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C! ¡

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uál es el mejor lugar del Universo para que viva un cerdo?», escribía Annie en el teclado de Cosmos, el superordenador.

—Seguro que Cosmos lo sabe —sentenció la niña con seguridad—. Él le encontrará a Freddy un sitio mejor que esa asquerosa granja.

En realidad, la granja en la que vivía ahora el cerdo Freddy era un sitio muy agradable. Al menos, todos los demás animales parecían vivir felices en ella. Solo Freddy, el queridísimo cerdo de George, era desgraciado.

—Me siento fatal —dijo George con tristeza mientras Cosmos, el superordenador más potente del mundo, examinaba sus miles de millones de archivos para intentar responder a la pregunta de Annie sobre los cerdos—. Freddy estaba tan disgustado que ni siquiera me miró.

—¡A mí sí que me miró! —dijo Annie con convicción, mirando fijamente la pantalla—. Además, estoy segura de que me envió un mensaje con sus ojitos porcinos. Decía: ¡

SOCO

«¿

RRO

LUCY Y STEPHEN HAWKING

La excursión para visitar a Freddy en la granja de las afueras de Foxbridge, la ciudad universitaria en la que vivían George y Annie, no había sido precisamente un éxito. Cuando Susan, la madre de Annie, llegó para recogerlos al final de la tarde, le sorprendió ver a George congestionado y furioso, y a Annie a punto de llorar.

—¡George! ¡Annie! —dijo Susan—. ¿Qué os pasa a los dos? —¡Es Freddy! —estalló Annie, saltando al asiento trasero del coche—. Odia la granja.

Freddy era el cerdo mascota de George. La abuela de George se lo había regalado por Navidad cuando era un lechoncillo. Los padres de George eran ecologistas militantes, lo que significaba que también eran muy mirados con los regalos. No les gustaba que todos los juguetes que acababan siendo desechados o rotos durante las fiestas de Navidad se acumularan después en enormes montones de plástico y metal viejo, que acabarían flotando en los mares, ahogando a las ballenas y estrangulando a las gaviotas, o formando feas montañas de basura en la tierra.

La abuela de George sabía que si le hacía un regalo corriente, los padres de George se lo devolverían de inmediato. Se dio cuenta de que, si quería que George se quedara con su regalo de Navidad, tenía que pensar en algo especial, algo que ayudara al planeta, en lugar de destruirlo.

Por eso, una fría Nochebuena, George encontró una caja de cartón en la puerta de su casa: dentro había un cochinillo rosado y una nota de la abuela que decía: «¿Puedes darle un buen hogar a este cerdito?». George estaba emocionado. Tenía un regalo de Navidad que sus padres seguro que le dejarían conservar; y, lo que era aún mejor, ¡era dueño de un cerdo propio!

EL ORIGEN DEL UNIVERSO

Pero el problema que tienen los cerditos rosados es que crecen. Van creciendo y creciendo hasta que son enormes, demasiado grandes para el jardín trasero de una casa normal, con una estrecha franja de terreno y verduritas achaparradas creciendo entre las dos vallas que lo separan de los jardines vecinos. En realidad, los padres de George eran blandos de corazón, y Freddy, que así bautizó George al cerdo, estuvo viviendo en su cochiquera del jardín hasta que alcanzó un tamaño gigantesco: ahora parecía más un elefantito que un cerdo. A George no le importaba cuánto creciera Freddy: quería mucho a su cerdo y se pasaba largas horas en el jardín, hablando con él o simplemente sentado a su enorme sombra, leyendo libros sobre las maravillas del Universo.

Pero la verdad era que al padre de George, Terence, nunca le había gustado Freddy. Era demasiado grande, demasiado porcino, demasiado rosa, y encima le gustaba bailar en el cuidado huerto de verduras de Terence, pisoteando sus espinacas y sus brécoles, y mordisqueando sin consideración las hojas de sus zanahorias. El verano pasó, antes de que nacieran las gemelas, toda la familia pasaron fuera las vacaciones y Terence se había dado muchísima prisa en encontrarle a Freddy una plaza en una granja infantil cercana, prometiéndole a George que cuando todos volvieran, el cerdo podría regresar a casa.

