CIEN HORAS CON CHÁVEZ
Habíamos llegado la víspera, al centro de los infinitos Llanos venezolanos, a un lugar cuyo nombre desconocía. Eran las nueve de la mañana y hacía ya un calor de horno. Prestada por un amigo, la casa donde nos hospedábamos era sencilla, rústica, de planta baja y techo de tejas, al estilo llanero. Poseía en fachada una gran veranda abierta, amueblada con mesas bajas de hierro forjado, mecedoras de mimbre y decenas de macetas verdes. Alrededor, agrietada y endurecida, la tierra estaba salpicada de matas de color, espléndidos árboles gigantes y frutales en flor. Un vientecillo tenaz levantaba un polvo dorado y aportaba olores de matorrales perfumados. Castigada por las bocanadas de brisa ardiente, la vegetación ofrecía, en todo el alrededor, un semblante agobiado y exhausto.
En el jardín, a la sombra, nos habían instalado una mesita con libros y documentos para la entrevista. Mientras esperaba a Hugo Chávez, me senté en el madero de una empalizada que cercaba la estancia, el “hato” dicen allí. Reinaba el silencio, apenas roto por trinos de pájaros, algún canto de gallo y el run-rún lejano de un grupo electrógeno. No se divisaba ninguna edificación a la redonda, ni se percibía ajetreo alguno de tránsito. Un retiro ideal. Tampoco había wi-fi. Ni siquiera conexión para los celulares. Sólo funcionaban, vía canales militares, unos teléfonos satelitales usados por los escoltas y el propio Presidente.
El día anterior, por la tarde, a bordo de una avioneta Falcon, habíamos aterrizado en el pequeño aeopuerto de Barinas. Antes de comenzar nuestras conversaciones para este libro, Chávez deseaba mostrarme el territorio de su infancia y las raíces de su destino. El “escenario de mis circunstancias”, dijo él.
Llegó casi de incógnito para evitar protocolos y ceremonias. Vestido con sencillez: zapatillas deportivas, pantalón vaquero negro, camiseta blanca y ligera chaqueta azul de apariencia militar. Sólo le acompañaba uno de sus principales asesores, Maximilien Arvelaiz, joven y brillante consejero de asuntos internacionales, además de varios escoltas con uniforme verde olivo. Al pie de la aeronave, nos esperaban unos calores saharianos y dos discretos 4 x 4 negros. Chávez se puso al volante del primero de ellos. Maximilien y yo subimos con él. Los escoltas en el de atrás. La noche comenzaba a caer. Enseguida pusimos rumbo al centro histórico.
Ciudad horizontal y achatada, Barinas ofrecía en aquel momento una atmósfera “de frontera”. Abundaban sufridas furgonetas de tipo pick up y rutilantes 4 x 4 de nuevos ricos. Se veían hombres con sombrero llanero calzados con botas de media caña. El Llano es tierra de vaqueros, de contrabando, de gestas y de inacabables espacios abiertos. También de corridos y joropos, canciones llaneras, música “country” local. Visto desde Caracas, aquello es en verdad el “lejano Oeste”, y el meollo identitario de la venezolanidad.
Capital del Estado homónimo, la ciudad había crecido en exceso en los últimos años. Se notaba una briosa actividad. Edificios en construcción, grúas, calles en obras, tránsito denso… En su destartalada periferia, como en el de tantas localidades, el feísmo arquitectónico había cometido espantosos estragos. Pero a medida que nos íbamos acercando al viejo núcleo urbano reaparecían la armonía geométrica colonial y alguna edificación de noble estampa.
Con su tranquila y bella voz de barítono, Chávez me iba contando la historia de esta ciudad: me indicó por dónde pasó Simón Bolívar, el Libertador; por dónde cruzaron los llaneros del “Centauro” Páez; por dónde estuvo Ezequiel Zamora —el “general de hombres libres”— cuando liberó Barinas, proclamó la Federación y salió para la decisiva batalla de Santa Inés el 10 de diciembre de 18591... No sólo Chávez se sabía la historia de Venezuela de carretilla, sino que la expresaba y la vivía con entusiasmo, la ilustraba con mil anécdotas, recuerdos, poemas, canciones... «Amo a mi patria, me dijo. Profundamente. Porque, como dice Alí Primera2 “la patria es el hombre”. Debemos conectar el presente con el pasado. Nuestra historia es nuestra identidad. El que la ignora no sabe quién es. Sólo la historia le da a un pueblo la entera conciencia de sí mismo».
Sonó de pronto el teléfono. Era un mensaje de texto de Fidel Castro cumplimentándole por su discurso de la tarde. Me lo mostró: “21h30. Estuve escuchándote. Me pareció muy bueno. Te felicito. Estás jugando fuerte. Fue fenomenal. Estás brillante”. No hizo ningún comentario, pero lo noté feliz. Le tenía a Fidel un afecto profundo.
Llegamos al casco antiguo. La noche había caído y la ciudad no estaba bien iluminada. Apercibimos el sorprendente palacio del Marqués y la desmesurada cárcel antigua. Recorrimos su geografía personal barinense: me enseñó el liceo O’Leary donde cursó su secundaria, y la academia de arte donde empezó sus estudios de pintura... Pasamos ante el que fue su hogar de adolescente en el barrio Rodríguez Domínguez, el domicilio de sus amigos Ruiz Guevara, la casa de su primera novia, la cancha de béisbol entre vecinos... «Por esta avenida, paseaba yo con Nancy Colmenares... Ese bar lo llamábamos “la Facultad”... En este edificio estaba Radio Barinas; ahí hice mis primeras emisiones de radio...».
La oscuridad de la noche y los cristales ahumados del vehículo me impedían distinguir casi nada... Además, en su peregrinaje nostálgico, Chávez entrelazaba recuerdos de dos distintos períodos vividos por él aquí: los años de bachillerato (1966-1971) y su primer destino de subteniente recién egresado de la Academia Militar (1975-1977). En el laberinto de sus vivencias pasadas, me sentí algo perdido. Se dio cuenta y, con sencillez, se disculpó: «Perdóneme, me asaltaron los recuerdos de repente. Los recuerdos, usted sabe que lo emboscan a uno en cualquier mata de monte». Paciente, me volvió a explicar, reordenando la cronología.
Hijo de maestros, Chávez era un pedagogo inaudito, sabía de instinto colocarse a nivel de quien le escuchaba. Nunca con prepotencia. Detestaba aburrir a su auditorio. Le deleitaba exponer con claridad y amenidad. Deseaba que se le entendiese, y se esforzaba por conseguirlo. Llevaba casi siempre consigo un manojo de lápices de colores y cuartillas de papel en las que, con su mano izquierda —era zurdo— dibujaba gráficos, pintaba figuras, trazaba estadísticas, escribía conceptos, ideas, cifras... Trataba de hacer visible lo abstracto. Y volvía sencillos, problemas a veces bastante enredados.
Esa pasión por la docencia la adquirió, me contó, desde muy joven: «Llegaba incluso a acompañar a mi madre. Ella era maestra rural en un campo que se llama Encharaya. Me gustaba mucho el aula de escuela, oír a mi madre dando clase, enseñando. De alguna manera, yo ayudaba. Siempre me encantó la educación, el aula, el estudio».
Como alumno, estudiante y cadete, Chávez fue siempre un “empollón” —un “taco” dicen en Venezuela—, o sea el primero de la clase, el que eximía exámenes de fin de curso por ser excelentes sus notas a lo largo del año. Sobre todo en las materias científicas. Adorado por sus maestros y profesores. Ávido de conocimiento y de saber, curioso de todo. Deseoso siempre de cumplir, de gustar, de agradar, de seducir, de ser amado.
En su construcción intelectual coincidieron dos formaciones. La académica, en la que fue siempre brillante. Y la autodidacta, su preferida, que le permitió autoeducarse en paralelo, de una manera que explica en parte la singularidad de su temperamento. Niño superdotado, con un cociente intelectual elevado, supo sacar, desde su más temprana edad, un formidable provecho a sus lecturas. Ya fueran publicaciones infantiles, como la Revista Tricolor, o enciclopedias autodidácticas, como la Quillet, que casi se aprendió de memoria... Chávez era un hipermnésico, imprimía en su mente todo lo que leía, se empapaba de ello, lo procesaba, lo asimilaba, lo digería y lo incorporaba a su capital intelectual.
Era un lector constante. Llevaba siempre dos o tres libros, ensayos más que novelas, que leía en simultáneo y anotaba, y subrayaba, y comentaba por escrito en los márgenes... Como intelectual, sabía practicar una “lectura productiva”, extraía conceptos, análisis, historias y ejemplos que grababa en su prodigiosa memoria, y difundía luego al gran público mediante sus torrenciales discursos o charlas. Sus libros de cabecera variaron. Hubo la época del Oráculo del guerrero que citó cientos de veces y que casi toda Venezuela acabó leyendo. Luego fueron, entre otros, Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, y Hegemonía o sobrevivencia, de Noam Chomsky, ensayos convertidos en indispensables vademécum de todo buen bolivariano. Hubo también el ciclo, más reciente, de Los Miserables, de Víctor Hugo, “un libro maravilloso que recomiendo, sobre los que vivieron en la miseria toda la vida. Hay que leerlo”. Su fuerza de prescripción era asombrosa; toda obra por él recomendada se convertía casi siempre en “superventas” a escala nacional y, a veces, internacional.
Otra característica suya: su habilidad para las cuestiones prácticas. Sabía hacer de todo con sus manos, desde plantar y cultivar maíz hasta reparar un tanque, conducir un tractor bielorruso o pintar un lienzo. Rasgo que debía como muchos otros, a su difunta abuela Rosa Inés, una mujer inteligente, humilde, muy trabajadora, de gran aptitud pedagógica y excepcional sentido común. Ella lo crió, lo educó y, desde niño, le transmitió toda una filosofía de la vida. Le contó la historia popular del país, le trasladó el ejemplo de la solidaridad, le explicó los secretos de la agricultura, le enseñó a trabajar en el pequeño huerto familiar, a cosechar, a cuidar los animales, a cocinar, a limpiar y a ordenar la modesta casita de techo de hojas de palma, suelo de tierra y muros de adobe en la que, con su hermano Adán, moraban.
Hugo Chávez fue un niño muy pobre. Una pobreza aliviada por el maravilloso amor de su abuela, su “mamá vieja” como la llamaba. «No cambiaría mi infancia por ninguna otra —me dijo—. Fui el niño más feliz del mundo». Desde la edad de seis o siete años, vendía por las calles de su pueblo, Sabaneta, unos pasteles —“arañas”— elaborados por la abuela a base de frutas cosechadas en su jardín. El producto de esas ventas ambulantes constituía casi el único recurso del hogar. Aunque Huguito fabricaba también vistosas cometas o “papagayos”, con cañas y papel, cuya venta aportaba algún complemento de dinero.
En el cerebro del joven Chávez se combinaron muy pronto, de ese modo, tres aprendizajes que siempre conservó: el escolar o teórico; el autónomo o autoeducativo; y el manual o práctico. La articulación de estas tres fuentes de saber —sin que ninguna de ellas fuese considerada por él como privilegiada o superior a las otras dos—, es una de las claves para entender su original personalidad.
Aunque sus estructuras mentales estaban también determinadas por otras cualidades. Primero, su increíble soltura en lo relacional y lo comunicacional. Su habilidad a controlar y manipular su propia imagen. Su admirable facilidad de palabra adquirida sin duda desde sus años de “arañero”, niño vendedor callejero, charlando y regateando con eventuales clientes a la salida del cine, de las tiendas, del juego de bolas o de la gallera. Era un comunicador excepcional, fogueado y entrenado desde sus actividades de estudiante de secundaria y, ya cadete, de animador de fiestas y de gran maestro de ceremonias de la Academia Militar, especializado en las elecciones de Reinas...
Orador fuera de serie, sus discursos eran amenos y coloquiales, ilustrados de anécdotas, de rasgos de humor y hasta de canciones. Pero también, aunque no lo parecieran, verdaderas composiciones didácticas muy elaboradas, muy estructuradas, preparadas de manera seria y profesional, con objetivos concretos. Se trataba, en general, de transmitir una idea central que constituía la avenida principal de su recorrido discursivo. Pero, para no aburrir, ni ser pesado, Chávez se apartaba a menudo de esa avenida principal y realizaba lo que podríamos llamar excursiones3 en campos anexos (recuerdos, anécdotas, chistes, poemas, coplas) que no parecían tener nexo con su propósito central. Sin embargo, siempre lo tenían. Y eso le permitía, después de haber abandonado por bastante tiempo, en apariencia, su curso central, regresar a él y retomarlo en el punto exacto donde lo había dejado, lo cual, de modo subliminal, producía un efecto prodigioso de admiración en el auditorio.
Semejante técnica retórica le permitía declamar discursos de muy larga duración. Una vez me preguntó: «¿Cuánto duran, en general, los discursos de los dirigentes políticos en Francia?». Le contesté que pocas veces, en las campañas electorales, excedían una hora. Se quedó meditando y me confesó: «Yo, sólo para calentar motores, necesito hablar unas cuatro horas...».
Segunda cualidad: Su carácter competidor. Era un ganador nato. Había sido, desde muy joven, un deportista obsesivo, jugador de béisbol casi profesional, pésimo perdedor, conocido por su empeño en darlo todo, con deportividad, para conseguir la victoria. «Fui un pitcher realmente bueno —recordaba—. El béisbol era mi obsesión. Constituyó una escuela del esfuerzo, del tesón, del sufrimiento, del carácter. La pelota es la principal pasión deportiva del país. Venezuela tiene unos 30 millones de habitantes, y otros tantos “expertos” en béisbol».
Tercero: Su afición lúdica por varias expresiones de la cultura popular, romances y poemas llaneros kilométricos que recitaba sin equivocarse; joropos del Llano, rancheras mejicanas y canciones de Alí Primera que era capaz de cantar con talento; películas taquilleras del gran cine popular mejicano de los años 1950 y 1960 nunca olvidadas, o los clásicos del cine de barrio hollywoodiense, interpretados por “duros” populares como Charles Bronson y Clint Eastwood, conocidos de todos. Era, además, un telespectador asiduo y bien informado de los programas y animadores de los canales venezolanos. Todas estas referencias simbólicas de la cultura de masas, compartidas por el gran público local, le permitían conectar de inmediato con los ciudadanos.
Cuarto: Su religiosidad popular. «Soy más cristiano que católico» —admitía—. Y más que “cristiano”, “cristista” podríamos decir, o sea ferviente seguidor de las enseñanzas de Jesucristo reportadas por los Evangelios. Veía en Jesús al “primer revolucionario”. Es obvio que no iba a misa cada domingo, ni sentía, salvo excepciones, particular respeto por la alta jerarquía de la Iglesia. Pero creía en los milagros y en el poder taumatúrgico de los santos —canonizados o no— y, como su abuela, le tenía una devoción muy especial a la Virgen del Rosario, patrona de Sabaneta. Su fe popular —extendida a otras creencias, indígenas, afrocaribeñas, evangélicas, etc.— era sincera. En ello también comulgaba con la inmensa mayoría de los venezolanos.
Quinto: Su liderazgo militar. En la Academia aprendió a mandar y a ser obedecido. Le enseñaron a comportarse en jefe, en líder. Nunca lo olvidó. Chávez sabía ordenar y mandar. Y ¡ay de quien lo ignorase!; le podía caer encima una bronca monumental. Aunque era un hombre de una amabilidad reconocida, sus enfados y cabreos eran de antología. Había sido el mejor cadete de su generación. Sometido a una exigente formación militar, tanto teórica como práctica, cuya dureza viene de la tradición prusiana del ejército venezolano. La dimensión militar de su formación era medular. Porque en esa forja adquirió un hábito intelectual que le distinguía: pensar la estrategia. Acostumbrarse a ver lejos, a fijarse objetivos ambiciosos, y a trazar el modo de alcanzarlos. Él mismo lo repetía: «Desde el primer momento, me gustó ser militar. En la Academia aprendí lo que Napoleón llama la “flecha del tiempo”. Cuando un estratega planifica una batalla debe pensar de antemano en el “momento histórico”, luego en la “hora estratégica”, después en el “minuto táctico” y por fin en el “segundo de la victoria”. Nunca olvidé ese esquema de pensamiento».
Sexto: Su habilidad a ser subestimado. Sin cesar, sus adversarios —e incluso varios de sus amigos— tuvieron tendencia a infravalorarlo. Quizá porque hablaba mucho, o porque gastaba bromas, o por su sencillez, o por su apariencia física, o por lo que fuere... El caso es que muchos cayeron en la trampa de valorarlo en menos de lo que valía. Gravísimo error. Quienes lo cometieron lo deploraron con amargura, y acabaron mordiendo el polvo.
Séptimo: Su dedicación y diligencia. Era un infatigable trabajador, voluntarioso y tenaz. Noctámbulo e insomne. Desconocía el reposo de los fines de semana, de domingos o vacaciones. Bregaba todos los días sin excepción hasta altas horas de la noche. Dormía apenas unas cuatro horas al día; se levantaba a las seis de la mañana. «No es un sacrificio, me dijo muchas veces. Es que el tiempo no alcanza para lo que hay que hacer. El pueblo espera mucho de nosotros, y no le debemos defraudar. Lleva siglos aguardando...». No tenía reparos en someter a su mismo ritmo a sus ministros y colaboradores. Todas y todos sabían que podían ser consultados a cualquier hora del día o de la noche. Y si en algo habían fallado, les podía caer encima una terrible reprimenda sin miramientos. Los ministros sucesivos del Despacho de la Presidencia, que dirigían su gabinete y estaban en primera línea, eran sin duda las personas más estresadas de Venezuela. El desgaste resultaba tan vertiginoso que era el puesto de mayor tasa de renovación (turn over) del gobierno.
