FIN DE LA PARTIDA

En el ajedrez, el único objetivo es demostrar tu superioridad sobre el rival, y la superioridad más importante, la suprema, es la superioridad de la mente. Es decir, el oponente ha de ser aniquilado. Por completo.

Gran maestro GARI KASPÁROV,

campeón mundial de ajedrez

Monasterio de Zagorsk, Rusia, otoño de 1993

Solarin sujetaba con firmeza la diminuta mano enguantada de su hija. Oía el crujir de la nieve bajo sus botas y veía su aliento alzándose en vaharadas plateadas mientras ambos cruzaban el amurallado e inexpugnable parque de Zagorsk: Troitse-Serguéi Lavra, el sublime monasterio de la Santa Trinidad y San Sergio de Radonezh, el patrono de Rusia. Ambos iban abrigados hasta las orejas, envueltos en las ropas que habían conseguido encontrar —bufandas de lana gruesa, gorros de cosaco de piel, gabanes— para resguardarse de aquella arremetida inesperada del invierno en medio de lo que debería haber sido el babié leto, literalmente, el «verano de las abuelas» o veranillo de San Martín. Sin embargo, el viento cortante penetraba hasta los huesos.

¿Por qué la había llevado a Rusia, una tierra de la que aún conservaba tantos recuerdos amargos de su pasado? ¿Acaso no había sido testigo de la destrucción de su propia familia durante el régimen de Stalin, en plena noche, siendo él apenas un niño? Había sobrevivido a la disciplina cruel del orfanato de la República Socialista Soviética de Georgia, donde lo habían dejado, y a aquellos años largos y sombríos en el Palacio de los Jóvenes Pioneros gracias, únicamente, a que otros habían descubierto las notables aptitudes del jovencito Alexander Solarin para el ajedrez.

Cat le había suplicado que no se arriesgara a volver, que no se arriesgara a llevar hasta allí a la hija de ambos. Había insistido en que Rusia era un peligro y, además, hacía veinte años que el propio Solarin no pisaba su patria. No obstante, Rusia no era ni por asomo lo que más temía su mujer, sino el juego, ese juego que les había costado tan caro a ambos. El juego que había estado a punto de acabar con su vida en común en más de una ocasión.

Solarin estaba allí por una partida de ajedrez, una partida crucial, la última partida de una larga semana de competición, y sabía que no presagiaba nada bueno que la hubieran trasladado en el último momento precisamente a aquel lugar, tan lejos de la ciudad.

Zagorsk, al que seguía haciéndose referencia por su nombre soviético, era el más antiguo de los lavras, o monasterios sublimes, integrantes del conjunto de monasterios-fortalezas que, desde la Edad Media, habían defendido Moscú durante seiscientos años, cuando, con la protección de san Sergio, habían hecho retroceder a las hordas mongolas. Con todo, en esos momentos era más rico y poderoso que nunca: sus museos e iglesias estaban repletas de iconos únicos y relicarios recubiertos de joyas y sus arcas rebosaban oro. A pesar de los tesoros que acumulaban, o tal vez a causa de ellos, la Iglesia de Moscú parecía tener enemigos en todas partes.

Solo hacía dos años que el sombrío y gris imperio soviético se había venido abajo, dos años de glásnost, perestroika y agitación. Sin embargo, la Iglesia ortodoxa de Moscú se había alzado de entre las cenizas, cual ave Fénix, como si hubiera renacido. El bogoiskatelstvo, «la búsqueda de Dios», de reminiscencias medievales, estaba en boca de todos. Las catedrales, iglesias y basílicas de Moscú habían revivido, cubiertas de dinero y una nueva capa de pintura.

Incluso a sesenta kilómetros, en la zona rural de Serguéi Posad, el inmenso parque de Zagorsk era un mar de edificios recién remodelados, con sus torretas y cúpulas bulbiformes esmaltadas con colores vivos y refulgentes: azules, añiles, verdes y salpicados de estrellas doradas. Solarin pensó que era como si ya no pudieran seguir refrenando aquellos setenta y cinco años de represión y de repente hubieran estallado en una lluvia de confeti de colores febriles. No obstante, sabía que tras los muros de aquellos bastiones seguía reinando la oscuridad.

Una oscuridad con la que estaba muy familiarizado, aunque sus tonalidades se hubieran atenuado. Como queriendo confirmar aquella convicción, había guardias apostados cada pocos metros a lo largo de los altos parapetos y el perímetro interior del muro, uniformados con una chaqueta de cuero negro de cuello alto y gafas de espejo, y pertrechados con una voluminosa arma bajo el brazo y un walkie-talkie en la mano. Tanto daba en qué año estuvieran, aquellos hombres siempre eran los mismos, igual que la omnipresente KGB que escoltaba a Solarin allí donde fuera en la época en que había sido uno de los grandes maestros soviéticos.

Solarin sabía que aquellos hombres eran integrantes del infame servicio secreto a las órdenes de la «mafia de los monjes de Moscú», como se los llamaba en Rusia. Se decía que la Iglesia rusa había formado una alianza con miembros desafectos del KGB, el Ejército Rojo y otros movimientos «nacionalistas», que poco o nada tenía de sagrada. De hecho, ese era el verdadero temor de Solarin, pues habían sido los monjes de Zagorsk quienes habían dispuesto la partida de ese día.

Al pasar junto a la iglesia del Espíritu Santo y encaminarse hacia el patio descubierto que debían cruzar hasta la sacristía, donde pronto habría de jugarse la partida, Solarin miró a su hija Alexandra, la pequeña Xie, quien seguía agarrándolo con fuerza de la mano. Ella le sonrió y le devolvió una mirada de ojos verdes llena de confianza. Solarin creyó que se le partía el corazón ante tanta belleza. ¿Cómo podían haber creado aquella criatura entre Cat y él?

Solarin no había sabido lo que era el miedo, el verdadero miedo, hasta que había tenido a su hija, por lo que en esos momentos estaba intentando no pensar en los guardias de aspecto fornido y armados que no les sacaban el ojo de encima desde lo alto de los muros. Era consciente de que se encaminaba de la mano de su hija hacia la guarida del león y se ponía enfermo solo de pensarlo, pero sabía que era inevitable.

El ajedrez lo era todo para ella. Sin él, Alexandra se sentía como un pez fuera del agua. Tal vez él tuviera parte de culpa, tal vez Xie lo llevara en los genes. Además, aunque todo el mundo se había opuesto, sobre todo la madre de la niña, Solarin estaba convencido de que probablemente aquel sería el torneo más importante de la corta vida de su hija.

A pesar de una semana de frío glacial, nieve, aguanieve y de la espantosa comida del torneo —pan negro, té negro y gachas—, Alexandra no había perdido el ánimo en ningún momento. Parecía que todo lo ajeno a los dominios del tablero de ajedrez le fuera indiferente. Había jugado como una estajanovista todos los días, cosechando un punto tras otro en cada partida, como un peón de albañil apilando ladrillos. Había perdido una sola vez en lo que llevaba de semana y ambos sabían que no podía permitirse otra derrota.

No le había quedado más remedio que llevarla hasta allí. En ese torneo se decidiría el futuro de su pequeña, ese día, en ese lugar, en Zagorsk, donde iba a jugarse la última partida. Tenía que ganar, pues los dos sabían que ese era el juego que convertiría a Xie, Alexandra Solarin, que aún no había cumplido doce años, en el gran maestro más joven de toda la historia del ajedrez.

Xie tiró de la mano de su padre y se apartó la bufanda para poder hablar.

—No te preocupes, papá, esta vez le ganaré.

Se refería a Vartan Azov, el joven genio ucraniano del ajedrez, solo un año mayor que Xie, y el único jugador del torneo que había conseguido derrotarla hasta el momento. Aunque en realidad no había derrotado a Xie, sino que esta había perdido ella solita.

Alexandra había empleado la defensa india de rey contra el joven Azov. Solarin sabía que era una de las favoritas de su hija, pues permitía que el valiente caballo negro (figura que para ella encarnaba a su padre y tutor) saltara al frente por encima de las cabezas de las demás piezas y tomara el mando. Tras un audaz sacrificio de la reina, que levantó murmullos entre los asistentes y le concedió el centro del tablero, parecía que la pequeña, intrépida y agresiva guerrera de Solarin se arrojaría como poco a las cataratas de Reichenbach y se llevaría consigo al joven profesor Azov en un abrazo mortal. Sin embargo, no habría de suceder.

Tenía un nombre: Amaurosis Scacchistica, ceguera ajedrecística. Todo jugador la había experimentado en algún momento de su vida, aunque preferían llamar metedura de pata a la incapacidad de prever un peligro obvio. A Solarin le había ocurrido una vez, cuando era muy joven. Según recordaba, era como caer en un pozo, como ir dando vueltas en plena caída libre sin saber qué es arriba y qué abajo.

En todo el tiempo que Xie llevaba jugando, solo le había pasado una vez, pero Solarin era consciente de que dos errores de ese tipo eran uno más del que podía permitirse. Ese día no podía volver a ocurrirle.

Antes de alcanzar la sacristía donde se jugaría la partida, Solarin y Xie se toparon con una barricada humana inesperada: una larga hilera de mujeres anodinas, vestidas con ropas gastadas y la cabeza cubierta con un pañuelo, que hacían cola en la nieve a la espera del inicio de las eternas misas conmemorativas diarias a las puertas del osario del famoso Troitski Sobor, la iglesia de la Santa Trinidad y San Sergio, donde estaban enterrados los huesos del santo. Aquellas pobres almas en pena —debía de haber unas cincuenta o sesenta— se persignaban compulsivamente a la manera ortodoxa, como poseídas por una histeria colectiva religiosa, sin apartar la mirada de la imagen del Salvador en lo alto del muro exterior de la iglesia.

Las mujeres, rezando entre gemidos en medio de los remolinos de nieve, formaban una barrera casi tan infranqueable como los guardias armados apostados en lo alto de los parapetos. Además, siguiendo la vieja tradición soviética, se negaban a moverse o a romper filas para dejar pasar a nadie por en medio de la cola, y Solarin tenía prisa.

Al reanudar el paso para rodear la larga hilera, vio la fachada del Museo de Arte por encima de las cabezas de las mujeres y, justo detrás, la sacristía y el tesoro, el lugar al que se dirigían a jugar la partida.

Habían engalanado la parte frontal del museo con una pancarta enorme y llamativa en la que aparecía la imagen de un cuadro y unas palabras dibujadas a mano que anunciaban, en cirílico y en inglés: SETENTA Y CINCO AÑOS DE ARTE SOVIÉTICO DE PALEJ.

El arte de Palej consistía en pinturas lacadas que a menudo representaban escenas inspiradas en cuentos populares y temas folclóricos. Durante mucho tiempo había sido el único arte primitivo o «supersticioso» aceptable para el régimen comunista, con el cual se adornaba todo en ese país, desde cajas en miniatura de papel maché hasta las paredes del Palacio de los Pioneros, donde Solarin, junto con otros cincuenta niños, había practicado sus defensas y contraataques durante más de doce años. En el tiempo que había vivido allí no había tenido acceso a libros de cuentos, tebeos o películas, por lo que las ilustraciones de Palej acerca de los relatos populares habían sido la única puerta del joven Alexander al reino de la fantasía.

