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A sus dieciocho años, Margo sabía exactamente lo que deseaba. Que era lo mismo que había querido a los doce: todo. Pero ahora ya había resuelto cómo haría para conseguirlo. Pensaba valerse para ello de su belleza, que era el mejor, y tal vez el único talento que creía tener. Se veía con cualidades para actuar o, como mínimo, para aprender a hacerlo. Tenía que resultarle más fácil que el álgebra o la literatura inglesa o cualquiera de las demás atosigantes materias de la escuela. Pero, en cualquier caso, de una forma u otra, iba a ser una estrella. Y lo haría por su cuenta.

Lo había decidido la noche antes. La noche antes de la boda de Laura. ¿Acaso era egoísmo por su parte sentirse tan mal por el hecho de que Laura estuviera a punto de casarse?

Era casi la misma sensación de abandono que había tenido cuando, el verano anterior, el señor y la señora T. habían viajado a Europa con Laura, Josh y Kate para pasar allí un mes entero. Ella había tenido que quedarse en la casa porque su madre había rechazado el ofrecimiento de los Templeton de llevarla. Margo se moría de ganas de ir, lo recordaba bien, pero ninguno de sus ruegos, ni los de Laura y Kate, habían conseguido que Ann Sullivan cediera un milímetro en su decisión.

—Tu puesto no está en recorrer Europa alojándote en hoteles de ensueño —le había dicho mamá—. Los Templeton ya han sido suficientemente generosos contigo para que ahora esperes de ellos algo más.

Y por eso se había quedado en la casa, ganándose la vida, como decía su madre, quitando el polvo, abrillantando y aprendiendo a mantener la casa limpia. Y ella se había sentido muy desgraciada. Pero, como se decía a sí misma, eso no la hacía egoísta. Porque su sentimiento no nacía de que no quisiera que Kate y Laura pasaran unos días maravillosos: era, simplemente, que deseaba estar con ellas.

Tampoco ahora se trataba de no querer que el matrimonio de Laura fuera maravilloso. Simplemente: no soportaba perderla. ¿La hacía eso egoísta? Esperaba que no, porque, si se sentía desgraciada, no era solo por ella, sino también por Laura. Porque se le hacía insufrible la idea de ver que Laura se ataba a un hombre y al matrimonio sin haberse concedido a sí misma una oportunidad de vivir.

¡Dios…! ¡Y Margo deseaba tanto vivir!

Por eso había hecho ya su equipaje. En cuanto Laura partiera para su luna de miel, Margo se pondría en camino hacia Hollywood.

Echaría de menos Templeton House, y al señor y a la señora T., sí, y echaría también de menos a Kate y a Laura, e incluso a Josh. Añoraría, por supuesto, a su madre, aunque sabía que aún habría escenas desagradables entre las dos antes de que se cerrara la puerta. ¡Habían tenido ya tantas discusiones sobre el tema…!

En los últimos tiempos, la universidad había sido el centro de sus desavenencias. La universidad y la inflexible negativa de Margo a continuar su educación. Sabía que se moriría si hubiera de dedicar cuatro años más a libros y clases. ¿Y qué necesidad tenía de entrar en la universidad, si ya había decidido cómo quería vivir y hacer fortuna?

Ahora mismo, su madre estaba demasiado ocupada para discutir. En su condición de ama de llaves, Ann Sullivan solo tenía en la cabeza el banquete de bodas. El enlace se celebraría en la iglesia; desde allí todas las limusinas tomarían la autopista 1, como grandes y resplandecientes embarcaciones, y seguirían colina arriba hasta Templeton House.

La casa estaba ya impecable, pero Margo imaginaba a su madre batallando en algún lugar de ella con el florista por los adornos florales. Todo tenía que estar más que perfecto para la boda de Laura. Margo sabía lo mucho que quería su propia madre a Laura, y no sentía envidia por ello. Pero sí le sabía mal que su madre quisiera que ella se pareciera a Laura. Porque ella nunca podría serlo. Ni lo deseaba.

Laura era cariñosa, era dulce, perfecta. Margo era consciente de no poseer ninguna de esas cualidades. Laura jamás discutía con su madre tal como lo hacían Margo y Ann cuando regañaban como dos gatas. Pero, por otra parte, la vida de Laura carecía de problemas y de complicaciones. Jamás había tenido que inquietarse por su puesto, ni por su futuro. Conocía ya Europa, ¿no? Podía elegir entre quedarse para siempre en Templeton House, si quería… O bien, si deseaba trabajar, ahí estaban a su disposición todos los hoteles Templeton…, para elegir el que la apeteciera.

Margo tampoco era como Kate, tan estudiosa y decidida. No tenía el proyecto de salir corriendo para Harvard al cabo de unas semanas para ponerse a conseguir una titulación que la permitiera llevar libros de contabilidad y estudiar legislación fiscal. ¡Menudo aburrimiento! Pero así era Kate, que prefería leer las páginas del Wall Street Journal a hojear las seductoras ilustraciones de Vogue, y que se sentía feliz conversando durante horas con el señor T. a propósito de tasas de interés y rendimientos financieros.

