Nota del autor

El presente volumen recopila la historia de los primeros sesenta años de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense. En él se describe cómo el país más poderoso en toda la historia de la civilización occidental ha sido incapaz de crear un servicio de espionaje de primera línea, un fracaso que actualmente representa un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos.

Por «inteligencia» se entiende el conjunto de acciones secretas dirigidas a conocer o a cambiar lo que ocurre en el extranjero, algo que el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower consideraba «una necesidad desagradable, pero vital». Cualquier país que desee proyectar su poder fuera de sus fronteras ha de ser capaz de otear el horizonte, de saber lo que se avecina y de prevenir cualquier posible ataque contra su población. Debe anticiparse a la sorpresa. Sin un servicio de inteligencia fuerte, inteligente y perspicaz, los presidentes y generales pueden quedar tan ciegos como inútiles. Pese a ello, en toda su historia como superpotencia, Estados Unidos jamás ha contado con tal servicio.

La historia —escribía Edward Gibbon en su Historia de la decadencia y caída del Imperio romano— es «poco más que el registro de los crímenes, locuras y desventuras de la humanidad». Los anales de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense están llenos de locuras y desventuras, junto con actos de valentía e ingenio. Están repletos de éxitos fugaces y fracasos duraderos en el extranjero, y marcados por batallas políticas y luchas de poder en el propio territorio estadounidense. Los triunfos de la agencia han ahorrado sangre y riqueza; sus errores han derrochado ambas cosas. Han resultado fatales para legiones de soldados y agentes extranjeros estadounidenses; para los aproximadamente tres mil norteamericanos que murieron en Nueva York, Washington y Pensilvania el 11 de septiembre de 2001, y para los otros tres mil que han muerto desde entonces en Irak y Afganistán. El crimen de consecuencias más duraderas no ha sido otro que la incapacidad de la CIA de llevar a cabo su misión fundamental: informar al presidente de Estados Unidos de lo que ocurre en el mundo.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no disponía de un servicio de inteligencia digno de tal nombre, y la situación apenas varió hasta unas semanas después de finalizado el conflicto. La fiebre de la desmovilización dejó tras de sí a varios centenares de hombres con unos pocos años de experiencia en el mundo de los secretos y la voluntad de seguir combatiendo a un nuevo enemigo. «Todas las grandes potencias salvo Estados Unidos cuentan desde hace mucho tiempo con servicios de inteligencia permanentes de ámbito mundial, que actúan bajo la supervisión directa de los más altos cargos de sus gobiernos —le advertía al presidente Truman, en agosto de 1945, el general William J. Donovan, comandante de la Oficina de Servicios Estratégicos durante la guerra—. Antes del actual conflicto, Estados Unidos no disponía de ningún servicio de inteligencia secreto en el extranjero. No ha tenido nunca, ni tiene ahora, un sistema de inteligencia coordinado.» Por desgracia, aún hoy sigue sin tenerlo.

Se suponía que la CIA había de convertirse en dicho sistema. Pero el proyecto de la agencia se hizo deprisa y corriendo, y no pudo poner remedio a una de las debilidades crónicas de los estadounidenses: el hecho de que el secretismo y el engaño no fueran precisamente uno de sus puntos fuertes. El colapso del Imperio británico dejó a Estados Unidos como la única fuerza capaz de oponerse al comunismo soviético, y el país necesitaba desesperadamente conocer a ese enemigo, suministrar predicciones a sus presidentes, y combatir el fuego con el fuego cuando llegara el momento de encender la mecha. La misión de la CIA consistía, sobre todo, en mantener al presidente de Estados Unidos informado con antelación frente a cualquier posible ataque sorpresa, frente a un segundo Pearl Harbor.

En la década de 1950, las filas de la agencia estaban llenas de miles de patriotas estadounidenses, muchos de ellos valientes y curtidos en la batalla. Algunos estaban dotados de gran prudencia, pero pocos conocían realmente al enemigo. Allí donde faltó ese conocimiento, los diversos presidentes estadounidenses ordenaron a la CIA que cambiara el curso de la historia por medio de la acción encubierta. «El manejo de la guerra política y psicológica en tiempos de paz era un nuevo arte —escribía Gerald Miller, a la sazón jefe de operaciones encubiertas de la CIA para Europa occidental—. Se conocían algunas de las técnicas, pero faltaban la doctrina y la experiencia.» Sin embargo, las operaciones encubiertas de la CIA no eran, en gran medida, más que palos de ciego. El único camino posible para la agencia era el de aprender sobre la marcha, cometiendo errores en la batalla. De modo que la CIA ocultó sus fracasos en el extranjero, mintiendo a los presidentes Eisenhower y Kennedy; unas mentiras destinadas a preservar su posición en Washington. Lo cierto —explicaba Don Gregg, un hábil jefe de base durante la guerra fría— era que, en el apogeo de su poder, la agencia tenía una gran reputación, pero un terrible historial.

Como la opinión pública estadounidense, también la agencia manifestó sus propias disensiones durante la guerra de Vietnam. Sin embargo, y al igual que la prensa estadounidense, descubrió que sus informes eran rechazados cuando no encajaban con las opiniones preconcebidas de los presidentes. Así, la CIA fue reprendida y desdeñada por los presidentes Johnson, Nixon, Ford y Carter, ninguno de los cuales entendió el funcionamiento de la agencia. Asumían el cargo «con la expectativa de que la inteligencia podía resolver cualquier problema, o de que podía no hacerlo todo bien, y luego pasaban a la visión opuesta —señala un antiguo subdirector de la central de inteligencia, Richard J. Kerr—. Después se aposentaban y oscilaban de un extremo al otro».

Para sobrevivir como institución en Washington, la agencia necesitaba, sobre todo, la atención del presidente. Pero pronto se dio cuenta de que resultaba peligroso decirle lo que no quería oír. Los analistas de la CIA aprendieron entonces a cerrar filas, adaptándose a la opinión predominante. Malinterpretaron las intenciones y capacidades de sus enemigos, calcularon mal la fuerza del comunismo y no supieron juzgar adecuadamente la amenaza del terrorismo.

El objetivo supremo de la CIA durante la guerra fría fue el de robar secretos soviéticos reclutando espías, pero la agencia jamás contó con uno solo de ellos que estuviera realmente al tanto de las interioridades del Kremlin. El número de espías soviéticos con información importante que revelar —todos ellos voluntarios, no reclutados— podría contarse con los dedos de las dos manos. Y todos ellos murieron, capturados y ejecutados por Moscú, casi todos traicionados por agentes de la división soviética de la CIA que espiaban para el otro bando durante los mandatos de Reagan y Bush padre. Durante la administración Reagan, la CIA emprendió varias misiones descabelladas en el Tercer Mundo, vendiendo armas a la Guardia Revolucionaria iraní para financiar una guerra en Centroamérica, quebrantando la ley y malgastando la confianza de la que todavía era depositaria. Pero lo más grave de todo es que no supo captar cuál era la debilidad fatal de su principal enemigo.

Recayó en las máquinas, no en los hombres, la tarea de conocer al otro bando. Mientras la tecnología del espionaje iba ampliando sus horizontes, la visión de la CIA se fue haciendo cada vez más y más miope. Los satélites espía le permitieron contar las armas soviéticas, pero no le transmitieron la información crucial de que el comunismo se desmoronaba. Los principales expertos de la CIA jamás supieron ver al enemigo hasta después de que hubo terminado la guerra fría. La agencia había sangrado a los soviéticos invirtiendo miles de millones de dólares en Afganistán para ayudar a combatir a las fuerzas ocupantes del Ejército Rojo. Ese fue un éxito de proporciones épicas. Pero fue incapaz de ver que los guerreros islámicos a los que apoyaba no tardarían en poner su mira en Estados Unidos, y cuando se enteró de ello, la agencia no fue capaz de actuar en consecuencia. Ese fue un fracaso que hizo época.

La percepción de tener un objetivo concreto que mantuvo a la CIA unida durante la guerra fría se deshizo en la década de 1990, bajo el mandato del presidente Clinton. La agencia contaba todavía con gente que se esforzaba en conocer el mundo, pero sus filas se hallaban ahora demasiado menguadas. Seguía habiendo hábiles agentes consagrados a servir a Estados Unidos en el extranjero, pero su número era demasiado escaso. Así, por ejemplo, el FBI tenía más agentes solo en Nueva York que la CIA en todos los países extranjeros. A finales de siglo la agencia ya no era un servicio de inteligencia independiente y a pleno rendimiento. Se estaba convirtiendo más bien en una especie de filial del Pentágono, sopesando tácticas para batallas que nunca se producían, en lugar de estrategias para la lucha que se avecinaba. Fue incapaz, pues, de evitar el segundo Pearl Harbor.

Tras los atentados de Nueva York y Washington, la agencia envió a un pequeño grupo de agentes expertos en operaciones encubiertas a Afganistán y Pakistán con la misión de dar caza a los líderes de al-Qaeda. Después perdió su papel como fuente fiable de información secreta al entregar a la Casa Blanca informes falsos sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, proporcionando una tonelada de informes basados apenas en unos gramos de inteligencia. Por su parte, el presidente Bush hijo, junto con su administración, hizo un mal uso de la agencia que antaño dirigiera orgullosamente su padre, convirtiéndola en una fuerza policial paramilitar en el extranjero y en una burocracia paralizada en su sede central. Bush pronunció de manera despreocupada la sentencia de muerte política de la CIA en 2004, cuando dijo que la agencia solo tenía «meras suposiciones» sobre el curso de la guerra en Irak. Ningún presidente estadounidense había desdeñado jamás públicamente a la CIA de ese modo.

Su papel esencial en el gobierno de Estados Unidos terminó con la disolución del cargo de director de la central de inteligencia en 2005. Ahora la CIA debe reconstruirse si pretende sobrevivir, una tarea que llevará años. El reto de conocer el mundo tal como es ha abrumado a tres generaciones de agentes de la CIA. Pocos de los miembros de la nueva generación han llegado a dominar las complejidades de los países extranjeros, y mucho menos la cultura política de Washington. Por su parte, casi todos los presidentes de Estados Unidos, casi todos los Congresos y casi todos los directores de la central de inteligencia desde la década de 1960 se han mostrado incapaces de comprender la mecánica de la CIA. La mayoría de ellos han dejado a la agencia en peor estado del que la habían encontrado. Sus fracasos han dejado a las generaciones futuras, en palabras de Eisenhower, «un legado de cenizas». Se ha vuelto, pues, a la situación inicial de hace sesenta años: a un estado de confusión.

El presente volumen se propone mostrar cómo se ha llegado a esta situación actual en la que Estados Unidos carece del servicio de inteligencia que va a necesitar en los próximos años. Se parte de las palabras, las ideas y los hechos expuestos en los archivos de los organismos de seguridad nacional estadounidenses, donde se da constancia de lo que realmente dijeron, quisieron e hicieron los líderes de ese país cuando proyectaron su poder en el extranjero. El libro se basa en mi lectura de más de cincuenta mil documentos, principalmente de los archivos de la CIA, la Casa Blanca y el Departamento de Estado; en más de dos mil narraciones orales de agentes de inteligencia, soldados y diplomáticos estadounidenses, y en más de trescientas entrevistas realizadas desde 1987 a agentes y veteranos de la CIA, incluyendo a diez directores de la central de inteligencia. Al final del volumen se incluyen extensas notas que vienen a ampliar el texto.

Esta es una historia oficial; no se basa en fuentes no identificadas, ni en citas anónimas, ni en rumores. Es la primera historia de la CIA recopilada íntegramente a partir de informaciones de primera mano y fuentes primarias. Pero por su propia naturaleza resulta incompleta; ningún presidente estadounidense, ningún director de la central de inteligencia y, sin duda, ningún foráneo pueden saberlo todo sobre la agencia. Lo que aquí he escrito no es toda la verdad; pero, en lo que a mí se me alcanza, sí es, como mínimo, nada más que la verdad.

Confío en que pueda servir de advertencia. No ha habido ninguna república en la historia que durara más de trescientos años, y puede que Estados Unidos tampoco persista como gran potencia a menos que tenga ojos para ver las cosas tal como son en el mundo. Esa precisamente fue antaño la misión de la Agencia Central de Inteligencia.

Primera parte. «AL PRINCIPIO NO SABÍAMOS NADA» La CIA durante el mandato de Truman (1945-1953)

Primera parte

«Al principio no sabíamos nada»

La CIA durante el mandato de Truman

(1945-1953)

1. «La inteligencia debe ser global y totalitaria»

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«La inteligencia debe ser global y totalitaria»

Lo único que quería Harry Truman era un periódico.

Catapultado a la Casa Blanca por la muerte del presidente Franklin D. Roosevelt el 12 de abril de 1945, Truman no sabía nada del desarrollo de la bomba atómica ni de las intenciones de sus aliados soviéticos. Necesitaba información para usar su poder.

«Cuando asumí el cargo —escribiría en una carta a un amigo varios años después—, el presidente [de Estados Unidos] carecía de medios para coordinar la información de inteligencia[*] procedente de todo el mundo.»[1] Roosevelt había creado la Oficina de Servicios Estratégicos (Office of Stretegic Services, OSS), bajo el mando del general William J. Donovan, para que hiciera las funciones de servicio de inteligencia estadounidense durante la guerra. Pero la OSS de Donovan no se creó con la intención de que perdurara. Cuando de sus cenizas surgió la Agencia Central de Inteligencia, Truman pretendía que esta le sirviera únicamente como servicio de información global, proporcionándole boletines de noticias diarios. «No se trataba de que fuera una unidad “de intrigas palaciegas” —escribiría—, sino de que actuara simplemente como un centro encargado de mantener al presidente informado sobre lo que ocurría en el mundo», insistiendo en que él no quiso en ningún momento que la CIA «actuara como una organización de espionaje. Jamás fue esa la intención cuando se creó».

Pero su visión se vería trastocada desde el principio.

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«En una guerra global y totalitaria —creía el general Donovan—, la inteligencia debe ser global y totalitaria.»[2] El 18 de noviembre de 1944, Donovan había escrito al presidente Roosevelt proponiéndole que Estados Unidos creara un «Servicio Central de Inteligencia» para los tiempos de paz. Había empezado a esbozar su plan un año antes, a petición del teniente general Walter Bedell Smith, jefe de estado mayor del general Dwight D. Eisenhower, que quería saber cómo se integraría la OSS en el estamento militar estadounidense. Donovan le decía al presidente que él podía averiguar las «capacidades, intenciones y actividades de las naciones extranjeras», al tiempo que llevaba a cabo «operaciones subversivas en el extranjero» contra los enemigos de Estados Unidos.[3] La OSS jamás había llegado a superar los trece mil hombres, un número inferior al de una sola división del ejército. Pero el servicio que imaginaba Donovan constituiría un ejército en sí, una fuerza que combatiera hábilmente al comunismo, defendiendo a Estados Unidos de cualquier posible ataque y suministrando secretos a la Casa Blanca. Instaba al presidente a «poner de inmediato la quilla al barco»,[4] y él pretendía ser su capitán.

Donovan —apodado «Wild Bill» por un lanzador de béisbol, tan rápido como inconstante, que dirigió al equipo de los New York Yankees de 1915 a 1917— era un valiente y viejo soldado que había obtenido la Medalla de Honor del Congreso estadounidense por su heroísmo en las trincheras de Francia durante la Primera Guerra Mundial, pero carecía de dotes políticas. Muy pocos generales y almirantes confiaban en él. Y se sintieron horrorizados ante su idea de crear un servicio de espionaje a base de una variopinta colección de agentes de bolsa, lumbreras universitarias, soldados de fortuna, publicistas, periodistas, especialistas de cine, ladrones de pisos y estafadores.

La OSS había desarrollado un cuadro exclusivamente norteamericano de analistas de inteligencia, pero a Donovan y a su agente estrella, Allen W. Dulles, les entusiasmaba el espionaje y el sabotaje, habilidades en las que los estadounidenses no eran más que meros aficionados. Donovan dependía de la inteligencia británica para formar a sus hombres en aquellas oscuras artes. Los más valientes de la OSS, aquellos que inspiraron leyendas, fueron hombres que habían cruzado las líneas enemigas, disparado cañones, volado puentes o conspirado contra los nazis junto a los movimientos de resistencia franceses y balcánicos. En el último año de guerra, con sus fuerzas dispersas por toda Europa, el norte de África y Asia, Donovan quiso lanzar a sus agentes directamente sobre Alemania. Lo hizo, y murieron. De los 21 equipos de dos hombres que entraron en el país, solo se volvió a saber de uno de ellos. Esa era la clase de misiones con las que soñaba cada día el general Donovan: algunas, audaces; otras engañosas.

«Su imaginación no tenía límites —diría el que fuera su mano derecha, David K. E. Bruce, más tarde embajador estadounidense en Francia, Alemania e Inglaterra—. Las ideas eran como un juguete para él. La emoción le hacía resoplar como un caballo de carreras. ¡Pobre del agente que rechazara un proyecto porque a sus ojos pareciera ridículo o, cuando menos, inusual! Durante las dolorosas semanas que estuve bajo su mando tuve que comprobar la posibilidad de emplear murciélagos sacados de las concentraciones de las cuevas del oeste para destruir Tokio», concretamente dejándolos caer desde el cielo con bombas incendiarias atadas en el lomo.[5] Ese era el espíritu de la OSS.

El presidente Roosevelt siempre tuvo sus dudas con respecto a Donovan. Ya a principios de 1945 había ordenado a su principal asistente militar en la Casa Blanca, el coronel Richard Park Jr., que realizara una investigación secreta sobre las operaciones de la OSS durante la guerra. Cuando Park inició su labor, las filtraciones desde la Casa Blanca dieron lugar a diversos titulares en Nueva York, Chicago y Washington, donde se advertía de que Donovan pretendía crear una «Gestapo americana». Cuando se publicó la noticia, el presidente instó a Donovan a meter sus planes bajo la alfombra; y el 6 de marzo de 1945, la Junta de Jefes del Estado Mayor les dio el carpetazo oficial.

Estos querían un nuevo servicio de espionaje que sirviera al Pentágono, no al presidente. Su idea era una especie de cámara de compensación integrada por coroneles y oficinistas, que suministrara información recopilada por agregados, diplomáticos y espías, en beneficio de los comandantes de cuatro estrellas. Así se inició una batalla por el control de la inteligencia estadounidense que se prolongaría a lo largo de tres generaciones.

«ALGO EXTREMADAMENTE PELIGROSO»

La OSS tenía muy mala reputación en el territorio estadounidense, y peor aún en el Pentágono. Debido a ello, se había impedido que la organización tuviera acceso a las comunicaciones más importantes interceptadas a Japón y Alemania. Los oficiales estadounidenses de alto rango consideraban que un servicio de inteligencia civil independiente dirigido por Donovan, con acceso directo al presidente, resultaba «algo extremadamente peligroso en una democracia», en palabras del general de división Clayton Bissell, subjefe de estado mayor para la inteligencia militar.[6]

Muchos de ellos eran los mismos hombres que habían estado durmiendo cuando lo de Pearl Harbor. Bastante antes del amanecer del 7 de diciembre de 1941, los militares estadounidenses habían descifrado algunos de los códigos japoneses. Sabían que podía avecinarse un ataque, pero no imaginaron que Japón haría una jugada tan desesperada. El código descifrado era demasiado secreto para compartirlo con los comandantes de campo. Las rivalidades en el seno del propio ejército se tradujeron en el hecho de que la información se dividiera, ocultara y dispersara. Y dado que nadie poseía todas las piezas del rompecabezas, nadie pudo hacerse una idea general de lo que sucedía. Por otra parte, hasta que no terminó la guerra el Congreso no investigó cómo se había podido coger al país por sorpresa, y solo entonces se hizo evidente que Estados Unidos necesitaba una nueva manera de defenderse.

