En busca de lo eterno
EN REALIDAD, Dios no es el centro de la búsqueda religiosa... el centro es la muerte. Sin la muerte no existiría la religión. La muerte es la que hace que el hombre busque e indague más allá, en lo eterno.
La muerte nos rodea como un océano rodea una islita. La isla puede quedar inundada en cualquier instante. El instante siguiente puede que nunca suceda, el mañana puede no llegar nunca. Los animales no son religiosos por la sencilla razón de que no tienen conciencia de la muerte. No pueden concebirse muriendo, aunque vean hacerlo a otros animales. Que alguien observe a otro ser muriéndose y que llegue a la conclusión de que «yo también voy a morir», representa un avance espectacular. Los animales no están tan alerta ni son tan conscientes como para llegar a tal conclusión.
Y la mayoría de los seres humanos también son infrahumanos. Un ser humano es auténticamente maduro cuando llega a esta conclusión: «Si la muerte le llega a todo el mundo, entonces yo no puedo ser una excepción». Una vez que dicha conclusión penetra en lo más profundo del corazón, la vida ya no vuelve a ser igual. No se puede seguir apegado a la vida como antes. ¿Qué sentido tiene ser tan posesivos si nos será arrebatada? ¿Por qué apegarse y sufrir si un día desaparecerá? ¿Para qué tanta desdicha, angustia y preocupación si la vida no va a durar para siempre? Si tiene que irse, se irá, y por tanto no importa cuándo. El momento deja de tener importancia: hoy, mañana, pasado mañana... la vida acabará yéndose.
El día en que seas consciente de que vas a morir, de que tu muerte es
una certeza absoluta... sabrás que la única certeza en la vida es la muerte. Nada es tan absolutamente cierto. Pero no obstante, seguimos evitando la cuestión, la cuestión de la muerte. Seguimos ocupándonos en otras cosas. A veces hablamos de grandes temas —Dios, cielo e infierno— solo para evitar la auténtica cuestión. La auténtica cuestión no es Dios, no puede serlo, porque ¿qué familiaridad tenemos con Dios?, ¿qué sabemos de Dios?, ¿cómo podemos indagar en algo que nos es totalmente desconocido? Sería una indagación vacua. Como mucho sería curiosidad juvenil, infantil, estúpida.
La gente estúpida pregunta por Dios, las personas inteligentes preguntan sobre la muerte. Las gentes que van por ahí preguntando sobre Dios nunca acaban de encontrarle, mientras que quienes preguntan sobre la muerte están destinados a encontrar a Dios... porque la muerte es lo que les transforma, lo que cambia su visión. Su conciencia está aguzada porque han planteado la auténtica cuestión, una cuestión auténtica, la más importante de la vida. Han creado un desafío tan enorme que no pueden seguir dormidos; hay que despertar, hay que estar lo suficientemente alerta como para hallar la realidad de la muerte.
Así es cómo empezó la búsqueda del Buda Gautama:
El día en que el Buda nació... su padre fue un gran rey, y él su único hijo, que nació cuando el rey envejecía; por ello su nacimiento fue motivo de una gran alegría en el reino. El pueblo había esperado mucho. El rey era muy amado por su pueblo; les había servido, había sido amable y compasivo con ellos, había sido muy cariñoso y había compartido sus bienes. Había convertido su reino en uno de los más ricos y maravillosos de aquellos tiempos. El pueblo rezaba para que su rey tuviese un hijo porque no tenía herederos. Y entonces nació el Buda, cuando el rey ya era anciano; un nacimiento inesperado. ¡Hubo una gran alegría y celebración! Todos los astrólogos del reino se reunieron para predecir el futuro del Buda. Se llamó Siddhartha, ese fue el nombre que le dieron. Siddhartha, porque significa satisfacción. El rey estaba satisfecho, su deseo estaba colmado, su más profundo anhelo se había cumplido... Quería un hijo, había querido un hijo toda su vida; por eso el nombre de Siddhartha, que significa satisfacción del deseo más profundo.
Ese hijo hizo que la vida del rey tuviese sentido. Los astrólogos, unos muy importantes, hicieron sus predicciones... Y todos ellos estuvieron de acuerdo menos uno muy joven, llamado Kodanna. El rey preguntó:
—¿Qué pasará en la vida de mi hijo?
Y todos los astrólogos levantaron dos dedos, excepto Kodanna, que solo levantó uno.