Pero eso nunca llegó a ocurrir. George y sus padres regresaron de sus aventuras, y los vecinos de George —el científico Eric, su mujer Susan y su hija Annie— volvieron después de haber estado viviendo en Estados Unidos. Después, la madre de George tuvo dos niñas gemelas, Juno y Hera, que primero lloraban, gorjeaban y sonreían. Y, después, volvían a llorar. Y cada vez que una de ellas dejaba de llorar, había

LUCY Y STEPHEN HAWKING

un maravilloso silencio de medio segundo, pero después empezaba el otro bebé, y no paraba hasta que George pensaba que el cerebro le iba a estallar y se le iba a salir por las orejas. Su padre y su madre siempre parecían estresados y cansados, y George se sentía mal si tenía que pedirles algo. Así que cuando Annie volvió de Estados Unidos, empezó a colarse por el agujero de la valla de atrás cada vez con más frecuencia, hasta que prácticamente acabó viviendo en la casa de al lado con su amiga, su familia de chiflados y el superordenador más potente del mundo.

Pero para Freddy era peor, porque él nunca regresó a casa. Cuando nacieron las niñas, el padre de George dijo que ya tenían bastante lío sin que un cerdo hecho y derecho ocupara la mayor parte del jardín trasero.

—Al fin y al cabo —le dijo en tono bastante pomposo a George cuando este protestó—, Freddy es una criatura del planeta Tierra. Es decir, no te pertenece a ti: pertenece a la naturaleza.

Pero Freddy ni siquiera había podido quedarse en su pequeña y acogedora granja infantil, porque esta cerraba al empezar las vacaciones de verano. Freddy, junto con los demás animales, había sido trasladado a un sitio más grande, donde había razas poco corrientes de animales de granja y muchos visitantes, sobre todo durante el verano. George pensó que el cambio era algo parecido al que él y Annie hacían al pasar a la enseñanza secundaria: ir a un sitio mucho más grande. Daba un poco de miedo.

—¡Sí, ya, la naturaleza! —bufó para sus adentros al recordar los comentarios de su padre. Cosmos, el ordenador, seguía rumiando la complicada pregunta sobre el mejor lugar del Universo para un cerdo sin hogar—. Yo no creo que Freddy

EL ORIGEN DEL UNIVERSO

sepa que es una criatura del planeta Tierra. Solo quiere estar con nosotros.

—Se le veía tan triste —dijo Annie—. Seguro que estaba llorando.

En su excursión de aquel día a la granja, George y Annie habían encontrado a Freddy tumbado sobre su barriga en el suelo de la pocilga, con las patas extendidas a los lados, los ojos apagados y las mejillas hundidas. Los otros cerdos retozaban y parecían animados y en buena forma. La pocilga era espaciosa y bien ventilada, la granja estaba limpia y las personas que trabajaban allí eran simpáticas. Pero aun así, Freddy parecía perdido en un infierno porcino propio. George se sintió enormemente culpable. Las vacaciones de verano habían pasado y él no había hecho nada para que Freddy volviera a casa. Había sido Annie la que le propuso hacer la excursión a la granja, y la que dio la lata a su madre para que los llevara en coche y los recogiera después.

George y Annie habían preguntado a los trabajadores qué le pasaba a Freddy. También ellos parecían preocupados. Les explicaron que la veterinaria había dicho que Freddy no estaba enfermo; solo parecía muy desgraciado, como si languideciera de pena. Al fin y al cabo, se había criado en el tranquilo jardín trasero de George, y después se había mudado a una granja pequeña, con solo unos pocos niños que venían a acariciarlo. En la granja nueva estaba rodeado de animales ruidosos y desconocidos, y tenía montones de visitantes todos los días. Seguro que había sido un impacto muy grande. Freddy nunca había vivido con otros cerdos. No estaba nada acostumbrado a otros animales: en realidad, se consideraba más una persona que un cerdo. No entendía qué pintaba él en una granja donde los visitantes se asoma

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ban por encima del borde de la cerca de la pocilga para contemplarlo como papanatas.

—¿No podemos llevárnoslo a casa? —había preguntado George.

Los cuidadores se quedaron un poco perplejos. Había montones de normas y regulaciones acerca de trasladar a los animales, y pensaban que Freddy era ya demasiado grande para vivir en un jardín urbano.

—Pronto se sentirá mejor —le aseguraron a George—. Espera y verás. La próxima vez que vengas a visitarle, será muy diferente.

—Pero si ya lleva aquí varias semanas —protestó George. O los cuidadores no le oyeron cuando lo dijo, o decidieron no hacerle caso.

Pero Annie tenía sus propias ideas. En cuanto llegaron a su casa, empezó a hacer planes.

—No podemos traer a Freddy a tu casa —dijo, mientras encendía a Cosmos—, porque tu padre lo volvería a llevar a la granja. Y tampoco puede vivir aquí con nosotros.