Antes de Pearl Harbor, toda la información de inteligencia que poseía Estados Unidos sobre grandes áreas del globo podía encontrarse en una corta hilera de archivadores de madera situada en el Departamento de Estado,[7] al tiempo que unas pocas docenas de embajadores y agregados militares constituían la única fuente de información. En la primavera de 1945, Estados Unidos no sabía casi nada de la Unión Soviética, y apenas muy poco más del resto del mundo.

Franklin Roosevelt era el único hombre que podía revivir el sueño de Donovan de crear un servicio de inteligencia estadounidense todopoderoso y de largo alcance, y cuando este murió, el 12 de abril, Donovan vio negro su futuro. Tras permanecer en vela la mitad de la noche presa de la aflicción,[8] bajó las escaleras del Hotel Ritz, su guarida predilecta en la París liberada, y compartió un triste desayuno con William J. Casey, agente de la OSS y futuro director de la central de inteligencia.

—¿Qué cree que significará esto para la organización? —preguntó Casey.

—Me temo que probablemente sea el fin —le respondió Donovan.[9]

Aquel mismo día, el coronel Park enviaba su informe de alto secreto sobre la OSS al nuevo presidente. El informe, que solo se desclasificaría completamente tras finalizar la guerra fría, constituía una mortífera arma política, perfeccionada por el ejército y afilada por J. Edgar Hoover, director del FBI desde 1924; este último despreciaba a Donovan y albergaba sus propias ambiciones de dirigir un servicio de inteligencia de ámbito mundial. El trabajo de Park destruyó la posibilidad de que la OSS continuara formando parte del gobierno estadounidense, echó por tierra los mitos románticos que había creado Donovan para proteger a sus espías, e infundió en Harry Truman un profundo y permanente recelo con relación a las operaciones de inteligencia secretas. La OSS había causado un «grave perjuicio a los ciudadanos, los intereses comerciales y los intereses nacionales de Estados Unidos», decía el informe.[10]

Park no admitía ni un solo caso importante en el que la OSS hubiera ayudado a ganar la guerra, limitándose a enumerar de manera implacable los aspectos en los que había fracasado. El entrenamiento de sus agentes había sido «burdo y poco organizado». Los comandantes de la inteligencia británica veían a los espías estadounidenses como «unos títeres en sus manos». En China, el líder nacionalista Jiang Jieshi había manipulado a la OSS para sus propios fines. Los espías alemanes se habían infiltrado en las operaciones de la OSS en toda Europa y el norte de África. La embajada japonesa en Lisboa había descubierto los planes de los agentes de la OSS de robar sus libros de códigos, y, como consecuencia, los japoneses habían modificado dichos códigos, lo que había «resultado en un completo bloqueo de información militar vital» en el verano de 1943. Uno de los informantes de Park decía: «Se ignora cuántas vidas de estadounidenses en el Pacífico fueron el coste de esta estupidez por parte de la OSS». La defectuosa información de inteligencia proporcionada por la OSS tras la caída de Roma, en junio de 1944, condujo a miles de soldados franceses hacia una trampa nazi en la isla de Elba —escribía Park—, y «como resultado de esas equivocaciones y errores de cálculo sobre las fuerzas enemigas por parte de la OSS, resultaron muertos unos 1.100 soldados franceses».

El informe, además, atacaba personalmente a Donovan. Decía que el general había perdido un maletín en un cóctel, en Bucarest, que había sido «entregado a la Gestapo por una bailarina rumana». Sus criterios a la hora de contratar y ascender a los agentes se basaban no en sus méritos, sino en una red de conexiones con sus amigos de Wall Street y en su posición social. Había enviado destacamentos de hombres a solitarias avanzadillas como Liberia, y luego se había olvidado de ellos. Había lanzado comandos por error sobre la neutral Suecia. Y había enviado guardias a proteger un depósito de munición capturado a los alemanes en Francia, y habían saltado por los aires.

El coronel Park reconocía que los hombres de Donovan habían realizado con éxito algunas misiones de sabotaje y rescate de pilotos estadounidenses abatidos. Decía que la rama sedentaria de la OSS, la de investigación y análisis, había llevado a cabo «una destacada labor», y concluía que después de la guerra los analistas podían encontrar un puesto en el Departamento de Estado. Pero el resto de la OSS había de desaparecer. «El compromiso casi desesperado del personal de la OSS —advertía— hace inconcebible su uso como agencia de inteligencia secreta en el mundo de posguerra.»

Tras la victoria en Europa, Donovan regresó a Washington para tratar de salvar su servicio de espionaje. El mes de duelo por la muerte del presidente Roosevelt estaba dando paso a una desenfrenada lucha de poder en la capital estadounidense. En el Despacho Oval, el 14 de mayo, Harry Truman no escuchó ni un cuarto de hora la propuesta de Donovan de mantener a raya al comunismo socavando el Kremlin. El presidente le despachó de inmediato.

Durante todo el verano, Donovan siguió defendiéndose tanto en el Congreso como en la prensa. Finalmente, el 25 de agosto, le dijo a Truman que tenía que elegir entre el conocimiento y la ignorancia. Estados Unidos «no cuenta en este momento con un sistema de inteligencia coordinado —le advirtió—. Los defectos y peligros de esta situación han sido ampliamente reconocidos».[11]

Donovan confiaba en que podría engatusar a Truman —un hombre al que había tratado siempre con altivo desdén— en la creación de la CIA. Pero malinterpretó a su propio presidente. Truman había decidido que el plan de Donovan tenía cierto tufillo a Gestapo. El 20 de septiembre de 1945, seis semanas después de que lanzara las bombas atómicas sobre Japón, el presidente estadounidense destituyó a Donovan y ordenó que se disolviera la OSS en el plazo de diez días. Quedaba abolido así el servicio de espionaje de Estados Unidos.

2. «La lógica de la fuerza»

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«La lógica de la fuerza»

Entre los escombros de Berlín, Allen Dulles, el representante de mayor rango de la OSS en Alemania, había encontrado en el verano de 1945 una mansión magnífica y bien provista de personal donde establecer su nuevo cuartel general. Su lugarteniente predilecto, Richard Helms, empezó a tratar de espiar a los soviéticos.

«Lo que hay que recordar —diría Helms medio siglo después— es que al principio no sabíamos nada. Nuestros conocimientos sobre lo que tramaba el otro bando, sus intenciones, sus capacidades, era nulo, o casi. Si dabas con una agenda de teléfonos, o un mapa, o un aeródromo, eras todo un hacha. Estábamos totalmente en la inopia con respecto a una gran parte del mundo.»[1]

Helms se había mostrado encantado de volver a Berlín, donde a los veintitrés años se había labrado cierta reputación como periodista de agencia de noticias al entrevistar a Hitler con ocasión de los Juegos Olímpicos de 1936. La abolición de la OSS le dejó perplejo. En el centro de operaciones de la organización en Berlín, una fábrica de vino espumoso requisada, la ira y el alcohol fluyeron libremente la noche en que llegó la orden del presidente estadounidense. El cuartel general de inteligencia que Dulles había imaginado ya no existiría. Solo se mantendría un mínimo de personal en ultramar. Helms sencillamente no podía creer que su misión hubiera terminado. Unos días después se sentiría algo más alentado al recibir un mensaje de la sede central de la OSS en Washington en el cual se le indicaba que quedaba al mando.

«LA SAGRADA CAUSA DE LA CENTRAL DE INTELIGENCIA»

El mensaje provenía del adjunto de Donovan, el general de brigada John Magruder, un aristocrático militar que estaba en el ejército desde 1910. Magruder creía firmemente que sin un servicio de inteligencia, la nueva supremacía de Estados Unidos en el mundo se dejaría en manos del ciego azar, o bien en las de los británicos. El 26 de septiembre de 1945, seis días después de que Truman firmara la disolución de la OSS, el general Magruder recorría los interminables pasillos del Pentágono. El momento era oportuno, pues el secretario de Guerra, Henry Stimson, había dimitido aquella misma semana. Stimson se había opuesto firmemente a la idea de la CIA: «Me parece de lo más desaconsejable», le había dicho a Donovan unos meses antes.[2] Y ahora el general Magruder iba a aprovechar la oportunidad surgida tras la dimisión de Stimson.

El general se sentó con un viejo amigo de Donovan, el subsecretario de Guerra, John McCloy, una de las personas más activas en Washington. Juntos, los dos hombres revocaron la decisión del presidente.

Magruder salió del Pentágono aquel día con una orden de McCloy que decía: «las operaciones en curso de la OSS deben realizarse a fin de preservarlas».[3] Aquel trozo de papel representaba la esperanza de mantener con vida la Agencia Central de Inteligencia. Los espías seguirían en activo bajo un nuevo nombre, la Unidad de Servicios Estratégicos (Strategic Services Unit, SSU). Luego McCloy le pidió a su buen amigo Robert A. Lovett, subsecretario de Guerra Aérea y futuro secretario de Defensa, que creara una comisión secreta encargada de trazar el rumbo de la inteligencia estadounidense, y de decirle a Harry Truman lo que había que hacer. Magruder informó confidencialmente a sus hombres de que «la sagrada causa de la central de inteligencia» prevalecería.[4]

Envalentonado por aquel momentáneo respiro, Helms se puso manos a la obra en Berlín. Purgó a los agentes que se habían metido en el mercado negro berlinés, donde todo y todos estaban a la venta, y donde dos docenas de cartones de Camel, adquiridos por 12 dólares en el economato militar estadounidense, servían para comprar un Mercedes-Benz de 1939. Buscó a científicos y espías alemanes para llevárselos a la zona oeste con el objetivo de privar de sus servicios a los soviéticos y de ponerlos a trabajar para Estados Unidos. Pero todas esas tareas pronto pasaron a ocupar un segundo lugar en aras del esfuerzo por observar al nuevo enemigo. En octubre «estaba muy claro que nuestro principal objetivo iba a ser saber qué tramaban los rusos»,[5] recordaría Tom Polgar, por entonces un agente de veintitrés años destacado en Berlín. Los soviéticos estaban adueñándose de las líneas férreas y asimilando los partidos políticos de la Alemania Oriental. Al principio, lo mejor que podían hacer los espías estadounidenses era tratar de rastrear los movimientos de los transportes militares soviéticos a Berlín, dando al Pentágono la sensación de que había alguien tratando de vigilar al Ejército Rojo. Furiosos por la retirada de Washington ante el avance soviético, y trabajando contra la resistencia de los militares estadounidenses de rango superior destacados en Berlín, Helms y sus hombres empezaron a tratar de reclutar a policías y políticos alemanes a fin de establecer redes de espías en el este. En noviembre «contemplábamos el dominio total por parte de los rusos del sistema germano-oriental»,[6] afirmaba Peter Sichel, otro agente de la SSU de veintitrés años destacado en Berlín.

La Junta de Jefes de Estado Mayor y el enérgico secretario de Marina, James V. Forrestal, empezaban a temer que los soviéticos, como los nazis antes que ellos, pasaran a apoderarse de toda Europa, y siguieran luego por el Mediterráneo oriental, el golfo Pérsico, el norte de China y Corea. Un falso movimiento podría llevar a una confrontación que nadie sería capaz de contener. Y mientras aumentaba el temor a una nueva guerra, los futuros líderes de la inteligencia estadounidense se dividieron en dos bandos rivales.

Uno creía en la recopilación lenta y paciente de información de inteligencia secreta por medio del espionaje. El otro creía en la guerra secreta, presentando batalla al enemigo a través de la acción encubierta. El espionaje aspira a conocer el mundo, y esa era la corriente representada por Richard Helms. La acción encubierta pretende cambiarlo, y esa sería la línea de Frank Wisner.

Wisner era un personaje encantador oriundo de la burguesía terrateniente de Mississippi, un elegante abogado empresarial ataviado con un uniforme militar hecho a medida. En septiembre de 1944 había sido destinado a Bucarest como nuevo jefe de base de la OSS. El Ejército Rojo y una reducida misión militar estadounidense habían tomado el control de la capital, y las órdenes de Wisner eran que vigilara a los rusos. Allí se sintió como pez en el agua, conspirando con el joven rey Miguel, planeando el rescate de aviadores aliados abatidos y requisando la mansión de treinta habitaciones de un magnate de la cerveza de Bucarest. Bajo sus relucientes lámparas de araña, los agentes rusos se mezclaban con los estadounidenses y brindaban juntos con champán. Wisner estaba encantado —era uno de los primeros hombres de la OSS que empinaban el codo junto a los rusos—, e informó orgullosamente al cuartel general de que había establecido una fructífera relación con el servicio de inteligencia soviético.[7]

Sin embargo, él llevaba menos de un año como espía norteamericano. Los rusos, en cambio, llevaban en el juego más de dos siglos. Disponían ya de agentes bien situados dentro de la OSS, y no tardaron en infiltrarse también en el reducido círculo de aliados y agentes rumanos de Wisner. A mediados del invierno tomaron el control de la capital, metieron a decenas de miles de rumanos de ascendencia alemana en vagones de tren, y los enviaron al este rumbo a la esclavitud o la muerte. Wisner vio salir de Rumanía 27 vagones de mercancías llenos de aquel cargamento humano; un recuerdo que le perseguiría toda su vida.

Era, pues, un hombre conmocionado cuando llegó al cuartel general de la OSS en Alemania, donde él y Helms se convertirían en incómodos aliados. Los dos hombres fueron juntos en avión a Washington en diciembre de 1945, y mientras charlaban durante el largo viaje de dieciocho horas de duración, se dieron cuenta de que no tenían ni idea de si, cuando aterrizaran, Estados Unidos contaría o no con un servicio clandestino.

«UNA ORGANIZACIÓN APARENTEMENTE ESPURIA»

En Washington, la batalla por el futuro de la inteligencia estadounidense se hacía cada vez más encarnizada. La Junta de Jefes de Estado Mayor pugnaba por conseguir un servicio que se hallara firmemente bajo su control. El ejército y la marina exigían lo propio. J. Edgar Hoover quería que el FBI fuera el encargado del espionaje mundial. El Departamento de Estado quería ejercer el mando. Incluso el director general de Correos intervino en el asunto.

El general Magruder definía así el problema: «Las operaciones de inteligencia clandestinas implican romper constantemente todas las reglas —escribía—. Dicho lisa y llanamente, tales operaciones son necesariamente extralegales, y a veces ilegales».[8] Argumentaba, de manera convincente, que el Pentágono y el Departamento de Estado no podían arriesgarse a dirigir esas misiones; hacía falta un nuevo servicio clandestino que se hiciera cargo de ellas.

Pero no quedaba casi nadie que pudiera incorporarse a sus filas. «Los esfuerzos para recabar información de inteligencia habían llegado más o menos a un punto muerto»,[9] decía el coronel Bill Quinn, segundo comandante del general Magruder en la Unidad de Servicios Estratégicos. Cinco de cada seis veteranos de la OSS habían vuelto a su antigua vida. Para ellos, lo que quedaba de la inteligencia estadounidense resultaba «claramente mal construido y efímero —según decía Helms—, una organización aparentemente espuria con una esperanza de vida impredecible».[10] Su número se redujo en casi diez mil personas en el plazo de tres meses, quedando reducido a tan solo 1.967 a finales de 1945. Las bases de Londres, París, Roma, Viena, Madrid, Lisboa y Estocolmo perdieron a casi todo su personal. Quince de sus veintitrés avanzadillas en Asia se cerraron. En el cuarto aniversario de Pearl Harbor, Allen Dulles, convencido de que Truman había hecho descarrilar definitivamente a la inteligencia estadounidense, volvió a ocupar su puesto en Sullivan & Cromwell, un bufete de abogados neoyorquino del que era socio su hermano John Foster Dulles. Frank Wisner siguió su ejemplo y volvió a su propio bufete, Carter & Ledyard.

A los demás analistas de inteligencia se les encargó la formación de una nueva oficina de investigación dentro el Departamento de Estado. Pero allí se les trató como a extraños. «No creo que haya habido o que pueda haber nunca un período más triste y atormentado en toda mi vida»,[11] escribiría Sherman Kent, que posteriormente se convertiría en uno de los fundadores de la dirección de inteligencia de la CIA. Incluso los mejores dotados de entre ellos sucumbieron pronto a la desesperación y regresaron a sus antiguas universidades y periódicos. No hubo reemplazos. Durante muchos años, a partir de ese momento, el gobierno estadounidense carecería de una información de inteligencia coherente.

El presidente Truman había encargado a su director de presupuestos, Harold D. Smith, la tarea de desmantelar de forma ordenada la maquinaria de guerra estadounidense. Pero la desmovilización se estaba convirtiendo en una desintegración. El día en que el presidente disolvió la OSS, Smith le había advertido de que Estados Unidos corría el riesgo de volver al estado de inopia que había prevalecido antes de Pearl Harbor.[12] Temía que la inteligencia estadounidense hubiera quedado «totalmente puteada».[13] En una reunión convocada apresuradamente y celebrada en la Casa Blanca el 9 de enero de 1946, el almirante William D. Leahy, el arisco jefe del estado mayor de Truman, le dijo sin rodeos al presidente que «la inteligencia se había manejado de una manera vergonzosa».[14]

Truman se dio cuenta de que había metido la pata, y decidió poner remedio. Convocó entonces al subdirector de inteligencia naval, contraalmirante Sidney W. Souers. Reservista, oriundo de Missouri y firme partidario del Partido Demócrata, Souers era un acaudalado hombre de negocios que había hecho su fortuna gracias a los seguros de vida y a las tiendas Piggly Wiggly, la primera cadena de supermercados de autoservicio de Estados Unidos. Asimismo, había formado parte de una comisión de posguerra encargada de estudiar el futuro de los servicios de inteligencia que había creado el secretario de Marina, James Forrestal; pero en aquel momento no aspiraba más que a un rápido retorno a Saint Louis.

Souers descubrió consternado que el presidente iba a hacer de él el primer director de la central de inteligencia. El almirante Leahy registró el momento de su investidura en su diario de trabajo el 24 de enero de 1946: «En la comida celebrada hoy en la Casa Blanca, con solo los miembros del estado mayor presentes, el contraalmirante Sidney Souers y yo fuimos obsequiados con capas negras, sombreros negros y dagas de madera» por parte de Truman.[15] Luego el presidente invistió a Souers como jefe del «Grupo de Sabuesos de la Capa y la Daga» y «Director de la Central de Sabuesos». Con aquel acto vodevilesco se situaba al atónito reservista al mando de la espuria y efímera organización denominada Grupo Central de Inteligencia. Souers estaba ahora a cargo de casi dos mil agentes de inteligencia y personal de apoyo que controlaban archivos y expedientes sobre unas cuatrocientas mil personas. Muchos de ellos no tenían ni idea de lo que hacían, o de lo que se suponía que tenían que hacer. Tras su juramento, alguien le preguntó a Souers qué quería hacer él. «Quiero irme a casa», respondió.

Como ocurriría con todos los demás directores de la central de inteligencia que le sucederían, a Souers se le dio una gran responsabilidad sin dotarle de una autoridad equivalente. Carecía de directrices desde la Casa Blanca. El problema era que nadie sabía realmente qué era lo que el presidente quería, y menos aún el propio presidente. Truman decía que solo necesitaba un resumen diario de toda la información de inteligencia que le evitara tener que leer cada mañana una pila de cablegramas de más de medio metro de altura.[16] A los miembros fundadores del Grupo Central de Inteligencia les parecería siempre que aquel era el único aspecto de su trabajo que consideraba.