El rey preguntó:
—Por favor, no me hablen con signos... Soy un hombre sencillo, no
sé nada de astrología. Díganme, ¿qué significan esos dos dedos?
Todos ellos respondieron:
—Que o bien se convertirá en chakravartin (soberano del mundo)
o que renunciará al mundo y se convertirá en un buda, una persona iluminada. Esas dos alternativas están latentes, y por eso alzamos dos dedos.
Al rey le preocupó la segunda alternativa, la de que renunciaría al mundo.
—Entonces seguimos con el mismo problema: ¿quién heredará mi reino si él renuncia al mundo? —Y entonces preguntó a Kodanna—: ¿Por qué has levantado solo un dedo?
Kodanna respondió:
—Estoy absolutamente seguro de que renunciará al mundo; se convertirá en un buda, en un iluminado, en un ser despierto.
Al rey no le gustó la contestación de Kodanna. La verdad resulta muy difícil de aceptar. Ignoró a Kodanna, que no fue recompensado; la verdad no obtiene recompensa en este mundo. Por el contrario, la verdad se castiga de mil maneras. De hecho, el prestigio de Kodanna cayó por los suelos a partir de aquel día. Como no fue recompensado por el rey, se corrió el rumor de que era un loco. Todos los astrólogos habían coincidido, y él fue el único en disentir.
El rey preguntó a los otros astrólogos:
—¿Y qué sugerís? ¿Qué debo hacer para que no renuncie al mundo?
No querría que se convirtiese en mendigo, y no querría verle de sannyasin. Querría que fuese un chakravartin, soberano de los seis continentes. —La ambición de todo padre. ¿A quién le gustaría que su hijo o
hija renunciase al mundo y se fuese a las montañas, para penetrar en su
propia interioridad, para buscar e indagar en el yo?
Nuestros deseos son extravertidos. El rey era un hombre ordinario, como cualquiera, con los mismos deseos y ambiciones. Los astrólogos le dijeron:
—Puede arreglarse: proporcionadle todo el placer posible, rodeadle de tantas comodidades y lujos como sea humanamente posible. No permitáis que sepa nada sobre la enfermedad, la vejez, y sobre todo acerca de la muerte. No dejéis que sepa nada acerca de la muerte y nunca renunciará.
Tenían razón, porque la muerte es la cuestión central. Una vez que surge en el corazón, cambia tu manera de vivir. Ya no puedes seguir viviendo de la misma manera sin sentido. Si esta vida va a finalizar en la muerte, entonces esta vida no puede ser una vida real; entonces debe de ser una ilusión. La verdad, para serlo, debe ser eterna; solo las mentiras son momentáneas. Si la vida es momentánea, entonces debe de ser una ilusión, una mentira, una idea falsa, un malentendido; la vida estará, pues, basada en la ignorancia. Debemos vivirla teniendo bien presente que acabará terminándose.
Podemos vivir de forma distinta para poder convertirnos en parte del eterno fluir de la existencia. Solo la muerte puede proporcionar ese giro radical.
Así que los astrólogos dijeron: «Por favor, que no sepa nada acerca de la muerte». Y el rey se encargó de todo. Hizo construir tres palacios para Siddhartha, para que los ocupase en diferentes estaciones y en lugares distintos, de manera que nunca padeciese las inclemencias del tiempo. Cuando hacía demasiado frío contaba con otro palacio junto a un río donde siempre hacía más calor. Lo arregló todo para que nunca sintiese incomodidad alguna.
En los palacios donde vivía no se permitía la entrada a los ancianos; solo a los jóvenes. Reunió a su alrededor a todas las jóvenes hermosas del reino para que permaneciese cautivado, fascinado, lleno de ensoñaciones y deseos. Se recreó un dulce mundo de ensoñaciones para él. A los jardineros se les ordenó que recogiesen las hojas muertas durante la noche; las flores marchitas también debían ser cortadas de noche, porque, ¿quién sabe...?, tal vez al ver una hoja muerta podría empezar a preguntarse acerca de lo que le sucedía a la hoja, y esa pregunta podría hacer surgir la cuestión de la muerte. Al ver una rosa marchita o los pétalos caídos, podría preguntarse: «¿Qué le ha sucedido a esa rosa?», y empezar a cavilar y meditar sobre la muerte.
