I
La dama de blanco suele considerarse la primera novela sensacionalista, un tipo de relato inscrito en la narrativa victoriana de gran influencia en la época y que combina la desazón de la literatura gótica con el realismo psicológico de la ficción doméstica. Mediante el uso de un estilo narrativo impactante que obligaba a sus personajes a pasar por una serie de experiencias psicológicas extremas, Collins y sus imitadores (escritores como Mary Elizabeth Braddon, Charles Reade, Ellen Wood o Rhoda Broughton) trasladaron los horrores de los castillos italianos en ruinas de la novela gótica a los salones y las salas de estar de una contemporánea y cercana Inglaterra victoriana de clase media. Las tramas oscuras —que solían girar en torno a un asesinato, la locura, la bigamia o una mezcla de todo ello— se desarrollaban en las casas solariegas y en las nuevas urbanizaciones de viviendas modestas. Describían una Inglaterra en la que eran factibles todo tipo de episodios turbios, donde, por ejemplo, cabía la posibilidad de que un respetado baronet recluyera a su esposa en un manicomio privado para su provecho económico, una joven dama de apariencia virtuosa deseara asesinar a su marido empujándolo a un pozo, o una mujer recién casada celebrase su luna de miel ofreciendo a su esposo un vaso de limonada envenenada. De hecho, se trataba de los mismos crímenes sensacionalistas que cautivaban a los lectores de los populares tabloides de la época. Este nuevo género literario sugería que tras las puertas cerradas de los anodinos hogares ingleses podía esconderse todo tipo de crímenes, sufrimientos y locuras. Como apuntó Henry James: «Al señor Collins se le debe el mérito de haber introducido en la literatura el más misterioso de los misterios, aquel que nos aguarda en nuestra puerta».[1]
Collins lo expresaba de otra manera, «el teatro secreto del hogar»,[2] en cuyo escenario se representan siniestros dramas familiares. En sus obras, el ámbito doméstico casi nunca coincide con un entorno tranquilizador, sino que se caracteriza por verse amenazado por la violencia, la criminalidad o por la aparición de enfermedades físicas y mentales. Sus novelas están pobladas por hogares problemáticos. En La dama de blanco encontramos un oscuro aristócrata, un obeso conde italiano obsesionado con los ratones blancos, los bombones de vainilla y el veneno; un hipocondríaco afeminado y una dama con bigote. En La pobre señorita Finch (1872) se reúnen bajo un mismo techo la viuda francesa de un revolucionario sudamericano, una heroína ciega, un oculista alemán de toscos modales y unos gemelos idénticos, uno de los cuales se ha vuelto de color azul tras beber nitrato de plata. En La pista de un crimen (1875), nos topamos con una relación desconcertante entre una criada travestida y su señor, un hombre al que le faltan ambas piernas (y que, cuando no se ayuda de las manos para arrastrase por el suelo, da vueltas por la casa en una silla de ruedas al tiempo que proclama ser Napoleón o Shakespeare). Para los protagonistas de La dama de blanco, el hogar es un lugar en el que se cae enfermo y se corre el peligro de acabar asesinado o loco. Collins y sus colegas sensacionalistas redefinieron las «comunidades cognoscibles» a través de las cuales escritores como George Eliot, Elizabeth Gaskell y Margaret Oliphant desarrollaban sus obras de ficción, y las trataron como territorios incognoscibles, o al menos peligrosos de conocer. Sus lectores encontraban este escenario perturbador a la par que emocionante.
El auge de la novela sensacionalista estuvo íntimamente relacionado con el florecimiento de la cultura consumista victoriana, un cambio en la conducta tanto social como económica que conllevó la práctica industrialización del placer. Nunca antes se habían publicado tantas novelas. La demanda de artefactos y bienes de consumo que generó la Gran Exposición de 1851 continuó aumentando. Los espectáculos públicos se volvieron más efectistas y cada vez más grandiosos, y se veían respaldados por las campañas publicitarias que aparecían en la prensa nacional. La novela sensacionalista encontró lectores fieles en un público victoriano sediento de entretenimientos espectaculares a gran escala. Al tiempo que novelas como La dama de blanco, El secreto de lady Audley (1862), de Braddon, y East Lynne (1861), de Wood, funcionaban muy bien en las bibliotecas circulantes, el público acudía en tropel a este tipo de espectáculos públicos en busca de estímulos placenteros que les erizaran el vello. Las nuevas tecnologías del mundo del entretenimiento —zoótropos, panoramas, dioramas, neoramas, nausoramas, fisioramas— ofrecían sensaciones visuales novedosas a un público dispuesto a pagar, y ponían de manifiesto que la subjetividad podía manipularse hasta provocar un efecto desorientador y gratificante.[3] Blondin, un funambulista francés, desafiaba la muerte recorriendo la cuerda floja con los ojos vendados, ataviado con una armadura, dentro de un saco o empujando una cocina en la que preparaba una tortilla que luego ofrecía a un miembro del público. Los espectáculos de deformidades —entretenimientos que en la actualidad nos parecen injustificables, pero a los que en su momento asistía gente tan respetable como usted o yo— disfrutaron de un éxito considerable a lo largo de las décadas de 1850 y 1860, funciones donde se presentaban personajes tan extravagantes como Julia Pastrana, la Mujer Oso (exhibida por primera vez en 1857), y el Increíble Pez Parlante (1859), que a cambio de un chelín ofrecían al público grandes emociones, bajo la apariencia de lecciones científicas. (Por un poco más, su «deformidad» preferida podía incluso visitarlo en su casa.)[4] Los llamados «dramas sensacionalistas» de Dion Boucicault —melodramas formidables escritos en torno a una compleja tecnología escénica— deslumbraban a los londinenses, incluida la reina Victoria, que acudió en dos ocasiones a presenciar el casi ahogamiento de la heroína de The Colleen Bawn (1861) bajo un torrente de olas artificiales. Los tabloides, cuya publicación fue posible tras la derogación del timbrado de los periódicos de 1856, superaban el número de ejemplares vendidos de The Times gracias a sus páginas llenas de relatos de crímenes sensacionalistas. Y mientras los adultos seguían con interés hasta el último detalle relacionado con el caso de garrote vil o de envenenamiento de turno, o (gracias a la Ley de Procedimientos Matrimoniales de 1857) los detalles jugosos de los naufragios conyugales de otra gente, sus hijos devoraban novelas baratas, relatos sensacionalistas de poca calidad que narraban aventuras de salteadores de caminos, detectives y piratas sedientos de sangre.[5]
Los lectores de La dama de blanco devoraron la obra con la misma avidez con que consumían el resto de productos de la cultura sensacionalista victoriana. El desarrollo de la trama se convirtió en tema de conversación durante las sobremesas y se empezó a apostar sobre el desenlace de diversas situaciones. Collins recibía cartas de solteros que le solicitaban que les desvelara la identidad real de la persona en la que estaba inspirada su heroína, Marian Halcombe, al tiempo que le preguntaban si ella los aceptaría por esposos. Se puso en marcha toda una maquinaria de promoción para sacar provecho de la popularidad de la novela. Los verdaderos seguidores podían perfumarse con la colonia de La dama de blanco, envolverse en las capas y los capotes de La dama de blanco y bailar los valses y las cuadrillas de La dama de blanco. William Gladstone, futuro primer ministro, canceló un compromiso en el teatro para continuar con la lectura de la novela. El poeta Edward Fitzgerald la leyó al menos cinco veces, y barajó la posibilidad de bautizar su lugre con el nombre de Marian Halcombe, «igual que la valiente joven de la historia». Thackeray pasó un día entero absorto en la novela. El príncipe Alberto era un gran admirador, y envió un ejemplar al consejero de mayor confianza de la familia real, el barón Stockmar. El duque de Aumale admiraba tanto la traducción de la novela que había llevado a cabo Emil Forgues, La femme en blanc, que escribió a Collins «deshaciéndose en alabanzas».[6] Durante la publicación por entregas, la gente sitiaba las oficinas del All the Year Round el día que un nuevo número salía a la luz. La dirección del Surrey Theatre se apresuró a estrenar una adaptación teatral no oficial, para gran disgusto del autor. El nombre de Walter volvió a cobrar fuerza entre los padres, conquistados por las cualidades admirables del héroe del libro, Walter Hartright, a la hora de escoger nombre para sus hijos. El principal antagonista de la obra también contaba con admiradores. Fosco se convirtió en el mote preferido para los gatos y, unos años después, en el apodo universitario de Oscar Wilde. La novela jamás se ha dejado de reimprimir.
