Aquel que tiene un por qué vivir puede enfrentarse a cualquier «cómo»
El estrés y la desorientación hacen presa de nosotros cuando perdemos de vista nuestros objetivos vitales. La sensación de «trabajar mucho para nada», el agotamiento que produce la dispersión tienen su antídoto en una meta clara que dé sentido a lo que estamos haciendo, con sus buenos y malos momentos.
Sobre esto, Viktor Frankl consideraba que basta con que el individuo encuentre un sentido a su vida para superar la mayoría de los problemas que le aquejan. La logoterapia busca justamente eso: en lugar de escarbar en el pasado del paciente, se explora qué puede hacer con lo que tiene aquí y ahora. Dicho de un modo más sencillo: encontrar un motivo para levantarse cada día de la cama.
El drama de muchas personas insatisfechas con su existencia es que tampoco se plantean cuál es la vida que desearían vivir. Y la primera condición para dejar de estar perdido es saber, al menos, adónde se quiere llegar.
Al igual que Frankl medio siglo después, Nietzsche señala la importancia de encontrar un «por qué vivir». Cuando nuestra vida se llena de sentido, de repente los esfuerzos ya no son fatigas, sino pasos necesarios hacia la meta que nos hemos fijado.
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El destino de los seres humanos está hecho de momentos felices, toda la vida los tiene, pero no de épocas felices
La felicidad es frágil y volátil porque solo puede vivirse en determinados momentos. De hecho, si pudiéramos experimentarla ininterrumpidamente perdería todo su valor, ya que únicamente podemos percibirla por contraste.
Tras una semana de cielo cubierto, el día soleado nos parece un milagro de la Creación. Del mismo modo, sentimos la alegría más radiante al salir del pozo de la tristeza. Ambas emociones se complementan y necesitan, porque ni la melancolía es eterna ni podríamos soportar cien años de felicidad.
Este es uno de los factores de estrés de la sociedad moderna: creer que tenemos la obligación de ser felices en todo momento y lugar. La negación de la tristeza hace que se dispare el consumo de antidepresivos, las terapias y el derroche en cosas que no necesitamos. Parece como si no esgrimir una sonrisa permanente fuera motivo de vergüenza.
Contra esta perspectiva falsa e infantil, Nietzsche nos recuerda que la felicidad se da solo a destellos y que al pretender perpetuarla matamos incluso esos mismos destellos que nos ayudan a avanzar en el largo y tortuoso camino de la vida.
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El hecho de que nos encontremos tan a gusto en plena naturaleza proviene de que esta no tiene opinión sobre nosotros
Los seres humanos del siglo xxi estamos «desnaturalizados», y eso nos hace sentirnos a menudo como extraterrestres en nuestro propio planeta. Aunque creamos que la cultura y la civilización han suplido nuestra parte más animal e instintiva, seguimos necesitando el contacto con nuestro entorno natural.
Para tratar cuadros de ansiedad debidos al exceso de trabajo y a una estancia demasiado prolongada en la jungla urbana, una escapada de dos o tres días a la naturaleza puede ser más efectiva que atiborrarnos de fármacos.
Al sentir el olor de la tierra fresca, el aire limpio, el silencio solo quebrado por las pequeñas criaturas que zumban y pían a nuestro alrededor, nos reencontramos con nuestra esencia largamente abandonada.
Tal como apunta Nietzsche, en la ciudad debemos representar un papel porque nos importa mucho lo que piensen de nosotros. Al regresar a la naturaleza, en cambio, podemos permitirnos el lujo de ser nosotros mismos. No tenemos que vestirnos, hablar o actuar de un modo especial. Basta con dejarnos guiar por ella hacia el centro de nosotros mismos, donde un manantial de calma nos estaba esperando.
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Uno tiene que pagar por la inmortalidad,
y tiene que morir varias veces mientras sigue vivo
Nietzsche nos recuerda que no hay una sola muerte a lo largo de la existencia de un ser humano. A lo largo de la vida vamos culminando etapas y es conveniente morir —simbólicamente— para poder nacer en el siguiente estadio.
Estos saltos de una vida a la siguiente es lo que las tribus más apegadas a la tierra llaman «ritos de paso», un momento de transición que nuestra civilización está perdiendo actualmente.
