ALFRED NOBEL, el fabricante de explosivos, estaba hablando con su amiga la baronesa Bertha von Suttner, autora de ¡Abajo las armas! Von Suttner, uno de los fundadores del movimiento europeo contra la guerra, acababa de asistir a la cuarta Conferencia Mundial de la Paz en Berna. Era agosto de 1892.
«Quizá mis fábricas pondrán fin a la guerra antes incluso que vuestros congresos —dijo Alfred Nobel—. El día en que dos cuerpos de ejército puedan aniquilarse mutuamente en un segundo, es probable que todas las naciones civilizadas se echen atrás, horrorizadas, y licencien a sus tropas.»
STEFAN ZWEIG, joven escritor vienés, se encontraba sentado entre el público en un cine de la ciudad francesa de Tours, viendo un noticiario. Era la primavera de 1914.
Una imagen de Guillermo II, el emperador de Alemania, apareció fugazmente en la pantalla. En el acto se produjo un alboroto. «Todos chillaban y silbaban, hombres, mujeres y niños, como si les hubieran insultado personalmente —escribió Zweig—. La buena gente de Tours, que del mundo y la política no sabía más que lo que había leído en los periódicos, se había vuelto loca durante un momento.»
Zweig se asustó. «Había durado solo un segundo, pero bastó para mostrarme con qué facilidad en todas partes era posible soliviantar a la gente en tiempos de crisis, a pesar de todos los intentos de entendimiento.»
WINSTON CHURCHILL, primer lord del Almirantazgo inglés, instituyó un bloqueo naval de Alemania. «El bloqueo británico —escribió más adelante Churchill— trató a toda Alemania como si fuera una fortaleza asediada y fue un intento declarado de someter a toda la población: hombres, mujeres y niños, viejos y jóvenes, heridos y sanos, por medio del hambre.» Era 1914.
STEFAN ZWEIG se hallaba en el frente oriental, recogiendo proclamaciones de guerra rusas para los archivos austríacos. Era la primavera de 1915.
Zweig subió a un vagón de carga de un tren hospital. «Había camillas toscas, unas al lado de otras —escribió— y todas estaban ocupadas por hombres pálidos como la muerte que gemían, sudaban y trataban de respirar en la atmósfera densa que olía a excrementos y yodoformo.» Había varios muertos entre los vivos. El médico, desesperado, pidió a Zweig que fuese a por agua. No tenía morfina ni vendas limpias y faltaban aún veinte horas para llegar a Budapest.
Cuando Zweig regresó a Viena, empezó a escribir una obra de teatro pacifista, Jeremías. «Había reconocido —escribió Zweig— al enemigo contra el que debía luchar: el heroísmo falso que prefiere enviar a otros al sufrimiento y la muerte, el optimismo barato de los profetas sin conciencia, tanto políticos como militares, que, prometiendo descaradamente la victoria, prolongan la guerra, y detrás de ellos el coro a sueldo, los “creadores de palabras de guerra”, como los ha ridiculizado Werfel en su hermoso poema.»
JEANNETTE RANKIN, DE MONTANA, la primera mujer elegida para la Cámara de Representantes, votó en contra de declarar la guerra a Alemania. Era el 6 de abril de 1917.
«Me incliné sobre la barandilla de la galería y la observé —dijo su amiga Harriet Laidlaw, del Partido del Sufragio Femenino—. Estaba soportando una tensión de lo más terrible.» Casi todas las demás líderes sufragistas, incluida Laidlaw, querían que votara sí.
Se hizo un silencio cuando alguien leyó en voz alta su nombre. «Quiero apoyar a mi país —dijo Rankin—. Pero no puedo votar a favor de la guerra. Voto no.» Otros cincuenta miembros de la Cámara votaron no con ella; 374 votaron sí. «Pensé —dijo más tarde— que la primera vez que la primera mujer tenía la oportunidad de decir no a la guerra debía decirlo.»
Uno de los periódicos de su estado natal, el Independent de Helena, la llamó «marioneta del káiser, miembro del Ejército huno en Estados Unidos y colegiala llorona».
UN JOVEN PREDICADOR PARTIDARIO DE LA GUERRA, Harry Emerson Fosdick, escribió un libro breve que fue publicado por la Asociación Cristiana de Jóvenes.
La guerra ya no era gallardía y desfiles, dijo el reverendo Fosdick. «La guerra es ahora arrojar bombas desde aeroplanos y matar a mujeres y niños que están en la cama; es disparar obedeciendo órdenes dadas por teléfono contra lugares que no se ven a muchos kilómetros de distancia y matar a hombres invisibles.» La guerra, dijo, es «hombres que se han quedado sin mandíbula, sin ojos, sin extremidades, sin cerebro». Fosdick concluyó su libro con un llamamiento a alistarse: «Tu país te necesita», escribió. Era noviembre de 1917.
MEYER LONDON, socialista en la Cámara de Representantes, votó no a la segunda declaración de guerra del presidente Wilson contra Austria-Hungría. Era el 7 de diciembre de 1917.
«En cuestiones de guerra soy abstemio —dijo London, en un discurso de quince minutos—. Me niego a tomar la primera copa embriagadora.»
El congresista Walter Chandler anduvo hasta donde se hallaba sentado London y se situó frente a él mientras pronunciaba su negativa.
«Se ha dicho que si analizas la sangre de un judío bajo el microscopio, encontrarás el Talmud y la Biblia antigua flotando en algunas partículas —dijo el congresista Chandler—. Si analizas la sangre de un alemán o teutón representativo, encontrarás ametralladoras y fragmentos de balas de cañón y bombas flotando en ella.»
Solo había una cosa que hacer con los teutones, según Chandler: «Combatirlos hasta destruir a toda la pandilla».
ELEANOR ROOSEVELT y su marido, Franklin D. Roosevelt, el subsecretario de la Armada, fueron invitados a una recepción en honor de Bernard Baruch, el financiero. «Tengo que ir a la recepción de los Harris, aunque preferiría que me colgaran a que me viesen en ella —escribió Eleanor a su suegra—. Judíos la mayoría.» Era el 14 de enero de 1918.
UN OFICIAL ALEMÁN CAPTURADO estaba hablando con un periodista de The New York Times. Era el 3 de noviembre de 1918 y el gobierno alemán había pedido un armisticio.
El oficial alemán afirmó que su ejército no estaba vencido y debería haber continuado la guerra. «El emperador está rodeado de gente que piensa y habla de derrota», dijo el oficial. Mencionó a hombres como Philipp Scheidemann, el líder de los socialistas.
Iban a llegar nuevos tanques, señaló el oficial capturado, y se daba por segura una guerra entre Estados Unidos y Japón. «Japón y Estados Unidos sin duda chocarán algún día —dijo— y entonces nosotros suministraremos cantidades enormes de material y municiones a ambos bandos.» La cesión de Polonia y Alsacia-Lorena, creía el oficial, significaría desórdenes sociales, la ruina de la industria alemana y el empobrecimiento de la clase obrera. «Nuestros enemigos tendrán lo que han deseado: el aniquilamiento total de Alemania. Esa será una paz debida a Scheidemann.»
WINSTON CHURCHILL, ahora secretario de Estado para la Guerra y el Aire de Inglaterra, se levantó en el Parlamento para hablar del éxito del bloqueo naval. Era el 3 de marzo de 1919, cuatro meses después de la firma del armisticio que puso fin a la Gran Guerra.
«Hacemos cumplir el bloqueo con rigor —dijo Churchill—. A la nación británica le repugna usar esta arma de hambre, que afecta principalmente a las mujeres y los niños, a los ancianos y los débiles y los pobres, después del cese de todas las hostilidades, por más tiempo de lo que es necesario para lograr las condiciones justas por las cuales hemos luchado.» El hambre y la desnutrición, señaló el secretario para la Guerra y el Aire, habían llevado la vida de la nación alemana a un estado próximo al colapso. «Ahora, por tanto, es el momento de llegar a un acuerdo.»
WINSTON CHURCHILL publicó un artículo de prensa. Era el 8 de febrero de 1920. Churchill tenía un enemigo diferente ahora. Ahora su enemigo no era Alemania, era la «siniestra confederación» del judaísmo internacional.
«Este movimiento entre los judíos no es nuevo», dijo Churchill. Era una «conspiración mundial para el derrocamiento de la civilización y para la reconstitución de la sociedad basándose en la atrofia, en la malevolencia envidiosa y en la igualdad imposible». Citó a Marx, Trotski, Béla Kun, Rosa Luxemburg y Emma Goldman como algunos de los malhechores. La conspiración había sido, dijo, el «origen de todos los movimientos subversivos durante el siglo XIX». Había desempeñado un papel reconocible en la Revolución francesa. Todos los judíos leales, aconsejó, debían «vindicar el honor del nombre de judío» rechazando el bolchevismo internacional.
AYLMER HALDANE, el comandante de las fuerzas británicas en Irak, telegrafió a Winston Churchill para pedirle más tropas y aviones. Era el 26 de agosto de 1920.
«Numerosos emisarios procedentes de las ciudades santas de Nayaf y Kerbala están predicando la yihad con fervor frenético», escribió Haldane. Churchill, secretario de Estado para la Guerra y el Aire, le envió una nota alentadora: «El gabinete ha decidido que la rebelión debe sofocarse eficazmente y me esforzaré en satisfacer todas las peticiones que me hace usted».
Varios días más tarde Churchill escribió un memorándum a Hugh «Boom» Trenchard, jefe de la Royal Air Force. Churchill y Trenchard se hallaban trabajando en la idea de vigilar el Imperio británico desde arriba, lo cual ahorraría el coste de las tropas de tierra; esta política se conocería por el nombre de «control aéreo».
«Pienso que ciertamente debería usted continuar los experimentos con bombas de gas, en especial gas mostaza, que infligirían castigos a los nativos recalcitrantes sin producirles heridas graves», escribió Churchill a Trenchard. Churchill era experto en los efectos del gas mostaza: sabía que podía dejar ciego y matar, especialmente a niños y recién nacidos. El gas propaga un «terror vivo», señaló en un memorándum anterior; no comprendía los escrúpulos generales que provocaba su utilización: «Estoy decididamente a favor de emplear gas tóxico contra tribus incivilizadas». La mayoría de los gaseados no sufrirían «efectos permanentes de gravedad», dijo.
LOS HOMBRES DE HALDANE BOMBARDEARON y ametrallaron a las tribus rebeldes, lanzaron contra ellas bombas llenas de gas, incendiaron poblados y repararon el ferrocarril. El número oficial de víctimas en el bando británico fue de 47 oficiales y soldados ingleses y 250 gurkas indios. «Es imposible dar el número de bajas árabes siquiera aproximadamente —escribió Haldane—, pero se han calculado en 8.450 entre muertos y heridos.» Haldane ofreció sus opiniones sobre cómo castigar a un poblado. «Deberían formarse destacamentos que se encargaran de incendiar casas, desenterrar y quemar el grano y la paja, saquear, etcétera —aconsejó—. Para quemar un poblado como es debido se requiere mucho tiempo, una hora o más según su tamaño desde el momento en que entran los destacamentos incendiarios.»
Churchill mandó a Haldane un telegrama de felicitación: «Durante estos meses difíciles su paciencia y su tenacidad han sido muy valiosas y le felicito por la clara mejora de la situación que usted ha efectuado». Era el 8 de octubre de 1920.
UN TENIENTE CORONEL de la Royal Air Force, J. A. Chamier, dio a conocer sus puntos de vista sobre la mejor manera de hacer frente a las rebeliones tribales.
El oficial que ostente el mando debe escoger el poblado más inaccesible de la tribu más prominente, dijo Chamier, y atacarlo con todos los aviones disponibles. «El ataque con bombas y ametralladoras debe ser implacable y sin tregua y debe llevarse a cabo continuamente día y noche, contra las casas, los habitantes, los cultivos y el ganado —escribió—. Esto parece brutal, lo sé, pero hay que hacer que sea brutal, para empezar. En el futuro la sola amenaza resultará eficaz si la lección se aprende como es debido una vez.» Era 1921.
FRANKLIN ROOSEVELT, que ahora ejercía de abogado en Nueva York, se fijó en que los judíos representaban una tercera parte de la clase de estudiantes de primer año en Harvard. Habló del problema con Henry Morgenthau padre y se dirigió a la Junta de Supervisores de Harvard, de la cual era miembro. «Se decidió —explicó más adelante Roosevelt— que durante un período de años el número de judíos se reduciría en un 1 o un 2 por ciento anual hasta que hubiera disminuido en un 15 por ciento.» Era alrededor de 1922.
MOHANDAS K. GANDHI fue detenido por sedición. Había escrito un artículo que empezaba así: «¿Cómo puede haber un acuerdo mientras el León Británico continúe agitando sus garras ensangrentadas ante nuestros rostros?». Era el 10 de marzo de 1922.
Aquel domingo, John Haynes Holmes, predicador pacifista, pronunció un sermón en el Lyric Theater de Nueva York. «Gandhi está disciplinando a trescientos millones de indios para que luchen por la libertad —dijo Holmes—, para que se sacudan el yugo británico por medio de la no violencia, y lo hace con un grado de éxito que está sacudiendo el imperio hasta sus cimientos. Con el tiempo salvará a la India y con ello quizá salvará al mundo.»