La dama de blanco habla de la locura y la excitación nerviosa, y se leyó con esa misma urgencia y desesperación. Ofrecía placeres que ponían los pelos de punta, traumas somáticos, impresiones que afectaban a nivel físico a sus lectores. Tenía como objetivo inspirar lo que el amigo de Wilkie Collins, Edmund Yates, llamaba «el efecto “escalofrío”, como un hielo picado cayendo por la espalda».[7]
La estructura de la obra era sorprendentemente innovadora, y ayudaba a acentuar este tipo de impresiones: en lugar de relatar los acontecimientos a través de la voz irónica de un narrador omnisciente, Collins cedió la palabra a sus personajes, como si se tratase de testigos en un juicio. Sin el cómodo recurso del distanciamiento de una voz autoral —una voz con un dominio perfecto de la ironía como la de Jane Austen, una oratoria mágica como la de Charles Dickens o una filosofía formal como la de Thomas Hardy—, los lectores se descubrían, con toda la agitación que eso conllevaba, muy próximos a las emociones que embargaban a los protagonistas. A lo largo de La dama de blanco, sus narradores son atacados, drogados, engañados y aterrorizados, y el relato subjetivo de estas experiencias angustiosas coloca al lector en la misma posición desvalida. Narradores como Marian Halcombe y Walter Hartright se sumen en el silencio y abandonan al lector ante una página en blanco, una línea de asteriscos, una pregunta sin respuesta hasta el siguiente libro o la próxima entrega. Sin la supervisión de un narrador, los personajes también disponen de total libertad para mentirnos. El testimonio del conde Fosco contiene falsedades manifiestas. ¿Y si el relato de Walter referente a sus acciones encerrase errores, elisiones o invenciones deliberadas que le sirvieran para justificarse? ¿Cómo podemos estar seguros de que su discurso no es engañosamente parcial, o que no ha sido manipulado por un tercero? El crítico formalista Tzvetan Todorov definió la «novela de suspense» como aquella en la que el narrador abandona su objetividad y «se integra en el universo de los demás personajes».[8] Sin embargo, en la narrativa sensacionalista también se desposee al lector de su inmunidad. La novelista y crítica Margaret Oliphant, enemiga acérrima del género sensacionalista, escribió en la Blackwood’s Edinburgh Magazine acerca del famoso encuentro entre Anne Catherick y Walter Hartright en las calles de Londres iluminadas por la luna: «La impresión es tan repentina, tan desconcertante, tan inesperada e incomprensible para nosotros como para el protagonista de este relato». Esta impresión, defiende, produce una «misteriosa agitación» ante la que «pocos lectores serán capaces de resistirse».[9] Estos momentos de desconcierto y desorientación forman parte de la narrativa sensacionalista y alcanzan al lector como una descarga eléctrica.
Sin embargo, los novelistas cuyo trabajo se consideraba inscrito en este género rara vez utilizaban la denominación «narrativa sensacionalista». Se trataba de una etiqueta peyorativa, promulgada por críticos literarios conservadores, quienes aducían que el ritmo frenético de ese tipo de novelas infectaría al conjunto de la literatura británica con una morbosidad que se consideraba importada de la literatura francesa. Por ejemplo, un redactor del The Daily Telegraph recurrió a La dama de blanco en uno de sus artículos para denunciar la corrupción de la cultura francesa: «No existe una sola novela francesa en la que un tercio de su contenido no esté dedicado al adulterio, otro a una orgía y el tercero a un duelo». En una paráfrasis involuntaria de la descripción que el conde Fosco hace de Inglaterra como «la tierra de la felicidad doméstica», este mismo redactor observó: «El señor Wilkie Collins y sus colegas, hombres y mujeres, pintan un mundo que resulta inverosímil para quienes tenemos un alto concepto de la sociedad inglesa».[10] Para este tipo de críticos, La dama de blanco calumniaba la cultura del hogar inglés y amenazaba con corromper los gustos literarios autóctonos. Oliphant escribió en Blackwood’s:
El acicate que supone la publicación por entregas —la publicación semanal, que exige una recurrencia frecuente y resuelta de situaciones picantes e incidentes sorprendentes— es, de entre todo lo demás, lo que con mayor probabilidad extenderá el germen y lo hará mucho más dañino y resistente. Lo que el señor Wilkie Collins ha hecho con sumo cuidado y laboriosa reserva, sus seguidores lo intentarán conseguir sin la menor discreción.
Collins se tomaba este tipo de críticas con filosofía: «Como todo el mundo sabe, hace muchos años la gente obtusa decidió que escribir novelas era el escalafón más bajo del oficio literario, y que su lectura suponía un lujo peligroso y una absoluta pérdida de tiempo».[11]
Aunque el debate sobre el decoro de la literatura sensacionalista se prolongó durante la década de 1860, y se intensificó cuando El secreto de lady Audley llegó a los quioscos de prensa, es fácil interpretar los resoplidos y los bufidos de estos críticos con demasiada seriedad. Todo lo que se ha escrito sobre este género suele hacer tanto hincapié en las propias novelas como en estos actos de censura, recurriendo una y otra vez a los mismos comentarios de desaprobación por parte de escritores como Oliphant y Henry Longueville Mansel, un clérigo que reprendió a Collins y a Braddon por «apelar a los nervios».[12] El placer que reportaba la lectura de textos sensacionalistas era desasosegado y obsesivo, pero era lo que buscaba un amplio sector de los lectores victorianos, quienes, quizá, consideraban los juiciosos consejos de este tipo de críticos una parte de la diversión. Tal vez no exista mejor modo de conocer la respuesta de ese momento al género que a través de las valoraciones irónicas y socarronas acerca de la depravación y la histeria que la literatura sensacionalista provocaba en sus lectores. Aunque estos textos abordaban temas tan preocupantes como la delincuencia, la locura, la tiranía o la incompetencia de la ley, se trataba de incursiones con las que disfrutaban la mayoría de los lectores victorianos. George Augustus Sala, que escribía en la publicación periódica de Mary Elizabeth Braddon, Temple Bar, comparó el caos del desfile del lord Mayor de ese año (1863) con «la visión fantasmagórica de un loco de atar aquejado de delirium tremens, que ha estado cenando chuletas de cerdo crudas con el señor Home, el médium, y leyendo los cuentos de Hoffman y La dama de blanco, acompañándolos de tabaco fermentado y un potente té verde».[13] Este tipo de alusiones se burlan del rechazo envarado con que las novelas sensacionalistas se topaban por sistema en publicaciones retrógradas como Blackwood’s y Christian Remembrancer. Del mismo modo, no era necesario sentir la aversión de Oliphant hacia la narrativa sensacionalista para saber apreciar la ironía que rezumaba el prospecto burlón de Punch acerca de la aparición de una nueva publicación titulada «The Sensation Times»:
Esta publicación estará dedicada a los siguientes temas: atribular la mente, poner la carne de gallina, erizar el vello, procurar fuertes impresiones al sistema nervioso, destruir las normas morales convencionales y, en general, incapacitar al público para las distracciones prosaicas de la vida [...] Una novela sensacionalista en sí misma, en la que atrocidades con las que nadie ha soñado hasta la fecha, ni siquiera los escritores parisinos más en boga, formarán parte de la nueva publicación, y se ha entregado una suma generosa, bajo el concepto de suscripción, a la Sociedad por la Prohibición del Vicio, con el objetivo de asegurarse su nula intromisión en el relato de próxima aparición.[14]
II
(Si no desea descubrir el misterio de
La dama de blanco, lea el resto de esta introducción
después de haber terminado la novela.)
