Después de treinta años largos en el negocio de los libros raros, Toby Parfitt se había dado cuenta de que los únicos momentos en que lo embargaba la emoción era cuando metía delicadamente las manos en una de las cajas recién llegadas de la zona de carga.
La sala de admisión y catalogación de la casa de subastas Pierce & Whyte estaba en un sótano, totalmente aislada del tráfico ensordecedor de Kensington High Street, en Londres. A Toby le complacía el silencio de aquel antiguo y confortable taller, con sus mesas de roble pulidas, los flexos regulables y los taburetes acolchados. No se oía más que el agradable crujido de las tiras de papel de embalar que él sacaba a puñados y tiraba a la papelera, hasta que, de forma desconcertante, una respiración asmática acompañada de un resuello ahogado lo interrumpieron.
Al alzar la mirada, vio el rostro salpicado de manchas de Peter Nieve. Lo saludó de mala gana con un leve movimiento de cabeza. Por desgracia, el placer del descubrimiento se había ido al garete. Toby no podía decirle al joven que se largara, ¿o sí?
—Me han dicho que ha llegado el lote de Cantwell Hall —dijo Nieve.
—Así es. Acabo de abrir la primera caja.
—Espero que hayan llegado las catorce.
—¿Por qué no las cuentas para cerciorarte?
—Eso mismo voy a hacer, Toby.
La informalidad lo sacaba de quicio. «Toby.» Nada de «señor Parfitt». Ni de «señor». Ni siquiera «Alistair». Toby, el nombre que empleaban sus amigos. No cabía duda de que los tiempos habían cambiado —a peor—, pero él no tenía fuerzas suficientes para luchar contra la corriente. Si un empleado que llevaba menos de dos años allí se sentía con derecho a llamar «Toby» al director del Departamento de Libros Antiguos, él lo soportaría estoicamente. Costaba encontrar a personas preparadas, y el joven Nieve, que se había licenciado en un sólido segundo lugar de su promoción por la facultad de Historia del Arte de Manchester, era lo mejor que se podía conseguir por veinte mil libras en los tiempos que corrían. Al menos el joven se ponía todos los días una camisa limpia y una corbata para ir al trabajo, aunque llevaba unos cuellos demasiado generosos para su esmirriado pescuezo, con lo que parecía que su cabeza estuviera unida a su torso con un palo.
Toby apretó la mandíbula mientras lo oía contar en voz alta, de forma pausada e infantil, hasta catorce.
—Están todas.
—Cuánto me alegro.
—Martin dijo que la mercancía te iba a gustar.
Toby ya casi nunca realizaba visitas a domicilio. Eso se lo dejaba a Martin Stein, el subdirector de su departamento. Lo cierto era que odiaba el campo y no salía de la ciudad a menos que lo llevaran a rastras, pataleando y gritando. En ocasiones, algún cliente poseía auténticas joyas y Pierce & Whyte intentaba engatusarlo para arrebatárselo a Christie’s o a Sotheby’s. «Descuida —le había dicho Toby a su director ejecutivo para tranquilizarlo—, si me llega el rumor de que por ahí, en provincias, alguien tiene un segundo infolio de Shakespeare o un buen ejemplar de Brontë o de Walter Raleigh, me abalanzaré sobre él a la velocidad de la luz, aunque esté en Shropshire.» Por lo que le habían dado a entender, el tesoro de Cantwell contenía piezas entre aceptables y mediocres, pero Stein le había asegurado que quedaría encantado con la variedad del material.
Lord Cantwell era uno de sus clientes típicos; un anacronismo andante que luchaba por conservar su ruinosa residencia de campo vendiendo periódicamente algunos muebles, cuadros, libros y cuberterías para mantener a raya al fisco y evitar que su fortuna se esfumase. El viejo mandaba sus piezas más valiosas a una de las casas de subastas principales, pero la reputación de Pierce & Whyte en el terreno de los libros, los mapas y los autógrafos suponía una ventaja para hacerse con esa tajada del pastel de Cantwell.
Toby se llevó la mano al bolsillo interior de su americana entallada Chester Barrie y extrajo unos guantes blancos de algodón fino. Décadas atrás, su jefe lo había enviado a su sastre de Savile Row y, desde entonces, Toby vestía los trajes de los mejores materiales que se podía permitir. El atuendo era importante, y el cuidado personal también. Siempre llevaba el hirsuto bigote pulcramente arreglado, y sus visitas al barbero todos los martes a la hora del almuerzo mantenían el corte de su cabello entrecano perfecto.
Se puso los guantes con ademán de cirujano y se inclinó sobre el primer volumen que tenía a la vista.
—Bien. Veamos qué tenemos aquí.
Los lomos de la fila superior conformaban una serie. Toby sacó el primer libro.
—¡Ah! Los seis volúmenes de la Historia de la conquista normanda de Inglaterra de Freeman, escrita entre 1877 y 1879, si mal no recuerdo. —Levantó la tapa encuadernada en tela y abrió el libro por la portada—. ¡Fantástico! Primera edición. ¿Y el resto de la obra?
—Todos son primeras ediciones, Toby.
—Bien, bien. Deberían tener un precio de salida entre seiscientas y ochocientas libras. No es raro que los volúmenes sean de ediciones distintas, ¿sabes?
Colocó los seis libros con cuidado uno al lado del otro y valoró su estado antes de devolverlos a la caja.
—Aquí hay algo un poco más antiguo. —Era una vieja Vulgata, publicada en Amberes en 1653, encuadernada en una suntuosa y gastada piel de becerro, con nervios dorados en el lomo—. Bonita pieza —murmuró con arrobo—. Calculo que ofrecerán entre cincuenta y doscientas por ella.
Se mostró menos entusiasta respecto a los siguientes volúmenes, ediciones más recientes y algo maltrechas de Ruskin y Fielding; en cambio se emocionó bastante con el Diario de un viaje por una parte de la cordillera nevada de las montañas Himalaya y a las fuentes de los ríos Yamuna y Ganges, de Fraser, del año 1820, una primera edición inmaculada.