No, ella no deseaba ser Kate ni Laura, por más que las quisiera a las dos. Deseaba ser Margo Sullivan. Y ahora pretendía disfrutar siendo Margo Sullivan. «Algún día tendré una casa tan hermosa como ésta», se decía a sí misma, al tiempo que bajaba por la escalera principal deslizando su palma por el brillante pasamanos de caoba.

La escalera trazaba una larga y elegante curva, y en lo alto, como un sol, colgaba una centelleante araña de cristal de Waterford. ¿Cuántas veces la había visto lanzar su seductora luz sobre las brillantes baldosas de mármol blanco y azul eléctrico del hogar, arrojando elegantes reflejos sobre los ya elegantes huéspedes que acudían a las maravillosas fiestas por las que eran famosos los Templeton?

Recordó ahora que la casa estaba siempre llena de risas y música en las fiestas de los Templeton, tanto cuando los invitados se encontraban sentados formalmente a la larga y estilizada mesa del comedor, bajo los candelabros gemelos, como cuando deambulaban libremente por las habitaciones, charlando mientras bebían champán o absortos en íntima conversación en un confidente.

Algún día ella daría también fiestas maravillosas, y confiaba en que sería una anfitriona tan cordial y agradable como lo era la señora T. ¿Se heredaban esas cualidades a través de la sangre o cabía aprenderlas? Porque, si se podían aprender, ella aprendería.

Su madre le había enseñado a disponer las flores así…, como aquellas resplandecientes rosas blancas que en el alto jarrón de cristal adornaban la mesita Pembroke del vestíbulo. «Fíjate cómo se reflejan en el espejo», pensó. Altas y puras, en el centro de un abanico de helechos.

«Estos son los detalles que hacen de una casa un hogar», se recordó a sí misma. Flores y jarrones hermosos, candelabros y madera barnizada con amor. Los olores, la forma como la luz se colaba por las ventanas, el tictac de los antiguos relojes… Todo eso era lo que recordaría cuando estuviera lejos de allí. No solo los pasillos abovedados que permitían el paso de una habitación a otra, o los intrincados y bellos motivos de cerámica dispuestos como decoración alrededor de la amplia y alta puerta de entrada. Recordaría el olor de la biblioteca después de que el señor T. hubiera encendido dentro uno de sus cigarros y la forma como resonaba la estancia cuando se reía.

También recordaría las veladas de invierno, cuando ella, Laura y Kate se tumbaban sobre la alfombra frente al fuego encendido en la chimenea de la sala de estar…, el rico brillo de la repisa de lapislázuli, la sensación de calor en sus mejillas, la manera como Kate se reía cuando iba ganando un juego.

Se imaginaría las fragancias de la salita de la señora T. Polvos, perfumes y ceras. Y su sonrisa cuando Margo entraba para hablar con ella. Porque Margo siempre tenía acceso a la señora T. cuando quería decirle lo que fuera.

¡Y su habitación! Siempre recordaría que los Templeton le habían permitido elegir el papel de las paredes cuando cumplió dieciséis años. Y que incluso su madre había sonreído y aprobado su elección de aquel papel de color verde pálido salpicado de lindas azucenas. ¡La de horas que había pasado en aquella habitación sola, o con Laura y Kate…! Charlando, charlando, charlando… Haciendo planes. Soñando despiertas.

«¿Estaré actuando bien ahora?», se preguntó con una leve punzada de pánico. ¿Cómo podía hacerse a la idea de dejarlo todo, todo cuanto conocía y amaba?

—¿Haciéndote la interesante otra vez, duquesa? —Josh acababa de entrar en el vestíbulo.

Aún no iba vestido para la boda, pues llevaba unos chinos y una camiseta de algodón. A sus veintidós años, se había convertido en un muchacho bien plantado, y su estancia en Harvard le había sentado de maravilla.

Margo pensó, malhumorada, que su apostura parecería algo acartonada cuando se cambiara. Seguía siendo el niño mimado de la casa, aun cuando su rostro hubiera perdido ya la inocencia infantil. Era astuto, con los ojos grises de su padre y la atractiva boca de la madre. Sus cabellos se habían oscurecido para adoptar el tono del bronce, y el estirón final de su último año de instituto había elevado su estatura hasta casi el metro noventa.

Margo deseaba que fuera feo. Deseaba que la apariencia no fuera importante. Que la mirara, siquiera una vez, como si fuera algo más que un simple incordio.

—Estaba pensando… —respondió, pero se quedó en la escalera como estaba, con la mano apoyada en la barandilla.

Era consciente de que jamás había tenido mejor aspecto. Su vestido de dama de honor de la novia era el modelo más precioso que había poseído jamás. Precisamente por eso se lo había puesto temprano, para disfrutar de él todo cuanto le fuera posible.