Gandhi hizo una declaración en su proceso. «Me estoy esforzando por demostrar a mis compatriotas que la no cooperación violenta no hace más que multiplicar el mal y que, como el mal solo puede ser sostenido por la violencia, la retirada del apoyo al mal requiere la abstención total de la violencia», afirmó. Se sometería alegremente a la pena más elevada por su delito, dijo al tribunal.
Fue condenado a seis años de cárcel.
LORD HUGH CECIL, diputado por Oxford, se puso en pie en el Parlamento para decir que la Royal Air Force era innecesariamente grande y debería ser más pequeña. Era el 21 de marzo de 1922.
Winston Churchill, secretario de Estado para la Guerra, secretario de Estado para el Aire, y secretario de Estado para las Colonias, se levantó para responder que la Royal Air Force debía seguir siendo grande. Churchill recordó el final de la Gran Guerra, cuando los aviones británicos habían estado al borde de protagonizar audaces hazañas. «De haber durado la guerra varios meses más, o posiblemente tan solo unas cuantas semanas más —dijo—, hubiera habido operaciones dirigidas desde estas costas contra Berlín y en el corazón de Alemania, y esas operaciones hubieran aumentado en magnitud y consecuencias de haberse prolongado la campaña durante todo el año 1919.» Pero aquellas operaciones no se llevarían a cabo. Intervino la paz, «debido a que nos quedamos sin alemanes y enemigos antes de que los experimentos hubieran terminado».
Seguidamente, Churchill hizo una predicción: «En una guerra aérea —dijo—, la mejor forma de defensa será indudablemente el ataque».
STEFAN ZWEIG se hallaba de vacaciones en Westerland, en la isla de Sylt, en el mar del Norte. Leyó en el periódico que su amigo Walter Rathenau, el ministro de Exteriores de Alemania, que era judío, había sido asesinado. Era el 24 de junio de 1922.
El valor del marco alemán descendió bruscamente. «Ahora empezó el verdadero aquelarre de la inflación», escribió Zweig. Reparar el cristal de una ventana costaba ahora más de lo que hubiese costado toda la casa antes de la inflación; un solo libro costaba ahora más de lo que antes costaba una imprenta con cien prensas. «Los parados formaban grupos y amenazaban con los puños a los especuladores y los extranjeros que iban en coches de lujo y compraban hileras enteras de calles como si fueran cajas de cerillas —dijo—. Sobre todos ellos descollaba el superespeculador, Stinnes.»
Con el desplome de los valores, dijo Zweig, Berlín se transformó en una Babilonia: «Todo alumno de instituto quería ganar un poco de dinero, y en los bares escasamente iluminados uno podía ver a funcionarios del gobierno y hombres del mundo de las finanzas cortejando sin asomo de vergüenza a marineros borrachos».
En medio del caos crecieron contramovimientos autoritarios, añadió Zweig. Los hombres «hacían cola en espera de cualquier consigna que prometiera orden».
BOOM TRENCHARD, jefe de la Royal Air Force, se hallaba charlando con su Estado Mayor. Se estaban preguntando si era mejor tener muchos aviones de caza con el fin de rechazar al enemigo, o muchos bombarderos para bombardear al enemigo en su propio terreno. Trenchard dijo que era realmente como jugar al fútbol. No puedes limitarte a defender tu propia portería, tienes que pasar a la otra mitad del terreno de juego. La nación que pudiera aguantar los bombardeos durante más tiempo, según él, acabaría ganando. Y, en su opinión, «En un duelo de bombardeos, probablemente los franceses se rajarían antes que nosotros». Era el 9 de julio de 1923.
EL DAILY MAIL, periódico conservador de Londres, publicó una carta falsificada. Era el 25 de octubre de 1924.
La carta iba firmada supuestamente por Grigori Zinóviev, líder comunista ruso, y dirigida al Partido Comunista de Inglaterra. Apareció cuatro días antes de las elecciones generales de 1924, que eran importantes para Winston Churchill, pues había perdido las dos campañas anteriores.
La carta, con la indicación de «muy secreta», hablaba de un «levantamiento victorioso en cualquiera de los distritos obreros de Inglaterra». Su prosa mostraba cadencias bastante churchillianas en algunos fragmentos —había expresiones como «hacer un esfuerzo sobrehumano» y «pronunció su palabra de peso»—, pero con añadidos de pastiche bolchevique. «Sería deseable tener células (¿núcleos?) en todas las unidades del Ejército, en particular entre las acuarteladas en los grandes centros del país, y entre las fábricas de municiones y los almacenes de pertrechos militares», decía la carta. El titular del Daily Mail era «Complot de Guerra Civil por parte de los Amos de los Socialistas».
Esmond Harmsworth, devoto partidario de Churchill, era hijo de lord Rothermere, editor del Daily Mail. Desmond Morton, íntimo aliado de Churchill en el Servicio de Inteligencia, primero mandó la carta de oscura procedencia letona al Ministerio de Asuntos Exteriores británico y avaló su autenticidad.
Moscú calificó la carta de «burda falsificación» y «cruda mentira» y exigió disculpas. Algunos diputados dijeron que era una «falsificación» y una «trampa aviesa». «¿Cómo llegó la carta al poder de la sede central de los conservadores?», preguntó el primer ministro, el laborista Ramsay MacDonald. «Es una circunstancia sumamente sospechosa que un periódico y la sede central de la Asociación Conservadora parezcan haber recibido copias al mismo tiempo que el Ministerio de Asuntos Exteriores, y si eso es verdad, ¿cómo puedo yo, una persona sencilla y honrada que ata cabos, evitar la sospecha —no diré conclusión— de que todo el asunto es un complot político?»
CHURCHILL Y OTROS CONSERVADORES utilizaron la carta de Zinóviev para derribar al primer ministro, Ramsay MacDonald. Churchill comparó a MacDonald con Alexander Kerenski, el débil líder socialista ruso que permitió que triunfasen los bolcheviques.
«Todos conocéis la historia de Kerenski —dijo Churchill en un discurso de la campaña electoral—, cómo estaba allí, igual que el señor MacDonald, fingiendo que pensaba hacer todo lo posible por su país al tiempo que pedía perdón entre bastidores a las fuerzas desenfrenadas, tenebrosas, mortíferas que le tenían dominado.»
Churchill ganó sus elecciones. A pesar de ello, no pudo dejar de hablar de la carta de Zinóviev. Conspiradores y revolucionarios «de todas las razas bajo el sol» se habían juntado en Rusia para planear la revolución mundial, proclamó en el Weekly Dispatch. «En todas partes se han esforzado por crear las “células embrionarias” de las cuales debería nacer el cáncer del comunismo —escribió—. No había, por tanto, nada nuevo y nada especialmente violento en la carta de Zinóviev, alias Apfelbaum, a los comunistas británicos.» Era el 2 de noviembre de 1924.
Ramsay MacDonald vio cómo su gabinete laborista hacía las maletas. Se sentía, dijo, como un hombre metido en un saco cosido y arrojado al mar. Churchill volvió al poder: se convirtió en ministro de Hacienda del nuevo gobierno conservador.
Reinstauró el patrón oro y con ello provocó una depresión de enorme magnitud.
JOSEPH GOEBBELS estaba trabajando en su diario-novela Michael. «Paso mucho tiempo sin poder dormir y pienso en el hombre pálido y tranquilo de Nazaret», escribió. Entonces Adolf Hitler entró en su vida.
Hitler acababa de salir de la prisión de Landsberg, donde había dictado Mi lucha a su amigo Rudolf Hess. Goebbels terminó de leer Mi lucha. «¿Quién es este hombre? —se preguntó—. ¿El verdadero Cristo o solo san Juan?» Hitler ofreció a Goebbels el empleo de director del periódico nacionalsocialista Völkischer Beobachter. Hablaron juntos en mítines. «Se levanta de un salto, ahí está él —escribió Goebbels en su diario en noviembre de 1925—. Me estrecha la mano. Como un viejo amigo. Y aquellos ojazos azules. Igual que estrellas. Se alegra de verme. Estoy en el cielo.»
Unas cuantas semanas más tarde, Goebbels volvió a verle. «Hitler está allí. Gran alegría. Me saluda como un viejo amigo. Y me atiende. ¡Cómo le quiero! ¡Qué tipo! Luego habla. ¡Qué pequeño soy! Me da su fotografía. Con un saludo a Renania. Heil Hitler! Quiero que Hitler sea mi amigo. Su fotografía está sobre mi mesa de trabajo.»
Unos cuantos meses después, los dos dieron otro mitin. Goebbels pronunció un discurso de dos horas y media. «Doy lo mejor de mí. Deliran, gritan. Al final Hitler me abraza. Hay lágrimas en sus ojos. Siento algo parecido a la felicidad auténtica.»
Cenaron juntos aquella noche; Hitler dejó que Goebbels pagase. «E incluso en eso, ¡qué grandeza!»
Goebbels había encontrado a su hombre de Nazaret. «Adolf Hitler; te quiero.»
EL REVERENDO HARRY FOSDICK pronunció un sermón en Ginebra, en la catedral de Saint Pierre. Era el 13 de septiembre de 1925, el comienzo de las sesiones de la Asamblea de la Sociedad de Naciones. El reverendo Fosdick había renunciado a su anterior militarismo ferviente: ahora era un predicador antibélico muy conocido.
Fosdick había visto hombres gaseados que acababan de regresar de las trincheras, explicó. Había oído los gemidos de los que querían morir y no podían.
«Odio la guerra —dijo—, por lo que nos obliga a hacerles a nuestros enemigos, porque mientras nos tomamos el café del desayuno nos alegramos de todos los males condenables y diabólicos que hemos podido infligirles. Odio la guerra por sus resultados, las mentiras de las que vive y que propaga, los odios eternos que despierta, las dictaduras que pone en el lugar de la democracia y la hambruna que acecha tras ella.» La prensa citó el sermón de Fosdick. Se imprimieron y distribuyeron veinticinco mil copias. La mayor parte de la gente estuvo de acuerdo con él. La mayor parte del mundo era pacifista.
LA ROYAL AIR FORCE lanzó más de 150 toneladas de bombas sobre la India. Era 1925.
WINSTON CHURCHILL visitó Roma. «No pude por menos de sentirme encantado por el porte amable y sencillo del Signor Mussolini, y por su actitud serena e imparcial a pesar de tantas responsabilidades y tantos peligros», declaró Churchill a la prensa. El fascismo italiano, agregó, había demostrado que existía una manera de combatir a las fuerzas subversivas; había proporcionado el «antídoto necesario contra el virus ruso».
«Si yo hubiera sido italiano, estoy seguro de que hubiese estado con ustedes desde el principio hasta el fin en su lucha victoriosa contra los apetitos y pasiones bestiales del leninismo», dijo Churchill a los romanos. Era el 20 de enero de 1927.
LA ROYAL AIR FORCE anunció que llevaría a cabo un simulacro de bombardeo en su festival aéreo anual en Hendon, al norte de Londres. Era el 11 de junio de 1927.
The New York Times describió el acontecimiento de Hendon por adelantado: «La “ciudad”, que se construirá en gran parte con alas de avión, será bombardeada hasta arrasarla. Los aviones lanzarán alimentos y municiones para los “refugiados” europeos, que estarán huyendo tras escapar de la ciudadela en la cual habrán estado “sitiados” por los habitantes nativos de la ciudad». La ciudad se hallaba situada en el país imaginario de Irquestine.
Doscientos aviones volarían al son de una canción titulada «Chick, Chick, Chick, Chick, Chicken». Cuando el cantante pronunciara las palabras «Pon un huevecillo para mí», los aviones soltarían sus bombas.
UN ESCUADRÓN de aviones británicos bombardeó la pirámide sagrada de los nuer en Dengkur, en el Sudán africano. Hicieron saltar por los aires rebaños de ganado —«pedazos de carne y astillas de hueso volaron muy alto», informó la revista Time— y ametrallaron a miembros de la tribu nuer. Uno de ellos devolvió el fuego e hirió a un piloto en el muslo. «No más de 200 nuer resultaron muertos», según cálculos oficiales. Era febrero de 1928.
WINSTON CHURCHILL publicó una extraordinaria obra histórica titulada The Aftermath, el último volumen de su historia de la Gran Guerra. Era marzo de 1929.
La Gran Guerra presentó rasgos novedosos, dijo Churchill. Por ejemplo: «Naciones enteras fueron sometidas metódicamente, o se esforzaron por ser sometidas, al proceso de reducción por hambre». Pero lo que había sucedido no era nada en comparación con lo que hubiese sucedido si los alemanes hubieran continuado luchando en 1919, dijo. Gases tóxicos de «increíble malignidad» hubiesen puesto fin a toda resistencia. «Miles de aeroplanos hubieran destruido sus ciudades.»
En vez de ello, de pronto, la lucha cesó: «En cien laboratorios, en mil arsenales, fábricas y oficinas, los hombres se pararon en seco y abandonaron la tarea en la que habían estado absortos».
Pero aquellos cuyos trabajos como no combatientes se habían visto interrumpidos tendrían otra oportunidad, tarde o temprano, de seguir adelante con sus planes a partir de 1919, predijo Churchill. «La muerte se encuentra en posición de firmes —escribió—, obediente, expectante, preparada para servir, preparada para segar a los pueblos en masa; preparada, si es requerida a ello, para pulverizar, sin esperanza de reparación, lo que queda de la civilización. Espera solo la orden.»
EL BARÓN DE PONSONBY, autor de Falsehood in Wartime, recordó algo que Winston Churchill le había dicho años antes. «Me gusta que pasen cosas —había dicho—, y si no pasan, me gusta hacer que pasen.» Era el 11 de marzo de 1929.
