El jurado estaba listo.
Después de cuarenta y dos horas de deliberaciones, que siguieron a setenta y un días de juicio con más de quinientas treinta horas de declaraciones prestadas por cuarenta y ocho testigos, y después de pasar una eternidad sentados en silencio mientras los abogados discutían, el juez los reprendía y los asistentes observaban como halcones a la caza de señales reveladoras, el jurado estaba listo. Encerrados en su sala, aislados y a buen recaudo, diez de ellos firmaron el veredicto satisfechos mientras los otros dos ponían mala cara en un rincón, apartados y desanimados por no haber impuesto su postura. Hubo abrazos, sonrisas y mutuas felicitaciones por haber sobrevivido a aquella pequeña guerra y poder, por fin, volver orgullosos a la palestra con una decisión tomada gracias a su absoluta determinación y a la búsqueda tenaz de un acuerdo. La pesadilla había llegado a su fin y ellos habían atendido su deber cívico. Habían cumplido de sobra con su obligación. Estaban listos.
El presidente del jurado llamó a la puerta e interrumpió de un sobresalto el sueño de Uncle Joe. El viejo alguacil los había custodiado y, al mismo tiempo, se había encargado de las comidas, de oír sus quejas y de transmitir discretamente al juez sus mensajes. Se rumoreaba que de joven, cuando todavía tenía buen oído, Uncle Joe incluso escuchaba a escondidas las deliberaciones del jurado a través de una puerta de pino muy fina que él mismo se había encargado de escoger e instalar. Sin embargo, los días de escuchar habían quedado atrás y, tal como le había confesado a su mujer, y a nadie más que a ella, después de la tortura en que se había convertido aquel juicio en particular, colgaría su vieja arma de una vez por todas. La presión de controlar a la justicia estaba acabando con él.
—Fantástico. Iré a buscar al juez —dijo con una sonrisa, como si el juez se encontrara en las entrañas del juzgado esperando una llamada de Uncle Joe.
En realidad, y según la costumbre, fue en busca de una secretaria judicial, a quien le comunicó la buena noticia. Era muy emocionante: el viejo palacio de justicia nunca había acogido un litigio ni tan largo, ni tan importante. Habría sido una pena acabar sin llegar a una decisión.
La secretaria llamó con suavidad a la puerta del juez y entró en el despacho.
—Tenemos veredicto —anunció ufana, como si ella personalmente hubiera participado en las negociaciones y le ofreciera el resultado como un regalo.
El juez cerró los ojos y dejó escapar un profundo suspiro de satisfacción. Esbozó una sonrisa feliz y nerviosa de auténtico alivio, como si no diera crédito a lo que acababa de oír.
—Reúna a los abogados —dijo al fin.
Después de casi cinco días de deliberación, el juez Harrison había aceptado la posibilidad de tener que disolver el jurado por no ponerse de acuerdo, su peor pesadilla. Tras cuatro años de demandas enérgicas y cuatro meses de juicio enconado, la perspectiva de un empate le ponía enfermo. No quería ni imaginarse tener que empezar todo otra vez, desde el principio.
Se calzó sus viejos mocasines, se levantó de un salto sonriendo de oreja a oreja como un niño y fue en busca de la toga. Por fin había acabado el juicio más largo de su variopinta carrera.
La secretaria llamó primero a Payton & Payton, un bufete local de abogados formado por un matrimonio que había tenido que trasladar las oficinas a un local comercial abandonado, en un barrio alejado del centro de la ciudad. Un pasante contestó al teléfono, la escuchó unos segundos y colgó.
—¡El jurado ya tiene veredicto! —gritó.
Su voz resonó por el cavernoso laberinto de diminutos cubículos provisionales y sobresaltó a sus colegas. Volvió a gritarlo mientras se dirigía corriendo al Ruedo, donde todos sus compañeros ya acudían sin perder tiempo. Wes Payton ya estaba allí y cuando su mujer, Mary Grace, entró a toda prisa cruzaron una fugaz mirada cargada de miedo y desconcierto irrefrenables. Dos pasantes, dos secretarias y una contable se reunieron alrededor de la alargada y abarrotada mesa de trabajo, paralizados, mirándose embobados a la espera de que alguien dijera algo.
¿De verdad se había terminado? Después de haber esperado una eternidad, ¿acababa así sin más? ¿De manera tan imprevista? ¿Con una llamada de teléfono?
—¿Qué os parece una breve oración en silencio? —propuso Wes, y todos enlazaron sus manos hasta formar un estrecho círculo y rezaron como nunca lo habían hecho.
Dirigieron todo tipo de ruegos a Dios todopoderoso, pero la petición común fue la de depararles una victoria. Por favor, Señor, después de tanto tiempo, de tanto esfuerzo, dinero, miedo y dudas, por favor, te ruego que nos concedas una victoria divina. Sálvanos de la humillación, la ruina, la bancarrota y muchísimos otros males que acarrearía un veredicto en contra.