—¡Hacía años que no veía uno de estos en tan buen estado! ¡Qué maravilla! Valdrá tres mil, como mínimo. Esto me levanta la moral. Dime, ¿por casualidad no figura algún incunable en la colección? —Por la expresión de perplejidad del joven, Toby supo que le estaba pidiendo peras al olmo—. Incunables. Libros impresos en Europa antes de 1501. ¿Te suena?
El joven, visiblemente afectado por la irritabilidad de Toby, se sonrojó avergonzado.
—Ah, ya. Lo siento. No hay ningún incunable. Sí que había algo que parecía antiguo, pero estaba escrito a mano. —Apuntó con el dedo al interior de la caja, servicial—. Ahí está. A su nieta no le hacía demasiada gracia deshacerse de él.
—¿La nieta de quién?
—De lord Cantwell. Tenía un cuerpazo…
—No tenemos por costumbre hacer comentarios sobre los cuerpos de nuestros clientes —lo reprendió Toby con severidad mientras extendía el brazo hacia el grueso lomo del libro.
Era sorprendentemente pesado; tuvo que utilizar las dos manos para sacarlo con cuidado y depositarlo sobre la mesa.
Incluso antes de abrirlo, notó que se le aceleraba el pulso y que se le secaba la boca. Algo en ese libro grande y compacto ponía en alerta sus instintos. La encuadernación era de piel de becerro vieja, suave y moteada, del color del cacao con leche. Despedía un ligero olor afrutado a moho viejo y humedad. Sus dimensiones eran colosales: cuarenta y cinco centímetros de largo, treinta de ancho y por lo menos doce centímetros de grosor; un par de millares de páginas, sin duda. En cuanto al peso, Toby se imaginó levantando un paquete de azúcar de dos kilos. El volumen pesaba mucho más. No tenía marcas más que en el lomo, unos números grandes grabados a mano en la piel con incisiones profundas: «1527».
Toby se sorprendió, con cierto distanciamiento, al ver que, cuando se dispuso a levantar la tapa, la mano derecha le tembló. El lomo se había reblandecido con el uso, pero no crujió. Había una guarda de color crema, sencilla, sin adornos, encolada a la piel. El volumen no tenía ni frontispicio ni portada. La primera página, de color mantequilla y de tacto áspero e irregular, estaba repleta de garabatos escritos con pluma y tinta negra y dispuestos en apretados renglones, en filas y columnas sin ninguna introducción. Por lo menos había cien nombres y fechas. Toby absorbió gran cantidad de información visual antes de pasar la página. Y luego otra. Y otra. Abrió directamente el libro por la mitad. Echó un vistazo a varias páginas del final; luego a la última. Intentó realizar un cálculo mental rápido, pero como no había paginación, no podía ser muy preciso: en todo el libro figuraban más de cien mil nombres.
—Asombroso —susurró.
—Martin no ha sabido descifrarlo. Cree que es una especie de censo. Ha dicho que a lo mejor tú tendrías alguna idea.
—Tengo montones de ideas. Por desgracia, son incompatibles. Fíjate en las hojas. —Cogió una y la separó de las demás—. Esto no es papel, ¿sabes? Es vitela, un material de mucha calidad. No estoy seguro, pero creo que es papel vitela uterino, la crème de la crème. Solía hacerse con piel de ternero nonato: la ponían en remojo, la trataban con cal, eliminaban el pelo y la estiraban. Lo normal era emplearla para los mejores manuscritos iluminados, no para un maldito censo de población.
Iba pasando las páginas, haciendo comentarios y apuntando aquí y allá con el dedo índice enguantado.
—Es una crónica de nacimientos y muertes. Mira esta entrada: «Nicholas Amcotts, trece uno mil quinientos veintisiete Natus». Al parecer está diciendo que un tal Nicholas Amcotts nació el 13 de enero de 1527. Simple y claro. Pero fíjate en la siguiente entrada. La misma fecha, Mors, es de una muerte, pero aquí aparecen caracteres chinos. Y en la siguiente, otra muerte, Kaetherlin Banwartz, sin duda un nombre germánico, y luego este otro de aquí. Si no me equivoco, es árabe.
En menos de un minuto, había encontrado nombres griegos, portugueses, italianos, franceses, españoles e ingleses, así como múltiples palabras desconocidas escritas en caracteres cirílicos, hebreos, griegos y chinos. Había idiomas que Toby no acertaba a identificar. Farfulló algo sobre dialectos africanos. Juntó las puntas de los dedos enfundados en los guantes mientras pensaba.
—¿Qué ciudad tendría en 1527 una población tan diversa, por no decir tan densa? ¿Y qué hay de la vitela y de esta encuadernación más bien primitiva? Me da la impresión de que esto es bastante anterior al siglo XVI. Decididamente tiene un cariz medieval.
—Pero está fechado en 1527.
—Sí, bueno. Ya he tomado nota de ello. Aun así, es la impresión que tengo, y suelo hacer caso a mi intuición. Tú también deberías. Creo que tendremos que pedir la opinión de los colegas académicos.
—¿Cuánto vale?
—No tengo la menor idea. Sea lo que sea, es un artículo especial, una rareza, algo único. A los coleccionistas les gustan las piezas únicas. No es momento de preocuparse demasiado por su valor. Creo que nos irá bastante bien con este ejemplar. —Llevó con cuidado el libro al extremo más alejado de la mesa y lo colocó en un lugar de honor, separado de los demás—. Revisemos el resto del material de Cantwell, ¿te parece? Tú te encargarás de hacer el inventario del lote en el ordenador. Cuando termines, quiero que revises cada una de las páginas de todos los libros en busca de cartas, autógrafos, sellos, etcétera. No queremos que nuestros clientes se lleven regalos a cambio de nada, ¿verdad?
