La puerta de embarque estaba repleta de viajeros cansados, la mayoría de pie y arrimados a las paredes porque la escasa dotación de sillas de plástico estaba ocupada desde hacía mucho tiempo. Cada avión que llegaba y partía daba cabida a por lo menos ochenta pasajeros, pero en la puerta solo había asientos para unas pocas docenas.
Parecía que había mil personas esperando el vuelo de las siete de la tarde a Miami. Estaban abrigados y muy cargados, y en general, después de luchar contra el tráfico, los controles y las multitudes de los pasillos, estaban domesticados. Era el domingo después de Acción de Gracias, uno de los días más ajetreados del año para los viajes aéreos, y mientras empujaban y eran empujados hacia el interior de la puerta muchos se preguntaban, y no por primera vez, por qué habían elegido precisamente ese día para volar.
Las razones eran variadas e irrelevantes por el momento. Algunos procuraban sonreír. Otros intentaban leer, pero las apreturas y el ruido lo ponían difícil. Otros se limitaban a mirar fijamente el suelo y esperar. Cerca, un Santa Claus negro y flaco hacía sonar una molesta campana y entonaba monótonas salutaciones navideñas.
Una pequeña familia se acercó, y al ver el número de la puerta y la multitud, se detuvo en el extremo de la sala y comenzó su espera. La hija era joven y guapa. Se llamaba Blair y era evidente que salía de viaje. Sus padres no. Los tres miraron a la muchedumbre y también ellos, en aquel momento, se preguntaron por qué habían elegido aquel día para viajar.
Las lágrimas ya habían terminado, al menos la mayor parte. Blair tenía veintitrés años, recién salida de la universidad con un buen expediente, pero no preparada para ejercer una carrera. Un amigo de la facultad estaba en África con el Peace Corps, y esto había inspirado a Blair a dedicar los dos años siguientes a ayudar a los demás. Su destino era el este de Perú, donde enseñaría a leer a niños analfabetos. Viviría en una chabola sin agua corriente, ni electricidad ni teléfono, y estaba ansiosa por emprender su viaje.
El vuelo la llevaría a Miami, después a Lima, y a continuación tres días en autobús por las montañas, rumbo a otro siglo. Por primera vez en su joven y protegida vida, Blair iba a pasar las Navidades lejos de casa. Su madre le agarró la mano y procuró ser fuerte.
Todos los adioses se habían dicho ya. Por centésima vez se le había preguntado: «¿Estás segura de que esto es lo que quieres?».
Luther, su padre, estudió a la multitud con una mueca de desprecio en la cara. Qué locura, se dijo. Las había dejado en la acera y después había conducido varios kilómetros para aparcar en un solar próximo. Un autobús abarrotado lo había llevado de vuelta a la zona de salidas, y desde allí se había abierto paso a codazos con su mujer y su hija hasta esa puerta. Le entristecía que Blair se marchara y detestaba la hormigueante horda de gente. Estaba de mal humor. Las cosas iban a ponerse peor para Luther.
Los atormentados agentes de la puerta cobraron vida y los pasajeros avanzaron centímetro a centímetro. Se dio el primer aviso, el que pedía que pasaran los que necesitaban más tiempo y los de primera clase. Los codazos y empujones ascendieron al siguiente nivel.
—Será mejor que vayas —dijo Luther a su hija, su única hija.
Se abrazaron de nuevo y reprimieron las lágrimas. Blair sonrió y dijo:
—El año pasará volando. Estaré en casa las próximas Navidades.
Nora, la madre, se mordió el labio, asintió y la besó una vez más.
—Por favor, ten cuidado —dijo porque no podía evitar decirlo.
—Estaré bien.
La soltaron y contemplaron impotentes cómo se unía a una larga cola y se iba paso a paso, lejos de ellos, lejos de casa y de la seguridad y de todo lo que conocía. Mientras entregaba la tarjeta de embarque, Blair se volvió y les sonrió por última vez.