La segunda llamada de la secretaria judicial fue al móvil de Jared Kurtin, el artífice de la defensa. El señor Kurtin estaba echado relajadamente en un sofá de cuero alquilado en su despacho provisional de Front Street, en el centro de Hattiesburg, a tres manzanas de los juzgados. Leía una biografía mientras mataba el tiempo a setecientos cincuenta dólares la hora. La escuchó sin inmutarse y colgó el teléfono con fuerza.
—Vamos. El jurado está listo.
Sus soldados uniformados con traje oscuro reaccionaron de inmediato y formaron para escoltarlo por la calle hacia una nueva victoria aplastante. Marcharon sin más, sin encomendarse a nadie.
También se realizaron llamadas a otros abogados, luego a los periodistas, y al cabo de unos minutos la noticia ya estaba en la calle y se extendía a toda velocidad.
En uno de los últimos pisos de un rascacielos del sur de Manhattan, un joven, presa del pánico, irrumpió en una reunión importante y le susurró la noticia urgente al señor Carl Trudeau, que perdió de inmediato el interés por los temas que estaban debatiéndose y se levantó con brusquedad.
—Parece que el jurado ha alcanzado un veredicto —dijo. Salió de la habitación a grandes zancadas y atravesó el pasillo hasta un despacho monumental que ocupaba toda una esquina del edificio. Se quitó la chaqueta, se aflojó la corbata, se acercó al ventanal y contempló el río Hudson en la distancia, a través de la incipiente oscuridad. Esperó y una vez más volvió a preguntarse cómo era posible que gran parte de su imperio pudiera depender de la decisión de doce personas normales y corrientes de un lugar atrasado de Mississippi.
Para un hombre que sabía tanto, la respuesta seguía escapándosele.
La gente entraba corriendo en el juzgado desde todas direcciones cuando los Payton aparcaron en la calle de atrás. Se quedaron un momento en el interior del vehículo, sin soltarse de la mano. Durante cuatro meses habían intentado no tocarse estando cerca del palacio de justicia pues siempre había alguien observando, ya fuera un miembro del jurado o un periodista, y era fundamental aparentar toda la profesionalidad posible. A la gente le sorprendía que un matrimonio llevara un caso conjuntamente y los Payton intentaban comportarse en público como abogados y no como esposos.
Además, durante el juicio habían tenido algunos momentos para el afecto fuera del juzgado.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Wes, sin mirar a su mujer.
Tenía el pulso acelerado y la frente húmeda. Todavía asía el volante con la mano izquierda y no dejaba de repetirse que se relajara.
Relajarse. Menudo chiste.
—Nunca he tenido tanto miedo —dijo Mary Grace.
—Yo tampoco.
Hubo un largo silencio mientras respiraban profundamente y miraban una furgoneta de una cadena de televisión a punto de arrollar a un peatón.
—¿Sobreviviremos a una derrota? Esa es la cuestión. —Tendremos que hacerlo, no nos queda más remedio. Pero no vamos a perder.
—Así es. Vamos allá.
Se juntaron con el resto de su pequeño bufete y entraron en los juzgados. Su cliente, la demandante Jeannette Baker, les esperaba donde siempre, junto a la máquina de refrescos del primer piso. Se echó a llorar en cuanto vio a sus abogados. Wes la cogió por un brazo y Mary Grace por el otro y acompañaron a Jeannette escalera arriba, hasta la sala del tribunal de la segunda planta. Podrían haberla llevado en volandas. Pesaba menos de cuarenta y cinco kilos y había envejecido cinco años durante el juicio. Pasaba de la alegría al llanto con suma facilidad y aunque no era anoréxica, apenas comía. Tenía treinta y cuatro años, había enterrado a un hijo y a su marido y se encontraba al final de un litigio espantoso que en secreto deseaba no haber iniciado nunca.
La sala del tribunal estaba en estado de máxima alerta, como si se avecinara un bombardeo y aullaran las sirenas. Docenas de curiosos pululaban por todas partes en busca de asientos o charlaban nerviosos mirando hacia todas partes. Cuando Jared Kurtin y el ejército defensor entraron por una puerta lateral, todo el mundo se lo quedó mirando boquiabierto, como si él supiera algo que ellos desconocían. Día tras día en los últimos cuatro meses había demostrado su capacidad para anticiparse a los acontecimientos, pero en esos momentos su expresión no dejaba adivinar nada. Se limitó a cerrar filas, muy serio, con sus subordinados.
