Jueves

Neely y Paul se encontraron temprano el jueves por la mañana en la trastienda de la librería, donde Nat preparó otra ración de su altamente adictivo y probablemente ilegal café de Guatemala. Nat tenía trabajo en la tienda, se encontraba junto a la pequeñísima y semiescondida sección de ciencias ocultas con una mujer de aspecto siniestro que tenía el rostro pálido y el pelo negro azabache.

—Es la bruja de la ciudad —dijo Paul con cierto orgullo, como si todas las ciudades debieran tener una bruja, y en voz muy baja, como si la mujer fuera capaz de lanzarles una maldición.

El sheriff llegó unos minutos después de las ocho, iba completamente uniformado y armado hasta los dientes y parecía bastante perdido en la única librería de la provincia que, encima, regentaba un homosexual. Si Nat no fuera un antiguo jugador de los Spartans, Mal lo habría mantenido bajo vigilancia por tratarse de un individuo sospechoso.

—¿Estáis listos, chicos? —gruñó, con evidentes ganas de marcharse.

Con Neely en el asiento del acompañante y Paul en el trasero, se alejaron del centro de la ciudad en un largo Ford de color blanco cuyas puertas rotuladas en negro anunciaban que el coche era propiedad del sheriff. Una vez en la carretera principal, Mal pisó el acelerador y accionó el botón que ponía en marcha el parpadeo de luces rojas y azules. Sin embargo, no accionó la sirena. Cuando todo estuvo bien dispuesto, se sentó de lado, tomó su gran vaso de café de poliestireno y posó relajadamente una muñeca sobre el volante. Iban a ciento sesenta por hora.

—Estuve en Vietnam —anunció Mal.

Había elegido él el tema y daba la impresión de que no pensaba parar de hablar en las próximas dos horas. Paul se hundió unos centímetros en el asiento trasero, como si fuera un criminal camino del juicio. Neely observó el tráfico, convencido de que iban a morir en algún espantoso accidente múltiple.

—Estuve en un barco patrullero en el río Bassac. —Dio un ruidoso sorbo de café mientras situaba el emplazamiento—. Íbamos seis en un estúpido barquichuelo que apenas doblaba el tamaño de un bote y nuestro trabajo consistía en patrullar por el río y armar follón. Disparábamos a todo lo que se movía. Éramos idiotas. Si una vaca se acercaba demasiado, hacíamos prácticas de tiro con ella. Si algún agricultor escandaloso levantaba la cabeza del arrozal, nos liábamos a dispararle para contemplar cómo caía sobre el barrizal. Nuestra misión de todos los días no tenía ningún objetivo táctico, así que nos dedicábamos a beber cerveza, fumar hierba, jugar a las cartas y tratar de engatusar a las lugareñas para que subieran al barco con nosotros.

—Seguro que nos cuentas eso por algo —dijo Paul desde detrás.

—Cállate y escucha. Un día estábamos medio dormidos, hacía calor y nos tumbamos al sol a dormitar como tortugas sobre un madero cuando, de repente, se armó la gorda. Nos estaban disparando desde ambas orillas. Sin tregua. Era una emboscada. Había dos tipos abajo. Yo estaba en la cubierta con tres más, y a todos los alcanzaron de inmediato. Cayeron muertos. Muertos a tiros antes de que pudieran sacar sus armas. El aire olía a sangre. Todo el mundo chillaba. Yo estaba tumbado boca abajo, sin atreverme a moverme, cuando le dieron a un barril de combustible. Se suponía que semejante trasto no debía estar en la cubierta, pero ¿qué diantre nos importaba? Nos creíamos invencibles porque teníamos dieciocho años y éramos unos estúpidos. Aquello explotó. Conseguí librarme del fuego zambulléndome en el río. Nadé junto al barco y me aferré a una red de camuflaje que colgaba por la borda. Oía a mis dos amigos gritar dentro del barco. Estaban atrapados, rodeados de humo y fuego por todas partes; no tenían escapatoria. Permanecí debajo del agua tanto tiempo como pude. Cada vez que sacaba la cabeza para tomar aire, los asiáticos lo llenaban todo de plomo a mi alrededor. Plomo a mansalva. Sabían que estaba bajo el agua conteniendo la respiración. Aquello duró mucho rato, mientras el barco se incendiaba y era arrastrado por la corriente. Los gritos y la tos del camarote por fin cesaron, todos habían muerto excepto yo. Ahora los asiáticos se dejaban ver, andaban por ambas orillas como si estuvieran dando el paseo de los domingos. Pura diversión. Yo era el único que quedaba vivo y estaban esperando a que cometiera un error. Buceé por debajo del barco y emergí por el otro lado para tomar un poco de aire. Los balazos me rodeaban por todas partes. Nadé hasta la popa, me aferré al timón un rato, salí a por aire y oí a los asiáticos reírse mientras me rodeaban de fuego. El río estaba lleno de serpientes, esas pequeñas cabronas de veneno mortífero. O sea, que tenía tres opciones: ahogarme, morir de un disparo o aguardar a que me mordieran las serpientes.

