Thomas Hardy nació el 2 de junio de 1840 en Higher Bockhampton, Dorset, en una casita aislada en medio del páramo. Fue el mayor de cuatro hermanos, y su padre trabajaba de mampostero y albañil. Resultó un niño enfermizo, y tras asistir un año a la escuela local, a los ocho pasó a estudiar en los colegios de Dorchester, la ciudad más cercana, donde se hizo con una sólida base en latín y matemáticas. En 1856 entró como aprendiz con un arquitecto de la zona, John Hicks, y a los veintidós años se trasladó a Londres, donde trabajó como delineante en el despacho de Arthur Bloomfield, un importante arquitecto eclesiástico. Su mala salud le hizo regresar a Dorset en 1867, donde volvió a trabajar para Hicks.
Aunque la arquitectura le granjeó una buena posición social y económica, Hardy tenía ambiciones de entrar en la universidad y ordenarse sacerdote anglicano. A mediados de los sesenta tuvo que desechar la idea por falta de fondos y pérdida de fe. Habituado al estudio, dirigió sus energías a la lectura de poesía y a desarrollar sus habilidades poéticas, aunque mantendría inédita su producción hasta final de siglo.
Comprendiendo quizá que para hacerse un nombre en la literatura debía dedicarse a la prosa, entre 1867 y 1868 escribió su primera novela, The Poor Man and the Lady, que quedaría inédita. Su debut como novelista llegaría en 1871 con Desperate Remedies, pero hasta su siguiente obra, Under the Greenwood Tree (1872), no encontraría un estilo propio.
En 1870 recibiría un encargo que habría de cambiar su vida. Se le envió a realizar una evaluación arquitectónica de la aislada y ruinosa iglesia de Saint Juliot, en Cornualles. Allí conocería a Emma Lavinia Gifford, la cuñada del rector, que cuatro años después se convertiría en su esposa. Numerosos ecos de este episodio se encuentran en la novela que presentamos, Unos ojos azules. Fue precisamente a raíz de esta novela que abandonó la arquitectura, tras haber aceptado publicarla por entregas en el Tinsley’s Magazine. El paso fue arriesgado, pero poco después se le invitaría a publicar la siguiente novela en el muchísimo más prestigioso Cornhill Magazine (precisamente donde Elizabeth Gaskell había publicado su Hijas y esposas). Y la siguiente sería Lejos del mundanal ruido, la novela que le haría famoso y también una de las más logradas. Aparece ya en ella ese personaje femenino único y de fuerte personalidad, Bathsheba Everdene, alrededor del cual giran tres hombres que representan diversos caracteres y visiones del mundo: Gabriel Oak, el fuerte (como su apellido indica) y leal pastor, un hombre hecho a sí mismo; William Boldwood, el granjero que representa los valores conservadores; y el sargento Troy, un militar tarambana que posteriormente se reencarnará en el Alec d’Urberville de Tess, la de los d’Urberville.
Gracias al éxito de la novela, Hardy y Emma se casaron en 1874, en contra de la voluntad de las familias de ambos. Al principio vivieron entre Londres y Dorset, y la producción de Hardy alterna obras un tanto irregulares, como The Hand of Ethelberta (1876) con logros como El regreso del nativo (The Return of the Native, 1878), donde narra el desastroso matrimonio entre Eustacia Vye, que anhela experiencias apasionadas y románticas, y Clym Yeobright, ciego a los deseos de su mujer y obsesionado por la mejora moral de los habitantes de Egdon Heath, localidad inspirada en la que habitó Hardy en su infancia. Tras tres novelas consideradas menores, The Trumpet Major (1880), A Laodicean (1881), y Two on a Tower (1882), una grave enfermedad le hizo regresar a Dorchester en 1883.
Una vez allí, le resultó difícil establecerse como profesional de clase media en una ciudad donde eran conocidos sus orígenes humildes. Su deseo de instalarse definitivamente allí le lleva a proyectar Max Gate, la casa justo en las afueras de Dorchester donde viviría hasta su muerte. Así, en su siguiente novela, El alcalde de Casterbridge (The Mayor of Casterbridge, 1886), incorpora detalles reconocibles de la historia y la topografía de la ciudad, situando en ese entorno uno de sus personajes más complejos, el brutal y tornadizo Michael Henchard, que al final de su vida deja uno de los testamentos más desoladores de la literatura, rematado con las palabras: «Que no se pongan flores en mi tumba. Que nadie se acuerde de mí». Tras su siguiente novela, The Woodlanders (1887), publica su primer volumen de relatos Misterios de Wessex (Wessex Tales, 1888), ya aparecidos en revistas. A este seguirían tres más: A Group of Noble Dames (1891), Life’s Little Ironies (1894) y A Changed Man (1913). (El lector español cuenta con una antología de sus relatos, aparecida bajo el título de El brazo marchito, en traducción de Javier Marías; Barcelona, Seix-Barral, 1986.)
En 1892 publica en forma de serial La bien amada (The Well-Beloved) —que no aparecería en volumen, y muy revisada, hasta 1897—, donde satiriza esa tendencia tan masculina a tener modelos femeninos prefijados, creando un personaje tan patético como Jocelyn Pierston, que le emparenta con algunos héroes de Henry James, en especial los de «El altar de los muertos» y «La bestia de la jungla».
La carrera novelística de Hardy se cerrará con dos obras que se proyectan ya hacia el siglo XX en su atrevimiento y militancia, Tess of the d’Urbervilles (1891) y Jude el oscuro (Jude the Obscure, 1895), donde se plantea con más fuerza que nunca el conflicto de clases, en especial en Jude, dolorosamente autobiográfica en el personaje de Jude Fawley, que, al igual que Hardy, también deberá renunciar a sus ambiciones académicas a causa de la pobreza. Jude el oscuro fue la última novela de Hardy. Influyeron en ello las fuertes críticas que recibió de los sectores más conservadores, pues Jude es, sobre todo, una crítica despiadada al matrimonio como institución y una proclama a favor de la libertad de los sentimientos.
Hemos dicho que Jude fue la última novela de Hardy, pero aún le quedaban treinta y tres años por vivir. Una vez establecida su reputación y su fortuna, Hardy abandonó para siempre la narrativa y se dedicó a escribir una abundante obra poética, que alterna los volúmenes misceláneos con obras tan magnas como The Dynasts, un drama épico sobre las guerras napoleónicas con algunos episodios en prosa.
Y si la obra novelística de Hardy entra de pleno en el siglo XX por su abierta defensa de la libertad sexual y su ataque a las convenciones burguesas, su obra poética, poco valorada al principio, sería reivindicada por los llamados «poetas de la experiencia», a cuyo frente encontramos a Philip Larkin. Se trata de una poesía desnuda, esencial, que apela a la emoción sin caer en el sentimentalismo.
Thomas Hardy enviudó en 1912, aunque sus relaciones con Emma hacía años que no eran buenas. En 1914 se casa con Florence Emily Dugdale, treinta y ocho años más joven que él, que ya era su amiga y secretaria desde 1905. Tras su fallecimiento, el 11 de enero de 1928 sus cenizas fueron enterradas con gran ceremonia en la abadía de Westminster, mientras que su corazón era sepultado en Stinsford, en la tumba de Emma.
Como ya hemos mencionado, hay en Unos ojos azules (A Pair of Blue Eyes, 1873) suficientes elementos autobiográficos como para considerarla uno de los títulos más interesantes de Hardy.
Al igual que Tess o Lejos del mundanal ruido, la estructura de la novela viene marcada por su protagonista femenina, Elfride Swancourt (la poseedora de los ojos azules del título), en torno a la cual giran tres caracteres masculinos de fino trazo y muy emblemáticos: el señor Swancourt (su padre), Stephen Smith y Henry Knight. Elfride Swancourt es la típica heroína hardyana: una muchacha hermosa, lozana, de mente cultivada (¡capaz incluso de haber escrito una novela!), y que se halla en esa edad en que su futuro ha de venir marcado por la huella de los hombres, que son, en esa sociedad, quienes deciden.
Es crítico Hardy con la educación que Elfride ha recibido de su padre, cuyo único interés como descendiente de la nobleza venido a menos es hacer una buena boda, y que, se insinúa, la ha dejado bastante a sus anchas. El señor Swancourt, el rector, representa los valores caducos —pero pertinaces— de la sociedad inglesa: el clasismo, el conservadurismo, la intransigencia y la hipocresía de moverse por el olor del dinero y la clase. Así, cuando Elfride conoce al joven Stephen Smith, tan guapo como ella —por lo que hemos de suponer que harían una hermosa pareja y tendrían una magnífica descendencia—, el rector aprueba al principio el coqueteo convencido de que Smith está emparentado con los Fitzmaurice Smith de Caxbury, y al descubrir que el joven no es más que el hijo de un mampostero local —igual de Hardy— prohíbe terminantemente la relación.
Stephen Smith es —tal como debió de serlo Hardy— un joven lleno de ilusiones y esperanzas en el futuro. A esa edad en que los sentidos buscan la belleza, el choque de emociones entre Elfride y Stephen se hace inevitable en un romanticismo de una carnalidad quizá excesiva para la época (aunque aún nos hallemos a años luz del explícito D. H. Lawrence). Hardy sabe utilizar el paisaje para reflejar ese despertar de los sentidos de los jóvenes, y el paisaje de los acantilados invita a pensar en un Finisterre más allá del cual solo existe la felicidad o la pena.