Otros, sin embargo, veían su misión de manera muy distinta. El general Magruder sostenía que la Casa Blanca había dado a entender tácitamente que el Grupo Central de Inteligencia había de actuar como un servicio clandestino. Si fue así, el caso es que no se consignó por escrito ni una palabra al respecto. El presidente jamás habló de ello, de modo que casi nadie más en el seno del gobierno reconoció la legitimidad del nuevo grupo. El Pentágono y el Departamento de Estado se negaron a hablar con Souers y su gente. El ejército, la marina y el FBI los trataron con el más profundo desdén. Souers apenas duró unos cien días como director, aunque luego pasó a ser asesor del presidente. Solo dejó tras de sí una nota de cierta trascendencia, un memorando de alto secreto que contenía la siguiente petición: «Existe la urgente necesidad de disponer de información de inteligencia de la mayor calidad posible sobre la URSS en el plazo más breve posible».[17]

Las únicas pistas que los estadounidenses tenían por entonces sobre el Kremlin procedían del recién nombrado embajador norteamericano en Moscú y futuro director de la central de inteligencia, general Walter Bedell Smith, y su mano derecha en Rusia, George Kennan.

«¿QUÉ QUIERE LA UNIÓN SOVIÉTICA?»

Bedell Smith era el hijo de un tendero de Indiana que ascendió de soldado raso a general sin el lustre de West Point o de un título universitario. Como jefe del estado mayor de Eisenhower en la Segunda Guerra Mundial, había planeado todas y cada una de las batallas del norte de África y de Europa. Los demás oficiales le respetaban y temían, ya que era el frío sicario de Eisenhower. Trabajaba hasta el agotamiento. Tras haber recibido varias transfusiones de sangre después de que, debido a una úlcera sangrante, se desplomara tras una cena con Eisenhower y Winston Churchill, abandonó el hospital británico en el que se encontraba para regresar a su tienda de mando. Había comido con oficiales del ejército ruso, y había compartido incómodas cenas en el cuartel general aliado en Argel a fin de planear operaciones conjuntas contra los nazis. Había aceptado personalmente la rendición nazi que puso fin a la guerra en Europa, observando con desprecio al mando alemán en la pequeña y desvencijada escuela de paredes rojas de Reims que servía de cuartel general al avance del ejército estadounidense. El día de la victoria en Europa, el 8 de mayo de 1945, se había reunido durante apenas unos minutos en Reims con Allen Dulles y Richard Helms. Dulles, afligido por la gota y apoyado en una muleta, había ido a ver a Eisenhower a fin de obtener su aprobación para la creación de un centro de inteligencia estadounidense con plenos poderes en Berlín. Pero aquella mañana Eisenhower no tenía tiempo para ver a Dulles; un mal presagio, sin duda.

Bedell Smith llegó a Moscú en marzo de 1946 para ser instruido por George Kennan, el encargado de negocios de la embajada estadounidense. Kennan llevaba ya muchos años en Rusia y había pasado largas e ingratas horas tratando de descifrar las intenciones de Iósiv Stalin. El Ejército Rojo se había apoderado casi de media Europa durante la guerra, un trofeo conseguido al terrible precio de 20 millones de rusos muertos. Sus fuerzas habían liberado naciones de los nazis, pero ahora la sombra del Kremlin se extendía sobre más de 100 millones de personas fuera de las fronteras de Rusia. Kennan preveía que los soviéticos iban a mantener sus conquistas por la fuerza bruta. Y había advertido a la Casa Blanca de que se preparara para un enfrentamiento.

Unos días antes de que Bedell Smith aterrizara en Moscú, Kennan envió el cable más famoso de toda la historia de la diplomacia estadounidense, un largo telegrama de 8.000 palabras que retrataba la paranoia soviética. Todos los lectores de Kennan —primero un puñado de personas; con el tiempo millones de ellas— parecían fijarse especialmente en una línea, aquella en la que se afirmaba que los soviéticos eran inmunes a la lógica de la razón, pero extremadamente sensibles a «la lógica de la fuerza». De inmediato Kennan pasó a ser considerado el mejor kremlinólogo del gobierno estadounidense. «Por nuestra experiencia en la guerra nos habíamos acostumbrado a tener a un gran enemigo ante nosotros —reflexionaría Kennan muchos años después—. El enemigo debía constituir siempre un centro. Debía ser completamente malo.»[18]

Bedell Smith diría de Kennan que había sido «el mejor tutor que podría tener un jefe de legación recién llegado».[19]

Una fría y estrellada noche de abril de 1946, Bedell Smith se dirigió a la fortaleza del Kremlin en una limusina en la que ondeaba la bandera estadounidense.[20] En la puerta exterior, unos agentes de inteligencia soviéticos comprobaron su identidad. Su coche pasó junto a la antigua catedral rusa y la enorme campana rota que yacía a los pies de una elevada torre ya dentro de los muros del Kremlin. Le recibieron unos soldados ataviados con botas altas de cuero negro y pantalones con franjas rojas, que le hicieron pasar al interior. Había ido solo. Le condujeron por un largo pasillo, a través de una serie de puertas altas de dos hojas revestidas de piel acolchada de color verde oscuro. Finalmente, en una sala de conferencias de techo elevado, el general se reunió con el generalísimo.

Bedell Smith tenía una doble pregunta para Stalin:

—¿Qué quiere la Unión Soviética, y hasta dónde está dispuesta a llegar Rusia?

Stalin miró al vacío y dio una calada a su cigarrillo mientras garabateaba en un papel corazones asimétricos y signos de interrogación con un lápiz rojo. Negó que tuviera planes con respecto a ninguna otra nación. Denunció la advertencia que había hecho Winston Churchill, en un discurso que había pronunciado unas semanas antes en Missouri, en relación con el telón de acero que había caído en Europa.

Luego Stalin dijo que Rusia conocía a sus enemigos.

—¿Es posible que crea realmente que Estados Unidos y Gran Bretaña están unidas en una alianza para desbaratar Rusia? —le preguntó Bedell Smith.

Da —respondió Stalin.

El general repitió:

—¿Hasta dónde está dispuesta a llegar Rusia?

Stalin le miró de frente y le dijo:

—No vamos a llegar mucho más lejos.

Pero ¿cuánto más lejos? Nadie lo sabía. ¿Y cuál era la misión de la inteligencia estadounidense frente a la nueva amenaza soviética? Nadie estaba seguro.

«UN APRENDIZ DE MALABARISTA»

El 10 de junio de 1946, el general Hoyt Vandenberg se convirtió en el segundo director de la central de inteligencia. Vandenberg, un apuesto piloto que había coordinado la guerra aérea táctica de Eisenhower en Europa, pasaba a dirigir ahora una organización clandestina establecida en un complejo de discretos edificios de ladrillo, en un extremo del barrio washingtoniano de Foggy Bottom, sobre un pequeño risco a orillas del Potomac. Su puesto de mando se hallaba en el número 2430 de la Calle E, el antiguo cuartel general de la OSS, junto a una fábrica de gas abandonada, una fábrica de cerveza y una pista de patinaje.

Vandenberg carecía de tres herramientas esenciales: dinero, poder y personal. El Grupo Central de Inteligencia seguía siendo ilegal, al menos en opinión de Lawrence Houston, asesor jurídico general de la central de inteligencia de 1946 a 1972. Legalmente, el presidente no podía crear una agencia federal de la nada. Y sin el consentimiento del Congreso, la central de inteligencia tampoco podía gastar dinero legalmente. Y la ausencia de dinero se traducía en ausencia de poder.

Vandenberg se dispuso a volver a meter a Estados Unidos en el negocio de la inteligencia. Creó una nueva Oficina de Operaciones Especiales, dedicada al espionaje y la subversión en los países extranjeros, y consiguió 15 millones de dólares bajo mano de un puñado de congresistas para llevar a cabo aquellas misiones. Quería saberlo todo de las fuerzas soviéticas en la Europa centro-oriental —sus movimientos, sus capacidades, sus intenciones—, y ordenó a Richard Helms que le informara lo antes posible. Helms, que estaba al mando del espionaje en Alemania, Austria, Suiza, Polonia, Checoslovaquia y Hungría, con una plantilla extranjera de 228 miembros, declararía sentirse como «un aprendiz de malabarista que tratara de mantener en el aire una pelota de playa inflada, una botella de leche abierta y una metralleta cargada».[21] En toda Europa, «una legión de exiliados políticos, antiguos agentes de inteligencia, ex agentes y una variada gama de empresarios estaban convirtiéndose en magnates de la inteligencia, actuando como intermediarios en la venta de una información fabricada a medida». Cuanto más gastaban sus espías en comprar información de inteligencia, menos valiosa resultaba esta. «Si existe algún ejemplo más gráfico de la manera de tirar el dinero en un problema en el que no se ha reflexionado, a mí no se me ocurre ninguno», escribiría.[22] Lo que pasaba por ser información de inteligencia sobre los soviéticos y sus satélites no era, en realidad, sino un mosaico de fraudes producidos por mentirosos dotados de especial talento.

Más tarde, Helms determinaría que al menos la mitad de la información sobre la Unión Soviética y Europa del Este que contenían los archivos de la CIA no era sino puras falsedades. Sus bases en Berlín y Viena se habían convertido en fábricas de información de inteligencia falsa, y pocos de sus agentes o analistas podían separar los hechos de la ficción. Sería este un problema que siempre estaría presente; más de medio siglo después, la CIA se vería expuesta a la misma clase de falsedades cuando tratara de descubrir armas de destrucción masiva en Irak.

Desde el día en que Vandenberg asumió el cargo, se vio agobiado por los terroríficos informes que llegaban de ultramar. Sus boletines diarios generaban acaloramiento, pero arrojaban muy poca luz. Resultaba imposible determinar si las advertencias eran ciertas, pero, a pesar de ello, ascendieron por toda la cadena de mando. Noticia de última hora: un oficial soviético borracho se jactaba de que Rusia atacaría sin aviso previo. Noticia de última hora: el comandante de las fuerzas soviéticas en los Balcanes brindaba por la inminente caída de Estambul. Noticia de última hora: Stalin se preparaba para invadir Turquía, rodear el mar Negro y tomar el Mediterráneo y Oriente Próximo. El Pentágono determinó que el mejor modo de frenar un posible avance soviético era cortar las líneas de aprovisionamiento del Ejército Rojo en Rumanía. Los miembros de más alto rango de la Junta de Jefes de Estado Mayor empezaron a elaborar planes de batalla.

Asimismo, le dijeron a Vandenberg que preparara la primera operación encubierta de la guerra fría. En su intento de cumplir aquella orden, Vandenberg modificó la misión del Grupo Central de Inteligencia. El 17 de julio de 1946, envió a dos de sus ayudantes a entrevistarse con el asesor jurídico de la Casa Blanca en la administración Truman, Clark Clifford, al que le dijeron que «había que alterar la concepción original del Grupo Central de Inteligencia» para convertirlo en una «agencia operativa».[23] Y en eso se convirtió, sin ninguna autoridad legal. Aquel mismo día, Vandenberg pidió personalmente al secretario de Guerra, Robert Patterson, y al secretario de Estado, James Byrnes, que le hicieran llegar otros 10 millones de dólares en fondos secretos para financiar el trabajo de los «agentes de inteligencia en todo el mundo».[24] Y así lo hicieron.

La Oficina de Operaciones Especiales de Vandenberg se propuso crear una fuerza de resistencia clandestina en Rumanía. Frank Wisner había dejado en Bucarest una red de agentes desesperados por trabajar con los americanos, pero a la vez profundamente infiltrados por la inteligencia soviética. Charles W. Hostler, el primer jefe de base de la Oficina de Operaciones Especiales en Bucarest, se encontró rodeado de «conspiración, intriga, inmundicia, fraude, deshonestidad, y ocasionales homicidios y asesinatos» por parte de fascistas, comunistas, monárquicos, industrialistas, anarquistas, moderados, intelectuales e idealistas; «un entorno político y social para el que los jóvenes agentes estadounidenses estaban muy mal preparados».[25]

Vandenberg ordenó al teniente Ira C. Hamilton y al mayor Thomas R. Hall, destacados en la diminuta misión militar estadounidense en Bucarest, que organizaran el Partido Nacional Campesino de Rumanía para convertirlo en una fuerza de resistencia. El mayor Hall, que había sido agente de la OSS en los Balcanes, hablaba algo de rumano. Pero no ocurría lo mismo con el teniente Hamilton; su guía sería el único agente importante que Wisner había reclutado dos años antes: Theodore Manacatide, que había sido sargento del servicio de inteligencia del ejército rumano y ahora trabajaba en la misión militar estadounidense haciendo de traductor de día y de espía de noche. Manacatide se llevó a Hamilton y a Hall a entrevistarse con los líderes del Partido Nacional Campesino. Los norteamericanos les ofrecieron el apoyo clandestino de Estados Unidos: armas, dinero e información de inteligencia. El 5 de octubre, trabajando con la nueva base de la central de inteligencia en la Viena ocupada, los estadounidenses consiguieron hacer pasar a Austria al ex ministro de Exteriores rumano y a otros cinco miembros del que había de ser el futuro ejército de liberación, sedándoles, metiéndoles en sacas de correos y llevándoselos por avión a un lugar seguro.

Pero la inteligencia soviética y la policía secreta rumana solo necesitaron unas semanas para olfatear a los espías. Los norteamericanos y su principal agente hubieron de poner pies en polvorosa cuando las fuerzas de seguridad comunistas aplastaron al grueso de la resistencia rumana. Los líderes del Partido Campesino fueron acusados de traición y encarcelados. Manacatide, Hamilton y Hall fueron condenados en ausencia en un juicio público después de que diversos testigos juraran haber actuado como agentes de un nuevo servicio de inteligencia estadounidense.

El 20 de noviembre de 1946, Frank Wisner abrió el New York Times y se encontró con un breve artículo en la página 10 donde se informaba de que su antiguo agente Manacatide, «ex empleado de la Misión de Estados Unidos», había sido condenado a cadena perpetua «por haber acompañado supuestamente al teniente Hamilton, de la Misión Militar Norteamericana, a un congreso [del Partido] Nacional Campesino». A finales del invierno, casi todos los rumanos que habían trabajado para Wisner durante la guerra estaban encarcelados o muertos, y su secretario personal se había suicidado. El control de Rumanía estaba ahora en manos de una brutal dictadura, cuya ascensión al poder se había visto precipitada por el fracaso de la acción encubierta estadounidense.

Wisner dejó su bufete de abogados y se fue a Washington, donde obtuvo un puesto en el Departamento de Estado desde el que supervisaba las zonas ocupadas de Berlín, Viena, Tokio, Seúl y Trieste. Pero presentaba mayores ambiciones. Estaba convencido de que Estados Unidos tenía que aprender a combatir de una nueva manera, con las mismas habilidades y el mismo secretismo que sus enemigos.

3. «Combatir el fuego con fuego»

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«Combatir el fuego con fuego»

Washington era una pequeña ciudad gobernada por personas que creían que vivían en el centro del universo. Y su propia ciudad, dentro de la ciudad, era Georgetown, un enclave de unos 2,5 kilómetros cuadrados de calles adoquinadas en las que abundaban las magnolias. En el corazón del barrio, en el número 3327 de la Calle P, se alzaba una magnífica casa de cuatro pisos construida en 1820, con un jardín inglés en la parte de atrás y un ceremonioso comedor con ventanas altas. Frank y Polly Wisner establecieron allí su hogar. En las veladas de los domingos del año 1947 se convertiría en la sede del naciente estamento de la seguridad nacional estadounidense; la política exterior de Estados Unidos se diseñaría en la mesa de los Wisner.

Estos iniciaron lo que se convertiría en una tradición en Georgetown: los refrigerios de los domingos por la noche. El plato principal era el licor, ya que todos los participantes habían atravesado la Segunda Guerra Mundial navegando sobre oleadas de alcohol. El hijo mayor de los Wisner, que se llamaba Frank como su padre, y que con el tiempo llegaría a alcanzar las más altas cumbres de la diplomacia estadounidense, consideraba que las cenas de los domingos por la noche constituían «acontecimientos de extraordinaria importancia. No eran meras reuniones donde se frivolizara sobre temas de sociedad, sino que se convirtieron en la verdadera savia que determinaba cómo los miembros del gobierno pensaban, combatían, trabajaban, comparaban notas, se forjaban su opinión y llegaban al consenso».[1] Tras la cena, y siguiendo la tradición británica, las damas se retiraban, los caballeros se quedaban, y las ideas audaces y las bromas alcohólicas se prodigaban hasta altas horas de la noche. En una velada cualquiera, entre los invitados se podía contar a David Bruce, un buen amigo de los Wisner, veterano de la OSS y futuro embajador estadounidense en París; Chip Bohlen, asesor jurídico del secretario de Estado y futuro embajador en Moscú; Robert Lovett, subsecretario de Estado; Dean Acheson, el futuro secretario de Estado, y George Kennan, el nuevo y eminente kremlinólogo. Aquellos hombres creían que tenían el poder de cambiar el curso de los acontecimientos en el mundo, y su gran debate versaba en torno al modo de impedir que los soviéticos se apoderaran de Europa. Stalin estaba consolidando su control de los Balcanes. Las guerrillas izquierdistas combatían a la monarquía de derechas en las montañas de Grecia. La escasez de alimentos habían provocado revueltas en Italia y Francia, donde los políticos comunistas llamaban a la huelga general. Los soldados y espías británicos estaban siendo retirados de sus puestos en todo el mundo, dejando amplias zonas del mapa al alcance de los comunistas. Se estaba poniendo el sol para el Imperio británico, ya que la Hacienda de aquel país no podía mantenerlo. Estados Unidos iba a tener que liderar por sí solo el mundo libre.

Wisner y sus invitados escuchaban atentamente a Kennan. Habían leído de arriba abajo su extenso telegrama desde Moscú y compartían su visión de la amenaza soviética. Entre ellos se encontraba el secretario de Marina y muy pronto primer secretario de Defensa James Forrestal, un joven prodigio de Wall Street que consideraba que el comunismo era una fe fanática a la que solo se podía combatir con una convicción aún más profunda. Forrestal se había convertido en el patrono político de Kennan, a quien había instalado en la mansión de un general en la Universidad Militar Nacional, haciendo además que su trabajo fuera lectura obligada para miles de oficiales del ejército. El director de la central de inteligencia, Vandenberg, discutió ampliamente con Kennan el modo de espiar los progresos de Moscú en lo relativo a las armas atómicas. El nuevo secretario de Estado, George C. Marshall, jefe del ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, determinó que el país necesitaba reformular su política exterior, y aquella primavera puso a Kennan al mando de la nueva Sección de Planificación Política del Departamento de Estado.

Kennan estaba elaborando un plan de batalla para la que recientemente se había bautizado como «guerra fría». En el plazo de seis meses, las ideas de aquel oscuro diplomático darían lugar a tres fuerzas que iban a configurar el mundo: la Doctrina Truman, una advertencia política a Moscú de que cesara en sus actividades de subversión en otros países; el Plan Marshall, un baluarte global de la influencia estadounidense contra el comunismo, y el servicio clandestino de la Agencia Central de Inteligencia.[2]

«EL MAYOR SERVICIO DE INTELIGENCIA DEL MUNDO»

En febrero de 1947, el embajador británico había advertido al secretario de Estado en funciones, Dean Acheson, de que la ayuda militar y económica de Inglaterra a Grecia y Turquía habría de interrumpirse en el plazo de seis semanas. Los griegos necesitarían alrededor de mil millones de dólares durante los cuatro años siguientes para combatir la amenaza del comunismo. Desde Moscú, Walter Bedell Smith transmitió su opinión de que las tropas británicas constituían la única fuerza que podía evitar que Grecia cayera en la órbita soviética.