Por último: Su solidaridad con los pobres, categoría social con la que se identificaba. Me comentó a menudo: «Tengo siempre presente una frase de Gramsci: “no hay que ir al pueblo, hay que ser el pueblo”». Entre los pobres pasó su infancia y su adolescencia; y su “mamá vieja” le inculcó para siempre el respeto de los humildes. «Con ella, me confesó, aprendí los valores de la gente olvidada, de los que jamás tuvieron nada y son el alma de Venezuela. A su lado pude ver lo que son las injusticias en este mundo y el dolor de no tener, a veces, ni qué comer. Me enseñó la solidaridad, repartir lo poco que poseía con familias que tenían aún menos. Siempre recordaré sus enseñanzas. Jamás olvidaré mis orígenes».
Habíamos salido de Barinas y nos dirigíamos hacia Sabaneta, su pueblo natal, a unos 60 kilómetros. Eran más de las diez de la noche y circulábamos en plena oscuridad. De vez en cuando, mientras conducía, el Presidente solicitaba una taza de café negro. Chávez era un adicto bebedor de café; llegaba a tomar más de treinta tacitas al día... También le he visto, en privado, fumar algún cigarrillo; jamás en público.
A medio camino, nos sorprendió un control de carretera. Una patrulla militar había cortado la ruta, inspeccionaba los maleteros y verificaba la documentación de los conductores. Buscaban droga y armas de contrabando, abundantes allí por la vecindad de la frontera con Colombia. Los soldados habían desplegado sobre el asfalto una especie de rastrillo metálico con púas de acero. El 4 x 4 de los escoltas adelantó por la cuneta la fila de autos que esperaban. Hablaron con el oficial. De inmediato, una febril agitación se apoderó de los uniformados. Pero Chávez no deseaba trato de favor, quiso esperar su turno. La inspección de los tres o cuatro vehículos que nos precedían se aceleró. Llegamos a la altura del responsable. Se cuadró. Dos escoltas se acercaron. Chávez bajó la ventanilla, saludó al oficial con seriedad y afecto. Le acribilló a preguntas: cómo se llamaba, de dónde era, a qué regimiento pertenecía, quién lo mandaba, si estaba casado, los hijos, la esposa, la familia, etc. Después de este protocolo casi amistoso, y ya en tono más militar, le interrogó sobre su misión: qué estaban haciendo, por qué, con qué objetivo, qué resultados... Cuando nos alejamos, me comentó: «Han detectado a grupos de hombres armados infiltrados; en general son paramilitares y sicarios. Vienen a cometer desmanes con un objetivo político muy claro: desestabilizar y acreditar la idea que, en la Venezuela bolivariana, reina la inseguridad y el desorden. Algunos incluso han logrado infiltrarse hasta Caracas y controlan el tráfico de drogas en algunos barrios donde la violencia se ha disparado. Otros tienen una misión más precisa: matarme. Una vez, capturamos a un comando de casi 150 hombres con armas y uniformes del Ejército venezolano 4... Me siguen amenazando de muerte, pero ahora nuestra Inteligencia Militar funciona. Ya no es como en el 2002. Si intentan dar otro golpe de Estado semejante al del 11 de abril de 2002, lo van a lamentar. Vamos a seguir profundizando esta revolución».
Estábamos llegando a Sabaneta. Antes de penetrar en el pueblo, Chávez se desvió, abandonó la carretera asfaltada, metió el vehículo por una pista pedregosa llena de baches y de curvas. Pronto, una espesa vegetación nos envolvió. Todo estaba oscuro como la boca de un ocelote. Los 4 x 4 avanzaban con precaución, guiados por las luces de los faros. Chávez deseaba mostrarme el vado del río Boconó, en torno al cual se fundó Sabaneta. «El Paso Baronero, así se llama ese vado —me contó—, fue acceso obligado para quienes iban del Llano hacia el centro de Venezuela. Todas las vías convergían en este punto. En sus alrededores se edificaron posadas y albergues de descanso. Así nació Sabaneta. Fundada precisamente en una “sabaneta”, o sea una meseta grande de pie de monte, en la margen derecha del Boconó».
Alcanzamos una pequeña explanada. Nos aparcamos. Bajamos de los autos. A la luz de unas linternas, nos acercamos con sumo cuidado a las orillas boscosas del río. Las aguas bajaban lentas y negras, con un rugido mortecino de fiera herida. El lugar me resultó inquietante y tenebroso. Chávez, sin embargo, estaba dichoso, distendido, risueño. Se desplazaba sin necesidad de linterna, como si conociera cada piedra. Respiraba a pleno pulmón el aire cargado de aromas nocturnos: «Aquí me siento como el pez en la propia agua donde nació. He venido mil veces a este lugar, a jugar con mis hermanos y mis amigos, a bañarme, a pescar con mi padre, a gozar en este oasis de la naturaleza, remanso de frescor en el fogón del verano llanero».
Retomamos el camino y regresamos a la carretera. Durante todo el viaje, no paró de recibir llamadas. De Mauricio Funes, recién elegido, en aquel momento,5 Presidente de El Salvador; del ministro de Educación a propósito de la Universidad de la Fuerza Armada (UNEFA); del ministro de Salud («No hay ningún caso de fiebre porcina».); de varios gobernadores...
Chávez conversó y despachó con extrema seriedad mientras conducía. Era escueto y concreto, escuchaba y decidía. De pronto, un mensaje de texto del vice-presidente6 (equivalente a Primer ministro) le dejó preocupado. Me lo enseñó: “Se encontraron grupo de armas pesadas FAL. Cinco con miras telescópicas. 2 pistolas, 6 revólveres, 3 escopetas. Extranjeros. Dominicanos”. Contestó algo, y recibió de inmediato la respuesta siguiente: “Medio kilo de explosivos C-4. 20.000 cartuchos. Seis uniformes militares. Símbolos. Chaquetas. Placas de vehículos. Recargas de municiones. 9 botes pólvora. Estación base de radio. 3 radios punto a punto. 3 dominicanos. 2 hombres, 1 mujer. Jóvenes, 28 años dama, 36 los caballeros. En el apartamento de un europeo”. Luego sabríamos los nombres de los dominicanos (Luini Omar Campusano de la Cruz, Edgar Floirán Sánchez y Diomedis Campusano Pérez). El europeo resultará ser un francés, Frédéric Laurent Bouquet. Y el asunto, que a primera vista parecía más bien relacionado con las mafias del narcotráfico y del contrabando de armas, se revelará más político y ligado a un intento de magnicidio.7
Se estaba haciendo muy tarde. Entramos en Sabaneta y nos dirigimos a la parte más antigua.8 «Ha crecido mucho; en mi niñez, este pueblo era un caserío de cuatro calles de tierra. En invierno todo era barro, no pasaban carros. Y sin embargo, esto era, para mí, todo un mundo... Como una maqueta o un resumen de las complejidades del planeta». Me mostró, primero, en la glorieta del Camoruco, un árbol centenario: «Al pie de ese árbol descansó Bolívar. No hay constancia histórica, pero la memoria popular transmitió ese recuerdo de generación en generación». Fuimos luego a ver la iglesia, un templo moderno y ordinario: «La iglesia de mi infancia, donde fui monaguillo, era más humilde y de madera. Con mayor autenticidad y encanto. Se quemó y edificaron esto...».
A esas horas, las calles, limpias y bien alumbradas, estaban casi vacías. Se cortaban en ángulo recto formando manzanas cuadradas, de unos cien metros de lado. Sabaneta era, en aquel momento, un pueblo de atmósfera rural, modesta y tranquila, con casas en su mayoría de planta baja.9 A pesar de la noche, el calor seguía siendo asfixiante. Ventanas y puertas estaban abiertas de par en par. Desde el auto, distinguíamos al pasar algunas familias instaladas a plena luz en su salón viendo televisión. Otras habían dispuesto sillas delante de la puerta y charlaban en corro sentadas al fresco. Varios niños jugaban con bicicletas. De vez en cuando, como en los pueblos de Castilla, junto a los portales, grupos de mujeres conversaban sentadas en sillas cortas, de espaldas a la calle.
Los nuestros eran los únicos vehículos que circulaban a esa hora. Entre manotazos a los mosquitos, la gente nos miraba con cierto recelo. «Conozco a casi todas esas personas, me dijo Chávez, pero si nos detenemos a cumplimentarlas, se nos viene todo el pueblo encima a saludarnos, y no salimos de aquí hasta la madrugada».
Me fue mostrando lugares representativos de su niñez: «Aquí estaba el cine; ahí la heladería donde vendíamos la fruta del jardín de mi abuela; en esa bodega, mi hermano Adán y yo conseguíamos las historietas y “suplementos” [comics] de El Enmascarado de Plata, Charrito de Oro y otros héroes de mi infancia; por todas estas calles, vendía yo mis “arañas”; en aquella esquina le compraba chicha10 a Timoleón Escalona; ahí vivían los italianos, por allí los rusos, más allá los árabes y por aquí los canarios; ésta es la calle Real, aquí me caí y casi me rompo la nariz; y ésa era mi escuela, la única entonces del pueblo; fui, creo, un buen alumno, muy mimado por mis maestras...».
Subimos hacia el antiguo domicilio de su abuela, en donde él nació y se crió. No se detuvo. Como si no quisiera contaminar sus felices recuerdos: «Éramos muy pobres, “pata en el suelo” de los “pata en el suelo”. La casa la derrumbaron, no queda nada; y el gran jardín —un cuarto de hectárea— también. Apenas algunos de esos árboles de mango, allá, son los mismos de hace cincuenta años. Lo demás se lo llevó el tiempo. Lo que fue queda para siempre preservado en mi memoria».
Nos alejamos de Sabaneta, su Macondo íntimo, hundiéndonos en la estufa de la noche llanera. Atento a la carretera, el Presidente conducía en silencio, ensimismado, sumergido en sus remembranzas. Al cabo de un rato, me dijo: «Algo importantísimo es no perder nunca la conciencia de sus raíces».
Conocí a Hugo Chávez en 1999. Conversé con él por primera vez, en Caracas, unos meses después de su accesión a la Presidencia. Su imagen era entonces, la de un “militar golpista”. O sea lo peor, en una América Latina donde tantos ciudadanos fueron, durante decenios, atormentados por la brutalidad del “gorilismo”.
Venezuela no me era desconocida. Primero, por razones profesionales; en la Universidad París-VII, en las décadas de 1970 y 1980, tuve a mi cargo la cátedra de “Sociología de América Latina”. Y en el periódico Le Monde diplomatique, durante años, dirigí la sección “Geopolítica de América Latina”, lo cual me permitió conocer, en París, entre otras personalidades venezolanas, al veterano ex-guerrillero Douglas Bravo y a su entonces compañera Argelia Melet, y conversar largo con ellos.
Venezuela incluso era uno de los países suramericanos que con más frecuencia había visitado. A causa también de los azares de mi vida personal. En los años 1980, tuve una estrecha amistad con Mariana Otero, hija del gran escritor e intelectual de izquierdas venezolano Miguel Otero Silva y de la militante progresista María Teresa Castillo. Y hermana de Miguel Henrique Otero, director actual del diario El Nacional.
Gracias a ellos, a su calurosa hospitalidad, en su apartamento veraniego de Macuto y en su inolvidable casa —“Macondo”— de Caracas, repleta de refinadas obras de arte y de recuerdos de tantas personalidades que por allí pasaron (Alejo Carpentier, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, François Mitterrand, Lacan...), pude conocer a algunos de los principales periodistas, escritores, artistas e intelectuales venezolanos. Desde la entrañable Margot Benacerraf hasta el muy querido Arturo Uslar Pietri, pasando, entre otros, por José Vicente Rangel, Moisés Naím, Teodoro Petkoff, Oswaldo Barreto, Tomás Borge, Tulio Hernández, Antonio Pasquali, Isaac Chocrón, Ignacio Quintana, Juan Barreto, Ibsen Martínez, José Ignacio Cabrujas, Haydée Chavero, y un largo etcétera.
Tuve asimismo la suerte de hallarme en Venezuela en algunos de los momentos clave de su reciente historia. Por ejemplo, invitado a dar unas conferencias, regresé allí justo después del “Caracazo” del 27 de febrero de 1989. Recuerdo haber hallado un país traumatizado, sobrecogido por el estallido de tanta violencia. Presencié cómo una parte de la burguesía, aterrorizada, se pertrechaba de armamento para defenderse. Incluso asistí a cursos de entrenamiento colectivo al uso de esas armas...
Me hallaba asimismo en Caracas, dando un seminario en el CELARG,11 en las semanas posteriores a la rebelión del 4 de Febrero de 1992, en plena descomposición del gobierno de Acción Democrática (AD) del presidente Carlos Andrés Pérez (socialdemócrata), con quien me entrevisté varias veces. En los reportajes12 que escribí entonces sobre esta “insurrección militar” liderada por el “Teniente coronel Hugo Chávez” narraba que “no sólo la población no se opuso a ella, sino que, en muchos sitios, la apoyó con entusiasmo”. Añadía que, en la Venezuela del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, “más de la mitad de la población vive bajo el umbral de pobreza. Las desigualdades aumentan; el 5% de los ricos acaparan el 20% de la renta nacional, mientras que el 40% de los niños siguen sin estar escolarizados”. Y eso en “un país que es uno de los principales exportadores de petróleo del mundo”, al que las ventas de hidrocarburos le habían procurado, en diez años, unos ingresos en divisas “equivalentes a más de veinticinco Planes Marshall”... Sumas “dilapidadas por una clase política corrupta e incompetente”.
También, ya entonces, constaté: “El comandante Hugo Chávez, jefe del Movimiento Bolivariano Revolucionario, se ha convertido en el hombre más popular del país, venerado en los barrios populares, glorificado en los muros de las ciudades”. Y reproduje un extracto de una entrevista televisiva concedida en secreto por Chávez en la cárcel de Yare, cuya difusión habían prohibido las autoridades pero que circulaba en forma de videocassette por el país: «No creemos —declaraba Chávez— en la falsa dicotomía dictadura/democracia de la que hablan los teóricos de los regímenes pseudo-democráticos en América Latina para manipular a la opinión pública y ocultar las graves deficiencias y la degeneración de los falsos sistemas democráticos (...) O se producen cambios profundos que modifican radicalmente la situación actual, o el proceso de violencia se desencadenará fatalmente».
Cuando la mayoría de las fuerzas políticas, tanto en Venezuela como en el extranjero —y en particular los partidos socialdemócratas, solidarios con Carlos Andrés Pérez—, calificaban esa insurrección de “golpe de Estado”, en esos artículos yo destacaba la opinión de analistas que afirmaban: “No se trata de una tentativa de golpe de Estado clásico como los que se producen en América Latina. La conspiración del 4 de febrero, de tipo nasseriano, fue liderada por militares progresistas”.
Traté de subrayar, en aquellos artículos míos de 1992, otro aspecto de carácter geopolítico. En un contexto internacional marcado por tres características fuertes —el apogeo del neoliberalismo, la derrota de una concepción autoritaria del socialismo de Estado y la liquidación de la Unión Soviética—, los dos aldabonazos venezolanos (el “Caracazo” de febrero de 1989 y la rebelión de febrero de 1992) marcaban el inicio de un nuevo ciclo internacional de resistencia frente a la insolencia de los mercados financieros. Cuando algunos vaticinaban entonces el “fin de la historia”, el pueblo de Venezuela demostraba que, en América Latina, la historia se ponía de nuevo en marcha.
Volví a Caracas en mayo de 1995.13 Invitado esta vez por el presidente Rafael Caldera, a participar en un Seminario sobre comunicación. Líder histórico de Copei, el partido demócrata cristiano, Caldera había abandonado esa formación y se había presentado —después de que Carlos Andrés Pérez hubiese sido destituido por corrupción— a los comicios presidenciales de diciembre de 1993, apoyado, entre otros, por el Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el Movimiento al Socialismo (MAS). Ganó, y asumió sus funciones en febrero de 1994.
Caldera tuvo que afrontar de inmediato una grave crisis financiera provocada por la quiebra del Banco Latino y de una docena de grandes establecimientos financieros venezolanos. Cuando conversé con él aún estaba en su fase crítica contra las presiones del FMI y contra la voluntad hegemónica del neoliberalismo. Varios de sus ministros (entre ellos los ex-guerrilleros Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff) procedían de la izquierda histórica. Su gobierno practicaba una política económica dirigista de corte keynesiano, había restablecido el control de cambios e impuesto un precio fijo a los productos de primera necesidad. “Todo eso es indispensable —me declaró el presidente Caldera— para preservar el poder adquisitivo de los ciudadanos más humildes. Prefiero la defensa de los trabajadores y la justicia social a los índices macroeconómicos. Me opongo radicalmente al nuevo totalitarismo económico de los fanáticos del pensamiento único que quieren imponer a todos los países las mismas normas para satisfacer los intereses de los grandes mercados financieros”.14 Pero más tarde, en abril de 1996, Caldera y sus ministros venidos de aquella izquierda desorientada, acabarían por inclinarse ante el FMI y abrazar también el dogma neoliberal.15
En el reportaje que publiqué entonces, titulado “Venezuela ¿hacia la guerra social?”,16 insistí en el inaudito nivel de violencia que, durante aquellas décadas de corrupción y de descomposición, había alcanzado la delincuencia en la sociedad venezolana. El artículo empezaba relatando un caso que todos los medios comentaron en aquel momento: “Enmascarados y armados, tres delincuentes irrumpen con brutalidad en una vivienda de un barrio residencial de Caracas donde dos familias se reciben y cenan tranquilamente. Saquean la casa, se apoderan de los objetos de valor y destrozan con particular saña los signos de opulencia. Luego violan a todas las mujeres, desde las nietas hasta las abuelas. Y después violan también a los padres de familia”.
El sociólogo Tulio Hernández nos declaraba: “Hay más muertos aquí por semana que en la guerra de Bosnia. Y la violencia alcanza tal grado de locura que los delincuentes ya no se limitan a robar. Quieren humillar, hacer sufrir, matar. Cada mes, decenas de adolescentes son asesinados por otros jóvenes que les quieren quitar sus zapatillas deportivas. Morir por un par de zapatos se ha vuelto trágicamente banal”.