Y si Stephen Smith ocupa la primera parte de la novela, la segunda pertenece por entero a Henry Knight, un personaje más maduro y complejo. Knight ha sido mentor y protector de Stephen, quien, de hecho, le debe en gran parte haber llegado profesionalmente donde está. Smith le menciona en un momento al rector que ha de dejar las cosas en manos de las circunstancias; pues bien, finalmente estas se aliarán para quitarle de en medio y poner ante Elfride la sobria e imponente figura de Knight, a quien Hardy pinta como una especie de ideal masculino en su honestidad y elevada moral, solo que… Solo que eso no sirve para la vida humana a ras de tierra, donde nada es perfecto, donde no se puede esperar la pureza ni la honradez absoluta. Knight, que se declara hombre solitario e introspectivo, sucumbe a las debilidades humanas precisamente por no querer sucumbir a ellas, y pierde la felicidad por obcecarse en la virtud.
La tercera parte de la novela y su desenlace —que no desvelaré— pertenece a Knight y a Stephen, y es quizá lo más extraordinario de la novela. El reencuentro de ambos después de años sin verse, las confidencias a medias, la pugna mental que se establece, la hipocresía y falsedad de que hacen gala por primera vez en su vida —ellos, que habían sido tan amigos—, el periplo desesperado que les lleva a descubrir la verdad, y ese final, en el que se combinan la ironía y la tragedia en unas pocas páginas de tremenda contundencia, dejan flotando sobre ella un aroma amargo de fracaso y tristeza.
Aparte de haber escrito tres o cuatro de los mejores títulos de la novela victoriana, la figura de Thomas Hardy presenta en la distancia un interés especial: su obra traza un arco estilístico que va de la llamada sensation novel (o novela efectista) practicada por Wilkie Collins —y cuyas técnicas encontramos en abundancia en Unos ojos azules— hasta el estilo despojado y el atrevimiento temático de sus últimos títulos, Tess y Jude, pues no en vano Hardy ocupa veinticinco años clave (desde 1870 hasta 1895) en la producción novelística inglesa.
Pero a pesar de su evolución, Hardy es reconocible siempre en sus temas y en su enfoque: si bien se ciñe siempre a ciertos patrones novelísticos de la época, jamás transige a la hora de mostrarnos su punto de vista: siempre toma partido por los débiles, por los maltratados y los que sufren; hay en ello una perspectiva ciertamente cristiana, pero también una creencia en que el hombre es capaz de forjarse su propio destino, un destino que no ha de verse coartado por instituciones y convenciones de clase ni de religión, al que todo hombre tiene derecho a aspirar. No hay ningún otro caso en la literatura inglesa de novelista/poeta comparable al de Hardy: nadie como él sabe detener la narración para fijarse en el flujo de un riachuelo o en el matiz de un ocaso, y nadie ha hecho unos poemas —a veces de apenas ocho versos— tan cargados de narración.
De él dijo Philip Larkin: «Sus temas son los hombres, las vidas de los hombres, el tiempo y el paso del tiempo, el amor y el apagarse del amor».
DAMIÀ ALOU
Los siguientes capítulos fueron escritos en una época en que la moda de la restauración indiscriminada de iglesias acababa de alcanzar los rincones más remotos del oeste de Inglaterra, donde las características indómitas y trágicas de la costa se habían combinado durante mucho tiempo y en perfecta armonía con el tosco arte gótico de los edificios eclesiásticos que se desperdigaban por la zona, por lo que cualquier novedad arquitectónica que se intentara resultaba totalmente fuera de lugar. Restaurar las grises carcasas de un medievalismo cuyo espíritu había desaparecido parecía un acto no menos incongruente que ponerse a renovar los peñascos adyacentes.
Así fue como la historia imaginaria de tres corazones humanos, cuyas emociones no eran del todo ajenas a esas circunstancias materiales, encontró en los incidentes habituales a tales renovaciones arquitectónicas un marco adecuado para su presentación.
La costa y la zona rural que rodea Castle Boterel está ya en la mente de todos, y será fácilmente reconocible. El lugar, podría añadir, se halla entre los más occidentales de todos los que he utilizado para construir el escenario de mis imperfectos dramas de la vida y las pasiones rurales; y también se halla cerca, o al menos no muy lejos, de la imprecisa frontera del reino de Wessex, la cual, al igual que la frontera de los modernos asentamientos de Estados Unidos en permanente avance hacia el oeste, era incierta y en continuo progreso.
Todo esto, sin embargo, tiene poca importancia. El lugar es, sobre todo (al menos para una persona), una región de sueños y misterio. Los pájaros espectrales, el mar que parece un paño mortuorio, el viento cargado de espuma, el eterno soliloquio de las aguas, ese tono púrpura oscuro que parecen exhalar los precipicios de la orilla: todo ello le da a la escena una atmósfera que parece el crepúsculo de una visión nocturna.
En particular, aparece en la narración un impresionante acantilado; y, por alguna razón olvidada, este acantilado fue descrito en el relato sin ponerle nombre. La exactitud exige que deje constancia de que un destacado acantilado, que se parece en muchos aspectos al de mi descripción, lleva un nombre que ningún suceso ha hecho famoso.
Marzo de 1895
«Una hermosa vestal, entronizada en Occidente.»
W. SHAKESPEARE,
El sueño de una noche de verano
Elfride Swancourt era una muchacha de emociones casi a flor de piel. La exacta naturaleza de estas emociones, y cómo las modificaba el lento transcurrir de las horas, era algo que solo conocían aquellos que seguían las circunstancias de su historia.
Personalmente era la combinación de detalles muy interesantes, cuya rareza, sin embargo, se hallaba más en la combinación de los elementos individuales que en estos por separado. De hecho, no había manera de ver la forma y sustancia de sus rasgos al conversar con ella; y el poder de seducción derivado de evitar que su interlocutor convirtiera sus facciones en materia de estudio no se daba porque intentara ocultarlas mediante una estudiada actitud (pues su personalidad era infantil y apenas formada), sino en la atractiva tosquedad de sus rasgos. Había vivido toda su vida retirada: los hombres ociosos aún no habían alabado su belleza, y a su edad —tendría diecinueve o veinte años— sabía tan poco de la sociedad como una chica de ciudad de quince.
Pero había algo en la muchacha que no se podía pasar por alto: sus ojos. Eran como una sublimación de su persona; no era necesario buscar más allá: en los ojos estaba toda ella.
Eran unos ojos azules; azules como la lejanía otoñal, azules como el azul que vemos entre las formas cada vez más lejanas de las colinas y las laderas boscosas cualquier soleada mañana de septiembre. Un azul neblinoso y opaco, que no tenía principio ni superficie, y al que uno no dirigía la mirada, sino que la sumergía.
En cuanto a su presencia, no era imponente, sino más bien escasa. Hay mujeres que consiguen que su personalidad invada la atmósfera de un salón donde se celebra un banquete; la presencia de Elfride destacaba tanto como la de un gatito.
Elfride tenía esa actitud meditabunda que encontramos en la cara de la Madonna della Sedia, aunque sin su éxtasis: la calidez y el carácter que resultan habituales en las bellezas —mortales e inmortales— de Rubens, sin su insistente carnalidad. La expresión característica de las caras femeninas de Correggio —la de esos anhelos humanos demasiado profundos como para hacer derramar lágrimas— era a veces la suya, aunque rara vez en condiciones normales.
El momento de la vida de Elfride Swancourt que, podríamos decir, la marcó más profundamente, fue una noche de invierno en la que, en su papel de anfitriona, se encontró cara a cara con un hombre al que nunca había visto; además, Elfride lo miraba con una curiosidad e interés dignos de Miranda, como nunca había prestado a ningún mortal.
Aquel día, su padre, rector de una parroquia de los alrededores del Bajo Wessex —una zona costera—, y viudo, sufría un ataque de gota. Al acabar sus supervisiones domésticas, Elfride se sintió desasosegada, y varias veces abandonó la habitación en que se encontraba, subió las escaleras y llamó a la puerta del dormitorio de su padre.
—¡Adelante! —era siempre la respuesta que, con una voz vigorosa, de alguien que pasa mucho tiempo al aire libre, oía procedente del otro lado.
—¡Papá! —le dijo en una ocasión a la cara afable y apuesta de un hombre de cincuenta años que soltaba resoplidos y silbos como una botella a punto de estallar. Estaba echado en la cama, cubierto por un camisón, y de vez en cuando enunciaba, en contra de su voluntad, una o dos letras de alguna palabra o palabras que eran casi juramentos—. Papá, ¿es que esta noche no vas a bajar? —Elfride marcaba las sílabas: su padre estaba bastante sordo.
—Me temo que no… puf, puf… mucho me temo que no, Elfride. Fff… fff… fff… Este condenado dedo mío hoy no puede soportar ni el roce de un pañuelo, y mucho menos una media o una zapatilla… Fff… fff… fff… ¡Cómo vuelve a dolerme! No, no me levantaré hasta mañana.
—Entonces espero que ese caballero no venga, pues no sé qué voy a hacer con él.
—Bueno, sin duda eso sería una situación embarazosa.