Por la tarde, cuando hacía rato que el joven Nieve se había ido, Toby bajó de nuevo al sótano. Pasó rápidamente junto a la colección de Cantwell, distribuida en tres largas mesas. En aquel instante aquellos volúmenes le interesaban tanto como una pila de prensa rosa antigua. Se fue directo hacia el libro que había ocupado sus pensamientos durante todo el día y posó despacio las manos sin guantes sobre la suave piel de la cubierta. Más adelante aseguraría con insistencia que en aquel momento experimentó una especie de conexión física con el objeto inanimado; algo impropio de un hombre poco dado a tonterías de ese tipo.
—¿Qué eres? —le preguntó en voz alta. Se cercioró de que estaba solo, pues suponía que hablar con libros podría perjudicar su carrera en Pierce & Whyte—. ¿Por qué no me cuentas tus secretos?
A Will Piper nunca se le habían dado bien los bebés que lloraban, y menos aún los suyos. Tenía un recuerdo vago del bebé llorón número uno, de hacía un cuarto de siglo. En aquella época era un joven ayudante del sheriff de Florida al que le asignaban los peores turnos. Cuando llegaba a casa por la mañana, su hija de pocos meses ya estaba despierta y dando guerra con su rutina de bebé feliz. Cuando Laura empezaba a berrear en las raras ocasiones en que Will y su mujer pasaban la noche juntos, él mismo soltaba un gemido y se quedaba dormido antes de que Melanie hubiese sacado el biberón del calentador. Will no cambiaba pañales. Will no daba comidas. Will no apaciguaba llantos. Y se había marchado para siempre antes de que Laura cumpliese dos años.
Pero habían pasado dos matrimonios y toda una vida desde entonces, y ahora él era un hombre distinto, o al menos eso quería creer. Había dejado que lo convirtieran en algo parecido a un padre neoyorquino metrosexual del siglo XXI con todo lo que ello comporta. Si en el pasado había sido capaz de acudir a los escenarios de crímenes y tocar carne en descomposición, ahora podía cambiar un pañal. Si era capaz de realizar un interrogatorio a pesar de los sollozos de la madre de la víctima, podía enfrentarse al llanto de un bebé.
Lo cual no significaba que tuviera que gustarle.
Su vida había sido una sucesión de fases nuevas y hacía un mes que había iniciado la más nueva de todas, que combinaba jubilación con paternidad a tiempo completo. Solo habían transcurrido dieciséis meses desde el día en que se retiró repentinamente del FBI hasta el día en que Nancy volvió precipitadamente al trabajo tras la baja de maternidad. Esto lo dejaba a solas con su hijo, Phillip Weston Piper, al menos durante breves períodos. Su presupuesto no daba para pagar a una niñera más de treinta horas por semana, de modo que durante unas horas al día él tenía que apañárselas solo.
Este cambio de vida no era moco de pavo. Durante buena parte de sus veinte años en el FBI, Will había sido un criminólogo de primera fila, uno de los mejores cazadores de asesinos en serie de su tiempo. De no ser por lo que él llamaba sus «deslices personales», habría podido retirarse a lo grande, con toda clase de condecoraciones y un buen cargo honorífico como asesor de justicia penal.
Sin embargo, su debilidad por el alcohol y las mujeres, amén de su obstinada falta de ambición, habían torpedeado su carrera y lo habían llevado fatídicamente a ocuparse del caso del Juicio Final. Para el resto del mundo, el caso seguía sin resolverse, pero él conocía la verdad. Lo había resuelto, pero había tenido que pagar un precio muy alto por ello.
El resultado había sido una jubilación anticipada forzosa, un encubrimiento negociado y varias páginas repletas de cláusulas de confidencialidad. Lo único que había conseguido era salir con vida, y por los pelos.
La parte positiva era que el destino lo había unido a Nancy, su joven compañera en el caso del Juicio Final, la cual le había dado su primer hijo varón. Este tenía ya seis meses y, al percibir la ausencia de su madre cuando la puerta del apartamento se cerró tras ella, se puso a ejercitar los pulmones a conciencia.
Afortunadamente, los berridos de Phillip Weston Piper se aplacaron un poco cuando lo meció en sus brazos, pero se reanudaron en el momento en que su padre lo acostó de nuevo en su cuna. Deseando con todas sus fuerzas que el pequeño Phillip se agotara enseguida, Will salió muy despacio de la habitación. Puso en el televisor el canal de noticias por cable y subió el volumen para amortiguar los enervantes chillidos de su vástago.
Pese a su insomnio crónico, Will tenía la cabeza sorprendentemente despejada desde hacía unos días, gracias a la separación voluntaria de su colega Johnnie Walker. Guardaba la botella ceremonial de dos litros de Black Label, llena hasta tres cuartas partes, en el mueble sobre el que estaba el televisor. No era uno de aquellos borrachos rehabilitados que tenían que purgar de alcohol toda su casa. A veces cogía la botella, le guiñaba un ojo, discutía o charlaba un poco con ella. La provocaba más que ella a él. No asistía a sesiones de Alcohólicos Anónimos ni había buscado a «alguien con quien hablar». ¡Ni siquiera había dejado de beber! Con frecuencia se tomaba un par de cervezas o una copa generosa de vino, e incluso se le iba un poco la cabeza cuando tenía el estómago vacío. Simplemente se había prohibido a sí mismo tocar aquel néctar —ahumado, hermoso, ambarino—; era su amor, su enemigo. Le daba igual lo que dijeran los manuales sobre los adictos y la abstinencia. Podía cuidarse solo y se había prometido a sí mismo y a su flamante esposa que no volvería a beber hasta perder el sentido.
Se sentó en el sofá con sus grandes manos apoyadas lánguidamente sobre los muslos desnudos. Estaba listo para salir a correr, con su pantalón corto, su camiseta y sus zapatillas. La niñera volvía a retrasarse. Will se sentía atrapado, al borde de la claustrofobia. Pasaba demasiado tiempo en aquella pequeña celda con suelo de parquet. Pese a sus buenas intenciones, estaba a punto de estallar. Intentaba hacer lo correcto, cumplir con sus compromisos y todo eso, pero cada día se sentía más inquieto. Nueva York siempre le había resultado irritante y últimamente le provocaba náuseas.
