Lady Margaret se despertó con un dolor súbito.
Tendida en la oscuridad, tratando de determinar la hora del día, escuchó el martilleo de la lluvia contra las ventanas de parteluz y recordó que había decidido echarse antes de la cena.
Debió de quedarse dormida…
Otro dolor agudo.
«¡No! ¡Es demasiado pronto!»
Con gran esfuerzo —la baronesa estaba embarazada de ocho meses— logró sentarse y arrastrar las piernas hasta el borde de la cama. Había entrado en el dormitorio de día; ahora reinaba la oscuridad y no había quinqués encendidos. Buscó a tientas la cuerda de la campanilla y al tirar notó que una humedad tibia se propagaba bajo su cuerpo.
—No —susurró—. Dios, te lo ruego, no… —Otro dolor agudo le arrancó un aullido.
Para cuando el ama de llaves llegó, los dolores eran más intensos y frecuentes. La señora Keen corrió hasta el lecho y el halo de su quinqué alumbró unas sábanas empapadas de sangre. Y a su señora…
—Dios mío —susurró, reclinando el pálido rostro de la baronesa en los almohadones.
—El bebé —jadeó lady Margaret—. Está viniendo…
La señora Keen la miró de hito en hito. Aunque la baronesa solo tenía veintisiete años, la larga melena pelirroja que le caía por la espalda y los hombros le hacía aparentar menos. Parecía frágil y vulnerable. Y ahora aquellos dolores prematuros.
Cuando esa tarde dijo que no se encontraba bien, lord Falconbridge en persona partió hacia Willoughby Hall en busca del médico. Pero de eso hacía horas. ¿Podía ser que la tormenta hubiese barrido el camino?
—No se preocupe, mi señora —murmuró con suavidad la señora Keen—. Su marido y el doctor Willoughby no tardarán en llegar.
Dejó a la baronesa en compañía de una criada y bajó apresuradamente las escaleras para avisar a Luke, su marido y el administrador de la finca.
En la mansión de Falconbridge se armó un torbellino de actividad cuando la noticia del parto prematuro de lady Margaret sacó a las criadas, los lacayos, el mayordomo, la cocinera y los ayudantes de cocina de sus habitaciones y diversos menesteres. Algunos estaban preparándose para acostarse mientras otros todavía vestían su uniforme de trabajo. Lord Falconbridge era sumamente rico, y la mansión, construida en tiempos de Guillermo el Conquistador, requería mucho personal.
Luke Keen, recién llegado de comprobar el estado de los perros de caza, con la chaqueta de tweed impregnada del frío y el agua de la noche, dijo:
—¿Qué ocurre aquí?
El ama de llaves se llevó a su marido a un lado.
—La señora se ha puesto de parto con tres semanas de antelación. Algo no va bien. Señor Keen, es preciso que envíe a alguien a buscar al barón y al doctor Willoughby. Ya deberían estar aquí.
Luke Keen asintió con gravedad.
—Enviaré a Jeremy. Es nuestro jinete más veloz.
Un grito en el segundo piso les hizo levantar la vista y, a continuación, se miraron el uno al otro. Luke retorció su gorra con las manos. Su hermana, que en paz descansase, había muerto al dar a luz.
—Tal vez debería ir a buscar al doctor Conroy.
La señora Keen se mordió el labio. Aunque John Conroy vivía cerca, al otro lado del pueblo, y era médico, no pertenecía a la misma clase social que el barón y su esposa. Conroy se ocupaba de los aldeanos y granjeros. Además, estaba ese otro detalle que sabía no era del agrado de lord Falconbridge. Seguro que no aprobaba que ese hombre, por muy médico que fuera, tocara a su esposa.
Así y todo, recordando el aborto espontáneo que lady Margaret había sufrido un año atrás y que casi se la lleva de este mundo, dijo:
—Adelante, señor Keen, vaya a Bayfield. ¡Y rece por que el doctor Conroy esté en casa!
Mientras ensillaba su caballo, Keen se preguntó si estaba haciendo lo correcto. Lord Falconbridge tenía muy mal genio y cuando algo no era de su agrado se desquitaba con todo el mundo. También era un hombre que necesitaba encontrar culpables. Pobre señora Delaney, la cocinera que había trabajado treinta años en la mansión de Falconbridge, despedida porque el barón insistió en que era su sopa de cebolla lo que había provocado el aborto de su esposa. Si algo le ocurría a lady Margaret o al bebé aquella noche, ¿a quién culparía el barón? Keen y su mujer no podían permitirse perder sus empleos. Corrían tiempos difíciles y el trabajo escaseaba.
Por otro lado, se dijo Keen al subir al caballo, el señor también podía ser generoso con sus recompensas. Si los Keen, por haber actuado con celeridad, salvaban la vida de lady Margaret y del bebé, a saber los favores que el señor podría otorgarles. Quizá una casita de propiedad para su jubilación, y puede que hasta una pequeña pensión…
Mientras cabalgaba en la lluviosa noche, Luke Keen confió en que no estuviera cometiendo el peor error de su vida.
Qué gusto estar en casa, pensó Hannah Conroy a la vez que ponía la mesa para la cena. Qué gusto estar de vuelta en Bayfield, en su hogar, donde un acogedor fuego ardía combatiendo la inhóspita noche, mientras su padre trabajaba en el pequeño laboratorio, junto al salón. Aquel último año en Londres, su intensiva formación como comadrona en el Hospital de la Maternidad —con las clases, las prácticas y los exámenes, las largas horas en las salas atendiendo a las pacientes, vaciando cuñas, limpiando suelos y viviendo apretadamente en un dormitorio, con una tarde libre a la semana para ir a la iglesia y atender la lavandería personal— había merecido la pena. Reclinada sobre la repisa de la chimenea, lista para ser colgada en la calle, descansaba la placa con la pintura aún fresca: CONROY & CONROY – MÉDICO Y MOMADRONA.
Desde que le alcanzaba la memoria Hannah siempre había querido seguir los pasos de su padre, pero, dado que ejercer la medicina estaba vetado a las mujeres, veía la profesión de comadrona como una entrada trasera a ese mundo. Al cumplir los diecisiete su padre envió cartas de recomendación al Hospital de la Maternidad de Londres. Hannah viajó entonces a la ciudad para los exámenes de ingreso y se matriculó tras obtener el aprobado. Inició el curso la mañana que cumplía dieciocho y recibió el título un año después, a los diecinueve. De eso hacía un mes. Hannah soñaba con tener algún día una modesta consulta propia y la señora Endicott, esposa de un huevero del pueblo, ya le había comunicado que deseaba que la asistiera en el alumbramiento de su noveno hijo, para el que faltaba una semana. Hannah no dudaba de que la señora Endicott la recomendaría a sus amigas y vecinas.
También se alegraba de estar en casa por otra razón. Durante el año que había estado fuera, la salud de su padre se había deteriorado, hasta tal punto que quería pedirle que redujera sus horas de trabajo y cuidara de su propia persona por una vez.
A sus cuarenta y cinco años John Conroy era un hombre alto y atractivo, con un pelo negro salpicado de gris, hombros anchos y espalda recta. Su «sencilla» indumentaria —en lugar de la moderna y distinguida levita llevaba una chaqueta negra larga y recta sobre un pantalón y un chaleco negros, camisa blanca de cuello liso abotonada hasta arriba, sin pañuelo, y un sombrero negro de ala ancha y copa chata— le daba un aire imponente. Cuando caminaba por el pueblo las cabezas de las damas se giraban.
Hannah recordó con ternura cómo, tras la muerte de su madre, las mujeres de Bayfield y alrededores —viudas, solteronas y madres de hijas casaderas— llegaban con colchas y comida para el apuesto viudo cuáquero. Ninguna, sin embargo, consiguió penetrar el muro de dolor ni atravesar la barrera de dedicación a la nueva causa que había nacido la noche que Louisa falleció: encontrar una cura para lo que la había matado.
Dejó de cortar el pan y prestó atención al viento y la lluvia. ¿Había oído un sonido de cascos a lo lejos? Rezó para que no fuera alguien que venía a buscar a su padre para una emergencia. No le cabía duda de que iría, pues no había otro médico en los alrededores.
El pueblo de Bayfield, situado en el condado de Kent, se hallaba a medio camino entre Londres y Canterbury, junto a un brioso arroyo que se despegaba del río Len. Aunque se especulaba que la zona había sido habitada desde la Edad de Piedra, y que muy probablemente las legiones de César pasaron por allí, el origen del asentamiento podía establecerse concretamente en el año 1387, cuando un grupo de peregrinos que regresaba de Canterbury se detuvo a descansar «junto a un henar» y decidió quedarse.
Hannah oyó que los cascos se acercaban hasta detenerse en el patio. Cuando abrió la puerta vio a un jinete saltar de su montura y reconoció a Luke Keen, de la mansión de Falconbridge.
—¡Señor Keen! Entre, se lo ruego.
Cuando Hannah cerró la puerta tras de sí, el hombre se quitó la gorra empapada y la agitó contra una pierna.
—¿Está su padre en casa, señorita Conroy? Necesito que me acompañe sin demora.
La voz de John Conroy sonó en el salón.
—Hannah, me ha parecido oír… Oh, buenas noches, Luke Keen.
—Lamento molestarle, doctor, pero tenemos una emergencia en la finca.
—Enseguida voy. ¿Cuál es el problema?
—La baronesa, doctor.
Conroy se dio la vuelta.
—¿Cómo ha dicho?
—Está encinta y algo va mal.
Conroy cruzó una mirada con su hija. Aunque habían estado otras veces en la mansión de Falconbridge, era para atender al personal de la casa. Los Falconbridge nunca habían requerido sus servicios.
—¿Dónde está su médico?
—Hace horas que el señor fue a buscar al doctor Willoughby y todavía no ha vuelto. Mi esposa dice que es serio. ¡Cree que la baronesa podría morir!
Luke Keen les ayudó a enganchar el caballo a la calesa y se adelantó para informar a su señora de que había un médico en camino.
Con la lluvia martilleando en el techo de cuero del pequeño carruaje, John Conroy agitó fuertemente las riendas y la yegua castaña emprendió un trote veloz. Hannah se sujetó el sombrero y buscó indicios de fatiga en el rostro de su padre. Aunque ella no era médico —ni podría serlo nunca—, con los años había desarrollado un afilado ojo clínico, sobre todo a la hora de detectar en su padre la manifestación de una afección que había contraído en el transcurso de sus investigaciones. A fuerza de experimentar en su propia persona infecciones y curas de prueba, ahora padecía una enfermedad cardíaca crónica para la que había inventado una medicina, un extracto de la planta dedalera, así llamada por su semejanza con un dedo humano.
