«Apacible» era la palabra que se habría empleado para describir Brooklyn, Nueva York. Especialmente en el verano de 1912. Como palabra, «sombrío» era mejor, pero no se adecuaba a Williamsburg, uno de sus suburbios. «Apacible» era la única palabra que le convenía, especialmente en el atardecer de un sábado de verano.
Ya entrada la tarde, el sol declinaba sobre el patio en penumbra de la casa de Francie Nolan y sus rayos calentaban la madera roída de la verja. El único árbol que había allí no era un pino, ni un abeto. Sus hojas lanceoladas se extendían por las varitas verdes que irradiaban del tronco como si fueran sombrillas abiertas. Algunos lo llamaban el árbol del cielo, pues allí donde caía su semilla crecía otro que luchaba por llegar arriba. Lo mismo florecía entre cercas que entre escombros; era el único árbol que podía brotar de las grietas del cemento. Se esparcía frondoso, pero únicamente en las barriadas populares.
Los habitantes de Brooklyn solían pasear los domingos por la tarde y, caminando plácidamente, llegaban a un bonito barrio, muy distinguido. Cuando vislumbraban uno de esos arbolitos a través de las rejas de una propiedad, sabían que pronto ese paraje se transformaría en una barriada obrera. El árbol lo sabía. Había llegado el primero. Después llegaban extranjeros pobres que invadían el lugar y las viejas y tranquilas moradas de piedra gris se convertían en pisos, en cuyas ventanas aparecían edredones de pluma puestos a airear; entonces el árbol del cielo florecía. Así era ese árbol: amigo de la gente pobre.
Ése era el tipo de árboles que habían arraigado en el patio de Francie. Sus ramas se asemejaban a sombrillas enredadas y envolvían por completo el tercer piso de la escalera de incendios. Una chiquilla de once años, sentada en esa escalera, podía creer que vivía en un árbol. Y era lo que Francie se imaginaba todos los sábados por la tarde durante el verano.
¡Oh, qué prodigioso era el sábado en Brooklyn! Bueno, maravilloso en cualquier parte, pues todo el mundo cobraba su semanada. El sábado era el verdadero día de fiesta, sin la rigidez del domingo. La gente tenía dinero para salir de compras. Ese día comían bien, se emborrachaban, concertaban citas, hacían el amor; pasaban el rato cantando, bailando, peleando y tocando música. Trasnochaban porque tenían libre el día siguiente y no necesitaban madrugar; podían dormir hasta la hora de la última misa.
Los domingos la mayoría de ellos se aglomeraban en la misa de once. Bien, algunos, los menos, iban a la de las seis. Se les reconocía el mérito, aunque no lo merecían, dado que eran los que más habían trasnochado y regresaban a casa ya de día. De modo que asistían a la primera misa y, absueltos de todo pecado, dormían luego a pierna suelta.
Para Francie el sábado empezaba con una visita al almacén del trapero. Ella y su hermano Neeley, como muchos chicos de Brooklyn, juntaban papeles plateados, gomas, trapos y otros desechos. Los atesoraban en cubos, y los guardaban bajo cerrojo en el sótano, o los escondían en cajas debajo de la cama. Durante toda la semana Francie volvía de la escuela con los ojos fijos en las alcantarillas, buscando paquetes de cigarrillos vacíos o envoltorios de chicle; después los fundía en la tapa de un tarro. El trapero se negaba a recibir el papel plateado si venía enrollado, sin fundir, puesto que dentro de los rollos muchos chicos ponían arandelas de hierro para aumentar su peso. A veces Neeley encontraba un sifón; Francie le ayudaba a romper el cuello y luego a fundir el metal; el trapero no lo compraba sin fundir porque podría tener problemas con el fabricante de soda. La parte superior de un sifón era un verdadero hallazgo; fundida, se vendía por un níquel.
Francie y Neeley bajaban al sótano todas las tardes para vaciar los desperdicios que durante el día se habían acumulado en los cubos. Gozaban de ese privilegio porque su madre era la portera de la escalera. Allí amontonaban hojas de papel, trapos, botellas vacías. El papel no se pagaba bien; por cuatro kilos y medio les daban sólo un centavo. Los trapos los vendían a dos centavos la libra, y el hierro, a cuatro. El cobre valía mucho, diez centavos la libra. De vez en cuando Francie tenía más suerte: ¡encontraba el fondo de un barreño! Tenían que separarlo con un abrelatas, luego doblarlo, machacarlo, doblarlo de nuevo y volverlo a machacar.
Los sábados por la mañana, apenas daban las nueve, iban asomando montones de chiquillos de las calles laterales adyacentes a Manhattan Avenue, la arteria principal, de camino hacia Scholes Street. Algunos de ellos llevaban sus trastos debajo del brazo, otros en cajones de jabón convertidos en carretillas con sólidas ruedas de madera; los menos, los embutían en cochecitos de bebé, repletos hasta los topes.
Francie y Neeley colocaban sus mercancías en un saco de arpillera y cada uno lo cogía por un extremo. Lo llevaban a rastras por Manhattan Avenue, cruzando Maujer, Ten Eyck y Stagg hasta Scholes Street. Nombres hermosos para calles feas. De cada esquina emergían niños desharrapados para engrosar la marea de la calle principal. De camino al almacén de Carney encontraban otros chicos que volvían con las manos vacías; habían vendido sus trastos e iban ya a gastar sus monedas; se burlaban de ellos gritándoles: «¡Traperos! ¡Traperos!».
Las mejillas de Francie ardían con el epíteto; no encontraba consuelo en pensar que los que se burlaban también eran traperos. No importaba que ya de vuelta, con las manos libres, Neeley y su pandilla se burlasen a su vez de los que iban llegando cargados. La vergüenza le invadía igual.
Carney hacía su negocio en un corralón. Al doblar la esquina, Francie vio el portón con sus acogedoras hojas abiertas de par en par, y se le antojó que el fiel de la balanza le daba la bienvenida con su suave vaivén. También veía a Carney, con su roñoso cabello, su roñoso bigote, sus roñosos ojos, imperando ante la balanza. Carney sentía cierta debilidad por las chiquillas; solía darles un centavo extra si no se zafaban cuando les pellizcaba las mejillas.
Contemplando esa posibilidad, Neeley permaneció fuera y dejó que Francie entrara sola al corralón. Carney dio un salto hacia delante, vació el contenido del saco en el suelo y le dio un primer pellizco preliminar en la mejilla. Mientras el trapero apilaba las mercancías en la balanza, Francie parpadeó para acostumbrar sus ojos a la oscuridad; la invadía la humedad del ambiente y el hedor de los trapos. Carney fijó sus ojos escudriñadores en el fiel de la balanza y pronunció sólo dos palabras, su oferta. Francie sabía que no había lugar a regateos. Asintió. Carney arrojó la mercancía a un lado y la hizo esperar mientras apilaba el papel en un rincón, tiraba los trapos a otro y separaba los metales. Entonces hundió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una vieja cartera de cuero atada con una gruesa cuerda, de la cual extrajo centavos enmohecidos, inmundos como todo lo que había allí. Mientras Francie susurraba las gracias, Carney clavó en ella su roñosa mirada y le pellizcó con fuerza en la mejilla. Ella se quedó quieta, él sonrió y le regaló el centavo. Luego sus maneras cambiaron y se tornó brusco e impetuoso.
—Vamos —gritó al que seguía en la fila, un chico—, a ver el plomo que traes; digo plomo, no basura. —Y rió socarronamente.
Los chicos rieron obsequiosos como él esperaba. Sus risas se asemejaban al balido de pequeños corderos extraviados. Eso a él le satisfacía.
Francie salió al encuentro de Neeley y le dijo:
—Me ha pagado dieciséis y el del pellizco.
—Ése te pertenece —dijo él, respetando un antiguo trato.
Ella guardó el centavo en el bolsillo y entregó el resto a Neeley. Este tenía diez años, uno menos que su hermana, pero era chico: él guardaba el dinero. Dividió los centavos cuidadosamente.
—Ocho para la hucha.
Era lo estipulado. La mitad del dinero que recibían, fuera cual fuese su procedencia, se guardaba en una pequeña hucha atornillada en el rincón más profundo del armario.
—Cuatro para ti y cuatro para mí.
Francie anudó el dinero en su pañuelo. Contempló los cinco centavos calculando con alegría que podría cambiarlos por un níquel.
Neeley dobló el saco debajo del brazo y echó a andar hacia el Baratillo Charlie. Francie le siguió. El Baratillo Charlie era un puesto de golosinas cercano al almacén de Carney, esos pequeños comerciantes eran sus clientes. Al acabar la tarde del sábado, la caja se hallaba repleta de centavos verdosos. Según una ley no escrita, el negocio era únicamente para hombres, así que Francie se quedó esperando en la puerta.
Entre los ocho y los catorce años, los chicos no se diferenciaban unos de otros: todos vestían pantalón corto y gorra de visera raída, caminando con las manos en los bolsillos y los hombros estrechos inclinados hacia delante. Crecerían así, sin modificar su aspecto, ni siquiera cuando abandonaran los sitios de siempre. La única diferencia sería el cigarro, siempre entre los labios, moviéndose arriba y abajo al hablar. Los muchachos hablaban precipitada y nerviosamente y volvían la cabeza de un lado a otro, ya para mirar a Charlie, ya para cruzar miradas entre sí. Francie observó que algunos ya se habían rapado para el verano, y tan a fondo que tenían claros en el cuero cabelludo, donde la máquina había ido demasiado a ras. Estos afortunados apelotonaban sus gorras en los bolsillos o se las echaban en la nuca. Los no rapados, cuyo cabello aún se ensortijaba con aire infantil en la nuca, abochornados, se encajaban la gorra hasta las orejas de un modo que les daba un aspecto femenino, no obstante su jerga profana.