Wilkie Collins, Mary Elizabeth Braddon, Ellen Wood, Charles Reade, Rhoda Broughton: estos cinco nombres forman lo que podría equivaler a un movimiento literario. Sus vidas personales y profesionales tienen muchos puntos de contacto, sobre todo cuando Charles Dickens se añade a la ecuación. La dama de blanco, La piedra lunar (1868) y Hard Cash (1863), esta última de Reade, aparecieron en las revistas de Dickens. Wood publicó por entregas Griffith Gaunt (1866), de Reade, en su periódico, Argosy. La amistad e intercambio epistolar entre Dickens y Collins se parangonaba con una relación similar entre Collins y Reade. Este, además, mantenía una afectuosa correspondencia con Braddon, a quien dedicó su novela The Wandering Heir (1875).[15] Braddon consideraba a Collins «sin duda alguna [su] padre literario», y admitía que la trama de El secreto de lady Audley debía mucho a La dama de blanco.[16] Braddon, Dickens y Collins mantenían una buena relación con Edward Bulwer-Lytton, a quien suele considerarse el padre del sensacionalismo.[17] En cierta ocasión, este se dedicó a mostrar a Braddon su colección privada de retratos fotográficos de maníacos, y es probable que el desatinado intento de recluir a su esposa Rosina en un manicomio (véase la parte III de la introducción) inspirase elementos de algunas de las obras sensacionalistas más famosas.[18] Braddon era admiradora y editora de Broughton, cuyo Cometh up as a Flower (1867) apareció en Temple Bar (una revista que pertenecía a la pareja de hecho de Braddon, John Maxwell), igual que las publicaciones por entregas de Collins Dos destinos (1871) y The New Magdalen (1873). En la noche del estreno de la reposición del melodrama polar de Collins, En mares helados (1856), el 21 de octubre de 1866, se reunieron Dickens, Collins, Braddon y Reade en el bar del Olympic Theatre. El teatro que por entonces estaba bajo la dirección del empresario Horace Wigan, presentaba una versión revisada de la obra, cuyos ensayos habían supervisado Collins y Dickens. El diario de Reade recoge que Wigan fue «muy amable al concederme un palco inmejorable» para la primera representación.[19] Reade charló con Braddon en el entreacto: «Dice que se le ocurrió la trama de Birds of Prey en mi mesa», escribió.[20] La novela, publicada en 1867, está dedicada a él.
No obstante, La dama de blanco siguió erigiéndose como la piedra angular del género. En 1871, Edmund Yates recordaba que la obra fue «aquella que se dio a conocer en el mundo entero a través de su traducción a toda lengua civilizada». Era «una novela que situó al autor al instante entre los más reconocidos novelistas europeos».[21] Este tipo de aseveraciones han difundido el mito de que la novela, según la biógrafa más lúcida de Collins, Catherine Peters, «cayó como una bomba sobre un público desprevenido».[22] William Wilkie Collins, a pesar de no ser un nombre consagrado, distaba mucho de ser un extraño en el mundo literario y artístico. Nació en 1824, hijo de William Collins, eminente paisajista y miembro de la Real Academia de la Bellas Artes británica. Su infancia transcurrió entre Italia e Inglaterra, hasta que la familia se estableció definitivamente en Londres en agosto de 1838. Tras dejar el internado londinense, en 1841 hizo una breve incursión en el mundo del comercio del té (como aprendiz de Edmund Antrobus, en el Strand). Le siguió una tibia tentativa de imitar los pasos de su padre en el mundo artístico (la Exposición Estival de la Real Academia de 1849 aceptó uno de sus cuadros, The Smuggler’s Retreat) y un intento igual de fugaz para ingresar en la abogacía. Fue admitido en el Lincoln’s Inn en 1846, y aunque obtuvo el título de abogado en 1851, nunca ejerció como tal. La literatura era su verdadera pasión, y sus primeros escritos se vieron influenciados por la narrativa gótica y las novelas históricas de Bulwer-Lytton. Longmans rechazó Ioláni, o Tahití tal como era (escrito en 1844), un sangriento romance ambientado en la Polinesia. En 1846 empezó a trabajar en Antonina o la caída de Roma, un melodrama histórico inspirado en Los últimos días de Pompeya (1834), de Bulwer-Lytton. Sin embargo, su labor se vio interrumpida cuando, en febrero de 1847, su padre murió a causa de una enfermedad coronaria. Como correspondía, Collins publicó una biografía de su distinguido padre y luego retomó Antonina, que Bentley aceptó y publicó en 1850. La novela lo convirtió en una estrella literaria menor, y lo puso en contacto con Dickens, con quien forjó la amistad más importante de su vida. El éxito moderado y las críticas exageradamente generosas a Antonina le permitieron dedicarse a la literatura a tiempo completo. Publicó otras tres novelas —Basil (1852), El juego del escondite (1854) y El secreto (1857)— y escribió relatos cortos y artículos para las publicaciones de Dickens, Household Words y All the Year Round. Cuando Dickens decidió, durante la publicación por entregas de Historia de dos ciudades (entre el 30 de abril y el 26 de noviembre de 1859), que una obra de ficción inédita encabezaría de manera habitual All the Year Round, encargó La dama de blanco a Collins de inmediato. En cualquier caso, la relación entre ambos escritores iba más allá del ámbito profesional: Dickens y Collins veranearon juntos, recorrieron los bajos fondos parisinos, ejercitaron sus cuestionables dotes interpretativas en producciones dramáticas amateur de En mares helados de Collins y de la comedia Not So Bad as We Seem (1851), de Bulwer-Lytton, y se embarcaron juntos en colaboraciones literarias como El viaje inútil de dos aprendices gandules (1857), un libro humorístico sobre el viaje que habían realizado a pie por Cumberland. También compartían sus secretos sexuales: Collins estaba al corriente de la insatisfactoria relación de Dickens con su mujer y de su aventura con Ellen Ternan, una actriz de diecinueve años; y Dickens conocía el secreto más importante de la vida de Collins: Caroline Graves.
Gran parte de la vida de Caroline Graves permanece en el anonimato, testimonio de la facilidad con que el rastro de una identidad (sobre todo la de una mujer) podía ser ensombrecido o eliminado en la sociedad victoriana. Aseguraba ser hija de un gentilhombre llamado Courtenay, y que su marido, Robert Graves, era un caballero de recursos. En realidad, su padre era un carpintero de Gloucestershire y su marido un taquígrafo que procedía de una familia de canteros. Caroline y su hija pequeña, Harriet, vivieron con Collins desde 1858, y salvo por una separación entre 1868 y 1871, permanecieron juntos el resto de sus vidas, a pesar de que Collins tuvo una segunda pareja, Martha Rudd, desde 1864. Igual que la amante de Reade, la actriz Laura Seymour, Caroline Graves era el ama de llaves de Collins, a los ojos del mundo. No acompañaba a su amante a eventos sociales. Las circunstancias en que se conocieron siguen siendo un misterio. Sin embargo, dado que ambos se hospedaban frente a Tottenham Court Road en la primavera de 1856, es probable que se conocieran en esa época. En ausencia de información veraz, se ha ido creando un mito en torno a su relación que sugiere que su primera reunión inspiró el dramático encuentro entre Walter Hartright y Anne Catherick en el primer número de La dama de blanco.
Se trata de una bonita anécdota, o de una fantasía, aunque aún hoy desconocemos de quién. Tal como recoge J. G. Millais en la biografía de su padre, el pintor John Everett Millais, la historia se desarrolló de la siguiente manera: una noche de verano de luna llena, en plena década de 1850, Wilkie y su hermano, Charles Allston Collins, acompañaban a Millais a su casa, en el número 83 de Gower Street, tras salir de una fiesta que había celebrado la madre de los primeros en Hanover Terrace. Su conversación se vio interrumpida de súbito por un grito desgarrador procedente del jardín de una casa cercana. Apenas habían decidido qué hacer, cuando la reja del jardín se abrió con brusquedad y por ella apareció «la figura de una mujer joven y muy bella vestida con ropas vaporosas y blancas que brillaban a la luz de la luna». La joven tropezó con los tres hombres y «se detuvo un momento, mirándolos con una mezcla de súplica y terror». Acto seguido, se recompuso y volvió a salir corriendo hasta perderse entre las sombras.