Por desgracia, George sabía que aquello era cierto. Examinó el despacho de Eric: Cosmos estaba colocado en el escritorio, sobre montones de documentos científicos, rodeado por tambaleantes pilas de libros, tazas de té a medio beber y trozos de papel con importantes ecuaciones y fórmulas matemáticas garabateadas. El padre de Annie utilizaba el superordenador para trabajar en sus teorías sobre el origen del Universo. Y parecía que encontrar un hogar para un cerdo era casi igual de difícil.

Cuando Annie y su familia se instalaron en aquella casa, el cerdo de George había hecho una aparición espectacular: había entrado a la carrera en el despacho de Eric y había

EL ORIGEN DEL UNIVERSO

hecho volar los libros por el aire. Eric se había puesto muy contento, porque con todo aquel caos Freddy le había ayudado a encontrar un libro que había estado buscando. Pero en aquellos momentos George y Annie sabían que Eric no recibiría bien a un cerdo, aunque no tuviera hogar. Tenía demasiado trabajo para cuidar de un cerdo.

¡Ping! La pantalla de Cosmos volvió a la vida y empezó a destellar con luces de diferentes colores, señal inequívoca de que el gran ordenador estaba satisfecho de sí mismo.

—Te he preparado un resumen de las condiciones en nuestra zona cósmica local y su adecuación a la vida porcina —dijo el ordenador—. Por favor, haz clic en cada casilla para ver una lectura de las posibilidades de supervivencia de tu cerdo en cada planeta de nuestro sistema solar. Me he tomado la libertad de incluir —el ordenador soltó una risita para sí mismo— una ilustración para cada planeta, con mis propios comentarios.

—¡Bestial! —dijo Annie—. Cosmos, eres lo más.

En la pantalla de Cosmos había ocho casillas, cada una marcada con el nombre de un planeta del sistema solar. Empezó con la que iba marcada como

MERCURIO

...

LUCY Y STEPHEN HAWKING

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Mercurio

Júpiter

Cerdo a la brasa

Cerdo hundido

Venus

Saturno

Cerdo apestoso

Cerdo en órbita

Tierra

Urano

Cerdo feliz

Cerdo al revés

Marte

Neptuno

Cerdo saltarín

Cerdo ventilado

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NUESTRO SISTEMA SOLAR

Paso 5:

Los planetas «limpiaron» sus órbitas, incorporando todos los fragmentos de materia que encontraban en su camino.

Paso 6:

Cientos de millones de años después,
los planetas se establecieron en órbitas
estables, las mismas órbitas que siguen hoy.

Los fragmentos de materia que sobraron acabaron en el cinturón de asteroides, entre Marte y Júpiter, o mucho más lejos, más allá de Plutón, en el cinturón de Kuiper.

¿Hay otros sistemas solares como el nuestro?

Durante varios siglos, los astrónomos sospecharon que otras estrellas del Universo podrían tener plane tas en órbita a su alrededor. Sin embargo, el primer exoplaneta no se confirmó hasta 1992: está en órbita alrededor del cadáver de una estrella
gigante. El primer planeta alre
dedor de una estrella «viva» y
brillante se descubrió en el
año 1995. Desde entonces,
se han descubierto más de
400 exoplanetas, algunos
de ellos alrededor de esR>trellas muy similares al Sol.

Esto es solo el principio.

Aunque solo el 10 por ciento
de las estrellas de nuestra galaxia
tuvieran planetas en órbita a su alrededor, eso significaría que hay más de 200.000 millones de sistemas solares solo en la Vía Láctea.

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Como Júpiter es el más grande, puede que haya hecho la mayor parte de la limpieza.

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Algunos de ellos pueden ser similares a nuestro sistema solar. Otros pueden ser muy diferentes. Los planetas de un sistema solar binario, por ejemplo, pueden ver dos soles salir y ponerse en el firmamento. Conociendo la distancia desde la estrella a sus planetas —y el tamaño y la edad de la estrella— se puede calcular la probabilidad de que exista vida en esos planetas.

La mayoría de los exoplanetas que hemos encontrado en otros sistemas solares son enormes —tan grandes como Júpiter o mayores—, porque estos son más fáciles de detectar que los planetas pequeños. Pero los astrónomos están empezando a descubrir planetas rocosos más pequeños, con órbitas a la distancia adecuada de su estrella, que podrían parecerse más al planeta Tierra.

confirmó que su misión Kepler había localizado un planeta parecido a la Tierra orbitando alrededor de una estrella situada a 500 años luz de distancia. Este nuevo planeta, Kepler, es 1,4 veces más grande que el nuestro, y es el más similar a la Tierra que hemos encontrado hasta ahora.

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