Mientras tanto, en Estados Unidos, el denominado «temor rojo» iba en aumento. Por primera vez, desde antes de la Gran Depresión, los republicanos controlaban las dos cámaras del Congreso, al tiempo que hombres como el senador por Wisconsin Joseph McCarthy y el congresista por California Richard Nixon acumulaban un creciente poder. La popularidad de Truman caía en picado; según los sondeos, su nivel de aprobación entre la opinión pública había bajado 50 puntos desde el final de la guerra. Por otra parte, el presidente había cambiado de opinión con respecto a Stalin y los soviéticos: ahora estaba convencido de que eran diabólicos para el mundo.

Truman y Acheson se reunieron con el senador Arthur Vandenberg, republicano y presidente del Comité de Relaciones Exteriores (el mismo día en que los periódicos informaban de que el sobrino del senador, Hoyt, no tardaría en ser relevado como director de la central de inteligencia después de solo ocho meses en el cargo). Acheson explicó que una cabeza de puente comunista en Grecia representaría una amenaza para toda Europa occidental. Estados Unidos tenía que encontrar el modo de salvar al mundo libre, y el Congreso habría de pagar la factura. El senador Vandenberg se aclaró la garganta, se volvió hacia Truman y le dijo:

—Señor presidente, el único modo de que pueda lograr tal cosa es pronunciar un discurso y darle un susto de muerte a todo el país.[3]

El 12 de marzo de 1947 Truman pronunció el discurso, advirtiendo ante una sesión plenaria del Congreso de que el mundo se enfrentaba al desastre a menos que Estados Unidos combatiera al comunismo en el extranjero. Había que destinar cientos de millones de dólares a apoyar a Grecia, ahora «amenazada por las actividades terroristas de varios miles de hombres armados», según sus palabras. Sin la ayuda estadounidense, «podría extenderse el desorden por todo Oriente Medio», se agravaría la desesperación de los países europeos, y todo el mundo libre podría quedar sumido en las tinieblas. Su credo representaba algo nuevo: «Creo que la política de Estados Unidos debe consistir en apoyar a los pueblos libres que se resisten a los intentos de subyugación por parte de minorías armadas o de presiones extranjeras». Cualquier ataque de un enemigo de la nación estadounidense a cualquier país del mundo era un ataque a Estados Unidos. Era la que se conocería como Doctrina Truman. El Congreso en pleno se puso en pie y prorrumpió en una ovación.

Un río de millones de dólares empezó a fluir hacia Grecia, junto con barcos de guerra, soldados, cañones, munición, napalm y espías. Atenas no tardó en convertirse en una de las más importantes avanzadillas de la inteligencia estadounidense en el mundo. La decisión de Truman de combatir el comunismo en el extranjero fue la primera directriz clara que recibieron los espías norteamericanos por parte de la Casa Blanca. Pero carecían todavía de un comandante fuerte. El general Vandenberg contaba ya los días que le faltaban para hacerse cargo de la nueva fuerza aérea, pero en sus últimos tiempos como director de la central de inteligencia declaró en secreto ante un puñado de miembros del Congreso, afirmando que la nación se enfrentaba más que nunca a las amenazas extranjeras. «Los océanos se han encogido, hasta que hoy tanto Europa como Asia bordean los Estados Unidos casi como Canadá y México»,[4] dijo, utilizando una frase que luego repetiría de forma inquietante George Bush a partir del 11-S.

En la Segunda Guerra Mundial —afirmó Vandenberg—, «teníamos que depender ciega y confiadamente del sistema de inteligencia superior de los británicos». Pero «Estados Unidos no debería humillarse de ese modo, suplicando a algún gobierno extranjero que le proporcione los ojos —la inteligencia exterior— con los que ver», declaró (aunque lo cierto es que la CIA dependería siempre de los servicios de inteligencia extranjeros para informarse sobre los territorios y lenguas que no conocía). Vandenberg terminó diciendo que harían falta como mínimo otros cinco años para formar un cuadro profesional de espías estadounidenses. La advertencia se repetiría palabra por palabra medio siglo después, en 1997, por parte del entonces director de la central de inteligencia, George J. Tenet, quien volvería a repetirla de nuevo al dimitir en 2004. El caso es que siempre habría un gran servicio de espionaje en el horizonte a cinco años vista.

El sucesor de Vandenberg, el tercer hombre que ocuparía el puesto en el plazo de quince meses, fue el contraalmirante Roscoe Hillenkoetter, que juró su cargo el primero de mayo de 1947. «Hilly», como todo el mundo le llamaba, era un hombre muy poco apto para ejercer aquella función, ya que todo en él irradiaba insignificancia. Como sus predecesores, jamás tuvo el menor deseo de ser director de la central de inteligencia, «y probablemente jamás debería haberlo sido», como afirmaba una historia de la CIA en aquella época.[5]

El 27 de junio de 1947, una comisión parlamentaria celebró una serie de audiencias secretas que desembocaron en la creación oficial de la CIA a finales del verano. Resulta muy elocuente el hecho de que no se eligiera a Hillenkoetter, sino a Allen Dulles —un abogado en ejercicio—, para dirigir un seminario secreto sobre inteligencia destinado a unos cuantos miembros selectos del Congreso.

Allen Dulles tenía un sentido del deber patriótico digno de las cruzadas. Nacido en el seno de la mejor familia de Watertown, Nueva York, en 1893, su padre era el pastor presbiteriano de la ciudad, y tanto su abuelo como su tío habían ejercido el cargo de secretario de Estado. El presidente de su universidad, Princeton, era Woodrow Wilson, futuro presidente del país. Dulles había sido un joven diplomático después de la Primera Guerra Mundial, y durante la Depresión había ejercido de abogado en Wall Street. Gracias a su reputación como jefe de espías, meticulosamente cultivada cuando era director de la OSS en Suiza, los líderes republicanos le consideraban una especie de director de la central de inteligencia en el exilio, del mismo modo en que se veía a su hermano John Foster Dulles, principal portavoz del partido en política exterior, como a una especie de secretario de Estado en la sombra. Allen era extremadamente genial, tenía una mirada vivaz, reía a carcajadas y su ingenio rozaba la picaresca. Pero era también un hombre tramposo, adúltero crónico y de una ambición insaciable. No le importaba engañar al Congreso o a sus colegas, o incluso a su comandante en jefe.

La sala 1501 del Longworth Office Building (uno de los edificios que integran el complejo del Capitolio estadounidense) estaba protegida por guardias armados; dentro, todo el mundo había jurado mantener en secreto lo que allí se hablara.[6] Fumando su pipa, con la actitud de un maestro de escuela rural que instruyera a unos escolares rebeldes, Allen Dulles describió una CIA que sería «dirigida por un cuerpo de hombres relativamente reducido, pero de élite, con pasión por el anonimato». Su director habría de tener «un alto grado de temperamento judicial», con «larga experiencia y profundos conocimientos»; es decir, un hombre no muy distinto del propio Allen Dulles. Sus principales ayudantes, en el caso de que fueran militares, se verían «despojados de su rango de soldados, marinos o aviadores, y, por así decirlo, “adoptarían el uniforme” del servicio de inteligencia».

Los estadounidenses contaban con «la materia prima para crear el mayor servicio de inteligencia del mundo —dijo Dulles—. El personal no tenía que ser muy numeroso»; bastarían unos centenares de hombres de valía. «La actividad del servicio no debe ser llamativa, ni tampoco verse excesivamente envuelta en todo ese misterio y abracadabra que tanto gusta a los detectives aficionados —añadió para tranquilizar a los miembros del Congreso—. Lo único que se requiere para el éxito es trabajo duro, juicio crítico y sentido común.»

Pero en ningún momento dijo lo que realmente quería: resucitar las operaciones encubiertas de la OSS durante la guerra.

La creación de un nuevo servicio clandestino estadounidense estaba a punto. El presidente Truman desveló la nueva arquitectura para la guerra fría cuando firmó la Ley de Seguridad Nacional del 26 de julio de 1947. Esta ley establecía la fuerza aérea como un servicio independiente, dirigido por el general Vandenberg, y habría un nuevo Consejo de Seguridad Nacional que actuaría como una especie de centralita de la Casa Blanca para las decisiones presidenciales. La ley creaba asimismo la oficina del secretario de Defensa, a cuyo primer ocupante, James Forrestal, se le dio la orden de unificar el ejército («Esta oficina —escribiría Forrestal unos días después— probablemente será el mayor cementerio de gatos muertos[*] de la historia»).[7]

Asimismo, en seis breves y lacónicos párrafos, la ley establecía la creación de la Agencia Central de Inteligencia el 18 de septiembre.

Pero la CIA nacía con importantes deficiencias. Desde el primer momento hubo de oponerse a una serie de fieros e implacables oponentes en el seno del Pentágono y el Departamento de Estado, los organismos cuyos informes se suponía que había de coordinar. La agencia no era su supervisora, sino su hijastra. Sus poderes estaban mal definidos. Durante casi dos años no contaría con un estatuto oficial ni con una financiación convenientemente asignada por vía parlamentaria. Hasta entonces, el cuartel general de la agencia sobreviviría solo gracias a unos fondos de subsistencia proporcionados por unos cuantos miembros del Congreso.

Por otro lado, su secretismo entraría constantemente en conflicto con el carácter abierto de la democracia estadounidense. «Yo tenía los más graves presentimientos en torno a la organización —escribía Dean Acheson, futuro secretario de Estado—, y advertí al presidente de que, una vez creada, ni él, ni el Consejo de Seguridad Nacional ni nadie estaría en condiciones de saber qué hacía o de controlarla.»[8]

La Ley de Seguridad Nacional no decía nada de operaciones secretas en el extranjero. Asignaba a la CIA la tarea de correlacionar, evaluar y difundir información de inteligencia, así como la realización de «otras funciones y deberes relacionados con la inteligencia que afecten a la seguridad nacional». Esas últimas catorce palabras contenían los poderes que el general Magruder había logrado preservar gracias a sus tácticas evasivas con el presidente dos años antes. En su momento, ese resquicio permitiría la realización de cientos de grandes operaciones encubiertas, ochenta y una de ellas durante el segundo mandato de Truman.[9]

La realización de la acción encubierta requería la autoridad directa o implícita del Consejo de Seguridad Nacional (National Security Council, NSC), que por entonces éste estaba integrado por el presidente Truman, el secretario de Defensa, el secretario de Estado y los jefes militares. Fue, no obstante, un organismo bastante fantasmagórico. Apenas se reunió, y cuando lo hizo, Truman raramente estaba presente.

El presidente asistió a la primera reunión el 26 de septiembre, como hizo también el extremadamente cauto Roscoe Hillenkoetter. El asesor jurídico de la CIA, Lawrence Houston, había advertido al director de las crecientes demandas de acción encubierta.[10] Decía que la agencia carecía de autoridad legal para llevarlas a cabo sin el consentimiento expreso del Congreso. Por su parte, Hilly pretendía limitar las misiones de la CIA en el extranjero a la mera recopilación de información de inteligencia. Pero fracasó. En secreto se estaban tomando decisiones trascendentales, a menudo en los desayunos de los miércoles en casa del secretario de Defensa, Forrestal.

El 27 de septiembre, Kennan envió a Forrestal un detallado documento en el que pedía la creación de un «cuerpo guerrillero». Kennan consideraba que, aunque probablemente el pueblo estadounidense jamás aprobaría tales métodos, «podría resultar esencial para nuestra seguridad combatir el fuego con fuego».[11] Forrestal se mostró muy entusiasmado ante la petición. Y entre los dos pusieron en marcha el servicio clandestino estadounidense.

«LA INAUGURACIÓN DE LA GUERRA POLÍTICA ORGANIZADA»

Forrestal llamó a Hillenkoetter al Pentágono para tratar de «la actual creencia generalizada de que nuestro Grupo de Inteligencia resulta del todo inepto». Y tenía buenas razones para hacerlo. La discrepancia entre las capacidades de la CIA y las misiones que estaba llamada a realizar resultaba pasmosa.

El nuevo comandante de la Oficina de Operaciones Especiales de la CIA, coronel Donald «Wrong-Day» Galloway, era un presuntuoso tirano que había alcanzado la cúspide de su talento como oficial de caballería de West Point enseñando etiqueta ecuestre a los cadetes. El segundo de a bordo, Stephen Penrose, que había dirigido la división del Medio Este de la OSS, dimitió decepcionado. En un agrio memorando dirigido a Forrestal, Penrose advertía de que «la CIA está perdiendo a sus profesionales, y no está contratando a nuevo personal competente», y ello en el mismo momento «en que, casi como nunca antes, el gobierno necesita contar con un servicio de inteligencia eficaz, profesional y en expansión».[12]

Pese a ello, el 14 de diciembre de 1947, el Consejo de Seguridad Nacional transmitió sus primeras órdenes de alto secreto a la CIA. La agencia había de ejecutar «operaciones psicológicas encubiertas destinadas a contrarrestar las actividades de los soviéticos y las inspiradas por ellos».[13] Con aquel redoble marcial, la CIA se dispuso a batir a los rojos en las elecciones italianas previstas para abril de 1948.

La agencia informó a la Casa Blanca de que Italia podía convertirse en un estado policial totalitario. Si los comunistas ganaban en las urnas, se apoderarían de «la más antigua cuna de la cultura occidental. En particular, los devotos católicos de todas partes se sentirían enormemente preocupados por la seguridad de la Santa Sede».[14] La perspectiva de un gobierno ateo rodeando al Papa a punta de pistola resultaba demasiado terrible de considerar. Kennan creía que era mejor una guerra declarada que permitir que los comunistas tomaran legalmente el poder, pero la segunda opción era la acción encubierta a imagen y semejanza de las propias tácticas de subversión de los comunistas.

F. Mark Wyatt, un agente de la CIA que se estrenó con esta operación, recordaría posteriormente que de hecho se había iniciado semanas antes de que el Consejo de Seguridad Nacional la autorizara oficialmente. Como es obvio, el Congreso jamás dio luz verde, y la misión fue ilegal desde el principio. «En la CIA, en el cuartel general, estábamos absolutamente aterrorizados, teníamos un susto de muerte —diría Wyatt, no sin razón—. Estábamos rebasando nuestros estatutos.»[15]

Haría falta un montón de dinero para ayudar a derrotar a los comunistas. La mejor estimación, realizada por el jefe de la base de Roma, James J. Angleton, era de 10 millones de dólares. Angleton, que había pasado parte de su infancia en Italia, luego había servido allí como miembro de la OSS y había decidido quedarse, informó a la sede de la agencia que había logrado penetrar tan profundamente en el servicio secreto italiano que prácticamente lo dirigía. Él podía utilizar a sus miembros como una cadena para distribuir el dinero. Pero ¿de dónde iban a sacarlo? La CIA todavía no tenía un presupuesto independiente, ni contaba con fondos reservados para operaciones encubiertas.

James Forrestal y su buen amigo Allen Dulles se lo pidieron a sus amigos y colegas de Wall Street y de Washington —empresarios, banqueros y políticos—, pero no había suficiente. Entonces Forrestal acudió a un viejo amigo, John W. Snyder, por entonces secretario del Tesoro y uno de los más estrechos aliados de Harry Truman. Forrestal convenció a Snyder de que echara mano del Fondo de Estabilización Bursátil, creado en la época de la Depresión para sostener el valor del dólar en el extranjero mediante intercambios monetarios a corto plazo, y convertido durante la Segunda Guerra Mundial en un depósito para almacenar el botín capturado al Eje. El fondo disponía de 200 millones de dólares destinados en principio a la reconstrucción de Europa. Se transfirieron entonces varios millones a las cuentas bancarias de diversos estadounidenses ricos, muchos de ellos italoamericanos, quienes a continuación enviaron el dinero a las recién creadas tapaderas políticas creadas por la CIA. Se dio instrucciones a los donantes de que insertaran un código especial en sus declaraciones de impuestos, consignando las cantidades como «donaciones benéficas». Los millones fueron entregados a diversos políticos italianos y a los sacerdotes de Acción Católica, un brazo político del Vaticano. Los maletines llenos de dinero cambiaron de manos en un hotel de cuatro estrellas, el Hotel Hassler. «Nos habría gustado hacerlo de una manera más sofisticada —diría Wyatt—. Pasar maletines negros para influir en unas elecciones políticas no resulta precisamente algo muy atractivo.» Pero el caso es que funcionó; los democratacristianos italianos ganaron por un cómodo margen y formaron un gobierno que excluyó a los comunistas. Se inició así un largo romance entre la agencia y ese partido, y en Italia —como en muchos otros países— la práctica de la CIA de comprar elecciones y políticos con maletines llenos de dinero se repetiría durante los veinticinco años siguientes.

Sin embargo, en las semanas anteriores a las elecciones los comunistas se anotaron otra victoria. Se apoderaron de Checoslovaquia, iniciando una brutal cadena de arrestos y ejecuciones que se prolongaría durante casi cinco años. El jefe de la base de la CIA en Praga, Charles Katek, se las arregló para que unos treinta checos —sus agentes y las familias de estos— cruzaran la frontera rumbo a Múnich.[16] Entre ellos ocupaba un lugar destacado el jefe de la inteligencia checa, al que Katek logró sacar clandestinamente del país oculto entre el radiador y la rejilla de un descapotable.

El 5 de marzo de 1948, mientras estallaba la crisis checa, llegó al Pentágono un cable aterrador del general Lucius D. Clay, jefe de las fuerzas de ocupación estadounidenses en Berlín. El general decía que tenía el presentimiento de que en cualquier momento podía producirse un ataque soviético. El Pentágono filtró el cable, y Washington se vio inundado de temor. Aunque la base de la CIA en Berlín envió un informe tranquilizador al presidente, en el que le aseguraba que no había signo alguno de ningún ataque inminente, nadie hizo caso. Al día siguiente Truman compareció ante una sesión plenaria del Congreso en la que advirtió de que la Unión Soviética y sus agentes amenazaban con un cataclismo. Luego pidió, y obtuvo, la inmediata aprobación de la gran empresa que pasaría a conocerse con el nombre de Plan Marshall.[17]

El plan ofrecía miles de millones de dólares al mundo libre para reparar los daños producidos por la guerra y crear una barricada política y económica estadounidense frente a los soviéticos. En diecinueve capitales del mundo —dieciséis en Europa y tres en Asia—, Estados Unidos ayudaría a reconstruir la civilización, aunque con la impronta norteamericana. George Kennan y James Forrestal se hallaban entre los principales autores del plan; Allen Dulles colaboró como asesor.

Los tres contribuyeron a diseñar un codicilo secreto que otorgaba a la CIA la capacidad de hacer la guerra política, y que permitía que muchos millones de dólares del plan se desviaran a la agencia.

La mecánica resultaba sorprendentemente simple. Una vez que el Congreso hubo aprobado el Plan Marshall, le asignó unos 13.700 millones de dólares en cinco años. Cualquier país que recibiera ayuda del plan había de apartar una suma equivalente en su propia moneda. El 5 por ciento de esos fondos —685 millones de dólares en total— se ponía a disposición de la CIA a través de las oficinas extranjeras del plan.

Se trataba de una operación de blanqueo de dinero a escala global que se mantendría en secreto hasta mucho después de que terminara la guerra fría. Allí donde floreció el plan, tanto en Europa como en Asia, también lo hicieron los espías estadounidenses. «Nosotros teníamos que hacer la vista gorda y ayudarles un poco —diría el coronel R. Allen Griffin, que dirigió la división de Extremo Oriente del Plan Marshall—. Decirles que nos metieran la mano en el bolsillo.»[18]

Los fondos secretos eran la clave de las operaciones secretas. La CIA contaba ahora con una fuente inagotable de dinero imposible de rastrear.

