delantal o con uno de los Kleenex que siempre tenía apretujados bajo la almohada, le daba uno o dos besos y le decía:
—Bueno, querida, ya se han ido. He acuchillado a esos molestos cables de uno en uno. Míralo tú misma.
Ella miraba (aunque en la época de la que os hablo ya no veía nada), seguía llorando un poco y luego me abrazaba y me decía:
—Gracias, Dolores. Creo que esta vez sí pretendían atraparme en serio.
O a veces me llamaba Brenda al darme las gracias. Brenda era el ama de llaves que los Donovan tenían en Baltimore. Otras veces me llamaba Clarice, que era su hermana y murió en 1958.
Algunos días subía a la habitación y la encontraba medio caída de la cama, gritando que había una serpiente en la almohada. Otras veces estaba sentada con las sábanas sobre la cabeza, chillando que las ventanas ampliaban la luz del sol como una lupa y que se iba a quemar. A veces juraba que ya sentía cómo se le achicharraba el pelo. Daba lo mismo que estuviera lloviendo o que hubiera más niebla que en la mente de un borracho; se empeñaba en que el sol la freiría viva, de modo que yo cerraba las persianas y luego la abrazaba hasta que dejaba de llorar. A veces seguía abrazándola, porque incluso cuando ya estaba callada notaba que temblaba como un cachorro maltratado por niños consentidos. Me pedía una y otra vez que le examinara la piel y le dijera si el sol le había producido ampollas en algún sitio. Yo le contestaba una y otra vez que no le había salido ninguna, y al cabo de un rato se dormía. Otras veces, en lugar de dormir, caía en un estupor y susurraba cosas a gente que no estaba ahí. En ocasiones hablaba francés, y no me refiero al parley-voo de la isla. A ella y a su marido les encantaba París y viajaban allá siempre que podían, en algunos casos con los hijos y en otros solos. A veces, cuando estaba animada, se ponía a contarlo —los cafés, los clubes nocturnos, las galerías y los botes del Sena— y a mí me encantaba escucharla. Se le daban bien las palabras y cuando se ponía a contarte algo de verdad, casi podías verlo.
Pero lo peor, lo que le provocaba un terror mayor, eran las pelusas. Ya sabéis a qué me refiero: esas pelotillas de polvo que se forman bajo las camas, detrás de las puertas y en los rincones. Parecen como vainas de algodoncillo, eso es. Sabía que era eso incluso cuando ella no era capaz de decirlo y por lo general lograba calmarla, pero no he conseguido averiguar la razón de su miedo por un puñado de zurullos fantasma —o lo que ella creyera que fueran realmente—, aunque me lo imagino. No os riais, pero se me ocurrió en un sueño.
Por suerte, la alucinación de las pelusas de polvo no aparecía con tanta frecuencia como la de las quemaduras en la piel o la de los cables del rincón. Pero cuando aparecía, yo sabía que me esperaba un mal rato. Sabía que se trataba de la pelusa incluso si estábamos en plena noche y yo me encontraba en mi habitación, dormida y con la puerta cerrada, en cuanto ella empezaba a gritar. Cuando se le metía en la cabeza cualquiera de las otras cosas…
¿Cómo, querida?
¿Ah, no?
No, no hace falta que acerques esa grabadora tan mona; si quieres que hable más alto lo haré. Por lo general soy la tipeja más gritona que puedas conocer. Joe solía decir que deseaba tener a mano los tapones de algodón cada vez que yo entraba en casa.
Lo que pasa es que su comportamiento con lo de la pelusa me daba escalofríos y supongo que el hecho de que haya bajado la voz demuestra que todavía me los da. Incluso ahora que está muerta. A veces trataba de regañarla: «¿Qué pretendes con esa tontería, Vera?», le decía. Pero no era ninguna tontería, al menos, no para Vera. Más de una vez creí saber cómo acabaría su vida: se moriría de miedo a las jodidas pelusas. Y no andaba tan equivocada, ahora que lo pienso.
Había empezado a decir que cuando se le metía en la cabeza cualquiera de las otras cosas —la serpiente de la almohada, el sol, los cables— se ponía a gritar. Cuando era la pelusa, aullaba. Muchas veces ni siquiera articulaba palabra alguna. Se limitaba a proferir aullidos, tan largos y tan fuertes que te helaban el corazón.
Yo acudía corriendo y me la encontraba tirándose de los pelos o arañándose la cara con las uñas y con pinta de bruja. Se le ponían los ojos tan grandes que casi parecían huevos duros, y siempre miraban fijamente a uno u otro rincón.
A veces conseguía decir: «¡Pelusas, Dolores! ¡Ah, por Dios, pelusas!». Otras veces solo podía llorar y balbucear. Se tapaba los ojos durante uno o dos segundos con las manos, pero luego las retiraba. Era como si no soportara lo que veía, pero tampoco fuera capaz de no mirar. Y de nuevo empezaba a arañarse la cara. Yo le cortaba las uñas tanto como podía, pero aun así con frecuencia llegaba a derramar sangre y cada vez que eso ocurría me preguntaba cómo podía ser que su corazón aguantara aquel terror tan puro, con lo vieja y gorda que estaba.
En una ocasión se cayó de la cama y se quedó tendida con una pierna retorcida bajo el cuerpo. Me dio un miedo del copón, sí. Entré corriendo y me la encontré en el suelo, dando puñetazos a la madera como un niño en plena pataleta y soltando unos gritos que se alzaban hasta el techo. En todos los años que trabajé para ella, fue la única vez que llamé al doctor Freneau en plena noche. Vino desde Jonesport con la lancha de Collie Violette. Lo llamé porque creía que se había roto la pierna —era la única explicación por la manera en que le quedaba doblada— y que casi seguramente se moriría de un infarto. No estaba rota —no lo entiendo, pero Freneau dijo que solo estaba distendida—, y al día siguiente ella entró de nuevo en un período lúcido y no recordaba nada. Le pregunté un par de veces por la pelusa cuando volvió a tener el mundo más o menos enfocado y me miró como si me hubiera vuelto loca. No tenía ni la menor idea de lo que le estaba hablando.
Después de que ocurriera unas cuantas veces, supe qué hacer. En cuanto la oía aullar de aquella manera, saltaba de la cama y salía de la habitación, que estaba bastante cerca de la suya, con el cuarto de la plancha de por medio. Guardaba una escoba en el distribuidor, con el recogedor encajado en el mango, desde que tuvo su primer ataque con la pelusa. Entraba a la carga en su dormitorio blandiendo la escoba como si fuera una bandera con la que detener un maldito tren de correo y gritando (era la única manera de que me oyera): «¡Yo las cogeré, Vera! ¡Yo me encargo! ¡Tú aguanta el jodido teléfono!».
Y pasaba la escoba por el rincón hacia el que ella estuviera mirando y luego repasaba el otro por si acaso. Después, a veces se calmaba, pero lo más normal era que empezara a chillar que había más debajo de la cama. Entonces me arrodillaba y hacía ver que también barría allí. En una ocasión, la estúpida, asustada y penosa vieja estuvo a punto de caer de la cama sobre mí al tratar de asomarse para mirar. Probablemente me habría aplastado como a una mosca. ¡Menuda comedia!