Pero aquella noche no había fatiga en su rostro, tampoco transpiración o palidez. Su aspecto era fuerte y saludable. Hannah se preguntó entonces cómo iba a reaccionar lord Falconbridge ante su presencia en la mansión. Las pocas veces que había visto al barón, este se había mostrado molesto. La razón estaba en que cuando pasaba por Bayfield a caballo todos los ciudadanos se quitaban el sombrero en señal de respeto. Pero su padre no. Como los demás cuáqueros, John Conroy se negaba a «descubrirse» ante ningún hombre, pues creía que todas las personas eran iguales ante los ojos de Dios. Hannah recordó la expresión del barón las veces que había devuelto la mirada al insolente cuáquero, una expresión que ahora le heló la sangre.
—Ya hemos llegado —dijo John Conroy cuando las luces de la mansión de Falconbridge asomaron a través de la llovizna.
Mientras los mozos de cuadra corrían a ocuparse de la calesa, Conroy y su hija fueron recibidos por un nervioso Luke Keen, que los condujo hasta la entrada de los proveedores situada junto a la cocina. En lugar de llevarlos por la escalera que conducía a las dependencias del servicio, donde John había atendido numerosas heridas y enfermedades, los llevó por un pasillo hasta el majestuoso vestíbulo que constituía el corazón de la mansión de Falconbridge. Era la primera vez que Conroy y su hija ponían los pies en la parte residencial de la mansión, y Hannah procuró no prestar atención a las armaduras, los fabulosos cuadros con sus elaborados marcos y las colecciones de exquisita porcelana y piezas militares dispuestas en vitrinas.
Después de entregar sus capas y sombreros empapados a una criada, los Conroy subieron por una amplia escalera curva acompañados del ama de llaves, una mujer de aspecto lúgubre, con un vestido de alepín negro, que estaba pálida y temblorosa.
Los Conroy encontraron a lady Margaret en un vasto y lujoso aposento, con espléndidos muebles y tapices y un fuego chisporroteando en la chimenea. La baronesa yacía sobre un enorme lecho con dosel, cubierta con una colcha de satén.
—Necesitaré una jofaina con agua —comunicó John Conroy a la señora Keen.
—Sí, doctor —respondió fríamente antes de desaparecer en una estancia contigua, donde Hannah alcanzó a ver bellos vestidos, sombreros y zapatos.
Conroy se acercó a lady Margaret y, posándole una mano sobre la frente húmeda, dijo en un tono tranquilizador:
—Margaret Falconbridge, me llamo John Conroy y soy médico. ¿Puede hablar?
Ella asintió.
—¿Siente dolor?
—No… los dolores han cesado…
Conroy dirigió una rauda mirada a su hija. La interrupción de los dolores de parto podía ser una mala señal.
—Margaret —prosiguió con voz queda—, voy a examinarla. No se inquiete.
Abrió su maletín negro, el cual contenía depresores linguales, sedales, gasas y vendajes, además de comprimidos de arsénico, cocaína en polvo y frascos de estricnina y opio. Extrajo su estetoscopio. Era de último diseño, con el tubo de goma y provisto de una campana de escucha y dos auriculares. Con él podía oír los latidos débiles y desesperados del corazón de la baronesa.
—Hannah, por favor —dijo, retirando la colcha de satén blanco e indicando a su hija que levantara el camisón ensangrentado de lady Margaret. Por respeto al pudor de la paciente, John Conroy haría que Hannah realizara el examen visual.
Hannah obedeció e instantes después dijo en voz baja:
—Lady Margaret no está de parto, padre, pero sigue sangrando. Sospecho que es un caso de placenta previa.
Significaba que la placenta se había desprendido de la pared del útero y estaba obturando el cuello uterino. Si no intervenían pronto, la mujer moriría desangrada y el bebé perecería.
La señora Keen regresó con una jofaina de porcelana llena de agua. La dejó sobre un pequeño escritorio y observó, intrigada, cómo el doctor Conroy sacaba un frasco de su maletín. Mientras lo veía verter un líquido de color morado oscuro en el agua, arrugó la nariz a causa del olor acre que desprendía. Cuando Conroy se quitó la chaqueta y se arremangó para sumergir las manos en esa cosa horrible, las cejas del ama de llaves salieron disparadas hacia arriba. ¿Qué demonios estaba haciendo? De repente se alarmó y, recordando que los cuáqueros no eran como los cristianos normales, se preguntó si John Conroy se disponía a hacerle algo poco ortodoxo a su señora.
La señora Keen abrió la boca para protestar cuando en el pasillo estalló un alboroto de gritos y pasos enérgicos. La puerta se abrió bruscamente y lord Falconbridge irrumpió en el dormitorio. Empapado, con la capa y la chistera todavía puestas, se abalanzó sobre el lecho y tomó a su esposa entre sus brazos.
—Maggie, amor mío, ya estoy aquí. El camino estaba inundado. Tuvimos que dar un rodeo. Maggie, ¿estás bien?
Un segundo hombre, corpulento y con bigote blanco, entró en la estancia más tranquilo y tendió con calma su chistera, capa y bastón a la señora Keen. Sin apenas mirar a los Conroy, rodeó la cama y sostuvo la muñeca de lady Margaret entre los dedos índice y pulgar. Hannah y su padre reconocieron al doctor Miles Willoughby, médico de los ricos y privilegiados de Bayfield.
—Permítame, por favor —dijo en un tono autoritario.
Falconbridge recostó a su esposa sobre los almohadones. Margaret estaba ahora inconsciente y blanca como las sábanas.
Willoughby sacó un reloj de bolsillo de oro, contó las pulsaciones de la baronesa y devolvió el brazo al lecho. Apretó los labios al contemplar el abultado abdomen oculto bajo el camisón blanco. Luego contempló el rostro.
—Señora Keen —dijo al ama de llaves sin apartar los ojos de su paciente—, ¿cuándo se detuvo el parto?
—Hace media hora, señor.
—Bien. Ahora, señor barón, ¿le importaría concedernos un poco de privacidad?
—Sálvela, doctor —le suplicó Falconbridge levantándose del lecho—. No soportaría perderla. —La cara del barón tenía el color de las telarañas.
—No se preocupe, señor barón. Lo que la baronesa necesita es una pequeña sangría.
John Conroy dio un paso al frente.
—Amigo, no sería prudente hacerle una sangría. Margaret Falconbridge ha sufrido un desprendimiento de la placenta y está sangrando mucho. Lo que debe hacerse es sacar al niño y detener la hemorragia.
Willoughby apenas se dignó mirarle.
—Señora Keen, le sugiero que acompañe al barón a sus aposentos.
—Sí, doctor. —La mujer aguardó nerviosamente a que Falconbridge se separara de la inconsciente Margaret. El barón era un hombre cuarentón, de constitución delgada y aspecto severo, conocido por su falta de sentido del humor y su excelente destreza para cazar faisanes, y muy poco querido entre sus arrendatarios y los aldeanos. Margaret era su segunda esposa y todavía no contaba con un heredero.
Falconbridge se volvió hacia John Conroy, reparando en él por primera vez.
—¿Qué hace aquí?
—Me llamaron —dijo Conroy.
El barón asintió vagamente, lanzó una última mirada de congoja a su esposa y salió de la habitación seguido de cerca por el ama de llaves. Cuando la puerta se hubo cerrado, Willoughby colocó su maletín sobre la cama y aflojó la hebilla.
—Ustedes también pueden irse —murmuró sin mirar a los Conroy—. Ahora yo estoy al mando.
El doctor Willoughby sacó un estetoscopio y lo colocó sobre el pecho de la baronesa. Era de los antiguos, un largo tubo de madera cuyos extremos se aplicaban uno al pecho del paciente y el otro a la oreja del médico. Tenía la longitud justa para impedir que la cara del médico se acercara en exceso al pecho femenino, y era mucho menos preciso que el moderno estetoscopio empleado por el padre de Hannah.
—Mi hija puede ayudarle —dijo John Conroy—. Es comadrona titulada.
Willoughby desoyó el consejo, siendo del todo impensable que una muchacha de pueblo atendiera a la esposa de un barón.
Hannah no se ofendió. Jamás había imaginado que atendería a damas de noble linaje.
Willoughby reconsideró los diferentes tratamientos. Todos los trastornos del cuerpo, desde un simple dolor de cabeza hasta un cáncer, eran universalmente tratados con uno de los cuatro métodos recomendados: sangría, purga, vómito y vejigas. En este caso, purgar el intestino para aliviar la presión en el útero quedaba descartado, pues la paciente, al estar inconsciente, no podría tragar el preparado de mercurio. Por la misma razón, Willoughby tampoco podía administrarle un emético para hacerle vomitar. Y decidió que las vejigas, provocadas mediante la aplicación de una sustancia cáustica en la piel, no bastarían en este caso. Solo quedaba su opción inicial, la sangría.
—Amigo, le aconsejo que actúe deprisa —dijo Conroy—. Al bebé apenas le quedan unos minutos.
—Señor, el bebé se encuentra bien —replicó Willoughby mientras dejaba a un lado el estetoscopio y colocaba sus manos sobre el abdomen grande y redondo de lady Margaret—. Fue un parto falso y la hemorragia que tanto le preocupa se debe, sencillamente, a que la baronesa tiene demasiada sangre y esta está presionando el útero. Después de tratarla, la presión disminuirá y el embarazo recuperará su curso normal.
Hizo una pausa y levantó la nariz, olisqueando el aire.
—¿Qué es eso? —Señaló el cuenco con el líquido morado que descansaba sobre el escritorio.
—Tintura de yodo.
—¿Tintura de qué?
—De yodo. Un elemento extraído de las algas marinas.
—Nunca he oído hablar de eso. —Willoughby arrugó su protuberante nariz—. ¿Y qué hace ahí?
—Me lavo las manos con ella.
—¿Y por qué?
—Es una solución antiséptica que…
—¡Oh, no me venga con esas patrañas!
—La solución protegerá…
—Es una idea francesa, señor, y totalmente infundada.
—Protegerá a la paciente —terminó Conroy con calma.
—¿La protegerá de qué?
—De cualquier cosa con que pueda infectarle el médico.
—Eso, señor, es otra idea absurda. También francesa, creo, o puede que alemana. Por Dios, proteger a una paciente de su médico. Los médicos son caballeros, señor, y los caballeros tienen las manos limpias.
—Le ruego que se lave las manos antes de tocar a Margaret.
Ignorándolo, Willoughby sacó de su maletín unas lancetas afiladas y las dejó sobre el cubrecama.
—Entonces, ¿realmente pretende sangrarla?
—En efecto —respondió Willoughby en tanto que ceñía un torniquete alrededor del brazo de la baronesa—. Setecientos mililitros bastarán —murmuró, buscando con la mirada un recipiente donde recoger la sangre.
