gritos. Ahora lo recuerdo todo. También aquel día que usted, por descuido, se dejó abierta la puerta de mi habitación. Un gigantesco pasillo iluminado por bombillas desnudas serpenteaba bajo la casa. Y celdas. ¡Dios mío, había muchísimas celdas! Salí al pasillo en camisón. El suelo estaba helado. Intenté abrir algunas puertas, pero estaban cerradas con llave. Me puse de puntillas y atisbé por la mirilla a niñas y niños pequeños, incluso bebés. En las celdas del fondo vi chicas mayores y adolescentes.
—Casi adultas. La mayor tenía diecisiete años. Había llegado a la Guardería con nueve años. El día que cumplían dieciocho, les preparaba una tarta cargada de droga. Después despedazaba sus cuerpos y arrojaba los trozos al lago. Los buzos del FBI encontraron algunos omóplatos y algunos fémures.
—¿Por qué?
—Porque se habrían convertido en madres desnaturalizadas que habrían machacado la mente de sus hijos. Y ellos, en padres incestuosos, en violadores, en alcohólicos.
—Usted los aterrorizó y les privó de luz. ¿Cuántos niños se volvieron locos porque los dejó sin comer ni beber durante días? ¿A cuántos estranguló en plena noche cuando estaban demasiado débiles o demasiado agitados, cuando gritaban horas y horas llamando a sus padres? ¿A cuántos arrojó al lago?
—Chis… Cálmate, Marie.
Marie avanza por el pasillo, entre las celdas de la Guardería. Al fondo, una escalera. Los peldaños carcomidos crujen bajo sus pies. Una puerta arriba de todo. El primer sótano de la casa de pescador.
—Veo una gran sala con mesas de madera con la superficie desgastada.
—Ahí es donde mi abuelo limpiaba el pescado y desollaba las piezas de caza. Truchas, tencas, liebres, caribús y jabalíes. Yo miraba cómo les rajaba el abdomen y extraía sus entrañas humeantes. Comprendí que se había vuelto loco cuando empezó a raptar a cazadores o a excursionistas y los encerraba en los antiguos saladeros del sótano para que adelgazaran. Después, les amputaba los miembros, los deshuesaba y los vaciaba delante de mí.
Marie se estremece. Cruza la habitación y sube otros escalones. Empuja una trampilla con el hombro. Acaba de penetrar en la cabaña propiamente dicha. Daddy no está allí. Está cazando. Hace cuatro días que no se ha dejado ver. Seguramente está ya camino de vuelta. Quizá ya ha llegado al expreso de Seboomook. Marie tiembla de hambre y de miedo. Está oscuro. Hace frío. Huele a pescado. Hay redes colgadas en la pared.
—¿Marie…?
—Sí…
—Dime qué recuerdas o te mato.
—Registré la casa. Encontré carne curada, un jersey grueso que olía a carroña y un par de zapatos grandes. Los rellené con yute para poder ponérmelos y salí. El aire era glacial. Las últimas estrellas empezaban a perder su brillo. En ese momento, vi los faros que rasgaban la oscuridad a lo lejos.
—Un accidente de lo más tonto. Llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir. Venía de Agawam, un pueblucho perdido en la frontera entre Massachusetts y Connecticut donde había recogido a dos críos, unos gemelos que no paraban de moverse y gritar dentro del maletero. Les inyecté tanta droga que uno de ellos murió asfixiado bajo el peso del otro. Subí lo más deprisa que pude por Vermont y New Hampshire. Debería haber parado unas horas como solía hacer antes de salir de las carreteras principales, pero tenía miedo de que os quedarais sin agua y sin comida. El accidente se produjo a la altura de Littleton, en Vermont. Debí de dormirme unos segundos. No vi a la autoestopista que estaba en el cruce cuando mis neumáticos mordieron el borde de la calzada. Tampoco vi el coche de policía aparcado unos metros más lejos. Los focos giratorios se encendieron inmediatamente cuando el cuerpo de la chica aterrizó en su parabrisas. Mi coche empezó a girar como una peonza y chocó contra un poste. Tenía ganas de vomitar. Conseguí salir del vehículo y meterme entre los árboles antes de que el poli tuviera tiempo de reaccionar. Sabía que no tardaría en descubrir mi cargamento y que, tras comprobar mi matrícula, enviaría a una patrulla por el expreso de Seboomook para investigar si había más niños encerrados allí. Así que caminé durante horas hacia la frontera canadiense. Estaba seguro de que la policía no descubriría la trampilla que conducía a los sótanos. Si tú no te hubieras escapado, no os habrían encontrado.