Después de barrer todos los rincones que la asustaban, le enseñaba el recogedor vacío y le decía: «Mira, querida, ¿lo ves? He atrapado a todas y cada una de esas molestas cosas».
Ella miraba primero el recogedor, y luego a mí, con todo el cuerpo tembloroso y los ojos tan anegados de lágrimas que brillaban como las rocas cuando las ves surgir entre el vapor, y suspiraba: «Oh, Dolores, son tan grises… ¡Tan repugnantes! Llévatelas. Por favor, llévatelas».
Yo dejaba la escoba y el recogedor vacío junto a la puerta de mi habitación, listos para la acción, y volvía para tranquilizarla en la medida de lo posible. Y para calmarme también yo. Si os creéis que yo no necesitaba calmarme, probad lo que supone despertarse en plena noche en un viejo museo como ese, con el viento aullando fuera y la vieja loca chillando dentro. El corazón se me ponía como una locomotora y casi no podía respirar… Pero no podía permitir que ella se diera cuenta, o de lo contrario habría empezado a dudar de mí. ¿Y hacia dónde nos habría conducido eso, entonces?
Muchas veces, después de estas escenas, le cepillaba el pelo: era lo que más rápido parecía calmarla. Al principio gemía y lloraba y a veces abría los brazos y me abrazaba, apretando la cara contra mi vientre. Recuerdo que después de sus jolgorios con las pelusas siempre tenía la frente y las mejillas calientes, e incluso alguna vez me mojó el camisón con sus lágrimas. ¡Pobre anciana! Supongo que ninguno de nosotros sabe lo que significa ser tan viejo y que te persigan unos diablos que no consigues explicar ni siquiera a ti mismo.
El truco del cepillo no siempre funcionaba, ni aunque me pasara media hora peinándole el pelo. Ella seguía mirando más allá de mi hombro, hacia el rincón, y de vez en cuando tomaba aire y gritaba. O manoteaba en la oscuridad bajo la cama y luego sacaba la mano de golpe, como si creyera que iban a mordérsela. Una o dos veces incluso yo creí ver algo que se movía por ahí debajo y tuve que cerrar bien fuerte la boca para no gritar. En realidad solo era la sombra de su mano al moverse, claro, ya lo sé, pero eso demuestra en qué estado me tenía, ¿no? Ajá, incluso yo, y eso que soy tan tozuda como mal hablada.
En esas ocasiones en las que nada servía, me metía con ella en la cama. Me rodeaba con los brazos y recostaba la cabeza de lado sobre lo que me queda de pecho y yo la abrazaba hasta que se quedaba dormida. Entonces salía cuidadosamente de la cama, despacio y con calma para no despertarla, y volvía a mi habitación. En alguna ocasión ni siquiera llegué a marcharme. En esos casos —cuando ella me despertaba en mitad de la noche con sus gritos— me quedaba dormida junto a ella.
Fue en una de esas noches cuando soñé con la pelusa. Pero en el sueño yo no era yo. Yo era ella, metida en su cama de hospital, tan gorda que apenas podía darme la vuelta sin ayuda y con la entrepierna ardiendo profundamente por la infección de orina que nunca se llegaba a curar por la humedad que mantenía a todas horas, y sin capacidad para resistir nada. Digamos que el felpudo estaba listo para cualquier bicho o germen que apareciese, y que siempre estaba orientado en la dirección correcta.
Miré hacia el rincón y vi algo que parecía una cabeza de polvo. Los ojos estaban en blanco y la boca abierta y llena de dientes polvorientos como garfios. Empezó a acercarse a la cama, despacio, rodando sobre sí mismo; y cuando de nuevo volvió a aparecer la cara, los ojos me estaban mirando y vi que se trataba de Michael Donovan, el marido de Vera. En cambio, cuando completó la segunda vuelta, la cara era la de mi marido. Era Joe St. George con una sonrisa maliciosa y un montón de dientes polvorientos que rechinaban. La tercera vez que giró, no era nadie conocido, pero estaba vivo y hambriento y dispuesto a recorrer rodando todo el camino que nos separaba para poder comerme.
Me desperté con un movimiento tan brusco que estuve a punto de caerme de la cama. Era de madrugada y los primeros rayos del sol trazaban líneas sobre el suelo. Vera seguía durmiendo. Se había quedado apoyada en mi brazo, pero al principio no tuve fuerzas para retirarlo. Me quedé temblando, cubierta de sudor, tratando de obligarme a creer que estaba despierta y que todo estaba bien, ya sabéis, como suele hacerse después de una pesadilla de las malas. Y durante un instante vi todavía aquella cabeza de polvo con sus cuencas vacías y sus largos dientes polvorientos en el suelo, junto a la cama. Así de malo había sido el sueño. Luego desapareció; el suelo y los rincones de la habitación estaban limpios y vacíos, como siempre. Pero desde entonces siempre me he preguntado si a lo mejor ese sueño me lo envió ella, si no vi algo de lo que ella veía cuando se ponía a chillar. Tal vez tomé algo de su miedo y lo hice mío. ¿Creéis que estas cosas pasan en la vida real, o solo en esas novelas baratas que se venden en los quioscos? Yo no lo sé… pero sí sé que ese sueño me dio un miedo del copón.
Bueno, no importa. Basta con decir que gritar como una jodida loca los domingos por la tarde y en plena noche era su tercera manera de ser cabrona; pero así y todo, era triste, muy triste. En el fondo, todas sus putadas eran tristes, aunque eso no impedía que a veces me entraran ganas de darle vueltas a la cabeza como un carrete en el huso y creo que cualquiera menos santa Juana del Jodido Arco habría sentido lo mismo. Supongo que cuando Susy y Shawna me oyeron gritar que deseaba matarla… o cuando me oyeron otros… o cuando nos oían gritando malicias mutuamente… Bueno, pensarían que cuando ella muriese yo me levantaría las faldas y bailaría un zapateado sobre su tumba. Supongo que habrás oído algo de eso ayer y hoy, ¿verdad, Andy? No hace falta que contestes; la única respuesta que necesito está en tu cara. Es como una valla publicitaria. Además, yo sé que a la gente le encanta hablar. Hablaban de mí y de Vera y también hubo un montón de cotilleos sobre Joe y yo: algunos antes de su muerte y todavía más después. Aquí, en el quinto pino, lo más interesante que alguien puede hacer es morirse de repente. ¿Os habíais fijado en eso alguna vez?
Bueno, pues ya hemos llegado a Joe.
A esta parte le tengo pavor, y supongo que es porque no sirve de nada mentir. Ya os he dicho que lo maté, eso ya está, pero lo más duro aún tiene que llegar: cómo… y por qué… y cuándo tuvo que ser.
Hoy he pensado mucho en Joe, Andy; mucho más que en Vera, a decir verdad. En primer lugar trataba de recordar por qué me casé con él, y al principio no lo conseguía. Al cabo de un rato me ha entrado una especie de pánico, como a Vera cuando se le metía en la cabeza que tenía una serpiente en la almohada. Luego me he dado cuenta de cuál era el problema: estaba buscando la parte amorosa como si fuera una de esas tontitas a las que Vera contrataba en junio y luego despedía antes de que transcurriera medio verano porque no podían cumplir las normas. Estaba buscando la parte romántica y de eso hubo bien poco incluso en 1945, cuando yo tenía dieciocho años y él diecinueve y el mundo era nuevo.