Mal dejó el café en un soporte del salpicadero y encendió un cigarrillo. Por suerte, abrió un poco la ventanilla. Neely también abrió la suya. Estaban pasando por tierras de cultivo, recorriendo a gran velocidad las onduladas colinas y dejando atrás tractores y viejas furgonetas.

—¿Qué ocurrió después? —preguntó Neely cuando se hizo patente que Mal pretendía hacerse de rogar.

—¿Sabéis qué me salvó?

—Dínoslo.
—Rake. Eddie Rake. Cuando estaba debajo del barco luchando contra la muerte, no pensé en mi madre ni en mi padre, ni siquiera en mi novia; pensé en Rake. Lo oí gritándonos al final del entreno mientras corríamos esprints. Recordé sus sermones en el vestuario. «No os rindáis nunca, no os rindáis nunca. Uno gana porque es mentalmente más fuerte que el otro, y vosotros sois mentalmente más fuertes porque estáis mejor preparados. Si vais ganando, no os rindáis; si perdéis, no os rindáis. Si os hacen daño, no os rindáis.»

Dio una larga calada al cigarrillo mientras los más jóvenes digerían la historia. Mientras, fuera del coche, los civiles se desviaban al arcén y pisaban a fondo el freno para abrir paso a la emergencia del representante de la ley.

—Al final me dieron en la pierna. ¿Sabías que las balas hieren incluso debajo del agua?

—No lo había pensado —reconoció Neely.
—Pues os aseguro que hieren. Tendón de la corva izquierda. Nunca había sentido tanto dolor, era como un cuchillo ardiendo. Estuve a punto de desmayarme y me costaba respirar. Rake esperaba de nosotros que siguiéramos jugando aunque estuviéramos lesionados, así que me imaginé que me estaba observando. Estaba por allí cerca, en la orilla del río, y observaba lo fuerte que era.

Una calada larga y cancerosa al cigarrillo; un tímido esfuerzo de expulsar el humo por la ventanilla. Una larga pausa mientras Mal se sumía en el horror de aquel recuerdo. Pasó un minuto.

—Es evidente que te salvaste —observó Paul, con ganas de saber el final.

—Tuve suerte. A los otros cinco los enviaron a casa en cajas. El barco ardía sin cesar, a veces ni siquiera podía sujetarme a él porque estaba demasiado caliente. Luego estalló la batería, parecían disparos directos de mortero, y el barco empezó a hundirse. Oía reírse a los asiáticos. Y también oía a Rake en el último cuarto: «Es tiempo de respirar hondo y lanzarse al ataque, tíos. Ahora es cuando se decide si ganamos o perdemos. Resistid, resistid».

—Yo también lo oigo —dijo Neely.
—De repente, los disparos cesaron. Oí ruido de helicópteros. Dos habían visto el humo y decidieron investigar. Bajaron despacio, dispersaron a los asiáticos, soltaron una cuerda y yo pude salir. Cuando me recogían, miré abajo y vi el barco ardiendo. También vi a dos de mis amigos en la cubierta, carbonizados. Estaba en estado de shock y acabé por desmayarme. Más tarde me contaron que al preguntarme cómo me llamaba respondí «Eddie Rake».

Neely miró a su izquierda a la vez que Mal volvía la cabeza hacia el otro lado. Su voz se quebró un poco, luego se enjugó los ojos. Apartó las manos del volante durante unos segundos.

—Así que volviste a casa, ¿no? —dedujo Paul.
—Sí, eso fue lo mejor de todo. Conseguí marcharme de allí. ¿Tenéis hambre, chicos?

—No.
—No.

Era obvio que Mal sí. Pisó a fondo el freno para torcer a la derecha y penetrar en la entrada cubierta de gravilla de una vieja tienda rural. El Ford coleó cuando Mal frenó en seco.

