—¿Qué ocurre? ¿Por qué no me dijiste nada cuando hablamos por teléfono?

—Ha ocurrido hoy.
—¿Es cosa de los estudios?
—De casa. Se han enterado de lo nuestro.

La obligué a mirarme de frente.
—Pues muy bien. Yo también le he dicho a mi tía que venía a verte. ¿Qué más da?

—Me refiero a lo del verano. Que dormíamos juntos. —¿Ah?
—Sí.
—¿Ha sido Ron?
—No.
—La noche aquella, ¿estás queriéndome decir que Julie…?

—No —dijo ella—. No ha sido nadie.
—No entiendo.

Brenda se levantó de la silla y se acercó a la cama, en cuyo borde se sentó. Yo me dejé caer en la silla.

—Mi madre encontró la cosa esa.
—¿El diafragma?

Asintió con la cabeza.
—¿Cuándo? —le pregunté.
—El otro día, creo.

Se acercó al escritorio y abrió su bolso.
—Toma. Léelas en el orden en que me llegaron. Me lanzó un sobre: tenía los bordes sucios y estaba algo arrugado, como si ya hubiera salido y entrado unas cuantas veces del bolsillo de Brenda.

—Ésta la recibí esta mañana por correo urgente —me dijo.

Saqué la carta del sobre y la leí:

LAVABOS Y FREGADEROS PATIMKIN

Todos los tamaños — Todos los modelos

Querida Brenda:

No hagas caso de la carta de tu madre cuando la recibas. Te quiero mucho, mi niña, y si te apetece comprarte un abrigo, yo te lo compro. Nunca te negaré nada. Tenemos plena Confianza en ti, así que no te molestes por lo que te dice tu madre en su carta. Claro, se ha puesto histérica de la impresión, con lo que había trabajado por la Hadassah. Siendo mujer, le cuesta trabajo entender las cosas que pasan en la Vida. Claro, no voy a decirte que no nos hemos llevado todos una sorpresa, porque yo lo traté muy bien desde el principio y pensamos que nos agradecería las vacaciones tan estupendas que pasó con nosotros. Hay gente que nunca resulta como uno esperaba, pero estoy dispuesto a perdonar, y lo Pasado, Pasado, tú siempre has sido una buena chica y has sacado buenas notas, y Ron siempre ha sido lo que queríamos, un buen chico, que es lo más importante, y agradable. A estas alturas de mi Vida no voy a ponerme a odiar la Carne de mi Carne. En cuanto a tu error, hacen falta Dos Personas para cometer un error, y ahora que estás en Boston estudiando, lejos de él y de la situación en que te metiste, estoy seguro, estoy totalmente convencido de que te comportarás como Dios Manda. Uno tiene que confiar plenamente en los hijos, como en los negocios y en cualquier empresa seria, y no hay nada tan malo que no pueda perdonarse, sobre todo tratándose de la Carne de nuestra Carne. Tenemos una familia muy unida y ¿¿¿por qué no??? Pásatelo bien estas vacaciones y yo rezaré por ti en la sinagoga, como todos los años. El lunes quiero que vayas a Boston y te compres un abrigo. Todo lo que necesites, que sé yo muy bien el frío que puede hacer por ahí arriba… Dale recuerdos a Linda y no te olvides de traértela el Día de Acción de Gracias, igual que el año pasado. Con lo bien que os lo pasasteis juntas. Yo nunca jamás he dicho nada malo sobre ninguno de tus amigos, ni de los de Ron, y esto no es más que la Excepción que confirma la regla. Que disfrutes las Vacaciones.

TU PADRE

Y luego venía la firma, BEN PATIMKIN, pero eso lo había tachado para volver a escribir encima «TU PADRE», con lo cual «TU PADRE» aparecía dos veces, una debajo de la otra, como haciéndose eco.
—¿Quién es Linda? —le pregunté.
—Mi compañera de habitación del año pasado.

Me lanzó otro sobre.
—Toma. Llegó esta misma tarde. Por correo aéreo. La carta era de la madre de Brenda. Empecé a leerla y la dejé por un momento:

—¿Ésta te ha llegado después?
—Sí —dijo ella—. Cuando llegó la de mi padre no comprendí lo que estaba pasando. Lee la de ella.

Volví a empezar.