El timbre lo salvó de las tinieblas. Un minuto después, la canguro trol, como él la llamaba (aunque no a la cara), entró despotricando del transporte público en lugar de disculparse. Leonora Monica Nepomuceno, una filipina de metro y medio de estatura, tiró su bolsa de plástico sobre la encimera de la cocina americana, se fue directa hacia el bebé que lloraba y apretó el cuerpecillo tenso de la criatura contra sus senos desproporcionados. La mujer, a la que Will echaba unos cincuenta años, era tan poco atractiva físicamente que, cuando él y Nancy se enteraron de que su apodo era «Campanilla», rieron a carcajadas hasta caer rendidos.
—Ay, ay —arrulló la niñera al bebé—. Tu tía Leonora está aquí. Ya puedes dejar de llorar.
—Voy a correr un rato —anunció Will con el ceño fruncido.
—Que sea un rato largo, señor Will —le recomendó Campanilla.
Salir a correr a diario se había convertido en parte de la rutina de jubilado de Will, un componente de su nueva vida. Hacía años que no estaba tan esbelto y fuerte; solo pesaba cinco kilos más que cuando había jugado al fútbol americano en Harvard. Estaba a punto de cumplir los cincuenta, pero aparentaba menos edad gracias a su dieta libre de whisky. Tenía un cuerpo robusto y atlético, una mandíbula firme, una juvenil mata de pelo castaño rojizo y unos ojos azules con un brillo de locura. Cuando llevaba su pantalón corto de nailon para hacer footing, las mujeres, incluso las jóvenes, volvían la cabeza para mirarlo. Nancy seguía sin acostumbrarse a aquello.
Una vez en la calle, se dio cuenta de que el veranillo de San Martín había pasado y hacía un frío incómodo. Mientras estiraba las pantorrillas y los tendones de Aquiles apoyado en una señal de tráfico, se planteó la posibilidad de subir un momento al piso para ponerse un chándal.
Entonces vio la caravana al otro lado de la calle Veintitrés Este. El vehículo arrancó, expulsando gases diésel por el tubo de escape.
Will había dedicado gran parte de los últimos veinte años a seguir y observar. Sabía cómo pasar inadvertido. El tipo de la caravana no sabía o le daba igual. Will se había fijado la noche anterior en aquel cacharro, que había pasado frente a su edificio a menos de diez kilómetros por hora, entorpeciendo el tráfico y provocando un concierto de bocinazos. Era difícil no reparar en aquel Beaver de gama alta, un vehículo mastodóntico de trece metros y de color azul marino, con laterales extensibles y ondas pintadas en gris y carmesí. Will había pensado: «¿Quién diablos conduce una autocaravana de medio millón de dólares por el bajo Manhattan a paso de tortuga, buscando una dirección? Si la encontrara, ¿dónde iba a aparcar ese mamotreto?». Pero fue la matrícula lo que disparó todas las alarmas.
Nevada. ¡Nevada!
Por lo visto, el tipo había encontrado un lugar para aparcar la noche anterior, al otro lado de la calle, pocos metros al este del edificio de Will; una hazaña prodigiosa, desde luego. El corazón le latía a toda velocidad, aunque aún no había arrancado a correr. Hacía meses que había perdido la costumbre de cuidarse las espaldas.
Grave error, al parecer. «Matrículas de Nevada. Venga ya», pensó.
Por otro lado, aquel no era el modus operandi de los vigilantes. No irían a por él en una caravana reconvertida en un carro de combate de andar por casa. Si alguna vez se decidieran a pillarlo en la calle, él no los vería venir. Eran profesionales, joder.
La calle era de doble sentido, y la autocaravana estaba orientada hacia el oeste. Will solo tenía que correr en la dirección opuesta, hacia el río, y doblar algunas esquinas para perder de vista el vehículo. Pero entonces no sabría si alguien lo había elegido como presa o no, y no le gustaba quedarse con la duda. Así que echó a correr hacia el oeste, no muy deprisa, para facilitarle las cosas al tipo.
La autocaravana abandonó el lugar donde estaba aparcada y lo siguió. Will apretó el paso, en parte para ver cómo reaccionaba el conductor, en parte para entrar en calor. Llegó al cruce con la Tercera Avenida y se quedó trotando sin avanzar, esperando a que el semáforo para peatones se pusiera verde. La autocaravana estaba unos treinta metros más atrás, tenía delante una fila de taxis. Will se puso la mano a modo de visera. A través del parabrisas alcanzó a distinguir la figura de dos hombres. El que iba al volante llevaba barba.
Cuando reanudó la marcha, Will cruzó la calle corriendo y siguió adelante esquivando a los pocos viandantes que circulaban por la acera. Por el rabillo del ojo, vio que la autocaravana continuaba avanzando por la calle Veintitrés, pero eso no demostraba nada. La prueba definitiva llegó en Lexington, cuando él torció a la izquierda y enfiló hacia el sur. Efectivamente, el vehículo también giró.
«La cosa se pone caliente —pensó Will—. Al rojo vivo.»
Su destino era Gramercy Park, una plaza arbolada y rectangular situada a unas manzanas del centro de la ciudad. Las calles que la delimitaban eran todas de sentido único. Si lo estaban persiguiendo, se divertiría un rato.
Lexington desembocaba delante del parque, en la calle Veintiuno, donde el tráfico circulaba en sentido oeste. Will corrió hacia el este, por la parte exterior de la verja del parque. La autocaravana tuvo que tomar la dirección contraria y unirse al flujo de vehículos.
Will empezó a correr por el perímetro del parque en el sentido de las agujas del reloj. Cada vuelta le llevaba unos pocos minutos. Vio que el conductor de la caravana las pasaba moradas con los giros cerrados a la izquierda, que hacían que rozara los coches aparcados en las esquinas.