El Baratillo Charlie no era barato; tampoco su dueño se llamaba Charlie. Éste simplemente había adoptado el nombre que rezaba en el toldo del negocio, al que Francie daba crédito. Charlie daba a elegir un sobre de tómbola por un centavo. Detrás del mostrador había un tablero con cincuenta ganchos numerados de los que colgaban los premios. Sólo había algunos premios especiales, unos patines de ruedas, una muñeca con pelo de verdad y algún otro. Los demás números correspondían a gomas, lápices y otras menudencias que no valían nunca más de un centavo. Francie miró atentamente cómo Neeley tomaba uno de aquellos sobres y retiraba de él una tarjeta manoseada: tenía el número veintiséis. Ansiosa, miró el tablero y vio que le había tocado en suerte un limpiaplumas.
—¿El premio o caramelos? —preguntó Charlie.
—Caramelos, faltaría más.
Siempre sucedía lo mismo. Francie nunca había oído de nadie que hubiese ganado un premio de más de un centavo. Allí estaban, mudos testigos de ello, la herrumbre de las ruedas de los patines y el polvo que cubría el cabello de la muñeca, elocuente prueba del tiempo de su confinamiento. Francie había decidido que un día, cuando tuviese cincuenta centavos, apostaría a todos los ganchos del tablero. Pensó que sería un buen negocio: muñeca, patines y lo demás, todo por cincuenta centavos. ¡Los patines por sí solos valían ya cuatro veces ese premio! Ese gran día tendría que ir con Neeley, porque las niñas rara vez entraban al Baratillo. A decir verdad, aquel sábado había unas cuantas atrevidas, procaces, demasiado desarrolladas para su edad, chicas que hablaban a gritos y bromeaban con los chicos, chicas que no llegarían a nada bueno, según se profetizaba en el vecindario.
Francie cruzó a la confitería de Gimpy. Gimpy era un hombre agradable, amable con los niños. O por lo menos eso es lo que se creía hasta que una tarde soleada se llevó a una niña a su sombría trastienda.
Francie titubeaba entre gastar o no sus centavos en una de las bolsas sorpresa de Gimpy. Maudie Donovan, que había sido amiga suya durante un tiempo, estaba a punto de comprar algo. Francie avanzó hasta colocarse detrás de ella e hizo como que iba a gastar un centavo. Tuvo que contener la respiración cuando vio que Maudie, después de muchas vueltas y revueltas, señalaba con ademán teatral una magnífica bolsa que había en una de las vidrieras; Francie habría escogido una más pequeña. Espiando por encima del hombro de la muchacha la vio abrir la bolsa sorpresa, sacar unos caramelos pasados y examinar su premio: un pañuelo de batista ordinario. Un día a Francie le había tocado un frasco de penetrante perfume. Nuevamente se debatía consigo misma: gastar o no gastar el centavo en la codiciada bolsa. Era deliciosa la sensación de la sorpresa, aun cuando luego no pudiera comer el caramelo, pero se dio ya por satisfecha con la sorpresa que había experimentado al ver el resultado de la prueba de Maudie.
Francie reanudó su marcha por Manhattan Avenue leyendo en voz alta los nombres altisonantes de las arterias que cruzaba: Scholes, Meserole, Montrose y después Johnson Avenue. En estas dos últimas se habían instalado los italianos. El barrio llamado de los judíos nacía en Siegel Street, atravesaba Moore y McKibbon y seguía más allá de Broadway. Francie se dirigió hacia esta última.
¿Qué había en Broadway? Nada. Sólo el bazar de cinco y diez centavos más maravilloso y sugestivo del mundo. Enorme y deslumbrante. Todas las mercancías del universo se encontraban allí…, por lo menos así lo creía una chiquilla de once años. Francie poseía un níquel, era poderosa, tenía en su mano la posibilidad de comprar cualquier objeto de los que veía allí. Era el único lugar del mundo donde esto podía ocurrir.
Una vez en el interior, empezó a caminar de un lado a otro entre los estantes, levantando y observando cuanto se le antojaba. Tomar algo, retenerlo un momento en la mano, palpar su textura, pasar los dedos por sus contornos y luego volverlo a colocar cuidadosamente en su sitio era una estupenda sensación. Su níquel le otorgaba ese privilegio. Si uno de los vendedores llegaba a preguntarle si deseaba comprar algo ella podía contestar afirmativamente, comprarlo y hasta hacerle notar con quién se había topado. Llegó a la conclusión de que el dinero era una cosa maravillosa. Después de aquella fiesta de los sentidos, de aquella orgía del tacto, se decidió a adquirir lo que había elegido: cinco centavos de caramelos de menta de color rosa y blanco.
Emprendió el regreso a su casa por Graham Avenue, la calle del gueto. Le entusiasmaban los carritos de los vendedores ambulantes, cada uno en sí mismo una tiendecita. Le gustaban los judíos con su regateo sentimental y los olores tan peculiares de ese barrio, a pescado relleno, agrio pan de centeno recién sacado del horno y algo más que olía a miel hirviendo. Francie observaba con asombro a aquellos hombres barbudos con gorras de alpaca y levitones de seda, y se preguntaba por qué tendrían los ojos tan pequeños y la mirada tan dura. Luego se asomaba a sus tiendas, que parecían huecos en la pared, para oler las telas amontonadas sobre las mesas, la particular fragancia de los tejidos nuevos. Reconoció los edredones de pluma que se inflaban al viento en las ventanas; ropa de colores vivos puesta a secar en las escaleras de incendios y chiquillos semidesnudos jugando en las alcantarillas. Una mujer embarazada estaba plácidamente sentada en una rígida silla de madera mientras se dejaba envolver por el calor del mediodía y observaba el bullicio de la calle. Parecía custodiar el misterio de la vida.
Francie recordó la sorpresa que se había llevado el día en que su mamá le había dicho que Jesús era judío. Siempre había creído que era católico. Pero su mamá sabía mucho, le dijo que para los judíos había sido un quebradero de cabeza, un chico que nunca trabajaría de carpintero, que no se casaría, ni tendría casa ni familia propia. Y, además, los judíos pensaban que su Mesías aún no había llegado, eso decía su madre. Con estos pensamientos en la cabeza, Francie se detuvo delante de la judía embarazada.
«Me imagino que por eso los judíos tienen tantos niños —se dijo—. Ahora entiendo por qué se quedan sentadas tan quietas… están a la espera. Y por eso no les avergüenza engordar y tienen un porte tan digno cuando están embarazadas. En cambio, las mujeres irlandesas parecen siempre avergonzadas. Será porque ya saben que nunca darán a luz al niño Jesús, sino otro Mick. Cuando sea mayor y me entere de que estoy embarazada, me acordaré de caminar despacio y con orgullo, a pesar de que no soy judía.»
Cuando llegó a su casa eran ya las doce. Enseguida entró su madre con la pala y la escoba y las arrojó en un rincón con un ademán determinado que significaba que allí se quedarían hasta el lunes, sin que nadie las tocara. Mamá contaba apenas veintinueve años. Tenía cabellos negros, ojos castaños y buen porte. Poseía una gran habilidad manual. Trabajaba de portera y hacía la limpieza de tres viviendas. ¿Quién se habría creído que fregaba pisos para mantener a los cuatro de la familia? Era tan bonita, tan ágil y tan vivaz. Siempre rebosando alegría y gracia. Aunque tenía las manos ásperas y amoratadas por la lejía, eran bien formadas, y las uñas, alargadas como almendras. Todo el mundo lamentaba que una mujer tan esbelta y linda como Katie Nolan tuviese que pasar su vida restregando suelos. Pero con semejante marido no le quedaba otro remedio. Admitían, claro está, que Johnny Nolan era buen mozo y simpático, de lejos el mejor de todos los hombres del barrio. Pero era un borracho: eso era lo que decían y ésa era la verdad.
Francie pidió a su madre que se quedara allí mientras ella guardaba los ocho centavos en la hucha. Pasaron un rato agradable calculando cuánto habían ahorrado. Francie creía que serían unos cien dólares; su madre consideraba que no pasarían de ocho.
Luego la mujer la mandó a comprar algo para el almuerzo.
—Toma ocho centavos del jarrón roto y trae un pan de centeno de un cuarto. Fíjate que sea tierno. Después ve a la tienda de Sauerwein y pídele el final de la lengua por un níquel.
—Pero hay que tener influencias para conseguirlo.
—Le dices que te mando yo —insistió Katie, para añadir luego en tono dubitativo—: No sé si deberías poner el cambio en la hucha o comprar cinco centavos de tortitas.
—¡Pero, mamá! Hoy es sábado, y te has pasado la semana diciéndome que el sábado comeríamos postres.
—Bueno; compra también las tortitas.
Los católicos afluían a la panadería judía para surtirse de pan de centeno. Francie observó al vendedor mientras éste ponía el pedazo de pan en una bolsa de papel. Aquel pan tan exquisito, con su corteza tostada y recubierta de harina. «Sin duda alguna, es el pan más rico del mundo», pensó. Después entró de mala gana en la charcutería de Sauerwein, quien a veces era amable con lo del trozo de lengua y otras no. La lengua se vendía por tajadas a setenta y cinco centavos la libra; era para gente rica. Cuando ya la había vendido casi toda, entonces, quien tuviera influencia podía conseguir el trozo final por un níquel. Claro, no quedaba mucha lengua en ese extremo. Era en su mayor parte huesecillos y cartílagos, sólo le quedaba un recuerdo de carne.
El señor Sauerwein tenía un buen día.
—Ayer se vendió la lengua, pero te guardé el pedazo porque sé que a tu madre le gusta y a mí me gusta tu madre. Díselo, ¿oyes?
—Sí, señor —balbució Francie, y bajó la vista sintiendo que se ruborizaba. Le odiaba… y no pensaba dar el mensaje a su madre.
En la panadería eligió cuidadosamente cuatro tortitas bien azucaradas. Se encontró en la puerta con Neeley. Éste ojeó lo que había en el paquete e hizo una pirueta de alegría al ver las tortitas. Tenía mucho apetito a pesar de haber saboreado cuatro centavos de caramelos aquella mañana, por eso metió prisa a Francie para que echara a correr.
