Hazel Motes se inclinaba hacia adelante en el asiento de felpa verde, mirando un minuto la ventanilla como si quisiera tirarse del tren en marcha, y al minuto siguiente el final del pasillo hacia la otra punta del vagón. El tren avanzaba raudo entre las copas de los árboles que desaparecían a intervalos y dejaban ver el sol, muy rojo, al borde de los bosques allá a lo lejos. Más cerca, los campos arados se curvaban perdiéndose de vista y los pocos cerdos que hozaban en los surcos eran como enormes piedras manchadas. La señora Wally Bee Hitchcock, sentada enfrente de Motes en el mismo compartimento, dijo que para ella las primeras horas de un atardecer como aquel eran las más bonitas del día, y le preguntó si no pensaba lo mismo. Era una gorda con doble cuello y puños rosa cuyas piernas en forma de pera colgaban del asiento del tren sin tocar el suelo.
Él la miró de reojo y, sin contestarle, se inclinó hacia adelante y recorrió otra vez con la vista todo el vagón. Ella se dio la vuelta para comprobar qué había de aquel lado, pero lo único que vio fue un niño asomado a uno de los compartimentos y, cerca del extremo del vagón, el mozo que abría el armario donde se guardaban las sábanas.
—Supongo que vas para tu casa —dijo ella volviéndose otra vez en su dirección. A la mujer no le pareció que él tuviera más de veinte años, pero sobre el regazo llevaba un sombrero negro y tieso, de ala ancha, un sombrero de esos que usan los viejos predicadores del campo. Vestía un traje de un azul estridente y todavía llevaba la etiqueta del precio grapada en la manga.
No le contestó ni apartó la vista de lo que fuese que estuviera mirando. El saco de lona a sus pies era un macuto del ejército y la mujer concluyó que el muchacho había estado en el ejército, que lo habían licenciado y que ahora se iba para casa. Quiso acercarse para fijarse cuánto le había costado el traje, y en vez de eso, se sorprendió echándole miradas furtivas a los ojos, como si tratara de ver en ellos. Eran del color de la cáscara de las pacanas y estaban muy hundidos. El contorno del cráneo era marcado y visible bajo la piel.
Se sintió molesta, hizo un esfuerzo por no prestarle más atención y miró de reojo la etiqueta del precio. El traje le había costado once dólares con noventa y ocho centavos. Tuvo la impresión de que aquello lo definía y entonces, como fortalecida para seguir con su escrutinio, lo miró otra vez a la cara. La nariz se asemejaba al pico de un alcaudón y una arruga vertical le bajaba a ambos lados de la boca; llevaba el pelo como si estuviera permanentemente aplastado debajo del sombrero grueso, pero lo que más le llamaba la atención eran sus ojos. Parecían engarzados y eran tan profundos que, para ella, eran casi como pasadizos que llevaran a algún lugar, y se inclinó hacia adelante en el espacio entre los dos asientos tratando de ver dentro de ellos. El muchacho se volvió de repente hacia la ventanilla y luego, casi con idéntica brusquedad, clavó otra vez la vista en el mismo lugar de antes.
Miraba al mozo. Cuando él se había subido al tren, el mozo se encontraba entre dos vagones: un hombre corpulento con la cabeza calva y amarilla. Haze se había detenido y el mozo le había echado una ojeada y había apartado la vista para indicarle con los ojos en qué vagón debía entrar. Al ver que no se movía, el mozo le dijo, irritado: «A la izquierda, a la izquierda», y Haze había avanzado.
—No hay como estar en casa —dijo la señora Hitchcock.
Él le echó una mirada y vio su cara de torta, rojiza, bajo un casquete de pelo color zorro. La mujer se había subido dos paradas antes. Nunca la había visto hasta ese momento.
—Tengo que ir a ver al mozo —dijo él.
Se levantó y fue hasta el final del vagón donde el mozo se había puesto a preparar una litera. Se detuvo a su lado y se apoyó en el brazo de un asiento, pero el mozo no se fijó en él. Bajaba una pared del compartimento del principio del vagón.
—¿Cuánto tarda en preparar una?
—Siete minutos —contestó el mozo sin mirarlo.
Haze se sentó en el brazo del asiento y dijo:
—Yo soy de Eastrod.
—Pues eso no está en esta línea —le aclaró el mozo—. Se equivocó de tren.
—Voy a la ciudad —dijo Haze—. Dije que me crié en Eastrod.
El mozo se quedó callado.
—Eastrod —repitió Haze, más alto.
El mozo bajó la cortina de un tirón y le preguntó:
—¿Quiere que le haga la litera ahora mismo? ¿O para qué está ahí parado?
—Eastrod —insistió Haze—. Cerca de Melsy.
El mozo bajó un lateral del asiento.