Querida Brenda:

No sé ni cómo empezar. Llevo toda la mañana llorando y he tenido que saltarme la reunión de la junta de esta tarde, porque tengo los ojos hinchados. Nunca pensé que esto podría ocurrirle a una hija mía. No sé si sabes a qué me refiero, no sé si lo tendrás siquiera en la conciencia, para así no tener que envilecernos ninguna de las dos con una descripción. Lo único que puedo decirte es que esta mañana, mientras limpiaba los cajones y guardaba tu ropa de invierno, encontré una cosa en el último cajón, debajo de unos jerséis que te dejaste aquí, como seguramente recuerdas. Me eché a llorar nada más verlo y no he parado hasta ahora. Tu padre llamó por teléfono hace un rato y ahora está viniendo a casa, porque se ha dado cuenta del disgusto que tengo.

No sé qué hemos hecho para merecer que nos castigues así. Te hemos dado una bonita casa y todo el amor y el respeto que una niña puede necesitar. Siempre me ponía muy ufana, cuando eras pequeña, al ver lo bien que te las apañabas por ti sola. Cuidabas tan bien de Julie, que daba gusto verlo, cuando sólo tenías catorce años. Pero te fuiste alejando de la familia, aunque te mandamos a los mejores colegios y te dimos las mejores cosas que pueden comprarse con dinero. Me moriré sin haber averiguado por qué nos pagas de este modo.

En cuanto a tu amigo, no tengo palabras. Son sus padres quienes deben responder por él, y no sé en qué casa habrá vivido, para ser capaz de comportarse así. Desde luego que fue una buena manera de agradecernos la hospitalidad con que tuvimos la amabilidad de acogerlo, a un chico que para nosotros era un perfecto desconocido. Que os comportarais de ese modo en nuestra propia casa es algo que nunca me entrará en la cabeza. Mucho han cambiado los tiempos desde que yo tenía tu edad, para que semejante cosa ocurra. No paro de preguntarme si por lo menos no habrás estado pensando en nosotros mientras hacías eso. Yo te daré igual, pero ¿cómo has podido hacerle eso a tu padre? No quiera Dios que Julie llegue a enterarse nunca.

Dios sabe lo que habrás estado haciendo todos estos años, mientras nosotros teníamos plena confianza en ti.

Les has roto el corazón a tus padres y quiero que lo sepas. Vaya manera de agradecernos todo lo que hemos hecho por ti.

Mamá

Sólo firmaba «Mamá» una vez, y ello en letra extraordinariamente pequeña, como un susurro.

—Brenda —dije. —¿Qué?
—¿Vas a llorar?
—No. Ya he llorado. —No vuelvas a empezar.

—Estoy intentándolo, ¡por Dios!
—Vale… Brenda, ¿puedo hacerte una pregunta? —¿Cuál?
—¿Por qué te lo dejaste en casa?
—Porque aquí no tenía intención de utilizarlo. Por eso.

—¿Y si yo venía a verte, como he venido? ¿Entonces? —Pensé que yo bajaría antes.
—Sí, pero ¿no podías habértelo llevado desde el principio, igual que el cepillo de dientes?

—¿Te estás haciendo el gracioso?
—No. Te estoy preguntando que por qué te lo dejaste en casa.

—Ya te lo he dicho —dijo Brenda—. Pensé que volvería a casa ahora.

—Pero es que la cosa no tiene pies ni cabeza, Brenda. Supongamos que sí, que ahora hubieras vuelto a casa, pero luego habrías tenido que regresar aquí. ¿Lo habrías cogido esa segunda vez?

—No lo sé.
—No te enfades —le dije.
—Eres tú quien se enfada.
—Estoy contrariado, no enfadado.
—Bueno, pues yo también estoy contrariada.

No le di respuesta, pero me acerqué a la ventana y miré al exterior. Había luna y había estrellas, de plata y duras, y desde la ventana se veía el campus de Harvard, cuyas luces parecían pestañear cuando, por acción del viento, las ramas de los árboles las tapaban un instante.

—Brenda…
—¿Qué?
—Conoces muy bien la actitud de tu madre con respecto a ti y, así y todo, te lo dejas en casa. ¿No te parece que ha sido una tontería bastante peligrosa?

—¿Qué tiene que ver la actitud de mi madre con todo esto?

—No puedes fiarte de ella.
—¿Por qué no?
—Ya ves que no.
—Lo único que estaba haciendo era limpiar los cajones, Neil.

—¿No sabías que lo haría?
—Nunca lo había hecho antes. O puede que sí. No podía pensar en todo, Neil. Dormimos juntos una noche tras otra y nadie oyó nada ni se dio cuenta…

—Brenda, ¿por qué te empeñas en mezclar unas cosas con otras?