Papá no había llegado para el almuerzo. Era camarero y cantante suplente de café, lo que significaba que no trabajaba todos los días. Generalmente pasaba la mañana del sábado en el sindicato esperando a que le dieran un empleo.
Francie, Neeley y mamá disfrutaron de la sabrosa comida. Cada uno se sirvió una buena tajada de lengua, dos trozos del aromático pan de centeno —untado con mantequilla sin sal—, una tortita y una taza de café caliente bien cargado con una cucharadita de leche condensada.
Para los Nolan el café era un gran lujo y tenían un modo particular de prepararlo. Todas las mañanas Katie llenaba una gran cafetera con agua y un poco de café y le añadía una cucharada de achicoria para darle consistencia y también para que resultara más amargo, el que quedaba lo recalentaban, de modo que a medida que transcurría el día se iba poniendo más fuerte. Tres tazas de café con leche era la ración diaria; pero podían tomar una taza de café negro cuantas veces lo desearan. Si no había qué comer en casa, llovía y algún miembro de la familia se encontraba solo en el piso, era muy agradable saber que por lo menos había una taza de café amargo.
A Neeley y a Francie les gustaba el café, pero pocas veces bebían. Ese día Neeley, como de costumbre, no mezcló su cucharada de leche condensada con el café; la untó sobre el pan y sólo bebió un traguito de su café por mera formalidad. Su madre revolvió el de Francie y le agregó la cucharada de leche, por más que sabía que la chiquilla no lo tomaría.
A Francie le encantaba el calor del café y su aroma. Mientras comía el pan y la carne, apoyaba las palmas de las manos contra la taza para gozar de su calorcito; prefería eso a bebérselo. Cuando terminó de comer, lo vertió en el fregadero.
Katie tenía dos hermanas, Sissy y Evy; a menudo iban a visitarla. Cada vez que veían a Francie tirar el café, la sermoneaban acusándola de derrochadora. Su madre les decía: «Francie tiene derecho a una taza de café en cada comida, como los demás; si prefiere tirarlo en vez de bebérselo, es asunto suyo. Creo que es bueno que la gente como nosotros derroche algo de vez en cuando para tener la sensación de poseer dinero y olvidar así las aflicciones de su continua falta de todo».
Esa extraña explicación satisfacía a Katie y agradaba a Francie. Establecía un vínculo entre la gente humilde y los ricos dilapidadores. La niña pensaba que si bien tenía menos que cualquiera de los habitantes de Williamsburg, en cierto modo tenía más; era rica porque podía derrochar algo. Comió muy despacio la tortita, intentando retener su dulce sabor, mientras el café se helaba. Luego, con ademán de reina, lo volcó en el fregadero, sintiéndose un poco extravagante.
Ahora estaba lista para salir a comprar la ración de pan duro que debía durar media semana. Su madre le dijo que gastara un níquel en un pastel del día anterior que no estuviese demasiado machucado. Losher elaboraba pan y lo servía a las panaderías del barrio, sin envoltorio, por lo que pronto se endurecía; después rescataba el pan sobrante de las panaderías y lo vendía a los pobres a mitad de precio. El local de venta estaba junto a los hornos. Unos mostradores largos y angostos ocupaban uno de los costados; contra las otras paredes, había bancos también largos y angostos, y una enorme puerta de dos hojas se abría detrás del mostrador. Los carros acarreaban y descargaban el pan directamente encima del mostrador. Vendía dos por un níquel. En cuanto se vaciaba un carro, el gentío se abalanzaba. Nunca había suficiente pan y algunos tenían que esperar tres o cuatro turnos para conseguirlo. Dado su precio no se vendía envuelto y había que llevar una bolsa. Los clientes eran en su mayoría chiquillos. Algunos regresaban a sus casas con el pan debajo del brazo sin que les importara que la gente viera que eran pobres; otros, como si pretendiesen ocultarlo, lo envolvían, ya fuera en diarios viejos o en bolsas usadas. Francie siempre llevaba una gran bolsa de papel.
No se apresuró a acercarse al mostrador; permaneció sentada mirando a su alrededor. Una decena de chiquillos se aglomeraba, bulliciosa. Cuatro ancianos dormitaban en un banco frente a ella. Viejos que dependían de sus familias hacían los recados y cuidaban de los niños, única ocupación para los hombres mayores de Williamsburg. Estos ancianos trataban de demorarse cuanto les era posible, porque les agradaba el olor a pan caliente de la panadería Losher y el sol que se filtraba por las ventanas entibiaba sus viejas espaldas. Allí sentados dormitaban; así pasaban el tiempo, con la sensación de ocupar las horas. Esperar allí era para ellos un fin y durante un rato tenían la ilusión de ser útiles en la vida.
Francie tenía una afición favorita: tejer conjeturas acerca de las personas que veía. Observó detenidamente al más anciano. Sus escasos cabellos estaban tan sucios como la barba que poblaba sus mejillas enjutas y la saliva reseca formaba una costra en la comisura de los labios. Ahora bostezaba. No tenía dientes. Atraída y asqueada a la vez, vio cómo cerraba la boca desdentada, apretando los labios y elevando la barbilla hasta casi tocarse la nariz. Contempló su vieja chaqueta, que iba perdiendo la entretela por las costuras deshilachadas. Tenía las piernas abiertas y estiradas, y los músculos relajados denunciaban su vejez. Al pantalón sucio y grasiento le faltaba un botón en la bragueta. Miró los zapatos rotos en las punteras: uno sujeto con un cordón desflecado, el otro con un trozo de cuerda. Dos gruesos dedos de uñas grises y arrugadas asomaban por los agujeros. Francie se entregó a sus fantasías.
«Ese viejo —se dijo— pasa de los setenta. Debió de nacer en la época en que Lincoln se preparaba para la presidencia; en aquel entonces Williamsburg sería una aldea y tal vez aún había indios en Flatbush…»
Siguió mirando los pies del viejo, imaginando que en su tiempo ese anciano también había sido un niño, un bebé limpio, suave, a quien su madre besaba los piececitos rosados. Tal vez cuando tronaba de noche su mamá se inclinaba sobre la cuna, tierna y solícita, le arrullaba para que no tuviese miedo, le decía que allí estaba ella, luego lo alzaba y colocando la mejilla contra su cabeza le decía que era su niño, su niño querido.
Y continuó pensando que podía haber sido un chico como su hermano, uno de esos que entran y salen de casa dando portazos, y que mientras las madres les reprochan su conducta sueñan con poder llegar a ser un día presidentes. Después habría sido un muchacho fuerte y feliz, y cuando pasara por la calle las mozas se volverían para mirarle y sonreírle, y él guiñaría el ojo a la más bonita. Seguramente se había casado, había tenido hijos que le considerarían el papá más prodigioso del mundo por ser buen trabajador y por los juguetes que les regalaba para Navidad. Ahora sus niños también se estarían haciendo viejos, tendrían hijos y nadie querría cargar con el anciano. Quién sabe si no estarían esperando que muriese de una vez. Pero él no deseaba morir; quería seguir viviendo, a pesar de la carga de sus años y la falta de motivos para ser feliz.
En la tienda reinaba la tranquilidad. El sol estival que se filtraba por las ventanas dibujaba en el aire su geometría polvorienta. Un moscardón, revoloteando, cruzaba los rayos oblicuos. Con excepción de ella y los ancianos que dormitaban, el local había quedado desierto. Los chicos que aún no habían conseguido su pan se habían ido a jugar fuera. El alboroto de sus voces parecía llegar desde lejos. De pronto Francie se estremeció; pensó en un acordeón que se abría en toda su extensión para dar una nota sonora y llena y que luego se contraía más y más y más. La fue invadiendo un pánico indefinido mientras se daba cuenta de que muchas de las criaturitas que venían al mundo llenas de dulzura nacían para convertirse algún día en algo semejante al viejo que tenía allí delante. Era necesario huir. En caso contrario a ella le sucedería lo mismo. De pronto se convertiría en una anciana con encías desdentadas y pies repugnantes.
En aquel momento se abrió la puerta detrás del mostrador y avanzó un carro repleto de pan. Enseguida el conductor empezó a tirar los panes al vendedor, que los recogía en el aire y los apilaba sobre el mostrador. Los chiquillos de la calle habían oído el ruido de las puertas y se amontonaron apretujados alrededor de Francie, que ya había llegado al mostrador.
—Quiero pan —dijo Francie en voz alta.
Una muchachota, dándole un empujón, la increpó:
—¿Qué te crees tú?
—¡Qué te importa! —le respondió, y gritó al vendedor—: Quiero seis panes y un pastel que no esté demasiado machucado.
El vendedor, impresionado por semejante vigor, le entregó en el acto los seis panes y el menos machucado de los pasteles del día anterior y cogió el dinero.
Francie se abrió paso entre el gentío; la apretujaban de tal modo que le costó pescar uno de los panes que se le había caído. Una vez fuera se sentó en el suelo y colocó el pan y el pastel dentro de la bolsa. Una mujer que llevaba un niño en un cochecito pasó junto a ella; la criatura agitaba un pie en el aire. Francie no vio el pie, sino una cosa enorme, repugnante, en un botín roto. El pánico resurgió en ella y salió corriendo hasta llegar a su casa.
En casa no había nadie. Su madre se había arreglado y se había ido con la tía Sissy a una sesión de cine de diez centavos la entrada. Francie guardó el pastel y el pan, luego dobló cuidadosamente la bolsa y entró en el mal ventilado y reducido cuarto que compartía con Neeley; allí, sentada en su cama, esperó a que se alejara aquella oleada de pánico que la había invadido.
Al poco rato llegó Neeley y se agachó para coger de debajo de su cama un guante de béisbol estropeado.
—¿Adónde vas? —le preguntó Francie.
—A jugar a la pelota en el descampado.
—¿Puedo ir contigo?
—No.
Ella le siguió hasta la calle. Tres chicos de su pandilla le esperaban. Uno llevaba un bate; otro, una pelota, y el tercero nada, pero se había puesto pantalones de béisbol. Se dirigieron hacia un solar en las proximidades de Greenpoint. Neeley vio que Francie los seguía, pero no dijo nada. Uno de los muchachos le dio un codazo.