—Me arrodillé en la nieve mientras el coche se acercaba. Estaba convencida de que era usted. No podía moverme. Luego, unas extrañas manchas azules empezaron a acompañar los haces de luz de los faros. Sonó una sirena. Dos policías con parkas forradas de piel salieron del coche. Me cogieron en brazos y me envolvieron en unas mantas.
—Por tu culpa me robaron a mis niños. Los asignaron a nuevas familias de acogida dispersas por varios estados para borrar su rastro. Me persiguieron, enviaron mi descripción a las policías de todo el planeta. Cambié por primera vez de rostro y de identidad en una pequeña clínica veterinaria de Unalakleet, en Alaska. Me encantan los rincones perdidos. La operación que el veterinario realizó con anestesia local y a cuya familia había encerrado en lugar seguro, fue una auténtica carnicería. Ese cabrón me hizo tal chapuza en el rostro que me pasé una semana metido en un cuchitril, tiritando y atiborrándome de tranquilizantes hasta que bajó la hinchazón. Al final, parecía lo que queda de Mickey Rourke. Entonces maté al veterinario y a su familia y proseguí mi camino hacia el norte hasta Point Hope, un puerto de rompehielos donde pasé el resto del invierno oyendo aullar al viento y pensando en ti, Marie. En ti y en mis otros niños. En primavera, embarqué rumbo a Japón y Australia, donde un cirujano de Melbourne volvió a operarme.
—¿Fue entonces cuando empezó a matar otra vez?
—Primero me establecí como psiquiatra en Buenos Aires y después en Río. Desde allí, me dediqué a localizaros y luego esperé pacientemente a que crecierais. Cuando os hicisteis mayores y las vicisitudes de la vida obligaron a algunos de vosotros a dispersaros por todo el mundo, volví a entrar en acción. Empecé matando a las familias que os habían criado en mi lugar. Estaban tan diseminadas que ningún policía descubrió ninguna conexión. Lo hice muy bien, sin apresurarme y cambiando el ceremonial. Espacié estos asesinatos a lo largo de una decena de años. Me dediqué a ello con todas mis fuerzas; les arrancaba las tripas y las extremidades. Te habrías sentido orgullosa de mí, Marie; había recuperado el gusto de matar. Después os situé a todos en un mapa. Los Ángeles, San Francisco, Chicago, París, Sidney, HongKong. Un auténtico placer para un viajero como yo. Entonces me entregué en cuerpo y alma a seguir el rastro de mis niños perdidos. Habían crecido mucho. Había llegado el momento de que murieran.
Marie tiene la sensación de que se hunde en un mar de algodón cuyas suaves y ligeras olas se cierran sobre ella. La voz de Daddy resuena en su mente.
—Empecé por Cassy Trippman, en Ohio. Marcada por su experiencia en Seboomook, había ido a parar a un pueblucho del sur de Cincinnati. Cuando la encontré, vivía de la asistencia social y vegetaba en un estado de ebriedad casi permanente. Había intentado recuperar una vida normal, trabajando de camarera y compartiendo la vida con un tipo no demasiado idiota, pero sus vicios habían vuelto a atraparla y, encadenando una cura de desintoxicación tras otra con cargo al Estado, se hundía inexorablemente. La pequeña cerillera en la versión de una vieja sucia y borracha… Apenas sentí nada cuando su boca dejó de aspirar el aire en el interior de la bolsa de plástico que utilicé para asfixiarla. Mutilé su cadáver, pero lo hice sin alegría. En el fondo, creo que me sentía un poco triste y decepcionado al ver en qué se había convertido pese a todo lo que había hecho por ella.
—Está loco de atar.
—No te aburriré enumerándote a mis víctimas. Interrumpí su existencia en el momento en el que menos se lo esperaban. Reuní a la familia, al cónyuge y a sus hijos. Maté a los padres y rapté a los pequeños. Guarderías de ocho internos como máximo. Cuando una guardería se llenaba, abría otra en otro sitio, en otro rincón perdido, en otro país.
—¿Qué ha sido de ellos?
—No lo sé.
Marie siente que un escalofrío le recorre la espalda al pensar en esas pobres criaturas. Como ella en otros tiempos, debían de haber esperado el regreso de Daddy. Con la diferencia de que Daddy, prisionero de su locura asesina, que aumentaba a medida que reunía a sus niños dispersados, no había vuelto.