—Amigo, en este momento no conviene hacerle una sangría —repuso Conroy con suavidad.
Willoughby le miró severamente. No le gustaba la negativa de los cuáqueros a dirigirse a la gente con título honorífico como «señor», «señora», «su señoría» o incluso «Su Majestad».
—Se lo pediré de nuevo, señor —comenzó Willoughby antes de interrumpirse en seco, hacer una larga inspiración y estornudar estruendosamente en su mano. Pasándose un dedo por la nariz y después por la chaqueta, dijo—: Le pido que se marche ahora mismo. ¿O prefiere que avise a alguien para que le acompañe?
Conroy advirtió que Willoughby alcanzaba con esa misma mano una lanceta.
—Amigo, no es mi intención ofenderle, pero le ruego por el bien de nuestra paciente que se lave primero las manos.
Willoughby frunció el entrecejo. Deseaba decirle a Conroy que dejara de llamarle amigo. Entonces pensó: Conroy, irlandés.
—Lady Margaret no es nuestra paciente, señor, es mi paciente. Y ahora, fuera de aquí.
—Hermano Willoughby —comenzó Conroy.
—¡Yo no soy su hermano, señor, y tampoco su amigo! —bramó Willoughby—. Soy médico con autorización para ejercer y titulado en medicina por la Universidad de Oxford, y le agradecería que se dirigiera a mí con el debido respeto.
Conroy parpadeó. ¿Qué podía ser más respetuoso que «amigo» y «hermano»? Se volvió hacia su hija, asintió con la cabeza y recogió su abrigo y su sombrero. Cuando salían del dormitorio vieron al doctor Willoughby sacar un orinal de debajo de la cama y colocarlo debajo del brazo de lady Margaret.
—Rezaremos por ella —murmuró Conroy a Hannah.
Cuando la puerta se hubo cerrado, Willoughby sintió un escalofrío y se preguntó si debería pedir más carbón para la chimenea. El largo viaje a caballo bajo la gélida lluvia le había empapado las ropas y tenía la piel aterida. Cuando estornudó de nuevo, cubriendo la explosión con la mano que sostenía la lanceta, miró en derredor buscando la causa de sus súbitas ganas de estornudar.
En el instante en que sus ojos tropezaron con el cuenco que contenía la solución morada —¿cómo la había llamado el cuáquero? ¿Yodo?— Willoughby decidió que esa era la causa de su repentina alergia. En cuanto terminara de sangrar a la baronesa arrojaría el condenado veneno por la ventana.
Palpando el pálido brazo para hacer brotar una vena azul, abrió una incisión con la lanceta y observó cómo la sangre caía en el orinal, convencido de que estaba ejerciendo la medicina tal y como Hipócrates la había ejercido dos mil años atrás.
Miles Willoughby, de sesenta y cinco años, había nacido en 1781, hijo de un par inglés. Como era el menor de cuatro hermanos y no tenía derecho, por tanto, a heredar títulos ni propiedades, había decidido abrirse camino en el mundo como caballero médico. Estudió en la Universidad de Oxford, donde aprendió griego, latín, ciencias y matemáticas, anatomía humana, botánica y el arte de realizar sangrías y aplicar sanguijuelas, los tratamientos más importantes del momento.
Mientras la espesa sangre brotaba del brazo de la baronesa pensó en la insolencia de ese cuáquero al insinuar que en aquel caso debía evitarse el más antiguo y eficaz de todos los métodos. Miles Willoughby llevaba más tiempo ejerciendo la medicina del que ese advenedizo llevaba en este mundo. ¿Y quién era él —un médico rural que ni siquiera había asistido a una universidad de medicina, que, de hecho, había hecho el aprendizaje como si de un vulgar comerciante se tratara— para decirle a un caballero médico lo que debía hacer?
¡Y ahora ese mejunje maloliente invadiendo el aire! Miles Willoughby estaba convencido de que el concepto de antisepsia era una conspiración europea para hacer retroceder la medicina miles de años. Había oído hablar de la descabellada idea de que los médicos debían lavarse las manos. Era una teoría procedente de Viena. ¡Hasta se atrevían a afirmar que los médicos eran la causa de las infecciones!
—Muy bien, baronesa —dijo cuando se hubo llenado una cuarta parte del orinal—. Veamos qué tal va. —Aunque lady Margaret se hallaba inconsciente, Willoughby le hablaba en el tono tranquilizador que empleaba siempre, en especial con sus pacientes femeninas, quienes, en su opinión, necesitaban ese toque paternal porque eran como criaturas.
Le habría gustado levantarle el camisón para comprobar si la hemorragia del útero había remitido, pero, aunque esa íntima inspección se permitía en mujeres de clase baja, en una dama del rango de Margaret Falconbridge resultaba impensable, incluso para un caballero médico. Así pues, decidió que era necesario extraerle un poco más de sangre.
La señora Keen bajó con los Conroy, pero cuando llegaron al pie de la vasta escalera John Conroy se detuvo y, mirando atrás, dijo:
—Creo que no deberíamos irnos tan pronto, Hannah. Vamos a esperar.
En lugar de hacerles pasar a un salón, como habría hecho en el caso de un médico de la posición social de Willoughby, la señora Keen llevó a John Conroy y su hija a la cocina. Hannah notó que su padre parecía cansado.
—Deberíamos irnos a casa, padre.
Negó con la cabeza.
—Todavía no, hija. Me preocupa esa pobre mujer. —Alzó el rostro hacia el techo, como si pudiera atravesar la piedra, la madera y la argamasa con los ojos y observar lo que estaba sucediendo arriba. Temía por la vida de Margaret Falconbridge, pero sabía que no podía interferir. Cerrando los párpados, pidió consejo a Dios en silencio.
John Conroy había sabido desde joven que deseaba estudiar una carrera que le permitiera servir a los demás, como derecho o comercio, una carrera que le permitiera con el tiempo dirigir una institución humanitaria. Pero los cuáqueros tenían prohibido estudiar en las universidades de Cambridge y Oxford, donde se enseñaban tales profesiones. De modo que cuando el joven Conroy expresó su frustración al médico de Bayfield, este le confesó que había confiado en poder retirarse en unos pocos años y contemplado la posibilidad de formar a un sucesor. Ofreció a John el aprendizaje, de ocho años de duración, al término del cual recibiría su título de doctor en medicina.
Mientras hacía el aprendizaje —visitando pacientes con su mentor, leyendo en griego y latín, aprendiendo a diagnosticar y tratar— descubrió que le gustaba ayudar a la gente de ese modo y se preguntó si no habría quizá algo más que pudiera hacer. Cuando planteó la posibilidad de hacerse cirujano su mentor no intentó desanimarle, pese a sospechar que el joven cuáquero era demasiado bondadoso y compasivo para soportar los terribles gritos que se producían en la sala de operaciones (por no mencionar las hemorragias que el cirujano provocaba, la gangrena y el pus consiguientes y el elevado índice de mortalidad entre esos pacientes). Aconsejó a John que visitara las salas de operaciones públicas de Londres. John se marchó a la ciudad y compró una entrada para un asiento en la tribuna pública del Hospital St. Bart para ver una intervención quirúrgica: una mujer a la que debían amputar un seno canceroso.
Aunque John no se desmayó como otros espectadores —cuando escucharon los angustiosos chillidos de la paciente y vieron los ríos de sangre—, hubo algo que le convenció de que jamás podría ser cirujano. Un cirujano, por el bien del paciente, tenía que actuar con rapidez. De hecho, los cirujanos eran cronometrados. Un testículo o un seno canceroso debía amputarse en menos de un minuto o el paciente podía morir de un shock. John Conroy era demasiado lento y metódico para ser cirujano.
Los médicos, en cambio, administraban medicinas que aliviaban el dolor y el malestar. El tranquilo cuáquero decidió que la medicina de cabecera iba más con su carácter, y de hecho el doctor Conroy hacía mucho más que administrar pastillas y pomadas, vendar esguinces y soldar huesos. Escuchaba las tribulaciones de sus pacientes, aunque tuvieran que ver con cosechas malogradas o vacas que ya no daban leche, sabedor de que un oído amigo a veces era la mejor medicina.
Ahora estaba preocupado. Deberían haber recibido la noticia del nacimiento del bebé. Temía que Miles Willoughby no tuviera su atención puesta en el bebé, sino en los mililitros de sangre que podría extraerle a Margaret.
Miles Willoughby podía mirar atrás y pensar con orgullo en su distinguida carrera, cuyos primeros treinta años habían sido como médico en Londres, atendiendo a la élite y nobleza de Belgravia, donde él mismo poseía una bella residencia. Al cumplir los cincuenta descubrió que la humedad y la niebla ya no sentaban bien a sus articulaciones y abandonó Londres para vivir en el clima más benigno de Kent, donde sucedió a un médico jubilado que no solo era un hombre de alta cuna, sino que alardeaba de tener una clientela que incluía a dos miembros del Parlamento, un juez del Tribunal Supremo y un conde.
Durante los quince años siguientes Willoughby se creó una agradable existencia en la campiña de Bayfield. Gozaba de prestigio, de fines de semana en fincas ajenas e invitaciones a bailes y cacerías, y le gustaba, en especial, lo mucho que la gente confiaba en él. Cuanto tenía que hacer era cuidar de damas «vaporosas» (sangría en todos los casos), niños con cólicos (sanguijuelas en el vientre) y algún caballero que otro con dolor de espalda (opio mezclado con brandy). Cualquier otra cosa menos grata, como enfermedades tóxicas o sajar forúnculos, la derivaba a colegas de Londres, a los que llamaba especialistas (sencillamente hombres menos maniáticos que Willoughby), y a veces a cirujanos, los cuales se hallaban un peldaño por debajo de los médicos en la escala social.
Willoughby se alegraba ahora de ver que la sangre del brazo de la baronesa se había reducido a un goteo, lo que significaba que había conseguido extraer el exceso de sangre del cuerpo y aliviar así la congestión del útero.
—Buen trabajo, baronesa —dijo mientras retiraba el torniquete y apartaba el orinal inundado de sangre oscura—. Le tomaré el pulso y luego llamaré a sus doncellas para que la bañen y muden. Después podrá recibir la visita de su marido. —También le daría algunos comprimidos de arsénico como tónico.
Desplazó el pulgar por la lacia muñeca de la baronesa y arrugó la frente. Examinó su cara, que tenía la palidez normal después de una sangría. Entonces advirtió que su pecho no se movía.
Soltó rápidamente el brazo y posó la yema del dedo en el cuello, buscando el latido de la vena carótida, primero en el lado derecho, luego en el izquierdo.
Nada.
—¿Lady Margaret? —dijo. Le dio unas palmaditas en las mejillas. Se inclinó y apretó la oreja contra su pecho. Ningún sonido en el corazón.