¿Sabéis lo único que se me ha ocurrido hoy mientras estaba en la escalera, con el culo helado y tratando de recordar el amor? Tenía una frente bonita. Yo me sentaba cerca de él en la sala de estudios, cuando íbamos juntos al instituto —es decir, durante la Segunda Guerra Mundial—, y recuerdo su frente, lo suave que parecía, sin un solo grano. Tenía algunos en las mejillas y en el mentón y solían salirle espinillas en las aletas de la nariz, pero su frente era suave como la crema. Recuerdo que deseaba tocarla… que soñaba tocarla, a decir verdad; quería ver si era tan suave como parecía. Y cuando me invitó al baile de graduación, dije que sí y tuve la ocasión de tocársela y comprobé que era tan suave como parecía, con el pelo echado hacia atrás en leves ondas. Yo le acariciaba el cabello y la frente suave en la oscuridad mientras el conjunto de la sala de baile del Samoset Inn tocaba Moonlight Cocktail… Después de unas cuantas horas sentada en la escalera desvencijada y temblando, recordé al menos eso, no sé, por lo menos hubo algo al fin y al cabo. Por supuesto, no habían pasado demasiadas semanas cuando me encontré tocándole algo más que la frente, y ese fue mi error.
Bueno, aclaremos una cosa: no pretendo decir que acabé pasando los mejores años de mi vida con ese viejo tonel de ron solo porque me gustaba el aspecto de su frente durante la séptima clase, cuando la luz en el aula de estudio le enfocaba de lleno. Mierda, no. Pero sí pretendo deciros que esa ha sido la única parte romántica que he podido recordar, y eso me molesta. Sentada hoy en la escalera de East Head, pensando en los viejos tiempos… Menudo trabajo. Me he dado cuenta por primera vez de que acaso me vendí demasiado barata y de que tal vez lo hice porque creí que algo barato era lo máximo que podía obtener una como yo. Sé que ha sido la primera vez que me he atrevido a pensar que merecía más amor del que Joe St. George podía darle a nadie (salvo a sí mismo, tal vez). Podéis dudar de que una vieja puta malhablada como yo piense en el amor, pero la verdad es que casi se trata de la única cosa en la que creo.
No tuvo demasiado que ver con mis razones para casarme con él, sin embargo. Eso será mejor que lo aclare desde el principio. Llevaba un crío de seis semanas en el vientre cuando le di el sí quiero, hasta que la muerte nos separe. Y eso fue lo más inteligente… triste pero cierto. Todo lo demás fueron las estúpidas razones habituales, y si algo he aprendido en mi vida es que las razones estúpidas provocan matrimonios estúpidos.
Estaba harta de luchar contra mi madre.
Estaba harta de que mi padre me riñera.
Todas mis amigas se estaban casando, tenían casa propia, y yo quería ser mayor como ellas; estaba harta de ser una niñita tonta.
Él dijo que me quería y le creí.
Dijo que me amaba, y eso también me lo creí… y después de decírmelo me preguntó si yo sentía lo mismo por él y me pareció que lo más educado era contestar que sí.
Me daba miedo lo que me pudiera ocurrir si decía que no: adónde tendría que ir, qué debería hacer, quién cuidaría de mi criatura mientras tanto.
Todo esto parecerá estúpido si alguna vez llegas a escribirlo, Nancy, pero lo más estúpido es que conozco a unas cuantas chicas que fueron al colegio conmigo y se casaron por las mismas razones, y la mayoría siguen casadas y muchas se limitan a aguantar, esperando sobrevivir a sus maridos para enterrarlos y luego sacudir para siempre de las sábanas sus pedos de cerveza.
Hacia 1952 ya me había olvidado de su frente y en 1956 tampoco me servía de mucho el resto de su cuerpo y supongo que empecé a odiarlo cuando Kennedy sustituyó a Ike, pero no se me ocurrió matarlo hasta más adelante. Pensaba que me quedaría con él porque mis hijos necesitaban un padre, aunque solo fuera por eso. ¿No tiene gracia? Pero es verdad. Lo juro. Y también juraré otra cosa: si Dios me diera otra oportunidad, volvería a matarlo, por mucho que eso significara el infierno y la condenación eterna… como probablemente será.
Supongo que cualquiera que no sea un recién llegado en la isla sabrá que lo maté y probablemente muchos creerán saber por qué… Por su manía de ponerme las manos encima. Pero no eran sus manos las que lo condenaron, y la pura verdad es que, a pesar de lo que pensara entonces la gente de la isla, no me dio ni un capón en los tres últimos años de nuestro matrimonio. Le curé esa tontería a finales de 1960 o a principios del sesenta y uno.
Hasta entonces me pegaba bastante, sí. No puedo negarlo. Y yo lo aguantaba; eso tampoco puedo negarlo. La primera vez fue durante nuestra segunda noche de casados. Habíamos bajado a pasar el fin de semana en Boston —esa era nuestra luna de miel— y nos alojábamos en el Parker House. Apenas salimos. Éramos un par de ratoncillos de pueblo y nos daba miedo perdernos. Joe dijo que maldita la gracia que tenía gastarse los veinticinco dólares que nos había dado mi familia para divertirnos en un taxi solo porque no podía encontrar el camino de vuelta al hotel. ¡Diantres, mira que era idiota el hombre! Desde luego, yo también lo era… Pero algo que Joe tenía y yo no (y también me alegro) era esa naturaleza suspicaz. Sospechaba que toda la raza humana quería fastidiarlo y muchas veces he pensado que cuando bebía tal vez fuera porque solo así podía irse a dormir sin mantener un ojo abierto.
Bueno, eso no es nada del otro mundo. Lo que pretendía explicaros es que esa noche bajamos al comedor, tomamos una buena cena y luego subimos de nuevo a la habitación. Recuerdo que Joe se tambaleaba considerablemente al caminar por el vestíbulo: se había tomado cuatro o cinco cervezas con la cena, además de las nueve o diez que llevaba en toda la tarde. Una vez dentro de la habitación, se quedó mirándome tanto rato que le pregunté si tenía monos en la cara.
—No —contesta él—, pero he visto a un hombre en el restaurante que te miraba el vestido, Dolores. Casi se le salían los ojos de las cuencas. Y tú sabías que te estaba mirando, ¿verdad?
Estuve a punto de decirle que ni siquiera me habría enterado si Gary Cooper hubiese estado sentado en un rincón con Rita Hayworth, y luego pensé «¿Para qué molestarse». No servía de nada discutir con Joe cuando había bebido; tampoco es que me casara con los ojos totalmente vendados, y no trataré de engañaros.
—Si había un hombre mirándome el vestido, ¿por qué no has ido a decirle que cerrase los ojos, Joe?
Solo era una broma. Tal vez estuviera tratando de regatearlo, en realidad no me acuerdo, pero él no se lo tomó en broma. Eso sí lo recuerdo: Joe no se tomaba nada en broma. De hecho, he de decir que no tenía prácticamente ningún sentido del humor. Eso es algo que no sabía cuando me junté con él. Entonces me parecía que el sentido del humor era como la nariz o las orejas: a unos les funcionaba mejor que a otros, pero todo el mundo lo tenía.
Me agarró, me tumbó sobre sus rodillas y me atizó con el zapato.
