Claro que sí. Seguro. Yo nunca olvido una cara.

¡Ven, acércate, deja que te estreche la mano! Qué curioso: te he reconocido por tu manera de andar antes incluso de verte la cara. No podrías haber escogido un día mejor para regresar a Castle Rock. ¿No tiene un aspecto estupendo? Falta poco para que empiece la estación de caza y los bosques se llenen de esos estúpidos dispuestos a disparar sobre cualquier cosa que se mueva y no sea de color anaranjado chillón, y luego llegará la nieve y el hielo. Pero todo eso será más adelante; de momento, estamos en octubre y en Castle Rock dejamos que octubre dure todo el tiempo que quiera.

Para mí, esta es la mejor época del año. La primavera también es espléndida en esta región, pero yo, decididamente, prefiero octubre al mes de mayo. El oeste de Maine es una parte del estado que queda prácticamente olvidada cuando termina el verano y los ocupantes de los chalets junto al lago y el mirador regresan a Nueva York y a Massachusetts. La gente de aquí los ve llegar y marcharse cada año: hola, hola, hola; adiós, adiós, adiós. Está bien que vengan porque traen consigo los dólares de la ciudad, pero se agradece que se marchen porque también traen con ellos las neuras de la gran urbe.

De eso, de neuras, es de lo que quería hablar mayormente... ¿Te apetece sentarte conmigo un rato? Aquí, en los peldaños del quiosco de la banda, estaremos bien. El sol calienta y desde aquí, justo en medio del parque municipal, se alcanza a ver casi todo el centro comercial del pueblo. ¡Ah, pero cuidado con las astillas! Esos peldaños necesitan un buen lijado y otra capa de pintura. Es tarea de Hugh Priest, pero aún no se ha puesto a hacerlo. Hugh bebe, ¿sabes? No es ningún secreto. En Castle Rock se puede guardar un secreto —de hecho, alguno habrá—, pero hay que poner mucho empeño para mantenerlo oculto, y desde hace mucho tiempo casi todos sabemos que Hugh Priest y el trabajo duro están reñidos.

¿Qué era eso, preguntas?

¡Ah, eso! Vaya, muchacho, eso sí que es trabajar de firme, ¿no crees? ¡Esas hojas de propaganda están por todo el pueblo! Me parece que casi todas ellas las ha pegado con sus propias manos Wanda Hemphill (Don, su marido, es el propietario del supermercado Hemphill). Arranca una del poste y pásamela. No seas tímido, hombre; de entrada, nadie debería pegar octavillas como esas en el quiosco de la banda del parque municipal.

Fíjate en lo que ponen. Resulta infame, ¿verdad? Ese nombrecito, LOS DADOS Y EL DIABLO, impreso en la parte superior, en grandes letras rojas con humo saliendo de ellas, como esas cosas que mandaban de Tophet por correo especial. ¡Ja! Supongo que quien no conozca lo pequeño y somnoliento que es el pueblo podría pensar que lo estamos echando a perder. Pero ya sabes que a veces, en una población de este tamaño, las cosas se sacan de quicio. Y desde luego, en esta ocasión, el reverendo Willie ha tenido una idea absurda. De eso no cabe duda. En las poblaciones pequeñas, las Iglesias de los diversos credos..., en fin, supongo que no necesito decirte cómo andan las cosas entre ellas: se toleran mutuamente —más o menos—, pero nunca están del todo en paz. Durante una temporada todo funciona pacíficamente y, de pronto, surge alguna disputa.

Sin embargo, esta vez, la disputa es bastante considerable y enciende un montón de pasiones. Los católicos, ¿sabes?, proyectan algo que llaman «Noche de Casino» en el Salón de los Caballeros de Colón, al otro extremo del pueblo. Según tengo entendido, lo celebrarán el último jueves de mes y los beneficios se destinarán al pago de las reparaciones del tejado de la iglesia. Me refiero a la iglesia de Nuestra Señora de las Aguas Serenas..., tienes que haber pasado por delante de ella, si venías por la parte de Castle View. Una capilla preciosa, ¿verdad?

Esa «Noche de Casino» fue idea del padre Brigham, pero son las Hijas de Isabel quienes han recogido la iniciativa y la han puesto en marcha. En especial, Betsy Vigue. Creo que a Betsy le gusta la idea de emperifollarse con su vestido negro más ajustado y servir cartas en la mesa de blackjack o hacer girar la ruleta mientras anuncia: «Hagan sus apuestas, damas y caballeros, coloquen sus fichas, por favor». Pero, en fin, supongo que a todas les complace de algún modo la idea. Es todo muy inocente, cosa de algunas monedas, pero a ellas les parece, de todos modos, un poco perverso.

A quien la idea no le ha parecido nada inocente es al reverendo Willie; tanto él como sus feligreses consideran el asunto bastante más que «un poco» perverso. Su verdadero nombre es reverendo William Rose y nunca ha sentido una gran simpatía por el padre Brigham, igual que a este tampoco le ha caído nunca bien su colega y rival. (De hecho, fue el padre Brigham quien empezó a llamarle «Willie, el barco de vapor», y el reverendo Rose lo sabe.)

En otras ocasiones ya han saltado chispas entre estos dos hechiceros, pero este asunto de la «Noche de Casino» es algo más que una chispa; supongo que podría llamarse un incendio de matorrales. Cuando Willie se enteró de que los católicos proyectan pasarse toda la noche jugando en el Salón de los C. de C., casi se dio con su cabecita puntiaguda contra el techo. Ha pagado de su bolsillo esas octavillas de LOS DADOS Y EL DIABLO, y Wanda Hemphill y sus amigas del ropero benéfico las han pegado por todas partes. Desde entonces, el único lugar donde católicos y baptistas se hablan es en la columna de Cartas de nuestro pequeño semanario, donde despotrican y divagan y se dicen unos a otros que irán de cabeza al infierno.

Mira ahí abajo y verás a qué me refiero. Esa que sale del banco es Nan Roberts. Es la dueña de la cafetería, Nan’s, y supongo que es la persona más rica del pueblo ahora que el viejo Papi Merrill se ha ido a ese gran mercado de artículos de segunda mano que hay en el cielo. Nan, además, es baptista desde que Hector era un cachorro. Y ese que viene en dirección contraria es Al Gendron, un tipo tan católico que, a su lado, el Papa resulta un descreído, y su mejor amigo es un irlandés, Johnny Brigham. ¡Ahora fíjate en ellos! ¿Ves cómo levantan la nariz? ¡Ja! Vaya escena, ¿no? Te apuesto dólares contra donuts a que la temperatura ha bajado veinte grados en el punto en que se han cruzado. Es lo que decía mi madre: la gente es más divertida que cualquier cosa, aparte de los caballos, y estos no cuentan.

Ahora mira allá. ¿Ves el coche patrulla del comisario aparcado junto al bordillo cerca del videoclub? Ese del coche es John LaPointe. Se supone que está atento a quién rebasa el límite de velocidad —el centro del pueblo es zona de velocidad regulada, sobre todo a la hora de salida de las escuelas—, pero si te resguardas los ojos de la luz y te fijas en él, verás que en realidad está contemplando una foto que ha sacado del billetero. Desde aquí no alcanzo a distinguirla, pero sé qué hay en ella igual que sé el apellido de soltera de mi madre. Es la instantánea que tomó Andy Clutterbuck de John y Sally Ratcliffe en la feria del estado, en Fryeburg, hace un año más o menos. John, en la foto, rodea el talle de Sally con su brazo, y ella sostiene el osito de peluche que John ha ganado para ella en el puesto de tiro al blanco, y los dos parecen a punto de estallar de felicidad. Pero eso fue entonces y ahora es ahora; hoy, Sally está comprometida con Lester Pratt, el profesor de educación física del instituto. Lester es un baptista practicante, igual que ella. John aún no se ha recuperado del golpe que significó perderla. ¿Ves cómo suspira? Es la viva estampa de la tristeza y la melancolía. Solo un hombre que aún está enamorado (o cree estarlo) es capaz de soltar un suspiro tan hondo.

¿Te has fijado alguna vez en que los problemas y las neuras se componen sobre todo de detalles poco espectaculares? Te pondré un ejemplo. ¿Ves a ese tipo que sube la escalinata del palacio de justicia? No, el hombre del traje no; ese es Dan Keeton, el presidente de nuestro Consejo Municipal. Me refiero al otro, al negro con el mono de trabajo. Es Eddie Warburton, el conserje de noche del edificio municipal. Obsérvalo un momento y fíjate en lo que hace. ¡Ahí está! ¿Ves cómo se detiene en el peldaño superior y mira calle arriba? Apuesto más dólares contra más donuts a que está mirando hacia la estación de servicio Sunoco. El dueño y encargado de la Sunoco es Sonny Jackett, y entre los dos ha habido cizaña desde que Eddie llevó allí su coche para que le revisaran la transmisión, hace un par de años.

Recuerdo muy bien ese coche. Era un Honda Civic, sin nada de especial, solo que era especial para Eddie porque era el primer y único coche de primera mano que había tenido en toda su vida. Y Sonny no solo le hizo una chapuza, sino que encima le cobró más de la cuenta por el apaño. Así es como cuenta la historia Eddie. Según la versión de Sonny, Warburton solo quería aprovecharse de su color para intentar librarse de pagar la factura. Ya sabes cómo son estas cosas, ¿verdad?

En fin, que Sonny Jackett llevó a Eddie Warburton a juicio y hubo algunos gritos, primero en la sala y luego a la salida. Eddie dijo que Sonny le había llamado negro estúpido y Sonny respondió que no le había llamado negro, pero que el resto era bastante cierto. Al final, ninguno de los dos quedó satisfecho. El juez hizo que Eddie soltara cincuenta dólares, lo cual para Eddie era cincuenta dólares más de lo justo y para Sonny muchísimo menos de lo debido. El siguiente episodio fue un incendio en la instalación eléctrica del coche nuevo de Eddie; el Honda Civic terminó en el depósito de chatarra de las afueras del pueblo, y ahora Eddie conduce un Oldsmobile del 89 que pierde aceite. Eddie nunca se ha quitado de la cabeza la idea de que Sonny Jackett sabe mucho más de ese incendio de lo que ha confesado nunca.

La gente, muchacho, es más divertida que cualquier otra cosa, aparte de los caballos, y estos no cuentan. ¿No es todo esto más de lo que uno puede asimilar en un día de calor?

Pero no es más que la vida de una población pequeña, llámese Peyton Place, Grover’s Corner o Castle Rock: solo son tipos que comen pastel y beben café y murmuran unos a espaldas de otros. Está Slopey Dodd, siempre solo porque los demás chicos se burlan de su tartamudez. También está Myrtle Keeton, y si parece un poco solitaria y confundida, como si no estuviera muy segura de dónde está o de qué sucede a su alrededor, es porque su marido (el tipo al que has visto subir los peldaños del edificio de los tribunales detrás de Eddie) no parece el mismo desde hace unos seis meses. ¿Te fijas en lo hinchados que tiene los ojos? Creo que ha llorado, o que no ha dormido bien, o ambas cosas, ¿no te parece?

Y allá va Lenore Potter, como si acabara de salir de una caja de sombreros. Seguro que va al Western Auto para ver si ha llegado ya su abono orgánico especial. Esa mujer tiene más clases de flores alrededor de su casa que píldoras para el hígado tiene Carter. Y está tremendamente orgullosa de ellas. No cuenta con las simpatías de las mujeres del pueblo, que la tienen por altiva debido a sus flores, a sus adornos llamativos y a sus permanentes de setenta dólares. La consideran engreída y, ahora que estamos aquí sentados en este escalón astillado del quiosco de música, te diré un secreto: creo que tienen razón.

Todo bastante normal, supongo que dirás, pero no todos nuestros problemas en Castle Rock son tan normales. Tengo que hacerte entender esto. Nadie ha olvidado a Frank Dodd, el guardavías que se volvió loco hace doce años y mató a esas mujeres, y tampoco se ha olvidado al perro, el que llegó con la rabia y mató a Joe Camper y al viejo borracho que vivía un poco más allá. El perro también mató al viejo comisario, el bueno de George Bannerman. Alan Pangborn se encarga del trabajo ahora, y es un buen hombre, pero a los ojos del pueblo nunca llegará a la altura de Big George.

Tampoco fue nada normal lo que le sucedió a Reginald «Papi» Merrill. Papi era el viejo avaro que llevaba la tienda de artículos de segunda mano del pueblo. El Emporium Galorium se llamaba. Estaba donde ese solar vacío al otro lado de la calle. El local se incendió hace tiempo, pero en el pueblo hay gente que presenció lo sucedido (o declaró haberlo visto, en cualquier caso) y que, después de unas cervezas en El Tigre Achispado, te contará que fue mucho más que un simple incendio lo que destruyó el Emporium Galorium y acabó con la vida de Papi Merrill.

Su sobrino, Ace, aseguró que a su tío le sucedió algo misterioso antes del incendio. Algo en la onda de La dimensión desconocida. Por supuesto, Ace ni siquiera estaba presente cuando su tío murió. Cumplía una condena de cuatro años en el presidio de Shawshank por robo con escalo y fractura. (La gente siempre supo que Ace Merrill acabaría mal; cuando estaba en la escuela, era uno de los peores matones que ha visto nunca el pueblo, y debía de haber cien chicos que cruzaban al otro lado de la calle cuando veían que se acercaba Ace, con las cremalleras y las hebillas de su chaqueta de motorista tintineando y las calzas de sus botas de mecánico resonando acompasadas en la acera.) A pesar de ello, hubo gente que lo creyó, ¿sabes?; para mí, quizá sea cierto que hubo algo extraño en lo que le sucedió a Papi ese día, o tal vez solo sea un chisme más de los que circulan por la cafetería de Nan entre las tazas de café y las porciones de pastel de manzana. Muy probablemente, las cosas aquí son muy parecidas al lugar donde tú creciste. Gente enemistada por asuntos de religión, gente enamorada y no correspondida, gente que guarda secretos, gente que se guarda rencor... e incluso alguna que otra historia con elementos sobrenaturales, como lo que pudo suceder el día que Papi Merrill murió en su tienda de trastos viejos, para animar una velada aburrida. Castle Rock sigue siendo un buen lugar para vivir y para crecer, como anuncia el rótulo que uno ve cuando llega al pueblo. El sol ilumina primorosamente las aguas del lago y las hojas de los árboles, y los días despejados, desde el mirador de Castle View se alcanza a ver hasta Vermont. Los veraneantes se disputan los periódicos dominicales y de vez en cuando, algún viernes o sábado por la noche (a veces, ambos días), se producen peleas en el aparcamiento de El Tigre Achispado, pero los veraneantes siempre vuelven a sus casas y las peleas siempre se acaban. Castle Rock es un buen sitio, y cuando la gente se muestra irritada, ¿sabes qué solemos decir? Decimos: «Ya se le pasará».

Henry Beaufort, por ejemplo, está harto de que Hugh Priest dé puntapiés a la máquina de discos cuando se emborracha..., pero a Henry ya se le pasará. Wilma Jerzyck y Nettie Cobb están reñidas..., pero a Nettie ya se le pasará (probablemente), y para Wilma reñir con los demás es un modo de vida. El comisario Pangborn aún llora a su esposa y a su hijo pequeño, que murió prematuramente, y desde luego lo sucedido fue una gran tragedia, pero con el tiempo se le irá pasando. Polly Chalmers no mejora de su artritis —de hecho, va empeorando poco a poco— y tal vez no se recupere nunca, pero aprenderá a vivir con ella. Millones de personas han aprendido.