—No creo que venga hoy.
—¿Por qué?
—Porque sopla mucho viento.
—¡Porque sopla mucho viento! ¡Qué cosas se te ocurren, Elfride! ¿Acaso el viento ha impedido alguna vez que un hombre cumpla con su deber? ¡Que este dedo mío se me haya puesto así tan de repente! Si llega, debes hacerlo subir, supongo, y luego darle de comer y enseñarle su alojamiento! Hija mía, ¡qué fastidio es todo esto!
—¿Le doy de cenar?
—Demasiado fuerte para un hombre cansado después de un tedioso viaje.
—¿Té, pues?
—Demasiado poco sustancioso.
—¿Un tentempié? Hay fiambre de pollo, pastel de conejo, algunas empanadillas, y cosas por el estilo.
—Sí, eso estaría bien.
—¿Debo servirle el té, papá?
—Por supuesto, eres la señora de la casa.
—¡Cómo! ¿Debo sentarme a la mesa con un desconocido, y hacer como si le conociera, sin que nadie nos haya presentado?
—Déjate de presentaciones y tonterías, niña; ya sabes que eso son sandeces. Se trata de un profesional, un hombre práctico, cansado y hambriento, que lleva viajando desde el alba, y que no estará para charlas ni para reverencias. Quiere comida y techo, y debes procurar que lo tenga, simplemente porque yo estoy postrado y no puedo atenderle. No hay nada horrible en eso, espero. De tanto leer novelas, se te ha llenado la cabeza de simplezas.
—Oh no; no hay nada terrible en ello cuando se trata de un simple caso de necesidad como este. Pero ya ves, siempre estás aquí cuando alguien viene a cenar, aunque le conozcamos; y este es un londinense desconocido, un hombre de mundo, al que quizá le parecerá raro.
—Muy bien, pues que se lo parezca.
—¿Es socio del señor Hewby?
—No creo, pero podría ser.
—Me pregunto cuántos años tendrá.
—Eso es algo que no sé. Encontrarás una copia de mi carta al señor Hewby, y su respuesta, sobre la mesa del estudio. Léelas, y sabrás lo mismo que yo acerca de nuestro invitado.
—Ya las he leído.
—Bueno, pues, ¿por qué preguntas tanto? Eso es todo lo que sé. ¡Uf… uf… uf!… ¡El cielo te confunda, granujilla! ¡No pongas nada ahí encima! No puedo soportar el peso de una mosca.
—Oh, lo siento, papá. Se me olvidó. Pensé que tendrías frío —dijo Elfride apartando rápidamente la manta de viaje que había arrojado sobre los pies del sufriente.
Esperó a comprobar que el enfado hubiera desaparecido de la cara de su padre; salió de la habitación y volvió abajo.
«Ocurrió la tarde de un día de invierno.»
Cuando, al cabo de dos o tres horas, la tarde se hizo noche, un observador habría podido ver unos perfiles recortándose contra el cielo en la cumbre de una solitaria y desolada colina de la parroquia. Circunscribían a dos hombres que en aquel momento tenían el aspecto de siluetas, sentados en un dog-cart que empujaba contra los dientes del viento. Solo algún hombre o una casa solitaria habían sido visibles en medio del desolado trecho de campo abierto que estaban atravesando; y ahora que había comenzado a caer la noche, el débil crepúsculo, que todavía dejaba entrever el paisaje, cobraba vida por la serena aparición del planeta Júpiter, que resplandecía momentáneamente con un brillo más intenso delante de ellos, y por Sirio, que derramaba sus rayos, rivalizando con el anterior, sobre las espaldas de los dos hombres. Las únicas luces que se divisaban sobre la tierra eran unos puntitos de un rojo apagado, dispersos sobre las distantes colinas, que, como el conductor del vehículo les comentó sin que le preguntaran, eran fuegos que consumían turba y raíces de aulaga, donde mullían los pastizales para prepararlos para la siembra. Durante el día el viento había sido tempestuoso, y apenas se había mitigado; tres o cuatro nubes, delicadas y pálidas, surcaban el cielo hacia el sur, rumbo al canal.
Habían recorrido unos veinte kilómetros de los veinticuatro que separaban la estación terminal del destino de su viaje cuando comenzaron a recorrer el borde de un valle de algunos kilómetros de extensión, donde los esqueletos invernales de una vegetación más exuberante que la que les había rodeado hasta ahora proclamaban la existencia de un suelo más fértil, y que mostraba muchas más trazas de cercamiento y cuidados que las lomas que habían atravesado. Un poco más adelante, una abertura entre los olmos de ese fértil valle revelaba una mansión.
—Eso es Endelstow House, la casa de lord Luxellian —dijo el conductor.
—Endelstow House, la casa de lord Luxellian —repitió el otro mecánicamente. A continuación se volvió hacia un lado y escrutó atentamente la casa casi invisible con un interés que la borrosa imagen del edificio parecía lejos de crear—. Sí, es la casa de lord Luxellian —volvió a decir al poco, mientras seguía mirando en la misma dirección.
—¿Es allí a donde vamos?
—No, vamos a la rectoría de Endelstow, como ya le dije.
—Pensé que a lo mejor había cambiado de opinión, señor, pues hace ya rato que mira en esa dirección, y eso que no se ve gran cosa.
—Oh no. Me interesa la casa, eso es todo.
—A mucha gente le interesa, dicen.
—No en el sentido en que me interesa a mí.
—¡Ah!… Bueno, su familia no es mejor que la mía, creo.
—¿Cómo es eso?
—En rigor, descienden de gentes que trabajaba en las zanjas y en los setos. Pero mucho tiempo atrás, uno de ellos, mientras trabajaba, cambió sus ropas con el rey Carlos II, lo que salvó la vida de este. El rey Carlos se le acercó como un hombre vulgar y corriente, y le dijo de buenas a primeras: «Hombre de la zamarra, mi nombre es Carlos II; ¿me prestarías tus ropas?». «Como desee», dijo Luxellian. Y se cambiaron las ropas allí mismo. «Ahora escucha lo que te digo», exclamó Carlos II, como si fuera un hombre vulgar y corriente, mientras se alejaba a caballo, «si alguna vez accedo a la corona, ven a mi corte, llama a la puerta, y di sin vacilar: “¿Está Carlos II en casa?”. Di tu nombre, y te dejarán entrar, y te daré un título de noble». Bueno, eso fue muy amable por parte del señor Charley, ¿no le parece?
—Muy amable, sin duda.
—Bueno, pues, como sabemos, el rey llegó al trono; y unos años más tarde, Luxellian, el que trabajaba en los setos, llamó a la puerta del rey y preguntó si Carlos II estaba en casa. «No, no está», le dijeron. «¿Y Carlos III?», preguntó Luxellian. «Sí», dijo un joven que parecía un hombre vulgar y corriente, solo que llevaba una corona en la cabeza, «mi nombre es Carlos III». Y…
—Me parece que debe de tratarse de un error. No recuerdo que en la historia de Inglaterra se mencione a ningún Carlos III —dijo el otro en un tono de suave reconvención.
—Oh, es una historia muy cierta, solo que nunca se imprimió; era un hombre de temperamento bastante raro, si lo recuerda.
—Perfectamente; siga.
—Y, sea como fuere, Luxellian, el que trabajaba en los setos, fue nombrado lord, y todo fue sobre ruedas hasta que un tiempo después tuvo una terrible disputa con el rey Carlos IV…
—Lo de Carlos IV ya me parece demasiado, a fe mía.
—¿Por qué? ¿Acaso no hubo un Jorge IV?
—Desde luego.
—Bueno, pues el nombre de Carlos es tan corriente como el de Jorge. Sin embargo, no hablaré más del tema… ¡En fin! ¡Qué mundo tan curioso este, desde luego! ¡Ah, que pasen tales cosas!
El crepúsculo se había convertido en noche durante su charla, y el contorno y la superficie de la mansión desaparecieron gradualmente. Las ventanas, que antes habían sido como manchones negros sobre una extensión más clara de pared, se iluminaron, y quedaron transfiguradas en cuadrados de luz sobre el cuerpo oscuro del paisaje nocturno, como si absorbieran los perfiles del edificio en su triste monocromía.
Durante un buen rato no pronunciaron palabra, y ascendieron una colina, y luego otra sobre la cima de la primera. Seguía otro kilómetro de meseta, desde la cual se avistaban dos faros en la costa a la que se acercaban, posados en el horizonte con un sereno lustre de benevolencia. La parroquia a la que se dirigían no parecía quedar muy lejos en dirección a la costa, entre Cam Beak y Tintagel. Llegaron a otro oasis; a sus pies había una pequeña hondonada, como un nido, hacia la cual el chófer dirigió el caballo en ángulo agudo, para descender una empinada loma que se sumergía bajo los árboles como una madriguera de conejo. Bajaron más y más.
—La rectoría de Endelstow está ahí dentro —añadió el hombre que llevaba las riendas—. Esa parte de ahí es Endelstow Oeste (la casa de lord Luxellian es Endelstow Este), y en sus tierras hay una iglesia. El padre Swancourt es el párroco de ambas, y va de una a otra. ¡En fin, mundo curioso este! Creo que, durante una época, hubo una cantera donde ahora está la casa. El hombre que la construyó rozó todos los terrenos del beneficio del párroco para sacar tierra que colocar alrededor de la rectoría, creando un pequeño paraíso de flores y árboles en el terreno que él mismo había preparado, mientras que los campos de donde sacó la tierra no han vuelto a servir para nada.
