1. Mapa del mundo, probablemente de Sippar, sur de Irak, 700-500 a.C. (British Museum, Londres; foto: akg-images/Erich Lessing).
2. Frontispicio de Abraham Ortelio, Theatrum orbis terrarum, ed. 1584 (foto: colección privada/The Bridgeman Art Library).
3. Ptolomeo, mapa del mundo de la Geografía, siglo XIII (Biblioteca Apostolica Vaticana, Ciudad del Vaticano, Urbinus Graecus 82, fols. 60V-61r; reproducido con el permiso de la Biblioteca Apostolica Vaticana; todos los derechos reservados).
4a. Facsímil del siglo XIX de una copia del siglo XIII del «mapa de Peutinger», hojas correspondientes a Inglaterra, Francia, los Alpes y el norte de África (Osterreichische Nationalbibliothek, Viena, Codex Vindobonensis 324; foto: akg-images).
4b. Facsímil del siglo XIX de una copia del siglo XIII del «mapa de Peutinger», hojas correspondientes a Irán, Irak, la India y Corea (Osterreichische Nationalbibliothek, Viena, Codex Vindobonensis 324; foto: akg-images).
5. Escribas griegos, árabes y latinos en el diván real, de Petrus de Ebulo, Liber ad honorem Augusti, c. 1194 d.C. (Burgerbibliothek, Berna, Cod. 120.II, fol. 101r).
6. Mapa del mundo de al-Idrisi, copia del siglo XVI (Bodleian Library, Oxford University, Oriental Collections, ms. Pococke 375, fols. 3v-4r).
7. Diagrama de Suhrab para un mapa del mundo, en Maravillas de los siete climas a efectos de habitación, siglo X (copyright © British Library Board; todos los derechos reservados; ms. adicional 23379, fols. 4b-5a).
8. Ibn Hawqal, mapa del mundo, 479/1086 (Topkapi Sarayi Muzesi Kutuphanesi, Estambul, A. 3346).
9. Mapa del mundo circular del Libro de curiosidades, ¿siglo XIII? (Bodleian Library, Oxford University, ms. Arab.c.90, fols. 27b-28a).
10. Mapa del mundo rectangular del Libro de curiosidades, ¿siglo XIII? (Bodleian Library, Oxford University, ms. Arab.c.90, fols. 23b-24a).
11. Índice de mapas sectoriales en al-Idrisi, Nuzhat al-mushtaq, 1154, facsímil de K. Miller, 1927 (Library of Congress, Geography and Map Division, Washington).
12a. El mapamundi de Hereford, c. 1300, catedral de Hereford, Herefordshire (foto: The Bridgeman Art Library).
12b. Detalle de Cristo con ángeles, del mapamundi de Hereford (foto: The Bridgeman Art Library).
12c. Detalle de César enviando a gente a topografiar el mundo, del mapamundi de Hereford (foto: The Bridgeman Art Library).
12d. Detalle donde se representa a un jinete y las razas «monstruosas» de África, del mapamundi de Hereford (foto: The Bridgeman Art Library).
13. Mapa zonal de Macrobio, Comentario al Sueño de Escipión, siglo IX (copyright © British Library Board; todos los derechos reservados; ms. Harl. 2772, fol. 70v).
14. Mapa del mundo de las Etimologías de san Isidoro, c. 1130 (Bayerische Staatsbibliothek, Munich, ms. Clm. 10058, fol. 154v; foto: akg-images/De Agostini Picture Library).
15. El mapamundi de Sawley, c. 1190 (Corpus Christi College, Cambridge, ms. 66, p. 2; foto: akg-images/De Agostini Picture Library).
16. El mapa Kangnido («Mapa de las regiones y territorios integrados y de los países y capitales históricos»), c. 1470, tinta sobre seda (reproducido con el permiso de la Biblioteca Universitaria de Ryukoku, Kioto).
17. Detalle de la península de Corea, del mapa Kangnido (reproducido con el permiso de la Biblioteca Universitaria de Ryukoku, Kioto).
18. El mapa de Naikaku, copia de un mapa oficial de Corea, el Tongguk chido, 1463, obra de Chong Chok (reproducido por cortesía de la Biblioteca del Gabinete [Naikaku Bunko] de Tokio).
19. Martin Waldseemüller, Universalis cosmographia, 1507 (Library of Congress, Geography and Map Division, Washington).
20. Planisferio de Nicolás de Caverio, c. 1504-1505 (Bibliothèque Nationale de France, París, Cartes et Plans, GE SH ARCH 1).
21. Ptolomeo, Geografía, la más antigua de las versiones latinas (Biblioteca Apostolica Vaticana, Ciudad del Vaticano, VAT. Lat. 5698; reproducido con el permiso de la Biblioteca Apostolica Vaticana, con todos los derechos reservados).
22. Martin Waldseemüller, mapa «Terre Nove», de la ed. de Estrasburgo de la Geografía de Ptolomeo, 1513 (John Carter Brown Library, Brown University, Providence, Rhode Island; foto: akg-images/ullstein bild).
23. Martin Waldseemüller (atr.), «Orbis Universalis Juxta Hydrographorum Traditionem», c. 1506, de la ed. de Nuremberg de la Geografía de Ptolomeo, c. 1513 (cortesía de John Carter Brown Library, Brown University, Providence, Rhode Island).
24. Henricus Martellus, mapa del mundo, c. 1489 (British Library, Londres, ms. adicional 15760; foto: akg-images/British Library).
25. Anónimo, el «planisferio de Cantino», c. 1502 (Biblioteca Estense, Módena, BE. MO. CG. A.2; foto: akg-images/Album/Oronoz).
26. Martin Behaim, globo terráqueo, 1492 (Germanisches Nationalmuseum, Nuremberg; foto: akg-images/Interfoto).
27. Antonio Pigafetta, «Figura de las cinco islas donde crecen los clavos, y de su árbol», del vol. 2 del Primer viaje alrededor del mundo, c. 1521 (Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale University, ms. 351, fol. 85v).
28. Nuño García de Toreno, mapa de las Molucas, c. 1522 (Biblioteca Reale, Turín; reproducido por cortesía del Ministero per i Beni e le Attività Culturali).
29. Bernard van Orley, «La Tierra bajo la protección de Júpiter y Juno», tapiz de la serie «Las esferas», c. 1525 (copyright © Patrimonio Nacional, Madrid).
30. Diego Ribero, planisferio «de Castiglione», 1525 (Biblioteca Estense Universitaria, Módena, C. G. A.12; reproducido con el permiso del Ministero per i Beni e le Attività Culturali).