Laura había elegido el azul celeste para que hiciera juego con los ojos de Margo, y una seda frágil y fluida como si fuera agua. El amplio vuelo destacaba la espléndida figura de la muchacha, y las largas y exageradas mangas daban realce a su piel marfileña y cremosa.

—Te estás apresurando, ¿no crees? —Las palabras se le atropellaron porque, como cada vez que la miraba, sentía el ramalazo del deseo al igual que un puñetazo ardiente en sus entrañas. Tenía que ser solo deseo por la misma facilidad con que se le despertaba—. Aún faltan dos horas para la boda.

—Es casi lo que necesitaré para arreglar a Laura. La he dejado con la señora T… Pensé que… bueno, que necesitaban estar a solas un par de minutos.

—¿Llorando otra vez?
—Las madres lloran el día que las hijas se casan porque saben muy bien en dónde se meten.

Él se rió y le tendió la mano.
—¿Sabes, duquesa? Serías una novia interesante… Margo tomó la mano que le ofrecía. A lo largo de los años, sus dedos se habían entrelazado cientos de veces. No pasó nada diferente esta vez.

—¿Es un cumplido? —le preguntó.
—Más bien una observación.

Josh la acompañó así a la sala, donde los candelabros de plata sostenían finas velas blancas y se habían dispuesto suntuosos arreglos florales: jazmín, rosas, gardenias… Todas blancas sobre fondo blanco y aportando su fragancia a la embriagadora atmósfera de la habitación en la que la luz entraba a raudales por las altas y arqueadas ventanas. En la repisa de la chimenea había varias fotos enmarcadas en plata. Ella estaba allí, pensó Margo, como parte de la familia. Sobre el piano estaba el frutero de cristal tallado de Waterford en el que Margo había gastado inconscientemente sus ahorros con ocasión de las bodas de plata de los Templeton.

Trató de grabarlo bien todo en su memoria, todos y cada uno de los detalles. Los suaves colores de la alfombra de Aubusson, la delicada talla de las patas de las sillas Reina Ana, la intrincada marquetería del mueble de música…

—¡Es tan hermoso todo…! —murmuró.
—¿Cómo dices? —Josh estaba ocupado en romper el precinto de estaño de una botella de champán que había traído de la cocina.

—La casa. ¡Está preciosa!
—Annie se ha superado —asintió él refiriéndose a la madre de Margo—. Va a ser una boda sensacional.

Fue su tono lo que hizo que Margo volviera la mirada a él. Conocía tan bien todos los matices de su expresión, los sutiles tonos de voz…

—No te cae bien Peter —dijo.

Josh se encogió de hombros y descorchó la botella con una diestra presión del pulgar.

—Yo no voy a casarme con Ridgeway. Es Laura quien se casa.

Margo sonrió:
—Yo no lo soporto. Estirado, siempre con aires de superioridad…

Él le devolvió la sonrisa, relajado de nuevo.
—Tú y yo solemos coincidir acerca de las personas, aunque no sea en mucho más.

—Probablemente coincidiríamos más si no disfrutaras metiéndote conmigo —replicó Margo al tiempo que, consciente de que él aborrecía aquel gesto, le daba un cachetito en la mejilla.

—Mi obligación es meterme contigo. —Le agarró la muñeca, torciéndosela—. Te sentirías desatendida si no lo hiciera.

—Te has vuelto más desagradable todavía, ahora que has conseguido un título de Harvard. —Tomó una copa—. Por lo menos, finge ser un caballero. Sírveme un poco de champán, anda. —Viendo que él la miraba con aire dubitativo, puso los ojos en blanco—. ¡Por amor de Dios, Josh…! Tengo dieciocho años. Si Laura tiene ya edad para casarse con ese memo, yo soy lo bastante mayor para beber champán.

—Solo una copa —replicó Josh, poniendo tono de hermano mayor—. No quiero que después vayas haciendo eses por el pasillo.

Notó con divertida desilusión que ella lo miraba como si hubiera nacido con una copa de champán en las manos…, y hombres a sus pies.

—Supongo que deberíamos brindar por la novia y el novio —dijo ella frunciendo los labios, como si estudiara las burbujas que surgían tan alegremente en la copa—. Pero temo atragantarme y me sabría mal echar todo a rodar. —Hizo una mueca y bajó la copa—. ¡Es todo tan rematadamente serio…! Odio ser vulgar, pero me parece que no puedo evitarlo.

—No es ser vulgar: es ser sincero —dijo él encogiéndose de hombros—. Quizá podamos ser vulgares y sinceros juntos. Y con Laura luego. Espero que sepa bien lo que está haciendo.

—Ella le quiere —dijo Margo, que bebió un sorbo y decidió que el champán sería en adelante su bebida predilecta—. Solo Dios sabe por qué, o por qué piensa que tiene que casarse para poder acostarse con él.