Otras dos sociólogas, Carmen Scotto y Anabel Castillo, me lo confirmaban: “Se golpea por el placer de golpear, se mata por el placer de matar; sin tener en cuenta el valor de la vida. Se embriagan de crueldad, en un estado de odio cercano al delirio; que traduce el estado de descomposición de una sociedad sin valores”. En aquellos años, cada día, en Caracas, morían asesinadas unas quince personas, y cada fin de semana entre veinte y cincuenta jóvenes. No sólo en los “ranchos” populares: “En una semana de final de mayo [de 1995], varias personalidades —entre ellas un célebre pelotero, Gustavo Polidor, un cirujano y un abogado— fueron asesinados a las puertas de sus casas, ante los ojos de sus familias, por delincuentes venidos a robarles el carro”. “La inseguridad está por todas partes. Unos cincuenta conductores de autobús han sido asesinados en la capital entre enero y mayo [de 1995]. En el interior del país, ‘piratas de la carretera’ tienden emboscadas a los camiones, roban los cargamentos, matan a los choferes. Las cárceles, militarizadas, están superpobladas y son verdaderos infiernos. El año pasado [1994], unos 600 detenidos murieron en ellas, asesinados”.
Si reproduzco estos extractos es con el fin de recordar que la cuestión de la violencia, la inseguridad y la criminalidad en Venezuela no es nueva. Y también para relativizar el permanente proceso que, sobre este asunto, la prensa dominante le hace a los gobiernos bolivarianos.
Una de las primeras medidas tomadas por el presidente Rafael Caldera, había sido excarcelar, el 26 de marzo de 1994, al “héroe popular, adorado en los ‘ranchos’ ”,17 Hugo Chávez. Y uno de los primeros viajes al extranjero que hizo éste, en diciembre de 1994, fue a Cuba. Fidel Castro lo recibió con todos los honores. Significando de ese modo, a aquellos que aún dudaban de la orientación política del Teniente coronel venezolano —¿“golpista” o “progresista”?— que el avezado Comandante le situaba, con claridad, en el campo de las izquierdas.
Chávez se dedicó después, con un puñado de compañeros (entre ellos Nicolás Maduro) a recorrer Venezuela, sumergiéndose en sus profundidades rurales, dialogando con los humildes y los olvidados. Defendía una idea: para sacar el país del atolladero se impone un cambio radical de Constitución y la fundación de una nueva República. Según él, la “pseudo-democracia” venezolana, asentada en el Pacto de Punto Fijo, estaba ajada y desgastada; era inútil prolongar su agonía participando en cualquier elección. No era ésa, en absoluto, la idea de los principales partidos de izquierda (Partido Comunista, Movimiento al Socialismo, La Causa R) que, o bien integraban el gobierno de Rafael Caldera, o bien participaban en las elecciones, convencidos de que el sistema se podía “reformar desde dentro”.
Solo contra todos, difamado, atacado, perseguido, Chávez mantuvo su posición. Líder carismático y magnífico orador, se sentía en comunión con el pueblo. Muchedumbres entusiastas acudían a escuchar sus discursos. En la Venezuela profunda, en las agrestes provincias y en los “ranchos” de las periferias urbanas, la gente común se identificaba con él, lo veía como uno de los suyos. Por su manera de hablar, por sus palabras solidarias, por sus referencias culturales compartidas, por su sensibilidad a las desgracias ajenas, por su forma de ser y hasta por su aspecto físico. Chávez era una síntesis de indígena, europeo y africano. Tricontinental. Las tres raíces de la venezolanidad. En ese sentido, fue siempre una excepción entre las élites, dominantemente blancas, de Venezuela. El pueblo compartía con él su rechazo de una clase política lejana, rica y a menudo corrupta. La organización chavista —el Movimiento Bolivariano Revolucionario (MBR)— fue adquiriendo una fuerza irresistible.
En ese instante, Hugo Chávez modificó su estrategia. Mandó realizar una serie de encuestas de opinión que demostraban dos cosas: 1) una mayoría de los venezolanos deseaba que fuese candidato a las elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998; 2) si se presentaba a esos comicios, sería elegido. Dando prueba de pragmatismo, abandonó la opción abstencionista defendida durante tanto tiempo y la vía insurreccional, y decidió ser candidato. Le costó convencer a sus propios amigos. Pero lo consiguió. «Lo importante, dijo, es la Constituyente». Fundó entonces el Movimiento V República. Y después de una campaña espectacular, ganó con insólita contundencia los comicios,18 barriendo a los dos grandes partidos (Copei y AD) que, durante decenios, habían dominado la vida política. A la edad de 45 años, se convirtió en uno de los presidentes más jóvenes de la historia de Venezuela.
Su investidura tuvo lugar el 2 de febrero de 1999. Y menos de dos meses después, el 25 de abril, como lo prometiera, se convocó al referendo para una Asamblea Constituyente que Chávez ganó con el 88% de los votos... La Revolución Bolivariana estaba en marcha. En julio, fueron elegidos los parlamentarios para integrar la Constituyente. El Polo Patriótico, la coalición del Presidente, arrasó de nuevo con 121 escaños de 128. La nueva Asamblea empezó a elaborar la Constitución de la Vª República cuyo texto debía ser sometido a referendo nacional el 15 de diciembre de 1999.
Tal era el contexto político en Venezuela cuando surgió la posibilidad de que yo me entrevistara, por primera vez, con Hugo Chávez. El Presidente había leído algunos de mis artículos y varios de mis libros, y deseaba conversar conmigo. El encuentro fue gestionado a través de la Oficina de Comunicación de la Presidencia, dirigida entonces por Carmen Rania, esposa a la sazón de Miguel Henrique Otero. Conocía muy bien, como ya dije, a este matrimonio y lo apreciaba. En cuanto llegué a Caracas, a primeros de septiembre de 1999, pasé a verlos. Aunque hoy figuran —en particular Miguel Henrique— entre los más firmes y decididos opositores a las políticas bolivarianas, ambos eran entonces unos sinceros y entusiastas “chavistas”. El diario El Nacional, que dirigía Miguel Henrique, había jugado un rol importante de crítica contra Carlos Andrés Pérez, facilitando su renuncia, y había hecho campaña en favor de Chávez contribuyendo a la victoria electoral de éste en 1998. La pareja no escatimaba elogios sobre el Presidente, su “revolución pacífica y democrática”, su talante político, su genio táctico y estratégico, el aire fresco que representaban la Quinta República y la nueva Constitución...
Era tanto su entusiasmo que, antes de hablar con el Presidente, me pareció normal y profesional escuchar también opiniones críticas y análisis opuestos. Durante varios días, recogí la opinión de diversos empresarios, economistas, intelectuales y académicos en desacuerdo más o menos radical con las políticas del nuevo gobierno. No sin argumentos, anticipaban un “seguro fracaso”, afirmaban la imposibilidad para la Venezuela bolivariana de ir a contracorriente de la globalización económica, y desconfiaban del “caudillismo” de Chávez. Algunos apostaban ya por presiones extranjeras: “Estados Unidos no permitirá una aventura política en esta región, y menos en un país del que depende su abastecimiento en petróleo”.
En esas circunstancias, acudí a mi cita con Hugo Chávez en el palacio de Miraflores. Recuerdo muy bien aquel primer encuentro. Fue el sábado 18 de septiembre de 1999. Me recibió en su despacho. Observé que, en su mesa de trabajo, había dos fotos bien visibles en blanco y negro: la de su bisabuelo Pedro Pérez Delgado “Maisanta”, uno de los “últimos rebeldes a caballo”, alzado contra el dictador Juan Vicente Gómez y muerto en prisión en 1924; y la de su abuela Rosa Inés. Y otras fotos de sus padres, Hugo de los Reyes y Elena, y de sus cuatro hijos, Rosa Virginia, María Gabriela, Hugo y Rosinés, también enmarcadas. Una pila de libros, documentos, cuartillas de borrador de la preparación de un discurso... Y un gran mapa de América Latina.
Por vez primera lo veía en persona. De inmediato, pude constatar que su reputación de hombre campechano, espontáneo y caluroso no era usurpada. Como es de tradición en América Latina, me dio un vigoroso apretón de mano y un abrazo. Me dijo con una amplia sonrisa que había leído mis artículos sobre Venezuela, en particular mi análisis de la rebelión del 4 de febrero de 1992. Comprobé que era más alto de lo que me imaginaba; medía por lo menos un metro ochenta de estatura. Atlético, recio, musculoso. De aspecto atildado; cabello negro y denso, cortado con meticulosidad; piel color canela, lisa, sana, un lunar en lo alto del lado derecho de la frente; pómulos prominentes y mejillas bien rasuradas, bañadas de loción aromática; dientes irreprochables, con un simpático diastema (dientes separados) en los incisivos de la mandíbula inferior; ojos pequeños, achinados y penetrantes; manos y uñas de manicura, con una alianza de oro en el dedo anular derecho; vestido informal porque estábamos en fin de semana, sin corbata, una camisa con motivos escoceses oro y bronce por debajo de un chaleco-jersey de cuello en V sin mangas y unos pantalones vaqueros color gris topo. Todo denotaba en él una preocupación por la elegancia, el aseo y el buen parecer.
Empezó, no podía ser de otro modo en este adepto de la filosofía de la historia, hablándome de los héroes forjadores de la patria venezolana. Le pregunté quiénes eran, aparte Bolívar, los tres otros “próceres” representados en los murales gigantes que ornan el despacho presidencial. «Cuando llegué, me explicó, mi mesa se hallaba ahí; le daba la espalda a Bolívar y miraba a Urdaneta19… Ahora es al revés.
Los otros dos son Sucre20 y Páez.21 Uno de los cuatro sobra, en cambio falta Zamora”. 22
En aquella conversación inaugural,23 yo trataba de descifrar el famoso “enigma de los dos Chávez” planteado por Gabriel García Márquez.24 Me sorprendió su excelente conocimiento de Gramsci. Lo citó: «Estamos viviendo, a la vez, una muerte y un nacimiento. La muerte de un modelo usado, agotado, detestado; y el nacimiento de un nuevo cauce político, diferente, que aporta la esperanza a un pueblo. Lo viejo tarda en morir, y lo nuevo aún no se ha instalado, pero esta crisis está pariendo una revolución».
Le pregunté qué entendía por revolución. «Mire, me respondió, aquí estamos inventando. La revolución es un eterno revisar. Más allá de la crisis económica, Venezuela atravesaba sobre todo una crisis moral y ética a causa de la falta de sensibilidad social de sus dirigentes. La democracia no es únicamente la igualdad política. Es también, e incluso antes que nada, la igualdad social, económica y cultural. Todo ello en la libertad. Éstos son los objetivos de la Revolución Bolivariana. Quiero ser el presidente de los pobres. Amo al pueblo. Pero es necesario que saquemos las lecciones de los fracasos de otras revoluciones que, aun afirmando que se proponían la búsqueda de estos objetivos, los traicionaron, e incluso cuando los alcanzaron, lo hicieron liquidando la democracia y la libertad. Se requiere creatividad para hacer una revolución. Y una de las peores crisis actuales es la crisis de ideas. Nuestro objetivo es que la gente viva de manera plenamente humana, con dignidad, con decoro. La felicidad es el objetivo supremo de la política. Tenemos que hacer que el Reino de los cielos sea realidad aquí en la Tierra. El objetivo no sólo es el vivir mejor sino el “vivir bien”».
Y añadió lo siguiente: «Nuestro proyecto consiste sencillamente en establecer el “sistema de gobierno más perfecto” cumpliendo con lo que el Libertador definió así en su Discurso de Angostura25: “El Sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política”».
Aunque llevaba apenas seis meses en el poder, ya algunos medios internacionales26 le acusaban de “jacobinismo autoritario”, de “deriva autocrática” y de “preparar una forma moderna de golpe de Estado”... Absurdo. Las consultas democráticas se sucedían. Y a pesar de la atmósfera apasionada que se vivía entonces en Venezuela —donde la efervescencia de las discusiones y de los debates políticos recordaba a la Francia de mayo de l968—, no había violencias graves, ni ninguna forma de censura contra la oposición, los periodistas o los medios, varios de los cuales no se privaban, en cambio, de criticar ferozmente al nuevo Presidente.
«Estas acusaciones me entristecen, me confesó Chávez, porque lo que nosotros queremos es pasar de la democracia representativa a una democracia participativa, más directa. O sea queremos más democracia y no menos. Con una mayor intervención del pueblo en todos los niveles de decisión. Para mejor oponernos a cualquier violación de los derechos humanos». Me precisó que el texto de la nueva Constitución, entonces en debate en la Asamblea, preveía dotar de mayor poder de autonomía a los ayuntamientos; instaurar el referéndum de iniciativa popular, y el “referendo revocatorio” que obligaría a todos los representantes elegidos, incluido el propio Presidente de la República, una vez transcurrida la mitad de su mandato, a someterse a una nueva elección, si tal era la voluntad popular.
La nueva Constitución preveía asimismo, entre otras cosas, el derecho a la objeción de conciencia; la prohibición explícita de las “desapariciones” practicadas antaño por las fuerzas del orden; la creación de un defensor del pueblo; la instauración de la paridad mujeres-hombres; el reconocimiento de los derechos de los indígenas o pueblos originarios; y la puesta en marcha de un “poder moral” encargado de combatir las corrupciones y los abusos.
A propósito de corrupción, con su genio coloquial, me contó cómo, en aquellos primeros meses de su mandato, se le acercaron obsequiosamente los grandes empresarios, las grandes fortunas, los que se pensaban “dueños naturales” de Venezuela, para proponerle toda suerte de regalos y tentaciones —vehículos, apartamentos, negocios— como habían hecho con tantos presidentes anteriores. Creyendo que Chávez sería uno más de esos que tienen doble discurso y doble moral. Pero Chávez los expulsó de Miraflores «como Cristo expulsó a los mercaderes del Templo», me dijo. Y a partir de ahí, esos oligarcas empezaron a conspirar contra él. «No lo podemos comprar, entonces lo vamos a derrocar». Ése fue, a partir de aquel instante, el plan de la oligarquía venezolana. Ahí empezaron las conspiraciones, los ataques, las campañas mediáticas de demonización, la preparación del golpe de Estado de 2002, los sabotajes...
¿Y cuál era su programa económico? Chávez me expresó con claridad su deseo de alejarse del modelo neoliberal y resistirse a la globalización. «Queremos construir un Estado más horizontal, me declaró. El trabajo, y no el capital, debe ser el verdadero productor de riqueza. El ser humano es lo principal. Queremos poner la economía al servicio del pueblo. Nuestro pueblo merece lo mejor. Nos hace falta buscar el punto de equilibrio entre el mercado, el Estado y la sociedad. Hay que hacer que converjan la “mano invisible” del mercado y la “mano visible” del Estado en un espacio económico en el interior del cual el mercado existe tanto como es posible y el Estado tanto como es necesario».
Me recordó que «…el imperialismo impuso a Venezuela, hace cien años, en el marco de la división internacional del trabajo, una tarea única: producir petróleo. Pagaba una miseria por ese petróleo; y todo lo demás —alimentos, productos industriales— debíamos importarlo. Ahora, uno de nuestros objetivos es la independencia económica y la soberanía alimentaria; en el marco de la protección del medio ambiente y de los imperativos ecológicos». Me precisó que la propiedad privada y las inversiones extranjeras estaban garantizadas, pero en los límites del interés superior del Estado, el cual velaría por conservar bajo su control (o rescatar) aquellos sectores estratégicos cuya venta significase la cesión de una parte de la soberanía nacional. O sea ni más ni menos que lo que propuso el Consejo Nacional de la Resistencia (CNR) en Francia al final de la Segunda Guerra Mundial, o lo que hizo el general De Gaulle cuando instauró la Quinta República en 1958. Pero, en el contexto de la globalización neoliberal y de la fiebre de las privatizaciones, esas medidas parecían aún más revolucionarias.
Oyéndole enunciar esos objetivos, me dije para mí mismo: ¿qué otra cosa pueden hacer los protagonistas principales de la globalización, dueños de tantos medios masivos de información, sino diabolizar a Chávez y su Revolución Bolivariana?
Pasamos horas conversando. Le pregunté si se definiría como “nacionalista”, y me contestó que se consideraba un “patriota”. Citando precisamente a De Gaulle, me explicó: «Ser patriota es amar a la patria. Ser nacionalista es detestar la de los demás». Acto seguido, en un gesto típico de oficial de Estado Mayor, colocó un gran mapa de América Latina sobre su mesa del despacho y me comentó que Venezuela estaba “mal vertebrada”, consecuencia de la “vieja planificación colonial”. Me mostró cómo, en una geografía ideal, la capital debería situarse en el centro del país... Describió las grandes obras de infraestructura indispensables para conformar un Estado cohesionado: ferrocarriles, autopistas, gasoductos y oleoductos, puentes, puertos, embalses, túneles, aeropuertos...
Me habló del imperativo de la integración sudamericana, anunciada y deseada por Simón Bolívar, y “soñada por todos los revolucionarios latinoamericanos”. Señaló en el mapa cómo el Libertador había optado, para liberar Suramérica, por el “eje andino” (Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia), y me declaró que hoy, para liberarlo de la influencia neoliberal, se podía optar por una alianza del “eje atlántico” (Brasil, Uruguay, Paraguay, Argentina). Me impresionó su fino conocimiento de Brasil, de su historia, de su economía, cosa poco frecuente en los dirigentes latino-americanos de lengua española. Me reveló también su intención de liberarse de la dependencia de las relaciones verticales Norte-Sur, y establecer “conexiones horizontales” con África, Asia y el mundo árabe-musulmán.
Su peculiar manera de razonar imbricando siempre teoría y praxis, historia y sociedad, así como el alcance internacional de toda su reflexión, me parecieron singularizar su perspectiva política. Me sedujeron sus razonamientos originales, siempre fundamentados, nunca dogmáticos. Apoyados en citas de pensadores progresistas, la mayoría de las veces latinoamericanos. No había duda de que poseía una mente de izquierdas, estructuralmente marxista, pero —por fortuna— liberado de las escolásticas referencias al “panteón obligatorio” de Marx, Engels, Lenin, Trotski, etc. Chávez pensaba por sí mismo, de manera original. No era la réplica de nadie, ni la secuela de ningún sistema existente.