El 4 de mayo de 1948, en un comunicado de alto secreto enviado probablemente a unas dos docenas de personas del Departamento de Estado, la Casa Blanca y el Pentágono, Kennan proclamaba «la inauguración de la guerra política organizada»,[19] y propugnaba la creación de un nuevo servicio clandestino para realizar operaciones encubiertas en todo el mundo. Declaraba sin rodeos que el Plan Marshall, la Doctrina Truman y las operaciones encubiertas de la CIA constituían las diversas partes entrelazadas de una gran estrategia contra Stalin.

El dinero que la CIA extraía del Plan Marshall financiaría toda una red de tapaderas, una fachada de comités y consejos públicos dirigidos por ciudadanos distinguidos. También los comunistas tenían tapaderas por toda Europa: editoriales, periódicos, agrupaciones estudiantiles, sindicatos... Ahora la CIA crearía las suyas propias. Para dichas tapaderas se reclutaría a agentes extranjeros: emigrados de la Europa del Este y refugiados de Rusia. Dichos extranjeros, bajo el control de la CIA, crearían grupos políticos clandestinos en las naciones libres de Europa. Y luego esos movimientos clandestinos pasarían el testigo a «movimientos de liberación total» detrás del telón de acero. Si la guerra fría se calentaba, Estados Unidos contaría entonces con una fuerza de combate en primera línea.

Las ideas de Kennan arraigaron con rapidez. Sus planes fueron aprobados en una orden secreta del Consejo de Seguridad Nacional el 18 de junio de 1948. La directiva 10/2 de dicho organismo abogaba por las operaciones encubiertas para atacar a los soviéticos en todo el mundo.[20]

La fuerza de choque que Kennan concibió para llevar a cabo aquella guerra secreta recibió el nombre más insulso que cabía imaginar: Oficina de Coordinación Política (Office of Policy Coordination, OPC). Se trataba de una fachada para ocultar las actividades del grupo. Se enmarcó dentro de la CIA, pero su jefe estaba bajo las órdenes directas de los secretarios de Defensa y de Estado debido a la debilidad del director de la central de inteligencia. El Departamento de Estado quería que se dedicara a «la propagación de rumores, los sobornos y la organización de tapaderas no comunistas»,[21] según un informe del Consejo de Seguridad Nacional desclasificado en 2003. Forrestal y el Pentágono, por su parte, querían «movimientos guerrilleros ... ejércitos clandestinos ... sabotajes y asesinatos».

«UN HOMBRE HA DE SER EL JEFE»

El principal campo de batalla era Berlín. Frank Wisner, que trabajaba sin descanso para configurar la política estadounidense en la ciudad ocupada, instó a sus superiores del Departamento de Estado a elaborar una estratagema dirigida a subvertir a los soviéticos introduciendo una nueva moneda alemana. Era seguro que Moscú rechazaría la idea, de modo que los acuerdos de reparto del poder realizados en la posguerra en Berlín se irían a pique. La nueva dinámica política serviría para hacer retroceder a los rusos.

El 23 de junio, las potencias occidentales instituyeron la nueva moneda. En una respuesta inmediata, los soviéticos bloquearon Berlín. Mientras Estados Unidos organizaba un corredor aéreo para romper el bloqueo, Kennan hubo de pasar largas horas en la sala de crisis, el centro de comunicaciones extranjeras cerrado a cal y canto situado en el quinto piso del Departamento de Estado, luchando con los cables y télex que no dejaban de llegar de Berlín.

La base berlinesa de la CIA llevaba más de un año tratando sin éxito de obtener información de inteligencia sobre el Ejército Rojo en la Alemania ocupada y en Rusia, a fin de determinar los progresos de Moscú en armamento nuclear, aviones de combate, misiles y armas biológicas.[22] Aun así, contaba con agentes infiltrados en la policía y la política berlinesas, y lo que es más importante: tenía línea directa con el cuartel general de la inteligencia soviética en Karlshorst, Berlín Este. El artífice de ello era Tom Polgar, un refugiado húngaro que estaba revelándose como uno de los mejores agentes de la CIA. Polgar tenía un mayordomo, y su mayordomo tenía un hermano que trabajaba para un oficial del ejército soviético en Karlshorst. Diversos bienes materiales, tales como cacahuetes salados, fluían de Polgar a Karlshorst, mientras que la información fluía en sentido contrario. Pero Polgar tenía también a un segundo agente, un teletipista que trabajaba en la sección de enlace soviética del cuartel de la policía berlinesa y cuya hermana era la querida de un teniente de la policía muy cercano a los rusos; los amantes se encontraban en el piso de Polgar. «Aquello me reportó fama y gloria», recordaría Polgar, que pudo proporcionar una información de inteligencia crucial que llegó hasta la Casa Blanca. «Yo estaba completamente seguro, durante el bloqueo de Berlín, de que los soviéticos no se moverían», diría. Los informes de la CIA tampoco desmentían tal afirmación; ni el ejército soviético ni sus recientes aliados germanoorientales estaban preparados para la batalla. En aquellos meses, la base de Berlín hizo su parte para lograr que la guerra fría siguiera siendo fría.

Wisner, en cambio, sí estaba listo para una guerra caliente. Afirmaba que Estados Unidos debía luchar por Berlín con tanques y artillería. Sus ideas fueron rechazadas, pero su espíritu combativo logró prevalecer.

Kennan había insistido en que las operaciones encubiertas no podían ser dirigidas por un comité. Necesitaban un comandante supremo que contara con el pleno respaldo del Pentágono y el Departamento de Estado. «Un hombre ha de ser el jefe», escribió. Forrestal, Marshall y Kennan estuvieron de acuerdo en que aquel hombre fuera Wisner.

Wisner estaba a punto de cumplir los cuarenta y tenía una apariencia engañosamente cortés. De joven había sido un hombre apuesto, pero su cabello empezaba a escasear, y su rostro y su torso empezaban a hincharse por culpa de su afición al alcohol. Tenía en su haber menos de tres años de experiencia como espía y criptodiplomático durante la guerra. Y ahora tenía que crear un servicio clandestino de la nada.

Richard Helms observaba que Wisner ardía de un «celo y vehemencia que le imponían, incuestionablemente, una tensión anormal».[23] Su pasión por la acción encubierta alteraría para siempre el lugar que ocuparía Estados Unidos en el mundo.

4. «Lo más secreto»

4

«Lo más secreto»

Frank Wisner asumió el mando de la acción encubierta de Estados Unidos el primero de septiembre de 1948. Su misión: hacer retroceder a los soviéticos a las antiguas fronteras de Rusia y liberar a Europa del control comunista. Su puesto de mando era una destartalada barraca de tejado de hojalata que formaba parte de una larga hilera de barracones provisionales del Departamento de Guerra que flanqueaban las limpias aguas del estanque situado entre los monumentos a Lincoln y a Washington. Los pasillos estaban infestados de alimañas, y sus hombres llamaban al lugar el «Palacio de las Ratas».

Wisner trabajaba con un controlado frenesí, doce horas o más al día y seis días a la semana, y exigía lo mismo de sus agentes. Raramente informaba de lo que hacía al director de la central de inteligencia. Él solo decidía si sus misiones secretas se adaptaban o no a la política exterior estadounidense.

Pronto su organización llegó a ser mayor que todo el conjunto del resto de la agencia. Las operaciones encubiertas se convirtieron en la fuerza dominante de la CIA, con más personal, más dinero y más poder, y siguió siéndolo durante más de veinte años. La misión declarada de la CIA había sido la de proporcionar al presidente de Estados Unidos información secreta esencial para la seguridad nacional del país. Pero Wisner no tenía paciencia para el espionaje, ni tiempo para extraer y sopesar secretos. Planear un golpe de Estado o comprar a un político resultaba mucho más fácil que penetrar en el Politburó, y para Wisner era también mucho más urgente.

En el plazo de un mes, Wisner había elaborado planes de batalla para los cinco años siguientes.[1] Se proponía crear un conglomerado mediático internacional con fines propagandísticos. Quería librar la guerra económica contra los soviéticos falsificando dinero y manipulando los mercados. Gastaría millones en tratar de inclinar la balanza política en diversas capitales de todo el mundo. Deseaba reclutar a legiones de exiliados —rusos, albaneses, ucranianos, polacos, húngaros, checos, rumanos...— para formar grupos de resistencia armada que cruzaran el telón de acero. Wisner creía que había unos setecientos mil rusos a la deriva en Alemania que podrían unirse a la causa. Quería transformar a un millar de ellos en tropas de choque políticas. Pero solo encontró a diecisiete.

Siguiendo órdenes de Forrestal, Wisner creó redes de agentes de retaguardia, extranjeros que lucharían contra los soviéticos cuando estallara la Tercera Guerra Mundial. El objetivo era ralentizar el avance de centenares de miles de soldados del Ejército Rojo en Europa occidental. Quería tener armas, municiones y explosivos almacenados en alijos secretos por toda Europa y Oriente Próximo, preparados para volar puentes, almacenes y campos petrolíferos árabes ante un posible avance soviético. El general Curtis LeMay, nuevo jefe del Mando Aéreo Estratégico y responsable del armamento nuclear de Estados Unidos, sabía que sus bombarderos podían quedarse sin combustible después de haber lanzado sus bombas sobre Moscú, y en el vuelo de retorno sus pilotos y tripulaciones se verían obligados a saltar en paracaídas sobre algún lugar situado al este del telón de acero. Debido a ello, LeMay le dijo a quien entonces era la mano derecha de Wisner, Franklin Lindsay, que creara una ruta de evacuación dentro de la Unión Soviética que permitiera a sus hombres escapar por tierra en caso necesario.[2] Al mismo tiempo, los coroneles de la fuerza aérea no dejaban de transmitir órdenes a sus colegas de la CIA: robar un cazabombardero soviético, preferiblemente con el piloto metido en un saco; infiltrar agentes con radios en todos los aeródromos situados entre Berlín y los Urales; sabotear todas las pistas militares de la Unión Soviética al primer indicio de guerra. Y no eran peticiones; eran órdenes.

Pero, por encima de todo, Wisner necesitaba miles de espías estadounidenses. La caza de talentos, entonces como ahora, se hallaba en constante crisis. De modo que dispuso un sistema de reclutamiento que iba del Pentágono a Park Avenue, Yale, Harvard y Princeton, donde se pagaba a profesores y entrenadores deportivos para que detectaran los posibles talentos. Contrató a abogados, banqueros, universitarios, antiguos compañeros de escuela y veteranos en paro. «Se llevaban a la gente de la calle, a cualquiera de sangre caliente que supiera decir sí o no o mover los brazos y las piernas», decía el agente de la CIA Sam Halpern. Wisner aspiraba a abrir al menos 36 bases en el extranjero en el plazo de seis meses, y logró abrir 47 en tres años. Casi todas las ciudades donde la agencia estableció sede contaban con dos jefes de base: uno trabajaba en la acción encubierta para Wisner; el otro se encargaba del espionaje para la Oficina de Operaciones Especiales. Inevitablemente, ambos se perjudicaban el uno al otro, robándose mutuamente sus agentes y luchando por imponer su criterio. Wisner se llevó a miles de agentes de la Oficina de Operaciones Especiales, ofreciéndoles mayores salarios y la promesa de mayores glorias.

Asimismo, requisó aviones, armas, municiones, paracaídas y uniformes de reserva del Pentágono y sus bases en las zonas ocupadas de Europa y Asia, y no tardó en controlar un arsenal militar con un valor de 250 millones de dólares. «Wisner podía pedir a cualquier agencia del gobierno personal y todo el apoyo que pudiera necesitar —diría James McCargar, uno de los primeros hombres que contrató Wisner en la Oficina de Coordinación Política—. La CIA, obviamente, era una agencia públicamente conocida cuyas operaciones eran secretas. Pero no solo las operaciones de la OPC eran secretas, sino que también lo era la propia existencia de la organización. Fue, de hecho, durante sus primeros años —y esto hay que recalcarlo, dado que hoy pocas personas parecen ser conscientes de ello—, lo más secreto del gobierno estadounidense después de las armas nucleares.»[3] Y al igual que las primeras armas nucleares, cuyas explosiones de prueba resultaron ser mucho más potentes de lo que habían previsto sus creadores, el tinglado de la acción encubierta de Wisner crecería con mayor rapidez y se extendería más de lo que nadie había imaginado.

Durante la Segunda Guerra Mundial, McCargar había trabajado para el Departamento de Estado norteamericano en la Unión Soviética, donde no tardó en aprender que «los únicos métodos que te ayudaban a hacer tu trabajo eran clandestinos». Él solo había evacuado a varios líderes políticos de Budapest, llevándolos a un refugio seguro en Viena que había preparado Al Ulmer, el primer jefe de base de aquella capital ocupada. Los dos hombres se hicieron amigos, y cuando se encontraron en Washington en el verano de 1948, Ulmer invitó a McCargar a que conociera a su nuevo jefe. Wisner se los llevó a ambos a almorzar al Hotel Hay-Adams, el más elegante de Washington, situado delante del parque Lafayette, justo en el extremo opuesto de donde se encuentra la Casa Blanca. McCargar fue contratado en el acto para incorporarse al cuartel general y se le puso a cargo de siete países: Grecia, Turquía, Albania, Hungría, Rumanía, Bulgaria y Yugoslavia. Cuando se presentó en su puesto de trabajo, en octubre de 1948, «solo éramos diez, incluido Wisner, un par de agentes, las secretarias y yo mismo: diez personas —explicaría—. Al cabo de un año éramos cuatrocientos cincuenta, y unos años después había ya varios miles».

«NOS VEÍAN COMO REYES»

Wisner envió a Al Ulmer a Atenas, donde se dispuso a hacerse cargo de diez países del Mediterráneo, el Adriático y el mar Negro. El nuevo jefe de base adquirió una mansión situada en lo alto de una colina desde la que se dominaba la ciudad, un complejo amurallado con un comedor de 18 metros de largo y unos diplomáticos de alto rango como vecino. «Nosotros estábamos al mando —diría Ulmer muchos años después—. Dirigíamos las cosas. Nos veían como reyes.»[4]

La CIA empezó a canalizar apoyo político y financiero clandestino a los oficiales militares y agentes de inteligencia más ambiciosos de Grecia, reclutando a jóvenes prometedores que un día pudieran dirigir la nación. Las relaciones que cultivaban podrían producir grandes dividendos más tarde. Primero en Atenas y Roma, y luego en toda Europa, políticos, generales, jefes de espías, editores de periódicos, líderes sindicales, organizaciones culturales y asociaciones religiosas empezaron a acudir a la agencia en busca de dinero y de asesoramiento.[5] «Individuos, grupos y servicios de inteligencia no tardaron en darse cuenta de que había una fuerza en el mundo en torno a la que podían agruparse»,[6] diría una crónica secreta de los primeros años de Wisner en el poder.

Pero los jefes de base de Wisner necesitaban dinero, de modo que a mediados de noviembre de 1948 viajó a París para tratar del problema con Averell Harriman, el director del Plan Marshall.[7] Se reunieron en una dorada suite del Hotel Talleyrand, antigua residencia del ministro de Exteriores de Napoleón. Bajo la mirada de un busto de mármol de Benjamin Franklin, Harriman le dijo a Wisner que metiera la mano en la bolsa de dinero del plan hasta donde necesitara. Armado con tal autoridad, Wisner regresó a Washington para entrevistarse con Richard Bissell, jefe de administración del Plan Marshall. «Yo había coincidido con él en actos sociales, y le conocía y confiaba en él —recordaría Bissell—. En gran medida formaba parte de nuestro círculo de allegados.» Wisner fue directo al grano. Al principio Bissell se sintió desconcertado, pero «Wisner se tomó tiempo para aliviar cuando menos algunas de mis preocupaciones al asegurarme que Harriman había aprobado la acción. Cuando empecé a presionarle preguntándole cómo se iba a utilizar el dinero, me explicó que no me lo podía decir». Bissell no tardaría mucho en descubrirlo por sí mismo, ya que una década después pasaría a ocupar el puesto de Wisner.

Wisner tenía la intención de romper la influencia comunista sobre las principales federaciones sindicales de Francia e Italia utilizando dinero del plan, y Kennan autorizó personalmente las operaciones. Para ello, Wisner eligió a dos líderes sindicales de especial talento para que se encargaran de dirigir la primera de las operaciones a finales de 1948: Jay Lovestone, ex presidente del Partido Comunista de Estados Unidos, e Irving Brown, su devoto seguidor; los dos hombres eran ahora fervientes anticomunistas después de que sus convicciones se vieran alteradas por las agrias batallas ideológicas de la década de 1930. Lovestone era secretario ejecutivo del Comité del Sindicato Libre, una escisión de la Federación Estadounidense del Trabajo (American Federation of Labor, AFL), mientras que Brown era su principal delegado en Europa. Ambos se encargaron de repartir pequeñas fortunas procedentes de la CIA entre diversos grupos sindicales respaldados por los democratacristianos y la Iglesia católica. Paralelamente, varios sobornos en los puertos de Marsella y Nápoles garantizaron que las armas y el material militar estadounidense fueran descargados por estibadores más que dispuestos a colaborar. El dinero y el poder de la CIA se emplearon también para untar a gánsteres corsos que sabían cómo romper una huelga a base de puñetazos.[8]

Una de las tareas más refinadas de Wisner fue la de respaldar a una antigua asociación que se convertiría en una influyente tapadera de la CIA durante veinte años, el Congreso por la Libertad Cultural. Wisner había concebido «un vasto proyecto dirigido a los intelectuales; “la batalla por la mente de Picasso”, si quiere», en la elegante frase del agente de la CIA Tom Braden, veterano de la OSS y habitual de las ya mencionadas cenas de los domingos por la noche.[9] Fue aquella una guerra de palabras, librada con revistas de pequeña tirada, libros editados en rústica y conferencias culturales. «Creo que el presupuesto para el Congreso por la Libertad Cultural, uno de los años en que estuve a cargo de él, fue de unos 800.000 o 900.000 dólares», diría Braden. Dicho presupuesto incluía los fondos necesarios para poner en marcha una revista cultural mensual llamada Encuentro, que en la década de 1950 ejercería una enorme influencia sin llegar a vender más de 40.000 ejemplares de cada número. Aquella constituyó una especie de labor misionera que atrajo especialmente a los estudiantes de artes liberales recién llegados a la agencia; no estaba nada mal pasar un año de prácticas en la inteligencia estadounidense dedicándose a dirigir un pequeño periódico o una editorial en París o en Roma.

Wisner, Kennan y Allen Dulles vieron una manera mucho mejor de aprovechar el fervor político y las energías intelectuales de los exiliados de la Europa del Este, canalizándolos de nuevo hacia el otro lado del telón de acero: Radio Europa Libre. Su planificación se inició a finales de 1948 y principios de 1949, pero hicieron falta más de dos años para que las emisoras empezaran a funcionar. Dulles se convirtió en fundador del denominado Comité Nacional por una Europa Libre, una de las numerosas tapaderas financiadas por la CIA en el territorio estadounidense. El consejo de administración de Europa Libre incluía al general Eisenhower; a Henry Luce, presidente de Time, Life y Fortune, y al productor de Hollywood Cecil B. DeMille, todos ellos reclutados por Dulles y Wisner como tapadera para encubrir a los verdaderos gestores. Aquellas emisoras se convertirían en una poderosa arma de guerra política.

«AL CALOR DE LA CONFUSIÓN»

Wisner tenía grandes esperanzas en que Allen Dulles fuera el próximo director de la central de inteligencia, y el propio Dulles también.