De vez en cuando, todos tenemos algún encontronazo con los demás, pero en general las cosas van tirando. O así ha sucedido hasta ahora. Pero tengo que confiarte un secreto, amigo mío. Un secreto muy serio. Este ha sido el motivo principal de que te haya llamado cuando he visto que habías vuelto al pueblo. Creo que se avecinan problemas. Problemas de verdad. Los huelo en el horizonte, como una tormenta cargada de relámpagos fuera de temporada. La disputa entre los baptistas y los católicos acerca de la «Noche de Casino», los chicos que se burlan del pobre Slopey por su tartamudez, el enamoramiento de John LaPointe, la pena del comisario Pangborn... Me temo que todas esas cosas van a parecer fruslerías comparadas con lo que se avecina.

¿Ves ese edificio al otro lado de la calle principal, el que está tres puertas más arriba del solar vacío donde se levantaba el Emporium Galorium? Sí, el que tiene un toldo verde en la fachada. Los escaparates están pintados de blanco porque la tienda todavía no se ha inaugurado. COSAS NECESARIAS, dice el rótulo. ¿Qué diablos significará eso? No lo sé, pero al parecer ahí está el origen de mis malos augurios.

Justo ahí.

Echa otra mirada a la calle. Ves a ese chiquillo, ¿no? Ese que viene caminando con la bicicleta y que parece sumido en el ensueño más dulce que ha tenido nunca un chico... Fíjate bien en él, amigo. Creo que va a ser quien lo desencadene todo.

No sé qué va a suceder, ya te lo he dicho... No lo sé con exactitud. Pero observa a ese chiquillo. Se llama Brian no sé qué. Su padre es instalador de puertas y revestimientos de paredes en Oxford o South Paris, creo.

No apartes la vista de él, te repito. Fíjate bien en todo. Ya has estado aquí antes, pero las cosas están a punto de cambiar.

Lo sé.

Lo noto.

Se avecina una tormenta.

PRIMERA PARTE. GRAN FIESTA DE INAUGURACIÓN

PRIMERA PARTE

GRAN FIESTA DE INAUGURACIÓN

UNO

UNO

1

En una población pequeña, la apertura de una tienda es una gran noticia. Aunque no lo era tanto para Brian Rusk como para otros vecinos; para su madre, por ejemplo. Durante el último mes, Brian la había oído comentando el asunto varias veces cuando hablaba por teléfono con su mejor amiga, Myra Evans, para ponerse al corriente de las noticias del pueblo (no debía llamarlos chismorreos, le había advertido la madre, porque chismorrear era una mala costumbre y ella no la tenía). Los primeros obreros habían llegado al viejo edificio que había albergado la compañía inmobiliaria y de seguros Western Maine Realty & Insurance casi coincidiendo con el reinicio de curso y, desde entonces, habían trabajado sin parar. Pero nadie en el pueblo sabía a ciencia cierta qué se tramaba en el local; lo primero que habían hecho los operarios había sido preparar un gran escaparate, y lo segundo, dejarlo opaco embadurnándolo con pasta blanca.

Hacía quince días, había aparecido en el cristal de la puerta un rótulo, colgado de un gancho adherido al cristal mediante una ventosa de plástico translúcido.

¡PRÓXIMA INAUGURACIÓN!

decía el rótulo.

COSAS NECESARIAS

UN NUEVO TIPO DE TIENDA

«¡NO DARÁ CRÉDITO A SUS OJOS!».

—Será otra tienda de antigüedades —dijo la madre de Brian a Myra. En aquella ocasión, Cora Rusk estaba reclinada en el sofá, sosteniendo el teléfono con una mano y comiendo cerezas cubiertas de chocolate con la otra mientras seguía el capítulo de Santa Bárbara en el televisor—. Solo otra tienda de antigüedades llena de imitaciones de muebles de los primeros colonos americanos y de mohosos teléfonos de manivela. Ya lo verás.

Eso había sido poco después de que se instalara el nuevo escaparate y los cristales fueran embadurnados con la pasta blanca, y su madre lo había dicho con tal rotundidad que Brian debería haberse convencido de que el asunto quedaba zanjado. Pero, con su madre, ningún caso podía considerarse por definitivamente cerrado.

Las especulaciones y suposiciones de que era capaz parecían tan infinitas como los problemas de los personajes de Santa Bárbara y de Hospital General.

Hacía una semana, la primera línea del rótulo colgado en la puerta había sido modificada para anunciar:

9 DE OCTUBRE, GRAN INAUGURACIÓN.

¡VENGA CON SUS AMISTADES!

Brian no estaba tan interesado en la nueva tienda como su madre (y como algunos de los maestros, a quienes había oído hablar del asunto en la sala de profesores de la escuela secundaria de Castle Rock cuando le había correspondido el turno de repartidor del correo), pero tenía once años, y un chico de su edad y lleno de salud se interesa por cualquier novedad. Además, el nombre del lugar le fascinaba: Cosas Necesarias. ¿Qué significaba aquello exactamente?

Había advertido el cambio en la primera línea del rótulo el martes anterior, cuando volvía de la escuela al atardecer. El martes era el día que llegaba más tarde a casa. Brian había nacido con el labio leporino y, pese a que le habían corregido quirúrgicamente el defecto cuando tenía siete años, aún debía acudir a reeducación del lenguaje. Si alguien le preguntaba, siempre mantenía obstinadamente que odiaba la clase de terapia, pero no era cierto. Brian estaba profunda y desesperadamente enamorado de la señorita Ratcliffe y esperaba con impaciencia toda la semana a que llegara el momento de su clase de educación especial. La jornada del martes parecía durar mil años y el chico siempre pasaba las dos últimas horas con un agradable hormigueo en el estómago.

En la clase solo había cuatro chicos más, y ninguno de ellos era del vecindario de Brian, de lo cual se alegraba. Después de pasar una hora compartiendo la misma habitación con la señorita Ratcliffe, se sentía demasiado exaltado para tolerar la compañía de nadie. Le gustaba volver a casa despacio a última hora de la tarde, casi siempre empujando la bicicleta en lugar de ir montado en ella, soñando con la señorita mientras caían a su alrededor hojas amarillentas y doradas entre los rayos sesgados del sol de octubre.

El recorrido le conducía por las tres manzanas de la calle principal, atravesando el parque municipal, y el día que había visto el rótulo que anunciaba la gran inauguración, había pegado la nariz al cristal de la puerta con la esperanza de descubrir qué había reemplazado los atestados estantes y las paredes amarillas industriales de la desaparecida agencia de la Western Maine Realty & Insurance. Su curiosidad se vio frustrada. Tras el cristal se había instalado una cortina que lo ocultaba todo. Brian no distinguió otra cosa que el reflejo de su rostro y de sus manos ahuecadas.

El viernes, día 4, había aparecido un anuncio de la nueva tienda en el semanario de Castle Rock, el Call. Venía enmarcado en un recuadro de líneas onduladas y debajo del borde superior había una orla de ángeles colocados espalda contra espalda que hacían sonar largas trompetas. El anuncio en sí no decía nada que no pudiera leerse en el rótulo colgado de la ventosa: el nombre de la tienda era Cosas Necesarias, abriría al público a las diez de la mañana del 9 de octubre y, por supuesto, «No dará crédito a sus ojos».

No había la más ligera pista sobre el tipo de mercancías que el propietario o los propietarios de Cosas Necesarias se proponían ofrecer al público.

Aquello pareció irritar en gran medida a Cora Rusk; lo suficiente, al menos, para hacer una de sus escasas llamadas a Myra un sábado por la mañana.

—Te aseguro que yo sí daré crédito a mis ojos —declaró—. Cuando vea esas camas de somier de malla que se supone que tienen doscientos años, pero que cualquiera que se moleste en agachar la cabeza bajo los volantes de la colcha puede comprobar que llevan el marchamo de Rochester, Nueva York, estampado en la estructura, entonces te repito que creeré lo que vean mis ojos.

Myra dijo algo. Cora escuchó mientras metía los dedos en una lata de cacahuetes tostados, los sacaba a pares y los masticaba rápidamente. Brian y su hermano pequeño, Sean, estaban sentados en el suelo del salón, viendo dibujos animados en el televisor.

Sean estaba completamente absorto en el mundo de los Pitufos y Brian no se sentía del todo ajeno a las aventuras de aquella comunidad de pequeños seres azules, pero mantuvo un oído atento a la conversación.

—¡Exaaacto! —había exclamado Cora Rusk con más rotundidad y firmeza incluso de lo habitual, después de que Myra hiciese algún comentario especialmente mordaz—. ¡Precios caros y mohosos teléfonos antiguos!

La víspera, lunes, Brian había pasado en bicicleta por el centro del pueblo con dos o tres amigos. Se detuvieron al otro lado de la calle, frente a la tienda nueva, y Brian se fijó en que, durante el día, alguien había instalado una marquesina verde oscuro. En la parte inferior, escrito en letras blancas, podía leerse COSAS NECESARIAS. Polly Chalmers, la encargada de la tienda de labores, estaba en medio de la acera, con las manos en sus caderas admirablemente redondeadas, contemplando el toldo verde con una expresión que parecía a medio camino entre el desconcierto y la admiración.

A Brian, que sabía un poco de toldos, también le causó admiración. Aquel era el único toldo auténtico de Main Street y daba un aire muy especial a la nueva tienda. La palabra «sofisticada» aún no formaba parte del léxico del muchacho, pero Brian reconoció enseguida que en todo Castle Rock no había otro comercio con aquel aspecto. El toldo hacía que pareciera uno de esos locales que salen en la televisión. Comparado con él, la Western Auto, al otro lado de la calle, parecía desaliñada y rústica.

Cuando llegó a casa, su madre estaba en el sofá viendo Santa Bárbara, comiendo un pastelillo de crema y bebiendo una Coca-Cola light. Su madre siempre tomaba refrescos bajos en calorías mientras miraba el serial de la tarde. Brian no estaba seguro de por qué lo hacía, teniendo en cuenta las golosinas con que los acompañaba, pero sí sabía que, probablemente, sería arriesgado preguntárselo. Su madre podía incluso llegar a gritarle, y cuando empezaba a gritar, lo mejor era ponerse a cubierto.

—¡Eh, mamá! —exclamó, al tiempo que arrojaba los libros sobre el mostrador de la cocina y abría el frigorífico para sacar la leche—. ¿Sabes qué? Hay un toldo en la tienda nueva.

—¿Qué dices del polvo? —llegó la voz de su madre desde el salón.

Brian llenó el vaso y se asomó a la puerta.

—Toldo —repitió—. En la tienda nueva.

Cora se incorporó en el sofá, buscó el mando a distancia y pulsó el botón de cortar el sonido. En la pantalla, Al y Corinne continuaron su parlamento acerca de los problemas de Santa Bárbara en su restaurante favorito de Santa Bárbara, pero solo alguien capaz de leer los labios habría podido decir cuáles eran exactamente esos problemas.

—¿Qué? ¿Ese sitio... Cosas Necesarias?

—Ajá —asintió Brian, y tomó un trago de leche.

—¡No sorbas! —exclamó la madre, llevándose a la boca el resto del pastelillo—. Suena espantoso. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?

Casi tantas como me has advertido que no hablara con la boca llena, pensó Brian, pero no dijo nada. Había aprendido las ventajas de la continencia verbal desde muy pequeño.

—Lo siento, mamá.

—¿Qué clase de toldo?

—De color verde.

—¿De plancha metálica o de aluminio?

Brian, cuyo padre era vendedor de revestimientos para paredes en la Compañía de Puertas y Revestimientos Dick Perry de South Paris, sabía muy bien a qué se refería su madre, pero si hubiera sido aquel tipo de toldo, casi no se habría fijado. Las marquesinas de aluminio y de plancha metálica eran baratas. La mitad de las casas de Castle Rock las tenía colocadas sobre las ventanas.

—No, no. Es de tela. De lona, creo. Sobresale de la fachada y hace sombra en la acera. Y es redondo, así. —Ahuecó las manos (con cuidado, para no derramar la leche) en un semicírculo—. Y lleva el nombre impreso en la parte inferior. Es realmente alucinante.

—¡Que me aspen si...!

Esa era la frase con la que Cora expresaba casi siempre su exasperación o su nerviosismo. Brian, cauto, retrocedió un paso por si se trataba de lo primero.

—¿Qué crees que será, mamá? ¿Un restaurante, tal vez?

—No lo sé. —Cora alargó la mano hacia el teléfono de la mesilla. Para alcanzarlo, tuvo que apartar al gato, Squeebles, la guía de televisión y una botella de litro de Coca-Cola light—. Pero suena ligeramente sospechoso.

—Mamá, ¿qué significa Cosas Necesarias? Parece...

—No me molestes ahora con eso, Brian; mamá está muy ocupada. Hay pan para bocadillos en la caja si quieres tomar algo. Pero hazte solo uno, que luego no cenas.

Cora ya estaba marcando el número de Myra y al instante las dos mujeres estaban enfrascadas con gran entusiasmo en sus comentarios acerca del toldo verde.

A Brian no le apetecía ningún bocadillo (quería mucho a su madre pero, a veces, verla comer le quitaba el apetito). Se sentó ante la mesa de la cocina, abrió el libro de matemáticas y empezó a hacer los deberes del día siguiente. Era un chico inteligente y trabajador, y los problemas de matemáticas eran la única tarea que no había terminado en la escuela. Mientras trasladaba metódicamente la coma de los decimales y luego dividía, escuchó parte de la conversación de su madre, quien decía una vez más a Myra que pronto tendrían en el pueblo una de esas tiendas de frascos de viejos perfumes apestosos y de fotos de los parientes difuntos de algún vecino, y que era una vergüenza cómo se comerciaba con aquellas cosas. Allá fuera había demasiada gente, decía Cora, cuyo lema en la vida era «toma el dinero y corre». Cuando se refería al toldo, hablaba como si alguien lo hubiera instalado deliberadamente para molestarla y hubiera conseguido de pleno su propósito.

Creo que mamá supone que alguien debería habérselo dicho, pensó Brian mientras movía el lápiz con tenacidad, sumando cifras y anotando resultados. Sí, eso era. En primer lugar, la reconcomía la curiosidad. Y, en segundo lugar, estaba resentida. Y la combinación de ambas cosas la estaba poniendo fuera de sí. En fin, pronto iba a enterarse de todo. Y entonces, tal vez le haría partícipe del gran secreto. Y si estaba demasiado ocupada, Brian se enteraría de todos modos escuchándola en alguna de sus conversaciones de media tarde con Myra.

Sin embargo, tal como resultaron las cosas, Brian se enteró de muchos secretos acerca de Cosas Necesarias antes que su madre, que Myra o que nadie más en Castle Rock.