31. Diego Ribero, «Mapa universal en el que se contiene todo lo que ha sido descubierto en el mundo hasta ahora», 1529 (Biblioteca Apostolica Vaticana, Ciudad del Vaticano, Borg. Carte Naut. III; reproducido con el permiso de la Biblioteca Apostolica Vaticana; todos los derechos reservados).
32. Gerardo Mercator, Terrae Sanctae (mapa de Tierra Santa), c. 1538, de Henricus Hondius, Atlas sive cosmographicae meditationes, c. 1623 (The Israel Museum, Jerusalén; foto: The Bridgeman Art Library).
33. Gerardo Mercator, Exactissima Flandriae Descriptio, mapa mural de Flandes en nueve hojas, 1539-1540 (cortesía de Museum Plantin-Moretus/Prentenkabinet, Amberes, Unesco World Heritage).
34. Gerardo Mercator, Orbis imago, 1538 (New York Public Library, Nueva York; foto: The Bridgeman Art Library).
35. Oronce Finé, Nova et integra universi orbis descriptio, 1531 (British Library, Londres; foto: akg-images).
36. Gerardo Mercator, mapa del mundo, 1569 (Bibliothèque Nationale de France, París, Cartes et Plans; foto: The Bridgeman Art Library).
37. Suelo de la Burgerzaal (sala central), Palacio Real de Amsterdam, con tres hemisferios incrustados, 1655 (foto © Amsterdam Stichting koninklijk Paleis).
38. Joan Blaeu, frontispicio del Atlas maior, 1662 (Edinburgh University, Special Collections, JZ30-40).
39. Petrus Plancius, Insulae Moluccae, 1592 (Mitchell Library, State Library of New South Wales, ZM2 470/1617/1).
40. Joan Blaeu, Nova Totius Terrarum Orbis Tabula, 1648 (Kraus Map Collection, Harry Ransom Humanities Research Collection, The University of Texas at Austin).
41. Johannes Vermeer, El soldado y la muchacha sonriendo, c. 1657 (Frick Collection, Nueva York; foto: akg-images/Album/Oronoz).
42. Doble retrato de Gerardo Mercator y Jodocus Hondius, de L’Atlas ou méditaciones cosmographiques, 1613.
43. Willem Blaeu, «India quae orientalis», de Theatrum orbis terrarum, c. 1635 (colección privada; foto: copyright © Bonhams, Londres/The Bridgeman Art Library).
44. Hessel Gerritsz (atr.), «India quae orientalis», c. 1632, de Willem Blaeu, Novus Atlas, 1635 (National Library of Australia, Canberra).
45. Joan Blaeu, carta de Sumatra y el estrecho de Malaca, 1653 (Bibliothèque de l’Institut de France, París, ms. 1288; foto: Giraudon/The Bridgeman Art Library).
46. Joan Blaeu, mapamundi del Atlas maior, 1664 (Library of Congress, Geography and Map Division, Washington).
47. César-François Cassini de Thury, Carte de France, n.º 1 (donde se representa París), 1756 (foto: akg-images).
48. Louis Capitaine, Carte de la France suivant sa nouvelle division en départements et districts, 1790 (Bibliothèque Nationale de France, París, Cartes et Plans, Ge. F. carte 6408; foto: David Rumsey Historical Map Collection, www.davidrumsey.com).
49. Coronel sir Thomas Holdich, mapa de África, en «How are we to get maps of Africa», The Geographical Journal, vol. 18, n.º 6, 1901, pp. 590-601 (foto: Royal Geographical Society Picture Library, Londres).
50. Halford Mackinder, «Esbozo de mapa para ilustrar el viaje del Sr. Mackinder al monte Kenia», en «A journey to the summit of Mount Kenia, British East Africa», The Geographical Journal, vol. 15, n.º 5, 1900, pp. 453-476 (foto: Royal Geographical Society Picture Library, Londres).
51. Primera fotografía de la Tierra entera, hecha desde el espacio por la tripulación del Apolo 17, 1972 (foto: NASA).
52. Página de inicio de Google Earth (U.S. Dept. of State Geographers, copyright © 2012 Tele Atlas; datos: SIO, NOAA, U.S. Navy, NGA, GEBCO, © 2012 Google).
53. El planisferio de Peters, 1973 (copyright © ODT, Inc., Amherst, Massachusetts, www.odtmaps.com).
54. Fotogramas de la película Powers of Ten, de Charles y Ray Eames, 1968 (copyright © Eames Office, Santa Mónica).
55. Cartograma de la población humana en el año 1500 (copyright © SASI Group [University of Sheffield] y Mark Newman [University of Michigan]).
56. Servicio Oficial de Cartografía del Reino Unido, Diagrama guía de secciones para el Mapa Internacional [del Mundo] a escala 1:1.000.000 (hemisferios norte y sur), 1909 (reproducido por cortesía de Norman B. Leventhal Map Center, Boston Public Library, signatura G3200 1909.G7).
En 1881, el arqueólogo de origen iraquí Hormuzd Rassam descubrió un pequeño fragmento de una tablilla de arcilla cuneiforme de 2.500 años de antigüedad en las ruinas de la que fuera la ciudad babilonia de Sippar, hoy conocida como Tell Abu Habbah, en la periferia suroriental de la actual Bagdad. La tablilla era solo una más de entre las casi 70.000 excavadas por Rassam durante un período de dieciocho meses y enviadas al British Museum de Londres. La misión de Rassam, inspirada por un grupo de asiriólogos ingleses que luchaban por descifrar la escritura cuneiforme, consistía en descubrir alguna tablilla que proporcionara —o eso se esperaba— una descripción histórica del diluvio bíblico.1 Al principio, esta tablilla en concreto fue ignorada en favor de otros ejemplos más impresionantes y completos. Ello se debió en parte a que Rassam, que no sabía leer la escritura cuneiforme, no fue consciente de su importancia, que solo se llegaría a apreciar a finales del siglo XIX, cuando se consiguió traducir satisfactoriamente dicha escritura. Hoy, la tablilla se exhibe al público en el British Museum, rotulada como «El mapa del mundo babilonio». Es el primer mapa del mundo del que se tiene noticia.
La tablilla descubierta por Rassam es el objeto más antiguo conservado que representa el mundo entero en un plano a vista de pájaro, mirando la Tierra desde arriba. El mapa se compone de dos anillos concéntricos, dentro de cada uno de los cuales hay una serie de círculos, rectángulos y curvas aparentemente arbitrarios, y todos ellos están centrados en torno a un agujero al parecer realizado con un temprano compás. Distribuidos uniformemente alrededor del círculo exterior aparecen ocho triángulos, de los que solo cinco siguen siendo legibles. Únicamente cuando se descifra el texto cuneiforme la tablilla empieza a tener sentido como mapa.