—Durante el resto de tu vida, nadie más que yo sabrá de qué color llevas la ropa interior, Dolores —advirtió—. ¿Lo has oído? Nadie más que yo.
En realidad creí que era una especie de juego de amor, que fingía estar celoso para abrumarme: mira tú si era tonta. Eran celos, de acuerdo, pero el amor no tenía nada que ver. Era más como el perro que pone una zarpa sobre su hueso y gruñe si te acercas demasiado. Entonces no lo sabía, de modo que aguanté. Más adelante aguanté porque pensaba que eso de que el hombre pegara a la mujer de vez en cuando era solo una parte del matrimonio. No era una parte bonita, pero limpiar lavabos tampoco lo es y casi todas las mujeres han tenido que hacerlo desde el momento en que guardaron en el desván el vestido de novia. ¿Verdad, Nancy?
Mi propio padre le ponía las manos encima a mamá de vez en cuando y supongo que de ahí obtuve la noción de que no pasaba nada: solo era algo que debía aguantar. Adoraba ciegamente a papá, y ellos dos también se adoraban el uno al otro, pero él podía ser bastante bruto cuando se le enganchaba un pelo en el culo.
Recuerdo una vez —yo debía de tener… oh, digamos que unos nueve años—, cuando papá vino de segar el campo de George Richard, en el extremo oeste de la isla, y mamá no tenía preparada su cena. Ya no recuerdo por qué no le había dado tiempo, pero sí recuerdo muy bien lo que ocurrió cuando llegó él. Llevaba solo las zapatillas (se había quitado las botas y los calcetines en la veranda de la entrada porque estaban llenos de paja y heno) y tenía la cara y los hombros rojos de tan quemados. El sudor le pegaba el cabello a las sienes y se le había quedado un hierbajo enganchado justo en medio de las arrugas que le surcaban la frente. Parecía acalorado y cansado y listo para el cabreo.
Entró en la cocina y no había nada en la mesa, aparte de un jarrón lleno de flores. Se volvió hacia mamá y dijo:
—¿Y mi cena, cariño?
Ella abrió la boca, pero antes de que pudiera decir nada, él le puso una mano en la cara y la empujó al suelo en un rincón. Yo estaba sentada en la entrada de la cocina y lo vi todo. Él se acercó a mí con la cabeza gacha y el pelo colgándole sobre los ojos —cada vez que veo a un hombre de camino a su casa con ese mismo aspecto, cansado del día de trabajo y con su bolsa de la comida en la mano, me hace pensar en papá— y me entró miedo. Quería apartarme de su camino porque pensaba que también me empujaría a mí, pero me pesaban demasiado las piernas. Sin embargo, no lo hizo. Solo me agarró con sus grandes manos duras y calientes, me apartó y salió. Se sentó en el tronco de cortar la carne con las manos en el regazo y la cabeza gacha como si se las estuviera mirando. Al principio asustó a los pollos, pero luego volvieron y empezaron a picotearle los zapatos. Pensé que los apartaría a patadas, que levantaría las plumas, pero tampoco lo hizo.
Al cabo de un rato busqué con la mirada a mi madre. Seguía sentada en el rincón. Se había cubierto la cara con un trapo de cocina y estaba llorando. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho. Eso es lo que mejor recuerdo, aunque no sé por qué: sus brazos sobre el pecho de esa manera. Me acerqué y la abracé, y ella me rodeó la cintura y me devolvió el abrazo. Luego se apartó el trapo de la cara y lo usó para secarse los ojos y me dijo que saliera a preguntar a papá si quería un vaso de limonada fría o una botella de cerveza.
—Asegúrate de decirle que solo quedan dos cervezas —me insistió—. Si quiere más, tendrá que bajar al almacén a comprarlas. Y si no, que no empiece.
Salí, se lo dije y me contestó que no quería cerveza y que le iría bien una limonada. Corrí a buscarla. Mamá estaba preparando la cena. Todavía tenía la cara hinchada de llorar, pero estaba tarareando y esa noche hicieron sonar los muelles de la cama como casi cada noche. Nunca surgió ningún comentario más sobre ese asunto. En aquellos días, eso se llamaba corrección en el hogar y era parte del trabajo de un hombre, y yo misma, cuando recordaba esa escena pensaba que mamá debía de necesitarlo, porque si no papá nunca lo habría hecho.
Le vi corregirla otras veces, pero esa es la que recuerdo mejor. Nunca le vi pegarle con el puño, como me daba a veces Joe a mí, pero una vez le atizó en las piernas con un pedazo de vela de barco y eso debió de doler como un hijoputa. Sé que le dejó marcas rojas que no desaparecieron en toda la tarde.
Ya nadie lo llama corrección en el hogar: ese término ha desaparecido de las conversaciones, hasta donde llega mi conocimiento, pero yo crecí con la noción de que cuando las mujeres y los niños se pasan de la raya, la tarea del hombre es volver a ponerlos en su sitio. Sin embargo, no pretendo deciros que porque creciera con esa noción lo encontrara justo; no me escaparé tan fácilmente. Sabía que el hecho de que un hombre pusiera las manos encima a la mujer no tenía mucho que ver con la corrección… pero de todas formas dejé que Joe me lo hiciera durante mucho tiempo. Supongo que estaba simplemente demasiado cansada de trabajar en casa, de limpiar para los veraneantes, de cuidar de mi familia y de tratar de arreglar los follones que Joe montaba con los vecinos para pensar demasiado en eso.
Estar casada con Joe… Ah, mierda. ¿Cómo es un matrimonio cualquiera? Supongo que los hay de todas las clases, pero ninguno es lo que parece desde fuera, lo que yo te diga. Lo que la gente ve de un matrimonio y lo que realmente ocurre en él no son más que primos lejanos. A veces es horrible y a veces es divertido, pero normalmente es como todo lo demás en la vida: las dos cosas a la vez.
La gente creía que Joe era un alcohólico que solía pegarme —y probablemente también a los chicos— cuando estaba borracho. Creen que al final se pasó demasiado y que yo le hice pagar por todo. Es verdad que Joe bebía y que a veces asistía a las reuniones de Alcohólicos Anónimos de Jonesport, pero tenía tanto de alcohólico como yo. Se agarraba una borrachera cada cuatro o cinco meses, normalmente con basuras como Rick Thibodeau o Stevie Brooks —esos sí eran alcohólicos—, pero luego lo dejaba, salvo por un trago o dos cuando llegaba a casa por la noche. Nada más, porque cuando tenía una botella le gustaba que le durase. A los auténticos alcohólicos que he conocido no les interesaba que ninguna botella de lo que fuera durase: ni de Jim Bean, ni de Old Duke, ni siquiera de «descarrilador», que es un anticongelante que filtran con algodón. A un verdadero alcohólico solo le interesan dos cosas: poder pagar la copa que tiene en la mano, y pescar algo para la siguiente.
