LA DEFENSA

Los personajes suelen estar a favor o en contra de la búsqueda. Si la apoyan, se los idealiza como valientes o puros; si la obstruyen, se los tilda de infames o cobardes.

Por consiguiente, todo personaje típico […] suele enfrentarse con su contrario moral, como las piezas blancas y negras del ajedrez.

NORTHROP FRYE,
Anatomy of Criticism

Abadía de Montglane, Francia, primavera de 1790

Un grupo de monjas cruzó la carretera. Sus almidonados griñones se agitaban a ambos lados de la cabeza como alas de grandes aves marinas. Cuando atravesaron las imponentes puertas de piedra de la ciudad, gallinas y gansos se apartaron con presteza de su camino aleteando y chapoteando en los charcos de barro. Todas las mañanas, las monjas se desplazaban en la niebla oscura que envolvía el valle y, en parejas silenciosas, se dirigían colina arriba hacia el lugar donde sonaba la campana.

Esa primavera fue conocida como «le printemps sanglant», la primavera sangrienta. Los cerezos habían florecido antes de tiempo, mucho antes de que se derritieran las nieves de las altas cumbres. Sus frágiles ramas se inclinaban hacia el suelo por el peso de las flores rojas y húmedas. Algunos consideraron un buen augurio esa floración prematura, un símbolo de renacimiento tras el prolongado y cruel invierno. Luego llegaron las lluvias frías; las ramas floridas se helaron y el valle quedó cubierto de una gruesa capa de flores rojas salpicada de manchas marrones de hielo. Como una herida en la que se coagula la sangre. Algunos dijeron que era otra señal.

La abadía de Montglane dominaba el valle como un descomunal saliente rocoso en la cima de la montaña. Desde hacía casi mil años el edificio, que parecía una verdadera fortaleza, había permanecido ajeno al mundo exterior. Estaba formado por seis o siete estratos de pared construidos uno sobre otro. Con el correr de los siglos, a medida que las piedras originales se desgastaron, se levantaron nuevas paredes provistas de arbotantes para reforzar las antiguas. El resultado fue una siniestra mezcla arquitectónica, cuyo aspecto dio pábulo a rumores sobre el lugar. La abadía era la más vetusta estructura eclesiástica de Francia que permanecía intacta y sobre ella pesaba una antigua maldición que muy pronto se reavivaría.

Mientras el sonido ronco de la campana retumbaba en el valle, las monjas que aún estaban trabajando levantaron la mirada, dejaron a un lado azadas y rastrillos y echaron a andar entre filas de cerezos hacia el escarpado camino que llevaba a la abadía.

Cerraban la larga procesión dos jóvenes novicias, Valentine y Mireille, que caminaban cogidas del brazo con las botas cubiertas de barro. Constituían un complemento a la ordenada fila de monjas. Mireille, alta, pelirroja, de piernas largas y hombros anchos, parecía más una sana granjera que una religiosa. Sobre el hábito llevaba un pesado delantal de carnicero y de su griñón escapaban rizos rojos. A su lado, Valentine parecía una joven delicada, pese a tener casi la misma estatura. Era de tez pálida, casi translúcida, blancura que quedaba acentuada por la cascada de cabello rubio ceniza que le caía sobre los hombros. Había guardado el griñón en el bolsillo del hábito y caminaba de mala gana junto a Mireille por el enlodado camino.

Las dos muchachas, las monjas más jóvenes de la abadía, eran primas por parte de madre; ambas habían quedado huérfanas a edad temprana a causa de una terrible peste que había asolado Francia. El anciano conde de Rémy, abuelo de Valentine, las encomendó a la Iglesia y a su muerte les dejó el sustancioso fruto de la venta de sus propiedades para garantizar su cuidado.

Las circunstancias de su crianza habían creado un vínculo indisoluble entre ambas, que rebosaban de la alegría incontenible de la juventud. A menudo la abadesa oía a las monjas mayores quejarse de que la conducta de las jóvenes era impropia de la vida monástica, pero juzgaba más acertado refrenar su espíritu juvenil en lugar de sofocarlo.

Por añadidura, la abadesa sentía debilidad por las primas huérfanas, sentimiento excepcional dadas su personalidad y posición. Las monjas de más edad se habrían sorprendido de saber que, desde su más tierna infancia, la abadesa mantenía esa clase de amistad íntima con una mujer de la que la separaban muchos años y miles de kilómetros.

Mientras subían por el escarpado sendero, Mireille se metía bajo el griñón algunos rebeldes mechones pelirrojos y tiraba del brazo de su prima, a quien sermoneaba sobre el pecado de la impuntualidad.

—Si sigues remoloneando, la reverenda madre volverá a imponernos una penitencia —afirmó.

Valentine se zafó y giró en redondo.

—En primavera la tierra se anega —exclamó agitando los brazos, y a punto estuvo de despeñarse. Mireille la ayudó a subir por la traicionera pendiente—. ¿Por qué tenemos que estar encerradas en la sofocante abadía, cuando fuera todo rebosa de vida?

—Porque somos monjas —contestó Mireille con los labios apretados, y aceleró el paso sujetando el brazo de Valentine con firmeza—. Y nuestro deber es rezar por la humanidad.

La tibia bruma que se elevaba del valle llevaba consigo una fragancia tan intensa que impregnaba todo del aroma de las flores de cerezo. Mireille intentó hacer caso omiso del cosquilleo que provocaba en su cuerpo.

—Gracias a Dios aún no somos monjas —repuso Valentine—. Solo somos novicias, hasta que pronunciemos los votos. Aún estamos a tiempo de salvarnos. He oído a las monjas mayores murmurar que los soldados merodean por toda Francia despojando a los monasterios de sus tesoros y prendiendo a los curas para llevarles a París. Quizá algunos soldados lleguen hasta aquí y me lleven a París. ¡Y me inviten a la ópera todas las noches y beban champán de mi zapato!

—Los soldados no son siempre tan encantadores como imaginas —observó Mireille—. Al fin y al cabo su tarea consiste en matar gente, no llevarla a la ópera.

—Eso no es lo único que hacen —declaró Valentine bajando la voz con tono misterioso.

Habían llegado a lo alto de la montaña, donde el sendero se aplanaba y ensanchaba considerablemente. En ese punto estaba empedrado con adoquines y semejaba las anchas vías públicas de las ciudades más pobladas. A ambos lados se alzaban altos cipreses, que, comparados con los cerezos que crecían abajo, parecían severos, imponentes y, al igual que la abadía, extrañamente fuera de lugar.

—¡He oído que los soldados hacen cosas horribles a las monjas! —susurró Valentine al oído de su prima—. ¡Si uno se topa con una monja, en el bosque, por ejemplo, inmediatamente se saca una cosa de los pantalones, se la mete a la monja y la menea! ¡Y, cuando acaba, la monja tiene un niño!

—¡Vaya blasfemia! —exclamó Mireille apartándose de Valentine e intentando disimular la sonrisa que esbozaban sus labios—. Creo que eres demasiado descarada para ser una monja.

—Es lo que vengo diciendo desde hace tiempo —reconoció Valentine—. Prefiero ser mujer de un soldado que esposa de Cristo.

Al acercarse a la abadía vieron las cuatro hileras dobles de cipreses plantados en cada entrada para formar el símbolo de la cruz. Los árboles las rodearon cuando echaron a correr envueltas en la oscura bruma. Atravesaron el portón y cruzaron el amplio patio. Mientras se aproximaban a las altas puertas de madera del edificio principal, la campana seguía sonando como un tañido fúnebre que penetraba la densa niebla.

Se detuvieron para quitarse el barro de las botas y tras persignarse deprisa franquearon la alta entrada. Ninguna de las dos miró la inscripción en lengua fráncica tallada toscamente en el arco de piedra que rodeaba la puerta, pero las dos sabían qué decía, como si las palabras estuvieran grabadas en su corazón:

MALDITO SEA QUIEN DERRIBE ESTOS MUROS.
AL REY SOLO LE DA JAQUE LA MANO DE DIOS.

Debajo de la inscripción, labrado en mayúsculas, se leía el nombre CAROLUS MAGNUS. Había sido el artífice tanto del edificio como de la maldición lanzada a quienes intentaran destruirlo. Magnífico soberano del Imperio franco hacía más de mil años, era conocido en toda Francia como Carlomagno.

Los muros interiores de la abadía eran oscuros y fríos, y estaban cubiertos de musgo a causa de la humedad. Del sanctasanctórum llegaban los susurros de las novicias que oraban y el suave tintineo de las cuentas de los rosarios mientras contaban los padrenuestros, los avemarías y los glorias. Valentine y Mireille cruzaron deprisa la capilla, donde la última novicia hacía una genuflexión, y siguieron la estela de murmullos hasta la pequeña puerta que se abría tras el altar y conducía al estudio de la reverenda madre. Una monja anciana empujaba hacia el interior a las rezagadas. Valentine y Mireille se miraron y entraron con ellas.

Era extraño que la abadesa las hubiera convocado a su estudio de esa forma. Eran muy pocas las monjas que habían estado allí, y casi siempre por razones disciplinarias. Valentine, a la que castigaban continuamente, visitaba el lugar con cierta asiduidad. Sin embargo, esta vez habían tocado la campana de la abadía para convocar a todas las religiosas. ¿Por qué querrían reunirlas a todas en el estudio de la reverenda madre?

Cuando Valentine y Mireille entraron en la amplia estancia de techo bajo, observaron que todas las hermanas de la abadía estaban presentes: más de cincuenta. Sentadas en los duros bancos de madera que habían colocado en hileras delante del escritorio de la abadesa, murmuraban entre sí. Su extrañeza ante la circunstancia era evidente, y los rostros que se volvieron para ver entrar a las dos jóvenes primas parecían asustados. Las muchachas se acomodaron en la última fila. Valentine apretó la mano de Mireille y susurró:

—¿Qué significa esto?

—Me parece que no augura nada bueno —murmuró Mireille—. La reverenda madre está muy seria. Y hay dos mujeres a las que nunca he visto.

Al fondo de la larga estancia, de pie detrás de un gran escritorio de madera de cerezo encerada, estaba la abadesa. Tenía la piel curtida y arrugada como un pergamino, pero no por ello dejaba de irradiar el poder que le confería su elevada posición. En su actitud se percibía una cualidad intemporal que indicaba que hacía mucho que había alcanzado la tranquilidad de espíritu. No obstante, estaba más seria que de costumbre.

Dos desconocidas —ambas jóvenes corpulentas de manos fuertes— la flanqueaban como ángeles vengadores. Una tenía la piel clara, el pelo oscuro y los ojos luminosos, y la otra guardaba un notable parecido con Mireille por su tez pálida y su cabello castaño, apenas más oscuro que los rizos de la huérfana. Ambas parecían monjas, pero no vestían hábito, sino sencillos trajes de viaje gris.

La abadesa aguardó a que todas las monjas se sentaran y la puerta se cerrara. Cuando se hizo el silencio, empezó a hablar con esa voz que a Valentine siempre le recordaba el crujido de las hojas secas bajo los pies.

—Hijas mías —dijo cruzando las manos sobre el pecho—, la Orden de Montglane lleva casi mil años sobre esta peña sirviendo al Altísimo y cumpliendo con su deber hacia la humanidad. Aunque estamos aisladas del mundo, nos llega el eco de su agitación. En este nuestro pequeño rincón hemos recibido nuevas desagradables que podrían alterar la seguridad que hasta ahora hemos disfrutado. Las dos mujeres que están a mi lado son las portadoras de esas nuevas. Os presento a la hermana Alexandrine de Forbin —añadió señalando a la mujer de cabello oscuro— y a Marie-Charlotte Corday, que dirigen la Abbaye-Aux-Dames de Caen, en las provincias del norte. Han atravesado toda Francia disfrazadas, en un viaje agotador, para transmitirnos una advertencia. En consecuencia, os pido que las escuchéis. Lo que os dirán es de la mayor importancia para nosotras.

La abadesa se sentó, Alexandrine de Forbin carraspeó y habló en voz tan queda que las monjas tuvieron que aguzar el oído. Sin embargo, sus palabras fueron muy claras.