El círculo exterior aparece rotulado como marratu, o «mar salado», y representa un océano que rodea el mundo habitado. Dentro del anillo interior, el más prominente de los rectángulos de esquinas redondeadas, que atraviesa el agujero central, representa al río Éufrates, el cual fluye desde un semicírculo en el norte rotulado como «montaña» hasta el rectángulo horizontal que aparece al sur rotulado como «canal» y «ciénaga». Otro rectángulo, que divide en dos al Éufrates, aparece rotulado como «Babilonia», y está rodeado por un arco de círculos que representan ciudades y regiones, entre ellas Susa (en el sur de Irak), Bit Yakin (una comarca de Caldea, cerca de donde nació el propio Rassam), Habban (hogar de la antigua tribu casita), Urartu (en Armenia), Der y Asiria. Los triángulos que salen hacia fuera desde el círculo exterior del mar se hallan rotulados como nagû, que puede traducirse por «región» o «provincia». Junto a ellos aparecen crípticas leyendas que describen distancias (tales como «seis ligas entre el lugar donde no se ve el Sol»),2 además de animales exóticos: camaleones, íbices, cebúes, monos, avestruces, leones y lobos. Son espacios inexplorados, los míticos y remotos lugares situados más allá de los límites circulares del mundo conocido por los babilonios.
El texto cuneiforme que aparece en la parte superior y al dorso de la tablilla revela que este es algo más que un mero mapa de la superficie terrestre: es un diagrama exhaustivo de la cosmología babilonia, con el mundo habitado como su manifestación. Esos seductores fragmentos hablan de un mito de la creación, el de la batalla entre los dioses babilonios Marduk y Tiamat. En la mitología babilonia, la victoria de Marduk sobre lo que la tablilla denomina los «dioses arruinados» llevó a la fundación del cielo y la tierra, la humanidad y el lenguaje, todo ello centrado en Babilonia, creada «sobre el mar agitado». La tablilla, hecha de la arcilla de la tierra, es una expresión física de las míticas hazañas de Marduk, la creación de la Tierra y los posteriores logros de la civilización humana, modelada a partir del acuático caos primordial.
Las circunstancias de la creación de la tablilla todavía resultan oscuras. El texto que aparece al dorso de esta identifica a su escriba como descendiente de alguien llamado «Ea-bel-ili», de la antigua ciudad de Borsippa (Birs Nimrud), al sur de Sippar; pero sigue siendo un misterio por qué y para quién se hizo. No obstante, se puede afirmar que constituye un temprano ejemplo de uno de los objetivos más básicos del conocimiento humano: imponer alguna clase de orden y estructura en el vasto y aparentemente ilimitado espacio del mundo conocido. Junto con su descripción simbólica y mítica de los orígenes del mundo, el mapa de la tablilla presenta una abstracción de la realidad terrestre. Abarca la Tierra clasificándola en círculos, triángulos, rectángulos y puntos, unificando escritura e imagen en un retrato del mundo en cuyo centro se halla Babilonia. Más de ocho milenios antes de que el sueño de observar la Tierra desde el espacio profundo se hiciera realidad, el mapa babilonio ofrece a quienes lo contemplan la posibilidad de ver el mundo desde arriba y de adoptar una perspectiva divina de la creación terrenal.
Aún hoy, ni siquiera el viajero más entusiasta puede esperar experimentar más que una fracción de la superficie total de la Tierra, de más de 510 millones de kilómetros cuadrados. En el mundo antiguo, incluso los viajes a corta distancia representaban una actividad rara y difícil, que generalmente se emprendía con renuencia y era temida por quienes la realizaban.3 «Ver» las dimensiones del mundo reproducidas en una tablilla de arcilla de solo 12 por 8 centímetros debía de resultar algo imponente, hasta mágico. Esto es el mundo —dice la tablilla—, y el mundo es Babilonia. Para quienes se veían a sí mismos como parte de Babilonia, aquel era un mensaje tranquilizador. Para quienes la contemplaban y no lo eran, la descripción del poder y el dominio babilonios que hace la tablilla era inequívoca. No resulta sorprendente que, desde tiempos antiguos, la clase de información geográfica transmitida por objetos como la tablilla babilonia fuera coto exclusivo de la élite mística o dirigente. Como veremos a lo largo de este libro, para los chamanes, sabios, gobernantes y líderes religiosos, los mapas del mundo conferían una autoridad mágica y arcana a sus artífices y propietarios. Si aquellas personas entendían los secretos de la creación y la extensión de la humanidad, entonces sin duda debían de saber cómo dominar el mundo terrestre en toda su terrible e imprevisible diversidad.
Aunque el mapa babilonio representa la primera tentativa conocida de cartografiar todo el mundo conocido, de hecho constituye un ejemplo relativamente tardío de cartografía humana. Los ejemplos más antiguos conocidos de arte prehistórico que representa el paisaje en un plano se hallan inscritos en roca o arcilla y preceden al mapa del mundo babilonio en más de 25.000 años, remontándose al período del Paleolítico Superior, hacia 30000 a.C. Estas primeras inscripciones, objeto de un amplio debate entre los arqueólogos con respecto a su fecha y significado, parecen representar chozas con figuras humanas, cercados de ganado, divisiones entre viviendas básicas, representaciones de terrenos de caza, y hasta ríos y montañas. La mayoría de ellas son tan simples que fácilmente podrían confundirse con intentos abstractos, geométricos, de representar la distribución espacial de objetos o acontecimientos cuando en realidad son probablemente señales más simbólicas, vinculadas a indescifrables referencias míticas, sagradas y cosmológicas cuyo sentido se nos ha escapado para siempre. Hoy, los arqueólogos se muestran más cautos que sus predecesores decimonónicos a la hora de adjudicar el término «mapa» a estos antiguos ejemplos de arte rupestre: establecer una fecha clara para la aparición del arte rupestre prehistórico parece ser algo tan fútil como definir cuándo un bebé aprende a diferenciarse espacialmente de su entorno inmediato.4
¿Es acaso el impulso cartográfico un instinto humano básico y persistente?5 ¿Dónde estaríamos sin los mapas? La respuesta obvia es, desde luego, «perdidos»; pero los mapas proporcionan respuestas a muchas más preguntas que simplemente la de cómo desplazarse de un lugar a otro. En la primera infancia adquirimos la percepción de nosotros mismos en relación con el mundo físico, más amplio, procesando espacialmente información. Los psicólogos denominan a esta actividad «cartografía cognitiva», el dispositivo mental por el que los individuos adquieren, ordenan y recuerdan información sobre su entorno espacial, y, al hacerlo, se distinguen y definen espacialmente en relación con el mundo vasto, terrible e incognoscible de «ahí fuera».6 Esta clase de cartografía no es un rasgo único de los humanos. Los animales también utilizan procedimientos cartográficos, tales como la marca de un territorio por el olor que realizan los perros o los lobos, o la localización del néctar de una colmena definida por el «baile» de la abeja melífera.7 Pero solo los humanos han dado el salto crucial de la cartografía cognitiva a la cartografía física propiamente dicha.8 Con la aparición de métodos gráficos de comunicación permanente, hace más de 40.000 años, los humanos desarrollaron la capacidad de traducir la efímera información espacial de forma permanente y reproducible.