«¡Qué belleza de mujer!», fue todo lo que Millais alcanzó a decir. «Debo saber de quién se trata, y cuál es el problema», terció Collins, al tiempo que, sin más, salía tras ella con paso apresurado. Sus compañeros esperaron su regreso en vano y, al día siguiente, cuando volvieron a encontrarse, Collins no parecía inclinado a hablar de su aventura. Por sus palabras dedujeron, sin embargo, que había dado con la bella fugitiva y que había oído de sus propios labios la historia de su vida y la causa de su huida apresurada. Se trataba de una joven dama de buena cuna y posición que, de manera fortuita, había caído en las manos de un hombre que vivía en una casa de Regent’s Park. Allí la había mantenido prisionera durante muchos meses a causa de las amenazas y el dominio hipnotizante de un personaje tan perturbador que no se había atrevido a escapar, hasta que, llevada por la desesperación, había huido de la bestia que, atizador en mano, había prometido abrirle la cabeza. Su historia posterior, por interesante que sea, no corresponde a estas páginas.[23]
Ninguna fuente fiable corrobora la anécdota, recogida en 1895, que además recuerda sospechosamente a un híbrido entre esta famosa escena y algunos detalles del Trilby (1894) de George du Maurier. En la novela de Du Maurier, tres artistas se enamoran de una joven subyugada por los poderes hiptonizantes del villano. La obra gozaba de gran popularidad en el período en que Millais escribía la biografía de su padre. Sin embargo, también se dice que Kate Dickens, que se casó con Charles Allston Collins, estaba convencida de que esa mujer de blanco era en realidad Caroline Graves. Por otro lado, la pintora Henrietta Ward también aseguraba que conocía cuál había sido la fuente de inspiración de Collins para su novela. Ward —cuyo compromiso a la edad de catorce años con Edward Ward (no existe relación entre ambos apellidos), amigo de toda la vida de nuestro autor, podría haber inspirado la trama de Basil— afirmaba que esta anécdota había proporcionado a Collins el argumento de su obra más famosa. Nuel Pharr Davis, autor de una de las primeras biografías de Collins, escribe:
Un día, en Slough, Henrietta le contó que una tal señora Coffin estaba causando el pánico por los alrededores. Se vestía de blanco, como un fantasma, y salía a asustar a los niños que jugaban en el cementerio al anochecer. Wilkie volvió a casa dando un rodeo por Hampstead Heath, pensando en la señora Coffin y en Caroline, que en su día también había sido una aparición. Ambos incidentes y el escenario que lo rodeaba acabaron convirtiéndose en los puntos cardinales de su relato.[24]
Una vez más, el atractivo de la anécdota quizá sea un indicador de su poca fiabilidad. Clyde K. Hyder ha demostrado que la fuente más creíble de la historia es Recueil des Causes Célèbre (1808), de Maurice Méjan, una suerte de «Calendario Newgate» francés que Collins había comprado en un quiosco de París en 1856. Collins extrajo del libro una serie de relatos medio novelados de casos penales franceses que publicó en Household Words. «The Poisoned Meal» (del 18 de septiembre al 2 de octubre de 1858) es un ejemplo típico. Se trata de un breve y sangriento relato acerca de una criada cuyos amos le tienden una trampa para acusarla de asesinato por aderezar un budín con arsénico. En estas historias hallamos al Collins más impúdico y procaz, quien acababa las entregas semanales con frases como «la cámara de tortura estaba abierta para recibirla».[25] Los veintiséis volúmenes del archivo criminal de Méjan también sirvieron para inspirar su obra más ambiciosa hasta la fecha.
Del caso de madame de Douhault, también de Méjan, se extraen muchos de los elementos más importantes de La dama de blanco. Adélaïde-Marie-Rogres-Lusignan de Champignelles (1741-1817) se casó con el marqués de Douhault en 1764. En 1787 se quedó viuda. Su padre había muerto en 1784, pero el hermano de madame de Douhault había confabulado para quedarse con la mayor parte de la herencia y había dejado a su madre en una difícil situación económica. La abadesa de Montargis, hemana de ambos, convenció a madame de Douhault para que se enfrentase a su hermano por este asunto, de modo que escribió a su amiga madame de Polignac para comunicarle que estaba decidida a desplazarse de Chazelet, donde residía, a París, y solventar aquel farragoso asunto familiar. En diciembre de 1787 tomó un puñado de criados y dispuso su partida hacia la capital, aunque hizo un alto en el camino, en Orleans, donde su sobrino, monsieur Dulude, solía alojarla. Curiosamente, su sobrino se negó a recibirla y le pidió que se dirigiera a casa de una pariente común, madame de la Roncière, donde tuvieron la deferencia de acogerla.
Poco antes de que madame de Douhault reemprendiese su camino, la anfitriona la invitó a dar un paseo en carruaje por la orilla del Loira. En el camino, madame de la Roncière ofreció a su invitada un poco de rapé, y poco después de tomarlo, madame de Douhault sufrió un intenso dolor de cabeza. El carruaje volvió a la casa y llevaron a la invitada a la cama. Unos días después, esta despertó en el manicomio de Salpêtrière, en las afueras de París. Los celadores, que la conocían como madame Blainville, interpretaron sus protestas como una confirmación de su demencia. Interceptaban sus cartas, pero madame de Douhault descubrió que su hermano había anunciado su muerte y había reclamado sus propiedades. Con el tiempo consiguió enviar una misiva a madame de Polignac, quien logró que la liberaran y, según menciona Méjan, le devolvió el vestido blanco que llevaba cuando entró en el manicomio. A pesar de que los antiguos criados de madame de Douhault la identificaron en efecto como su señora, el hermano se las ingenió para arrastrar el caso de un juzgado a otro durante años. Madame de Douhault jamás recuperó ni su fortuna ni su reputación, y murió en la miseria en 1817.
La historia cuenta con todos los elementos que hacen de La dama de blanco una novela sorprendente: la denuncia de la aterradora permeabilidad de las categorías de diagnóstico como cordura y demencia; la impotencia del sujeto ante la tiranía de la opinión médica de un experto; la facilidad con que se podía ocultar o borrar una identidad; la vulnerabilidad de las mujeres en un sistema legal que no las tenía en consideración; y la transformación del hogar en un lugar donde las enfermedades y el peligro amenazan tu vida. Existían poderosas razones que obligaban al impactante estilo narrativo de Collins a tener en cuenta las cuestiones médicas. A finales de la década de 1850, el género de ficción doméstica —cultivado por autores como Charlotte M. Yonge y Margaret Oliphant— se había convertido en la modalidad estilística dominante. Su incidencia en el realismo psicológico había establecido ciertos estándares de interioridad y continuidad, baremos críticos por los que se medía la destreza del novelista. Collins deseaba conservar ese realismo, pero también quería inspirar un desasosiego placentero en sus lectores. El nacimiento del narrador neurótico fue un producto de esas voluntades contrapuestas. Las violentas sacudidas de la literatura sensacionalista se vieron obligadas a hacerse un hueco en los debates contemporáneos sobre la cuestión de la identidad y la ciencia de la patología mental.[26] Si el estilo exigía que sus narradores sufrieran experiencias extremas, entonces esas experiencias tendrían que cobrarse un peaje en los cuerpos y mentes de dichos personajes. Del mismo modo que los espectáculos de deformidades recurrían a la ciencia biológica para justificar las emociones truculentas que provocaban, la novela sensacionalista recurría a la medicina para proporcionar un vocabulario mediante el que registrar y otorgar espacio a las impresiones y desconciertos a los que sometía a sus personajes.
Ni las enfermedades físicas ni las mentales le son ajenas a Collins, y a finales de la década de 1850 el escritor y sus delicados nervios empezaron a intimar seriamente. Sus cartas permiten hacerse una clara idea de sus achaques: «Hace tiempo que me atormenta un forúnculo entre las piernas —le confió a su director de banco, Charles Ward, desde Church Hill Cottage (una casa alquilada en Broadstairs, a la que se había retirado en agosto de 1859 para empezar La dama de blanco) —, y escribo estas líneas con la agradable perspectiva de la llegada de un médico que venga a sajarlo. Parezco destinado, que Dios me ampare, a no estar bien nunca». El dolor más discapacitante se lo procuraban los ataques de «gota reumática», que lo asaltaban en períodos de actividad intensa. «La gota me ha atacado el cerebro», le confió en una ocasión a su amigo íntimo Edward Pigott, director del periódico socialista Leader. «Tengo la mente despejada por completo, pero el estado de nervios en que me encuentro es indescriptible».[27] También le afectó a la vista, lo que le obligó, durante la escritura de La Piedra Lunar, a recurrir a los servicios de un secretario, a quien turbaron tanto los gritos de dolor del autor entre dictado y dictado que tuvo que ser sustituido. La adicción de Collins al láudano —un cóctel potencialmente alucinógeno de opio y alcohol que se despachaba en la farmacia con el nombre de Battley’s Sedative Solution, Dalby’s Carminative o Mother Bailey’s Quieting Syrup—, era la causa de las enfermedades nerviosas del autor. Cuando Francis Carr Beard se convirtió en médico de Collins en 1859, empezó a recetarle la droga de inmediato como remedio para la gota. Diez años después, Collins se había vuelto adicto por completo y confesaba a sus amigos que sufría visiones en las que era amenazado por fantasmas, un doppelgänger misterioso y una monstruosa mujer verde con un par de colmillos. Durante una cena, el eminente cirujano sir William Fergusson le reveló a Collins que estaba consumiendo suficiente droga diaria para matar a cualquiera de los presentes. Las ideas delirantes inducidas químicamente y un intenso malestar nervioso formaban parte de su experiencia diaria.