No, no era alcohólico, pero no le importaba que la gente creyera que lo había sido. Le ayudaba a encontrar trabajo, sobre todo en verano. Creo que el modo en que la gente piensa en Alcohólicos Anónimos ha cambiado con los años —sé que ahora se habla de eso mucho más que antes—, pero lo que no ha cambiado es el modo en que tratan de ayudar a alguien que afirma haber intentado ayudarse a sí mismo. Joe se pasaba un año entero sin beber —o al menos sin contarlo cuando lo hacía— y en Jonesport le montaban una fiesta. Le daban un pastel y una medalla, en serio. Así que, cuando iba a pedir trabajo a los veraneantes, antes que nada les decía que era alcohólico y se estaba recuperando: «Si no quiere contratarme por eso lo entenderé, pero tengo que desahogarme. Llevo un año asistiendo a las reuniones de Alcohólicos Anónimos y nos dicen que no podremos permanecer sobrios si no somos sinceros».
Luego sacaba su medalla de oro por un año de sobriedad y se la enseñaba, siempre con esa pinta de no haber tenido bizcocho para comer los domingos en todo un mes. Supongo que uno o dos lloraron cuando Joe les contó que iba superándose día a día y que se lo tomaba con calma y dejaba que Dios le ayudara cuando le entraban ganas de beber…, cosa que según él ocurría cada quince minutos. Normalmente, cedían y lo contrataban e incluso llegaban a pagar cincuenta centavos o un dólar por hora más de lo que tenían previsto. Parecería que el truco tenía que fallar a partir del día del Trabajo, pero daba unos resultados sorprendentes, incluso aquí en la isla, donde la gente lo veía cada día y deberían haberlo conocido mejor.
La verdad es que casi siempre que Joe me pegaba estaba sobrio. Cuando se tomaba unas copas no se preocupaba demasiado por mí, ni para bien ni para mal. Luego, en el sesenta o en el sesenta y uno, llegó una noche, después de ayudar a Charlie Dispenzieri a sacar su barco del agua, y cuando se agachó para coger una coca de la nevera vi que llevaba una raja en los pantalones. Me eché a reír. No pude evitarlo. Él no dijo nada, pero cuando me acerqué a la cocina para vigilar la col —esa noche había verdura hervida, lo recuerdo como si fuera ayer—, cogió un tronco de arce de la caja de leña y me atizó en plena espalda. Ah, cómo duele eso. Si alguien te ha dado alguna vez en los riñones, ya sabes cómo es. Te los notas pequeños, calientes y tan pesados que parece que se vayan a soltar de lo que los aguanta en su sitio y se vayan a hundir como si fueran plomo en un cubo de agua.
Me arrastré hasta la mesa y me senté en una silla. Me habría caído al suelo si aquella silla hubiera estado un poco más lejos. Me quedé sentada, esperando a que pasara el dolor. No lloré, exactamente, porque no quería asustar a los críos, pero aun así me rodaron lágrimas por la cara. No pude evitarlo. Eran lágrimas de dolor, de esas que no se contienen por nada ni por nadie.
—No te rías nunca de mí, puta —dice Joe. Dejó de nuevo en la caja el leño con que me había golpeado y se sentó a leer el American—. Hace diez años que deberías saberlo.
Pasaron veinte minutos hasta que pude levantarme de aquella silla. Tuve que llamar a Selena para que bajara el fuego de la verdura y de la carne, a pesar de que el hornillo no estaba ni a cuatro pasos de donde estaba sentada.
—¿Por qué no lo has hecho tú, mamá? Yo estaba viendo los dibujos animados con Joey.
—Estoy descansando —le contesté.
—Claro —dice Joe desde detrás del periódico—. Está agotada de tanto darle a la boca. —Y se carcajeó.
Eso fue suficiente; bastó con esa risa. En ese mismo momento decidí que no volvería a pegarme, salvo que estuviera dispuesto a pagar por ello un precio mortal.
Luego cenamos como siempre y vimos la tele como siempre: los mayores y yo en el sofá y el Pequeño Pete en el regazo de su padre en la mecedora. Pete se quedó dormido hacia las siete y media, como casi siempre, y Joe lo llevó a la cama. Yo envié a Joe Junior a dormir una hora después, y Selena se fue a las nueve. Yo solía acostarme hacia las diez y Joe se quedaba hasta medianoche sentado, cabeceando y viendo la tele, leyendo trozos del periódico que antes se había saltado y hurgándose la nariz. Ya ves, Frank, no eres tan malo; hay gente que no pierde el hábito ni siquiera al hacerse mayor.
Esa noche no me fui a la cama a la hora de costumbre. Me quedé sentada con Joe. La espalda me dolía un poco menos. Lo suficiente para lo que tenía que hacer, en cualquier caso. A lo mejor estaba nerviosa, pero no lo recuerdo. Solo esperaba que se quedara dormido, y así ocurrió finalmente.
Me levanté, entré en la cocina y cogí la jarra de la leche. No había entrado a buscar concretamente eso; estaba allí porque esa noche había tocado a Joe Junior recoger la mesa y se había olvidado de meterla en la nevera. A Joe Junior siempre se le olvidaba algo: meter la leche en la nevera, poner la tapa a la mantequera, envolver el pan para que la primera rebanada no se quedara seca por la noche… Y ahora, cuando lo veo salir por la tele en las noticias, soltando un discurso o respondiendo en una entrevista, lo más fácil es que recuerde eso y me pregunte qué pensarían los demócratas si supieran que su líder en el Senado del estado de Maine nunca era capaz de recoger del todo la mesa a los once años.
Sin embargo, me siento orgullosa de él; ni se os ocurra pensar lo contrario. Me siento orgullosa de él por mucho que sea un maldito demócrata.
Bueno, el caso es que esa noche se las arregló para olvidarse de lo más adecuado; era pequeña pero pesada, y sentía como si estuviera hecha a medida para mi mano. Me acerqué a la caja de la leña y saqué el hacha de mango corto que guardábamos en el estante superior. Luego entré en la sala, donde él seguía durmiendo. Llevaba la jarra en la mano derecha y la solté de golpe sobre su cara. Se partió en mil pedazos.
Entonces se sentó muy rígido, Andy. Y ojalá lo hubieras oído. ¿Que si gritó? La hostia bendita, parecía un toro con la minga enganchada en la puerta del redil. Se le pusieron los ojos en blanco y se llevó una mano a la oreja, que ya estaba sangrando. Tenía algunas manchas de leche en la mejilla y en aquellos pelandrajos esmirriados en el lado de la cara que él llamaba patilla.
—¿Sabes una cosa, Joe? —le pregunté—. Ya no estoy cansada.
Oí que Selena saltaba de la cama pero no me atreví a mirar. Lo habría pasado mal en ese caso, porque él, cuando quería, podía llegar a ser rápido como una serpiente. Sostenía el hacha en la mano izquierda, pegada al cuerpo y casi escondida por el delantal. Y cuando Joe empezó a levantarse la alcé y se la mostré.
—Si no quieres que te la clave en la cabeza, Joe, será mejor que vuelvas a sentarte —amenacé.
Por un instante creí que de todas formas se levantaría. Si lo hubiera hecho, habría sido su fin, porque yo no estaba bromeando. Se dio cuenta y se quedó paralizado con el culo a diez centímetros del asiento.
—¿Mami? —llamó Selena desde el umbral de su habitación.
—Vuelve a la cama, cariño —contesto yo, sin apartar la mirada de Joe ni un solo segundo—. Tu padre y yo estamos discutiendo algo.
—¿Pasa algo malo?
—No —digo yo—. ¿Verdad que no, Joe?
—Ajá —dice él—. Todo perfecto.