—Tienen las mejores magdalenas de toda esta zona del estado —explicó mientras abría la puerta y se introducía en una nube de polvo.

Lo siguieron hasta la parte opuesta del establecimiento, entraron por una destartalada puerta de rejilla y se encontraron en una pequeña cocina llena de humo. Había cuatro mesas apiñadas alrededor de las cuales se sentaban caballeros de aspecto rústico que devoraban jamón y magdalenas. Por suerte, al menos para Mal, que parecía estar muriéndose de hambre, había tres taburetes vacíos junto a la atestada barra.

—Ponga unas magdalenas por aquí —masculló a una diminuta anciana encorvada sobre un hornillo. Era evidente que no hacía falta ninguna carta.

Con sorprendente rapidez, les sirvió café y magdalenas acompañadas de mantequilla y melaza de sorgo. Mal se lanzó a por la primera, una compacta y oscura masa de manteca y harina que pesaba por lo menos medio kilo. Neely por la izquierda y Paul por la derecha hicieron lo propio.

—Anoche os oí hablar en las gradas, chicos —dijo Mal, cambiando Vietnam por el fútbol americano. Dio un gran mordisco y empezó a masticar a dos carrillos—. Comentabais el partido del año ochenta y siete. Yo estaba allí, como todo el mundo. Nos imaginamos que durante el descanso habría ocurrido algo en el vestuario, alguna bronca entre Rake y vosotros. Nunca he sabido la verdad porque no habéis hablado nunca de ello.

—Llámalo una bronca si quieres —respondió Neely, que aún preparaba su primera y única magdalena.

—Nadie ha hablado nunca de ello —terció Paul. —¿Qué fue lo que ocurrió?
—Que tuvimos una bronca.
—Eso ya me lo imagino. Ahora Rake está muerto. —¿Y?
—Y han pasado quince años. Quiero saber la verdad —exigió Mal como si estuviera interrogando a un sospechoso de asesinato en algún rincón de la cárcel.

Neely depositó la magdalena en su plato y se la quedó mirando. Luego se volvió hacia Paul, que asintió. Adelante. Puedes por fin contarlo.

Neely dio un sorbo de café e ignoró la comida. Se quedó mirando la barra mientras se dejaba llevar por los recuerdos.

—Perdíamos por treinta y uno a cero, nos estaban dando una paliza brutal —dijo despacio y en voz muy baja.

—Ya te he dicho que estaba allí —soltó Mal sin dejar de masticar.

—En el medio tiempo nos retiramos al vestuario y esperamos a Rake. Esperamos mucho rato, conscientes de que estaban a punto de comérsenos vivos. Al fin entró junto con los otros entrenadores. Se le veía hecho un basilisco. Nosotros estábamos aterrados. Fue directo hacia mí con la mirada llena de puro odio. No tenía ni idea de qué iba a hacer. «No mereces llamarte jugador de fútbol», me soltó. Yo respondí: «Gracias, entrenador». En cuanto terminé de pronunciar las palabras, levantó la mano izquierda y me soltó un revés en la cara.

—Sonó igual que un bate de béisbol al golpear la pelota —dijo Paul. Él también había perdido todo interés por la comida.

—¿Fue él quien te rompió la nariz? —preguntó Mal, aún bastante interesado en el desayuno.

—Sí.
—¿Y qué hiciste tú?
—Me volví de forma instintiva. No sabía si tenía intención de golpearme otra vez pero no pensaba quedarme plantado esperando. Le propiné un gancho derecho con todas mis fuerzas. Le di de lleno en la mandíbula izquierda, por la parte de la cara.

—No fue un gancho derecho —lo corrigió Paul—. Fue un directo bestial. La cabeza de Rake retrocedió bruscamente, como si acabara de recibir un disparo, y el hombre se desplomó como un saco de cemento.

—¿Lo dejaste k.o.?
—Por completo. El entrenador Upchurch se me acercó a toda pastilla vociferando y echando pestes como si fuera a liquidarme —explicó Neely—. Yo no veía nada, tenía la cara llena de sangre.

—Silo se puso en pie y agarró a Upchurch por el cuello con las dos manos —dijo Paul—. Lo levantó del suelo, lo arrojó contra la pared y le dijo que lo mataría allí mismo si hacía otro movimiento. Rake estaba en el suelo, inconsciente. Snake Thomas y Rabbit junto con uno de los preparadores físicos se agacharon a su lado. Durante unos segundos reinó el caos, luego Silo tiró a Upchurch al suelo y les ordenó que salieran todos del vestuario. Thomas hizo algún comentario y Silo le propinó una patada en el culo. Se llevaron a Rake a rastras y cerramos la puerta con el pestillo.