Mientras le escuchaba exponer con ardor tantos y tantos proyectos de toda índole, me convencía de que ese hombre no había llegado por casualidad a la presidencia. Ni estaba de paso por Miraflores. Iba a crear escuela y doctrina, no había duda. Se le notaba “habitado” por una ardiente y ambiciosa misión: darle la vuelta a Venezuela, ponerla por fin de pie, transformarla de punta a cabo, recolocarla a la cabeza de América Latina como en tiempos de Bolívar, liberarla de la pobreza y de la marginalidad, devolverle a los humildes la dignidad de personas humanas, restaurar el orgullo del patriotismo... En suma, hacer de Venezuela, como decía él, un “país potencia”. En ningún momento sentí cualquier pretensión o apetencia personal. Aborrecía el caudillismo. Y su voluntad de crear patria era infinita.
Me pareció que “el enigma de los dos Chávez” se resolvía constatando que, en su personalidad, coexisten sencillamente dos temperamentos: una mente racional, lógica, cartesiana, pragmática; y un talante altruista, afectivo, entusiasta, tumultuoso, sentimental. Por sus circunstancias sociales, Chávez entendió muy pronto que la sociedad no regala nada y que un individuo debe enfrentar, desde muy pequeño, los determinismos que lo rodean. Se percató que las condiciones materiales de existencia determinan la conciencia social. Tuvo que vencer el peso de la historia y el asedio de fuerzas poderosas. Descubrió las relaciones de dominación y las diferentes formas de violencia, tanto material como simbólica. Ello podía haber hecho de él una persona amargada, rencorosa o resentida. No lo era en absoluto, porque pronto decidió no aceptar el desorden del mundo. En ese sentido, Chávez fue —desde siempre— un “indignado”, un rebelde que supo conquistar la libertad a lo largo de su existencia social, oponiéndose a las coacciones y a las obligaciones cada vez que éstas le parecieron absurdas o injustas. Lo constante de su personalidad fue su rechazo de la resignación. De ahí su espíritu de resistencia y su denuncia del carácter intolerable de una situación económica y social sometida a la hegemonía de las relaciones de fuerza.
Salí de aquel primer encuentro convencido de que algo nuevo estaba pasando en América Latina. Que este hombre crearía corriente y doctrina. Y que el “huracán Chávez” no tardaría en recorrer el continente levantando polémicas y controversias. También entusiasmos, pasiones y adhesiones. Contacté con amigos periodistas e intelectuales de Europa y Latinoamérica, progresistas, para trasladarles mis impresiones positivas, invitarles a visitar Caracas, que vieran con sus propios ojos esa revolución democrática en marcha... Salvo contadas excepciones, todos me respondieron lo mismo: “¡Milicos no!”, “¡Golpistas nunca!” Se equivocaban. Pero su reacción indicaba que, para el líder del bolivarianismo, la tarea de convencerles no sería sencilla.
Me encontré de nuevo con Chávez en París en octubre de 2001, un mes después de los odiosos atentados del 11 de septiembre en Manhattan y Washington. Invitado por René Blanchet, rector de la Academia de París, vino a la Sorbona a dar una conferencia titulada “Transformar a Venezuela ¿una utopía posible?”27 en el prestigioso anfiteatro de la venerable universidad parisina. Los organizadores me habían pedido que interviniese también junto con tres otros conocidos intelectuales, Viviane Forrester, Richard Gott y James Petras.
Con su metafórico y peculiar estilo, Chávez empezó recordando al joven Bolívar por los barrios de la capital francesa28: «Hace doscientos años, paseaba por estas calles de París un joven que cruzó el Atlántico y que era un fuego ambulante y andaba incendiando por donde pasaba, igual que Zaratustra, el de Nietszche, cuando subió a la montaña». Habló de su proyecto político: «No estamos improvisando. Venimos de lejos con ideas bien claras y un camino definido». Se solidarizó con las víctimas de los atentados del 11-S: «El siglo XXI debe ser el siglo de la paz; hay que desechar los cañones y hacer que callen los tambores de guerra». Contó cómo se había agudizado la campaña de demonización contra él: «Siguen calumniándome. No se sorprendan si, en algún momento, me acusan de esconder a Osama Ben Laden en Venezuela. También calumniaron a Bolívar y murió pobre, solitario, casi crucificado. Él dijo una vez: “Jesucristo, Don Quijote y yo, somos los tres mayores necios que ha habido jamás, por soñar con un mundo mejor”». Sofisticado y argumentado, su discurso fue un triunfo. Sorprendió positivamente a muchos de los que se habían creído la patraña del “militar gorila”. Numerosos franceses, interesados en las cuestiones latinoamericanas, empezaron a cambiar de opinión sobre él y a considerarle de manera más constructiva.
Volví a encontrarme con Chávez en distintas ocasiones. En particular, unos días antes del golpe de Estado del 11 de abril de 2002 cuando en toda Caracas se hablaba de un pronunciamiento inminente. Sin reparos, la prensa dominante calificaba al Presidente de “dictador”, incluso de “Hitler” 29... Reclamaba a gritos: “¡Hay que derrocarlo!”. Hombre pacífico y afable, Chávez parecía muy sereno. Para persuadirme de que todo estaba bajo control me invitó a dar un paseo nocturno por Caracas a bordo de un vehículo banalizado manejado por él. Sin guardias, ni escoltas, pero con varias armas a bordo. En dos o tres ocasiones, no dudó en detenerse y bajarse del auto a conversar con grupos de vendedores informales que no salían de su asombro… Lo abrazaban, lo vitoreaban... No sin cierta ingenuidad, me reveló que, esa misma tarde, había hablado con el embajador de Estados Unidos, Charles Shapiro.30 Y que éste le había asegurado que su país “no se involucraría en ninguna aventura golpista” contra la democracia venezolana...
Menos de una semana después, como es sabido, un golpe mediáticomilitar, apoyado por Washington, trataba de derrocarle. A punto estuvo Chávez de ser fusilado por los golpistas. Faltó muy poco para que lo asesinaran. Pero el pueblo indignado se lanzó a la calle a defenderle y a rescatarle. Regresó al poder en menos de 48 horas, sin ánimo de venganza, dando un impresionante ejemplo de generosidad y de responsabilidad.
Luego vendría el “golpe petrolero”, varias tentativas de asesinato y numerosas campañas internacionales de diabolización. Chávez —que citaba a menudo una frase de Trotski: “La revolución necesita el látigo de la contrarrevolución”— aprovechó cada uno de estos ataques para ir radicalizando su proyecto político. Siempre en un marco democrático, sometiendo continuamente toda nueva propuesta al voto popular. Desde 1999, batiendo sin duda un record mundial, Chávez se sometió a una quincena de consultas populares de toda índole, cuyo carácter democrático fue confirmado por respetadas instancias internacionales.
Cuando en 2001, con mi amigo Bernard Cassen, creamos el Foro Social Mundial en Porto Alegre (Brasil) —del que propuse el lema “Otro mundo es posible”—, le invitamos. Vino dos años después, en enero de 2003, con ocasión del III Foro. Deseábamos que expusiera en directo, a los miles de activistas sociales y a los intelectuales allí reunidos, su concepción de la Revolución Bolivariana. Con sus palabras, su ardiente retórica y su clarividencia política levantó un entusiasmo arrollador. La juventud latinoamericana descubría su discurso rozagante y optimista. Regresaba la voluntad política y se proponía sacar al subcontinente —respetando todas las libertades— de la inercia y del sufrimiento neoliberal. ¡Otra izquierda era posible! En aquel momento, en América Latina, Chávez era el único dirigente neoprogresista en el poder, junto con Luiz Inácio Lula da Silva que acababa apenas de acceder a la presidencia de Brasil.
En enero de 2005, volvimos a invitar a Chávez al V Foro Social Mundial, de nuevo organizado en Porto Alegre. Su avión aterrizó de madrugada. Estaba saliendo el sol. Con Maximilien Arvelaiz y Bernard Cassen lo fuimos a esperar al pie del avión, y lo primero que hizo fue dirigirse al asentamiento agrario Lagoa do Junco, del Movimiento de los trabajadores rurales Sin Tierra (MST), situado en el municipio de Tapes, a más de 130 kilómetros... Allí lo acompañamos junto con João Pedro Stedile, dirigente del MST. Chávez se reunió con productores y campesinos, y ante varios centenares de personas, afirmó por primera vez, en un discurso improvisado, que esa experiencia de autogestión agrícola era una demostración de que “el socialismo no ha muerto”.
Por la tarde regresamos a Porto Alegre. Debía intervenir en la cancha Gigantinho, ante unos quince mil jóvenes “altermundialistas”. Me tocó presentarle y empecé de la siguiente manera: “Muchos tardaron en convencerse; algunos dudaron largo tiempo; otros no acababan de admitir que, en América Latina, en esta América Latina tan golpeada por el neoliberalismo y la globalización, había surgido un dirigente político de nuevo tipo: el Presidente Hugo Chávez. Algunos justificaban las dudas y las desconfianzas porque se trataba de un militar, y un militar que se había alzado en armas. En un continente en el que tantos ‘gorilas uniformados’ fueron verdugos de sus pueblos, hay que admitir que, en cierta medida, esa desconfianza se podía comprender”.
Chávez tomó después la palabra y, constantemente interrumpido por un público que le aplaudía a rabiar, hizo uno de los mejores discursos que le recuerdo.31 Afirmó que el Foro era «…el evento político de mayor importancia en el mundo. No hay otro de esta magnitud. En estos últimos cinco años, se ha convertido en una rica plataforma donde los excluidos pueden hablar, pueden decir lo que sienten, y en donde se pueden buscar consensos». Declaró que venía a Porto Alegre «a aprender, a empapar[se] de más pasión y de más conocimiento». Luego enumeró las reformas que la “Revolución Bolivariana” estaba llevando a cabo: reparto de tierras a los campesinos pobres; reconocimiento de las lenguas y de los derechos de los pueblos originarios; alfabetización de los niños y de los adultos; Misión Barrio Adentro; concesión de microcréditos; Banco de la Mujer y promoción de los derechos de las mujeres; programa de salud para todos; Ley de Pesca; solidaridad con Cuba, etc.
Por segunda vez ese mismo día, en su discurso, declaró su adhesión al socialismo, una palabra entonces caída en desuso y que ni siquiera la izquierda reivindicaba. Pero él, allí, en aquel momento, se comprometió a «trascender el capitalismo por la vía del socialismo y más allá. En democracia».
En los años siguientes volví a ver a Chávez varias veces, en ocasión de alguna visita suya a París o a Galicia, de algún seminario mío en Caracas, o de alguna participación en su célebre emisión televisiva “Aló Presidente”. En aquella época, andaba yo enfrascado en mis conversaciones con Fidel Castro que darían lugar al libro Fidel Castro. Biografía a dos voces.32 Preparando esa obra, viajé con el Comandante cubano a Quito, en enero de 2003, para asistir a la toma de posesión del entonces presidente ecuatoriano Lucio Gutiérrez. Quiso la casualidad que nos alojáramos en el mismo establecimiento que Chávez, el Swiss Hôtel.
Eran los meses en los que el presidente de Venezuela enfrentaba las más duras embestidas del “Paro petrolero”, promovido por la patronal venezolana y apoyado por la directiva y los cuadros de la empresa Petróleos de Venezuela (PDVSA) y por los medios de comunicación dominantes. Ese sabotaje duró de diciembre de 2002 hasta febrero de 2003.
En el apartamento de Fidel, asistí a una reunión informal entre los dos comandantes cubano y venezolano en los que expresaron su sorpresa por la iniciativa lanzada, unas semanas antes, por Lula (cuando aún éste no había asumido la presidencia de Brasil)33 de crear un “Grupo de apoyo de Amigos de Venezuela” integrado, además de Brasil, por el Chile de Ricardo Lagos, la España de José María Aznar, los Estados Unidos de George W. Bush y el Portugal de José Manuel Barroso... Recuerdo que Fidel comentó: “Con ‘amigos’ semejantes, no se necesitan enemigos”. Mientras Chávez afirmaba que no tenía ninguna intención de “internacionalizar” ese conflicto social: «Es exactamente el pretexto que lleva buscando Washington para controlar nuestro petróleo».
Sobre Lucio Gutiérrez también fueron muy francos y lúcidos. Debo confesar que, no sin cierta ingenuidad, yo mismo había sido sensible al carácter aparentemente progresista del coronel ecuatoriano,34 lo cual pareció confirmarse en su discurso de investidura. Fidel me miró casi con pena y, riéndose, soltó: “¡Lucio es un cagón!”. Según el comandante cubano, en el plazo no superior a seis meses, los ecuatorianos se iban a dar cuenta de la impostura y lo echarían. No se equivocaba. Tres meses bastaron para que Lucio Gutiérrez se quitase la máscara; rompió con su ala izquierda, adhirió al Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), suscitó la ira de los ecuatorianos que acabaron por derrocarlo en abril de 2005.
Chávez me contó que, tanto él como Fidel, también habían pensado un instante que el coronel Gutiérrez podía pertenecer a la tradición progresista de los militares latinoamericanos, de la que él mismo se reclamaba y a la que pertenecieron oficiales como Velasco Alvarado, Luis Carlos Prestes, Jacobo Arbenz, Omar Torrijos, Juan José Torres, Francisco Caamaño... «Para verificarlo, me relató Chávez, decidimos con Fidel venir a Quito después de la elección de Lucio, pero antes de que asumiera. Para ver su reacción. El pretexto fue la inauguración de la “Capilla del Hombre”, concebida por el pintor Guayasamín, ya entonces fallecido. Ocurrió el 29 de noviembre de 2002. Pensábamos reunirnos los dos —Fidel y yo— con Lucio, y conversar; y ver quién era de verdad. Pero lo supimos muy pronto. Apenas se enteró de que veníamos, se apresuró en anunciar que se marchaba a Colombia a entrevistarse con Álvaro Uribe... Huyó... La idea de salir en una foto con nosotros le dio pavor... Se acojonó de miedo...».
El éxito fundamental de Hugo Chávez fue la refundación de la nación venezolana —«¡Tenemos Patria!», acostumbraba a gritar— gracias a un verdadero modelo democrático y político al servicio de los intereses de las mayorías populares. Porque la Revolución Bolivariana ha reorganizado la sociedad en sus estructuras fundamentales.
Desde Fidel Castro no había surgido en América Latina un líder tan arrollador como Hugo Chávez. En sus 14 años de gobierno, no sólo transformó copernicanamente Venezuela, sino toda América Latina. Nunca, en sus dos siglos de historia, América Latina conoció un período tan largo de democracia, de justicia social y de desarrollo. Nunca tantos gobiernos progresistas gobernaron al mismo tiempo en tantos países latinoamericanos. Eso es inédito. Durante decenios, la simple perspectiva de que un gobierno progresista, democráticamente elegido, llevase a cabo cambios estructurales para reducir las desigualdades y las injusticias, bastaba para que fuese derrocado. Los ejemplos abundan: Guatemala 1954, Brasil 1964, República Dominicana 1965, Chile 1973, Perú 1975, etc. Por eso, en muchos países latinoamericanos, la única vía que le quedó a los defensores de la justicia social, fue la vía de las armas y de las guerrillas.
Hugo Chávez, que con otros compañeros, participó en la rebelión militar del 4 de Febrero de 1992, fue el primer gran líder progresista —desde Salvador Allende— que apostó por la vía democrática y alcanzó el poder. Esto es algo fundamental. No se entiende quién es Chávez, si no se mide el carácter profundamente democrático de su opción progresista. Su voluntad de someter regularmente, periódicamente, al veredicto del pueblo cada uno de los avances de la Revolución Bolivariana. La apuesta de Chávez es el “socialismo democrático”. Esa voluntad suya y esa confianza en la inteligencia colectiva de los ciudadanos le condujeron a asociar al pueblo a todas las grandes decisiones de su gobierno. En eso y en su concepcion de la “unión cívico-militar” (la unión del pueblo y de la fuerza armada), Chávez revolucionó la revolucion latinoamericana. Y su ejemplo ha sido imitado. En América Latina, los gobiernos neoprogresistas están consolidando el Estado de bienestar. Ese mismo Estado de bienestar que está siendo destruido por los gobiernos neoliberales en Europa. Gracias a esas políticas redistributivas que la Revolucion Bolivariana fue la primera en impulsar, unos 50 millones de personas salieron de la pobreza en América Latina entre 1999 y 2013. Jamás se había visto semejante progreso.
Por eso Chávez nunca le tuvo miedo a la democracia. Al contrario, la consulta democrática, repetía, sólo puede consolidar unas políticas orientadas a darle al pueblo “la mayor suma de felicidad posible”. Y por eso tampoco es ninguna sorpresa que Chávez haya tenido tan amplio apoyo popular, y haya ganado casi todas las contiendas electorales.
Como un huracán, el verbo de Chávez y el ejemplo de las realizaciones de la Revolución Bolivariana despertaron toda América Latina. La incapacidad de la clase política tradicional para canalizar la revuelta de “los de abajo” abrió el camino a dirigentes nuevos, de origen sindical, militante social, militar o hasta guerrillero. Nunca se vio surgir una generación de líderes tan excepcionales como esta que reúne a Lula y Dilma en Brasil, a Evo Morales en Bolivia, a Rafael Correa en Ecuador, a Néstor Kirchner y Cristina Fernández en Argentina, a Tabaré Vázquez y Pepe Mujica en Uruguay... y tantos otros...
