Lo encontraron en Ponta Porã, una bonita población brasileña cercana a Paraguay, en una zona que aún se conoce con el nombre de La Frontera.
Lo encontraron instalado en una casa umbrosa de ladrillo de Rua Tiradentes, una gran avenida con un paseo arbolado en el centro y un ejército de mocosos descalzos que jugaban al fútbol sobre las losas ardientes de las aceras.
Lo encontraron solo, por más que buscaron durante los ocho días en que permanecieron al acecho, sin otra compañía que la de una empleada doméstica que entraba y salía de la casa de vez en cuando.
Lo encontraron rodeado de todo lo necesario para llevar una vida confortable pero ni mucho menos lujosa.
La casa era modesta, no mayor que la de cualquier comerciante del lugar, y tenía un escarabajo Volkswagen salido de las cadenas de montaje de São Paulo en 1983, lo mismo que otro millón de vehículos iguales. La carrocería era roja y brillaba de puro limpio. De hecho, la primera fotografía se la hicieron precisamente mientras enceraba el coche junto a la verja donde acababa el corto camino de acceso a la casa.
Lo encontraron bastante más delgado, por debajo de los cien kilos que arrastraba en su última aparición, con el pelo y la tez más oscuros, el mentón más cuadrado y la nariz más respingona. Una sutil operación de camuflaje facial. El cirujano de Río que se la había practicado hacía dos años y medio se había avenido a compartir dicha información a cambio de un nada módico soborno.
Lo encontraron tras cuatro años de búsqueda tediosa pero diligente, cuatro largos años de callejones sin salida y pistas falsas, de tirar por la borda un dinero ganado honradamente que invirtieron en recuperar un dinero obtenido, según todas las apariencias, de forma ilícita.
Pero lo encontraron. Y supieron esperar. Al principio se sintieron tentados de actuar de inmediato, de drogarlo y trasladarlo a algún lugar remoto de Paraguay, de capturarlo y evitar el riesgo de ser descubiertos o de despertar sospechas en el vecindario. Sin embargo, y pese a que la exaltación de los primeros momentos los empujaba a poner manos a la obra, al cabo de un par de días los ánimos ya se habían serenado y todo recomendaba paciencia. Se dedicaron a merodear por Rua Tiradentes vestidos de manera que se los confundiera con la población autóctona. Bebieron té a la sombra, se resguardaron del sol, comieron helados y hablaron con los chiquillos del barrio sin perder de vista la casa. Lo siguieron cuando iba de compras al centro y lo fotografiaron desde el otro lado de la calle cuando se dirigía hacia la farmacia. Se pegaron a él en el mercado y lo oyeron hablar con el dependiente del puesto de la fruta. Su portugués era casi perfecto; apenas quedaba el rastro de ese acento que se resiste a abandonar a estadounidenses y alemanes cuando estos se empeñan en dominar una lengua extranjera. La expedición al centro fue breve, ya que, una vez avituallado, regresó a casa con celeridad y, sin entretenerse, cerró tras de sí la verja de su propiedad. La excursión bastó, sin embargo, para que pudieran hacerle una docena de buenas fotografías.
Su afición al footing no era ninguna novedad, a pesar de que en los meses que precedieron a su desaparición las distancias recorridas disminuyeron proporcionalmente a su espectacular aumento de peso. Dado el aspecto demacrado que presentaba en aquellos momentos, a nadie le extrañó que calzara de nuevo zapatillas de deporte. Empezó a correr en la misma acera de Rua Tiradentes, nada más salir de casa y cerrar la verja de la calle. Tardó seis minutos en recorrer el primer kilómetro, por camino llano y entre casas cada vez más separadas. Al llegar a los límites de la población, las baldosas dejaron paso a la grava. Antes de haber completado los tres kilómetros, Danny Boy ya había rebajado su media en casi un minuto. Sus sudores evidenciaban el esfuerzo. Se aproximaba la hora de comer y estaban en octubre; la temperatura superaba los veinticinco grados centígrados. El corredor fue ganando velocidad a medida que se alejaba de la ciudad, después de dejar atrás una clínica repleta de jóvenes parturientas y una pequeña iglesia construida por los baptistas. Cuando enfiló la pista que llevaba a campo abierto, el ritmo de su carrera era de cuatro minutos y medio por kilómetro.