Que lo estuvieran siguiendo no tenía ninguna gracia, pero Will no podía evitar sonreír, divertido, cada vez que la gigantesca caravana lo pasaba de largo en su circuito contrario a las agujas del reloj. Aprovechaba cada encuentro para echar un vistazo a sus perseguidores. Aunque no le parecían demasiado amenazadores, uno nunca podía estar seguro. Definitivamente, aquellos payasos no eran vigilantes, pero había otras personas que le tenían ganas. Había puesto entre rejas a muchos asesinos. Los asesinos tenían familia. La venganza era un asunto familiar.
El conductor era un tipo mayor, de pelo más bien largo y una barba de color ceniza. Por la cara mofletuda y los hombros abultados dedujo que era un hombre corpulento. El que iba en el asiento del copiloto era alto y delgado, también de cierta edad, con unos ojos abiertos como platos que lanzaban miradas furtivas a Will. El que iba al volante se negaba tozudamente a establecer contacto visual, como si de verdad creyera que él no los había calado.
En su tercera vuelta, Will avistó a dos agentes de la policía de Nueva York que patrullaban a pie por la calle Veinte. La zona de Gramercy Park era muy exclusiva; era el único parque privado de Manhattan. Quienes residían en los edificios circundantes tenían llave de la verja de hierro forjado y era muy notoria la presencia de la policía, que merodeaba por allí a la caza de atracadores y de pervertidos. Will se les acercó jadeando.
—Agentes. Esa caravana de ahí. La he visto detenerse. El conductor estaba acosando a una niña pequeña. Creo que intentaba convencerla de que subiera.
Los polis lo escucharon con cara de póquer. El monótono acento sureño de Will siempre minaba su credibilidad. Había recibido muchas miradas de extrañeza en Nueva York.
—¿Está seguro?
—Soy ex agente del FBI.
Will se quedó a mirar unos minutos. Los polis se plantaron en medio de la calle e hicieron que la caravana se detuviera agitando las manos. Entonces Will se marchó. Sentía curiosidad, por supuesto, pero quería dirigirse al río para dar su vuelta de siempre. Además, tenía la corazonada de que volvería a ver a aquellos individuos.
Por si las moscas, cuando llegara a casa sacaría la pistola del cajón del tocador y la engrasaría un poco.
Will se alegró de tener varios recados y tareas de los que ocuparse. A primera hora de la tarde, pasó por el colmado, la carnicería y la vinatería sin ver la gran caravana azul ni una sola vez. Lenta y metódicamente, picó las verduras, machacó las especias y doró la carne. Pronto el aroma a chile con carne marca de la casa inundó la microscópica cocina y el apartamento entero. Era el único plato que siempre le salía bien y que preparaba cuando tenía invitados a cenar.
Phillip estaba dormido cuando Nancy llegó a casa. Will le indicó con un gesto que no hiciera ruido antes de darle un abrazo de primer año de matrimonio, de aquellos en los que uno deja que las manos exploren.
—¿Cuándo se ha ido Campanilla?
—Hace una hora. Él se ha pasado el día durmiendo.
—Lo he echado tanto de menos… —Intentó soltarse de Will—. ¡Quiero ir a verlo!
—¿Y yo qué?
—Él es el número uno. Tú eres el número dos.*
Will la siguió hasta el dormitorio y la contempló mientras ella se inclinaba sobre la cuna y agitaba primero una pierna y después la otra para quitarse los zapatos. Ya lo había notado antes, pero cobró plena conciencia de ello en aquel momento: Nancy había adquirido una serenidad, una belleza femenina y madura que, francamente, lo había pillado por sorpresa. Will solía recordarle con picardía que cuando los habían emparejado para investigar el caso del Juicio Final, ella no lo volvía precisamente loco de deseo. Por aquel entonces, estaba más bien rellenita y se comportaba como una completa novata: tenía un empleo nuevo, mucho estrés, malos hábitos y cosas por el estilo. Lo cierto era que a Will siempre le habían ido más las chicas tipo modelo de lencería. En su época de estrella del fútbol adolescente se le habían grabado en la mente los cuerpos de las animadoras del mismo modo que a los patitos se les queda grabada la mamá pata. Desde entonces, a lo largo de toda su vida, cada vez que veía un cuerpo estupendo intentaba seguirlo.
En realidad, nunca había mirado a Nancy con interés hasta que una dieta estricta le había dado una figura más apetecible. «Vale, soy un tipo superficial», habría reconocido si alguien le hubiera hecho algún comentario al respecto. Pero el físico no había sido el único impedimento para el amor. Él había tenido que iniciarla en el cinismo. Al principio, su personalidad de recién graduada de la academia, entusiasta y ansiosa por complacer a los demás, lo ponía enfermo, como un virus intestinal. Pero era un profesor bueno y paciente, y bajo su tutela ella había aprendido a cuestionar la autoridad, a torear la burocracia y a vivir al borde del abismo en general.
Un día, agobiado por las complicaciones del caso del Juicio Final, Will había caído en la cuenta de que aquella mujer lo trastornaba, le tocaba todas las fibras. Se había puesto muy guapa. Su baja estatura había llegado a resultarle sexy, puesto que le permitía envolverla entre sus brazos y sus piernas casi hasta hacerla desaparecer. Le gustaba la textura sedosa de su cabello castaño, la forma en que se ruborizaba hasta el esternón, la risita que se le escapaba cuando hacían el amor. Era lista y descarada. Sus conocimientos enciclopédicos de arte y su cultura eran fascinantes incluso para un hombre cuyo concepto de cultura era una peli de spiderman. Por si fuera poco, a Will incluso le caían bien sus padres.
Estaba listo para enamorarse.
Y entonces el asunto de Área 51 y la Biblioteca habían acaparado su atención y le habían dado el empujón definitivo. Lo habían llevado a replantearse su vida y a pensar en sentar la cabeza.
