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Mark tenía once años y hacía dos que fumaba; no tenía intención de dejarlo, pero procuraba no viciarse. Prefería Kools, lo que solía fumar su padre, pero su madre consumía un par de paquetes diarios de Virginia Slims y, a lo largo de la semana, llegaba a sustraerle de diez a doce cigarrillos. Era una mujer atareada, con muchos problemas, tal vez un poco ingenua en lo concerniente a sus hijos, y nunca se le había ocurrido que el mayor pudiera fumar a los once años.

De vez en cuando, Kevin, el delincuente del vecindario, vendía a Mark un paquete de Marlboro robado por un dólar. Pero la mayor parte del tiempo dependía de los cigarrillos birlados a su madre.

Aquella tarde llevaba cuatro en el bolsillo, mientras conducía a su hermano Ricky, de ocho años, por el sendero del bosque detrás del cámping. Ricky estaba nervioso, iba a fumar por primera vez. El día anterior había descubierto a Mark escondiendo los cigarrillos en una caja de zapatos bajo la cama y le había amenazado con revelar su secreto si su hermano mayor no le enseñaba a fumar. Avanzaban por el camino arbolado, en dirección a uno de los escondrijos de Mark, donde este había pasado muchas horas a solas intentando tragarse el humo y formando círculos.

Casi todos los demás chiquillos del barrio consumían cerveza y marihuana, vicios en los que Mark estaba decidido a no sucumbir. Su padre era un alcohólico que maltrataba a sus hijos y a su esposa, y su conducta violenta se manifestaba siempre después de haber tomado mucha cerveza. Mark había visto y sufrido los efectos del alcohol. También le daban miedo las drogas.

—¿Te has perdido? —preguntó Ricky, como es propio de un hermano menor, cuando abandonaron el sendero para avanzar entre hierbajos que les llegaban a la altura del pecho.

—¡Cállate! —respondió Mark sin aminorar la marcha.

El único tiempo que su padre pasaba en casa solía dedicarlo a beber, dormir y maltratarles. Ahora, gracias a Dios, les había abandonado. Hacía cinco años que Mark cuidaba de Ricky. Se sentía como un padre de once años. Le había enseñado a lanzar la pelota y a montar en bicicleta. Le había explicado lo que sabía sobre el sexo. Le había advertido de los peligros de las drogas y protegido de los matones. Le atormentaba la idea de introducirle en el vicio, pero, por suerte, no era más que un cigarrillo. Podría ser mucho peor.

Se acabaron los hierbajos y se encontraron bajo un gran árbol, con una cuerda colgada de una de sus gruesas ramas. Una hilera de matorrales conducía a un pequeño claro, más allá del cual un camino invadido por el bosque se perdía hacia lo alto de una colina. A lo lejos se oía el ruido de una carretera.

Mark se detuvo y señaló un tronco cerca de la cuerda. —Siéntate ahí —ordenó.

Ricky obedeció, mientras miraba angustiado a su alrededor como si pudiera estar observándoles la policía. Mark le miró como un sargento a un recluta y se sacó un cigarrillo del bolsillo. Lo cogió entre el índice y el pulgar, aparentando naturalidad.

—Ya conoces las reglas —declaró con una mirada condescendiente a Ricky.

Había solo dos reglas, de las que habían hablado una docena de veces durante el día, y Ricky se sentía frustrado de que le trataran como un niño.

—Sí —respondió, levantando la mirada al cielo—, si se lo cuento a alguien, me darás una paliza.

—Exacto.
—Y solo puedo fumar un cigarrillo diario —agregó Ricky, con los brazos cruzados.

—Exacto. Si descubro que fumas más, te habrás metido en un buen lío. Y si me entero de que bebes cerveza o pruebas alguna droga...

—Ya sé, ya sé. Volverás a darme una paliza.
—Eso.
—¿Cuántos fumas al día?
—Solo uno —mintió Mark.

Algunos días solo uno. Otros, tres o cuatro, según las existencias.

Se colocó el filtro entre los labios, como un gángster. —¿Moriré si fumo uno diario? —preguntó Ricky.
—No en un futuro próximo —respondió Mark, después de retirar el cigarrillo de su boca—. Uno diario no supone mucho peligro. Si fumas más, podrías tener problemas.

—¿Cuántos fuma mamá al día?
—Dos paquetes.
—¿Y eso cuántos cigarrillos son?
—Cuarenta.
—Jo. Entonces tiene un gran problema.
—Mamá tiene muchos problemas. No creo que le preocupen los cigarrillos.

—¿Cuántos fuma papá al día?
—Cuatro o cinco paquetes. Cien cigarrillos diarios. —Entonces no tardará en morir, ¿verdad? —Ricky sonrió ligeramente.

—Eso espero. Entre las borracheras y el tabaco, no creo que aguante muchos años. Es un fumador empedernido.

—¿Qué significa eso de fumador empedernido?
—Que enciende un cigarrillo tras otro. Ojalá fumara diez paquetes diarios.

—Sí, ojalá —repitió Ricky mientras miraba hacia el camino y el pequeño claro del bosque.

Se estaba fresco a la sombra del árbol, pero hacía calor donde daba el sol. Mark pellizcó el filtro entre el índice y el pulgar, y se lo pasó por delante de la boca.

—¿Estás asustado? —preguntó en tono de burla, como solo un hermano mayor puede hacerlo.

—No.
—Me parece que sí lo estás. Fíjate, cógelo así, ¿ves? —dijo, acercándoselo teatralmente a los labios y dando una chupada.

Ricky miraba con atención.

Mark lo encendió, soltó una pequeña bocanada de humo, lo levantó y expresó admiración.

—No intentes tragarte el humo. Todavía no estás preparado para eso. Solo aspira un poco y luego expulsa el humo. ¿Estás listo?

—¿Me marearé?
—Sí, si te tragas el humo —respondió, antes de dar un par de caladas como demostración—. ¿Lo ves? Es muy fácil. Más adelante te enseñaré a tragarte el humo.