—¡Qué manera de hablar una señorita!
—Bueno…, seamos realistas. —Se acercó a la puerta del jardín y dejó escapar un suspiro—. El sexo es una razón estúpida para querer casarse. En realidad, yo no creo que exista ninguna buena razón para hacerlo. Bien es verdad que Laura no va a casarse con Peter solo por el sexo… —Impaciente, golpeó con el dedo el cristal y prestó atención al tintineo—. Es demasiado romántica. Él es mayor, tiene más experiencia, más encanto…, para quien le guste eso. Y, además, está ya metido en este negocio, de forma que podrá introducirse enseguida en el imperio Templeton y dirigirlo para que ella pueda seguir viviendo en esta casa o elegir alguna otra cerca. Probablemente es la solución perfecta para ella.

—No te eches a llorar ahora…
—No, no voy a hacerlo, de veras… —La ayudó, sin embargo, sentirse confortada por la mano que él había apoyado en su hombro y se inclinó hacia él—. Es que voy a echarla tanto de menos…

—Regresarán dentro de un mes.
—Yo ya no estaré aquí. —No había querido decirlo, al menos a él, y ahora que se le había escapado, dio al punto marcha atrás—. No se lo digas a nadie. Necesito decírselo yo personalmente.

—Decirles ¿qué? —A Josh no le hacía ninguna gracia la sensación de nudo que se le había formado en el estómago—. ¿Dónde demonios piensas ir?

—A Los Ángeles. Esta noche.

Muy propio de ella, pensó Josh, al tiempo que sacudía la cabeza.

—¿Qué ocurrencia es esta, Margo? —preguntó.
—No es ninguna ocurrencia. Lo he pensado mucho —tomó un sorbo más y se alejó de él. Le resultaba más sencillo ser clara cuando no podía apoyarse en él—. Tengo que empezar a vivir por mi cuenta. No puedo quedarme aquí para siempre.

—La universidad…
—Eso no es para mí. —Se le iluminaron los ojos con el frío fuego azul del centro de una llama. Iba a emprender algo por su cuenta. Y, si era egoísta, ¡pues que lo fuera!—. Eso es lo que quiere mamá, pero no lo que quiero yo. Y no puedo seguir viviendo aquí como la hija del ama de llaves.

—No seas ridícula. —Se sentía capaz de rechazar aquella idea como quien sacude una pelusilla en la tela—. Tú eres de la familia.

Margo no podía discutírselo, pero, con todo…
—He de empezar a vivir mi propia vida —dijo tercamente—. Vosotros habéis empezado a hacerlo. Tú vas a ir a la facultad de derecho. Kate irá pronto a Harvard a pasar allí todo un año gracias a su talento. Laura se casa.

Él la entendió ahora y su primera reacción fue desdeñosa: —Estás compadeciéndote de ti misma… —le dijo. —Quizá sí. ¿Tiene algo de malo? —Se sirvió más champán en su copa, desafiándolo—. ¿Por qué está mal sentir algo de compasión por una misma, cuando todos los que te importan van a hacer lo que quieren y tú no? Bueno…. Voy a hacer lo que quiero.

—Ir a Los Ángeles…, ¿y luego?
—Buscaré trabajo. —Bebió otro sorbo, considerando la pregunta, viéndose perfectamente a sí misma. Centrada bajo los focos de su excitación—. Trabajaré como modelo. Mi cara aparecerá en las portadas de todas las revistas importantes de allí.

Tenía cara para ello, pensó él. Y un cuerpo adecuado. Irresistible. Despampanante, de una belleza casi criminal.

—¿Y esa es toda tu ambición? —preguntó, fingiendo una media sonrisa—. ¿Conseguir que te fotografíen?

Margo levantó la barbilla y lo escrutó con la mirada. —Voy a ser rica, y famosa, y feliz. Y lo voy a conseguir por mí misma, sin que papaíto y mamaíta tengan que pagar dinero para que yo salga adelante. Yo no tendré detrás una confortable fortuna para respaldarme.

Los ojos de Josh se contrajeron peligrosamente:
—No te metas conmigo, Margo. Tú no sabes lo que es trabajar, asumir responsabilidades para abrirte camino.

—¡Ah! ¿Y tú sí? Nunca has tenido que preocuparte por nada más que chasquear los dedos para que se presentara un criado con bandeja de plata y te sirvieras.

Herido como si hubiera sido insultado, le replicó furioso:

—Pues tú has comido de esa maldita bandeja durante la mayor parte de tu vida.

El rubor de la vergüenza encendió las mejillas de Margo. —Puede que eso sea cierto, pero a partir de ahora compraré mis propias fuentes.

—¿Con qué? —preguntó él, abarcando con sus tensos dedos el rostro de la muchacha—. ¿Con tu linda cara? Mira, duquesa… Las calles de Los Ángeles están llenas de mujeres hermosas. Te engullirán y te escupirán antes de que sepas qué te ha golpeado.