Por suerte para ellos, Danilo se tomaba el footing muy en serio. Él solito se metería en la boca del lobo.
Transcurridas apenas veinticuatro horas desde el primer contacto visual con el objetivo, un brasileño llamado Osmar alquiló una granja medio abandonada en las afueras de Ponta Porã. Los demás componentes del grupo de persecución, formado a partes iguales por estadounidenses y brasileños, se reunieron con él al cabo de muy poco. Osmar repetía en portugués las órdenes que un tipo llamado Guy daba a gritos y en inglés. Osmar hablaba ambos idiomas, y se había convertido en el intérprete oficial del grupo.
Guy era de Washington y tenía el aspecto característico de los ex agentes del gobierno. Lo habían contratado para descubrir el paradero de un tipo al que él había bautizado con el sobrenombre de Danny Boy. A Guy se le consideraba un genio en muchos aspectos, y un hombre de enorme talento en el resto. Su pasado era un agujero negro. Su quinto contrato consecutivo como miembro de aquella misión estaba a punto de expirar, y sabía que le esperaba una espléndida gratificación si atrapaba a su presa. La búsqueda de Danny Boy lo había sometido a una presión durísima, y, por más que lo disimulara, lo cierto es que no estaba seguro de poder aguantarla durante mucho más tiempo.
Cuatro años y tres millones y medio de dólares invertidos, y nada que mostrar a cambio.
Por suerte, lo habían encontrado.
Osmar y la parte brasileña del equipo desconocían la naturaleza de los pecados que podía haber cometido el tal Danny Boy, aunque no hacía falta ser un lince para darse cuenta de que había desaparecido del mapa llevándose una suma de dinero considerable. Osmar sentía curiosidad por la historia de Danny Boy, pero había aprendido enseguida a no hacer preguntas. Guy y el resto de los estadounidenses, por su parte, no soltaban prenda sobre el asunto.
Las fotografías de Danny Boy, ampliadas a veinte por veinticinco, colgaban de una de las paredes de la cocina de la granja medio abandonada, donde estaban siendo sometidas al escrutinio de un puñado de fumadores compulsivos de aspecto adusto y mirada implacable. Los expertos intercambiaban comentarios en voz baja, contemplaban las fotos con incredulidad y las comparaban con instantáneas menos recientes, tomadas durante la etapa anterior de la vida del sujeto. Había perdido peso, tenía algo raro en el mentón, y la nariz tampoco era la misma de antes. Además, llevaba el pelo más corto y estaba mucho más moreno. ¿Se trataba realmente del hombre que buscaban?
Ya habían pasado por la misma situación en Recife, en la costa nordeste, diecinueve meses atrás. Habían estado analizando una colección de fotografías colgadas de la pared en un apartamento alquilado hasta llegar a la conclusión de que era imprescindible hacerse con el extranjero y comprobar sus huellas dactilares. En aquella ocasión las pruebas de identificación habían resultado negativas. El tipo no era el súbdito estadounidense que buscaban. Su cuerpo, drogado hasta los topes, acabó abandonado en una cuneta.
No se atrevían a indagar demasiado en la existencia de Danilo Silva. Si, como creían, era el hombre que buscaban, no cabía duda de que disponía de mucho dinero. Y el dinero siempre había obrado maravillas con las autoridades de la zona. Durante décadas, el dinero había servido a nazis y otros fugitivos alemanes para comprar la seguridad de un refugio en Ponta Porã.
Osmar era partidario de una intervención inmediata. Guy prefería esperar. Danny Boy desapareció al cuarto día, y en la granja medio abandonada se vivieron treinta y seis horas de caos.
Lo vieron salir de casa en el escarabajo rojo. Apresuradamente, según el informe. Cruzó la ciudad a toda prisa, llegó al aeropuerto, embarcó en un vuelo nacional en el último momento y dejó a sus perseguidores con un palmo de narices. El coche y el aparcamiento del aeropuerto fueron sometidos a una vigilancia intensiva.
El avión despegó rumbo a São Paulo, y debía hacer cuatro escalas intermedias.