Esto puede molestar a algunos marxistas, quienes se aferran a aquello de que “no hay ni Dios, ni rey, ni tribuno”. Sin embargo, en circunstancias excepcionales, el papel del “líder carismático” salta a los ojos. Porque cataliza las voluntades de millones de ciudadanos que participan en los “procesos de cambio”. Cuba no habría resistido sesenta años a la agresión estadounidense sin Fidel Castro. Y, en Venezuela, está claro que la Revolución Bolivariana no sería lo que es sin Hugo Chávez. Esto lo admitió el propio Fidel Castro cuando declaró: «Hace mucho tiempo que albergo la más profunda convicción de que, cuando la crisis llega, los líderes surgen. Así surgió Bolívar, cuando la ocupación de España por Napoleón y la imposición de un rey extranjero crearon las condiciones propicias para la independencia de las colonias españolas en este hemisferio. Así surgió José Martí, cuando llegó la hora propicia para el estallido de la Revolución independentista en Cuba. Y así surgió Chávez, cuando la terrible situación social y humana en Venezuela y América Latina determinaba que el momento de luchar por la segunda y verdadera independencia había llegado».
Bajo el impulso de Chávez, en sus catorce años de presidencia (1999-2013), la Revolución Bolivariana consiguió, en el ámbito regional, logros formidables: creación de Petrocaribe, de Petrosur, del Banco del Sur, del ALBA, del Sucre (sistema único de compensación regional), de la Unasur, de la Celac, el ingreso de Caracas en el Mercosur... Y tantas otras políticas que hicieron de la Venezuela de Hugo Chávez un manantial de innovaciones para avanzar hacia la definitiva independencia de América Latina.
Aunque agresivas campañas de propaganda, pretenden que en la Venezuela bolivariana los medios de comunicación están controlados por el Estado, la realidad —verificable por cualquier testigo de buena fe— es que la mayoría de los medios son de propiedad privada. Igual que los principales diarios —El Universal y El Nacional—, sistemáticamente son críticos con el gobierno.
La gran fuerza de Chávez fue que su acción se dirigió ante todo a lo social (salud, alimentación, educación, vivienda), lo que más interesa a los venezolanos humildes (75% de la población). Refundó Venezuela, la descolonizó, le dio a millones de pobres, que ni tenían papeles, el estatuto de ciudadanos haciendo así visibles a los “invisibles”. Consagró más del 42% del presupuesto del Estado a las inversiones sociales. Disminuyó a la mitad la tasa de mortalidad infantil ; erradicó el analfabetismo; multiplicó por cinco el número de maestros en las escuelas públicas (de 65.000 a 350.000). En 2012, Venezuela fue el segundo país de la región con mayor número de estudiantes matriculados en educación superior (83%), detrás de Cuba pero delante de Argentina, Uruguay y Chile; y era el quinto a escala mundial superando a Estados Unidos, Japón, China, Reino Unido, Francia y España.
El gobierno bolivariano generalizó la sanidad y la educación gratuitas; multiplicó la construcción de viviendas; elevó el salario mínimo (el más alto de América Latina); concedió pensiones de jubilación a todos los trabajadores (incluso a los informales) y a los ancianos; mejoró las infraestructuras de los hospitales; ofreció a las familias modestas alimentos, mediante el sistema Mercal, más baratos que en los supermercados privados; limitó el latifundio a la vez que favoreció la producción del doble de toneladas de alimentos; formó técnicamente a millones de trabajadores; redujo las desigualdades; rebajó en más del triple la pobreza; disminuyó la deuda externa; acabó con la pesca de arrastre; impulsó el ecosocialismo... Todas estas acciones, llevadas a cabo de manera ininterrumpida, explican el apoyo popular del que siempre gozó Chávez.
He sido testigo, en diversas ocasiones, del increíble fervor que podía suscitar. He tenido la oportunidad de acompañarle, dando saltos por toda Venezuela, a grandes mítines de masas y a pequeñas fiestas bolivarianas, a reuniones de cuadros y a desfiles de ejércitos, a conferencias de prensa y a encuentros con estudiantes, con campesinos, con mujeres, con indígenas, con obreros... Con el pueblo de Venezuela en su diversidad.
Una vez, por ejemplo, me invitó a asistir a una operación sorpresa a orillas del lago de Maracaibo. El motivo era la toma de control por el Estado de unas cuarenta empresas de marinería, especializadas en servicios a las plataformas petroleras instaladas en el lago, y que utilizaban unos terminales a lo largo de toda la costa donde operaban trescientas grandes lanchas. Planificada con minuciosidad casi militar, la operación necesitaba el factor sorpresa para evitar que los propietarios sabotearan el material y hundieran las lanchas. Ocho mil trabajadores con contratos provisionales eran explotados por esas empresas; recibían salarios míseros y debían pagar incluso la comida, los medicamentos y hasta las reparaciones de algunas máquinas...
Chávez les anunció que, a partir de ese momento, la revolución recuperaba los terminales y las lanchas; ponía fin a su situación de atropello y que todos ellos pasaban a ser “trabajadores fijos” de la plantilla de PDVSA... El asombro de los operarios, sorprendidos por la súbita nacionalización, se tornó en entusiasmo. Y cuando el Presidente añadió que los 500 millones de dólares de beneficios que realizaban esas empresas se quedarían allí, convertidos en escuelas, viviendas para los trabajadores, clínicas, proyectos ecológicos, etc., y que esos recursos serían administrados por los trabajadores mismos en el marco del poder comunal... la explosión de júbilo fue inenarrable.
“¡Llegó la revolución! ¡Viva Chávez!” gritaban. «PDVSA, añadió el Presidente, les pagará a ustedes todo lo que se les debe». Algunos veteranos trabajadores, con el rostro marcado por largos años de esfuerzos, vertían lágrimas de emoción... Rodeado por un ruidoso enjambre de gente entusiasta, Chávez subió al remolcador Canaima. Se puso a hablar con el capitán, Simón, veinte años de experiencia surcando el lago. «Hasta el día de hoy, le dijo, esta lancha era de un capitalista; ahora es del pueblo, y la revolución te la confía».
Luego, bajo una carpa roja, se dirigió a los cientos de operarios allí reunidos, algunos con sus esposas e hijos: «Mi alma, les confesó, es el alma del pueblo. ¡Los que quieran patria, vengan conmigo! Cristo declaró: ‘A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César’, y yo os digo: ‘¡Al pueblo lo que es del pueblo!’. Paso a paso, vamos dándole vida a la transición al socialismo. Cada día el pueblo tendrá más poder. Cada día seremos más libres. Esto es un acto de independencia». Cuando terminó de hablar, los que le oían se pusieron a gritar: “¡Así! ¡Así! ¡Así es que se gobierna!”.
Una mujer se distinguía por la energía de sus vivas a la revolución. El Presidente lo notó, la invitó a tomar la palabra, le preguntó cómo se llamaba, si tenía familia... Ella salió del público, joven, vestida con buen gusto, se identificó: “Nancy Williams, 29 años, tengo un solo hijo, estoy casada pero si usted quiere me divorcio...” [Estallido de risa general].
En otra ocasión fui con Chávez a la inauguración de unas obras de modernización del Hospital “Dr. José María Vargas” en el estado Vargas. “Nuestro compromiso es humano, me comentó, no sólo político”. Circuló con sencillez por los pasillos del establecimiento conversando con los médicos, los enfermos y el personal sanitario. Preguntando, cuestionando, informándose de todo, el material, el tipo de cuidados, la tecnología, los tratamientos, las medicinas, las comidas...
Habló con un viejo veterano de 86 años de edad, antiguo soldado y luego estibador en el puerto vecino de La Guaira que no cobraba pensión alguna. Eso le escandalizó: «El Estado burgués y el capitalismo explotaron a este hombre durante años, y cuando ya no pudieron aprovechar más su fuerza de trabajo lo tiraron como un juguete usado». Le prometió reparación y comentó: «Nunca haremos lo suficiente para rendirle homenaje a los mártires de esta tierra. De esos mártires venimos nosotros. Éste es un pueblo de héroes».
Pasamos después a un patio lleno de personas de bata blanca sentadas en hileras de sillas. Habían instalado una gran carpa de lona blanca con pilares rojos. Chávez procedió a la distribución de llaves de apartamentos de una Residencia médica, atribuidos a médicos jóvenes. «Este año, explicó, la nueva promoción es de 638 médicos que acaban de terminar su carrera. Se van a incorporar a los dispensarios populares. Llegará el día en que los médicos cubanos irán regresando a su país y habrá que sustituirlos en los lugares lejanos de Venezuela y del mundo».
Ante un público entregado, felicitó al personal de salud: “Es lo mejor que tenemos”. Anunció un gran éxito: «Hace veinte años, la mortalidad infantil era de 20 por mil. Hoy es de 10 por mil». Aseguró que el proyecto de la Revolución Bolivariana era «garantizar a todos los venezolanos una calidad de salud integral». «Tiene que llegar el día —añadió— en que los Centros de salud privados sean irrelevantes».
Los presentes no cesaban de vitorearle. Una señora de mediana edad pidió la palabra: “Me llamo Inocencia Pérez, dijo con emoción. Lo bendigo y lo encomiendo a San Miguel Arcángel. El día que le dieron el golpe [11 de abril de 2002] fui desde aquí a Caracas a pie para defenderlo. Tanto andé que los pies me chorreaban sangre...”.
Testimonios como éste los hay a espuertas. Millones de personas humildes lo veneraban como a un santo. Chávez repetía con calma: «Me consumiré al servicio de los pobres». Y así lo hizo. Una vez, la escritora Alba de Cespedes le preguntó a Fidel Castro cómo podía haber hecho tanto por su pueblo: educación, salud, Reforma Agraria, etc. Y Fidel simplemente le contestó: “Con gran amor”. Chávez hubiese podido responder lo mismo.
Farruco Sesto, poeta y arquitecto, varias veces ministro venezolano de la Cultura, me contó lo siguiente: “Una tarde en Caracas, después de un acto, regresábamos en un vehículo rústico a Miraflores. El propio Chávez conducía, despacio, atento a los detalles. Íbamos con él tres o cuatro personas en el mismo carro. En una de las calles de El Silencio [un barrio del centro de Caracas] vio a un indigente en harapos, semi desnudo, durmiendo encima de un cartón, y, sin detenerse, preguntó en voz alta: ‘¿Y ese hombre?’ Alguien le contestó: ‘Es un enajenado’. Chávez respondió secamente: ‘¿Cómo lo sabes?’ Y de inmediato frenó el carro. Se bajó, ordenando a sus escoltas que le dejaran solo, y se aproximó al pordiosero. Se acuclilló, y empezó a hablarle, incluso a abrazarle... Lo levantó y entró en un diálogo largo que duró como un cuarto de hora. No sabíamos de qué hablaban. Era su naturaleza, su humanidad, ayudar a los necesitados... Y resultó que bajo el gran cartón que servía de cama, había otro indigente, también joven... También drogadicto, víctima del crack... Lo abrazó igualmente y siguieron hablando. Por las instrucciones que dio después a sus asistentes, supimos que los había convencido de que aceptasen su ayuda. Y así lo hicieron. Al día siguiente se sometían a una cura voluntaria de desintoxicación. ‘Creo que los hemos salvado’, comentó con sencillez Chávez”.
Cuando terminé el libro de conversaciones con Fidel, me pareció natural proponerle al Comandante venezolano hacer algo semejante con él para dar a conocer los aspectos ignorados de su personalidad. Chávez se había convertido en uno de los principales dirigentes latinoamericanos, motor de la corriente neoprogresista que se extendía por el subcontinente y que una nueva generación de líderes representaba. En un contexto muy diferente, Chávez aparecía como una suerte de “sucesor” del veterano Comandante cubano.
Le propuse que hiciéramos un libro de conversaciones sobre la parte menos conocida de su biografía: el “Chávez de antes de Chávez”. «¡Ah! Quiere que hablemos de mi primera vida, me dijo, porque yo he tenido varias vidas...». Sí, de eso se trataba, de responder a las preguntas que muchas personas se hacen: “¿Quién era Chávez antes de convertirse en una personalidad pública universalmente conocida? ¿Cómo fue su infancia? ¿En qué contexto se crió? ¿Qué clase de adolescente fue? ¿Cómo se formó? ¿Cuándo se inició a la política? ¿Cuáles fueron sus lecturas ? ¿Qué influencias recibió? ¿Qué suerte de militar fue? ¿Cuál era su visión geopolítica? ¿De qué corriente ideológica se reclamaba? ¿Qué estrategias le permitieron ganar las elecciones y llegar al poder en 1999?
Más allá de contestar a esas y a muchas otras preguntas a lo largo de unas doscientas horas de conversaciones con Hugo Chávez, este libro pretende también ser una obra de historia. Alejado de las polémicas contemporáneas, aborda una etapa terminada en 1999, que ya puede ser juzgada con cierta serenidad. Aunque es asimismo un libro de “historia íntima”, pues pretende acercarnos a la persona Hugo Rafael Chávez Frías. No sólo al político, sino al ser humano que fue, su temperamento, su carácter, su humanidad, su sensibilidad, su complejidad.
No abordamos aquí su enfermedad, el tumor canceroso en la zona pélvica, que se declaró en junio de 2011. Sencillamente porque ese accidente de salud le ocurrió cuando ya habíamos acabado las grabaciones y cuando yo, trabajando en el libro, llevaba largos meses sin verle. El 1° de julio de 2011, un día después de hacer pública su enfermedad, Chávez contó cómo le fue detectada. Ocurrió en La Habana, agotado por su inaudito ritmo de trabajo, el presidente venezolano le confió a su amigo Fidel Castro que sufría de dolores constantes y que los efectos de ese dolor se prolongaban en una de las piernas causándole constante malestar. El líder cubano tomó muy en serio la información. «Yo no encontraba cómo quitarme de encima los ojos de águila de Fidel —contó Hugo Chávez— “¿Qué te pasa? ¿Qué dolor es ése?” y empezó a preguntarme como un padre a un hijo (...) y empezó a llamar a médicos y [pidió] opiniones. Tomó el mando...». A raíz de eso, Chávez se sometió a dos operaciones de urgencia: una por un absceso pélvico y otra para extraer el tumor que, según él mismo describió, era «casi como una pelota de béisbol». Y todo pareció solucionarse. El 20 octubre de 2011, después de someterse a rigurosos análisis, Chávez declaró que se había podido «verificar científicamente que no hay células malignas activas en mi cuerpo; estoy libre de enfermedad».
En enero de 2012, le envié el borrador completo del manuscrito para que leyera y revisara sus respuestas, como lo habíamos convenido. Pero unas semanas después, sus problemas reaparecieron y él mismo anunció, el 22 de febrero de 2012, que nuevamente le habían «detectado una lesión de cerca de 2 centímetros de diámetro, visible en el mismo sitio donde fue extraído el tumor, que obliga a extraer esa lesión y eso obliga a una nueva intervención quirúrgica», la cual le fue practicada en La Habana el 27 de febrero de 2012. Obligado a sobrellevar varios ciclos de radioterapia, pasó entonces largas semanas en La Habana, manteniendo un contacto muy activo con sus seguidores vía Twitter. En abril de 2012, durante la Semana Santa, regresó a la ciudad de Barinas y, en una misa emitida en directo, delante de su familia, conmovió a los venezolanos con su emotiva plegaria: «Cristo, dame vida. Aunque sea vida llameante, vida dolorosa; no me importa. Dame tu corona, Cristo. Dámela que yo sangro. Dame tu cruz, cien cruces, que yo las llevo. Pero dame vida. No me lleves todavía. Dame tus espinas, dame tu sangre, que yo estoy dispuesto a llevarlas, pero con vida».
Diez meses más tarde, el 8 de diciembre de 2012, cuando ya había ganado con contundencia las elecciones presidenciales del 7 de octubre, Chávez reveló, en una dramática alocución al país, la nueva recidiva del cáncer, y anunció que se sometería, en Cuba, a una cuarta operación quirúrgica de la que corría el riesgo de no regresar para ejercer el poder. En ese discurso dirigido al pueblo venezolano, expresó su deseo de que el entonces vicepresidente Nicolás Maduro fuese designado como candidato del chavismo en una eventual convocatoria a elecciones para sustituirlo: «Si se presentara alguna circunstancia que me inhabilite para continuar al frente de la presidencia —declaró Hugo Chávez— Maduro debe concluir. Mi opinión firme, plena, como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que, en ese escenario, que obligaría a convocar, como manda la Constitución, de nuevo a elecciones presidenciales, ustedes elijan a Nicolás Maduro como Presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Yo se los pido de mi corazón».
Y añadió: «Maduro es un hombre de una gran capacidad para el trabajo, para conducir grupos, para manejar situaciones difíciles. Es uno de los líderes jóvenes de mayor capacidad para continuar —si es que yo no pudiera— con su mano firme, con su mirada, con su corazón de hombre del pueblo, con su don de gente, con su inteligencia, con el reconocimiento internacional que se ha ganado, con su liderazgo, al frente de la Presidencia de la República, y dirigiendo —subordinado siempre a los intereses del pueblo— los destinos de esta Patria».
La noticia de que Chávez, en condiciones tan dramáticas, tenía que someterse a una nueva operación, me sorprendió. Porque yo había tenido el privilegio de estar con él unos meses antes, con ocasión de la elección presidencial del 7 de octubre de 2012 y, aún más asiduamente en julio anterior, durante las dos primeras semanas de la campaña electoral. Y lo había visto en plena forma física.
Aquella era su decimocuarta cita con los ciudadanos venezolanos.35 La campaña oficial había arrancado el 1° de julio con dos singularidades notables con respecto a precedentes votaciones. Primero, Hugo Chávez estaba saliendo de trece meses de tratamiento contra el cáncer. Segundo, la principal oposición conservadora había decidido esa vez rechazar la dispersión, y reagruparse en el seno de una Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que, después de unas primarias, eligió como candidato a Henrique Capriles Radonski, un abogado de 40 años, gobernador del estado Miranda que apostaba por un debilitamiento físico del presidente Chávez.36
Pero se equivocó. Porque Chávez, en ese momento, pensaba haber vencido la enfermedad. De hecho, se había sometido a un chequeo completo en junio, para verificar si estaba en condiciones de abordar la agotadora campaña electoral, y los resultados habían sido concluyentes: no existía rastro de ninguna célula maligna en su organismo. Convencido de haber curado, Chávez se lanzó entonces a la batalla electoral con la energía de un centauro.