Se incorporó y la miró con expresión ceñuda.
—¿Lady Margaret? —Entonces posó las manos en el vientre y no notó movimiento alguno—. Dios santo —susurró. La baronesa y el bebé estaban muertos.
¿Cómo era posible? Miró la lanceta y el torniquete, luego la sangre oscura del orinal. Había realizado esa técnica cientos de veces. ¿Qué había podido ir mal? Entonces sus ojos se detuvieron en la jofaina con la hedionda solución morada que descansaba sobre el escritorio. El corazón le dio un vuelco. ¡El cuáquero había envenenado el aire! Recuperando la compostura, se encaminó a la puerta, consciente de que Falconbridge se encontraba en el pasillo caminando de un lado a otro, y dijo:
—Ya puede entrar, barón.
Cuando el barón entró, Miles Willoughby cerró la puerta y dijo:
—Lo siento, barón. He hecho lo que he podido.
Falconbridge le miró sin comprender.
—¿De qué está hablando?
—Ojalá hubiera podido llegar antes.
Falconbridge corrió hasta la cama y cogió a su esposa por los hombros.
—¿Maggie? ¡Despierta, querida!
Contempló el abultado vientre donde su hijo había dormido apaciblemente y ahora yacía sepultado. Levantó su rostro surcado de lágrimas.
—¿Cómo ha ocurrido?
—Todo iba según lo previsto, la sangría estaba aliviando el malestar de la baronesa, cuando de repente expiró.
—Pero esta tarde, cuando fui a buscarle, mi esposa estaba bien. Solo tenía náuseas.
—La culpa es mía, barón. Cuando vi el cuenco con ese líquido tóxico, debí arrojarlo de inmediato. Pero, como es lógico, mi principal preocupación era atender a la baronesa…
Falconbridge parpadeó.
—¿Líquido tóxico?
Willoughby señaló la jofaina y Falconbridge cayó en la cuenta de que había detectado un fuerte olor en el aire. El olor provenía de la jofaina.
—¿Qué es? —preguntó al tiempo que se levantaba de la cama.
—Solo Dios lo sabe —dijo Willoughby, alzando las manos al aire—. El cuáquero lo preparó por razones que escapan a mi entendimiento. No es una práctica médica normal, se lo aseguro. Pero me reprendo por no haberlo arrojado. Me temo que el aire ha sido envenenado, y de hecho, barón, usted y yo haríamos bien en salir cuanto antes de esta estancia.
Falconbridge contempló el líquido acre, percatándose de que los gases le asaltaban las fosas nasales y penetraban en su cabeza hasta envolverle el cerebro. Margaret estaba muerta. El niño estaba muerto. Sintió que la habitación se movía, oyó el aullido del viento al otro lado de las ventanas.
—¿Qué voy a hacer ahora? —sollozó, y se cubrió la cara con las manos.
Willoughby le posó una mano paternal en el hombro y dijo:
—Yo me ocuparé de todo, barón. Le aconsejo, no obstante, que detengamos al cuáquero y su hija y hagamos venir a la policía. Esta noche, en esta casa, se ha cometido un crimen.
Luke Keen entró en la cocina.
—Lo siento, señor, pero el barón ha ordenado que les detengamos. Acompáñenme, por favor. —El administrador de la finca condujo a los Conroy hasta una pequeña biblioteca que lindaba con el vestíbulo principal, donde la chimenea estaba apagada y solo había una vela encendida, por lo que la estancia estaba fría y en penumbra—. Aguarden aquí —dijo sin mirarles a los ojos, y se marchó cerrando la puerta tras de sí.
—¿Qué cree que…? —comenzó a decir Hannah, cuando Willoughby entró resueltamente en la estancia con expresión sombría y oficiosa.
—¿Cómo está Margaret Falconbridge? —preguntó John Conroy. Se había quitado su sombrero cuáquero de ala ancha y superaba en estatura al viejo médico.
—Lady Margaret ha muerto —dijo con arrogancia Willoughby.
—Oh, no —susurró Hannah, acercándose a su padre—. ¿Y el bebé?
—También.
—¿No pudo salvarlos? —preguntó Conroy.
Willoughby se estiró cuan largo era y alzó el mentón.
—¿Y cómo iba a hacerlo si los envenenó a los dos?
Conroy enarcó las cejas.
—¿De qué está hablando?
—Envenenó a la baronesa con ese mejunje que había en la jofaina.
—Doctor Willoughby —intervino Hannah—, el yodo no puede causar enfermedades. De hecho, las previene.
Willoughby la miró de soslayo. Soltero empedernido, el caballero inglés formado en Oxford despreciaba a las mujeres, como también despreciaba a los irlandeses, los extranjeros y los cuáqueros.
—No he dicho que haya enfermado a la baronesa —repuso con suficiencia—. Dije que la ha envenenado. Llenó el aire de toxinas.
—Yo no hice tal cosa —repuso John Conroy con calma.
—¿Sería capaz de jurarlo? —preguntó Willoughby, sabedor de que el cuáquero no haría tal cosa.
—Amigo, mis palabras son sencillas y sinceras. Por consiguiente, no tengo razones para hacer una declaración jurada. En lugar de eso, ofrezco la afirmación de que mi testimonio es verdadero.
—El Tribunal Supremo de Londres querrá algo más que eso, señor. Tendrá que poner la mano sobre la Santa Biblia.
—No puedo hacer eso, pero afirmo ante Dios que yo no envenené a Margaret Falconbridge.
—Eso ya lo veremos. El barón ha mandado traer al alguacil. Por la mañana su caso será trasladado al juez. Se llevará a cabo una investigación oficial y yo recomendaré que le acusen de negligencia médica, negligencia criminal e incompetencia profesional.
Willoughby se disponía a marcharse cuando sus ojos tropezaron con el maletín negro de Conroy. Sin pedir permiso, abrió la hebilla, miró y sacó un frasco con un líquido morado. Leyó la etiqueta: FÓRMULA EXPERIMENTAL N.º 23.
—¡Ha experimentado con la baronesa! ¡Por lo menos podría haberlo reservado para una de sus pacientes campesinas, señor!
—No estaba experimentando —dijo Conroy—. Simplemente lo llamo mi fórmula experimental, lo que es muy diferente. La utilizo cuando trato a otros pacientes. Le aseguro, amigo, que mi uso del yodo no perjudicó en modo alguno a Margaret Falconbridge.
—¡Y yo le agradecería, señor, que dejara de llamar a la baronesa por su nombre de pila!
—No conozco otro nombre con que llamarla —repuso Conroy con calma.
—Ella es la baronesa para usted, señor. Será mejor que muestre más respeto hacia sus superiores.
—¿Puede hacerlo, padre? —preguntó Hannah cuando Willoughby se hubo marchado—. ¿Puede acusarnos de esas cosas?
—A un hombre se le puede acusar de cualquier cosa, Hannah —contestó John Conroy sentándose en una silla tapizada y dirigiendo una mirada melancólica a la lluvia que bañaba las ventanas. Por la fría alfombra trepaban sombras que cambiaban de forma; fantasmas, pensó, congregándose para atacar. Recorrió con la mirada los estantes repletos de libros de aspecto desatendido y pensó en el saber olvidado que contenían, en las pasiones inalteradas, las vidas suspendidas y los éxtasis perdidos en el recuerdo.
—No se preocupe, padre —dijo Hannah al tiempo que buscaba una manta con la mirada—. Tiene amigos, que además son sus pacientes. Ellos hablarán en su defensa. —Pero mientras lo decía pensó en lo rico y poderoso que era lord Falconbridge. Un juez del Tribunal Supremo le creería antes a él y a hombres adinerados que a los granjeros y tenderos del pueblo—. Pediré a la señora Keen que nos traiga té. —Se acercó al tirador de la campanilla situado junto a la chimenea apagada y tiró tres veces. Al regresar junto a su padre buscó algo con que abrigarle pero no encontró nada. La vieja penumbra envolvía un mobiliario con olor a moho. Cogió la vela, alumbró con su llama un candelabro de seis brazos y lo arrimó a su padre. La nueva lumbre no logró caldear la sepulcral atmósfera.
Mientras Hannah trajinaba por la habitación como si fuera la señora de la mansión, corriendo pesadas cortinas, tirando nuevamente de la campanilla, inspeccionando el cubo del carbón y comprobando si había yesca para hacer un fuego, John Conroy observaba con admiración el nuevo aplomo de su hija. Había dejado Bayfield trece meses antes como una muchacha tímida y callada de dieciocho años y había regresado como una mujer de diecinueve segura de sí misma, deseosa de contar historias de pacientes, compañeras de estudios y profesores. «Educar a una chica es una pérdida de tiempo», le habían advertido amigos y aldeanos. «Hace que se le suban los humos y desdeñe su condición social. Ningún hombre querrá casarse con ella.» John Conroy había hecho oídos sordos. ¡Y hete aquí la recompensa! Una formación de un año en obstetricia había provisto a su hija de toda una vida de conocimientos y habilidades, o así le parecía a un padre sumamente orgulloso que había esperado con impaciencia compartir el ejercicio de la medicina con su hija.
Hasta aquel día…
«Negligencia médica, incompetencia profesional y negligencia criminal.»
Palabras más afiladas que cuchillos y más mortales que balas. John Conroy sintió una sacudida en el corazón. El cuerpo puede tolerar cualquier maltrato, pensó, pero el alma es vulnerable.
—Hannah, tráeme mi maletín —susurró.
Hannah corrió a su lado y le estudió el rostro al tiempo que le tocaba suavemente la muñeca, buscando el pulso. Cuando se marchó a Londres su padre todavía gozaba de buena salud, pero a su regreso le impresionó lo mucho que había cambiado. Fue entonces cuando se enteró de los extremos a los que había llegado en su obsesión por encontrar algún remedio para prevenir la fiebre del parto. La noche que regresó de Londres, con su equipaje todavía invadiendo el salón, su padre la había llamado desde su pequeño laboratorio.
—¡Hannah! ¡Hannah, ven, deprisa! —Levantándose la orilla de la falda, atravesó corriendo la casa y encontró a su padre inclinado sobre su microscopio—. Mira esto, Hannah, y dime qué ves.
Como la habitación era pequeña y en ella convivían apretadamente una mesa de trabajo, varios taburetes, un escritorio y cajas con material e historiales, Hannah se abrió paso con sumo cuidado para no volcar nada con su amplia falda de crinolina. Se inclinó sobre el ocular.
—Veo microbios, padre.
—¿Se mueven?
—Sí.
John Conroy retiró la muestra y la sustituyó por otra.
—Mira ahora.
Volvió a mirar por el ocular.
—Estos no se mueven.