—Durante estos seis últimos años, he matado a los que habían tenido más éxito. Médicos, abogados, hombres de negocios famosos que viajaban como yo. Mientras me contaban su vida antes de que los destripara, me di cuenta de que recordaban la Guardería más que cualquier otro momento de su existencia. Era yo quien había hecho que volvieran a sentirse vivos y era yo quien les quitaba esa vida que en cierto modo me pertenecía.
Daddy enciende un puro y exhala una nube de humo.
—La última se llamaba Melissa Granger-Heim. Vivía en Berlín. La maté durante un seminario que se celebraba en los salones de un gran hotel. La última noche, entré en sus aposentos mientras cenaba con su esposo y sus tres hijos. Después de degollar a su marido, y mientras la ataba a un sillón, me contó que se había sometido a una larguísima terapia que la había ayudado a recuperar las ganas de vivir. A raíz de ello, se había hecho psiquiatra como yo. En el último momento me reconoció. Tendrías que haber visto la expresión de sus ojos. Semejante terror es como contemplar un diamante.
—Su celda en la Guardería de Seboomook estaba justo al lado de la mía. A menudo la oía llorar por la noche. Era muy pequeña y estaba muy asustada. Entonces me tumbaba en el suelo y le hablaba a través del respiradero. A veces me pasaba toda la noche hablándole, hasta que se dormía sobre el suelo helado.
—Ella también se acordaba de ti. Me lo dijo sollozando, justo antes de que la matara. Jamás había olvidado tus susurros a través del respiradero, esa voz sin rostro que la consolaba y la acunaba mientras se dormía apretando su oso de peluche contra su cara.
—¿Qué hizo con sus hijos?
—Los has oído hace un rato; golpeaban el cristal mientras jugaban a la pelota. Les he administrado con el desayuno un veneno que actúa lentamente. Ahora ya deben de estar muertos.
—¿Por qué?
—Porque sabía que ibas a venir. Maté a Melissa para atraerte a Berlín y dejé suficientes pistas para que me encontraras en Río. Me he divertido mucho estos últimos días viendo cómo me seguías por las calles mientras paseaba con mi familia.
—No es su familia.
—Te localicé enseguida. Vi cómo me mirabas en aquella playa mientras me bañaba con los hijos de Melissa. Hasta te dejé un vaso de caipiriña vacío en la terraza de un bar, para que pudieras cogerlo y enviarlo al FBI para que comprobaran las huellas. Cuando recibiste los resultados, pediste cita en mi consulta; dijiste a mi secretaria que era urgente, que estabas muy mal. Hiciste que le mandaran por fax tu historial clínico. Habrías podido detenerme inmediatamente, pero querías respuestas. Necesitabas saber quién eres realmente. Y aquí estás, querida Marie, delante de mí, convencida de haber ganado y de que la cincuentena de polis torpemente apostados alrededor de mi casa conseguirán salvarte.
Marie intenta alcanzar el localizador de ondas cortas que lleva en el cinturón. Su mano resbala y cae inerte. Tiene la sensación de que su brazo se estira hasta el infinito y de que su mano no acabara nunca de caer. El doctor Cooper sonríe.
—Es inútil, Marie. Esta habitación está concebida para que sea impermeable a las ondas. Ni siquiera la radio y el televisor funcionan; hay cilindros de metal en las paredes.
Marie se agarra a la poca realidad que todavía capta pero que disminuye a medida que se hunde en el mar de algodón.
—¿Y los otros niños, los hijos de las personas que ha asesinado estos últimos meses?
—Están encerrados en algún lugar de la zona de las favelas. A estas horas, mis niñeras se disponen a darles un vaso de esa poción amazónica que les he hecho beber esta mañana a los angelitos de Melissa Granger-Heim. La misma que corre ahora por mis venas y por las tuyas.
—¿Y yo?
—Tú, ¿qué?
—¿Por qué no me ha matado de la misma forma que a los demás? ¿Porque conseguí escapar de Seboomook? ¿Por eso?
—Sí, quería matarte la última, o quizá dejarte vivir con el recuerdo de todo esto. He hecho muchas averiguaciones sobre ti, ¿sabes? Te he seguido siempre. Así fue como conocí a los Parks, aquellas buenas personas que te acogieron en su hogar después de la Guardería. Esos sí que eran unos buenos padres adoptivos, no como los Kransky. Ellos te querían de verdad. Los maté una noche de noviembre.
—Miente. Murieron en un accidente de coche.