—Yo soy de Chicago —le dijo. Bajó el otro asiento. Al agacharse la nuca le asomó en tres pliegues.
—Sí, seguro —dijo Haze con una sonrisa maliciosa.
—Está usted en medio del pasillo. Vendrá alguien y va a querer pasar —dijo el mozo, se volvió y pasó rozándolo.
Haze se levantó y se quedó quieto un instante. Era como si lo sujetasen por una cuerda que le saliera en mitad de la espalda y colgara del techo del tren. Observó al mozo avanzar pasillo abajo con un leve tambaleo controlado y desaparecer en la otra punta del vagón. Sabía que era un negro de los Parrum, de Eastrod. Regresó a su compartimento, se sentó hecho un ovillo y apoyó un pie en un tubo que había debajo de la ventanilla. Eastrod le ocupó la cabeza entera y salió más allá y ocupó el espacio que se abría desde el tren y llegaba a los campos vacíos y ensombrecidos. Vio las dos casas y el camino color herrumbre y las pocas barracas de los negros y el único granero y el establo con el anuncio blanco y rojo del rapé CCC desconchándose en la pared del costado.
—¿Vas para tu casa? —le preguntó la señora Hitchcock.
La miró con cara de pocos amigos y se sujetó el sombrero negro por el ala.
—No, no voy a mi casa —contestó con voz aguda y acento nasal de Tennessee.
La señora Hitchcock dijo que ella tampoco. Le contó que antes de casarse se apellidaba Weatherman y que iba a Florida a visitar a Sarah Lucile, su hija casada. Dijo que le parecía que nunca había tenido tiempo de hacer un viaje tan largo. Tal como ocurrían las cosas, una detrás de la otra, daba la impresión de que el tiempo volara tan deprisa que ya no sabías si eras joven o vieja.
Haze pensó que si llegaba a preguntárselo, le diría que era vieja. Al cabo de un rato dejó de prestarle atención. El mozo volvió a pasar pasillo arriba sin mirarlo. La señora Hitchcock perdió el hilo y le preguntó:
—Imagino que irás a visitar a alguien, ¿no?
—Voy a Taulkinham —dijo, se pegó bien al asiento y miró por la ventanilla—. No conozco a nadie de ahí, pero voy a hacer cosas.
»Voy a hacer cosas que nunca hice —dijo y la miró de reojo y torció ligeramente la boca.
Ella dijo que conocía a un tal Albert Sparks de Taulkinham. Dijo que era el cuñado de su cuñada y que era…
—Yo no soy de Taulkinham —le aclaró Haze—. Dije que voy a ir allí, es todo.
La señora Hitchcock se puso otra vez a hablar pero él la interrumpió y le dijo:
—El mozo ese se crió en el mismo lugar que yo, pero dice que es de Chicago.
La señora Hitchcock dijo que conocía a un hombre que vivía en Chi…
—Da igual un lugar que otro, es lo único que sé.
La señora Hitchcock dijo que hay que ver cómo vuela el tiempo. Y que hacía cinco años que no veía a los niños de su hermana y que si llegaba a verlos, no sabía si los reconocería. Eran tres, Roy, Bubber y John Wesley. John Wesley tenía seis años y le había escrito una carta, querida tita. A ella la llamaban tita y a su marido, tito…
—Supongo que usted se piensa que la redimieron —dijo Haze.
La señora Hitchcock le dio un tirón al cuello del vestido.
—Supongo que se piensa que la redimieron —repitió.
Ella se sonrojó. Al cabo de un instante dijo que sí, que la vida era una inspiración y luego dijo que tenía hambre y le preguntó si no quería ir al vagón restaurante. Se puso el fiero sombrero negro y salió del compartimento detrás de ella.
El vagón restaurante estaba lleno y había gente esperando turno para entrar. Él y la señora Hitchcock hicieron media hora de cola, meciéndose en el estrecho pasillo; de cuando en cuando, se pegaban a los costados para dejar paso a un goteo de gente. La señora Hitchcock se puso a conversar con la mujer que tenía al lado. Hazel Motes miró a la pared. La señora Hitchcock le habló a aquella mujer del marido de su hermana, empleado en la compañía del agua de Toolafalls, Alabama, y la mujer le contó que su primo tenía cáncer de garganta. Por fin llegaron casi hasta la entrada del restaurante y vieron el interior. El camarero indicaba a la gente dónde sentarse y repartía los menús. Era blanco, llevaba el pelo negro grasiento, y su traje tenía un aspecto negro y grasiento. Se movía como un cuervo, saltando de mesa en mesa. Pidió a dos personas que entraran, la cola avanzó y Haze, la señora Hitchcock y la mujer con la que conversaba serían los siguientes en entrar. Al cabo de poco, se marcharon otras dos personas. El camarero les hizo una seña y entraron la señora Hitchcock y la mujer; Haze las siguió. El hombre detuvo a Haze y le dijo: «Dos nada más», y lo hizo retroceder hasta la puerta.