—A mí me dio por echarme a llorar, no podía parar —confesó Neely.

Mal había dejado de comer. Los tres miraban al frente, hacia la mujer menuda apostada junto al hornillo.

—Encontramos un poco de hielo —prosiguió Paul—. Neely dijo que se había roto la mano. La nariz le sangraba sin parar. Estaba delirando. Silo no hacía más que gritar al equipo. La escena era bárbara.

Mal dio un ruidoso sorbo de café, arrancó un pellizco de magdalena y lo arrastró por el plato como dudando de si comérselo o no.

—Neely estaba tumbado en el suelo, con hielo en la nariz y en la mano, la sangre le resbalaba hacia las orejas. Odiábamos a Rake como nunca se ha odiado a nadie. Teníamos ganas de matar a alguien, y los pobres chicos del East Pike eran a quienes teníamos más a mano.

Después de una larga pausa, Neely añadió:
—Silo se arrodilló a mi lado y empezó a gritarme: «Levanta el culo, don all-American. Tenemos que conseguir cinco touchdowns».

—Cuando Neely se levantó, salimos del vestuario como un rayo. Rabbit asomó la cabeza por una puerta y lo último que oí fue a Silo gritarle: «Llévate a esos hijos de puta lejos de nuestra banda».

—Hindu le lanzó una toalla ensangrentada —dijo Neely, aún con un hilo de voz.

—Hacia el final del último cuarto, Neely y Silo reunieron al equipo en el banquillo y nos pidieron que después del partido nos encerráramos corriendo en el vestuario y no saliéramos hasta que todo el mundo se hubiera marchado.

—Y eso hicimos. Esperamos mucho rato —explicó Neely—. Tardamos una hora en tranquilizarnos.

La puerta se abrió tras ellos. Un grupo de hombres salió del establecimiento y otro entró.

—¿Y nunca habíais vuelto a hablar de ello? —se extrañó Mal.

—No. Decidimos echar tierra al asunto —confesó Neely. —¿Hasta hoy?
—Supongo. Rake ha muerto, ahora ya da igual.
—¿Por qué tanto secretismo?
—Teníamos miedo de que se armara una buena —dijo Paul—. Odiábamos a Rake, pero Rake era Rake. Había golpeado a un jugador, y no a uno cualquiera. La nariz de Neely seguía sangrando después del partido.

—Estábamos hechos un flan —prosiguió Neely—. Me parece que los cincuenta nos echamos a llorar cuanto terminó el partido. Acabábamos de hacer un milagro con unas condiciones imposibles. Y, encima, sin entrenadores. Solo contábamos con nuestras agallas. No éramos más que un puñado de adolescentes que habían sobrevivido a una presión enorme. Decidimos que aquel sería nuestro secreto. Silo se paseó por todo el vestuario mirando a cada uno de los jugadores a los ojos y pidiéndole que se comprometiera a guardar silencio.

—Amenazó con matar a quien lo contara —recordó Paul entre risas.

Mal se dio garbo en verter medio litro de melaza sobre su siguiente objetivo.

—Menuda historia. Me imaginaba algo así.

Paul añadió:
—Lo más extraño es que los entrenadores tampoco volvieron a hablar de ello. Rabbit mantuvo la boca cerrada. Silencio absoluto.

Entre mordiscos, Mal intervino.
—Nos imaginamos más o menos lo que habría ocurrido —dijo—. Sabíamos que había sucedido algo malo durante el descanso. Neely no podía pasar el balón, luego corrió la voz de que a la semana siguiente había aparecido en la escuela con el brazo escayolado. Supusimos que habría golpeado a alguien, seguramente a Rake. A lo largo de los años se oyeron muchos rumores, lo que, como ya sabéis, en Messina no es nada raro.

—No había oído a nadie hablar de ello —dijo Paul.

Mal atacó el café. Ni Neely ni Paul comían ni bebían. —¿Os acordáis de un tal Tugdale, de cerca de Black Rock? Era un año o dos menor que vosotros.

—Andy Tugdale —recordó Neely—. Un guardia de sesenta kilos. Fiero como un perro guardián.