Conocía muy bien el cuadro representado en la pancarta, era famoso, y además tenía la impresión de que le recordaba algo importante. Lo estudió con detenimiento mientras Xie y él intentaban sortear la larga cola de beatas enfervorizadas.

Era una escena del cuento popular ruso más famoso: el relato del pájaro de fuego. Existían muchas versiones que habían servido de inspiración a grandes obras de arte, literatura y música, desde Pushkin a Stravinski. La imagen de la pancarta representaba la escena en la que el príncipe Iván, agazapado toda la noche en los jardines de su padre, el zar, por fin ve la radiante ave que había estado comiéndose las manzanas doradas del soberano, e intenta darle caza. El pájaro de fuego consigue escapar, pero deja tras de sí una de sus fabulosas y mágicas plumas en el puño de Iván.

Era la famosa obra de arte de Alexander Kotujin, que colgaba en el Palacio de los Pioneros. Se decía que Kotujin, que pertenecía a la primera generación de artistas de Palej de la década de 1930, ocultaba mensajes secretos en los símbolos que utilizaba en sus pinturas, mensajes que los censores del Estado no siempre conseguían interpretar con facilidad, al contrario del campesinado analfabeto. Solarin se preguntó qué podría significar aquel mensaje con décadas de antigüedad y a quién iría dirigido.

Por fin llegaron al final de la larga cola de pacientes mujeres. Cuando Solarin y Xie torcieron para dirigirse hacia la sacristía, una anciana encorvada, tocada con un pañuelo de cabeza, un jersey raído y un cubo de latón en una mano, abandonó su puesto en la hilera y los rozó al pasar junto a ellos, sin dejar de persignarse con fervor. Tropezó con Xie, se inclinó a modo de disculpa y siguió adelante, hacia la explanada.

Cuando la anciana se hubo alejado, Solarin sintió que Xie le tiraba de la mano. La miró y vio que su hija extraía del bolsillo un pedazo de cartulina, en relieve: una entrada o un pase para la exposición de Palej, ya que llevaba impresa la misma imagen de la pancarta.

—¿De dónde ha salido eso? —le preguntó, aunque temía conocer la respuesta.

Se volvió hacia la mujer, pero había desaparecido en el parque.

—Esa señora me lo ha metido en el bolsillo —contestó Xie.

Cuando volvió a mirar a su hija, esta le había dado la vuelta a la cartulina y Solarin se la quitó. En el dorso había pegada una pequeña ilustración de un ave en pleno vuelo en el interior de una estrella islámica de ocho puntas. Debajo había tres palabras impresas en ruso:

Al leerlas, Solarin sintió el pulso en las sienes. Se volvió rápidamente en dirección al camino que había tomado la anciana, pero era como si esta se hubiera convertido en humo. En ese momento atisbó algo en el otro extremo de la fortaleza amurallada. Tras asomar entre el bosquecillo de árboles, la mujer desapareció de nuevo al doblar la esquina de los Aposentos del Zar, a más de cien pasos de ellos.

Justo antes de desvanecerse, la mujer volvió la vista atrás y miró directamente a Solarin, quien, a punto de seguirla, se detuvo en seco. A pesar de la distancia, consiguió distinguir sus claros ojos azules y el mechón de cabello rubio plateado que despuntaba bajo el pañuelo. No era una anciana, sino una mujer de gran belleza y misterio infinito.

Y no solo eso: conocía aquel rostro. Un rostro que jamás habría creído posible volver a ver en su vida.

Instantes después ya no estaba.

Se oyó decir: «No puede ser».

¿Cómo era posible? La gente no volvía de entre los muertos, y aunque lo hiciera, no podía seguir conservando el mismo aspecto de hacía cincuenta años.

—¿Conoces a esa señora, papá? —preguntó Xie en un susurro, para que nadie pudiera oírla.

Solarin hincó una rodilla en la nieve, junto a su hija, y la estrechó entre sus brazos, hundiendo la cara en la bufanda de Xie. Tenía ganas de llorar.

—Por un momento me ha parecido conocerla —contestó—, pero seguro que me he equivocado.

La abrazó con mayor fuerza, como si quisiera estrujarla. En todos esos años, nunca le había mentido a su hija… hasta ese momento. Sin embargo, ¿qué otra cosa iba a decirle?

—¿Qué pone en la cartulina? —le susurró Xie al oído—. La del pájaro volando.

Opasnost. Significa «peligro» —contestó Solarin, intentando reponerse.

Por amor de Dios, ¿en qué estaba pensando? Aquello no había sido más que una ilusión óptica provocada por una semana de tensión, mala comida y un frío de mil demonios. Tenía que ser fuerte. Se puso en pie y le dio a su hija un apretón en el hombro.

—¡Aunque puede que el único peligro sea que hayas olvidado cómo se juega!

Le dedicó una sonrisa que Xie no le devolvió.

—¿Qué más pone?

Berechsya ognyá —leyó—. Creo que es una referencia al pájaro de fuego o Fénix de la imagen. —Solarin guardó silencio un instante y luego la miró—. Significa «Cuidado con el fuego». —Respiró hondo—. Vamos, entremos ya. ¡A ver si le das una paliza a ese patzer ucraniano!

Desde el momento en que entraron en la sacristía de la Serguéi Lavra, Solarin supo que algo no iba bien. El recinto era frío y húmedo, igual de deprimente que todo lo demás durante ese supuesto «verano de las abuelas». Pensó en el mensaje de la mujer. ¿Qué significaba?

Taras Petrosián, el elegante nuevo rico que organizaba el torneo, con su caro traje italiano, estaba entregando un abultado fajo de rublos como si fuera calderilla a un monje enjuto con un cargado llavero, el monje que había abierto el recinto para la competición. Se decía que Petrosián había amasado su fortuna gracias a ciertos trapicheos poco limpios relacionados con varios de los restaurantes y clubes nocturnos de moda de los que era dueño. En ruso existía una palabra coloquial para aquello: blat. Contactos.

Los matones armados ya se habían introducido en el sanctasanctórum. Asomaban por todas partes, apoyados sin ningún disimulo contra las paredes de la sacristía, y no solo para entrar en calor. Entre otras cosas, aquel edificio bajo, achaparrado y discreto también se utilizaba como tesoro del monasterio.

La prodigalidad en oro y joyas de la iglesia medieval se exhibía en vitrinas de cristal iluminadas que descansaban sobre pedestales, repartidos por todo el recinto. Solarin pensó que sería difícil concentrarse en la partida de ajedrez con tanto destello cegador, pero sentado junto al tablero de juego ya estaba el joven Vartan Azov, quien no les había quitado de encima sus grandes ojos desde que habían entrado en la sala. Xie se soltó de la mano de su padre y fue a saludarlo. No era la primera vez que Solarin deseaba ver a Xie sacándole brillo al tablero con ese mocoso arrogante.

Tenía que quitarse aquel mensaje de la cabeza. ¿A qué se referiría la mujer? ¿Peligro? ¿Cuidado con el fuego? Y ese rostro que jamás podría olvidar, un rostro que pertenecía a sus sueños más oscuros, a sus pesadillas, a sus peores temores…

En ese momento la vio. Estaba en una vitrina de cristal, en el otro extremo de la sala. Solarin se acercó como un sonámbulo, atravesó la amplia superficie despejada de la sacristía y se detuvo delante del enorme expositor transparente.

En el interior había una figura que, como ya le había ocurrido antes, jamás habría creído posible volver a ver, algo tan absurdo y peligroso como el rostro de la mujer que había atisbado fuera. Algo que había permanecido enterrado, algo muy antiguo y muy lejano. Y, sin embargo, lo tenía delante de él.

Era una pesada talla de oro cubierta de joyas que representaba una figura ataviada con largas vestiduras, sentada en un pequeño pabellón con las colgaduras retiradas hacia atrás.

—La Reina Negra —susurró alguien a su lado. Solarin se volvió y se encontró con los ojos oscuros y el cabello despeinado de Vartan Azov—. Descubierta hace poco en la bodega del Hermitage de San Petersburgo —añadió el chico—, junto con los tesoros de Troya de Schliemann. Dicen que perteneció a Carlomagno y que podría llevar oculta desde la Revolución francesa. Es posible que se hubiera encontrado entre las posesiones de la zarina rusa Catalina la Grande. Es la primera vez que se exhibe al público desde su descubrimiento. —Vartan guardó un breve silencio—. La han traído aquí para la partida.

El terror cegó a Solarin. No oyó nada más: tenían que irse de allí de inmediato, pues aquella pieza era suya, la figura más importante de todas las que habían recuperado y enterrado. ¿Cómo había podido reaparecer en Rusia cuando la habían soterrado hacía veinte años a miles de kilómetros de allí?

¿Peligro? ¿Cuidado con el fuego? Solarin tenía que salir de allí y respirar aire fresco, tenía que huir con Xie al instante, la partida no importaba. Cat había tenido razón desde el principio, pero él todavía no era capaz de verlo, las piezas no le dejaban ver el tablero.

Solarin asintió educadamente en dirección a Vartan Azov y atravesó la sala en unas pocas y apresuradas zancadas. Cogió a Xie de la mano y se dirigió a la puerta.

—Papá, ¿adónde vamos? —preguntó Xie, desconcertada.

—A ver a esa señora —contestó su padre, de manera misteriosa—. A la señora que te dio la tarjeta.

—Pero ¿y la partida?

Alexandra perdería si no estaba presente cuando pusieran en marcha los relojes y eso daría al traste con todo por lo que habían estado trabajando con tanto ahínco durante tanto tiempo. Sin embargo, Solarin tenía que averiguarlo. Salió del recinto con Xie de la mano.

La vio en el otro extremo del parque desde lo alto de los peldaños de la sacristía. La mujer estaba junto a las portaladas, vuelta hacia él con una mirada llena de amor y comprensión. Solarin no se había equivocado, la conocía. En ese momento, el miedo transformó la expresión de la mujer al levantar la vista hacia el parapeto.

Apenas un instante después, Solarin siguió la dirección de aquella mirada y vio al guardia apostado en lo alto, en el antepecho, con el arma en la mano. Sin pensarlo, Solarin empujó a Xie hacia atrás, para protegerla con su cuerpo, y se volvió de nuevo hacia la mujer.

—Madre… —musitó.

Lo que sintió a continuación fue el fuego en la cabeza.

PRIMERA PARTE ALBEDO

PRIMERA PARTE

ALBEDO

Al comienzo de toda realización espiritual se encuentra la muerte en forma de «muerte para el mundo» […]. Al comienzo de la obra [la albedo o blanqueo], la materia más preciosa que el alquimista obtiene es la ceniza […].