—La primera muestra es de Frank Miller, un paciente de la granja de Bott. Tiene una herida gangrenosa. Recogí pus de la herida y me unté un poco en las manos. Luego me lavé las manos con la última fórmula.
—¡Padre, has estado experimentando contigo mismo!
—Observa bien, Hannah. Quiero que me lo verifiques.
El doctor Conroy se untó las manos con el resto de pus de la herida de Miller que le quedaba, raspó una muestra y la colocó sobre un portaobjetos bajo el microscopio. Hannah miró y vio los microbios retorcerse. A continuación, Conroy se lavó las manos en un cuenco que contenía una solución de olor penetrante, se enjuagó las manos en un cuenco de agua limpia, introdujo dicha agua en una pipeta diminuta, volcó unas gotas en un portaobjetos y lo puso bajo la lupa.
—¿Qué ves ahora?
Hannah miró.
—No se mueven, padre.
—Alabado sea su Nombre —murmuró John Conroy. Luego, con mayor entusiasmo—: Hannah, creo que he dado al fin con la fórmula, la cura que estaba buscando. Iré a Londres y presentaré mis hallazgos a los hombres doctos de allí.
—Pero, padre, la última vez…
Ese día, dos años atrás, había quedado dolorosamente grabado en la memoria de Hannah. Ella y su padre habían ido a Londres, donde él debía hablar ante el Colegio de Médicos. Antes de la charla habían visitado el Hospital de Guy, donde Hannah vio a muchos médicos con la levita manchada de sangre y pus. Tales manchas, le contaron, medían la popularidad del médico. Cuanto más sucia estuviera la levita, más pacientes se suponía que atendía. El padre de Hannah era de la radical e impopular opinión de que tales fluidos, incluso una vez secos, poseían infecciones que podían pasarse de un paciente a otro. De ahí que abogara por que los médicos se lavaran las manos antes de tocar a un paciente y hasta se pusieran ropa limpia todos los días.
—Nadie sabe qué causa la fiebre —dijo ese día el cuáquero de voz moderada, dirigiéndose a un público formado por los médicos más respetados de Gran Bretaña—. Nadie sabe por qué el cuerpo humano arde cuando hay una infección presente. Pero creo…
Y procedió a describir su teoría de que las enfermedades eran el resultado de unos seres minúsculos que invadían el torrente sanguíneo. John Conroy hasta había inventado una palabra para ellos: «microbios», del griego mikro, que significaba muy pequeño, y bios, que significaba vida. Conroy creía que los microbios segregaban un veneno que hacía enfermar a la persona.
Pero no logró ganarse al público. Un caballero sentado al final del auditorio gritó:
—Se ha demostrado en repetidas ocasiones, señor, que la fiebre es el resultado de un exceso de sangre en el cuerpo y que solo una sangría puede reducirla.
Conroy replicó:
—He examinado bajo un microscopio gotas de sangre de gente sana y de gente febril. En la sangre de las personas enfermas he visto una mayor proporción de glóbulos blancos que en la sangre de las personas sanas.
—¡Eso es absurdo! —clamó un hombre de la primera fila—. ¡Glóbulos blancos! ¡Microbios! ¿Está seguro, señor, de que no es usted un novelista dando rienda suelta a su imaginación? —dijo, y todo el mundo rió.
Hannah se hallaba en la tribuna de espectadores viendo cómo su padre se convertía en blanco de insultos, burlas y patadas en el suelo, hasta que finalmente se vio obligado a bajar del estrado, aunque con solemne dignidad.
—Hija, el maletín —le dijo ahora—. No me encuentro bien.
Hannah le acercó el maletín y luego caminó hasta la puerta y la abrió a un pasillo desierto, donde solo vio puertas cerradas bajo arcos Tudor y dos silenciosas armaduras. ¿Por qué nadie había respondido a su llamada?
—¿Hola? ¿Puede alguien encendernos la chimenea? Hace un frío atroz.
Aguzó el oído. Voces apagadas —masculinas, autoritarias, alteradas— llegaban de arriba. ¿Había arribado ya el alguacil? Hannah no daba crédito a la forma en que ella y su padre estaban siendo tratados. Su padre había salido en plena tormenta para atender a lady Margaret.
Regresó junto a él y le acercó un poco más el candelabro. Al reparar en la repentina palidez de su cara y las muecas de dolor, supo que era la pericarditis. La exposición a infecciones le había causado una inflamación crónica de la membrana que envuelve el corazón. Abrió el maletín y buscó el familiar frasco.
—Padre, no veo tu medicina.
John Conroy reclinó la cabeza en el respaldo de la silla.
—Debí de dejármela en casa… —Cerró los ojos. Escuchó el martilleo de la lluvia y sintió que el frío de la pequeña biblioteca le atravesaba la chaqueta y la camisa, sumándose al dolor que crecía detrás de su esternón. Tenía la sensación de estar en un torno, y sabía que sin su medicina probablemente no sobreviviría a ese ataque. Dirigió sus pensamientos a Dios, implorando consejo, paz y perdón.
—Padre, voy a pedir un carruaje —dijo Hannah, poniéndose en pie—. ¿Podrá soportar el viaje hasta casa? —Miró a su alrededor y no vio ninguna botella de brandy o vino. Era una estancia oscura, triste, iluminada solo por el resplandor de algún que otro relámpago—. ¿Puede andar?
Conroy respiraba con dificultad.
—Hannah… debo contarte la verdad sobre la muerte de tu madre… ha estado en mi conciencia…
—No hable, padre.
—La carta, Hannah, lee la carta…
Parpadeó.
—¿La carta?
Las paredes estaban cubiertas de retratos ancestrales, hombres con jubones enguatados y mujeres con guardainfantes. Cuando Hannah se arrodilló junto a su padre sintió sus ojos en ella, los ojos de codicia de los envidiosos muertos, ávidos de la fuerza vital de su padre. No os lo llevaréis, quiso gritar.
John Conroy dejó de respirar unos segundos, luego miró a su hija, ese rostro tan parecido al de Louisa: la frente alta, los delicados pómulos, los ojos grises como el nácar enmarcados por negras pestañas. Hannah se peinaba como Louisa: dos trenzas negras recogidas sobre la nuca con una red de seda. Le posó una mano débil en la mejilla.
—Te pareces tanto a tu madre…
La vida de John Conroy había comenzado, decía siempre, el día que Louisa Reed entró en su vida «como una espléndida mariposa». Hannah veía la de sus padres como una historia de amor eterno. Louisa Reed se encontraba de gira por el sudeste de Inglaterra con su compañía de teatro cuando, estando en Bayfield, se hizo un esguince en el tobillo. Como era actriz, el distinguido predecesor de Miles Willoughby se negó a visitarla, de modo que fue trasladada a la consulta del médico del pueblo, un joven y tímido cuáquero con una placa recién estrenada.
¿Cómo había sido aquel día profético, se preguntaba a menudo Hannah, cuando Louisa irrumpió con su alegría y su extrovertida personalidad en esa casita tranquila y modesta? ¿Qué vio la hermosa joven de pelo azabache y vestido amarillo limón en el hombre de negro y voz queda? John y Louisa debían de ser como la noche y el día, y, sin embargo, como la noche y el día, se complementaban y encajaban para formar una unidad perfecta. La madre de Hannah se enamoró tan profundamente que abandonó los escenarios para estar con John, y él estaba tan enamorado de Louisa que se dejó expulsar de la hermandad de la Sociedad de Amigos para poder casarse con ella.
John Conroy introdujo una mano en su maletín y extrajo el frasco con la fórmula experimental.
—Si hubiese tenido este milagro seis años atrás, podría haber salvado a tu madre. —Tomando la mano de Hannah, le apretó el pequeño frasco contra la palma, diciendo—: A ti te lo entrego, Hannah, es mi legado. Utilízalo cuando ejerzas de comadrona. Salva vidas.
—Lo utilizaremos juntos —dijo ella con la voz quebrada.
Su padre puso los ojos en blanco.
—Mi tiempo en esta vida mortal se ha agotado, hija. Dios me llama. Pero debo decirte la verdad sobre la muerte de tu madre… Debí contártela hace mucho tiempo… —Tragó saliva con dificultad—. La carta lo explica… pero está escondida… búscala…
—Padre, no sé de qué me está hablando. —Hannah estrechó sus manos sorprendentemente frías—. Iré a buscar al doctor Willoughby…
—¡No! —Un susurro severo pronunciado con las últimas fuerzas que le quedaban—. Es mi hora, Hannah, debemos aceptarlo. —Abrió los ojos, trató de fijarlos en su rostro, luego dejó vagar la mirada por la estancia. De pronto la detuvo, frunció el entrecejo y dijo—: ¿Quién eres?
Hannah miró por encima de su hombro.
—¿Quién es quién, padre? Aquí no hay nadie.
—¿Por qué…? —susurró John Conroy—. Yo le conozco, señor… —Su semblante se relajó, las sombras retrocedieron y Hannah advirtió que su padre sonreía—. Sí —dijo, asintiendo al espectro que solo él podía ver—. Comprendo… —Y luego—: ¡Oh, Hannah! ¡La luz! —Volvió a fijar los ojos en ella y a Hannah le sorprendió ver lucidez en ellos, y una intensidad que no había visto en años. John Conroy le tomó la mano que sostenía el frasco de la fórmula y dijo—: Veo tanto ahora, Hannah. ¡Esta es la llave!
Los ojos de Hannah se inundaron de lágrimas.
—Padre, no sé de qué está hablando. Deje que le lleve a casa.
Una extraña luz pareció envolver sus facciones, su sonrisa era ahora de éxtasis.
—Estaba ciego, Hannah. No comprendía. —Le apretó la mano con sus fríos dedos y el pequeño frasco se le clavó en la palma—. Aquí está la llave de todo. ¡Oh, Hannah, mi amada hija, te hallas a las puertas de un maravilloso nuevo mundo! De una aventura extraordinaria…
John Conroy falleció ahí mismo, sonriendo, mientras varias generaciones de arrogantes Falconbridge miraban refocilados desde sus vetustos lienzos y Hannah, de repente sola en el mundo, lloraba sobre el pecho de su padre y apretaba el pequeño frasco que había acabado por matarlo.
Agosto de 1846
—Si el muchacho muere, capitán, tomaremos este barco y navegaremos hasta el pedazo de tierra más cercano. No hay duda de que este barco está condenado y no vamos a permitir que nuestras familias perezcan en medio del océano. —El inflamado irlandés cerró sus enormes puños para dar énfasis a su amenaza.
—Le aseguro —dijo el capitán Llewellyn, comandante del Caprica— que el doctor Applewhite está haciendo lo posible por detener el contagio.