WINSTON CHURCHILL, durante una gira de conferencias por Estados Unidos, dio una charla en el Bond Club de Nueva York. Era el 9 de octubre de 1929.
Los honorarios de Churchill como conferenciante ascendían a 12.500 dólares y los pagó sir Harry McGowan, presidente de African Explosives y presidente adjunto de Imperial Chemical Industries (ICI), conglomerado británico que fabricaba fertilizante, rayón, pólvora, TNT, bombas, municiones y gas tóxico. Imperial Chemical era heredera de la compañía de explosivos de Alfred Nobel, en la que McGowan había empezado a trabajar a los quince años de edad; tenía acuerdos con los fabricantes de municiones Dupont y, en Alemania, I. G. Farben.
McGowan y Churchill habían creado un vínculo financiero: McGowan se encargaba de invertir parte de la riqueza de Churchill en el mercado de valores norteamericano. Sir Harry, confió Churchill a su esposa, Clementine, tenía «fuentes profundas de información».
Durante su gira por múltiples ciudades, Churchill alabó las grandes armadas, los grandes programas de armamentos y la cooperación anglonorteamericana. «No queremos que toda la gente buena del mundo se desarme mientras los malos siguen estando fuertemente pertrechados para la guerra», dijo en el Instituto del Hierro y el Acero, más avanzado el mes. «Ustedes son los amigos a los que nos gustaría ver más fuertemente armados.»
MOHANDAS ANDHI anduvo hasta el océano con sus seguidores. Había decidido oponer resistencia al monopolio imperial británico de la sal. «Observad, estoy a punto de enviar una señal a la nación», dijo, cogiendo unos cuantos granos de sal marina. Era el 6 de abril de 1930.
Lord Irwin, el alto y huesudo virrey de la India, ya había detenido a muchos de los discípulos de Gandhi. Esperaba, sin embargo, no verse obligado a detener a Gandhi, ya que ello causaría disturbios:
Siempre me han dicho que su presión arterial es peligrosa y que su corazón no estaba demasiado bien, y hace unos días también me dijeron que su horóscopo predice que morirá este año, y esa es la explicación de este intento desesperado. Sería una solución muy feliz.
Pero Mohandas Gandhi no murió. Él y sesenta mil seguidores suyos fueron encarcelados. En Peshawar, cerca de la frontera noroccidental de la India, tropas británicas dipararon contra una multitud de musulmanes que se manifestaban por el asunto de la sal y mataron a algunos de ellos. Ataques aéreos «limpiaron» después la región de Peshawar, según The New York Times.
MUSSOLINI PRONUNCIÓ UN DISCURSO ante una multitud de camisas negras fascistas en Florencia. «Las palabras son bellas —afirmó—, pero los fusiles, las ametralladoras, los barcos y los aviones son más bellos todavía.»
Era el 17 de mayo de 1930.
EL MAYOR FRANK PEASE, presidente de la Asociación de Directores Técnicos de Hollywood, grupo dedicado a perseguir a los rojos, vio la película de la Universal Pictures Sin novedad en el frente. La cinta, sobre la inutilidad y el horror de la Gran Guerra, se basó en una novela de Erich Maria Remarque.
Al mayor Pease no le gustó la película; mandó telegramas al presidente Hoover y otras personalidades pidiéndoles que la prohibieran. «Su continua exhibición sin censura, especialmente ante menores, contribuirá en gran medida a crear una raza de cobardes, vagos y traidores —dijo—. Ni el mismo Moscú hubiera podido producir una película más subversiva.»
En vista de que no prohibían la cinta, Pease envió un boletín informativo. «Los mestizos mesopotámicos culpables de una película tan criminal como SIN NOVEDAD forzosamente tenían que pasarse alguna vez, y parece que es lo que han hecho ahora —escribió—. HA LLEGADO EL MOMENTO DE DECIR BASTA.»
Era el 24 de mayo de 1930.
LA ASSOCIATED PRESS envió un artículo desde Peshawar. Era el 17 de agosto de 1930. «Escarmentadas por la lluvia diaria de bombas que lanzan aviones británicos, las tribus de asaltantes afridis, según se ha informado hoy, se hallan en plena retirada a las colinas de la frontera del noroeste —decía el artículo—. El castigo infligido a los habitantes de los poblados por los aviones atacantes ha surtido un efecto saludable, señalan las autoridades. Se da por seguro que las facciones desafectas pedirán la paz en breve.»
El Times de Londres, en un editorial, echó la culpa de las muertes de afridis a los propagandistas de Gandhi.
EN BERLÍN, Albert Einstein estaba hablando con unos periodistas. Era el 18 de septiembre de 1930. Los hitlerianos habían triunfado en unas elecciones. «No hay motivo para desesperar —dijo Einstein—, porque el voto a Hitler es solo un síntoma, no necesariamente de odio a los judíos, sino de resentimiento temporal causado por la penuria económica y el paro entre las filas de la mal aconsejada juventud alemana.» Einstein comentó que durante el caso Dreyfus la mayor parte de la población de Francia se había vuelto antisemita. Y luego las cosas habían cambiado. «Tengo la esperanza de que tan pronto como mejore la situación el pueblo alemán también encontrará su camino a la claridad», dijo.
JOSEPH GOEBBELS, miembro del Reichstag y jefe del partido en Berlín, llevó a doscientos camisas pardas a un cine. Era el 8 de diciembre de 1930. Goebbels les había conseguido entradas para Sin novedad en el frente, que acababa de estrenarse en Alemania. Goebbels calificó a Erich Maria Remarque de «mona vestida de seda». Dijo que la película era una «porquería». Sus reclutas llevaban armas: carteras llenas de ratones blancos, bombas fétidas y polvos que provocaban estornudos. Defenderían el honor de los dos millones de muertos en la Gran Guerra contra negativistas y derrotistas como Remarque.
Mientras se proyectaba la cinta y Goebbels observaba desde el anfiteatro, los camisas pardas se levantaron de repente y empezaron a gritar «¡Fuera judíos! ¡Fuera judíos!». Soltaron los ratones y lanzaron las bombas fétidas y el polvo de los estornudos. La confusión se adueñó de la sala y se interrumpió la proyección. La policía llegó y desalojó el local.
La noche siguiente volvieron los miembros de las secciones de asalto, y esta vez eran más. Policías a caballo trataron de mantener el orden. Goebbels denunció la película por «judía», y luego los manifestantes marcharon hacia un barrio comercial de lujo de Berlín, el Kurfürstendamm, donde había negocios propiedad de judíos. «Muchos propietarios de cafés elegantes se echaron a temblar y temieron por los cristales de sus establecimientos al ver acercarse a los jóvenes antipacifistas —informó The New York Times—, pero, al parecer, no se rompió ningún cristal.» Veintisiete personas fueron detenidas.
La noche siguiente se produjo otro disturbio; y la noche después; y la otra. El cine estaba vacío. El gobierno alemán, intimidado, ordenó retirar la película. «La película de la vergüenza ha sido prohibida —escribió Goebbels en su diario—. Con esta acción el movimiento nacionalsocialista ha ganado su batalla contra las sucias maquinaciones de los judíos.» Era, escribió, «una victoria que no hubiese podido ser más espléndida».
Erich Maria Remarque había presenciado la primera manifestación. «No había nadie mayor de veinte años —escribió más tarde—. Ninguno de ellos podía haber estado en la guerra… y ninguno de ellos sabía que diez años más tarde estarían en otra guerra y que la mayoría de ellos morirían antes de cumplir los treinta.»
GANDHI OCUPABA AHORA EL LUGAR DE LENIN como archinémesis de Churchill. «La verdad es —escribió Churchill—, que tarde o temprano habrá que luchar contra el gandhismo y todo lo que representa y aplastarlo definitivamente. De nada sirve tratar de satisfacer a un tigre alimentándolo con carne de gato.» Era el 11 de diciembre de 1930.
Al cabo de un mes, Gandhi fue puesto en libertad. Escribió una carta al virrey, lord Irwin. «Querido amigo —decía en ella—: Amigos cuyos consejos valoro mucho me han indicado que debería pedir una entrevista con usted.»
Irwin le invitó al palacio. Los dos hombres se reunieron y hablaron. Se reunieron otra vez y hablaron… y otra vez. Winston Churchill se indignó. El gobierno británico, dijo en un discurso, debe desvincularse de este «acercamiento débil, desatinado»: «Es alarmante y también repugnante ver al señor Gandhi, abogado sedicioso del Middle Temple, haciéndose pasar ahora por un faquir de un tipo muy conocido en Oriente, subiendo semidesnudo la escalinata del palacio virreinal, mientras sigue organizando y dirigiendo una campaña desafiante de desobediencia civil, para parlamentar en pie de igualdad con el representante del rey-emperador. Semejante espectáculo no puede hacer mas que incrementar la agitación en la India». Era el 23 de febrero de 1931.
ALBERT EINSTEIN pronunció un discurso en el Ritz-Carlton de Nueva York. Había dos maneras de resistirse a la guerra, dijo Einstein. En los países donde el servicio militar era obligatorio el pacifista podía negarse a cumplirlo. En los países donde a la sazón el servicio militar no era obligatorio, como Estados Unidos e Inglaterra, el pacifista podía declarar públicamente que en ninguna circunstancia empuñaría las armas.
«Si solo el 2 por ciento de los hombres que deberían hacer el servicio militar se negaran a cumplirlo —afirmó Einstein—, no habría en el mundo suficientes cárceles para ellos.» Einstein y su esposa fueron ovacionados. Era el 14 de diciembre de 1930.
DOS DIRECTORES de un periódico conservador se presentaron en una casa de una calle elegante de Munich. Era el 4 de mayo de 1931. La casa era la llamada Casa Parda y en ella se encontraba la sede central del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, esto es, el Partido Nazi. Un magnate del acero, Fritz Thyssen, había ayudado al líder del partido, Adolf Hitler, a comprarla. En el tejado ondeaba una bandera con la esvástica. Los vigilantes comprobaron los papeles de los dos editores y luego Rudolf Hess, secretario privado de Hitler durante mucho tiempo, les recibió. Hess tenía una expresión rara, pensó una de las visitas: en su cara había señales de fanatismo y «confusión mental». Hess era el hombre al que, unos años antes, Hitler había dictado los largos monólogos que se convirtieron en Mi lucha.
Hitler estaba ocupado en aquel momento, así que Hess se encargó de enseñar la casa a las dos visitas. Bajaron al sótano y vieron los archivadores a prueba de fuego que contenían las fichas de medio millón de afiliados al partido. Volvieron arriba y vieron esvásticas en el estuco del techo y esvásticas en los cristales de las ventanas. Vieron una habitación llamada la Sala de los Senadores, en la que había sesenta y una sillas tapizadas con cuero de color rojo. El techo era de mármol y estaba adornado con una imagen del emblema del partido hecha con mosaicos; en el suelo había «inmensas alfombras de valor incalculable en las que aparecían tejidas innumerables esvásticas». Hess les llevó a la sala del tribunal del Partido Nacionalsocialista, en la que había una mesa con una esvástica de oro y una figura de Cristo.
Al cabo de una hora, Hess acompañó a los invitados al despacho de Hitler e hizo las presentaciones. Hitler se mostró amistoso. Les estrechó la mano y dijo, cordialmente: «Conozco el papel que ustedes y su periódico desempeñan entre la intelectualidad y la burguesía alemanas». Había dos retratos visibles: uno pequeño de Mussolini sobre la mesa de trabajo y, en la pared, uno mayor, pintado al óleo, de Federico el Grande. Hitler empezó a hablar —a veces golpeando la mesa con el puño, a veces gritando— de los comunistas, el Vaticano, los judíos, la francmasonería, la prensa, Karl Marx, Trotski y la ciudad de Berlín, a la que llamó «estercolero internacional». Uno de los directores, Richard Breiting, había sido taquígrafo en el Reichstag, el Parlamento alemán, de modo que pudo seguir sin dificultad aquel torrente de vehemencia verbal.
«Solo podemos conseguir algo por medio del fanatismo —dijo Hitler—. No nos proponemos clavar a todos los judíos ricos en los postes de telégrafo de la carretera de Munich a Berlín —añadió—. Eso es una tontería.» Pero habrá casos de sufrimiento. «Si usas un cepillo de carpintero, habrá virutas.»
Breiting preguntó quién aportaría la capacidad administrativa para dirigir el gobierno, suponiendo que el Partido Nacionalsocialista subiera al poder. Hitler le miró fijamente. «Yo soy el cerebro y mi Estado Mayor secreto aportará la capacidad que necesitamos», fue su respuesta. Enrojeció y se puso furioso. «Toda resistencia será aplastada sin piedad. No toleraré la menor oposición.» La entrevista terminó.
Después, Breiting escribió un resumen. «Hitler ejerce una influencia semihipnótica sobre sus colaboradores —comentó—. Me dijeron que a veces monta en cólera y va de un lado a otro de la Casa Parda como un loco.» Era, pensó Breiting, un neurasténico, un hombre de enorme egoísmo con tendencia a la megalomanía. A veces, decían, prorrumpía en llanto. Dejó una fuerte impresión en todo caso: su mentón, bajo el bigote, el elemento central, mostraba gran energía. «Cuando habla suele hacer muecas, como si tuviera ganas de despedazar a su adversario con los dientes.»