2

La tarde anterior a la fecha anunciada para la inauguración de Cosas Necesarias, Brian apenas montó en la bicicleta durante el regreso de la escuela; estaba sumido en un cálido ensueño (un secreto que no habría traspasado sus labios aunque le hubieran amenazado con ascuas ardientes o con tarántulas peludas) en el que pedía a la señorita Ratcliffe que lo acompañara a la feria del condado de Castle Rock y ella accedía.

Gracias, Brian dice la señorita Ratcliffe, y Brian advierte unas lagrimitas de gratitud en el rabillo de sus ojos azules, unos ojos de un color tan oscuro que casi parecen tempestuosos. Es que..., verás, últimamente he estado muy triste. He perdido a mi novio, ¿sabes?

Yo te ayudaré a olvidarlo responde Brian con voz firme y al mismo tiempo tierna, si me llamas... Bri.

Gracias susurra ella, y luego, acercándose lo suficiente para que él perciba su perfume, un encantador aroma a flores silvestres, añade: Gracias..., Bri. Y como, al menos por esta noche, seremos chico y chica en lugar de maestra y alumno, tú puedes llamarme... Sally.

Brian le coge las manos. La mira a los ojos.

No soy un niño pequeño le dice. Puedo ayudarte a olvidarlo..., Sally.

Ella parece casi hipnotizada ante esta comprensión inesperada, ante esta hombría imprevista; tal vez tenga solo once años, piensa, pero es más hombre de lo que Lester ha demostrado ser jamás. Sus manos aprietan las de él. Sus rostros se acercan más..., más aún...

No murmura ella, y ahora tiene los ojos tan abiertos y tan próximos que Brian casi parece ahogarse en ellos, no debes, Bri..., no estaría bien...

Tranquila, pequeña replica él, y posa sus labios en los de Sally.

Al cabo de unos momentos, ella se aparta un poco y susurra con ternura...

—¡Eh, chico, mira por dónde coño vas!

Despertando de su ensueño con un sobresalto, Brian vio que había ido a parar delante del camión articulado de Hugh Priest.

—Lo siento, señor Priest —murmuró, rojo como un tomate.

Hugh Priest no era un tipo al que conviniera enfurecer. Trabajaba para el departamento de Obras Públicas y tenía fama de ser la persona con peor genio de Castle Rock. Brian lo miró fijamente. Si hacía ademán de saltar del camión, montaría en la bici y saldría pitando Main Street abajo casi a la velocidad de la luz. No tenía el menor interés en pasar el mes siguiente en el hospital por haberse embobado con la fantasía de llevar a la señorita Ratcliffe a la feria del condado.

Pero Hugh Priest tenía una botella de cerveza entre las piernas, en la radio sonaba Hank Williams, Jr., cantando «High and Pressurized», y se sentía demasiado a gusto para liarse a algo tan cansado como darle una somanta a un chiquillo un martes por la tarde.

—Mejor será que tengas los ojos bien abiertos —masculló, mientras daba un trago de la botella y miraba a Brian con aire amenazador—, porque la próxima vez no me molestaré en frenar. Sencillamente, te dejaré aplastado en la carretera. Te vas a enterar, chaval.

El camión arrancó y se alejó. Brian sintió el loco (y misericordiosamente breve) impulso de gritar «¡Que me aspen si...!» en dirección a Hugh Priest. Esperó a que el camión anaranjado doblara la esquina de Linden Street y continuó su camino. El ensueño sobre la señorita Ratcliffe, sin embargo, se había acabado por aquella tarde. Hugh Priest lo había devuelto a la realidad. La señorita Ratcliffe no había tenido ninguna pelea con su novio, Lester Pratt; aún llevaba su pequeño anillo de compromiso con un diamante y seguía usando el Mustang azul de Lester mientras esperaba a que le devolviesen su coche del taller.

Brian había visto a la señorita Ratcliffe y al señor Pratt aquella misma tarde, pegando esas octavillas de LOS DADOS Y EL DIABLO en los postes telefónicos de Lower Main Street, junto a un grupo de gente que acompañaba su trabajo con himnos religiosos. Lo más curioso fue que, tan pronto como el grupo se hubo marchado, se presentaron los católicos para arrancar los panfletos. Resultó bastante divertido, en cierto modo..., pero si hubiera sido mayor Brian habría puesto todo su empeño en proteger cualquier cartel que la señorita Ratcliffe hubiera pegado con sus adorables manos.

Brian evocó los ojos azul oscuro de su profesora, sus largas piernas de bailarina, y lo embargó la misma sombría estupefacción que experimentaba cada vez que recordaba que en enero ella se proponía cambiar su nombre de soltera, Sally Ratcliffe, que sonaba encantador, por el de Sally Pratt, que a Brian le sugería la imagen de una mujer gorda cayendo por un tramo de escalera corto y duro.

En fin, pensó, ciñéndose al otro bordillo y echando a andar lentamente por Main Street, tal vez su amada cambiara de idea. No era ningún imposible. O quizá Lester Pratt sufriera un accidente de tráfico o se le declarara un tumor cerebral o algo parecido. Incluso podía resultar que fuera un drogadicto. La señorita Ratcliffe jamás se casaría con un drogadicto.

Esos pensamientos proporcionaron a Brian cierto consuelo, pero no cambiaron el hecho de que Hugh Priest había desbaratado su fantasía cuando esta casi había llegado a su punto culminante (donde Brian le daba el beso a la señorita Ratcliffe e incluso llegaba a tocarle el pecho derecho en el Túnel del Amor de la feria). En cualquier caso, era una idea bastante desquiciada: un chico de once años que llevara a su maestra a la feria del condado. La señorita Ratcliffe le parecía muy guapa, pero también era bastante mayor. En una ocasión había dicho a los alumnos de la clase especial que cumpliría veinticuatro años en noviembre.

Así pues, Brian volvió a doblar su ensoñación por los pliegues, como si estuviera recogiendo un documento muy valioso y muchas veces consultado, y lo guardó en su lugar correspondiente, en la estantería del fondo de su mente. Luego se dispuso a montar en la bicicleta y pedalear el resto del camino hasta su casa.

Pero en aquel momento se dio cuenta de que estaba pasando ante la nueva tienda y le llamó la atención un rótulo colgado en la entrada. Tenía algo distinto. Detuvo la bicicleta y se fijó mejor. El anuncio de

9 DE OCTUBRE, GRAN INAUGURACIÓN.

¡VENGA CON SUS AMISTADES!

había desaparecido, reemplazado por un pequeño cartel cuadrado, con letras rojas sobre fondo blanco.

ABIERTO

decía, y

ABIERTO

era lo único que decía. Brian permaneció inmóvil, con la bicicleta entre las piernas y la vista fija en el cartel, y el corazón empezó a latirle un poco más deprisa.

No vas a entrar ahí, ¿verdad?, se dijo a sí mismo. O sea, aunque realmente esté abierto un día antes de la inauguración, no vas a entrar, ¿verdad?

¿Por qué no?, se respondió a continuación.

Bueno..., porque el escaparate aún está blanqueado y la cortina de la puerta todavía está bajada. Si entras ahí, puede sucederte cualquier cosa. Cualquier cosa.

Claro. Seguro que el tipo de la tienda es una especie de Norman Bates, que se pone la ropa de su madre y mata a sus clientes a puñaladas. ¡Exaaacto!

Vamos, olvídalo, apuntó la parte tímida de su mente, aunque esa parte sonaba como si ya se supiera vencida de antemano. Resultaba curioso.

Pero, a continuación, Brian pensó en comentárselo a su madre, en decirle como si tal cosa: «Por cierto, mamá, ¿sabes esa tienda nueva, Cosas Necesarias? Pues ha abierto un día antes. Y he entrado a echarle un vistazo».

¡Segurísimo que, en cuanto lo oyera, su madre se apresuraría a pulsar el botón del mando a distancia para cortar el sonido! ¡Sí, seguro que querría saberlo todo!

La perspectiva le resultó irresistible.

Aparcó la bicicleta en el bordillo, apoyada en el pedal, dio unos pasos hasta quedar bajo la sombra del toldo —bajo el cual la temperatura parecía descender diez grados— y se acercó a la puerta de Cosas Necesarias.

Cuando puso la mano en el picaporte de metal, grande y muy anticuado, se le ocurrió que el rótulo sería un error. Probablemente, el cartel había estado junto a la puerta esperando al día siguiente y alguien lo había colgado sin reparar en lo que hacía. Brian no oía el menor ruido procedente del otro lado de la cortina echada, y el lugar parecía desierto.

Sin embargo, ya que había llegado hasta allí, probó el tirador de la puerta... y este giró suavemente bajo sus dedos. El pestillo cedió con un chasquido y la puerta de Cosas Necesarias se abrió sin oponer resistencia.

3

El interior estaba en penumbra, pero no a oscuras. Brian advirtió que había instalados unos raíles de iluminación (una especialidad de la empresa de su padre) y que algunos de los focos montados en ellos estaban encendidos y dirigidos hacia una serie de vitrinas de cristal distribuidas por el espacioso local. Casi todas las vitrinas estaban vacías y los focos encendidos iluminaban las pocas que sí tenían algún objeto dentro.

El suelo, de madera desnuda cuando el edificio era la sede de la Western Maine Realty & Insurance, había sido cubierto en toda su extensión con una gruesa moqueta de color borgoña. Las paredes estaban pintadas de color blanco mate y una leve luz, tan blanca como las paredes, se filtraba a través del escaparate empastado.

Efectivamente, era un error, pensó Brian. La tienda ni siquiera había recibido la mercancía aún. Quien había colgado el rótulo de ABIERTO en la puerta por equivocación también había cometido el descuido de dejar la puerta sin cerrar.

Lo más educado que podía hacer en aquellas circunstancias era cerrar de nuevo la puerta, montar en la bici y largarse.

Sin embargo, se resistía a marcharse. Al fin y al cabo, estaba viendo con sus propios ojos el interior de la nueva tienda. Cuando su madre lo supiera, querría pasarse el resto de la tarde hablando con él. Pero lo exasperante era que no se sentía muy seguro de qué estaba viendo exactamente. En las vitrinas había media docena de

(piezas de exposición)

de objetos sobre los cuales estaban dirigidos los focos —una especie de ensayo, probablemente—, pero Brian no conseguía distinguir qué eran. En cambio, de lo que sí estuvo seguro fue de lo que no eran: allí no había camas antiguas ni teléfonos de manivela viejos y mohosos.

—¿Hola? —preguntó dubitativo, sin pasar del umbral—. ¿Hay alguien aquí?

Se disponía a asir de nuevo el tirador y cerrar la puerta por fuera cuando una voz respondió:

—Sí, aquí estoy.

Una figura alta —que al principio le pareció imposiblemente alta— apareció en el hueco de una puerta tras una de las vitrinas. El vano estaba disimulado por una cortina de terciopelo oscuro. Brian sintió un pasajero y monstruoso retortijón de miedo. Después, el haz de luz de uno de los focos cruzó en diagonal el rostro del hombre y el miedo del muchacho se mitigó. El hombre era un anciano y tenía una expresión muy amable. Sus ojos miraban a Brian con interés y placer.

—La puerta no estaba cerrada —empezó a excusarse este—, así que pensé...

—Pues claro que no está cerrada —dijo el altísimo anciano—. He decidido abrir un rato esta tarde como una especie de... de preestreno. Y tú eres mi primer cliente. Entra, amigo mío. ¡Entra sin compromiso y deja aquí un poco de la felicidad que traes contigo!

El hombre sonrió y le tendió la mano. La sonrisa era contagiosa y Brian sintió una inmediata simpatía por el propietario de Cosas Necesarias. Tuvo que dejar atrás el umbral y entrar en la tienda para estrechar la mano de este, y lo hizo sin el menor titubeo. Detrás de él, la puerta se cerró y pasó el cerrojo por sí sola. Brian no lo advirtió. Estaba demasiado ocupado observando que el hombre tenía unos ojos azul oscuro del mismo tono exacto que los de la señorita Ratcliffe. Habrían podido pasar por padre e hija. El apretón de manos del hombre resultó firme y enérgico, pero no doloroso. Aun así, tuvo algo de desagradable. Algo... de lisonjero. Excesivamente firme, tal vez.

—Me alegro de conocerlo —dijo Brian.

Los ojos azul oscuro se concentraron en su rostro como dos faroles de ferrocarril.

—Yo también estoy encantado de verte —declaró el altísimo individuo. Y así fue como Brian Rusk se convirtió en la primera persona de Castle Rock en conocer al propietario de Cosas Necesarias.

4

—Me llamo Leland Gaunt —se presentó el hombre—, ¿y tú eres...?

—Brian. Brian Rusk.

—Muy bien, Brian Rusk. Y ya que eres mi primer cliente, creo que puedo ofrecerte un precio muy especial por el objeto que elijas.

—Gracias, señor —respondió Brian—, pero no creo que pueda comprar nada en un lugar como este. No me dan la paga semanal hasta el viernes y... —Dirigió una nueva mirada dubitativa hacia las vitrinas de cristal—. En fin, no parece que haya recibido aún todas sus mercancías...

Gaunt sonrió, mostrando los dientes torcidos que tenían un tono amarillento bajo la escasa luz, pero a Brian, pese a todo, siguió pareciéndole una sonrisa encantadora. De nuevo, se encontró casi obligado a devolvérsela.

—Es cierto —admitió Leland Gaunt—. Todavía no está todo. La mayor parte de mi... de mi mercancía, como la has llamado, llegará a última hora de hoy. De todos modos, ya tengo algunos artículos interesantes. Echa un vistazo, joven Brian Rusk. Me encantará conocer tu opinión por lo menos..., e imagino que tendrás una madre, ¿verdad? Claro que sí. Un jovencito como tú no puede ser huérfano, ¿me equivoco?

Brian movió la cabeza, sin dejar de sonreír.

—No, no. Mamá está en casa, ahora mismo. —Una idea le pasó por la cabeza—: ¿Quiere que vaya a buscarla?

Pero en el mismo momento en que la propuesta salía de sus labios, se arrepintió de haberla planteado. No tenía ningunas ganas de ir a buscarla. Al día siguiente, el señor Leland Gaunt pertenecería a todo el pueblo. Al día siguiente, su madre y Myra Evans empezarían a chismorrear acerca de él con las demás mujeres de Castle Rock. Brian calculó que el señor Gaunt habría dejado de parecer tan extraño y diferente a final de mes, o tal vez a final de semana, incluso, pero en aquel momento todavía lo era; en aquel momento pertenecía a Brian Rusk y solo a él. Y Brian deseaba que aquella situación no cambiara.

Por eso se alegró cuando el señor Gaunt levantó la mano (sus dedos eran extremadamente largos y finos, y Brian advirtió que el índice y el corazón tenían exactamente la misma longitud) y movió la cabeza en gesto de negativa.

—En absoluto —le oyó decir—. Eso es, precisamente, lo que no quiero que hagas. Sin duda, tu madre querría traer con ella a una amiga, ¿verdad?

—Sí —respondió Brian, pensando en Myra.

—Tal vez dos o incluso tres... No. Así es mejor, Brian..., ¿puedo llamarte Brian?

—Claro —respondió el chico, asombrado.

—Gracias. Y tú puedes llamarme señor Gaunt, ya que soy mayor que tú, aunque no necesariamente superior... ¿De acuerdo?

—Claro.