—¿No me diga? —bramó un escocés que empuñaba una pesada cabilla—. Entonces, ¿por qué aquí abajo caemos como moscas y los de arriba siguen enteros? —Señaló el alcázar, donde los cuatro pasajeros de pago disfrutaban de privacidad y mejor alojamiento que los más de doscientos inmigrantes del Caprica hacinados en la bodega.
El capitán Llewellyn respiró hondo en un esfuerzo por serenarse. Mientras el buque de tres mástiles y aparejo de cruz se bamboleaba siguiendo su rumbo, completamente solo en un vasto mar cuyos destellos alcanzaban el lejano horizonte, el capitán Llewellyn, un hombre tosco y corpulento, de pobladas patillas blancas, examinó con detenimiento al iracundo irlandés. Aunque no fuera armado, pensó, la tripulación y los oficiales no tendrían nada que hacer si estallaba un motín. El irlandés no estaba solo. Casi un centenar de enojados escoceses, galeses e ingleses lo respaldaban en la cubierta, olvidando por una vez sus diferencias políticas y religiosas, unidos en una misma causa: tomar el barco si el muchacho Ritchie fallecía.
Cuando otros inmigrantes enfurecidos aparecieron en la cubierta, el capitán Llewellyn levantó la vista hacia el alcázar, donde un hombre observaba la escena. Neal Scott, el joven estadounidense, uno de los cuatro pasajeros de pago del Caprica, un científico que se dirigía a Perth para trabajar en un barco de reconocimiento del gobierno colonial. Un sujeto agradable, pensó Llewellyn, aunque algo misterioso con esas extrañas cajas que guardaba en el camarote, cuando podrían viajar en la bodega. No le hacía gracia el interés de Scott por el problema que se estaba cociendo allí abajo. Seguro que se lo contaba a los demás y estallaba el pánico.
Llewellyn se volvió de nuevo hacia el irlandés y le clavó una mirada severa. De color azul jacinto, los ojillos del capitán del Caprica semejaban dos orificios de alfiler cavados en las profundas arrugas de su curtido rostro, y no se les escapaba nada. Detrás de los hombres enfurecidos estaban empezando a congregarse mujeres, viudas que habían enterrado a esposos e hijos en el mar y que ahora blandían rodillos y palos de escoba. Será una lucha sangrienta, pensó Llewellyn, y ningún bando saldrá victorioso.
Aunque se sabía un capitán competente y justo que trataba a su tripulación mejor que la mayoría, también sabía que la vida del marinero era dura y que, si los inmigrantes se hacían con el control del barco, sus hombres no dudarían en llevar la nave hasta el peñasco más cercano si los amotinados eran generosos con ellos, y no dudaba de que lo serían. Volviéndose hacia su primer oficial, dijo quedamente:
—Avise al doctor Applewhite.
El señor James vaciló.
—¿Cree que servirá de algo, señor? El doctor ya ha bajado numerosas veces.
A lo largo de su larga carrera en el mar, con un médico en cada travesía, el capitán Llewellyn había llegado a la conclusión de que los médicos eran seres impredecibles. No estaban regulados como los navegantes. Antes de recibir la licencia de capitán Llewellyn había tenido que servir muchos años como marinero y estudiar durante largo tiempo navegación, las estrellas, el tiempo, cómo leer mapas, cómo utilizar un sextante y cómo interpretar el viento. En cambio, cualquier hombre podía hacerse llamar doctor. No existía un criterio común, ni un reglamento, nada con lo que medir la competencia de un médico. Había incontables escuelas de medicina privadas donde los estudiantes recibían el diploma después de seguir un curso que apenas duraba seis meses. Así pues, cuando un capitán contrataba a un médico para su barco nunca sabía si era de conocimientos y experiencia escasos, incapaz de diferenciar un forúnculo de una postilla, o un erudito de Oxford que podía nombrar cada nervio del cuerpo y empleaba palabras que valían un chelín la pieza. Llewellyn había navegado con gran número de esnobs y charlatanes y, en términos generales, consideraba que Applewhite se hallaba entre los más competentes. Si el contagio podía detenerse, Applewhite lo detendría.
—Vaya a buscarlo —dijo en voz baja—, aunque solo sea para calmar a estos rufianes.
—Hay demasiada calma ahí fuera —dijo la señora Merriwether mirando hacia el pasillo que se extendía entre el salón y la escalera de cámara—. Estoy acostumbrada a oír las gaitas y violines de los inmigrantes en la cubierta. No me gusta nada este silencio.
—Tranquilízate —dijo el pastor Merriwether, su marido, con una serenidad que no sentía.
Al ver sus caras de preocupación, Hannah Conroy dijo:
—Estoy segura de que el capitán Llewellyn tiene la situación bajo control.
Los Merriwether eran un matrimonio de misioneros que se dirigía a Australia, y a Hannah le gustaba la esposa del pastor, una dama regordeta y cincuentona embutida en un ceñido vestido de rayas azules y blancas. Como Hannah, iba peinada a la moda, la raya en medio y el cabello recogido en un moño (si bien la esposa del pastor lucía unos tirabuzones anticuados y ligeramente infantiles que le temblaban sobre cada oreja cuando hablaba).
El pastor era un hombre corpulento, de talante agradable, con una cabeza que le brillaba de lo calva que la tenía (déficit, sospechaba Hannah, que compensaba con unas patillas grises muy espesas).
Los Merriwether literalmente habían rescatado a Hannah en Londres.
Aunque una investigación oficial había determinado que lady Margaret había fallecido por causas naturales, y aunque el nombre del padre de Hannah quedó limpio, las cosas ya no fueron iguales después de aquello. Por mucho cariño que los aldeanos hubiesen tenido a John Conroy, mayor era su temor a lord Falconbridge. Y como el barón y el doctor Willoughby siguieron acusando al cuáquero de la muerte prematura de la baronesa, el apellido Conroy quedó manchado para siempre. La señora Endicott, la esposa del huevero que había pedido a Hannah que la atendiera en su noveno alumbramiento, le dijo: «Lo siento, pero he de pensar en mis clientes». Como si alguien, por el simple hecho de llamarse Conroy, pudiera malograr sus huevos. Hannah sabía que nadie iba a contratarla, que Bayfield ya no era su casa.
Y a continuación, se dijo que, de hecho, Inglaterra ya no era su casa. Sabía que dondequiera que fuera tropezaría con los mismos prejuicios clasistas y la misma mentalidad cerrada que habían matado a su padre. John Conroy le había dicho en su último aliento: «¡Te hallas a las puertas de un maravilloso nuevo mundo!». Así que a un nuevo mundo partiría. Y quizá, mientras se construía una nueva vida, resolviera el misterio de las otras últimas palabras de su padre para las que no tenía explicación: la «verdad» sobre la muerte de su madre y una carta misteriosa que debía leer pero que no había sido capaz de encontrar entre las pertenencias de su padre.
Después de enterrar a su padre y vender la casa, Hannah se había trasladado a Londres para comprar un pasaje a Australia, donde, según le habían contado, el sol brillaba como el oro y las oportunidades eran tan grandes como el propio continente. No obstante, descubrió que ningún capitán estaba dispuesto a aceptar a una señorita soltera que no llevara acompañante o carabina. «Constituiría una seria distracción para los oficiales y la tripulación», declaró un capitán. «No puedo arriesgarme a que el orden moral se desmorone.» Como Hannah no podía permitirse contratar a una carabina, había empezado a perder la esperanza de poder abandonar Inglaterra cuando el hombre que vendía los pasajes localizó a un matrimonio misionero que quería viajar a Perth. Envió una nota a la posada donde se hospedaban preguntándoles si estarían dispuestos, durante la travesía, a acoger bajo su protección a una mujer joven. Hannah fue a conocer a los Merriwether, quienes decidieron que era una joven de carácter dulce aunque de escasos medios, y se ofrecieron a velar por su bienestar a bordo del barco.
Pero ahora, a varias semanas de Southampton, en el agradable salón del Caprica, con tres de los cuatro pasajeros con camarote privado intentando concentrarse en su estofado de ternera con patatas, Abigail Merriwether estaba más preocupada por su propio bienestar que por el de la señorita Conroy. No había confesado sus temores a su marido para que no los interpretara como una falta de fe en Dios, pero no podía evitarlos. Con cada día que los acercaba un poco más a Australia su angustia aumentaba. ¿Qué estaban haciendo? Seguro que eran demasiado viejos para tan ardua empresa. Caleb ya no estaba en la flor de la vida, pero se engañaba diciéndose a sí mismo que aún era un hombre joven y fuerte. Pereceremos en esas tierras inhóspitas, pensó Abigail mientras sonreía a sus compañeros de mesa. Y ahora estaba esa espantosa epidemia de la que preocuparse.
El clarete brillaba como rubíes en las copas de cristal. Sobre la mesa, la porcelana y la plata atrapaban los destellos de luz de los faroles de bronce que se columpiaban en el techo con el balanceo del Caprica. El pequeño salón, que también era utilizado como cuarto de juegos entre comidas, disponía de una pequeña mesa de roble para cartas y backgammon con orificios en la superficie para asegurar los vasos. De los mamparos pendían litografías de veleros y acuarelas de bellos paisajes, y una elegante alfombra turca cubría el suelo. Navegación de lujo para quienes podían pagárselo.
Los tres pasajeros, no obstante, estaban demasiado nerviosos para poder disfrutar de la comida y escuchaban los crujidos y gemidos del barco en silencio.
Tras una breve escala en la isla de Madeira, el Caprica había encontrado cielos claros y un océano indulgente. La nave «corría más deprisa que el viento» según el capitán Llewellyn, y por tanto avanzaban a buen ritmo, lo que significaba que deberían alcanzar su destino dentro de los cuatro meses prometidos. La travesía estaba siendo agradable, los días pasaban plácidamente mientras el navío surcaba las aguas en solitario con las velas chasqueando y recogiendo el viento, los marineros trabajando en las vergas y jarcias, realizando reparaciones, limpiando cubiertas y tocando la concertina al anochecer. Los cuatro pasajeros de pago pasaban sus días leyendo, jugando a las cartas y al ajedrez y escribiendo en sus diarios la crónica de su extraordinario viaje.
Y de pronto el doctor Applewhite había informado de una muerte inesperada entre los inmigrantes. Al día siguiente enfermaron algunos más y ahora el pánico se había apoderado del barco. Los pasajeros del salón llevaban días sin oír las gaitas y violines de la cubierta principal, donde los inmigrantes pasaban sus días. Aunque las enfermedades y lesiones formaban parte de la larga travesía, las infecciones generaban gran inquietud porque podían propagarse. Se sabía de barcos enteros que sucumbían a enfermedades devastadoras y llegaban a puerto con solo una pequeña parte de sus tripulantes y pasajeros.
—Doctor Applewhite —dijo el pastor Merriwether—, ¿existe alguna probabilidad de que la disentería llegue hasta aquí?