Al otro lado, a apenas unos pasos, los Payton y Jeannette tomaron asiento en la mesa del demandante. Las mismas sillas, las mismas posiciones, la misma estrategia deliberada para dejar claro al jurado que aquella pobre viuda y sus dos únicos abogados se enfrentaban a una corporación gigantesca con recursos ilimitados. Wes Payton se volvió hacia Jared Kurtin, sus miradas se encontraron y ambos se saludaron con una breve inclinación de cabeza. Lo milagroso en aquel proceso era que los dos hombres todavía fueran capaces de tratarse con un mínimo de educación, incluso de conversar cuando no quedaba otro remedio. Se había convertido en una cuestión de orgullo. Tanto daba lo desagradable que hubiera llegado a ponerse la situación, y había habido momentos muy desagradables, ambos estaban decididos a actuar con dignidad y a tenderle la mano al otro.
Mary Grace no se volvió hacia ellos, pero si lo hubiera hecho, no habría saludado ni sonreído. Menos mal que no llevaba un arma en el bolso o la mitad de los picapleitos trajeados del otro lado ya no estarían allí. Colocó una libreta nueva de páginas amarillas encima de la mesa, delante de ella, escribió la fecha, a continuación su nombre y luego ya no se le ocurrió nada más. En setenta y un días de juicio había rellenado sesenta y seis cuadernos, todos del mismo tamaño y color, que ahora estaban perfectamente ordenados en un archivador metálico de segunda mano en el Ruedo. Le tendió un pañuelo de papel a Jeannette. Aunque lo controlaba casi todo, Mary Grace había perdido la cuenta del número de cajas de pañuelos que Jeannette había gastado durante el juicio. Por lo menos varias docenas.
La mujer lloraba sin parar, y aunque Mary Grace era muy comprensiva, también estaba harta de tantas malditas lágrimas. Estaba harta de todo: del cansancio, del estrés, de las noches en vela, del escrutinio, de no ver apenas a sus hijos, de su piso destartalado, de la montaña de facturas sin pagar, de los clientes desatendidos, de la comida china a medianoche, del reto que suponía maquillarse y peinarse todas las mañanas para estar mínimamente presentable ante el jurado. Era lo que se esperaba de ella.
Intervenir en un proceso importante es como zambullirse con un cinturón de plomo en un estanque oscuro y lleno de hierbajos. Consigues subir a la superficie para respirar, pero el resto del mundo deja de tener importancia. Y siempre tienes la sensación de estar ahogándote.
Unas cuantas filas detrás de los Payton, en el extremo de un banco que se estaba llenando rápidamente, el asesor financiero del matrimonio se comía las uñas intentando aparentar calma. Se llamaba Tom Huff, o Huffy para los conocidos. Huffy se había dejado caer por allí de vez en cuando para ver cómo iba el juicio y ofrecer en silencio su personal oración. Los Payton debían cuatrocientos mil dólares al banco de Huffy y la única garantía eran unas tierras de cultivo en el condado de Cary, que pertenecían al padre de Mary Grace. Con suerte podrían venderse por cien mil dólares, lo que dejaba, obviamente, una cantidad considerable de deuda sin respaldo. Si los Payton perdían el caso, la que en su día había sido una prometedora carrera de banquero habría llegado a su fin. El presidente del banco había dejado de gritarle hacía tiempo. Ahora todas las amenazas las recibía por correo electrónico.
Lo que había empezado, bastante inocentemente, como una segunda hipoteca de noventa mil dólares sobre su preciosa casa se había convertido en una creciente vorágine de números rojos y gasto insensato. Insensato según Huffy al menos. Sin embargo, la bonita casa había pasado a la historia, igual que el bonito despacho del centro, los coches de importación y todo lo demás. Los Payton se lo habían jugado todo y Huffy no podía por menos que admirarlos. Un gran veredicto y él sería un genio. El veredicto equivocado y tendría que hacer cola detrás de ellos en el tribunal de quiebras.
El equipo financiero del otro lado de la sala no se comía las uñas y no parecía demasiado preocupado por una posible quiebra, aunque se había debatido la cuestión. Krane Chemical contaba con suficiente efectivo, beneficios y activos, pero también con centenares de demandantes potenciales que, como buitres, esperaban escuchar lo que el mundo estaba a punto de oír. Una sentencia disparatada y los pleitos les lloverían del cielo.
Sin embargo, en esos momentos parecían bastante tranquilos. Jared Kurtin era el mejor abogado defensor si se tenía suficiente dinero para pagarlo. Las acciones de la empresa apenas habían bajado y el señor Trudeau, en Nueva York, parecía satisfecho.
Tenían ganas de volver a casa.
Gracias a Dios, las bolsas ya habían cerrado.
—No se levanten —anunció en voz alta Uncle Joe cuando el juez Harrison entró por la puerta que quedaba detrás de su silla.
Hacía mucho tiempo que había puesto fin a esa costumbre absurda de pedir a todo el mundo que se pusiera en pie mientras él subía a su trono.