TITUS BURCKHARDT,

Alquimia

Debes consumirte en tus propias llamas; ¡cómo pretendes renovarte sin haber sido antes ceniza!

FRIEDRICH NIETZSCHE,

Así habló Zaratustra

La Tierra Blanca

LA TIERRA BLANCA

Reza a Alá, pero manea tu camello.

Proverbio sufí

Janina, región de Albania, enero de 1822

Las odaliscas, concubinas del harén de Alí Bajá, estaban cruzando el puente cubierto de hielo que salvaba el pantano cuando oyeron los primeros gritos.

Haidée, la hija de doce años del bajá, escoltada por tres acompañantes, ninguna de las cuales superaba los quince años, agarró con fuerza la mano de la que tenía más cerca y juntas escudriñaron la oscuridad, sin atreverse a hablar ni a respirar. Vislumbraron el parpadeo de las antorchas a lo largo de la orilla lejana, al otro lado del inmenso lago Pamvotis, pero nada más.

Los gritos se hicieron más apremiantes, más estridentes, alaridos roncos, jadeantes, como de animales enfrentados en el bosque. Sin embargo, aquellos pertenecían a seres humanos, y no a los cazadores, sino a las presas. Voces masculinas resonando al otro lado del lago, azuzadas por el miedo.

Sin previo aviso, un cernícalo solitario levantó el vuelo de entre las tiesas eneas delante de las jóvenes agazapadas y pasó por su lado en silencio, a la caza de su presa bajo la luz que precede al alba. Las voces y las antorchas se desvanecieron como si se las hubiera tragado la niebla. El lago oscuro descansaba en un silencio argentino, una calma más sombría que los gritos que la habían precedido.

¿Habría comenzado?

Allí, en el puente flotante de madera, protegidas únicamente por las tupidas hierbas del pantano que las envolvía, las odaliscas y su joven pupila no sabían qué hacer, si desandar sus pasos hasta el harén de la isla diminuta o bien continuar hasta el hamam humeante, los baños al borde de la orilla, donde se les había ordenado que llevaran a la hija del bajá sin dilación antes del alba, bajo amenaza de recibir un castigo severo. Un acompañante estaría esperándolas junto al hamam para llevarla junto a su padre, a caballo, al amparo de la oscuridad.

El bajá nunca había emitido una orden similar y no podía ser desobedecida. Haidée iba vestida para la excursión con unos bombachos de cachemira gruesa y botas forradas de piel, pero las odaliscas, paralizadas por la indecisión en medio del puente, temblaban antes por miedo que por frío, incapaces de moverse. Protegida como lo había estado durante toda su vida, la joven Haidée sabía que aquellas campesinas ignorantes preferirían el calor y la seguridad del harén, rodeadas de sus compañeras esclavas y concubinas, a las aguas heladas del lago con sus peligros ocultos y desconocidos. En realidad, ella también.

Haidée rezó en silencio, suplicando una señal que explicara el significado de aquellos alaridos escalofriantes.

En ese momento, como en respuesta a su muda petición, a través de la oscura bruma matinal que cubría el lago, vislumbró el fuego que había ardido como una almenara y que alumbraba la mole imponente del palacio del bajá. Parecía alzarse desde las aguas, adentrándose en el lago sobre su lengua de tierra, con sus murallas almenadas de granito blanco y sus minaretes apuntados refulgiendo entre la neblina: Demir Kule, el castillo de hierro. Formaba parte de una fortificación amurallada, un castro, a la entrada de aquel lago de más de nueve kilómetros y medio, y había sido construido para resistir el embate de diez mil ejércitos. En los dos últimos años de asedio armado al que lo habían sometido los turcos otomanos, había demostrado ser inexpugnable.

Tan inexpugnable como aquel terreno montañoso e impracticable —Shquiperia, la tierra del águila—, un lugar agreste e indomable gobernado por pueblos agrestes e indomables que se hacían llamar toska por la áspera piedra pómez volcánica de la que estaba formada aquella tierra. Los turcos y los griegos la llamaban Albania, la tierra blanca, por sus montañas escarpadas coronadas de nieve, que la protegían de los ataques por mar y tierra. Sus habitantes, la raza más antigua de la Europa sudoriental, seguían hablando la lengua ancestral, una lengua anterior al ilírico, al macedónico o al griego: quimera, una lengua que no se hablaba en ningún otro lugar de la tierra.

Y el más agreste y quimérico de todos era el padre de Haidée, el pelirrojo Alí Bajá, Arslan, «el león», como lo llamaban desde que tenía catorce años cuando, junto con su madre y la banda de forajidos de esta, había vengado la muerte de su padre en un ghak, una disputa sangrienta, para recuperar la población de Tebelen. Sería la primera de muchas victorias implacables.

Ahora, casi setenta años después, Alí Tebeleni —valí de Rumelia, bajá de Janina— había creado una flota que rivalizaba con la de Argel y había tomado todas las poblaciones costeras hasta Parga, posesiones que una vez pertenecieron al imperio veneciano. No temía a ninguna potencia, ya fuera oriental u occidental. Después del sultán, era el hombre más poderoso del remoto Imperio otomano. En realidad, demasiado poderoso. Ese era el problema.

Hacía semanas que Alí Bajá se había retirado junto con un pequeño séquito —doce de sus partidarios más acérrimos y la madre de Haidée, Vasiliki, la esposa favorita del bajá— a un monasterio en medio del gran lago. Estaba esperando el perdón del sultán, Mahmud II, en Estambul, un perdón que llevaba ocho días de retraso. El único seguro de vida del bajá era la contundente e inexpugnable existencia de Demir Kule. La fortaleza, defendida por seis baterías de morteros británicos, también se había pertrechado con nueve mil kilos de explosivos franceses. El bajá había amenazado con destruirla haciéndola volar por los aires, junto con los tesoros y las vidas que defendía intramuros, si el perdón prometido por el sultán no se hacía realidad.

Haidée comprendió que esa debía de ser la razón por la cual el bajá había ordenado que la llevaran junto a él, al abrigo de la oscuridad: había llegado el momento de la verdad. Su padre la necesitaba y se prometió acallar cualquier miedo.

En ese momento, en medio de un silencio sepulcral, Haidée y sus doncellas oyeron algo, un sonido suave, aunque infinitamente aterrador. Un sonido que se había iniciado muy cerca de ellas, a escasos metros de donde se encontraban, al amparo de las altas hierbas.

Era el sonido de unos remos hendiendo el agua.

Como si se hubieran leído el pensamiento, las jóvenes contuvieron la respiración y se concentraron en aquel chapoteo. Estaban a apenas un palmo del lugar de donde provenía.

A través de la densa y plateada bruma, vieron pasar por su lado tres grandes botes deslizándose sobre las aguas. Cada esbelto caique estaba impulsado por la silueta borrosa de unos remeros, tal vez diez o doce sombras por embarcación, más de treinta hombres en total. Sus perfiles se balanceaban al unísono.

Aterrada, Haidée adivinó el único lugar al que podían dirigirse los esquifes. Solo había un único destino posible aguas adentro, en medio del vasto lago. Aquellos botes y sus remeros clandestinos se dirigían a la isla de Nisi, donde se alzaba el monasterio: la isla donde se refugiaba Alí Bajá.

Comprendió que debía llegar al hamam cuanto antes, tenía que alcanzar la orilla, donde la esperaba el jinete del bajá. Halló la explicación de los gritos aterrados y del silencio y la pequeña fogata que les siguieron: eran advertencias para los que esperaban el alba, para los que aguardaban en la isla del lago. Advertencias enviadas por quienes probablemente habían arriesgado su vida para encender la hoguera. Advertencias para su padre.

Eso quería decir que el inexpugnable Demir Kule había sido tomado sin un solo disparo. Los valientes defensores albaneses que habían resistido durante dos largos años habían sido sorprendidos en medio de la noche, ya fuera con sigilo o a traición.

Y Haidée sabía muy bien qué significaba eso: los esquifes que pasaban junto a ellas no eran unas barcas cualesquiera.

Eran embarcaciones turcas.

Alguien había traicionado a su padre, Alí Bajá.

La oscuridad envolvía a Mehmet Efendi en lo alto del campanario del monasterio de San Pantaleón, en la isla de Nisi. El hombre sostenía el catalejo a la espera de las primeras luces del alba con una angustia y un temor desacostumbrados.

Una inquietud insólita en un Mehmet Efendi que a lo largo de muchas albas siempre había sabido qué traería la siguiente. Conocía ese tipo de cosas, el desarrollo de acontecimientos futuros, con meridiana precisión. De hecho, por lo general era capaz de predecir el momento en que ocurriría con total exactitud, y esto se debía a que Mehmet Efendi no era tan solo el primer ministro de Alí Bajá en cuanto al desempeño de sus labores públicas se refiere, sino también el primer astrólogo del bajá. Mehmet Efendi jamás había errado la predicción del resultado de una maniobra táctica o una batalla.

Esa noche no habían salido las estrellas y tampoco había habido luna que poder consultar, pero no le hacían falta esas cosas. Las señales nunca habían sido tan claras como durante los últimos días y semanas. En esos momentos, lo único que lo hacía vacilar era su interpretación. Aunque, ¿por qué habría de ser así?, se castigaba. Al fin y al cabo, todo estaba en su lugar, ¿no era cierto? Lo que se había predicho, sucedería.

Los doce estaban allí. Todos ellos —no solo el general, sino también los shaijs, los mursides de la orden—, incluso el gran Baba Shemimi, a quien habían arrancado del lecho de su cercana muerte y habían llevado hasta allí en litera, atravesando la cordillera del Pindo, para que pudiera llegar a tiempo para el gran acontecimiento. El acontecimiento esperado durante más de mil años, desde los días de los califas al-Mahdi y Harun al-Rashid. Las personas adecuadas estaban en el lugar correcto, igual que las señales. ¿Cómo iba a salir mal?

Al lado de Efendi, esperando en silencio, se hallaba el general Athanasi Vaya, jefe de los ejércitos del bajá, cuyas brillantes estrategias habían mantenido a raya a los ejércitos otomanos del sultán Mahmud II esos dos últimos años. El general Vaya lo había logrado empleando a los bandidos kleftes, dedicados al pillaje, para que defendieran de las invasiones los altos pasos de montaña. A continuación había desplegado las avezadas tropas albanesas de palikaria de Alí Bajá, inspirándose en las guerrillas y los actos de sabotaje de las tácticas militares francas. Por ejemplo, al final del último Ramadán, estando los oficiales del sultán Mahmud todavía dentro de la Mezquita Blanca de Janina entonando los rezos del Bairam, Vaya había ordenado a los palikaria que demolieran el lugar a cañonazos. Los oficiales otomanos, junto con la mezquita, habían quedado reducidos a cenizas. Sin embargo, la verdadera genialidad de Vaya radicaba en el propio ejército del sultán: los jenízaros.