El 9 de julio de 2012, declaró públicamente: «Estoy totalmente libre de enfermedad; cada día me siento en mejores condiciones». Y, a los que apostaban por una “presencia virtual” del líder venezolano en la campaña, les volvió a sorprender anunciando su decisión de “retomar las calles” y empezar a recorrer los rincones de Venezuela para alcanzar su tercer mandato. Declaró: «Dijeron de mí: “Ése va a estar encerrado en Miraflores [el palacio presidencial] en una campaña virtual, por Twitter y vídeo”. Se burlaron de mí como les dio la gana. Pues aquí estoy de nuevo, retornando, con la fuerza indómita del huracán bolivariano. Ya extrañaba yo el olor de las multitudes y el rugir del pueblo en las calles».
Este rugir, pocas veces lo oí tan poderoso y tan fervoroso como en las avenidas de Barcelona (estado Anzoátegui) y de Barquisimeto (estado Lara) que acogieron a Chávez los días 12 y 14 de julio de 2012, respectivamente. Un océano de pueblo. Una torrentera escarlata de banderas, de símbolos y de camisas rojas. Un maremoto de gritos, de cantos y de pasiones.
A lo largo de kilómetros y kilómetros, en lo alto de un camión colorado que avanzaba hendiendo la multitud, Chávez saludó sin descanso a los centenares de miles de simpatizantes acudidos a verle en persona, por vez primera desde su enfermedad. Con lágrimas de emoción y besos de agradecimiento hacia un hombre y un gobierno que, respetando las libertades y la democracia, cumplieron con los humildes, pagaron la deuda social y se comprometieron a dar a todos, por fin, educación gratuita, empleo, seguridad social y vivienda.
Para despojar a la oposición de la mínima esperanza, Chávez, en los discursos electorales que pronunció sin dar muestras de fatiga, empezó diciendo: «Soy como el eterno retorno de Nietzsche, porque en realidad yo vengo de varias muertes... Que nadie se haga ilusiones, mientras Dios me dé vida estaré luchando por la justicia de los pobres pero, cuando yo me vaya físicamente, me quedaré con ustedes por estas calles y bajo este cielo. Porque yo ya no soy yo, me siento encarnado en el pueblo. Ya Chávez se hizo pueblo, y ahora somos millones. Chávez eres tú, mujer. Chávez eres tú, joven. Chávez eres tú, niño; eres tú, soldado; son ustedes, pescadores, agricultores, campesinos y comerciantes. Pase lo que me pase a mí, no podrán con Chávez, porque Chávez es ahora todo un pueblo invencible».
Me invitó a acompañarle en sus desplazamientos, conversé con él varias veces y pude constatar su buen estado de salud. Era el mismo de siempre, con su entusiasmo, su dinamismo, su buen humor, su gentileza. Hablamos del libro. Obviamente había leído y releído el manuscrito que le pareció «muy lindo, pero un poco largo ¿no?». Se lo había dado a leer también a Fidel Castro. Me contó: «¿Sabes lo que me dijo Fidel? Hablamos del libro, le dije que tú venías otra vez, y me dijo: “Chávez, no te pongas a hacer lo que yo hice, deja que Ramonet saque lo que él quiera; porque yo te conozco, tú no vas a tener tiempo de eso. Si te dan a ti esos borradores, tú vas a escribir otro libro; déjalo a él a su creatividad”. Fidel te respeta mucho; y dice que él se metió demasiado a corregir aquellas Cien horas con Fidel37… Así que voy a seguir su sabio consejo, porque de verdad me falta tiempo. Has hecho un trabajo de gran calidad, escribes muy lindo, pero yo soy tan quisquilloso que si me meto a corregir páginas, te voy a empezar a rayar... Y ya no tengo tiempo...». Lo sentí feliz de haber podido plasmar en este libro, para las nuevas generaciones, los testimonios de su “primera vida”.
Después de la cuarta y última cirugía, realizada en Cuba en diciembre de 2012, Chávez sufrió, durante el proceso postoperatorio, una infección pulmonar la cual luego se convirtió en una “insuficiencia respiratoria” que no logró superar. Es sabido que, como consecuencia del tratamiento, el líder bolivariano estuvo varias semanas respirando por una “cánula traqueal” que le dificultó el habla. Su regreso a Venezuela, el 18 de febrero de 2013 y su instalación en el Hospital Militar de Caracas, se interpretó como un signo de mejoría. Unos días antes, en efecto, Nicolás Maduro había asegurado: “El Comandante se encuentra en el mejor momento en que lo hayamos visto en todos estos días de lucha y batalla”.
Pero sus condiciones de salud siguieron complicándose. El 22 de febrero, Nicolás Maduro admitía: “Tiene el problema de la insuficiencia respiratoria que se está tratando con intensidad; sigue con el tema de la asistencia de una cánula para apoyarse en la respiración”. Y el 4 de marzo, Ernesto Villegas, ministro de Comunicación, informaba que la salud del mandatario venezolano se había degradado considerablemente: “Existe un empeoramiento de la función respiratoria. Presenta una nueva y severa infección. Al Presidente se le ha venido aplicando quimioterapia de fuerte impacto. El estado general continúa siendo muy delicado”.
Ya todo el mundo temía lo peor. Y apenas unas horas más tarde, el día 5 de marzo de 2013, Nicolás Maduro, profundamente emocionado, anunciaba al mundo la penosa noticia: “Ha fallecido el comandante presidente Hugo Chávez, luego de batallar duramente con una enfermedad durante casi dos años”. Se terminaba de ese modo, prematuramente, una de las trayectorias políticas más impactantes de nuestro tiempo.
Recordé aquel momento, ocurrido cinco años antes, cuando Hugo Chávez aceptó mi proposición de hacer este libro de conversaciones. A partir de aquel instante, con la seriedad que le caracterizaba, el líder bolivariano se comprometió a hallar espacios en su agenda demente, y a consagrar tiempo a nuestras entrevistas. Siempre cumplió. Mandó reunir documentos, libros, folletos, fotografías para documentar concretamente el relato de su primera vida.
Comenzadas en abril de 2008 en el corazón de los Llanos, en aquel pequeño hato que le servía a veces de refugio, nuestras sesiones de trabajo se habían prolongado durante tres años en diversos lugares de Venezuela, y en particular en sus modestos apartamentos privados del Palacio de Miraflores en Caracas.
Ahí, en una diminuta terraza, este Presidente afectivo, nostálgico y sentimental, había intentado reproducir la atmósfera visual, sonora e incluso olfática de la casa-huerto de su niñez en Sabaneta. Con plantas tropicales, loros silbadores, ruidosos gallos y gallinas, chinchorro llanero y hasta una cabaña de pilastras de madera, cubierta de hojas de palma...
Un rasgo de enternecedora fidelidad a su inolvidable infancia con su abuela Rosa Inés. Algo así como el Rosebud del ciudadano Chávez... Promotor del “Socialismo del siglo XXI” acertadamente, pero que nunca perdió la conciencia de sus raíces populares. Y jamás olvidó su “primera vida”.
IGNACIO RAMONET
Barinas, 15 de abril de 2008 –
París, 5 de marzo de 2013.
El 28 de julio de 1954 – El contexto histórico – Uslar Pietri – Surge el “tercer mundo” – La Guerra Fría – Dictadores en América Latina – Sabaneta – El Boconó – Los Llanos “tierra mágica” – Ser llanero – Anécdotas – El racismo antiindio – La abuela Rosa Inés – El abuelo negro – Cristo, “primer revolucionario”.
Presidente, usted nace el 28 de julio de 1954 en un contexto histórico en el que también está naciendo el “tercer mundo”, y comienza el ocaso del colonialismo. Quisiera evocar algunas fechas en torno a ese 28 de julio. Por ejemplo: un año antes, casi exactamente, el 26 de julio de 1953, se había producido el asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, por Fidel Castro. Y un mes antes, el 27 de junio de 1954, ocurre el golpe de Estado en Guatemala contra Jacobo Árbenz. Casi un mes después, el 15 de agosto de 1954, se establece la dictadura de Alfredo Stroessner en Paraguay. El 24 de agosto se produce un golpe de Estado en Brasil, y se suicida Getulio Vargas. Unos meses antes, el 7 de mayo de 1954, capitula el ejército francés en Dien Bien Phu, Indochina. Y unos días antes de que usted naciera, se termina esa guerra de Indochina con la victoria de un país hasta entonces colonizado: Vietnam. Por otra parte, unos meses más tarde, el 1° de noviembre de 1954, va a empezar la guerra de Argelia. Y estamos a un año de la célebre Conferencia de Bandung, que vio nacer los conceptos de “tercer mundo” y de “no alineados”.
Es decir, hay un contexto político e histórico muy marcado, en el que una era muere y otra nace. Y está naciendo usted. ¿Qué le inspira toda esta constelación de acontecimientos en torno a la fecha de su nacimiento?
En esas circunstancias vine yo al mundo, en efecto; en ese contexto histórico. La madrugada en que yo estaba naciendo, creo que Fidel Castro tenía un plan de fuga para evadirse de la cárcel Modelo en la isla de Pinos. Estaban pasando muchas cosas en el mundo. Nos hallábamos en la mera mitad del siglo XX. Y cuando usted cita todos esos hechos, está hablando de la historia. Y eso, por supuesto, deja huella. Nuestras vidas están marcadas y determinadas por las condiciones en las que nacemos. Las circunstancias en las que crecemos... Dice Marx: “Los hombres hacen la historia con las condiciones que la realidad les impone”. Yo me di cuenta de ello, a lo largo del camino, y leyendo a Marc Bloch...
Un gran historiador francés, resistente antifascista. Era judío y fue fusilado por los nazis en 1944. Un inmenso intelectual.
Le tengo gran admiración. Un librito de Marc Bloch —Apología para la historia o el oficio de historiador1— me ha acompañado durante mucho tiempo. Entre mi adolescencia y la madurez, en esa etapa que va sujetando la conciencia, al igual que Marc Bloch yo me preguntaba: ¿para qué sirve la historia? La historia puede comenzar como una curiosidad, y puede ser también una narración que seduce. Porque los acontecimientos humanos seducen. Y Bloch clasifica los hechos en “históricos” y “no históricos”. Buscando una definición más exacta de la historia y preguntándose para qué sirve, dice: “La historia es como el ogro de las leyendas; donde huele a carne humana, ahí está su presa”. Porque la historia tiene como fin el hombre, los seres humanos.
Por supuesto, uno viene al mundo inconsciente; uno nace como nace un becerro en estas sabanas, como nace un cristofué2 en las ramas de esos árboles. Sin conciencia. Pero luego, uno la va asumiendo, la va adquiriendo. O no. En mi caso, tomando como ancla la célebre frase de Fidel: “La historia me absolverá”, pensando en la historia y en la vida, cuando yo era niño, si hubiese tenido conciencia, hubiese podido decir: “La historia me absorberá”.
Se zambulló usted en la historia como Aquiles en el río Estigia o Sigfrido en la sangre del dragón…
Lo que pasa, es que sencillamente intuía eso: “La historia me absorberá”. Soy, como dice Bloch, carne humana. Fui arrastrado por el ogro de la historia y hecho pedazos por él. Los dientes de la historia, o —para no poner la historia como un ente agresivo, malévolo—, los brazos de la historia me envolvieron, el huracán de la historia me aspiró. Dice Bolívar: “Soy apenas una brizna de paja arrastrada por el viento de un huracán”. Yo estoy sumido en un huracán, o en un río invisible. En este aire del Llano, en esta brisa que mueve las matas, en este calor de esta sabana, percibo esa historia, la palpo, la siento. Porque en esa historia nací.
Afirma Arturo Uslar Pietri: “El venezolano está sediento de historia”. ¿Comparte usted la idea?
Sí, ya lo creo. Uslar3 fue —usted lo conoció—, un hombre de la clase alta. Pero un gran patriota. Autor precisamente de Las lanzas coloradas sobre la gesta de los llaneros, y de La isla de Robinson, una maravillosa novela sobre Simón Rodríguez.4
Un hombre muy recordado y respetado, el doctor Uslar Pietri, quien, en los años 1940, cuando gobernaba el general Isaías Medina Angarita,5 habló de la necesidad de “sembrar el petróleo”. Yo también lo conocí porque, primero, lo leí mucho, y luego, después de nuestra rebelión del 4 de Febrero de 1992, estando en prisión, comenzaron las especulaciones acerca de los “autores intelectuales” de aquel alzamiento, como si nosotros no pensáramos... Y trataron de implicar a Uslar en aquello. Lo cierto es que hizo unas declaraciones justificando, en el fondo, nuestra acción6... y le allanaron la casa. Entonces Uslar, por supuesto, se puso mucho más firme contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez7 y declaró: “Yo lo que dije fue que aquí iba a llover… y llovió”.
Dos años después, en 1994, salí de la cárcel, busqué contacto con él y me recibió en su casa del caraqueño barrio de La Florida, en su biblioteca. Hablamos un rato largo; ya había enviudado. Nunca se me olvida lo que me dijo cuando le pregunté por qué no seguía escribiendo una columna que mantuvo durante cincuenta años en el diario El Nacional y que había dejado de escribir... Me contestó: “Mire, Comandante, uno tiene que saberse ir antes de que lo echen”.
Tenía los ojos azules claros y una voz muy ronca, modulada, sobrecogedora; impresionaba el tono de su voz, la claridad, la forma de expresión; yo quedé muy impactado. También lo había visto en televisión, él tenía un programa semanal en Radio Caracas Televisión, “Valores Humanos”, excelente. Personalmente me deslumbró la inteligencia de aquel hombre que me recibió con mucho afecto. Recuerdo que me dijo: “Comandante, la vida es como una obra de teatro, unos actores están en el primer plano, otros en el fondo del escenario; unos escriben la obra, otros la dirigen; y otros son espectadores. Cuando a uno le toca ser actor sobre las tablas debe tener sumo cuidado en dos momentos especiales: el momento de entrar en escena, y el momento de salir de la escena”. Y añadió: “Yo lo vi a usted entrar con una boina roja y un fusil, ahora debe usted ver cómo sale...”.
Sabia reflexión.
¿Cómo era la frase que él le dijo?
“El venezolano está sediento de historia”.
Creo que Arturo Uslar Pietri llegó al alfa y al omega de Venezuela; hay una verdad gigantesca en esa frase. No está hablando del individuo sino del pueblo venezolano. Y precisamente esa sed de historia, en estos últimos años, el pueblo venezolano que andaba con amplia resequedad, ha conseguido en parte saciarla; ha conseguido una fuente, un manantial. La Revolución Bolivariana le ha devuelto la historia a los venezolanos. Estaban sedientos de patria, y los ha saciado.
Yo, hace tiempo que comencé a saciarme de historia. Buscando probablemente la clave de nuestro porvenir. ¿No dice acaso Heidegger8 “que no hay nada más lleno de futuro que el pasado”? De niño, como le comenté, si hubiera tenido conciencia hubiese podido decir, igual que Fidel: la historia me absolverá. Pero hoy digo: la historia me absorbió, me engulló, y yo también la absorbí porque también uno se va alimentando de ella ¿no? La historia y yo nos hemos absorbido mutuamente.
¿Cuándo toma usted conciencia de que la realidad que lo envuelve es producto de la historia?
¿Qué pasaba en ese momento del siglo cuando yo nací? Dentro de todo lo que usted apuntaba antes, yo no diría que vine al mundo cuando nacía el “tercer mundo”, porque el “tercer mundo” ya existía aunque no se le llamase así, y quizás estuviese surgiendo entonces la conciencia de que existía un “tercer mundo”. ¿No?
Sí, el concepto de “tercer mundo” se crea en ese momento. Lo propone un economista francés, Alfred Sauvy, en 1952. Igual que antes de la Revolución Francesa de 1789 había en Francia tres categorías sociales: una primera clase, la aristocracia; una segunda, el clero, la Iglesia; y una tercera, el pueblo común. Sobre ese modelo, Sauvy dice que, en la era de la “guerra fría”, hay un “primer mundo”, el capitalista; un “segundo mundo”, el comunista; y un “tercer mundo”, que no era ni capitalista ni comunista, un “mundo colonizado, explotado y despreciado”. Luego, en la Conferencia de Bandung, en 1955, cuando empezó a surgir políticamente esa conciencia, como dice usted, de los países en desarrollo, la prensa se refirió a ellos, colectivamente, llamándoles: el “tercer mundo”.
Quinientos años antes, nos habían llamado el “Nuevo Mundo”.
Es cierto.
Entonces no había ni primero, ni segundo, ni tercero, sino dos mundos nada más: el “viejo”, que era Europa; y el “nuevo”, el que “apareció” en 1492. El “Nuevo Mundo”... Luego surgió esa conciencia de un “tercer mundo”. Claro, cuando yo nazco estamos precisamente en la mitad del siglo, ya la Unión Soviética tenía casi cuarenta años de existencia. Y la China de Mao Zedong un lustro.
Eran tiempos de “guerra fría”.
Había surgido el campo comunista: la Unión Soviética y todos sus aliados. Teníamos un mundo bipolar, dominado por dos hegemonías: Estados Unidos y la Unión Soviética. Estábamos en el Ecuador del siglo XX. Hacía casi diez años que había terminado la Segunda Guerra Mundial y se producían todos esos conflictos que usted mencionaba, así como muchos otros poco recogidos en la historiografía, muchas luchas en África, en América Latina... Citaba usted también golpes de Estado; cayó asimismo Juan Domingo Perón9 por esos días en Argentina.
En efecto, en septiembre de 1955.
¿Quién derroca a Perón? Estados Unidos. Ya los norteamericanos habían bombardeado Guatemala cuando estaba yo naciendo, y estaban en plena guerra de invasión de ese país.
Fue justo un mes antes, el 27 de junio de 1954. Jacobo Árbenz10 tuvo que exiliarse...