Brian no estaba seguro de a qué se refería el señor Gaunt con lo de mayores y superiores, pero le encantaba la voz de aquel hombre. Además, sus ojos eran realmente extraordinarios. Brian apenas era capaz de apartar la mirada de ellos.

—Sí, así es mucho mejor. —El señor Gaunt se frotó sus largas manos y estas produjeron un sonido siseante. Aquello gustó mucho menos a Brian. El sonido de las manos del señor Gaunt al frotarlas recordaba el de una serpiente alarmada y dispuesta a morder—. Luego hablarás con tu madre, tal vez incluso le muestres lo que has comprado, si es que encuentras algo que te guste...

Brian pensó en decirle al señor Gaunt que tenía en el bolsillo un espléndido total de noventa y un centavos, pero decidió no hacerlo.

—... y ella lo comentará con sus amigas, y estas con otras... ¿Te das cuenta, Brian? ¡Serás un anuncio más efectivo de lo que podría soñar serlo el del semanario local! ¡No sacaría más provecho de ti si te contratara para recorrer las calles del pueblo como hombre anuncio!

—Si usted lo dice... —asintió Brian. No tenía la menor idea de qué era un hombre anuncio, pero de lo que estaba seguro era de que ni muerto le obligarían a hacer de tal—. Quizá sea divertido echar un vistazo.

«A lo poco que hay que ver», se contuvo de añadir, por educación.

—¡Entonces, empieza a mirar! —insistió el hombre, señalando las vitrinas con un gesto. Brian advirtió que llevaba una chaqueta larga de terciopelo rojo. Pensó que tal vez era una auténtica chaqueta de media gala, como las de los relatos de Sherlock Holmes que había leído—. ¡A tu aire, Brian!

El muchacho se acercó lentamente a la vitrina más próxima a la puerta. Volvió la cabeza, seguro de que el señor Gaunt le estaría pisando los talones, pero el anciano todavía estaba junto a la entrada, observándolo con expresión burlona y divertida. Era como si le hubiera leído los pensamientos y hubiese descubierto cuánto le desagradaba que el dueño de una tienda le siguiera de cerca mientras examinaba las existencias. Brian suponía que la mayoría de los tenderos temía que rompiera algo, lo manchara, o ambas cosas.

—Tómate todo el tiempo que quieras —continuó el señor Gaunt—. Ir de compras es un placer cuando uno se toma su tiempo, y una molestia si se apresura.

—Oiga, ¿es usted extranjero? —preguntó Brian. El señor Gaunt tenía un acento ligeramente extraño que le recordaba al viejo que presentaba Noche de teatro, programa que su madre miraba a veces si la guía de televisión decía que era una historia de amor.

—Soy de Akron —respondió Gaunt.

—¿Eso está en Inglaterra?

—Está en Ohio —aclaró Leland Gaunt con voz grave. Y entonces enseñó su dentadura fuerte e irregular en una radiante sonrisa.

A Brian le pareció gracioso, igual que le solían parecer graciosos los diálogos de comedias de la tele como Cheers. De hecho, todo aquello le hacía sentirse como si se hubiera metido en un programa de televisión, uno que resultaba un poco misterioso pero, en realidad, no amenazador.

Rompió a reír. Por un instante, le preocupó que el señor Gaunt pensara que era un maleducado (quizá porque su madre siempre le acusaba de serlo y, como consecuencia de ello, Brian había llegado a creer que vivía en una telaraña enorme y casi invisible de convenciones sociales), pero el hombre no tardó en unírsele. Los dos se reían al unísono y, considerándolo todo, Brian no pudo recordar una tarde tan divertida como estaba resultando aquella.

—Vamos, mira —insistió el señor Gaunt con un gesto—. Ya charlaremos en otra ocasión, Brian.

Así que Brian miró. En la vitrina mayor, que podría haber contenido holgadamente veinte o treinta objetos, solo había cinco. Uno era una pipa. Otro, una foto de Elvis Presley con el pañuelo rojo al cuello y el mono deportivo con el tigre en la espalda. El Rey (así era como su madre se refería siempre a él) sostenía un micrófono ante sus labios carnosos. El tercer objeto era una cámara Polaroid. El cuarto, una roca pulida con el interior hueco y lleno de cristales que recogían y reflejaban espléndidamente la luz del foco. El quinto era una astilla de madera casi del tamaño y del grosor del dedo índice de Brian.

El chico señaló la roca de los cristales.

—Una geoda, ¿verdad?

—Exacto. Eres un alumno aventajado, Brian. Tengo unos pequeños rótulos para la mayor parte de mis productos, pero todavía no están desembalados, como todo lo demás. Voy a tener que trabajar de firme si quiero inaugurar mañana.

Pero, a pesar de sus palabras, no parecía en absoluto preocupado y seguía tranquilamente donde estaba.

—¿Qué es eso? —preguntó Brian, y señaló la astilla mientras pensaba para sí que era una mercancía muy extraña para una tienda de un pueblo pequeño. Había tomado un intenso e inmediato afecto a Leland Gaunt, pero si el resto de sus artículos era como aquellos, no creía que la tienda durara mucho tiempo abierta en Castle Rock. Si uno quería vender cosas como pipas y fotos del Rey y astillas de madera, tenía que instalar la tienda en Nueva York, no en un pueblo. Al menos, esa era la conclusión que había sacado de las películas que había podido ver.

—¡Ah! —exclamó el señor Gaunt—. ¡Ese sí que es un objeto interesante! Voy a enseñártelo.

Cruzó el local, pasó por detrás de la vitrina, sacó un poblado manojo de llaves del bolsillo y seleccionó una sin apenas mirar. Abrió la vitrina y sacó el fragmento de madera con mucho cuidado.

—Extiende la mano, Brian.

—¡Oh! Será mejor que no... —replicó el muchacho. Como natural de un estado donde el turismo era una gran industria, Brian había visitado bastantes tiendas de regalos y había visto muchos letreros con aquella pequeña rima: «Puede mirarlo / puede tocarlo / pero si lo rompe / tiene que pagarlo». Podía imaginar la reacción horrorizada de su madre si rompía la astilla, o lo que fuera aquello, y si el señor Gaunt, ya no tan amigable, le decía que el objeto costaba quinientos dólares.

—¿Por qué no? —preguntó el hombre alzando las cejas (aunque, en realidad, eran una sola; una gran ceja tupida que se prolongaba sobre su nariz en una línea ininterrumpida).

—Porque soy bastante torpe.

—Bobadas —replicó el señor Gaunt—. Reconozco a los chicos torpes cuando los veo, y tú no eres de esos.

Dejó caer la astilla en la mano de Brian. Este la vio posada en su palma con cierta sorpresa, pues no se había dado cuenta de que la había abierto hasta el momento de notar el objeto en ella.

Lo cierto era que no tenía el tacto de una astilla de madera; más bien parecía...

—Parece piedra —murmuró dubitativo, y alzó la mirada hacia el señor Gaunt.

—Es las dos cosas —explicó este—. Madera petrificada.

—Petrificada... —repitió Brian maravillado. Examinó meticulosamente la astilla y pasó el dedo por uno de los lados. Era a la vez fino y desigual. Por alguna razón, la sensación no resultaba del todo agradable—. Debe de ser antigua...

—Tiene más de dos mil años —asintió el señor Gaunt con voz grave.

—¡Caray! —exclamó Brian.

Dio un respingo y la astilla estuvo a punto de caérsele. Cerró la mano en torno a ella para evitar cualquier accidente... y al momento le invadió una sensación extraña, distorsionada. De pronto se sintió... ¿Qué? ¿Mareado? No; mareado, no, sino lejos. Como si una parte de él hubiera escapado de su cuerpo y estuviera a gran distancia.

Vio que el señor Gaunt lo observaba entre curioso y divertido, y de pronto, los ojos del hombre parecieron aumentar al tamaño de unos platillos de té. Pero aquella sensación de desorientación no le producía miedo; resultaba más bien emocionante y, desde luego, más agradable que el tacto pulido de aquel pedazo de madera en el dedo que lo había explorado.

—Cierra los ojos —le invitó el señor Gaunt—. ¡Cierra los ojos, Brian, y dime qué notas!

Brian cerró los ojos y permaneció inmóvil un momento, con el brazo derecho extendido y, en su extremo, el puño cerrado en torno a la astilla. No vio que el labio superior del señor Gaunt se levantaba por un instante, en una mueca que recordaba la de un perro, dejando al descubierto sus dientes grandes y desiguales en lo que podía ser una expresión de placer o de expectación. Tuvo una vaga sensación de movimiento, una especie de balanceo o de espiral. También percibió un sonido, rápido y ligero: tudtud... tudtud... tudtud. Reconoció aquel sonido. Era...

—¡Una barca! —exclamó complacido sin abrir los ojos—. ¡Me siento como en una barca!

—Sí, eso es —respondió el señor Gaunt, y Brian oyó su voz a una distancia inimaginable.

Las sensaciones se intensificaron; ahora era como si subiera y bajara al ritmo de unas olas largas y lentas. Oyó el trino lejano de unos pájaros y, más cerca, las voces de muchos animales: mugidos, el piar de un polluelo, el bufido grave y huraño de un gato enorme (no un sonido de rabia, sino una expresión de aburrimiento). Durante un breve instante casi notó bajo sus pies una madera (la misma, estuvo seguro, de la que había formado parte una vez aquella astilla), y supo que sus propios pies no iban calzados con las deportivas Converse, sino con una especie de sandalias y...

Después todo desapareció, se encogió hasta formar un puntito brillante como el de la pantalla de un televisor cuando se corta la corriente. Finalmente, también el punto luminoso desapareció. Brian abrió los ojos, conmocionado y alborozado.

Sus dedos se habían cerrado en torno a la astilla con tal fuerza que tuvo que hacer un auténtico acto de voluntad para abrirlos, y las articulaciones le chirriaron como bisagras oxidadas.

—¡Eh, vaya! —musitó.

—Está bien, ¿verdad? —preguntó el señor Gaunt alegremente, y recuperó el fragmento de madera de la mano de Brian con la habilidad distraída de un médico al extraer una astilla clavada en la carne. Después devolvió el objeto a su sitio y cerró de nuevo la vitrina con un gesto grácil.

—Muy bien —asintió Brian, expulsando el aliento en un largo jadeo que casi era un suspiro. Se inclinó a contemplar la astilla y notó un ligero hormigueo en la mano que la había sostenido. Aquellas sensaciones: el cabeceo de la cubierta, el chapoteo de las olas en el casco, el tacto de la madera bajo los pies..., todo aquello permaneció en su recuerdo, aunque el muchacho supuso (con un sentimiento de auténtica pena) que se desvanecería como se borraban los sueños.

—¿Conoces la historia de Noé y el Arca? —preguntó el señor Gaunt.

Brian frunció el ceño. Estaba seguro de que era una historia de la Biblia, pero no solía prestar atención durante los sermones dominicales y las clases nocturnas de Biblia de los jueves.

—¿Era una especie de barco que dio la vuelta al mundo en ochenta días?

El señor Gaunt sonrió una vez más.

—Algo parecido, Brian. Algo muy parecido. Pues bien, esa astilla se supone que procede del Arca de Noé. Desde luego, no puedo asegurar que lo sea, porque la gente creería que soy un farsante de la peor especie; hoy en día debe de haber en el mundo más de cuatro mil personas que intentan vender pedazos de madera asegurando que proceden del Arca y, posiblemente, más de cuatrocientas mil que tratan de colocar fragmentos de la auténtica Santa Cruz. Pero lo que sí puedo afirmar es que tiene más de dos mil años, porque ha sido fechada por el procedimiento del carbono, y que procede de Tierra Santa, aunque no fue encontrada en el monte Ararat, sino en el monte Boram.

Brian no entendió muy bien aquel discurso, pero no se le escapó el detalle más relevante.

—Dos mil años... —musitó—. ¡Vaya! ¿De veras está seguro de eso?

—Desde luego que sí —aseguró el hombre—. Tengo un certificado del MIT, donde hicieron la datación mediante el carbono, que acompaña al objeto, por supuesto. Pero ¿quieres que te diga una cosa? Estoy convencido de que puede proceder del Arca. —Contempló la astilla unos instantes, con aire pensativo, y luego volvió sus deslumbrantes ojos azules hacia los del chico, de color avellana. Brian quedó paralizado de nuevo por aquella mirada—. Al fin y al cabo, el monte Boram está a menos de treinta kilómetros del Ararat, en línea recta, y mayores errores que el punto de atraque definitivo de una nave, por grande que fuera, se han cometido en las muchas historias del mundo, sobre todo cuando esas historias se han transmitido de forma oral durante generaciones antes de ser puestas finalmente por escrito. ¿No tengo razón?

—Sí —convino Brian—. Suena lógico.

—Además, produce una sensación extraña cuando uno la tiene en la mano, ¿no te lo ha parecido?

—¡Vaya que sí!

El señor Gaunt sonrió y le revolvió el cabello, rompiendo el hechizo.

—Me caes bien, Brian. Ojalá todos mis clientes estuvieran tan llenos de curiosidad como tú. La vida sería mucho más fácil para un humilde comerciante como yo, si el mundo fuera de esa manera.

—¿Cuánto... cuánto pediría usted por una cosa como esa? —quiso saber Brian, y señaló el pedazo de madera petrificada con un dedo no del todo firme. Solo en aquel momento empezaba a darse cuenta del profundo efecto que le había producido la experiencia. Había sido como llevarse una caracola al oído y escuchar el rumor del océano... pero en tres dimensiones y en sensurround. Deseó fervientemente que el señor Gaunt le permitiera sostenerlo de nuevo, aunque solo fuera un ratito, pero no supo cómo pedirlo y el señor Gaunt no se lo ofreció.

—Bueno... —El señor Gaunt recogió los dedos bajo el mentón y miró al chico con aire pícaro—. El precio de un objeto como ese, y de la mayoría de las cosas buenas que vendo, las realmente interesantes... depende del comprador. De lo que el comprador esté dispuesto a pagar. ¿Qué estarías dispuesto a pagar tú, Brian?

—No lo sé —dudó el chico, pensando en los noventa y un centavos que llevaba en el bolsillo, y tragó saliva—. ¡Un montón!

El señor Gaunt echó la cabeza hacia atrás y se rió con ganas. Brian advirtió entonces que se había equivocado en un detalle respecto al hombre. Al entrar, había creído que era canoso, y más viejo. Ahora observaba que solo tenía las sienes plateadas. Debía de haber sido cosa de la iluminación, de los focos, pensó el muchacho.

—Bueno, todo esto ha sido interesantísimo, Brian, pero ahora tengo mucho trabajo por delante hasta las diez de mañana, así que...

—Claro —asintió Brian, recordando de nuevo con un sobresalto las normas de urbanidad—. Yo también tengo que irme. Lamento haberle entretenido tanto...