—Vale —respondió Ricky, al tiempo que extendía nervioso su índice y su pulgar, y Mark le entregaba cuidadosamente el cigarrillo.

—Adelante.

Ricky se llevó el húmedo filtro a los labios con mano temblorosa. Dio una breve calada y expulsó el humo. Luego otra. El humo no iba más allá de sus dientes. Otra calada. Mark le observaba atentamente, con la esperanza de que se atragantara, tosiera, empalideciera, sintiera náuseas y no volviera a fumar jamás.

—Es fácil —exclamó Ricky lleno de orgullo, mientras admiraba el cigarrillo que sostenía con una mano todavía temblorosa.

—No tiene nada de particular. —Tiene un gusto un poco extraño.

—Sí, claro —respondió Mark, después de sentarse junto a él y sacarse otro cigarrillo del bolsillo.

Ricky daba pequeñas caladas rápidas. Mark encendió el suyo y ambos permanecieron en silencio bajo el árbol, saboreando tranquilamente sus cigarrillos.

—Es divertido —comentó Ricky mordisqueando el filtro. —Me alegro. Pero entonces ¿por qué te tiemblan las manos? —No me tiemblan.
—Claro.

Ricky no respondió. Apoyó los codos sobre las rodillas, dio una buena calada y luego escupió en el suelo, como había visto que lo hacían Kevin y los mayores detrás del cámping. Era pan comido.

Mark abrió la boca, redondeó los labios e intentó expulsar un círculo de humo. Creyó que así impresionaría realmente a su hermano menor, pero el círculo no llegó a formarse y el humo se dispersó en una nube gris.

—Creo que eres demasiado joven para fumar —dijo. Ricky no dejaba de chupar y escupir, orgulloso y satisfecho de aquel enorme paso hacia la madurez.

—¿Qué edad tenías tú cuando empezaste? —preguntó. —Nueve años. Pero era más maduro que tú.
—Eso es lo que siempre dices.
—Porque es verdad.

Permanecieron allí sentados, fumando en silencio a la sombra del árbol y con la mirada fija en el claro del bosque. Mark era efectivamente más maduro que Ricky a los ocho años. Era más maduro que cualquier otro niño de su edad. Siempre lo había sido. Había golpeado a su padre con un bate de béisbol a los siete años. Las secuelas no fueron agradables, pero aquel idiota borracho dejó de golpear a su madre. Había habido muchas peleas y palizas, y Dianne Sway buscaba refugio y consejo en su hijo mayor. Se habían consolado mutuamente y conspirado para sobrevivir. Habían llorado juntos después de las palizas. Habían formulado estrategias para proteger a Ricky. A los nueve años, Mark convenció a su madre para que solicitara el divorcio. Llamó a la policía cuando su padre apareció borracho, después de recibir la solicitud de divorcio. Prestó declaración en el juzgado respecto al abuso, la negligencia y las palizas. Era muy maduro.

Ricky fue el primero en oír el coche. Era un suave ronroneo procedente del camino sin asfaltar. Luego lo oyó Mark y dejaron de fumar.

—No te muevas —dijo Mark sin levantar la voz. Permanecieron inmóviles.

Un Lincoln negro, largo y reluciente apareció sobre la colina y avanzó lentamente hacia ellos. Las hierbas del camino llegaban a la altura del parachoques delantero. Mark dejó caer el cigarrillo al suelo y lo pisó. Ricky le imitó.

El coche casi se detuvo al llegar al claro del bosque y luego giró acariciando las ramas en su lento movimiento. Se detuvo y se colocó mirando hacia el camino. Los niños estaban exactamente detrás del vehículo, sin poder ser vistos. Mark se deslizó por el tronco en el que estaban sentados y se arrastró entre los hierbajos hasta unos matorrales junto al claro. Ricky le siguió. La parte trasera del Lincoln se encontraba a diez metros. Observaron atentamente. Llevaba matrícula de Luisiana.

—¿Qué hace? —susurró Ricky.
—¡Cállate! —exclamó en voz baja Mark, mientras miraba entre los matorrales.

Había oído hablar en el cámping de que los adolescentes usaban aquellos bosques para reunirse con chicas y fumar marihuana, pero aquel coche no era el de un adolescente. Paró el motor y, durante unos instantes, no ocurrió absolutamente nada. Entonces se abrió la puerta, se apeó el conductor y miró a su alrededor. Era un individuo rechoncho de traje negro. Tenía la cabeza gorda y redonda, desprovista de cabello, a excepción de unos nítidos mechones sobre las orejas y una barba canosa. Se dirigió a la parte posterior del vehículo, manoseó las llaves y por último abrió el maletero. Sacó una manguera, conectó un extremo de la misma al tubo de escape e introdujo el otro por una rendija de la ventana posterior izquierda. Cerró el maletero, miró de nuevo a su alrededor como si esperara que le estuvieran vigilando y volvió a entrar en el coche.

Arrancó el motor.
—¡Ostras! —exclamó Mark en voz baja, con la mirada fija en el vehículo.

—¿Qué hace? —preguntó Ricky.
—Intenta quitarse la vida.

Ricky levantó un poco la cabeza para ver mejor.
—No comprendo, Mark.
—Agáchate. ¿Ves la manguera? Los gases del escape entran en el coche y morirá.

—¿Quieres decir que se está suicidando?
—Exacto. En una ocasión vi hacerlo a alguien en una película.

Se acercaron un poco y miraron la manguera que iba del tubo de escape a la ventana. El motor zumbaba apaciblemente.

—¿Por qué quiere quitarse la vida? —preguntó Ricky. —¿Cómo quieres que lo sepa? Pero hemos de hacer algo. —Sí, larguémonos inmediatamente.
—No. Espera un momento y no hagas ruido.
—Yo me largo, Mark. Tú puedes verle morir si lo deseas, pero yo me largo.