Entonces, ¿qué es un mapa? Las diversas variantes del término «mapa» (y sus derivados) se utilizan en varias lenguas europeas modernas, como el inglés, el español, el portugués o el polaco, y provienen de la palabra latina mappa, que significa «mantel» o «servilleta». En cambio, el término francés equivalente —carte— tiene su origen en una palabra latina distinta, carta, que también proporciona la raíz del término «mapa» en italiano y en ruso (carta y karta, respectivamente) y hace referencia a un documento formal; a su vez, esta se deriva de la palabra griega para designar el papiro. En cambio, el término que en griego antiguo designa un mapa —pinax— sugiere una clase de objeto diferente. Un pinax es una tablilla hecha de madera, metal o piedra, en la que se dibujaban o grababan palabras o imágenes. El árabe toma el término en un sentido más visual: utiliza dos palabras, surah, traducido como «figura», y naqshah, o «pintura»; mientras que el chino adopta una palabra similar, tu, que significa «dibujo» o «diagrama».9 En el caso del inglés, la palabra map (o mappe) solo entró en el vocabulario en el siglo XVI, y entre esa época y la década de 1990 se propusieron más de 300 definiciones distintas del término.10
Hoy, los eruditos anglosajones generalmente aceptan la definición proporcionada por la actual History of Cartography, una obra en varios volúmenes publicada desde 1987 bajo la coordinación general de J. B. Harley y David Woodward. En su prefacio al primer volumen, Harley y Woodward proponían una nueva definición del término en inglés. «Los mapas —decían— son representaciones gráficas que facilitan una comprensión espacial de cosas, conceptos, condiciones, procesos o acontecimientos del mundo humano.»11* Esta definición (que será la que adopte a lo largo de este libro) «se extiende naturalmente a la cartografía celeste y a los mapas de cosmografías imaginarias», liberándolas de las definiciones geométricas más restringidas del término. Al incluir la cosmografía —que describe el universo analizando la Tierra y el firmamento—, la definición de los mapas de Harley y Woodward nos permite ver objetos arcaicos como el mapa babilonio a la vez como un diagrama cósmico y como un mapa del mundo.
La concepción consciente de los mapas, y la ciencia de su creación, son invenciones relativamente recientes. Durante milenios, lo que las diversas culturas denominaban «mapas» fueron realizados por personas que no pensaban en ellos como en algo adscrito a una categoría independiente de la escritura de documentos formales, de la pintura, el dibujo o la inscripción de diagramas en una serie de medios distintos, desde la piedra hasta el papel. La relación entre los mapas y lo que llamamos geografía resulta aún más sutil. Desde los griegos, la geografía se ha definido como el estudio gráfico (graphein) de la tierra (ge), del que la cartografía representa una parte vital. Pero, en cuanto disciplina intelectual, en Occidente la geografía no se formalizó apropiadamente como profesión o como objeto de estudio académico hasta el siglo XIX.
Es en esta variopinta diversidad de mapas —en forma de paños, tablillas, dibujos o copias impresas— donde reside gran parte de su extraordinario poder y su persistente fascinación. Un mapa es tanto un objeto físico como un documento gráfico, y es a la vez textual y visual: no se puede entender un mapa sin el texto, pero un mapa sin un elemento visual es simplemente una colección de topónimos. Un mapa se basa en métodos artísticos de ejecución para crear una representación en última instancia imaginativa de un objeto incognoscible (el mundo); pero está también conformado por principios científicos, y realiza una abstracción de la Tierra según una serie de líneas y formas geométricas. Un mapa tiene que ver con el espacio como su objetivo último, según la definición de Harley y Woorward. Ofrece una comprensión espacial de acontecimientos del mundo humano; pero, como veremos en este libro, a menudo tiene que ver también con el tiempo, en cuanto que requiere del espectador que observe cómo dichos acontecimientos se desarrollan uno tras otro. Por supuesto, observamos los mapas visualmente, pero también podemos leerlos como una serie de historias distintas.
Todas estas facetas se aúnan en el tipo de mapas que constituyen el objeto de este libro: los mapas del mundo. Pero al igual que el término «mapa» posee sus propias cualidades esquivas y cambiantes, lo mismo ocurre con el concepto de «el mundo». La de «mundo» es una idea artificial, social. Alude al espacio físico completo del planeta, pero también puede referirse a la serie de ideas y creencias que constituyen una «visión del mundo» cultural o individual. Para muchas culturas, a lo largo de toda la historia, el mapa ha sido el vehículo perfecto para expresar ambos conceptos de «mundo». Los centros, las fronteras y toda la parafernalia incluida en cualquier mapa del mundo se definen por esas «visiones del mundo» tanto como por la observación física de la Tierra por parte del cartógrafo, que, de todos modos, nunca se realiza desde una perspectiva cultural neutra. Los doce mapas de este libro presentan todos ellos visiones del espacio físico del mundo entero que son resultado de las ideas y creencias que los informan. Una determinada visión del mundo da lugar a un mapa del mundo; pero el mapa del mundo, a su vez, define la visión del mundo propia de su cultura. Se trata de un acto excepcional de alquimia simbiótica.12
Los mapas del mundo plantean al cartógrafo desafíos y oportunidades distintos de los relacionados con la cartografía de áreas locales. Para empezar, su escala implica que nunca se van a utilizar como mecanismos de búsqueda de rutas que permitan a sus usuarios desplazarse de una posición en la superficie de la tierra a otra. Pero la distinción más significativa entre la cartografía local y la mundial es una distinción de percepción, y plantea un serio problema a la hora de elaborar cualquier mapa del mundo. A diferencia de un área local, el mundo nunca puede ser aprehendido en una sola mirada sinóptica por el ojo del cartógrafo. Incluso en tiempos antiguos, era posible localizar accidentes naturales o artificiales desde los que observar una zona pequeña con un ángulo oblicuo (una perspectiva «a vista de pájaro») y divisar sus elementos básicos. En cambio, hasta el advenimiento de la fotografía desde el espacio tal perspectiva nunca estuvo disponible a la hora de apreciar la Tierra entera.