Los decadentes sultanes otomanos —cómodamente instalados en sus harenes de la «Jaula de Oro» del palacio de Topkapi, en Estambul— siempre habían nutrido sus tropas imponiendo una leva llamada devshirme, el «tributo filial», a las provincias cristianas remotas. Cada año, uno de cada cinco jóvenes cristianos era arrancado de su aldea y llevado a Estambul, donde debía convertirse al islam y alistarse en el ejército del sultán. A pesar de que los mandamientos del Corán se oponían a la conversión forzosa al islam, o a la venta de musulmanes como esclavos, el devshirme llevaba quinientos años en vigor.

Esos niños, sus sucesores y descendientes, se habían convertido en un ejército poderoso e implacable que ni siquiera la Sublime Puerta conseguía controlar. Cuando las tropas de jenízaros se hallaban desempleadas, no vacilaban en prender fuego a la capital o en robar a los civiles por la calle, ni siquiera en derribar a los sultanes de sus tronos. Mahmud II, consciente de que sus dos antecesores habían sucumbido a las acciones vandálicas de los jenízaros, había decidido que había llegado el momento de ponerles fin.

Sin embargo, la historia habría de dar un giro inesperado y sería precisamente allí, en la Tierra Blanca. El problema radicaba en la razón por la que el sultán Mahmud había enviado a sus tropas a las montañas, la razón por la que llevaban dos años sitiando aquellas tierras, la razón por la que sus vastos ejércitos habían estado esperando a las puertas del castro para bombardear la fortaleza de Demir Kule. Con todo, el problema también explicaba por qué todavía no habían logrado la victoria y por qué los jenízaros no habían demolido la fortificación. Dicho dilema era lo que esa noche reforzaba la confianza del primer ministro Mehmet Efendi y su compañero, mientras seguían allí de pie, vigilantes, en el campanario de San Pantaleón, bajo la luz que precede al amanecer.

Solo había una cosa sobre la faz de la tierra que los omnipotentes jenízaros consideraban sagrada, algo que llevaban venerando durante los quinientos años de existencia de su cuerpo militar, y ese algo era la memoria de Haci Bektas Veli, el místico sufí del siglo XIII, fundador de la orden de derviches bektasí. Haci Bektas era el pir de los jenízaros, su patrón.

Esa era la verdadera razón por la cual el sultán temía tanto a su propio ejército y por la que se había visto obligado a reforzar las tropas que luchaban en aquel territorio con mercenarios procedentes de otras tierras gobernadas por bajás a lo largo y ancho de sus extensos dominios.

Los jenízaros se habían convertido en una seria amenaza para el imperio. Como verdaderos sectarios, hacían un juramento de lealtad imbuido de códigos místicos secretos. Peor aún, solo juraban lealtad a su pir, no a la casa de Osmán o a su sultán, atrapado en la Jaula de Oro del Cuerno de Oro.

«He depositado mi confianza en Dios», así empezaba el juramento de los jenízaros.

Somos antiguos creyentes. Hemos profesado la unicidad de la Realidad. Nuestra cabeza hemos ofrecido en esta senda. Tenemos un profeta. Desde los tiempos de los santos místicos, hemos sido los arrobados. Somos la mariposa de la luz del fuego sagrado. Somos una compañía de derviches errantes en este mundo. No se nos puede contar con los dedos, no se nos puede vencer con el desánimo. Solo nosotros conocemos nuestra condición. Los doce imames, los doce caminos, todos los hemos confirmado: los Tres, los Siete, los Cuarenta, la luz del Profeta, la bondad de Alí, nuestro pir, el sultán supremo, Haci Bektas Veli…

Mehmet Efendi y el general Vaya sentían un gran alivio sabiendo que el mayor representante bektasí sobre la tierra —el dede, el baba de mayor edad— había atravesado las montañas para estar allí esa noche, para presenciar el acontecimiento que todos habían esperado. Baba Shemimi, el único que conocía los misterios verdaderos y lo que anunciaban los augurios.

Sin embargo, a pesar de todas las señales, al parecer, algo podía haber salido mal.

El primer ministro Efendi se volvió hacia el general Vaya en la oscuridad del campanario del monasterio.

—No entiendo esta señal —le confesó a su compañero.

—¿Te refieres a las estrellas? Amigo mío, nos has asegurado que no hemos de preocuparnos por ellas —protestó el general Vaya—. Hemos seguido tus dictados astrológicos al pie de la letra. Como tú siempre dices: ¡«Con-siderar» significa estar con las estrellas, «des-astre» significa ir en su contra! Además —continuó el general—, aunque tus predicciones fueran completamente erróneas y el castro acabara destruido junto con sus millones en joyas y sus miles de barriles de pólvora, como ya sabes, aquí todos somos bektasíes, ¡incluido el bajá! Puede que hayan reemplazado a sus cabecillas por hombres del sultán, pero ni siquiera ellos se han atrevido a acabar con nosotros. Ni lo intentarán mientras el bajá posea eso que todos codician. Además, no olvides que aún nos queda una salida estratégica.

—Nada temo —aseguró Mehmet Efendi, tendiéndole el catalejo al general—. No sé explicarlo, pero es como si hubiera ocurrido algo. No se ha oído ninguna explosión, se acerca el alba y una pequeña hoguera arde al otro lado del lago, como una almenara…

Arslan Alí Bajá, el león de Janina, recorría sin descanso los fríos suelos embaldosados de sus aposentos monásticos. Aquella angustia era nueva para él, aunque no era por su persona por quien temía, desde luego. No se hacía ilusiones acerca de su futuro. Al fin y al cabo, los turcos estaban en la otra orilla y conocía muy bien su forma de proceder.

En fin, sabía qué ocurriría: su cabeza acabaría ensartada en una lanza, como sus dos pobres hijos, quienes habían sido lo bastante ingenuos para confiar en el sultán. Conservarían su cabeza en sal para el largo viaje por mar y luego la llevarían a Estambul, a modo de advertencia para aquellos bajás que se hubieran permitido delirios de grandeza. Su cabeza, como la de sus hijos, acabaría clavada en una pica de hierro, en lo alto de las portaladas del palacio de Topkapi —la Puerta Excelsa, la Sublime Puerta—, para disuadir a los demás infieles de alzarse en rebelión.

Aunque él no era un infiel. Nada más lejos, por mucho que su esposa fuera cristiana. Estaba angustiado por su amada Vasiliki y por su pequeña Haidée. Ni siquiera tenía el valor de imaginar qué les ocurriría en cuanto él muriera. Su esposa favorita y su hija… Ahora los turcos ya tenían algo con que poder torturarlo, tal vez incluso en la otra vida.

Recordaba el día en que había conocido a Vasiliki; de hecho, aquel encuentro había inspirado más de una leyenda. Por entonces, su mujer tenía la misma edad que Haidée en esos momentos, doce años. Ese día de tantos años atrás, el bajá había entrado en la ciudad de Vasiliki a lomos de su enjaezado y nervioso corcel albanés, Derviche. Alí iba al frente de sus tropas de palikaria de las montañas, hombres recios de espaldas anchas, cabello largo y ojos grises, vestidos con chalecos de bordados llamativos, peludos capotes de piel de carnero y armados con puñales y pistolas con culatas de taracea que llevaban enfundados en el fajín. Habían acudido en una misión de castigo contra la ciudad, siguiendo órdenes de la Puerta.

El bajá, a sus sesenta y cuatro años, aún conservaba un porte elegante blandiendo su cimitarra engarzada de rubíes en una mano y llevando colgado de la espalda el famoso mosquete con incrustaciones de nácar y plata que le había regalado el emperador Napoleón. ¿Cuánto hacía? ¿Ya habían pasado diecisiete años desde el día en que la joven Vasiliki había rogado al bajá que les perdonara la vida a ella y a su familia? La había adoptado y se la había llevado a Janina.

Vasiliki se había criado en medio de un gran lujo en sus muchos palacios, con patios repletos de cantarinas fuentes de mármol, parques sombreados de plátanos, naranjos, granados, limoneros e higueras, estancias lujosas llenas de tapices gobelinos, porcelana de Sèvres y arañas de cristal veneciano. Había educado a Vasiliki como a su propia hija y la había amado más que a ninguno de sus otros vástagos. Alí Bajá la había desposado con dieciocho años, estando Vasiliki embarazada de Haidée, y jamás se había arrepentido de aquella elección… hasta ese día.

Un día en el que, por fin, tendría que contar la verdad.

Vasia. Vasia. ¿Cómo podía haber cometido tamaño error? Tal vez lo explicaba la edad. ¿Cuántos años tenía? Ni siquiera lo sabía. ¿Ochenta y tantos? Sus días leoninos habían llegado a su fin. No viviría mucho más, de eso estaba seguro. Ya no podía hacer nada por él, ni por su amada esposa.

Sin embargo, había algo más, algo que no debía caer en las garras de los turcos, algo crucial. Algo más importante que la vida o la muerte; por eso Baba Shemimi había recorrido ese largo camino.

Y por eso Alí Bajá había enviado al chico al hamam a recoger a Haidée. El joven Kauri, el jenízaro —un πεµπτοσ, un pemptos, un quinto—, uno de los chicos del devshirme, uno de cada cinco niños cristianos que habían sido reclutados año tras año durante los cinco siglos anteriores para nutrir las filas del cuerpo de jenízaros.

Aunque Kauri no era cristiano, era musulmán de nacimiento. De hecho, según Mehmet Efendi, podría ser que Kauri estuviera relacionado con las señales y que fuera el único en quien podían confiar para completar aquella misión desesperada y peligrosa.

Alí Bajá rezaba a Alá para que no fuera demasiado tarde.

Kauri, presa del pánico, rezaba exactamente lo mismo.

Espoleó el gran corcel negro por la oscura orilla del lago, con Haidée aferrada con fuerza a su espalda. Había recibido la orden de llevarla hasta la isla con la mayor discreción posible, al amparo de la noche.

Sin embargo, cuando la joven hija del bajá y sus aterrorizadas doncellas llegaron al hamam y le informaron de que había embarcaciones cruzando el lago, embarcaciones turcas, Kauri abandonó toda precaución. No tardó en comprender que no importaba las órdenes que le hubieran dado; a partir de ese momento las reglas desde luego habían cambiado.

Las jóvenes le habían dicho que los intrusos avanzaban despacio, intentando no llamar la atención. Kauri sabía que, para llegar hasta la isla, los turcos tendrían que superar más de cuatro millas a fuerza de remo. Si Kauri salvaba el lago a caballo hasta donde había amarrado el pequeño bote entre los juncos, en el otro extremo, reduciría a la mitad el tiempo que tardarían en llegar a la isla, justo lo que necesitaban.

Kauri tenía que alcanzar el monasterio antes que los turcos, para avisar a Alí Bajá.

En el extremo más alejado de las inmensas cocinas del monasterio, las ascuas ardían en el oçak, el hogar bajo el caldero sagrado de la orden. En el altar de la derecha habían encendido las doce velas y, en el centro, la vela secreta. Todos los que entraban en la estancia cruzaban el umbral sacro sin tocar los pilares o el suelo.

