El suplente
Más tarde Sam Peebles llegó a la conclusión de que la culpa había sido del maldito acróbata. Si el acróbata no se hubiera emborrachado en el momento menos apropiado, Sam nunca se habría encontrado metido en ese lío.
No es bastante malo —se dijo con una amargura tal vez justificada— que la vida sea una estrecha viga suspendida sobre un abismo sin fondo, una viga sobre la que hay que caminar con los ojos vendados. Es malo, pero no lo bastante. A veces, además nos empujan.
Pero eso fue después. Primero, antes incluso que el asunto del Policía de la Biblioteca, sucedió lo del acróbata borracho.
En Junction City, el último viernes de cada mes se celebraba la Noche del Orador, en el Rotary Club local. El último viernes de marzo de 1990, los rotarios habían sido convocados a escuchar a El Increíble Joe, un acróbata que trabajaba en el Circo y Carnaval Itinerante de Curry & Trembo, y a ser entretenidos por él.
El jueves por la tarde, a las cuatro y cinco, sonó el teléfono del escritorio de Sam Peebles en la Compañía de seguros y bienes raíces de Junction City. Lo cogió Sam. Siempre era Sam quien lo cogía —Sam en persona o Sam en el contestador—, porque era el dueño y único empleado de la Compañía de seguros y bienes raíces de Junction City. No era un hombre rico, pero sí razonablemente feliz. Le gustaba decir a la gente que su primer Mercedes estaba todavía muy lejos, en el futuro, pero tenía un Ford casi nuevo y era el dueño de la casa donde vivía, en la avenida Kelton. «Además, el negocio me permite proveerme de cerveza y croquets», le gustaba añadir, aunque en realidad no había bebido demasiada cerveza desde la época del instituto y no sabía exactamente qué eran los croquets. Suponía que tal vez fuesen galletitas saladas.
—Compañía de seguros y bienes raíces de Junction City…
—Sam, soy Craig. El acróbata se ha roto el cuello.
—¿Qué?
—Ya me has oído —respondió Craig Jones en tono de
profundo agravio—. ¡El acróbata se rompió el maldito cuello!
—¡Oh, diablos! —exclamó Sam. Hizo una pausa y preguntó cautelosamente—: ¿Ha muerto, Craig?
—No, pero en lo que a nosotros respecta es como si hubiera muerto. Está ingresado en el hospital de Cedar Rapids con el cuello embutido dentro de unos diez kilos de escayola. Acaba de llamarme Billy Bright. Dice que esta tarde el individuo apareció borracho como una cuba en la función matinal, trató de dar una voltereta hacia atrás y aterrizó fuera de la pista central, sobre la nuca. Dice Billy que el ruido se oyó hasta en las graderías, donde estaba sentado él, y que sonó como cuando te metes en un charco que acaba de congelarse.
—¡Uf! —exclamó Sam, dando un respingo.
—No me sorprende. Al fin y al cabo, eso de El Increíble
Joe ¿qué clase de nombre es para un artista de circo? Quiero
decir que si se llamara El Increíble Randix, vale. O El Increíble Tortellini, ese tampoco estaría mal. Pero ¿El Increíble Joe?
A mí me parece la consecuencia lógica de un caso de lesión
cerebral.
—¡Jesús! ¡Qué desastre!
—Una verdadera cagada, eso es lo que es. Nos deja sin
orador para mañana por la noche, compañero.
Sam empezó a desear haber dejado la oficina a las cuatro en punto. Entonces, Craig se habría encontrado con Sam contestador automático, y eso habría concedido a Sam ser humano un poco más de tiempo para pensar. Sentía que pronto necesitaría tiempo para pensar. Sentía también que Craig Jones no iba a concedérselo.
—Sí, supongo que es verdad —dijo, esperando sonar filosófico, aunque indefenso—. ¡Qué barbaridad!
—Desde luego —respondió Craig, y entonces lanzó la bomba—. Pero sé que te sentirás honrado de reemplazarlo.
—¿Yo? Craig, ¡debes de estar bromeando! Ni siquiera puedo dar una voltereta normal, así que mucho menos una para atrás.
—Pensé que podías hablar de la importancia de los pequeños negocios independientes en la vida de una ciudad pequeña —insistió Craig despiadadamente—. Si no te va bien, siempre queda el recurso del béisbol. Y en último extremo, podrías bajarte los pantalones y menear la colita delante del público. Sam, no soy solo el presidente del Comité de Oradores, aunque eso ya sería bastante grave. El problema es que desde que Kenny se mudó y Carl dejó de venir, soy el Comité de Oradores. Tienes que ayudarme. Necesito un orador para mañana por la noche. En todo el maldito club hay unos cinco tipos en los que siento que puedo confiar y tú eres uno de ellos.