RICHARD BREITING volvió a la Casa Parda para una segunda entrevista. Era junio de 1931. Hitler empezó a hablar rápidamente. Habló de la necesidad de arquitectura monumental y de ciudades hermosas y nuevos sistemas de carreteras, y de la decadencia del arte. También de los judíos en las finanzas parisienses y de los resultados electorales, de los judíos vieneses que le habían impedido hacer realidad sus ambiciones de ser arquitecto, del ingreso en prisión del doctor Goebbels por difamar a los judíos, de lo útil que era la brutalidad en política y de la fealdad del edificio del Reichstag. El Reichstag, según Hitler, parecía una sinagoga. Cuanto antes fuera el Reichstag destruido por el fuego, «antes se verá el pueblo alemán libre de la influencia extranjera».
Las mayores amenazas para Alemania, dijo Hitler, eran la Unión Soviética y Estados Unidos. La nación alemana debía terminar su reconstrucción pronto, «antes de que la Unión Soviética se convierta en una potencia mundial, antes de que los más de nueve millones de kilómetros cuadrados que posee Estados Unidos se conviertan en un arsenal para el judaísmo mundial». Ese era el peligro. «Estos dos colosos todavía están dormidos —dijo—. Cuando se despierten, será el fin de Alemania.»
Breiting se atrevió a decir, con bastante audacia: «Pero, Herr Hitler, uno no debería ver conspiraciones judías detrás de cada árbol». Las personas tienen que encontrar soluciones, dijo; nada se logrará «meramente fomentando el antisemitismo».
Hitler se indignó. Los judíos querían dividir al pueblo. Henry Cabot Lodge era un instrumento de los judíos. Ay de Alemania si los judíos que «movían los hilos» se salían con la suya. Había «fuerzas» en Nueva York detrás del gobernador Franklin D. Roosevelt.
«Los judíos deberían temblar ante nosotros —dijo—, y no nosotros ante ellos.»
UN INGENIERO DE INCENDIOS ALEMÁN, Hans Rumpf, escribió sobre el futuro del uso de bombas incendiarias. Cien aviones, dijo, cada uno transportando unos cuantos miles de bombas incendiarias, podrían volar hasta la capital de un país enemigo: por ejemplo, París o Londres. Podrían soltar las bombas y provocar cien mil incendios simultáneos. «El aire caliente que saldría de los innumerables puntos de conflagración —escribió Rumpf—, produciría el llamado viento de fuego, que llevaría las llamas a puntos aún no afectados. Y al final, todos los incendios se juntarían en una tremenda conflagración contra la cual nada podría hacer ninguna organización o maquinaria contra incendios. La ciudad, toda la ciudad, quedaría reducida a cenizas, con un solo ataque bien planificado y bien ejecutado.»
Rumpf terminó su hipotético ataque aéreo con: «Der rote Hahn hat fliegen gelernt». Lo cual quiere decir: «El gallo rojo ha aprendido a volar». Era 1931.
LA AGENCIA TELEGRÁFICA JUDÍA dio a conocer una noticia que fue publicada en The New York Times. En la Grenadierstrasse de Berlín, donde existía una sinagoga, se había congregado un grupo de nazis. Habían gritado «¡Abajo Judea!» y agredido a algunos transeúntes. «Sin embargo, pronto se formó una multitud de judíos que opuso resistencia a los agresores y les obligó a retirarse.»
La noticia también contenía citas de un plan cuyo objetivo era «librar a Alemania de los judíos sin soliviantar la opinión extranjera». Según dicho plan —publicado en una revista jurídica—, cuando los nazis subieran al poder confeccionarían listas de ciudadanos judíos. Una vez terminadas las listas sería posible retirarles la ciudadanía a los judíos. «Cuando el gobierno sea suficientemente fuerte introducirá las medidas más completas contra los judíos con la acostumbrada severidad “nazi”». Era el 2 de diciembre de 1931.
MOHANDAS GANDHI llegó a Inglaterra. Era el 12 de septiembre de 1931. Decidió alojarse en Kingsley House, un asilo de pobres en el East End de Londres. Hizo un programa de radio transmitido en directo a Estados Unidos por la CBS. «Personalmente preferiría esperar, siglos si hiciera falta, a emplear medios cruentos para obtener la libertad de mi país —dijo—. El mundo esta más que harto de tanto derramamiento de sangre. El mundo busca una salida y me halaga creer que tal vez este viejo país que es la India tendrá el privilegio de mostrar la salida al mundo anhelante.»
Gandhi habló con el rey y la reina, el arzobispo de Canterbury, el director de Balliol, George Bernard Shaw, lord Lothian, obreros textiles de Lancashire y cuáqueros destacados. Quería hablar con Winston Churchill, pero Churchill rehusó entrevistarse con él.
LILIAN MOWRER y su marido, Edgar Mowrer, el periodista, asistieron a una ceremonia nazi en el Palacio de Deportes. Era alrededor de 1931. El Palacio de Deportes, escribió Lilian, era «un magnífico edificio moderno con paredes pintadas de brillantes colores futuristas». En aquel momento se abrían paso hacia el estrado Joseph Goebbels, «paliducho, delgado, cojeando levemente», Rudolf Hess, «una especie de Clark Gable», y el propio Hitler, con trinchera y cinturón de cuero, «un lacio mechón de pelo cubriéndole ya parte de la frente, una sonrisa nerviosa y feliz en los labios largos y sin forma».
Goebbels tomó el micrófono. «¿Por qué confiamos en nuestro Führer? —preguntó—. Somos fieles a nuestro Führer porque… él es fiel a nosotros.» Un rugido salió de veinte mil gargantas.
Hitler empezó a hablar, con su voz ronca y extraña. Enumeró las fechorías y corrupciones del régimen de Weimar. Lloró por las aflicciones del pueblo; «dos puños en el aire y lágrimas deslizándose por ambos lados de su flácida nariz», escribió Lilian Mowrer. Luego criticó ferozmente a los judíos y los socialistas y prometió impuestos más bajos, salarios más altos, más puestos de trabajo, viviendas mejores y fertilizantes más baratos. Mowrer no se dejó llevar. «Hitler estaba diciendo tonterías, mintiendo descaradamente, tergiversando la historia con una voz que era estridente y hacía pensar en la plaza de armas, hacía gestos zafios y nada convincentes», pensó. Pese a ello, cuando miró a la gente que tenía a su alrededor vio no solo aprobación, sino también éxtasis: una muchacha con los labios entreabiertos, los ojos clavados en su líder; un anciano asintiendo con la cabeza; la mujer de sesenta años que estaba a su lado diciendo «Richtig! Richtig!» cada vez que Hitler hacía una promesa.
EL CORRESPONSAL EN CHINA de The New York Times, Hallett Abend, se encontraba tomando caviar y cócteles a bordo de un buque en el puerto de Shanghai. Abend estaba hablando con Shiozawa Koichi, contraalmirante de la Armada japonesa. Era el 28 de enero de 1932.
«A las once de esta noche enviaré a mis infantes de marina a Chapei —dijo el almirante Shiozawa—, para proteger a nuestros ciudadanos y preservar el orden.»
Chapei era una parte de Shanghai donde vivían más de medio millón de personas. Cinco monjes budistas japoneses habían sido apaleados en ella, uno mortalmente; una asociación patriótica japonesa se había vengado pegando fuego a una fábrica de toallas. El almirante Shiozawa ya había advertido a los chinos que tomaría medidas drásticas si no cesaba la actividad antijaponesa. Otros países vigilaban atentamente también. El presidente Hoover y Henry Stimson, su secretario de Guerra, habían anunciado que estaban preparados para proteger los intereses norteamericanos; dos destructores norteamericanos se hallaban cerca de allí, y un contingente de infantes de marina estadounidenses había desfilado, con las bayonetas en alto, por la zona internacional de Shanghai.
Poco después de la medianoche, el taxi que llevaba a Hallett Abend dobló una esquina en una calle lateral de Chapei; sus faros iluminaron a un grupo de infantes de marina japoneses y policías británicos que avanzaban a gatas con una ametralladora a remolque. Un oficial se incorporó. «¡Fuera luces, imbéciles!», gritó al taxi de Abend. Se oyó un disparo. «El oficial agitó ambos brazos en el aire, gorjeó de una manera extraña y se desplomó en silencio», escribió Abend en sus memorias.
Llegaron más fuerzas japonesas, montadas en motos, y empezaron a dar vueltas disparando. En las azoteas había francotiradores chinos del Ejército revolucionario de la 19.ª Ruta. Curiosos norteamericanos y europeos se congregaron en la North Szechuen Road para contemplar la escaramuza mientras bebían, reían, fumaban y comían emparedados. Abend y su colega, Douglas Robertson, se quedaron levantados toda la noche escribiendo despachos para el Times, tomando alguna que otra absenta con hielo para conservar las fuerzas.
A primera hora de la mañana siguiente los dos volvieron al lugar de los hechos y se apostaron en la North Szechuen Road. Oyeron el zumbido de aviones en el cielo.
«Esos cabroncetes amarillos van a bombardear Chapei», dijo Robertson con voz entrecortada.
«¡Jamás!», exclamé. «¿Bombardear a seiscientos mil civiles en una ciudad sin fortificar? Ni siquiera los japoneses.»
«Ya lo verás; te apuesto una cena por todo lo alto», dijo Robbie, aquel joven escocés listo y astuto.
«Los aviones siembran el terror», decían los titulares. «Más de dos kilómetros cuadrados incendiados.» Y también: «Niños heridos yacen en las calles toda la noche».
Cuatro días más tarde Abend volvía a encontrarse a bordo del buque insignia del almirante Shiozawa, tomándose otro cóctel. «Veo que los periódicos de su país me han apodado Matabebés —dijo el almirante. Parecía sentirse violento—. Deberían reconocerme un poco de mérito. Utilicé solo bombas de trece kilos, y, de haberlo deseado, hubiera podido utilizar las de doscientos veintisiete.»
GEORGE WESTERVELT, que había servido en la Armada y ahora era vendedor de la compañía aeronáutica Curtiss-Wright, contempló el bombardeo de Shanghai desde su ventana en el hotel. Luego escribió una carta al rico ministro de Hacienda chino, T. V. Soong. Era el 10 de marzo de 1932.
Westervelt describió las cosas que China podría hacer con su propia flota de aviones de bombardeo. «Estos aviones podrían transportar con facilidad suficientes bombas incendiarias de poco peso para arrasar la mayor parte de la mayoría de las ciudades japonesas», escribió Westervelt. Recomendó que China contratara a un oficial experimentado de la aviación norteamericana para que crease un programa de formación para pilotos chinos.
La idea de un programa de formación de pilotos gustó a T. V. Soong y también al nuevo agregado aéreo norteamericano, el coronel Drysdale, que escribió un memorándum al Departamento de Estado. «La presencia de una misión de esta clase en China —escribió Drysdale—, será inestimable para incrementar la utilización de aviones y material norteamericano aquí.»
EDGAR MOWRER, que se hallaba en Berlín, se enteró de algo inquietante relativo al Papa. El ayudante alemán de Mowrer, Otto Brock, entró corriendo en la oficina y dijo que acababa de asistir a un mitin del Partido del Centro alemán o Zentrum. Durante el mitin alguien había leído en voz alta una carta enviada por el cardenal Pacelli desde Roma.
«El cardenal escribió que el Papa estaba preocupado a causa de la ascensión del comunismo en Alemania y aconsejaba a nuestro partido que ayudara a hacer a Hitler canciller. Los líderes del Zentrum se mostraron de acuerdo.» Brock estaba llorando.
Mowrer preguntó si podía escribir sobre el mensaje del cardenal.
«No —respondió Brock—, el mitin era secreto. Pero ya lo verás.» Tal como predijo Brock, a partir de entonces el Partido del Centro apoyó a Hitler. Era el verano de 1932.
BENITO MUSSOLINI estaba escribiendo un artículo sobre el fascismo para el volumen catorce de la Enciclopedia Italiana. El pacifismo era cobardía, dijo Mussolini: «Solo la guerra lleva a la mayor tensión las energías del hombre e imprime el signo de la nobleza en los que poseen la virtud de afrontarla». Era 1932.
EL CORONEL JACK JOUETT, piloto veterano, empezó a enseñar a ochenta y ocho cadetes chinos en una nueva escuela de vuelo militar al sur de Shanghai. Los cadetes se presentaron en clase con ejemplares de We, de Charles Lindbergh. Ansiaban aprender a pilotar la nueva flota de aviones Curtiss-Wright de la escuela. Era septiembre de 1932.
EDGAR Y LILIAN MOWRER asistían a una cena en casa de un banquero alemán. Era a finales de 1932.
«Después de cenar —escribió Edgar más tarde—, mientras los hombres, todos judíos menos yo, tomábamos café, varios de ellos alardearon de dar dinero al Partido Nazi a petición de arios como Schacht y Thyssen.»
Mowrer no dijo nada. El banquero, a quien Mowrer identificó como «Arnholt» —posiblemente Hans o Heinrich Arnhold— le preguntó qué pensaba.
«Solo me estaba preguntando —contestó Mowrer—, cómo el Pueblo de Israel ha logrado sobrevivir tantos miles de años cuando es obvio que tiene un fuerte impulso suicida.»
El banquero se burló de la retórica de Hitler. «No son más que palabras», dijo.