—¡Eh! Tu hermana nos viene siguiendo.
—Sí —asintió Neeley. Volvió la cabeza y gritó a Francie—: Lárgate de aquí.
—Vivimos en un país libre —replicó Francie.
—Sí, es un país libre —repitió Neeley.
Después dejaron de fijarse en ella. Francie continuó detrás de los chicos. Hasta las dos no tenía nada que hacer; a esa hora abrían la biblioteca del barrio.
Los muchachos andaban despacio, haciéndose bromas; de vez en cuando se detenían para recoger papel plateado y colillas de cigarrillos. Éstas las guardaban para fumar en el sótano el próximo día de lluvia. Luego se pararon para mortificar a un chiquillo judío que iba a la sinagoga. Le atajaron cuando aún no habían discurrido qué podían hacerle. El judío se quedó a la expectativa, sonriendo humildemente. Los cristianos le dieron instrucciones muy precisas sobre cómo comportarse durante toda la semana.
—No te asomes por Devoe Street.
—No lo haré.
Los de la pandilla se quedaron desconcertados. Esperaban otra reacción.
Uno de los chiquillos sacó del bolsillo un pedazo de tiza, hizo una raya en la acera y le ordenó:
—No se te ocurra pasar de esa raya.
El chiquillo comprendió que los había ofendido cediendo tan deprisa y decidió seguirles el juego:
—¿Tampoco puedo pisar la alcantarilla, camaradas?
—No, no puedes ni escupir en la alcantarilla.
—Bueno, está bien —suspiró, simulando resignarse.
Uno de los mayores tuvo una inspiración:
—Y, además, que no te veamos acercarte a las chicas cristianas, ¿me has oído?
Satisfechos, siguieron su marcha, y él, atónito, se quedó mirándolos.
—¡Caramba! —susurró, dibujando círculos con sus ojos castaños de judío.
Aquello de que le consideraran lo bastante hombre para ocuparse de alguna chica, cristiana o judía, le pasmaba, y se fue repitiendo:
—¡Caramba! ¡Caramba!
Los chicos caminaban lentamente mirando de reojo al muchachote que había hecho la observación referente a las chicas, preguntándose si los llevaría a una charla atrevida. Pero antes de que ésta se iniciara, Francie oyó que Neeley decía:
—Conozco a ese chico: es un judío blanco.
Neeley había oído a su padre afirmar eso de cierto cantinero a quien apreciaba.
—No hay judíos blancos —dijo el mayor.
—Bueno, si existieran los judíos blancos —replicó Neeley, con ese simpático don que tenía para llevarse bien con todos sin renunciar a sus ideas—, él sería uno de ellos.
—No pueden existir ni en la imaginación —insistió el otro.
—Nuestro Señor fue judío.
Neeley estaba plagiando a mamá.
—Y fueron otros judíos quienes le mataron —replicó el muchachote.
Antes de que pudieran seguir profundizando en teología, divisaron a otro chiquillo que doblaba la esquina. Entraba en Ainslee Street y venía de la Humboldt Avenue; llevaba una canasta colgada del brazo, cubierta con un trapo limpio; en un extremo asomaba un palo con seis roscas ensartadas. El mayor de la pandilla dio la señal de ataque y todos formaron un círculo alrededor del vendedor de roscas. Éste se detuvo y dio un chillido:
—¡Mamá!
Se entreabrió una ventana y apareció una mujer que se sujetaba sobre el pecho un quimono de crespón y les gritó:
—No os metáis con él y salid de esta calle. ¡Bastardos! ¡Piojosos!
Francie se tapó los oídos para no tener que confesar al cura que había escuchado malas palabras.
—No le hacemos nada, señora —dijo Neeley con la misma sonrisa conciliadora con que sabía conquistar a su madre.
—Ya sé que no, mientras yo esté por aquí. —Y sin cambiar de tono llamó a su hijo—: Sube enseguida, te voy a enseñar a molestarme mientras duermo la siesta.
El vendedor de roscas subió y la pandilla continuó su camino.
—Es brava, ésa —dijo el muchachote mirando la ventana.
—Sí —afirmaron los otros.
—Mi padre es bravo —comentó el menor de ellos.
—¡Qué diablos nos importa! —exclamó otro.
—Lo decía por decir.
—Mi padre no es así —dijo Neeley, y todos lanzaron una carcajada.
Siguieron andando, deteniéndose de vez en cuando para aspirar profundamente el olor del arroyo Newtown, cuyo angosto y tortuoso curso fluía unas manzanas por Grand Street.
—¡Caramba! ¡Cómo huele! —dijo el muchachote.
—Sí que huele —respondió Neeley con satisfacción.
—Apuesto a que es el olor más feo del mundo —se jactó un tercero.
—Sí —afirmó otro de ellos.
Y Francie asintió a su vez.
Se enorgullecía de ese olor. Para ella era el indicio de que cerca había un riachuelo que, aunque sucio, iba a un río que a su vez desembocaba en el mar. Ese olor nauseabundo le traía a la mente vapores que zarpaban hacia remotos mares y extrañas aventuras. Por eso le agradaba ese olor.
En cuanto llegaron al solar donde había las marcas de un campo de béisbol desdibujadas por el constante pisoteo, vieron una mariposa que revoloteaba entre las hierbas. Siguiendo ese instinto humano que lleva a capturar todo bicho que vuela, nada, corre o se arrastra, la persiguieron tirándole sus gorras zarrapastrosas. Fue Neeley quien la cazó. Los muchachos se aproximaron y, ya sin interés, le echaron apenas un vistazo antes de iniciar su partido de béisbol.
Corrían rabiosamente, vociferando imprecaciones, transpirando y dándose golpes. Cada vez que se detenía algún vagabundo hacían payasadas y demostraciones. Se decía que el club Brooklyn Dodgers tenía un centenar de buscadores rondando las calles los sábados por la tarde para observar los partidos que se improvisaban en los descampados y descubrir campeones en ciernes entre los muchachos del barrio. No había en todo Brooklyn un solo chiquillo que entre pertenecer al equipo Bum o ser presidente de Estados Unidos hubiera titubeado en escoger lo primero.
Al cabo de un rato Francie se cansó de contemplarlos; sabía que continuarían jugando y peleando hasta la hora de la cena. Eran ya las dos. La bibliotecaria habría vuelto del almuerzo. Saboreando de antemano el placer que le produciría la lectura, se dirigió a la biblioteca.
La biblioteca pública, aunque pequeña y pobre, era magnífica para Francie. Empujó la puerta y entró; dentro tenía la impresión de hallarse en una iglesia. Le gustaba la mezcla de olores que había allí. Prefería el aroma del cuero gastado, el pegamento y los libros recién impresos a ese olor a incienso típico de las misas solemnes.
Francie creía que en esa biblioteca estaban todos los libros del mundo y se había propuesto leerlos todos. Devoraba un libro al día siguiendo celosamente el orden alfabético, sin saltarse ninguno, ni siquiera los más áridos. Recordaba que el autor del primero era Abbott. Desde hacía mucho tiempo leía un libro al día, y, con todo, aún estaba en la B, ya había leído sobre bichos, búfalos, vacaciones en las Bermudas y arquitectura bizantina. A pesar de su gran entusiasmo, algunos de esos libros le resultaron realmente difíciles; pero Francie era una lectora de verdad y se había propuesto leer todo lo que estuviera a su alcance: clásicos, novelas, calendarios y hasta el catálogo del almacén. Algunas obras eran maravillosas, por ejemplo las de Louisa May Alcott. Tenía pensado leerlas todas de nuevo, una vez recorrida la lista hasta la letra Z.
Ahora bien, los sábados era diferente. Se daba el lujo de leer un libro sin seguir el orden alfabético, y pedía a la bibliotecaria que le recomendase uno.
Después de entrar y cerrar la puerta silenciosamente —como debe hacerse en una biblioteca pública—, Francie se apresuró a mirar el florero de cerámica que reposaba en una esquina del escritorio de la bibliotecaria. Por las flores que contenía podía determinar la época del año. En otoño tenía unas ramitas de dulcamara; en Navidad lucía ramas de acebo. Sabía que se aproximaba la primavera, aunque el suelo estuviese cubierto de nieve, por los brotes de sauce del jarrón; y hoy, en ese sábado del verano de 1912, ¿qué habría en él? Alzó la vista poco a poco y sobre los delgados tallos y hojitas verdes vio… ¡capuchinos! De color rojo, amarillo, dorado y marfil. La intensa emoción que le produjo esa belleza fue casi dolorosa. Lo recordaría toda la vida.
Pasó la mano por el borde del escritorio, le gustaba la sensación de la madera lustrada. Miraba la fila ordenada de lápices recién afilados, el cuadrado inmaculado de secante verde, el tarro del pegamento, la metódica pila de tarjetas y el montón de libros devueltos que esperaban ser colocados de nuevo en los anaqueles. Aquel lapicero tan extraño que tenía un dispositivo para mostrar la fecha del día reposaba contra el borde del secante.
«Sí, cuando sea mayor y tenga mi propia casa, no pondré sillas de felpa, ni cortinas de encaje, ni flores artificiales. Pero sí un escritorio como este en la sala de paredes blancas; un secante verde limpio cada sábado por la noche; una hilera de lápices amarillos, relucientes, siempre con la punta bien afilada, y un jarrón dorado con hojas de haya o alguna flor, y libros… libros… y más libros.»
Eligió un libro para el domingo, de un autor llamado Brown. Francie recordó que llevaba muchos meses leyendo libros escritos por algún Brown; cuando estaba a punto de terminar con ellos se enteró de que el estante siguiente comenzaba con Browne. Luego venía Browning. Suspiró con ansias de empezar la letra C, donde había un libro emocionante, que ya había hojeado, de Marie Corelli. ¿Llegaría a leerlo algún día? Tal vez debiera pedir dos libros por día…
Se quedó ante el mostrador un buen rato, antes de que la bibliotecaria se dignara atenderla.