El antropólogo J. M. Fericgla comenta sobre esto: «La primera comunión, al margen de cuestiones religiosas, era tradicionalmente un rito iniciático: una puerta simbólica que conducía de la infancia a la pubertad. A los niños se les compraban los primeros pantalones largos tras la primera comunión, lo que les convertía ya en hombrecitos. Esto coincidía con los primeros permisos para que salieran a la calle solos, aunque solo fuera para comprar el pan. El padrino solía abrir una cuenta corriente con este mismo motivo. También en la primera comunión a los niños se les regalaba el primer reloj, lo que suponía un control adulto del tiempo».
Un buen ejercicio para tomar conciencia de las vidas que hay dentro de esta es resumir en un papel las diferentes etapas que hemos ido culminando y si hubo algún rito de paso entre una y otra. Luego podemos hacernos la gran pregunta: ¿cuál es la siguiente vida a la que deseo nacer?
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La distinción que encontramos en el infortunio
(como si sentirse feliz fuera un signo de vulgaridad,
de falta de ambición) es tan grande, que si decimos
a una persona «¡Pero qué feliz es usted!»,
por lo general protesta
No es un tópico que los pueblos aparentemente más primitivos suelen esgrimir un tono vital más elevado que la sociedad occidental de hoy. Muchos se preguntan por qué los que no tienen nada o casi nada pueden estar de mejor humor que los que atesoran laboriosamente propiedades de toda índole.
¿Será que la protesta, como señala Nietzsche, es un distintivo de nuestra civilización?
En las conversaciones típicas de los centros de trabajo, en los cafés y en las sobremesas, las quejas son interminables: vemos el infortunio en las subidas de los tipos de interés, en el coste de la vida, en el ruido y la polución que asola las ciudades. Tal vez no hagamos nada para remediarlos, pero nos gusta practicar el deporte de la queja. Y eso se acaba traduciendo en angustia y estrés.
Una puntualización importante: el estrés no lo desatan las circunstancias externas que vivimos, sino la interpretación que damos a estas circunstancias. Tal vez el secreto de la felicidad sea dejar de preocuparnos por factores y estadísticas que no dependen de nosotros, y hacer más el indio.
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Nuestro tesoro se halla en la colmena de nuestro
conocimiento. Estamos siempre de camino hacia allí,
pues somos insectos alados de la naturaleza
y recolectores de miel de la mente
Como Schopenhauer, Nietzsche se interesó en su juventud por el crisol de filosofías orientales que convergen en la India.
Heredero de una larga tradición espiritual orientada al conocimiento de uno mismo, Ramana Maharshi fue tal vez el último «gran gurú» que trabajó con el instrumento que nos hace humanos: la mente.
Ramana animaba a sus discípulos a que se formularan la pregunta «¿Quién soy yo?». Tras saberse que estaba desarrollando un cáncer, tranquilizó a sus discípulos diciendo: «No me voy a ninguna parte. ¿Adónde podría ir?».
Nietzsche compara la conquista de la mente con una abeja volando hacia la colmena para libar la miel más pura, y Maharshi describía de este modo el viaje hacia lo más profundo de uno mismo: «Así como el pescador de perlas se ata una piedra a la cintura y se hunde en el fondo del mar para allí recogerlas, cada uno de nosotros debe armarse de desapego, zambullirse en el interior de sí mismo y obtener la perla del Sí-mismo».
Para encontrar esta perla no es necesario peregrinar a la India ni entregarse a complejos ejercicios espirituales. Basta con mirar reposadamente hacia dentro.
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La palabra más soez y la carta más grosera son mejores y más educadas que el silencio
La mayoría de las guerras psicológicas se desatan más por lo que no se dice que por lo que se dice.
Podemos imaginarnos esta escena: A esta enfadado con B, y le ha retirado la palabra desde que olvidara felicitarle por su cumpleaños. En un principio A hubiera querido decirle «Oye, ¿es que no sabes qué día fue ayer?», pero como su desatención le ha herido —en realidad ha sido solo un lapsus—, le paga con la misma moneda: el silencio. B acaba enfadándose con A, porque de repente no responde a sus llamadas y la única vez que logró hablar se mostró desagradable.
Es una situación infantil, pero mucho más común de lo que pueda pensarse. ¿Cuántas parejas se enfadan por malentendidos que tardan días o meses en salir a la luz? ¿No está en la falta de comunicación el origen de muchos conflictos que se producen en el trabajo?
No decir las cosas a tiempo es un importante factor de estrés en el apretado entorno humano que nos rodea, ya que crea un enjambre de interpretaciones que acaba jugando en nuestra contra.
Nietzsche, que no era precisamente de los que tenían pelos en la lengua, nos enseña que es mejor expresar lo que sentimos —aunque no hallemos las palabras adecuadas— que ofender con el silencio.