LION FEUCHTWANGER, el popular novelista alemán, dictó una conferencia en el hotel Commodore de Nueva York. Era el 8 de febrero de 1933. Había 450.000 judíos en Alemania, dijo Feuchtwanger, en un país de sesenta y cinco millones de habitantes. Y, a pesar de ello, cada día se publicaban dieciocho millones de ejemplares de periódicos antisemitas: «Una media de cuarenta ejemplares diarios por judío», dijo.
En marzo, mientras Feuchtwanger se encontraba en Suiza, los camisas pardas allanaron su domicilio de Berlín. Se llevaron el coche de su esposa y el manuscrito de una novela a medio terminar. Rompieron un retrato de Eleanor Roosevelt. «Creo que su intención era matarme a tiros, pero no pudieron porque no estaba en casa —dijo Feuchtwanger—. El problema es que esta gente se ha tomado demasiado literalmente los antiguos discursos disparatados de Hitler.»
EL REICHSTAG se incendió. Era el 27 de febrero de 1933. Un joven albañil de origen holandés, Marinus van der Lubbe, comunista declarado, fue encontrado sin camisa en el lugar del siniestro y detenido. Hitler se presentó en plena noche en la redacción del Völkischer Beobachter, donde un ayudante le dijo que volviera en horas de oficina. «¿Está usted loco? —preguntó Hitler—. ¿No se da cuenta de que ahora mismo tiene lugar un acontecimiento de importancia incalculable?» Hitler y Goebbels se pasaron el resto de la noche preparando la siguiente edición.
Los derechos civiles fueron suspendidos en Alemania. «Göring soltó a sus hordas y de un solo golpe la justicia fue destruida por completo en Alemania», escribió Stefan Zweig.
THE NEW YORK TIMES publicó, en primera plana, que la Unión Central de Ciudadanos Alemanes de Fe Judía, grupo que contaba con sesenta mil miembros, había declarado que las noticias de atrocidades cometidas por los nazis contra los judíos eran «pura invención». Era el 25 de marzo de 1933.
El antisemitismo existía, y era, según la sociedad, motivo de grave preocupación, pero se trataba de un asunto interno. «Adoptemos una actitud enérgica contra todo aquel que trate de influir criminalmente en la formación del porvenir de Alemania por medio de la prensa extranjera.»
JAMES G. MCDONALD, presidente de la Asociación de Política Exterior de Estados Unidos, cenó en Berlín con Ernst Hanfstaengel, amigo de Hitler. Era el 1 de abril de 1933. McDonald dijo a Hanfstaengel que acababa de tener una entrevista con Hitler en la cual le había dicho que su política antisemita perjudicaba a Alemania. Hitler había contestado que «el mundo todavía nos agradecerá que le hayamos enseñado a tratar a los judíos».
Hanfstaengel bebió un poco de vino. Era partidario fervoroso del arianismo, pero tenía el pelo negro y su aspecto no era especialmente nórdico, aunque se le había oído decir que el vello de sus axilas era totalmente rubio. «¿Sabe usted —preguntó a McDonald—, que hemos planeado exterminar a toda la población judía del Reich? A cada judío se le ha asignado un miembro de las secciones de asalto. Todo está preparado y puede hacerse en un sola noche.»
MacDonald volvió a su hotel atravesando el Tiergarten. Vio parejas de enamorados sentadas en los bancos del parque. «Sentí como si acabara de tener una pesadilla», escribió.
LILIAN MOWRER oyó al canciller Hitler decir en un discurso: «Nuestros enemigos serán exterminados brutalmente y sin piedad». Mowrer pensó que había oído mal. El líder de una gran nación no diría algo así. Consultó el texto oficial. Sí: Brutal und rücksichtslos ausgerottet. Y entonces empezaron las desapariciones durante la noche y las palizas, los asesinatos, escribió, «de centenares y centenares cometidos a sangre fría por sádicos sexuales y adolescentes, por orden de sus “superiores del partido”». Luego pusieron los letreros amarillos en los comercios que eran propiedad de judíos. En los grandes almacenes Kaufhaus des Westens, Mowrer enseñó su pasaporte norteamericano y cruzó la barrera que formaban miembros de las secciones de asalto cogidos del brazo. El establecimiento estaba casi vacío. Los únicos clientes eran extranjeros que protestaban contra el boicot. «Los dependientes estaban de pie sin nada que hacer, silenciosos y cariacontecidos. Me dieron ganas de comprar todo lo que tenía a la vista —dijo—. Me pasé toda la mañana de compras en comercios judíos.» Era abril de 1933.
¿Cómo podía suceder aquello?, se preguntó. El país estaba tranquilo. Las calles estaban limpias. El tráfico era fluido.
«Los alemanes están entre los pueblos más agradables de Europa y sin duda la media de matones y sádicos no es mayor que en cualquier otra nación —escribió—. La diferencia era que el régimen de Hitler se había edificado sobre sádicos y matones, de arriba abajo.»
SAMUEL FULLER, ejecutivo de la industria del rayón, escribió un memorándum a su viejo amigo Franklin Roosevelt, ahora presidente de Estados Unidos. Era el 8 de mayo de 1933.
Roosevelt había pedido a Fuller, que se disponía a visitar Berlín, que averiguase las respuestas a algunas preguntas sobre Hitler. Una de ellas era: «¿Va a marginar a los judíos definitivamente? ¿O solo los está castigando temporalmente para que se porten bien?».
«Con respecto a los judíos —escribió Fuller a Roosevelt—, el doctor Schacht afirmó que la prensa norteamericana había exagerado mucho su situación.» Schacht, presidente del Banco Central alemán, dijo a Fuller que no se había matado a nadie: ningún judío había sufrido violencia en su persona. Schacht describió la situación de esta manera:
Gran número de judíos entró en Alemania después de la guerra. Muchos de ellos se habían afiliado al partido de los comunistas. Los gobiernos de los últimos diez años habían estado llenos de judíos, especialmente en los puestos burocráticos. La mayoría de los puestos los ocupaban judíos. Alemania no es una nación judía. En los tribunales, los jueces por designación eran en gran parte judíos. El Ministerio de Educación estaba lleno de judíos. El jefe de Policía de Berlín era judío. 2.600 de los 3.200 abogados de Berlín eran judíos. En la Universidad de Berlín entre el 3 y el 4 por ciento del alumnado era judío, y el 40 por ciento del profesorado era judío. Alemania opinaba que esto estaba mal; y los echaron y pusieron en su lugar, o en puestos donde era necesario, a gentiles.
Fuller sostuvo otra conversación con Schacht más adelante. «Si yo fuese judío, estaría preocupado —le dijo Schacht esta vez—. No soy judío y lo estoy.»
Roosevelt pasó la «interesantísima» carta a Cordell Hull, su secretario de Estado. «Por favor, devuélvemela cuando tú y el jefe de la División de Europa Occidental la hayáis leído», escribió.
GOEBBELS SE ENCONTRABA en una tribuna adornada con esvásticas en la Unter den Linden, amplia y arbolada calle de Berlín que pasa por delante de la universidad y el Palacio de la Ópera. Dijo: «La era del intelectualismo judío extremo ya ha pasado». Arrojó un libro a la hoguera.
«Era como quemar algo vivo —dijo Lilian Mowrer—. Le siguieron estudiantes con brazadas de libros, mientras los escolares expresaban a gritos ante los micrófonos su condena de tal o cual autor y la multitud abucheaba y silbaba los nombres que iban pronunciándose.» Los libros de Lion Feuchtwanger, que ya habían sido prohibidos en las librerías, fueron pasto de las llamas, al igual que los de Albert Einstein, Thomas Mann, Brecht, Lenin, Marx, Engels, Zinóviev, Heine, Emil Ludwig, Helen Keller, Upton Sinclair y Jack London. La novela pacifista de Bertha von Suttner ¡Abajo las armas! fue condenada por «antialemana» y quemada. Sin novedad en el frente fue la obra que recibió más abucheos. Los libros de Stefan Zweig fueron clavados a una picota además de quemados. El pacifismo enmascaraba un «veneno que iba calando poco a poco», dijo un orador. Era el 10 de mayo de 1933.
Goebbels dijo: «Iluminado por estas llamas, nuestro voto será el Reich y la Nación y nuestro Führer: Adolf Hitler. Heil! Heil!».
HARRY EMERSON FOSDICK, que ahora era el pastor de la iglesia Riverside de Nueva York, organizó una petición de protesta. Era mayo de 1933. «Reconocemos las graves provocaciones que han conducido a la revolución alemana —dijeron los firmantes de Fosdick—, especialmente que las condiciones de paz hayan condenado a generaciones aún no nacidas de niños alemanes a la servidumbre económica.» No obstante, había llegado la hora de hablar. «Herr Hitler lleva años predicando el odio implacable a los judíos —dijeron—. Una de las doctrinas fundamentales de los nazis, que ellos reconocen explícitamente, es que los judíos son bacilos ponzoñosos en la sangre de Alemania y deben eliminarse como la peste.» Ahora estaban poniendo en práctica esa creencia:
Están llevando a cabo sistemáticamente un «frío pogromo» de crueldad inconcebible contra nuestros hermanos judíos, expulsándolos de puestos de confianza y liderazgo, privándolos de derechos civiles y económicos, condenándolos deliberadamente, suponiendo que sobrevivan, a sobrevivir como pueblo proscrito y excomulgado, y amenazando a los judíos con una matanza si protestan.
Mil doscientos clérigos norteamericanos firmaron la protesta; sus nombres llenaron la mayor parte de una página de The New York Times.
Durante una cena del Consejo Federal de las Iglesias varios meses después, el reverendo Fosdick dijo: «Desde hace mil años no se ha visto en la civilización occidental nada tan bárbaro como la persecución deliberada de toda una raza por los poderes oficiales de una nación».
Asistía a la cena un profesor de teología alemán, un tal Julius Richter, hombre apaciguador. Dijo que la oleada de antisemitismo alemán pasaría. «El canciller Hitler es un hombre muy responsable, muy inteligente —dijo Richter—. No bebe; no fuma; lleva una vida rigurosamente moral. Podemos estar seguros de que Hitler no permitirá que semejantes cosas duren mucho tiempo.»
EDGAR MOWRER —que acababa de ganar el premio Pulitzer con un libro antinazi, Germany Puts the Clock Back— recibió una amenaza formulada con palabras corteses. Al gobierno alemán no le gustaban sus opiniones y quería que dimitiese de su puesto de presidente de la Asociación de la Prensa Extranjera. Mowrer se fue a ver a Goebbels, que estaba sentado en una habitación espaciosa decorada con jarrones chinos con orquídeas. «No permitiremos que engañe al público», dijo Goebbels.
Un periodista muy conocido, el doctor Goldmann —enfermo, viejo y jorobado— fue detenido. Mowrer pensó que Goldmann no duraría mucho tiempo en un campo de prisioneros. Se brindó a renunciar a la presidencia si Goldmann era puesto en libertad. Los nazis accedieron.
Cuatro policías de paisano empezaron a seguir los movimientos de los Mowrer. Una noche, la pareja observó que delante de su casa había un grupo de hombres de las secciones de asalto con un reflector; era obvio que había llegado el momento de irse de Berlín. Edgar y Lilian aún salían a pasear, sin embargo, y admiraban los árboles del Tiergarten, los cinco olmos donde jugaban los conejos, la isla donde todos los años los polluelos de cisne salían de los huevos. Procuraban no hablar de política alemana. «Piensa en su amor a las flores —decía Edgar Mowrer—. Si alguna vez se juzga a esta gente, espero que alguien se levante y diga “Pero recordad las jardineras de sus ventanas”.»
Edgar fue informado de que el gobierno alemán ya no podía garantizar su seguridad. Se marchó a Francia. Lilian hizo las maletas y se reunió con él allí. «En ninguna parte he tenido amigos tan estupendos como en Alemania —escribió Lilian después—. Al recordar ahora aquellos tiempos, es como ver que alguien a quien amas se vuelve loco y hace cosas horribles.»
JAMES G. MCDONALD, de la Asociación de Política Exterior, pronunció un discurso en el festival de Chautauqua. Un periodista de The New York Times se hallaba presente para informar del acto. Era el 10 de julio de 1933. McDonald no dijo que Hitler y Hanfstaengel le habían hablado de su plan relativo a los judíos. Pero sí dijo que los intentos de los apologistas de los nazis de negar que los judíos eran tratados cruelmente representaban un «insulto a la inteligencia». «Los nazis creen en el mito de la supremacía de la raza aria y están decididos a hundir la vida económica judía», explicó. Hitler había sacado partido de los prejuicios y las humillaciones de la posguerra: «La guerra, el Tratado de Versalles y el trato que Alemania ha recibido desde la guerra han empujado a los alemanes a buscar líderes nuevos —dijo—. El hitlerismo es, en un sentido muy real, un regalo de los aliados y Estados Unidos».
HITLER NOMBRÓ A JULIUS STREICHER jefe del partido en Franconia. Streicher, un paranoico de cabeza afeitada, publicaba dos periódicos, uno de los cuales era el tabloide truculentamente antisemita Der Stürmer o «El Asaltante».
Streicher ordenó detener a varios centenares de judíos, la mayoría de ellos tenderos de Nuremberg, la capital de Franconia. «Fueron obligados a marchar en procesión por las calles, flanqueados a ambos lados por miembros de las secciones de asalto y tratados con escarnio y brutalidad», informó The Times de Londres. Algunos fueron encarcelados en espera de un rescate; a otros se les hizo «arrancar la hierba de un campo con los dientes». The Times publicó: «Como, según se cree, la necesidad de un pretexto para “confiscar” fondos ha desempeñado un papel muy importante en la última ocasión, mucha gente teme una repetición de estos incidentes en un futuro próximo». Era julio de 1933.