—¡No, no, no es eso! Me has entendido mal... —El señor Gaunt posó una de sus largas manos en el brazo de Brian. El muchacho le rehuyó, evitando el contacto. Ojalá el hombre no se tomara a mal el gesto, pensó, pero no habría podido reprimirlo aunque así fuera. La mano del señor Gaunt era dura, seca y, no sabía bien por qué, desagradable. No tenía un tacto muy distinto, en realidad, de aquel pedazo de madera petrificada que se suponía procedente del Arca de Noé, o de donde fuera. Pero el señor Gaunt estaba demasiado absorto en sus cosas para advertir el gesto instintivo de Brian. Al contrario, se comportó como si fuera él, y no Brian, quien había cometido una falta de educación—. Solo me refería a que deberíamos ir al grano. En realidad, es absurdo que sigas mirando el resto de las cosas que ya he desempaquetado; no son muchas y ya has visto las más interesantes. Sin embargo, conozco bastante bien mis existencias, aunque no tenga a mano el inventario, y tal vez tenga algo de tu gusto. Dime, Brian, ¿qué te gustaría?

—¿En serio?

Había mil cosas que le llamaban la atención, y ahí estaba en parte el problema; ante una pregunta tan directa, era incapaz de decidir cuál de las mil le gustaría más.

—Es mejor no pensar demasiado en estas cosas —le ayudó el señor Gaunt. Hablaba con despreocupación, pero no había ni un ápice de despreocupación en su mirada, que estudiaba minuciosamente la cara de Brian—. Si te digo: «Brian Rusk, ¿qué es lo que deseas más que cualquier otra cosa en el mundo en este momento?», ¿qué me contestas? ¡Deprisa!

—Sandy Koufax —respondió Brian sin vacilar. No se había dado cuenta de que tenía la mano extendida para recibir la astilla del Arca de Noé hasta que la había notado en la palma, y no había sabido qué iba a contestar al señor Gaunt hasta que oyó salir de su boca aquellas palabras. Pero en el momento de oírlas, comprendió que eran ni más ni menos lo que tenía en la cabeza.

5

—Sandy Koufax —murmuró el señor Gaunt pensativo—. ¡Qué interesante!

—Bueno, no Sandy Koufax en persona —se corrigió Brian—. El cromo de la colección de béisbol.

—¿La de Topps, o la de Fleers?

Brian no creía posible que la tarde pudiera resultar mejor, pero, de pronto, así era. El señor Gaunt también sabía de cromos de béisbol, además de ser un entendido en astillas y en geodas. Era asombroso; realmente asombroso.

—La de Topps.

—Supongo que el cromo que te interesa es el de su primer año como profesional —murmuró el señor Gaunt con aire algo abatido—. No creo que pueda ayudarte en eso, pero...

—No —le interrumpió Brian—. El de mil novecientos cincuenta y cuatro, no. El de mil novecientos cincuenta y seis, ese es el que me gustaría conseguir. Estoy haciendo la colección de cromos de béisbol de mil novecientos cincuenta y seis. Mi padre me ayudó a empezarla. Me divierte buscarlos y solo hay unos pocos que sean realmente caros: Al Kaline, Mel Parnell, Roy Campanella y tipos así. Ya tengo más de cincuenta. Incluido el de Al Kaline. Me costó treinta y ocho dólares. He cortado un montón de césped para conseguir ese cromo.

—No lo dudo —dijo el señor Gaunt con una sonrisa.

—Pues bien, como le digo, la mayoría de los cromos de mil novecientos cincuenta y seis no son demasiado caros: cinco dólares, siete, a veces diez. Pero un Sandy Koufax en buen estado cuesta noventa o cien pavos. Ese año, Sandy no era un gran jugador, pero, por supuesto, más adelante se consagró. Y en esa época los Dodgers aún estaban en Brooklyn. Entonces todo el mundo los llamaba «Da Bums». Al menos, eso es lo que dice mi padre.

—Tu padre tiene toda la razón —afirmó el señor Gaunt—. Creo que tengo algo que te complacerá mucho, Brian. Espera aquí un momento.

Desapareció de nuevo tras la cortina por la que había aparecido y dejó a Brian junto a la vitrina donde guardaba la astilla, la Polaroid y la foto de El Rey. Brian casi saltaba de un pie a otro, lleno de esperanza y de expectación. Se dijo a sí mismo que debía dejar de comportarse como un manojo de nervios; aunque el señor Gaunt tuviera de verdad algún cromo de Sandy Koufax, y aunque fuera un cromo de Topps de los años cincuenta, probablemente resultaría ser uno del año 55, o del 57. E, incluso si fuera realmente el de la temporada del 56, ¿de qué le iba a servir, si no tenía ni un dólar en el bolsillo? Bueno, se dijo, por lo menos podría echarle un vistazo, ¿no? Mirar no costaba dinero, ¿verdad? Esa era otra de las frases favoritas de su madre.

Brian oyó tras la cortina el ruido de unas cajas al ser levantadas y movidas de sitio, y el golpe sordo al ser depositadas de nuevo en el suelo.

—Será solo un momento, Brian —le llegó la voz del señor Gaunt, algo jadeante—. Estoy seguro de que tengo por aquí una caja de zapatos que...

—¡Por mí no se moleste, señor Gaunt! —respondió Brian, deseando con todas sus fuerzas que el señor Gaunt se molestara todo lo necesario.

—Esa caja... tal vez esté en alguna de las remesas de género que aún no he recibido —apuntó el hombre con aire dubitativo.

A Brian le cayó el alma a los pies.

Luego el señor Gaunt añadió:

—De todos modos, estoy seguro de que... ¡Espera! ¡Aquí está! ¡Aquí lo tengo!

El corazón se le aceleró. Más incluso. Le dio un vuelco y amenazó con escapársele del pecho.

El señor Gaunt reapareció de detrás de la cortina. Iba un poco despeinado y tenía una mancha de polvo en la solapa de la chaqueta de media gala. Traía en las manos una caja que había contenido un par de zapatillas Air Jordan. Dejó la caja en el mostrador y la destapó. Brian se acercó por la izquierda del hombre y observó el contenido. La caja estaba llena de cromos de béisbol, cada uno guardado en su correspondiente sobre de celofán, como los que Brian había comprado en alguna ocasión en la tienda de cromos de North Conway, New Hampshire.

—Pensaba que quizá habría una lista inventario del contenido, pero no ha habido suerte —comentó el señor Gaunt—. De todos modos, ya te he dicho que tengo una idea bastante precisa de lo que guardo en existencias. Esa es la clave para llevar un negocio en el que se vende un poco de todo, ¿sabes? Y estoy seguro de haber visto...

Dejó la frase en el aire y empezó a repasar rápidamente los cromos.

Brian los vio pasar a toda velocidad, mudo de asombro. El tipo de la tienda de North Conway tenía lo que su padre había denominado «una buena selección de feria de pueblo», pero el contenido de toda la tienda no le llegaba a la suela de los zapatos de los tesoros que guardaba aquella pequeña caja de calzado deportivo. Había cromos de tabaco de mascar con fotos de Ty Cobb y de Pie Traynor. Había cupones de paquetes de cigarrillos con fotos de Babe Ruth, de Dom DiMaggio, de Big George Keller y hasta de Hiram Dissen, el lanzador manco que jugó en el equipo de los White Sox en los años cuarenta. ¡LUCKY STRIKE GREEN SE HA IDO A LA GUERRA!, proclamaban muchos de los cupones de paquetes de cigarrillos. Y allí, apenas vislumbrado fugazmente, un rostro ancho y solemne sobre la camiseta de uniforme de Pittsburgh...

—¡Dios mío! ¿Ese no era Honus Wagner? —exclamó Brian. Notaba el corazón como un pajarillo que se le hubiera introducido en la garganta y ahora batiera allí las alas, atrapado—. ¡Es el cromo de béisbol más difícil de encontrar del universo!

—Sí, sí —murmuró el señor Gaunt con aire ausente. Sus largos dedos continuaron pasando sobres velozmente, dejando a la vista rostros de otra época atrapados bajo el celofán transparente; hombres que habían robado bases, lanzado bolas curvas y cubierto laterales, héroes de una época dorada, espléndida y pasada. Una época de la cual el muchacho aún albergaba sueños vívidos y llenos de felicidad—. Un poco de todo, esa es la base de un negocio próspero, Brian. La diversidad, el placer, el asombro, la satisfacción... Aun diría más: esa es la base de una vida próspera y feliz. No pretendo darte consejos pero, si me permites un comentario, no te iría mal recordar esta máxima. Pero veamos... por aquí..., por aquí... ¡Ajá!

Extrajo un cromo del centro de la caja como un prestidigitador que hiciera un truco y lo colocó en la mano de Brian con un gesto triunfal.

Era de Sandy Koufax.

Y era un cromo de Topps del año 56.

Y estaba firmado.

—«Para mi buen amigo Brian, con mis mejores deseos, Sandy Koufak» —leyó Brian en un ronco susurro.

Y se encontró incapaz de añadir nada más.

6

Alzó la mirada hacia el señor Gaunt mientras abría y cerraba la boca sin articular palabra. El señor Gaunt sonrió.

—No lo he puesto yo, Brian. Ni siquiera tenía idea. Es solo una coincidencia..., pero una coincidencia estupenda, ¿verdad?

Brian seguía sin poder hablar, de modo que se limitó a un simple gesto de asentimiento con la cabeza. El envoltorio de celofán con su preciado contenido resultaba extrañamente pesado en su mano.

—Sácalo —le invitó el señor Gaunt.

Cuando por fin logró recuperar el habla, el sonido que emergió de su boca fue la voz ronca de un hombre muy viejo e inválido.

—No me atrevo...

—Entonces, lo haré yo —replicó el señor Gaunt. Tomó el sobre de la mano de Brian, lo abrió con la uña del índice, perfectamente cuidada, y extrajo el cromo. A continuación, lo depositó en la mano de Brian.

El muchacho notó unos ligeros surcos en la superficie, producidos por la punta del bolígrafo que había utilizado Sandy Koufax para estampar su nombre..., el nombre de los dos. La firma de Koufax era casi idéntica a la impresa en la foto, solo que en esta última ponía Sanford Koufax y en el autógrafo Sandy Koufax. Además, este era mil veces mejor porque era auténtico. Sandy Koufax había tenido aquel cromo en sus propias manos y había dejado en él su impronta, la impronta de su propia firma y de su nombre mágico.

Pero en aquella dedicatoria había también otro nombre: el de Brian. Algún chico que se llamaba como él había esperado junto al banquillo de Ebbets Field antes de algún partido, y Sandy Koufax, el auténtico Sandy Koufax, joven y fuerte, en vísperas de sus años de gloria, había cogido el cromo que le ofrecía el chico, y que probablemente aún olía a goma de mascar rosa y dulzona, y había estampado en él su nombre... Y el mío también, pensó Brian.

De pronto le sobrevino de nuevo la sensación que lo había invadido al tener en la mano la astilla de madera petrificada. Solo que, esta vez, era más intensa.

Mucho más.

Olor fragante a hierba recién cortada.

Sabor intenso a ceniza sobre cuero de caballo.

Gritos y risas en el banquillo de los bateadores.

Hola, señor Koufax, ¿puede firmarme un autógrafo?

Una cara delgada. Ojos castaños. Cabello bastante oscuro. Se quita la gorra un momento, se rasca la cabeza justo encima de la frente y vuelve a ponerse la gorra.

Claro, chico. Coge el cromo. ¿Cómo te llamas?

Brian, señor... Brian Seguin.

El bolígrafo se desliza sobre el cartón. El autógrafo. La magia. El fuego impreso.

—¿De mayor querrás ser jugador, Brian?

La pregunta tiene un tono de fórmula rutinaria, y el hombre habla sin levantar la vista del cartón que sostiene en su gran mano diestra, para escribir con aquella zurda que poco después se hará mágica.

Sí, señor.

Entrena los fundamentos. Y le devuelve el cromo.

—¡Sí, señor!

Pero él ya se aleja, y luego inicia un trote relajado por la hierba recién cortada en dirección al banquillo, con su sombra trotando tras él...

—¿Brian? ¡Brian!

Unos dedos muy largos chasqueaban bajo su nariz. Los dedos del señor Gaunt. Brian salió de su ensueño y encontró al señor Gaunt contemplándolo divertido.

—¿Estás ahí, Brian?

—Lo siento —respondió el chico, sonrojado. Sabía que debía devolver el cromo, dárselo a aquel hombre y salir de allí, pero parecía incapaz de soltar el cartón. De nuevo, el señor Gaunt lo miraba directamente a los ojos (directamente al cerebro, parecía) y, de nuevo, le resultó imposible eludir aquella mirada.

—Bien —dijo el hombre en voz baja—. Pongamos, Brian, que tú eres el comprador. Supongamos que lo eres. ¿Cuánto pagarías por este cromo?

Como un alud de rocas, el desaliento se desplomó sobre el corazón del muchacho.

—Solo tengo...

El señor Gaunt levantó la mano izquierda.

—¡Chist! —exclamó con gesto severo—. ¡Muérdete la lengua!¡El comprador nunca debe decirle al vendedor cuánto dinero tiene! Eso sería como darle la cartera y vaciarse los bolsillos delante de él en plena transacción. ¡Si no eres capaz de mentir, quédate callado! Esa es la primera regla de un buen comerciante, Brian.

Aquellos ojos, tan grandes y oscuros. Brian experimentó la sensación de estar sumergido en ellos.

—Este cromo tiene dos precios, Brian. Mitad... y mitad. Una mitad es en dinero. La otra mitad consiste en hacer una cosa. ¿Lo has entendido?

—Sí —le respondió Brian. Volvía a sentirse lejos, lejos de Castle Rock, lejos de Cosas Necesarias, lejos de sí mismo, incluso. Lo único real en aquel lugar lejano eran los ojos del señor Gaunt, grandes y oscuros.

—El precio en dinero de este cromo de Sandy Koufax de mil novecientos cincuenta y seis, autografiado, es de ochenta y cinco centavos —le oyó anunciar—. ¿Te parece justo?

—Sí —murmuró. Su voz sonaba remota y minúscula. Se sentía empequeñecer, menguar cada vez más... y aproximarse al punto en que se borraría cualquier recuerdo claro.

—Bien —continuó diciendo la voz acariciadora del señor Gaunt—. Nuestra transacción se ha desarrollado estupendamente hasta aquí. En cuanto a lo que debes hacer... ¿Conoces a una mujer que se llama Wilma Jerzyck, Brian?

—Sí, claro, Wilma —balbuceó Brian en su creciente ofuscación—. Vive cerca de nuestra casa, al otro lado de la manzana.

—Sí, eso creo —asintió el señor Gaunt—. Escucha con atención, Brian.

Y entonces debió de seguir hablando, pero Brian no logró recordar qué había dicho.

7

Lo siguiente de lo que tuvo conciencia fue que el señor Gaunt lo acompañaba amablemente hasta la puerta y lo dejaba en la acera de Main Street, mientras le decía lo mucho que le había encantado conocerlo y le pedía que contara a su madre y a todos sus amigos que había recibido un buen trato y que había hecho una buena compra.

—Desde luego —asintió. Estaba desconcertado..., pero también se sentía estupendamente, como si acabara de despertar de una siesta reconfortante de media tarde.

—Y vuelve por aquí —añadió el señor Gaunt antes de cerrar la puerta.

Brian se quedó mirando el cristal. El rótulo que colgaba en él decía ahora

CERRADO.

8

A Brian le parecía que había pasado horas en Cosas Necesarias, pero en el reloj de la fachada del banco eran solo las cuatro menos diez.