—El mismo. Hace años lo arrestamos por haber maltratado a su mujer y lo encerramos unas semanas. Yo jugaba con él a las cartas, como siempre que metemos en la cárcel a alguno de los chicos de Rake. Les asigno una celda especial, tienen mejor comida y permisos de fin de semana.

—No hay como ser miembro del círculo para tener enchufe —dijo Paul.

—Algo así. Tú también te alegrarás de serlo cuando te detenga, banquero de pacotilla.

—En fin.
—Sí, en fin. Un día, hablando con Tugdale, le pregunté qué había ocurrido en el descanso del partido del título del ochenta y siete. No dijo ni pío, se puso muy tenso y no soltó prenda. Esperé unos días y volví a preguntárselo. Al final me contó que Silo había echado a los entrenadores del vestuario y les había ordenado que se mantuvieran alejados de la banda. Dijo que había tenido lugar un desencuentro importante entre Rake y Neely. Le pregunté qué era lo que había golpeado Neely para romperse la mano. ¿Una pared? ¿Una taquilla? ¿Una pizarra? Nada de eso. ¿A una persona? Bingo. Pero no pensaba decirme a quién.

—Menudo trabajo policial —exclamó Paul—. La próxima vez votaré por ti.

—¿Nos vamos? —sugirió Neely—. No me gusta esa historia.

Circularon en silencio durante media hora. Andaban zumbando con todas las luces en marcha. De vez en cuando, a Mal se le caía la cabeza por tener que digerir el pesado desayuno.

—No me importa conducir —se ofreció Neely después de que el coche se desviara al pedregoso arcén y anduviera levantando grava más de medio kilómetro.

—No puedes; no está permitido —gruñó Mal, que se había despertado de golpe.

Cinco minutos después volvía a estar medio dormido. A Neely se le ocurrió conversar para mantenerlo despierto.

—¿Detuviste tú a Jesse? —preguntó mientras se ajustaba el cinturón de seguridad.

—No. Fueron los del estado. —Mal se removió en el asiento y alcanzó un cigarrillo. Tenía cosas que contar y se estaba preparando—. Lo echaron del Miami y de la escuela, estuvo poquísimo tiempo en la cárcel y regresó aquí enseguida. El pobre estaba enganchado a las drogas y no era capaz de superarlo. Su familia lo intentó todo: rehabilitación, internamientos, asesoramiento psicológico… Toda esa mierda. Los dejó pelados. El disgusto mató a su padre. La familia Trapp poseía ochocientas hectáreas de la mejor tierra de cultivo de los alrededores y lo perdió todo. Su pobre madre aún vive en aquella gran casa pero el tejado se está derrumbando.

—En fin —exclamó Paul en tono práctico desde el asiento de atrás.

—En fin; Jesse empezó a vender droga y, claro, no se contentó con pequeños trapicheos. Tenía algunos contactos en Dade County, una cosa llevó a otra y en poco tiempo tuvo montado un bonito negocio. Contaba con una organización propia, y mucha ambición.

—¿No mataron a alguien? —se interesó Paul.
—Estaba a punto de contároslo —gruñó Mal, mirando por el retrovisor.

—Solo pretendía ayudar.
—Siempre he querido llevar a un banquero en el asiento de atrás, a un auténtico delincuente de cuello blanco.

—Y yo siempre he querido extinguir el derecho de redimir una hipoteca al sheriff.

—Haya paz —terció Neely—. Estábamos llegando a lo más interesante.

Mal volvió a removerse en el asiento, su abultado vientre rozaba el volante.

Otra fría mirada al retrovisor; luego prosiguió.
—Los de narcóticos de la estatal se fueron acercando con sigilo, como hacen siempre. Pescaron a uno de sus lacayos, lo amenazaron con treinta años de cárcel y sodomía y lo convencieron para que lo soltara todo. Él montó una emboscada con los de narcóticos escondidos detrás de los árboles y hasta debajo de las piedras. Pero la cosa salió mal, tuvieron que empuñar las armas y hubo un tiroteo. Uno de los de narcóticos recibió un disparo en el oído y murió en el acto. Al lacayo también le dieron, pero sobrevivió. Jesse no estaba, pero aquella era su gente. Lo consideraron un caso prioritario y en menos de un año estaba delante del señor juez recibiendo su condena de veintiocho años sin derecho a libertad condicional.