Nancy había sobrellevado el embarazo como una campeona, comiendo cosas saludables y haciendo ejercicio todos los días casi hasta el momento de romper aguas. Tras el parto, adelgazó rápidamente y recuperó la forma. Se había propuesto mantener el tipo y borrar los rastros de la maternidad como un objetivo profesional. Sabía que el FBI no la discriminaría abiertamente, pero quería asegurarse de que no la trataran, ni siquiera de forma sutil, como a una ciudadana de segunda que luchaba inútilmente por mantenerse a flote en el mar de testosterona de hombres jóvenes y dinámicos.
El resultado final de todo este flujo físico y emocional fue una maduración de mente y cuerpo. Nancy volvió al trabajo más fuerte y segura de sí misma que antes, con una estabilidad emocional sólida y fría como el mármol. Así lo comunicaba a sus amigas: el marido y el bebé se comportaban, todo iba bien.
Según la versión de Nancy, enamorarse de Will había sido algo absolutamente previsible. Su encanto de chico malo, peligroso y macizo la había atraído tanto como la luz a una polilla y resultaba igual de mortífero. Pero Nancy no iba a dejarse achicharrar. Era una chica dura y espabilada. Había llegado a acostumbrarse a la diferencia de edad —de diecisiete años—, pero no a la diferencia de actitud. Estaba dispuesta a pasar por alto las diabluras, pero se negaba a convivir permanentemente con una Bola de Demolición, el sobrenombre que Laura, la hija de Will, le había puesto en honor a los años de matrimonios y relaciones destrozados.
Ella no sabía si la afición de Will a la bebida era una causa o un efecto, ni le importaba, pero era algo tóxico, por lo que le había hecho prometer que lo dejaría. También le había hecho prometer que le sería fiel, que le permitiría progresar en su carrera y que se quedarían en Nueva York al menos hasta que ella consiguiera un traslado a algún sitio que les pareciera razonable a los dos. No le había obligado a prometer que sería un buen padre; intuía que eso no sería un problema.
Entonces había aceptado su proposición de matrimonio, con los dedos cruzados.
Mientras Nancy se echaba una siesta junto al bebé, Will terminó de preparar la cena y, para celebrarlo, remojó el gaznate con una copita de merlot. El arroz humeaba y la mesa estaba puesta cuando llegaron su hija y su yerno, muy puntuales.
A Laura se le empezaba a notar el embarazo; estaba radiante y feliz. Parecía un espíritu libre y grácil, una hippy moderna con su vestido vaporoso y sus botas ajustadas de caña alta. En realidad, pensó Will, su aspecto era muy parecido al de su madre hacía una generación. Habían enviado a Greg a Nueva York a cubrir una noticia para el Washington Post. La empresa pagaba el hotel y Laura se había apuntado al viaje para darse un respiro tras completar su segunda novela. La primera, Bola de Demolición, ligeramente basada en el divorcio de sus padres, estaba vendiéndose relativamente bien y había recibido buenas críticas.
A Will el libro seguía causándole dolor y, para colmo, cada vez que miraba su ejemplar, orgullosamente expuesto sobre una mesita en el cuarto de estar, no podía evitar pensar en el papel que había tenido en la solución del caso del Juicio Final. Sacudía la cabeza con la mirada perdida y entonces Nancy sabía hacia dónde vagaban sus pensamientos.
Will se percató de que Greg estaba de mal humor antes de que cruzara el umbral, así que se apresuró a ponerle una copa de vino en la mano.
—Anímate —le dijo cuando Laura y Nancy se fueron al dormitorio para disfrutar un rato con el bebé—. Si yo soy capaz, tú también.
—Estoy bien.
No lo parecía. Greg siempre había tenido un aspecto enjuto, hambriento, con las mejillas hundidas, la nariz angulosa y un hoyuelo profundo en la barbilla; el tipo de cara que arrojaba sombras sobre sí misma. Daba la impresión de que no se peinaba nunca. A Will le parecía la caricatura de un periodista beat cargado de cafeína y falto de sueño que se tomaba demasiado en serio a sí mismo. Aun así, era un buen tipo. Cuando Laura se quedó embarazada, Greg estuvo a la altura y se casó con ella sin nada de preguntas ni melodramas. Dos bodas Piper en un año. Dos bebés.
Los hombres se sentaron. Will le preguntó a Greg en qué estaba trabajando. Este le contó algo con voz monótona acerca de algún foro sobre el cambio climático y ambos se aburrieron enseguida. Greg estaba atravesando el bache del principio de la vida laboral. Aún no había encontrado una noticia a la que pudiera agarrarse para darle a su carrera el impulso que necesitaba. Will lo tenía bien presente cuando Greg preguntó por fin:
—Bueno, Will, la última vez que oí hablar del asunto, no se había sacado nada en claro del caso Juicio Final.
—Pues no. Nada.
—No llegó a resolverse.
—No. Nunca.
—Los asesinatos cesaron, sin más.
—Sí. Así fue.
—¿No te parece un poco raro?
Will se encogió de hombros.
—Llevo más de un año fuera del caso.
—Nunca me contaste qué pasó, ni por qué te retiraron del caso, ni por qué dictaron una orden de detención contra ti, ni cómo se arregló todo.
—Tienes razón, nunca te lo conté. —Se levantó—. Voy a remover un poco ese arroz, porque si no tendremos que comérnoslo con escoplo. —Dejó solo a Greg en la sala, tomándose su vino con aire taciturno.
Durante la cena, Laura estaba exultante. Tenía las hormonas en plena efervescencia, sobre todo después de acunar a Phillip en brazos e imaginarse que era suyo. Se llevaba a la boca grandes cucharadas de chile con carne y, entre un bocado y otro, charlaba animadamente.
—¿Cómo lleva papá la jubilación?
—Ha perdido vitalidad —observó Nancy.
—Estoy aquí sentado. ¿Por qué no me lo preguntas a mí?
—Vale, papá, ¿cómo llevas la jubilación?
—He perdido vitalidad.
—¿Lo ves? —Nancy se rió—. Con lo bien que estaba al principio…
—¿Cuántos museos y conciertos puede soportar un hombre?