Las cuestiones médicas poseen una gran importancia en la obra de Collins. En sus novelas y relatos cortos abundan los personajes que sufren enfermedades y afecciones extrañas: epilepsia idiopática y ceguera congénita en La pobre señorita Finch, fobia a la luz en Dos destinos, o monomanía hereditaria en «Mad Monkton» (1853). La dama de blanco cuenta con Frederick Fairlie, «un manojo de nervios vestido y arreglado para que parezca que soy un hombre», quien interpreta su hipocondría con la afectación de una diva operística en horas bajas: «Le ruego que me disculpe —exclama durante su encuentro con Walter—. Pero ¿podría usted dominar su voz para hablar en un tono más bajo? Dado el estado precario de mis nervios cualquier sonido fuerte es para mí una tortura indecible». Aunque aún resulta más elocuente la «dama» del título. O, mejor dicho, las dos damas de blanco: Anne Catherick, la lunática encerrada contra su voluntad en un psiquiátrico privado; y lady Glyde, con quien se ve obligada a intercambiar su identidad. La facilidad con que este proceso se lleva a cabo es consecuencia de la gran popularidad de la que gozó cierta historia de terror entre 1858 y
1860: la amenaza de ser recluido sin justificación en un manicomio.
III
Hacia el final de la década de 1850, Gran Bretaña se vio invadida por una especie de «pánico a la locura», resultado de una oleada de casos relacionados con ciudadanos a los que se había diagnosticado erróneamente y que habían sido recluidos a la fuerza en manicomios tras ser declarados dementes. El papel explícito que estos sucesos desempeñaron en la composición de La dama de blanco queda patente en la entrevista que Yates realizó a Collins en 1871:
Con el propósito de escribir un relato para All the Year Round, trataba de encontrar una idea central, novedosa y lo bastante sólida para soportar el peso de una novela en tres volúmenes. Resultó que por entonces recibió una carta donde se le solicitaba que se ocupase de un caso relacionado con el internamiento justificado o no en un manicomio. Tras haber dirigido su atención hacia esa senda, se topó con un antiguo juicio francés que lidiaba sobre la cuestión de la suplantación de personas, y se le ocurrió de pronto que una suplantación realizada con la ayuda de un manicomio podía resultar una sólida idea central.[28]
No se dispone de información acerca del caso que llamó la atención de Collins, pero durante el verano de 1858, la presión ejercida por ciudadanos, periódicos y organizaciones como la Alleged Lunatics’ Friend Society para que se abriera una investigación sobre este tipo de abusos dio como resultado la formación de una comisión parlamentaria con el objetivo de averiguar qué había de realidad tras aquellos escándalos. Igual de preocupantes se revelaron los rumores que supuestamente circulaban acerca de que la reina Victoria sucumbía a la porfiria, la enfermedad genética que afligía a su abuelo, Jorge III.[29] Se decía que el barón Stockmar, a quien, como ya hemos apuntado, el príncipe consorte envió un ejemplar de La dama de blanco, «presuntamente ha descrito al príncipe [Alberto] como alguien “completamente amilanado” que vive con un terror perpetuo a acelerar el “mal hereditario” de la reina».[30] A lo largo y ancho del país, los tabloides daban pábulo a la especulación de que los manicomios ingleses tal vez contenían un número indeterminado de ciudadanos cuerdos, encerrados en dichas instituciones por motivos pecuniarios. ¿Estaban los médicos confabulándose con familias sin escrúpulos que pretendían desembarazarse de parientes difíciles?
Las preocupaciones que suscita la relación entre la clase de reclusión que ofrece el hogar y la que ofrece el manicomio quedan plasmadas en el argumento de La dama de blanco. Sin embargo, como John Sutherland ha demostrado en su libro Victorian Fiction: Writers, Publishers, Readers, la cuestión del diagnóstico de la demencia y el problema de qué hacer con las mujeres problemáticas se debatían acaloradamente en el propio círculo de Collins.[31]
Uno de los acontecimientos que cimentaron la larga amistad entre Dickens y Collins fue su aparición conjunta en la obra Not So Bad as We Seem, de Bulwer-Lytton. El autor, el primer barón Lytton, era amigo íntimo de Dickens y colaborador habitual de Household Words y All the Year Round. El 16 de mayo de 1851, Not So Bad as We Seem se representó en casa del duque de Devonshire, a beneficio del Guild of Art and Literature, con un elenco que contaba con Mark Lemon (director de Punch), John Forster (entonces secretario de Commissioners for Lunacy) y Robert Bell (copropietario del manicomio privado de Chiswick). Dickens se aseguró de que hubiera un policía apostado en la puerta con motivo de las amenazas de Rosina Bulwer Lytton (que no utilizaba el guión del apellido de su marido), de quien Edward se había separado, pues había anunciado su intención de agredir a la reina Victoria y al príncipe consorte cuando asistieran a la noche del estreno. Rosina se había separado del baronet en 1836 de manera poco amistosa, lo había acosado con cartas insultantes, que enviaba tanto a él como a sus amigos o a la prensa, y había hecho escarnio de él en una serie de malintencionadas novelas en clave.[32] Su cólera se había intensificado en 1848, cuando su marido le había impedido acercarse al lecho de muerte de su hija de diecinueve años, Emily, quien —como Margaret Sherwin en Basil, la novela de Collins— murió de fiebre tifoidea en una pensión de mala muerte de Londres. En junio de 1858, Rosina Bulwer Lytton dirigió el mayor y más escandaloso ataque hasta la fecha contra su ex marido. Mientras este se dirigía a un grupo de electores en Hertford, su circunscripción electoral, ella subió al estrado y lanzó contra él una diatriba cargada de resentimiento en la que lo acusaba de matar a la hija de ambos, de adulterio, de brutalidad y de negarse a concederle una pensión aceptable. Los escándalos sexuales en los que estaban involucrados los diputados del Parlamento resultaban tan populares en 1858 como hoy en día, y el baronet se vio obligado a huir de un público enfurecido que lo abucheaba. Curiosamente, salió reelegido.