Los perseguidores de Danny Boy trazaron de inmediato un plan para entrar en la casa y elaborar un catálogo exhaustivo de su contenido. El dinero habría sido depositado o invertido en algún sitio, y su dueño debía de conservar constancia escrita de dicha operación. Guy soñaba con encontrar una carpeta llena de saldos bancarios, informes de transferencias, extractos de cuenta y otros documentos reveladores; una pista que lo condujera directamente al dinero.
Pero sabía que era solo un sueño. Si Danny Boy había cogido ese avión porque había detectado su presencia, se había llevado las pruebas consigo. Y si era el hombre que andaban buscando, podían estar seguros de que la casa sería prácticamente inexpugnable. Fuera cual fuese su paradero en aquellos momentos, Danny Boy tendría noticia inmediata de cualquier intrusión.
Así pues, esperaron. Hubo maldiciones, peleas y más tensión de lo habitual. Como cada día, Guy hizo la llamada de rigor a Washington, una de las menos agradables de la historia de aquella búsqueda. El escarabajo rojo siguió sometido a una estrecha vigilancia. Cada nuevo aterrizaje causaba un alboroto de prismáticos y teléfonos móviles. Seis vuelos el primer día. Cinco el segundo. Dentro de la granja medio abandonada, el calor llegó a hacerse insoportable, hasta tal punto que los hombres de Guy prefirieron trasladarse al exterior. Los estadounidenses sesteaban bajo la sombra de un arbolillo del patio de atrás. Los brasileños jugaban a las cartas junto al cercado de la entrada.
Guy y Osmar dieron un largo paseo en coche durante el cual se prometieron no dejar escapar a su objetivo si este decidía regresar. Osmar confiaba en que sí lo haría. Lo más probable era que hubiese tenido que viajar por algún asunto de negocios; esos negocios que mantenía en el más estricto secreto. Estaba decidido. Lo raptarían, lo someterían a las pruebas de identificación y, si resultaba que no era quien esperaban, lo abandonarían en una cuneta y desaparecerían sin dejar rastro. No sería la primera vez.
Danny Boy volvió al quinto día. Miembros del equipo de persecución lo siguieron de vuelta a Rua Tiradentes. El mal humor se esfumó de inmediato.
Al octavo día, a medida que los brasileños y los estadounidenses iban ocupando sus puestos, la granja se fue quedando vacía.
El recorrido sería de nueve kilómetros y medio, el mismo que había hecho todos los días que estuvo sometido a vigilancia en Ponta Porã. Ni la hora de salida ni el atuendo habían variado: pantalones cortos azules y naranja, zapatillas Nike muy usadas, calcetines y torso al descubierto.
El lugar idóneo estaba a cuatro kilómetros de la casa, en la cima de una loma atravesada por una pista rural, no lejos del punto en que solía dar media vuelta. Danilo alcanzó la cima del promontorio al cabo de veinte minutos de carrera, unos cuantos segundos antes de lo previsto. Había corrido más deprisa que otras veces. Por culpa de un nubarrón amenazador, seguramente.
En lo alto de la loma había un coche que bloqueaba la carretera. A juzgar por el maletero abierto y el gato hidráulico que sostenía las ruedas traseras a unos centímetros del suelo, el vehículo había sufrido un pinchazo. El conductor era un joven corpulento que fingió sorpresa al ver aparecer al escuálido corredor empapado de sudor y casi sin aliento. Danilo aminoró la marcha un momento. A la derecha había espacio suficiente para pasar.
—Bom dia —lo saludó el joven corpulento mientras daba un paso en dirección a él.
—Bom dia —respondió Danilo al llegar junto al coche. De pronto el conductor sacó un gran revólver reluciente del maletero y lo acercó a la cara de Danilo. El corredor se quedó petrificado, con los ojos fijos en el arma y la boca abierta debido al cansancio. El conductor, un tipo de manos grandes y brazos largos y musculosos, cogió a Danilo por el cuello y lo empujó bruscamente hacia el coche hasta que sus piernas dieron contra el parachoques. Entonces se guardó el revólver en el bolsillo y, utilizando ambas manos, obligó a Danilo a introducirse en el portaequipajes. Danny Boy pataleó y se resistió cuanto pudo, pero no sirvió de nada.