Oí que daba unos pasos hacia atrás pero no oí cerrarse la puerta de la habitación durante un rato —diez, tal vez quince segundos— y supe que estaba allí plantada, mirándonos. Joe se quedó quieto, con una mano en el brazo de la mecedora y el culo alzado del asiento. Luego oímos que la puerta se cerraba y entonces Joe debió de darse cuenta de lo ridículo que parecía, medio sentado y medio de pie, con la otra mano pegada a la oreja y con gotas de leche chorreándole por toda la cara.
Se sentó del todo y apartó la mano. Tanto la mano como la oreja estaban llenas de sangre, con la diferencia de que la mano no se estaba hinchando y la oreja sí.
—Ah, cabrona, esta me la pagarás —me amenaza él. —¿Ah, sí? Bueno, entonces será mejor que recuerdes una cosa, Joe St. George: cobrarás siempre el doble de lo que me pagues.
Me sonrió como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. —Bueno, supongo que entonces tendré que matarte, ¿no? Le pasé el hacha casi antes de que acabara de hablar. No era mi intención, pero en cuanto vi que la cogía me di cuenta de que era la única cosa que podía hacer.
—Adelante —le digo yo—. Procura que el primer tajo sea bueno para que no sufra.
Su mirada vagó entre el hacha y yo. Su cara de sorpresa habría resultado cómica si el asunto no hubiera sido tan serio.
—Luego, cuando lo hayas hecho, será mejor que te calientes las sobras y comas algo —proseguí—. Come hasta que estalles, porque van a meterte en la cárcel y no me consta que allí se cocinen platos caseros. Supongo que primero te enviarán a Belfast. Me parece que esos trajes naranja te quedarán bien.
—Cállate, coño —dice él.
Pero yo no estaba dispuesta a callarme.
—Después, probablemente te trasladarán a Shawshank, y
ahí sé que no te llevan la comida caliente a la mesa. Y tampoco te dejan salir los viernes por la noche para jugar al póquer
con tus amiguetes de copas. Solo te pido que lo hagas rápido y
luego no dejes que los niños vean la porquería.
Entonces cerré los ojos. Estaba bastante segura de que no lo haría, pero estar bastante segura no significa demasiado cuando tu propia vida está en juego. Eso lo descubrí aquella noche. Me quedé con los ojos cerrados, viendo solo la oscuridad y preguntándome qué sentiría cuando descargara el hacha, cortándome la nariz, los labios y los dientes. Recuerdo que pensé que antes de morir saborearía las astillas de madera enganchadas al filo del hacha y recuerdo que me alegré de haberla llevado a afilar dos o tres días antes. Si iba a matarme, mejor que no fuera con un hacha mellada.
Me pareció que llevaba ahí plantada unos diez años. Entonces, medio bronco y frustrado, preguntó:
—¿Vas a prepararte para acostarte, o piensas quedarte ahí plantada como Hellen Keller en sus sueños húmedos?
Abrí los ojos y vi que había dejado el hacha bajo la silla; alcancé a ver el mango que asomaba tras las patas. El periódico había quedado sobre sus pies, como si fuera una tienda de campaña. Se agachó, lo recogió y lo agitó. Trataba de comportarse como si no hubiera ocurrido nada en absoluto, pero ahí estaba la sangre, que le recorría las mejillas desde la oreja, y sus manos temblaban lo suficiente para que el periódico crujiera un poco. Dejó sus puñeteras huellas ensangrentadas en la primera página y en la última, y yo me decidí a quemarlo antes de que se acostara para que los niños no lo vieran y se preguntaran qué había ocurrido.
—Voy a ponerme el camisón bien pronto, pero será mejor que antes lleguemos a un acuerdo sobre esto, Joe.
Alzó la mirada y, con los labios apretados, dice:
—No te conviene pasarte de lista, Dolores. Eso sería un
error grave, muy grave. Será mejor que no me fastidies.
—No me estoy pasando —le digo yo—. Se te han acabado los días de pegarme, solo quiero decir eso. Si vuelves a hacerlo una sola vez, uno de los dos acabará en el hospital. O en la morgue.
Me miró durante un rato largo, muy largo, Andy, y yo le aguanté la mirada. El hacha ya no estaba en su mano sino bajo la silla, pero eso no importaba; sabía que si apartaba la mirada antes que él, los golpes en el cuello y las palizas en la espalda no acabarían jamás. Pero al cabo de un buen rato volvió a concentrar la mirada en el periódico y murmuró:
—Haz algo útil, mujer. Tráeme una toalla para la cabeza, si no eres capaz de hacer nada más. Me estoy manchando de sangre la maldita camisa.
Esa fue la última vez que me pegó. En el fondo era un cobarde, aunque yo nunca pronuncié esa palabra en voz alta: ni entonces, ni nunca. Creo que eso es lo más peligroso que se puede hacer, porque a un cobarde le da más miedo que lo descubran que cualquier otra cosa, incluida la muerte.
Claro que sabía que tenía un punto débil. Nunca me habría atrevido a atizarle con la jarra de la leche en plena cara si no llego a creer que tenía bastantes posibilidades de salirme con la mía. Además, al sentarme en la silla, mientras esperaba a que se me pasara el dolor después de que él me pegara, me había dado cuenta de una cosa: si no le plantaba cara entonces, probablemente no lo haría nunca. Por eso lo hice.
Mirad, dar a Joe con la jarra en realidad fue lo más fácil.
Antes de hacerlo tuve que superar de una vez por todas el recuerdo de mi padre empujando a mi madre y el de cuando le atizó en las piernas con aquel trozo de vela mojado. Fue difícil superar esos recuerdos porque los adoraba a los dos con locura, pero al final lo conseguí… Tal vez porque no tenía más remedio. Y doy gracias por haberlo hecho, aunque solo sea porque Selena nunca tendrá que recordar a su madre sentada en un rincón y gimoteando con la cara cubierta por un trapo. Mi madre aguantó cuando papá le pegaba y yo no pienso juzgar a ninguno de los dos. Tal vez tenía que aguantarlo y tal vez él tuviera que hacerlo para que los hombres con los que convivía y trabajaba cada día no se burlasen de él. Eran otros tiempos —mucha gente no se da cuenta de cuán diferente era todo entonces—, pero eso no significa que yo tuviera que aguantarle todo a Joe por haber sido tan idiota para casarme con él. En un hombre que da una paliza a puñetazos o con un leño a una mujer no hay nada de corrección, y yo decidí que no aguantaría eso a un tipo como Joe St. George ni a ningún otro hombre.
De modo que no volvió a pegarme. En ocasiones me levantaba la mano, pero luego se lo pensaba mejor. A veces, cuando tenía la mano alzada, cuando deseaba pegarme pero no acababa de atreverse, le notaba en la mirada que se estaba acordando de la jarra de la leche… Y tal vez también del hacha. Y luego hacía ver que solo había levantado la mano porque necesitaba rascarse, o para secarse la frente. Esa lección la aprendió a la primera. Tal vez fue la única.
La noche en que él me atizó con el leño y luego yo le di con la jarra ocurrió algo más. No me gusta sacar este tema —soy una de esas tipas anticuadas que consideran que lo que ocurre dentro de la alcoba no debe salir de ahí—, pero supongo que será mejor que lo cuente porque tal vez sea una de las causas de que todo acabara como acabó. Aunque seguimos casados y viviendo bajo el mismo techo durante los dos años siguientes —puede que fueran casi tres, no lo recuerdo del todo—, solo trató de recurrir a su privilegio para conmigo un par de veces a partir de entonces. Él…
¿Qué, Andy?