Había estado menos de veinte minutos en la tienda. Se dispuso a montar en la bicicleta, pero luego apoyó el vientre sobre el manillar mientras se llevaba la mano a los bolsillos traseros del pantalón.

De uno de ellos sacó seis brillantes monedas de cobre.

Del otro sacó el cromo autografiado de Sandy Koufax.

Al parecer, era cierto que habían hecho algún tipo de trato. De todas formas, Brian no habría sabido decir cuál era exactamente, aunque en ello le hubiese ido la vida. Lo único que recordaba de forma vaga era que se había mencionado el nombre de Wilma Jerzyck.

«Para mi buen amigo Brian, con mis mejores deseos, Sandy Koufax.»

Un cromo como aquel valía prácticamente cualquier cosa.

Brian lo guardó en la mochila de los libros con cuidado de que no se doblara y empezó a pedalear deprisa hacia su casa. Hizo todo el trayecto con una sonrisa en los labios.

DOS

DOS

1

En las poblaciones pequeñas de Nueva Inglaterra, cuando se inaugura una tienda nueva, los vecinos —por rústicos que sean en muchas otras cosas— demuestran una actitud cosmopolita que sus primos de ciudad rara vez igualan. En Nueva York o Los Ángeles, una nueva galería de arte puede atraer a un pequeño núcleo de posibles clientes o de simples mirones antes de que las puertas abran por primera vez; un club recién abierto puede incluso congregar una multitud, con barreras policiales y paparazzi armados con tarjetas de identificación y teleobjetivos esperando expectantes tras ellas. Hay un murmullo nervioso de conversaciones, como entre los habituales de los teatros de Broadway antes del estreno de una obra nueva que, sea un gran éxito o un fracaso sonado, no dejará de levantar comentarios.

En las poblaciones pequeñas de Nueva Inglaterra, cuando se inaugura una tienda, rara vez se congrega un grupo de gente antes de que abra las puertas. Y nunca se forma un tumulto. Cuando las persianas se levantan, las puertas se abren y el nuevo local se declara abierto al público, las clientas entran y salen de él en un goteo que, sin duda, cualquier forastero tomaría por apático... y, probablemente, por un mal presagio para la futura prosperidad del tendero.

Este aparente desinterés encubre a menudo una intensa expectación y una atención aún más aguda (Cora Rusk y Myra Evans no eran las únicas mujeres de Castle Rock que habían tenido ocupadas las líneas telefónicas con sus comentarios sobre Cosas Necesarias en las semanas previas a su apertura).

De todos modos, ese interés oculto y esa expectación no cambian el código de conducta conservador de la compradora de pueblo. Ciertas cosas, simplemente, no se hacen, sobre todo en los herméticos enclaves yanquis al norte de Boston. Se trata de comunidades que, durante nueve meses al año, viven prácticamente autosuficientes, y en ellas se considera de mal gusto demostrar un excesivo interés por algo demasiado pronto o, en cierto modo, denotar que se ha sentido algo más que un pasajero interés, por así decirlo.

Investigar un nuevo comercio en un pueblo y asistir a una fiesta que da prestigio social en una gran urbe son actividades que producen una buena dosis de excitación entre quienes van a participar, y existen normas para ambas; normas tácitas, que son inmutables y que resultan extrañamente similares. La principal de todas ellas es la de que no hay que ser el primero en llegar. Por supuesto, alguien ha de romper esta norma fundamental, o de lo contrario nadie llegaría nunca, pero una tienda nueva puede permanecer vacía al menos veinte minutos desde que el rótulo de cerrado ha sido vuelto del revés para que diga abierto, y un observador un poco sagaz podría apostar con bastante seguridad a que los primeros en llegar lo harán en grupo: una pareja, un trío o, más probable aún, un cuarteto de mujeres. La segunda norma es que las compradoras que lleven a cabo la investigación exhiban una cortesía tan completa que roce la frialdad. La tercera, que nadie se interese (en la primera visita, al menos) por cuestiones personales o por el pedigrí del nuevo comerciante. La cuarta es que nadie lleve un regalo de bienvenida al pueblo, sobre todo si es algo tan cursi como una empanada o un pastel caseros. La última norma es tan inmutable como la primera: no hay que ser el último en marcharse.

Este majestuoso minué, que podría titularse «La danza de la investigación femenina», se prolonga entre dos semanas y un par de meses y no se produce cuando quien abre el negocio es alguien del pueblo. En este caso, la inauguración puede resultar como una cena parroquial de la Semana del Pueblo: un acto informal, animado y un poco soso. Pero cuando el nuevo comerciante es Forastero (siempre se dice así, de tal modo que uno puede oír la mayúscula), «La danza de la investigación femenina» es tan inapelable como el hecho de la muerte o la fuerza de la gravedad. Y cuando el período de prueba ha terminado (nadie pone ningún anuncio en el periódico que lo diga, pero todo el mundo lo sabe de algún modo), sucede una de dos: o el flujo de compradoras se normaliza y las clientas satisfechas vuelven con regalos de bienvenida —algo retrasados— e invitaciones de «venga a visitarnos»; o bien el nuevo comercio fracasa. En pueblos como Castle Rock, no es raro que los pequeños negocios sean calificados de «ruinosos» semanas o meses antes de que los desafortunados propietarios descubran el hecho por sí mismos.

Pero había en Castle Rock una mujer, al menos, que no se ceñía a las normas establecidas, por inmutables que pudieran parecer a las demás. Se trataba de Polly Chalmers, la dueña de Coser y Cantar. La mayoría no esperaba de ella una conducta normal; al contrario, la sociedad femenina de Castle Rock (y gran parte de la masculina) consideraba a Polly Chalmers una excéntrica. Polly planteaba problemas de todo orden a los autonombrados árbitros sociales de Castle Rock. De entrada, nadie estaba totalmente seguro del punto más básico: si Polly era Del Pueblo, o Forastera. Había nacido y había crecido en Castle Rock, eso era cierto, pero se había marchado con un regalo de Duke Sheehan en la tripa cuando tenía dieciocho años. Eso había sido en 1970, y solo había vuelto una vez por el pueblo antes de regresar para quedarse, en 1987.

Aquel breve regreso tuvo lugar a finales de 1975, cuando su padre agonizaba de un cáncer de intestinos. Después de su muerte, Lorraine Chalmers había sufrido un ataque cardíaco y Polly se había quedado a cuidar de su madre. Lorraine había sufrido un segundo ataque —este, fatal— a principios de la primavera de 1976. Después de enterrar a su madre en el cementerio Tierra Natal, Polly (que para entonces había adquirido un auténtico «aire de misterio», según las mujeres del pueblo) había vuelto a marcharse.

«Esta vez es para siempre», había sido el consenso general, y cuando la última Chalmers superviviente, la anciana tía Evvie, murió en 1981 y Polly no asistió al funeral, tal opinión pareció un hecho consumado. Sin embargo, hacía cuatro años Polly Chalmers había vuelto al pueblo y había abierto la tienda de costura. Aunque nadie lo sabía con seguridad, parecía probable que hubiese utilizado el dinero de la tía Evvie para montar el negocio. ¿A quién si no iba a dejárselo aquella vieja chiflada?

Los más ávidos seguidores de la comédie humaine del pueblo (es decir, la mayoría de los vecinos) se convencieron de que, si Polly tenía éxito en su pequeño negocio y se quedaba, cuando llegara el momento les sería revelada la mayoría de las incógnitas que despertaban su curiosidad. Pero, en el caso de Polly, casi todos los asuntos permanecieron a oscuras. Resultaba realmente exasperante.

Había pasado algunos años en San Francisco; hasta ahí se sabía, pero poco más. Lorraine Chalmers había sido una tumba respecto a su hija descarriada. ¿Había estudiado allí, o en alguna parte? Llevaba el negocio como si hubiera seguido cursos de administración y les hubiera sacado mucho provecho, pero nadie podía decirlo con certeza. A su regreso estaba soltera, pero ¿se había casado alguna vez, en San Francisco o en alguno de los lugares donde tal vez (o tal vez no) había pasado parte del tiempo transcurrido entre «entonces» y «ahora»? Nadie sabía aquello, tampoco; solo se sabía que nunca se había casado con el chico de los Sheehan. Duke se había alistado en los Marines, se había reenganchado varias veces y ahora vendía terrenos en algún lugar de New Hampshire. Y Polly, ¿por qué había vuelto para quedarse, después de tantos años?

Sobre todo, el pueblo se preguntaba qué había sido del bebé. ¿Había abortado la bella Polly? ¿Había entregado el niño o la niña en adopción? ¿Se lo o la había quedado? En tal caso, ¿había muerto, o estaba vivo o viva (¡maldita fuera, no saber ni siquiera el sexo...!) en alguna escuela de alguna parte, y escribía a su madre alguna carta esporádica? Nadie tenía tampoco la más remota idea de estas cosas, y, en muchos aspectos, estas preguntas sin respuesta acerca del hijo (o hija) eran las más mortificantes. La muchacha que había dejado el pueblo en un autobús de la Greyhound con un regalo en la barriga era ahora una mujer de casi cuarenta años y llevaba ya cuatro instalada en el pueblo y dedicada a su tienda. Y nadie había podido averiguar siquiera si el bebé que la había obligado a marcharse había sido niño o niña.

Últimamente, Polly Chalmers había ofrecido al pueblo una nueva demostración de su excentricidad, por si no había dado aún suficientes: había estado saliendo con Alan Pangborn, el comisario del condado de Castle; y el comisario Pangborn había enterrado a su mujer y a su hijo pequeño hacía apenas un año y medio. Tal comportamiento no era un completo escándalo, pero se consideraba definitivamente excéntrico, de modo que nadie se sorprendió demasiado al ver que Polly Chalmers avanzaba por la acera de Main Street, desde su puerta hasta la de Cosas Necesarias, a las diez y dos minutos de la mañana del 9 de octubre. Los vecinos ni siquiera se sorprendieron por el objeto que llevaba en sus manos enguantadas: un envase Tupperware que solo podía contener un pastel.

Era muy propio de ella, fue la opinión de los vecinos cuando, más tarde, comentaron el suceso.

2

El escaparate de Cosas Necesarias ya no tenía rastro de la pasta blanca y tras él se había distribuido una decena de objetos: relojes, un engaste de plata, un cuadro, un tríptico delicioso que solo esperaba a que alguien lo llenara con las fotos de sus seres queridos. Polly contempló los objetos con aprobación y se dirigió a la puerta.

El rótulo colgado en ella decía ABIERTO. Cuando empujó la puerta, encima de su cabeza sonó una campanilla, instalada después de la visita de Brian Rusk.

La tienda olía a moqueta nueva y a pintura reciente. La luz del sol bañaba el local, y al entrar y mirar a su alrededor con interés, se le ocurrió un nítido pensamiento: Esto es un éxito. Todavía no ha cruzado el umbral un solo cliente (salvo que yo lo sea) y ya es un éxito. Admirable.

Los juicios apresurados como aquel no eran muy propios de ella, ni aquella sensación de aprobación inmediata, pero resultaban innegables.

Un hombre alto estaba inclinado ante una de las vitrinas de cristal donde se exponían más objetos. Al oír la campanilla, el hombre levantó la cabeza y le sonrió.

—Hola —saludó.

Polly era una mujer práctica que sabía cómo le funcionaba la cabeza y, en general, le gustaba lo que había en ella; por eso, el instante de confusión que la embargó cuando su mirada se cruzó con la del hombre la dejó totalmente perpleja.

Lo conozco, fue el primer pensamiento claro que logró abrirse paso en aquella inesperada nube de desconcierto. Ya he visto a este hombre antes. ¿Dónde?

Pero no; no lo había visto nunca. Y el conocimiento, la certeza de esto último, le llegó un momento después. Era una impresión de déjà vu, se dijo; esa falsa sensación de recordar algo que todo el mundo experimenta de vez en cuando, una sensación que resulta desorientadora porque es a la vez fantasiosa y prosaica.

Durante un par de segundos perdió el hilo de lo que se proponía decir y solo consiguió dirigirle una débil sonrisa. Después movió la mano izquierda para sujetar mejor el recipiente del pastel y, al hacerlo, una intensa punzada de dolor le recorrió el dorso de la mano hacia la muñeca, como dos púas afiladísimas. Parecía como si se le hubieran clavado profundamente en la carne los dientes de un gran tenedor cromado. Era la artritis, y le producía un dolor de mil diablos, pero, al menos, le ayudó a concentrar de nuevo la atención y a articular unas palabras sin que se le notara la vacilación, aunque a ella le pareció que el hombre quizá la había advertido de todos modos. Aquel individuo tenía unos brillantes ojos de color avellana que miraban como si fueran capaces de captar muchas cosas.

—Hola —respondió—. Me llamo Polly Chalmers y soy la dueña de la tiendecita de ropa y costura que hay un par de puertas calle abajo. He pensado que, puesto que vamos a ser vecinos, sería mejor acercarme a darle la bienvenida a Castle Rock antes de que se le llene la tienda.

El hombre sonrió y su rostro se iluminó. Polly notó que sus labios se abrían en otra sonrisa de respuesta, aunque la mano izquierda seguía doliéndole terriblemente. De no ser porque ya estaba enamorada de Alan, pensó, seguro que habría caído rendida a sus pies sin una protesta: «Llévame a la alcoba, amo, y te acompañaré en silencio».

Con un punto de ironía, se preguntó cuántas de las mujeres que se asomarían por la tienda para echar un breve vistazo antes de que acabara el día volverían a sus casas con una loca pasión por aquel hombre. Advirtió que este no llevaba anillo de boda; más leña al fuego.

—Encantado de conocerla, señora Chalmers —dijo el hombre, que avanzó unos pasos hacia ella—. Soy Leland Gaunt.

Se acercó a Polly tendiéndole la mano y frunció ligeramente el ceño cuando ella dio un corto paso atrás.

—Lo siento —se apresuró a decir la mujer—, pero nunca estrecho una mano. No lo tome como una descortesía, por favor. Tengo artritis, ¿sabe?

Dejó el envase de Tupperware sobre la vitrina más próxima y levantó las manos, enfundadas en guantes de cabritilla. No tenían nada de repulsivo, pero estaban claramente deformadas; la zurda un poco más que la diestra.

En el pueblo había mujeres que pensaban que Polly estaba incluso orgullosa de su enfermedad; ¿por qué si no se apresuraba tanto en proclamarla?

La verdad, sin embargo, era exactamente lo contrario. Aunque no era una mujer vanidosa, a Polly le preocupaba su aspecto hasta el punto de avergonzarse de la fealdad de sus manos, de modo que procuraba pasar lo antes posible el mal trago de enseñarlas. Y cada vez que lo hacía, le rondaba la cabeza durante un instante —tan fugaz que casi siempre pasaba inadvertido— el mismo pensamiento: Ya está. Ya ha pasado. Ahora, puedo seguir con lo demás.

Por lo general, la gente mostraba cierta incomodidad y desasosiego cuando les enseñaba las manos. Gaunt, no. La tomó por el antebrazo con una mano que se apreciaba extraordinariamente fuerte y le dio el apretón de saludo. A Polly debería haberle parecido un gesto impropiamente íntimo por parte de una persona a quien acababa de conocer, pero no se lo tomó como tal. El ademán resultó amistoso, breve e incluso bastante gracioso. Al mismo tiempo, sin embargo, la mujer se alegró de que fuera rápido. Las manos de Gaunt tenían un tacto seco, desagradable, incluso a través del ligero abrigo de otoño que llevaba puesto.