—¿Qué deseas? —le preguntó con aspereza.
—Quiero este libro —dijo mostrándole el libro con las tapas abiertas y la tarjeta de registro fuera del sobre.
Las bibliotecarias habían enseñado a los niños cómo debían presentar su pedido para evitarse el trabajo de abrir centenares de libros y sacar otras tantas tarjetas todos los días.
Tomó la tarjeta, la selló y la introdujo en una ranura que había en el escritorio. Selló la tarjeta de Francie y se la entregó, pero ésta siguió esperando.
—¿Y bien? —preguntó la bibliotecaria, sin tomarse la molestia de mirarla.
—¿Podría usted recomendarme un libro adecuado para una niña?
—¿De qué edad?
—De once años.
Todas las semanas Francie hacía la misma solicitud y cada vez la señorita formulaba esa misma pregunta. Un nombre escrito en una tarjeta no significaba nada para ella, y como nunca había mirado la cara de la chiquilla, no conocía a la pequeña que solicitaba un libro al día y dos el sábado. Cómo le habría gustado a Francie una sonrisa, un comentario amistoso. ¡La habrían hecho tan feliz! Pero la bibliotecaria tenía otras preocupaciones, y además odiaba a los niños.
Francie tembló de curiosidad mientras la mujer estiraba el brazo debajo del escritorio. Fue leyendo el título a medida que el libro aparecía lentamente: Si yo fuera rey, de McCarthy. ¡Maravilloso! La semana anterior le había tocado Beverly de Grautark, y el mismo dos semanas atrás. El libro de McCarthy se lo había llevado sólo dos veces. La bibliotecaria recomendaba siempre esos dos libros; quizá eran los únicos que conocía, o figuraban en alguna lista de libros recomendables, o bien los consideraba apropiados para una niña de once años.
Francie cerró el libro y se apresuró a regresar a casa resistiendo la tentación de sentarse en el primer umbral para empezar la lectura.
Por fin llegó. Era el momento codiciado durante toda la semana, la hora de la escalera de incendios, su refugio; se instaló con una manta y una almohada, que sujetó contra los barrotes. Afortunadamente, encontró hielo en la nevera; rompió un pedazo y lo puso en un vaso de agua. Echó los caramelos comprados aquella mañana en un bol rajado, de un bonito color azul. Colocó el bol, el vaso de agua y el libro en el antepecho de la ventana y trepó por la escalera. Estar allí fuera era como vivir en un árbol; nadie de arriba, ni de abajo, ni de enfrente podía verla; en cambio, ella lo veía todo a través de las hojas.
Era una tarde radiante; corría una brisa templada que traía olor a mar. Las hojas del árbol proyectaban arabescos sobre la almohada blanca. Por suerte el patio estaba desierto. Por lo general lo ocupaba un chiquillo barullero. Era el hijo del tendero que alquilaba la tienda de la planta baja. El niño jugaba invariablemente al sepulturero. Cavaba tumbas minúsculas, luego enterraba en ellas orugas vivas que llevaba en cajas de fósforos. Sobre los montículos de tierra colocaba una lápida de guijarros, y lo acompañaba todo con sollozos y suspiros. Ese día el fúnebre niño había ido de visita a casa de una tía en Bensonhurst. Saber que no estaba era tan agradable como recibir un regalo de cumpleaños.
Mientras leía, Francie aspiraba el aire tibio, observaba las sombras movedizas de las hojas, se comía los caramelos y bebía sorbos de agua helada.
Si yo fuera rey, amor,
¡ah! si yo fuera rey…
La historia de François Villon le resultaba más asombrosa cada vez que la leía. A veces llegaba hasta a inquietarse pensando que si el libro se extraviara ya no podría leerlo nunca más. Deseaba tanto poseer un libro, que incluso se le ocurrió comprar una libreta de dos centavos y copiarlo. Pero las hojas escritas a lápiz no se parecían ni emanaban el olor de los libros de la biblioteca, y desistió de su propósito, se consoló proponiéndose que cuando fuera mayor trabajaría duramente para ahorrar y poder comprar todos los libros que quisiera.
Mientras leía en paz con el mundo, y tan feliz como sólo puede sentirse una niñita que tiene un buen libro y un bol lleno de caramelos y que además está sola en su casa, las hojas del árbol del cielo formaban sombras extrañas y la tarde declinaba. A eso de las cuatro empezó el bullicio en los pisos de enfrente. Escondida entre el follaje, veía a través de las ventanas sin visillos de los vecinos cómo algunos se precipitaban a la calle con jarras vacías y volvían con ellas rebosantes de espumosa y helada cerveza. Veía el tráfago de chicos que ora entraban, ora salían corriendo al almacén, a la carnicería, a la panadería. Veía mujeres que regresaban a sus casas cargando voluminosos paquetes con los trajes domingueros de sus maridos; el sábado reaparecían en casa y el lunes volvían a la casa de empeños por otra semana. El tío Timmy ganaba diez centavos de interés semanal y el traje se beneficiaba porque lo cepillaban y colgaban protegido contra la polilla. Empeñado el lunes y rescatado el sábado: de esta suerte deambulaba.
Desde allí veía también a las jovenzuelas atareadas en sus preparativos para salir con sus pretendientes. Como no había cuarto de baño en ningún piso, iban en enaguas y se aseaban en el fregadero de la cocina; para enjabonarse las axilas extendían el brazo sobre la cabeza formando una curva armoniosa. Eran tantas las chicas y tantas las ventanas, que aquello parecía un rito silencioso, un mudo canto a la esperanza.
Interrumpió su lectura cuando el caballo y el carro de Fraber entraron en el patio contiguo. Observar aquel hermoso animal era casi tan interesante como leer. El patio vecino estaba empedrado y tenía una elegante cuadra al fondo. Un gran portón de hierro forjado lo separaba de la calle. En un estrecho parterre que bordeaba el empedrado crecían un hermoso rosal y una hilera de llamativos geranios rojos. La cuadra era la construcción más linda del barrio y el patio el más bonito de Williamsburg.
Francie oyó el golpe seco del cerrojo. Primero apareció el caballo, un alazán de lustroso pelaje y cola y crines negras. Arrastraba un carrito rojo que lucía en ambos lados, en letras doradas, la leyenda: «Doctor Fraber, dentista» y su dirección. Este vehículo tan bien adornado no cargaba ni repartía nada; simplemente paseaba su anuncio por el barrio durante todo el día. Era un cartel rodante.
Frank, un simpático muchacho de mejillas rosadas —como los jóvenes encantadores de las canciones para niños—, sacaba el carro todas las mañanas y lo traía de vuelta todas las tardes. Llevaba una existencia placentera y todas las chicas coqueteaban con él. Su única tarea consistía en guiar el carro por las calles para que los transeúntes leyesen el nombre y la dirección del cartel. Quien necesitara curarse o quitarse una muela se acordaría del anuncio y acudiría a la consulta del doctor Fraber.
Frank se quitó con calma la chaqueta y se puso el delantal de cuero, mientras Bob, el caballo, piafaba pacientemente. Después de liberarlo de las guarniciones y guardarlas en la cuadra, lavó a Bob con una gran esponja amarilla; el caballo disfrutaba. Mientras los rayos de sol jugaban sobre sus ancas, hacía brotar con su piafar una y otra chispa del empedrado. Solícito, Frank echaba agua sobre el lomo del animal y después lo secaba, al tiempo que le decía palabras afectuosas.
—¡Quieto, Bob! Buen chico, ahora más atrás. ¡Vamos!
Bob no era el único caballo en la vida de Francie. Tío Willie Flittman, el marido de tía Evy, manejaba un carro de lechero y su caballo se llamaba Drummer. Willie y Drummer no eran amigos como Frank y Bob. Tanto Willie como Drummer acechaban mutuamente la oportunidad para hacerse daño. Willie no paraba de maldecir a Drummer. Oyendo al tío se hubiera creído que el animal se pasaba la noche despierto, inventando fechorías para molestar a su conductor.
A Francie le gustaba imaginar a las personas trocadas en los animales que poseían y viceversa. En Brooklyn la gente solía tener perritos falderos. Las mujeres que poseían un caniche generalmente eran bajas y rollizas, blancas, sucias y con ojos legañosos, exactamente como sus animalitos. La señorita Tynmore, la solterona menuda y chillona que daba lecciones de piano a mamá, se asemejaba al canario que tenía en una jaula colgada en la cocina. Si Frank se convirtiera en caballo, sería como Bob. Francie nunca había visto a Drummer, pero se lo imaginaba pequeño, flaco, con ojos inquietos, en los que resaltaría el blanco de la córnea; sería gruñón como el tío.
Dejó de pensar en el marido de tía Evy.
Afuera, en la calle, una decena de chicos observaba cómo lavaban al único caballo del barrio. Francie no podía verlos, pero los oía conversar; inventaban chismes terribles sobre el pobre animal.
—Parece tranquilo y quieto —dijo un chico—, pero no hay que confiar: está esperando a que Frank no lo mire para morderle y matarle de una coz.
—Sí —dijo otro—, ayer lo vi atropellar a un niñito.
—Yo lo vi mear encima de una señora que vendía manzanas sentada en el borde de la acera. También encima de las manzanas —agregó como si realmente lo recordase.
—Le ponen anteojeras para que no vea lo diminuta que es la gente; si lo supiera nos mataría a todos.
—¿Las anteojeras le hacen creer que las personas son grandes?
—Como elefantes.
—¡Caramba!
Cada uno sabía que estaba mintiendo, pero creía lo que los otros decían. Por fin se cansaron de mirar al bueno de Bob, que permanecía quieto. Uno cogió una piedra y se la arrojó. La piel del animal se crispó donde había recibido el golpe; los chicos esperaron temblando una reacción alocada del caballo. Frank los miró y les habló con su suave acento de Brooklyn:
—No hagáis eso, el caballo no os ha hecho nada.
—¿Ah, no? —gritó uno de los chicos, indignado.