Haze se puso colorado como un tomate. Intentó colocarse detrás de la persona que iba antes que él y luego intentó abrirse paso en la cola para regresar al vagón en el que viajaba, pero cerca de la puerta había demasiada gente apretujada. Tuvo que seguir allí de pie y aguantar que todos lo mirasen. Durante un rato nadie salió. Finalmente, una mujer que se encontraba al fondo del vagón restaurante se levantó y el camarero agitó la mano. Haze vaciló y vio la mano agitarse otra vez. Avanzó, recorrió el pasillo tambaleándose, chocó contra dos mesas y se mojó la mano con el café de alguien. El camarero lo hizo sentar con tres mujeres más bien jóvenes, vestidas como papagayos.
Sus manos, rematadas en puntas rojas, descansaban sobre la mesa. Haze ocupó su sitio y se limpió la mano en el mantel. No se quitó el sombrero. Las mujeres habían terminado de comer y fumaban un cigarrillo. Se callaron cuando él se sentó. Señaló el primer plato del menú, y a su lado, el camarero le dijo: «Anótalo, m’hijito», y le hizo un guiño a una de las mujeres; ella resopló por la nariz. Haze lo anotó y el camarero se fue con el papel. Haze se quedó sentado, hosco y tenso, con la vista fija en el cuello de la mujer que tenía enfrente. A intervalos, la mano con la que sostenía el cigarrillo pasaba delante del lunar del cuello. La mano desaparecía de la vista de Haze, volvía a pasar y se posaba otra vez en la mesa. En un instante, una bocanada de humo llegó directa a la cara del muchacho. La mujer tenía una expresión de gallina descarada y clavaba los ojos pequeños directamente en él.
—Si fue usted redimida —dijo Haze—, yo no quisiera serlo.
Luego volvió la cabeza hacia la ventanilla. Vio su pálido reflejo en el negro espacio vacío de fuera. Un vagón de carga pasó rugiendo y partió en dos el espacio vacío; una de las mujeres se echó a reír.
—¿Usted cree en Jesús? —le preguntó inclinándose hacia ella, hablando como si le faltara el aliento—. Yo no creería aunque existiera. Aunque estuviese en este tren.
—¿Y quién dijo que tienes que creer en Él? —preguntó ella, a su vez, con un ponzoñoso tono del Este.
Haze se echó hacia atrás.
El camarero le trajo la cena. Él se puso a comer, despacio al principio, y luego más deprisa, mientras las mujeres observaban con fijeza cómo le resaltaban los músculos de las mandíbulas al masticar. Comía algo moteado a base de huevos e higadillos. Se terminó el plato, se tomó el café y sacó el dinero. El camarero lo vio pero no le llevó la cuenta. Cada vez que pasaba delante de la mesa, hacía un guiño a las mujeres y miraba fijamente a Haze. La señora Hitchcock y la mujer ya habían terminado y se habían ido. Finalmente, el hombre se acercó y le preparó la cuenta. Haze le tiró el dinero, se levantó y salió del vagón, empujándolo hacia un lado.
Se quedó un rato entre dos vagones, donde corría algo de aire fresco, y lió un cigarrillo. Entonces el mozo pasó entre los dos vagones.
—Eh, Parrum —le gritó.
El mozo no se detuvo.
Haze lo siguió al interior del vagón. Todas las literas estaban montadas. El hombre de la estación de Melsy le había vendido una litera porque dijo que si no, tendría que viajar toda la noche sentado en tercera; le había vendido una litera de arriba. Haze fue a la suya, bajó su macuto, se fue al lavabo de caballeros y se preparó para pasar la noche. Había comido demasiado, quería darse prisa, meterse en la litera y acostarse. Pensaba quedarse tumbado, mirar por la ventanilla y ver cómo pasaban los campos de noche desde un tren en marcha. Un cartel indicaba que había que avisar al mozo para subir a las de arriba. Haze guardó el macuto en su litera y luego fue a buscar al mozo. No lo encontró al final de vagón y se fue para la otra punta. Al ir a doblar chocó con algo pesado y rosa, que lanzó un grito ahogado y masculló: «¡Serás torpe!». Era la señora Hitchcock envuelta en un salto de cama rosa, llevaba el pelo hecho una maraña. Lo miró con los ojos entornados, casi cerrados del todo. Las greñas le enmarcaban la cara como negros hongos venenosos. Ella trató de avanzar y él quiso dejarla pasar, pero los dos se movieron a la vez. A ella se le puso la cara morada salvo por unas manchitas blancas que no se le encendieron. Se puso tiesa, se quedó inmóvil y le preguntó:
—¿Se puede saber qué es lo que te pasa?