En el centro de la habitación, Alí Bajá, el gobernante más poderoso del Imperio otomano, estaba tumbado boca abajo en la alfombra de rezos, extendida sobre el frío suelo de piedra. Ante él, enterrado en una montaña de cojines, descansaba el gran Baba Shemimi, quien había iniciado al bajá muchos años atrás. Era el pirimugan, el guía perfecto de todos los bektasíes del mundo. El rostro marchito del baba, atezado y arrugado como una pasa, estaba imbuido de una sabiduría ancestral adquirida a lo largo de toda una vida dedicada a seguir la Vía. Se decía que Baba Shemimi tenía más de cien años.

El anciano, envuelto todavía en su hirka para conservar el calor, se había dejado caer en la montaña de cojines como una hoja frágil y seca descendiendo del cielo con un suave balanceo. Llevaba el antiguo elifi tac, el tocado dividido en doce segmentos que, según se decía, el propio Haci Bektas Veli había entregado a la orden hacía quinientos años. El baba sostenía en la mano izquierda el bastón ceremonial de madera de morera coronado por el palihenk, la piedra sagrada de doce facetas. La mano derecha descansaba sobre la cabeza reclinada del bajá.

El anciano paseó la mirada por la estancia observando a quienes lo rodeaban, arrodillados en el suelo: el general Vaya, el ministro Efendi, Vasiliki, los shaijs y mursides soldados de la orden bektasí sufí, así como varios monjes de la Iglesia ortodoxa griega amigos del bajá, guías espirituales de Vasiliki y sus anfitriones en la isla durante aquellas últimas semanas.

A un lado se sentaban un joven, Kauri, y la hija del bajá, Haidée, quienes les habían llevado la noticia que había impelido a Baba Shemimi a convocar aquella reunión. Se habían quitado las capas de montar, manchadas de barro, y habían llevado a cabo las abluciones rituales antes de entrar en el espacio sagrado y acercarse al santo baba, igual que los demás.

El anciano apartó la mano de la cabeza de Alí Bajá cuando hubo acabado la bendición. El bajá se levantó, hizo una reverencia y besó el borde del manto del baba antes de arrodillarse junto con los demás en el círculo que rodeaba al gran santo. Todos conocían lo precario de la situación, por lo que prestaron gran atención a las palabras cruciales que pronunciaría Baba Shemimi.

Nice sirlar vardir sirlardan içli —dijo el baba.

«Existen muchos misterios, misterios tras los misterios.»

Era la conocida doctrina del mursid, la cual establece que no ha de tenerse un solo shaij o maestro de la ley, sino también un mursid o guía humano que lo acompañe a través del nasip, la iniciación, y de las siguientes «cuatro puertas» hacia la Realidad.

Desconcertado, Kauri se preguntó cómo iba a preocuparse nadie por esas cosas en un momento como aquel, con los turcos a punto de llegar a la isla. El joven miró furtivamente a Haidée, a su lado.

Entonces, como si le hubiera leído el pensamiento, el anciano se echó a reír de manera inesperada, estentórea y socarrona. Los que formaban un círculo alrededor levantaron la vista, sorprendidos, aunque todavía habrían de sorprenderse aún más: con gran esfuerzo, Baba Shemimi dejó el bastón de madera de morera en la montaña de cojines y se dio maña en levantarse. Al instante, Alí Bajá se adelantó de un salto, apresurándose a ayudar a su mentor, pero lo detuvo en seco el brusco ademán que el anciano le hizo con la mano.

—¡Tal vez os estéis preguntando por qué hablamos de misterios en esta hora, con infieles y lobos a las puertas! —exclamó—. Solo hay uno que requiera nuestra atención antes de la llegada del alba: es el secreto que Alí Bajá ha custodiado por nosotros de manera magistral durante mucho tiempo. Es el misterio que ha traído a nuestro bajá a esta roca, el misterio que atrae a esas aves de rapiña hasta aquí. Es mi deber revelaros su naturaleza y la razón por la que todos los presentes debemos defenderlo a cualquier precio. Aunque puede que muchos de los que nos hallamos en esta estancia encontremos sinos distintos antes de que acabe el día, y tal vez algunos de nosotros tengamos que luchar por nuestra vida o acabemos presos de los turcos para acatar un destino quizá más cruel que la muerte, solo hay una persona en esta habitación en posición de salvaguardar el misterio. Y gracias a nuestro joven guerrero, Kauri, esa persona ha llegado justo a tiempo.

El baba hizo una breve inclinación de cabeza y sonrió en dirección a Haidée, al tiempo que los demás volvían la vista hacia ella. Es decir, todos menos su madre, Vasiliki, quien miraba a Alí Bajá con una expresión en la que parecía mezclarse el amor con la angustia y el miedo.

—Tengo algo que contaros —prosiguió Baba Shemimi—. Se trata de un misterio que ha sido transmitido y protegido durante siglos. Soy el último guía de una larga sucesión de guías que han transferido este misterio a sus sucesores. Debo contaros la historia con apremio y concisión, pero aun así he de contárosla… antes de que lleguen los asesinos del sultán. Debéis ser conscientes de la importancia de aquello por lo que luchamos y por qué hemos de protegerlo, incluso con nuestra vida.

»Todos conocéis este popular hadi o proverbio de Mahoma —dijo el baba—. Estas famosas líneas están grabadas sobre el dintel de muchos salones bektasíes, palabras que se le atribuyen al propio Alá: “Yo era un tesoro oculto y deseaba darme a conocer, así pues creé el mundo, a fin de ser conocido”.

»La historia que voy a relataros está relacionada con otro tesoro oculto, un tesoro de gran valor, pero también de gran peligro. Un tesoro que ha sido buscado durante más de un milenio. Solo los guías han llegado a conocer con los años el verdadero origen y significado de este tesoro, que ahora compartiré con vosotros.

Todo el mundo asintió; eran conscientes de la importancia del mensaje que Baba Shemimi estaba a punto de transmitirles, de la verdadera trascendencia de su presencia en ese lugar. Nadie dijo nada mientras el anciano se quitaba el elifi tac sagrado de la cabeza, lo dejaba sobre los cojines y se despojaba de su largo manto de piel de carnero para quedarse allí, en medio de los almohadones, vestido con un sencillo caftán de lana. Apoyándose en su báculo de madera de morera, el baba se dispuso a desgranar su historia.

EL RELATO DEL GUÍA

En el año 138 de la Hégira (o, según el calendario cristiano, en el 755 de Nuestro Señor), vivía en Kufa, cerca de Bagdad, el gran matemático y científico sufí al-Jabir al-Hayan de Jurasán.

Durante la larga estancia de Jabir en Kufa, este escribió numerosos tratados científicos de gran erudición, entre los que se incluía El libro de la balanza, la obra que acreditó la gran reputación de Jabir como padre de la alquimia islámica.

Menos conocido es el hecho de que nuestro amigo Jabir también fuera discípulo entregado de otro habitante de Kufa: Yaafar al-Sadik, sexto imam de la rama shií del islam desde la muerte del Profeta y descendiente directo de Mahoma a través de su hija, Fátima.

Por entonces, los seguidores shiíes no aceptaban más que ahora la legitimidad de la línea de los califas de la secta islámica suní, es decir, los amigos, compañeros o familiares, pero no descendientes directos, del Profeta.

Tras la muerte del Profeta, la ciudad de Kufa fue durante cientos de años semillero de agitación y rebeliones contra las dos dinastías suníes sucesivas que, entre tanto, conquistaron medio mundo.

A pesar de que los califas de la cercana Bagdad eran suníes, Jabir dedicó de manera abierta y sin temor —algunos incluso añaden que insensatamente— su tratado místico sobre la alquimia, El libro de la balanza, a su famoso guía, el sexto imam Yaafar al-Sadik. Sin embargo, ¡ahí no quedó todo! En la dedicatoria del libro, aseguraba que él era el único portavoz de la sabiduría de alSadik y que había adquirido su tawil, la hermenéutica espiritual relacionada con la interpretación simbólica de significados ocultos dentro del Corán, a través de su mursid.

Según la ortodoxia oficial de aquellos tiempos, esa admisión habría bastado por sí sola para acabar con Jabir. No obstante, una década después, en el año 765 de Nuestro Señor, ocurrió algo incluso más peligroso para él: el sexto imam, al-Sadik, falleció. Jabir fue llevado a Bagdad gracias a su reputación como científico y pasó a convertirse en el químico oficial de la corte, primero durante el reinado del califa al-Mansur y luego durante el de sus sucesores, al-Mahdi y Harun al-Rashid, este último famoso por el papel que desempeñó en Las mil y una noches.

El califato suní ortodoxo era conocido por su obsesión por la recopilación y destrucción de cualquier tipo de texto que pudiera sugerir siquiera la existencia de una interpretación diferente de la establecida por la ley, la existencia de una variante mística y distinta del significado o la traducción de los preceptos del Profeta y del Corán.

Desde el momento de su llegada a Bagdad, al-Jabir al-Hayan, como científico y sufí, vivía con el miedo de que sus saberes secretos se perdieran cuando él ya no estuviera en este mundo para protegerlos y compartirlos. Así que intentó encontrar una solución más perdurable, una manera infalible de transmitir sus conocimientos ancestrales de un modo que no pudieran ser interpretados fácilmente por los no iniciados ni destruidos así como así.

El famoso científico pronto topó con la solución de la forma más sorprendente e inesperada.

Entre los pasatiempos del califa al-Mansur, había uno que era su favorito, algo que había llegado al mundo árabe durante la conquista islámica de Persia en el siglo anterior: el ajedrez.

Al-Mansur hizo llamar a su alquimista para que este le fabricara un juego de ajedrez forjado con metales y compuestos de creación única que solo pudieran obtenerse mediante los misterios de la alquimia y además lo llenara de gemas y símbolos con significado para los familiarizados con sus artes.

La orden fue para Jabir como un regalo recibido directamente de las manos del arcángel Gabriel, pues le permitiría satisfacer los deseos del califa y, al mismo tiempo, transmitir los conocimientos ancestrales y prohibidos… ante las propias narices del califato.

El juego de ajedrez —para cuya creación hicieron falta diez años y cientos de diestros artesanos— estuvo acabado y se presentó ante el califa en la festividad de Bairam, en el año 158 de la Hégira, o 775 de Nuestro Señor. Diez años después de la muerte del imam que había inspirado su significado.

El juego era magnífico: el tablero medía un metro de lado, los centelleantes escaques eran de lo que parecía un oro y una plata sin impurezas, y estaba tachonado de joyas, algunas del tamaño de huevos de codorniz. Toda la corte de la dinastía abasí de Bagdad quedó impresionada ante las maravillas desplegadas ante sus ojos. Sin embargo, ignoraban que el químico de la corte había ocultado un gran secreto en su obra, un secreto que sobreviviría hasta nuestros días.

Entre los misterios que al-Jabir había alojado en el juego de ajedrez se encontraban los números sagrados treinta y dos y veintiocho.