Como resultado de este incidente, Bulwer-Lytton contrató a dos matones para que secuestraran a Rosina y la ingresaran en el Wyke House Lunatic Asylum de Brentford. John Conolly y L. Forbes Winslow, dos de los psiquiatras más eminentes del país, la declararon demente. Forbes Winslow era director del Journal of Psychological Medicine and Mental Pathology, y fundador de la psiquiatría forense. Conolly había empezado a ejercer de psiquiatra con ánimo reformador e idealista, dispuesto a rechazar las esposas, las sillas de contención y las mordazas que conformaban el equipo habitual de la mayoría de los manicomios británicos. Sin embargo, en 1859 era ya una persona mucho más conservadora que abogaba por el confinamiento de «mujeres jóvenes de carácter ingobernable [...] hurañas, rebeldes y maliciosas, que desafían cualquier control familiar o que requieren esa contención de las pasiones sin el que el carácter femenino está perdido».[33] Más tarde, fue satirizado a través del personaje del inestable doctor Wycherly de Hard Cash, la novela de Reade que gira en torno al tema de las reclusiones. Los intentos de Bulwer-Lytton por silenciar a su rebelde ex esposa fracasaron de manera estrepitosa. Hizo todo lo que estuvo en sus manos para evitar que la prensa informara de la desaparición de Rosina. Presionó a Lemon para que no hiciese la menor alusión al asunto en Punch, y a su amigo, el director de The Times, John Delane, para que guardase silencio al respecto. Sin embargo, otros periódicos (el combativo The Daily Telegraph, por ejemplo) no se doblegaron a sus deseos. El consecuente escándalo alcanzó tales dimensiones que Conolly y Forbes Winslow se vieron obligados a reevaluar el diagnóstico de Rosina y a admitir que su cordura era incuestionable. Bryan Procter, uno de los comisionados metropolitanos de Commissioners in Lunacy, también estuvo presente en el segundo reconocimiento, el único miembro de este eminente círculo por el que Rosina sentía cierto respeto. La dama de blanco está dedicada a él, y no cabe duda de que ofreció a Collins gran parte de los detalles clínicos que aparecen en la novela. También aconsejó a su amigo mutuo, William Thackeray, acerca de qué hacer con su mujer maníaco-depresiva, Isabella. (Fue enviada a Camberwell y pasó el resto de su vida alojada con cierto secretismo en compañía de una tal señora Bakewell.) La trama de Collins en la que un baronet viejo, medio calvo y de carácter avinagrado interna en un manicomio a su mujer cuerda satisfizo en gran modo a Rosina, quien escribió a Collins para informarle de que ella podía proporcionarle material extraído de su propia experiencia que le permitiría crear al villano más ruin de la historia de la literatura. «Ese hombre vive —escribió—, y jamás escapa a mi atenta mirada. De hecho, se trata de mi marido».[34] Por su parte, Bulwer-Lytton desechó la novela con acritud en una carta dirigida a Frederick Lehmann, donde la describía como «una verdadera basura».[35] Curiosamente, el baronet solo tuvo alabanzas para El secreto de lady Audley, que concluye con la reclusión de su impredecible heroína en un manicomio francés. James Maxwell, el editor con quien cohabitaba Braddon, tenía una esposa internada en un manicomio irlandés.
Collins no fue el primero ni el último de los novelistas en atemorizar a sus lectores al exponer la maleabilidad de las definiciones de cordura y demencia, así como las conspiraciones domésticas que esa ambigüedad podía favorecer. Henry Cockton, en su Valentine Vox, Ventriloquist (1840), había argumentado que «en un instante, cualquiera puede acabar secuestrado, esposado, golpeado hasta la inconsciencia y alejado de todo, sin la posibilidad de apelar a ningún tribunal»,[36] y novelas como Hard Cash y Shirley Hall Asylum (1865), esta última de William Gilbert, explotaron ese mismo filón de la angustia. Sin embargo, La dama de blanco no se inclina a favor ni en contra de nadie. A pesar de que su estructura recuerda el proceso de un juicio penal, no se posiciona de manera explícita a favor de un cambio legal, sino que se limita a sugerir que el hogar puede albergar una serie de inquietantes posibilidades. Plantea que un marido puede drogar a su mujer, privarla de su identidad legal y hacer que la confinen en un manicomio solo para saldar sus deudas. Insinúa que tanto criados como familia son susceptibles de ser sobornados o manipulados para colaborar en dicho complot, y que la ley no dispone de medios para detectar el proceso. Sin embargo, también apunta que este tipo de delitos solo pueden combatirse mediante acciones contundentes de quienes se toman la justicia por su mano y observan los procedimientos legales tanto como Fosco o sir Percival y sus tejemanejes. Marian y Walter consiguen liberar a Laura de sus captores, pero gracias a la connivencia y a los sobornos, no por apelar a la autoridad de hombres como John Forster o Bryan Procter. La justicia no se obtiene en los juzgados, sino mediante una acción independiente y violenta, y es dicha acción la que les confiere el derecho a narrar lo que sucede en la historia.
Las ambigüedades de la narración son una de las fuentes de desazón más poderosas del libro. Walter deja morir a sir Percival en el incendio de la iglesia de Old Welmingham, pero teniendo en cuenta que es él quien relata lo sucedido sin la intervención de un narrador omnisciente, ¿debemos confiar en lo que nos cuenta? ¿De veras no pudo hacer nada por salvar al baronet? ¿Podría haber hecho lo correcto? La muerte del conde Fosco resulta aún más siniestra. Es cierto que Walter y Marian no poseen pruebas concluyentes de su vileza, pero los lectores de 1859 y 1860 aún tendrían en mente el juicio penal más sensacionalista de la década (el caso de William Palmer, el envenenador de Rugeley), por el que se había colgado al principal sospechoso basándose solo en pruebas circunstanciales. En lugar de acudir a la policía, Walter esquiva la ley y apela a una forma más perversa de autoridad. A través de su amigo, el profesor Pesca, abre la puerta a los carbonarios, una organización prácticamente mafiosa de revolucionarios y asesinos italianos, con el fin de que realicen el trabajo sucio para el que a él le faltan agallas. Una vez que Pesca identifica a Fosco, queda claro que solo es cuestión de tiempo que esa organización dé con él. En efecto, poco después nos enteramos de que se ha descubierto el descomunal cuerpo del conde en una mesa de amortajamiento de la morgue de París, y para entonces Walter se ha casado con Laura y está disfrutando de las prebendas de su fortuna con la misma libertad con que podría haberlo hecho sir Percival. ¿Hasta qué punto Walter Hartright está a la atura de su simbólico y cristalino apellido? A medida que uno lee La dama de blanco, resulta más difícil tener una visión amplia y empírica de lo que ocurre. Los personajes abandonan las estrategias legales a favor de la acción directa, por lo que la novela representa el fracaso estrepitoso de procedimientos supuestamente imparciales como la justicia penal y la honestidad de un narrador. Ese es el motivo por el que la novela soporta una relectura tras otra, mucho después de que los culpables hayan sido identificados y sepamos quién ha hecho qué. La estructura subjetiva de la novela sugiere que los testimonios podrían contener todo tipo de ambigüedades, amaños y equívocos deliberados. Se cuentan mentiras, unos textos invaden a otros. El legajo de documentos que se nos entrega podría ser un relato fiel y completo del caso de Laura Glyde. No obstante, también podría resultar una artimaña para salir del paso de su editor, el presuntuoso profesor de dibujo de clase media que, cuando concluye el libro, conserva cómodamente los pies bajo su mesa en Limmeridge. Tras la lectura de La dama de blanco, resulta difícil considerar una novela un objeto sin fisuras que no se ve afectado por contradicciones internas. De hecho, se hace difícil volver a confiar en un narrador.
MATTHEW SWEET
1999
1824Wilkie Collins nace el 8 de enero, en el número 11 de New Cavendish Street, St. Marylebone, Londres. Hijo de John Thomas Collins (1788-1847), pintor y miembro de la Real Academia de Bellas Artes británica, y Harriet Collins (1790-1686), de soltera Geddes.
1826La familia se traslada a Pond Street, Hampstead.
1828El 25 de enero nace su hermano Charles Allston Collins (m. 1873).
1829La familia se traslada de nuevo a Hampstead Square.
1830La familia se traslada a Porchester Terrace, Bayswater.
1835El 13 de enero ingresa en la Maida Hill Academy.
1836A partir del 19 de septiembre, y hasta el 15 de agosto de 1838, la familia vive en Francia e Italia.
1838En agosto la familia se traslada al número 20 de Avenue Road, Regents Park. Collins acude a la escuela privada dirigida por míster Cole, en Highbury Place.
1840La familia se traslada en verano al número 85 de Oxford Terrace, Bayswater. En diciembre, Collins abandona la escuela de míster Cole.
1841En enero es aceptado en calidad de aprendiz en el negocio de Edmund Antrobus, comerciante de té del Strand.
1842Visita Escocia entre junio y julio, acompañando a su padre.
1843En agosto sale a la luz su primer relato de ficción, «The Last Stage Coachman», en Illuminated Magazine.
1844Escribe Ioláni, o Tahití tal como era, que no se publicará hasta 1999.
1845En enero remite Ioláni a la editorial Chapman and Hall. En marzo le comunican que ha sido rechazada.
1846El 17 de mayo ingresa en el Lincoln’s Inn para estudiar derecho.
1847El 17 de febrero muere su padre.
1848La familia se traslada en verano al número 38 de Blandford Square. En noviembre, Chapman and Hall publica su primer libro, Memoirs of the Life of William Collins, Esq., R. A.
1849Expone un cuadro, The Smuggler’s Retreat, en la Exposición Estival de la Real Academia.