Antes de esa innovación trascendental, el cartógrafo que creaba un mapa del mundo utilizaba dos recursos en particular, ninguno de los cuales era físicamente parte de la tierra: el cielo por encima de su cabeza, y su propia imaginación. La astronomía le permitía observar el movimiento del Sol y las estrellas, y estimar el tamaño y la forma de la Tierra. Unidos a tales observaciones estaban los presupuestos, más imaginativos, basados en prejuicios personales y en mitos y creencias populares, que de hecho, y como veremos, todavía siguen ejerciendo su poder en cualquier mapa del mundo. El uso de imágenes fotográficas de satélite es un fenómeno relativamente reciente que permite a la gente creer que ve la Tierra flotando en el espacio; pero durante tres milenios antes de eso, tal perspectiva requirió siempre un acto imaginativo (aun así, una fotografía desde el espacio no es un mapa, y es también objeto de convenciones y manipulaciones, como señalo en el último capítulo de este libro, sobre la cartografía online y su uso de las imágenes de satélite).
Hay otros desafíos y oportunidades, más allá de los que percibimos de manera inmediata, que afectan a todos los mapas del mundo, incluidos los que he escogido en este libro, y se puede ver el embrión de cada uno de ellos contemplando de nuevo el mapa babilonio. Uno de los principales desafíos es el de la abstracción. Cualquier mapa es un sustituto del espacio físico que pretende mostrar, construyendo lo que representa, y organizando la infinita y sensual variedad de la superficie terrestre según una serie de marcas abstractas, los principios de límites y fronteras, centros y márgenes. Tales marcadores pueden verse en las rudimentarias líneas del arte topográfico rupestre, o en las cada vez más regulares formas geométricas del tipo de las de la tablilla babilonia. Cuando esas líneas se aplican a la Tierra entera, un mapa no solo representa el mundo, sino que imaginativamente lo produce. Durante siglos, el único modo de aprehender el mundo fue por medio de la imaginación, y los mapas del mundo mostraban, imaginativamente, qué aspecto podría tener ese mundo físicamente incognoscible. Los cartógrafos no solo reproducen el mundo, sino que lo construyen.13
Una consecuencia lógica de que la cartografía sea un potente acto imaginativo es que, en la frase acuñada por el filósofo polaco-estadounidense Alfred Ko4rzybski en la década de 1940, «el mapa no es el territorio».14 De manera similar a la relación entre el lenguaje y los objetos que denota, el mapa nunca puede consistir en el territorio que pretende representar. «Lo que está en el mapa de papel —sostenía el antropólogo inglés Gregory Bateson— es una representación de lo que estaba en la representación retiniana del hombre que hizo el mapa; y cuando amplías aún más la cuestión, lo que obtienes es una regresión infinita, una serie infinita de mapas. El territorio no aparece nunca en absoluto.»15 Un mapa siempre maneja la realidad que trata de mostrar. Funciona por medio de la analogía: en un mapa, un camino se representa mediante un símbolo concreto que apenas guarda semejanza con el camino en sí, pero los observadores llegan a aceptar que el símbolo se parece a un camino. Lejos de imitar el mundo, los mapas desarrollan signos convencionales que llegamos a aceptar que representan algo que nunca podrán mostrar realmente. El único mapa que podría representar completamente el territorio que describe sería uno que tuviera la escala, en la práctica redundante, de 1:1. De hecho, la selección de la escala, un método proporcional de determinar una relación coherente entre el tamaño del mapa y el espacio que representa, se halla estrechamente relacionada con el problema de la abstracción, y ha sido una rica fuente de placer y de humor para muchos escritores. En Silvia y Bruno: conclusión (1893), de Lewis Carroll, el personaje de otro mundo Mein Herr anuncia que «en realidad hemos hecho un mapa del país, ¡a una escala de una milla por milla!». Cuando le preguntan si ese mapa se ha utilizado mucho, Mein Herr admite que «Nunca se ha desplegado», y que «los granjeros se opusieron: ¡dijeron que cubriría el país entero y taparía la luz del Sol! De modo que ahora usamos el mismo país como su propio mapa, y te aseguro que funciona casi igual de bien».16 Esa presuntuosidad se lleva aún más lejos en un texto de Jorge Luis Borges, quien, en su relato breve de un solo párrafo «Del rigor en la ciencia» (1946), reformula el relato de Carroll en una clave más sombría. Borges describe un mítico imperio donde el arte de la cartografía había alcanzado tal nivel de detalle que
los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.17
Borges entendió tanto el eterno dilema como la potencial arrogancia del cartógrafo: en el intento de producir un mapa exhaustivo de su mundo, debe realizar un proceso de reducción y selección. Pero si su mapa a escala 1:1 es un sueño imposible, ¿qué escala debería escoger un cartógrafo para asegurarse de que su mapa del mundo no sufre el destino que describía Borges? Muchos de los mapas del mundo que aparecen en este libro ofrecen una respuesta, pero ninguna de las escalas en ellos escogidas (o, de hecho, nada de lo relacionado con ellos) ha sido nunca universalmente aceptado como definitivo.
Otro problema que se presenta es el de la perspectiva. ¿En qué posición imaginaria debe situarse el cartógrafo antes de empezar a cartografiar el mundo? La respuesta, como ya hemos visto, depende invariablemente de la visión del mundo predominante del cartógrafo. En el caso del mapa del mundo babilonio, Babilonia se halla en el centro del universo, o en lo que el historiador Mircea Eliade ha denominado el axis mundi.18 Según Eliade, todas las sociedades arcaicas utilizan ritos y mitos para crear lo que él describe como una «situación fronteriza», en cuyo punto «el hombre se descubre a sí mismo tomando conciencia de su lugar en el universo». Este descubrimiento crea una distinción absoluta entre un reino sagrado, minuciosamente delimitado, de existencia ordenada, y un reino profano que es desconocido, informe y, por ende, peligroso. En el mapa del mundo babilonio, tal espacio sagrado, circunscrito a su anillo interior, se contrasta con el espacio profano definido por los triángulos exteriores, que representan lugares caóticos e indiferenciados, antitéticos al centro sagrado. La orientación y construcción del espacio desde esta perspectiva repite el acto divino de la creación, dando forma a partir del caos, y situando al cartógrafo (y a su patrón) en pie de igualdad con los dioses. Eliade sostiene que tales imágenes implican la creación de un centro que establece un conducto vertical entre los mundos terrestre y divino, y que estructura las creencias y acciones humanas. Quizá el agujero que aparece en el centro del mapa del mundo babilonio, generalmente considerado el resultado del uso de un compás para marcar los parámetros circulares del mapa, sea más bien un canal de comunicación entre este mundo y el otro.