¡Claro que quiero decir que era impotente! ¿De qué iba a
estar hablando si no? ¿De su derecho a llevar mi ropa interior
si le entraba esa urgencia? Nunca se lo negué: simplemente, él
perdió la capacidad de hacerlo. No era lo que se dice un tipo
de los que lo hacen cada día, ni siquiera al principio. Y tampoco era de los de filigranas: más bien era siempre pim pam pum
y gracias, señora. Si yo no llego a ser una mujer de calentura
fácil, nunca habría tenido demasiado placer. Aun así, había
mantenido el interés suficiente para montarse sobre mí una o
dos veces por semana… hasta que le aticé con la jarra, quiero
decir.
En parte, es probable que se debiera al alcohol —en esos últimos años bebía mucho más—, pero no creo que eso fuera todo. Recuerdo una noche al salir de mí después de veinte inútiles minutos de resoplidos y empujones, con la cosita todavía colgando, blanda como un fideo. No sé cuánto tiempo habría pasado desde la noche esa que os he contado, pero sé que fue después porque recuerdo que estaba tumbada con dolor de riñones y pensaba que me levantaría pronto y me tomaría una aspirina para calmar el dolor.
—Bueno —me dice casi llorando—, espero que estés satisfecha, Dolores. ¿O no?
No contesté. En algunas ocasiones, cualquier cosa que una mujer pueda decir a un hombre es inevitablemente un error.
—¿Y bien? ¿Estás satisfecha, Dolores?
Seguí sin contestar, me quedé tumbada mirando al techo y escuchando el viento que sonaba fuera. Aquella noche soplaba viento del este y en él resonaba el mar. Siempre me ha gustado ese sonido. Me tranquiliza.
Se dio la vuelta y olí su aliento a cerveza, rancio y amargo, sobre mi rostro.
—Antes apagar la luz funcionaba —dice él—. Pero ahora ya no. Veo tu fea cara incluso en la oscuridad. —Alargó una mano, me agarró una teta y la agitó—. Y esto —añadió—, fofo y liso como una tarta. Y tu coño todavía es peor. Por Dios, aún no tienes ni treinta y cinco años y follarte es como meterla en un charco de barro.
Estuve a punto de contestar: «Si fuera un charco de barro, podrías meterla con suavidad, Joe, y eso te aliviaría la mente», pero mantuve la boca cerrada. Ya os he dicho que Patricia Claiborne no educó a ninguna idiota.
Hubo algo más de silencio. Ya casi creía que había parado de decir cosas desagradables para dormirse y estaba pensando en levantarme e ir a buscar una aspirina cuando volvió a hablar… y esta vez estoy segura de que lloraba.
—Ojalá nunca hubiera visto tu cara —dice él, y después añade—: ¿Por qué no usaste aquella jodida hacha para arrancártela, Dolores? A mí me habría dado lo mismo.
Así que ya veis. No era yo la única que pensaba que el golpe con la jarra de la leche —y el hecho de decirle que las cosas iban a cambiar en casa— tenía algo que ver con su problema. Aun así no dije nada; me limité a esperar para ver si se dormía o si intentaba ponerme la mano encima otra vez. Estaba tumbado a mi lado, desnudo, y yo sabía ya adónde largarme si lo intentaba. Enseguida lo oí roncar. No sé si esa fue la última ocasión en que intentó ser un hombre conmigo, pero si no lo fue, por ahí andaría la cosa.
Ninguno de sus amigos se enteraba de lo que estaba pasando, por supuesto. Estaba claro que no iba a contarles que su mujer le había dado un viaje del copón con la jarra de la leche y que la verga ya no se le levantaba, ¿verdad? ¿Él? No. Así que cuando los otros se chuleaban de cómo trataban a sus mujeres, él se chuleaba también contando lo que me había hecho por irme de la boca o tal vez por haber comprado un vestido en Jonesport sin preguntarle antes si podía sacar dinero de la caja de galletas.
¿Que cómo lo sé? Pues porque a veces soy capaz de mantener las orejas abiertas, en vez de la boca. Sé que os costará creerlo al escucharme hablar esta noche, pero es verdad.
Recuerdo que una vez yo estaba trabajando media jornada para los Marshall —¿Te acuerdas de John Marshall, Andy? ¿De cómo hablaba sin parar sobre el puente que estaba construyendo en el continente?— y sonó el timbre. Estaba sola en la casa y fui corriendo a abrir la puerta, tropecé con una alfombra y al caer me di un golpe con la barandilla. Me quedó un gran morado en el brazo, justo debajo del codo.
Unos tres días después, cuando el morado ya pasaba de marrón a una especie de verde amarillento, como suele ocurrir, me encontré con Yvette Anderson en el pueblo. Ella salía de la carnicería y yo entraba. Miró el moratón de mi brazo y luego, mientras me hablaba, su voz sonaba rebosante de compasión. Solo una mujer que acaba de ver algo que la hace sentirse más feliz que un cerdo entre la mierda puede hincharse así.
—Qué terribles son los hombres, ¿verdad, Dolores? —me dice.
—Bueno, a veces lo son y a veces no —le contesto yo. No tenía la menor idea de a qué se refería. Lo único que me preocupaba era conseguir alguna de las chuletas de cerdo que estaban de oferta antes de que se acabaran.
Me palmeó amablemente el brazo —el que no estaba amoratado— y me dijo:
—Has de ser fuerte. Todas las cosas ocurren por un buen motivo. Yo he pasado por eso y lo sé. Rezaré por ti, Dolores.
Dijo eso último como si estuviera anunciando que iba a darme un millón de dólares, y luego se fue calle arriba. Yo entré en el mercado, todavía perpleja. Habría creído que había perdido la cabeza, de no ser porque cualquiera que haya pasado un día con Yvette sabe que en su cabeza no hay ni un maldito tornillo que perder.
Ya había hecho más de la mitad de la compra cuando lo comprendí. Me quedé mirando a Skippy Porter mientras pesaba las chuletas, con la cesta del mercado colgada del brazo y la cabeza hacia atrás, y me subió la risa desde lo más profundo de mis entrañas, como cuando te entra la risa tonta y no puedes evitarlo. Skippy me miró y pregunta:
—¿Le pasa algo, señora Claiborne?
—Estoy bien —contesto—. Es que se me ha ocurrido algo
divertido. —Y de nuevo me eché a reír.
—Ya lo veo —concluyó Skippy. Y volvió a la báscula. Dios bendiga a los Porter, Andy. Mientras ellos existan, serán la única familia de la isla que no se mete en la vida de nadie. Aquel día, seguí riéndome. Unos cuantos me miraban como si me hubiera vuelto loca, pero me daba igual. A veces la vida es tan jodidamente divertida que no tienes más remedio que reírte.
Claro, Yvette está casada con Tommy Anderson y Tommy era uno de los compañeros de cerveza y póquer de Joe a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Unos cuantos habían venido a casa un día o dos después de que me magullara el brazo, apremiando para quedarse con la última ganga de Joe, una vieja furgoneta Ford. Era mi día libre, y yo les había sacado una jarra de té helado, más que nada para tratar de mantenerlos alejados de la cerveza al menos hasta que se pusiera el sol.