El treinta y dos representa el número de letras del alfabeto persa, símbolos que Jabir había ocultado en las treinta y dos piezas de oro y plata del juego. El veintiocho, el número de letras del alfabeto árabe, estaba representado por los signos grabados en las veintiocho casillas del perímetro del tablero. Estas fueron dos de las muchas claves que el padre de la química utilizó y quiso transmitir a los iniciados de épocas posteriores. Y cada clave llevaba a otra que conducía a una parte del misterio.

Al-Jabir llamó «el ajedrez del tarikat» a su obra magistral, es decir, la clave hacia la Vía Secreta.

Baba Shemimi parecía cansado cuando terminó de contar la historia, pero aún conservaba las fuerzas.

—El juego de ajedrez del que os he hablado todavía existe en nuestros días. El califa al-Mansur no tardó en darse cuenta de que poseía un poder misterioso, pues en Bagdad estallaron muchas batallas relacionadas con el tablero, algunas incluso dentro de la propia corte abasí. En las siguientes dos décadas, cambió varias veces de mano, aunque esa es otra historia, y mucho más larga. Su secreto al fin estuvo a buen recaudo, ya que permaneció enterrado durante un milenio, hasta no hace mucho.

»Sin embargo, hace apenas treinta años, en los albores de la Revolución francesa, el juego apareció en los Pirineos vascofranceses. Ahora está repartido por todo el mundo y sus secretos corren peligro. Es nuestra misión, hijos míos, devolver esta gran obra maestra de la iniciación a sus dueños legítimos: a aquellos para los que fue creado en un principio y a quienes iban dirigidos sus secretos. El juego se forjó para los sufíes, pues solo nosotros somos los guardianes de la llama.

Alí Bajá se levantó y ayudó al anciano a sentarse en los mullidos cojines.

—El baba ha hablado, pero está cansado —dijo el bajá, dirigiéndose a los allí reunidos.

Luego, le tendió las manos a la pequeña Haidée, y a Kauri, sentado junto a ella. Los dos jóvenes se pusieron delante de Baba Shemimi, quien les hizo un gesto para que se arrodillaran y, a continuación, les sopló en la cabeza, uno detrás de otro. «Hu, hu, hu», el üfürük cülük, la bendición del soplo.

—En los tiempos de Jabir —dijo el baba—, quienes se embarcaban en el estudio de la alquimia se hacían llamar «sopladores» y «carboneros», pues ambas eran labores secretas de su arte sagrado, y de ahí provienen mucho de los términos que hoy utilizamos en el nuestro. Vamos a enviaros a través de una ruta secreta junto con nuestros amigos de otras tierras, a los que también se los conoce como carbonarios. Pero ahora el tiempo apremia y tenemos que enviar con vosotros algo de valor, algo que Alí Bajá ha protegido durante treinta años… —Se interrumpió unos segundos, pues había oído gritos arriba, procedentes de las habitaciones cerradas del piso superior del monasterio. El general Vaya y los soldados corrieron a la puerta para dirigirse a la escalera—. Aunque veo que no nos queda más tiempo.

El bajá se había apresurado a rebuscar algo entre sus ropas y le tendía al anciano un objeto que parecía un voluminoso y pesado trozo de carbón negro. El baba se lo entregó a Haidée, aunque se dirigió a Kauri, su joven discípulo.

—Existe una ruta subterránea que parte del monasterio y que os dejará cerca de tu esquife —le dijo—. Puede que os vean, pero como solo sois unos chiquillos, seguramente no os detendrán. Cruzaréis las montañas por un sendero especial, en dirección a la costa, donde un barco estará esperando vuestra llegada. Viajaréis hacia el norte siguiendo el rumbo que os daré y buscaréis a un hombre que os conducirá hasta aquellos que han de protegeros. Conoce muy bien al bajá, desde hace años, y confiará en vosotros, mas no antes de que le entreguéis el código secreto que solo él comprenderá.

—¿Y cuál es el código? —preguntó Kauri, deseoso de partir de inmediato, ante los golpes y el ruido de madera hecha astillas procedentes de las estancias superiores.

En ese momento intervino el bajá. Había atraído a Vasiliki a su lado y le había pasado un brazo protector sobre los hombros. Vasiliki tenía los ojos anegados en lágrimas.

—Haidée debe revelarle su verdadera identidad —anunció el bajá.

—¿Mi verdadera identidad? —repitió Haidée, mirando a sus padres con desconcierto.

Vasiliki no había hablado hasta ese momento; parecía traspasada por el dolor. Tomó entre las suyas las manos de su hija, que todavía sujetaban el trozo de carbón.

—Hija mía, hemos guardado este secreto durante años —le dijo a Haidée—, pero ahora, tal como ha dicho el baba, es nuestra única esperanza… y la tuya.

Se detuvo, se le había formado un nudo en la garganta al pronunciar las últimas palabras. Parecía que no podía seguir hablando, así que el bajá intervino de nuevo.

—Cariño, lo que Vasia quiere decir es que yo no soy tu verdadero padre. —Al ver la mirada de terror en el rostro de Haidée, se apresuró a añadir—: Me casé con tu madre porque la amaba profundamente, casi como a una hija, pues soy mucho mayor que ella. Pero cuando nos casamos, Vasia ya estaba embarazada de ti, aunque el padre era otro hombre. Su matrimonio era imposible entonces y así sigue siéndolo ahora. Conozco a ese hombre, lo amo y confío en él, igual que tu madre y el baba. Ha sido un secreto que todos decidimos guardar de mutuo acuerdo hasta el día que fuera necesario revelarlo.

Kauri sujetó a Haidée por el brazo con fuerza, pues temió que se desmayara.

—Tu verdadero padre es un hombre que posee riquezas y poder —continuó el bajá—. Él te protegerá, tanto a ti como a lo que llevas, en cuanto se lo enseñes.

En el interior de Haidée se libraba una batalla de emociones encontradas. ¿El bajá no era su padre? ¿Cómo era posible? Sintió deseos de gritar, de tirarse del pelo, de llorar, pero su madre, sollozando sobre sus manos, asentía con la cabeza.

—El bajá tiene razón, debes irte —le dijo Vasiliki a su hija—. Tu vida corre peligro si te demoras y, excluyendo a Kauri, para los demás es demasiado peligroso acompañarte.

—Pero si el bajá no es mi padre, entonces, ¿quién es mi padre? ¿Dónde está? ¿Y qué es este objeto que hemos de llevarle?

Una rabia inesperada la ayudó a recuperar parte de sus fuerzas.

—Tu padre es un gran lord inglés —contestó Vasiliki—. Llegué a amarlo y a conocerlo bien. Estuvo viviendo aquí con nosotros, en Janina, el año anterior a tu nacimiento.

No pudo continuar, por lo que el bajá tomó la palabra.

—Como ya ha dicho el baba, es un amigo y está en contacto con quienes también lo son. Vive en el Gran Canal de Venecia, así que podéis llegar hasta él en barca en cuestión de días. No os costará encontrar su palazzo. Se llama George Gordon, lord Byron. Le llevaréis el objeto que sostienes en las manos y él lo protegerá con su vida, si fuera necesario. Está disimulado entre el carbón, pero en su interior se encuentra la pieza más valiosa del antiguo «ajedrez del tarikat» creado por al-Jabir al-Hayan. Esta figura especial es la verdadera clave hacia la Vía Secreta. Es la pieza que hoy conocemos como la Reina Negra.

La Tierra Negra

LA TIERRA NEGRA

Wyrd oft nereth unfaegne eorl, ponne his ellen deah.

(A menos que ya esté condenado, la fortuna se inclina a favor del hombre de temple.)

Beowulf

Mesa Verde, Colorado, primavera de 2003

Ni siquiera había llegado a la casa cuando supe que algo iba mal. Muy mal. Aunque, a primera vista, todo parecía una estampa idílica.

La empinada y amplia curva de la entrada estaba tapizada por un manto grueso de nieve y flanqueada por majestuosas hileras de imponentes píceas de Colorado. Las ramas cubiertas de nieve lanzaban destellos de cuarzo rosado con las primeras luces de la mañana. Detuve el Land Rover alquilado delante de la casa, en lo alto de la colina, donde el camino se allanaba y se ensanchaba para poder aparcar el coche.

Una lánguida voluta de humo gris azulado se elevaba desde la chimenea de piedra arenisca, en el centro de la vivienda. El aire estaba impregnado de la densa fragancia a humo de pino, lo que significaba que, aunque tal vez no recibiera una calurosa bienvenida después de tanto tiempo, al menos me esperaban.

A modo de confirmación, vi que la camioneta y el jeep de mi madre estaban uno al lado del otro en el antiguo establo, al final de la zona de aparcamiento. Aunque me resultó extraño que todavía no hubieran despejado el camino y que tampoco hubiera marcas de rodadas. Si me esperaban, ¿no se habría molestado alguien en abrir un paso?

Lo mínimo que cabría esperar era que una vez allí, en el único lugar que consideraba mi verdadero hogar, por fin pudiese relajarme. Sin embargo, no conseguía arrancarme de encima esa sensación de que algo iba mal.

Las tribus vecinas habían construido la casa de nuestra familia en el siglo anterior, más o menos por esa misma época, para mi tatarabuela, una joven montañesa de espíritu aventurero. Hecha con piedra tallada a mano y enormes troncos de árbol unidos entre sí, era una gran cabaña con forma octogonal —se había seguido el modelo de un hogan, la construcción navajo destinada a hogar y a sauna ritual— y ventanas acristaladas dirigidas hacia los puntos cardinales, como una rosa de los vientos gigantesca.

Todas las mujeres de la familia habían vivido allí en algún momento de su vida, incluidas mi madre y yo; por lo tanto, ¿cuál era el problema? ¿Por qué no había manera de ir allí sin tener aquella sensación de que se avecinaba algún desastre? Claro que, sabía la respuesta. Igual que mi madre. Era por culpa de aquello de lo que nunca hablábamos. Por eso, cuando decidí irme de casa para siempre, ella lo entendió. A diferencia de otras madres, nunca había insistido en que volviera y le hiciera visitas familiares.

Es decir, hasta ese día.

Aunque mi presencia tampoco se debía exactamente a una invitación, sino a una especie de requerimiento, a un mensaje críptico que mi madre me había dejado en el contestador de casa, en la ciudad de Washington, sabiendo de sobra que yo estaría en el trabajo.

Según decía, me invitaba a su fiesta de cumpleaños, y ya solo eso de por sí era gran parte del problema.

Porque el caso era que mi madre no celebraba sus cumpleaños; no los había celebrado jamás.

Y no porque le preocupara la edad, su aspecto ni porque prefiriera mentir acerca de los años que tenía —de hecho, cada día parecía más joven—, pero lo cierto era, por raro que pudiera parecer, que no deseaba que nadie ajeno a la familia conociera su fecha de cumpleaños.