—Bueno —dijo Luther—. Ya basta. Le va a ir bien.
A Nora no se le ocurrió nada que decir mientras veía desaparecer a su hija. Dieron media vuelta y se unieron al tráfico peatonal, una larga y apretada marcha por los corredores, pasando ante el Santa Claus con la molesta campana, ante las tiendecitas repletas de gente.
Estaba lloviendo cuando salieron de la terminal y encontraron la cola para el autobús que iba al aparcamiento, y estaba diluviando cuando el autobús atravesó chapoteando el aparcamiento y los dejó a doscientos metros de su coche. A Luther le costó siete dólares liberarse junto con su automóvil de la codicia de las autoridades del aeropuerto.
Cuando rodaban hacia la ciudad, Nora habló por fin. —¿Estará bien? —preguntó.
Luther había oído esa pregunta tantas veces que su respuesta fue un gruñido automático.
—Claro.
—¿De verdad lo crees?
—Claro.
Lo creyera o no, ¿qué importaba ya? Ella se había ido, ya no podían detenerla.
Agarró el volante con las dos manos y maldijo en silencio el lento tráfico que tenía delante. No sabía si su mujer estaba llorando o no. Luther solo quería llegar a casa y secarse, sentarse delante del fuego y leer una revista.
Estaban a tres kilómetros de casa cuando Nora declaró:
—Necesito unas cuantas cosas de la tienda.
—Está lloviendo —dijo él.
—Pero las necesito.
—¿No pueden esperar?
—Tú puedes quedarte en el coche. Solo tardaré un minuto. Ve a Chip’s. Hoy está abierto.
Así que Luther puso rumbo a Chip’s, un sitio que odiaba no solo por sus escandalosos precios y su huraño personal, sino también por su inaccesible situación. Seguía lloviendo, claro, y Nora no podía elegir un Kroger, donde podías aparcar y echar una carrerita. No, quería ir a Chip’s, donde aparcabas y tenías que hacer una caminata.
Solo que algunas veces ni siquiera se podía aparcar. El aparcamiento estaba lleno. Las salidas de incendios estaban repletas. Buscó en vano durante diez minutos, hasta que Nora dijo:
—Déjame en la acera. —Estaba frustrada por la incapacidad de él para encontrar un buen sitio.
Él condujo hasta un espacio cerca de una hamburguesería y pidió:
—Hazme una lista.
—Iré yo —dijo ella, pero solo fingiendo protestar. Luther haría la caminata bajo la lluvia, y los dos lo sabían.
—Hazme una lista.
—Solo chocolate blanco y una libra de pistachos —dijo
ella, aliviada.
—¿Eso es todo?
—Sí, y asegúrate de que el chocolate es Logan’s, una
tableta de una libra, y los pistachos de Lance Brothers.
—¿Y eso no puede esperar?
—No, Luther, no puede esperar. Voy a hacer el postre
para la comida de mañana. Si no quieres ir, cállate y voy yo.
Luther cerró la puerta de golpe. Al tercer paso se metió en un hoyo. El agua fría le mojó el tobillo derecho y se introdujo rápidamente en su zapato. Se quedó inmóvil un segundo, cogiendo aliento, y después siguió andando de puntillas, intentando desesperadamente localizar otros charcos mientras esquivaba el tráfico.
Chip’s creía en los precios altos y los alquileres baratos. Estaba en una callejuela lateral, que no se veía desde ningún sitio. A su lado había una tienda de vinos regentada por un europeo de origen incierto, que aseguraba ser francés pero del que se rumoreaba que era húngaro. Su inglés era espantoso, aunque había aprendido el idioma de estafar en el precio. Probablemente lo había aprendido de su vecino Chip’s. De hecho, todas las tiendas del Distrito, que era como se conocía la zona, se esforzaban por ser exclusivas.