—¡Que te crees tú eso! —dijo ella, sacudiendo la cabeza para liberarse—. Seré yo quien me las coma, Joshua Conway Templeton. Y ninguno va a poder detenerme.

—¿Por qué no nos haces a todos el favor de pensar por una vez en tu vida antes de meterte en algo de lo que todos tendremos que sacarte? ¡En mal momento te pones a actuar así! —Dejó su copa para poder meterse las manos en los bolsillos—. Es el día de la boda de Laura; mis padres están medio desquiciados porque piensan que es demasiado joven. Tu misma madre va de un lado para otro con los ojos rojos de llorar.

—No pienso estropear el día de la boda de Laura. Aguardaré a que hayan salido para la luna de miel.

—¡Cuánta consideración por tu parte! —Dio una vuelta sobre sí mismo echando chispas—. ¿Se te ha ocurrido pensar en cómo va a sentirse Annie si te vas?

Margo se mordió el labio inferior.
—No puedo ser lo que ella quiere que sea. ¿Es que no hay nadie capaz de entenderlo?

—¿Y qué crees que sentirán mis padres pensando que estás sola en Los Ángeles?

—No vas a conseguir que me sienta culpable —murmuró Margo, aunque era eso precisamente lo que sentía—. Ya me he decidido.

—¡Maldita sea, Margo! —la agarró por los brazos, haciéndole perder el equilibrio, de forma que fue a caer sobre él.

Con tacones altos, sus ojos quedaban a la misma altura que los de él.

El corazón le golpeaba dolorosamente contra las costillas. Pensó…, sintió…, que algo iba a ocurrir. Allí mismo. En aquel preciso instante.

—Josh… —dijo en voz baja, con la voz ronca y temblorosa. Sus dedos se clavaban en los hombros de él y en su interior bullía todo, anhelante.

Un fuerte ruido de pasos en la escalera hizo que los dos se enderezaran. Cuando Margo pudo arreglárselas para recobrar la respiración, él tenía los ojos clavados en ella. Kate entraba en la habitación en aquel instante, taconeando con fuerza.

—¡No puedo creer que tenga que vestirme con algo semejante! Siento que parezco una idiota. Las faldas largas son muy poco prácticas y no haces más que tropezarte con ellas. —Kate dejó de tirarse del elegante vestido de seda que llevaba puesto y miró pensativa a Margo y a Josh. Por un momento le parecieron dos lustrosos gatos a punto de enzarzarse en una pelea—. ¿Estáis pensando vosotros dos en tener una riña ahora? Yo estoy al borde de un ataque. Dime, Margo… ¿Te parece a ti bien este vestido? Y, si es así, ¿por qué? ¿Es champán eso? ¿Puedo tomar un poco?

La mirada de Josh siguió fija en Margo unos instantes más, indecisa.

—Ahora iba a subírselo a Laura —respondió. —¡Ponme un sorbo antes, corcho! —Contrariada, Kate siguió con la mirada a Josh mientras este abandonaba la sala—. ¿Qué diablos le pasa? —preguntó.

—Lo de siempre: que es un arrogante sabelotodo. No lo aguanto —dijo Margo rechinando los dientes.

—Ah, bueno…, si no es más que eso, hablemos de mí. Ayúdame —le pidió, extendiendo los brazos.

—Kate… —Margo se llevó las yemas de los dedos a las sienes y suspiró después—. Mira, Kate…, estás maravillosa. Salvo por ese corte de pelo que te han hecho.

—¿A qué te refieres? —Kate se remetió unos mechones por debajo del exiguo sombrerito negro—. El pelo es lo mejor que tengo. Apenas puedo peinarlo.

—Y que lo digas. Bueno…, en cualquier caso, lo taparemos bien con el sombrero.

—De eso precisamente quería hablarte: del sombrero. —Te lo pondrás. —Instintivamente, Margo le tendió su copa de champán para compartirla entre ambas—. Te hace muy elegante. Muy a lo Audrey Hepburn.

—Lo haré por Laura —murmuró Kate, que luego se dejó caer con poca gracia en una silla y cruzó una sobre otra las piernas por debajo del vestido de seda, ayudándose con el brazo—. Tengo que decírtelo, Margo. Peter Ridgeway me da mala espina.

—¡Bienvenida al club!

Los pensamientos de Margo seguían puestos en Josh. ¿De verdad había estado a punto de besarla? No, aquella idea era ridícula. Lo más probable era que hubiera querido sacudirla como un chiquillo irritado porque su juguete no funcionaba a su antojo.

—No te sientes así, Kate. Arrugarás el vestido.
—¡Vaya por Dios! —dijo Kate, al tiempo que se incorporaba a regañadientes como un lindo potrillo de ojos desmesuradamente abiertos—. Sé que esto no les hace felices a tío Tommy y a tía Susie. Tratan de aparentarlo porque Laura es tan dichosa que prácticamente irradia felicidad. Y yo también quiero sentirme dichosa por ella, Margo.