—¿Cuánto hace que vive aquí el titular de la rectoría?
—Puede que un año, o año y medio: no llega a dos; pues todavía no es objeto de maledicencia, y, por regla general, una parroquia empieza a hablar mal de su párroco al final de los dos años, cuando ya se conocen. Pero es muy buen hombre. El padre Swancourt me conoce muy bien, pues muy a menudo paso por aquí; y yo conozco al padre Swancourt.
Salieron de la enramada, doblaron una curva, y las chimeneas y gabletes de la rectoría comenzaron a entreverse. No había luz en ninguna parte. Se apearon; el hombre fue a tientas por el porche y tiró de la campanilla.
Al cabo de tres o cuatro minutos, pasados en paciente espera sin oír el menor sonido de respuesta, el forastero dio un paso al frente y repitió la llamada con más decisión. A continuación le pareció oír pasos en el vestíbulo, y cómo se movía el pomo de la puerta, pero nadie apareció.
—A lo mejor no están en casa —dijo el chófer en un suspiro—. Y yo que me había hecho ilusiones de comer algo en la cocina del padre Swancourt… ¡Esas buenísimas empanadillas de carne, y sus plumcakes, y sidra, y unas gotitas del tónico que guardan aquí!
—¡Muy bien, vecinos! Seáis ricos o pobres, ¿para qué tenéis que venir a este rincón del mundo a esta hora de la noche? —exclamó una voz en ese instante, y, volviendo la cabeza, vieron a un individuo canijo que caminaba hacia ellos con andar torpe. Venía de la puerta trasera con una linterna de asta colgándole de la mano.
—¡A esta hora de la noche, dice! Y el reloj apenas acaba de dar las siete. Muéstranos una luz y déjanos entrar, William Worm.
—Robert Lickpan, ¿eres tú?
—El mismo que viste y calza, William Worm.
—¿Viene contigo el invitado?
—Sí —dijo el forastero—. ¿Está en casa el señor Swancourt?
—Sí está, señor. ¿Les importaría entrar por la puerta de atrás? La principal está encajada a causa de la humedad, a veces le pasa, y ni un coloso es capaz de abrirla. Sé que no soy más que un temblor con patas que jamás valdrá el trabajo que el Señor se tomó en crearme, señor, pero puedo mostrarle el camino.
El recién llegado siguió a su guía a través de una pequeña puerta en el muro, a continuación recorrieron la antecocina y la cocina, por las que pasó con los ojos clavados al frente, pues sentía un horror innato a curiosear que le prohibía mirar las estancias que formaban la parte de atrás de los tapices de la casa. Al entrar en el vestíbulo, estaba a punto de ser conducido a su habitación, cuando, del pasillo interior de la entrada principal, apareció Elfride, que había ido allí para averiguar la causa de la demora. Se sobresaltó al ver a su invitado aparecer desde debajo de las escaleras, pues no esperaba este movimiento de sorpresa desde el flanco, que había sido originado tan solo por la inocencia de William Worm.
Elfride apareció con el más hermoso de los atavíos femeninos, es decir, vestida para estar por casa, con un abundante pelo rizado que le caía por los hombros. Una expresión de zozobra se posó en su rostro; y en su conjunto no pareció lo suficiente mujer para afrontar la situación. El invitado se quitó el sombrero, y se pronunciaron las primeras palabras; de buen principio, Elfride miró con mucho interés, no carente de sorpresa, a la persona con la que debía ejercer los deberes de la hospitalidad.
—Soy el señor Smith —dijo el forastero con una voz musical.
—Yo soy la señorita Swancourt —dijo Elfride.
Ya no se sentía cohibida. El enorme contraste entre la realidad que tenía ante ella, y el hombre de negocios sombrío, taciturno, brusco y anciano que había imaginado —un hombre cuyas ropas olían a humo de ciudad, de piel amarillenta por falta de sol, y habla adornada con epigramas—, le causó tanto alivio que Elfride sonrió, casi soltó una carcajada, ante la cara del recién llegado.
Stephen Smith, que hasta ese momento había permanecido oculto gracias a la oscuridad, era en ese momento una persona de aspecto juvenil, y, por edad, aún no del todo un hombre. A juzgar por su aspecto, Londres era el último lugar del mundo que uno habría imaginado como centro de sus actividades: una cara como la suya no podía alimentarse de humo, barro, niebla y polvo; un semblante franco como el suyo nada podía saber de «la fatiga, la fiebre y la zozobra» de esa segunda Babilonia.
Su tez era tan delicada como la de la propia Elfride; el rosa de sus mejillas casi tan delicado. Su boca era tan perfecta como el arco de Cupido, y de un color rojo cereza, como la de ella. Tenía el pelo claro y rizado; unos ojos de color azul gris claro y chispeantes; un rubor y ademanes juveniles; no llevaba ni patillas ni bigote, a menos que una pelusilla de un castaño claro en el labio superior mereciera ese título: así era ese profesional venido de Londres, cuya llegada tanto había desasosegado a Elfride.
Elfride se apresuró a decirle que, sintiéndolo mucho, debía anunciarle que el señor Swancourt no podría recibirle esa noche, y le explicó la razón. El señor Smith le replicó, con una voz forzadamente viril, que lamentaba mucho oír tales noticias; pero que, por lo que al recibimiento se refería, no importaba en lo más mínimo.
Stephen fue acompañado a su habitación. En su ausencia, Elfride se dirigió furtivamente al aposento de padre.
—Ha llegado, papá. ¡Es muy joven para ser un hombre de negocios!
—¡No me digas!
—Y de cara es… bueno, guapo. Como yo.
—Mmm… ¿Y qué más?
—Nada. Esto es todo lo que sé de él. Son buenas noticias, ¿no crees?
—Bueno, eso ya lo veremos cuando le conozcamos mejor. Baja y dale a ese pobre hombre algo de comer y beber, por amor del Cielo. Y cuando acabe de comer, dile que me gustaría charlar un poco con él, si no le importa subir aquí.
La joven volvió a bajar las escaleras, y mientras ella aguarda la entrada del joven Smith, vamos a reproducir las cartas referentes a su visita.
Rectoría de Endelstow, 18 de febrero de 18…
Muy señor mío:
Estamos considerando restaurar la torre y la nave lateral de la iglesia de esta parroquia; y lord Luxellian, el dueño de estas tierras, ha mencionado su nombre como arquitecto de confianza para pedirle que supervise las obras.
Ignoro por completo qué pasos preliminares hay que dar. No obstante, parece lo más plausible (caso de que, como afirma lord Luxellian, esté dispuesto a ayudarnos) que usted o algún empleado suyo venga a ver el edificio y redacte un informe para satisfacción de los parroquianos y otras personas.
La iglesia se halla en un lugar muy remoto: la estación de tren más cercana queda a unos veinticuatro kilómetros; y el lugar más cercano para alojarse —lo llaman ciudad, aunque no es más que un pueblo grande— es Castle Boterel, a tres kilómetros; de modo que lo más conveniente sería que se hospedara en la rectoría —que me satisface poner a su disposición— en lugar de tener que seguir hasta el hotel de Castle Boterel y tener que regresar a la mañana siguiente.
Cualquier día de la semana que viene que elija para venir a visitarnos nos encontrará dispuestos a recibirle. Sinceramente suyo,
Christopher Swancourt
Percy Place, Charing Cross, 20 de febrero de 18…
Muy señor mío:
De acuerdo con su petición del 18 del corriente, lo he dispuesto todo para hacer un informe pericial y levantar planos de la nave lateral y de la torre de su iglesia parroquial, y de los deterioros que se han ido acumulando, con vistas a su restauración.
Para dicho propósito, mi ayudante, el señor Stephen Smith, saldrá de Londres con el primer tren de la mañana. Muchas gracias por su propuesta de darle alojamiento. Acepta su oferta, y probablemente llegará a su casa ya anochecido. Puede confiar en él plenamente, y no dude de su discernimiento en materia de arquitectura eclesiástica.
Confiando en que los planos para la restauración, que yo prepararé a partir de los detalles del informe de mi ayudante, sean de su entera satisfacción y de la de lord Luxellian, le saluda atentamente,
Walter Hewby
«Melodiosos pájaros cantan madrigales.»
C. MARLOWE,
«El pastor apasionado a su amada»
La primera colación en la rectoría de Endelstow le resultó muy agradable al joven Stephen Smith. Sobre la mesa, tal como Elfride le había sugerido a su padre, se extendían los elementos de esa heterogénea refacción llamada tentempié, una clase de refrigerio enormemente apreciado por todos los que se hallan lejos de hombres y ciudades, y especialmente atractivo para los paladares jóvenes. La mesa estaba hermosamente adornada con flores y hojas de invierno, y a la vista se extendía un ambigú de chuletas, pollo, pastel, etcétera, y dos enormes empanadas rebosaban por los lados del plato con un jovial aspecto de abundancia.