—Hermanas en Dios, la historia que tenemos que contar no es para medrosas. Algunas de nosotras se acercaron a Cristo con la esperanza de redimir a la humanidad; otras lo hicieron con la esperanza de escapar del mundo, y otras contra su voluntad, pues carecían de vocación. —Al pronunciar estas palabras dirigió sus ojos oscuros y luminosos hacia Valentine, que se ruborizó hasta la raíz de su rubia cabellera—. Fuera cual fuese vuestro propósito, a partir de hoy ha cambiado. Durante nuestro viaje la hermana Charlotte y yo hemos atravesado toda Francia, pasando por París y todas las villas entre medias. No solo hemos visto hambre, sino también inanición. El pueblo se amotina reclamando pan. Hay matanzas, las mujeres pasean por las calles cabezas cercenadas clavadas en picas. Se cometen violaciones y actos más graves. Se asesina a niños pequeños, turbas airadas perpetran toda clase de torturas en las plazas públicas…

Las monjas ya no guardaban silencio. Alarmadas, habían alzado la voz mientras Alexandrine desgranaba su sangriento relato.

A Mireille le extrañó que una sierva del Señor fuera capaz de referir semejantes acontecimientos sin palidecer; la oradora no había perdido su tono sereno ni su voz se había quebrado en ningún momento. Miró a Valentine, que tenía los ojos muy abiertos por la fascinación. Alexandrine de Forbin aguardó a que se calmaran los ánimos y prosiguió:

—Estamos en abril. El octubre pasado, una multitud iracunda secuestró a los reyes en Versalles y los obligó a regresar a las Tullerías, donde fueron encarcelados. El monarca tuvo que firmar un documento, la Declaración de los Derechos del Hombre, que proclama la igualdad de todos los hombres. Ahora la Asamblea General controla el gobierno y el rey carece de poder para intervenir. Nuestro país está más allá de la revolución. Vivimos en un estado de anarquía. Por si esto fuera poco, la Asamblea ha descubierto que no hay oro en las arcas del Estado; el rey ha llevado a Francia a la bancarrota. En París opinan que no vivirá para ver el nuevo año.

Las monjas se estremecieron y se oyeron murmullos nerviosos por todo el estudio. Mireille apretó suavemente la mano de Valentine mientras miraban a la oradora. Las mujeres que ocupaban la estancia jamás habían oído expresar esas ideas y ni siquiera podían imaginar que semejantes cosas existieran. Tortura, anarquía, regicidio. ¿Era concebible?

La abadesa dio un golpe en el escritorio para llamar al orden y las monjas guardaron silencio. Alexandrine tomó asiento. La hermana Charlotte, la única que permanecía en pie, comenzó a hablar con voz fuerte y enérgica.

—Entre los miembros de la Asamblea hay un hombre especialmente malvado. Se hace llamar representante del clero, pero lo único que le mueve es la sed de poder. Me refiero al obispo de Autun. En Roma lo consideran la encarnación del demonio. Se afirma que nació con la pezuña hendida, la marca de Lucifer; que bebe sangre de tiernas criaturas para conservar la juventud, y que celebra misas negras. En octubre propuso a la Asamblea que el Estado confiscara todas las propiedades de la Iglesia. El 2 de noviembre, el gran estadista Mirabeau defendió ante la Asamblea el proyecto de ley de confiscación, que fue aprobado. El 13 de febrero comenzaron las incautaciones. Todos los sacerdotes que se resistieron fueron arrestados y encarcelados. El 16 de febrero, el obispo de Autun fue elegido presidente de la Asamblea. Ahora nada puede detenerlo.

Las monjas fueron presa de una profunda agitación y comenzaron a proferir exclamaciones de espanto y protestas. La voz de Charlotte se impuso a las demás.

—Mucho antes de presentar el proyecto de ley, el obispo de Autun hizo pesquisas sobre el emplazamiento de las riquezas de la Iglesia a lo largo y ancho de Francia. Aunque el proyecto puntualiza que los sacerdotes serán los primeros en caer y, que se ha de perdonar a las monjas, sabemos que el obispo ha puesto los ojos en la abadía de Montglane. La mayoría de sus indagaciones se han centrado en torno a Montglane. Por eso hemos venido a toda prisa a advertiros. El tesoro de Montglane no debe caer en sus manos.

La abadesa se puso en pie y posó la mano sobre el fuerte hombro de Charlotte Corday. Observó las hileras de monjas vestidas de negro, cuyos griñones rígidos y almidonados se agitaban como un mar plagado de gaviotas, y sonrió. Este era su rebaño, al que durante tanto tiempo había cuidado y al que quizá no volviera a ver en cuanto revelara lo que debía comunicar.

—Ahora conocéis la situación tan bien como yo —dijo—. Aunque hace muchos meses que estoy enterada de este trance, no he querido alarmaros hasta tener claro qué camino debía tomar. Las hermanas de Caen, que han venido hasta aquí en respuesta a mi llamada, han confirmado mis peores temores. —El silencio que reinaba en la estancia era como el de los cementerios. Solo se oía la voz de la abadesa—. Soy una mujer entrada en años, a la que tal vez el Señor llame antes de lo que ella imagina. Los votos que pronuncié al entrar al servicio de este convento no solo fueron ante Cristo. Al convertirme en abadesa de Montglane, hace casi cuarenta años, juré guardar un secreto, a costa de mi vida si era necesario. Ahora ha llegado el momento de que sea fiel a ese juramento, pero para ello debo compartir parte del secreto con cada una de vosotras y pediros que os comprometáis a guardarlo. Mi historia es larga y os ruego paciencia si tardo en contarla. Cuando haya terminado, sabréis por qué cada una de vosotras debe hacer lo que hay que hacer.

La abadesa se interrumpió y bebió un sorbo de agua de un cáliz de plata que estaba sobre la mesa. Luego retomó la palabra:

—Hoy es 4 de abril del año del Señor de 1790. Mi historia comienza otro 4 de abril de hace muchos años. El relato me fue narrado por mi predecesora tal como cada abadesa se lo contó a su sucesora en el momento de su iniciación, y tiene tantos años como los que esta abadía lleva en pie. Ahora os lo contaré…

EL RELATO DE LA ABADESA

El 4 de abril del año 782, en el palacio oriental de Aquisgrán, tuvo lugar una fiesta magnífica para celebrar el cuadragésimo cumpleaños del gran Carlomagno. El rey había invitado a todos los nobles del imperio. El patio central, con su cúpula de mosaico, escaleras circulares y balcones, estaba repleto de palmeras traídas de tierras lejanas y festoneado con guirnaldas de flores. En los grandes salones, entre lámparas de oro y plata, sonaban arpas y laúdes. Los cortesanos, engalanados de púrpura, carmesí y dorado, se movían en un país de ensueño, habitado por malabaristas, bufones y titiriteros. En los patios había osos salvajes, leones, jirafas y jaulas con palomas. Durante las semanas que precedieron al cumpleaños del rey había reinado un gran júbilo.

El apogeo de la fiesta tuvo lugar el mismo día del cumpleaños. Por la mañana el monarca llegó al patio principal en compañía de sus dieciocho hijos, la reina y sus cortesanos predilectos. Carlomagno era sumamente alto y poseía la delgadez garbosa del jinete y el nadador. Tenía la piel atezada y la cabellera y el bigote veteados de rubio a causa del sol. Todo en él indicaba que era el guerrero y gobernante del mayor reino del mundo. Vestido con una sencilla túnica de lana y una ceñida capa de marta, y portando la espada de la que jamás se separaba, atravesó el patio saludando a sus súbditos e invitándolos a compartir los refrescos que profusamente se ofrecían en las tablas chirriantes del salón.

El rey había preparado una sorpresa. Maestro de la estrategia bélica, sentía una especial predilección por cierto juego. Se trataba del ajedrez, conocido también como juego de guerra o juego de los reyes. En este su cuadragésimo cumpleaños Carlomagno pretendía enfrentarse al mejor ajedrecista del reino, el soldado conocido como Garin el Franco.

Garin entró en el patio al son de las trompetas. Los acróbatas saltaron ante él y las jóvenes cubrieron su camino de frondas de palma y pétalos de rosa. Garin era un joven esbelto, de tez pálida, expresión seria y ojos grises, soldado del ejército occidental. Se arrodilló cuando el monarca se puso en pie para darle la bienvenida.

Ocho criados negros vestidos de librea mora entraron a hombros el tablero de ajedrez. Estos hombres, así como el tablero, habían sido regalo de Ibn al-Arabi, gobernador musulmán de Barcelona, para agradecer la ayuda que el monarca le había prestado cuatro años antes contra los montañeses vascos. Fue durante la retirada de esta famosa batalla, en el desfiladero navarro de Roncesvalles, cuando encontró la muerte Hruoland, el soldado bienamado del rey, héroe de la Chanson de Roland. Como consecuencia de este doloroso recuerdo, el monarca nunca había utilizado el tablero de ajedrez ni se lo había mostrado a sus vasallos.

La corte se maravilló al ver el extraordinario juego de ajedrez mientras lo depositaban sobre una mesa del patio. Las piezas, aunque realizadas por maestros artesanos árabes, mostraban indicios de sus antepasados indios y persas. Algunos creían que dicho juego existía en la India más de cuatrocientos años antes del nacimiento de Cristo y que llegó a Arabia, a través de Persia, durante la conquista árabe de este país en el año 640 de Nuestro Señor.

El tablero, forjado en plata y oro, medía un metro de lado. Las piezas, de metales preciosos afiligranados, estaban tachonadas de rubíes, zafiros, diamantes y esmeraldas sin tallar pero perfectamente lustrados, y algunos tenían el tamaño de huevos de codorniz. Como destellaban y resplandecían a la luz de los faroles del patio, parecían brillar con una luz interior que hipnotizaba a quien los contemplaba.

La pieza llamada sha o rey tenía quince centímetros de altura y representaba a un hombre coronado que montaba a lomos de un elefante. La reina, dama o ferz iba en una silla de manos cerrada y salpicada de piedras preciosas. Los alfiles eran elefantes con sillas de montar incrustadas de gemas singulares, y los caballos, corceles árabes salvajes. Las torres o castillos se llamaban rujj, que en árabe significa «carro»; eran grandes camellos que llevaban sobre el lomo sillas semejantes a torres. Los peones eran humildes soldados de infantería de siete centímetros de altura, con pequeñas joyas en lugar de ojos y piedras preciosas engastadas en las empuñaduras de la espada.

Carlomagno y Garin se acercaron al tablero. El monarca alzó la mano, y pronunció a continuación las palabras que sorprendieron a los cortesanos que mejor lo conocían.

—Propongo una apuesta —dijo con voz extraña. Carlomagno no era hombre dado a las apuestas. Los cortesanos se miraron con inquietud—. Si el soldado Garin gana una partida, le concederé la parte de mi reino que va de Aquisgrán a los Pirineos vascos y la mano de mi hija. Si pierde, será decapitado en este mismo patio al romper el alba.

La corte se estremeció. Era de todos sabido que el monarca amaba tanto a sus hijas que les había rogado que no contrajeran matrimonio mientras estuviese vivo.

El duque de Borgoña, su mejor amigo, lo cogió del brazo y lo llevó aparte.

—¿Qué clase de apuesta es esta? —preguntó en voz baja—. ¡Habéis hecho una apuesta digna de un bárbaro embriagado!

Carlomagno se sentó a la mesa. Parecía hallarse en trance. El duque quedó anonadado. El propio Garin estaba perplejo. Miró al duque a los ojos y, sin mediar palabra, posó la mano sobre el tablero, aceptando la apuesta. Se sortearon las piezas y la suerte quiso que Garin escogiera las blancas, lo que le proporcionó la ventaja de la primera jugada. Comenzó la partida.

Tal vez debido a lo tenso de la situación, al avanzar la partida ambos ajedrecistas comenzaron a mover las piezas con una fuerza y precisión tales que trascendían al mero juego, como si una mano invisible se cerniera sobre el tablero. Por momentos dio la sensación de que las piezas se desplazaban sobre él por voluntad propia. Los jugadores estaban mudos y pálidos y los cortesanos los rodeaban como fantasmas.

Al cabo de casi una hora, el duque de Borgoña notó que el monarca se comportaba de una manera extraña. Tenía el ceño fruncido y estaba absorto y distraído. Garin también daba muestras de un desasosiego poco corriente; sus movimientos eran bruscos y espasmódicos, y tenía la frente perlada de sudor frío. Ambos contrincantes tenían la mirada clavada en el tablero, como si no pudieran apartarla de allí.