Aquel secretismo, junto con algunas otras peculiaridades —como el hecho de que los últimos diez años, desde… eso de lo que nunca hablábamos, hubiera vivido en el más absoluto retiro en lo alto de una montaña—, justificaba con creces la existencia de quienes consideraban a mi madre, Catherine Velis, una mujer bastante excéntrica.

La otra parte del problema era que no había conseguido ponerme en contacto con mi madre para pedirle que me explicara aquella súbita revelación. No había respondido ni al teléfono ni a los mensajes que le había dejado en el contestador, y era evidente que el número alternativo que me había dado estaba equivocado, porque le faltaban varios dígitos.

Entonces tuve el pálpito de que algo iba mal de verdad, así que me tomé unos días libres en el trabajo, me compré un billete, tomé el último vuelo a Cortez, Colorado, atacada de los nervios y alquilé el último vehículo con tracción a las cuatro ruedas que quedaba en el aparcamiento del aeropuerto.

Ahí estaba, parada, con el motor en marcha y en el interior del vehículo, dejando vagar la mirada por el imponente paisaje. Hacía más de cuatro años que no asomaba por allí, y cada vez que volvía a verlo, me quitaba el aliento.

Me apeé del Land Rover, hundido en treinta centímetros de nieve, pero dejé el motor al ralentí.

Desde aquel lugar en lo alto de la montaña, a más de cuatro mil metros por encima de la meseta del Colorado, se podía contemplar el ancho y ondeante mar de picos de más de casi cinco mil metros, acariciados por la rosada luz de la mañana. En un día claro como ese, podía llegar a verse hasta el Hesperus, al que los diné llamaban Dibé Nitsaa, la montaña negra, uno de los cuatro montes sagrados creados por el «Primer hombre» y la «Primera mujer».

Junto con el Sisnaajinii (la montaña blanca o monte Blanca) al este; el Tsoodzil (la montaña azul o monte Taylor) al sur, y Dook’o’osliid (la montaña amarilla o los Picos de San Francisco) al oeste, aquellos cuatro montes definían los límites de Dinétah, «el hogar de los diné», como se hacían llamar los navajos.

Aquellas montañas también delimitaban la alta meseta que pisaba: «Cuatro Esquinas», el único lugar de Estados Unidos donde confluían cuatro estados (Colorado, Utah, Nuevo México y Arizona) en ángulo recto, formando una cruz.

Mucho antes de que a nadie se le hubiera ocurrido dibujar una línea de puntos en un mapa, aquella tierra era sagrada para sus habitantes. Si mi madre iba a celebrar su primer cumpleaños en los cerca de veintidós años que hacía que la conocía, entendía que quisiera hacerlo precisamente allí. A pesar de los años que hubiera vivido lejos o en el extranjero, mi madre formaba parte de aquella tierra, como todas las mujeres de nuestra familia.

Ignoraba por qué, pero intuía que aquella conexión con la tierra era importante. Estaba convencida de que esa era la razón por la cual me había dejado un mensaje tan extraño para atraerme hasta allí.

Con todo, sabía algo más, aunque fuera la única. Sabía por qué había insistido en que estuviera allí justo ese día. Y es que ese día, 4 de abril, era la verdadera fecha del aniversario de mi madre, Cat Velis.

Saqué las llaves del contacto de un tirón, recogí la bolsa de lona que había llenado a toda prisa del asiento del acompañante y me abrí camino a través de la nieve hasta las puertas delanteras de la casa, de más de cien años de antigüedad. Aquellos portalones —dos planchas enormes de pino macizo y tres metros de altura, cuya madera se había extraído de árboles centenarios— tenían tallados dos animales en bajorrelieve que parecían abalanzarse sobre quienquiera que llamase a la puerta. A la izquierda, un águila real remontaba el vuelo justo a la altura de la cara, y a la derecha, una osa levantada sobre los cuartos traseros se lanzaba sobre el visitante.

A pesar de lo desgastadas que estaban las tallas, eran bastante realistas, incluso tenían ojos de cristal y garras auténticas. Los ingenios mecánicos estuvieron muy en boga a principios del siglo XX y este era de los estrambóticos: cuando se tiraba de las garras de la osa, esta abría las fauces y dejaba a la vista unos dientes bastante reales e imponentes. Si se tenía el valor de meter la mano en la boca, podía accionarse la vieja campanilla de la puerta para avisar a los de dentro.

Hice ambas cosas y esperé, pero nadie contestó ni pasados unos momentos. Tenía que haber alguien dentro, porque la chimenea estaba en marcha y sabía por experiencia que mantener vivo ese fuego requería horas de atención y una fuerza hercúlea para arrastrar la leña hasta el hogar. Aunque en el nuestro, con capacidad para alojar un tronco de un metro de diámetro, se podría haber encendido el fuego días atrás y este todavía seguiría ardiendo.

En ese instante fui consciente de la situación en la que me encontraba: había volado y conducido miles de kilómetros, estaba rodeada de nieve en lo alto de una montaña e intentaba entrar en mi propia casa, desesperada por saber si había alguien dentro… y no tenía llave.

La alternativa —abrirme camino a través de hectáreas de terreno nevado para echar un vistazo por una ventana— no me pareció una buena idea. ¿Qué haría si me mojaba más de lo que ya estaba y aun así no conseguía entrar? ¿Y si entraba y no había nadie? No había señales de rodadas de coche ni de esquíes, ni siquiera había pisadas de ciervos cerca de la casa.

Así que hice la única cosa inteligente que se me ocurrió: saqué el móvil del bolsillo y marqué el número de mi madre, el de casa. Sentí un gran alivio cuando el contestador automático se disparó después de seis timbrazos, pensando que tal vez habría dejado alguna pista acerca de su paradero, pero cuando se inició la cinta grabada, se me cayó el alma a los pies: «Estaré localizable en el…», y a continuación recitaba de un tirón el mismo número que me había dejado en el contestador de Washington… ¡olvidándose de nuevo de los últimos dígitos! Allí estaba, plantada delante de la puerta, empapada, muerta de frío y echando humo por las orejas. ¿Y ahora…? ¿Qué hacía ahora?

Entonces recordé el juego.

Mi tío preferido, Slava, conocido en el mundo entero como el famoso tecnócrata y escritor Ladislaus Nim, había sido mi mejor amigo de la infancia y, a pesar de los años que hacía que no lo veía, seguía sintiéndome igual de unida a él. Slava odiaba los teléfonos y había jurado que jamás tendría uno en casa. Tal vez los teléfonos no, pero el tío Slava adoraba los enigmas y había escrito varios libros sobre el tema. De pequeña, si alguien recibía un mensaje de Slava con un número de teléfono donde poder localizarlo, todos sabían que ese número no existía y que tenía que ser un mensaje codificado. Le encantaba.

Sin embargo, no era demasiado probable que mi madre utilizara una técnica similar para comunicarse conmigo. Para empezar, si ya no se le daba bien descifrarlos, ¿cómo iba a inventar uno? Ni aunque su vida dependiera de ello.

Más improbable aún era la idea de que Slava lo hubiera creado para ella. Por lo que sabía, mi madre y mi tío no se hablaban desde hacía años, desde… eso de lo que nunca hablábamos.

Aun así, no sabía por qué, pero estaba convencida de que aquello era un mensaje.

Volví a subir al Land Rover y puse el motor en marcha. Resolver enigmas para localizar a mi madre no podía ni compararse a las demás alternativas: allanar una casa abandonada o volver a Washington sin saber dónde podría haber ido.

Volví a llamar a su contestador y apunté el número de teléfono que había dejado para que lo oyera quien quisiera. Si estaba en un aprieto e intentaba ponerse en contacto únicamente conmigo, tenía que ser la primera en descifrarlo.

—Estaré localizable en el 615-263-94 —dijo la voz grabada de mi madre.

La mano me temblaba mientras anotaba los números en una libreta.

Contaba con ocho números de los diez que se necesitaban para realizar una llamada de larga distancia, pero, igual que ocurría con los enigmas del tío Slava, sospeché que esas cifras no tenían nada que ver con un número de teléfono. Era un código de diez dígitos al que le faltaban los dos últimos, y esos dos números eran mi mensaje secreto.

Tardé diez minutos en resolverlo, mucho más tiempo del que necesitaba cuando competía con mi chiflado pero entrañable tío. Si dividía la serie numérica en dos (atención: faltaban los últimos dos dígitos), tenía: 61-52-63-94.

Como vi rápidamente, si se anteponía la segunda cifra a la primera de cada par, se obtenían parejas de números al cuadrado, empezando con la del cuatro. Es decir, el producto de cuatro, cinco, seis y siete, multiplicado por ellos mismos, daba el siguiente resultado: 16-25-36-49.

El siguiente número de la serie —el que faltaba— era el 8. De modo que el último número de dos dígitos que faltaba era el cuadrado de ocho, es decir, el 64. Por tanto, la solución del enigma tendría que haber sido ese número al revés, o sea, el 46, pero no era eso.

Igual que mi madre, sabía que el 64 tenía otro significado para mí: era el número de casillas de un tablero de ajedrez, con ocho cuadrados por banda.

En pocas palabras: eso de lo que nunca hablábamos.

Mi afligida y obstinada madre siempre se había negado a hablar de ajedrez; ni siquiera permitía que se practicara aquel juego en su casa. Desde la muerte de mi padre —aquello otro de lo que tampoco hablábamos nunca— se me prohibió volver a acercarme a un tablero, lo único que se me daba bien de verdad, lo único que me ayudaba a conectar con el mundo a mi alrededor. Era como si con doce años se me hubiera ordenado volverme autista.

Mi madre se opuso al ajedrez de todas las maneras imaginables. A pesar de que yo nunca había conseguido comprender la lógica de aquella idea, suponiendo que la tuviera, según ella el ajedrez acabaría siendo tan peligroso para mí como lo había sido para mi padre.

Pese a todo, parecía que haciéndome ir hasta allí el día de su cumpleaños y dejando una frase codificada con su mensaje codificado, estaba invitándome a entrar de nuevo en el juego.

Lo estuve calculando: resolver el enigma de cómo entrar me costó veintisiete minutos y, puesto que había dejado el motor encendido, casi cinco litros de gasolina que se chupó el coche.

A esas alturas, cualquiera con dos dedos de frente ya habría adivinado que esos números de dos cifras también eran la combinación de una caja fuerte, aunque en la casa no había ninguna. Bueno, sí, pero en el establo: una caja de seguridad donde se guardaban las llaves de los coches.

No había que ser una lumbrera.

Apagué el motor del todoterreno, me abrí camino entre la nieve hasta el establo y… le voilà!: apreté unos cuantos números, se abrió la caja de seguridad y la llave de la puerta apareció unida a una cadenita. Ya delante de la casa, enseguida recordé que la llave se introducía en la garra izquierda del águila. Las viejas puertas se abrieron un resquicio, con un quejido.

Me limpié las botas en la vieja y oxidada rejilla de chimenea que teníamos junto a la entrada, le di un empujón a los pesados portalones y volví a cerrarlos de un portazo detrás de mí, lo que desencadenó una pequeña lluvia de refulgentes copos de nieve tamizados por la sesgada luz de la mañana.