La clase de perspectiva adoptada por el mapa del mundo babilonio también podría denominarse cartografía egocéntrica. A lo largo de la mayor parte de la historia escrita, la abrumadora mayoría de los mapas sitúan la cultura que los ha producido en su centro, como ocurre con muchos de los mapas del mundo que se tratan en este libro. Hasta la actual cartografía online se ve impulsada en parte por el deseo del usuario de, ante todo, localizarse a sí mismo en el mapa digital, tecleando la dirección de su casa antes que ninguna otra cosa y a continuación utilizando el zoom para ver de cerca ese emplazamiento. Es este un sempiterno acto de reafirmación personal, situándonos a nosotros mismos como individuos en relación con un mundo más grande del que sospechamos una suprema indiferencia hacia nuestra existencia. Pero si esta perspectiva centra literalmente a los individuos, también los eleva como dioses, invitándolos a alzar el vuelo y ver la tierra desde arriba, desde una óptica divina, examinando el mundo entero en una mirada, con un sereno distanciamiento, y contemplando aquello que los vulgares mortales solo pueden imaginar.1919 La disimulada genialidad del mapa consiste en hacer creer al observador, aunque solo sea por un momento, que tal perspectiva es real, que no sigue todavía atado a la tierra, mirando un mapa. Y ahí reside una de las características más importantes del mapa: el observador se ve situado a la vez dentro y fuera de él. En el acto de localizarse en él, el observador se encuentra a la vez elevándose imaginativamente por encima (y fuera) de él en un momento de contemplación trascendente, más allá del tiempo y del espacio, viéndolo todo desde ninguna parte. Si el mapa ofrece al observador una respuesta a la persistente pregunta existencial de «¿Dónde estoy?», lo hace a través de un desdoblamiento mágico que le sitúa en dos lugares a la vez.20
Esta cuestión de definir dónde se sitúa el observador en relación con un mapa del mundo es un problema con el que los geógrafos han luchado durante siglos. Para los geógrafos renacentistas, una solución fue comparar al observador de un mapa con un espectador teatral. En 1570, el cartógrafo flamenco Abraham Ortelio (o Abraham Ortelius) publicó un libro con mapas del mundo y sus regiones titulado Theatrum orbis terrarum. Ortelio utilizó la definición griega de «teatro» —theatron— como «un lugar donde ver un espectáculo». Al igual que en un teatro, los mapas que se extienden ante nuestros ojos presentan una versión creativa de una realidad que pensamos que conocemos, pero al mismo tiempo la transforman en algo muy distinto. Para Ortelio, como para muchos otros cartógrafos renacentistas, la geografía es «el ojo de la historia», un teatro de la memoria, puesto que, en sus propias palabras, «teniendo las cartas delante, como si presentes estuviésemos vemos las hazañas, o siquiera los lugares en que fueron hechas». El mapa actúa como un «espejo», porque «teniendo delante de los ojos estas cartas como unos espejos de las cosas, queda más impreso en la memoria; y así sucede que a lo menos entonces entendemos con algún fruto las cosas que leemos». Pero como los mejores dramaturgos, Ortelio reconoce que sus «espejos» constituyen un proceso de negociación creativa, porque en ciertos mapas «algunas veces según nuestro parecer hemos mudado, y algunas quitado, y otra veces, cuando así lo requería el negocio, hemos añadido».21
Ortelio describe la posición desde la que un observador contempla un mapa del mundo, que se halla estrechamente relacionada con la orientación, la ubicación que utilizamos como punto de referencia. En sentido estricto, la orientación suele referirse a la posición o dirección relativa; en la época moderna el término se ha consolidado como la fijación de la ubicación en relación con los puntos marcados en una brújula magnética. Pero mucho antes de la invención de la brújula en China en el siglo II d.C., los mapas del mundo ya se orientaban en función de uno de los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. La decisión de orientar los mapas según una dirección primaria varía de una cultura a otra (como se verá en los doce mapas de los que se trata en este libro), pero no hay ninguna razón puramente geográfica por la que una dirección sea mejor que cualquier otra, o que respalde el hecho de que los mapas occidentales modernos hayan adoptado el supuesto de que el norte debería estar en la parte superior de todos los mapas del mundo.
Por qué el norte triunfó en última instancia como dirección primaria en la tradición geográfica occidental, especialmente considerando sus connotaciones inicialmente negativas para el cristianismo (de las que trataré en el capítulo 2), es algo que nunca ha sido explicado plenamente. Los mapas griegos tardíos y las primeras cartas de navegación medievales, o portulanos, se dibujaron utilizando brújulas magnéticas, que probablemente establecieron la superioridad de cara a la navegación del eje norte-sur sobre el eje este-oeste; pero aun así, hay pocas razones por las que no podría haberse adoptado, en cambio, el sur como el punto cardinal de orientación más sencillo, y de hecho los cartógrafos musulmanes siguieron dibujando mapas con el sur en la parte superior hasta mucho después de la adopción de la brújula. Fueran cuales fuesen las razones del establecimiento definitivo del norte como dirección primaria en los mapas del mundo, resulta bastante claro que, como se mostrará en los siguientes capítulos, no hay razones convincentes para escoger una dirección en lugar de otra.