Correcto. Invaden Guatemala, tumban a Perón, derrocan a Juan Bosch11 en República Dominicana, fomentan un golpe de Estado en Brasil12... Unos años antes, en octubre de 1948, en Perú, habían favorecido el golpe de Estado del general Manuel Odría.13 Y antes aún, el 9 de abril de 1948, habían asesinado a Jorge Eliécer Gaitán14 en Bogotá. Es decir, seis años antes de que yo naciera habían matado a Gaitán, aquí al lado, en Colombia. Eso provoca el “Bogotazo”, y comienza el conflicto que desde hace más de sesenta años sacude con una fuerza demoledora a Colombia y afecta a varios países de Suramérica. El asesinato de Gaitán y el “Bogotazo”, presenciados y vividos, por cierto, por nuestro amigo Fidel Castro15…
Estamos hablando de acontecimientos de mucha importancia en toda América Latina, en Guatemala, el Caribe, Perú, Colombia, Brasil, Argentina, Paraguay con la dictadura de Stroessner;16 y aquí, en Venezuela, en el año 1954, estamos en plena dictadura de Pérez Jiménez.17
Pero es que, cuatro años antes, en noviembre de 1950, en Venezuela también habían asesinado al coronel Carlos Delgado Chalbaud [1909-1950], un oficial progresista, que había estudiado en Francia. Era hijo del ex-jefe de la Armada Nacional y líder político Román Delgado Chalbaud [1882-1929] quien estuvo catorce años preso durante la larga dictadura de Juan Vicente Gómez18 [1908-1935]. Gómez por fin lo libera y Román se va a Europa a reunirse con su pequeño hijo, Carlos, que había sido enviado allá mientras su padre estaba encarcelado. Así que Carlos Delgado Chalbaud estudió en Francia. Allí se hizo ingeniero y se casó con una estudiante francesa [Lucía Devine], militante del Partido Comunista Francés. Retorna a Caracas después de la muerte del dictador Gómez, ocurrida en diciembre de 1935, y, aunque era ingeniero, ingresa en el Ejército. Un hombre de gran prestigio. Cuando los gringos derrocan al Presidente Rómulo Gallegos,19 autor de la genial novela Doña Bárbara, en noviembre de 1948...
¿Rómulo Gallegos era de esta región, de los Llanos?
No, Gallegos era caraqueño. Ahora, él escribe Doña Bárbara basándose en la historia, la geografía y las leyendas del Llano. Es interesante observar que Doña Bárbara es la novela venezolana por excelencia, sin duda por el gran talento del autor, pero también, indiscutiblemente, porque en el Llano está la esencia de la venezolanidad. En esta abierta sabana, en los vientos libres que la acarician, en esa naturaleza bravía y en sus indómitas gentes se halla el núcleo profundo de la identidad venezolana.
Eso sería lo que atrajo a Gallegos. Decía usted que a él lo derrocan...
Sí, a Rómulo Gallegos lo derrocan el 24 de noviembre de 1948. Yo conocí a un hombre que trabajó junto a él, colaborador suyo en el palacio presidencial; murió anciano hace poco. José Giacopini Zárraga se llamaba. Fue un testigo excepcional de muchos acontecimientos en Venezuela; siempre estuvo cerca del poder y de todos los gobiernos; historiador, investigador, experto petrolero...
Parece que Giacopini fue una de las fuentes orales más importantes de la historia contemporánea de Venezuela.
Sí. Yo le cogí mucho cariño. Era un echador de cuentos, conversador y narrador excepcional. Un día, nos contó que cuando derrocaron a Gallegos, los golpistas —Pérez Jiménez y su comando—, hicieron irrupción en el Palacio Blanco, situado en Caracas, enfrente del Palacio de Miraflores donde tenía su despacho el Presidente, y Giacopini iba y venía entre los dos edificios, cruzando la Avenida Urdaneta, negociando. Entonces Gallegos, que estaba enviando mensajes a todos lados, en un momento se pone de pie y le dice: “Dígales a esos traidores que ellos son Doña Bárbara, y yo soy Santos Luzardo.20 Y Santos Luzardo no negocia con Doña Bárbara”. A las dos horas lo metieron en un avión y lo mandaron a La Habana, desterrado. Hay un discurso de él, llegando a La Habana,21 donde afirma: “Estados Unidos me ha derrocado”. Era un hombre digno y un pensador progresista.
Me estaba usted hablando de Carlos Delgado Chalbaud.
Sí, porque luego, después de que tumban a Gallegos, en noviembre de 1948, aparece la figura prestigiosa de ese coronel Carlos Delgado Chalbaud. Por antigüedad y por méritos, era muy respetado. Había sido ministro de la Defensa en el Gobierno del propio Gallegos. Un hombre brillante. Asume la jefatura de la nueva Junta Militar de Gobierno y le empieza a dar un toque progresista, cosa que no estaba en los planes de Washington. Ya Venezuela era una importante potencia petrolera.22 Y entonces, en circunstancias extrañas, secuestran a Delgado Chalbaud, y lo asesinan en Caracas, el 13 de noviembre de 1953. Un magnicidio pues. Recuerde que, pocos meses antes, en otro país petrolero, Irán, ya habían derrocado a Mossadegh.23
En efecto. Es muy importante. Mossadegh, el Primer ministro iraní que Estados Unidos e Inglaterra derrocan en agosto de 1953.
Sí, porque nacionaliza la industria petrolera tumban a Mossadegh, un gran símbolo del antiimperialismo. Con enorme repercusión mundial. Unos meses más tarde, en febrero de 1954, en Egipto —donde dos años antes los Oficiales Libres se habían rebelado derrocando la monarquía del rey Faruk—, el coronel Nasser24 se convierte en Primer Ministro y poco después, a su vez, va a nacionalizar el Canal de Suez. Y Nasser también será agredido militarmente, en 1956, por una coalición constituida por el Reino Unido, Francia e Israel. O sea todos estos acontecimientos —que son actos de emancipación y de resistencia frente a las potencias neocolonialistas e imperialistas— se están produciendo.
Es la guerra fría. Empieza con el maccarthysmo en 1947 en Estados Unidos; luego se crea la OTAN en 1949; y se agrava después, a partir de 1950, con la guerra de Corea. En América Latina, la guerra fría se traduce por la toma del control político, a favor de Washington, de una serie de países, como usted lo está recordando: Brasil, Perú, Paraguay, Guatemala, Argentina, más o menos al mismo tiempo; Venezuela está ya bajo control con la dictadura de Pérez Jiménez; la República Dominicana con Trujillo; Nicaragua con Somoza, Cuba con Batista, etc. Mientras tanto, en otros lugares del mundo están ocurriendo acontecimientos más esperanzadores y, sobre todo, va a empezar la gran liberación de África. Es curioso notar, como ya dijimos, que ese mismo año de 1954, cuando nace usted, empieza la guerra de liberación de Argelia, probablemente el conflicto que más simboliza, en los años 1950 y 1960, el renacimiento y la emancipación de los pueblos colonizados.
En todo caso, con todos estos acontecimientos, se trata de un momento históricamente muy fuerte, muy denso, en la bisagra de dos épocas, cuando renace, sobre todo en África y Asia, la reivindicación de los pueblos para liberarse de más de un siglo de colonización. Por eso vuelvo a preguntarle: ¿cómo interpreta usted esa configuración histórica que preside a su nacimiento? ¿Ve usted en ello un anuncio de su destino político?
No, no.
¿No ve usted su llegada al mundo ese año 1954, tan político, tan cargado de historia, como un signo del destino?
No, no, para nada. Yo creo que hay unas condiciones históricas, objetivas. Como dice el filósofo Ortega y Gasset25: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Uno es parte de ese río rebelde que es la historia, los acontecimientos humanos. Llega a este mundo sencillamente por azar. Pero luego están las circunstancias... Carlos Marx, en uno de sus textos, escribe: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con las que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”.26 Uno de los azares más azarosos, por decirlo así, es el nacimiento de un ser humano. Yo nací por azar. Se unieron el negro Hugo Chávez, de 19 años, que era un muchacho maestro en unos montes, que se la pasaba a caballo o en burro, y la muy jovencita Elena Frías, de 17 años. Y nazco ese año 1954, después de haber nacido mi hermano Adán el 11 de abril de 1953.
Usted nace quince meses después de su hermano, el 28 de julio de 1954, bajo el signo Leo (el León) en el horóscopo occidental, como Simón Bolívar, que nació un 24 de julio, y como Fidel Castro, nacido un 13 de agosto; y bajo el signo del Caballo según la tradición china. Dos signos fuertes para los que creen en la astrología...
No es mi caso. Yo vengo al mundo ese invierno,27 una noche muy lluviosa, cuenta mi madre. “De la medianoche hacia el día”, como se dice en el Llano. Nací en Sabaneta, un pueblo del estado Barinas, en casa de mi abuela Rosa Inés, situada en una calle que hoy se llama Avenida Antonio María Bayón. En tiempos de lluvias era una laguna esa calle. Mi madre recuerda que, al filo de la medianoche del día 27, ya los dolores eran inaguantables. Tenía ella entonces unos 20 años. Llegó la partera. No había luz eléctrica permanente en aquel pueblo. Mucha agua, mucha lluvia, y nazco el miércoles 28 de julio “a las dos de la madrugada”, dice la partida de nacimiento. Pero, según mi madre, pudo haber sido un poquito más tarde... No había luna, no había gallo; era una noche oscura, y como describe el poeta Alberto Arvelo28 al comienzo de su largo poema Florentino y el Diablo: “Noche de fiero chubasco / por la enlutada llanura”.
Lindo.
Así nací, una “noche de fiero chubasco por la enlutada llanura y de encendidas chipolas que el rancho del peón alumbran”. La chipola es como una lamparita de aceite que prenden los llaneros. Nací por un azar, aquella noche de fiero chubasco.
En estos llanos que nos rodean.
Sí. Nosotros estamos “en el ancho terraplén”. Le propuse que viniéramos aquí, a conversar en mi “ancho terraplén”. En este mapa completo de Venezuela [señala en el mapa] vemos, hacia el oeste, la Cordillera Andina; el “ancho terraplén” es todo esto: los Llanos.
Se siente la poderosa presencia de la naturaleza.
Sí, aquí vibra una naturaleza muy presente y muy diversa que, en términos ecológicos, aún no ha sido demasiado afectada por impactos nocivos. Y la ambición de la revolución es proteger y preservar su excepcional biodiversidad. En estos llanos surcados por una infinidad de ríos, todavía viven decenas de especies salvajes que queremos conservar: ocelotes, pumas, jaguares, nutrias gigantes, chigüires, serpientes anacondas, caimanes, tortugas terecay... Aves de gran belleza como el caricare sabanero, el gavilán colorado, el pato silbón o el bello turpial que es el ave nacional venezolana. Plantas y árboles magníficos que crean el típico paisaje llanero, como el caoba, el samán, el cedro, el chaparro, la ceiba y el araguaney (árbol nacional de Venezuela)... Esta incomparable naturaleza, tan variada, tan auténtica y a veces tan cruel, los hombres han tenido que domarla y vencerla; y esa lucha ha marcado mucho la personalidad y la cultura del llanero.
¿Qué es ser llanero? ¿Se siente usted llanero?
Hay varios estudios sobre ese tema: los llaneros. Ser llanero es ser como la sabana... Grande, inmenso de objetivos, de metas. Decía Gallegos: “El llanero está siempre como en el centro de un círculo que se mueve”. Tú te mueves, miras en derredor y hay otro círculo; y tú siempre estás en el centro de un inmenso círculo... Es un país, no sólo de fauna y flora excepcionales, sino también de jinetes, de caballería, de ganadería, de historia y de guerras.
¿Muchas guerras?
Infinitas guerras. El que quiera conseguir los caminos quizás más vivientes de la historia venezolana, de la política y de la guerra, aquí están.29 Es asimismo una tierra de leyendas. El Llano es una magia... Claro, yo me siento venezolano en toda la plenitud; pero, en otro nivel espiritual, me siento llanero. Paradójicamente, descubrí la esencia del ser llanero cuando tenía ya más de treinta años. No fue en la niñez, ni en la adolescencia, sino siendo ya oficial del ejército. Lo llanero brotó en mí cuando me tocó mandar un escuadrón de caballería llano adentro. Buscando la solución al enigma de un bisabuelo mío, “Maisanta”,30 fui asumiendo el ser llanero.
Una cultura también.
Sí, claro. Ser llanero es también una cultura: la música, el arpa, la poesía, la copla… Una forma de aproximarse a la existencia, al trabajo, a la naturaleza, al amor, a la grandeza del viaje… Es un país de Quijotes, porque la sabana se parece —en mucho más inmenso— a La Mancha castellana... Rómulo Gallegos, en Doña Bárbara, escribe una frase extraordinaria: “Llanura venezolana, propicia para el esfuerzo como lo fue para la hazaña, tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena ama, sufre y espera...”. Hoy podemos agregar que esta “raza buena” no sólo espera sino que lucha, avanza y construye, junto con toda Venezuela, un camino hacia un futuro mejor.
El Llano es “tierra mágica”, dice usted. ¿Por sus leyendas y supersticiones...?
Claro, la mayoría sabemos que son apenas supersticiones y que eso no existe. Me cuesta imaginar que algún llanero, a estas alturas, crea que sale “El Silbón”31 o cualquier fantasma errante, o el Tuerto Bramador,32 o el Jinete sin cabeza,33 o el caimán Patrullero34...
Pero usted mismo ha mencionado en algunos de sus discursos que vio en una ocasión a ese “caimán Patrullero”…
Y cierto es que me tropecé una vez, estando en Elorza, entre 1985 y 1988, con un caimán tan gigantesco que parecía surgido de una leyenda.
¿Cómo fue?
Siendo capitán, navegaba yo una vez con otros compañeros por el río Arauca, entre Puerto Infante y Elorza, en la frontera con Colombia. Era una noche bien negra e íbamos río abajo. Llegamos a un lugar que le llaman la laguna Encantada del Término, donde hay bancos de tierra y medanales, unos montones de arena casi a flor de agua en zonas poco profundas. Allí, de pronto, nuestra lancha chocó con algo que pensamos que era una isla… Y era un caimán enorme, como el legendario Patrullero… Casi naufragamos… Aquel caimán medía unos 40 metros de largo… Nadie quiere creerme cuando lo cuento. Era tan enorme que parecía una verdadera isla, hasta le había crecido una palmera en el lomo…
Insólito. Así que algunas leyendas del llano se basan quizás en realidades…
Sin duda, pero en una época se llegó a creer en “La Sayona”,35 en las ánimas del Purgatorio, en espíritus errantes… Quedan por ahí esas creencias… Pero pienso que hay otra cosa... Toda esta sabana es también —como diría Rafael Alberti36— “una estepa grande donde guerrear”, y ha sido testigo de heroicas luchas, de quinientos años de epopeyas, de miles de odiseas y de ilíadas... Se queda corto Homero y sus cantos, en comparación con los relatos épicos de la sabana y las innumerables leyendas de estos Llanos. Relatos basados en hechos reales, transformados por la mitología y convertidos en leyendas. Estas tierras pertenecieron, originalmente, a tribus llaneras, gente muy aguerrida. Recuerde que en Venezuela hubo múltiples insurrecciones contra el poder colonial37 y, ya en nuestras guerras de independencia, cuando en el Centro [Caracas] la República se perdió una, dos y tres veces; en estas sabanas, en cambio, los españoles nunca pudieron dominar...
¿No era Boves38 llanero?
José Boves era español, asturiano; se vino a Venezuela y vivió aquí, en el Llano, desde muy joven; se hizo llanero en efecto, y los llaneros lo seguían...
Contra Bolívar ¿no?
No era exactamente contra Bolívar. Boves utilizó como bandera el odio racial, condujo lo que pudiéramos llamar una guerra de clases muy maniquea, la guerra de los pobres contra los ricos, contra los blancos. Todo blanco era enemigo, todo rico era enemigo.
Parece que Bolívar, al principio, no le dio importancia a la cuestión de la discriminación racial, al tema de la esclavitud de los negros.
Bolívar era un ilustrado, defensor de la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano” promulgada por la Revolución Francesa, que no establece discriminación de ningún tipo entre los seres humanos. La prueba es que, en 1815, Bolívar busca refugio en Haití, entonces “Estado paria” marginalizado por las grandes potencias por haberse independizado de Francia y haber hecho la primera revolución negra del mundo. Allí recibe la ayuda del Presidente Alexandre Petión, a quien promete la abolición de la esclavitud en Venezuela. Hay varios decretos de él que lo confirman sin ninguna clase de dudas. El Libertador siempre tuvo una actitud de total igualdad con la población afrodescendiente. A ese respecto, hay una anécdota grandiosa, y totalmente cierta. Ocurrió en Lima, en diciembre de 1824, después de la victoria de Ayacucho. Se organizó una gran fiesta y, en aquella sociedad clasista peruana, ninguna dama aceptaba bailar con un general negro, José Laurencio Silva, uno de los más grandes oficiales venezolanos, curtido en cien batallas. Bolívar se percató de ello, ordenó parar la orquesta y en medio de un silencio impresionante, se acercó al oficial y le dijo: “General Silva, ¿bailamos?” Y los dos bailaron un largo rato... Así era Bolívar. Aunque quizás, al principio, no hiciera hincapié en ese tema. Y Boves se aprovechó de ello
Los llaneros de Boves eran más bien de color ¿no?
Sí, pardos, indios, mestizos, negros, zambos, mulatos, antiguos esclavos... Los pobres, pues. Era como una lucha de clases y de razas. Boves entregó a los llaneros las tierras que arrebataba a los criollos [blancos] patriotas. Pero luego, al morir Boves, esos mismos llaneros fieros, bajo la dirección de José Antonio Páez [1790-1873], se unen a Bolívar, y su aporte es decisivo para la victoria. Unos guerreros excepcionales. Hay otra anécdota sobre Pablo Morillo, el general español que enfrentó Bolívar. No sé si usted la conoce.
¿Cuál?