A comienzos de 1948, Forrestal le había pedido a este último que dirigiera una investigación de alto secreto en torno a la debilidad estructural de la CIA. Al acercarse la fecha de las elecciones, Dulles estaba dando los últimos retoques al informe, que habría de servir como su propio discurso de toma de posesión en la agencia. Confiaba en que Truman sería derrotado por el republicano Thomas Dewey, y que el nuevo presidente le ascendería al cargo apropiado.

El informe, que permanecería clasificado durante cincuenta años, era una acusación en toda regla, brutal y detallada.[10] Cargo uno: la CIA producía montones de papeles que apenas contenían datos sobre la amenaza comunista, si es que contenían alguno. Cargo dos: la agencia no tenía espías entre los soviéticos y sus satélites. Cargo tres: Roscoe Hillenkoetter era un fracaso como director. La CIA —rezaba el informe— no constituía todavía «un servicio de inteligencia adecuado», y harían falta «años de paciente trabajo para realizar la tarea» de transformarla. Lo que hacía falta ahora era un líder nuevo y audaz, y su identidad no era ningún secreto. Hillenkoetter señaló mordazmente que a Allen Dulles solo le faltaba grabar su nombre en la puerta del despacho del director. Sin embargo, para cuando llegó el informe, en el mes de enero de 1949, Truman había sido reelegido, y a Dulles se le asociaba tan estrechamente con el Partido Republicano que su nombramiento resultaba políticamente inconcebible. Hillenkoetter permaneció en el cargo, lo que de hecho equivalía a dejar la agencia acéfala. Aunque el Consejo de Seguridad Nacional le ordenó que pusiera en práctica lo que aconsejaba el informe, él jamás lo hizo.

Dulles empezó a decirles a sus amigos de Washington que, a menos que en la CIA se hiciera algo drástico, el presidente se enfrentaría a un desastre en el extranjero. Un coro de voces vino a unirse a él. Dean Acheson, ahora secretario de Estado, se enteró de que la CIA se «disolvía al calor de la confusión y el resentimiento».[11] Su informador era Kermit «Kim» Roosevelt, nieto de Theodore Roosevelt, primo de Franklin D. Roosevelt y futuro jefe de la división de Oriente Próximo y Asia Meridional de la CIA. El asesor de inteligencia de Forrestal, John Ohly, advirtió a su jefe: «La mayor debilidad de la CIA proviene del tipo y calidad de su personal, y de los métodos a través de los que este es reclutado».[12] Observaba «un completo deterioro de la moral entre algunos de los civiles mejor cualificados a quienes les gustaría hacer carrera en la CIA, y la pérdida de muchas personas capaces que simplemente no podían soportar la situación». Y lo que era aún peor: «la mayoría de las personas capaces que quedaban en la agencia han decidido que, a menos que se produzcan cambios en los próximos meses, se marcharán definitivamente. Con la pérdida de estos cuadros de calidad, la agencia se hundirá en una ciénaga de la que resultará difícil, si no imposible, sacarla». La CIA se convertiría entonces en «una organización de inteligencia entre pobre y mediocre prácticamente a perpetuidad». Esos mismos mensajes podrían haberse escrito medio siglo después, ya que describían de manera precisa los infortunios de la agencia en la década posterior a la caída del comunismo soviético. Escaseaban en sus filas los estadounidenses capacitados, mientras que el número de agentes extranjeros de talento era casi nulo.

Pero las capacidades de la CIA no eran el único problema; las presiones de la guerra fría estaban quebrantando asimismo a los nuevos líderes del estamento de la seguridad nacional.

James Forrestal y George Kennan habían sido los creadores y responsables de las operaciones encubiertas de la CIA. Pero se habían revelado incapaces de controlar la maquinaria que ellos mismos habían puesto en marcha. Kennan estaba a punto de quemarse, aislándose cada vez más en su escondrijo de la Biblioteca del Congreso. Forrestal, por su parte, no pudo más, y dimitió como secretario de Defensa el 28 de marzo de 1949. Durante su último día en el cargo se vino abajo, lamentándose de que llevaba varios meses sin dormir. El doctor William Menninger, el más destacado psiquiatra de Estados Unidos, encontró a Forrestal en pleno episodio psicótico, y lo envió a un pabellón psiquiátrico del Hospital Naval de Bethesda.

Después de cincuenta noches de angustia, en las últimas horas de su vida, Forrestal estaba copiando un poema griego traducido al inglés, «El coro de Áyax», y se detuvo en medio de la palabra nightingale («ruiseñor»);[13] escribió night, y luego se arrojó al encuentro de la muerte desde su ventana, en el piso dieciséis. «Ruiseñor» era el nombre clave de un grupo de resistencia ucraniano al que Forrestal había encargado la ejecución de una guerra secreta contra Stalin. Entre sus líderes había colaboracionistas nazis que habían asesinado a miles de personas tras las líneas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. Los miembros del grupo habían de ser lanzados en paracaídas por la CIA detrás del telón de acero.

En la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos había hecho causa común con los comunistas para combatir a los fascistas. Ahora, en la guerra fría, la CIA empleaba a fascistas para combatir a los comunistas. Y se suponía que quienes realizaban esas misiones eran patriotas que lo hacían en nombre de Estados Unidos. «No puedes controlar los ferrocarriles —diría Allen Dulles, en una desafortunada frase— sin contar con unos cuantos miembros del Partido Nazi.»[14]

Más de dos millones de personas deambulaban a la deriva por la Alemania ocupada por Estados Unidos. Muchos de ellos eran refugiados que huían desesperados de la alargada sombra del dominio soviético.[15] Frank Wisner envió a sus agentes directamente a los campos de desplazados a fin de reclutarles para una misión que él definía como «alentar movimientos de resistencia en el mundo soviético y proporcionar contactos con el mundo clandestino», argumentando que la CIA tenía que «utilizar a refugiados del mundo soviético en el interés nacional de Estados Unidos».

Pese a las objeciones del director de la central de inteligencia, pretendía enviar armas y dinero a aquellos hombres. Los exiliados soviéticos eran muy apreciados «como reserva de cara a una posible emergencia bélica», según informaba la agencia, aunque estos se hallaban «desesperadamente divididos en grupos con objetivos, filosofías y composiciones étnicas distintas».

Las órdenes de Wisner dieron lugar a la primera de las misiones paramilitares de la agencia; la primera de muchas otras misiones que enviarían a la muerte a miles de agentes extranjeros (aunque todo esto solo empezaría a revelarse en una historia de la CIA que no se publicaría hasta 2005).

Pero entonces, el 25 de junio de 1950, y sin advertencia previa, Estados Unidos hubo de enfrentarse a un ataque sorpresa que parecía ser el comienzo de la Tercera Guerra Mundial.

5. «Eran misiones suicidas»

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«Eran misiones suicidas»

La guerra de Corea fue la primera gran prueba para la CIA, y proporcionó a la agencia su primer líder de verdad, el general Walter Bedell Smith. El presidente Truman le había llamado para salvar a la CIA antes de que estallara la guerra. Pero después de haber ejercido de embajador estadounidense en Moscú, el general había regresado con una úlcera que estuvo a punto de matarle. Cuando llegó la noticia de la invasión de Corea, se encontraba en el Hospital Militar Walter Reed, donde le habían extraído las dos terceras partes del estómago. Truman le imploraba que asumiera el cargo, pero él le pidió un mes de margen para ver si sobrevivía. Después la petición se transformó en orden, y Bedell Smith se convirtió en el cuarto director de la central de inteligencia en el plazo de cuatro años.

La tarea del general era enterarse de los secretos del Kremlin, y tenía bastante idea de cuáles eran sus posibilidades: «Hay solo dos personalidades que yo conozca que puedan hacer tal cosa —les dijo a los cinco senadores que le confirmaron en el cargo, en una audiencia celebrada el 24 de agosto en la que pudo exhibir su recién adquirida cuarta estrella, un premio que le había otorgado el presidente—. Uno es Dios, y el otro Stalin; y ni siquiera estoy seguro de que Dios pueda hacerlo, ya que ignoro si mantiene un contacto lo bastante estrecho con el “tío José” como para saber qué está tramando».[1] En cuanto a lo que le aguardaba en la CIA, declaró: «Espero lo peor, y estoy seguro de que no me sentiré decepcionado».[2] Inmediatamente después de tomar posesión de su cargo, en octubre, descubrió que había heredado un tremendo enredo. «Es interesante veros aquí a todos —dijo en su primera reunión con el personal, mirando por encima de la mesa—. Pero todavía será más interesante ver cuántos de vosotros seguís aquí dentro de unos meses.»

Bedell Smith hacía gala de un autoritarismo feroz y de un sarcasmo devastador, y no toleraba la imperfección. Las descontroladas operaciones de Wisner le encolerizaban. «Era allí donde se gastaba todo el dinero —diría—, [y] todo el resto de la agencia recelaba de ello.»[3] En su primera semana en el cargo descubrió que Wisner recibía órdenes directas del Departamento de Estado y el Pentágono, y no del director de la central de inteligencia. Enfurecido por ello, informó al jefe de operaciones encubiertas de que sus días de pillaje habían terminado.

«UNA TAREA IMPOSIBLE»

Para cumplir con la labor que le había encomendado el presidente, el general trató de salvar la parte analítica de la agencia, lo que él calificaba como el «alma de la CIA».[4] Revisó los procedimientos de la agencia para la redacción de los informes de inteligencia, y finalmente persuadió a Sherman Kent, que había abandonado Washington en los primeros y sombríos tiempos del Grupo Central de Inteligencia, de que regresara de Yale para crear un sistema de estimaciones de ámbito nacional reuniendo la mejor información de la que dispusieran los diversos estamentos del gobierno. Kent consideró que aquella era «una tarea imposible».[5] Al fin y al cabo —dijo—, «las estimaciones son lo que uno hace cuando no sabe algo».[6]

Unos días después de que Bedell Smith asumiera el cargo, Truman se disponía a reunirse con el general Douglas MacArthur en el atolón de Wake, en el Pacífico. El presidente quería obtener la mejor información de inteligencia que la CIA pudiera proporcionarle sobre Corea. Pero sobre todo quería saber si la China comunista intervendría en la guerra. MacArthur, que estaba introduciendo profundamente a sus tropas en el territorio de Corea del Norte, había insistido en que China jamás atacaría.

La CIA no sabía casi nada de lo que pasaba en China. En octubre de 1949, cuando Mao Zedong expulsó a las fuerzas nacionalistas de Jiang Jieshi (Chiang Kai-shek) y proclamó la República Popular, todos los espías estadounidenses destacados en China, salvo un puñado de ellos, habían huido a Hong Kong o Taiwán. La CIA, que cojeaba ya por culpa de Mao, quedó lisiada del todo por causa de MacArthur, que odiaba a la agencia e hizo todo lo posible por excluir a sus agentes de Extremo Oriente. Aunque la CIA trabajaba frenéticamente para vigilar a China, las cadenas de agentes extranjeros que había heredado de la OSS resultaban demasiado débiles. Y lo mismo ocurría con la capacidad de investigación y redacción de informes de la agencia. Cuando estalló la guerra de Corea, la CIA contaba con cuatrocientos analistas encargados de redactar boletines de inteligencia diarios para el presidente Truman, pero el 90 por ciento de sus informes no eran más que archivos del Departamento de Estado reescritos, mientras que casi todo el resto eran comentarios insustanciales.[7]

Los aliados de la CIA en el teatro bélico eran los servicios de inteligencia de dos líderes tan corruptos como poco fiables: el presidente de Corea del Sur, Syngman Rhee, y el líder nacionalista chino, Jiang Jieshi. La impresión más fuerte que recibieron los agentes de la CIA tras su llegada a las respectivas capitales de Seúl y Taipei fue el hedor de las heces humanas que fertilizaban los campos circundantes. Pero la información fiable resultaba tan escasa como la electricidad y el agua corriente. La CIA se encontró manipulada por amigos deshonestos, engañada por enemigos comunistas y a merced de unos exiliados hambrientos de dinero que falsificaban la información de inteligencia que proporcionaban.[8] Fred Schultheis, jefe de la base de Hong Kong en 1950, se pasó los seis años siguientes rebuscando entre la basura que los refugiados chinos le vendieron a la agencia durante la guerra de Corea. La CIA sustentaba así un mercado libre de falsificación de documentos regido por estafadores.

La única fuente de información fiable sobre Extremo Oriente desde los últimos días de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de 1949 habían sido los genios de la inteligencia relacionada con la transmisión de señales. Estos habían sido capaces de interceptar y descifrar párrafos de los cables comunistas y comunicados enviados entre Moscú y Extremo Oriente. Pero luego se hizo el silencio, justo en el momento en que el líder norcoreano Kim Il Sung consultaba con Stalin y con Mao sus intenciones de atacar; la capacidad de Estados Unidos de enterarse de los planes militares soviéticos, chinos y norcoreanos se desvaneció de repente.

En vísperas del estallido de la guerra de Corea, un espía soviético había penetrado en el centro neurálgico del descifrado de claves, Arlington Hall, una antigua escuela femenina reconvertida y situada a un tiro de piedra del Pentágono. Se trataba de William Wolf Weisband, un lingüista que traducía los mensajes descifrados del ruso al inglés. Reclutado como espía por Moscú en la década de 1930, Weisband logró por sí solo destruir la capacidad de Estados Unidos de leer los despachos secretos soviéticos. Bedell Smith se dio cuenta de que algo terrible había ocurrido con la inteligencia estadounidense relacionada con la transmisión de señales, y alertó de ello a la Casa Blanca. El resultado fue la creación de la Agencia de Seguridad Nacional, el servicio de inteligencia de transmisión de señales que con el tiempo crecería hasta dejar pequeña a la CIA en tamaño y poder. Medio siglo después, la Agencia de Seguridad Nacional calificaría el caso Weisband como «probablemente la pérdida de información de inteligencia más significativa de toda la historia de Estados Unidos».[9]

«NINGÚN INDICIO CONVINCENTE»

El presidente viajó al atolón de Wake el 11 de octubre de 1950. La CIA le aseguró que no veía «ningún indicio convincente de una intención real por parte de los comunistas chinos de recurrir a una intervención a gran escala en Corea ... salvo una decisión soviética de guerra global».[10] La agencia llegó a aquella conclusión a pesar de dos alarmas procedentes de su base de Tokio, integrada por tres hombres. Primero, el jefe de la base, George Aurell, informó de que un oficial chino nacionalista de Manchuria le había advertido de que Mao había apostado a trescientos mil soldados cerca de la frontera coreana. En el cuartel general de la agencia apenas prestaron atención. Luego, Bill Duggan, que más tarde sería jefe de la base de Taiwán, insistió en que los comunistas chinos no tardarían en cruzar a Corea del Norte. El general MacArthur respondió amenazando con hacer arrestar a Duggan. Ninguna de las dos advertencias llegó al atolón de Wake.

En el cuartel general, la agencia seguía asegurándole a Truman que China no intervendría en la guerra en una escala significativa. El 18 de octubre, mientras las tropas de MacArthur avanzaban hacia el norte en dirección al río Yalu y la frontera china, la CIA informaba de que «la aventura coreana de los soviéticos ha terminado en fracaso». El 20 de octubre, la CIA afirmaba que las fuerzas chinas detectadas en el Yalu estaban allí para proteger las centrales hidroeléctricas. El 28 de octubre informaba a la Casa Blanca de que aquellas fuerzas estaban integradas por voluntarios dispersos. El 30 de octubre, después de que las tropas estadounidenses hubieran sido atacadas causando un gran número de víctimas, la CIA reafirmó que una intervención china a gran escala resultaba improbable. Unos días después, unos agentes de la CIA que hablaban chino interrogaron a varios prisioneros capturados durante el enfrentamiento, y determinaron que eran soldados de Mao. Pese a ello, el cuartel general de la CIA afirmó una vez más que China no llevaría a cabo una invasión en masa. Dos días después, trescientos mil soldados chinos realizaron un ataque tan brutal que estuvieron a punto de hacer retroceder a los estadounidenses hasta el mar.

Bedell Smith se quedó horrorizado. Él creía que la misión de la CIA consistía en proteger al país frente a las sorpresas militares. Pero en el último año la agencia había malinterpretado todas las crisis globales: la bomba atómica soviética, la guerra de Corea y la invasión china. En diciembre de 1950, mientras el presidente Truman declaraba una situación de emergencia nacional y ordenaba la reincorporación del general Eisenhower a la vida activa, Bedell Smith incrementaba su propia guerra para convertir a la CIA en un servicio de inteligencia profesional. Y lo primero que hizo fue buscar a alguien que controlara a Frank Wisner.

«UN CLARO PELIGRO»

Solo se presentó un candidato.

El 4 de enero de 1951, Bedell Smith cedió ante lo inevitable y nombró a Allen Dulles subdirector de planificación de la CIA (el título era una tapadera, y el puesto era en realidad el de jefe de operaciones encubiertas). Los dos hombres no tardaron en revelar sus desavenencias, tal como pudo comprobar el agente Tom Polgar cuando tuvo ocasión de verles juntos en el cuartel general de la agencia: «Resulta evidente que a Bedell no le gusta Dulles, y es fácil ver por qué —explicaría—. Un oficial del ejército recibe una orden y la ejecuta. Un abogado encuentra el modo de escabullirse. En la CIA, tal como ha evolucionado, una orden es un punto de partida para una discusión».

Las operaciones de Wisner se habían quintuplicado desde el comienzo de la guerra. Bedell Smith era consciente de que Estados Unidos carecía de estrategia para librar aquella clase de lucha, y acudió al presidente Truman y al Consejo de Seguridad Nacional. ¿Se suponía realmente que la agencia había de apoyar una revolución armada en la Europa del Este? ¿Y en China? ¿Y en Rusia? El Pentágono y el Departamento de Estado le respondieron que sí; que todo eso, y mucho más. Pero el director se preguntaba cómo hacerlo. Wisner reclutaba a cientos de universitarios cada mes, les sometía a unas cuantas semanas de entrenamiento guerrillero, los enviaba al extranjero durante un semestre, y luego, cuando acababa su turno, los reemplazaba por nuevos reclutas. Pretendía construir una maquinaria militar de ámbito global mundial sin la apariencia de un entrenamiento, una logística o unas comunicaciones profesionales. Sentado en su despacho, mientras mordisqueaba las galletas con papilla de las que vivía tras su operación de estómago, Bedell Smith se debatía entre la ira y la desesperación.

Su segundo de a bordo, el subdirector de la central de inteligencia, Bill Jackson, dimitió decepcionado, afirmando que las operaciones de la CIA constituían una maraña imposible de desentrañar.[11] Bedell Smith no tuvo otra opción que ascender a Dulles al cargo de subdirector y a Wisner al de jefe de operaciones encubiertas. Pero cuando vio el presupuesto que ambos hombres le proponían, estalló. Este era nada menos que de 587 millones de dólares, lo que equivalía a once veces el de 1948.[12] De ellos, más de 400 millones eran para las operaciones encubiertas de Wisner, lo que representaba el triple de los costes de espionaje y análisis combinados.