—No.
—¡Oh, vete a…! —exclamó el menor de los chicos, como golpe de gracia.
Frank siguió hablándole con suavidad, mientras echaba un chorro de agua sobre las ancas del animal.
—Marchaos, muchachos… ¿O tendré que romper un par de crismas?
—¿Tú y quién más?
—Os lo voy a demostrar.
Frank se agachó, agarró una piedra del suelo e hizo amago de arrojársela. Los pilluelos se dispersaron profiriendo insultos a gritos.
—Este es un país libre.
—¡Ja, ja! La calle no es tuya.
—Le voy a contar esto a mi tío, el policía.
—¡Basta! Marchaos, muchachos —agregó Frank con indiferencia, y restituyó cuidadosamente la piedra a su sitio.
Los más mayores se retiraron aburridos de la jugarreta, pero los pequeños volvieron. Querían ver cómo Frank le daba avena a Bob.
Frank terminó de lavar el caballo, lo llevó debajo de un árbol para que le diese sombra en la cabeza y le colgó el morral lleno; luego empezó a limpiar el carro silbando la canción «Déjame llamarte amada», y como si eso fuese una señal asomó por una ventana la cabeza de Flossie Gaddis, que vivía debajo de los Nolan.
—Hola —llamó alegremente.
Frank sabía quién llamaba. Dejó pasar un buen rato y luego contestó, sin levantar la vista:
—Hola.
Entonces se fue a lavar el otro lado del carro, donde Flossie no podía verle, pero sí hacerle llegar su persistente voz.
—¿Has terminado ya tu tarea?
—Casi he terminado.
—Me imagino que al ser hoy sábado saldrás esta noche.
No hubo respuesta.
—No me irás a decir que un joven tan guapo como tú no sale con ninguna chica.
Nadie contestó.
—Esta noche hay juerga en el Shamrock Club.
—¡Ah! ¿Sí? —preguntó él, haciéndose el desentendido.
—Tengo entradas para dos.
—Lo siento, pero tengo un compromiso.
—¿Quedarte en casa acompañando a tu madre?
—Tal vez.
—Oh, vete al diablo —dijo ella, y dio un ventanazo.
Frank suspiró aliviado.
Francie lo sentía mucho por Flossie. La pobre no perdía la esperanza a pesar de que Frank seguía rechazándola. Siempre iba detrás de los chicos, pero ninguno se fijaba en ella. También la tía Sissy lo hacía, pero ellos a veces la alcanzaban a mitad del camino. Había una diferencia notable entre ellas: Flossie Gaddis se moría por tener un chico, mientras que para Sissy los hombres sólo eran un capricho saludable.
Johnny llegó a las cinco. A esa hora el carro y el caballo estaban ya encerrados en la cuadra. Francie había terminado de leer el libro. Se había comido los caramelos. El sol iba desapareciendo. Se quedó un rato disfrutando del calorcito de la almohada sobre su mejilla. Papá entró cantando su canción favorita, «Molly Malone». Siempre la cantaba al subir la escalera, para que todos se enteraran de su regreso.
En Dublín, ciudad encantada,
las muchachas son tan bellas…
Allí fue donde conocí…
Francie abrió la puerta sonriente y feliz, antes de que él pudiera entonar el verso siguiente.
—¿Dónde está tu madre? —preguntó él.
Todos los días decía lo mismo al entrar.
—Ha ido al cine con tía Sissy.
—¡Oh! —exclamó contrariado, como siempre que Katie no estaba en casa—. Esta noche trabajo en el restaurante de Klommer. Hay una gran boda.
Alisó el chambergo con la manga antes de colgarlo.
—¿Para servir o para cantar?
—Servir y cantar. ¿Tengo un delantal limpio, Francie?
—Hay uno limpio, pero sin planchar; te lo plancharé enseguida.
Instaló la tabla entre dos sillas y puso la plancha a calentar. Sacó un cuadrado de tela de hilo, todo arrugado, con cintas para atarlo, y lo roció con agua. Mientras esperaba la plancha, calentó el café y le sirvió una taza a su padre. Johnny se lo tomó con la tortita que le habían guardado. Estaba muy contento. Tenía trabajo para esa noche, y además era un día hermoso.
—Un día como el de hoy es un regalo —dijo.
—Sí, papá.
—¡Qué cosa más buena es el café! ¿Verdad? ¿Qué haría la gente antes de que se inventara?
—A mí me gusta el aroma.
—¿Dónde has comprado las tortitas?
—En la tienda de Winkler, ¿por qué?
—Cada día las hacen más ricas.
—También hay una rebanada de pan de centeno, si quieres.
—Espléndido. —Miró la rebanada de un lado y del otro hasta que encontró la etiqueta del Sindicato de Panaderos.
—Buen pan, bien elaborado por el Sindicato de Panaderos. —Quitó la etiqueta. Se le ocurrió una idea—: Ah, la etiqueta del sindicato en el delantal.
—Aquí está, cosida en la costura; la voy a planchar.
—Esta etiqueta es como un adorno —explicó—, como si se llevara una rosa. Mira mi botón del Sindicato de Camareros.
Tenía el botón verde y blanco prendido en la solapa. Lo limpió con la manga.
—Antes de pertenecer al sindicato, los patronos me pagaban lo que se les antojaba y a veces ni me pagaban; decían que con las propinas me bastaba. Hasta llegaron a cobrarme por el privilegio de trabajar. «Se sacan buenas propinas», decían. Por eso cobraban a los camareros por trabajar. Cuando me afilié al sindicato todo cambió. Por más que tu madre se queje de las cuotas, allí me consiguen trabajo con patrones que están obligados a pagar un sueldo fijo sin tener en cuenta las propinas. Todos los trabajadores deberían afiliarse.
—Sí, papá —dijo Francie, planchando ya.
Le gustaba oírle hablar.
Francie pensó en la oficina del sindicato. Una vez que su padre había conseguido trabajo, ella había ido a llevarle el delantal y monedas para el viaje. Le encontró sentado con otros hombres. Como no tenía otro traje, usaba su esmoquin todo el día; llevaba el chambergo negro con el ala ligeramente levantada. Estaba fumando. Cuando la vio llegar se quitó el sombrero y tiró el cigarro.
—Mi hija —presentó con orgullo.
Los camareros vieron una niña delgada con el vestido roto; se lanzaron miradas elocuentes. Eran diferentes a Johnny Nolan. Trabajaban toda la semana y los sábados iban a buscar algún turno extra. Johnny, en cambio, no trabajaba con regularidad: tenía aquí o allí alguna que otra ocupación.
—Sepan, camaradas, que en casa tengo dos hermosos hijos y una linda mujer; y sepan también que no me los merezco.
—No te aflijas —le contestó un amigo dándole palmadas en el hombro.
Francie oyó la conversación de dos hombres que estaban a poca distancia y que hablaban de su padre:
—Oigan a ese hombre hablar de su mujer y de sus hijos. Tiene gracia. ¡Qué tipo! Entrega el sueldo a su esposa, pero se queda con las propinas para emborracharse. Ha hecho un pacto con McGarrity. Él le da todas las propinas que recibe y el otro le surte de bebida. No se sabe quién debe dinero a quién. A pesar de todo, tiene que resultarle el sistema, porque siempre anda medio borracho.
Los hombres se alejaron.
Francie sintió como si le estrujaran el corazón. Luego vio que los que rodeaban a Johnny le sonreían y parecían simpatizar con él y que cuando él hablaba ellos reían; que le escuchaban con atención. Su dolor se hizo más leve, aquellos dos hombres tenían que ser una excepción, ella sabía que su padre era apreciado.
En verdad todos apreciaban a Johnny Nolan. Era un dulce cantante de bonitas canciones. Desde tiempos inmemoriales, todos, especialmente los irlandeses, querían y respetaban al cantor del barrio. Sus colegas y los hombres para quienes trabajaba le querían de verdad. Le querían su esposa y sus hijos. Todavía era joven, alegre y guapo. Su mujer no le reñía y sus hijos no veían que tuvieran motivos para avergonzarse de su conducta.
Francie ahuyentó los recuerdos de aquel día en la oficina del sindicato. Siguió escuchando a su padre, que continuaba evocando tiempos pasados.
—Mírame: no soy nadie —dijo encendiendo tranquilamente su cigarro de un níquel—. Mis padres llegaron de Irlanda el año en que las patatas escasearon. Un tipo que tenía una compañía de vapores le propuso a mi padre llevarle a América, le dijo que aquí le esperaba un empleo, que el precio del pasaje se lo descontaría del sueldo. Así emprendieron el viaje. Mi padre era como yo, nunca duraba mucho tiempo en el mismo trabajo.
Siguió fumando en silencio.
Francie planchaba y callaba. Comprendía que él estaba pensando en voz alta y que no esperaba que su hija le entendiera, solamente necesitaba alguien que le escuchase. Todos los sábados repetía las mismas cosas. Durante la semana, cuando bebía, entraba y salía, hablaba poco. Pero ese día era sábado, su día de charla.
—Mis padres nunca supieron leer ni escribir. Apenas llegué al sexto grado; cuando murió mi padre y tuve que dejar la escuela. Vosotros tenéis suerte. Yo me encargaré de que terminéis los estudios.
—Sí, papá.
—Entonces yo tenía doce años. Cantaba en los cafés para los borrachines, que me arrojaban monedas; después empecé a trabajar en los cafés y en los restaurantes… de camarero… —Guardó silencio un rato tratando de retomar el hilo de sus pensamientos—. Siempre soñé con ser un buen cantante, de esos que salen al escenario vestidos de frac. Pero carecía de instrucción. Tampoco supe cómo iniciarme. «Ocúpate de tu empleo», solía decirme mi madre, «no sabes la suerte que es tener empleo…», y así me convertí en cantante y camarero de café. Eso no era un trabajo fijo. Mejor sería que me hubiera dedicado simplemente al oficio de camarero. Por eso me emborracho —dijo con absoluta falta de lógica.