En el extremo de la mesa que quedaba más cerca de la chimenea se veía el servicio de té, de porcelana Worcester pasada de moda, y tras ella se alzaba la delgada silueta de Elfride, que procuraba añadirle cierta dignidad de matrona al movimiento de servir el té, al tiempo que atendía con seriedad y preocupación las cuestiones de la mermelada, la miel y la nata. Como había comido antes de que llegara el invitado, encontró muy embarazoso que lo único que pudiera hacer, cuando no le servía, fuera charlar. Le preguntó si no le importaría que fuera a terminar una carta que estaba escribiendo, y, tras ponerse a ello, la invadió la sensación de haber sido enormemente grosera. Sin embargo, al ver que él no se lo tomaba a mal, y que él también parecía incómodo cada vez que ella miraba atentamente su taza de té para volver a llenarla, Elfride se tranquilizó; y cuando, además, el joven Smith, por accidente, le dio una patada a la pata de la mesa, volcando casi su taza de té, tal como haría un colegial, Elfride se vio en dominio de la situación, y habló con gran aplomo. A los pocos minutos, la franqueza y el hecho de ser más o menos de la misma edad les hizo olvidar que acababan de conocerse. Stephen habló con entusiasmo de experiencias extremadamente triviales relacionadas con sus intereses profesionales; y ella, que no tenía experiencias que relatar, le narró con gran animación historias que le había contado su padre, quien se hubiera quedado de piedra de haber oído con qué fidelidad de tono y detalles las pormenorizaba. En suma, que durante aquella velada en casa del señor Swancourt se dibujó una interesante imagen de lo que podríamos llamar «inocencia juvenil».
Al final, Stephen tuvo que subir al piso de arriba y hablar con el rector, recibiendo de él, además de resoplidos, muchas disculpas por hacerle entrar con tan pocas ceremonias en la habitación de un desconocido.
—Pero —añadió el señor Swancourt—, quería decirle un par de cosas, antes de que se acueste, sobre el objeto de su visita. A uno se le agota la paciencia cuando tiene que pasarse el día prisionero en su cama por el repentino capricho de su enemigo; nuevo para mí, de todos modos, pues hasta ahora la gota no me había molestado demasiado. Sin embargo, me ha afectado el otro dedo de manera muy leve, y espero que por la mañana se me habrá pasado del todo. Espero que le hayan atendido bien en la cocina.
—Perfectamente. Y aunque es una pena, y lamento mucho verle en este estado, le suplico que no haga el menor caso de mi presencia mientras esté en la casa.
—No se preocupe. Pero mañana bajaré. Mi hija es un médico excelente. Unas cuantas dosis de sus ligeros brebajes me repondrán más rápidamente que todos los remedios del mundo. Bueno, hablemos ahora de la iglesia. Siéntese, por favor. Por aquí, como ve, no podemos permitirnos muchas ceremonias, y la razón es que cuando viene a visitarnos un ser humano civilizado, no suele quedarse mucho tiempo, de modo que no podemos entretenernos en trivialidades, o se marchará antes de que hayamos tenido el placer de conocerle bien. Esta torre nuestra, como verá, no hay ya manera de restaurarla; pero la iglesia se encuentra en buen estado. Debería ver algunas de las iglesias del condado. Los suelos se pudren: la hiedra cubre las paredes.
—¡Dios santo!
—Oh, y eso no es nada. La congregación de un vecino mío, siempre que hay un aguacero durante el servicio, se ve obligada a abrir sus paraguas y a mantenerlos abiertos a causa de las goteras del techo. Y ahora, si es tan amable de acercarme esos papeles y cartas que ve sobre la mesa, le enseñaré cómo están las cosas.
Stephen cruzó el dormitorio para recogerlos, y el rector pareció fijarse en la esbelta silueta de su visitante.
—Supongo que es usted una persona competente —dijo.
—Desde luego —dijo el joven, ruborizándose levemente.
—Me parece que es usted muy joven. Diría que no ha cumplido aún los veinte.
—Acabo de cumplirlos.
—Tiene menos de la mitad de mis años; yo he rebasado los cincuenta.
Siguieron conversando, y al poco añadió el señor Swancourt:
—Por cierto, ha dicho usted que su nombre completo es Stephen Fitzmaurice, y que su abuelo era originario de Caxbury. En este rato que llevamos hablando, se me ha ocurrido que sé algo de usted. Usted pertenece a una vieja y conocida familia del condado… no son en los más mínimo Smith vulgares y corrientes.
—No creo que por nuestras venas corra ni una gota de su sangre.
—¡Tonterías! Claro que sí. Páseme el Landed Gentry. Veamos. Aquí está, Stephen Fitzmaurice Smith… Está enterrado en la iglesia de Santa María, ¿verdad? Bueno, de esa familia proceden los Leaseworthy Smith, y, de manera colateral, el general sir Stephen Fitzmaurice Smith de Caxbury…
—Sí, he visto el monumento que tiene allí —gritó Stephen—. Pero no hay relación entre su familia y la mía: es imposible.
—No hay ninguna, que usted sepa. Pero fíjese en esto, amigo mío —dijo el rector, golpeando con el puño el pilar de la cama para poner énfasis—. Aquí le tenemos a usted, Stephen Fitzmaurice Smith, que vive en Londres pero es originario de Caxbury. Y aquí, en este libro, aparece el árbol genealógico de los Stephen Fitzmaurice Smith de la casa de Caxbury. Puede que ahora no sean más que una familia de profesionales… no quiero ser metomentodo: no es eso lo que le pregunto; eso no va conmigo; ¡pero como que eso que tiene en medio de la cara es su nariz que esos son sus antepasados! Y, señor Smith, le felicito por su linaje; sangre azul, amigo mío; y a fe mía que, tal como va el mundo, es un color muy recomendable.
—Ojalá me felicitara usted por alguna cualidad más tangible —dijo el joven con modestia y también tristeza.
—¡Pamplinas! Eso vendrá con el tiempo. Es usted joven: tiene toda la vida por delante. Y ahora fíjese, fíjese en qué nieblas de la antigüedad tiene una raíz mi propia familia Swancourt. Vea —añadió volviendo la página—, aquí está Geoffrey, el único de mis ancestros que perdió una baronía por su debilidad por las chanzas. ¡Ah, así somos! Pero es una historia muy larga para contar ahora. Ay, yo soy un pobre hombre, un pobre caballero, de hecho: aquellos con quienes haría amistad, no quieren ser amigos míos; y de aquellos que están dispuestos a ser amigos míos, no quiero yo su amistad. Aparte de cenar con algún párroco, y de alguna charla esporádica, y a veces una cena, con lord Luxellian, pariente mío, me hallo en una soledad absoluta, completa.
—Tiene usted estudios, libros… y su hija.
—Oh, sí, sí. No me quejo de la pobreza. Canto coram latrone. En fin, señor Smith, no deje que le retenga más en esta habitación de enfermo. ¡Ja! Esto me recuerda un chiste que oí de joven. —En este punto, el rector comenzó a carcajearse solo, y Stephen puso una mirada interrogante—. ¡Oh, no, no! ¡Es demasiado malo, demasiado malo para contarlo! —añadió el señor Swancourt porfiando en su alborozo—. Bien, vuelva abajo; mi hija hará todo lo que pueda por usted esta noche. Pídale que le cante algo… toca y canta muy bien. Buenas noches. Me siento como si le conociera desde hace cinco o seis años. Llamaré para que alguien le acompañe abajo.
—No se preocupe —dijo Stephen—. Encontraré el camino.
Y mientras bajaba se puso a pensar en el trato deliciosamente espontáneo que se prodigaba de los condados remotos en comparación con la reserva de Londres.
—Se me olvidó decirle que mi padre está bastante sordo —dijo Elfride con preocupación cuando Stephen entró en la salita.
—No se preocupe; lo sé todo, y somos grandes amigos —fue la réplica entusiasta del joven hombre de negocios—. Y, señorita Swancourt, ¿sería usted tan amable de cantar para mí?
Esta petición le pareció a la señorita Swancourt —y sin duda lo era— excepcionalmente directa; aunque intuyó que su padre algo había tenido que ver en esa petición, pues sabía que no se iba con ambages a la hora de utilizarla para entretener a los huéspedes aburridos. Al mismo tiempo, como la actitud del señor Smith era demasiado franca para suscitar cualquier crítica, y su edad demasiado escasa para inspirar temor, ella se mostró dispuesta —por no decir encantada— a acceder. Cogió del musiquero algunas viejas canciones familiares, que en otras épocas había tocado y cantado su madre, se sentó ante el pianoforte y comenzó a cantar «Fue una noche de un día de invierno» con una hermosa voz de contralto. A continuación prosiguió con «Si él hiciera algún reproche», una canción que casaba exquisitamente con su voz y su porte.
—¿Le ha gustado esta vieja canción, señor Smith? —dijo ella al final.
—Sí, mucho —dijo Stephen, palmariamente emocionado.
—Le cantaré una tonadilla de Leyre que me regaló una señora francesa que se alojaba en Endelstow House:
Je l’ai planté, je l’ai vu naître,
Ce beau rosier où les oiseaux.
»Y luego, para acabar, le cantaré mi favorita, un poema de Shelley, “Cuando la lámpara se hace añicos”, musicado por mi pobre madre. Me encanta cantar para alguien que quiere oírme de verdad.