Súbitamente Carlomagno se incorporó de un salto lanzando un grito, volcó el tablero y los trebejos rodaron por el suelo. Los cortesanos retrocedieron. El monarca, presa de una negra ira, se mesaba los cabellos y se golpeaba el pecho como una bestia furiosa. Garin y el duque de Borgoña corrieron a su lado, pero él los apartó a puñetazos. Hicieron falta seis nobles para sujetarlo. Cuando por fin lo sometieron, Carlomagno miró asombrado alrededor, como si acabara de despertar de un largo sueño.

—Mi señor, creo que deberíamos abandonar la partida —propuso Garin en voz baja, y recogiendo un trebejo se lo entregó al monarca—. No recuerdo la disposición de las piezas en el tablero. Majestad, este ajedrez moro me da miedo. Creo que está poseído por una fuerza maligna que os ha obligado a apostar mi vida.

Carlomagno, que descansaba en una silla, se llevó cansinamente la mano a la frente, pero no pronunció palabra.

—Garin, sabes que el rey no cree en supersticiones, que las considera paganas y bárbaras —intervino el duque de Borgoña con suma cautela—. Ha prohibido la nigromancia y la adivinación en la corte…

Carlomagno lo interrumpió con voz muy débil, como si sufriera un agotamiento extremo.

—Si hasta mis soldados creen en la brujería, ¿cómo extenderé por toda Europa la fe cristiana?

—Desde el principio de los tiempos se ha practicado esta magia en Arabia y en todo Oriente —afirmó Garin—. No creo en ella ni la comprendo, pero… vos también la habéis sentido. —Se inclinó hacia el emperador y lo miró a los ojos.

—Me he dejado llevar por una furia ardiente —admitió Carlomagno—. No he podido dominarme. He sentido lo mismo que en el albor de una batalla, cuando las tropas se lanzan al combate. No sé cómo explicarlo.

—Todas las cosas del cielo y de la tierra tienen un motivo —dijo una voz detrás de Garin.

El franco se volvió y vio a un moro negro, uno de los ocho que habían acarreado el tablero, a quien el monarca autorizó a proseguir con un gesto.

—En nuestra watar, nuestra tierra, vive un pueblo antiguo conocido como badawi, los «habitantes del desierto». Consideran un honor las apuestas de sangre. Sostienen que solo ellas acaban con la habb, la gota negra vertida en el corazón humano que el arcángel Gabriel sacó del pecho de Mahoma. Vuestra alteza ha hecho una apuesta de sangre ante el tablero, se ha jugado una vida humana, la forma de justicia más elevada que existe. Mahoma dice: «El reino soporta la kufr, la infidelidad al islam, pero no tolera la zulm, es decir, la injusticia».

—La apuesta de sangre es siempre maligna —repuso Carlomagno.

Garin y el duque de Borgoña miraron sorprendidos al rey, pues hacía tan solo una hora él mismo había propuesto una apuesta de sangre.

—¡No! —exclamó el moro—. Mediante la apuesta de sangre se conquista el ghutah, el oasis terrenal que es el paraíso. Cuando se hace una apuesta de sangre ante el tablero de shatranj, es el mismo shatranj el que lleva a cabo la sar.

—Mi señor, shatranj es el nombre que los moros dan al ajedrez —explicó Garin.

—¿Qué significa «sar»? —preguntó Carlomagno poniéndose lentamente en pie. Superaba en altura a todos los presentes.

—Significa «venganza» —respondió el moro con tono inexpresivo. Dicho esto, hizo una reverencia y se alejó.

—Volveremos a jugar —anunció el monarca—. Esta vez no habrá apuestas. Jugaremos por placer. Esas ridículas supersticiones inventadas por bárbaros y niños son meras zarandajas.

Los cortesanos colocaron el tablero y la estancia se pobló de murmullos de alivio. Carlomagno se volvió hacia el duque de Borgoña y le cogió del brazo.

—¿Es cierto que hice una apuesta semejante? —susurró.

El duque lo miró sorprendido.

—Así es, señor. ¿No lo recordáis?

—No —contestó con tristeza el monarca.

Carlomagno y Garin se sentaron a jugar. Tras una batalla extraordinaria Garin alcanzó la victoria. El emperador le concedió la propiedad de Montglane, en los Bajos Pirineos, y el título de Garin de Montglane. Quedó tan complacido por el magistral dominio que del ajedrez tenía su soldado, que se ofreció a construirle una fortaleza para proteger el territorio que acababa de ganar. Muchos años después, Carlomagno le envió como regalo el maravilloso ajedrez con el que habían jugado la famosa partida. Desde entonces se conoce como «el ajedrez de Montglane».

—Esta es la historia de la abadía de Montglane. —La madre superiora concluyó el relato y miró a las monjas, que escuchaban en silencio—. Muchos años después, cuando Garin de Montglane cayó enfermo y agonizaba, legó a la Iglesia su territorio de Montglane, la fortaleza que se convertiría en nuestra abadía, y el famoso juego conocido como el ajedrez de Montglane. —La abadesa se interrumpió, como si no supiera si proseguir con la historia. Finalmente retomó la palabra—. Garin siempre creyó que sobre el ajedrez de Montglane pesaba una terrible maldición. Había oído rumores de acontecimientos infaustos relacionados con él mucho antes de que pasara a su poder. Se decía que Charlot, el sobrino de Carlomagno, fue asesinado mientras jugaba una partida en ese mismo tablero. Corrían extrañas historias de matanzas y violencia, incluso de guerras, en las que ese ajedrez había intervenido. Los ocho moros negros que lo habían trasladado desde Barcelona rogaron a Carlomagno que les permitiera acompañar las piezas en su viaje hasta Montglane. El emperador accedió. Poco después Garin se enteró de que en la fortaleza se celebraban arcanas ceremonias nocturnas, rituales en los que sin duda participaban los moros, y se acrecentó el temor que le inspiraba el ajedrez de Montglane, al que consideraba instrumento de Satanás. Así pues, mandó enterrar las piezas en la fortaleza y pidió a Carlomagno que inscribiera una maldición en los muros para impedir que las exhumaran. El emperador creyó que era una broma, pero se plegó al deseo de Garin. Esta es la historia de la inscripción que hoy vemos sobre la puerta.

La abadesa, pálida y exhausta, calló y se dirigió a su silla. Alexandrine se puso en pie y la ayudó a tomar asiento.

—Reverenda madre, ¿qué fue del ajedrez de Montglane? —preguntó una de las monjas más ancianas, sentada en primera fila.

La abadesa sonrió.

—Ya os he dicho que si nos quedamos en la abadía, nuestras vidas corren grave peligro. Ya os he dicho que los soldados de Francia se proponen confiscar los bienes de la Iglesia y, de hecho, ya están cumpliendo esa misión. También os he dicho que antaño enterraron, dentro de los muros de la abadía, un tesoro muy valioso y tal vez maligno. En consecuencia, no os sorprenderá saber que el secreto que juré guardar cuando acepté ser abadesa es el secreto del ajedrez de Montglane. Sigue oculto entre las paredes y bajo el suelo de este estudio, y solo yo conozco el paradero exacto de cada pieza. Hijas mías, nuestra misión consiste en desenterrar este instrumento del mal y dispersarlo para que nunca pueda reunirse en manos de quien busca el poder. El ajedrez de Montglane alberga una fuerza que trasciende las leyes de la naturaleza y del entendimiento humano.

»Aunque tuviéramos tiempo de destruir las piezas o desfigurarlas hasta volverlas irreconocibles, yo no escogería ese camino. Un instrumento de tamaño poder también puede utilizarse para hacer el bien. Por eso no solo juré mantener oculto el ajedrez de Montglane, sino también protegerlo. Es posible que alguna vez, cuando la historia lo permita, podamos reunir las piezas y dar a conocer su oscuro enigma.

Aunque la abadesa conocía el paradero exacto de cada pieza del ajedrez de Montglane, fue precisa la colaboración de todas las hermanas durante casi dos semanas para desenterrarlas, limpiarlas y pulirlas. Fueron necesarias cuatro monjas para levantar el tablero del suelo de piedra. Una vez limpio, descubrieron que cada escaque tenía extraños símbolos tallados o repujados. También había símbolos semejantes en la base de cada trebejo. Encontraron además un paño guardado en una caja metálica, cuyos cantos estaban lacrados con una sustancia cerosa, sin duda para protegerla de la humedad. El paño era de terciopelo azul oscuro, recamado con hilo de oro y joyas preciosas que dibujaban signos parecidos a los del zodíaco; en el centro, dos figuras que parecían serpientes se entrelazaban para formar el número ocho. La abadesa consideraba que el paño se había utilizado para envolver el ajedrez de Montglane y evitar que sufriera daños durante su traslado.

Hacia el final de la segunda semana comunicó a las monjas que se prepararan para viajar. Indicaría a cada una, por separado, su destino, de modo que ninguna conocería el paradero de las demás. Así correrían menos riesgos. Como el ajedrez de Montglane tenía menos piezas que monjas la abadía, solo la abadesa sabría qué hermanas habían partido con una parte del juego y cuáles se iban con las manos vacías.

Llamó a Valentine y Mireille a su estudio y les indicó que se sentaran al otro lado del escritorio, sobre el que descansaba el resplandeciente ajedrez de Montglane, parcialmente cubierto por el paño azul oscuro recamado.

La abadesa dejó la pluma y miró a Mireille y Valentine, que, sentadas muy juntas, aguardaban inquietas.

—Reverenda madre, quiero que sepáis que os echaré muchísimo de menos —dijo atropelladamente Valentine— y que soy consciente de que he sido una penosa carga para vos. Me gustaría haber sido mejor monja y no haberos dado tantos disgustos…

—Valentine, ¿qué quieres decir? —preguntó la abadesa, que sonrió al ver que Mireille daba a su prima un codazo en las costillas para hacerla callar—. ¿Temes tener que separarte de tu prima Mireille? ¿Es ese el motivo de estas disculpas tardías?

Valentine miró azorada a la abadesa, asombrada de que le hubiera adivinado el pensamiento.

—Yo en tu lugar no me preocuparía —prosiguió la abadesa. Deslizó un papel sobre el escritorio de cerezo en dirección a Mireille—. Aquí tenéis el nombre y las señas del tutor que se hará cargo de vosotras. Debajo he anotado las instrucciones para el viaje que he dispuesto para las dos.

—¡Las dos! —exclamó Valentine, incapaz de contenerse—. ¡Gracias, reverenda madre, acabáis de satisfacer mi mayor deseo!

La abadesa rió.

—Valentine, estoy segura de que, si no os dejara partir juntas, con tal de seguir con tu prima encontrarías la forma de echar por tierra todos los planes que he trazado minuciosamente. Además, tengo buenos motivos para querer que estéis juntas. Prestad atención. Todas las monjas de nuestra abadía tienen resuelta su situación. Enviaré a sus hogares a aquellas cuyas familias acepten su regreso. En algunos casos he buscado amigos o parientes lejanos que les brindarán cobijo. Si llegaron a la abadía con dote, les devolveré sus bienes para su manutención y custodia. Si carecen de medios, las enviaré a una abadía del extranjero, que las acogerá de buena fe. En todos los casos pagaré los gastos de viaje y manutención para asegurar el bienestar de mis hijas. —La abadesa cruzó las manos y prosiguió—: Valentine, eres afortunada en más de un sentido, pues tu abuelo te legó una generosa suma, que destinaré tanto a ti como a tu prima Mireille. Además, aunque no tienes familia, cuentas con un padrino que ha aceptado la responsabilidad de cuidar de ambas. Me ha asegurado por escrito que está dispuesto a actuar en tu nombre. Y esto me lleva a otra cuestión, a un asunto que me preocupa sobremanera.

Mireille, que había mirado de reojo a Valentine cuando la abadesa se refirió al padrino, echó un vistazo al papel donde esta había escrito en mayúsculas: «M. Jacques-Louis David, pintor»; debajo figuraba una dirección de París. Ignoraba que Valentine tuviera padrino.