El médico del barco, hombre fornido de carrillos rubicundos, compartía la mesa de los pasajeros de pago y era el único que comía. Negó con la cabeza.
—Ninguna, señor. Aquí arriba gozamos de aire fresco.
Aunque el salón se hallaba debajo del alcázar, estaba dotado de portillas que dejaban entrar la brisa marina. Applewhite pinchó una patata y se la introdujo entera en la boca. El médico del barco era hombre de gran apetito, como atestiguaban su panza y su papada.
Hannah se inclinó hacia delante con preocupación. No había tocado su plato.
—El señor Simam me ha contado que la última víctima es un niño.
Ignoraba su nombre o a cargo de quién estaba entre la multitud de inmigrantes que viajaba en la bodega, pero el niño de cabellos pelirrojos se había convertido en fuente de alegría para Hannah cada mañana, cuando observaba a las familias formar filas en la cubierta antes del desayuno a fin de que el señor James pudiera pasarles lista. De unos seis años, había reparado por primera vez en el niño al comienzo del viaje, aguardando muy atento, con su suéter andrajoso y su pantalón corto, la inspección del primer oficial. Alguien le había fabricado con papel una gorra de marinero que lucía orgullosamente mientras se cuadraba y mantenía su mano en la frente durante toda la inspección.
Este niño encantador, que para Hannah encarnaba la esperanza y el optimismo de las gentes que viajaban a los confines de la tierra, había conquistado su corazón y cada mañana lo buscaba con la mirada.
Pero hacía días que no lo veía.
El cuarto pasajero entró en ese momento en el salón, llenando el hueco de la puerta con su anchura y estatura. Hannah levantó la vista y vio a Neal Scott, el estadounidense de espaldas anchas.
La señora Merriwether lo miró esperanzada.
—¿Va todo bien ahí fuera, señor Scott? Tanto silencio pone los pelos de punta.
—El capitán está conversando con algunos pasajeros, eso es todo —respondió Scott, sentándose a la mesa. Aunque su tono era desenfadado, Hannah vio preocupación en sus ojos.
Hannah encontraba atractivo al señor Scott. De unos veinticinco años, con el pelo moreno y largas patillas que enmarcaban un rostro cuadrado, era un hombre robusto que a Hannah se le antojaba más adecuado para labores al aire libre que para el estudio intelectual de un científico. Vestía informalmente: pantalón de tweed, chaqueta con coderas y hombreras de cuero, chaleco de cuadros y chalina con el nudo holgado. Su bombín siempre ladeado le daba el aspecto de un hombre en el día del Derby.
Aunque Hannah había conocido a muchos hombres jóvenes en la región de Bayfield y luego entre los empleados del Hospital de la Maternidad de Londres, ninguno le había afectado como lo hacía este hombre. Se preguntaba si se debía a su exotismo —era la primera vez que escuchaba el acento americano, y le fascinaban las cosas que contaba— o a la curiosa intimidad de las travesías marinas, donde personas que no se conocían estaban obligadas a convivir en un espacio reducido durante meses.
Los pasajeros de pago ocupaban cuatro pequeños compartimientos privados situados debajo del alcázar, y aunque Hannah había sabido desde el principio que el señor Scott dormía en el camarote contiguo al suyo, se llevó un sobresalto la noche que, tras despertar de una pesadilla —un sueño recurrente: estaba encerrada en la fría biblioteca de los Falconbridge con su padre—, escuchó una voz sorda procedente del camarote vecino que le decía: «¿Se encuentra bien, señorita Conroy?». Hannah comunicó a través del fino tabique que había tenido una pesadilla, nada más, y comprendió que probablemente estaban durmiendo el uno al lado del otro, con sus literas separadas solo por un mamparo. Después de saber que justo al otro lado de la pared dormía el apuesto americano, a Hannah le costó conciliar el sueño.
Además de ser atractivo, el señor Scott poseía una energía y entusiasmo que Hannah encontraba contagiosos. Había oído que los estadounidenses eran menos reservados que los ingleses, más propensos a decir lo que pensaban, algo que el señor Scott decididamente hacía. Científico de formación y profesión, especializado en geología y ciencias naturales, Neal Scott había sido contratado por el gobierno colonial de Perth para embarcarse en un navío científico que debía inspeccionar la costa oeste y las islas frente al litoral. «Para eso voy a Australia», había explicado a sus compañeros de viaje el primer día en el mar, «para desentrañar misterios, explorar lo desconocido y responder a preguntas como por qué Australia tiene animales que no existen en ningún otro lugar de la tierra, y por qué animales que existen en el resto del mundo no existen aquí. En Australia no hay osos ni grandes felinos depredadores. El resto de los territorios tienen sus leones, tigres y panteras. Tales animales no existen en Australia. ¿Por qué? El nombre mismo de Australia viene del latín Terra Australis Incognita, que significa Tierra Desconocida del Sur».
Neal se volvió ahora hacia el doctor Applewhite, que estaba devorando su estofado con deleite, y dijo:
—Creo, doctor, que el capitán le hará llamar en breve para echar una ojeada abajo. Nada urgente —añadió con una rápida mirada a los demás.
—Dios mío —murmuró la señora Merriwether, en absoluto aplacada por la conducta serena del señor Scott—. ¿Cuáles son los síntomas, doctor? —Se buscó el pulso y se llevó una mano a la frente.
—No tiene nada de que preocuparse, buena mujer —respondió Applewhite, llenando de nuevo su copa.
Al ver que la señora Merriwether seguía preocupada, Hannah le posó una mano en el brazo.
—Usted no muestra ninguno de los síntomas e indicios de la colitis, señora Merriwether. Su pulso y temperatura son completamente normales. Creo que aquí estamos a salvo.
Neal Scott se sorprendió del efecto que las palabras de Hannah Conroy, su tono reconfortante, ejercía en la señora Merriwether, que enseguida se tranquilizó y decidió que por lo menos debía probar el clarete. La joven parecía poseer un don innato para calmar a los afligidos. Y no parecía arredrarse ante las situaciones desagradables, pues había ofrecido al doctor Applewhite su ayuda en la bodega si la creía necesaria. No era la clase de ofrecimiento que alguien esperaría de una señorita de buena cuna.
La señorita Hannah Conroy, había descubierto Neal, era una caja de sorpresas. Cuando la vio embarcar en el Caprica pensó que era hija de los Merriwether. Al enterarse de que viajaba sola, se quedó atónito. Y más le sorprendió cuando, en el momento en que el Caprica se hacía a la mar y todos —tripulación y oficiales, los cuatro pasajeros de pago y los más de doscientos inmigrantes— observaban cómo Inglaterra pasaba a formar parte del recuerdo, le dijo: «Este es un barco de sueños, señor Scott. Cada ser a bordo de este barco va en pos de un preciado sueño y un nuevo comienzo. Es realmente emocionante».
—¿Por qué se hizo comadrona? —le había preguntado más tarde, cuando se hallaban en altamar, después de que ella le hubiera contado que tras morir su padre había vendido la casa y comprado un pasaje para las colonias del otro lado del mundo.
Neal pudo oír pasión en su voz cuando respondió:
—Cuando tenía ocho años trajeron a nuestra casa a un granjero herido. Sangraba y sufría terribles dolores. En apenas unos minutos mi padre le quitó el dolor, limpió la sangre y cosió la herida. Me quedé fascinada y pensé: yo quiero hacer eso. Pero me dijeron que las chicas no podían ser médicos. Cuando tenía catorce, una comadrona visitó Bayfield. Era una mujer muy profesional que portaba un maletín y hacía algo más que traer niños al mundo, ayudaba a las mujeres con sus dolencias íntimas. En vista de que no podía estudiar medicina, me dije que podía entrar en la profesión médica como comadrona.
—¿Y por qué decidió ir a Australia?
La señorita Conroy le miró fijamente a los ojos.
—No podía quedarme en Inglaterra, fue su arcaica división de clases lo que mató a mi padre. Quiero empezar una nueva vida en una tierra donde no haya señores, ni hombres nacidos con títulos y privilegios que no se han ganado.
Neal pensó que tenía que ser una joven decidida e independiente para atreverse a viajar sola a la otra punta del mundo. Su aspecto físico, sin embargo, engañaba. Su esbelta silueta, su porte y elegancia, su hablar sosegado, esas manos encantadoramente blancas y la frente alta sobre unos ojos grandes y expresivos le daban la apariencia de una dama de alta alcurnia sin otra preocupación que decirle a la cocinera qué debía servir de cena.
Especular de ese modo sobre una joven dama era algo inusual en Neal Scott. Desde Annabelle —«Debiste contarme la verdad antes, Neal. Ya no podré pasearme por esta ciudad con la cabeza alta. Me has convertido en el hazmerreír de todos»— se había acostumbrado a no interesarse demasiado por las damas. Pero, dado que al final de la travesía él desembarcaría en Perth y la señorita Conroy continuaría viaje hasta Adelaida, poniendo más de mil quinientos kilómetros de tierra entre los dos, se sentía seguro bajando la guardia lo justo para permitirse hacerse preguntas sobre ella.
¿Por qué, por ejemplo, no se había casado? Ni siquiera parecía tener un pretendiente o prometido. Le costaba creerlo. Y luego estaba la pesadilla que le hizo gritar una noche mientras dormía, despertándolo, dejándolo en vela, preocupado por que una joven tan encantadora fuera asediada por malos sueños. Quizá tuviera que ver con el reciente fallecimiento de su padre. El vestido gris ribeteado con cinta negra en los puños, el cuello y los botones y el sombrerete de encaje negro indicaban que estaba de luto (aunque Neal opinaba que el color le favorecía y resaltaba el hermoso gris de sus ojos).
Un hombre de la tripulación entró en el salón e informó al doctor Applewhite de que uno de los inmigrantes necesitaba encarecidamente su ayuda.
—¿De quién se trata? —preguntó el doctor con la boca llena.
—Del niño, señor.
Dirigiendo una mirada compungida a su plato, el doctor levantó su corpulento cuerpo de la quejumbrosa silla, se disculpó y salió con el tripulante.
En las profundidades de la panza del barco, donde más de doscientas personas dormían con el olor de vómito y heces, sentada en la penumbra, Agnes Ritchie acariciaba la cabeza de su hijo Donny. Hacía tan solo unos días estaba fuerte y sano. Se lo habían dicho los médicos de Londres.
Como el viaje a Australia era largo y arriesgado, un proceso de selección descartaba a los débiles y desnutridos antes de que los barcos zarparan. Se preferían familias reducidas, sobre todo con hijos mayores que pudieran ponerse a trabajar una vez que hubieran desembarcado. En las colonias todo el mundo debía trabajar, desde presidiarios y colonos hasta soldados y burócratas. Y nadie trabajaba tanto como Agnes Ritchie, escocesa presbiteriana, costurera y modista de oficio.