Cuando una mujer deja una huella permanente en un hombre, este generalmente la recuerda tal como la vio en una escena concreta, que parece destinada a ser la forma especial en que ella se manifestará en las páginas de su memoria. Al igual que la santa patrona tiene su postura y accesorios en el miniado medieval, podríamos decir que la amada tiene los suyos sobre las tablas de la fantasía de su verdadero Amor, sin los cuales ella rara vez se introduce allí —excepto con un gran esfuerzo—; y así la ve siempre, por mucho que, a medida que la va conociendo, la haya observado en muchas otras fases que uno consideraría mucho más apropiadas al joven sueño del Amor.
La imagen de la señorita Elfride eligió la forma en la que era contemplada durante los minutos que duró el canto, pues fue esa la que, en días posteriores, visitó los ojos de Stephen cuando este dormía o estaba despierto. El perfil es el de una joven con un vestido de seda color gris pálido con adornos de muletón, y que, por la parte de delante, se abre hacia arriba, como un chaleco sin camisa; el color frío contrasta admirablemente con el cálido rubor de su cuello y cara. La vela que, sobre el piano, queda más alejada, se alinea inmediatamente con su cabeza, y, medio invisible, transforma el cabello accidentalmente rizado en una nebulosa bruma de luz, que rodea su coronilla como una aureola. Las manos están sobre las teclas, los labios separados mientras cantan, en un suave diminuendo, las últimas palabras del triste apóstrofe:
Oh, amor, que lloras
la fragilidad de todo,
¡cómo elegiste lo más frágil
como cuna, hogar y féretro!
Tiene la cabeza un poco adelantada, los ojos fijos en la parte superior de la página que tiene delante. Entonces lanza una fugaz mirada a la cara de Stephen, y aún más deprisa vuelve a dirigir la vista a su partitura; su cara ha abandonado la tristeza y adquirido una expresión de malicia; la demora unos minutos, pero no llega a alcanzar la sonrisa del coqueteo.
Stephen, que hasta ese momento había permanecido a la derecha de ella, de pronto se colocó a su izquierda, donde había el espacio justo para una pequeña otomana que quedaba entre el piano y el rincón del cuarto. Allí se embutió Stephen, desde donde observó atentamente la cara de Elfride. Tanto tiempo miró, y con tanta intensidad miró, que las mejillas de Elfride fueron adquiriendo un tinte carmesí cada vez más acusado a medida que transcurrían los versos de la canción. Al acabar, quedó inmóvil durante casi dos minutos, después de lo cual se atrevió a volver a mirarle. En los rasgos de él había una expresión de inefable pesadumbre.
—No oye usted muchas canciones, ¿verdad señor Smith? De lo contrario no le habrían afectado tanto las mías.
—Quizá fueron los medios y el vehículo de la canción lo que me afectó: me refiero a usted —respondió amablemente.
—¡Por favor, señor Smith!
—Es totalmente cierto lo que usted dice, pocas veces oigo cantar. Me temo que está muy equivocada con respecto a mí. Como soy un desconocido que ha venido a este lugar apartado, cree usted que vengo de una vida de bullicio, y estoy a la última de lo que ocurre. Pero no es así. Mi vida es tan apacible como la suya; solitaria como la muerte.
—¿Una muerte que procede de una plétora de vida? Lo cierto es que me doy perfecta cuenta de que no es usted en lo más mínimo tal como lo había imaginado. No es una persona crítica, ni experimentada, ni… muy exigente. Por eso no me importa cantarle estas cancioncillas que solo me sé a medias. —Al descubrir que con esta confesión le había ofendido de una manera que no pretendía, añadió inocentemente—: Quiero decir, señor Smith, que no es usted mejor ni peor por ser solo joven e inexperto. No cree que mi vida aquí sea tan insulsa y aburrida, lo sé.
—Desde luego que no —dijo él con fervor—. Debe de ser deliciosamente poética, alegre, pura y…
—¡Tiene toda la razón, señor Smith! Bueno, hay otro tipo de hombres que, cuando consigo que me digan honestamente lo que piensan, consideran todo lo contrario: que mi vida debe de ser un mortal fastidio a excepción de los días que ellos pasan aquí, haciéndola más agradable.
—¡Ojalá pudiera vivir aquí siempre! —dijo Stephen, con un tono y una expresión de inconsciente revelación tales que Elfride se quedó un tanto sobrecogida al comprobar que sus armonías habían incendiado una pequeña Troya en el corazón de Stephen.
Elfride dijo de inmediato:
—Pero usted no puede vivir aquí siempre.
—Oh, no.
Y él se replegó con la susceptibilidad de un caracol.
La emociones de Elfride se encendían con tanta facilidad como las de Stephen, pero la más insignificante de las triviales enfermedades de la mujer —el deseo de ser admirada— provocó en él una actitud inflamable, totalmente idéntica a la de ella, y si en él pareció meritoria, el recato hizo que la de ella pareciera culpable.
«Donde surge la hierba entran las ruinas.»
T. GRAY,
«Elegía escrita en una iglesia rural»
Por razones que solo a él atañían, Stephen Smith se levantó poco después del amanecer de la mañana siguiente. Desde la ventana de su habitación pudo ver, primero, dos pronunciadas escarpaduras que convergían como la letra uve. Hacia el fondo, como líquido en un embudo, aparecía el mar, pequeño y gris. En la pendiente de una colina, de bastante mayor altitud que su vecina, se alzaba la iglesia que iba a ser el centro de operaciones. El solitario edificio era negro y desolado, recortándose en el cielo desde el perfil de la colina. Tenía una torre cuadrada que se caía a pedazos, sin almenas ni pináculos, y parecía un remate monolítico, de la misma sustancia que el altozano más que una estructura que se alzara sobre él. La iglesia estaba rodeada de un murete bajo; por encima del nivel del muro asomaba el cementerio, que no era tal como suelen ser los cementerios, un fragmento del paisaje con su debida variedad de claroscuro, sino un simple margen recortado contra el cielo, serrado con los perfiles de las tumbas y unas cuantas lápidas conmemorativas. No se veía ni un árbol: nada más que la monótona hierba verde gris.
Cinco minutos después de haber realizado esa casual observación, su dormitorio estaba vacío, y su ocupante había desaparecido en silencio de la casa.
Al cabo de dos horas volvía a estar en el cuarto, encarnado y acalorado. Ahora atendía a los detalles artísticos de su atavío, que se habían omitido en su salida anterior. Y parecía un muchacho en la flor de la vida, tras su misteriosa huida matinal. Tenía una boca magnífica: bien perfilada, fruncida en pico como la de William Pitt, tal como se representa en el bien o no tan bien conocido busto de Nokellens; una boca que es, en sí misma, la fortuna de un joven, si sabe utilizarla. Su barbilla redondeada, con la parte superior vuelta hacia adentro, continuaba esa perfecta y carnosa curva, y parecía presionar, hasta cierto punto, la parte de abajo del labio inferior en el lugar donde se unían.
En una ocasión murmuró el nombre de Elfride. ¡Ah, ahí estaba! En el jardín, con un vestido sencillo, sin sombrero ni capota, corriendo con la velocidad de un muchacho, que se añadía a la liviandad de su condición de mujer, persiguiendo a un conejo domesticado que pretendía capturar; alternaba estratégicos tonos de engatusamiento con desesperadas carreras, y tan poco casaban con sus palabras que la vacuidad de tales expresiones le resultaba de lo más evidente a la mascota, que echaba a correr como una flecha y esquivaba a su perseguidora en una réplica huraña.
El paisaje que allí se veía era por completo distinto del de las colinas. Árboles y arbustos cercaban el lugar de la vegetación indómita del exterior; incluso en esa época del año, la vegetación era exuberante. No soplaba viento alguno en el interior de aquel cinturón protector de vegetación de hoja perenne, pues perdía su fuerza al dar contra los árboles más altos y fuertes que formaban el margen exterior de la arboleda.
A continuación, Stephen oyó una persona recia que arrastraba los pies en el interior de unas zapatillas y le llamaba:
—¡Señor Smith!
Smith se dirigió al estudio y se encontró con el señor Swancourt. El joven expresó su alegría por ver a su anfitrión levantado.
—Oh, sí. Sabía que me pondría bien enseguida. Hace más de dos años que la gota no se me acerca, y generalmente desaparece tras la segunda noche. Bueno, ¿dónde ha estado esta mañana? ¡Creo que acaba de volver!
—Sí; he dado un paseo.
—¿Se ha levantado temprano?
—Sí.
—Muy temprano, diría.
—Sí, bastante temprano.
—¿Adónde ha ido? Imagino que al mar. Todo el mundo va en dirección al mar.
—No; fui río arriba hasta la tapia del parque.
—Es usted una persona singular. Bueno, supongo que la pura naturaleza es una novedad, y por eso le tentó a salir de la cama.
—No es en absoluto una novedad. Me gusta.
El joven no parecía dispuesto a dar explicaciones.
—Así que usted se levanta para ver cantar el gallo la mañana después de un viaje de catorce o dieciséis horas. Pero sobre gustos no hay nada escrito, y me alegra ver que los suyos son saludables. Después del desayuno, pero no antes, estaré a punto para una caminata de quince kilómetros, señor Smith.