—Sé que en Francia habrá quien se sienta muy disgustado cuando se entere de que he cerrado la abadía —explicó la madre superiora—. Muchas de nosotras correremos peligro, concretamente por parte de hombres que, como el obispo de Autun, querrán saber qué hemos sacado y qué nos hemos llevado. No es posible ocultar por completo las huellas de nuestros actos. Es probable que busquen y encuentren a algunas monjas, que en tal caso tendrán necesidad de huir. En virtud de estas circunstancias, he seleccionado a ocho que, además de llevar consigo una pieza, actuarán como depositarias de otras piezas; es decir, el lugar donde se encuentren servirá de punto de reunión al que acudirán sus compañeras para dejar un trebejo si se ven obligadas a escapar, o para indicarles cómo recuperarlo. Valentine, tú serás una de las elegidas.

—¿Yo? —exclamó Valentine. Tragó saliva, porque de pronto se le había secado la garganta—. Reverenda madre, no soy… no sé si…

—Intentas decir que no se te puede considerar un dechado de responsabilidad —dijo la abadesa, y sonrió a su pesar—. Lo sé y confío en que tu sensata prima me ayude a resolver el problema. —Miró a Mireille, que asintió con la cabeza—. He elegido a las ocho teniendo en cuenta no solo su capacidad, sino sobre todo su situación estratégica —continuó la abadesa—. Tu padrino, monsieur David, vive en París, el centro del tablero de ajedrez en que se ha convertido Francia. En su condición de artista famoso, goza del respeto y la amistad de la nobleza, pero además es miembro de la Asamblea y algunos lo consideran un fervoroso revolucionario. Estoy convencida de que, en caso de necesidad, estará en condiciones de protegeros. Además, le he pagado generosamente y tendrá motivos para velar por vosotras. —La abadesa observó a las dos jovencitas—. Valentine, no es una petición —añadió con tono severo—. Tus hermanas pueden verse en un apuro y estarás en condiciones de servirlas. He dado tu nombre y señas a varias de las que ya han partido a sus hogares. Irás a París y harás lo que te ordeno. Ya tienes quince años, edad suficiente para saber que en la vida hay cosas más importantes que la satisfacción inmediata de los deseos. —Aunque la abadesa hablaba con dureza, su expresión era tierna como siempre que miraba a Valentine—. Por otro lado, París no es un mal lugar para cumplir una condena.

Valentine sonrió.

—Claro que no, reverenda madre —repuso—. Para empezar, se puede ir a la ópera, y tal vez a fiestas, y por lo que dicen las damas llevan vestidos preciosos… —Mireille volvió a darle un codazo en las costillas—. Quiero decir que agradezco humildemente a la reverenda madre que deposite su confianza en su devota sierva.

Al oír estas palabras la abadesa prorrumpió en sonoras carcajadas que parecieron quitarle años de encima.

—Bien dicho, Valentine. Ahora id a preparar el equipaje. Partiréis mañana, al alba. No os retraséis.

La abadesa se puso en pie, cogió dos pesadas piezas del tablero y se las entregó a las novicias.

Valentine y Mireille besaron el anillo de la abadesa, y portando con sumo cuidado sus singulares posesiones, se encaminaron hacia la puerta del estudio. Estaban a punto de salir cuando Mireille dio media vuelta y habló por primera vez desde que habían entrado en la estancia.

—Reverenda madre, ¿me permitís preguntaros adónde iréis? Nos gustaría recordaros y enviaros nuestros buenos deseos dondequiera que estéis.

—Emprenderé un viaje con el que he soñado durante más de cuarenta años —respondió la abadesa—. Tengo una amiga a la que no veo desde la infancia. En aquellos tiempos… A veces Valentine me recuerda muchísimo a esa vieja amiga. La recuerdo muy alegre, llena de vitalidad…

La abadesa se interrumpió y a Mireille le pareció que adoptaba una expresión soñadora, si es que podía decirse semejante cosa de una persona tan augusta.

—Reverenda madre, ¿vuestra amiga vive en Francia? —preguntó.

—No, vive en Rusia —respondió la abadesa.

A la mañana siguiente, bajo la tenue luz grisácea del amanecer, dos mujeres ataviadas para un largo viaje salieron de la abadía y subieron a un carro de heno. Este franqueó los impresionantes portones y comenzó a descender hacia el valle, donde pronto los ocultó la bruma ligera que comenzó a elevarse.

Estaban asustadas y, mientras se arrebujaban en sus esclavinas, agradecían que se les hubiera encomendado una misión sagrada que debían cumplir cuando volvieran al mundo del que durante tanto tiempo las habían protegido.

Pero no era Dios quien observaba desde la cima de una montaña cómo el carro de heno descendía lentamente hacia la penumbra del valle. En una cumbre nevada, por encima de la abadía, un jinete solitario observó el carro hasta que se fundió con la oscura bruma. Entonces azuzó al bayo y se alejó al galope.

PEON 4 DAMA

PEÓN 4 DAMA

Las aperturas peón dama —las que empiezan con P4D— son «cerradas», lo que significa que el contacto táctico entre los adversarios se desarrolla con gran lentitud. Ofrecen gran capacidad de maniobra y se tarda en llegar a una violenta lucha cuerpo a cuerpo con el enemigo… En este caso, el ajedrez posicional es esencial.

FRED REINFELD,
Complete Book of Chess Openings

Un criado oyó en la plaza del mercado que la Muerte lo estaba buscando. Volvió a casa corriendo y dijo a su amo que debía huir a la vecina población de Samarra para que la Muerte no lo encontrara.

Esa noche, después de la cena, llamaron a la puerta. El amo abrió y vio a la Muerte, con su larga túnica y su capucha negras. La Muerte preguntó por el criado.

—Está enfermo y en cama —se apresuró a mentir el amo—. Está tan enfermo que nadie debe molestarlo.

—¡Qué raro! —comentó la Muerte—. Seguramente se ha equivocado de sitio, pues hoy, a medianoche, tenía una cita con él en Samarra.

Leyenda de la cita en Samarra

Nueva York, diciembre de 1972

Estaba en apuros, en graves apuros.

Todo comenzó aquella Nochevieja, el último día de 1972. Tenía una cita con una pitonisa, pero al igual que el personaje de la cita en Samarra, intenté escapar de mi destino eludiéndolo. No quería que una adivina me contara el futuro. Ya tenía bastantes problemas aquí y ahora. En la Nochevieja de 1972 mi vida ya estaba totalmente patas arriba. Y solo tenía veintitrés años.

En lugar de huir a Samarra me dirigí al centro de datos del último piso del edificio de Pan Am, en pleno corazón de Manhattan. Quedaba más cerca que Samarra y, a las diez de la noche de aquella Nochevieja, era un lugar tan apartado y aislado como la cima de una montaña.

De hecho me sentía como si me encontrara en la cima de una montaña. La nieve se arremolinaba al otro lado de las ventanas que daban a Park Avenue y los grandes copos flotaban en suspensión coloidal. Era como estar dentro de uno de esos pisapapeles que contienen una rosa perfecta o una reproducción en miniatura de una aldea suiza. Con la diferencia de que entre las paredes de cristal del centro de datos de Pan Am había varios metros cuadrados de reluciente y novísimo hardware, que zumbaba suavemente mientras controlaba rutas y expedición de billetes de avión a lo largo y ancho del mundo. Era el sitio ideal al que escapar para pensar.

Y yo tenía mucho en que pensar. Había llegado a Nueva York tres años antes para trabajar en Triple-M, uno de los principales fabricantes de ordenadores del mundo. Por aquel entonces Pan Am era uno de mis clientes. Aún me permiten utilizar su centro de datos.

Luego cambié de trabajo, lo que bien podría haber sido el mayor error de mi vida. Tenía el dudoso honor de ser la primera mujer que formaba parte de las filas profesionales de una respetable empresa de IPA: Fulbright, Cone, Kane & Upham. Mi estilo no les iba.

Para los que no lo sepan, IPA significa «interventor público autorizado». Fulbright, Cone, Kane & Upham era una de las ocho principales empresas de IPA de todo el mundo, una hermandad justamente apodada «las Ocho Grandes».

Un interventor público es un auditor, pero dicho de un modo más amable. Las Ocho Grandes ofrecían ese temido servicio a la mayoría de las compañías importantes. Inspiraban gran respeto, lo que es un modo amable de decir que tenían a los clientes agarrados por las pelotas. Si durante una auditoría las Ocho Grandes proponían al cliente que gastara medio millón de dólares para mejorar su sistema financiero, el cliente tenía que ser idiota para rechazar la propuesta. (O para no tener en cuenta que la empresa auditora de las Ocho Grandes podía proporcionarle el servicio… a cambio de ciertos emolumentos.) En el mundo de las grandes finanzas esas cuestiones se daban por sobrentendidas. Había mucho dinero en juego en la auditoría contable, y hasta un socio recién incorporado podía exigir ingresos de seis cifras.

Puede que algunas personas ignoren que el campo de las auditorías es exclusivamente masculino. Sin embargo, Fulbright, Cone, Kane & Upham se adelantó a su tiempo y me metió en un lío. Como yo era la primera mujer en la empresa que no era secretaria, me trataban como si fuese un artículo tan raro como una especie en extinción, algo potencialmente peligroso que debían vigilar con suma cautela.

Ser la primera mujer en algo no es una ganga. Tanto si eres la primera astronauta como la primera mujer que trabaja en una lavandería, tienes que aprender a aceptar las tomaduras de pelo, las risitas y el escrutinio al que someten tus piernas. También has de resignarte a trabajar más que nadie y cobrar un sueldo inferior.

Aprendí a tomarme a risa que me presentaran como «la señorita Velis, nuestra mujer especialista en esta área». Con semejante presentación, probablemente la gente me tomaba por ginecóloga.

En realidad era experta en informática, la mejor especialista de todo Nueva York en la industria del transporte. Por eso me contrataron. Cuando los directivos de la empresa me vieron, el símbolo del dólar se iluminó en sus ojos inyectados en sangre; no veían a una mujer, sino una cartera ambulante con cuentas de primera. Lo bastante joven para ser impresionable, lo bastante ingenua para dejarse impresionar y tan inocente como para entregar sus clientes a las fauces de tiburón del personal auditor: yo era todo lo que buscaban en una mujer. Pero la luna de miel duró poco.

Pocos días antes de Navidad, estaba a punto de terminar una evaluación de equipos para que un importante cliente naviero adquiriera hardware informático antes de que concluyera el año, cuando Jock Upham, nuestro socio mayoritario, se dignó visitar mi despacho.

Jock tenía más de sesenta años, era alto y delgado, y ofrecía un aspecto artificialmente juvenil. Jugaba al tenis con frecuencia, vestía elegantes trajes de Brooks Brothers y se teñía el pelo. Cuando caminaba, saltaba sobre las puntas de los pies como si se acercara a la red.

Jock apareció de un salto en mi despacho.

—Velis —dijo con tono campechano y cordial—, he estado pensando sobre el estudio que está realizando. He discutido al respecto conmigo mismo y creo que por fin sé qué era lo que me preocupaba.

Era su modo de decir que no tenía el menor sentido discrepar. Ya había hecho de abogado del diablo de las dos partes y la suya, en la que había puesto todo su afán, había ganado.

—Señor, está casi terminado. Hay que entregárselo al cliente mañana, así que espero que no sea necesario introducir grandes cambios.

—Nada del otro mundo —repuso él mientras colocaba la bomba delicadamente—. He llegado a la conclusión de que para nuestro cliente las unidades de disco son más importantes que las impresoras, y me gustaría que modificara los criterios de selección.

Era un ejemplo de lo que en los negocios informáticos se llama «arreglar los números». Además, es ilegal. Hacía un mes, seis vendedores de hardware habían presentado ofertas anónimas a nuestro cliente. Dichas ofertas se basaban en criterios de selección preparados por nosotros, los auditores imparciales. Dijimos que el cliente necesitaba unidades de disco potentes, y uno de los vendedores había presentado la mejor propuesta. Si una vez entregadas las ofertas decidíamos que las impresoras eran más importantes que las unidades de disco, el contrato iría a parar a manos de otro vendedor. Podía imaginar de qué vendedor se trataba: aquel cuyo presidente había invitado a almorzar a Jock ese mismo día.