Le habían buscado un empleo en Sidney cobrando el triple de lo que podía aspirar a cobrar en Glasgow. Y encima le pagaban el pasaje. Le había preocupado, cuando se hallaba en el depósito de inmigrantes del muelle donde los habían puesto a todos en cuarentena hasta el momento de embarcar en el Caprica, que la repentina desaparición de su marido invalidara su billete. Pero los funcionarios de inmigración se mostraron sumamente comprensivos con ella: el aliciente de trabajo y tierras en el extranjero era fuerte, dijeron, hasta que llegaba la hora de subir al barco y mucha gente cambiaba de parecer y regresaba corriendo a casa. Eso fue lo que el Andrew de Agnes había hecho, pidiéndole que se volviera con él y marchándose cuando ella se negó. Ni siquiera había intentado llevarse a Donny, el hijo de ambos, permitiendo así que el muchacho tuviera en Australia una vida mejor que en la granja, que llevaba tres años sin producir.
Los funcionarios habían estudiado el caso de Agnes; había que sopesar los pros y los contras de tener a una mujer viajando sola con un niño pequeño. Pero cuando examinaron sus papeles estuvieron de acuerdo en dejarle continuar hasta Sidney porque era una artesana cualificada y había gran demanda de trabajadores como ella en las colonias. Por eso y porque tenía un niño sano. De modo que Agnes Ritchie se encomendó a sí misma y a su hijo a Dios y juntos, con su pequeño hatillo, cruzaron la pasarela del Caprica.
Las primeras cuatro semanas fueron angustiosas, caracterizadas por las náuseas, los escaldamientos, las quemaduras, los miembros rotos y las contusiones durante las marejadas fuertes. Agnes lo había aceptado todo con estoicismo, rezando día y noche a Dios para que la protegiera a ella y a su hijo. Entonces había estallado la infección, que todos llamaban «la maldita colitis» por las severas diarreas que provocaba. Comenzó poco después de que el Caprica hubiera hecho escala en unas islas para aprovisionarse de alimentos frescos. Unos pocos enfermaron pero lograron reponerse. Luego llegó la primera muerte y sepultura en el mar. Después de eso, la infección se propagó con tanta rapidez que estalló el pánico. Los inmigrantes temían bajar a la bodega, pues insistían en que el aire fresco de la cubierta era más seguro. Pero incluso allí arriba, con los hombres y las mujeres durmiendo sobre los tablones pese a las órdenes del capitán de que bajaran, la enfermedad siguió propagándose.
Otras cuatro muertes. Otras cuatro sepulturas en el mar. Entonces Donny, el hijo de Agnes, cayó enfermo y dejó de comer.
El médico del barco lo llamó disentería. Deshidrataba el cuerpo, dijo, por lo que la señora Ritchie debía asegurarse de que su pequeño bebiera toda el agua que pudiera tolerar. Pero por mucho que bebiera, la deshidratación no dejaba de avanzar. El muchacho tenía la piel caliente y seca, los labios agrietados y sangrantes. Gemía de dolor.
Agnes llevaba días sin separarse de él a pesar de que también ella estaba enferma y al borde del desfallecimiento.
—Te perderás tus clases —murmuraba a su hijo mientras le acariciaba el pelo.
El capitán Llewellyn había establecido una rutina escolar diaria para todos los niños inmigrantes: debían reunirse en la cubierta principal y recibir clases de escritura y aritmética de un maestro que también viajaba hacia una nueva vida. Cada niño tenía una pizarra y una tiza y, transportadas por el viento, sus voces podían oírse cuando recitaban el alfabeto y la tabla de multiplicar. Donny Ritchie adoraba la escuela y su voz era siempre la más fuerte.
—Vamos, Donny, bebe un poco de agua. —Llevaba tres días semiinconsciente, pero su madre siempre lograba que abriera los ojos y bebiera.
Pero hoy Donny Ritchie se negaba a despertar.
—¡Maldita sea, ya era hora! —bramó una voz en la otra punta de la atestada panza del barco.
Agnes levantó la vista y vio que Redmond Brown, un cultivador de patatas que huía de la hambruna en Irlanda, amenazaba con un puño al recién llegado doctor Applewhite.
—¿Por qué los grandes señores de ahí arriba no enferman como nosotros? —gritó Brown.
—Déjeme pasar, señor —dijo Applewhite, y cometió el error de posar una mano en el hombre.
Brown le propinó un empujón. El tripulante que acompañaba al médico le agarró del brazo y tiró de él con tanta fuerza que el irlandés se tambaleó hacia atrás y tropezó con un barril. El barril se volcó y el contenido salió disparado, como en un dique roto.
—¡Mira lo que has hecho! —aulló Brown, levantándose con dificultad—. Es nuestra agua potable.
Como en la bodega ardían pocos quinqués debido al elevado riesgo de incendio, el doctor Applewhite tuvo que abrirse paso en la penumbra, empujando su voluminoso cuerpo entre camas, cajas y fardos de ropa apilados en el suelo y colgados de las vigas. Se acercó al estante de madera que servía de cama a Donny y examinó al pequeño a la luz oscilante del farol. Mientras le buscaba el pulso, hizo un juramento para sí: nunca más viajaría en un barco de inmigrantes. De hecho, se corrigió, en cuanto llegaran a Adelaida pondría los pies en tierra firme y no volvería a levantarlos.
El mozo estaba llevándose la comida casi intacta cuando el señor James entró en el salón. Los Merriwether se habían retirado a su camarote, dejando a Neal Scott y Hannah Conroy a la espera de noticias del doctor Applewhite. Al ver al primer oficial, con su guerrera de color azul marino, sus botones dorados y su gorra con galón dorado, Neal y Hannah se levantaron con cara de preocupación.
—Señor Scott —dijo James con voz grave—, ¿sabe manejar un arma?
—¿Qué está ocurriendo?
—El muchacho ha empeorado y los inmigrantes están amenazando con amotinarse si muere. Necesitaremos a todos los hombres capaces para defender el barco.
Hannah se echó el chal sobre los hombros y se dirigió a la puerta.
—Voy a ver si el doctor Applewhite necesita ayuda.
Mientras el señor James tendía una pistola a Neal, dijo:
—Le aconsejo que no baje, señorita. No es lugar para una dama.
Pero Hannah pasó por delante del oficial, seguida de Neal.
Desde el alcázar, bajo un cielo completamente azul y un fuerte viento, observaron a la multitud concentrada en la cubierta principal con expresión colérica y actitud amenazadora. El silencio era inquietante. El capitán Llewellyn, que vestía una larga casaca oscura sobre un pantalón blanco y una gorra azul marino con los galones dorados de su rango de comandante del Caprica, hacía frente a una variopinta multitud que creía que ya nada tenía que perder. Marineros mercantes con pantalón azul de pata ancha y camisa blanca de cuello recto lo flanqueaban. Como llevaban el pelo recogido en una coleta y embadurnado en brea, recibían el apodo de Jack Tars. Hombres de aspecto duro, pensó Hannah, pero que poco podían hacer ante la enfurecida turba.
Neal se guardó la pistola en el cinturón, tomó a Hannah del brazo con gesto protector y descendieron por la escalera de cámara observados por cientos de ojos recelosos. Cuando llegaron a la panza maloliente del barco, un miembro de la tripulación dijo:
—Camine con cuidado, señorita. Han volcado un barril de agua y el suelo está resbaladizo.
—Ah, señorita Conroy —dijo el doctor Applewhite cuando ella y Neal llegaron junto al lecho de Donny—. Me alegro de contar con su ayuda. Tengo tres nuevos casos que atender. Reanime al muchacho y dele toda el agua que sea capaz de ingerir. Debemos mantenerlo así en todo momento si queremos salvarle.
Pero cuando Hannah reparó en el sopor profundo del muchacho, en sus ojos hundidos y su débil pulso, se acordó de una epidemia de disentería que había asolado Bayfield y supo que no podría reanimar al pequeño y que la consiguiente falta de hidratación le causaría la muerte. No obstante, cuando se lo dijo a Applewhite, este le respondió:
—Oh, el muchacho volverá en sí. Por lo menos una vez. Utilice esto. —Y sacó de su maletín un frasco pequeño con un tapón de corcho.
Applewhite retiró el corcho, deslizó un brazo bajo el cuerpo de Donny, lo incorporó y paseó el frasco por debajo de su nariz. Para gran asombro de Hannah, Donny abrió de pronto los ojos e hizo una profunda inspiración. Applewhite tapó rápidamente el frasco, le acercó una taza de agua a los labios y la mantuvo ahí mientras el muchacho bebía algunos sorbos. Cuando cerró de nuevo los ojos, Applewhite lo reclinó en el sucio colchón y dijo a Hannah:
—Se llama licor amoniacal. Está hecho de carbonato amónico, un compuesto que estimula los pulmones y provoca la necesidad de inspirar aire, haciendo de ese modo que el paciente vuelva en sí. Un pequeño truco que aprendí en la India.
Hannah estaba atónita. La fórmula reanimadora de su padre era sal de mesa corriente humedecida con doce gotas de lavanda, y no habría sido lo bastante fuerte para reanimar a Donny Ritchie.
Cuando sugirió que sacar al pequeño de la bodega podría resultar beneficioso, Applewhite se mostró de acuerdo.
—Llévelo a mi camarote. La enfermería tiene una litera con una portilla para que entre el aire. —Le tendió el frasco de sales—: Abofetee al muchacho hasta que vuelva en sí y oblíguele a beber toda el agua que pueda tolerar sin vomitar. No ceje en el intento, señorita Conroy. Manténgalo consciente y dele agua. Yo me quedaré aquí con los nuevos casos.
En ese momento Agnes cayó desplomada al suelo. Neal la levantó y la tendió con cuidado en una cama. Cuando se dio la vuelta para irse, la mujer le asió la mano con una fuerza inesperada y susurró:
—Cuide de mi niño, es todo lo que tengo. Es por él que he hecho este viaje. Sin él no me quedan razones para vivir.
En la tenue luz de la bodega, mientras el barco crujía y en la cubierta se maquinaba un motín, Neal quedó atrapado en los ojos grandes e implorantes de Agnes. Y en medio de su parálisis sintió que algo reaccionaba en las profundidades de su ser, un temblor indescriptible que le cortó la respiración. El doctor Applewhite intervino:
—Tranquilícese, señora, su hijo está en buenas manos. Ahora debe cuidarse. —Hizo señas a un tripulante que había junto a la escalera—. ¡Tú, abre otro barril de agua!
Cuando Neal tomó al muchacho en brazos, oyó a la señora Ritchie suplicar con voz débil:
—Por favor, Señor, llévame a mí en su lugar.