—Pero…
—También eres el único que todavía no ha ayudado en una situación como esta, así que eres el elegido, compañero.
—Frank Stephens…
—… reemplazó el año pasado al tipo del sindicato de
transportistas, cuando el gran jurado lo condenó por fraude y
no pudo venir. Sam, es tu turno. No puedes dejarme plantado,
hombre. Me lo debes.
—¡Yo llevo un negocio de seguros! —exclamó Sam—. ¡Y cuando no estoy haciendo seguros, vendo granjas! ¡Sobre todo a los bancos! ¡Eso es aburrido para la mayor parte de la gente! ¡Los que no lo encuentran aburrido, lo encuentran repelente!
—Nada de eso tiene la menor importancia —replicó Craig, que ahora entraba a matar, pisando las débiles objeciones de Sam con pesadas botas claveteadas—. Después de cenar estarán borrachos y tú lo sabes perfectamente. El sábado por la mañana no recordarán ni una palabra de lo que dijiste, pero mientras tanto necesito a alguien que se ponga en pie y hable durante media hora, y tú has resultado elegido.
Sam continuó presentando objeciones un rato más, pero Craig seguía apoyándose en imperativos, subrayándolos sin piedad: necesito, tengo que, debes…
—¡Está bien! —cedió Sam finalmente—. ¡Está bien, está bien, ya basta!
—¡Eres mi hombre! —exclamó Craig. De pronto, el sol y el arco iris habían inundado su voz—. Recuerda, no debe durar más de treinta minutos, y quizá otros diez para responder preguntas, si es que alguien hace alguna. Y, si quieres, puedes mover la colita. Dudo que alguien pueda verla, pero…
—Craig, ya basta —dijo Sam.
—¡Ah, lo siento, pif paf puf! —se disculpó Craig, tal vez
mareado de alivio.
—Oye, ¿por qué no interrumpimos esta conversación? —propuso Sam, estirando el brazo en busca de la bolsa de caramelos Tums que guardaba en el cajón del escritorio. De pronto tuvo la sensación de que necesitaría bastantes caramelos durante las veintiocho horas siguientes o así—. Parece ser que tengo que escribir un discurso.
—Exacto —dijo Craig—. Recuerda: cena a las seis, discurso a las siete y media. Y, como solían decir en Intriga en Hawai, no faltes. ¡Aloha!
—Aloha, Craig —contestó Sam, y cortó.
Miró el teléfono. Sintió que un gas caliente ascendía por su pecho hasta la garganta. Abrió la boca y dejó escapar un eructo agrio, producto de un estómago que hasta hacía cinco minutos había estado razonablemente sereno.
Después, engulló el primero de los muchos caramelos que se comería.
En lugar de ir esa noche a la bolera, como había proyectado, Sam Peebles se encerró en el estudio de su casa con un bloc de hojas amarillas, tres lápices afilados, un paquete de Kent y seis cervezas Jolt. Desconectó el teléfono, encendió un cigarrillo y miró el bloc. Al cabo de cinco minutos de contemplación, escribió en la línea superior de la primera hoja: el comercio en las ciudades pequeñas: el nervio de norteamérica.
Lo leyó en voz alta y le gustó cómo sonaba. Bueno, quizá no se trataba exactamente de que le gustara, pero podía vivir con ello. Lo leyó en voz más alta aún y le gustó más. Un poco más. En realidad, no era tan bueno; de hecho, probablemente no fuera mejor que los títulos grandes e impresionantes, pero dejaba a la altura del betún a «Comunismo: apercibimiento o amenaza». Y Craig tenía razón: el sábado por la mañana, la mayor parte de ellos tendrían demasiada resaca para recordar lo que habían oído el viernes por la noche.
Algo más estimulado, Sam empezó a escribir.
«Cuando en 1984 me mudé de la progresista metrópoli de
Ames a Junction City…»
«… Y por eso ahora siento, como en aquella brillante mañana de septiembre de 1984, que la pequeña empresa no es solo el nervio de Estados Unidos, sino el nervio alegre y chispeante de todo el mundo occidental.»
Sam se detuvo, apagó el cigarrillo en el cenicero del escritorio de su despacho y miró esperanzado a Naomi Higgins.
—Bueno, ¿qué te parece?