—Veintiocho años —repitió Neely.
—Sí. Yo estaba en la sala y sentí lástima de aquel cabronazo. El tipo lo tenía todo a su favor para jugar en la NFL. Era alto, rápido, rematadamente vil, y encima Rake lo había entrenado desde los catorce años. Rake siempre decía que si Jesse se hubiera ido al A&M, no se habría echado a perder. Él también estaba en el juicio.

—¿Cuántos años ha cumplido ya? —preguntó Neely. —Nueve o diez. No llevo la cuenta. ¿Tenéis hambre? —Acabamos de comer —se quejó Neely.
—No es posible que vuelvas a tener hambre —dijo Paul. —No, pero aquí cerca está el garito donde la señorita Armstrong hace dulce de pacana. No puedo sufrir perdérmelo.

—Mejor pasamos de largo —opinó Neely—. Olvídate y basta.

—Tómatelo con calma, Mal —lo tentó Paul desde detrás.

El Centro de Detención de Budford se encontraba en una desarbolada planicie al final de una solitaria carretera bordeada por kilómetros y kilómetros de alambrada. Neely se deprimió aun antes de divisar ningún edificio.

Las llamadas telefónicas de Mal habían servido para organizarlo todo bien, por lo que cruzaron sin trabas la puerta exterior de la prisión y penetraron en el recinto. En el puesto de control, cambiaron el amplio coche patrulla por los estrechos asientos de un alargado cochecito de golf. Mal se acomodó delante y se puso a charlar sin parar con el conductor, un guardia pertrechado con tantas municiones y artilugios como el mismísimo sheriff. Neely y Paul compartieron el asiento trasero, orientado hacia atrás, mientras circulaban junto a más tela metálica y alambre de espino. Después de dejar atrás el Campo A, vieron por primera vez el edificio, una alta y deprimente construcción de bloques de hormigón ligero con presos repantigados en los escalones de la entrada. A un lado se estaba celebrando un reñido partido de baloncesto. Todos los jugadores eran negros. Al otro, un partido de voleibol jugado solo por blancos estaba en su apogeo. Los Campos B, C y D resultaron igual de lóbregos. ¿Cómo podía nadie sobrevivir allí?, se preguntó Neely.

Torcieron en un cruce y pronto se encontraron en el Campo E, que parecía algo más nuevo. Se detuvieron en el Campo F y caminaron unos cincuenta metros hasta un punto donde la valla cambiaba de dirección noventa grados. El guardia mascullo unas palabras al aparato de radio, luego señaló con el dedo y dijo:

—Sigan la valla hasta el poste blanco. Enseguida saldrá. Neely y Paul empezaron a caminar junto a la valla, donde el césped se veía recién cortado. Mal y el guardia se quedaron atrás y perdieron todo interés.

Detrás del edificio y al lado de la cancha de baloncesto había una placa de hormigón salpicada por todo tipo de halteras disparejas, bancos de pesas y pilas de pesos muertos. Unos cuantos hombres corpulentos tanto de raza blanca como negra le daban al metal bajo el sol de la mañana, con el desnudo torso perlado de sudor. Era obvio que se dedicaban a levantar pesas varias horas todos los días.

—Ahí está —dijo Paul—. Se está levantando del banco de pesas, a la izquierda.

—Ese es Jesse —observó Neely, cautivado por la escena que pocas personas tenían la oportunidad de presenciar en la vida.

Uno de los encargados de la prisión se acercó a Jesse Trapp y le dijo algo, y este levantó enseguida la cabeza y siguió con la mirada la valla hasta que vio a dos hombres. Arrojó la toalla en el banco y comenzó una lenta, deliberada marcha de Spartan a través de la placa de hormigón, de la desierta cancha de baloncesto y del césped que conducía a la valla del Campo F.

Desde cuarenta metros de distancia, Jesse parecía enorme, pero a medida que se aproximaba la anchura de su pecho, de su cuello y de sus brazos resultaba cada vez más imponente. Habían jugado con él una temporada —él cursaba el último año cuando ellos estaban en segundo— y lo habían visto desnudo en el vestuario. Lo habían visto lanzar halteras cargadísimas en la sala de pesas. Lo habían visto establecer todos los récords de levantamiento de los Spartans.

Ahora parecía el doble de corpulento, el espesor de su cuello era igual que el de un roble, y sus hombros, tan anchos como una puerta. El tamaño de sus bíceps y tríceps superaba en mucho al normal. Su vientre tenía el aspecto de una calle adoquinada.