1850El 26 de febrero se estrena su primera obra de teatro, A Court Duel, adaptación de la obra Monsieur Lockroy, de J. P. Simon y Edmond Badon. El día siguiente aparece su primera novela, Antonina o la caída de Roma, publicada por Richard Bentley. En verano se traslada junto a su madre al número 17 de Hanover Terrace; entre julio y agosto viaja a pie por Cornualles acompañado del artista Henry Brandling.
1851El 30 de enero Bentley publica Rambles Beyond Railways, un libro de viajes sobre Cornualles. En marzo conoce a Charles Dickens, y participa por primera vez en la revista literaria Bentley’s Miscellany con «The Twin Sisters». El 16 de mayo actúa junto a Dickens en la obra Not So Bad as We Seem, de Edward Bulwer-Lytton. El 27 de septiembre aparece su primer artículo para el diario socialista de Edward Pigott, Leader. El 21 de noviembre obtiene el título de abogado, y el 17 de diciembre aparece Mr. Wray’s Cash-Box, publicado por Bentley.
1852El 24 de abril realiza su primera contribución a la revista Household Words con «Una cama sumamente extraña». El 16 de noviembre sale a la luz Basil, publicada por Bentley.
1853Entre julio y septiembre visita a Dickens en Boulogne-sur-Mer; entre octubre y diciembre viaja por Suiza e Italia con Dickens y Augustus Egg.
1854Ingresa en el Garrick Club. El 6 de junio aparece El juego del escondite, publicado por Bentley; entre julio y agosto se aloja con Dickens en Boulogne-sur-Mer.
1855El 16 de junio se estrena en el Tavistock House su primera obra teatral, The Lighthouse, representada por la compañía teatral de Dickens. En septiembre parte hacia las islas Sorlingas con Pigott.
1856En febrero aparece su primera colección de relatos cortos, After Dark, publicados por Smith, Elder & Co. Del 1 al 29 de marzo ve la luz Confesiones de un bribón, publicado por entregas en Household Words. En septiembre se traslada al número 2 de Harley Place, y en octubre se incorpora a la plantilla de Household Words.
1857El 3 de enero se inicia la publicación por entregas de El secreto en Household Words y (desde el 24 de enero) en Harper’s Weekly. El 6 de enero se representa En mares helados en el Tavistock House; en junio, Bradbury and Evans publica El secreto en un solo volumen; y el 10 de agosto se representa The Lighthouse en el Olympic Theatre. En septiembre viaja a Cumberland, Lancashire y Yorkshire con Dickens; entre el 3 y el 31 de octubre describen dicho periplo en El viaje inútil de dos aprendices gandules, publicado en Household Words. En diciembre colabora con Dickens en «The Perils of Certain English Prisoners».
1858Se publica la primera traducción francesa de El secreto. Entre julio y agosto realiza la primera visita a Broadstairs, Kent; y en septiembre abandona el Garrick Club en señal de protesta por la expulsión de su amigo Edmund Yates. El 11 de octubre se estrena The Red Vial en el Olympic Theatre y resulta un fracaso.
1859Entre enero y febrero vive con Caroline Graves en el número 124 de Albany Street; salvo por un breve paréntesis, permanecen juntos hasta la muerte del autor. Entre mayo y diciembre vive en el número 2A de Cavendish Square. En octubre sale a la luz La reina de corazones, publicada por Hurst and Blackett, y entre el 26 de noviembre de 1859 y el 25 de agosto de 1860 La dama de blanco aparece publicada por entregas en All the Year Round. En diciembre se traslada al número 12 de Harley Street.
1860El 17 de julio Charles Allston Collins se casa con Kate Dickens. En agosto, Sampson Low publica La dama de blanco en un solo volumen; el 22 del mismo mes, Collins abre una cuenta corriente en Coutts.
1861En enero abandona All the Year Round. El 16 de abril ingresa en el club Athenaeum, y más tarde, en agosto, visita Whitby, en Yorkshire, con Caroline Graves.
1862Entre el 15 de marzo de 1862 y el 17 de enero de 1863, Sin nombre se publica por entregas en All the Year Round, y el 31 de diciembre Sampson Low la publica en un solo volumen.
1863En agosto visita la isla de Man con Caroline y la hija de esta, Harriet. En noviembre, Sampson Low publica una recopilación de artículos titulada My Miscellanies.
1864Entre noviembre de este año y junio de 1866 Armadale sale publicada por entregas en Cornhill Magazine. En diciembre Collins se traslada al número 9 de Melcombe Place, Dorset Square.
1865Ocupa la presidencia de la Royal General Theatrical Fund.
1866En mayo, Smith, Elder & Co. publica Armadale en un solo volumen. En octubre Collins visita Italia junto a Pigott; el 27 de ese mismo mes se estrena En mares helados en el Olympic Theatre.
1867En septiembre se traslada a Gloucester Place. En diciembre colabora con Dickens en un relato corto titulado «Callejón sin salida»; el 24 del mismo mes se estrena su adaptación a los escenarios en el Adelphi Theatre.
1868Encuentra alojamiento para Martha Rudd, su segunda amante, que se instala en el número 33 de Bolsover Street, Portland Place, bajo el nombre de «señora Dawson». Del 4 de enero al 8 de agosto La Piedra Lunar aparece publicada por entregas en All the Year Round. El 19 de marzo muere su madre. En julio, Tinsley Brothers publica La Piedra Lunar en un solo volumen. El 29 de octubre ejerce de testigo en la boda de Caroline Graves y Joseph Charles Clow.
1869El 29 de marzo se estrena Black and White en el Adelphi Theatre, escrita junto con el actor Charles Fechter. El 4 de julio nace su hija Marian Dawson, fruto de su relación con Martha Rudd. Del 20 de noviembre de 1869 al 30 de julio de 1870 Marido y mujer se publica por entregas en Cassell’s Magazine.
1870En junio F. S. Ellis publica Marido y mujer en un solo volumen; el 9 de ese mismo mes muere Dickens.
1871En abril, Caroline Graves vuelve a vivir con Collins en Gloucester Place. El 14 de mayo nace la segunda hija de Collins, Harriet Constance Dawson, fruto de su relación con Martha Rudd, en el número 33 de Bolsover Street. El 9 de octubre se estrena La dama de blanco en el Olympic; del 2 de septiembre de 1871 al 24 de febrero de 1872 se publica por entregas La pobre señorita Finch en Cassell’s Magazine.
1872El 26 de enero Bentley publica La pobre señorita Finch en un solo volumen. Entre octubre y julio de 1873 se publica por entregas The New Magdalen en Temple Bar.
1873El 17 de enero Bentley publica ¿Señora o señorita?, y el 22 de febrero se estrena Hombre y mujer en el Prince of Wales Theatre. El 9 de abril muere Charles Allston Collins. El 17 de mayo Bentley publica The New Magdalen en un solo volumen, y el 19 de mayo se estrena la adaptación teatral de la misma en el Olympic. El 25 de septiembre Collins llega a Nueva York para realizar una gira por Estados Unidos, y el 10 de noviembre se estrena The New Magdalen en Nueva York.
1874Martha Rudd se traslada al número 10 de Taunton Place, Regents Park. El 7 de marzo Collins abandona Boston y vuelve a Gran Bretaña. Entre el 26 de septiembre de este año y el 13 de marzo de 1875 Bentley publica The Frozen Deep and Other Stories. El 25 de diciembre nace su hijo, William Charles Collins Dawson, fruto de su relación con Martha Rudd, en Taunton Place.
1875Chatto and Windus obtienen los derechos de reproducción de la obra de Collins, y serán sus editores hasta la muerte del autor. En febrero, Chatto and Windus publican La pista de un crimen en un solo volumen.
1876Entre junio y septiembre aparece Dos destinos, publicado por entregas en Temple Bar. El 15 de abril se estrena Miss Gwilt en el Globe Theatre, adaptación teatral de Armadale. En agosto se publica Dos destinos en un solo volumen.
1877El 29 de agosto se estrena El secreto en el Lyceum Theatre, y el 17 de septiembre La Piedra Lunar en el Olympic Theatre. En diciembre aparece «My Lady’s Money» en Illustrated London News.
1878Entre junio y noviembre se publica El hotel de los horrores en Belgravia Magazine, obra que sale a la luz reunida en un solo volumen en noviembre.