Naomi era una bonita joven de Proverbia, una ciudad situada seis kilómetros al oeste de Junction City. Vivía junto al río Proverbia, en una casa destartalada, en compañía de su destartalada madre. La mayoría de los rotarios conocía a Naomi, y de vez en cuando habían hecho apuestas entre ellos sobre quién se derrumbaría primero, si la casa o la madre. Sam no sabía si alguien había aceptado las apuestas, pero si así era, su resolución seguía pendiente.
Naomi se había graduado en el Instituto Empresarial de la ciudad de Iowa y era capaz de reconstruir frases coherentes a partir de sus notas taquigráficas. Como era la única mujer de la localidad que dominaba esa habilidad, estaba muy solicitada entre la limitada población empresarial de Junction City. También tenía unas piernas extremadamente bonitas, cosa que no disminuía su eficiencia. Trabajaba por las mañanas los cinco días de la semana, para cuatro hombres y una mujer: dos abogados, un banquero y dos agentes de bienes raíces. Por las tardes regresaba a la casa destartalada y, cuando no estaba cuidando de su destartalada madre, pasaba a máquina lo que había cogido al dictado.
Sam Peebles contrataba los servicios de Naomi todos los viernes, desde las diez de la mañana hasta el mediodía. Esa mañana había dejado su correspondencia —aunque había algunas cartas que requerían respuesta urgente— y le había preguntado a Naomi si quería escuchar algo.
—Claro, supongo que sí —había contestado la joven.
Parecía un poco preocupada, como si pensara que Sam —con quien había salido durante una breve temporada— podía proponerle matrimonio. Cuando él le explicó que Craig Jones lo había reclutado para reemplazar al acróbata herido y que quería que escuchara su discurso, se tranquilizó y lo oyó todo —los veintiséis minutos que duraba— con halagadora atención.
—No tengas miedo de ser honesta —agregó, antes de que Naomi pudiera abrir la boca.
—Es bueno —dijo ella—. Bastante interesante.
—No tienes que preocuparte por mis sentimientos. Dejemos todo eso.
—Pero si lo digo en serio. Está realmente bien. Además, cuando empieces a hablar todos estarán…
—Sí, lo sé, todos estarán cargados.
Al comienzo, esta perspectiva había consolado a Sam, pero ahora se sentía un tanto decepcionado. Escuchándose al leer, había pensado que su discurso era bastante bueno.
—Hay una cosa —dijo Naomi pensativa.
—¿Sí?
—Resulta un poco…, ya sabes…, seco.
—¡Ah! —Sam suspiró y se frotó los ojos. Se había quedado levantado hasta la una de la mañana, primero escribiendo y
después corrigiendo.
—Pero eso es fácil de arreglar —le aseguró ella—. Ve a la Biblioteca y coge un par de libros.
Sam sintió un súbito dolor punzante en la parte baja del vientre y cogió su bolsa de caramelos. ¿Investigación para un estúpido discurso del Rotary Club? ¿Investigación bibliotecaria? Aquello era algo exagerado, ¿no? Nunca había estado en la Biblioteca de Junction City y no veía razón alguna para ir ahora. Sin embargo, Naomi había escuchado con atención, Naomi estaba tratando de ayudarlo y sería una grosería no escuchar al menos lo que tenía que decir.
—¿Qué libros?
—Ya sabes, libros de esos con material para animar los discursos. Son como… —Nao mi buscó un ejemplo—. Bueno, ¿sabes la salsa picante que te dan en los restaurantes chinos si la pides?
—Sí…
—Pues como eso. Tienen chistes. Además, hay un libro
que se llama Los poemas más populares del pueblo norteamericano. Tal vez ahí encuentres algo para terminar. Algo estimulante.
—¿En ese libro hay poemas sobre la importancia de la pequeña empresa en la vida norteamericana? —preguntó Sam, dudoso.
—Cuando recitas poesía, la gente se siente estimulada —respondió Naomi—. A nadie le importa de qué hablan, Sam, y menos para qué son.
—¿Y de verdad tienen libros con chistes especiales para discursos?
A Sam, aquello le resultaba casi increíble, aunque si le hubieran dicho que en la Biblioteca había libros tan esotéricos como un manual sobre la reparación de pequeños motores o peinado de pelucas, no se habría sorprendido en lo más mínimo.
—Sí.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Cuando Phil Brakeman se presentó como gobernador
del estado, solía mecanografiar sus discursos —dijo Naomi—.