Desde luego, no parecía haber nada exagerado en esa afirmación. Durante el día, el señor Swancourt resultaba ser un hombre que, en coincidencia con las otras dos personas que tenía bajo su techo, podía considerarse, sin temor a ser fatuo, como apuesto; apuesto, es decir, en el mismo sentido en que la luna es luminosa: sin tener en cuenta los barrancos y valles que, al observar de cerca, vemos que diversifican su superficie. Su cara poseía un color que jamás se hacía más oscuro en las mejillas ni más claro en la frente, sino que permanecía uniforme en toda la superficie; el color salmón habitual y neutro de un hombre que se alimenta bien —por no decir demasiado bien— y que no piensa demasiado; todos sus poros visibles y en funcionamiento. El conjunto era el de un granjero bastante venido a más y vestido de punta en blanco, aunque con las ropas equivocadas; el de un hombre erguido en perpendicular que, si alguna vez perdiera el equilibrio, solo podría caer hacia atrás.
El rector se hallaba ahora en el que tendría que haber sido ser su hábitat natural: su estudio. Pero ahí acaba la coherencia del cuadro. Por toda la repisa de la chimenea se veían frascos de medicamentos para caballos, cerdos y vacas, y apoyada contra la pared había una mesa alta hecha de fragmentos de roble que procedían del portalón techado de un cementerio. Sobre ella había diversos animales disecados: búhos, colimbos y gaviotas, y sobre ellos ramilletes de espigas de trigo y cebada que llevaban una etiqueta con la fecha del año de producción. Algunos cajones y estantes, más o menos cargados de libros, cuyos títulos más destacados eran las Notas sobre las epístolas a los romanos del doctor Brown, las Notas sobre las epístolas a los corintios del doctor Smith, y las Notas sobre las epístolas a los gálatas, los efesios y los filipenses, salvaban por los pelos el carácter del lugar, a pesar de la casita de muñecas que había sobre dichos volúmenes, un acuario marino en la ventana, y el sombrero de Elfride colgando de una esquina.
—¡A lo nuestro, a lo nuestro! —dijo el señor Swancourt tras el desayuno.
Comenzó a parecerle necesario hacer de regulador de las fuerzas un tanto irregulares de su invitado.
Se prepararon para ir a la iglesia; el rector se lo pensó mejor y decidió montar su yegua negra como el carbón para evitar darle demasiada guerra a su pie. Stephen dijo que necesitaba un asistente.
—¡Worm! —gritó el rector.
Al cabo de unos minutos, se oyó una voz en la esquina del edificio que murmuraba:
—¡Ah, yo antes era muy fuerte, pero ya no! Bueno, yo soy tan libre como el que más, por mucho que escriban «señor don» delante de sus nombres.
—¿Qué ocurre? —dijo el rector mientras veía aparecer a William Worm; sus observaciones le fueron repetidas.
—A veces Worm dice cosas muy ciertas —comentó el señor Swancourt, volviéndose hacia Stephen—. Ahora, por lo que se refiere al «señor don». Bueno, señor Smith, el «señor don» ya no significa nada, cualquier mequetrefe con una casaca negra se lo pone en sus cartas. ¿Algo más, Worm?
—¡Ay, otra vez han empezado a freír pescado!
—¡Vaya! ¡Siento mucho oírlo!
—Sí —se lamentó Worm dirigiéndose a Stephen—, tengo ese ruido tan metido en la cabeza que no hay manera de vivir ni de noche ni de día. Es exactamente igual que si oyeras freír pescado: freír, freír, freír, todo el día en mi pobre cabeza, no sé ni dónde me encuentro. Espero que Dios Todopoderoso se dé cuenta tarde o temprano y me alivie.
—Hay que ver —dijo el señor Swancourt de manera impresionante—, mi sordera es un silencio total; pero la de William Worm es de otro tipo, él oye gente friendo pescado en su cabeza. Curioso, ¿verdad?
—Puedo oír el chisporroteo de la fritura como si ocurriera de verdad —dijo Worm para corroborarlo.
—Sí, es extraordinario —dijo el señor Smith.
—Peculiar, muy peculiar —repitió el rector; y todos siguieron el sendero que recorría la ladera de la colina, bordeado a ambos lados por un murete de piedra en el que centelleaban fragmentos de cuarzo y canicas rojo sangre, aparentemente de inestimable valor, en su engaste de aluvión marrón.
Stephen caminaba con viril dignidad cerca de la cabeza del caballo; cerrando la marcha, a tiro de piedra, Worm caminaba con su peculiar temblor; y Elfride no estaba en ninguna parte en especial, y sin embargo en todas; a veces delante, a veces detrás, a veces a los lados, revoloteando sobre la comitiva como una mariposa; como si no participara de la excursión propiamente dicha, sino que apareciera y desapareciera aquí y allá.
El rector le explicó las circunstancias mientras avanzaban:
—El hecho es, señor Smith, que yo no quería saber nada de este fastidio de la restauración, pero era necesario actuar en defensa propia por culpa de estos disidentes. Y utilizo la palabra en sentido literal, no como improperio.
—¡Qué cosa tan triste! —dijo Stephen, con el solidario interés exigido.
—¿Triste? Eso no es nada en comparación con la parroquia de Twinkley. Los dos coadjutores son… en fin, no diré lo que son… lo mismo que el cura y el sacristán.
—¡Qué raro! —dijo Stephen.
—¿Raro? Amigo mío, eso no es nada comparado con la parroquia de Sinnerton. Sin embargo, por lo que se refiere a nuestra parroquia, espero que pronto hagamos algún progreso.
—Debe dejarlo en manos de las circunstancias.
—Nada de dejarlo en manos de las circunstancias. Si hemos de dejarlo en manos de algo, que sea de la Providencia. Pero ya estamos. Un lugar inhóspito, ¿verdad? Pero me gusta en días como el de hoy.
Se entraba en el cementerio, por aquel lado, mediante unos escalones de piedra que sorteaban la tapia, y, una vez escalados, uno seguía estando sobre la inhóspita colina, con lo que el interior no quedaba tan separado del exterior como para que desapareciera la idea de libertad del espacio abierto. Debía de ser una delicia recibir sepultura en tan delicioso lugar: postulaba que la dicha puede acompañar a un hombre a su tumba bajo cualquier circunstancia. Nada horrible había en ese cementerio, como esos túmulos tupidos, construidos con ramilla, que gritan encarcelamiento en lugar de susurrar descanso. Tampoco se veían jardines de flores bien cuidados, que solo suscitan imágenes de gente enlutada y pañuelos blancos que vienen a atenderlas; ni ruedas de carros, que nos recuerdan a los coches fúnebres; ni arboledas de cipreses, que conforman un desfile de pesar; ni tablas de ataúd ni huesos tras los árboles, que muestran que solo tenemos en préstamo nuestras tumbas. No: nada más que una hierba larga, salvaje, dejada a su arbitrio, que diversificaba las formas de los montículos que cubría, ellos mismos ya de forma irregular; y de ningún modo se disimulaba la imponente presencia de la vieja montaña de la que todo eso era parte. Fuera había laderas y hierbas similares, y, más allá, el mar sereno e impasible, visible en anchura hasta la mitad del horizonte, y que producía en la vista el efecto de una enorme concavidad, como el interior de un recipiente azul. A lo lejos, rocas separadas se alzaban verticales, un collar de espuma ceñía sus bases, y su blancura era espejo del plumaje de multitud de gaviotas que revoloteaban sin pausa.
—¡Vamos, Worm! —dijo el señor Swancourt bruscamente; y Worm se dispuso a recibir órdenes.
Stephen y él mismo comenzaron la labor, y el trabajo prosiguió hasta primera hora de la tarde, cuando Unity, de la cocina de la rectoría, anunció la cena, corriendo hasta la iglesia sin capota.
Elfride no apareció en el interior del edificio hasta última hora de la tarde, y acudió por especial invitación de Stephen, pronunciada durante la cena. Parecía tan intensamente viva y llena de movimiento cuando entró en el viejo y silencioso lugar que el mundo del joven Smith comenzó a ser iluminado por «la luz púrpura» en toda su claridad. Se libraron de Worm enviándolo a medir la altura de la torre.
¿Qué podía hacer ella sino acercarse —tanto que un diminuto arco de su falda tocó el pie de Stephen— y preguntarle cómo iba con sus dibujos, y ponerse a aprender los principios de la medición práctica aplicada a los edificios irregulares? A continuación subió al púlpito para imaginarse por centésima vez lo que sería ejercer de sacerdote.
Se inclinó sobre la parte frontal del púlpito.
—Si le cuento algo, señor Smith, no se lo dirá a papá, ¿verdad? —dijo Elfride con el repentino impulso de hacerle una confidencia.
—Oh, no, de ninguna manera —dijo él, levantando la mirada.
—Bueno, pues a menudo le escribo los sermones, y con los míos predica mejor que con los suyos propios; y luego le habla a la gente y a mí acerca de lo que había dicho en el sermón, y se olvida de que yo se lo he escrito. ¿No es absurdo?
—¡Usted debe de ser muy inteligente! —dijo Stephen—. Yo sería totalmente incapaz de escribir un sermón.
—Oh, es bastante fácil —dijo Elfride, bajando del púlpito y acercándose a él para explicárselo con más viveza—. A usted le gusta esto. ¿Alguna vez ha jugado a un juego de prendas llamado «¿Cuándo es? ¿Dónde está? ¿Qué es?».