—Buenas tardes —dijo enseguida. Eran cerca de las cinco—. El jurado me ha informado de que ha alcanzado un veredicto. —Miró a su alrededor para comprobar que todos los abogados estuvieran presentes—. Espero que sepan guardar el decoro. No quiero protestas y nadie saldrá hasta que despida al jurado. ¿Alguna pregunta? ¿Alguna petición frívola adicional por parte de la defensa?
Jared Kurtin nunca se inmutaba. Fingió no haber oído al juez y siguió haciendo garabatos en su cuaderno como si estuviera creando una obra de arte. Si Krane Chemical perdía, apelaría sin dudarlo y la base de la apelación sería la obvia parcialidad de su señoría Thomas Alsobrook Harrison IV, veterano abogado con una demostrada antipatía por las grandes compañías en general y, ahora, por Krane Chemical en particular.
—Alguacil, haga entrar al jurado.
Se abrió la puerta que había junto a la tribuna del jurado y un gigantesco e invisible vacío succionó hasta el último centímetro cúbico de aire de la sala del tribunal. Los corazones dejaron de latir. Los cuerpos se enderezaron. Todos buscaron algún objeto que mirar. Solo se oían las lentas pisadas del jurado sobre la alfombra raída.
Jared Kurtin siguió garabateando en el cuaderno como si nada. Tenía por costumbre no mirar nunca a los miembros del jurado a la cara cuando volvían con el veredicto. Después de un centenar de litigios, sabía que era imposible leer la respuesta en sus rostros. Además, ¿para qué molestarse? De todos modos anunciarían la decisión en cuestión de segundos. Su equipo tenía órdenes estrictas de hacer caso omiso del jurado y de mantenerse impasibles ante el fallo.
Evidentemente, Jared Kurtin no tendría que enfrentarse a la ruina profesional o económica. Pero Wes Payton sí, y por eso no podía apartar la mirada de los ojos de los miembros del jurado mientras estos iban tomando asiento. El lechero desvió la vista, mala señal. El maestro evitó la mirada de Wes, otra mala señal. Cuando el portavoz tendió el sobre a la secretaria, la esposa del pastor lo miró apenada, aunque en realidad había tenido la misma expresión afligida desde el inicio de los alegatos.
Mary Grace captó la señal, y eso que ni siquiera la buscaba. Mientras pasaba otro pañuelo a Jeannette Baker, que en esos momentos prácticamente sollozaba, Mary Grace lanzó una mirada furtiva a la jurado número seis, la que tenía más cerca, la doctora Leona Rocha, una profesora universitaria de inglés jubilada. Desde detrás de sus gafas de lectura con montura roja, la doctora Rocha le dedicó el guiño más fugaz, alegre y sensacional que Mary Grace había recibido nunca.
—¿Han alcanzado un veredicto? —preguntó el juez Harrison.
—Sí, señoría —contestó el portavoz.
—¿Es unánime?
—No, señor, no lo es.
—¿Al menos nueve de ustedes coinciden en el veredicto?
—Sí, señor. Los votos son diez contra dos.
—Pues no hay más que hablar.
Mary Grace se apresuró a anotar lo del guiño, pero con la ira del momento ni siquiera ella podría leer su propia letra. «Intenta aparentar serenidad», no dejaba de repetirse.
El juez Harrison recibió el sobre de manos de la secretaria, extrajo una hoja de papel de su interior y empezó a repasar el fallo. La frente se le llenó de profundas arrugas y entrecerró los ojos mientras se pellizcaba el puente de la nariz.
—Parece que todo está correcto —anunció al cabo de una eternidad.
Ni un solo parpadeo, sonrisa o mirada sorprendida, nada que pudiera indicar lo que había escrito en la hoja de papel.
Miró a su relator, asintió con la cabeza y se aclaró la garganta disfrutando del momento. Las arrugas alrededor de sus ojos se suavizaron, los músculos de la mandíbula se distendieron y los hombros se relajaron un poco, lo que, al menos para Wes, significó una repentina esperanza de que el jurado hubiera sentenciado al demandado.
—Cuestión número uno —leyó el juez Harrison lentamente, en voz alta—: «¿Consideran que, según se desprende de las pruebas, Krane Chemical Corporation contaminó las aguas subterráneas objeto de esta causa?». —Al cabo de una pausa efectista que no duró más de cinco segundos, continuó—: La respuesta es «Sí».
Una parte de la sala recuperó la respiración mientras que la otra empezó a ponerse azul.
—Cuestión número dos: «¿Consideran que, según se desprende de las pruebas, dicha contaminación fue la causa directa del fallecimiento o fallecimientos de a) Chad Baker o b) Pete Baker?». Respuesta: «Sí, de ambas».