Y todas las tiendas estaban llenas. Otro Santa repicaba estruendosamente con la misma campana a la puerta de la tienda de quesos. «Rudolph, el reno de la nariz colorada» atronaba desde un altavoz oculto sobre la acera delante de Mother Earth, donde seguro que la estomagante clientela todavía llevaba sandalias. Luther odiaba la tienda y se negaba a poner el pie en ella. Nora compraba allí especias orgánicas, por razones que él nunca había sabido con seguridad. El viejo mexicano que llevaba el estanco estaba colgando alegremente lucecitas en su escaparate, con la pipa insertada en la comisura de la boca y dejando detrás de él un rastro de humo, después de haber rociado falsa nieve sobre un falso árbol.
Cabía la posibilidad de que nevara de verdad aquella noche. Los compradores no perdían tiempo, entrando y saliendo a toda prisa de las tiendas. El calcetín del pie derecho de Luther ya se había congelado hasta el tobillo.
En Chip’s no había cestas cerca de las cajas, lo que, por supuesto, era mala señal. Luther no necesitaba cesta, pero aquello significaba que el local estaba repleto. Los pasillos eran estrechos y los productos estaban colocados de tal manera que nada tenía sentido. Hubiera lo que hubiese en tu lista, tenías que cruzar la tienda media docena de veces para completarla.
Un reponedor se afanaba en un expositor de bombones navideños. Junto a la carnicería, un letrero exigía que todos los buenos clientes encargaran inmediatamente sus pavos de Navidad. ¡Habían llegado nuevos vinos de Navidad! ¡Y jamones de Navidad!
Qué despilfarro, pensó Luther. ¿Por qué comemos tanto y bebemos tanto para celebrar el nacimiento de Cristo? Encontró los pistachos cerca del pan. Curiosamente, aquello tenía sentido en Chip’s. El chocolate blanco no se veía por ninguna parte cerca de la sección de panadería, así que Luther maldijo entre dientes y recorrió penosamente los pasillos, mirándolo todo. Un carro de supermercado le empujó. Nada de disculpas, nadie se fijó. Del techo llegaba una voz diciendo: «Que Dios os guarde, felices señores», como si aquello fuera a consolar a Luther. Igual habría dado que dijera: «Frosty, el Muñeco de Nieve».
Dos pasillos más allá, junto a un surtido de arroces de todo el mundo, había un estante de chocolates para hornear. Al acercarse, reconoció una tableta de una libra de Logan’s. Un paso más y desapareció de pronto, arrebatada de sus manos por una mujer de aspecto duro que ni le vio. El pequeño espacio reservado para el Logan’s estaba vacío, y en el siguiente y desesperado momento Luther no vio ni una pizca de chocolate blanco. Montones de tabletas negras y con leche, pero nada blanco.
La cola rápida, por supuesto, era más lenta que las otras dos. Los escandalosos precios de Chip’s obligaban a sus clientes a comprar en pequeñas cantidades, pero esto no alteraba la rapidez con que iban y venían. Cada artículo era levantado, inspeccionado e introducido a mano en la registradora por un desagradable cajero. Que te cobraran de más era cuestión de suerte, aunque por Navidades los sisadores cobraban vida con sonrisas y entusiasmo y una asombrosa memoria para los nombres de los clientes. Era la época de las propinas, otro desagradable aspecto de la Navidad que Luther detestaba.
Más de seis pavos por una libra de pistachos. Se apartó bruscamente del joven y ansioso sisador, y por un momento pensó que tendría que pegarle para evitar que metiera sus preciosos pistachos en otra bolsa. Se los metió en el bolsillo del abrigo y salió rápidamente de la tienda.
Una muchedumbre se había congregado para ver al viejo mexicano decorar el escaparate de su estanco. Estaba enchufando pequeños robots que avanzaban con dificultad por la falsa nieve, y aquello provocaba un gran entusiasmo en la multitud. Luther se vio obligado a bajar de la acera, y al hacerlo pisó donde no debía. El pie izquierdo se hundió en doce centímetros de fango de nieve. Se quedó inmóvil durante una fracción de segundo, aspirando bocanadas de aire frío, maldiciendo al viejo mexicano, a sus robots, a sus admiradores y a los malditos pistachos. Tiró del pie hacia arriba y se salpicó de agua sucia la pernera del pantalón, y allí, en el borde de la acera con los dos pies helados y la campana repicando y «Santa Claus viene a la ciudad» atronando por el altavoz y la acera taponada por juerguistas, Luther empezó a odiar la Navidad.