—Debe de ser difícil llevar una tienda de costura con ese dolor en las manos, señora Chalmers. ¿Cómo se las arregla?

Era una pregunta que poca gente le había hecho y, a excepción de Alan, no recordaba que nadie en el pueblo se la hubiera planteado de una forma tan directa.

—Me dediqué por completo a la costura mientras pude —le respondió—. Se podría decir que soporté el dolor estoicamente. Ahora tengo a media docena de chicas que trabajan para mí a tiempo parcial, y yo me dedico más a los diseños. Pero todavía tengo algunos días buenos.

Eso último era mentira, pero a Polly le pareció que no hacía ningún daño, ya que lo decía sobre todo para sí misma.

—En fin, me alegro mucho de que haya venido. A decir verdad, tengo un terrible ataque de miedo escénico.

—¿En serio? ¿Por qué?

Normalmente, Polly Chalmers era aún más cauta en emitir juicios respecto a lugares o a hechos que en hacerlo sobre las personas; por eso le sorprendió —incluso le alarmó un poco— la rapidez y naturalidad con que se sentía cómoda en compañía de aquel hombre, al que había conocido hacía menos de un minuto.

—No hago más que preguntarme qué haré si no entra nadie, nadie en absoluto, en todo el día.

—Vendrán —le aseguró ella—. Querrán echar un vistazo a su mercancía. Nadie parece tener la menor idea de qué se vende en una tienda llamada Cosas Necesarias. Pero vendrán por una razón aún más importante: querrán echarle un vistazo a usted. Es que en un pueblo pequeño como Castle Rock...

—... nadie quiere parecer demasiado interesado, ¿no? —Gaunt terminó la frase por ella—. Ya lo sé. Tengo experiencia de otros lugares como este. Mi mente racional me asegura que esto que acaba de decir es la pura verdad, pero tengo en la cabeza otra vocecilla que me repite continuamente: «No vendrán, Leland, ¡oooh!, no, no vendrán. Todos se mantendrán a distancia, ya lo verás».

Polly se echó a reír al recordar de pronto que así era exactamente como se había sentido el día que había abierto las puertas de Coser y Cantar.

—Pero dígame, ¿qué es eso? —preguntó el hombre, tocando el recipiente de Tupperware con una mano. Y ella se fijó en lo que ya había advertido Brian Rusk: los dedos índice y corazón medían exactamente lo mismo.

—Es un pastel. Y si conozco el pueblo solo la mitad de lo que creo, puedo asegurarle que será el único que le traigan en todo el día.

Leland Gaunt sonrió, visiblemente complacido.

—Gracias. Muchísimas gracias, señora Chalmers. Me siento abrumado...

Y ella, que jamás había ofrecido a nadie que la llamara por su nombre de pila en su primer encuentro, a veces ni siquiera después de varios (y que siempre veía con malos ojos a cualquiera —agentes inmobiliarios, vendedores o agentes de seguros— que se apropiara de tal privilegio sin permiso), se quedó asombrada al oírse a sí misma diciendo:

—Ya que vamos a ser vecinos, ¿no debería llamarme Polly?

3

El pastel era de chocolate; a Leland Gaunt le bastó con levantar la tapa del envase y oler para comprobarlo. Luego pidió a Polly que se quedara a tomar una tajada con él. La mujer vaciló. Gaunt insistió.

—Debe de tener usted a alguien al cuidado de su tienda, ¿no? —dijo él—. Y en la mía, nadie se atreverá a poner el pie en la próxima media hora, por lo menos... Con ese tiempo debería ser suficiente. Además, tengo mil preguntas que hacerle acerca del pueblo.

Así pues, Polly accedió. El hombre desapareció tras la cortina de un pasillo al fondo de la tienda y ella le oyó subir unos peldaños —seguramente utilizaba el piso superior como vivienda, aunque fuera de modo provisional— para ir a buscar platos y tenedores. Mientras esperaba a que volviese, Polly recorrió el local inspeccionando los objetos.

Un rótulo enmarcado en la pared más cercana a la puerta por la que había entrado anunciaba que la tienda abriría de diez de la mañana a cinco de la tarde los lunes, miércoles, viernes y sábados. Estaría cerrada, «salvo citas concertadas», los martes y jueves, hasta finales de primavera... o hasta que volvieran a llegar —se dijo Polly, sonriendo para sí— aquellos turistas y veraneantes chiflados y ruidosos, agitando sus puñados de dólares.

Cosas Necesarias era, decididamente, una tienda de curiosidades. Una tienda de cosas curiosas a gran escala, habría dicho a primera vista, pero un examen más detenido de los objetos que ofrecía apuntaba a que no resultaba tan fácil de catalogar.

Los objetos que ya estaban expuestos cuando Brian había pasado por el local la tarde anterior —la geoda, la cámara Polaroid, la foto de Elvis Presley, y los demás— seguían allí, pero se les habían sumado cuatro o cinco decenas más. De una de las paredes pintadas de blanco mate pendía una pequeña alfombra que probablemente valía una fortuna. Era turca, y antigua. En una de las vitrinas había una colección de soldaditos de plomo, probablemente antigua, pero Polly sabía que todos los soldaditos de plomo parecen antigüedades. Incluso los fundidos en Hong Kong una semana antes.

La oferta era de lo más variado. Entre la foto de Elvis, que le pareció el típico producto que se anunciaría rebajado a 4,99 dólares en cualquier feria rural del país, y una veleta con el águila norteamericana especialmente carente de interés, había una pantalla de lámpara de cristal emplomado que, desde luego, valía más de ochocientos dólares y podía llegar hasta los cinco mil. Una tetera con bastantes golpes y ningún atractivo aparecía flanqueada por un par de espléndidas muñecas de porcelana, y Polly no pudo ni siquiera aventurarse a pensar el precio que debían de tener aquellas hermosas muñecas francesas de mejillas sonrosadas y hermosas piernas con medias hasta los muslos.

También había una selección de cromos de béisbol y de cupones de paquetes de cigarrillos, un puñado de revistas de ciencia ficción de los años treinta (pulps como Weird Tales, Astounding Tales o Thrilling Wonder Stories), una radio de mesa de los cincuenta con ese desagradable tono rosa pálido que parecía el preferido de la gente de la época en lo tocante a los electrodomésticos, cuando no en política.

La mayoría de los objetos —aunque no todos— tenían ante ellos unas plaquitas. En una de ellas ponía: GEODA TRICRISTALINA, ARIZONA. En otra: JUEGO COMPLETO DE LLAVES DE CASQUILLO. La situada ante la astilla que tanto había asombrado a Brian rezaba: MADERA PETRIFICADA DE TIERRA SANTA. Las placas junto a los cromos y las revistas decían: MÁS SURTIDO EN EXISTENCIAS.

Polly observó que todos los objetos, fueran tesoros o cachivaches, tenían una cosa en común: ninguno de ellos tenía etiqueta con el precio.

4

Gaunt regresó con dos platillos —loza de Corning sencilla y vieja, nada interesante—, un cuchillo para el pastel y un par de tenedores.

—Ahí arriba lo tengo todo revuelto —confesó, mientras quitaba la tapa del Tupperware y la apartaba a un lado (vuelta del revés para no dejar un cerco de azúcar glaseado en la cómoda que utilizaba como mesilla)—. Buscaré una casa en cuanto haya terminado de poner orden aquí, pero de momento creo que voy a vivir encima de la tienda. Está todo en cajas de cartón. ¡Señor!, odio las cajas de cartón. ¿Qué le parece, Polly...?

—¡Un pedazo tan grande no! —protestó ella—. ¡Dios mío!

—Está bien —asintió Gaunt en tono alegre, dejando la abundante porción de pastel de chocolate en uno de los platos—. Este será para mí. ¿Le parece bien así?

—Menos, todavía.

—No puedo cortarlo más fino —dijo él, y partió una delgada porción—. Huele de maravilla. Gracias de nuevo, Polly.

—No hay de qué.

Realmente, olía bien, y Polly no estaba a régimen, pero su negativa inicial había sido más que una norma de cortesía en un primer encuentro. Durante las tres últimas semanas había reinado un delicioso veranillo en Castle Rock, pero el lunes el tiempo había empeorado y, con el cambio de temperatura, tenía las manos fatal. El dolor remitiría, probablemente, cuando las articulaciones se habituaran al frío (al menos, así rogaba que fuese; así había sucedido siempre, aunque Polly no ignoraba el carácter progresivo de su enfermedad), pero aquella mañana, desde primera hora, le producían un dolor terrible. Cuando le cogía tan fuerte, no estaba segura de qué serían capaces de hacer aquellas manos traidoras, y su negativa inicial se había debido a esta preocupación y a la posibilidad de una situación embarazosa.

Entonces se quitó los guantes y flexionó la mano derecha tentativamente. Un aguijonazo de dolor voraz le recorrió el antebrazo hasta el codo. La flexionó de nuevo y apretó los labios, esperando una nueva punzada. El dolor volvió, pero esta vez no fue tan intenso y Polly se relajó un poco. Todo iba a salir bien. No de maravilla, no todo lo agradable que debería ser tomar un pedazo de pastel, pero bastante bien. Asió el tenedor con cuidado, doblando los dedos lo menos posible para agarrarlo. Mientras se llevaba el primer bocado a la boca, vio que Gaunt la miraba con aire compasivo. Ahora se compadecerá de mí, pensó con cierta melancolía, y me contará la artritis terrible que sufría su abuelo, o su ex esposa, o quién sabe.

Pero Gaunt no llegó a compadecerse. Tomó un bocado de pastel y puso los ojos en blanco en un gesto cómico.

—Olvídese de la costura y los patrones —comentó—. Debería usted abrir un restaurante.

—¡Oh!, el pastel no lo he hecho yo —confesó Polly—. Pero le trasmitiré el elogio a Nettie Cobb, mi asistenta.

—Nettie Cobb... —murmuró él pensativo, al tiempo que cortaba otro bocado de su pedazo de pastel.

—Sí... ¿La conoce?

—Lo dudo mucho —le respondió Gaunt, como quien vuelve bruscamente a la realidad—. No conozco a nadie en Castle Rock. —Dirigió una mirada de astucia con el rabillo del ojo a la mujer y preguntó—: ¿Hay alguna posibilidad de que su asistenta quiera cambiar de casa?

—Ninguna —respondió Polly con una carcajada.

—Querría consultarle algo sobre los agentes de la propiedad. ¿Cuál es el que más confianza le inspira de por aquí?

—Bueno, son todos unos ladrones, pero Mark Hopewell debe de ser tan de fiar como el que más.

El señor Gaunt reprimió una carcajada y se llevó una mano a la boca para evitar que le saltara una lluvia de migajas. Entonces se atragantó, y Polly le habría dado con gusto unas palmaditas en la espalda, si no le hubieran dolido tanto las manos. Por mucho que fuera la primera vez que lo veía, aquel hombre le caía muy bien.

—Lo siento —dijo él, todavía riéndose un poco—. De modo que todos son unos ladrones, ¿eh?

—Sí. Rotundamente.

De haber sido de otra manera, de haber sido una mujer menos reservada respecto a su propio pasado, Polly habría empezado en aquel mismo instante a hacer preguntas directas a Leland Gaunt. ¿Por qué había acudido a Castle Rock? ¿De dónde venía? ¿Cuánto tiempo se quedaría? ¿Tenía familia? Sin embargo, no era de esa clase de mujeres y por eso se contentó con responder a las preguntas de aquel extraño... De hecho, lo hizo encantada, ya que ninguna de ellas era de tipo personal. Gaunt quería información acerca del pueblo: si había mucha vida en Main Street durante el invierno, si había por allí algún lugar donde pudiera comprar un hornillo de campaña, cuáles eran los costos de los seguros y un centenar de cosas más. Sacó una fina libreta de notas con tapas de cuero negro del bolsillo de la chaqueta cruzada azul que llevaba puesta y, con gesto grave, fue apuntando los nombres que ella mencionaba.

Polly bajó la vista al plato y vio que se había terminado todo el pedazo de pastel. Las manos aún le dolían, pero las notaba mucho mejor que cuando había llegado. Recordó que había estado a punto de renunciar a acudir a la nueva tienda, por lo mucho que le molestaban, pero en aquel momento se alegraba de haber cambiado de opinión, a pesar de todo.

—Tengo que irme —dijo por fin, tras consultar el reloj—. Rosalie pensará que me he muerto.

Habían tomado el pastel de pie. Al oírla, Gaunt recogió los platos, colocó los tenedores encima y volvió a ajustar la tapa del recipiente de plástico.

—Se lo devolveré cuando haya terminado el pastel, ¿le parece bien?

—Perfecto.

—Entonces, lo tendrá probablemente para media tarde —añadió él con ademán grave.

—No es preciso que se dé tanta prisa —respondió Polly mientras Gaunt la acompañaba hasta la puerta—. Me he alegrado mucho de conocerlo.

—Gracias por venir —dijo él. Por un instante, Polly pensó que se disponía a tomarla por el brazo y experimentó una sensación de rechazo (estúpida, por supuesto) ante la idea de que la tocara. Sin embargo, Gaunt no llegó a hacerlo—. Ha hecho usted muy fácil un día que preveía aterrador.

—No se apure, saldrá usted adelante. —Polly abrió la puerta e hizo allí una pausa. No había preguntado al hombre nada acerca de él, pero tenía curiosidad por saber una cosa. Demasiada curiosidad para marcharse sin preguntársela—. Tiene toda clase de cosas interesantes...

—Gracias.

—... pero ninguna lleva el precio. ¿Por qué?

—Es una pequeña excentricidad por mi parte, Polly —respondió Gaunt con una sonrisa—. Siempre he pensado que una venta que merezca la pena también merece cierto regateo. Creo que en mi última reencarnación debí de ser un comerciante de alfombras de Oriente Medio. De Irak, probablemente, aunque en estos tiempos no debería decirlo, por si las moscas...

—Entonces ¿ajusta usted sus precios a la situación del mercado? —insistió la mujer con un tonillo burlón.

—Podría decirse así —asintió él con aire serio, y Polly Chalmers volvió a asombrarse del intenso color avellana de sus ojos, de su extraña belleza—. Yo prefiero considerarlo como determinar el valor según la necesidad.

—Entiendo.

—¿De veras?

—Bueno..., creo que sí. Y eso explica el nombre de la tienda.

—Tal vez. —Gaunt sonrió—. Supongo que sí, ahora que lo dice.

—Bueno, señor Gaunt, le deseo un día espléndido...

—Leland, por favor. Mejor aún, llámeme Lee.

—Leland, pues. Y no se preocupe por los clientes. Creo que antes del viernes tendrá que contratar un guardia de seguridad para despejar la tienda a la hora de cerrar.

—¿Eso cree? Sería maravilloso.

—Adiós.

Ciao —se despidió Gaunt, y cerró la puerta tras Polly.