Llevaba un corte de pelo al rape que aún hacía parecer más simétrica su cuadrada cabeza. Cuando se detuvo y la bajó para mirarlos, sonrió.

—Hola, chicos —los saludó, todavía con la respiración agitada a causa de la última tanda de repeticiones.

—Hola, Jesse —le correspondió Paul.
—¿Cómo estás? —preguntó Neely.
—Bastante bien, no puedo quejarme. Me alegro de veros. No suelo tener muchas visitas.

—Traemos malas noticias, Jesse —anunció Paul.
—Me imagino de qué va.
—Rake ha muerto. Falleció anoche.
Él bajó la barbilla hasta tocar su macizo pecho. Pareció encogerse un poco de cintura para arriba al recibir la noticia.

—Mi madre me escribió y me contó que estaba enfermo —dijo con los ojos cerrados.

—Tenía cáncer. Se lo detectaron hace más o menos un año pero el final ha llegado muy rápido.

—Qué fuerte, tío. A mí me parecía que Rake iba a vivir eternamente.

—A todos nos lo parecía —confesó Neely.

Diez años de prisión habían enseñado a Jesse a controlar cualquier emoción que se cruzara en su camino. Tragó saliva y abrió los ojos.

—Gracias por venir. No teníais ninguna obligación. —Queríamos verte, Jesse —dijo Neely—. Pienso en ti continuamente.

—El gran Neely Crenshaw.
—De eso hace mucho tiempo.
—¿Por qué no me escribes? Aún me quedan dieciocho años aquí.

—Lo haré, Jesse, te lo prometo.
—Gracias.

Paul dio una patada al césped.
—Escucha, Jesse, las exequias tendrán lugar mañana, en el campo. Casi todos los chicos de Rake asistirán, ya sabes, para decirle adiós. Mal cree que podría tocar algunas teclas y conseguirte un permiso.

—De eso nada, tío.
—Tienes a muchos amigos allí, Jesse.
—Los tenía, Paul, pero los he decepcionado. Todos me señalarían con el dedo y dirían: «Mira, ahí está Jesse Trapp. Podría haber sido un gran jugador pero se metió en asuntos de drogas y echó a perder su vida. Aprended la lección, niños. Alejaos de las malas influencias». No, gracias. No quiero que me pongan en evidencia de esa manera.

—A Rake le gustaría que estuvieras allí —insistió Neely. Jesse volvió a bajar la cabeza y a cerrar los ojos. Permaneció así un momento.

—Quería a Eddie Rake más de lo que he querido a nadie en toda mi vida. Él estaba en el juicio el día en que me condenaron. Había echado a perder mi vida y me sentía humillado. Había destrozado a mis padres y eso me hacía sufrir mucho. Pero lo que más dolía era haberle fallado a Rake. Todavía me duele. Podéis enterrarlo perfectamente sin mí.

—Es tu oportunidad, Jesse —dijo Paul.
—Gracias, pero paso.

Hubo una larga pausa mientras los tres bajaban la cabeza y se quedaban mirando el césped. Al fin, Paul dijo:

—Voy a ver a tu madre una vez a la semana. Está bien. —Gracias. Siempre viene a verme el tercer domingo del mes. Vosotros también tendríais que venir de vez en cuando, a saludar. Aquí estoy bastante solo.

—Cuenta conmigo, Jesse.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo. Y me gustaría que te pensaras lo de mañana.

—Ya me lo he pensado. Yo rezaré por Rake pero enterradlo vosotros.

—Me parece justo.

Jesse miró hacia la derecha. —¿Es Mal ese de ahí?
—Sí, nos ha traído en su coche.

—Decidle de mi parte que se joda.
—Yo lo haré, Jesse —se ofreció Paul—. Con mucho gusto. —Gracias, chicos —se despidió Jesse.

Dio media vuelta y se alejó.

A las cuatro en punto de la tarde del jueves la multitud que aguardaba frente a la puerta de Rake Field abrió paso y el coche fúnebre se desplazó marcha atrás hasta ocupar la debida posición. La puerta trasera se abrió y ocho portadores formaron dos cortas filas y sacaron el féretro. Entre ellos no había ningún antiguo Spartan. Eddie Rake había dedicado mucho tiempo a pensar en los detalles póstumos y había decidido no incluir a sus favoritos en la alineación. Eligió a los portadores de entre sus ayudantes.