Su hija le miró como queriendo hacerle una pregunta, pero se abstuvo.
—Bebo porque soy un derrotado y porque tengo conciencia de ello. No podría conducir un camión como tantos otros; con mi físico, no pude entrar en la policía. Tengo que servir cerveza y cantar cuando me viene en gana. Bebo porque sé que no soy capaz de sobrellevar mis responsabilidades.
Siguió una larga pausa y luego murmuró:
—No soy un hombre feliz. Tengo mujer e hijos y no soy un buen trabajador. Nunca quise tener familia.
Otra vez sintió Francie ese apretujamiento del corazón. ¿No los quería a ella y a Neeley?
—¿De qué le sirve a un hombre como yo tener familia? Pero me enamoré de Katie Rommely. ¡Ah! No culpo a tu madre —se apresuró a agregar—. De no ser ella hubiera sido Hildy O’Dair. ¿Sabes? Creo que tu madre todavía le tiene celos. Cuando conocí a Katie, le dije a Hildy: «Tú sigue tu camino que yo seguiré el mío». Así que me casé con tu madre. Tuvimos hijos. Tu madre es una buena mujer, Francie, no lo olvides jamás.
Francie sabía que su madre era una mujer buena. Estaba segura de ello y su padre lo decía también. Entonces, ¿por qué quería más a su padre? ¿Por qué? Su padre no servía para nada. Hasta él mismo lo confesaba. No obstante, ella prefería a su padre.
—Sí, tu madre trabaja sin descanso; yo la amo y quiero a mis hijos.
Esta última frase hizo feliz a Francie.
—Pero ¿no debería yo llevar una vida mejor? Tal vez algún día el sindicato arregle la situación para que tengamos horas libres después del trabajo y poderlas dedicar a lo que nos guste; pero eso no llegaré a verlo. Ahora hay que trabajar sin parar o ser un vago… no hay término medio. Cuando muera nadie se acordará de mí, nadie dirá: «Fue un hombre que amaba a su familia y tenía fe en el sindicato». Lo que dirán será: «¡Qué pena! Pero, lo mires por donde lo mires, no era más que un borracho». Sí, eso es lo que dirán.
En el cuarto reinaba el silencio. Con gesto amargo, Johnny Nolan tiró por la ventana su cigarro a medio fumar. Tenía el presentimiento de que estaba derrochando la vida con demasiada rapidez. Contempló a su hijita, que planchaba con premura, la cabeza inclinada sobre la tabla, y le conmovió la carita triste de la criatura.
—Oye. —Se le acercó y la rodeó con un brazo—. Si esta noche saco mucha propina, lo jugaré todo a una fija que tengo para el lunes, apostaré un par de dólares y ganaré diez, después jugaré diez a otro caballo y ganaré cien. Jugando con tino y contando con un poco de suerte, llegaré hasta los quinientos…
«¡Sueños! —pensaba para sí mientras hablaba de sus ganancias—. ¡Qué maravilloso sería si se realizase todo lo que se desea!»
—Y luego, ¿sabes, Prima Donna, lo que haré?
Francie sonrió contenta de oírse llamar por el apodo que le había dado cuando era pequeña, por llorar, aseguraba, con tantos tonos como una cantante de ópera.
—No. ¿Qué harás entonces?
—Te llevaré de viaje. Tú y yo solitos, Prima Donna. Iremos al Sur, donde florecen los copos de algodón. —Le encantó la frase y repitió—: Donde florecen los copos de algodón.
Era una canción que él conocía. Con las manos en los bolsillos silbó y ejecutó un paso de vals imitando a Pat Rooney:
Un campo blanco como la nieve,
escucha el suave canto de los negros.
Ansío estar allí,
porque alguien me espera,
donde florecen los copos de algodón.
Francie le besó con ternura en la mejilla y murmuró:
—Oh, papá. Te quiero tanto.
Él la estrechó contra su pecho. Sentía remordimiento. «¡Oh, Dios mío! —se repetía con una angustia casi intolerable—. ¡Menudo padre soy!» Se recobró, y cuando volvió a dirigirse a su hija habló con bastante calma:
—Con tanta charla no vas a terminar de planchar el delantal.
—Ya está, papá —dijo Francie doblando la prenda cuidadosamente.
—¿Hay dinero en casa, cariño?
Francie buscó dentro del jarrón rajado y sacó un níquel y algunos centavos.
—¿Quieres coger siete centavos e ir a por una pechera y un cuello de papel?
Francie fue a la tienda a comprar las prendas que su padre tenía que usar el sábado por la noche. La pechera era un delantero de camisa hecho de muselina almidonada, sujeto alrededor del cuello con un botón y sostenido por la camiseta. Reemplazaba a la camisa. Sólo se usaba una vez, luego había que tirarla. El cuello de papel no era exactamente de papel; se llamaba así para diferenciarlo del cuello de celuloide que llevaba la gente pobre y que tenía la ventaja de que se podía limpiar con un trapo húmedo. El cuello de papel era de un delgado cambray almidonado, y tampoco podía usarse más de una vez.
Cuando Francie regresó, su papá ya se había afeitado, se había mojado la cabeza para alisarse el cabello, se había lustrado los zapatos y se había cambiado la camiseta por otra sin planchar, con un tremendo agujero en la espalda, pero que olía a limpio. Johnny trepó a una silla para sacar del estante más alto de la alacena una cajita que contenía los botones de perla que Katie le había regalado el día de su boda y que le costaron el sueldo de todo un mes. Johnny estaba orgulloso de ellos. Por más aprietos que pasaron, los Nolan nunca los habían empeñado.
Francie le ayudó a colocar los botones en la pechera, él se abrochó el cuello palomita con un botón de oro, regalo de Hildy O’Dair antes de su compromiso con Katie. Tampoco consentía en desprenderse de él. La corbata era una gruesa cinta de seda negra, con la que sabía hacerse un lazo magistral. Algunos camareros usaban lazos ya hechos, sostenidos con un elástico; otros vestían camisas sucias o ajadas y cuellos de celuloide; pero Johnny Nolan no. Él llevaba el traje, aunque precario, siempre inmaculado.
Por fin estaba listo, su cabello brillaba, olía a limpio, recién lavado y afeitado. Se puso la chaqueta y se la abrochó con elegancia. Las solapas de raso estaban raídas, pero ¿quién repararía en eso si todo le quedaba tan bien y la raya del pantalón era impecable? Francie miró sus zapatos lustrados y se fijó en lo bien que caía el pantalón sin vueltas sobre ellos. Ningún otro padre llevaba un pantalón con ese corte. Francie estaba orgullosa de su padre. Envolvió el delantal en un papel limpio reservado para estas ocasiones y le acompañó hasta el tranvía. Las mujeres le sonreían hasta que descubrían que caminaba de la mano de su hija. Johnny parecía un hermoso donjuán irlandés, y no el marido de una fregona y padre de dos niños hambrientos.
Pasaron ante la ferretería de Gabriel y se detuvieron para mirar los patines en el escaparate. Katie nunca tenía tiempo para pararse. Johnny le hablaba de los patines como insinuando que algún día le compraría un par. Llegaron a la esquina, cuando se acercaba el tranvía que le llevaría a Graham Avenue, él se encaramó acompasando sus movimientos a los del vehículo, que iba disminuyendo la velocidad. Se quedó en la plataforma, y cuando el tranvía continuó su marcha se asomó para saludar a Francie.
«No existe un hombre más elegante que papá», pensó la chiquilla.
Cuando su padre se hubo alejado, Francie se dirigió a casa de Flossie Gaddis para ver el vestido que se pondría aquella noche para ir al baile.
Flossie mantenía a su madre y a su hermano trabajando en una fábrica de guantes. Los guantes se cosían del revés y su tarea consistía en darles la vuelta. A menudo llevaba trabajo para terminarlo en casa. Necesitaban hasta el último centavo que ganaba porque su hermano no estaba en condiciones de trabajar: era tuberculoso.
A Francie le habían asegurado que Henny estaba moribundo, pero ella no lo creía porque no tenía mal aspecto. Parecía estar perfectamente bien. Tenía el cutis claro y las mejillas rosadas, y sus ojos grandes y oscuros ardían como la luz de una lámpara al amparo del viento. Pero él sabía que se moría. Tenía diecinueve años, ansiaba vivir y se resistía a aceptar su condena. La señora Gaddis se alegró al ver a Francie; Henny se distraía cuando alguien le hacía compañía.
—Henny, aquí está Francie —dijo alegremente.
—Hola, Francie.
—Hola, Henny.
—¿No te parece que Henny tiene buen aspecto? Díselo, Francie.
—Estás muy bien, Henny.
Como si hablase a un compañero invisible, Henny contestó:
—Le está diciendo a un moribundo que tiene buen aspecto.
—Pero yo lo digo de verdad.
—No, lo dices por decir.
—¿Por qué hablas así, Henny? Mira lo flaca que soy y nunca pienso en la muerte.
—Tú no morirás, Francie, has nacido para vencer en esta vida de perros.
—De cualquier manera, ya quisiera tener yo el color de tus mejillas.
—No, no. Y menos si supieras a qué se debe.
—Henny, deberías subir más a la azotea —dijo su madre.
—Le está diciendo a un moribundo que se siente en la azotea.
—Lo que necesitas es aire puro y sol.
—Déjame en paz, mamá.
—Es por tu bien…
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Déjame en paz!
De pronto dejó caer la cabeza pesadamente entre sus brazos; un terrible acceso de tos y llanto atormentaba todo su cuerpo. Flossie y su madre se miraron en silencio y le dejaron solo. Él se quedó sollozando y tosiendo en la cocina, ellas se fueron al salón para mostrar los trajes a Francie.
Flossie tenía tres ocupaciones semanales: se dedicaba a los guantes, a los trajes y a Frank. Todos los sábados asistía a un baile de disfraces y cada vez lucía un vestido distinto. Los trajes estaban especialmente diseñados para ocultar las quemaduras de su brazo derecho. De pequeña se había caído en un barreño de lavar ropa lleno de agua hirviendo que habían dejado en la cocina. Se hizo unas quemaduras tan espantosas en el brazo que la piel le quedó morada y arrugada. Por eso siempre llevaba manga larga.