Luego se quedó un momento tras el cristal, observando a la mujer que se alejaba calle abajo, colocándose de nuevo los guantes sobre aquellas manos tan deformadas y que tanto contrastaban con el resto de su cuerpo, delgado y agradable, aunque no tremendamente espectacular. La sonrisa del hombre se hizo aún más amplia. Y cuando sus labios se abrieron dejando a la vista su dentadura irregular, la sonrisa adquirió un inquietante aire depredador.

—Tú me servirás —murmuró en voz baja en la tienda vacía—. Me servirás muy bien.

5

La predicción de Polly resultó totalmente acertada. Cuando llegó la hora de cierre de la tienda aquella jornada inaugural, casi todas las mujeres de Castle Rock —todas las importantes al menos— y algunos hombres se habían detenido brevemente en Cosas Necesarias para echar una rápida ojeada al nuevo comercio. Y casi todos los visitantes se empeñaron en asegurar a Gaunt que solo tenían un momento, porque iban camino de algún otro recado.

Stephanie Bonsaint, Cynthia Rose Martin, Barbara Miller y Francine Pelletier fueron las primeras; Steffie, Cyndi Rose, Babs y Francie llegaron formando un grupo autoprotector apenas diez minutos después de que Polly fuera vista abandonando la nueva tienda (la noticia de su aparición a la puerta del local se había difundido rápida y completamente gracias al teléfono y al eficaz sistema de transmisión de rumores que funciona en los patios de vecindad de los pueblos de Nueva Inglaterra).

Steffie y sus amigas inspeccionaron la tienda entre exclamaciones de sorpresa e interés, tras asegurar a Gaunt que no podían quedarse mucho rato porque era el día de la partida de bridge (aunque no precisaron que, normalmente, no empezaban a jugar hasta pasadas las dos de la tarde). Francine le preguntó de dónde era y Gaunt le respondió que de Akron, Ohio. Steffie quiso saber si llevaba mucho tiempo en el negocio de las antigüedades y el hombre contestó que no se consideraba un anticuario... exactamente. Cyndi se interesó por saber si el señor Gaunt llevaba mucho tiempo en Nueva Inglaterra. Bastante, asintió él, bastante.

Más tarde, las cuatro mujeres coincidieron: la tienda era interesante —¡había tantas cosas curiosas!—, pero la entrevista había resultado muy decepcionante. El hombre era tan reservado como Polly Chalmers; más incluso, tal vez. Babs comentó entonces algo que todas ellas sabían (o creían saber) ya: que Polly había sido la primera persona del pueblo en entrar en la nueva tienda, y que había llevado un pastel. Babs aventuró que tal vez Polly Chalmers conocía a aquel señor Gaunt..., que lo conocía de antes, de esos años que había pasado fuera.

Cyndi Rose expresó su interés por un jarrón de estilo Lalique y preguntó al señor Gaunt (que no andaba lejos pero no las atosigaba con su presencia, según notaron todas con aprobación) cuánto costaba la pieza.

—¿Cuánto diría usted? —respondió el hombre con una sonrisa.

Ella le devolvió la sonrisa con cierta coquetería.

—¡Oh! ¿Es así como hace usted los negocios, señor Gaunt?

—Sí, en efecto.

—En fin, creo que tiene más posibilidades de salir perdiendo que de ganar, si se dedica a regatear con yanquis —declaró Cyndi Rose, mientras sus amigas contemplaban el diálogo con el concentrado interés de un grupo de espectadoras de un partido de tenis en el torneo de Wimbledon.

—Eso habrá que verlo —replicó Gaunt. Su tono de voz seguía siendo amistoso, pero ahora también había en él un leve matiz de desafío.

Cyndi Rose volvió a contemplar el jarrón, esta vez con más detenimiento. Steffie Bonsaint le cuchicheó algo al oído. Cyndi Rose asintió.

—Diecisiete dólares —dijo. En realidad, el jarrón tenía aspecto de valer cincuenta, y la mujer calculó que en una tienda de antigüedades de Boston estaría marcado a ciento ochenta.

Gaunt recogió los dedos bajo el mentón en un gesto que Brian Rusk habría reconocido.

—Creo que tendré que pedirle, al menos, cuarenta y cinco —replicó con cierta compunción.

A Cyndi Rose se le iluminaron los ojos. Allí había posibilidades. En un primer momento, el jarrón de estilo Lalique apenas había despertado en ella un ligero interés; en realidad, solo lo había utilizado como un recurso más para continuar la conversación con el misterioso señor Gaunt. En aquel momento, en cambio, al examinar el objeto con mayor detalle, vio que era realmente una obra notable que haría muy buen efecto en el salón de su casa. La orla de flores alrededor del cuello esbelto del jarrón era del mismo tono exacto que el papel pintado de las paredes. Hasta que Gaunt hubo respondido a su sugerencia con un precio que estaba solo un par de dedos más allá de su alcance, Cyndi Rose no se había dado cuenta de que deseaba tanto quedarse con aquel jarrón.

Consultó con sus amigas.

Gaunt observó al grupo sonriendo amablemente.

Entonces sonó de nuevo la campanilla de la puerta y entraron otras dos mujeres.

El primer día completo de negocio había empezado en Cosas Necesarias.

6

Cuando diez minutos más tarde las componentes del club de bridge de Ash Street dejaron Cosas Necesarias, Cyndi Rose llevaba una bolsa de plástico en cuyo interior, envuelto en papel de seda, estaba el jarrón Lalique.

Lo había adquirido por treinta y un dólares, más impuestos; era casi todo el dinero para imprevistos que tenía guardado, pero estaba tan encantada con aquel objeto que casi ronroneaba de satisfacción.

Por lo general, después de una compra tan impulsiva como la que acababa de hacer, Cyndi Rose se sentía insegura y un poco avergonzada de sí misma, convencida de haber pagado más de la cuenta o de haber sido claramente estafada. Pero en esta ocasión, no era así. Esta vez había salido ganando en la transacción. El señor Gaunt incluso le había dicho que volviera, que tenía la pareja de aquel jarrón y que la recibiría en un envío aquella misma semana, tal vez aquel mismo día. El que acababa de comprar resultaría muy bien en la mesilla del salón, pero si tenía la pareja, podría ponerlos en ambos extremos de la repisa de la chimenea y el efecto sería estupendo.

Sus tres amigas también consideraron que había hecho una buena compra, y aunque algo frustradas por haber averiguado tan poca cosa del señor Gaunt, la opinión que les mereció el nuevo vecino fue, en conjunto, muy favorable.

—Tiene unos ojos verdes muy atractivos —comentó Francie Pelletier con cierta languidez.

—¿Verdes? —dijo Cyndi Rose un poco desconcertada. A ella le había parecido que eran grises—. No me he fijado.

7

A media tarde, Rosalie Drake, la empleada de Polly en Coser y Cantar, se dejó caer por Cosas Necesarias durante el descanso para el café, acompañada de Nettie Cobb, la asistenta de su jefa. En la tienda había varias mujeres curioseando y, en el rincón del fondo, dos muchachos del instituto de Castle Rock revolvían una caja de cartón llena de tebeos antiguos e intercambiaban entusiasmados comentarios; era asombroso, se murmuraban el uno al otro, que en aquella caja hubiera tantas de las revistas que les faltaban para completar sus colecciones. Solo quedaba esperar que los precios no fueran demasiado elevados; era imposible saberlo sin preguntar, ya que no había etiquetas con el precio en las bolsas de plástico que protegían los tebeos.

Rosalie y Nettie saludaron al señor Gaunt y este pidió a la primera que diera de nuevo las gracias a Polly Chalmers por el pastel; luego sus ojos siguieron a Nettie, que se había alejado después de las presentaciones y estaba observando con aire bastante nostálgico una pequeña colección de objetos de cristal emplomado. Gaunt dejó a Rosalie estudiando la foto de Elvis colocada junto a la astilla de MADERA PETRIFICADA DE TIERRA SANTA y se aproximó a Nettie.

—¿Le gusta el cristal emplomado, señorita Cobb? —inquirió sin alzar la voz.

La mujer dio un pequeño respingo. Nettie Cobb tenía las facciones y el porte casi dolorosamente tímido de una persona hecha para sobresaltarse ante cualquier voz, por suave y amistosa que fuera, que sonara de pronto en sus proximidades. Se volvió y dirigió una sonrisa nerviosa al dueño de la tienda.

—Es señora Cobb —corrigió—. Aunque mi marido murió hace tiempo.

—Lamento oírlo.

—No es preciso que lo sienta. Ya han pasado catorce años. Mucho tiempo. En efecto, tengo una pequeña colección de piezas de cristal emplomado. —Nettie Cobb casi pareció estremecerse, como haría un ratoncillo ante la cercanía de un gato—. Aunque no puedo permitirme unas piezas tan bonitas como estas. Son realmente encantadoras. Como deben de ser las cosas en el cielo.

—Bueno, le diré un secreto —respondió él—. Cuando compré estas piezas, adquirí muchas más y no salen tan caras como piensa usted. Y esas otras son mucho más bonitas aún. ¿No le apetecería pasarse por aquí mañana para echarles un vistazo?

La mujer dio un nuevo respingo y se apartó un paso, como si el señor Gaunt le hubiera propuesto que volviera al día siguiente para pellizcarle el trasero unas cuantas veces, quizá hasta hacerla gritar.

—¡Oh!, no creo que... El jueves tengo el día muy ocupado, ¿sabe...? En casa de Polly Chalmers... Los jueves hacemos la limpieza semanal, ¿sabe?

—¿Seguro que no puede pasarse ni un momento? —insistió él—. Polly me ha dicho que es usted quien ha hecho el pastel que ha traído esta mañana...

—¿Estaba bueno? —preguntó Nettie nerviosa. En sus ojos se leía que esperaba que Gaunt le respondiera: «No, no estaba bueno, Nettie, me ha dado retortijones, me ha provocado diarrea incluso, de modo que voy a hacerte daño, Nettie, voy a llevarte a rastras a la trastienda y voy a retorcerte los pezones hasta que te rindas...».

—Estaba estupendo —respondió el hombre en tono tranquilizador—. Me ha recordado los que hacía mi madre..., y han pasado muchos años desde entonces.

Aquel era el punto flaco de Nettie, quien había querido muchísimo a su madre a pesar de las palizas que había recibido de ella por sus frecuentes escapadas a los bares de copas y música. La mujer se relajó un poco.

—Bueno, está bien —dijo por fin—. Me alegro muchísimo de que le haya gustado. Naturalmente, ha sido idea de Polly. Es la mujer más encantadora del mundo.

—Sí —respondió Gaunt—. Después de conocerla, comparto su opinión. —Dirigió una mirada a Rosalie Drake, pero esta seguía inspeccionando los artículos de la tienda. Miró de nuevo a Nettie y añadió—: De todos modos, considero que le debo a usted algo...

—¡Oh, no! —exclamó Nettie, alarmada de nuevo—. No me debe nada en absoluto, señor Gaunt.

—Pásese por aquí mañana, por favor. Aprecio que tiene usted buen gusto para los cristales emplomados..., y así podré devolverle el recipiente en el que ha traído el pastel la señora Chalmers.

—Bueno..., supongo que podría encontrar un momento para venir durante el descanso de mediodía... —Los ojos de Nettie decían que la mujer no podía creer lo que estaba saliendo de sus propios labios.

—Espléndido —asintió el hombre, y se alejó de ella rápidamente, sin darle tiempo a cambiar de opinión. Se acercó a los muchachos del fondo y les preguntó qué tal les iba. Los chicos, con aire dubitativo, le mostraron varios ejemplares antiguos de El increíble Hulk y de La Patrulla X. Cinco minutos más tarde, salían de la tienda con los tebeos en las manos y una expresión de perplejidad y satisfacción en el rostro.

Apenas acababa de cerrarse la puerta tras ellos, cuando volvió a abrirse y dejó paso a Cora Rusk y Myra Evans. Las dos mujeres miraron a su alrededor con los ojos brillantes y ávidos de unas ardillas en plena estación de recogida de provisiones, y se acercaron de inmediato a la vitrina de cristal que contenía la foto de Elvis. Cora y Myra se inclinaron a observarla, entre arrullos de admiración, exhibiendo unos traseros que fácilmente alcanzaban dos mangos de hacha de ancho.

Gaunt los contempló con una sonrisa.

La campanilla de la puerta volvió a sonar. La recién llegada era tan voluminosa como Cora Rusk, pero Cora estaba gorda y aquella mujer era robusta, como robusto es el aspecto de un leñador con barriga de bebedor de cerveza. En la blusa llevaba prendido un gran botón blanco con letras rojas que proclamaban:

NOCHE DE CASINO - ¡PARA PASAR UN BUEN RATO!

Las facciones de la mujer tenían el encanto de una palada de nieve. Sus cabellos, de un tono castaño deslucido y nada extraordinario, estaban cubiertos casi por completo por un pañuelo que llevaba anudado severamente bajo la ancha papada. Durante un par de segundos, la recién llegada inspeccionó el interior de la tienda con sus ojillos hundidos, volviendo la mirada velozmente a un lado y a otro como un pistolero que estudiara el interior de un saloon antes de abrir de golpe las puertas batientes y organizar un tiroteo. Después avanzó unos pasos.

Entre las mujeres que deambulaban ante las vitrinas, pocas le dedicaron algo más que una breve mirada, pero Nettie Cobb se quedó observando a la recién llegada con una expresión insólita, mezcla de odio y de consternación. Acto seguido, se apartó apresuradamente del cristal emplomado. Su movimiento llamó la atención de la mujer del pañuelo, que miró a Nettie con un ademán de patente disgusto, seguido de un gesto despectivo.

Instantes después, la campanilla de la puerta volvió a sonar mientras Nettie abandonaba la tienda.

El señor Gaunt observó todo lo sucedido con gran interés. Luego, se acercó a Rosalie y le comentó:

—Me temo que la señora Cobb se ha marchado sin usted.

Rosalie se volvió, sorprendida.

—¿Por qué...? —empezó a preguntar, pero sus ojos se fijaron en la recién llegada del distintivo con la leyenda de Noche de Casino firmemente prendido entre los pechos, quien, brazos en jarras sobre sus inmensas caderas, examinaba la alfombra turca colgada de la pared con el concentrado interés de un estudiante de arte en una exposición—. ¡Oh! Discúlpeme, señor, pero tengo que marcharme ahora mismo —añadió entonces Rosalie.

—Por lo visto usted y esa señora no se llevan demasiado bien —apuntó el señor Gaunt.

Rosalie le lanzó una aturdida sonrisa. Gaunt volvió a mirar a la mujer del pañuelo y preguntó quién era. Rosalie arrugó la nariz.

—Wilma Jerzyck —respondió—. Discúlpeme... Tengo que alcanzar a Nettie. Es muy impresionable, ¿sabe usted?

—Desde luego que sí —contestó el hombre, y siguió con la mirada a Rosalie hasta que esta cerró la puerta. Luego añadió para sí: «¿No lo somos todos?».

A continuación notó unos golpecitos en el hombro y se volvió. Era Cora Rusk.

—¿Cuánto cuesta ese retrato de El Rey? —preguntó.

Leland Gaunt le dedicó una de sus deslumbrantes sonrisas antes de contestar:

—Bien, hablemos de ello. ¿Cuánto calcula usted que vale?