Mark agarró a su hermano por los hombros y le obligó a agacharse. Ricky tenía la respiración entrecortada y ambos sudaban. El sol se ocultó tras una nube.

—¿Cuánto se tarda? —preguntó Ricky con voz temblorosa. —No mucho —respondió Mark, después de soltar a su hermano y empezar a avanzar a gatas—. Quédate aquí, ¿me oyes? Si te mueves, te daré una patada en el culo.

—¿Qué haces, Mark?
—No te muevas de aquí. Lo digo en serio.

Mark acercó su delgado cuerpo al suelo y se arrastró sobre los codos y las rodillas entre los hierbajos, en dirección al coche. La hierba estaba seca y medía más de medio metro. Sabía que aquel individuo no podía verle, pero le preocupaba el movimiento de las plantas. Permaneció exactamente detrás del coche, avanzando sobre la barriga como una serpiente, hasta llegar a la sombra del maletero. Retiró cuidadosamente la manguera del tubo de escape y la dejó en el suelo. Volvió sobre sus pasos un poco más rápido y al cabo de unos segundos estaba de nuevo agachado junto a Ricky, observando entre los matorrales bajo las ramas más salientes. Sabía que, si eran descubiertos, podrían correr junto al árbol y alejarse por el sendero, antes de que aquel individuo rechoncho pudiera alcanzarles.

Esperaron. Transcurrieron cinco minutos, aunque pareció que había pasado una hora.

—¿Crees que está muerto? —susurró Ricky con una voz débil y seca.

—No lo sé.

De pronto se abrió la puerta y se apeó el individuo. Se acercó farfullando y sollozando a la parte posterior del vehículo, vio la manguera en el suelo y echó una maldición, mientras la conectaba de nuevo al tubo de escape. Miró enfurecido a los árboles a su alrededor, con una botella de whisky en la mano, y volvió a subirse al coche. Hablaba consigo mismo cuando cerró la puerta.

Los niños miraban horrorizados.
—Está como un cencerro —declaró débilmente Mark. —Larguémonos de aquí —dijo Ricky.
—¡No podemos! Si se quita la vida y nosotros lo sabíamos o lo hemos visto, podríamos meternos en un gran lío.

—Entonces no se lo diremos a nadie —dijo Ricky, al tiempo que levantaba la cabeza como para retirarse—. ¡Vámonos, Mark!

Mark le agarró de nuevo por los hombros y le obligó a agacharse.

—¡No levantes la cabeza! ¡No nos iremos hasta que yo lo diga!

Ricky cerró con fuerza los ojos y empezó a llorar. Mark movió la cabeza asqueado, pero sin separar la mirada del coche. Los hermanos menores suponían más problemas que ventajas.

—¡Para! —exclamó entre dientes.
—Tengo miedo.
—De acuerdo, pero no te muevas, ¿oyes? Estate quieto. Y deja de llorar.

Mark se había tumbado de nuevo en el suelo, dispuesto a arrastrarse entre los hierbajos.

—Déjale morir, Mark —susurró Ricky entre sollozos. Mark le echó una mirada furiosa por encima del hombro y empezó a acercarse al coche, que seguía con el motor en marcha. Avanzó entre los mismos hierbajos semiaplastados con tanta cautela que incluso Ricky, que había dejado de llorar, apenas podía verle. Este observaba la puerta del coche, con el temor de que de pronto se abriera, se apeara aquel loco de su interior y matara a Mark. Apoyó las puntas de los pies en el suelo como los velocistas, dispuesto a salir huyendo por el bosque. Vio que Mark aparecía tras el parachoques trasero, apoyaba la mano sobre las luces para no perder el equilibrio y retiraba cautelosamente la manguera del tubo de escape. Crujió suavemente la hierba, se movieron un poco las plantas y Mark llegó de nuevo junto a él, con la respiración entrecortada, sudando y, curiosamente, con una sonrisa en los labios.

Se sentaron sobre las piernas como un par de insectos entre la maleza y observaron el coche.

—¿Qué haremos si vuelve a salir? —preguntó Ricky—. ¿Y si nos ve?

—No puede vernos. Pero si viene hacia aquí, sígueme. Desapareceremos antes de que haya dado un par de pasos.

—¿Por qué no desaparecemos ahora?
—Estoy intentando salvarle la vida, ¿vale? —respondió Mark, airado—. Existe la posibilidad, tal vez remota, de que se dé cuenta de que esto no funciona y puede que decida dejarlo para mejor ocasión. ¿Es eso tan difícil de entender?

—Está loco. Si es capaz de quitarse la vida, también lo es de matarnos a nosotros. ¿Es eso tan difícil de entender?

Mark movió frustrado la cabeza y, de pronto, volvió a abrirse la puerta. El individuo se apeó farfullando consigo mismo y se tambaleó hacia la parte posterior del vehículo. Levantó el extremo de la manguera, lo examinó como si se resistiera a cumplir su cometido y miró lentamente a su alrededor. Sudaba y jadeaba. Miró hacia los árboles y los muchachos se pegaron al suelo. Al mirar a sus pies quedó paralizado; de pronto comprendió lo ocurrido. La hierba estaba ligeramente aplastada detrás del coche y se agachó para examinarla, pero volvió a introducir la manguera en el tubo de escape y se apresuró a entrar de nuevo en el vehículo. No parecía que le importara que alguien le observara desde los árboles. Quería darse prisa en morir.

Se levantaron dos cabezas entre la maleza, pero solo unos centímetros, y durante un largo minuto miraron entre los hierbajos. Ricky estaba dispuesto a echar a correr, pero Mark reflexionaba.

—Mark, por favor, larguémonos —suplicó Ricky—. Ha estado a punto de descubrirnos. ¿Y si tiene una pistola o algo por el estilo?

—Si tuviera una pistola, se pegaría un tiro.

Ricky se mordió el labio y se le humedecieron nuevamente los ojos. Nunca había ganado a su hermano en una discusión, ni aquella sería la primera ocasión.