Mary Grace se las ingenió para sacar varios pañuelos de una caja y pasarlos con la mano mientras no dejaba de escribir con la derecha. Wes dirigió una mirada furtiva al jurado número cuatro, que resultó que estaba mirándolo con una sonrisa divertida que parecía decir: «Ahora viene lo bueno».
—Cuestión número tres: «En cuanto a Chad Baker, ¿con qué cantidad indemnizan a Jeannette Baker por el fallecimiento de su hijo?». Respuesta: «Quinientos mil dólares».
Los niños muertos no valen mucho, ya que no tienen ingresos, pero la impresionante indemnización por Chad hizo sonar las alarmas pues daba una rápida idea de lo que podía venir a continuación. Wes miró fijamente el reloj que había encima del juez y dio gracias a Dios por haberlos sacado de la quiebra.
—Cuestión número cuatro: «En cuanto a Pete Baker, ¿con qué cantidad indemnizan a su viuda, Jeannette Baker, por la injusta muerte de su esposo?». Respuesta: «Dos millones y medio de dólares».
El equipo financiero de la primera fila detrás de Jared Kurtin se removió inquieto. Krane podía hacer frente a un contratiempo de tres millones de dólares sin problemas, pero era el efecto dominó lo que de repente los aterrorizó. En cuanto al señor Kurtin, seguía sin inmutarse.
Todavía no.
Jeannette Baker empezó a escurrirse de la silla. Sus abogados la asieron a tiempo para devolverla al asiento, le pasaron el brazo sobre sus frágiles hombros y le hablaron en voz baja y suave. Sollozaba, fuera de control.
La lista contenía seis cuestiones que los abogados habían negociado no sin esfuerzo, y si el jurado respondía afirmativamente a cinco de ellas, todo el mundo enloquecería. El juez Harrison llegó al quinto punto, lo leyó para sí con atención, se aclaró la garganta y estudió la respuesta. En ese momento reveló su vena mezquina con una sonrisa. Levantó la vista unos centímetros por encima de la hoja de papel que sostenía y de las gafas de lectura baratas que se aguantaban en su nariz, y miró fijamente a Wes Payton. Esbozaba una sonrisa tensa, de complicidad, aunque llena de enorme satisfacción.
—Cuestión número cinco: «¿Consideran que, según se desprende de las pruebas, el comportamiento de Krane Chemical Corporation fue intencionado o lo suficientemente negligente como para justificar la imposición de daños punitivos?». Respuesta: «Sí».
Mary Grace dejó de escribir y miró a su marido por encima de los cabeceos de su cliente, que también tenía los ojos clavados en ella. Habían ganado, y solo eso ya era estimulante de por sí, una inyección de euforia casi indescriptible. Pero ¿qué tipo de victoria habían obtenido? En esas milésimas de segundo cruciales, ambos supieron que sería aplastante.
—Cuestión número seis: «¿Qué cantidad destinan a la indemnización por daños punitivos?». Respuesta: «Treinta y ocho millones de dólares».
Se oyeron respiraciones entrecortadas, toses y silbidos a medida que la onda expansiva recorría toda la sala. Jared Kurtin y los suyos estaban ocupados escribiéndolo todo, intentando permanecer impávidos ante aquella bomba. Los mandamases de Krane de la primera fila estaban intentando recuperarse y respirar con normalidad. La mayoría dirigía miradas iracundas al jurado, a quienes también destinaban pensamientos poco agradables relacionados con los pueblerinos, la estupidez en esos lugares atrasados y demás.
El señor y la señora Payton devolvieron su atención a su cliente, que estaba abrumada por el rotundo peso del fallo y trataba de mantenerse en la silla como podía. Wes susurró palabras tranquilizadoras a Jeannette mientras no dejaba de repetirse las cifras que acababa de oír. No sabía cómo, pero había conseguido mantenerse serio y reprimir una sonrisa bobalicona.
Huffy, el asesor financiero, dejó de comerse las uñas. En menos de treinta segundos había pasado de ser un director bancario caído en desgracia y en la bancarrota a una estrella emergente destinada a recibir un salario y un despacho mayores. Incluso se sentía más inteligente. Ay, menuda maravillosa entrada en la sala de juntas del banco que prepararía para primera hora de la mañana del día siguiente. El juez procedía con las formalidades y los agradecimientos al jurado, pero eso a Huffy ya no le interesaba. Había oído todo lo que le interesaba oír.
El jurado se puso en pie y salió de la sala mientras Uncle Joe sujetaba la puerta y asentía con la cabeza con aprobación.
Más tarde le contaría a su mujer que él ya había predicho ese veredicto, aunque ella no lo recordaba. Uncle Joe aseguraba que no había fallado una sola sentencia en las numerosas décadas que llevaba trabajando de alguacil. Cuando el jurado hubo salido, Jared Kurtin se levantó y, con perfecta compostura, recitó de un tirón las solicitudes habituales posteriores a un juicio, que el juez Harrison recibió con gran magnanimidad una vez terminado el derramamiento de sangre. Mary Grace seguía sin reaccionar. A Mary Grace le daba igual. Tenía lo que quería.