El conductor cerró el maletero de golpe, retiró el gato hidráulico, se deshizo de él y emprendió la marcha. Al cabo de poco más de un kilómetro tomó un camino estrecho, donde sus compañeros lo esperaban con impaciencia.
Los raptores de Danny Boy le ataron las muñecas con cuerdas de nailon y le pusieron una venda negra sobre los ojos antes de meterlo a empellones en la parte de atrás de una furgoneta. Osmar se sentó a su derecha y otro brasileño a su izquierda. Alguien hurgó en la riñonera que Danilo llevaba sujeta con velcro a la cintura y le quitó las llaves. Este no protestó. Cuando la furgoneta arrancó, seguía sudando y jadeaba aún más que antes.
La furgoneta se detuvo en una carretera sin asfaltar cerca de un campo de cultivo. Fue entonces cuando Danilo abrió la boca por primera vez.
—¿Qué es lo que quieren? —les preguntó en portugués. —Silencio —lo atajó Osmar en inglés.
El brasileño sentado a la izquierda de Danilo sacó una jeringuilla de una cajita metálica y la llenó rápidamente de un potente narcótico. Osmar sujetó a Danilo de las muñecas mientras el otro hombre le clavaba la aguja en la parte superior del brazo. La víctima intentó levantarse y alejarse del agresor, pero no tardó en comprender la inutilidad del esfuerzo. Los efectos del sedante se hicieron notar antes incluso de que la última gota hubiera entrado en contacto con su organismo. Ya no respiraba tan agitadamente, y la cabeza le daba vueltas. Cuando Danilo dejó caer la barbilla sobre el pecho, Osmar le levantó el borde del pantalón con el índice de la mano derecha. Sus sospechas eran ciertas: Danilo no tenía la piel oscura, sino simplemente bronceada.
El ejercicio físico lo ayudaba a mantenerse delgado y, al mismo tiempo, moreno.
En La Frontera los secuestros eran frecuentes, y los estadounidenses se contaban entre las presas favoritas de los delincuentes, pero ¿por qué él? Fue el último pensamiento consciente de Danilo antes de cerrar los ojos. La caída libre por el espacio lo hizo sonreír. Tuvo que esquivar cometas y meteoritos, y agarrarse de vez en cuando a alguna que otra luna. Galaxias enteras recorridas con una sonrisa en los labios.
Lo metieron debajo de unas cuantas cajas de cartón llenas de melones y de frutas silvestres. Los guardias fronterizos les franquearon el paso con un gesto afirmativo, y sin levantarse del asiento. No puede decirse que en aquel momento le importara demasiado, pero Danny Boy acababa de cruzar la frontera paraguaya. El estado de las carreteras empeoró y el terreno se hizo más accidentado. Mientras tanto, el secuestrado seguía dando tumbos en el suelo de la furgoneta. Osmar fumaba un cigarrillo tras otro y daba instrucciones ocasionales al conductor. Al cabo de una hora, después de tomar una última curva, Danny Boy y sus secuestradores llegaron a su destino. La cabaña estaba escondida entre dos colinas que la ocultaban casi por completo a los vehículos que circulaban por la estrecha carretera sin asfaltar. Danilo fue transportado como un saco de harina hasta la mesa donde Guy y el especialista en huellas dactilares esperaban para ponerse manos a la obra.
Danny Boy se dejó tomar las huellas entre ronquidos aparatosos. Los hombres de Guy, apiñados alrededor de la mesa, siguieron la operación sin perder detalle. Junto a la puerta había unas cuantas botellas de whisky para celebrar el éxito si aquel tipo resultaba ser el auténtico Danny Boy.
El hombre que había tomado las huellas dactilares salió repentinamente de la habitación y se encerró con llave en un cuartucho del fondo de la cabaña. Distribuyó las muestras recién tomadas delante de él, ajustó la intensidad de la bombilla y las comparó con las muestras originales, amablemente cedidas por un Danny Boy mucho más joven que solicitaba su ingreso en el Colegio de Abogados de Luisiana con el nombre de Patrick. Curiosa, esta costumbre de tomar las huellas dactilares a los abogados.