—Eso es lo que te contaron, porque la vida ya te había maltratado demasiado. En noviembre de aquel año, tú estabas de acampada con tu clase a orillas del lago Tahoe. Quince días lejos de los tuyos. Aproveché para ocuparme de Paul y Janet Parks, una noche que llovía en Hattiesburg. Lo hice muy lentamente, para castigarlos por haber criado en mi lugar a la mejor de mis hijas.
Marie se traga las lágrimas.
—Le mataré por eso.
—Sí, asesina, estoy seguro de que, si tuvieras la posibilidad, lo harías. Esa es otra de las razones por las que he querido mantenerte viva. Porque estás hecha de la misma madera que yo.
—No es verdad.
—Por supuesto que sí, Marie. Solo dos personas han logrado escapar de las celdas de Seboomook. Tú y yo. Yo tenía catorce años cuando lo hice. Mi abuelo ya estaba loco de atar y se pasaba la mayor parte del tiempo desollando vivos a los desdichados que raptaba en el bosque. El día de mi cumpleaños, me obligó a despedazar a mi primer humano, un excursionista de unos treinta años al que había drogado con calmantes. Esa misma noche, me encerró en una celda y supe que muy pronto me tocaría a mí. Así que forcé la cerradura y dejé inconsciente a ese viejo asqueroso mientras dormía. Cuando volvió en sí, estaba atado con correas a una de las mesas de despiece. Tardó más de cuatro horas en morir. ¿Y sabes qué?
—No. Ni me importa.
—Voy a decírtelo de todas formas. Mientras lo despedazaba y su sangre formaba anchos regueros sobre la mesa, me predijo que me quedaría en Seboomook y que continuaría su obra. Tenía razón.
Marie se estremece. Desde hace unos segundos, la voz de Daddy ha empezado a cargarse de flemas y coágulos por efecto del veneno. Jadea. Habla cada vez más despacio. Marie lo oye toser de una forma que parte el alma. Consigue entreabrir los ojos. Daddy permanece erguido en su sillón. Su barbilla manchada de sangre contrasta con su semblante pálido. Respira con dificultad. Mira a Marie. Sus ojos se vuelven vidriosos. Su pecho se queda inmóvil.
Marie no sabe cuánto lleva muerto Daddy. Atrapada entre la realidad y su visión, escucha el profundo silencio que se ha abatido sobre la casa. Se esfuerza en concentrarse. Tiene la impresión de que olvida algo importante.
Un nombre flota en su memoria, el del oficial que está al mando de los policías apostados fuera. Se acuerda de que espera su señal para entrar en la casa. Ella insistió mucho en que tenía que conseguir a toda costa una confesión. El chaval de la policía militar le había hecho un gesto indicándole que había comprendido. Un buen tipo, honrado y valiente. La clase de hombre capaz de esperar una señal durante horas.
Marie no puede más. Siente cómo el veneno avanza en su organismo. Sus piernas y su vientre están helados. La sustancia tóxica está coagulando poco a poco su sangre. Envía un potente mensaje mental en todas direcciones. El dolor le taladra el cráneo. Dice que se llama Marie Megan Parks, que es agente del FBI y que está encerrada en una casa en las colinas de Río. Añade que la han drogado y que no puede moverse. Suplica a los que la oigan que llamen urgentemente a todas las comisarías de la ciudad.
En el fondo de su mente, voces cada vez más numerosas empiezan a responderle. Como cuando era pequeña y se divertía pulsando con la palma de la mano todos los botones del interfono de un edificio. Las voces preguntan quién habla. Marie repite incansablemente su mensaje. Oye cómo se transmite a través de varios teléfonos su llamada de socorro. Una voz más clara destaca en su mente. Se llama Esperanza. Una verdadera médium. Ha comprendido. Susurra a Marie que la ayuda está en camino. Golpes a lo lejos. Alguien derriba las puertas. La voz de Esperanza le pregunta en qué habitación está. Marie comprende que la médium guía a la policía por teléfono. Más golpes sordos suenan contra la puerta del despacho. Ruido de pasos. Percibe vagamente la sombra de un policía que se inclina sobre ella mientras farfulla algo. Esperanza le pregunta qué veneno le han inyectado. Un veneno amazónico, es lo único que sabe. El policía da una orden a los enfermeros que acaban de entrar. Marie nota que una tira de goma le comprime el antebrazo. Una aguja le traspasa la piel. Esperanza le explica que están inyectándole un cóctel de antídotos contra todos los venenos amazónicos conocidos. Marie le da las gracias en un susurro. Esperanza le suplica que continúe hablando, pero Marie no puede más. Tiene muchísimo frío. El mensaje mental se debilita a medida que las tinieblas se cierran sobre ella.