Él se escurrió como pudo, salió corriendo pasillo abajo, chocó contra el mozo y lo hizo caer al suelo.
—Parrum, me tienes que ayudar a subir a la litera —dijo.
El mozo se levantó, se alejó tambaleándose pasillo abajo y al cabo de un momento regresó tambaleándose, imperturbable, con la escalera. Haze se quedó mirándolo mientras colocaba la escalera; después subió por ella. Cuando estaba en la mitad, se volvió y le dijo:
—Me acuerdo de ti. Tu padre era un negro que se llamaba Cash Parrum. Ya no puedes volver allí, nadie puede, aunque quisiera.
—Yo soy de Chicago —dijo el mozo, irritado—. Y no me llamo Parrum.
—Cash está muerto —dijo Haze—. Un puerco le pegó el cólera.
El mozo se quedó con la boca abierta y dijo:
—Mi padre era ferroviario.
Haze se echó a reír. El mozo apartó la escalera con un movimiento del brazo tan brusco que Haze tuvo que agarrarse de la manta. Se quedó un rato acostado boca abajo, inmóvil. Después se dio la vuelta, encendió la luz y miró a su alrededor. No había ventanilla. Estaba encerrado en aquella cosa salvo por un pequeño espacio sobre la cortina. El techo encima de la litera era bajo y curvo. Se acostó y se dio cuenta de que el techo curvo daba la impresión de no estar bien cerrado; daba la impresión de estar cerrándose. Se quedó acostado un rato, sin moverse. Notó en la garganta como una esponja con sabor a huevo. No quería darse la vuelta por temor a que se le moviera. Quería que la luz estuviese apagada. Levantó la mano sin darse la vuelta, tanteó en busca del interruptor, le dio y la oscuridad le cayó encima, y después, se hizo menos intensa gracias a la luz que se filtraba por el espacio sin cerrar, como de un palmo. Quería que la oscuridad fuera completa, no que estuviera diluida. Oyó al mozo acercarse por el pasillo, sus pasos mullidos en la alfombra, avanzaba sin pausa, rozando las cortinas verdes, luego los pasos se fueron perdiendo a lo lejos hasta que dejaron de oírse. Al cabo de un rato, cuando estaba a punto de quedarse dormido, creyó oír que sus pasos regresaban. Las cortinas de su lado se agitaron y los pasos se apagaron.
En el duermevela creyó que el lugar donde yacía era como un ataúd. El primer ataúd que había visto con alguien dentro fue el de su abuelo. Lo habían dejado abierto con una ramita aguantando la tapa la noche en que el ataúd quedó en la casa con el viejo dentro, y Haze lo había observado de lejos, pensando: no dejará que le pongan la tapa encima; cuando llegue el momento, el codo se colará por la rendija. Su abuelo había sido predicador ambulante, un viejo viperino, que había recorrido tres condados llevando a Jesús oculto en la cabeza como un aguijón. Cuando llegó la hora de enterrarlo, bajaron la tapa del ataúd y el viejo no movió un dedo.
Haze había tenido dos hermanos menores; uno murió en la infancia y lo metieron en un ataúd pequeño. El otro se cayó delante de una segadora cuando tenía siete. Su ataúd era la mitad de uno normal, y cuando lo cerraron, Haze salió corriendo y lo abrió de nuevo. Dijeron que fue por el desconsuelo de tener que separarse de su hermano, pero no fue por eso; fue porque se le ocurrió pensar en lo que pasaría si él hubiese estado en el ataúd y lo hubiesen cerrado.
Ya estaba dormido y soñaba que se encontraba otra vez en el entierro de su padre. Cuando se lo llevaban al cementerio, lo vio en el cajón, doblado hacia abajo con las manos y las rodillas recogidas. «Si mantengo el trasero en alto —oyó decir al viejo—, nadie me va a poner la tapa encima», pero cuando llegaron con su cajón al hoyo, lo dejaron caer con un ruido sordo y su padre quedó completamente tumbado, como todo el mundo. El tren dio una sacudida que lo despertó a medias, y pensó, por aquel entonces en Eastrod serían unas veinticinco personas, tres de ellas de los Motes. Ahora ya no quedaba un solo Motes, un solo Ashfield, un solo Blasengame, Fey, Jackson… o Parrum, ni siquiera los negros aguantaron. Al entrar por el camino, en la oscuridad vio la tienda de comestibles tapiada con tablas y el granero inclinado y la casa más pequeña medio desmontada, sin porche ni suelo en la entrada.