Esto planteaba «un claro peligro a la CIA como agencia de inteligencia —diría Bedell Smith echando humo—. Será como poner el carro operativo delante de los bueyes de la inteligencia —advertía—. Los altos cargos se verán obligados a dedicar todo su tiempo a la dirección de operaciones, y necesariamente descuidarán la inteligencia».[13] Fue entonces cuando el general empezó a sospechar que Dulles y Wisner le ocultaban algo. En sus reuniones diarias con los subdirectores y mandos de la CIA, registradas en una serie de documentos que no serían desclasificados hasta 2002, les interrogaba constantemente acerca de lo que ocurría en el extranjero. Pero sus preguntas directas recibían respuestas que siempre resultaban extrañamente vagas, o simplemente no las recibía. Él les advirtió que no «ocultaran» o «encubrieran incidentes desafortunados o errores graves». Les ordenó elaborar informes detallados de sus misiones paramilitares: nombres clave, descripciones, objetivos, costes... Pero ellos jamás cumplieron la orden. «Presa de la exasperación, les dedicó a ambos más manifestaciones violentas de su furia que a nadie», según escribiría su representante personal en el estado mayor del Consejo de Seguridad Nacional, Ludwell Lee Montague. Bedell Smith no era precisamente un hombre asustadizo, pero le enfurecía y le horrorizaba la idea de que Dulles y Wisner estuvieran llevando a la CIA hacia «una mal concebida y desastrosa desventura —escribiría Montague—. Temía que alguna metedura de pata en el extranjero pudiera llegar a hacerse pública».

«NO SABÍAMOS LO QUE HACÍAMOS»

Los relatos clasificados de la CIA sobre la guerra de Corea revelan lo que temía Bedell Smith.[14]

En ellos se dice que las operaciones paramilitares de la agencia resultaban «no solo ineficaces, sino probablemente también moralmente reprensibles en cuanto al número de vidas perdidas». Miles de agentes coreanos y chinos reclutados por la agencia fueron lanzados sobre Corea del Norte durante el conflicto, para no regresar jamás. «La cantidad de tiempo y dinero gastados fue enormemente desproporcionada en relación con los resultados», concluía la agencia. De nada habían servido «las importantes sumas gastadas y los numerosos coreanos sacrificados». Asimismo, varios centenares más de agentes chinos habían muerto tras ser introducidos en el territorio en operaciones mal concebidas por tierra, mar y aire.

«La mayoría de esas misiones no se realizaban con el propósito de recabar información de inteligencia. Se hacían para abastecer a grupos de resistencia inexistentes o ficticios —diría Peter Sichel, que tuvo ocasión de ver con sus propios ojos aquella cadena de fracasos después de convertirse en jefe de la base de Hong Kong—. Eran misiones suicidas. Eran suicidas e irresponsables.»[15] Sin embargo, se prolongarían hasta la década de 1960, enviando a la muerte a legiones de agentes con el pretexto de perseguir fantasmas.

En los primeros días de la guerra, Wisner asignó un millar de agentes a Corea y trescientos a Taiwán, con órdenes de infiltrarse, respectivamente, en la amurallada fortaleza de Mao y en la dictadura militar de Kim Il Sung. Eran hombres arrojados al campo de batalla sin apenas preparación o entrenamiento. Uno de ellos fue Donald Gregg, recién salido de la Universidad Williams. Su primer pensamiento cuando estalló la guerra fue: «¿Y dónde demonios está Corea?». Tras un cursillo acelerado de operaciones paramilitares, fue destinado a una nueva avanzadilla de la CIA en medio del Pacífico. Wisner estaba construyendo una base de operaciones encubiertas en la isla de Saipán, con un coste de 28 millones de dólares. Saipán, todavía plagada de huesos de los muertos de la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en campo de entrenamiento para las misiones paramilitares de la CIA en Corea, China, el Tíbet y Vietnam. Gregg reclutó a jóvenes y duros campesinos coreanos procedentes de los campos de refugiados, hombres tan valientes como indisciplinados que no hablaban inglés, y trató de convertirlos en agentes instantáneos de la inteligencia estadounidense. Luego la CIA les envió a misiones burdamente concebidas que apenas produjeron otro resultado que un largo rosario de pérdidas humanas. Aquel recuerdo acompañó a Gregg mientras fue ascendiendo en el escalafón de la División de Extremo Oriente de la CIA para convertirse en jefe de la base de Seúl, luego en embajador estadounidense en Corea del Sur, y finalmente en el principal asesor de seguridad nacional del presidente George Bush padre.

«Nosotros seguíamos los pasos de la OSS —diría Gregg—. Pero la gente contra la que luchábamos tenía un completo control. No sabíamos lo que hacíamos. Yo les preguntaba a mis superiores cuál era la misión, y ellos no me lo decían. No sabían cuál era. Se trataba de ir a la aventura en las peores condiciones. Entrenábamos a coreanos, a chinos y a un montón de otros extranjeros, lanzando a los coreanos en Corea del Norte, y a los chinos en China justo al norte de la frontera coreana; los dejábamos caer, y ya no volvíamos a saber de ellos.»

«El historial en Europa era malo —añadiría—. El historial de Asia era malo. La agencia tenía un historial terrible en sus primeros días; una gran reputación, pero un historial terrible.»[16]

«SE ESTABA ENGAÑANDO A LA CIA»

Bedell Smith advirtió repetidamente a Wisner de que tuviera cuidado con la información de inteligencia falsificada por el enemigo. Pero resultaba que algunos de los agentes de Wisner eran ellos mismos falsificadores, incluyendo al jefe de la base y al jefe de operaciones que él había enviado a Corea.

En febrero, marzo y abril de 1951, más de mil doscientos exiliados norcoreanos fueron congregados en la isla de Yong-do, en el puerto de Pusan, bajo el mando del jefe de operaciones, Hans Tofte, un veterano de la OSS con más talento para engañar a sus superiores que a sus enemigos. Tofte formó tres brigadas —denominadas Tigre Blanco, Dragón Amarillo y Dragón Azul—, integradas por 44 grupos guerrilleros. Se les asignó una triple misión: habían de actuar como infiltrados para recabar información de inteligencia, como escuadrones guerrilleros y como redes de evasión y escape para rescatar a pilotos y tripulaciones estadounidenses abatidos.

El Tigre Blanco desembarcó en Corea del Norte a finales de abril de 1951 con 104 hombres, reforzados por otros 36 agentes lanzados en paracaídas. Antes de abandonar Corea, cuatro meses después, Tofte envió brillantes informes sobre sus resultados. Sin embargo, en noviembre la mayor parte de los guerrilleros del Tigre Blanco estaban muertos, habían sido capturados o habían desaparecido. El Dragón Azul y el Dragón Amarillo se enfrentaron a destinos similares. Los pocos equipos de infiltrados que lograron sobrevivir fueron hechos prisioneros y obligados bajo pena de muerte a engañar a sus superiores estadounidenses con falsos mensajes de radio. Ninguno de los guerrilleros salió vivo de allí. Y la mayoría de los integrantes de las redes de escape y evasión desaparecieron o fueron asesinados.

En la primavera y el verano de 1952, los hombres de Wisner introdujeron a más de mil quinientos agentes coreanos en el territorio de Corea del Norte, que enviaron luego por radio un aluvión de detallados informes sobre los movimientos militares de los norcoreanos y de los comunistas chinos. Dichos informes fueron pregonados por el jefe de la base de la CIA en Seúl, Albert R. Haney, un charlatán y ambicioso coronel del ejército que se jactaba abiertamente de tener a miles de hombres trabajando para él en operaciones guerrilleras y misiones de inteligencia. Haney afirmaba que había supervisado personalmente el reclutamiento y entrenamiento de cientos de coreanos. Algunos de sus compatriotas estadounidenses le consideraban un loco peligroso. William W. Thomas hijo, un agente de inteligencia política del Departamento de Estado destacado en Seúl, sospechaba que el jefe de la base tenía una nómina llena de gente que estaba «controlada por el otro bando».[17]

Lo mismo pensaba Limond Hart, que reemplazó a Haney como jefe de la base de Seúl en septiembre de 1952. Tras una serie de agrias experiencias con falsificadores de información de inteligencia en Europa durante sus primeros cuatro años en la CIA, y un período dedicado a sacar a exiliados albaneses de Roma, Hart era enormemente consciente de los problemas derivados del engaño y de la desinformación, y decidió «examinar detenidamente los milagrosos logros que se atribuían mis predecesores».[18]

Haney había tenido bajo su mando en Seúl a doscientos hombres de la CIA, ninguno de los cuales hablaba coreano. La base dependía de agentes coreanos reclutados que supervisaban las operaciones guerrilleras y las misiones de recopilación de información de inteligencia de la agencia en Corea del Norte. Después de tres meses de investigaciones, Hart determinó que casi todos los agentes coreanos que había heredado o bien se inventaban sus informes, o bien trabajaban en secreto para los comunistas. Todos los despachos que la base había enviado al cuartel general de la CIA desde el frente durante los últimos dieciocho meses eran falsificaciones perfectamente calculadas.

«Hay un informe en concreto que me viene a la memoria —relataría Hart—. Se suponía que era una recapitulación de todas las unidades chinas y norcoreanas situadas a lo largo del frente, citando el potencial y la designación numérica de cada unidad.» Los mandos militares estadounidenses lo habían celebrado como «uno de los más destacados informes de inteligencia de la guerra», pero Hart determinó que se trataba de una completa falsificación.

Luego descubrió que todos los agentes coreanos importantes que había reclutado Haney —no algunos; todos— eran «estafadores que durante un tiempo habían vivido felices y contentos de los generosos pagos de la CIA que supuestamente se destinaban a los “activos” de Corea del Norte. Casi todos los informes que habíamos recibido de sus supuestos agentes procedían de nuestros enemigos».

Mucho después de que la guerra de Corea hubiera terminado, la CIA llegaría a la conclusión de que Hart tenía razón; casi toda la información secreta que recabó la agencia durante la guerra había sido fabricada por los servicios de seguridad norcoreanos y chinos. Aquella información de inteligencia ficticia se transmitió luego al Pentágono y a la Casa Blanca. Así, las operaciones paramilitares de Corea habían sido víctimas de la infiltración y de la traición ya antes de que se iniciaran.

Hart declaró al cuartel general de la agencia que la base debía interrumpir sus operaciones hasta que se aclararan las cosas y se repararan los daños. Tener un servicio de inteligencia infiltrado por el enemigo era peor que no tenerlo. Pero en lugar de ello, Bedell Smith envió a un emisario a Seúl para decirle a Hart que «al ser una nueva organización que todavía no se había creado una reputación, la CIA sencillamente podía negarse a admitir ante otras ramas del gobierno —y sobre todo ante los altamente competitivos servicios de la inteligencia militar estadounidense— su incapacidad para recabar información de inteligencia sobre Corea del Norte».[19] El mensajero era el subdirector de inteligencia, Loftus Becker. Después de que Bedell Smith le enviara en viaje de inspección a recorrer todas las bases asiáticas de la CIA, en noviembre de 1952, Becker regresó a Estados Unidos y presentó su dimisión. Había llegado a la conclusión de que la situación era desesperada; la capacidad de la agencia para recabar información de inteligencia en Extremo Oriente resultaba «prácticamente insignificante». Pero antes de renunciar, se enfrentó a Frank Wisner: «Las operaciones fallidas denotan falta de éxito —le dijo—, y últimamente ha habido unas cuantas de ellas».[20]

Los informes de Hart y los fraudes de Haney fueron enterrados. La agencia se había metido en una emboscada, y la representó como una maniobra estratégica. Dulles declaró a los miembros del Congreso que la «CIA controlaba un número considerable de elementos de la resistencia en Corea del Norte», según palabras del coronel de la fuerza aérea James G. L. Kellis, que había sido director de operaciones paramilitares bajo el mando de Wisner. Por entonces, a Dulles se le había advertido de que «las “guerrillas de la CIA” en Corea del Norte estaban bajo el control del enemigo»; en realidad, «la CIA carecía de tales activos» y «se estaba engañando a la CIA»,[21] según informaría Kellis en una reveladora carta que envió a la Casa Blanca una vez finalizada la guerra.

La habilidad para representar el fracaso como un éxito se estaba convirtiendo en una tradición en la CIA. La falta de disposición de la agencia a aprender de sus propios errores se convertiría en un rasgo permanente de su cultura. Las operaciones encubiertas de la CIA jamás se traducirían en posteriores estudios basados en las lecciones aprendidas. Aun hoy, apenas hay reglas o procedimientos —si es que hay alguno— acerca de cómo elaborarlos.

«Todos somos conscientes de que nuestras operaciones en Extremo Oriente están lejos de lo que nos gustaría —admitiría Wisner en una reunión celebrada en el cuartel general—. Simplemente no hemos tenido tiempo de dotarnos de la cantidad y la clase de personas con las que debemos contar si pretendemos llevar con éxito las pesadas cargas que se han colocado sobre nosotros.»[22] La incapacidad para infiltrarse en Corea del Norte sigue siendo el fracaso más duradero de las operaciones de inteligencia de toda la historia de la CIA.

Para Dulles, Asia tuvo siempre un carácter marginal. Él creía que la verdadera guerra por la civilización occidental se libraba en Europa. Y aquella lucha requería a «personas dispuestas y preparadas para resistir y afrontar las consecuencias»,[23] según le diría a unos cuantos de sus amigos y colegas más íntimos en una conferencia secreta celebrada en el hotel Princeton Inn en mayo de 1952. «Al fin y al cabo, en Corea hemos tenido cien mil bajas —declararía, según una transcripción desclasificada en 2003—. Si hemos estado dispuestos a aceptar esas bajas, a mí no me preocuparía que hubiera unas cuantas bajas o unos pocos mártires detrás del telón de acero ... No creo que puedan esperar hasta que tengan a todas sus tropas y estén seguros de que van a ganar. Tienen que ponerse en marcha y tirar adelante.»

«Tienen que contar con unos cuantos mártires —añadiría Dulles—. Algunas personas han de morir.»

6. «Un vasto campo de ilusiones»

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«Un vasto campo de ilusiones»

Allen Dulles les pidió a sus colegas en el Princeton Inn que consideraran cuál era la mejor forma de destruir la capacidad de Stalin para controlar sus estados satélites. Creía que se podía desintegrar al comunismo mediante la acción encubierta, y la CIA estaba dispuesta a hacer retroceder a Rusia hasta sus antiguas fronteras.

—Si vamos a intervenir y a tomar la ofensiva, Europa oriental representa el mejor lugar para empezar —declaró—. No quiero una batalla sangrienta, pero me gustaría ver que las cosas se ponen en marcha.[1]

A continuación tomó la palabra Chip Bohlen, que había intervenido en el asunto desde el primer momento y que pronto sería nombrado embajador estadounidense en Moscú. Las semillas del programa de guerra política de la CIA se habían plantado ya en las cenas de los domingos por la noche a las que había asistido cinco años antes.

—¿Estamos librando una guerra política? —le preguntó retóricamente a Dulles—. Lo estamos haciendo desde 1946, y desde entonces han pasado muchas cosas. Que haya sido efectivo, o que se haya hecho de la mejor manera, ya es otra cuestión.

»Cuando ustedes se preguntan “¿debemos tomar la ofensiva?”, yo veo un vasto campo de ilusiones —añadió Bohlen.

Mientras la guerra de Corea proseguía en toda su furia, la Junta de Jefes encargó a Frank Wisner y a la CIA que realizaran «una importante ofensiva encubierta contra la Unión Soviética», dirigida al «corazón del sistema de control comunista».[2] Wisner se puso manos a la obra. El Plan Marshall se estaba transformando en una serie de pactos que proporcionaban armas a los aliados de Estados Unidos, y Wisner vio este hecho como una oportunidad para armar a fuerzas quintacolumnistas secretas que lucharan contra los soviéticos en caso de guerra. De modo que se dedicó a preparar el terreno en toda Europa. En las montañas y bosques de Escandinavia, Francia, Alemania, Italia y Grecia, sus hombres ocultaban lingotes de oro en lagos y enterraban alijos de armas para la inminente batalla. Paralelamente, en las marismas y laderas de Ucrania y el Báltico, sus pilotos lanzaban agentes hacia una muerte segura.

En Alemania, más de un millar de sus agentes introducían octavillas en Berlín Este, falsificaban sellos postales en los que aparecía un retrato del líder germano-oriental Walter Ulbricht ahorcado con una soga alrededor del cuello, y tramaban misiones paramilitares en Polonia. Pero nada de todo esto proporcionaba ninguna pista sobre la naturaleza de la amenaza soviética. Las operaciones de sabotaje del Imperio soviético seguían predominando de manera abrumadora sobre los planes para espiarlo.

«EL FUTURO DE LA AGENCIA»

La CIA era ahora una fuerza de ámbito mundial que contaba con 15.000 personas, 500 millones de dólares en fondos reservados para gastar cada año y más de 50 bases extranjeras. A base de fuerza de voluntad, Bedell Smith la había convertido en una organización muy parecida a lo que sería durante los cincuenta años siguientes. Había transformado la Oficina de Coordinación Política y la Oficina de Operaciones Especiales en un solo servicio clandestino que operaba en el extranjero, había creado un sistema unificado de análisis en el cuartel general, y había logrado que la CIA fuera objeto de cierto respeto en la Casa Blanca.

Pero no había convertido a la agencia en un servicio de inteligencia profesional. «No podemos conseguir gente cualificada —se lamentaría en sus últimos días como director de la central de inteligencia—. Sencillamente no existe.»[3] Y tampoco lograría que Allen Dulles y Frank Wisner se doblegaran a su autoridad. Una semana antes de las elecciones presidenciales de 1952, Bedell Smith trató una vez más de someterles a su control.

El 27 de octubre convocó una conferencia de los veintiséis principales cargos de la agencia y proclamó que «hasta que la CIA pueda dotarse de una reserva de personal bien entrenado, debería restringir sus actividades a un número limitado de operaciones que realmente pueda hacer bien, en lugar de intentar abarcar un campo amplio con un mal rendimiento» a base de un «personal inadecuadamente entrenado o inferior».[4] Galvanizado por los resultados de ciertas investigaciones realizadas en Alemania, el general ordenó la creación de una «Junta Criminal», una especie de jurado encargado de liquidar las peores de entre las operaciones encubiertas de la CIA. Pero Wisner se defendió de inmediato. Dijo que clausurar las operaciones dudosas representaría un proceso largo y doloroso, y que harían falta muchos, muchos meses —de hecho, hasta bien entrada la nueva administración estadounidense— para que la orden de Bedell Smith se llevara a cabo. El general fue derrotado, y la Junta Criminal, rechazada.

Dwight D. Eisenhower obtuvo la presidencia del país con un programa que hacía especial hincapié en la seguridad nacional y que apelaba al mundo libre para liberar a los satélites soviéticos; un guión que había escrito su más estrecho asesor de política exterior, John Foster Dulles. Sus planes de victoria incluían la designación de un nuevo director de la central de inteligencia. Elegido pese a las protestas de Bedell Smith, confirmado sin oposición alguna por el Senado y celebrado por la prensa, Allen Dulles obtuvo finalmente el puesto que tanto codiciaba.

Hacía ocho años que Richard Helms conocía bien a Dulles, desde que ambos habían viajado juntos a la pequeña escuela de paredes rojas de Francia donde Bedell Smith aceptó la rendición incondicional del Tercer Reich. Helms, que tenía ahora cuarenta años, era un hombre de complexión fuerte que no tenía ni un solo cabello fuera de lugar ni dejaba un solo papel desordenado en su mesa cuando por la noche se apagaban las luces. Dulles, por su parte, tenía sesenta, caminaba arrastrando los pies con unas zapatillas de fieltro que llevaba en privado para aliviar su gota, y exhibía siempre cierto aire de profesor distraído. No mucho después de la victoria de Eisenhower en las elecciones, Dulles llamó a Helms al despacho de dirección, y los dos hombres se sentaron a charlar.

—Hablemos del futuro —dijo Dulles, llenando la atmósfera de grandes nubes de humo de pipa—. Del futuro de la agencia.[5]

»¿Recuerda los complots y el derramamiento de sangre que se produjeron cuando tratábamos de arreglar las cosas en 1946? ¿De que podía hacerse responsable a la central de inteligencia? ¿Existía por entonces siquiera un servicio?