Tommy debió de verme el morado cuando serví el té. Tal vez cuando me fui preguntó a Joe qué había pasado, o acaso simplemente se fijó. Joe St. George no era un tipo dispuesto a dejar pasar una oportunidad; y mucho menos una oportunidad como esa. Pensando en eso al volver del mercado, lo único que despertaba mi curiosidad era qué habría dicho Joe a Tommy y a los otros que había hecho yo: olvidarme de meterle las zapatillas debajo de la estufa para que las encontrara calientes al ponérselas, tal vez, o haber guisado demasiado las judías el sábado por la noche. Fuera lo que fuese, Tommy se marchó a casa y contó a Yvette que Joe St. George había tenido que dar un pequeño correctivo a su mujer. Y lo único que había hecho era darme un golpe con el canto de la barandilla de los Marshall al ir corriendo a ver quién llamaba a la puerta.
A eso me refiero cuando digo que un matrimonio tiene dos caras: la de dentro y la de fuera. La gente de la isla nos veía a mí y a Joe como a la mayoría de las parejas de nuestra edad: ni demasiado alegres, ni demasiado tristes, solo tirando, como dos caballos enganchados a un carro… tal vez sin notar la presencia el uno del otro como antaño, tal vez sin llevarse tan bien como antaño, cuando sí notaban su mutua presencia, pero enganchados uno al lado del otro y recorriendo la carretera lo mejor que podían, sin darse bocados, ni coces, ni ninguna de las cosas que provocan el uso de la fusta.
Pero la gente no es como los caballos, y el matrimonio no es ni remotamente como tirar de un carro, aunque reconozco que desde fuera muchas veces lo parece. La gente de la isla no sabía lo de la jarra, ni cómo lloraba Joe en la oscuridad y afirmaba desear no haber visto nunca mi fea cara. Tampoco era eso lo peor. Lo peor no empezó hasta más o menos un año después de que dejáramos de hacerlo en la cama. Tiene gracia, ¿no?, cómo la gente puede observar algo y sacar una conclusión totalmente errónea sobre por qué ha ocurrido. Pero es bastante normal, siempre que uno recuerde que las caras interior y exterior de un matrimonio no suelen ser muy parecidas. Lo que voy a contaros pasó en el interior del nuestro y hasta hoy he creído que tal vez se quedaría allí.
Al mirar hacia atrás creo que el problema debió de empezar en realidad en el sesenta y dos. Selena acababa de empezar en el instituto en el continente. Se había vuelto muy guapa y recuerdo que ese verano, después de su primer año allí, se llevó mejor con su padre que en los dos anteriores. Yo había temido su adolescencia, había previsto muchas rencillas entre ellos dos a medida que ella creciera y cada vez se planteara más los ideales de su padre y su forma de entender los derechos que tenía sobre ella.
En lugar de eso, hubo un tiempo de paz y quietud y de buenos sentimientos entre los dos, un tiempo en el que ella salía a verle trabajar con su chatarra detrás de casa, o se sentaba a su lado en el sofá mientras veíamos la tele por la noche (al Pequeño Pete no le preocupaba demasiado ese arreglo, lo que yo te diga) y le preguntaba cosas sobre su época aprovechando las pausas publicitarias. Él contestaba de un modo tranquilo y reflexivo al que yo ya no estaba acostumbrada… aunque en cierto modo lo recordaba. De nuestra época del instituto, cuando yo empecé a conocerlo y él decidió que sí, que pensaba cortejarme.
Al tiempo que eso ocurría, ella se distanció de mí. Bueno, seguía haciendo los recados que le encargaba y a veces me hablaba del día que había pasado en la escuela… pero solo si yo me lo ganaba y se lo sacaba. Había una frialdad antes desconocida, y hasta que pasó el tiempo no entendí hasta qué punto todo encajaba y hasta qué punto todo se remitía a aquella noche en que al salir de su habitación nos había visto a los dos: su padre tapándose la oreja con la mano y con la sangre corriendo entre sus dedos; su madre plantada ante él con un hacha en la mano.
Nunca fue un hombre dispuesto a dejar pasar según qué oportunidades. Ya os lo he dicho. Y esta vez era más o menos lo mismo. Había contado a Tommy Anderson una historia; la que contó a su hija era con distinta rima pero con el mismo verso. Creo que al principio su mente no albergaba más que resentimiento. Sabía cuánto quería yo a Selena y pensaría que contarle lo mala y geniuda —tal vez incluso lo peligrosa— que era implicaría una buena venganza. Trató de volverla contra mí, y aunque nunca llegó a triunfar, sí consiguió que ella se le acercara más de lo que lo había hecho desde su infancia. ¿Por qué no? Siempre tuvo buen corazón Selena, y nunca se puso en contra de un hombre tan bueno y tan pobrecito como Joe.
Se metió en su vida y, una vez allí, debió de darse cuenta de lo bella que se estaba volviendo y decidió que quería algo más que lograr que le escuchara o que le alcanzara una herramienta cuando estaba colgado boca abajo en el motor de algún camión de chatarra. Y mientras todo esto ocurría y se iban produciendo los cambios, yo andaba por ahí, trabajando en varias cosas, tratando de que mis ingresos superaran las facturas para poder meter algo en un calcetín para la universidad de los chicos. No vi nada hasta que fue casi demasiado tarde.
Mi Selena era una chica vivaz, parlanchina, y siempre le gustó complacer a los demás. Si la enviabas a buscar algo, no se limitaba a ir andando: iba a la carrera. Cuando se hizo mayor, preparaba la cena si yo trabajaba fuera. Y nunca tuve que pedírselo. Al principio lo quemaba todo y Joe se enfadaba con ella o se burlaba —más de una vez ella se fue llorando a su habitación—, pero dejó de hacerlo en la época de la que os estoy hablando. Entonces, en la primavera y el verano de 1962, él se comportaba como si cada pastel de Selena fuera pura ambrosía, incluso si la costra era como el cemento. Y se afanaba con cualquier filete como si fuera cocina francesa. A ella le encantaban sus alabanzas —claro, a cualquiera le habrían encantado— pero no se vanagloriaba. No era su estilo. Sin embargo, os diré una cosa: cuando al fin se marchó, cocinaba mejor que yo en toda mi vida.
Cuando se trataba de ayudar en casa, nunca una madre tuvo mejor hija… Sobre todo una madre que debía pasarse la mayor parte del tiempo limpiando la suciedad de otros. Selena nunca se olvidó de asegurarse de que Joe Junior y el Pequeño Pete tuvieran su almuerzo para el colegio cuando salían por la mañana, y cada año les forraba los libros. Al menos Joe Junior podía haberse encargado de esa tarea, pero ella nunca se lo permitió.
El primer año del instituto se ganó un premio honorífico, pero nunca perdió el interés por lo que pasaba en casa, como hacen los chicos listos a su edad. La mayoría de los críos de trece o catorce años deciden que cualquiera que tenga más de treinta es un carroza y están listos para largarse por la puerta un instante después de que los carrozas entren en casa. En cambio, Selena no. Ella les preparaba el café, o ayudaba con los platos o con cualquier otra cosa y luego se sentaba en la