La procesión avanzaba despacio por la pista. Detrás del féretro iban la señora Lila Rake, sus tres hijas con sus maridos y una magnífica colección de nietos. A continuación iba un sacerdote; y, por último, los tambores de la banda musical de los Spartans, que al pasar ante las gradas locales tocaron un quedo redoble.

Junto a la línea de banda del campo, entre las cuarenta y las cincuenta yardas de la zona local, había una gran carpa blanca con los palos enterrados en cubos de arena para no estropear el sagrado césped Bermuda de Rake Field. En la línea de cincuenta yardas, en el lugar exacto desde donde Eddie Rake había dirigido los entrenos durante tantos años y con tanto acierto, se detuvieron con el féretro. Lo depositaron sobre una antigua mesa irlandesa, propiedad de la mejor amiga de Lila, y lo rodearon rápidamente de flores. Cuando el entrenador estuvo bien dispuesto, la familia se reunió alrededor del féretro para ofrecer una breve plegaria. Luego se colocaron en fila para recibir el pésame.

La cola se extendía por la pista y más allá de la puerta, y los coches aparcados en la carretera de Rake Field se agolpaban unos contra otros.

Neely pasó tres veces frente a la casa antes de armarse de valor y parar. En la entrada había un coche de alquiler. Cameron había vuelto. Mucho después de la hora de cenar, llamó a la puerta casi tan nervioso como la primera vez que lo hiciera. En aquel entonces, con quince años, el carnet de conducir recién estrenado, el coche de sus padres, veinte dólares en el bolsillo y la cara despojada de pelusilla, se había presentado allí para recoger a Cameron el día de su primera cita oficial.

De eso hacía un siglo.

La señora Lane abrió la puerta, como siempre, pero esa vez no reconoció a Neely.

—Buenas noches —dijo con voz dulce. Seguía siendo bella y amable; se negaba a envejecer.

—Señora Lane, soy yo, Neely Crenshaw.

Mientras pronunciaba las palabras, ella lo reconoció. —Vaya, claro, Neely, ¿cómo estás?
Él suponía que en aquella casa habrían echado pestes de él durante mucho tiempo y, por tanto, no sabía cómo iban a recibirlo. Pero los Lane eran muy corteses, tenían un nivel de estudios y una posición económica superiores a la mayoría de la gente de Messina. Si le guardaban algún rencor, y estaba seguro de que alguno sí que le guardaban, no lo demostrarían. Por lo menos los padres.

—Estoy bien —respondió.
—¿Quieres pasar? —le ofreció, abriendo la puerta. Fue un gesto tibio.

—Claro, gracias. —En el recibidor, Neely miró en torno a él y dijo—: Sigue teniendo una casa muy bonita, señora Lane.

—Gracias. ¿Puedo ofrecerte un té?
—No, gracias. De hecho, he venido a ver a Cameron. ¿Está en casa?

—Sí.
—Me gustaría saludarla.

—Siento mucho lo del entrenador Rake. Sé que para vosotros, los chicos, lo era todo.

—Sí, señora.

Miraba alrededor, trataba de oír las voces del interior de la casa.

—Voy a buscar a Cameron —dijo la mujer, y desapareció. Neely aguardó y aguardó, y al final se volvió hacia la gran ventana ovalada de la puerta principal y observó la calle a oscuras.

Tras de sí oyó unos pasos seguidos de una voz familiar. —Hola, Neely —lo saludó Cameron.
Él se dio la vuelta y ambos se miraron. Neely se quedó sin palabras unos instantes, de modo que se encogió de hombros y al fin espetó:

—Pasaba por aquí y se me ha ocurrido saludarte. Hace mucho tiempo de la última vez que nos vimos.

—Sí.

La gravedad de su error lo atenazó con fuerza.

Ella estaba mucho más guapa que en la época del instituto. Llevaba el abundante pelo rojizo recogido en una coleta. Sus ojos azul oscuro lucían una elegante montura de diseño. Llevaba puesto un grueso jersey de algodón y unos ajustados tejanos desteñidos que evidenciaban que era una dama que guardaba la línea.

—Tienes un aspecto fantástico —dijo Neely mientras la contemplaba.

—Tú también.
—¿Podemos hablar?
—¿De qué?
—De la vida, de amor, de fútbol… Es muy probable que no volvamos a vernos nunca más y hay algo que quiero decirte.

Ella abrió la puerta. Caminaron a través del amplio porche y se sentaron en los escalones de la entrada. Ella se cuidó de dejar una gran distancia entre ambos. Pasaron cinco minutos en silencio.