El periódico de Streicher publicó un artículo titulado «El Judío Muerto». Trataba de un hombre que se suicidó después de ser perseguido. «No pondríamos absolutamente ninguna objeción si todos sus hermanos de raza se despidiesen de la misma manera», decía el artículo.
EL MAYOR JAMES DOOLITTLE, as de la aviación norteamericana, estaba en China haciendo demostraciones de aviones por cuenta de Curtiss-Wright. Era el verano de 1933. Doolittle, a bordo de su Curtiss Hawk, llevó a cabo sus proezas ante el alcalde de Shanghai y una multitud de setenta y cinco mil personas, y después el gobierno de Nankín encargó treinta y seis Hawks, el mayor pedido que la compañía recibió aquel año. «Vendimos 24 Hawks al gobierno turco el pasado otoño —dijo T. P. Wright, presidente de Curtiss-Wright—, y hay varios en servicio en América del Sur.»
El mayor Doolittle también había hablado de los aviones Hawk con Ernst Udet, el as de ojos azules de la aviación alemana; los dos volaron juntos en festivales aéreos norteamericanos. A Udet le gustó el nuevo Hawk II; lo había visto en las carreras aéreas de Cleveland. Era un buen avión para hacer proezas y un buen bombardero en picado. Pero resultaba caro.
EN NUREMBERG, miembros de las secciones de asalto llevaron a una chica de diecinueve años a un cabaret. Le cortaron el pelo, le afeitaron la cabeza y le colgaron un letrero del cuello. «Me he ofrecido a un judío», rezaba el letrero. Era el 13 de agosto de 1933.
Un grupo de turistas que presenció la escena escribió una carta a las autoridades en la cual decían que, si bien no albergaban ningún deseo de inmiscuirse en los asuntos municipales de la ciudad, incidentes de aquel tipo no podían por menos de resultar muy desagradables a todos los visitantes extranjeros. Al cabo de unas semanas la chica fue declarada enferma mental e ingresada en un manicomio.
IÓSIV STALIN, el líder de Rusia, ordenó a sus agentes que retirasen todas las existencias de alimentos de las poblaciones agrícolas de Ucrania. Millones de personas no tenían pan: comían ratones de campo, insectos, cáscaras y niños muertos. Era 1933.
Un matrimonio norteamericano de origen ruso visitó un poblado ucraniano. «Nos estamos muriendo todos de hambre —les dijo uno de los habitantes—. Quieren que nos muramos. Es una hambruna organizada. Nunca hemos tenido una cosecha mejor, pero si nos pillaran cortando unas cuantas espigas, nos fusilarían o nos meterían en la cárcel y nos matarían de hambre.» Era agosto de 1933.
DAVID LLOYD GEORGE, que había sido primer ministro de Inglaterra durante la Gran Guerra, pronunció un discurso. El gobierno inglés no debía intimidar a Alemania, dijo Lloyd George. «Sé que se han cometido atrocidades horribles en Alemania y todos las deploramos y condenamos —dijo—. Pero un país que está pasando por una revolución siempre es propenso a episodios espantosos debido a que aquí y allá algún rebelde enfurecido se ha apoderado de la administración de justicia.» Si las potencias aliadas consiguieran derrocar el nazismo, ¿qué ocuparía su lugar? «El comunismo radical —dijo Lloyd George—. Está claro que este no puede ser nuestro objetivo.»
Era el 22 de septiembre de 1933.
ERNST UDET, el piloto alemán, se encontraba en Buffalo, Nueva York, con la intención de comprar bombarderos en picado. Udet dijo al jefe de ventas de Curtiss-Wright que no estaba seguro de poder permitirse un Hawk II. «Pero, señor Udet —contestó el jefe de ventas—, el dinero ya ha sido depositado en nuestro banco.»
Hermann Göring, ministro de Aviación de Alemania y presidente del Reichstag, había comprado dos Curtiss-Wright Hawk II para Udet. Udet se reincorporó a la Luftwaffe —las Fuerzas Aéreas alemanas— y con su ayuda la Junkers Aviation empezó a proyectar un avión, el llamado Ju 87, el Stuka. Para bombardear en picado era todavía mejor que el Curtiss Hawk II.
FREDERICK BIRCHALL, corresponsal de The New York Times en Berlín, publicó un artículo sobre los preparativos de Alemania para la guerra. Era el 8 de octubre de 1933.
Birchall citó un libro reciente de Ewald Banse, profesor del Instituto Técnico de Brunswick, Alemania. El libro se titulaba Wehrwissenschaft, esto es, «Ciencia militar». La guerra ya no era cuestión de marchas y medallas, señaló Banse: «Es gas y peste. Es horror de tanques y aviones. Es bajeza y falsedad. Es hambre y pobreza». Y por ser la guerra tan horrible, decía Banse, debía incorporarse al plan de estudios de las escuelas y enseñarse como ciencia nueva y exhaustiva: «Los métodos y los objetivos de la nueva ciencia son crear una firme creencia en el elevado valor ético de la guerra y producir en el individuo la disposición psicológica al sacrificio por la causa de la nación y el Estado».
Los ojos de Birchall se posaron en un pasaje en particular del libro de Banse. En él se afirmaba que durante la Gran Guerra los franceses habían intentado hacer la guerra bacteriológica contra los cultivos y el ganado alemanes. El plan había fracasado, decía Banse, pero la técnica merecía ser investigada. Para una nación débil que había sido desarmada y reducida a la indefensión, como era el caso de Alemania en la posguerra, la guerra bacteriológica —contaminar el agua potable con gérmenes de tifus y propagar la peste por medio de ratas infectadas— «es indudablemente el arma apropiada». La Sociedad de Naciones había prohibido semejantes técnicas, pero cuando se trataba de la supervivencia nacional, «todo método es permisible para rechazar al enemigo superior y vencerle».
EN UN FESTIVAL AÉREO celebrado en Long Island, Ernst Udet hizo proezas asombrosas con su Flamingo rojo y plateado, y una escuadrilla de aviones del Ejército estadounidense bombardeó y ametralló un poblado de cartón piedra. El poblado demolido fue bautizado con el nombre de Depressionville. Era el 8 de octubre de 1933.
EL GOBIERNO ALEMÁN ordenó confiscar todos los ejemplares del libro de Ewald Banse. Era el 20 de octubre de 1933.
«Se han citado en el extranjero frases y pasajes sueltos del libro que han hecho recelar del talante pacífico de Alemania —dijo una declaración oficial—. Las ideas del profesor Banse no se corresponden con las del gobierno y deberían considerarse meramente opiniones personales.»
El gobierno también prohibió dos canciones: «Debemos luchar y conquistar Francia» y «¡Alemanes, a las armas!».
UN VERDUGO con guantes blancos y sombrero de copa ató a Marinus van der Lubbe, condenado por el incendio intencionado del Reichstag, a la guillotina. Su cabeza cayó en un cesto lleno de serrín. Era el 10 de enero de 1934.
ELEANOR ROOSEVELT dirigió la palabra al noveno Congreso sobre la Causa y el Remedio de la Guerra, que se celebraba anualmente. Asistían al congreso quinientos delegados que representaban a once organizaciones que sumaban un total de once millones de afiliados. «Quienquiera que piense debe opinar que la próxima guerra será un suicidio —dijo Eleanor Roosevelt—. ¡Qué terriblemente necios somos! ¡Somos capaces de estudiar historia y vivir lo que vivimos y permitimos tranquilamente que las mismas causas nos hagan pasar otra vez por lo mismo!» Era el 17 de enero de 1934.
Una semana después, Clark H. Woodward, contraalmirante de la Armada estadounidense, pronunció un discurso virulento ante los delegados reunidos en el noveno encuentro anual de la Conferencia Patriótica de Mujeres sobre Defensa Nacional, organización pro militar y contra los inmigrantes que aglutinaba a varios grupos. El contraalmirante Woodward había ganado numerosas medallas y combatido en muchas guerras: había contribuido a sofocar insurrecciones en Nicaragua y Haití.
«Extranjeros radicales, foráneos y antinorteamericanos nacidos en Estados Unidos están difundiendo malintencionadamente propaganda subversiva a favor del desarme —dijo el contraalmirante Woodward a las mujeres patrióticas—. Rojillos de salón, proselitistas y traicioneros grupos a sueldo han renovado sus esfuerzos siniestros, intensivos y destructivos para convencer a nuestros estadistas, mediante llamamientos insidiosos y razonamientos académicos, de la futilidad de seguir preparándonos.»
UN ESPÍA BRITÁNICO, Frederick Winterbotham, visitó a Hitler en sus nuevos aposentos de la Cancillería del Reich en Berlín. Era febrero de 1934.
Winterbotham, que era un inglés alto, de cabello rubio rojizo, subió las suntuosas escaleras con su anfitrión, el teórico racial Alfred Rosenberg. A su paso, hombres de uniforme negro se cuadraban y tocaban con sus guantes blancos sus armas enfundadas. Los visitantes entraron en un espacioso despacho decorado con tapices y cortinas de brocado azul. Hitler se hallaba sentado detrás de su mesa de trabajo, vestido con camisa parda y corbata negra.
«Quizá Hitler no estaba habituado a que le sonriesen jovialmente, pero pareció dar resultado porque se puso en pie, y alargó una mano, no para hacer el saludo ahora ya conocido, sino para que se la estrecháramos de manera civilizada, como se acostumbra a hacer», escribió Winterbotham. Los ojos de Hitler le llamaron la atención. «Muchas personas han comentado su aparente capacidad hipnótica, pero a mí me dieron la impresión de que sobresalían demasiado de las cuencas. No obstante, eran amistosos.»
Hitler dijo a Winterbotham que la Luftwaffe contaría con quinientos aviones a principios de 1935. «Debería haber solo tres grandes potencias en el mundo —dijo Hitler—, el Imperio británico, las Américas y el Imperio alemán del futuro.» El Imperio británico se encargaría de África y la India, a la vez que Alemania controlaría Rusia. La suerte de China se determinaría en su momento. Versalles era papel mojado. «Lo único que pedimos —dijo Hitler—, es que Gran Bretaña se dé por satisfecha con ocuparse de su imperio y no obstaculice los planes de expansión de Alemania».
Winterbotham dijo entonces que tenía entendido que a Hitler no le gustaban los comunistas. El cuello de Hitler enrojeció. «Sus ojos empezaron salirse todavía más de las órbitas; se levantó y, como si su personalidad hubiera cambiado totalmente, se puso a chillar con su voz aguda y entrecortada, que rebotaba en las paredes de la espaciosa estancia; no se dirigía a tres, sino a tres mil personas imaginarias», escribió Winterbotham. Luego Hitler terminó, sonrió y se sentó. «Eso es lo que pienso de los comunistas», dijo.
ALGUNOS MIEMBROS DE LA TRIBU QUTAIBI atacaron una caravana en el sur de Yemen, país que formaba parte del Imperio británico. Era marzo de 1934. El capitán de grupo Charles Portal, de la Royal Air Force, opinaba que había que disciplinar a los miembros de la tribu. Ordenó a sus aviadores que lanzaran octavillas en las que pedían a los miembros de la tribu que pagasen una multa y entregaran a los malhechores. «Hasta que hayáis cumplido las condiciones puede que vuestros poblados y campos sean bombardeados o incendiados en cualquier momento del día o de la noche, y se os advierte en particular de que no toquéis ninguna bomba que no haya hecho explosión, puesto que, si lo hacéis, probablemente moriréis», advertían las octavillas.
Los qutaibi no cumplieron. Portal ordenó a sus pilotos que arrojaran «unas cuantas bombas pequeñas sobre los principales poblados» y también que bombardeasen intensamente las casas del jeque y su tío. Utilizaron bombas de efecto retardado con el fin de impedir que los habitantes se acercaran a sus casas, técnica conocida por el nombre de «bloqueo invertido». Tras dos meses de bombardeos, los qutaibi aceptaron las condiciones. Tres miembros de la tribu murieron, escribió Portal, al tratar de desmontar una bomba de efecto retardado; ninguno de sus propios hombres resultó herido. «Lo más notable, y lo más satisfactorio —añadió—, es la manera en que la tribu volvió al redil prácticamente sin rencor alguno.»
H. C. ENGELBRECHT, autor de Mercaderes de la muerte, best seller sobre los traficantes de armas, habló en una conferencia de la Academia Americana de Ciencias Políticas y Sociales. «La industria de armamento no sabe de política, de amigos, del bien ni del mal, sino solo de clientes —dijo Engelbrecht—. Si puedes pagar, puedes comprar.»
La empresa de armas francesa Schneider acababa de vender cuatrocientos tanques a la Alemania de Hitler, señaló Engelbrecht; la compañía ocultó la operación enviando los tanques a través de los Países Bajos. Los alemanes también habían encargado sesenta aviones a la empresa británica Vickers, fabricante de bombarderos.
«En todas las guerras —dijo Engelbrecht— el fabricante de armamento que vende en el extranjero está armando a un enemigo potencial de su propio país, y en la práctica, aunque no según la ley, eso es traición.»
Era el 14 de abril de 1934.