—Lo seremos, pues. —Margo se sacudió de encima todas sus preocupaciones acerca de Josh, las de su futuro, las de Los Ángeles. Lo importante ahora era Laura—. Tenemos que apoyar a los que queremos, ¿no?

—Aun cuando hayan perdido la chaveta —dijo Kate suspirando, y tendió a Margo la copa de champán—. Entonces, supongo que deberíamos subir para estar a su lado.

Subieron al piso de encima. Ya en la puerta del cuarto de Laura se detuvieron un momento y unieron sus manos.

—No me explico por qué estoy tan nerviosa —murmuró Kate—. Se me revuelve el estómago.

—Es porque estamos juntas en esto —dijo Margo apretándole la mano—. Como siempre —añadió abriendo la puerta.

Laura estaba sentada ante el tocador, dando los últimos toques a su maquillaje. Con su larga bata blanca, parecía ya la novia perfecta. Llevaba recogidos sus cabellos rubios, pero algunos rizos le caían, coqueteando, alrededor de la cara. Susan estaba detrás, ataviada ya para la ceremonia con un vestido de color rosa intenso con aplicaciones de encaje.

—Son perlas antiguas —estaba diciendo sin darle importancia. En la superficie resplandeciente del espejo, enmarcado en palisandro tallado, sus ojos se encontraban con los de su hija—. De tu abuela Templeton. —Le ofreció a Laura unos preciosos pendientes—. Me los dio el día de mi boda. Ahora son tuyos.

—¡Oh, mamá! Vas a hacerme llorar otra vez.
—Ni hablar de eso ahora —intervino Ann Sullivan. Estaba muy elegante y discreta con su mejor vestido azul marino, con sus cabellos de color rubio oscuro cortos y ondulados—. Nuestra novia no puede tener hoy los ojos hinchados. Tienes que ponerte algo prestado, así que pensé… que podías llevar mi relicario bajo tu vestido.

—¡Oh, Annie…! —Laura se levantó de un salto para darle un abrazo—. Gracias, muchas gracias. ¡Me siento tan feliz!

—¡Ojalá puedas conservar el resto de tu vida la mitad de esa felicidad…!

Sintiendo que se le anegaban los ojos, Ann se aclaró la garganta y se apartó para alisar una vez más la colcha de flores de la cama con baldaquino de Laura.

—Será mejor que baje ahora a ver si la señora Williamson se está apañando con los proveedores.

—Seguro que a la señora Williamson le va bien —dijo Susan, reteniendo la mano de Ann, sabedora de que su cocinera de toda la vida era capaz de meter en cintura a los proveedores más quisquillosos—. Ah, aquí llegan las damas de honor; justo a tiempo para vestir a la novia. ¡Y qué guapísimas que están!

—Sí que lo están —asintió Ann, al tiempo que dirigía una mirada crítica a su hija y a Kate—. Señorita Kate, tendría usted que ponerse más lápiz de labios. Y tú menos, Margo.

—Bebamos antes una copa —dijo Susan tomando la botella de champán—, ya que Josh ha tenido la atención de subirnos esta botella.

—Nosotras hemos traído una copa —dijo Kate, omitiendo con pillería que ya habían bebido—. Por si acaso.

—Bueno…, supongo que la ocasión lo merece. Pero solo un sorbo —las previno Ann—. Os conozco, chicas, y sé que estaréis piripis cuando llegue la hora de la fiesta.

—Yo ya me siento un poco mareada —reconoció Laura observando las burbujas que se alzaban en su copa—. Pero quiero hacer un brindis, por favor. Por las mujeres de mi vida. Por mi madre, que me ha enseñado que el amor hace que florezca el matrimonio. Por mi amiga —añadió, volviéndose a Ann—, que me ha escuchado siempre. Y por mis hermanas, que han sido para mí la mejor de las familias. Os quiero muchísimo a todas.

—Ya está… —dijo Susan ocultando la cara en la copa—. ¡Adiós a mi maquillaje otra vez!

—Perdón, señora…, señora Templeton. —Una doncella acababa de asomarse a la puerta y miraba a Laura con los ojos muy abiertos. Después contaría en las habitaciones del servicio que había sido para ella algo parecido a una visión encontrarse de pronto con todas aquellas encantadoras mujeres de pie en la habitación y con la luz del sol entrando a raudales y trazando sobre ellas los delicados motivos de los ondulantes visillos de encaje—. Joe, el jardinero, está discutiendo con el hombre que ha venido a colocar las mesas y las sillas en el jardín.

—Ahora iré a ver —comenzó a decir Ann.
—Iremos las dos —dijo Susan, acariciando a Laura en la mejilla—. Trataré de estar ocupada para no andar con lloriqueos. Margo y Kate te ayudarán a vestirte, cariño. Es como debe ser.