Quizá el problema más complejo de todos los que afronta el cartógrafo sea el de la proyección. Para los cartógrafos modernos, el término «proyección» alude a la representación bidimensional en una superficie plana de un objeto tridimensional —a saber, el globo terráqueo— utilizando un sistema de principios matemáticos. Pero esto solo se formuló conscientemente como método en el siglo II d.C., por parte del geógrafo griego Ptolomeo, que empleó una cuadrícula de líneas geométricas de latitud y longitud (o retícula de coordenadas geográficas) para proyectar la Tierra en una superficie plana. Antes de esto, los mapas como el del ejemplo babilonio no proporcionaban ninguna proyección (o escala) evidente para estructurar su representación del mundo (aunque, obviamente, no por ello dejaran de proyectar una imagen geométrica del mundo basada en sus presupuestos culturales sobre la forma y el tamaño de este). A lo largo de los siglos se han utilizado círculos, cuadrados, rectángulos, óvalos, corazones, y hasta trapezoides y toda una serie de formas distintas para proyectar el globo en un plano, cada una de ellas basada en un conjunto de creencias culturales concretas. Algunas de ellas presuponían una Tierra esférica; otras no: en el mapa babilonio, el mundo se representa como un disco plano, con sus dimensiones habitadas rodeadas por mar, más allá del cual están sus bordes literalmente informes. También los primeros mapas chinos parecen aceptar la creencia en una Tierra plana, aunque, como veremos, ello se basa en parte en su peculiar fascinación por el cuadrado como un principio cosmológico definitivo. Como mínimo en el siglo IV a.C. los griegos habían mostrado ya que la Tierra era una esfera y producido una serie de mapas circulares proyectados en una superficie plana.
Todas estas proyecciones intentaban resolver un persistente rompecabezas geográfico y matemático: ¿cómo se reduce la Tierra entera a una sola imagen plana? Una vez que se demostró científicamente la esfericidad de la Tierra, el problema se complicó aún más: ¿cómo se podía proyectar la esfera en una superficie plana de una manera exacta?22 La respuesta, como demostró de manera concluyente el matemático alemán Carl Friedrich Gauss con su trabajo sobre proyecciones en la década de 1820, era que no se podía. Gauss mostró que una esfera curva y un plano no eran isométricos; en otras palabras, el globo terráqueo nunca se podría cartografiar en la superficie plana de un mapa utilizando una escala fija sin que hubiera alguna forma de distorsión de forma o angularidad; a lo largo de este libro veremos algunas de las numerosas distorsiones que se han adoptado.23 Pese a los argumentos de Gauss, la búsqueda de proyecciones «mejores», más exactas, no hizo sino intensificarse (hasta el propio Gauss ofreció su propio método de proyección). Aún hoy, el problema permanece oculto a simple vista, invariablemente reconocido en los mapas y atlas del mundo, pero enterrado en los detalles técnicos de su elaboración.
Una de las muchas paradojas de los mapas es que, por más que los cartógrafos lleven miles de años confeccionándolos, nuestro estudio y comprensión de ellos sigue estando todavía relativamente en su infancia. La geografía no surgió en Europa como disciplina académica hasta el siglo XIX, coincidiendo con la profesionalización de los autores de mapas, ya que fue entonces cuando se empezó a designar a estos con el título, más científico, de cartógrafos. Debido a ello, solo en fecha reciente la geografía ha iniciado una tentativa sistemática de entender la historia de los mapas y su papel en las distintas sociedades. En 1935, Leo Bagrow (1881-1957), un oficial de la marina rusa con formación arqueológica, fundó Imago Mundi, la primera revista dedicada al estudio de la historia de la cartografía, a la que seguiría en 1944 la conclusión de su Die Geschichte der Kartographie, el primer estudio exhaustivo sobre la materia.24 Desde entonces solo se ha publicado un puñado de libros populares sobre el tema escritos por expertos en este campo, y no se espera que la ya mencionada History of Cartography en varios volúmenes editada por Harley y Woodward se actualice durante los próximos años, dada la trágica muerte de ambos tras iniciarse el proyecto. La cartografía sigue siendo una materia necesitada de una disciplina propia; normalmente quienes emprenden su estudio son eruditos (como yo mismo) formados en toda una serie de campos distintos, y su futuro resulta aún más incierto que los mapas que trata de interpretar.
Este libro narra una historia que muestra que, pese a los tenaces esfuerzos de varias generaciones de cartógrafos, las pretensiones últimas de la cartografía científica todavía no se han materializado. El primer gran estudio topográfico nacional de todo un país basado en los principios científicos ilustrados, la Carte de Cassini (de la que trataré en el capítulo 9), nunca fue realmente completado, y su equivalente global, el Mapa Internacional del Mundo, concebido a finales del siglo XIX, y cuya historia se narra en la «Conclusión» de este volumen, se abandonó hacia finales del XX. El errático desarrollo de la geografía como disciplina académica y profesional durante los dos últimos siglos ha hecho que esta se haya mostrado relativamente lenta a la hora de cuestionar sus presupuestos intelectuales. En los años más recientes, los geógrafos han pasado a mostrar serias reservas en torno a su implicación en la partición política de la Tierra. La creencia en la objetividad de los mapas se ha visto sometida a una profunda revisión, y hoy se reconoce que estos se hallan íntimamente unidos a los sistemas de poder y autoridad predominantes. Su creación no es una ciencia objetiva, sino una empresa realista, y aspira a una manera concreta de representar la realidad. El realismo es una representación estilística del mundo, exactamente igual que el naturalismo, el clasicismo o el romanticismo, y no es casualidad que las pretensiones de objetividad de la cartografía alcanzaran su apogeo coincidiendo con el auge de la novela realista en Europa, en el siglo XIX. Lejos de argumentar que la elaboración de mapas sigue un progreso inexorable hacia la exactitud y la objetividad científicas, en este libro sostendré que se trata más bien de una «cartografía sin progreso», que proporciona a las diferentes culturas visiones concretas del mundo en momentos concretos del tiempo.25
En este libro tomaré doce mapas del mundo de culturas y momentos diversos de la historia universal, y examinaré los procesos creativos a través de los que trataron de resolver los problemas que afrontaban sus artífices, desde la percepción y la abstracción hasta la escala, pasando por la perspectiva, la orientación y la proyección. Los problemas son constantes, pero las respuestas son específicas de la cultura concreta de cada cartógrafo, y descubriremos que lo que impulsó a estos fue de índole personal, emocional, religiosa, política y financiera tanto como geográfica, técnica y matemática. Cada mapa, o bien configuró las actitudes de la gente ante el mundo en que vivía, o bien cristalizó una determinada visión del mundo en momentos concretos de la historia global, aunque a menudo hizo ambas cosas. Estos doce mapas se crearon en momentos particularmente cruciales, en que sus artífices tomaron decisiones audaces acerca de qué representar y cómo representarlo. Y de paso crearon nuevas visiones del mundo que aspiraban no solo a explicar a sus destinatarios que ese era el aspecto que tenía el mundo, sino también a convencerlos de por qué existía, y a mostrarles su propio lugar en él. Cada mapa resume asimismo una idea o cuestión concreta que a la vez motivó su creación y captó la comprensión que sus contemporáneos tenían del mundo, desde la ciencia, la política, la religión y el imperio hasta el nacionalismo, el comercio y la globalización. Pero los mapas no siempre están configurados solo por la ideología, consciente o inconscientemente. Diversas fuerzas emocionales implícitas también han desempeñado un papel en su elaboración. Los ejemplos de ello van aquí desde la búsqueda del intercambio intelectual en un mapa islámico del siglo XII hasta los conceptos globales de tolerancia e igualdad en el controvertido planisferio de Arno Peters, publicado en 1973.