CLARENCE PICKETT, secretario ejecutivo del Comité de Servicio de los Amigos Norteamericanos, se entrevistó con el rabino Leo Baeck en Berlín. El Comité de Servicio de los Amigos Norteamericanos era una organización de socorro cuáquera fundada por un profesor del Haverford College llamado Rufus Jones; había alimentado a millones de personas en Alemania, Austria, Polonia y Rusia durante las hambrunas de finales de la década de 1910 y comienzos de la de 1920. Pickett, que era un hombre poco expresivo de sonrisa forzada, estaba en Europa para «ver si podemos hacer algo para impedir el trato bárbaro que sufren los judíos y ayudar a inmigrar a los que tengan la suerte de poder irse a Estados Unidos u otra parte». Era mayo de 1934.
El rabino Baeck dijo que no quería visitar a Pickett en el Centro de los Amigos en Berlín porque no quería que las autoridades pensaran que el centro era un escondrijo judío; en su lugar, se reunieron en una habitación con cortinas negras del Club de Mujeres Norteamericanas.
Desde antes de los tiempos de Cristo, dijo Baeck, los judíos habían formado parte de lo que ahora era Alemania. La sinagoga de Worms había celebrado recientemente su noningentésimo aniversario de existencia continua. Los judíos amaban Alemania y querían quedarse en ella.
Baeck dijo a Pickett que se había producido un aumento de la religiosidad a consecuencia del racismo y la persecución. Los fieles del rabino eran antes cincuenta o sesenta personas; ahora celebraba cuatro oficios distintos cada domingo. Asistían a ellos numerosas personas, aunque cuando salían de la sinagoga a veces eran apedreadas. Era un buen momento para ser rabino, dijo.
Baeck añadió que su lema era siempre: «Que ninguna gota de amargura entre en vuestros corazones y los envilezca».
REINHARD HEYDRICH, jefe de la sección de inteligencia de la policía secreta alemana, leyó un informe detallado que le habían preparado sobre política judía. Era el 24 de mayo de 1934.
«El objetivo de la política judía debe ser la emigración de todos los judíos», decía el informe. Los «asimilacionistas» judíos —los que querían vivir como alemanes en Alemania— debían ser disuadidos, mientras que los sionistas —los que querían emigrar a Palestina— debían ser alentados, según el memorándum. «El objetivo de la policía del Estado es apoyar al sionismo en su política de emigración tanto como sea posible»:
Todas las autoridades a quienes concierna deben, en particular, concentrar sus esfuerzos en reconocer las organizaciones sionistas y apoyarlas en sus actividades de formación y emigración; al mismo tiempo, las actividades de los grupos de judíos alemanes deben restringirse con el fin de obligarles a desistir de la idea de permanecer en Alemania.
De esta manera, con el tiempo Alemania se convertiría en un país «sin porvenir para los judíos».
Heydrich, hombre rubio de frente amplia y dedos largos y delgados, empezó a ayudar a las organizaciones sionistas a crear centros de formación agrícola con el objeto de que los judíos supieran cultivar la tierra cuando llegasen a Palestina.
EL PRESIDENTE ROOSEVELT estaba utilizando dinero de la Ley de Recuperación Nacional —parte del New Deal— para construir treinta y dos buques de guerra. Visitó Pearl Harbor, puesto naval avanzado cerca de Honolulu: cantantes hawaianos interpretaron canciones tradicionales para él y trescientas muchachas japonesas bailaron a la luz de los faroles en un espectáculo histórico en el Iolani Palace. El presidente alabó en un discurso la riqueza del pasado de Hawai, la limpieza de las casas de Hawai y la eficiencia y el espíritu de las fuerzas militares norteamericanas destacadas allí, de las cuales era comandante en jefe. «Estas fuerzas deben ser consideradas siempre un instrumento de la paz continua», dijo. Dio las gracias a todos y expresó el deseo de volver algún día. «Os digo “aloha” de todo corazón.» Era el 28 de julio de 1934.
En el Japan Advertiser, el general Kunishiga Tanaka, ex agregado militar en Washington, escribió una respuesta a la visita de Roosevelt: «El presidente Roosevelt ha viajado a Hawai e inspeccionado la base de Pearl Harbor, considerada el centro de las operaciones ofensivas norteamericanas en el Pacífico, y ha dicho al mundo en voz muy alta que sus instalaciones son perfectas». Este acontecimiento fue acompañado, señaló el general, de noticias de que la Liga de la Armada estaba presionando a favor de la creación de flotas inmensas y bases aéreas norteamericanas en Alaska y las islas Aleutianas. «Semejante comportamiento insolente nos parece sumamente sospechoso. Nos hace pensar que se está fomentando a propósito un conflicto de gran magnitud en el tranquilo Pacífico. Esto es muy de lamentar.»
GEORGE SELDES, periodista especializado en escándalos, publicó un artículo en Harper’s Magazine. «Es un axioma que las naciones no se arman para la guerra, sino para una guerra», escribió Seldes. Acababa de entrevistar a un funcionario de la Liga de la Armada, grupo de presión partidario de estar preparados.
«¿Acepta usted el axioma naval de que uno se prepara para luchar contra una armada específica?», había preguntado Seldes al hombre de la Liga de la Armada.
«Sí», respondió el hombre.
«¿Prevé usted un enfrentamiento con la armada británica?», preguntó Seldes.
«No, por supuesto», contestó el hombre.
«¿Prevé un guerra con Japón?»
«Sí.»
Era octubre de 1934.
LOS ALUMNOS DE LA NUEVA Escuela Táctica del Cuerpo Aéreo de Estados Unidos en Maxwell Field, Alabama, estaban aprendiendo a hacer la guerra moderna con aviones. Era el curso escolar 1934-1935.
«La buena estrategia requiere asestar el golpe principal donde el enemigo sea más débil», aprendieron los alumnos. «Las grandes poblaciones urbanas y los elevados niveles de vida amplían las posibilidades de causar dislocación e incrementan la fuerza que la aviación puede aplicar contra la moral.»
El abastecimiento de agua era especialmente vulnerable: «Es posible lanzar gases contra los embalses, cortar los acueductos y destruir las presas y las instalaciones de bombeo. Los efectos en la población civil serán inmediatos y de gran alcance: los sistemas de salubridad fallarán y la posibilidad de que se produzcan epidemias se agudizará».
LA BOEING CORPORATION, de Seattle, vendió tres bimotores a Alemania. Estos aviones «podían ser considerados admirables bombarderos en potencia por un experto militar», según The New York Times; los ingenieros alemanes los estaban estudiando detenidamente. Pratt and Whitney tenía una oficina en Berlín; BWM había adquirido los derechos para construir uno de los motores Pratt and Whitney. La Sperry Corporation, fabricante de miras de bombarderos y estabilizadores giroscópicos, tenía un acuerdo para compartir patentes con una compañía alemana, Askania.
Un agregado comercial estadounidense en Berlín escribió que fabricantes norteamericanos estaban vendiendo a Alemania cigüeñales, culatas, sistemas de control para cañones antiaéreos y componentes suficientes para producir unos cien aviones al mes. Había pedidos pendientes para equipar dos mil aviones, informó el agregado.
Era mayo de 1934.
EL PRESIDENTE ROOSEVELT dispuso que la Armada de Estados Unidos se encargara de la administración de la isla de Wake, atolón del océano Pacífico. Asimismo, dio a la Pan Am Airways permiso para construir pistas en la isla de Wake, la isla de Midway y Guam. Era el 14 de marzo de 1935.
Estas medidas no gustaron a las autoridades militares japonesas porque, según dijeron, los aeropuertos podían convertirse en bases militares. «Las islas son “portaaviones naturales” que ofrecen a los escuadrones enemigos lugares ideales para operar desde ellos —escribió un comandante en jefe retirado de la Armada japonesa—. Si fueran ocupadas por un enemigo, pondrían inmediatamente en peligro nuestra defensa.»
CLARENCE PICKETT, el cuáquero, y Harry Emerson Fosdick, el predicador antibelicista, tomaron el té en el Despacho Oval con el presidente Roosevelt. Era abril de 1935. La Armada se proponía llevar a cabo simulacros de combate y maniobras cerca de las islas Aleutianas y de la isla de Midway. Las islas quedaban muy lejos de Estados Unidos y cerca de Japón. A Pickett le pareció «un intento deliberado de mostrar los músculos donde Japón pudiera vernos, de advertirle de lo que podía esperar si no respetaba nuestro poderío».
Roosevelt era muy hablador y contó historias y recordó los viejos tiempos. «Empezamos a preguntarnos si lograríamos expresar nuestra preocupación», escribió Pickett. Finalmente el reverendo Fosdick metió baza y advirtió del peligro que suponía hacer grandes maniobras navales tan cerca de Japón. Roosevelt dijo que en Harvard había tenido un compañero de clase que era japonés y que este compañero de clase japonés hablaba de conquista. «No conseguimos persuadirle de que trasladara el patio de recreo de la Armada a otra parte», dijo Pickett.
CIENTO SESENTA buques y 450 aviones norteamericanos empezaron los simulacros de combate en el Pacífico: los mayores de la historia de Estados Unidos. Era abril de 1935. La Hermandad de la Reconciliación, grupo pacifista, envió una carta abierta al pueblo japonés, con copia al presidente Roosevelt: «Deseamos transmitiros —decía la carta—, la noticia de que muchos miles de nuestros ciudadanos, en especial los que son miembros de nuestras iglesias y nuestras sinagogas, han protestado contra la celebración de estas maniobras».
Japón y Estados Unidos habían mantenido relaciones amistosas durante ochenta y un años, continuaba la carta. «Multitudes de nuestros ciudadanos, relacionados o no con instituciones religiosas, se oponen a estas maniobras y se unen a nosotros en espíritu al expresaros nuestras promesas de amistad continuada y no disminuida.» Firmaron la carta Rufus Jones, John Haynes Holmes y otras quince personas.
El almirante Kanji Kato, ex jefe del Estado Mayor japonés, declaró que la demostración naval norteamericana era como «desenvainar una espada ante la casa de un vecino».
«Pues qué pena», comentó el almirante Standley, jefe de operaciones navales de Estados Unidos.
ALGUIEN ARROJÓ una piedra por la ventana del estudio de un pintor inmigrante llamado Michael Califano. Al día siguiente, tres hombres llamaron a la puerta. Era el 16 de mayo de 1935, en Nueva York. Los hombres pidieron a Califano que les enseñase algunas postales de su cuadro antinazi La ignominia del siglo XX. Las postales se vendían en beneficio de los refugiados judíos. En el cuadro, que se había expuesto en la Muestra de Independientes del Grand Central Palace, aparecía Hitler expulsando a Einstein de Alemania; cerca de Hitler se veía un puño de hierro que sostenía un cuchillo ensangrentado. Califano se volvió para coger las postales y los tres hombres le sujetaron, le golpearon y lo ataron a una tubería de salida de humos. Uno de ellos le metió el cañón de una pistola en la boca y le ordenó callar. Los tres hombres se pusieron a acuchillar los cuadros. Acuchillaron a Einstein, Rodolfo Valentino y Adolph Ochs, editor de The New York Times. Respetaron la imagen de Hitler. Califano perdió el conocimiento. Un vecino le encontró inconsciente pero vivo, colgado de la tubería. Le llevaron a un hospital. Tenía la intención de exponer sus cuadros en el Congreso Mundial Judío.
DIEZ MIL PERSONAS subieron por la Quinta Avenida desde Washington Square Park. Portaban pancartas que rezaban: NINGUNA NACIÓN PUEDE PERMITIRSE LA GUERRA Y LA CIVILIZACIÓN AL MISMO TIEMPO y FOMENTAD LA AMISTAD JAPONESA. La Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad formó un «cementerio de guerra itinerante» y había una especie de carro alegórico: un cementerio con césped y cruces blancas, con dos personas de luto, una madre y su hijo, y un letrero que rezaba: ¿QUÉ PRECIO TIENE LA GLORIA?
Entre los que encabezaban la marcha había dos famosos líderes religiosos —John Haynes Holmes de la Iglesia de la Comunidad (el admirador de Gandhi) y el rabino Stephen Wise de la Sinagoga Libre—, así como líderes de otras denominaciones, un grupo de cuáqueros y algunos socialistas con banderas rojas. Un perro llevaba un letrero con la inscripción NO VOY A SER PERRO DE GUERRA.
La multitud enfiló la calle Veintiséis y luego bajó por Madison Avenue hasta Union Square, donde un cordón de trescientos policías velaba por el orden. El socialista Charles Solomon dijo a la multitud que el capitalismo engendra imperialismo, «que es el padre de los roces internacionales que causan la guerra». John Haynes Holmes prometió que las cárceles estarían llenas a rebosar si había guerra e hizo otra promesa junto con la multitud:
Si hay guerra, no lucharé.
Si hay guerra, no me alistaré.
Si hay guerra, no dejaré que me recluten.
Si hay guerra, no haré nada por apoyarla.
Si hay guerra, haré cuanto pueda para oponerme a ella.
Por mi honor.
Era el 18 de mayo de 1935.
BENITO MUSSOLINI quería un imperio como el que tenían los británicos. Antes de la prevista anexión de Etiopía, hizo una demostración de los recursos militares de Italia. Era el 18 de mayo de 1935. Bombas, gases tóxicos, cortinas de humo y lanzallamas se exhibieron en Roma ante una multitud admirada. «El Signor Mussolini participó personalmente y mostró considerable habilidad en el lanzamiento de granadas de mano, con lo cual demostró que no había olvidado las lecciones que había aprendido en la guerra», publicó The New York Times.