—No os arruguéis los vestidos —ordenó Ann; pasó luego el brazo por los hombros de Susan, murmuró algo y salieron las dos de la habitación.

—¡No me lo puedo creer! —comentó Margo con una gran sonrisa—. Mamá estaba tan trastornada que ha dejado aquí la botella. ¡Bebamos, chicas!

—Bueno…, tal vez una copa más —decidió Kate—. Tengo tal tembleque en el estómago que temo vomitar.

—Como se te ocurra hacer eso, te mato —dijo Margo; luego, inconscientemente, bebió otro sorbo de champán. Le gustaba la singular sensación del cosquilleo bajando por la garganta y burbujeando después en su cerebro. Así quería sentirse el resto de su vida—. Vale, Laura…, veamos por fin cómo te queda ese maravilloso vestido.

—Está sucediendo realmente —murmuró Laura.
—Sí. Pero, si quieres volverte atrás…
—¿Volverme atrás? —Soltó una carcajada mientras Kate y Margo sacaban ya reverentemente de la funda protectora el vestido de seda color marfil, con su larga cola—. ¿Estáis locas? Esto es todo cuanto he soñado en la vida. Mi día de bodas, el comienzo de mi vida con el hombre que amo. —Con los ojos empañados, dio una vuelta sobre sí mientras se quitaba la bata—. ¡Es tan dulce, tan apuesto, tan amable y paciente!

—Está queriéndonos decir que no la ha presionado para darse el lote con ella —comentó Margo.

—Respetó que yo quisiera esperar a nuestra noche de bodas. —La expresión remilgada de Laura se trocó de pronto en un estallido de júbilo—. Yo no sé esperar.

—Ya te advertí que no era nada del otro mundo.
—Lo será cuando estés enamorada. —Se introdujo cuidadosamente en el vestido que Margo sostenía delante de ella—. Tú nunca estuviste enamorada de Biff.

—No, pero me moría de ganas de hacer el amor con él, lo que ya es algo. No estoy diciendo que no fuera agradable; lo fue. Pero pienso que es algo que requiere práctica.

—Tendré mucha práctica. —El corazón de novia de Laura palpitó con fuerza al pensarlo—. Como mujer casada, quiero decir. ¡Oh, miradme!

Se estaba viendo, atónita, en el espejo Chevel del dormitorio. Metros y metros de seda de color marfil en la que centelleaba el aljófar. Mangas de corte romántico abultadas en los hombros y ceñidas perfectamente después. Cuando Kate y Margo hubieron acabado de sujetar la cola, Kate la arregló para dejarla convertida en un artístico rebujo de seda bordada.

—El velo —dijo Margo conteniendo las lágrimas. Con la ventaja de su estatura, saltó con facilidad el montón de seda tendido limpiamente en el suelo y tomó de él unos metros de tul. Su amiga más querida, pensó mientras se le escapaba una lágrima. Su hermana del alma. En un momento crucial de su vida. No pudo contenerse—: ¡Oh, Laura…! Pareces la princesa de un cuento de hadas. De verdad que sí.

—Me siento hermosa. Absolutamente hermosa.
—Sé que he dicho muchas veces que era un vestido demasiado recargado —se las arregló Kate para decir, sonriendo con ojos llorosos—. Pero me equivocaba. Es perfecto. Ahora mismo voy a buscar mi máquina de fotos.

—¡Como si no fuéramos a tener un millón y medio de fotos una vez que concluya la ceremonia! —exclamó Margo cuando Kate salió apresuradamente del cuarto—. Yo iré a buscar al señor T. Ya te veré luego en la iglesia…, espero.

—Sí. Sé que algún día tú y Kate vais a sentiros tan felices como yo me siento ahora. Y ya estoy deseando participar de esa felicidad vuestra.

—Acabemos contigo primero.

Margo salió de la habitación, pero ya en la puerta se volvió de nuevo a mirar. Temía que nada ni nadie conseguiría hacerla sentir lo que fuera que iluminaba de esa forma los ojos de

Laura. Por eso se dijo, mientras cerraba suavemente la puerta, que ella se contentaría con conseguir fama y fortuna.

Encontró al señor T. en su dormitorio, mascullando imprecaciones y tratando de hacerse el nudo de su corbata de etiqueta. Estaba muy apuesto con su chaqué gris perla, que parecía hacer juego con el color de sus ojos. Tenía unos hombros anchos que invitaban a una mujer a reclinarse en ellos, pensó Margo, y esa estatura maravillosamente masculina que Josh había heredado. Ahora fruncía el ceño mientras rezongaba, pero su rostro era perfecto con la nariz recta, el mentón firme y las arruguitas que se formaban alrededor de su boca.

«Un rostro perfecto —volvió a decirse en el mismo instante de entrar—. Un rostro paternal.» —¡Ay, señor T…! ¿Cuándo aprenderá usted a lidiar con estas corbatas?

La cara ceñuda de él se transformó en sonrisa.
—Nunca —respondió—, mientras tenga a mano una linda mujer que se moleste en hacerlo por mí.