Pasó otro minuto y Mark empezó a inquietarse.
—Lo intentaré por última vez, ¿vale? Y si ahora no desiste, nos largaremos de aquí. Prometido, ¿de acuerdo?

Ricky asintió con reticencia. Su hermano se tumbó en el suelo y empezó a arrastrarse lentamente entre los hierbajos. Ricky se secó las lágrimas de las mejillas con los dedos sucios.

Al abogado se le ensanchaban las ventanas de la nariz con sus portentosas inhalaciones. Vaciaba lentamente los pulmones y miraba por el parabrisas mientras intentaba determinar si alguna parte de aquel preciado y mortífero gas había llegado a su flujo sanguíneo y empezado a actuar. Junto a él, sobre el asiento, había una pistola cargada. En la mano tenía una botella medio vacía de Jack Daniels. Tomó un trago, tapó la botella y la dejó sobre el asiento. Aspiraba lentamente y con los ojos cerrados para saborear el gas. ¿Se limitaría a perder suavemente el conocimiento? ¿Le dolería, ardería o se sentiría enfermo antes de que el veneno acabara con él? La nota estaba sobre el tablero, cerca del volante, junto a un frasco de píldoras.

Lloraba y hablaba consigo mismo a la espera de que el gas surtiera su efecto, ¡maldita sea!, antes de darse por vencido y recurrir a la pistola. Era un cobarde, pero con mucha determinación, y prefería aspirar el gas y perder el conocimiento, a dispararse un tiro en la boca.

Tomó un trago de whisky y silbó al sentir el ardor que provocaba en su descenso. Sí, al fin funcionaba. Pronto todo habría terminado, y se sonrió a sí mismo en el espejo porque se cumplía su propósito, se estaba muriendo y, después de todo, no era un cobarde. Se necesitaba valor para hacer lo que estaba haciendo.

Lloraba y farfullaba mientras descorchaba la botella de whisky para tomar un último trago. Bebió, y parte del líquido rebosaba de sus labios y descendía por su boca.

Nadie le echaría de menos. Y a pesar de que esta idea debía ser dolorosa, al abogado le tranquilizaba pensar que nadie lamentaría su defunción. Su madre era la única persona en el mundo que le había querido, y ahora, cuatro años después de su muerte, su defunción ya no podría afectarle. Tenía una hija de su desastroso primer matrimonio a la que no había visto desde hacía once años, que según le habían dicho se había afiliado a una secta y estaba tan loca como su madre.

Muy poca gente asistiría al funeral. Unos pocos compañeros de profesión y tal vez uno o dos jueces, vestidos de oscuro y susurrando con gravedad, mientras la música de órgano que emergía de los altavoces retumbaba en una capilla casi vacía. Ninguna lágrima. Los abogados consultarían sus respectivos relojes mientras el reverendo, un desconocido, pronunciara apresuradamente los comentarios reservados a los que nunca asistían a la iglesia.

La sencilla ceremonia duraría diez minutos. La nota del cuadro de mandos solicitaba que se le incinerara.

—¡Jo! —exclamó suavemente, después de tomar otro trago. Al levantar la botella, echó una ojeada al retrovisor y se percató de que los hierbajos de detrás del coche se movían.

Ricky vio cómo se abría la puerta antes de que Mark la oyera. Se abrió de golpe como de un puntapié y de pronto el gordo de rostro enrojecido avanzó entre los hierbajos, apoyándose en el coche y refunfuñando. Ricky se incorporó, muerto de miedo, y se meó en los pantalones.

Mark acababa de tocar el parachoques cuando oyó la puerta. Quedó momentáneamente paralizado, pensó en ocultarse bajo el coche, y la duda le traicionó. Resbaló al intentar levantarse para echar a correr y el hombre lo agarró.

—¡Pequeño hijo de puta! —exclamó mientras sujetaba a Mark por el cabello y lo arrojaba contra el maletero del coche—. ¡Pequeño hijo de puta!

Mark daba patadas y chillaba, cuando una mano gruesa le abofeteó la cara. Dio otra patada, no tan fuerte, y recibió otra bofetada.

Mark contempló fijamente aquel rostro iracundo a pocos centímetros del suyo. Tenía los ojos húmedos e irritados. Le goteaba la nariz y tenía babas en la mandíbula.

—Pequeño hijo de puta —refunfuñó entre unos dientes sucios y apretados.

Después de agarrarlo, inmovilizarlo y someterlo, el abogado introdujo de nuevo la manguera en el tubo de escape, tiró de Mark asiéndolo por el cuello de la camisa y lo arrastró entre los hierbajos hasta la puerta del coche, que seguía abierta. Lo arrojó al interior del vehículo y lo empujó sobre el asiento de cuero negro.

Mark se agarraba a la manecilla de la puerta, en busca del seguro, cuando el individuo se dejó caer tras el volante, cerró la puerta, señaló la manecilla y exclamó:

—¡No toques eso!

A continuación le propinó un violento revés sobre el ojo izquierdo.

Mark gimió de dolor, se cubrió los ojos aturdido, agachó la cabeza y se echó a llorar. Le dolía terriblemente la nariz y aún más la boca. Estaba mareado. Notaba un sabor a sangre en la boca. Oía que el individuo lloraba y refunfuñaba. Olía a whisky y veía las rodillas sucias de sus vaqueros con el ojo derecho. El izquierdo empezaba a hincharse. Lo veía todo un poco borroso.

El gordo abogado tomó un trago de whisky y contempló a Mark, que estaba doblado y temblaba de pies a cabeza.

—Deja de llorar —refunfuñó.

Mark se lamió los labios y tragó la sangre de la boca. Se frotó el entrecejo fruncido e intentó respirar hondo, sin levantar la mirada de sus vaqueros.

—Deja de llorar —repitió el individuo.

Mark intentó obedecerle.

El motor seguía funcionando. Era un coche grande, pesado y silencioso, pero Mark oía que el motor ronroneaba suavemente en la lejanía. Volvió lentamente la cabeza y vio la manguera que entraba por la ventana posterior, cual serpiente iracunda dispuesta a acabar con ellos. El gordo se rió.