Evidentemente, algo de valor había cambiado de manos bajo la mesa. Tal vez la promesa de un negocio futuro para nuestra empresa, quizá un yate o un deportivo para Jock. Cualquiera que fuese el trato, yo no quería participar.

—Señor, lo siento, pero es demasiado tarde para cambiar los criterios sin autorización del cliente. Si quiere, podemos telefonearle para decirle que hemos decidido pedir a los vendedores una ampliación de la oferta original, pero entonces no podrá encargar el equipo hasta después de Año Nuevo.

—Eso no es necesario, Velis —repuso Jock—. Si me he convertido en socio mayoritario de esta empresa ha sido precisamente porque siempre me guío por mi intuición. Muchas veces he actuado en nombre de mis clientes y les he ahorrado millones en un abrir y cerrar de ojos, sin que se enteraran. Es ese instinto de supervivencia que año a año ha colocado a nuestra firma en la cumbre misma de las Ocho Grandes. —Me dedicó una sonrisa con hoyuelos.

Las posibilidades de que Jock Upham hiciera algo por un cliente sin jactarse de ello venían a ser las mismas que las de que el camello proverbial pase por el ojo de una aguja. Lo dejé estar.

—Señor, tenemos la responsabilidad moral con nuestro cliente de sopesar y evaluar con ecuanimidad todas las ofertas. Al fin y al cabo, somos una empresa auditora.

Los hoyuelos de Jock desaparecieron.

—¿Está diciendo que se niega a aceptar mi propuesta?

—Si solo se trata de una propuesta, no de una orden, prefiero no aceptarla.

—¿Y si le digo que es una orden? —preguntó Jock ladinamente—. En mi condición de socio mayoritario de la empresa…

—Señor, en ese caso tendré que renunciar al proyecto y dejarlo en manos de otro. Por supuesto, guardaré copias de los papeles de trabajo por si más adelante surge algún problema.

Jock sabía perfectamente a qué me refería. Las empresas de IPA jamás se someten a una auditoría. Las únicas personas en condiciones de hacer preguntas eran funcionarios del gobierno estadounidense. Y sus preguntas se referían a prácticas ilegales o fraudulentas.

—Comprendo —dijo Jock—. Bien, en ese caso dejaré que siga con su trabajo. Es evidente que tendré que tomar esta decisión por mi cuenta.

Jock Upham se volvió bruscamente y salió del despacho.

A la mañana siguiente vino a verme mi jefe, un treintañero fornido y rubio llamado Lisle Holmgren. Estaba agitado, tenía alborotados sus escasos cabellos y torcida la corbata.

—Catherine, ¿qué coño le has hecho a Jock Upham? —Estas fueron sus primeras palabras—. Está que trina. Me ha llamado a primera hora de la mañana. Apenas he tenido tiempo de afeitarme. Dice que estás loca, que necesitas una camisa de fuerza. No quiere que en lo sucesivo te relaciones con ningún cliente; según él, no estás preparada para jugar con los grandes.

La vida de Lisle giraba en torno a la empresa. Tenía una esposa exigente que medía el éxito según las cuotas del club de campo. Lisle siempre acataba las directrices de sus jefes, aunque en ocasiones estuviera en desacuerdo.

—Supongo que anoche perdí la cabeza —comenté con ironía—. Me negué a descartar una oferta. Le dije que encomendara el trabajo a otro si quería seguir adelante.

Lisle se dejó caer en una silla, a mi lado. Estuvo un rato callado.

—Catherine, en el mundo de los negocios hay muchas cosas que a una persona de tu edad pueden parecerle inmorales, pero no necesariamente lo son.

—Esta lo es.

—Si Jock Upham te ha pedido que lo hagas, sus motivos tendrá; estoy seguro.

—Sin duda. Sospecho que tiene motivos por valor de treinta o cuarenta mil dólares —repliqué, y volví a concentrarme en los papeles.

—¿Te das cuenta de que te estás poniendo la soga al cuello? —preguntó—. No se juega con un tipo como Jock Upham. No volverá a su rincón como un buen chico. Tampoco se dará la vuelta y se hará el muerto. Si quieres un consejo, creo que deberías ir a su despacho y pedirle disculpas. Dile que harás todo lo que quiera, hazle la pelota. Estoy convencido de que, si no lo haces, tu carrera se irá a pique.

—No puede despedirme porque me haya negado a hacer algo ilegal —declaré.

—No hará falta que te despida. Está en condiciones de hacerte la vida tan imposible que lamentarás haber pisado esta empresa. Catherine, eres una buena chica y me caes bien. Ya conoces mi opinión. Me voy; te dejo que escribas tu propio epitafio.

Había transcurrido una semana y yo no había pedido disculpas a Jock. Tampoco había comentado a nadie nuestra conversación. Según lo programado, el día de Nochebuena envié mis recomendaciones al cliente. El candidato de Jock no ganó la licitación. Aun así, todo estaba muy tranquilo en la venerable empresa de Fulbright, Cone, Kane & Upham. Mejor dicho, todo estaba muy tranquilo hasta esa mañana.

La compañía había tardado exactamente siete días en decidir qué clase de tortura me aplicarían. Esa mañana, Lisle se presentó en mi despacho con las buenas nuevas.

—No dirás que no te lo advertí —dijo—. Eso es lo malo de las mujeres, que jamás se atienen a razones.

Alguien tiró de la cadena en el «despacho» contiguo y esperé a que cesara el ruido de la cisterna. Fue una premonición.

—¿Sabes cómo se denomina el razonamiento que se hace una vez ocurridos los hechos? —pregunté—. Recibe el nombre de «racionalización».

—Tendrás tiempo de sobra para racionalizar en el sitio que te ha tocado en suerte —repuso—. Los socios se han reunido a primera hora de la mañana y, mientras desayunaban café con buñuelos rellenos de mermelada, han votado tu destino. Ha sido una votación muy reñida entre Calcuta y Argel, y supongo que te alegrará saber que ha ganado Argel. Mi voto ha sido decisivo. Espero que lo tengas en cuenta.

—¿De qué estás hablando? —pregunté. Experimentaba una sensación desagradable en la boca del estómago—. ¿Dónde coño está Argel? ¿Qué tiene que ver conmigo?

—Argel es la capital de Argelia, un país socialista situado en la costa septentrional de África, miembro de pleno derecho del Tercer Mundo. Será mejor que cojas este libro y lo leas. —Dejó un grueso volumen en mi escritorio—. En cuanto te concedan el visado, que tardará unos tres meses, pasarás mucho tiempo en Argel. Es tu nuevo destino.

—¿Se trata de un exilio o me destinan allí para que haga algo?

—Estamos a punto de iniciar un proyecto allí. Lo cierto es que trabajamos en muchos lugares exóticos. Pues bien, en este caso se trata de un contrato de un año con un club social de poca monta, del Tercer Mundo, que se reúne de vez en cuando para hablar del precio de la gasolina. Se llama OTRAM o algo por el estilo. Espera, lo consultaré. —Sacó varios papeles del bolsillo de la chaqueta y los hojeó—. Aquí está; se llama OPEP.

—Jamás he oído hablar de él —reconocí.

En diciembre de 1972 muy pocas personas habían oído hablar de la OPEP, pero muy pronto tendrían que quitarse los tapones de los oídos.

—Yo tampoco —dijo Lisle—. Por eso los socios han pensado que era una tarea ideal para ti. Quieren enterrarte, Velis, ya te lo dije.

Alguien volvió a tirar de la cadena, y mis esperanzas se fueron con el agua por el desagüe.

—Hace algunas semanas —prosiguió Lisle— la sucursal de París nos envió un telegrama para preguntar si contábamos con expertos informáticos especializados en petróleo, gas natural y centrales eléctricas. Estaban dispuestos a aceptar a cualquiera y ofrecían una jugosa comisión. Ningún miembro del equipo asesor quería ir. Lisa y llanamente, la energía no es una industria de crecimiento rápido. Es un sector sin porvenir. Estábamos a punto de responder que no teníamos a nadie cuando surgió tu nombre.

No podían obligarme a aceptar ese trabajo. La esclavitud acabó con la guerra de Secesión. Querían forzarme a presentar la dimisión, pero estaba decidida a no ponerles las cosas fáciles.

—¿Qué tendré que hacer para los chicos del Tercer Mundo? —pregunté dulcemente—. No sé nada de petróleo. En lo que se refiere al gas natural, solo he oído lo que me llega del despacho contiguo. —Señalé el lavabo.

—Me alegro de que lo preguntes —dijo Lisle mientras se dirigía hacia la puerta—. Estarás en contacto con Con Edison hasta que salgas del país. En su central eléctrica queman todo lo que flota en el East River. En pocos meses te convertirás en una especialista en aprovechamiento energético. —Lisle rió y se despidió con la mano antes de salir—. Alégrate, Velis, podría haberte tocado Calcuta.

De modo que ahí estaba, sentada en plena noche en el centro de datos de Pan Am, empollando sobre un país del que jamás había oído hablar, sobre un continente del que nada sabía, para convertirme en especialista en un tema que no me interesaba e irme a vivir con personas que no hablaban mi idioma y que probablemente pensaban que las mujeres debían estar en los harenes. Pensé que esas gentes tenían mucho en común con los socios de Fulbright, Cone, Kane & Upham.

No me dejé dominar por el desaliento. Solo había tardado tres años en aprender todo lo que podía saberse sobre el área de transportes. El aprendizaje sobre la energía parecía más sencillo. Se hace un agujero en el suelo y sale petróleo. Era pan comido. Sin embargo, la experiencia prometía ser dolorosa si todos los libros que leía eran tan interesantes como el que tenía delante:

En 1950 el crudo ligero árabe se vendía a dos dólares el barril. En 1972 sigue vendiéndose a dos dólares el barril. Por consiguiente, es una de las pocas materias primas del mundo que no han experimentado un incremento inflacionista en un período de tiempo semejante. El fenómeno se explica por el riguroso control que los gobiernos del mundo han ejercido sobre este producto natural fundamental.

Fascinante. Sin embargo, lo que me resultó realmente fascinante fue lo que no explicaban ese libro ni ninguno de los textos que leí aquella noche.

Al parecer el crudo ligero árabe es un tipo de petróleo. De hecho, el más cotizado y buscado del mundo. El precio se había mantenido estable durante más de veinte años porque no estaba controlado por los compradores ni por los dueños de las tierras de las que se extraía. Lo controlaban los distribuidores, los infames intermediarios. Siempre había sido así.

En el mundo había ocho grandes empresas petroleras. Cinco eran norteamericanas, y las tres restantes, británica, holandesa y francesa. Durante una cacería de urogallos en Escocia, cincuenta años atrás, algunos de esos petroleros decidieron repartirse la distribución mundial de petróleo y dejar de pisarse el terreno. Pocos meses después se reunieron en Ostende con Calouste Gulbenkian, que se presentó con un lápiz rojo en el bolsillo. Gulbenkian dibujó lo que más tarde se conocería como «la delgada línea roja» alrededor de una porción del mundo que abarcaba el antiguo Imperio otomano, sin Irak ni Turquía, y una buena parte del golfo Pérsico. Los caballeros se repartieron dicho territorio y perforaron. El petróleo manó a borbotones en Bahrain y comenzó la carrera.

La ley de la oferta y la demanda es discutible cuando el principal consumidor mundial de un producto controla además la oferta. Según los gráficos que vi, hacía mucho tiempo que Estados Unidos era el mayor consumidor de petróleo. Y las empresas petroleras, en su mayoría norteamericanas, controlaban la oferta. Lo hacían de una forma sencillísima: firmaban contratos para explotar (o buscar) el petróleo a cambio de llevarse un considerable porcentaje, y entonces lo transportaban y distribuían, por lo que recibían un margen adicional de beneficios.

Estaba a solas con la impresionante pila de libros que había retirado de la biblioteca técnica y comercial de Pan Am, la única biblioteca de Nueva York que permanecía abierta en Nochevieja. Veía caer la nieve a la luz amarilla de las farolas situadas a lo largo de Park Avenue. Y me dediqué a pensar.

El pensamiento que asaltaba una y otra vez mi mente era el mismo que en el futuro inmediato perturbaría inteligencias más sutiles que la mía. Era un pensamiento que quitaría el sueño a varios jefes de Estado y enriquecería a los presidentes de las empresas petroleras; un pensamiento que desencadenaría guerras, matanzas y crisis económicas, y que pondría a las grandes potencias al borde de la tercera guerra mundial. En aquel momento no me pareció una idea tan revolucionaria.