—¡No estoy mezclando nada!
—Vale —dije, sin levantar la voz—. Muy bien. —Eres tú quien está mezclando unas cosas con otras —dijo Brenda—. Hablas como si yo hubiese querido que lo encontrara.

No contesté.
—¿Es eso lo que piensas? —dijo ella, cuando llevábamos ya un minuto entero sin decir nada.

—No lo sé.
—Mira, Neil, estás loco.
—Para lo que hay que estar loco es para dejarse una cosa así en casa.

—Fue un descuido.
—Ahora es un descuido. Antes era intencionado. —Fue un descuido dejarlo en el cajón. No fue un descuido dejarlo —dijo ella.

—Brenda, cariño, lo más sencillo, seguro e inteligente habría sido traértelo contigo, ¿no?

—Daba lo mismo hacer una cosa que otra.
—Ésta es la discusión más frustrante que he tenido en mi vida.

—Te empeñas en presentarlo como si yo hubiera querido que lo encontrara. ¿Qué falta crees que me hace una cosa así? ¿Eh? Ahora ya no puedo ni volver a casa.

—¿Eso piensas?
—¡Sí!
—No —dije yo—. Claro que puedes volver. Y tu padre te recibirá con dos abrigos y media docena de vestiditos.

—Sí, y mi madre ¿qué?
—Tres cuartos de lo mismo.
—No digas cosas absurdas. ¿Cómo voy a ponerme delante de ellos?

—¿Por qué no vas a poder ponerte delante de ellos? ¿Has hecho algo malo?

—Ten un poco de sentido de la realidad, Neil, por favor.

—¿Te pareció a ti que estábamos haciendo algo malo? —A ellos sí les parece algo malo, Neil. Son mis padres.

—Pero tú, ¿piensas tú que hacíamos algo malo? —Eso da igual.
—A mí no me da igual, Brenda.
—Neil, ¿por qué confundes unas cosas con otras? No haces más que echarme la culpa.

—Maldita sea, Brenda, es que tienes la culpa. —¿De qué?
—De dejarte en casa el puñetero diafragma. ¿Cómo puedes pretender que fue un descuido?

—Mira, Neil, no me vengas ahora con toda esa mierda del psicoanálisis.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste? ¡Querías que lo encontrara tu madre!

—¿Por qué?
—Eso digo yo, Brenda: ¿por qué?
—¡Ay! —dijo, y a continuación agarró la almohada y volvió a arrojarla a la cama.

—¿Y ahora qué, Brenda? —dije yo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Lo que he dicho. ¿Y ahora qué?

Se echó de bruces sobre la cama y escondió la cabeza. —No te pongas a llorar —le dije.
—No estoy llorando.

Yo seguía con las cartas en la mano, y volví a sacar la del señor Patimkin de su sobre.

—¿Por qué pone tantas mayúsculas tu padre?

No contestó.
—«En cuanto a tu error —le leí—, hacen falta Dos Personas para cometer un error, y ahora que estás en Boston estudiando, lejos de él y de la situación en que te metiste, estoy seguro, estoy totalmente convencido de que te comportarás como Dios Manda. Tu padre. Tu padre.»

Se volvió y se me quedó mirando, pero en silencio. —«Yo nunca jamás he dicho nada malo sobre ninguno de tus amigos, ni de los de Ron, y esto no es más que la Excepción que confirma la regla. Que disfrutes las Vacaciones.»

Lo dejé ahí: en el rostro de Brenda no se discernía ninguna amenaza de llanto; de pronto, parecía hecha de una sola pieza, totalmente decidida.

—Bueno, ¿qué vas a hacer? —le pregunté. —Nada.

—¿A quién vas a llevar a casa por Acción de Gracias? ¿A Linda? ¿O a mí? —le dije.

—¿A quién puedo llevar a casa, Neil?
—No lo sé. Dímelo tú.
—¿Puedo llevarte a ti a casa?
—No lo sé. Dímelo tú.
—¡Deja de repetir lo mismo!
—Lo absolutamente seguro es que yo no te puedo dar la respuesta.

—Neil, sé realista. Tras lo ocurrido, ¿puedo llevarte a casa? ¿Nos imaginas a todos sentados en torno a la mesa?

—No nos imagino si tú no nos imaginas. Pero puedo imaginarnos si tú sí nos imaginas.

—¿Te vas a poner ahora a hablar en zen? ¡Por Dios! —Brenda, no soy yo quien decide. Puedes llevar a Linda, puedes llevarme a mí. Puedes volver a casa, puedes no volver. Ahí tienes otra decisión. Entonces no tendrías que volver a preocuparte nunca de elegir entre Linda y yo.