—¿Qué clase de hombre? —preguntó Nancy.
—Uno como Dios manda, a quien le guste ir de pesca.
—¡Pues vete a Florida! —exclamó Nancy, exasperada—. ¡Vete a pescar al golfo durante una semana! Le pediremos a la canguro que venga más horas.
—¿Y si te hacen trabajar horas extras?
—Me tienen investigando robos de identidad, Will. Me paso todo el día conectada a internet. No hay peligro de que me hagan trabajar horas extras hasta que me asignen casos de verdad.
Will cambió de tema, molesto.
—Quiero ir todos los días, cuando me dé la gana.
A Nancy se le borró la sonrisa de la cara.
—Lo que quieres es que nos mudemos.
Laura le dio una patada a Greg por debajo de la mesa para que interviniese.
—¿Lo echas de menos, Will? —preguntó Greg.
—¿El qué?
—Trabajar. El FBI.
—Qué dices, hombre. Echo de menos la pesca.
Greg carraspeó.
—¿Alguna vez has pensado en escribir un libro?
—¿Sobre qué?
—Sobre todos tus asesinos en serie. —Al fijarse en la mirada fulminante de Will, se apresuró a añadir—: ¡Excepto el del Juicio Final!
—¿Por qué iba yo a querer remover toda esa mierda?
—Fueron casos célebres, historia popular. A la gente le fascina eso.
—¿Historia? Para mí es basura truculenta. Además, no se me da bien escribir.
—Encárgaselo a un negro. Tu hija escribe. Yo también. Creemos que se venderá bien.
Will se enfadó. De haber estado borracho, habría estallado, pero el nuevo Will se limitó a arrugar el entrecejo y a negar con la cabeza lentamente.
—Tenéis que buscaros la vida solos. No soy la gallina de los huevos de oro.
—¡Will! —exclamó Nancy, propinándole un manotazo en el brazo.
—¡Greg no se refería a eso, papá!
—¿No? —Sonó el timbre. Will se puso en pie apoyándose en los brazos de la silla y pulsó el botón del telefonillo, irritado—. ¿Quién es? —El timbre sonó otra vez. Y luego otra—. ¿Qué narices…?
Refunfuñando, bajó en el ascensor y se encontró con el vestíbulo vacío. Cuando se disponía a salir a toda prisa a la calle para echar una ojeada, vio una tarjeta de visita pegada con cinta adhesiva a la puerta del edificio, a la altura de los ojos.
«Henry Spence, presidente del Club 2027» —decía, y debajo aparecía un número de teléfono con el prefijo 702. Las Vegas. Había un mensaje escrito a mano en letras pequeñas de imprenta—: «Sr. Piper, llámeme cuanto antes, por favor».
2027.
Al ver la fecha, aspiró entre dientes.
Abrió la puerta. Fuera hacía fresco y, en la oscuridad, unos cuantos hombres y mujeres caminaban por la acera, bien abrigados, con aire decidido, como solían caminar los vecinos de aquel barrio residencial. No había nadie en la calle ni ninguna caravana a la vista.
Sacó el teléfono móvil del bolsillo, donde lo llevaba durante el día para hablar con Nancy sobre el bebé. Marcó el número.
—Hola, señor Piper. —La voz hablaba en un tono animado, casi festivo.
—¿Con quién estoy hablando? —preguntó Will con cautela.
—Soy Henry Spence. Estoy en la autocaravana. Gracias por devolverme la llamada tan rápidamente.
—¿Qué quiere?
—Hablar con usted.
—¿Sobre qué?
—Sobre 2027 y otros temas.
—No creo que sea una buena idea. —Will se dirigía a toda prisa a la esquina para intentar avistar la caravana.
—Detesto recurrir a los tópicos, señor Piper, pero se trata de un asunto urgente, de vida o muerte.
—¿La muerte de quién?
—La mía. Me quedan diez días de vida. Concédale a un hombre que está a punto de morir una última voluntad: hable conmigo.
Will aguardó a que su hija se hubiese marchado, los platos estuviesen lavados y su esposa e hijo se hubiesen dormido para salir sigilosamente del apartamento a fin de encontrarse con el hombre de la autocaravana.
Se subió la cremallera de la chaqueta bomber hasta el cuello, metió las manos en los bolsillos de sus tejanos para mantenerlas calientes y caminó de un lado a otro por la acera, preguntándose si hacía bien en seguirle la corriente al tal Henry Spence. Como una medida de precaución extrema, se había colgado la pistolera del hombro y estaba familiarizándose de nuevo con el peso del acero sobre el corazón. La calle estaba desierta y oscura y, aunque pasaba algún que otro coche, Will se sentía solo y vulnerable. Se sobresaltó al oír el aullido repentino de una sirena de ambulancia que se dirigía al Hospital de Bellevue y notó que la culata del arma se movía adelante y atrás, apretada contra el forro de su chaqueta, al compás de su respiración agitada.
Justo cuando estaba a punto de mandarlo todo a la porra, la caravana apareció y redujo la velocidad hasta detenerse con un suspiro de los frenos. La puerta del lado del acompañante se abrió y Will se encontró ante un rostro barbudo que lo contemplaba desde lo alto del asiento del conductor.
—Buenas noches, señor Piper —lo saludó el hombre.
Algo se movía en la parte de atrás del vehículo.
—Tranquilo, solo es Kenyon. Es inofensivo. Suba a bordo.
Will se encaramó y se quedó de pie junto al asiento del copiloto, intentando hacer un análisis instantáneo de la situación. Era una costumbre de los viejos tiempos. Le gustaba presentarse en un nuevo escenario de un crimen y absorber cada detalle como un aspirador gigante, tratando de asimilarlo todo de un vistazo.