Wes pensaba en los cuarenta y un millones de dólares mientras luchaba contra sus emociones. El bufete sobreviviría, así como su matrimonio, la reputación de ambos y todo lo demás.
Cuando finalmente el juez Harrison anunció: «Se levanta la sesión», los asistentes salieron en tropel de la sala con el teléfono móvil en la mano.
El señor Trudeau seguía de pie junto al ventanal contemplando las últimas luces del atardecer más allá de New Jersey. En el otro extremo del amplio despacho, Stu, su ayudante, contestó la llamada y se aventuró un par de pasos al frente antes de reunir el valor para hablar.
—Señor, han llamado de Hattiesburg. Tres millones en daños y perjuicios, treinta y ocho en punitivos.
Desde su posición, distinguió un ligero vencimiento de los hombros, un mudo suspiro de frustración y luego una retahíla de obscenidades murmuradas.
El señor Trudeau se volvió lentamente y fulminó con la mirada a su ayudante como si deseara matar al mensajero.
—¿Estás seguro de que has oído bien? —preguntó.
Stu deseó con todas sus fuerzas haberse equivocado. —Sí, señor.
La puerta seguía abierta a su espalda. Bobby Ratzlaff irrumpió en el despacho, sin aliento, conmocionado y asustado, en busca del señor Trudeau. Ratzlaff era el jefe de abogados de la casa y su cabeza sería la primera en peligrar. Ya estaba sudando.
—Quiero aquí a tu equipo en cinco minutos —le ladró el señor Trudeau, antes de volverse de nuevo hacia la ventana.
La conferencia de prensa se celebró en la primera planta de los juzgados. En dos grupos pequeños, Wes y Mary Grace hablaron pacientemente con los periodistas. Ambos ofrecieron las mismas respuestas a las mismas preguntas. No, el veredicto no era un récord en el estado de Mississippi. Sí, creían que estaba justificado. No, no lo esperaban, al menos no una cantidad tan alta. Era evidente que apelarían. Wes sentía un gran respeto por Jared Kurtin, pero no por su cliente. Su bufete representaba en esos momentos a treinta querellantes más que habían interpuesto una demanda a Krane Chemical. No, no esperaban llegar a un acuerdo en esos casos.
Sí, estaban exhaustos.
Al cabo de media hora se disculparon y salieron de los juzgados de distrito del condado de Forrest de la mano, llevando un pesado maletín en la otra. Los fotografiaron cuando entraron en el coche y cuando enfilaron la calle.
Por fin a solas, permanecieron callados. Cuatro manzanas, cinco, seis. Pasaron diez minutos sin intercambiar ni una sola palabra. El coche, un Ford Taurus destartalado, con millón y medio de kilómetros, al menos una de las ruedas medio deshinchadas y el ruidito constante de una válvula obstruida, avanzaba sin rumbo por las calles que rodeaban la universidad.
Wes fue el primero en hablar.
—¿Cuánto es una tercera parte de cuarenta y un millones?
—Ni lo pienses.
—No lo pienso, solo bromeaba.
—Limítate a conducir.
—¿A algún sitio en concreto?
—No.
El Taurus se adentró en las urbanizaciones de las afueras, sin rumbo aparente, aunque decididamente no hacia el bufete. Se mantuvieron lejos del barrio donde seguía la bonita casa que una vez habían compartido.
La realidad se asentó lentamente a medida que los abandonaba el aturdimiento. Un pleito que habían iniciado a regañadientes hacía cuatro años acababa de decidirse de la manera más espectacular posible. La agotadora maratón había llegado a su fin y aunque habían logrado una victoria provisional, lo habían pagado caro. Las heridas seguían abiertas y las cicatrices de la batalla no se habían cerrado.
El indicador de la gasolina anunciaba que les quedaba menos de un cuarto de depósito, algo en lo que Wes ni siquiera habría reparado un par de años atrás. Ahora se trataba de un problema bastante más serio. Por entonces conducía un BMW —Mary Grace tenía un Jaguar— y cuando necesitaba repostar, se limitaba a detenerse en su gasolinera preferida y a llenar el depósito pagando con una tarjeta de crédito. Nunca repasaba las facturas, de eso se encargaba su contable, a quien se las entregaba. Ahora ya no tenía tarjeta de crédito, ni BMW, ni Jaguar, aunque seguía trabajando con ellos la misma contable, que cobraba la mitad y administraba el dinero con cuentagotas para mantener el despacho de los Payton a flote.