Se le mantuvo totalmente inconsciente de la muerte durante veintinueve años. ¿Pero durante cuánto tiempo puede evitarse? La muerte es un fenómeno tan importante... ¿Cuánto tiempo puede uno engañarse? Más tarde o más temprano tenía que acabar entrando en el mundo. El rey se estaba haciendo muy viejo y el hijo tenía que saber cómo funcionaba el mundo, así que poco a poco se le permitió recorrer las calles de la ciudad, pero siempre que lo hacía se apartaba a todos los ancianos y mendigos. Ningún sannyasin ni monje podía cruzar la calle mientras él pasaba, porque al ver a un sannyasin podría preguntar: «¿Qué clase de hombre es ese? ¿Por qué viste de color naranja? ¿Qué le ha pasado? ¿Por qué parece diferente, desapegado, distinto? Su mirada es diferente, también su manera de vestir, y su presencia tiene una cualidad particular. ¿Qué ocurre con ese hombre?». Y luego aparecería la cuestión del renunciamiento, y sobre todo la de la muerte... Pero llegaría un día en que acabaría pasando. No podía evitarse.
Nosotros hacemos lo mismo. Si alguien muere y el funeral pasa junto a nosotros, las madres meten a sus hijos en casa y cierran las puertas.
La historia es muy significativa, simbólica, típica. Ningún padre quiere que su hijo sepa nada acerca de la muerte, porque entonces, inmediatamente, empezará a hacer preguntas muy incómodas. Por eso construimos los cementerios fuera de las poblaciones, para que nadie tenga necesidad de ir allí. La muerte es un suceso central; el cementerio debería hallarse exactamente en el centro de la ciudad, para que todo el mundo pasase junto a él a todas horas. Al ir a la oficina, regresar a casa, ir al colegio, a la universidad, al volver a casa, al ir a la fábrica..., para que así tuviéramos siempre presente la muerte. Pero construimos los cementerios fuera de la ciudad, y los embellecemos mucho, con flores y árboles. Intentamos ocultar la muerte, y en Occidente, sobre todo, la muerte es ahora un tabú. Así como antes el sexo era tabú, ahora la muerte es tabú.
La muerte es el último tabú.
Necesitamos una especie de Sigmund Freud. Un Sigmund Freud
que pueda traer de vuelta la muerte al mundo, que pueda exponer a la gente al fenómeno de la muerte.
Cuando en Occidente muere una persona, su cuerpo se adorna, baña, perfuma, pinta. Ahora hay expertos que llevan a cabo esas tareas. Y si veis a un muerto o muerta, os llevaréis una sorpresa: ¡parece más vivo que cuando lo estaba! Le pintan el rostro, y sus mejillas están sonrosadas, y su rostro luminoso; parece estar durmiendo en un espacio calmo y tranquilo.
¡Nos engañamos a nosotros mismos! No es a él a quien engañamos, pues él ya no sigue ahí. No es nadie, solo un cuerpo muerto, un cadáver. Pero nos engañamos a nosotros mismos al pintarle el rostro, engalanar su cuerpo y ponerle ropas hermosas, llevando su cuerpo en un coche caro, y con una gran procesión y mucho aprecio por la persona muerta. Nunca fue apreciada mientras estuvo con vida, pero ahora no hay nadie que la critique, todo el mundo la alaba.
Intentamos engañarnos a nosotros mismos; embellecemos todo lo posible la muerte de manera que la cuestión no surja. Y seguimos viviendo en la ilusión de que siempre es el otro el que muere: obviamente, no presenciaremos nuestra propia muerte, sino que siempre vemos morir a los demás. La conclusión es lógica: ¿por qué preocuparnos si siempre es el otro el que muere? Nos parece que somos excepcionales, que Dios ha hecho una regla distinta para nosotros.
Recuerda, nadie es una excepción. El Buda dijo: «Aes dhammo sanantano», «Solo una ley lo rige todo, una ley eterna». Todo lo que le vaya a ocurrir a la hormiga le sucederá también al elefante, y sea lo que sea lo que le suceda al mendigo también le sucederá al emperador. La ley no distingue entre pobre o rico, ignorante o sabio, santo o pecador; la ley es justa.
Y la ley es muy comunista, iguala a las personas. No se interesa por quiénes somos. Nunca mira las páginas de los libros tipo Quién es quién. No se preocupa de si eres un pordiosero o Alejandro Magno.
Algún día Siddhartha tenía que hacerse consciente, y así sucedió. Iba a participar en un festival de la juventud; iba a inaugurarlo. Se suponía, claro está, que el príncipe inauguraría el festival juvenil anual. Era un atardecer hermoso; la juventud del reino se había reunido para bailar, cantar y divertirse toda la noche. El primer día del año... una celebración que duraría toda la noche. Y Siddhartha iba a inaugurarla.