1879Entre el 1 de enero y el 23 de julio Las hojas caídas se publica por entregas en World. El 7 de abril aparece Confesiones de un bribón reunida en un solo volumen, así como Las hojas caídas en junio. Entre el 13 de septiembre de 1879 y el 30 de enero de 1880 La hija de Jezabel sale publicada por entregas en Bolton Weekly Times y en otros periódicos regionales propiedad de William Tillotson.
1880En marzo se publica La hija de Jezabel en un solo volumen. Entre el 2 de octubre de 1880 y el 26 de marzo de 1881 aparece La sotana negra, publicada por entregas en Sheffield and Rotheram Independent y en otras publicaciones propiedad de Tillotson.
1881En abril La sotana negra se publica en un solo volumen. En diciembre, A. P. Watt se convierte en agente literario de Collins.
1882Entre el 22 de julio de 1882 y el 13 de enero de 1883 aparece Corazón y ciencia, publicada por entregas en el Manchester Weekly Times y en otros periódicos regionales; entre agosto y junio de 1883 se publica por entregas en Belgravia Magazine.
1883En abril se publica Corazón y ciencia en un solo volumen. El 9 de junio se estrena Rank and Riches en el Adephi Theatre y resulta un fracaso. Entre el 15 de diciembre del mismo año y el 12 de julio de 1884 aparece La respuesta es no, publicada por entregas en el Glasgow Weekly Herald y en otros periódicos regionales.
1884Entre enero y diciembre La respuesta es no se publica por entregas en London Society, y en octubre aparece la publicación en un solo volumen.
1885El 28 de agosto muere Tommie, el perro de Collins. El 30 de octubre, por motivos contractuales, se realiza una única representación de La reina del mal en el Vaudeville Theatre. Entre el 11 de diciembre de 1885 y el 30 de abril de 1886 la obra es publicada por entregas en el Leigh Journal and Times y en otras publicaciones propiedad de Tillotson.
1886En septiembre se publica en un solo volumen La reina del mal, así como El río culpable, también en un único volumen, el 15 de noviembre.
1887En mayo se publica Little Novels, una recopilación de relatos cortos, reunida en un solo volumen.
1888En febrero se traslada al número 82 de Wimpole Street con Caroline Graves. Entre el 17 de febrero y el 29 de junio aparece El legado de Caín, publicado por entregas en el Leigh Journal and Times, así como en otras publicaciones propiedad de Tillotson. En noviembre se publica reunida en un solo volumen.
1889El 30 de junio Collins sufre un derrame cerebral. Entre el 6 de julio y el 28 de diciembre aparece Blind Love, publicado por entregas en Illustrated London News, que Walter Besant acaba tras la muerte del autor, el 23 de septiembre, en el número 82 de Wimpole Street. El 27 de septiembre se celebra el funeral en el cementerio de Kensal Green, y el 24 de octubre se subastan sus muebles y efectos personales.
1890En enero se publica Blind Love reunida en un solo volumen, y el 20 de ese mismo mes se subastan su biblioteca y manuscritos. El 22 de febrero se subastan cuadros y dibujos, y el mismo mes Chapman and Hall publica en un solo volumen El viaje inútil de dos aprendices gandules.
1895En junio muere Caroline Graves y es enterrada junto a Collins.
1919Muere Martha Rudd.
A Bryan Waller Procter
De uno de sus hermanos menores en literatura
que valora sinceramente su amistad
y que recuerda con gratitud
muchas horas felices pasadas en su casa
La dama de blanco ha sido acogida con tan señalado interés por un inmenso abanico de lectores, que esta edición apenas necesita una introducción que la presente.
He intentado, mediante repetidas enmiendas y una minuciosa revisión, que esta obra fuese digna del constante favor del público. Algunos errores técnicos que se me habían escapado cuando escribí el libro se han corregido. Ninguno de estos pequeños defectos menoscaba el interés del relato, pero debían rectificarse en cuanto fuera posible, por respeto a mis lectores; en esta edición, pues, ya no existen.
Se me han expuesto algunas dudas en forma capciosa en orden a la presentación más o menos correcta de los puntos legales que incidentalmente aparecen en esta historia. Por ello, he de mencionar que no he regateado esfuerzos tanto en este aspecto como en otros, para no llevar intencionadamente a engaño a mis lectores. Un hombre de leyes de gran experiencia profesional ha guiado amable y cuidadosamente mis pasos siempre que el curso de la narración me ha conducido por los laberintos de la ley. Antes de aventurarme a poner mi pluma en el papel, he sometido todas mis dudas a este caballero, y su mano ha corregido todo cuanto se refería a materias legales antes de su publicación. Puedo añadir, apoyado por altas autoridades judiciales, que estas precauciones no han sido tomadas en vano. La «ley» contenida en este libro ha sido discutida, desde su publicación, por más de un competente tribunal y se decidió que era fundado cuanto en él se expone.
Antes de terminar, quiero añadir unas palabras de agradecimiento por la gran deuda de gratitud que he contraído con mis lectores.
Por mi parte, no siento afectación de ningún género al manifestar que el éxito de esta obra ha sido extraordinariamente grato para mí, ya que implica el reconocimiento del principio literario que he sostenido desde que por primera vez me dirigí a mis lectores como novelista.
Sostengo la vieja opinión de que el primer objetivo en una novela ha de ser el de narrar una historia, y jamás he creído que el novelista que cumple adecuadamente con esta primera condición esté en peligro de descuidar por ello el trazo de los personajes, por la sencilla razón de que el efecto producido por el relato de los acontecimientos no depende tan solo de estos, sino esencialmente del interés humano que se encuentre relacionado con ellos. Al escribir una novela pueden presentarse personajes bien dibujados sin por ello llegar a contar una historia satisfactoriamente sin describir los personajes; su existencia, como realidad reconocible, es la sola condición en que puede apoyarse la narración.
El único relato capaz de producir una profunda impresión en los lectores es aquel que logra interesarles acerca de hombres y mujeres, por la perfectamente obvia razón de que ellos son también hombres y mujeres.
La acogida que se ha dispensado a La dama de blanco ha confirmado en la práctica esta opinión y me ha satisfecho de tal modo que me ha dado confianza para el futuro. He aquí una novela que ha sido bien recibida precisamente porque se trata de una historia; he aquí una historia cuyo interés —que conozco por el testimonio voluntario de los mismos lectores— no se ha separado nunca de los personajes. Laura, Miss Halcombe, Anne Catherick, el conde Fosco, el señor Fairlie y Walter Hartright me han conseguido amigos en todas partes donde han sido conocidos. Espero que no esté muy lejano el día en que pueda encontrarme de nuevo con ellos, cuando intente, a través de otros personajes, despertar su interés en otra historia.
WILKIE COLLINS
Harley-Street, Londres
Febrero de 1861
Esta es la historia de lo que puede resistir la paciencia de la mujer y de lo que es capaz de lograr la tenacidad del hombre.
Si en el mecanismo de la ley para investigar cada caso sospechoso y conducir cualquier proceso la influencia lubricante del oro desempeñase un papel secundario, los sucesos que vamos a narrar en estas páginas podrían haber reclamado la atención pública ante los tribunales de justicia.
Pero la ley, en algunos casos, está inevitablemente a las órdenes del que presenta la bolsa más repleta, y por ello contamos la historia por primera vez en este lugar tal como debió de haberla oído algún día el juez; así va a escucharla ahora el lector. Ninguna circunstancia importante, de principio a fin de esta declaración, ha de relatarse de oídas. Cuando el que escribe estas líneas introductorias (de nombre Walter Hartright) haya estado en relación más directa que otros con los sucesos de que habla, él mismo lo contará. Cuando falle su conocimiento de los hechos dejará su lugar de narrador, y su tarea la continuarán, desde el punto en que él lo haya dejado, personas que pueden hablar de las circunstancias de cada suceso con tanta seguridad y evidencia como él mismo ha hablado en anteriores ocasiones.
Por tanto, esta historia la escribirá más de una pluma, tal como en los procesos por infracciones de la ley el tribunal escucha a más de un testigo, con el mismo objeto, en ambos casos, de presentar siempre la verdad de la manera más clara y directa; y para llegar a una reconstrucción completa de los hechos intervienen personas que tuvieron una estrecha relación con ellos en cada una de sus sucesivas fases, que relatan, palabra por palabra, su propia experiencia.
Oigamos primero a Walter Hartright, profesor de dibujo, de veintiocho años de edad.