—Creo que debemos morir juntos —declaró de pronto perfectamente sereno.

El ojo izquierdo de Mark se hinchaba rápidamente. Se volvió para mirar cara a cara a aquel individuo, que entonces parecía todavía más corpulento. Tenía la cara rechoncha, la barba frondosa, los ojos todavía irritados y le miraba como un demonio en la oscuridad.

—Por favor, déjeme salir de aquí —suplicó Mark con la voz entrecortada y los labios temblorosos, sin dejar de llorar.

El individuo se llevó la botella de whisky a los labios y la levantó para echar un trago. Hizo una mueca y chasqueó los labios.

—Lo siento, muchacho. Has querido pasarte de listo metiendo tu sucia nariz en mis asuntos, ¿no es cierto? De modo que ahora creo que debemos morir juntos. ¿De acuerdo? Solo tú y yo, compañero. Juntos al mundo de las maravillas. A reunirnos con el gran mago. Te deseo sueños felices, muchacho.

Mark husmeó el aire y entonces vio la pistola sobre el asiento. Desvió la mirada, pero volvió a contemplarla cuando el individuo levantó la botella para tomar otro trago.

—¿Quieres la pistola? —preguntó el individuo.
—No, señor.
—Entonces ¿por qué la miras?
—No la miraba.
—No me mientas, muchacho, porque si lo haces te mataré. Estoy completamente loco y no me importa matarte —declaró en un tono muy tranquilo, respirando hondo, a pesar de que las lágrimas manaban libremente de sus ojos—. Además, muchacho, si vamos a ser compañeros debes ser sincero conmigo. La sinceridad es muy importante, ¿lo sabías? Y ahora dime, ¿quieres la pistola?

—No, señor.
—¿Te gustaría coger la pistola y pegarme un tiro?
—No, señor.
—No tengo miedo de morir, muchacho, ¿lo comprendes? —Sí, señor, pero yo no quiero morir. Tengo que cuidar de mi madre y de mi hermano menor.

—Qué conmovedor. Un auténtico padre de familia.

Después de tapar la botella, cogió la pistola, se metió el cañón en la boca, cerró los labios a su alrededor y miró a Mark, que observaba todos y cada uno de sus movimientos con la esperanza de que apretara el gatillo y con la esperanza de que no lo hiciera. Se retiró lentamente el cañón de la boca, besó el extremo del mismo y entonces apuntó a Mark.

—Nunca la he disparado —dijo casi en un susurro—. La he comprado hace una hora en una tienda de empeños de Memphis. ¿Crees que funcionará?

—Por favor, deje que me marche.
—Puedes elegir, muchacho —declaró mientras inhalaba los gases invisibles—. Puedo volarte la tapa de los sesos y todo habrá terminado, o dejar que el gas acabe contigo. Tú decides.

Mark no miró la pistola. Olió el aire y pensó momentáneamente que tal vez detectaba algo. El cañón del arma estaba cerca de su cabeza.

—¿Por qué está haciendo esto? —preguntó.
—A ti qué te importa, mocoso. Estoy loco, ¿vale? Como un cencerro. Me proponía un suicidio en privado, ¿comprendes? Solo yo, mi manguera, quizá algunas pastillas y un poco de whisky. Sin nadie que me molestara. Pero tú has tenido que pasarte de listo. ¡Pequeño hijo de puta!

Bajó la pistola y la dejó cuidadosamente sobre el asiento. Mark se frotó la frente y se mordió el labio. Le temblaban las manos y se las colocó entre las piernas.

—Dentro de cinco minutos estaremos muertos —declaró oficialmente el abogado, al tiempo que se llevaba la botella a los labios—. Solo tú y yo, compañero, vamos a ver al gran mago.

Por fin, Ricky decidió moverse. Le tiritaban los dientes y llevaba los pantalones mojados, pero ahora reflexionaba. Empezó a avanzar a gatas entre los hierbajos, en dirección al coche, llorando y chirriando los dientes con el estómago pegado al suelo. La puerta se abriría de un momento a otro. Aquel loco, que era rápido a pesar de su corpulencia, aparecería inesperadamente, le agarraría por el cuello como lo había hecho con Mark y morirían todos en aquel largo coche negro. Despacio, centímetro a centímetro, se abría paso entre los hierbajos.

Mark levantó lentamente la pistola con ambas manos. Pesaba tanto como un ladrillo. El arma temblaba cuando la elevó para apuntar al gordo, que se inclinó hasta que su nariz se encontró a un par de centímetros del cañón.

—Ahora aprieta el gatillo, muchacho —dijo sonriendo, con su húmedo rostro radiante y lleno de expectación—. Aprieta el gatillo. Yo moriré y tú podrás marcharte —insistió antes de acercarse aún más y morder la punta del cañón, mientras Mark llevaba el dedo al gatillo—. ¡Dispara! —exclamó.

Mark cerró los ojos y asió la culata con las palmas de las manos. Aguantó la respiración, y estaba a punto de apretar el gatillo, cuando el individuo le arrebató la pistola. La agitó violentamente frente a la cara de Mark y disparó. Mark chilló en el momento en que la ventana a su espalda se rajaba en mil pedazos, sin romperse.

—¡Funciona! ¡Funciona! —exclamó el abogado, al tiempo que Mark se agachaba con las manos sobre las orejas.

Ricky hundió la cabeza ente la hierba al oír el disparo. Estaba a tres metros del coche cuando algo estalló y oyó que Mark gritaba. El gordo chillaba y Ricky volvió a mearse en los pantalones. Cerró los ojos y se agarró a los hierbajos. Se le había formado un nudo en el estómago, le latía violentamente el corazón y durante un minuto, después del disparo, permaneció inmóvil. Lloró por su hermano, ahora muerto, asesinado por aquel loco.