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Vuestro honor no lo constituirá vuestro origen, sino vuestro fin
Como apuntábamos en el primer capítulo, las personas más felices y realizadas son aquellas que saben adónde se dirigen y tienen un horizonte propio. Podemos cumplir de forma más o menos eficaz nuestros objetivos, pero el hecho de haber vivido para algo da un valor irreprochable a la existencia.
Cuando enfocamos así nuestra vida, no importa lo humilde que sea nuestro origen ni los errores que hayamos cometido en el camino. Como señala el Corán: «A Dios no le importa lo que has sido, sino lo que serás a partir de ahora».
Para verlo claro y actuar en consecuencia hay que tener algo parecido a una hoja de ruta personal. Haz la prueba:
1. Divide un folio con una línea vertical.
2. Escribe en la izquierda un resumen de lo que ha sido tu
camino hasta el día de hoy.
3. Escribe en la derecha cuál sería el rumbo que desearías para tu vida a partir de este momento.
4. Anota debajo cuáles son los pasos que tienes que dar para cumplir con tu hoja de ruta personal.
5. ¡Ponte manos a la obra ahora mismo!
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Un hombre que se creyera absolutamente bueno sería espiritualmente un idiota
Si la conciencia nos hace humanos, también la imperfección es un rasgo distintivo de nuestra especie. Las personas pasamos casi más tiempo reparando errores —solo hay que leer un periódico cualquiera— que construyendo cosas de valor.
Asumir esta característica de la condición humana nos ayuda a ser humildes y, más importante aún, nos hace tomar conciencia del inmenso terreno que tenemos para la mejora. Todo fracaso o error nos enseña cómo podemos hacerlo mejor.
Las personas rígidas que tratan de hacerlo todo bien sufren ante las consecuencias de sus actos imperfectos. Suelen culpabilizar a los demás de lo que sale mal y pierden los estribos cuando alguien les señala algún fallo que puedan haber tenido.
El consejo espiritual que nos da Nietzsche es este: no podemos aspirar a ser siempre buenos y a hacerlo todo bien; basta con que estemos dispuestos hacer hoy las cosas un poco mejor que ayer.
Los japoneses tienen una palabra, wabi-sabi, que define el arte de la imperfección: en lo que es incompleto, irregular y caduco hay belleza y vida, porque contiene el anhelo de la naturaleza de perfeccionarse a sí misma.
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La gente que nos hace confidencias cree
automáticamente que tiene derecho a oír
las nuestras. Su conclusión es falsa,
el regalo no confiere ningún derecho
Es bien sabido por la profesión periodística que la información es poder. Por eso mismo es importante calibrar lo que decimos y sobre todo a quién lo decimos.
A veces nos encontramos con personas que rompen enseguida el protocolo y nos hacen partícipes de su vida. Lo que puede entenderse como un acto de confianza también implica peligros: al hacernos su confidente, la persona nos incluye en su círculo íntimo y nos hace cargar con la responsabilidad de seguir en adelante su evolución personal. Dicho de otro modo, nos convertimos en espectadores a la fuerza de un mundo individual que hasta entonces nos era ajeno.
Al estrés que genera atender a las confidencias se le suma el peligro del que nos previene Nietzsche: el otro puede esperar una actitud de igual confianza por nuestro lado, con lo que el círculo creado por una de las partes se habría cerrado.
Por todo esto, conviene ser cautos al escuchar, reservando el entusiasmo para los íntimos, y aún más al hablar.
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Es preciso amarse uno mismo,
con amor sano y saludable,
para poder soportarse y no vagabundear
5pasos para la autoestima
1. Vive para ti, no para el mundo. Las personas que no saben amarse buscan constantemente la aprobación en los demás y sufren ante el rechazo. Para romper esta dinámica adictiva debemos admitir que no podemos satisfacer a todos.
2. Huye de las comparaciones. Son una importante fuente de infelicidad. Muchas personas tienen cualidades y atributos que a ti te faltan, pero tú también posees virtudes de las que otros carecen. Deja de mirar a los lados y labra tu propio destino.
3. No busques la perfección. Ni en los demás ni en ti mismo, ya que la perfección no existe. Lo que sí existe es un inmenso margen para la mejora.
4. Perdónate tus errores. En especial los del pasado, pues ya no pueden cambiarse ni tienen ninguna utilidad. Simplemente aprende de ellos para no repetirlos.
5. Deja de analizar. En lugar de mirar qué salió mal, es mucho mejor actuar, pues te permite perfeccionar tus cualidades. El movimiento es vida y es evolución.
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