No tenía ese aspecto cuando él, con dieciocho años, había salido de allí. Entonces vivían en ella diez personas y no había reparado en que desde los tiempos de su padre se había hecho más pequeña. A los dieciocho se había marchado porque lo habían llamado a filas. Al principio pensó en dispararse en un pie para librarse. Iba a ser predicador, como su abuelo, y un predicador puede muy bien pasar sin un pie. La fuerza de un predicador está en su cuello, en su lengua y en su brazo. Su abuelo había recorrido tres condados en un automóvil Ford. Cada cuatro sábados viajaba a Eastrod como si llegara justo a tiempo para salvarlos a todos del Infierno, y sin haber abierto siquiera la puerta del coche, ya se había puesto a dar voces. La gente se congregaba alrededor de su Ford porque era como si los desafiase a que lo hicieran. Se subía al morro del coche y les gritaba desde arriba. Eran como piedras, les gritaba. ¡Pero Jesús había muerto para redimirlos! ¡Jesús estaba tan famélico de almas que había muerto una muerte por todos, pero habría muerto la muerte de todas las almas por uno solo de nosotros! ¿Lo comprendían? ¿Comprendían que por cada alma de piedra, Él habría muerto diez millones de muertes, se habría dejado colgar de pies y manos en la cruz y clavar diez millones de veces por uno solo de ellos? (El viejo señalaba a su nieto Haze. Le mostraba una total falta de respeto porque su propia cara se repetía casi con exactitud en la del niño y era como si se burlara de él.) ¿Sabían acaso que incluso por ese chico, por ese chico malo, pecador irresponsable que estaba ahí parado, abriendo y cerrando las manos sucias a los lados del cuerpo, Jesús moriría diez millones de muertes antes que dejar que su alma se perdiese? ¡Lo perseguiría sobre las aguas del pecado! ¿Dudaban acaso de que Jesús fuese capaz de caminar sobre las aguas del pecado? Aquel chico había sido redimido y Jesús no iba a abandonarlo jamás. Jesús nunca iba a dejar que olvidara que había sido redimido. ¿Qué se pensaba el pecador que iba a conseguir? ¡Al final Jesús lo haría suyo!
Al chico no le hacía falta oírlo. Llevaba en su interior una convicción negra, profunda y muda de que la forma de evitar a Jesús era evitando el pecado. Cuando cumplió doce años ya sabía que iba a ser predicador. Después, en lo más recóndito de su pensamiento, vio a Jesús ir de árbol en árbol, una figura asilvestrada y harapienta que por señas le pedía que se volviera y se internara en la oscuridad donde no conocía el terreno que pisaba, donde tal vez podía estar andando sobre el agua y no saberlo, y entonces, saberlo de repente y ahogarse. Él donde quería estar era en Eastrod con los ojos abiertos, las manos manipulando siempre lo familiar, los pies en terreno conocido y la boca cerrada. Cuando cumplió los dieciocho y lo llamaron a filas, vio la guerra como una trampa para hacerlo caer en la tentación, y se habría disparado en un pie de no haber confiado en regresar a los pocos meses, incorrupto. Tenía una gran confianza en su poder de resistir al mal; como la cara, era algo que había heredado de su abuelo. Pensó que si al cabo de cuatro meses el gobierno no había terminado con él, se marcharía de todos modos. Había pensado, entonces, cuando tenía dieciocho años, que les daría exactamente cuatro meses de su tiempo. Estuvo cuatro años; no regresó ni siquiera de visita.
Las únicas cosas de Eastrod que se llevó al ejército fueron una Biblia negra y un par de gafas con montura de plata que habían pertenecido a su madre. En una escuela del campo había aprendido a leer y a escribir y también que lo más prudente era no hacer ninguna de las dos cosas; la Biblia era el único libro que leía. No la leía a menudo, pero cuando lo hacía, se ponía las gafas de su madre. Le cansaban la vista, por eso al cabo de un rato siempre se veía obligado a dejar de leer. Tenía la intención de decirle a todo aquel del ejército que lo invitara a pecar, que él era de Eastrod, Tennessee, y que su intención era volver allí y quedarse, que iba a ser predicador del Evangelio y que no iba a permitir que su alma se viese condenada por el gobierno ni por ningún lugar extranjero al que lo mandaran.
Después de unas semanas en el campamento, cuando había hecho algunos amigos —no eran realmente amigos, pero tenía que vivir con ellos—, se le presentó la ocasión que había estado esperando; la invitación. Se sacó del bolsillo las gafas de su madre y se las puso. Entonces les dijo que no iría con ellos ni por un millón de dólares y una cama de plumas en la que acostarse; dijo que era de Eastrod, Tennessee, y que no iba a permitir que su alma se viese condenada por el gobierno ni por ningún lugar extranjero al que…, pero se le quebró la voz y no terminó la frase. Se los quedó mirando, tratando de endurecer el gesto. Sus amigos le dijeron que su asquerosa alma no le importaba a nadie más que al cura, y él consiguió contestarles que ningún cura que recibiera órdenes de ningún papa iba a meterse con su alma. Le dijeron que no tenía alma y se fueron al burdel.