Dulles quería que Helms comprendiera que, mientras él fuera el director de la central de inteligencia, iba a existir por narices un servicio dedicado a realizar misiones audaces, difíciles y peligrosas.

—Quiero estar absolutamente seguro de que comprende usted lo importantes que resultan las operaciones encubiertas en este preciso momento —añadió Dulles—. La Casa Blanca y esta administración tienen un especial interés en todos los aspectos de la acción encubierta.

Durante los ocho años siguientes, gracias a su devoción por la acción encubierta, a su desprecio por los detalles del análisis y a su peligrosa práctica de engañar al presidente de Estados Unidos, Allen Dulles causaría incontables daños a la agencia que él mismo había contribuido a crear.

Segunda parte. «UNA EXTRAÑA CLASE DE GENIO» La CIA durante el mandato de Eisenhower (1953-1961)

Segunda parte

«Una extraña clase de genio»

La CIA durante el mandato de Eisenhower

(1953-1961)

7. «No tenemos ningún plan»

7

«No tenemos ningún plan»

Allen Dulles llevaba una semana como director de la central de inteligencia cuando, el 5 de marzo de 1953, murió Iósiv Stalin. «No disponemos de información de inteligencia interna fiable o de conocimientos internos sobre el Kremlin —se lamentaría la agencia al cabo de unos días—. Nuestras estimaciones sobre los planos de largo alcance y las intenciones de los soviéticos son meras especulaciones derivadas de evidencias insuficientes.»[1] El nuevo presidente de Estados Unidos no estaba nada contento. «Ya desde 1946 —diría Eisenhower furioso—, todos los llamados expertos han estado cotorreando sobre lo que ocurriría cuando muriera Stalin y sobre lo que nosotros como país deberíamos hacer al respecto. Bueno, pues ya se ha muerto. Y ya puede uno revolver de arriba abajo los archivos de nuestro gobierno buscando, en vano, cualquier plan que se hubiera establecido. No tenemos ningún plan. Ni siquiera sabemos con certeza qué diferencia representa su muerte.»[2]

La muerte de Stalin intensificó aún más los temores de los estadounidenses con respecto a las intenciones soviéticas. Para la CIA, la cuestión era si los sucesores de Stalin —cualesquiera que fuesen— iniciarían una guerra preventiva. Pero las especulaciones de la agencia sobre los soviéticos no eran sino reflejos en un espejo de feria de esos que deforman la imagen. Stalin jamás tuvo un plan maestro para dominar el mundo ni contó con los medios para llevarlo a cabo. El hombre que a la larga tomaría el control de la Unión Soviética tras su muerte, Nikita Jruschov, recordaría que Stalin «temblaba» y «se estremecía» ante la perspectiva de un combate global con Estados Unidos. «La guerra le daba miedo —diría Jruschov—. Stalin jamás hizo nada para provocar una guerra con Estados Unidos. Era consciente de su debilidad.»[3]

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Uno de los defectos fundamentales del Estado soviético era el hecho de que todas las facetas de la vida cotidiana estaban subordinadas a la seguridad nacional. Stalin y sus sucesores tenían una obsesión patológica por las fronteras de su país. Napoleón las había invadido desde París, y luego Hitler desde Berlín. La única política exterior de Stalin durante la posguerra había sido la de convertir a Europa del Este en un enorme escudo humano. Mientras él dedicaba sus energías a asesinar a sus enemigos internos, el pueblo soviético hacía colas interminables para comprar un saco de patatas. Los estadounidenses, por su parte, estaban a punto de disfrutar de ocho años de paz y prosperidad bajo el mandato de Eisenhower. Pero esa paz se produciría al precio de una acelerada carrera armamentística, cazas de brujas políticas y una permanente economía de guerra.

El reto para Eisenhower era enfrentarse a la Unión Soviética sin desencadenar la Tercera Guerra Mundial y sin subvertir la democracia estadounidense. Pero temía que los costes de la guerra fría perjudicaran gravemente a Estados Unidos; si sus generales y almirantes se salían con la suya, acabarían con el tesoro público. Decidió, pues, basar su estrategia en las armas secretas —bombas nucleares y operaciones encubiertas—, que resultaban mucho más baratas que las multimillonarias escuadras de aviones de caza y flotas de portaaviones. Con la suficiente potencia de fuego nuclear, Estados Unidos podía disuadir a los soviéticos de iniciar una nueva guerra mundial, o de ganarla en el caso de que esta se produjera. Con una campaña global de acción encubierta, Estados Unidos podía detener la expansión del comunismo; o, como proclamaba públicamente la política de Eisenhower, hacer retroceder a los rusos.

Eisenhower apostó el destino de la nación a su arsenal nuclear y su servicio de espionaje. Las preguntas en torno a cuál era su mejor uso fueron moneda corriente en casi todas las reuniones del Consejo de Seguridad Nacional en los primeros tiempos de su presidencia. Este organismo, creado en 1947 para gobernar el uso del poder de Estados Unidos en el extranjero, rara vez se convocó bajo el mandato de Truman. Eisenhower lo revivió y lo dirigió como un buen general dirige a su estado mayor. Cada semana, Allen Dulles abandonaba los confines de su desvencijada oficina y se metía en su limusina negra, pasaba junto a los barracones provisionales donde trabajaban Wisner y sus hombres de operaciones encubiertas, y atravesaba las puertas de la Casa Blanca. Allí se sentaba ante la gran mesa oval de la Sala del Gabinete, frente a su hermano Foster, secretario de Estado, y al lado del secretario de Defensa, el presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor, el vicepresidente Richard Nixon y el presidente. Normalmente Allen abría cada sesión con un recorrido por los puntos calientes del globo. Luego la conversación pasaba a girar sobre las estrategias de la guerra secreta.

«PODÍAMOS BARRER EL MUNDO ENTERO»

A Eisenhower le preocupaba constantemente la posibilidad de un Pearl Harbor nuclear, y la CIA no podía tranquilizarle en ese aspecto. En la reunión del Consejo de Seguridad Nacional del 5 de junio de 1953, Allen Dulles le dijo que la agencia no podía proporcionarle «ninguna advertencia previa a través de los canales de inteligencia sobre un ataque soviético imprevisto».[4] Unos meses después, la CIA aventuró la suposición de que los soviéticos no serían capaces de lanzar un misil balístico intercontinental contra Estados Unidos hasta 1969. Aquella estimación se revelaría errónea nada menos que al cabo de una docena de años.

En agosto de 1953, cuando la Unión Soviética probó su primera arma de destrucción masiva —no precisamente una bomba termonuclear, pero sí algo bastante aproximado—, la agencia no tenía indicio alguno, ni proporcionó la menor advertencia. Seis semanas después, cuando Allen Dulles informó al presidente de la prueba soviética, Eisenhower se preguntó si debería lanzar un ataque nuclear exhaustivo sobre Moscú antes de que fuera demasiado tarde, y declaró que parecía «como si hubiera llegado la hora de la decisión, y que en aquel momento teníamos que abordar realmente la cuestión de si debíamos o no lanzarlo todo de una vez contra el enemigo —según constaría en las actas posteriormente desclasificadas del NSC—. Había planteado aquella terrible cuestión porque en aquel momento no tenía sentido limitarse a estremecerse ante las capacidades del enemigo»,[5] especialmente teniendo en cuenta que Estados Unidos no podía saber si Moscú contaba con un arma nuclear o con un millar de ellas. «Nuestra tarea era la defensa de una forma de vida, y el gran peligro estaba en que, al defender tal forma de vida, nos encontraríamos recurriendo a métodos que ponían en peligro esa misma forma de vida. El verdadero problema, tal como lo veía el presidente, consistía en diseñar métodos para hacer frente a la amenaza soviética y adoptar controles que, en caso necesario, no se tradujeran en nuestra transformación en un estado guarnición. Todo ello, decía el presidente, constituía una paradoja.»

Cuando Dulles advirtió al presidente de que «los rusos podían lanzar un ataque atómico sobre Estados Unidos mañana»,[6] Eisenhower replicó que «no creía que hubiera nadie allí que pensara que el coste de ganar una guerra global contra la Unión Soviética fuera un coste demasiado caro de pagar». Pero el precio de la victoria podría ser la destrucción de la propia democracia estadounidense. El presidente señaló que la Junta de Jefes del Estado Mayor le había dicho que «debíamos hacer lo que fuera necesario aunque el resultado fuera cambiar la forma de vida estadounidense. Podíamos barrer el mundo entero ... si estábamos dispuestos a adoptar el sistema de Adolf Hitler».

Eisenhower creía que podía afrontar la paradoja por medio de la acción encubierta. Pero una encarnizada batalla en Berlín Este había revelado la incapacidad de la CIA para enfrentarse frontalmente al comunismo. Los días 16 y 17 de junio de 1953, cerca de trescientos setenta mil germano-orientales tomaron las calles. Miles de estudiantes y trabajadores atacaron violentamente a sus opresores, quemando edificios del Partido Comunista soviético y germano-oriental, destrozando coches de policía, y tratando de impedir que los tanques rusos quebrantaran sus ánimos. La revuelta fue mucho mayor de lo que en un primer momento creyó la CIA, pero la agencia no pudo hacer nada para salvar a los rebeldes. Aunque Frank Wisner sopesó los riesgos de tratar de armar a los berlineses del Este, al final se echó atrás. Sus ejércitos de liberación se revelaban ineficaces. El 18 de junio dijo que la CIA «por el momento no debería hacer nada para incitar a los germano-orientales a nuevas acciones». Y la revuelta fue aplastada.[7]

La semana siguiente, Eisenhower ordenó a la CIA «entrenar y equipar a organizaciones clandestinas capaces de realizar incursiones a gran escala o de realizar una guerra sostenida» en Alemania Oriental y los demás satélites de la Unión Soviética.[8] La orden pedía también a la agencia que «alentara la eliminación de los funcionarios títere clave» de los estados cautivos; lo de «eliminación» era en sentido literal. Pero la orden no era más que un gesto vacuo; el presidente empezaba a ser consciente de los límites de las capacidades de la CIA. Aquel verano, en el solario de la Casa Blanca, Eisenhower reunió a los hombres en los que más confiaba en el ámbito de la seguridad nacional —entre ellos, Walter Bedell Smith, George Kennan, Foster Dulles y el teniente general retirado de la fuerza aérea James R. Doolittle, el piloto que había dirigido el bombardeo de Tokio en 1942—, y les pidió que redefinieran la estrategia nacional de Estados Unidos frente a los soviéticos. A raíz del denominado Proyecto Solario, la idea de hacer retroceder a los rusos mediante la acción encubierta fue definitivamente descartada después de cinco años de vigencia.

El presidente empezó entonces a tratar de redirigir la agencia. La CIA combatiría al enemigo en Asia, Oriente Próximo, África y Latinoamérica, y en cualquier parte donde los imperios coloniales se derrumbaran. Bajo el mandato de Eisenhower, la agencia realizaría 170 nuevas operaciones encubiertas importantes en 48 países, misiones de guerra política, psicológica y paramilitar en naciones donde los espías estadounidenses apenas sabían nada de la cultura, de la lengua o de la historia de la población.[9]

Eisenhower tomaría a menudo sus decisiones relativas a la acción encubierta en conversaciones privadas con los hermanos Dulles. Normalmente, Allen le hablaba a Foster de la propuesta de una operación, y luego este se la contaba al presidente durante algún cóctel en el Despacho Oval. Después Foster le llevaba a Allen la aprobación del presidente, junto con un consejo: que no os pillen. Luego los hermanos trazaban el rumbo de la acción encubierta en conversaciones privadas en sus respectivos cuarteles generales, por teléfono, o bien los domingos junto a la piscina con su hermana Eleanor, que era funcionaria del Departamento de Estado. Foster creía firmemente que Washington debía hacer todo lo posible por alterar o abolir cualquier régimen que no se aliara abiertamente con Estados Unidos, y Allen estaba totalmente de acuerdo. Con la bendición de Eisenhower, se dispusieron, pues, a rehacer el mapa del mundo.

«UNA SITUACIÓN EN RÁPIDO DETERIORO»

Desde sus primeros días en el poder, Allen Dulles se dedicó a pulir la imagen pública de la CIA, cultivando las relaciones con las editoriales y emisoras más poderosas del país, cautivando a senadores y congresistas, y cortejando a columnistas de prensa.[10] Consideraba que una publicidad digna resultaba mucho más adecuada que un discreto silencio.

Dulles mantuvo un estrecho contacto con los hombres que dirigían el New York Times, el Washington Post y las principales revistas semanales de la nación. Podía coger el teléfono y hacer que se publicara una noticia de impacto, asegurarse de que se obligaba a abandonar el terreno de juego a un corresponsal extranjero que resultaba irritante, o contratar los servicios de hombres como el jefe de la oficina de Time en Berlín o el corresponsal de Newsweek en Tokio. Filtrar noticias a la prensa constituía una costumbre muy arraigada en Dulles. Las salas de prensa de Estados Unidos estaban dominadas por veteranos de la rama propagandística del gobierno durante el período bélico, la denominada Oficina de Información de Guerra, antaño bajo los dominios del general William J. Donovan. Entre los hombres que respondieron a la llamada de la CIA estaban Henry Luce y sus redactores de Time, Look y Fortune; diversas revistas populares como Parade, Saturday Review y Reader’s Digest, así como los ejecutivos más poderosos de CBS News. Dulles construyó, así, una maquinaria de relaciones públicas y de propaganda que llegaría a incluir a más de cincuenta empresas de noticias y una docena de editoriales, además de diversos compromisos personales de ayuda por parte de hombres como Axel Springer, el magnate de la prensa más poderoso de Alemania Occidental.

Dulles quería que se le viera como el discreto jefe de un servicio de espionaje profesional, y la prensa reflejó obedientemente esa imagen. Los archivos de la CIA, sin embargo, cuentan una historia distinta.

Las actas de las reuniones diarias de Dulles con sus subordinados retratan a una agencia que pasaba dando tumbos de las crisis internacionales a los desastres internos: alcoholismo galopante, malversaciones financieras, dimisiones masivas...[11] ¿Qué había que hacer con un agente de la CIA que había matado a un colega británico y se enfrentaba a un juicio por homicidio involuntario? ¿Por qué se había suicidado el ex jefe de la base suiza? ¿Qué podía hacerse con respecto a la falta de talento en el servicio clandestino? El nuevo inspector general de la agencia, Lyman Kirkpatrick, se convirtió en un constante portador de malas noticias sobre el calibre del personal, el entrenamiento y el rendimiento de la CIA. Kirkpatrick advirtió a Dulles de que varios centenares de los hábiles oficiales militares que la CIA había reclutado durante la guerra de Corea estaban abandonando la agencia, y de que «resultaba de lo más evidente que un porcentaje demasiado elevado se marchaba con una actitud hostil con respecto a la CIA».

Al final de la guerra, un grupo de agentes de baja y media graduación, horrorizados ante la escasa moral reinante en el cuartel general, pidieron y obtuvieron permiso para realizar un sondeo interno entre sus colegas. Entrevistaron a 115 miembros del personal de la CIA, y luego escribieron un largo y detallado informe que se completó al final del primer año de Dulles como director. En él describían «una situación en rápido deterioro»: frustración generalizada, confusión y falta de objetivos. Se había reclutado a personas inteligentes y patrióticas con la promesa de un emocionante servicio en el extranjero —«una impresión completamente falsa»—, y luego se les había arrinconado en puestos sin porvenir como mecanógrafos y mensajeros. Cientos de agentes regresaron de un destino en el extranjero solo para deambular por el cuartel general durante meses, buscando en vano un nuevo puesto de trabajo. «La perjudicial acumulación en la Agencia de la práctica del personal inactivo aumenta en progresión, no aritmética, sino geométrica —informaban—. Por cada agente capaz que la Agencia pierde debido al descontento o la frustración, puede haber muy bien dos o tres hombres competentes más (del mismo nivel educativo, profesional o social) a los que la Agencia jamás tendrá la oportunidad de emplear ... El daño causado puede ser irreparable.»

Los agentes más jóvenes de la CIA trabajaban para «demasiadas personas en puestos de responsabilidad que aparentemente no saben lo que están haciendo». Los autores del informe observaban que se derrochaba «una espantosa cantidad de dinero» en misiones fallidas en el extranjero. Uno de los hombres de Frank Wisner escribía que las operaciones en las que trabajaba eran «en gran medida ineficaces y bastante caras. Algunas se dirigen a objetivos que apenas resultan lógicos, y menos aún legítimos. Así, para proteger los puestos de trabajo y el prestigio, tanto aquí como sobre el terreno, la misión del cuartel general consiste en encubrir el presupuesto operativo y programar justificaciones, en el mejor de los casos, exagerando las partidas». El informe concluía que «la Agencia está plagada de mediocridad y menoscabo».

Aquellos jóvenes agentes habían visto un servicio de inteligencia que se engañaba a sí mismo, y describían a una CIA en la que se daba un gran poder a personas incompetentes y donde los reclutas más capacitados eran apilados como leña en los pasillos.

Allen Dulles enterró el informe. Nada cambió. Cuarenta y tres años después, en 1996, una investigación del Congreso concluía que la CIA «sigue afrontando una importante crisis de personal que hasta ahora no se ha abordado de una manera coherente ... Hoy la CIA no cuenta todavía con el número suficiente de agentes para dotar a muchas de sus bases en todo el mundo».[12]

«ALGUIEN QUE HAGA EL TRABAJO SUCIO»

Eisenhower, que deseaba convertir a la CIA en un instrumento eficaz del poder presidencial, trató de imponer a la agencia una estructura de mando que pasara por Walter Bedell Smith. En los días posteriores a la elección del presidente, el general había confiado en que se le nombrara presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor, y se sintió desolado ante la decisión de Eisenhower de designarle subsecretario de Estado. Bedell Smith no quería ser el segundo de a bordo de Foster Dulles, un hombre al que consideraba un pomposo fanfarrón.[13] Pero el presidente le quería —y le necesitaba— para que actuara como honesto mediador entre él mismo y los hermanos Dulles.

Bedell Smith aireó su enfado ante el vicepresidente Nixon, su vecino en Washington. De vez en cuando el general se pasaba a hacerle una visita, según recordaría el propio Nixon, y en esas ocasiones «un par de copas le soltaban la lengua de manera inusitada ... Recuerdo que una noche estábamos sentados tomando whisky con soda, y Bedell se puso muy sensible y dijo: “Quiero decirte algo de Ike ... Yo solo he sido el pringado de Ike ... Ike debe tener a alguien que haga el trabajo sucio, y él no quiere hacerlo para poder parecer un buen tipo”».[14]

Y Bedell Smith hizo ese trabajo sucio en calidad de supervisor de la acción encubierta de Eisenhower, actuando de vínculo crucial entre la Casa Blanca y las operaciones secretas de la CIA. Como fuerza impulsora de la recién creada Junta de Coordinación de Operaciones, se encargó de materializar las directrices secretas del presidente y el Consejo de Seguridad Nacional, y supervisó la ejecución de dichas órdenes por parte de la CIA. Sus embajadores, cuidadosamente elegidos, desempeñaron un papel fundamental en la realización de esas misiones.

Durante los diecinueve meses en los que Bedell Smith ejerció de procónsul del presidente en lo referente a la acción encubierta, la agencia llevó a cabo los dos únicos golpes victoriosos de toda su historia. Los informes desclasificados sobre dichos golpes revelan que triunfaron gracias al soborno, la coacción y la fuerza bruta, y no precisamente al secretismo, el sigilo y la astucia. Pero crearon la leyenda de que la CIA era una bala de plata en el arsenal de la democracia, proporcionando a la agencia el aura que tanto codiciara Dulles.