Él tenía uno de esos libros. No consigo recordar cómo se llamaba. Lo que me viene a la cabeza es Chistes de lavabo, pero
naturalmente eso no es lo más adecuado.
—No —aceptó Sam, pensando que algunos fragmentos bien elegidos de Chistes de lavabo probablemente convertirían su discurso en un gran éxito.
Sin embargo, empezó a ver lo que quería decir Naomi, y la idea le atraía a pesar de su escasa disposición a visitar la Biblioteca local después de tantos años de alegre descuido. Un poco de pimienta para el viejo discurso. Recicle los restos, transforme la carne sobrante en una obra maestra. Y, al fin y al cabo, una biblioteca era solo una biblioteca. Si uno no sabía cómo encontrar lo que buscaba, lo único que tenía que hacer era preguntar al bibliotecario. Una de sus tareas era responder a las preguntas que se le hacían, ¿no?
—De todos modos, podrías dejarlo tal como está —dijo Naomi—. Quiero decir que estarán borrachos. —Miró a Sam amablemente, pero con seriedad, y consultó su reloj—. Te queda más de una hora…, ¿querías hacer algunas cartas?
—No, creo que no. ¿Por qué no pasas a máquina mi discurso?
Ya había decidido pasar en la Biblioteca la hora del almuerzo.
DOS
La Biblioteca (I)
Desde que vivía en Junction City, Sam había pasado frente a la Biblioteca cientos de veces, pero esta era la primera que la miraba de verdad, y al hacerlo descubrió una cosa sorprendente: a primera vista odiaba el lugar.
La Biblioteca Pública de Junction City estaba en la esquina de la calle State y la avenida Miller, y era una caja cuadrada de granito con ventanas tan estrechas que parecían troneras. Un tejado de pizarra sobresalía por los cuatro lados del edificio, y cuando uno se aproximaba desde el frente, la combinación de las ventanas estrechas y la línea de sombra creada por el tejado hacía que el edificio pareciera la cara ceñuda de un robot de piedra. Era un estilo bastante común en la arquitectura de Iowa, lo bastante común para que Sam Peebles, que hacía casi veinte años que vendía propiedades, le hubiera puesto un nombre: Fealdad del Medio Oeste. Durante la primavera, el verano y el otoño, el aspecto imponente del edificio quedaba suavizado por los arces que lo rodeaban formando una especie de bosquecillo, pero ahora, al final de un duro invierno de Iowa, los arces estaban desnudos y la Biblioteca parecía una cripta gigantesca.
No le gustaba. No sabía por qué, pero le producía una sensación de intranquilidad. Al fin y al cabo, era solo una biblioteca, no las mazmorras de la Inquisición. De todos modos, mientras atravesaba el sendero de piedra, otro eructo ácido le subió por el pecho. En aquel eructo había un matiz curiosamente dulce que le recordaba algo…, tal vez algo de hacía mucho tiempo. Se metió un caramelo en la boca, empezó a mascarlo y tomó una repentina decisión. Su discurso, tal como estaba, era suficientemente bueno. No excelente, pero sí lo bastante bueno. En definitiva, iba a hablar ante el Rotary Club local, no ante las Naciones Unidas. Ya era hora de dejar de jugar. Regresaría a la oficina y despacharía parte de la correspondencia que había descuidado aquella mañana.
Empezó a dar media vuelta, y entonces pensó: Esto es una tontería, una solemne tontería. ¿Quieres comportarte como un tonto? Vale. Pero si aceptaste hacer el maldito discurso, ¿por qué no hacerlo bien?
Se detuvo a la entrada de la Biblioteca, indeciso y con el entrecejo fruncido. Le gustaba hacer chistes sobre el Rotary. También a Craig. Y a Frank Stephens. La mayoría de los jóvenes empresarios de Junction City se reían de las reuniones. Pero rara vez se perdían una, y Sam supuso que sabía la razón: era un lugar donde podían entablarse relaciones, un lugar donde un tipo como él podía conocer a los empresarios no tan jóvenes de Junction City. Tipos como Elmer Baskin, cuyo banco había ayudado dos años antes a poner a flote un centro comercial en Beaverton. Tipos como George Candy, de quien se decía que con una llamada telefónica podía conseguir una inversión de tres millones de dólares…, si decidía hacerla.
Era gente de ciudad pequeña: hinchas de béisbol universitario, tipos que iban a cortarse el pelo a Jimmy’s y usaban calzones y camisetas para dormir, en lugar de pijama, tipos que todavía bebían la cerveza en la botella y no se sentían cómodos