Lisa y llanamente, el pensamiento era este: ¿qué ocurriría si Estados Unidos dejaba de controlar la oferta mundial de petróleo? La respuesta a la pregunta, elocuente en su simplicidad, aparecería doce meses después ante el resto del mundo.

Era nuestra cita en Samarra.

UNA JUGADA TRANQUILA

UNA JUGADA TRANQUILA

Posicional: en relación con una jugada, maniobra o estilo de juego regidos por consideraciones estratégicas en lugar de tácticas. Por lo tanto, es probable que una jugada posicional también sea una jugada tranquila.

Jugada tranquila: aquella que no da jaque, no mata ni supone una amenaza directa… Al parecer esta jugada concede a las negras una mayor libertad de acción.

EDWARD R. BRACE,
An Illustrated Dictionary of Chess

Sonaba un teléfono. Levanté la cabeza y miré alrededor. Tardé unos segundos en darme cuenta de que aún estaba en el centro de datos de Pan Am. Todavía era Nochevieja: el reloj de pared que había en el otro extremo de la sala marcaba las once y cuarto. Seguía nevando. Había dormido durante más de una hora. Me sorprendió que nadie respondiera al teléfono.

Eché un vistazo al centro de datos, al falso suelo de baldosas blancas que ocultaba kilómetros de cable coaxial amontonado como lombrices en las entrañas del edificio. No había un alma: la sala parecía un depósito de cadáveres.

Entonces recordé que había dicho a los encargados de las máquinas que podían descansar un rato, que yo vigilaría los aparatos, pero ya habían pasado varias horas. Cuando me levanté de mala gana para dirigirme al puesto de control, recordé que las palabras de los encargados me habían llamado la atención. Habían preguntado: «¿Le molesta que vayamos a la cámara de las cintas para esmaltar la cocina?». ¿Qué cocina?

Llegué al puesto de control, donde estaban los tableros de mandos y las consolas de las máquinas de esa planta, y conecté con las puertas de seguridad y las trampas de todo el edificio. Apreté el botón de la línea telefónica que parpadeaba. También vi una luz roja en la máquina 63, que indicaba que era necesario montar la cinta. Llamé a la cámara de las cintas para solicitar la presencia de un encargado, contesté al teléfono y me froté los ojos, soñolienta.

—Turno nocturno de Pan Am —dije.

—¿Te das cuenta? —preguntó una voz melosa con un inconfundible acento británico de clase alta—. ¡Te dije que estaba trabajando! Siempre está trabajando. —Se dirigía a alguien que estaba a su lado. Luego agregó—: ¡Querida Cat, llegarás tarde! Te estamos esperando. Son más de las once. ¿No sabes qué se celebra esta noche?

—Llewellyn, no puedo ir, tengo que trabajar —dije estirando los brazos y las piernas para desperezarme—. Ya sé que lo prometí, pero…

—Querida, nada de peros. En Nochevieja todos debemos averiguar qué nos depara el destino. A todos nos han adivinado el futuro, y ha sido muy, muy divertido. Ahora te toca a ti. Harry no deja de incordiarme, quiere hablar contigo.

Solté un bufido y volví a llamar al encargado. ¿Dónde se habían metido los malditos encargados? ¿Por qué diablos tres hombres hechos y derechos querían pasar la Nochevieja en una fría y oscura cámara de cintas, esmaltando una cocina?

—Querida —chilló Harry con su voz de barítono, que siempre me obligaba a alejar el auricular.

Harry había sido cliente mío cuando yo trabajaba para Triple-M y desde entonces manteníamos una buena amistad. Me había adoptado y aprovechaba la menor ocasión para invitarme a toda clase de reuniones, en las que yo debía soportar a su esposa Blanche y a su hermano Llewellyn. Sin embargo, lo que Harry deseaba de verdad era que me hiciera amiga de Lily, su desagradable hija, que tenía más o menos mi edad. Ya podía despedirse de semejante ilusión.

—Querida —repitió Harry—, espero que me perdones. Acabo de enviar a Saul a buscarte con el coche.

—Harry, no debiste hacerlo. ¿Por qué no me consultaste antes de obligar a Saul a conducir bajo la nieve?

—Porque te habrías negado —respondió Harry. No se equivocaba—. Además, a Saul le gusta conducir. Por eso trabaja de chófer. Para eso le pago, así que no puede quejarse. En cualquier caso, me debes este favor.

—Harry, no te debo ningún favor —dije—. No olvides quién hizo qué para quién.

Dos años antes, yo había instalado en su empresa un sistema de transporte que lo convirtió en el peletero mayorista más importante no solo de Nueva York, sino de todo el hemisferio norte. Ahora Pieles Económicas y de Calidad Harry podía enviar a cualquier lugar del mundo, en veinticuatro horas, un abrigo confeccionado a medida. Accioné enfadada el timbre, ya que el piloto rojo de la máquina seguía parpadeando. ¿Dónde se habían metido los encargados?

—Escucha, Harry, no sé cómo has dado conmigo, pero he venido aquí porque necesito estar sola —añadí con impaciencia—. Ahora no quiero hablar, pero tengo un problema…

—Tu problema es que no paras de trabajar y siempre estás sola.

—El problema es mi empresa —repliqué malhumorada—. Quieren que trabaje en algo completamente nuevo para mí. Pretenden enviarme al extranjero. Necesito tiempo para pensar, para decidir qué hacer.

—Te lo advertí —exclamó Harry—. No se puede confiar en esos goyim. Contables luteranos, ¿de dónde ha salido semejante disparate? De acuerdo, estoy casado con una, pero no les permito tocar mis libros. Vamos, sé buena; coge el abrigo y baja. Ven a tomar un trago y a charlar conmigo del asunto. Además, esta pitonisa es increíble. Lleva años trabajando aquí, pero nunca había oído hablar de ella. Si la hubiese conocido antes, habría despedido a mi agente de bolsa y recurrido a ella.

—No digas tonterías —repliqué enfadada.

—¿Alguna vez te he tomado el pelo? Oye, la adivinadora sabía que esta noche te esperábamos. Lo primero que preguntó al acercarse a la mesa fue: «¿Dónde está vuestra amiga de los ordenadores?». ¿No te parece increíble?

—No; me temo que no. Por cierto, ¿dónde estás?

—Ya te lo diré, querida. La adivina ha insistido en que debes venir. Incluso ha comentado que tu porvenir y el mío están relacionados de algún modo. Y por si eso fuera poco, también sabía que Lily debía estar aquí.

—¿No ha ido Lily?

Aunque me pregunté cómo era posible que su única hija lo dejara en la estacada en Nochevieja. Lily debía saber que se sentiría muy apenado.

—Hijas… ¿qué se puede hacer con ellas? A mi cuñado y a mí no se nos da demasiado bien el papel de alma de la fiesta.

—Está bien, iré —accedí.

—Fabuloso. Sabía que vendrías. Espera a Saul en la puerta y cuando llegues recibirás un fuerte abrazo.

Cuando colgué el auricular me sentía más deprimida que antes. Lo que me faltaba: una velada oyendo las sandeces de la aburridísima familia de Harry. No obstante, Harry siempre me hacía reír. Tal vez conseguiría distraerme de todos los problemas que me acosaban. Caminé por el centro de datos hasta la cámara de las cintas y abrí la puerta de par en par. Allí estaban los encargados, pasándose un tubito de cristal lleno de polvo blanco. Me miraron con expresión contrita y me ofrecieron el tubito. Evidentemente habían dicho «esnifar cocaína», no «esmaltar la cocina» como yo había entendido.

—Me voy —les comuniqué—. ¿Os veis capaces de montar una cinta en la sesenta y tres o cerramos la compañía aérea hasta mañana?

Se desvivieron por satisfacer mi petición. Cogí el abrigo y el bolso y me encaminé hacia los ascensores.

Cuando llegué a la planta baja, la limusina negra ya estaba ante la entrada. Vi a Saul a través de la cristalera mientras cruzaba el vestíbulo. Se apeó del coche ágilmente y corrió para abrir la puerta de grueso cristal.

Saul, un hombre de rostro afilado con las mejillas surcadas de sendas arrugas desde el pómulo a la mandíbula, no pasaba inadvertido en medio de la multitud. Con su metro ochenta de estatura, era casi tan alto como Harry, y tan delgado como gordo mi amigo. Cuando estaban juntos, parecían las imágenes cóncava y convexa en una sala de espejos. Saul, cuyo uniforme estaba ligeramente salpicado de nieve, me cogió del brazo para que no resbalara. Sonrió al dejarme en el asiento trasero.

—¿No ha podido negarse? Es difícil decirle que no a Harry.

—Es imposible —coincidí—. Estoy convencida de que se niega a aceptar la existencia de la palabra «no». ¿Dónde se está celebrando el aquelarre místico?

—En el Fifth Avenue Hotel —respondió, y tras cerrar la portezuela se dirigió hacia su asiento. Puso el motor en marcha y arrancó en medio de la copiosa nevada.

En Nochevieja las principales arterias neoyorquinas están tan concurridas como a plena luz del día. Taxis y limusinas recorren las avenidas y los juerguistas deambulan por las calles en busca del último bar. Las calles están cubiertas de serpentinas y confeti, y reina un ambiente de histeria colectiva.

Aquella noche no era una excepción. Estuvimos a punto de atropellar a unos rezagados que salieron de un bar y cayeron sobre el parachoques; una botella de champán que salió volando de un callejón rebotó sobre el capó.

—Será un trayecto accidentado —comenté.

—Estoy acostumbrado. Todas las Nocheviejas llevo al señor Rad y a su familia, y siempre pasa lo mismo. Debería cobrar un plus de peligrosidad.

—¿Cuánto tiempo hace que está al servicio de Harry? —pregunté, mientras circulábamos entre los edificios rutilantes y los escaparates tenuemente iluminados de la Quinta Avenida.

—Veinticinco años —respondió—. Empecé a trabajar para el señor Rad antes de que Lily naciera. En realidad, antes de que se casara.

—Supongo que le gusta trabajar para él.

—Es un trabajo como cualquier otro —repuso Saul. Al cabo de unos instantes añadió—: Respeto al señor Rad. Hemos vivido juntos tiempos difíciles. Hubo épocas en que no podía pagarme, pero se las ingeniaba para hacerlo, aunque luego tuviera que pasar estrecheces. Le gusta tener limusina. Dice que tener chófer le da un toque de distinción. —Frenó ante un semáforo en rojo. Volvió la cabeza y agregó—: Seguramente sabe que en otros tiempos repartíamos las pieles en la limusina. Fuimos los primeros peleteros de Nueva York en hacerlo. —Su voz denotaba orgullo—. Ahora me dedico a llevar a la señora Rad y a su hermano de compras cuando el señor Rad no me necesita. También llevo a Lily a los torneos.

Seguimos en silencio hasta llegar al final de la Quinta Avenida.

—Tengo entendido que esta noche Lily no se ha presentado —comenté.

—Así es —confirmó Saul.

—Eso me ha animado a aceptar la invitación. ¿Qué puede ser tan importante como para que no pase la Nochevieja con su padre?

—Ya lo sabe —respondió Saul mientras frenaba frente al Fifth Avenue Hotel. Tal vez fueran imaginaciones mías, pero tuve la impresión de que su tono era de amargura—. Está haciendo lo de siempre: jugando al ajedrez.

El Fifth Avenue Hotel estaba en el lado oeste de la Quinta Avenida, a pocas manzanas de Washington Square Park. La nieve cubría la copa de los árboles como nata montada y formaba pequeños picos que semejaban gorros de gnomos sobre el impresionante arco que señala la entrada de Greenwich Village.

En 1972 aún no habían restaurado el bar del hotel. Como tantos bares de hoteles neoyorquinos, reproducía con tal fidelidad una taberna rural de la época de los Tudor que tuve la sensación de que debería haber llegado a caballo en lugar de en limusina. Los ventanales que daban a la calle estaban festoneados de recargados adornos de cristal biselado y vidrios de colores. El crepitante fuego de la enorme chimenea de piedra iluminaba el rostro de los parroquianos y arrojaba un resplandor rubí sobre la nieve de la acera a través de los cristales coloreados.