Cuando el rey Fernando VII, después de la derrota de los Bonaparte, recupera el trono de España en 1814, decide rescatar las colonias suramericanas que estaban en rebeldía, y organiza una gran Armada con más de setenta buques de guerra, incluyendo un navío de línea, el San Pedro de Alcántara, de sesenta y cuatro cañones, y pone al frente de esa expedición de 15.000 hombres a uno de los generales que más se había destacado en la guerra contra Napoleón: Pablo Morillo.39
Lo pertrechó con caballería fresca, artillería pesada, fusilería bien equipada, unidades de élite, batallones aguerridos como el “Barbastro”, el “Burgos”, el “Hostalrich”, el “Valencey”, los húsares que eran la flor y nata de la caballería... En 1815, ese llamado “Ejército Pacificador de Suramérica” llegó a las costas de Venezuela... Y pasaron los años 1815, 1816, 1817, 1818, 1819 y 1820; seis años guerreando. Y el temible Pablo Morillo fue finalmente derrotado por Páez y sus centauros llaneros en esta sabana. Después de la batalla de Mucurita [1817] y sobre todo de la de Las Queseras del Medio [1819] en la que es derrotado, Morillo le escribe al rey: “Catorce cargas consecutivas de caballería sobre mis cansados batallones me convencieron de que esos hombres están dispuestos a ser libres...”. Vencido, Morillo regresó a España. En sus Memorias, cuenta que Fernando VII lo mandó llamar a palacio y le dijo: “A usted lo derrotaron unos salvajes...”. Morillo respondió: “No son ningunos salvajes, Majestad. Si usted me da un Páez y cien mil llaneros de Apure le pongo Europa a sus pies”.
Indómitos guerreros que no le temen a nada ni a nadie. Una inmensa sed de libertad y de igualdad hay aquí, una rebeldía histórica que ahora se ha desatado otra vez en favor de la Revolución Bolivariana. Ser llanero es eso. Andar por la infinita sabana como Florentino, luchando contra demonios. Estar siempre dispuesto a asumir lo más grande de estas tierras.
Es como un océano de tierra...
Sí, un océano… Dice Gallegos: “La llanura es bella y terrible a la vez, en ella caben hermosa vida y muerte atroz...”. Ser llanero además, es ser poeta. Todo llanero tiene mucho de poeta, algunos lo desarrollan, otros lo llevan en el alma, lo manifiestan en forma de canciones, o en estilo de vida.
En el mapa se ve esa inmensidad de los Llanos.
Pues sí, todo esto [lo muestra en un mapa] es el Llano: Barinas, Apure, Portuguesa, que está hacia el norte; Cojedes, Guárico más acá; y por aquí el “terraplén” se extiende hasta el río Orinoco. Ahí están los Llanos de Colombia, que es el mismo terraplén.
Esos Llanos colombianos eran antes territorio venezolano, según dicen.
Sólo una parte. Nosotros nos hallamos muy cerca de Santa Inés; aquí está la capital del estado de Barinas. Y aquí: Sabaneta, donde yo nací.
¿Pasa un río por Sabaneta?
Sí, al este del pueblo: el río Boconó, bastante largo y boscoso, lleno de leyendas de canoeros y pescadores. Sabaneta se encuentra en la margen derecha. Hay un embalse, luego el Boconó baja lentamente bordeando el pueblo, se une con el Guanare y, juntos, desembocan en el río Apure; y mediante éste, van a entregar sus aguas al inmenso padre-río Orinoco para llegar finalmente al infinito océano.
¿El Boconó conduce al Orinoco?
Sí. El Boconó viene bajando de los Andes, se acuesta sobre la sabana en el piedemonte, se rinde al Llano y coge cauce llanero. Luego, se une con otro río, pierde el nombre y se va ramificando. Aquí [muestra en el mapa] ya es Guanare Viejo, después Guanare y Guanarito. Y al final, todos vierten en el río Apure, y de ahí al grandioso Orinoco.
¿Por qué se funda en ese lugar Sabaneta ?
El pueblo fue fundado en una gran sabana del piedemonte, en una orilla del Boconó, muy cerca de un vado que permite la comunicación entre los Llanos Altos y Bajos. Ésa es la principal razón de su fundación. Los españoles edificaron el pueblo a escasa distancia del vado que se halla en una importante ruta hacia el Apure y hacia Colombia.
Un camino estratégico que se llamaba la “ruta Baronesa” o algo así. ¿No?
El Paso Baronero. Sí, es el vado del río Boconó; ese camino real pasa por Sabaneta. Es el “camino viejo”; hoy es la carretera que conduce a Ciudad de Nutrias y a Puerto de Nutrias. En el estado Apure y en San Fernando son llanos muy bajos; toda esta zona está regada por una inmensa cantidad de ríos...
Debe inundarse con frecuencia.
Es como una olla, se anega buena parte del año. En época de lluvias es muy difícil llegar a esta zona; hay que entrarle por el norte. De forma tal que la geografía fue conformando este pueblo, Sabaneta, como paso obligado para la economía, el comercio. Por aquí pasaron comerciantes, en aquellas viejas carretas... Yo incluso recuerdo a un carretero, Natalio Menoni, que poseía carretas de mulas y circulaba por todas las sabanas, vendía toda clase de suministros, de baratijas...
Bueno y también pasaron los ejércitos que iban hacia Barinas. Allí había un gran abastecimiento militar, el parque de occidente, con depósitos de pólvora, de armas, de municiones; y también era una región muy próspera, con mucho ganado, tabaco, café, cacao… En tiempos coloniales, el tabaco de aquí era considerado como “el mejor de las Indias”.40 En cuanto al cacao y al café de Barinas eran famosísimos en el mundo; el café de esta zona se hizo célebre en toda Europa. Decían: el café “Varinás” con V de Venezuela, que era el nombre de las tribus indígenas de estas tierras... Es decir: Barinas fue una gran provincia, se sublevó contra España, cosa que recuerda una de las ocho estrellas de nuestra bandera nacional. Por todo eso, el vado de Sabaneta era la apertura obligatoria en el camino real que conduce de Guanare hacia Nueva Granada [Colombia] a través de los Andes. Era un acceso vital, estratégico.
Y ahí precisamente nace usted.
¿En qué circunstancias? Es como una semilla. Lanzas una semilla en un pedregal o en un arenal, y las probabilidades de que retoñe son escasas. En cambio, pareciera que nací en terreno abonado para que retoñara algo. No un hombre nada más, sino un tiempo histórico; y para que participara en él. Sin embargo, no creo en predestinaciones, que era la pregunta que me hacía usted; no creo que el curso de una vida esté trazado cuando alguien nace, por un signo de los astros...
Usted viene al mundo en el seno de una familia modesta. De la que no se puede decir que tuviera grandes medios económicos.
No, casi no teníamos recursos económicos. Éramos una familia muy pobre.
¿Qué hacían sus padres?
Éramos “pata en el suelo de los pata en el suelo”.41 Por supuesto, como toda familia, con su propia trayectoria. Mi padre, negro, era hijo de una mujer más india que otra cosa...
¿Cuando usted dice “negro”, se refiere al color de la piel?
Negro, sí; el color de la piel de mi padre.
¿Su padre es afrodescendiente?
Sí, hijo de una mujer, como le digo, más india que otra cosa, desde el punto de vista étnico. Muy indígena, mi abuela Rosa Inés.
¿En el Llano, hay comunidades indígenas?
Sí, muchas. Bueno... ya no muchas, desafortunadamente.
Pero, ¿hay indígenas?
Hay pueblos originarios —Yaruros, Guahibos, Guamos, Cuivas...—, hacia el Sur, hacia el Apure, hacia los ríos más remotos. Allá se fueron replegando, acosados por la llamada “civilización”, que no fue sino una barbarie…
¿Usted se refiere a la época de la Conquista, o a tiempos más recientes?
La Conquista ya sabemos que fue un monstruoso genocidio, pero me estoy refiriendo a tiempos más recientes, mucho más recientes. Los indios fueron atropellados toda la vida. Mire, a mediados de los años 1970, era yo oficial, y un cura me contó cómo, cerca de la frontera con Colombia, los terratenientes salían a matar indios, como se matan venados. Para aterrorizarlos y expulsarlos de sus tierras. Los masacraban, los macheteaban y luego quemaban sus cadáveres.
¿Hace apenas unos decenios?
Sí. Yo mismo, por la zona de Apure, fui testigo de una escena que no se me olvida. La he contado muchas veces. Estábamos patrullando, buscando a un grupo de indios porque una señora los había acusado de haberle robado unos cochinos. Llevábamos con nosotros a un baqueano, un conocedor de atajos, buen rastreador y también —lo descubrí entonces— ¡experto en cacerías de indios…! Localizamos al grupo; nos recibió con una lluvia de flechas. Una me pasó rozando la cabeza. Afortunadamente, ninguno de los soldados resultó herido. Di orden de no disparar. Los indios se dispersaron y huyeron. En ese instante, en la espesura, escuché los alaridos de una india. Nos acercamos a la orilla de un torrente que iba muy crecido. Y ahí veo, en medio del agua, hundiéndose en el caño, a una mujer que cargaba a un bebé. Estaba aterrorizada; nos miraba con unos ojos que lanzaban llamaradas de miedo y echaban relámpagos de odio. Porque llevábamos uniformes. Y porque muchos gobiernos usaron a los soldados para defender los intereses de los latifundistas y diezmar a los indios. No se me olvidan aquellos ojos.
Avanzaba la mujer penosamente, nadando, hundiéndose. Yo estaba pensando en cómo sacarla de allí. Y entonces, ¿sabe lo que me dijo el baqueano?: “Capitán, ¡dispárele!” Me quedé sorprendido: “¿Cómo?” Volvió a insistir: “¡Dispárele capitán! No son gente; son como animales. ¡Mátelos!” Se me espeluca el cuerpo todavía… Y no era mala persona aquel baqueano, no era un monstruo, yo lo conocía bien. Expresaba el sentimiento racista antiindio que allí imperaba.
¿Sigue habiendo racismo contra los indígenas?
Mucho menos, porque lo estamos combatiendo muy duro. Pero aún hay gente, personas humildes, campesinos, pueblo pobre, hasta buenos cristianos, que dicen: “Por ahí pasaron diez indios, y andaban con ellos dos racionales”. Usan esa expresión. ¡Como si los indios no fueran racionales! La exclusión de nuestros hermanos indígenas sigue existiendo en algunas zonas de la sociedad rural venezolana. Hay que seguir combatiéndola sin tregua.
¿Su abuela Rosa Inés era indígena?
Mi abuela Rosa Inés, que me crió a mí y a mi hermano Adán, contaba que su propia abuela era una auténtica india de la sabana... De sus ancestros, ella conservó una relación especial con la naturaleza y hasta con la meteorología. De pronto, me decía: “Huguito, recójame la ropa que va a llover”. Yo veía el sol brillante y me extrañaba: “Abuela, que no va a llover. Hace un sol magnífico”. Ella insistía: “Huele a ‘viento de agua’.” Y al rato, llovía. A veces era lo contrario, yo veía el cielo totalmente negro de nubarrones y le anunciaba: “Abuela voy a recoger la ropa que va a llover”. Y ella, tranquila: “No mijito, no va a llover”. Y no llovía. Mi abuela decía que su propia abuela había venido de más allá del Apure, de cerca de Barranco Yopal y que era de etnia Yarura. Así que yo tengo la dignidad y el orgullo de ser indio de raíz. De raíz y de conciencia.
Pero su apellido, Chávez, que le viene de su abuela Rosa Inés, no es un apellido indígena.
No, es español;42 porque aquí ha habido mucha mezcla; y también había la costumbre, en la época de la Colonia, de darle a los esclavos negros el apellido de su amo, del dueño del hato [hacienda]; en cuanto a los indígenas eran bautizados, en general, con el nombre y apellido del cura que los bautizaba, o del padrino, casi siempre el cacique español local. Al parecer, a los indígenas los bautizaban con un solo apellido y un solo nombre.
¿Ella recordaba que su abuela era indígena pura?
Sí, lo recordaba bien; sus ancestros eran indios auténticos. Yo no conocí a la mamá de ella, la hermosa negra Inés Chávez, ella misma hija de negro e indígena, murió joven. La esperanza de vida aquí, antes, era de unos 50 años; a esa edad una persona era ya muy anciana, le quedaba poco de vida, según las estadísticas. Mi padre es hijo de esa abuela mía, Rosa Inés, y de un negro, al que yo vine a descubrir después. No lo conocí; murió siendo mi padre un niño. Era un hombre que vivía a caballo, aficionado a los juegos de gallos, coplero y coleador de toros43...
¿Coleador de toros?
Sí, un jinete.
Un llanero puro.
Puro llanero de Guanarito. Pasando por la isla del Boconó, uno sigue esos caminos y llega a Guanarito. Mi abuela nos hablaba a menudo de Guanarito... Claro, después entendí por qué hablaba con tanto cariño de Guanarito. Me decía: “Cánteme ‘Guanarito’ ”. Me gustaba cantar. Y a ella le encantaba esa canción [canta]: “Guanarito, tierra linda / tierra de copla y de amor, / con sus playas de pescar, / cuando miro tus sabanas / tu aroma y tu palpitar / las muchachas que me llaman / mientras las garzas se bañan / a orilla del manantial”.
“Siga, cante”, me decía mi abuela. Y yo cantaba: “Va el bonguero solitario”... ¿Sabe usted lo que es un bonguero?
Un músico que toca el bongo, me imagino.
¡No! [se ríe] El bongo, en el Llano, es la canoa que va por el río. Doña Bárbara comienza así: “Un bongo remonta el Arauca”. La copla dice: “Va el bonguero solitario / con la luna y el corrío / y en sus noches va pensando / y llora por el pueblo mío”. De Guanarito era mi abuelo negro el coleador, José Rafael Saavedra se llamaba. Yo vine a conocer esa historia investigando, porque de eso no se hablaba.
Su abuela Rosa Inés no le hablaba de su abuelo negro.
¡Nada! Absolutamente nada.
¿Porque era negro, piensa usted?
No. Seguramente fue una relación corta, no duró mucho. Él se fue, e hizo familia allá en Guanarito.
¡Ah! Abandonó a su abuela.
Ella fue una madre soltera pues, que ejerció de padre y de madre. Más nunca volvió aquel señor Saavedra que murió a los pocos años. Está enterrado en Guanarito. Todo eso lo averigüé mucho más tarde. Mi padre nunca lo conoció...
O sea, su padre lleva, de primer apellido, el de su madre.
Sí, el de mi abuela, Chávez; ella se llamaba Rosa Inés Chávez.
¿Ése era el “secreto de la familia”? Se dice que en todas las familias hay un secreto, algo que no se cuenta.44
Sí, nunca se hablaba de ello, ni uno se atrevía a preguntar. Yo casi no conocí abuelos varones, me crié entre madre y abuela. Entre las fuerzas de la pasión de la mujer a la que yo, desde niño, aprendí a respetar y a querer. Cómo la mujer carga su cruz. En vez de Cristo, debería de haber sido Crista más bien.
Hubiese sido otro mundo.
Crista, porque el machismo es terrible en este mundo.
Hasta a Dios se le representa como hombre.
Eso nos dicen: Dios es varón, Cristo es varón.
Cristo es como asexuado ¿no?
Bueno, algunas corrientes del cristianismo no lo ven así. Yo creo que Cristo fue, ante todo, un hombre.
¿Un ser humano de carne y hueso, quiere usted decir?
Sí, un ser humano pero hombre; con los sentimientos y pasiones de un hombre. María Magdalena pudo haber sido su esposa.
Usted afirma también que Cristo fue el “primer revolucionario”.
Es un hombre pero efectivamente rebelde. Un luchador por los pobres, enfrentó al poder político establecido: el Imperio. Fue un contestatario y por eso murió crucificado. Nació en Belén, y se fue por los senderos de Galilea a pregonar la justicia social, la igualdad, y a encarar al Imperio Romano que avasallaba aquella tierra y a su pueblo hebreo, lo que le valió morir vejado y humillado, y crucificado.
Algunos le reprochan no haber sido más político.
Jesús era un verdadero pensador socialista, un consecuente luchador socialista. En un artículo reciente,45 recordé lo que leí en una vieja Enciclopedia que me acompaña desde mis días de teniente. Decía lo siguiente [Lee]: “En tiempo de gran tirantez interna y externa, a la vista de la creciente miseria de los pobres y la máxima concentración de la riqueza en pocas manos, aparecieron los grandes profetas y exhortaron a la reversión de aquellas condiciones. En el año 765 antes de Cristo, apareció el más antiguo y acaso el más grande de aquellos profetas, Amós, y lanzó, en nombre de Jehová, su maldición contra los ricos: ‘Quiero enviar un fuego que aniquilará los palacios de Jerusalén… Porque vendieron al justo por dinero y al pobre por un par de zapatos”.46
En esa misma Enciclopedia, más adelante se puede leer: “Idénticos tonos hallamos en Oseas y, sobre todo, en Isaías: ‘¡Ay de aquellos que añaden una casa a otra y un campo a otro, hasta que deja de haber espacio y ellos solos poseen la región!”. 47
Luego llegó Jesús y condenó a los ricos en su Sermón de la Montaña [Lee]: “Sed bienaventurados vosotros, los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Sed bienaventurados vosotros, los hambrientos, porque seréis hartos. Sed bienaventurados vosotros, los que lloráis, porque reiréis… Pero, por contra, ¡Ay de vosotros! los ricos, porque tenéis lejos vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros! los que estáis hartos, porque pasaréis hambre. ¡Ay de vosotros! los que aquí reís, porque lloraréis y aullaréis”. 48
Es un rebelde, Cristo. Un revolucionario, en fin. A eso vino al mundo, a luchar con los pobres y por los pobres. Contra los que atropellaron a los pueblos a lo largo de los siglos. Vino a dar su sangre por los pobres de Judea y por los pobres de toda la Tierra. Yo aprendí a conocer a Cristo desde niño. Porque a uno lo va configurando el tiempo. Todo eso que usted mencionaba, esos hechos históricos que acontecieron en 1954, de alguna manera lo impactan a uno, directa o indirectamente, más temprano que tarde.