—Neil, no lo comprendes. Siguen siendo mis padres. Es verdad que me enviaron a los mejores colegios. Es verdad que me han dado todo lo que he querido.

—Sí.
—Entonces, ¿cómo puedo no volver a casa? Tengo que volver a casa.

—¿Por qué?
—No lo comprendes. Tus padres a ti ya no te dan la lata. Tienes suerte.

—Sí, claro. Vivo con mi tía la loca. Un verdadero chollo.

—Las familias no son todas iguales. No lo comprendes.

—Maldita sea, entiendo más de lo que tú crees. Entiendo por qué diablos te dejaste la cosa esa por ahí dando vueltas. ¿Tú no lo entiendes? ¿No sabes cuánto son dos y dos?

—¡Qué estás diciendo, Neil! Eres tú quien no comprendes nada. Eres tú quien me está echando en cara cosas desde el principio. ¿No te acuerdas? ¿No estoy diciendo la verdad? ¿Por qué no vas a que te arreglen la vista? ¿Por qué no te arreglas esto, por qué no te arreglas lo otro? Como si fuera culpa mía disponer de los medios para arreglarme cosas. Te has comportado como si fuera a escaparme de ti en cualquier momento. Y ahora estás haciéndolo otra vez, diciéndome que me dejé eso a propósito.

—Te amaba, Brenda. Por eso estaba inquieto.
—Sí, por eso me dejé yo en casa el aparato ese. Porque te amaba.

En ese momento nos dimos cuenta del tiempo verbal que habíamos empleado y nos recogimos en nosotros mismos, guardando silencio.

Unos minutos más tarde cogí mi maleta y me puse el abrigo. Creo que Brenda también lloraba cuando salí por la puerta.

En lugar de coger un taxi inmediatamente, eché a andar calle abajo, camino de Harvard, cuyo atrio no conocía. Entré por una de las puertas y tomé por un camino que transcurría bajo el cansado follaje de la arboleda otoñal y el cielo oscuro. Quería estar a solas, en la oscuridad; no porque quisiera pensar en nada, sino más bien porque no quería pensar en nada, al menos por el momento. Crucé el patio, subí una pequeña cuesta y me hallé frente a la Biblioteca Lamont, que, según me había contado Brenda en una ocasión, tenía Lavabos Patimkin en todos los servicios. Por la luz de una farola del camino, llegándome desde detrás, pude ver mi reflejo en la fachada de cristal del edificio. El interior estaba a oscuras, no había alumnos, ni bibliotecarios. De pronto, me entraron ganas de dejar la maleta en el suelo, agarrar una piedra y lanzarla contra el cristal, pero por supuesto no lo hice. Me limité a mirarme en ese espejo en que la luz convertía el cristal. Yo, pensé, no era más que esa sustancia, esos miembros, esa cara que veía delante. Me quedé mirando, pero mi exterior no facilitaba mucha información sobre mi interior. Pensé que ojalá hubiera podido trasladarme instantáneamente al otro lado del cristal, a la velocidad de la luz o del sonido, o de un estudiante en el Día del Regreso a Casa,* para captar lo que quiera que fuese que miraba por esos ojos. ¿Qué era lo que había en mi interior que fuese responsable de haber convertido en amor el afán de caza y captura, y luego lo había vuelto a invertir? ¿Qué había trocado la victoria en derrota, y la derrota —quién podía decirlo— en victoria? Estaba seguro de haber amado a Brenda, aunque en ese mismo momento me constase que ya no podía, constándome también que tendría que pasar mucho tiempo antes de que fuese capaz de hacer el amor con alguien como lo había hecho con ella. ¿Con qué otra persona podría reunir tanta pasión? ¿Qué generó mi amor por ella, generando también tanta concupiscencia? Solamente con que hubiera sido un poco menos Brenda… Pero, entonces, ¿por qué la había amado? Miré con intensidad aquella imagen mía, ese oscureci

* El Homecoming Day es el día en que los estudiantes regresan a su centro de estudios, tras las vacaciones.

miento del cristal, y entonces mi mirada lo atravesó, avanzó por el frío suelo hasta alcanzar un muro quebrado de libros, colocados de modo imperfecto en sus estanterías.

No me quedé mirando mucho más tiempo. Cogí un tren que me dejó en Newark cuando el sol empezaba a alumbrar el primer día del Año Nuevo Judío. Me sobraba tiempo para llegar al trabajo.