Mary Grace también miró el indicador, una costumbre que había adquirido recientemente. Se fijó en el indicador y recordó los precios de todo: del litro de gasolina, de una barra de pan, de un litro de leche. Ella era la ahorradora y él el derrochador, pero no muchos años atrás, cuando los clientes acudían a ellos y ganaban casos, se había relajado demasiado y había disfrutado del éxito. Ahorrar e invertir no era prioritario. Eran jóvenes, el bufete estaba creciendo y el futuro parecía no tener límites.
Sin embargo, hacía tiempo que el caso Baker había devorado todo lo que había conseguido poner en fondos de inversión inmobiliaria.
Hacía apenas una hora, sobre el papel, estaban en la miseria y las deudas exorbitantes superaban con creces los contados bienes que pudieran quedarles. Ahora las cosas eran distintas. Las obligaciones no habían desaparecido, pero su balance de situación había mejorado notablemente.
¿O no?
¿Cuándo iban a ver toda o parte de esa maravillosa indemnización? ¿Les ofrecería Krane llegar a un acuerdo? ¿Cuánto
tiempo duraría la apelación? ¿Cuánto tiempo podían destinar
ahora al resto de los casos?
Ninguno de los dos deseaba pensar en las cuestiones que los atormentaban. Sencillamente estaban demasiado cansados y aliviados. Durante una eternidad apenas habían hablado de otra cosa, y ahora no hablaban de nada. Ya empezarían el informe al día siguiente, o al otro.
—Casi no nos queda combustible —dijo Mary Grace. —¿Y la cena? —preguntó Wes, incapaz de hacer pensar una respuesta a su agotada mente.
—Macarrones con queso, con los niños.
El proceso no solo había consumido su energía y sus ahorros sino que también había quemado todas las calorías que pudieran sobrarles al principio del litigio. Wes había adelgazado cerca de siete kilos como mínimo, aunque no estaba seguro, porque hacía meses que no se subía a una báscula. No tenía intención de preguntar a su mujer acerca de un tema tan delicado, pero era evidente que ella también necesitaba alimentarse. Se habían saltado muchas comidas: desayunos mientras bregaban con los niños para vestirlos y llevarlos al colegio, comidas durante las que uno presentaba alguna petición en el despacho de Harrison mientras el otro se preparaba para el siguiente turno de preguntas, cenas en las que trabajaban hasta entrada la medianoche y simplemente se olvidaban de comer. Las barritas y las bebidas energéticas les habían ayudado a ir tirando.
—Me parece genial —dijo, y viró el volante a la izquierda, hacia una calle que les llevaría a casa.
Ratzlaff y dos abogados más tomaron asiento alrededor de la elegante mesa forrada de cuero, en uno de los rincones del despacho del señor Trudeau. El cristal de los ventanales ocupaba toda la pared, lo que proporcionaba unas vistas espectaculares de los rascacielos que se apiñaban en el distrito financiero, aunque nadie estaba de humor para apreciar la vista. El señor Trudeau estaba al teléfono en la otra punta de la estancia, detrás de su escritorio cromado. Los abogados esperaban nerviosos. Se habían mantenido en comunicación constante con los testigos presenciales que tenían en Mississippi, pero seguían disponiendo de pocas respuestas.
El jefe acabó de hablar por teléfono y atravesó la estancia con paso decidido.
—¿Qué ha ocurrido? —les espetó—. No hace ni una hora estabais muy gallitos y ahora resulta que nos han machacado. ¿Qué ha pasado?
Tomó asiento y miró a Ratzlaff, iracundo.
—Un juicio con jurado está siempre lleno de riesgos —se
justificó Ratzlaff.
—He pasado por otros juicios, por muchos, y suelo ganarlos. Creía que habíamos contratado a los mejores picapleitos de la profesión. A los mejores que el dinero puede comprar. No hemos reparado en gastos, ¿no es cierto?
—Ya lo creo. Les pagamos con creces. Seguimos pagándoles.
El señor Trudeau estampó un puño sobre la mesa. —¿Qué ha fallado? —gritó.
Bueno, pensó Ratzlaff, que desearía poder decirlo en voz alta, aunque apreciaba demasiado su trabajo como para hacerlo, empecemos por el hecho de que nuestra compañía construyó una planta de pesticidas en un pueblo de mala muerte de Mississippi porque el suelo y la mano de obra estaban regalados, que luego nos pasamos los siguientes treinta años vertiendo productos y residuos químicos en el suelo y los ríos, todo ilegal, por descontado, y que contaminamos el agua para consumo humano hasta que supo a leche agria, lo que aunque de por sí ya es malo, no fue ni mucho menos lo peor. Porque luego la gente empezó a morir de cáncer y leucemia.
Eso, señor Jefazo, señor Alto Ejecutivo y señor Tiburón Empresarial, es exactamente lo que ha fallado.
—Los abogados tienen un buen pálpito con la apelación —acabó diciendo Ratzlaff, sin demasiada convicción.