LEO ROSTEN, joven escritor y maestro, publicó un artículo en Harper’s Magazine. Nunca había sido el movimiento pacifista tan visible y perspicuo, señaló Rosten, y, pese a ello, el militarismo iba en aumento. ¿Por qué? Porque los instintos asesinos estaban «hondamente enquistados» en la personalidad humana. «El primitivismo del hombre vibra ante la llamada del militarismo porque reconoce, sin mediación de ningún mecanismo “consciente”, las oportunidades de asesinar, de sadismo y de violencia», escribió Rosten. Piensen, agregó, en aquellos veteranos de la Gran Guerra que recordaban alegremente «la vez en que despanzurré a aquel huno».
La inmensa mayoría de los hombres disfrutan viendo cómo dos boxeadores se aporrean hasta quedar reducidos a una deliciosa papilla, o sienten un placer perverso «linchando a un negro», o se excitan cuando se les presenta la oportunidad de romperle la cabeza a un «radical», a un objetor de conciencia o, más recientemente, a un judío.
Para evitar la guerra necesitábamos hacer varias cosas, creía Rosten. Necesitábamos reducir la pobreza y necesitábamos producir más peticiones de paz y más artículos que revelaran los trapos sucios de los corruptos fabricantes de municiones. También necesitábamos ofrecer sucedáneos convincentes de la guerra —el fútbol, el boxeo, las Olimpiadas, el Tribunal Internacional, la Administración para la Recuperación Nacional—, escenarios de conflicto en los cuales la gente pudiera participar en las glorias colectivas sin que muriesen millones de personas.
El artículo de Rosten se tituló «Men Like War» («A los hombres les gusta la guerra»). Era julio de 1935.
EL ESTRENO MUNDIAL de la obra antibélica de John Haynes Holmes If This Be Treason tuvo lugar en Westport, Connecticut. Era el 29 de julio de 1935.
En el primer acto de la obra, buques japoneses lanzan un ataque por sorpresa contra la flota norteamericana en Manila. El recién investido presidente de Estados Unidos es pacifista y decide no contraatacar. En medio de gritos que piden sangre y venganza, y arriesgándose a ser acusado y desposeído de su cargo, el presidente Gordon viaja sin armas a Japón en un avión privado. El pueblo japonés, conmovido por este gesto audaz, se rebela pacíficamente contra su líder militarista, instala en el poder a un populista llamado Koyé y todo sale bien.
Holmes escribió la obra con la ayuda de un autor teatral de segunda fila llamado Reginald Lawrence. Basó su argumento, dijo, en la visita de Gandhi a Inglaterra en 1931.
«Han logrado crear momentos de tanta intensidad dramática —escribió el crítico de The New York Times—, que el público de esta noche se ha sentido impulsado con frecuencia a aplaudir.» Luigi Pirandello se encontraba entre los espectadores, al igual que George M. Cohan.
Más adelante, el Asahi Shimbun, importante periódico de Tokio, publicó un artículo sobre la obra. También fue objeto de una larga reseña en The Nation y de alabanzas en The Times de Londres. La obra estuvo en cartel durante seis semanas en el Music Box Theater de Nueva York y luego cayó en el olvido.
«Para mí ha sido motivo inocente de orgullo que mi obra previese, punto por punto, el ataque japonés a Pearl Harbor», escribió Holmes más tarde.
UN PROPAGANDISTA del Partido Nazi en Baviera presentó un informe que decía que la campaña antisemita en el distrito no hacía progresos. «Todos los niños saben de la amenaza judía; en todas partes se dictan conferencias de propaganda antisemita», escribió. Carteles antijudíos y ejemplares del periódico Der Stürmer podían verse en lugares prominentes. «Y, a pesar de todo esto, las campañas no han tenido el menor éxito —dijo—. Los campesinos no desean cortar sus lazos con judíos.»
Era octubre de 1935.
EL GOBERNADOR DE NUEVA YORK, Herbert Lehman, pidió al presidente Roosevelt que incrementara el cupo de inmigrantes judíos. Era el 1 de noviembre de 1935.
«El tipo de inmigración procedente de Alemania es de lo más elevado —escribió Lehman a Roosevelt—. He conocido a muchos de los que han llegado aquí en meses recientes y me han impresionado mucho porque son un tipo de hombres como mi padre, Carl Schurz, y otros alemanes que llegaron aquí en 1848 y que más adelante se contaron entre nuestros mejores ciudadanos.» Lehman mencionó el cupo de inmigración alemana vigente a la sazón, que era de veinticinco mil. En años recientes, sin embargo, solo se habían llenado 2.500 de estos puestos del cupo, dijo Lehman, y transmitió al presidente una petición del banquero Felix Warburg y otros: «Piden que el cupo de inmigración de judíos alemanes a este país se incremente de 2.500 a 5.000. Es, por supuesto, un número casi insignificante».
La inflexible respuesta de Roosevelt —redactada por el Departamento de Estado— fue que no había ningún cupo de inmigración para «personas de la clase que se describe». El Departamento de Estado, sin embargo, había expedido 5.117 visados de inmigración a nativos de Alemania en 1935: así pues, la petición de Felix Warburg ya había sido concedida. Cualquier persona que quisiera escapar de las condiciones del país donde tenía su residencia habitual recibiría, según Roosevelt, «la atención más considerada y el trato más generoso y favorable posible de acuerdo con las leyes de este país».
EL GOBIERNO DE ESTADOS UNIDOS dio a conocer su resumen estadístico mensual sobre las ventas autorizadas de armas a gobiernos extranjeros. Según lo dispuesto por la Ley de Neutralidad, todas las ventas de armas debían ser aprobadas por la Junta de Control de Municiones del Departamento de Estado.
China volvía a ser, en febrero de 1936, el mayor comprador de armas, seguido de Chile y Alemania. China había comprado aviones, tanques y munición. Alemania compró aviones «no militares», revólveres y munición.
EN UN TRIBUNAL DE LONDRES, sir Harry McGowan, presidente de Imperial Chemical Industries —amigo y asesor de inversiones de Winston Churchill— comparecía ante una comisión real que estaba investigando el comercio de armas. Era el 6 de febrero de 1936.
McGowan fue interrogado sobre las ventas de armas a naciones enfrentadas como, por ejemplo, China y Japón. «No tengo ningún reparo en vender armas a ambos bandos —respondió McGowan—. No soy purista en estas cosas.» Según McGowan, en aquel momento Imperial Chemical Industries no estaba produciendo gases para fines bélicos, pero podía empezar a producirlos en cualquier momento, a petición del gobierno.
La compañía abrió los cimientos de una nueva fábrica de gas mostaza en Lancashire al cabo de unos meses.
ALDOUS HUXLEY, novelista y miembro destacado de la Peace Pledge Union británica, escribió un artículo para Time and Tide sobre «seguridad colectiva», esto es, la idea de que grupos de países debían unirse para amenazar a las dictaduras belicosas con consecuencias violentas.
¿Servía de algo, se preguntó Huxley, tener a mano una nutrida fuerza de bombarderos para impedir que un dictador hiciese cosas censurables? No, no servía, porque es muy posible que un dictador valore el riesgo de forma muy diferente de como nosotros pensamos que lo valorará. «Si está loco, no percibe el riesgo. Si es fríamente maquiavélico, ve que en circunstancias desesperadas puede que personalmente arriesgue menos recurriendo a la guerra que sometiéndose a las amenazas de gobiernos extranjeros.»
Puede ser muy difícil, reconoció Huxley, impedir que algunas naciones ataquen a otras. «Lo que es del todo seguro es que amenazándolas con la guerra o declarándoles la guerra, incluso con una fuerza colectiva de bombardeo, si atacan a otras, no dará el resultado apetecido —escribió—. Una mala acción siempre produce otras malas acciones.»
Era el 7 de marzo de 1936.
POR ORDEN DE MUSSOLINI, aviones italianos arrojaron bombas de gas sobre Etiopía. «A partir de las siete y media de la mañana, un escuadrón de siete bombarderos arrojó botes de acero, algunos de los cuales contenían fosgeno y otros, gas mostaza», informó The New York Times. «Varios de ellos cayeron entre chozas de campesinos.» Era el 16 de marzo de 1936.
Un mes después Walter Holmes, reportero de The Times de Londres, escribió sobre un procedimiento nuevo que empleaban los italianos para atacar a las tropas y los civiles etíopes: la pulverización aérea. «Parece que hay pocas posibilidades de protegerse de una fina lluvia de líquido corrosivo que desciende desde los aviones, a menos que se invente algo semejante al traje de buzo —escribió—. Por consiguiente, muchas de las personas sometidas a esta forma de ataque sufrieron heridas espantosas en la cabeza, el rostro y la parte superior del cuerpo.»
WINSTON CHURCHILL publicó un artículo en el Evening Standard con el título de «How to Stop War» («Cómo evitar la guerra»). Era el 12 de junio de 1936.
Los discursos elevados no servían para nada, según Churchill, y las perogrulladas eran un crimen. Había una sola forma de evitar la guerra, y esa forma era el poderío militar. «Solo habrá seguridad —escribió— por medio de una combinación de naciones pacíficas que posean una potencia abrumadora y sea capaces de la misma infinidad de sacrificio y, de hecho, de la falta de piedad que hasta ahora han sido los atributos de la mente guerrera.»
EL EMPERADOR DE ETIOPÍA, Hailé Selassié, subió al podio de la Sociedad de Naciones en Ginebra, Suiza. Era el 30 de junio de 1936.
Selassié empezó a preparar sus papeles para hablar. De pronto la tribuna de la prensa se llenó de ruido y confusión. «Dirigidos por un hombre de cara encendida y voz atronadora, los fascistas lanzaron imprecaciones e insultos —informó The New York Times—. Alguien puso en marcha varios silbatos mecánicos.» La policía desalojó a los alborotadores y el emperador pudo hablar.
Describió el bombardeo con gases contra su pueblo. Los italianos usaron gases lacrimógenos y gas mostaza. Ninguno de estos métodos fue muy eficaz. Luego tuvo lugar la batalla de Makale en el norte de Etiopía. «Se instalaron pulverizadores especiales a bordo de aviones para que pudieran arrojar una lluvia fina y mortífera sobre extensiones inmensas de territorio», explicó el emperador, y añadió:
Grupos de nueve, quince o dieciocho aviones volaban uno tras otro para que la niebla que surgía de ellos formase una cortina continua. Así fue como, a partir de finales de enero de 1936, soldados, mujeres, niños, ganado, ríos, lagos y pastos fueron empapados continuamente con esta lluvia mortífera.
Los aviones hacían una pasada tras otra con el fin de asegurarse de envenenar el agua. «La lluvia mortífera que caía de los aviones hacía que todos los que eran alcanzados por ella huyesen chillando de dolor —dijo Selassié—. Todos los que bebían agua envenenada o comían alimentos infectados también sucumbían en medio de atroces sufrimientos. Las víctimas del gas mostaza italiano se contaban por decenas de miles.»
TODOS LOS PERIÓDICOS DE TOKIO publicaron el mismo artículo de fondo: el gobierno estadounidense prestaría cien millones de yuanes a China para que esta pudiese comprar armamento norteamericano. Era el 21 de julio de 1936.
Según un documento, Arthur Campbell, representante del Departamento del Tesoro, había viajado recientemente a China con el borrador de un acuerdo comercial. Estados Unidos se comprometía en él a adquirir plata china por valor de veintiséis millones de dólares y China se comprometía a comprar aviones, barcos, petróleo, tractores y material ferroviario a Estados Unidos. Campbell se quedaría en China en calidad de asesor.
Si los informes sobre el acuerdo para la adquisición de armas eran ciertos, el gobierno japonés no podría permanecer indiferente declaró un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón.
HENRY «CHIPS» CHANNON, diputado conservador del Parlamento británico, asistió a la fiesta de Hermann Göring en el Ministerium de Berlín. Era el 13 de agosto de 1936, durante los Juegos Olímpicos. Göring, «todo sonrisas y órdenes y condecoraciones», sentó a Channon y su esposa a una mesa con la futura reina de Grecia. Había más de setecientos invitados. Después de la cena, un grupo de danza ejecutó un ballet a la luz de la luna —«el espectáculo más precioso que quepa imaginar», opinó Channon— y luego, en el otro extremo del jardín, apareció súbitamente una procesión de caballos blancos, asnos y campesinos. Los invitados entraron detrás de ellos en un parque de atracciones particular. «No ha habido nada parecido desde los tiempos de Luis XIV», comentó alguien. «Goebbels —anotó Channon en su diario— estaba muerto de celos.»
Refiriéndose al propio Göring, Channon comentó: «Dicen que a veces es muy duro y despiadado, como lo son todos los nazis cuando la ocasión lo exige, pero por fuera parece todo vanidad y amor infantil a la ostentación».
UNA SUBCOMISIÓN de planificadores ingleses pensó en una futura guerra aérea con Alemania. «Si nuestros ataques pudieran desmoralizar al pueblo alemán, empleando métodos parecidos a los que prevemos que los alemanes utilizarían contra nosotros, su gobierno podría verse obligado a desistir de este tipo de ataque», escribieron los planificadores. La dificultad, sin embargo, estribaba en que Londres era más fácil de localizar y atacar que una ciudad sin salida al mar como Berlín. «Además, es probable que una dictadura militar sea menos susceptible a las protestas populares que un gobierno democrático.» Por tanto, bombardear al pueblo alemán esperando que protestase y derribara a su gobierno probablemente no daría resultado. Era el 26 de octubre de 1936.