El agua lo había calado hasta los dedos de los pies cuando llegó al coche.
—No hay chocolate blanco —siseó a Nora mientras reptaba detrás del volante.
Ella estaba secándose los ojos.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó él.
—Acabo de hablar con Blair.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Está bien?
—Ha llamado desde el avión. Está bien. —Nora estaba
mordiéndose el labio, intentando recuperarse.
¿Cuánto cuesta exactamente llamar a casa desde diez mil metros de altura?, se preguntó Luther. Había visto teléfonos en los aviones. Cualquier tarjeta de crédito servía. Blair tenía una que él le había dado, de esas cuyas facturas se envían a mamá y a papá. Desde un teléfono móvil allá arriba hasta un teléfono móvil aquí abajo, unos diez pavos.
¿Y para qué? Estoy bien, mamá. No te he visto desde hace casi una hora. Cómo nos queremos. Cuánto nos echamos de menos. Tengo que colgar, mamá.
El motor estaba en marcha aunque Luther no recordaba haberlo encendido.
—¿Te olvidaste del chocolate blanco? —preguntó Nora, ya recuperada.
—No, no me olvidé. No tenían.
—¿Le preguntaste a Rex?
—¿Quién es Rex?
—El carnicero.
—No, Nora, por alguna razón no se me ocurrió preguntarle al carnicero si tenía algo de chocolate blanco escondido entre sus chuletas y sus hígados.
Ella tiró del picaporte de la puerta con toda la frustración que pudo conjurar.
—Lo necesito. Gracias por nada. —Y desapareció. Ojalá te metas en agua helada, gruñó Luther para sí mismo. Echó pestes y murmuró otras inconveniencias. Orientó la calefacción hacia el suelo para descongelarse los pies, y después miró a la muchedumbre que entraba y salía de la hamburguesería. En las calles próximas a la suya, el tráfico estaba atascado.
Qué estupendo sería saltarse la Navidad, empezó a pensar. Un chasqueo de los dedos y ya es 2 de enero. Ni árbol, ni compras, ni regalos sin sentido, ni aguinaldos, ni alborotos y envoltorios, ni tráfico y multitudes, ni pasteles de fruta, ni licores y jamones que nadie necesitaba, ni «Rudolph» ni «Frosty», ni fiesta en la oficina, ni dinero despilfarrado. La lista fue alargándose. Se arrimó al volante, sonriendo ya, esperando el calor de abajo, soñando placenteramente con escapar.
Ella estaba de vuelta, con una bolsita marrón que arrojó a su lado, con el cuidado justo para no romper el chocolate pero haciéndole saber que ella lo había encontrado y él no.
—Todo el mundo sabe que hay que preguntar —dijo cortante mientras tiraba del cinturón de seguridad.
—Curiosa manera de vender —murmuró Luther, dando marcha atrás—. Esconderlo junto a la carnicería y poner muy poco, para que la gente lo pida a gritos. Seguro que cuesta más caro si está escondido.
—Ay, calla, Luther. —¿Tienes los pies mojados? —No. ¿Y tú?
—No.
—Entonces ¿por qué lo preguntas?
—Me preocupaba, nada más.
—¿Crees que la niña estará bien?
—Está en un avión. Acabas de hablar con ella.
—Quiero decir allá abajo, en la selva.
—Deja de preocuparte, ¿vale? El Peace Corps no la
mandaría a un sitio peligroso.
—No será lo mismo.
—¿El qué?
—La Navidad.
Desde luego que no, estuvo a punto de decir Luther. Curiosamente, estaba sonriendo mientras se abría paso a través del tráfico.