Harry estaba sentado a una mesa redonda de roble junto a los ventanales. Cuando la limusina se detuvo, vi que nos saludaba con la mano y se inclinaba hacia el cristal, donde su aliento formó un círculo de vaho carmesí. Llewellyn y Blanche estaban detrás, sentados al otro lado, cuchicheando como un par de ángeles rubios de Botticelli.

Pensé que parecía una postal mientras Saul me ayudaba a bajar del coche: el fuego crepitante, el bar repleto de gente vestida de fiesta, envuelta en la luz del hogar. Parecía irreal. Me quedé en la acera cubierta de nieve y observé cómo caían los copos mientras Saul se alejaba.

Un segundo después, Harry salió corriendo a recibirme, como si temiera que pudiera derretirme como un copo de nieve y desaparecer.

—¡Querida! —vociferó, al tiempo que me daba un abrazo de oso que casi me dejó sin aliento.

Harry era enorme. Medía más o menos un metro noventa y cinco, y decir que estaba gordo sería una cortesía. Era una gigantesca montaña de carne, de ojos caídos y mofletes colgantes, de modo que su cara recordaba la de un San Bernardo. Vestía un extravagante esmoquin de cuadros rojos, verdes y negros, con el que parecía aún más corpulento si cabe.

—Me alegro mucho de que hayas venido —declaró, y cogiéndome del brazo me guió por el vestíbulo. Cruzamos las gruesas puertas dobles del bar, donde nos esperaban Llewellyn y Blanche.

—Querida, mi querida Cat —dijo Llewellyn levantándose para darme un beso en la mejilla—. Blanche y yo empezábamos a pensar que nunca llegarías, ¿no es así, queridísima? —Llewellyn siempre llamaba «queridísima» a Blanche, como el pequeño lord Fauntleroy a su madre—. Querida, arrancarte del ordenador cuesta tanto como separar a Heathcliff del lecho de muerte de Catherine. A menudo me pregunto qué haríais Harry y tú si no tuvierais que ocuparos de vuestros negocios todos los días.

—Hola, querida. —Blanche me indicó que me agachara para ofrecerme su fría mejilla de porcelana—. Estás guapísima, como siempre. Siéntate. ¿Qué quieres que te traiga Harry para beber?

—Le traeré un ponche de huevo —dijo Harry, que estaba tan radiante como un esplendoroso árbol de Navidad cubierto de adornos con cuadros escoceses—. Aquí lo hacen de maravilla. Cuando lo hayas probado, podrás pedir lo que más te apetezca.

Harry se sumergió en el gentío, rumbo a la barra, y su cabeza asomaba sobre todas las demás.

—Harry nos ha dicho que te vas a Europa —comentó Llewellyn que se había sentado a mi lado, mientras indicaba a Blanche con un gesto que le pasara su copa.

Vestían a juego: ella, un traje de noche verde oscuro que acentuaba la palidez de su piel, y él, corbata negra y esmoquin de terciopelo verde oscuro. Aunque ambos eran ya cuarentones, parecían mucho más jóvenes, pero tras el esplendor y el lustre de su magnífica fachada eran como perros de concurso, estúpidos y endogámicos, a pesar del acicalamiento.

—No me voy a Europa, sino a Argel —puntualicé—. Es una especie de castigo. Argel es una ciudad de Argelia…

—Sé dónde está —me interrumpió Llewellyn. Blanche y él se miraron—. Queridísima, ¿no te parece una extraordinaria casualidad?

—Yo en tu lugar no se lo comentaría a Harry —dijo Blanche toqueteando las perlas perfectas de su collar de dos vueltas—. Siente una gran animadversión hacia los árabes. Tendrías que oírlo.

—No te gustará —dictaminó Llewellyn—. Es un país horrible: pobreza, mugre y cucarachas. ¡Por no hablar del cuscús, una asquerosa bazofia a base de pasta hervida y cordero lleno de grasa!

—¿Has estado en Argelia? —pregunté, encantada de que Llewellyn hubiera hecho comentarios tan lisonjeros sobre el sitio de mi inminente exilio.

—No, pero he estado buscando a alguien que fuera a Argelia en mi lugar. Querida, no te vayas de la lengua, pero creo que por fin he conseguido un cliente. Quizá estés al tanto de que he tenido que recurrir a la ayuda económica de Harry de vez en cuando…

Nadie conocía mejor que yo la magnitud de la deuda de Llewellyn con Harry. Aunque este no lo hubiese mencionado sin cesar, el estado de la tienda de antigüedades de Llewellyn en Madison Avenue era harto elocuente. Los dependientes te asaltaban al pasar como si fuera un local de venta de coches usados. Las tiendas de antigüedades con más éxito de todo Nueva York solo vendían mediante cita previa, no por emboscada.

—He descubierto un cliente que colecciona piezas rarísimas —explicaba Llewellyn—. Si logro localizar y comprar una que lleva años buscando, por fin podría ser independiente.

—¿Lo que busca tu cliente está en Argelia? —pregunté mirando de reojo a Blanche, que bebía un cóctel de champán y no parecía prestar atención—. Si finalmente voy a Argelia, pasarán tres meses antes de que me concedan el visado. Llewellyn, ¿por qué no vas tú mismo?

—No es tan sencillo —dijo él—. Mi contacto en Argelia es un anticuario. Sabe dónde está la pieza, pero no es suya. El dueño es un ser solitario. Habrá que invertir mucho esfuerzo y dedicación. Tal vez le resulte más fácil a alguien que esté viviendo…

—¿Por qué no le enseñas la foto? —susurró Blanche.

Llewellyn la miró, asintió y sacó del bolsillo una foto en color doblada que parecía arrancada de un libro. La extendió sobre la mesa ante mí.

Reproducía una talla de grandes dimensiones, al parecer de marfil o madera clara, de un hombre a lomos de un elefante. Estaba sentado en una especie de trono, que sostenían varios soldados de infantería. Alrededor de las patas del animal había hombres de mayor tamaño a caballo que portaban armas medievales. Era una talla extraordinaria, evidentemente muy antigua. Aunque no sabía a ciencia cierta qué significaba, mientras la observaba sentí un escalofrío. Miré hacia el ventanal.

—¿Qué te parece? —inquirió Llewellyn—. ¿No es excepcional?

—¿Notas la corriente de aire? —pregunté.

Llewellyn negó con la cabeza. Blanche aguardaba a que diera mi opinión.

—Es una copia árabe de una talla india en marfil —explicó Llewellyn— y se encuentra en la Biblioteca Nacional de París. Podrás echarle un vistazo si pasas por Europa. Tengo entendido que el original indio era en realidad una reproducción de una pieza mucho más antigua que aún no se ha encontrado. Se la conoce como «el Rey Carlomagno».

—¿Carlomagno montaba a lomos de un elefante? Creía que ese era Aníbal.

—No es una talla de Carlomagno, sino del rey de un juego de ajedrez que al parecer perteneció a Carlomagno. Y esta es la copia de otra copia. La pieza original es legendaria. No conozco a nadie que la haya visto.

—¿Y cómo sabes que existe? —pregunté.

—Existe —afirmó Llewellyn—. En La leyenda de Carlomagno se describe el juego completo de ajedrez. Mi cliente ya ha comprado varias piezas de la colección y desea completarla. Está dispuesto a pagar cifras astronómicas por las que le faltan. Solo quiere permanecer en el anonimato. Querida mía, todo esto es confidencial. Según la información que poseo, los originales son de oro de veinticuatro quilates con piedras preciosas incrustadas.

Miré a Llewellyn sin saber si le había entendido bien. Luego comprendí lo que tramaba.

—Llewellyn, en todos los países hay leyes que prohíben sacar oro y joyas del territorio, por no hablar de objetos de gran valor histórico. ¿Te has vuelto loco o pretendes que me encierren en una cárcel árabe?

—Ah, ahí está Harry —observó Blanche con calma y se puso en pie como si quisiera estirar sus largas piernas.

Llewellyn se apresuró a doblar la foto y se la guardó en el bolsillo.

—Ni una sola palabra a mi cuñado —susurró—. Volveremos a hablar antes de que partas hacia Argel. Si te interesa, puede que haya un buen pastón para los dos.

Meneé la cabeza y me levanté cuando Harry se acercó con una bandeja con vasos.

—Vaya, vaya —dijo Llewellyn—. Aquí está Harry con el ponche de huevo. ¡Ha traído uno para cada uno! ¡Qué generoso! —Se inclinó hacia mí y susurró—: Aborrezco el ponche de huevo. Es pura bazofia.

Cogió la bandeja de manos de Harry y lo ayudó a repartir los vasos.

Blanche consultó su reloj de pulsera salpicado de gemas y dijo:

—Querido, puesto que Harry ha vuelto y ya estamos todos, ¿por qué no vas a buscar a la pitonisa? Son las doce menos cuarto, y Cat debería conocer su porvenir antes de que comience el nuevo año.

Llewellyn asintió y se alejó, encantado de librarse del ponche de huevo. Harry lo miró receloso y comentó a Blanche:

—Es sorprendente. Llevamos veinticinco años de casados y todos los años, durante las fiestas de Navidad, me he preguntado quién echa el ponche en las macetas.

—Está delicioso —dije. Era una bebida espesa y cremosa, con un delicioso sabor a alcohol.

—Tu bendito hermano… —prosiguió Harry—. Durante todos estos años lo he mantenido y él se ha dedicado a echar en las macetas el ponche de huevo que preparo. Su propuesta de consultar a la pitonisa es la primera idea genial que ha tenido.

—En realidad fue Lily quien la recomendó —explicó Blanche—. ¡Dios sabe cómo se ha enterado de que en este hotel trabaja una adivina! Tal vez estuvo aquí por algún torneo de ajedrez —añadió secamente—. Se diría que hoy día los celebran en cualquier parte.

Mientras Harry hablaba hasta la náusea de apartar a Lily del ajedrez, Blanche se limitaba a hacer comentarios despectivos. Se responsabilizaban mutuamente de haber creado semejante aberración como única hija.

Lily no solo jugaba al ajedrez: no pensaba en otra cosa. No le interesaban en absoluto los negocios ni el matrimonio, dos espinas clavadas en el corazón de Harry. Blanche y Llewellyn detestaban los sitios y las personas «vulgares» que Lily frecuentaba. Para ser sinceros, la arrogancia obsesiva que el ajedrez engendraba en ella era difícil de soportar. Solo se sentía realizada en la vida moviendo una serie de piezas de madera sobre un tablero. En mi opinión, la actitud de su familia estaba justificada.

—Te contaré lo que me dijo la pitonisa de Lily —dijo Harry haciendo caso omiso de su esposa—. Dijo que una mujer joven que no forma parte de la familia desempeñaría un importante papel en mi vida.

—Como puedes imaginar, a Harry le encantó —comentó Blanche con una sonrisa.

—Dijo que en el juego de la vida, los peones son los latidos del corazón y que un peón puede cambiar su rumbo si lo ayuda una mujer. Creo que se refería a ti…

—Dijo que los peones son el alma del ajedrez —lo interrumpió Blanche—. Es una cita…

—¿Cómo es posible que la recuerdes? —se sorprendió Harry.

—Porque Llew la apuntó aquí, en una servilleta —respondió Blanche—. «En el juego de la vida, los peones son el alma del ajedrez. Hasta un humilde peón puede mudar de vestimenta. Alguien que amas cambiará el curso de las cosas. La mujer que la devuelva al redil cortará los vínculos conocidos y provocará el fin presagiado.» —Blanche dobló la servilleta y bebió un sorbo de champán sin mirarnos.

—¿Te das cuenta? —preguntó Harry eufórico—. Según mi interpretación, significa que obrarás un milagro… lograrás que durante una temporada Lily deje el ajedrez y lleve una vida normal.

—Yo en tu lugar no echaría las campanas al vuelo —apuntó Blanche con cierta frialdad.