Como un traje de disfraz tenía que ser décolleté, había ideado un tipo de vestido escotado por la espalda y lo suficiente en el pecho para lucir su amplio busto, con una sola manga larga para cubrir el brazo derecho. El jurado creía que la manga flotante simbolizaba algo, e invariablemente le adjudicaba el premio.
Flossie se puso el vestido de aquella noche; podría muy bien haber sido el atuendo de una habitué de un cabaret del Klondike. Era de raso violeta, armado sobre una falda de tarlatana color cereza. En el sitio en que el pecho izquierdo dibujaba una suave punta, tenía cosida una mariposa de lentejuelas negras. La única manga era de gasa verde claro. Francie admiró el traje. La madre de Flossie abrió el ropero de par en par, y la niña pudo contemplar una enorme cantidad de trajes lustrosos y bien alineados.
Flossie tenía seis túnicas de distintos colores y otras tantas faldas, y por lo menos veinte mangas de gasa de todos los tonos imaginables. Cada semana las combinaba para crear un traje diferente. No sería de extrañar que la semana siguiente la falda cereza asomara debajo de una túnica celeste con una manga de gasa negra, y así sucesivamente. En el ropero también tenía dos docenas de paraguas de seda cuidadosamente arrollados, sin estrenar. Eran los premios que había ganado; los coleccionaba como un atleta colecciona las copas. A Francie le divertía ver tantos paraguas. La gente pobre siente verdadera pasión por las grandes acumulaciones de objetos.
Mientras Francie admiraba los trajes empezó a inquietarse. Contemplando aquellos colores —naranja, cereza, azul eléctrico, encarnado y amarillo—, tuvo la sensación de que algo se escondía furtivamente allí dentro. Algo que, arropado en una larga capa negra, de cráneo contorsionado y afilados huesos por manos, acechaba a Henny detrás de aquella fiesta de colores.
Katie regresó a las seis con tía Sissy. Francie se alegró de ver a su tía predilecta, la quería mucho y se sentía fascinada por ella. Hasta entonces la vida de Sissy había sido muy accidentada. Tenía sólo treinta y cinco años, pero se había casado tres veces y había dado a luz diez hijos, todos muertos al poco tiempo de nacer. Sissy solía decir que Francie significaba para ella lo que sus diez hijos juntos.
Trabajaba en una fábrica de artículos de goma, y era muy desinhibida con los hombres. Tenía los ojos oscuros, grandes y alegres, el cabello negro y ondulado, la piel clara y limpia. Le gustaba atarse el pelo con un lazo rojo.
Katie llevaba su sombrero verde jade, que hacía resaltar la blancura de su tez, pálida como la leche. Los guantes de algodón blanco cubrían las asperezas de sus bonitas manos.
Sissy llevaba un regalo para Francie, una pipa de mazorca que al soplarla salía una gallinita de goma que se inflaba. Era de la fábrica donde ella trabajaba. Allí se producían unos cuantos juguetes de goma, pero sólo para ocultar el verdadero negocio. En realidad, los ingresos más generosos provenían de otros artículos de goma que se vendían furtivamente.
Francie contaba con que Sissy se quedara a cenar. Cuando estaba ella, todo era alegre y emocionante. «La tía —se decía Francie— comprende a las niñas. Otras personas, si bien creen que los niños son adorables, no ven en ellos sino una calamidad inevitable. En cambio, Sissy los trata como a seres humanos dignos de consideración.» Aunque Katie insistió, tía Sissy dijo que no podía cenar con ellos, tenía que ir a su casa para comprobar si su marido todavía la quería. Katie rió y Francie también, a pesar de no entender el significado de la frase. Tía Sissy se fue tras prometer que volvería el primer día del mes con las revistas. El actual marido de Sissy trabajaba en una editorial; todos los meses recibía un ejemplar de cada una de sus publicaciones. Eran historietas de amor, aventuras, espiritismo, policías y todo lo imaginable. Tenían cubiertas de colores vivos. Él las recibía directamente de la redacción atadas con hilo de cáñamo. Sissy las llevaba sin haberlas desatado siquiera. Francie las leía con avidez y luego las vendía a mitad de precio en el quiosco del barrio y guardaba el dinero en la hucha de mamá.
Cuando Sissy se fue, Francie le contó a su madre lo del viejo de horribles pies de la panadería Losher.
—¡Pamplinas! —dijo su madre—. La vejez no es una tragedia. Si fuese el único viejo del mundo… entonces tal vez, pero tiene la compañía de otros viejos. Los ancianos no son desgraciados, no ansían lo que nosotros tenemos, se contentan con estar abrigados, disponer de alimentos blandos para comer y recordar el pasado con otros ancianos. Déjate de tonterías, si hay algo inevitable es que todos seremos viejos algún día, ya puedes ir acostumbrándote.
Francie sabía que su madre estaba en lo cierto, sin embargo, sintió alivio cuando ella habló de otra cosa. Las dos empezaron a programar los platos que harían durante la semana con el pan duro.
A decir verdad los Nolan se alimentaban casi exclusivamente con pan duro. Sorprendía la cantidad de platos que Katie sabía hacer con él. Tomaba una hogaza, la rociaba con agua hirviendo, la machacaba y revolvía hasta convertirla en una pasta, la sazonaba con sal, pimienta y tomillo; le agregaba unas cuantas rodajas de cebolla y un huevo (cuando estaban baratos) y la metía en el horno. Cuando ya estaba lista y bien dorada la cubría con una salsa que hacía mezclando dos tazas de agua hirviendo y media taza de ketchup, le añadía un chorrito de café cargado y harina para espesarlo. Era un plato caliente, sabroso y nutritivo. Lo que sobraba se guardaba y al día siguiente se cortaba en rebanadas delgadas y se freía en grasa de tocino.
Katie también hacía un exquisito pudin con rebanadas de pan de días anteriores, azúcar, canela y una manzana de un centavo cortada en rodajas finas. Cuando ya estaba dorado, lo rociaba con almíbar. Otras veces preparaba lo que ella había bautizado como Weckschnittens. Literalmente significaba algo elaborado con los pedacitos de pan que por lo general se desechan, cocido con harina, agua, sal y un huevo, y luego frito en abundante manteca. Mientras se hacía la fritura Francie corría a la tienda de caramelos para comprar un caramelo de un centavo que machacaban con un rodillo de amasar. En el momento de comer la fritada, esparcían por encima los trocitos de caramelo, y como no se fundían del todo, aquello quedaba delicioso.
La cena del sábado era muy especial. ¡Los Nolan comían carne guisada! Se desmenuzaba un pan duro, se mojaba con agua caliente y se mezclaba con diez centavos de carne picada y una cebolla machacada, sal y un centavo de perejil picado para darle sabor. Con todo esto se hacía albondiguillas, que una vez fritas se servían con ketchup caliente. A estas albóndigas las llamaban fricadellen, lo que hacía mucha gracia a Neeley y a Francie.
Casi siempre comían esos alimentos elaborados con pan duro, leche condensada y café; cebollas y patatas y… la compra de último momento: un centavo de algo para dar sabor. De vez en cuando se comían un plátano. Francie se moría por las naranjas y sobre todo por las mandarinas, pero sólo las conseguía por Navidad.
A veces, cuando le sobraba un centavo, Francie compraba galletas rotas. El tendero hacía un cartucho de papel que llenaba con galletas que se habían roto en las cajas y no podía vender de otra manera. La recomendación de mamá era: «Si tenéis un centavo, no compréis caramelos ni pasteles: comprad una manzana». Pero ¿por qué una manzana? Para Francie una patata cruda tenía el mismo sabor y podía conseguirla gratis.
Sin embargo, había días, especialmente hacia el final de un largo y frío invierno, en que, a pesar del hambre, a Francie no le apetecía comer nada. Era el momento de los encurtidos. Entonces cogía un centavo y se iba a una tienda de Moore Street, donde sólo vendían encurtidos judíos, que flotaban en grandes tinajas llenas de salmuera con especias. Un patriarca de barba larga y blanca, boca desdentada y gorrito de alpaca negra dominaba la escena, armado de un enorme tenedor de madera. Una vez Francie hizo su pedido de la misma manera que los demás chiquillos:
—Oiga, Jacoibos, deme un centavo de encurtidos.
El hebreo la miró con sus ojillos sanguinolentos, feroces y encendidos.
—¡Maldita! ¡Maldita! —le gritó. Odiaba oírse llamar Jacoibos.
Francie no había querido herirle; desconocía el significado de aquel nombre. De hecho creía que se usaba con los desconocidos a quienes se apreciaba. El judío no lo sabía, por supuesto. A Francie le habían contado que el hombre tenía una tinaja únicamente para los cristianos. Se decía que, para vengarse, una vez al día escupía o hacía algo peor en ella. Pero nadie pudo probarlo nunca, y Francie no lo creía.
Mientras revolvía la tinaja con el tenedor, murmurando maldiciones a través de su descuidada barba blanca, se puso furibundo con Francie porque había elegido un encurtido de los del fondo. Le bailoteaban los ojillos y se tiraba nerviosamente de la barba. Por fin alcanzó un encurtido grande y gordo, de un amarillo verdoso; lo puso en un pedacito de papel. Seguía maldiciendo mientras cogía el centavo con su mano descarnada. Luego se retiró al fondo del negocio, donde se fue aplacando su mal humor y empezó a recordar los viejos tiempos, en su tierra lejana.
El encurtido le duraba a Francie todo el día; lo chupaba y lo roía sin llegar a comérselo. Lo tenía y eso le bastaba. Cuando en casa se comía pan y patatas demasiado seguido, Francie buscaba en su memoria el sabor del encurtido húmedo y agrio. Ella no sabía por qué, pero después de un día de encurtidos, el pan y las patatas eran más sabrosos. Sí, Francie esperaba con toda su alma el día de los encurtidos.