Tardó mucho en creer en ellos, porque quería creer en ellos. Lo único que quería era creer en ellos y quitarse aquello de encima de una vez por todas, y allí vio la ocasión de quitárselo de encima sin corrupción, de convertirse a la nada en lugar de al mal. El ejército lo envió por medio mundo y se olvidó de él. Lo hirieron y se acordaron de él lo suficiente para sacarle la metralla del pecho —le dijeron que se la habían sacado, pero nunca se la mostraron y él todavía la notaba dentro, herrumbrada, envenenándolo—, y después lo enviaron a otro desierto y volvieron a olvidarse de él. Dispuso de todo el tiempo del mundo para estudiar su alma y asegurarse de que no la tenía. Cuando se convenció del todo, se dio cuenta de que era algo que había sabido siempre. El sufrimiento que sentía era nostalgia de su casa; no tenía nada que ver con Jesús. Cuando el ejército lo soltó por fin, se alegró de pensar que seguía incorrupto. Solo quería regresar a Eastrod, Tennessee. La Biblia negra y las gafas de su madre seguían en el fondo de su macuto. Ya no leía libros, pero conservó la Biblia porque la había traído de su casa. Conservó las gafas por si algún día le fallaba la vista.
Cuando el ejército lo había licenciado dos días antes en una ciudad a quinientos kilómetros al norte de donde él quería estar, se había ido enseguida a la estación de tren del lugar y había comprado un billete para Melsy, la parada más cercana a Eastrod. Como tuvo que esperar el tren cuatro horas, entró en una sombría tienda de confección cerca de la estación. La tienda era raquítica, olía a cartones, y se hacía más oscura cuanto más se internaba uno en ella. Se fue hacia el fondo y le vendieron un traje azul y un sombrero oscuro. Se hizo guardar el uniforme del ejército en una bolsa de papel y la echó en una caja con basura que había en un rincón. Una vez salió a la luz del día, el traje nuevo se volvió de un azul cegador y fue como si los pliegues del sombrero se atiesaran sin piedad.
Llegó a Melsy a las cinco de la tarde y consiguió cubrir más de la mitad de la distancia a Eastrod en un camión cargado de semillas de algodón. Cubrió a pie el resto del trayecto y llegó a las nueve de la noche, cuando acababa de oscurecer. La casa estaba tan oscura como la noche y abierta a ella, y aunque vio que la valla que la rodeaba estaba medio caída, y que la maleza asomaba en el suelo del porche, no se dio cuenta enseguida de que no era más que un armazón, de que allí no quedaba más que el esqueleto de una casa. Enrolló un sobre, le prendió fuego con un fósforo y recorrió los cuartos vacíos de arriba y de abajo. Cuando el sobre se quemó, encendió otro y volvió a recorrer los cuartos. Esa noche durmió en el suelo de la cocina, y del techo se desprendió una tabla que le cayó en la cabeza y le hizo un corte en la cara.
En la casa no quedaba más que el ropero en la cocina. Su madre siempre dormía en la cocina y guardaba allí su ropero de nogal. Había pagado treinta dólares por aquel ropero y no había vuelto a comprarse nada tan grande. Los que se habían llevado el resto de las cosas, se lo habían dejado. Abrió todos los cajones. En el de arriba encontró dos trozos de bramante y nada en los demás. Le pareció raro que no hubiera entrado nadie a robar un ropero como aquel. Cogió el bramante, lo ató a las patas y lo pasó por las tablas sueltas del suelo, luego dejó una hoja de papel en cada uno de los cajones con la nota: ESTE ROPERO ES DE HAZEL MOTES. NO ROBAR. AL QUE LO ROBE LO VOY A PERSEGUIR Y LO VOY A MATAR.
En su duermevela pensó en el ropero y llegó a la conclusión de que su madre descansaría mejor en su tumba, sabiendo que estaba protegido de alguna manera. Si ella llegaba a buscarlo por la noche, lo vería. Haze se preguntó si alguna vez su madre caminaba de noche y pasaba por ahí. Pasaría con aquella expresión en la cara, inquieta y atenta; como la expresión que él le había visto a través de la rendija del ataúd. Le había visto la cara a través de la rendija cuando fueron a bajar la tapa. Él tenía entonces dieciséis años. Había visto la sombra que le nubló la cara y le hizo torcer la boca como si de muerta no estuviese más contenta que en vida, como si fuera a levantarse de un salto, apartar la tapa, salir volando y darse por contenta: pero le cerraron la tapa. A lo mejor ella iba a salir volando de ahí dentro, a lo mejor iba a levantarse de un salto. Tremenda, como un murciélago enorme, la vio en sueños escapar rauda antes de que se cerrara la tapa y saliera volando de ahí, pero la tapa caía oscura sobre ella, cerrándose sobre ella todo el tiempo. Desde dentro él la vio cerrarse, bajar más y más, tapando la luz y el cuarto. Abrió los ojos, vio cómo bajaba la tapa, se levantó de un salto, se coló por la rendija, metió la cabeza y los hombros y allí se quedó, mareado, y en la tenue luz del tren entrevió poco a poco la alfombra. Se quedó quieto, asomado a la cortina de la litera y vio al mozo en el otro extremo del vagón, una silueta blanca en la oscuridad, ahí de pie, observándolo sin moverse.