En ese momento apareció Llewellyn tirando de la pitonisa. Harry se levantó para que la mujer se sentara a mi lado. Al principio creí que me estaban gastando una broma. La adivina era un ser estrafalario, una auténtica antigualla. Tenía el cuerpo encorvado y llevaba el pelo cardado en forma de burbuja; parecía una peluca. Me observó a través de sus lentes rodeadas de una montura en forma de ala de murciélago y tachonada de falsa pedrería. Las llevaba colgadas del cuello en una larga cadena de tiras de colores entrelazadas, como las que hacen los niños. Vestía un suéter rosa recamado de aljófares en forma de margaritas, pantalón verde holgado y zapatillas rosas con la marca Mimsy cosida en el empeine. Llevaba una carpeta con sujetapapeles que consultaba de vez en cuando, como si estuviera en una partida de bolos y llevara la cuenta de los tantos que se apuntaban los jugadores. Además, mascaba un chicle Juicy Fruit, cuyo aroma me llegaba a la nariz cada vez que abría la boca.

—¿Es vuestra amiga? —preguntó con voz aguda.

Harry asintió y le entregó cierta cantidad de dinero que la pitonisa colocó en el sujetapapeles antes de hacer una anotación. Luego se sentó entre Harry y yo y me miró.

—Querida, limítate a asentir si lo que dice es correcto —me pidió Harry—. Podrías distraerla si…

—¿Quién se ocupa de adivinar el porvenir? —espetó la vieja sin dejar de observarme a través de las gafas con sus ojillos redondos y brillantes.

Dicho esto, permaneció un buen rato en silencio. Al parecer no tenía prisa en decirme qué me deparaba el destino. Al cabo de unos minutos todos nos pusimos nerviosos.

—¿No debería leerme la mano? —pregunté.

—¡No debes hablar! —exclamaron Harry y Llewellyn a la vez.

—¡Silencio! —ordenó la pitonisa con tono malhumorado—. Es un caso complicado. Necesito concentrarme.

Desde luego, parecía muy concentrada. No me quitaba los ojos de encima desde que se había sentado. Miré el reloj de Harry. Faltaban siete minutos para las doce. La pitonisa no se movía. Parecía una estatua de piedra.

El entusiasmo crecía en el bar a medida que se acercaba la medianoche. La gente hablaba a voces, hacía girar las botellas en las champañeras y probaba los matasuegras, mientras se repartían bolsas de cotillón. La tensión del año vivido estaba a punto de estallar como una caja de sorpresas. Recordé las razones por las que prefería quedarme en casa en Nochevieja. La pitonisa parecía ajena a todo lo que ocurría. No dejaba de mirarme.

Aparté la vista. Harry y Llewellyn estaban inclinados, conteniendo la respiración. Blanche, repantigada en la silla, observaba impertérrita el perfil de la pitonisa. Cuando volví a mirar a la anciana, advertí que no se había movido. Parecía estar en trance y ver dentro de mí. Clavó la mirada en mis ojos y volví a sentir el escalofrío de antes, pero esta vez parecía proceder de mi interior.

—No digas nada —me susurró la adivina. Tardé un segundo en darme cuenta de que había movido los labios, de que era ella quien había hablado. Harry y Llewellyn se inclinaron aún más para oírla—. Corres un gran peligro. Percibo un gran peligro alrededor.

—¿Peligro? —preguntó Harry muy serio. En ese instante llegó la camarera con el champán. Harry le indicó por señas que lo dejara y se retirara—. ¿De qué habla? ¿Es una broma?

La pitonisa miraba el sujetapapeles y golpeaba el metal con el bolígrafo como si no supiera si debía proseguir. Yo estaba cada vez más enfadada. ¿Acaso pretendía asustarme? Súbitamente alzó la mirada. Debió de notar mi expresión de disgusto, pues esta vez fue al grano.

—Eres diestra —dijo—. En consecuencia, es tu mano izquierda la que describe tu destino. La derecha indica la dirección en que te mueves. Enséñame la mano izquierda.

Reconozco que es extraño, pero, mientras la adivina observaba en silencio mi mano izquierda, tuve la sobrecogedora sensación de que realmente veía algo. Los dedos flacos y sarmentosos que sujetaban mi mano parecían de hielo.

—¡Caray! —exclamó con expresión de sorpresa—. Jovencita, ¡vaya mano!

Siguió examinando la palma sin pronunciar palabra y abrió los ojos como platos tras las gafas adornadas con falsa pedrería. El sujetapapeles resbaló de su regazo al suelo y nadie lo recogió. Una energía contenida se acumulaba en torno a la mesa y nadie parecía tener ganas de hablar. Todos me observaban mientras el barullo crecía alrededor.

Mientras la pitonisa sostenía mi mano entre las suyas, sentí un dolor creciente en el brazo. Intenté retirarla, pero ella me la aferraba como un torno. Por algún motivo eso desató en mí una cólera irracional. Además, estaba un poco mareada a causa del ponche de huevo y el hedor del chicle. Separé sus dedos largos y huesudos con la otra mano e intenté hablar.

—Escucha —me interrumpió la adivina con voz suave, totalmente distinta del chillido agudo de hacía unos minutos.

Advertí que su acento no era norteamericano, aunque no logré identificarlo. Su pelo cano y el cuerpo encorvado me habían hecho suponer que era una mujer entrada en años; ahora vi que era más alta de lo que me había parecido y que tenía el cutis terso, sin apenas arrugas. Quise volver a hablar. Harry se había levantado y estaba de pie a nuestro lado.

—Esto es demasiado melodramático para mi gusto —afirmó, al tiempo que ponía una mano sobre el hombro de la pitonisa. Se metió la otra en el bolsillo y sacó unos cuantos dólares que tendió a la mujer—. ¿Qué tal si damos por terminada la juerga?

La pitonisa no le hizo el menor caso. Se inclinó hacia mí y murmuró:

—He venido a advertirte. Dondequiera que vayas, mira siempre hacia atrás. No confíes en nadie. Sospecha de todos. Las líneas de tu mano revelan… Es la mano del presagio.

—¿De qué presagio? —pregunté.

Volvió a cogerme la mano y siguió con los dedos las líneas, con los ojos cerrados, como si estuviera leyendo en Braille. Habló en un susurro, como si recordara algo, un poema que había oído muchos años atrás…

—Juego hay en estas líneas que componen un indicio. Apenas es ajeno a las casillas del ajedrez; cuatro en total deberán ser, y día y mes para evitar el jaque mate en un alarde. O cual realidad es el juego, o solo es ideal. Un conocimiento, una y mil veces nombrado, que llega muy tarde. Batalla de pieza blanca, librada desde el inicio. Exhausta negra, seguirá tratando de evitar su destino en balde. Como tú bien sabes, busca del treinta y tres y del tres el beneficio. Velado siempre, de ahí a la eternidad, el secreto umbral.

Guardé silencio cuando la adivina hubo acabado, y Harry permaneció de pie, con las manos en los bolsillos. No entendía nada de lo que la mujer había dicho, pero, curiosamente, tenía la sensación de que había estado antes allí, en ese bar, oyendo las mismas palabras. Lo consideré un déjà vu y le resté importancia.

—No tengo ni la más remota idea de lo que ha dicho —comenté.

—¿No lo entiendes? —preguntó ella, y me dedicó una sonrisa extraña, casi de complicidad—. Acabarás por entenderlo. ¿El cuarto día del cuarto mes no significa nada para ti?

—Sí, pero…

Se llevó un dedo a los labios y meneó la cabeza.

—No reveles a nadie su significado. Pronto comprenderás el resto. Es la mano del presagio, la mano del destino, y está escrito: «En el cuarto día del cuarto mes llegará el Ocho».

—¿De qué habla? —exclamó Llewellyn alarmado. Se estiró por encima de la mesa para coger a la pitonisa del brazo, pero ella se apartó.

En ese momento el bar se sumió en la más completa oscuridad. Se oían matasuegras por todas partes, se descorcharon las botellas de champán y todos los presentes gritaron al unísono: «¡Feliz Año Nuevo!». En las calles se lanzaban petardos. A la débil luz de las ascuas que quedaban en la chimenea, las siluetas de los celebrantes se movían como negros espíritus salidos de la obra de Dante. Sus gritos resonaban en la oscuridad.

Cuando las luces se encendieron, la pitonisa ya no estaba. Harry seguía de pie junto a la silla. Nos miramos sorprendidos a través del espacio que unos segundos antes había ocupado la mujer. Él soltó una carcajada y se inclinó para darme un beso en la mejilla.

—Feliz Año Nuevo, querida —dijo mientras me abrazaba tiernamente—. ¡Vaya porvenir meshugge te ha tocado en suerte! Está claro que mi idea ha resultado un fiasco. Lo siento.

Al otro lado de la mesa, Blanche y Llewellyn cuchicheaban agazapados.

—Eh, vosotros, acercaos. ¿Qué os parece si nos bebemos este champán que ha costado un ojo de la cara? —propuso Harry—. Cat, tú también necesitas una copa.

Llewellyn se levantó y vino a darme un beso.

—Querida Cat, estoy de acuerdo con Harry. Parece que hayas visto un fantasma.

La verdad es que estaba agotada. Lo atribuí a la tensión de las últimas semanas y a lo tarde que era.

—Qué vieja más espantosa —añadió Llewellyn—. Ha dicho un montón de estupideces sobre el peligro. Sin embargo, sus palabras parecían tener sentido para ti. ¿O son imaginaciones mías?

—Me temo que yo tampoco he entendido nada —contesté—. El ajedrez, los números y… ¿qué significa el ocho? ¿A qué ocho se refería? No he entendido nada.

Harry me dio una copa de champán.

—No te preocupes —intervino Blanche pasándome una servilleta llena de garabatos—. Llew ha tomado nota de todo; quédate con el papel. Tal vez más adelante despierte algún recuerdo. ¡Pero esperemos que no! Lo que ha dicho parecía muy deprimente.

—Vamos, solo era una diversión —observó Llewellyn—. Lamento que haya salido así. La pitonisa hablaba del ajedrez, ¿verdad? Lo de «dar jaque mate» y todo lo demás. Es bastante siniestro. Supongo que sabes que jaque mate, mejor dicho, «mate», proviene del vocablo persa Shah-mat. Significa «muerte al rey». Si a esto le sumamos el hecho de que ha dicho que corres peligro… ¿De verdad estás segura de que no le encuentras ningún significado? —insistió Llewellyn.

—Déjalo estar —intervino Harry—. Me equivoqué al pensar que mi porvenir estaba relacionado con Lily. Evidentemente todo esto es un disparate. Olvídalo o tendrás pesadillas.

—Lily no es la única persona que conozco que juega al ajedrez —repuse—. Tengo un amigo que solía participar en torneos…

—¿De veras? —preguntó Llewellyn con evidente interés—. ¿Lo conozco?

Negué con la cabeza. Blanche estaba a punto de decir algo cuando Harry le pasó la copa de champán. Se limitó a sonreír y beber.

—Ya está bien —concluyó Harry—. Brindemos por el nuevo año, nos depare lo que nos depare.

Al cabo de media hora ya nos habíamos terminado la botella. Recogimos nuestros abrigos, salimos del bar y subimos a la limusina, que mágicamente había aparecido ante la puerta. Harry pidió a Saul que me dejara en mi apartamento, cerca del East River. Cuando llegamos al edificio, Harry se apeó y me dio un fuerte abrazo de oso.

—Espero que el nuevo año te sea venturoso. Tal vez puedas hacer algo con mi intratable hija. Sinceramente, estoy seguro de que así será; lo he visto en mis astros.

—Y yo pronto veré las estrellas si no me voy a dormir —repuse e intenté disimular un bostezo—. Gracias por el ponche de huevo y el champán.

Estreché la mano de Harry, que esperó hasta que hube entrado en el vestíbulo casi a oscuras. El portero dormía, sentado muy tieso junto a la puerta. Ni siquiera se movió cuando atravesé el amplio y oscuro vestíbulo en dirección al ascensor. En el edificio reinaba un silencio sepulcral.

Apreté el botón y las puertas del ascensor se cerraron. Mientras subía, saqué del bolsillo del abrigo la servilleta y leí los garabatos. Seguían sin tener ningún sentido. Ya tenía bastantes problemas sin necesidad de imaginar otros por los que preocuparme. Sin embargo, cuando las puertas del ascensor se abrieron y caminé por el oscuro pasillo hacia mi apartamento, me pregunté por qué la pitonisa sabía que el cuarto día del cuarto mes era mi cumpleaños.