Por el camino encontró lo que su padre siempre había temido que viese: se cruzó con todo ello. Primero vio a un enfermo, su primera experiencia de la enfermedad. Preguntó:
—¿Qué ha sucedido?
La historia es muy hermosa. Dice que su auriga iba a mentirle, pero un alma incorpórea tomó posesión de él, forzándole a decir la verdad. Tuvo que decir, a pesar de sí mismo:
—Ese hombre está enfermo.
Y el Buda preguntó inmediatamente:
—Entonces ¿yo también puedo enfermar?
El auriga tenía intención de volver a mentir, pero el alma de un dios, un alma iluminada, un alma incorpórea, le obligó a decir «Sí». Al auriga le desconcertó que quisiera decir no, pero las palabras que pronunció fueron:
—Sí, también vos enfermaréis.
A continuación se encontró con un anciano, e hizo las mismas preguntas. Luego con un cuerpo que era llevado al terreno de cremación, y surgió la misma pregunta... Y cuando el Buda vio aquel cuerpo muerto y preguntó:
—¿Entonces yo también moriré algún día?
Y el auriga dijo:
—Sí, señor. Nadie es una excepción. Siento decíroslo, pero nadie es
una excepción... incluso vos moriréis algún día.
El Buda dijo:
—Entonces da la vuelta. No tiene sentido acudir a un festival juvenil. Voy a enfermar, ya he envejecido y estoy a punto de morir. Si un día
moriré, ¿qué sentido tiene toda esta tontería de vivir esperando la muerte? Antes de que llegue querría conocer algo que nunca muere. Ahora
dedicaré toda mi vida a la búsqueda de algo eterno. Si existe algo eterno,
entonces lo único que tiene sentido en la vida es esa búsqueda.
Y mientras decía eso tuvo el cuarto encuentro: un sannyasin, un monje, ataviado con una túnica naranja, que caminaba con paso meditativo. Y el Buda preguntó:
—¿Qué le ha sucedido a ese hombre?
Y el auriga respondió:
—Señor, eso es lo que estáis pensando hacer vos. Ese hombre ha visto la muerte y va en busca de lo eterno.
Esa misma noche, el Buda renunció al mundo; dejó su hogar en busca de lo inmortal, en busca de la verdad.
La muerte es la cuestión más importante de la vida. Y quienes aceptan el desafío de la muerte son inmensamente recompensados.
Advertencia: la cuestión de creer
SI CREES TAMBIÉN DUDARÁS. Nadie puede creer sin dudar. Que quede claro de una vez por todas: nadie puede creer sin dudar. Toda creencia es una tapadera de la duda.
Creer es solo la circunferencia del centro llamado duda; porque la duda está ahí se crea la creencia. La duda duele, es como una herida, es dolorosa. La duda duele porque es una herida; te hace sentir el vacío interno, la ignorancia interior. Quieres ocultarla. Pero ¿crees que te ayudará esconder la herida tras una rosa? ¿Piensas que la rosa podrá hacer que la herida desaparezca? ¡Al contrario! Más tarde o más temprano la rosa empezará a apestar por culpa de la herida. La herida no desaparecerá a causa de la rosa; de hecho será la rosa la que desaparezca a causa de la herida.
Puede que consigas engañar a alguien que mire desde fuera —tus vecinos podrían llegar a creer que no hay herida, sino una rosa—, pero ¿cómo podrás engañarte a ti mismo? Es imposible. Nadie puede engañarse a sí mismo; en lo profundo de ti mismo sabes la verdad, sabes que la herida existe y que intentas ocultarla tras una flor. Y sabes que la rosa es arbitraria: no ha crecido en ti, la has arrancado del exterior, mientras la herida crecía dentro de ti; la herida no la has arrancado del exterior.
El niño lleva la duda en sí, una duda interna, que es natural. A causa de ella indaga, y a causa de ella pregunta. Acompaña a un niño a dar un paseo matinal por el bosque, y te hará tantas preguntas que te aburrirá, que desearás decirle que se calle. Pero continuará preguntando.
¿De dónde provienen todas esas preguntas? Para él son naturales. La duda es un potencial interno; es la única manera en que el niño podrá inquirir, buscar e indagar. No hay nada malo en ello. Vuestros sacerdotes os han estado mintiendo, os han dicho que en la duda hay algo malo. Pero no es cierto. Es algo natural, y por ello debe ser aceptada y respetada. Cuando respetas tu propia duda, deja de ser una herida; cuando la rechazas, se convierte en herida.