—¡Maldita sea, deja de llorar! ¡Estoy harto de oírte llorar! Mark se agarró las rodillas e intentó dejar de llorar. Le dolía la cabeza y tenía la boca seca. Se colocó las manos entre las rodillas y se agachó. Tenía que dejar de llorar y pensar en algo. Una vez, en un programa de televisión, había visto a un loco dispuesto a lanzarse desde lo alto de un edificio y un policía empezó a hablarle con mucha serenidad, hasta que el loco se decidió a responderle y, evidentemente, no se lanzó.

—¿Por qué está haciendo esto? —preguntó Mark, después de husmear rápidamente el aire.

—Porque quiero morir —respondió tranquilamente el gordo.

—¿Por qué? —preguntó, con la mirada fija en el pulcro orificio de la ventana.

—¿Por qué hacen los niños tantas preguntas?
—Porque somos niños. ¿Por qué quiere morir? —insistió Mark, sin apenas oír sus propias palabras.

—Mira, muchacho, dentro de cinco minutos estaremos muertos, ¿comprendes? Solo tú y yo, compañero, juntos ante el gran mago —respondió antes de tomar un trago de la botella ya casi vacía—. Empiezo a sentir el gas, muchacho. ¿Lo sientes tú? Por fin.

Por el espejo lateral, Mark vio que se movían los hierbajos y que Ricky se arrastraba hacia los matorrales junto al árbol. Cerró los ojos y rezó.

—Debo confesar, muchacho, que es agradable tenerte conmigo. Nadie quiere morir solo. ¿Cómo te llamas?

—Mark.
—¿Mark qué?
—Mark Sway —respondió, pensando en que si seguían hablando tal vez el loco no se lanzaría—. ¿Cómo se llama usted?

—Jerome. Pero puedes llamarme Romey. Así es como me llaman mis amigos, y puesto que ahora existe bastante intimidad entre nosotros, tú también puedes llamarme Romey. Y se acabaron las preguntas, ¿de acuerdo, muchacho?

—¿Por qué quiere morir, Romey?
—He dicho que se acabaron las preguntas. ¿Sientes el gas, Mark?

—No lo sé.
—Pronto lo sabrás. Será mejor que empieces a rezar —declaró Romey antes de descansar su voluminosa cabeza en el respaldo del asiento y cerrar los ojos, completamente relajado—. Nos quedan unos cinco minutos, Mark. ¿Te apetece decir algo? —preguntó, con la botella de whisky en la mano derecha y la pistola en la izquierda.

—Sí. ¿Por qué está haciendo esto? —preguntó Mark, mientras miraba por el retrovisor por si veía a su hermano.

Respiraba de prisa, por la nariz, y no olía ni sentía nada.

Seguramente Ricky había retirado la manguera.

—Porque estoy loco, no soy más que uno de los muchos abogados turulatos. Me han vuelto loco, Mark. A propósito, ¿cuántos años tienes?

—Once.
—¿Has probado alguna vez el whisky?
—No —respondió sinceramente Mark.

De pronto se encontró con la botella de whisky delante de las narices y la cogió.

—Prueba un trago —dijo Romey sin abrir los ojos.

Mark intentó leer la etiqueta, pero su ojo izquierdo estaba prácticamente cerrado, le silbaban los oídos del disparo y no podía concentrarse. Dejó la botella sobre el asiento, de donde Romey la recogió sin decir palabra.

—Nos estamos muriendo, Mark —dijo, hablando casi consigo mismo—. Supongo que es duro a los once años, pero qué le vamos a hacer. No puedo remediarlo. ¿Tienes algo más que decir, hombrecito?

Mark se dijo que Ricky lo había logrado, que la manguera era ahora inofensiva, que su nuevo amigo Romey estaba borracho y loco, y que para sobrevivir tendría que pensar y hablar. El aire era limpio. Respiró hondo y se dijo que lo lograría.

—¿Qué le ha enloquecido?

Romey reflexionó unos instantes y decidió que tenía gracia. Resopló, e incluso soltó una pequeña carcajada.

—Esto es maravilloso. Perfecto. Desde hace unas semanas sé algo que el resto del mundo desconoce, a excepción de mi cliente, que, dicho sea de paso, es pura escoria. Debes comprender, Mark, que los abogados oímos muchas cosas privadas que no podemos repetir jamás. Estrictamente confidenciales, ¿comprendes? No podemos revelar en modo alguno lo ocurrido con el dinero, o quién se acuesta con quién, o dónde está enterrado el cadáver, ¿te das cuenta? —declaró mientras se llenaba los pulmones de aire, lo expulsaba con gran regocijo, se acomodaba en su asiento y mantenía los ojos cerrados—. Siento haber tenido que darte un bofetón —añadió, con el dedo en el gatillo.

Mark cerró los ojos y no sintió nada.
—¿Cuántos años tienes, Mark?
—Once.
—Ya me lo habías dicho. Once. Yo tengo cuarenta y cuatro. Los dos somos demasiado jóvenes para morir, ¿no Mark?

—Sí, señor.
—Pero está ocurriendo, compañero. ¿Lo sientes?
—Sí, señor.
—Mi cliente mató a un hombre, escondió el cadáver, y ahora quiere matarme a mí. Eso es todo. Me han vuelto loco. ¡Ja! ¡Ja! Es maravilloso, Mark. Esto es fantástico. Ahora yo, el abogado de confianza, literalmente unos segundos antes de morir, puedo revelarte dónde está el cadáver. El cadáver, Mark, el cuerpo desaparecido más tristemente famoso de nuestra época. Increíble. ¡Por fin puedo revelarlo! —exclamó con unos ojos muy abiertos, que miraban fijamente a Mark—. ¡Es para troncharse de risa!

Mark no le veía la gracia. Miró de soslayo el espejo y luego el seguro de la puerta, a menos de medio metro. La manecilla estaba todavía más cerca.

Romey se relajó de nuevo y cerró los ojos, como si intentara desesperadamente quedarse dormido.