En el vestíbulo tenuemente iluminado —un recibidor no mucho más grande que un confesionario, que servía para resguardar la casa de los vientos helados— me quité las botas empapadas de una patada y me puse un par de descansos de piel de carnero que siempre había sobre el arcón de los congelados. Luego colgué la parka, abrí las puertas interiores y entré en el inmenso octágono, caldeado por el tronco gigantesco que ardía en el hogar central.

El octógono era una construcción de unos treinta metros de ancho y nueve de alto. El hogar dominaba el centro de la estancia; estaba cubierto por una campana de cobre, de la que colgaban cacharros de cocina, que subía hasta la chimenea de piedra arenisca por la que el humo escapaba hacia el cielo. Era como un tipi gigantesco, salvo por los pesados muebles repartidos por todas partes. Mi madre siempre había sido contraria a las cosas sobre las que uno pudiera sentarse, pero teníamos un magnífico piano de cola de ébano, un aparador, varios escritorios, mesas de biblioteca y estanterías giratorias, así como una mesa de billar que nadie había utilizado nunca.

La segunda planta consistía en una amplia galería octogonal que colgaba sobre el piso de abajo. Estaba dividida en pequeños habitáculos donde se podía dormir e incluso, a veces, darse un baño.

Una luz radiante se colaba a través de las ventanas de la planta baja que rodeaban la casa, reflejándose en el polvo que cubría la caoba. Las claraboyas del techo tamizaban la rosada luz matutina, que hacía resaltar los rasgos de las cabezas de tótems de animales pintadas con colores vivos y talladas en las espectaculares vigas que sostenían la galería: el oso, el lobo, el águila, el ciervo, el búfalo, la cabra, el puma y el carnero. Desde su posición privilegiada, a cerca de seis metros del suelo, parecían flotar eternamente en el espacio. Era como si todo estuviera detenido en el tiempo. Únicamente se oía el crepitar ocasional del tronco que ardía en el hogar.

Recorrí la estancia, de ventana en ventana, fijándome en la nieve. No había pisadas a la vista, en ninguna parte. Subí la escalera de caracol hasta la galería superior y miré los habitáculos destinados a habitaciones. Nada de nada.

¿Cómo lo había hecho?

Por lo visto, mi madre, Cat Velis, había desaparecido como por arte de magia.

Un ruido estridente rompió el silencio: el timbre de un teléfono. Bajé la empinada y retorcida escalera como una exhalación y descolgué el auricular del aparato que había en el escritorio de campaña británico de mi madre justo antes de que saltara el contestador.

—Por Dios, querida, ¿en qué estabas pensando cuando elegiste este lugar dejado de la mano de Dios? —preguntó la voz ronca y teñida de un leve acento británico de una mujer a quien conocía a la perfección—. Y, ya puestos, ¿dónde narices estás? ¡Tengo la sensación de que llevamos días dando vueltas por estos andurriales!

Se interrumpió unos instantes, como si se hubiera vuelto para hablarle a otra persona.

—¿Tía Lily? —dije.

Porque no podía ser nadie más que ella, mi tía, Lily Rad, mi primera mentora en el ajedrez y una de las grandes maestras del juego todavía ahora. Hubo una época en que había sido la mejor amiga de mi madre, pero hacía años que no hablaban. ¿Qué hacía llamando a casa justo en esos momentos? E iba en coche… ¿Qué estaba pasando?

—¿Alexandra? —dijo Lily, desconcertada—. Creía que estaba llamando a tu madre. ¿Qué estás haciendo ahí? Creía que ella y tú no… acababais de entenderos.

—Nos hemos reconciliado —me apresuré a contestar. Lo mejor era mantener cerrada la caja de Pandora—. Aunque parece que mi madre no está por aquí. ¿Dónde estás tú?

—¿Que no está ahí? No lo dirás en serio —protestó Lily, echando humo—. He viajado desde Londres solo para verla. ¡Si hasta insistió! Dijo no sé qué sobre una fiesta de cumpleaños. A saber a qué se refería. En cuanto a dónde estoy, ¡eso quisiera saber yo! El GPS del vehículo está empeñado en que me encuentro en el Purgatorio y estoy por darle toda la razón. Hace horas que dejamos atrás la civilización.

—¿Estás aquí? ¿En el Purgatorio? —dije—. Son unas pistas de esquí, a menos de una hora de aquí. —Aquello era una locura: ¿la campeona número uno de ajedrez angloamericana venía desde Londres a Purgatorio, Colorado, para asistir a una fiesta de cumpleaños?—. ¿Cuándo te invitó mi madre?

—Fue más una orden que una invitación —admitió Lily—. Me dejó el mensaje en el móvil, sin posibilidad de contestarle.

—Se hizo un silencio, tras el que Lily añadió—: Adoro a tu madre, ya lo sabes, Alexandra, pero nunca acepté…

—Yo tampoco —la interrumpí—. Dejémoslo. ¿Cómo diste con ella?

—¡No lo hice! Por Dios bendito, ¡pero si todavía no he hablado con ella! Tengo el coche tirado en la cuneta de una carretera cerca de un lugar que se anuncia como la penúltima parada al infierno, no llevo comida, mi conductor se niega a mover un dedo si no le doy una pinta de vodka, mi perro ha desaparecido en una… duna de nieve, detrás de un roedor local… ¡y, debo añadir, he tenido más problemas para localizar a tu madre por teléfono esta última semana que los que tuvo el Mosad para encontrar al doctor Mengele en Sudamérica!

Estaba hiperventilando. Juzgué que era momento de intervenir.

—No pasa nada, tía Lily —dije—, te traeremos enseguida. En cuanto a la comida, te prepararé algo en un santiamén. Aquí siempre hay montañas de comida envasada y vodka para tu chófer. También podemos hospedarlo, si quieres. Estoy bastante lejos, tardaría mucho en llegar hasta vosotros, pero si me das las coordenadas del GPS, conozco a alguien cerca de ahí que os acompañará hasta casa.

—Quienquiera que sea, que Dios lo bendiga —dijo la tía Lily, una persona poco dada a la gratitud.

—La bendiga, en todo caso —la rectifiqué—, se llama Key. Estará ahí en media hora.

Apunté el número del móvil de Lily y dejé un mensaje en la pista de aterrizaje para que Key se encargara de recogerla. Key era mi mejor amiga desde el colegio, pero se llevaría una gran sorpresa cuando se enterara de que había vuelto después de tanto tiempo y sin avisar a nadie.

Al colgar el teléfono, me fijé en algo en el otro extremo de la sala en lo que no había reparado antes. Alguien había bajado la tapa del piano de cola, cuando esta siempre estaba levantada por si mi madre de repente sentía la necesidad de ponerse a tocar. Encima había un pedazo de papel, sujeto por un pisapapeles redondo y negro. Me acerqué a mirar y sentí que la sangre se me helaba en las venas.

Estaba claro qué había utilizado como pisapapeles: colocada sobre la anilla de un llavero para que no saliera rodando, estaba la bola ocho de la mesa de billar. La nota era de mi madre, sin lugar a dudas; el enigma era tan sencillo que solo podía habérsele ocurrido a ella. Se había esforzado mucho para comunicarse conmigo a través de códigos secretos, aunque era evidente que nadie la había ayudado.

La nota, escrita en mayúsculas, decía lo siguiente:

WASHINGTON

COCHE DE LUJO

ISLAS VÍRGENES

SIVILANTE

ASÍ ARRIBA COMO ABAJO

La parte del SIVILANTE era fácil: mi madre lo había escrito mal para que me fijara en aquella palabra. Solo había que jugar con las letras para obtener ANTI VELIS: el apellido de mi madre, Velis, con un «anti» delante a modo de rúbrica, y es que no había nada que fuera tan en contra de su naturaleza que aquellos jueguecitos de palabras. Como si necesitara tantas pistas… El resto era bastante más preocupante. Y no por su dificultad.

WASHINGTON era claramente D. C., Distrito de Columbia; no hay coche más lujoso que un Lexus, así que LX, y a ISLAS VÍRGENES le correspondía un IV. El valor numérico de aquellos números romanos —¿qué otra cosa iban a ser?— era:

D = 500

C = 100

L = 50

X = 10

V = 5

I = 1

Si se sumaban se obtenía el 666, el número de la Bestia del Apocalipsis.

La Bestia no me preocupaba, había de sobra repartidas por toda la casa, protegiéndonos en forma de tótems de animales, pero por primera vez empecé a inquietarme de verdad por mi madre. ¿Por qué había utilizado aquel trillado enigma seudomilenario para llamar mi atención? Y ese pisapapeles, una manida alusión a «tener la negra encima», ¿qué narices quería decir?

¿Y qué se suponía que debía hacer con esa chorrada alquímica de «Así arriba como abajo»?

Claro, ya estaba, ya lo tenía. Aparté la bola y el pedazo de papel, los dejé en el atril del teclado y abrí el piano. Antes de que pudiera encajar el pie de la tapa en su sitio para que esta se mantuviera abierta, estuvo a punto de resbalárseme de las manos.

En el interior, dentro de la caja hueca del instrumento, vi algo que jamás pensé que volvería a ver en casa de mi madre mientras ella siguiera viva: un juego de ajedrez.

Pero no un juego de ajedrez cualquiera, sino un juego de ajedrez con una partida empezada, a medio jugar. Había piezas apartadas del tablero y colocadas sobre las cuerdas del teclado, a ambos lados, blancas y negras.

Lo primero en lo que me fijé fue en que faltaba la reina negra. Volví la vista hacia la mesa de billar y —por todos los cielos, madre, ¡de verdad!— vi que alguien había colocado la reina extraviada en el triángulo, en el lugar de la bola negra.

Era como verse arrastrada hacia un remolino. Empecé a sentir que había una verdadera partida en juego. Por Dios, cuánto había echado de menos aquello… ¿Cómo había podido pasar página y dar la espalda a esa parte de mi vida? No era una droga, como la gente decía a veces, sino una inyección de vida.

Olvidé las piezas que había fuera del tablero, o con la negra encima; podía reconstruir la partida con las que todavía quedaban en pie. Durante un buen rato, olvidé a mi madre ausente, a mi tía Lily perdida en el Purgatorio con su chófer, su perro y su coche. Olvidé lo que había sacrificado, en qué se había convertido mi vida en contra de mi voluntad. Lo olvidé todo salvo la partida que tenía ante mí, la partida oculta en el vientre de aquel piano como si se tratara de un oscuro secreto.

Sin embargo, reconstruyendo los movimientos, la luz del alba se alzó a través de los altos ventanales al tiempo que una pasmosa visión alboreó en mi mente. No conseguí detener el terror que me producía aquella partida. ¿Cómo iba a detenerlo, cuando llevaba jugándola mentalmente esos últimos diez años?

La conocía muy bien.

Era la partida que había acabado con la vida de mi padre.