Seamos claros: la duda en sí misma no es ninguna herida. Es una ayuda tremenda, porque te convertirá en un aventurero, en un explorador. Te llevará hasta los confines del universo en busca de la verdad, te convertirá en peregrino. No hay nada malo en dudar. La duda es hermosa, inocente, natural. Pero los sacerdotes no han hecho más que condenarla a lo largo de la historia. Y a causa de su condena, la duda, que podría haber florecido en confianza, se ha convertido en una herida. Condena lo que sea y se convertirá en una herida, rechaza cualquier cosa y se volverá una herida.
Mi enseñanza es que lo primero que hay que hacer es no tratar de creer. ¿Por qué? Si la duda está ahí, ¡es porque existe! No es necesario ocultarla. De hecho, hay que permitir su existencia, ayudarla, dejar que se convierta en la gran búsqueda. Que se convierta en las mil y una preguntas, y al final te darás cuenta de que las preguntas no son lo que importa, ¡sino los signos de interrogación! La duda no es una búsqueda para creer; la duda simplemente busca a tientas el misterio, lleva a cabo todo tipo de esfuerzos para entender lo inentendible, para comprender lo incomprensible... un esfuerzo a tientas.
Si buscas, si indagas, sin llenarte de creencias prestadas, sucederán dos cosas: la primera es que nunca tendrás creencia alguna. Recuerda, la duda y la incredulidad no son sinónimos. La incredulidad tiene lugar únicamente cuando ya has creído, cuando te has engañado a ti mismo y a los demás. La incredulidad solo aparece cuando la creencia ha penetrado en ti; es una sombra del creer.
Todos los creyentes son incrédulos, sean hinduistas, cristianos o jainistas. ¡Los conozco a todos! Todos los creyentes son incrédulos porque creer conlleva ser incrédulo, que es la consecuencia del creer. ¿Puedes creer sin incredulidad? Es imposible; no puede ser según la naturaleza de las cosas. Si quieres ser incrédulo, el primer requisito es creer.
¿Puedes creer sin que la incredulidad entre por la puerta de atrás? ¿O es que acaso puedes ser incrédulo sin creer en primer lugar? Cree en Dios e inmediatamente aparece la incredulidad. Cree en el más allá y surge la incredulidad. La incredulidad es secundaria, el creer viene en primer lugar.
Pero hay millones de personas en el mundo que solo quieren creer; no aceptan la incredulidad. Yo no puedo ayudarles, nadie puede hacerlo. Si solo te interesa creer, también tendrás que sufrir la incredulidad. Permanecerás dividido, quebrado, esquizofrénico. No podrás sentir la unidad orgánica; habrás impedido que suceda.
¿Cuál es mi consejo? Primero, dejar de creer. Abandonar las creencias, ¡son basura! Confía en la duda, esa es mi sugerencia; no intentes ocultarla. Confía en la duda. Eso es lo primero que tienes que hacer, confiar en tu duda y ver cuán hermosa es, qué maravillosa confianza ha penetrado en ti.
No digo creencia, sino confianza. La duda es un don natural; debe provenir de Dios. ¿De dónde si no? Has de llevar la duda en ti... confiar en ella, confiar en tu cuestionamiento y no tener prisa por llenarla y ocultarla mediante creencias tomadas prestadas del exterior, de los padres, los sacerdotes, los políticos, de la sociedad y la Iglesia. Tu duda es algo hermoso porque es tuya; es algo hermoso porque es auténtica. Algún día, de esta duda auténtica florecerá la flor de la auténtica confianza. Será un florecimiento interior, y no una imposición del exterior.
Esa es la diferencia entre creer y confiar; la confianza crece en tu interior, en tu interioridad, en tu subjetividad. La confianza es interna, al igual que la duda. Y solo lo interior puede transformar lo interno. La creencia proviene del exterior; no puede servir de ayuda porque no alcanza el centro de tu ser, que es donde está la duda.
¿Cómo empezar? Confiando en tu duda. Ese es mi método para obtener confianza. No creas en Dios, no creas en el alma, no creas en el más allá. Confía en tu duda, y la conversión habrá empezado al momento. La confianza es una fuerza tan poderosa que incluso si confías en tu duda la habrás iluminado. Y la duda es como la oscuridad. Esa pequeña confianza en la duda empezará a cambiar tu mundo interior, el paisaje interno.