—Lo lamento, muchacho, lo lamento muchísimo, pero como ya te he dicho, es agradable tenerte conmigo —dijo mientras dejaba lentamente la botella sobre el cuadro de mandos, junto a la nota, cogía la pistola con la mano derecha y acariciaba el gatillo con el índice, al tiempo que Mark procuraba no mirar—. Lo siento muchísimo, muchacho. ¿Cuántos años tienes?

—Once. Me lo ha preguntado tres veces.
—¡Cállate! Ahora siento el gas, ¿tú no? ¡Deja de resoplar, maldita sea! ¿No comprendes, imbécil, que es inodoro? No se huele. Yo ya estaría muerto y tú andarías por ahí jugando, si no te hubieras pasado de listo. ¿Sabes que eres bastante estúpido?

No tanto como usted, pensó Mark.
—¿A quién mató su cliente?

Romey sonrió, pero sin abrir los ojos.
—A un senador de Estados Unidos. Lo revelo. Lo revelo. Me voy de la lengua. ¿Lees los periódicos?

—No.
—No me sorprende. El senador Boyette, de Nueva Orleans. Yo también soy de allí.

—¿Qué le ha traído a Memphis?
—¡Maldita sea, muchacho! ¡No haces más que formular preguntas!

—¿Por qué mató su cliente al senador Boyette?
—Por qué, por qué, por qué. Eres un verdadero plomo, Mark.

—Lo sé. ¿Por qué no deja que me marche? —preguntó Mark, al tiempo que miraba la manguera que descansaba sobre el asiento posterior, después de echarle una ojeada al espejo.

—Puede que te pegue un tiro en la cabeza si no te callas —respondió el abogado, con la barbilla tan caída que la barba casi le tocaba el pecho—. Mi cliente ha matado a mucha gente. Así es como gana dinero, matando gente. Forma parte de la mafia de Nueva Orleans y ahora intenta matarme a mí. Peor para él, ¿no te parece, muchacho? Le hemos ganado la mano. Somos los últimos en reírnos.

Romey tomó un largo trago de whisky y miró fijamente a Mark.

—Piensa en ello, muchacho; en estos momentos Barry, conocido como Barry el Navaja, fíjate que esos tipos de la mafia siempre tienen apodos encantadores, me está esperando en un restaurante de mala muerte en Nueva Orleans. Probablemente tiene un par de compinches en los alrededores. Después de una cena tranquila, querría que me subiera con él al coche para dar una vuelta y charlar sobre el caso, y en un momento dado sacaría un cuchillo, de ahí que le llamen el Navaja, y yo pasaría a la historia. Se desharían en cualquier lugar de mi rechoncho cadáver, como lo hicieron con el del senador Boyette, y listos, así de sencillo; habría en Nueva Orleans un nuevo crimen sin resolver. Pero les hemos dado una lección, ¿no es cierto, muchacho? Les hemos dado una lección.

Su discurso era más lento y se le trababa la lengua. Movía la pistola de arriba abajo sobre sus rodillas mientras hablaba. Su dedo permanecía en el gatillo.

—¿Por qué quiere matarle ese individuo llamado Barry? —preguntó Mark para instigarle a que siguiera hablando.

—Otra pregunta. Estoy flotando. ¿Sientes que estás flotando?

—Sí. Es muy agradable.
—Un montón de razones. Cierra los ojos, muchacho. Reza tus oraciones.

Sin dejar de vigilar la pistola, Mark echó una ojeada al seguro de la puerta. Se tocó lentamente la punta de los dedos con el pulgar, como si contara en la clase de párvulos, y comprobó que la coordinación era perfecta.

—Entonces ¿dónde está el cadáver?

Romey resopló y meneó la cabeza. Su voz era casi un susurro.

—El cuerpo de Boyd Boyette. Vaya pregunta. ¿Sabías que ha sido el primer senador estadounidense asesinado en activo? Asesinado por mi querido cliente, Barry Muldanno el Navaja, que le disparó cuatro veces en la cabeza y luego ocultó el cadáver. Sin cadáver, no hay caso. ¿Lo comprendes, muchacho?

—Sinceramente, no.
—¿Por qué no lloras, muchacho? Hace un momento llorabas. ¿No estás asustado?

—Sí, tengo mucho miedo. Y quiero marcharme. Siento que desee morir y todo lo demás, pero yo debo cuidar de mi madre.

—Conmovedor, muy conmovedor. Pero ahora cállate. No lo comprendes, muchacho, los federales tienen que encontrar el cadáver para demostrar que ha tenido lugar un asesinato. Barry es su sospechoso, su único sospechoso, porque realmente fue él quien lo hizo, ¿comprendes?, y ellos lo saben. Pero necesitan el cadáver.

—¿Dónde está?

Una gran nube cubrió el sol y, de pronto, el claro del bosque quedó sumido en la oscuridad. Romey movió suavemente la pistola sobre la pierna, como para advertir a Mark que no hiciera ningún movimiento precipitado.

El Navaja no es el más inteligente de los maleantes que he conocido. Se cree un genio, pero en realidad es bastante estúpido.

Tú eres el estúpido, pensó nuevamente Mark. Sentado en un coche con una manguera conectada al tubo de escape. Procuraba mantenerse inmóvil.

—El cadáver está debajo de mi barco.
—¿Su barco?
—Sí, mi barco. Tenía prisa. Yo había salido de la ciudad y mi querido cliente decidió llevar el cadáver a mi casa y sepultarlo en hormigón debajo de mi garaje. Todavía sigue allí, ¿no te parece increíble? El FBI ha excavado media Nueva Orleans en busca del cuerpo, pero no se les ha ocurrido buscar en mi casa. Puede que Barry no sea tan estúpido después de todo.

—¿Cuándo se lo contó?
—Estoy harto de tus preguntas, muchacho. —Realmente ahora querría marcharme.
—Cállate. El gas está funcionando. Estamos acabados, muchacho. Acabados —dijo después de dejar caer la pistola sobre el asiento.