—Vaya, es fabuloso. Ahora mismo confío ciegamente en mis abogados. ¿Se puede saber de dónde has sacado a esos payasos?
—Son los mejores, ¿de acuerdo?
—Seguro. Y ahora digámosle a la prensa que estamos
eufóricos con la apelación y así tal vez nuestras acciones no se
desplomarán mañana. ¿Es eso lo que estás diciendo?
—Podemos darle un giro favorable —dijo Ratzlaff.
Los otros dos abogados no apartaban la vista de los paneles de cristal. ¿Quién quería ser el primero en saltar?
Uno de los móviles del señor Trudeau empezó a sonar y este lo cogió con brusquedad de la mesa.
—Hola, cariño —respondió, levantándose y alejándose unos pasos.
Era la (tercera) señora Trudeau, el último trofeo, una chica insultantemente joven, a quien Ratzlaff y todos los de la compañía evitaban a toda costa. Su marido dijo algo en voz baja y luego se despidió.
Se acercó a uno de los ventanales que quedaba cerca de los abogados y contempló los altos y titilantes edificios que los rodeaban.
—Bobby —dijo, sin volverse—, ¿tienes alguna idea de dónde sacó el jurado la cifra de treinta y ocho millones por daños punitivos?
—Pues ahora mismo no.
—Lo suponía. Durante los nueve primeros meses del año,
Krane ha obtenido un promedio de treinta y ocho millones al
mes en beneficios. Un hatajo de paletos ignorantes, que juntos no ganan ni cien mil al año, se sientan ahí como dioses,
desplumando a los ricos para dárselo a los pobres.
—Todavía tenemos el dinero, Carl —dijo Ratzlaff—. Pasarán años antes de que vean un solo centavo, si es que llegan a verlo alguna vez, claro.
—¡Genial! Pues mañana intenta darle un giro positivo a eso cuando se lo cuentes a las hienas mientras nuestras acciones caen por los suelos.
Ratzlaff se calló y se arrellanó en el asiento. Los otros dos abogados no iban a abrir la boca.
El señor Trudeau no dejaba de pasearse arriba y abajo con aire dramático.
—Cuarenta y un millones de dólares. Y ¿cuántos casos más hay abiertos, Bobby? ¿No dijo alguien que eran doscientos, trescientos? Pues si esta mañana había trescientos, mañana por la mañana habrá tres mil. Cualquier paleto del sur de Mississippi al que le haya salido una llaga por la fiebre asegurará que hemos vertido el brebaje mágico desde Bowmore. Ahora mismo, cualquier abogaducho de tres al cuarto con un título se dirige hacia allí para tratar de hacerse con una cartera de clientes. Se suponía que esto no iba a pasar, Bobby. Me lo aseguraste.
Ratzlaff tenía en su poder un documento interno guardado bajo llave. Se había redactado y preparado ocho años atrás, bajo su supervisión. A lo largo de un centenar de páginas se describía a grandes trazos el vertido ilegal de residuos tóxicos que la compañía estaba llevando a cabo en la planta de Bowmore. Resumía los esfuerzos denodados que había realizado la empresa para ocultar sus actividades ilícitas, engañar a la EPA, la Agencia de Protección del Medio Ambiente, y comprar a los políticos de los ámbitos local, estatal y federal. El pliego recomendaba una limpieza clandestina, aunque efectiva, del lugar, que ascendía a unos cincuenta millones de dólares. Pedía a quien lo leyera que detuviera los vertidos.
Además, y tal vez lo más importante en estos momentos, el informe también predecía una resolución en contra si eran llevados a juicio.
Solo la suerte y una flagrante indiferencia por las normas del procedimiento civil le habían permitido a Ratzlaff mantener el informe en secreto.
Al señor Trudeau también se le había entregado una copia hacía ocho años, aunque él aseguraba no haberla visto jamás. Ratzlaff se sintió tentado a desempolvarlo y leer determinados pasajes, pero, una vez más, se lo impidió el apego que sentía por su trabajo.
El señor Trudeau se acercó a la mesa, colocó las palmas sobre el cuero italiano y fulminó a Bobby Ratzlaff con la mirada.
—Créeme, jamás ocurrirá. Ni un solo centavo de esos beneficios que tanto nos ha costado ganar caerá jamás en manos de esos paletos que viven en caravanas. —Los tres abogados miraron fijamente a su jefe, cuyos ojos entrecerrados eran dos ascuas inflamadas por los que echaba fuego y acabó diciendo—: Os juro sobre la tumba de mi madre que esos catetos nunca tocarán ni un centavo del dinero de Krane, aunque tenga que llevarla a la quiebra o dividirla en quince trozos.
Y con esa promesa, atravesó la alfombra persa a grandes zancadas, recogió la chaqueta del colgador y salió del despacho.