Las dos muestras estaban claras y resultaba obvio que coincidían exactamente. Aun así, el experto comprobó meticulosamente las yemas de los diez dedos. No había razón para precipitarse. Guy y los suyos podían esperar, y él también tenía derecho a divertirse. Por fin se decidió a salir. Con el entrecejo fruncido y una docena de caras escrutadoras frente a la suya, desplegó una sonrisa.
—Es él —dijo en inglés. Los demás aplaudieron.
Guy les dio permiso para celebrarlo, pero les advirtió que bebieran con moderación. Aún quedaba mucho trabajo por hacer. Danny Boy seguía inconsciente, pero recibió otra inyección antes de ser trasladado a un pequeño dormitorio sin ventanas y con una puerta maciza que solo se abría desde el exterior. Allí sería interrogado y, si era necesario, sometido a tortura.
Los muchachos descalzos que jugaban al fútbol en la calle estaban demasiado enfrascados en el juego para levantar la vista del balón. El llavero de Danny Boy solo tenía cuatro llaves, y no fue difícil encontrar la que abría la pequeña verja de la casa. Cuatro números más allá, a la sombra de un gran árbol, había un hombre vigilando desde un coche de alquiler. Un tercer cómplice detuvo su motocicleta al otro extremo de la calle y se puso a repasar los frenos.
Si el sistema de seguridad se accionaba con su presencia, el intruso tenía previsto echar a correr —por eso no había cerrado la verja— y desaparecer sin dejar rastro. Si no, se encerraría con llave y procedería al inventario.
La puerta se abrió sin que sonara ninguna sirena. Según el tablero de control de la alarma, el sistema estaba desconectado. El intruso respiró hondo y permaneció inmóvil por espacio de un minuto hasta empezar el registro. Después de tomar prestados el disco duro del ordenador de Danny Boy y todos sus disquetes, revisó los papeles que había ordenados sobre la mesa: recibos corrientes, algunos pagados y otros por pagar. El fax era un modelo barato y anodino que se declaraba averiado. Ropa, comida, muebles, estanterías y revisteros fueron debidamente fotografiados.
Cinco minutos después de producirse la llegada del intruso, una señal silenciosa activada en el desván de la casa envió un mensaje telefónico a una empresa privada de seguridad instalada a once manzanas de distancia, en el centro de Ponta Porã. La llamada no obtuvo respuesta inmediata porque el agente de guardia estaba meciéndose tranquilamente en la hamaca del patio. El mensaje, previamente grabado, informaba del allanamiento. Pasaron quince minutos, sin embargo, antes de que la noticia llegara a oídos humanos, y cuando el agente se desplazó a la casa de Danilo el intruso ya había desaparecido, al igual que el propio señor Silva. Todo parecía en orden. Tanto la puerta de la casa como la verja permanecían cerradas, y hasta el escarabajo estaba en su sitio.
Las instrucciones del cliente habían sido precisas. En caso de alarma, no debían ponerse en contacto con la policía, sino intentar localizar al señor Silva. De no poder hacerlo enseguida, tenían que llamar a cierto número de Río y preguntar por Eva Miranda.
Llegó la hora de la llamada a Washington. Guy se sentía incapaz de disimular su entusiasmo. Pronunció las palabras «Es él» con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios. Su voz sonaba una octava más aguda que de costumbre.
Hubo una pausa al otro lado del hilo telefónico.
—¿Estás seguro?
—Sí, las huellas coinciden exactamente.
Otra pausa mientras Stephano ponía orden en su cerebro, lo que nunca le llevaba más de un par de milisegundos.
—¿Y el dinero?
—Aún no hemos empezado. Está sedado.
—¿Cuándo?
—Esta noche.
—Espero noticias —dijo Stephano antes de colgar. Habría podido seguir hablando durante horas.
Guy encontró un buen sitio detrás de la cabaña: la base de un tronco talado. La vegetación era densa. El aire, frío y cortante. Oía murmullos de alegría en la distancia. Lo peor ya había pasado.
Acababa de ganar una prima de cincuenta mil dólares. Encontrar el dinero significaría recibir otra bonificación, y estaba completamente seguro de poder dar con él.