Con actitud amable, Margo se le acercó para arreglar el lío que él había hecho con la lazada.

—Está usted muy guapo.
—Con mis chicas allí, nadie me mirará dos veces, ni a mí ni a ningún otro hombre. Se te ve más hermosa que un sueño, Margo.

—Pues aguarde a ver a Laura. —Advirtió ella un temblor de inquietud en sus ojos, y le dio un beso en la tersa y rasurada mejilla—. No esté usted preocupado, señor T.

—Mi pequeña se ha hecho mayor ante mis propios ojos. Es duro dejar que él se la lleve de mi lado.

—Él nunca hará eso. Nadie podría hacerlo. Pero lo comprendo. También a mí se me hace duro. Llevo todo el día compadeciéndome de mí misma, cuando debería sentirme feliz por ella.

Se oyeron pasos apresurados en el salón.

Kate con su cámara, pensó Margo, o uno de los criados, ocupándose de un pequeño detalle de última hora. Siempre había gente en Templeton House, inundándola de sonidos, de luz y de movimiento. Jamás podías sentirte sola allí.

Su corazón palpitó de nuevo con fuerza ante la idea de marcharse, de estar sola. Pero, junto con el temor, entrañaba también una expectativa embriagadora. Como un primer sorbo de champán, cuando el rico burbujeo estallaba sobre la lengua. Como un primer beso, la suave y sensual cita de unos labios.

¡Había tantas cosas pendientes de ocurrir una primera vez, que estaba ansiosa por experimentarlas!

—Todo está cambiando, ¿verdad, señor T.?
—Nada permanece igual para siempre, por mucho que uno desee que no cambie. Dentro de unas pocas semanas, tú y Kate iréis a la universidad. Josh volverá a la facultad de derecho. Y Laura se convertirá en esposa. Susie y yo estaremos dando vueltas por esta casa como un par de sacos de huesos. —Lo cual era, sin duda, uno de los motivos de que él y su mujer estuvieran pensando en trasladarse a Europa—. La casa ya no será igual si no estáis.

—La casa seguirá siempre igual. Eso es lo más maravilloso que tiene. —¿Cómo podía decirle que ella también iba a irse esa misma noche? Corriendo tras algo que pudiera llamar suyo, con tanta certeza como su cara reflejada en el espejo—. El viejo Joe seguirá cuidando sus rosales, y la señora Williamson manteniendo bien firmes a todos en la cocina. Mamá seguirá limpiando la plata, porque está convencida de que no hay nadie más capaz de hacerlo bien. La señora T. lo arrastrará a usted cada mañana a la pista de tenis para darle una buena paliza. Y usted seguirá pegado al teléfono, conviniendo entrevistas y vociferando órdenes.

—Yo no vocifero nunca —protestó él con un nuevo destello de luz en los ojos.

—Usted vocifera siempre: es parte de su encanto. —Margo deseaba llorar, por la infancia que se le había escapado rápidamente, cuando pensaba que no iba a acabar nunca. Por la parte de su vida que dejaba tras ella ahora, aunque se hubiese esforzado tanto en alejarla de sí. Por la mujer cobarde que sentía en ella y que se acoquinaba ante la idea de confesarle que estaba a punto de marcharse…—. Lo quiero, señor T. —concluyó.

Interpretando erróneamente sus palabras, él la besó en la frente.

—Mira, Margo… No pasará mucho tiempo antes de que yo recorra contigo el pasillo de la iglesia para entregarte a algún guapo mozo que difícilmente será todo lo bueno que tú te mereces.

Ella se esforzó en tomarlo a risa, porque el llanto hubiera dado al traste con todo.

—No pienso casarme con nadie…, a menos que sea el vivo retrato de usted. Venía a decirle que Laura le está esperando ya. —Dio un paso atrás, recordando que era el padre de Laura, no el suyo. Y que aquel era el día de Laura, no su día—. Iré a ver si tienen ya a punto los coches.

Bajó corriendo la escalera, y allí estaba Josh, deslumbrante en su traje de etiqueta, que la miró con el ceño fruncido al verla detenerse sin aliento.

—No me riñas ahora —le ordenó Margo—. Laura bajará en un minuto.

—No te reñiré. Pero tenemos que hablar luego.
—De acuerdo.

En realidad, no tenía la menor intención de hacerlo. Al momento siguiente de que hubieran lanzado a la pareja el último grano de arroz, haría un rápido y silencioso mutis. Llevaba ya puesto el sombrero que había bajado de su cuarto; se acercó al espejo para mirarse en él e instintivamente ajustó la amplia ala azul buscando la forma más favorecedora.

«Esto es todo lo que tengo —pensó, estudiando su cara—. Lo que me ha de dar fama y fortuna. ¡Y por Dios que le sacaré partido!»

Luego alzó la barbilla, se encontró con sus ojos en el espejo y deseó empezar.