—¡Me siento mal! —gritó—. No me pueden encerrar aquí dentro. ¡Déjenme salir!
El mozo siguió observándolo sin moverse.
—¡Ay, Jesús! ¡Jesús! —exclamó Haze.
El mozo no se movió y con tono amargo y triunfante dijo:
—Hace mucho que Jesús se fue.
No llegó a la ciudad hasta las seis de la tarde siguiente. Aquella mañana, se había bajado en una parada de enlace para tomar el aire y mientras miraba para otro lado, el tren se le había escapado. Echó a correr detrás de él, pero se le cayó el sombrero y tuvo que echar a correr en dirección contraria para recuperarlo. Por suerte, había bajado con el macuto por temor a que alguien le robara algo. Tuvo que esperar seis horas en la parada de enlace para tomar el siguiente tren.
Al llegar a Taulkinham, en cuanto se bajó del tren, empezó a ver letreros y luces. CACAHUETES, WESTERN UNION, AJAX, TAXI, HOTEL, CARAMELOS. La mayoría eran luminosos y se movían de arriba abajo o parpadeaban frenéticamente. Haze caminaba muy despacio, sujetando el macuto por el cuello. Volvía la cabeza a un lado y luego al otro, primero hacia un letrero y luego hacia otro. Recorrió la estación en un sentido y luego volvió sobre sus pasos como si fuera a montarse otra vez en el tren. Bajo el pesado sombrero, su cara tenía un gesto adusto y decidido. Nadie que lo observase hubiera adivinado que no tenía adónde ir. Recorrió dos o tres veces la sala de espera llena de gente, pero no quiso sentarse en los bancos que allí había. Quería ir a un lugar apartado.
Al final abrió la puerta en un extremo de la estación, donde un letrero sencillo, en blanco y negro, indicaba «LAVABO DE CABALLEROS. BLANCOS». Entró en un cuarto estrecho con una serie de lavamanos a lo largo de una de las paredes y una fila de compartimentos de madera, en la otra. En otros tiempos, las paredes del cuarto habían sido de un amarillo alegre y brillante, pero ahora eran casi verdes y estaban cubiertas de frases escritas y dibujos detallados de las partes del cuerpo de hombres y mujeres. Algunos de los compartimentos tenían puertas y en una de las puertas, escrito con lo que parecía un lápiz de color, se leía bien grande la palabra «BIENVENIDO», seguida de tres signos de admiración y algo parecido a una serpiente. Haze entró en ese.
Llevaba sentado un rato en el estrecho compartimento, examinando las inscripciones de los laterales y de la puerta, cuando descubrió una, a la izquierda, encima del papel higiénico. Estaba escrita con una letra como de borracho. Decía:
¡Señora Leora Watts!
Buckley Road, 60
¡La cama más acogedora de la ciudad!
Hermano
Poco después, sacó un lápiz del bolsillo y apuntó la dirección en el dorso de un sobre.
Una vez fuera, tomó un taxi amarillo y le indicó al taxista adónde quería ir. El taxista era un hombre pequeño, llevaba una gran gorra de cuero en la cabeza y en el medio de la boca le asomaba la punta de un cigarro. Recorrieron unas cuantas manzanas antes de que Haze notase que lo espiaba por el retrovisor.
—No es amigo de ella, ¿verdad? —le preguntó el taxista.
—No la vi nunca —contestó Haze.
—¿Y cómo sabe dónde vive? Normalmente no anda con predicadores. —Cuando hablaba el cigarro no se movía de su sitio; era capaz de hacerlo por los dos lados de la boca.
—No soy predicador —dijo Haze, frunciendo el gesto—. Encontré su nombre en el lavabo.
—Tiene usted pinta de predicador —dijo el taxista—. Ese sombrero que lleva parece de predicador.
—Pues no —dijo Haze, se inclinó hacia adelante y aferró el respaldo del asiento delantero—. Es un sombrero y punto.