—No, nunca.
—Ah, es una lástima, porque escribir un sermón se parece mucho a jugar a ese juego. Usted coge el texto. Piensa: ¿para qué está? ¿Qué es?, etcétera. Coloca todo eso debajo de «En general». A continuación pasa a «En primer lugar», «En segundo», «En tercero». Papá no es partidario de «En cuarto»… Dice que todo eso son tonterías. A continuación coloca usted, para acabar, un «En conjunto», y pone varias páginas entre grandes corchetes negros, y escribe al lado: «Esto lo dejas fuera si los granjeros se están quedando dormidos». Luego viene «En conclusión», y por fin «Unas palabras antes de acabar». Bueno, y en la parte de atrás de cada página tiene que escribir: «No levantes la voz»… quiero decir —añadió, corrigiéndose— que así es como lo hago en el libro de sermones de papá, porque de lo contrario habla cada vez más fuerte, y al final acaba gritando como un granjero en el campo. ¡Oh, hay veces en que papá es tan divertido!
Luego, tras este infantil arrebato de confianza, Elfride se arredró, como si un instinto femenino la advirtiera de que su ardor la había llevado demasiado lejos y se había mostrado demasiado descarada con un, casi, desconocido.
En aquel momento Elfride vio a su padre, y salió al viento del exterior, y la atrapó una racha mientras descendía la pendiente del cementerio, en la cual exhibió los movimientos, sin los motivos, de una muchacha bullanguera; la gracia, sin ese estar pendiente de que la miren, de una bailarina que hace una pirueta. Habló durante unos minutos con su padre y volvió a casa, mientras el señor Swancourt se dirigía a la iglesia para reunirse con Stephen. El viento había refrescado su cálida tez al igual que refresca un hierro de marcar al rojo. Estaba de buen humor, y observó con una sonrisa cómo Elfride volvía a casa.
—¡Chica! ¡Adónde vas tan alocada! —dijo, y se volvió hacia Stephen—. Pero no es una chica nada alocada, señor Smith. Tan centrada como usted, y que es usted una persona centrada lo veo por la diligencia con que ha trabajado aquí.
—Creo que la señorita Swancourt es muy inteligente —observó Stephen.
—Sí lo es; desde luego que lo es —dijo su padre, adoptando, en la medida de lo posible, el tono neutral de un crítico objetivo—. Le diré una cosa, Smith; pero no debe saberlo por nada del mundo; por nada del mundo, téngalo entendido, pues ella insiste en mantenerlo en el más estricto secreto. Bueno, pues a menudo me escribe los sermones, ¡y la verdad es que lo hace estupendamente!
—Puede hacer cualquier cosa.
—Al menos eso sí puede hacerlo. La muy bribona se conoce bien el truco. ¡Pero ya se lo he dicho, Smith, no le diga ni una palabra, ni una!
—Ni una palabra —dijo Smith.
—Fíjese —dijo el señor Swancourt—. ¿Qué le parece la techumbre? —Con su bastón señaló el tejado del presbiterio.
—¿Lo ha hecho usted, señor? —dijo Smith.
—Sí, trabajé todo el tiempo en mangas de camisa. Saqué las vigas viejas, coloqué las nuevas, puse las tablas, empizarré el techo, todo con mis propias manos. Worm me hizo de ayudante. Trabajamos como esclavos, ¿verdad, Worm?
—Ya lo creo, señor; trabajamos tan duro como el que más, ji, ji —dijo William Worm, surgiendo de alguna parte—. Como esclavos, diría yo, ji, ji. ¿Y se acuerda de que me puse como loco cuando los clavos se torcían? Caramba. Oiga, ¿verdad que no es tan malo pensar una palabrota y guardársela como pensarla y decirla, señor?
—Bueno, ¿por qué lo dices?
—Porque, señor, cuando estaba usted poniendo el techo, solo pensaba palabrotas y no las decía, lo cual, imagino, no es nada malo.
—No creo que tengas ni idea de lo que pienso, Worm.
—¡No me diga, señor, ji, ji! Puede que no sea más que un temblor con patas, señor, y que no sepa leer mucho, pero sé deletrear mejor que muchos. ¿No se acuerda, señor, de aquella noche tempestuosa en que me pidió que le sostuviera la palmatoria en su taller mientras estaba haciendo una nueva silla para el presbiterio?
—Sí, ¿y qué?
—Yo le sostenía la palmatoria, y usted dijo que le gustaba la compañía, aunque fuera solo la de un perro o un gato… refiriéndose a mí; y la silla no le salía de ninguna manera.
—Ah, ya me acuerdo.
—No, la silla no salía de ninguna manera. Y no es que tuviera mala pinta… ¡pero, Señor!
—¡Worm, cuántas veces te he corregido por hablar de manera irreverente!
—Tenía muy buena pinta la silla, pero no había manera de sentarse en ella. Estaba un tanto torcida como la letra zeta, y me senté en ella. «Levántate, Worm», dice usted al ver que la silla se bamboleaba conmigo encima. Y levantó la silla y la arrojó a la otra punta del taller como si la lanzara al fuego eterno, fuera de sí. «¡Maldita silla!», digo yo. «Justo lo que yo estaba pensando», dice usted, señor. «Lo he podido ver en su cara!», digo yo, «y espero que usted y Dios me perdonen por decir lo que usted ha callado». Y se hubiera muerto allí mismo de no echarse a reír, señor, ante un temblor con patas como yo leyéndole los pensamientos con tanta claridad. Vaya, como que no soy yo tan sabio como el que más.
—Pensé que preferiría tener a un profesional que le acompañe a la iglesia y a la torre —le dijo el señor Swancourt a Stephen a la mañana siguiente—, por lo que le pedí permiso a lord Luxellian para enviar a buscar a uno cuando usted llegara. Le dije que estuviera allí a las diez. Es un hombre muy inteligente, y le dirá todo lo que desee saber sobre el estado de los muros. Se llama John Smith.
A Elfride no le gustaba que volvieran a verla en la iglesia acompañada de Stephen.
—Esperaré aquí a que aparezca en lo alto de la torre —dijo riendo—. Veré su figura recortada contra el cielo.
—Y cuando esté allí arriba, la saludaré con mi pañuelo, señorita Swancourt —dijo Stephen—. Dentro de exactamente doce minutos —añadió mirando su reloj—. Estaré allá arriba y me asomaré para verla.
Elfride rodeó unos arbustos, desde donde pudo verle subir la cuesta que llevaba al lado de la colina en el que se alzaba la iglesia. Allí vio que le esperaba una figura blanca: un mampostero con sus ropas de trabajo. Stephen llegó hasta el hombre y se detuvo.
Para sorpresa de Elfride, en lugar de dirigirse al cementerio, los dos se sentaron sobre una piedra cercana al lugar de reunión, y permanecieron allí charlando. Elfride miró la hora; habían pasado nueve de los doce minutos, y Stephen no mostraba trazas de moverse. Pasaron más minutos; a Elfride le entró frío y tembló. No fue hasta pasado un cuarto de hora que comenzaron a andar hacia la iglesia a paso de caracol.
—¡Grosero y descortés! —se dijo Elfride, sonrojándose de despecho—. Cualquiera diría que está enamorado de ese horroroso mampostero en lugar de…
La frase no acabó de pronunciarse, pero sí de pensarse.
Regresó al porche.
—Ese hombre que has hecho venir, ¿es perezoso, vago e inútil? —le preguntó a su padre.
—No —dijo él, sorprendido—, todo lo contrario. Es el maestro mampostero de lord Luxellian.
—Oh —dijo Elfride con indiferencia, y regresó a su desolado lugar, donde esperó y volvió a temblar.
Era una tontería, después de todo, una cosa infantil, asomarse desde una torre y agitar un pañuelo. Pero su nuevo amigo se lo había prometido, ¿y por qué había de burlarse así de ella? El efecto de un golpe es proporcional a la textura del objeto y a la del impulso; y ella tenía tan superlativa susceptibilidad a ser herida que un golpe pequeño le hacía mucho daño.
No fue hasta al cabo de media hora que se divisaron dos figuras por encima del parapeto de ese viejo y triste pilar, inmóviles como avetoros sobre una mezquita en ruinas. Y Stephen no fue fiel a esa promesa realizada tan cortésmente, y desapareció sin hacer ninguna señal.
Regresó a mediodía. Elfride parecía ofendida cuando no sabía que él la miraba; cuando se daba cuenta, ponía un gesto severo. Sin embargo, su actitud de frialdad había perdurado mucho más que la propia frialdad, y ya era incapaz de pronunciar fingidas palabras de indiferencia.
—Fue muy poco gentil por su parte tenerme esperando en el frío y romper su promesa —dijo ella por fin en tono de reproche, a un volumen demasiado bajo como para que su padre pudiera oírla.
—¡Perdóneme, perdóneme! —dijo Stephen, consternado—. Se me olvidó, se me olvidó por completo. Algo evitó que me acordara.
—¿Alguna otra explicación? —dijo la señorita Caprichosa, haciendo un puchero.
Él permaneció unos minutos en silencio, y la miró con recelo.
—No —dijo él, con el tono de quien ocultaba un pecado.