El motor ronroneaba suavemente. Mark contempló el agujero de bala en la ventana, el sinfín de diminutas fisuras que irradiaban del mismo, y por último el rostro rojizo y los párpados pesados de aquel individuo. Emitió un soplido, casi un ronquido, y le cayó la cabeza sobre el pecho.

¡Estaba perdiendo el conocimiento! Mark le miró fijamente y observó su voluminoso tórax. Había visto a su padre un centenar de veces en circunstancias semejantes.

Mark respiró hondo. El seguro de la puerta haría ruido. La pistola estaba demasiado cerca de la mano de Romey. Se le formó un nudo en el estómago y tenía los pies entumecidos.

El rostro rojizo emitió un fuerte e indolente ruido, y Mark supo que no tendría más oportunidades. Lentamente y con mucha cautela, acercó sus temblorosos dedos al seguro de la puerta.

Los ojos de Ricky estaban casi tan secos como su boca, pero llevaba los pantalones empapados. Estaba bajo el árbol, en la oscuridad, lejos de los matorrales, los hierbajos y el coche. Habían transcurrido cinco minutos desde que había retirado la manguera. Cinco minutos desde el disparo. Pero sabía que su hermano estaba vivo, porque se había desplazado quince metros tras los árboles, hasta ver la cabellera rubia que se movía dentro de aquel enorme coche. De modo que había dejado de llorar y empezado a rezar.

Había regresado al punto de origen, donde se mantenía agachado con la mirada fija en el coche, con el ferviente deseo de ver aparecer a su hermano, cuando de pronto se abrió la puerta y ahí estaba Mark.

La cabeza de Romey había caído sobre el pecho y, cuando empezaba a roncar, Mark arrojó la pistola al suelo con la mano izquierda, mientras abría el seguro con la derecha. Agarró la manecilla, empujó la puerta con el hombro y lo último que oyó al apearse fue otro sonoro ronquido del abogado.

Cayó de rodillas al suelo y se agarró con uñas y dientes a los hierbajos para alejarse del coche. Corrió agachado entre los matorrales y, a los pocos segundos, llegó junto al árbol desde donde Ricky observaba horrorizado. Paró junto al tronco y volvió la cabeza, temiendo que el abogado le persiguiera con la pistola. Pero el coche parecía inofensivo. La puerta seguía abierta. El motor funcionaba. La manguera estaba desconectada. Respiró por primera vez en un minuto y miró lentamente a Ricky.

—He retirado la manguera —dijo Ricky en un tono agudo y con la voz entrecortada.

Mark asintió sin decir palabra. De pronto se sentía mucho más tranquilo. El coche estaba a cinco metros, y si Romey aparecía, podían desaparecer en un instante por el bosque. Además, protegidos por los árboles y los matorrales, el abogado nunca les alcanzaría aunque decidiera empezar a dispararles.

—Tengo miedo, Mark. Vámonos —dijo Ricky en un tono todavía agudo y con manos temblorosas.

—Un momento —respondió Mark, que examinaba atentamente el coche.

—Vamos, Mark. Larguémonos.
—He dicho que esperes un momento.
—¿Está muerto? —preguntó Ricky, con la mirada fija en el coche.

—Creo que no.

De modo que el individuo seguía vivo, tenía una pistola, y era evidente que su hermano mayor ya no estaba asustado y le rondaba algo por la cabeza.

—Yo me largo —farfulló Ricky, al tiempo que retrocedía—. Quiero irme a casa.

Mark permaneció inmóvil. Expulsó suavemente el aire de sus pulmones y observó el vehículo.

—Solo un segundo —respondió de nuevo con mucha seguridad en la voz, sin levantar la mirada.

Ricky dejó de moverse, se inclinó hacia delante y apoyó las manos en sus húmedas rodillas. Observaba a su hermano y movía lentamente la cabeza mientras este se sacaba con toda parsimonia un cigarrillo del bolsillo de la camisa, sin alejar la mirada del coche. Lo encendió, dio una prolongada calada y expulsó el humo hacia las ramas del árbol. Entonces fue cuando Ricky se percató, por primera vez, de la hinchazón de su frente.

—¿Qué te ha ocurrido en el ojo?

De pronto, Mark lo recordó y se frotó suavemente el chichón.

—Me ha dado un par de bofetones.
—Tiene mal aspecto.
—No es nada. ¿Sabes qué voy a hacer? —preguntó hablando casi consigo mismo—. Voy a volver a conectar la manguera al tubo de escape. Le voy a facilitar las cosas a ese hijo de puta.

—Estás más loco que él. No hablarás en serio, ¿verdad, Mark?

Mark dio un bufido. De pronto se abrió la puerta del conductor y apareció Romey pistola en mano. Refunfuñaba en voz alta mientras se tambaleaba hacia la parte posterior del vehículo y, una vez más, se encontró la manguera en el suelo, inofensiva. Puso el grito en el cielo.

Mark se agachó y obligó a Ricky a que también lo hiciera. Romey dio una vuelta y examinó los árboles alrededor del claro. Volvió a blasfemar y llorar ruidosamente. De su cabello descendían gotas de sudor y llevaba la chaqueta negra empapada y pegada al cuerpo. Caminaba de un lado para otro detrás del vehículo, sollozando, hablando y chillando hacia los árboles.

De pronto se detuvo, subió con dificultad su portentoso cuerpo sobre el maletero, se retorció y cayó de espaldas como un elefante drogado, hasta golpearse contra la ventana trasera. Sus robustas piernas se extendían hacia delante. Le faltaba un zapato. Levantó la pistola, sin parsimonia ni precipitación, casi como algo rutinario, y se introdujo el cañón en la boca. Sus ojos desorbitados miraban a todas partes y, momentáneamente, se detuvieron en el tronco donde estaban los muchachos.

Separó los labios y mordió el cañón con sus grandes dientes sucios. Cerró los ojos y apretó el gatillo con el pulgar derecho.