Pararon delante de una casita de una planta, entre una gasolinera y un terreno baldío. Haze se apeó y pagó por la ventanilla.
—No es solo el sombrero —dijo el taxista—. Es también algo que se le nota en la cara.
—Oiga —dijo Haze, ladeando el sombrero sobre un ojo—, que no soy predicador.
—Comprendo —dijo el taxista—. No hay nadie perfecto en esta verde tierra de Dios, ni los predicadores ni nadie. Podrá explicarle mejor a la gente lo terrible que es el pecado si lo aprende por experiencia propia.
Haze metió la cabeza por la ventanilla, se golpeó sin querer y se le cayó otra vez el sombrero. Dio la impresión de haberse golpeado también la cara porque la tenía completamente inexpresiva.
—Oiga —dijo—, a ver si nos entendemos, que yo no creo en nada.
El taxista se sacó de la boca la colilla del cigarro.
—¿En nada de nada? —Y tras formular la pregunta se quedó con la boca abierta.
—No estoy obligao a decirlo más que una vez —contestó Haze.
El taxista cerró la boca y al cabo de un momento volvió a meterse en ella el cigarro.
—Ese es el problema con ustedes, los predicadores. Que se consideran demasiado buenos pa creer en nada —dijo el taxista y se alejó con cara de disgusto y aire de superioridad moral.
Haze se dio la vuelta y contempló la casa en la que se disponía a entrar. Era poco más que una barraca, pero en una de las ventanas del frente se veía un cálido resplandor. Fue hasta el porche delantero, espió por una práctica rendija en la persiana y se sorprendió al encontrarse con una enorme rodilla blanca. Al cabo de un rato se apartó de la rendija y fue a la puerta delantera. No estaba cerrada con llave y entró en un vestíbulo pequeño y oscuro con una puerta a cada lado. La de la izquierda estaba entreabierta y por ella se colaba un haz de luz. Haze fue hacia la luz y espió por la rendija.
La señora Watts estaba sola, sentada en una cama de hierro blanco, cortándose las uñas de los pies con unas tijeras grandes. Era una mujer corpulenta, de cabello muy rubio y piel blanca, que brillaba gracias a un preparado grasiento. Llevaba un camisón rosa que habría quedado mejor en alguien con un tipo más menudo.
Haze hizo un ruido con el pomo de la puerta y ella levantó la vista y lo vio por la rendija. La mirada de la mujer era descarada, penetrante y segura. Poco después, ella apartó la vista y siguió cortándose las uñas de los pies.
Él entró y se puso a mirar a su alrededor. En el cuarto no había gran cosa, la cama, una cómoda y una mecedora repleta de ropa sucia. Se acercó a la cómoda, toqueteó una lima de uñas y luego un bote vacío de jalea, mientras por el espejo amarillento observaba a la señora Watts, que, ligeramente distorsionada, le sonreía. Tenía los sentidos a flor de piel. Se dio la vuelta deprisa, se acercó a la cama y se sentó en el extremo más alejado. Inspiró mucho aire por una ventana de la nariz y pasó la mano con cuidado por la sábana.
La señora Watts sacó la punta rosada de la lengua y se humedeció el labio inferior. Parecía alegrarse de verlo como si se tratase de un viejo amigo, pero no dijo una palabra.
Haze le levantó un pie, que era pesado pero no estaba frío, lo movió apenas hacia un lado y dejó la mano sobre él.
La señora Watts abrió la boca, sonriendo de oreja a oreja y dejando al descubierto unos dientes pequeños, puntiagudos, moteados de verde, muy separados entre sí. Tendió la mano y sujetó a Haze del brazo, por encima del codo.
—¿Qué? ¿Buscabas algo? —preguntó, alargando las palabras.
Si no lo hubiese tenido asido del brazo con tanta firmeza, Haze habría saltado por la ventana. Involuntariamente sus labios formaron las palabras «Sí, señora», pero de ellos no salió sonido alguno.
—¿Algo que te preocupa? —preguntó la señora Watts, tirando de su cuerpo rígido y acercándolo a ella un poco más.
—Oiga —dijo Haze, tratando con todas sus fuerzas de dominar la voz—, vengo pa lo que usted ya sabe.
La señora Watts se quedó con la boca abierta, como si estuviese perpleja ante aquel derroche de palabras y se limitó a decirle:
—Ponte cómodo, estás en tu casa.
Se miraron un buen rato y ninguno de los dos se movió. Entonces él dijo con un tono de voz más alto de lo habitual:
—Quiero que le quede clara una cosa, que no soy un maldito predicador.
La señora Watts lo miró fijamente con una sonrisita apenas perceptible. Después, le puso la otra mano debajo de la cara y, con aire maternal, le hizo cosquillas y le dijo:
—No hay problema, m’hijito. A mami no le importa que no seas predicador.