Había dos hombres: el conductor robusto y un tipo desgarbado apoyado en una encimera, en medio de la caravana. El conductor, con pinta de sexagenario, tenía un físico que le habría permitido disfrazarse de Papá Noel sin necesidad de usar relleno. Su poblada barba, del color de las ardillas, se derramaba sobre una camisa de lana a cuadros y colgaba, laxa, entre dos tirantes marrones. Tenía una cabellera abundante y entrecana lo bastante larga para hacerse una cola de caballo, aunque él la llevaba suelta sobre el cuello de la camisa. Tenía manchas en la piel, erupciones rojizas en las mejillas, y los ojos cansados y turbios. Sin embargo, las patas de gallo parecían rastros de una vivacidad ya extinguida.
Luego estaban sus aparatos. Llevaba unos tubos de plástico verde claro enrollados al cuello y metidos en la nariz por medio de unas cánulas. Los tubos serpenteaban por su costado y estaban conectados por el otro extremo a una caja de color marfil, que ronroneaba suavemente a sus pies. El hombre necesitaba una máquina de oxígeno.
El otro tipo, Kenyon, también tenía más de sesenta años. Era prácticamente un saco de huesos con un jersey abrochado hasta el cuello. Alto, desgarbado, de ademán mesurado, tenía el pelo bien cortado con la raya marcada, la barbilla prominente que denotaba un carácter apasionado y la mirada de un militar, un misionero o un creyente fervoroso de… algo.
El interior de la caravana era la quintaesencia del vehículo recreativo, un despliegue de opulencia sobre ruedas, con azulejos de mármol negro, armarios de raíz de arce pulida, tapicería en blanco y negro, pantallas planas de vídeo y elegantes luces empotradas. En la parte de atrás estaba la suite principal, con la cama deshecha. Había platos sucios en la pila y un olor a cebolla y a salchicha impregnaba el vehículo. Se notaba que llevaban un tiempo viviendo allí, viajando por carretera. Había mapas, libros y revistas sobre la mesa del comedor, zapatos, pantuflas y calcetines arrugados en el suelo, gorras de béisbol y chaquetas desperdigadas en sillas.
La conclusión inmediata de Will fue que no corría peligro. Podría seguirles el juego durante un rato para ver adónde llegaba.
Se oyó un bocinazo procedente de un coche. Luego otro.
—Siéntese —dijo Spence, muy serio, pronunciando con claridad—. Los neoyorquinos no son la gente más paciente del mundo.
Will obedeció y se acomodó en el asiento del acompañante mientras Spence cerraba la puerta y arrancaba bruscamente. Ante el riesgo de caerse, el tipo alto dobló su largo cuerpo para sentarse en el sofá.
—¿Adónde vamos? —preguntó Will.
—Voy a conducir siguiendo una especie de patrón geométrico. No se imagina lo complicado que resulta aparcar este armatoste en Nueva York.
—Ha sido todo un desafío —añadió el otro—. Me llamo Alf Kenyon. Es un placer conocerle, caballero, a pesar de que esta mañana por poco consigue que nos detengan.
Aunque no se sentía amenazado, Will tampoco estaba demasiado a gusto.
—¿De qué va todo esto? —preguntó con sequedad.
Spence redujo la velocidad y frenó frente al semáforo en rojo.
—Compartimos cierto interés por Área 51, señor Piper. De eso va todo esto.
—Que yo sepa, no he estado allí —repuso Will con voz inexpresiva.
—Bueno, no es nada espectacular, al menos a nivel del suelo —dijo Spence—. Bajo tierra, es otro cantar.
Pero Will no estaba dispuesto a morder el anzuelo.
—Ah, ¿sí? —El semáforo se puso verde, y Spence se dirigió hacia el norte—. ¿Cuánto gasta por kilómetro este trasto?
—¿Es eso lo que le interesa, señor Piper? ¿El consumo energético?
Will flexionaba los músculos del cuello para tener a los dos hombres a la vista en todo momento.
—Oigan, no tengo la menor idea de qué saben o creen saber sobre mí. Solo quiero que quede claro que no sé una mierda sobre Área 51. A simple vista diría que este cacharro gasta como mínimo cincuenta litros por cada cien kilómetros, así que les ahorraré dinero si me bajo aquí y regreso a casa andando.
—Estamos seguros de que ha firmado acuerdos de confidencialidad —se apresuró a decir Kenyon—. Nosotros también. Somos tan vulnerables como usted. También tenemos familia. Sabemos de qué son capaces. Eso nos pone en la misma situación.
—Vamos a depender unos de otros —terció Spence—. No me queda mucho tiempo. Ayúdenos, por favor.
El tráfico en Broadway era fluido. A Will le gustó mirar la ciudad desde aquel trono elevado. Se sentía distanciado de Nueva York; no quería tener nada que ver con ella. Se imaginó que secuestraba la caravana, que echaba a los dos tipos a patadas, daba media vuelta rápidamente para recoger a Nancy y a su hijo, y enfilaba hacia el sur hasta que las azules y cristalinas aguas del golfo de México aparecieran tras el enorme parabrisas.
—¿Qué es lo que cree que puedo hacer por usted?
—Queremos saber qué significa 2027 —respondió Spence—. Queremos entender qué tiene de especial el 9 de febrero. Queremos saber qué pasará el 10 de febrero. Creemos que usted también desea averiguarlo.
—¡Es imposible que no quiera! —agregó Kenyon enérgicamente.
Por supuesto que quería. Pensaba en ello cada vez que contemplaba a su hijo durmiendo en la cuna, cada vez que hacía el amor con su mujer. El futuro no quedaba tan lejos, ¿o sí? Diecisiete años. Pasarían en un abrir y cerrar de ojos. Y él estaría allí. Estaba FDR. Fuera del registro.
—Su tarjeta dice algo del Club 2027. ¿Cómo se hace uno miembro de ese club?
—Usted ya es miembro.
—Qué curioso. No recuerdo haber recibido mi carnet de socio por correo.
—Todo aquel que conoce la existencia de la Biblioteca es miembro. De facto.
Will tenía los dientes tan apretados que le dolían.
—De acuerdo. Ya está bien. ¿Por qué no me dicen quiénes son?