Aunque este libro no tiene la pretensión de proporcionar nada parecido a una visión exhaustiva de la historia de la cartografía, sí cuestiona en varios aspectos los supuestos predominantes sobre la materia. El primero es que, interpretemos como interpretemos la historia de los mapas, esta no es una actividad exclusivamente occidental. Las investigaciones actuales están revelando exactamente hasta qué punto las culturas premodernas no occidentales forman parte de la historia, desde el mapa del mundo babilonio hasta las contribuciones indias, chinas y musulmanas. El segundo es que no existe una agenda oculta de evolución o progreso en la cartografía histórica del mundo. Los mapas examinados son la creación de culturas que perciben el espacio físico, terrestre, de formas distintas, y esas percepciones informan los mapas que estas confeccionan. Ello nos lleva al tercer argumento: que cada mapa resulta tan comprensible y lógico para sus usuarios como todos los demás, ya se trate del mapamundi medieval de Hereford o de las aplicaciones geoespaciales de Google. La historia que se narra aquí es, pues, de carácter discontinuo, marcada por interrupciones y cambios repentinos, antes que una implacable acumulación de datos geográficos cada vez más exactos.
El mapa, cualquiera que sea su medio o su mensaje, es siempre una interpretación creativa del espacio que pretende representar. La «deconstrucción» crítica de los mapas como representaciones objetivas de la realidad por parte de autores como Korzybski, Bateson y otros ha hecho que estos acabaran por parecer malévolos instrumentos ideológicos, responsables de tejer una red conspiratoria de engaño y disimulo allí donde se encuentren. Lejos de ello, los mapas de este libro se interpretan más bien como una serie de argumentos ingeniosos, proposiciones creativas, guías extremadamente selectivas de los mundos que han creado. Los mapas nos permiten soñar y fantasear sobre lugares que nunca veremos, sea en este mundo o en otro, en cuanto mundos todavía desconocidos. Quizá la mejor descripción metafórica de los mapas fuera un graffiti que alguien escribió con letras de 45 centímetros en una pared junto a la vía férrea que llega a la estación de Paddington, en Londres, y que rezaba: «Lo lejano está al alcance de la mano en las imágenes de otras partes». Una metáfora, como un mapa, implica llevar algo de un sitio a otro. Los mapas son siempre imágenes de otras partes, que transportan imaginativamente a sus observadores a sitios lejanos, desconocidos, recreando la distancia en la palma de su mano. Consultar un mapa del mundo asegura que lo lejano esté siempre al alcance de la mano.
«¡Qué valioso resulta un mapa —escribía el pintor del siglo XVII Samuel van Hoogstraten en una línea parecida—, donde se ve el mundo como si fuera desde otro mundo!»26 Oscar Wilde desarrollaba ese sentimiento trascendente de Hoogstraten cuando señalaba, en una célebre frase, que «un mapa del mundo que no incluya Utopía ni siquiera merece mirarse, porque excluye el único país en el que la Humanidad desembarca constantemente. Y cuando la Humanidad desembarca allí, observa, y, viendo un país mejor, se hace a la mar».27 Los mapas siempre entrañan decisiones sobre lo que incluyen y lo que omiten, pero es en el momento en que se toman tales decisiones cuando Wilde sueña con la posibilidad de crear un mundo distinto, o incluso nuevos mundos más allá de nuestro conocimiento (lo cual es una de las razones de que los escritores de ciencia ficción se hayan sentido tan irresistiblemente atraídos por los mapas). Como admitía Ortelio, todo mapa muestra una cosa, pero, en consecuencia, no otra, y representa el mundo de una manera, y, por lo tanto, no de otra.28 Puede que tales decisiones a menudo sean políticas, pero son siempre creativas. La capacidad expresada por todos los cartógrafos de este libro para elevarse sobre la Tierra y mirarla desde arriba, desde una perspectiva divina, representa un salto idealista de fe imaginativa en la humanidad; pero tan poderosa resulta esta visión que varias ideologías políticas han tratado de apropiársela para sus propios fines.
Este legado trae el debate hasta la época actual, y la vigente controversia que rodea el creciente dominio de las aplicaciones de cartografía digital online, ejemplificadas en el que será el tema de mi último capítulo: Google Earth. Después de casi dos milenios elaborándolos con piedra, pieles de animales y papel, hoy los mapas están cambiando de formas desconocidas desde la invención de la imprenta en el siglo XV, y afrontan una inminente obsolescencia en la medida en que el mundo y sus mapas están pasando a ser digitalizados y virtuales. Quizá esas nuevas aplicaciones crearán una democratización sin precedentes de los mapas, permitiendo un gran incremento del acceso público a ellos, e incluso dando a la gente la capacidad de construir sus propios mapas. Pero parece más probable que los intereses corporativos de las empresas multinacionales traigan un nuevo mundo de mapas online cuyo acceso vendrá prescrito por imperativos financieros, estará sometido a censura política y será indiferente a la privacidad personal. Uno de los argumentos de este libro es que cualquiera que quiera entender las consecuencias de la cartografía online, y por qué el mapa del mundo virtual tiene el aspecto que hoy tiene, necesita adoptar una perspectiva más amplia, una que se remonte hasta los primeros intentos griegos de cartografiar el mundo conocido y aún más allá.
El mundo cambia constantemente, y los mapas también. Pero este libro no trata de mapas que hayan cambiado el mundo. Desde los griegos hasta Google Earth, no está en la naturaleza de los mapas cambiar nada de manera significativa. En lugar de ello, los mapas ofrecen argumentos y propuestas; definen, recrean, configuran y median. Invariablemente, también fracasan a la hora de lograr sus objetivos. Muchos de los mapas que se han elegido aquí fueron objeto de fuertes críticas en el momento de su conclusión, o bien se vieron rápidamente superados. Otros fueron ignorados entonces, o descartados más tarde como anticuados o «inexactos», sumiéndose en el olvido. Pero todos ellos dan fe de que una forma de tratar de entender las historias de nuestro mundo consiste en explorar cómo se cartografían los espacios que hay en él. El espacio tiene una historia, y espero que este libro ayude un poco a narrar dicha historia a través de los mapas.